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Todas
las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas
de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""),
se indican otras versiones, tales como:
LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995,
1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso
VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt,
Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)
Inspiración de las Escrituras
El Designio Divino
JOSUÉ
El libro de Josué es íntimamente semejante al último libro del
Pentateuco, al cual sigue inmediatamente después; pero tiene su propio designio adecuado impreso por Dios. Ya no se trata
más del mediador, del apóstol y sumo sacerdote, sino, en forma de tipo, del poder de Cristo en Espíritu conduciendo a los
Suyos en el conflicto con las potestades espirituales de maldad en las regiones celestes. El libro no prefigura la presencia
personal de nuestro Señor apareciendo desde el cielo, cuando Él tome en poder la herencia del universo y establezca el reinado
indiscutible de Su gloria al fin del siglo (o edad). Josué representa la acción intermediaria de Aquel que, muerto, resucitado,
y ascendido, obra por Su Espíritu en Sus santos para que se realicen el título celestial y de la herencia celestial de ellos,
al hacer frente a sus enemigos no aún extirpados. ¿Qué puede ser más claro que el hecho de que Efesios 6:12 justifique, así
como sugiera, esto como la aplicación justa?
No se trata del cielo al cual se entra ahora individualmente después
de la muerte, ni de los disfrutes del gozo de Dios cuando todos nosotros seamos conformados a la imagen de Su Hijo y estemos
con Él en la casa del Padre; sino de nuestra muerte y resurrección con Cristo, y el hecho de que estemos sentados en los lugares
celestiales en Él, con nuestra consiguiente responsabilidad de luchar contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo
(o, contra los gobernantes de las tinieblas de este mundo - VM) en las regiones celestes, quienes se esfuerzan para impedir
que echemos mano de nuestras bendiciones celestiales en Cristo. Si la alegoría popular Puritana expresa una deficiencia evangélica
(por decir lo menos), la Romanista, y aun la opinión Católica, es aún más oscura. Ambas ideas dejan translucir la pérdida,
en este respecto, del debido y característico privilegio del Cristiano y de la iglesia, especialmente desarrollado en la Epístola
a los Efesios.
¡Cuán inimitablemente Josué 1 prepara el camino necesario para el designio de Dios! Al morir Moisés, Josué es llamado
por Jehová quien le habla y le dice: "levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los
hijos de Israel." (Josué 1:2). Para el pueblo redimido de Egipto el desierto no era el propósito de Jehová, era sólo Su modo
de obrar. Compárese con Éxodo 3: 8, 17; Éxodo 6: 4-8; Éxodo 13: 3-5; Éxodo 15: 13-17. El Jordán expone nuestra muerte y resurrección
con Cristo, así como el Mar Rojo expone la muerte y resurrección de Cristo por nosotros. Energía y coraje eran imperativos y la adherencia inquebrantable a la Palabra. Así es para el Cristiano;
él es dejado en libertad, no obstante, para obedecer a Dios.
En Josué 2, ¡cuán resplandeciente es la gracia que acompaña a una Gentil sin valor y hasta ahora despreciada! La salvación
para ella, y aun para su casa, fue atestiguada por el cordón de grana. Ella creyó a Jehová, y esto igualmente en medio de
Su pueblo, antes de que un golpe fuera asestado en Canaán. A continuación, en Josué, vino el milagro obrado en el Jordán cuando
este se desbordada por todas sus orillas: el arca del pacto fue llevada por los sacerdotes, y las aguas huyeron ante ella,
hasta que todo Israel pasó en seco. Ello señala a la nueva posición, con y en Cristo, para los lugares celestiales, así como
el Mar Rojo prefiguró nuestra justificación por Su muerte y resurrección, necesaria incluso para nuestro peregrinaje a través
del desierto. Esto último fue fuera de Egipto, así como lo anterior fue en Canaán bajo Josué. Nosotros hemos muerto con Cristo
y hemos resucitado con Él; y, por consiguiente, debemos hacer morir nuestros miembros que están en la tierra ("Por tanto,
considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos
y la avaricia, que es idolatría." Colosenses 3:5 - LBLA). Ver Colosenses capítulos 2 y 3. Vemos, entonces, el testimonio pleno
de vida, fuera y por sobre la muerte, en el memorial de las doce piedras de Josué 4 y la circuncisión de Israel en Gilgal
en Josué 5, cuando en aquel momento y no antes, el oprobio de Egipto fue quitado. Así, "las cosas viejas pasaron; he aquí
todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo." (2 Corintios 5: 17,
18). La Pascua fue celebrada como la muerte del Cordero. A continuación "comieron del producto de la tierra el día siguiente
a la Pascua: panes ázimos y espigas tostadas comieron en aquel mismo día." (Josué 5:11 - VM). La comida de resurrección, el
producto (o fruto) de la tierra, tomó el lugar del maná. De hecho, y en vigor espiritual, esto sólo podía ser ahora. Compárese
con 2 Corintios 5:16. Como estando en el desierto, nosotros comemos el maná, y celebramos Su muerte; pero como celestiales
(ya que 'todo es nuestro' - 1 Corintios 3:21), nosotros nos nutrimos de Él resucitado y estando Él en lo alto.
Así, después de la visión, no de una zarza sin consumir para el desierto, sino del Príncipe con la espada desenvainada
para Canaán y de la santidad en Su presencia, tenemos en Josué 6, la primera y gran lección de Jehová en la caída de Jericó:
el sometimiento absoluto de parte del hombre; y el medio para dicha caída aparentemente sin sentido y absurdo; pero Jehová
es el verdadero ejecutor, tal como Josué aprendió de Él y lo dijo al pueblo antes que el asedio comenzara. Pero el hombre,
tal como él es, fue infiel; pronto la maldad de Acán trajo derrota sobre Israel, quienes no preguntaron a Jehová antes de
asaltar Hai. Aquel pecado debía ser cernido y juzgado. Aun entonces la confianza propia es reprendida en Josué 8: porque cuando
la victoria viene, todos deben marchar incluso contra un lugar tan pequeño, y se debe poner una emboscada especial, y se debe
obedecer una señal designada por Él.
Pero la tierra era reconocida como la tierra de Jehová según Deuteronomio 21: 22, 23, y por el altar de Ebal, el cual
proclamaba la responsabilidad de Israel de obedecer. Gabaón, en Josué 9, reveló que los príncipes fallaron en su fe vigilante;
porque Israel fue conducido engañosamente, en aquel entonces, a un juramento para perdonar a una raza que Jehová había dedicado
a la destrucción. Pero Josué 10 muestra una gran consternación de los ejércitos que se juntaron contra Gabaón, cuando el sol
y la luna, o más bien Jehová oyó la voz de Josué, el cual pasó, hiriendo el país entero, toda la región de las montañas y
el Neguev, los llanos y las laderas, y a todos sus reyes. Él no dejó nada; sino que destruyó completamente todo lo que tenía
vida, tal como Jehová el Dios de Israel se lo había mandado. No hubo más dudas acerca de sus perversas abominaciones así como
no las hubo acerca de las de su autorización divina para ejecutar juicio. Desde allí es el retorno a Gilgal, hacia donde él
subió: allí, estaba el memorial de muerte y resurrección; allí, la mortificación de la carne. Cuando somos débiles, entonces
somos fuertes: Una nueva combinación efectuada por el rey de Hazor (Josué 11) sólo trajo la Palabra de Jehová a Josué para
una victoria completa hasta que la tierra descansó de la guerra. El capítulo 11 repasa la conquista y la tierra adquirida.
No obstante, la segunda mitad del libro nos dice cuán imperfectamente fue hecha la parte del hombre. El fracaso no
estaba ciertamente en Jehová, sino en Su pueblo: siempre es así. Caleb recibió su porción, pero ni siquiera Judá logró su
suerte desposeyendo a los enemigos de Jehová. Efraín y la media tribu de Manasés no lo hicieron mejor. Uno no necesita detenerse
sobre estos detalles, tan plenos de interés para aquellos que van a volver a entrar en la tierra y nunca más la dejarán. ¿Quién
sino Dios nos podía haber dado un libro semejante, tan sencillo en la superficie, pero con profundidades que trascienden la
pluma del hombre? Así que Caleb no fue olvidado, ni tampoco lo fueron las hijas de Zelofehad (Josué 17:3 y ss.); ni Josué
mostró favor a los hijos de José, sino fidelidad. En general, él reprendió también a las tribus negligentes (Josué 18:3 y
ss.), para que tomasen posesión por suertes, tal como aprendemos en Josué 18 y 19.
Las ciudades de refugio fueron señaladas (Josué 20) en este lado así como en aquel lado del Jordán; y los Levitas recibieron
sus 48 ciudades con sus suburbios (Josué 21), y las dos tribus y media fueron enviadas de regreso a sus tierras del otro lado
del Jordán (Josué 22). Pero ellos edificaron un altar antes de cruzar el Jordán, lo cual provocó la alarma de Israel, quienes
enviaron a Finees y otros representantes para protestar. Después de desmentir cualquier pensamiento salvo el de un testimonio
entre ellos y su Dios, es decir, que ellos también tenían porción en Jehová, la paz prevaleció.
En Josué 23, Josué 24, hay dos encargos de Josué, el primero más general, el segundo más detallado y enfático, en los
cuales el líder que se va pone la bendición y la advertencia ante ellos, pero ni una palabra acerca de sus propios logros
en cualquiera de ellos. En el último, él les recuerda cómo Abraham fue escogido de una casa idólatra; cómo Egipto sufrió plagas,
e Israel fue sacado; cómo los Amorreos se opusieron y fueron borrados; cómo Balaam fue obligado a bendecir; cómo las naciones
en Canaán fueron entregadas en manos de ellos. Después él les expone la amenaza de todos los dioses falsos a la que ellos
se enfrentan, confesando fidelidad a Jehová de parte de él y de los suyos. Al declarar el pueblo su lealtad, Josué reconoce
sus justos temores, mientras ellos repiten su lealtad; y se hizo un pacto al respecto en Siquem. El libro finaliza con la
muerte y la sepultación de Josué en el monte de Efraín: de esta manera los huesos de José habían sido enterados también allí,
y los de Eleazar también, cada uno en su propio lugar.
El libro de Josué no sólo fue del más alto interés y de la más alta importancia para Israel como la evidencia de Jehová
llevando a cabo en poder lo que Su boca había prometido, sino que afirma para el Cristiano el privilegio actual de realizar
nuestra bendición espiritual en los lugares celestiales como en ninguna otra parte del Antiguo Testamento. Si los tipos en
la primera mitad revelan la obra poderosa de Dios en Cristo resucitado y ascendido, la segunda mitad habla también, de forma
más práctica, a nuestras almas. El libro fue escrito por uno que 'pasó' el Jordán aquel día (Josué 5:1); pero ello fue, y
debe ser, por la mano y la mente y el amor inerrantes de Dios, y que la incredulidad denueste como ella pueda.
William
Kelly
Traducido
del Inglés por: B.R.C.O. - Agosto 2010.-
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