INTRODUCCION
La historia del remanente del pueblo de Dios que fue libertado de la cautividad de Babilonia y traído a
la ciudad y tierra de Dios es de profundo interés. La fe y celo de este remanente, sus fracasos y avivamientos, la obra que
realizaron, la oposición que encontraron, y las dificultades que vencieron, hacen de su historia una rica instrucción para
el pueblo de Dios. Además, ésta tiene una instrucción especial para los pocos quienes, en estos últimos días han sido libertados
de la cautividad de los sistemas religiosos del hombre, en donde, ¡Ay!, la vasta mayoría del pueblo de Dios está todavía en
esclavitud.
Esta historia nos es mostrada en los libros de Esdras y Nehemías, y en las profecías de Hageo, Zacarías
y Malaquías. En el curso de la historia, el libro de Nehemías marca una importante etapa, porque en él tenemos registrado
el último avivamiento que se realizó entre el remanente retornado. A través de toda su historia ha habido varios avivamientos,
cada uno teniendo en vista algún objeto especial, porque para Dios no hay meras repeticiones.
El primer avivamiento fue bajo el liderazgo de Zorobabel, el gobernador, con quien estaba asociado Josué
el sumo sacerdote. En este avivamiento el altar fue levantado y los fundamentos de la casa puestos (Esd.3).
En el segundo avivamiento, diecisiete años después, bajo el ministerio de los profetas Hageo y Zacarías,
la reedificación de la casa se reasumió y fue completada (Esd.5).
El tercer avivamiento, algunos años después, bajo el sacerdote Esdras termina en el avivamiento de la ley
de la casa de Dios, o en la insistencia de la santidad que conviene a la casa de Dios para siempre (Esd.7 al 10).
El cuarto y último avivamiento, catorce años después, bajo el liderazgo de Nehemías, resultó en la edificación
de las murallas, el establecimiento de las puertas y la vuelta al reconocimiento de la autoridad de la Palabra de Dios.
De este modo vemos que este débil y flaco remanente, sin ninguna intervención milagrosa de Dios hacia ellos,
fue sustentado en su posición en la tierra y ciudad de Dios, por estos sucesivos avivamientos por los cuales Dios obró en
gracia hacia ellos. A pesar de cada intervención de Dios, es profundamente solemne notar que su tendencia fue siempre hacia
abajo, a un nivel más bajo espiritualmente. Los diferentes avivamientos detuvieron este movimiento hacia abajo por un tiempo,
pero la energía directa que realizó el avivamiento se debilitó y la tendencia hacia el descenso nuevamente apareció.
Es instructivo notar los diferentes instrumentos, o vasos,
que Dios en su sabiduría usa para producir estos diferentes avivamientos. El primer hombre que Dios usa es Zorobabel, el nieto
de Joacín, rey de Israel, un hombre de linaje real. Entonces, sin poner a un lado a Zorobabel, Dios usa en el segundo avivamiento
a Hageo y Zacarías, dos profetas. Habiendo entregado su mensaje, ellos se retiran dentro del anonimato, y el tercer avivamiento
es realizado a través de la instrumentalidad de Esdras el sacerdote. Finalmente el último avivamiento es cumplido bajo el
liderazgo de Nehemías, quien no era una noble, ni profeta, ni sacerdote, sino, como podemos decir uno del pueblo común prosiguiendo
su llamamiento terrenal como copero de un rey.
De este modo podemos trazar la acción soberana de Dios escogiendo muy diferentes vasos para hacer a la vez
muy diferentes obras en diferentes tiempos; cada uno adecuado para la obra y la obra adecuada para cada tiempo. Por parte
de estos diferentes hombres de Dios vemos una espiritualidad que reconoce a cualquier siervo especial que Dios levanta, y
entonces una disposición a dar lugar a otros, y para retirarse dentro de una comparativa oscuridad, cuando su propia obra
especial ha sido cumplida.
Es imposible leer la historia de este remanente y notar sus avivamientos, los instrumentos usados, y la
obra que ellos cumplieron, sin ver una sorprendente analogía con quienes, en estos últimos días han sido libertados de la
gran Babilonia que ha venido a ser la cristiandad en el cual la iglesia ha sido cautivada. ¿No vemos nuevamente en quienes
han sido libertados la historia del fracaso del hombre en responsabilidad, estorbada una y otra vez por la intervención de
Dios soberanamente? y ¿No tenemos que reconocer, con tristeza y vergüenza, que la tendencia de este remanente (si lo podemos
llamar así) siempre ha sido hacia abajo a un nivel más bajo espiritualmente?.
Tomando una vista general de este movimiento particular del Espíritu de Dios en estos últimos días, ¿No
vemos avivamientos análogos a los días de Esdras y Nehemías? En el avivamiento de la primera parte del siglo XVIII, Dios usó,
como sus instrumentos a hombres de grandes dotes espirituales e intelectuales, a hombres de gran fuerza de carácter, quienes,
en cualquier esfera de la vida, habrían sido líderes de los hombres. A través de estos fue que las grandes verdades concernientes
a la Iglesia fueron restauradas. Ellos fueron quienes dieron un inmenso ímpetu al estudio de la verdad profética y, por su
ministerio, la bendita esperanza de la venida de Cristo, y todas las glorias relacionadas con ella, fueron restauradas a la
Iglesia. También vemos a quienes cuyo ministerio fue más de un carácter sacerdotal, poniendo ante los santos su llamamiento
celestial con el privilegio de acceso a Dios para su placer, y la posterior necesidad de una santa separación de las corrupciones
de la cristiandad.
En tiempos más recientes Dios ha usado a siervos que no se destacan eminentemente como gobernadores, profetas,
sacerdotes, sino a quienes pueden quizás ser descritos como Nehemías, como siendo del pueblo común, y en muchos casos, prosiguiendo
algún oficio terrenal y sirviendo al Señor. Su obra especial, como la de Nehemías, es edificar las murallas, levantar puertas
y acertar la autoridad de la Palabra de Dios. En otras palabras, tratar de mantener toda la luz y privilegios que han sido
dados al pueblo de Dios a través de líderes, profetas, y sacerdotes que han venido antes.
Al leer la historia, la necesidad de y el uso de las murallas
y puertas vendrá a ser clara; y cuando sea vista, se comprenderá fácilmente el significado simbólico que estas tienen para
nuestros días. Aquí sólo es necesario señalar que las murallas y las puertas son levantadas en relación con la casa de Dios.
las murallas para excluir el mal y a las malas personas de la casa; las puertas para dar libre acceso a todo el pueblo que
vino en integridad a la casa.
Hoy el conflicto de quienes han sido guiados fuera de los sistemas de los hombres, no es tanto la aclaración
de la verdad misma, sino con relación a las murallas y las puertas por medio de las cuales la verdad es mantenida. Si la santa
separación de la que las murallas son símbolo, o si el ejercicio de una piadosa
disciplina como el acceso a los privilegios de la casa de Dios que son mostrados por las puertas, no son mantenidos, la verdad
que ha sido recuperada pronto se perderá. Y como en los días de Nehemías, así en nuestros días, el intento para edificar las
murallas y levantar las puertas atraen conflictos. Como entonces, así es ahora, esto se encuentra con firme oposición dentro
y fuera. Y como entonces, así también ahora, cada posible argumento es presionado contra el mantenimiento de las murallas
y las puertas. El latitudinarismo carnal está siempre preparado para derogar las
demandas del servicio del Señor, la libertad del siervo, la ayuda de los santos en los sistemas de los hombres, la predicación
del evangelio a los pecadores -cosas justas en sí mismas- pero usadas en oposición a las murallas y puertas. Por otra parte
notemos, que la carne legalista es completamente capaz de usar mal las murallas y las puertas para fines sectarios.
El conflicto
al cual debemos hacer frente hoy ha sido soportado por otros hombres en otros días. Y entonces la historia de sus experiencias,
la oposición que ellos han enfrentado, los ejercicios por los cuales han pasado, la circunstancia de debilidad en que han
laborado y peleado, los principios que los guiaron, sus triunfos y sus derrotas vienen a ser para nosotros de profundo interés
con rica instrucción, advertencias y estímulos. Leyendo su historia, recordemos que “las cosas que fueron escritas antes
para nuestra enseñanza fueron escritas, para que a través de la paciencia y estímulo de las Escrituras tengamos esperanza”
(Ro.15:4).
Cuando nos
acercamos a esta porción de la Palabra de Dios, tengamos en mente que la autobiografía de Nehemías es un registro del último
avivamiento en conexión con el remanente del pueblo de Dios que retornó de la cautividad, que se realizó alrededor de ochenta
años después del primer retorno; y que el objeto especial de este último avivamiento fue reedificar las murallas, levantar
las puertas y reconocer la autoridad de la Palabra de Dios.
CONTENIDO
Las divisiones generales del libro son claras:
1.- Capítulos
1 al 3:
El obrero y
su obra especial
2.- Capítulos
4 al 7:
La oposición
a la obra y la salvaguardia contra los ataques del enemigo.
3.- Capítulos
8 al 11:
El restablecimiento
de la autoridad de la Palabra de Dios.
4.- Capítulos
11 al 13:
La administración
de la ciudad.
PRIMERA
DIVISION
EL
OBRERO Y SU OBRA
Capítulo 1:
La preparación del siervo, o los ejercicios secretos por los cuales él es preparado para su obra.
Capítulo 2: La preparación de su camino, o las circunstancias por la cual el camino es preparado para la
ejecución de la obra.
Capítulo 3: El cumplimiento de la obra, o la edificación de las murallas y el levantamiento de las puertas.
LA
PREPARACION DEL SIERVO
(Capítulo 1)
Capítulo 1:
“Palabras
de Nehemías hijo de Hacalías. Aconteció en el mes de Quisleu, en el año veinte, estando yo en Susa, capital del reino, que
vino Hanani, uno de mis hermanos, con algunos varones de Judá, y les pregunté por los judíos que habían escapado, que habían
quedado de la cautividad, y por Jerusalén. Y me dijeron: El remanente, los que quedaron de la cautividad, allí en la provincia,
están en gran mal y afrenta, y el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego.
Cuando oí estas palabras
me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos. Y dije: Te ruego, oh Jehová,
Dios de los cielos, fuerte, grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia a los que aman y guardan sus mandamientos;
esté ahora atento Tu oído y abiertos Tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de Ti día y noche,
por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra Ti; sí, yo y
la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido contra Ti, y no hemos guardado los mandamientos, estatutos
y preceptos que diste a Moisés tu siervo. Acuérdate ahora de la palabra que diste a Moisés tu siervo, diciendo: Si vosotros
pecareis, yo os dispersaré por los pueblos; pero si os volviereis a Mí, y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por
obra, aunque vuestra dispersión fuere hasta el extremo de los cielos, de allí os recogeré, y os traeré al lugar que escogí
para hacer habitar allí mi nombre.
Ellos, pues, son
tus siervos y tu pueblo, los cuales redimiste con tu gran poder, y con tu mano poderosa. Te ruego, oh Jehová, esté ahora atento
tu oído a la oración de tu siervo, y a la oración de tus siervos, quienes desean reverenciar tu nombre; concede ahora buen
éxito a tu siervo, y dale gracia delante de aquel varón. Porque yo servía de copero al rey”.
Al comienzo
del capítulo se nos describen los ejercicios secretos por los cuales Dios prepara el vaso para su obra especial. Esdras, el
instrumento de un avivamiento anterior, no fue solamente un sacerdote sino un escriba -un estudiante bien versado en la Palabra
de Dios. Nehemías fue más bien un hombre de asuntos prácticos, manteniendo una posición secular responsable como copero en
el palacio del rey en Susa. Pero las fáciles circunstancias del palacio, la posición lucrativa que él tenía, el favor en el
cual él estaba con el rey, no debilitaron su interés en el pueblo de Dios ni en la ciudad de Jerusalén.
Él toma la oportunidad
de la llegada de uno de sus hermanos, con algunos otros, que han venido de Jerusalén, para preguntar por la condición del
remanente retornado y por la ciudad de Jerusalén.
Él conoce que, a
pesar de los avivamientos anteriores, el pueblo está en gran aflicción y reproche, y en cuanto a Jerusalén la muralla estaba
en ruinas y las puertas quemadas con fuego. El pueblo de Dios puede realmente estar en gran mal a causa de la persecución por su testimonio fiel; y pueden estar en afrenta por causa del Nombre de Dios.
Entonces, realmente, esto es bueno, porque el Señor puede decir, “bienaventurados sois cuando os persigan por mi
causa” (Mateo 5:14). Un apóstol también puede escribir, “si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois
bienaventurados” (1ª Pedro 4:14). Pero ¡cuidado! ellos pueden estar en gran mal también a causa de su baja condición
moral, y sufriendo la afrenta del mundo por la inconsistencia de su andar. Ese fue el caso en el día de Nehemías y era mostrado
por el hecho que las murallas de Jerusalén estaban derribadas, y las puertas “quemadas a fuego”. Las desolaciones
de Jerusalén eran el resultado y la prueba de la baja condición del pueblo.
La muralla simboliza
el mantenimiento de la separación del mal; y la puerta nos muestra el ejercicio y cuidado piadoso en la recepción y la disciplina.
En cualquiera edad, la relajación en las asociaciones y en la disciplina entre
el pueblo de Dios, son indicaciones seguras de una baja condición moral.
No puede haber prosperidad espiritual entre el pueblo de Dios si no se mantiene la separación entre ellos y el mundo,
sea del mundo religioso pagano como en los días de Nehemías, el mundo corrupto del Judaísmo en el día de los discípulos, o
el mundo de la Cristiandad corrupta de nuestros días.
Tal era entonces
la triste condición del remanente retornado de la cautividad. Ellos estaban en gran mal y afrenta. Pero había llegado el tiempo
en el cual Dios iba a conceder un gran avivamiento, y el camino que Dios toma para realizar esto es digno de notar. Dios comienza
una gran obra a través de un hombre, y ese hombre, con un corazón quebrantado y sobre sus rodillas. Porque leemos que Nehemías,
“lloró, y lamentó por varios días, y ayunó, y oró ante el Dios del cielo”. Sus lágrimas eran la señal exterior
de un corazón quebrantado. Sus lamentos daban testimonio de cuán verdaderamente él entró en la aflicción del pueblo de Dios.
Su ayuno probó que el hierro había entrado en su alma y que las comodidades de la vida han sido olvidadas. Pero todos los
ejercicios de este hombre con su corazón quebrantado encuentran una salida en la oración. Él conocía el poder de esa palabra
largamente después expresada por Santiago, “si alguno está afligido haga oración”.
En esta oración Nehemías vindica a Dios, confiesa los pecados de
la nación, e intercede por el pueblo.
Primero, Nehemías
vindica el carácter y tratos de Dios. Jehová es “el Dios del cielo, el gran y terrible Dios”, y además,
es el Dios fiel que “guarda el pacto y la misericordia para con los que le aman y guardan sus mandamientos”.
Segundo, confiesa los pecados de los hijos de Israel; y haciéndolo
así, se identifica con ellos - “hemos pecado contra Ti: yo y la casa de mi padre hemos pecado”. En lugar
de amar a Jehová y guardar sus mandamientos, él dice, “hemos actuado muy perversamente contra Ti y no hemos guardado
los mandamientos ni los estatutos ni las ordenanzas que Tú nos mandaste por tu siervo Moisés”. Ellos entonces han
perdido toda demanda a la misericordia de Dios sobre el fundamento de la obediencia (v.6 y 7).
Tercero, habiendo
vindicado a Dios, y confesado los pecados del pueblo, ahora intercede por el pueblo, y con la libertad que da la fe, usa cuatro
diferentes argumentos en su intercesión. El primero la fidelidad de Dios a su propia Palabra. Él ha reconocido que no han
guardado los mandamientos dados de Dios por Moisés, pero había algo más dado por Moisés. Además de los preceptos de la ley,
están también las promesas de la ley, y Nehemías pide a Dios que recuerde esta palabra de promesa, dada por medio de Moisés,
en que Dios ha dicho que si el pueblo actuaba infielmente Dios los dispersaría; pero que si se arrepentían los volvería a
reunir, y los volvería a traer al lugar que Jehová ha escogido para poner Su Nombre. Después Nehemías usa el segundo argumento;
el pueblo por el cual él aboga son los siervos y el pueblo de Dios. Además, un tercer argumento es no sólo que ellos son el
pueblo de Dios, sino que ellos son el pueblo de Dios por la obra redentora de Dios. Finalmente cierra su intercesión al identificarse
él mismo con todos los que temen el Nombre de Dios, y aboga y pide la misericordia de Dios (v.8-10).
De este modo habiendo
vindicado a Dios, y confesado el pecado del pueblo intercede ante Dios, y recuerda a Dios su Palabra a favor del pueblo de
Dios y pide Su misericordia.
LA
PREPARACION DEL CAMINO
(Capítulo 2)
Capítulo 2:1-10:
“Sucedió
en el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, que estando ya el vino delante de él, tomé el vino y lo serví al
rey. Y como yo no había estado antes triste en su presencia, me dijo el rey: ¿Por qué está triste tu rostro? Pues no estás
enfermo. No es esto sino quebranto de corazón. Entonces temí en gran manera. Y dije al rey: Para siempre viva el rey. ¿Cómo
no estará triste mi rostro, cuando la ciudad, casa de los sepulcros de mis padres, está desierta, y sus puertas consumidas
por el fuego? Me dijo el rey: ¿Qué cosa pides? Entonces oré al Dios de los cielos, y dije al rey: Si le place al rey, y tu
siervo ha hallado gracia delante de ti, envíame a Judá, a la ciudad de los sepulcros de mis padres, y la reedificaré. Entonces
el rey me dijo (y la reina estaba sentada junto a él): ¿Cuánto durará tu viaje, y cuándo volverás? Y agradó al rey enviarme,
después que yo le señalé tiempo. Además dije al rey: Si le place al rey, que se me den cartas para los gobernadores al otro
lado del río, para que me franqueen el paso hasta que llegue a Judá; y carta para Asaf guarda del bosque del rey, para que
me dé madera para enmaderar las puertas del palacio de la casa, y para el muro de la ciudad, y la casa en que yo estaré. Y
me lo concedió el rey, según la benéfica mano de mi Dios sobre mí.
Vine luego a los gobernadores del otro lado del río, y les di las
cartas del rey. Y el rey envió conmigo capitanes del ejército y gente de a caballo. Pero oyéndolo Sambalat horonita y Tobías
el siervo amonita, les disgustó en extremo que viniese alguno para procurar el bien de los hijos de Israel”.
En el primer
capítulo hemos visto los ejercicios secretos por los cuales el vaso es adecuado para la obra especial. Ahora veremos la buena
mano de Dios al preparar el camino ante su siervo.
Antes de recibir
una respuesta a su ruego, Nehemías ha tenido que esperar por un período de cuatro meses. El pueblo de Dios no sólo debe orar,
sino también velar en la oración. Dios escucha y Dios responde, pero será en Su propio tiempo y forma. A menudo la respuesta
de Dios viene de una manera y en un momento, poco esperado por nosotros mismos. Nehemías estaba prosiguiendo sus deberes diarios
como copero del rey cuando se le da la oportunidad de abrir su corazón ante su amo terrenal. Aprovechando la oportunidad,
dice al rey que la tristeza que su rostro refleja es la expresión de la aflicción de su corazón, porque dice, “la
ciudad, el lugar de los sepulcros de mis padres está desolada, y sus puertas consumidas por el fuego”. El rey, aparentemente
interesado, responde, “¿qué pides?”.
Esto manifiesta un
fino rasgo en el carácter de Nehemías -su dependencia habitual de Dios. Después de cuatro meses de ejercicio ante Dios, Nehemías
sabía ciertamente lo que deseaba; no obstante, antes de expresar su deseo, él nos dice que “oró al Dios del cielo”.
Entonces fue que respondió al rey de la tierra, y pidió ser enviado a Jerusalén para edificar sus murallas. En respuesta el
rey concede su petición, y establece un tiempo, y le da carta para los gobernadores y para los que guardaban los bosques del
rey para que le ayudasen en su obra. Nehemías reconoce a la vez que el favor del rey era el resultado de la buena mano de
Dios. Antes de hacer su petición Nehemías se había vuelto a Dios, y ahora que su petición le es concedida reconoce la buena
mano de Dios. Podemos acordarnos de volvernos a Dios en nuestras dificultades pero olvidamos reconocer la bondad de Dios cuando
estas han sido resueltas. Es bueno entrar en una dificultad en un espíritu de oración, y salir de ella en un espíritu de alabanza
(v.1-8).
A continuación leemos
los detalles del viaje de Nehemías a Jerusalén. Él es acompañado por capitanes
del ejercito del rey. Se nos dice claramente que el rey envió a los capitanes, no que Nehemías los haya pedido. Nehemías estaba
viajando como el copero del rey, y probablemente el rey estaba pensando más en su dignidad que en la seguridad de Nehemías.
Aún así, Dios puede usar la dignidad de un rey y los requerimientos de la realeza para proveer para el bienestar de sus siervos.
Es claro que las circunstancias demandaban tal protección, porque se nos dice que los enemigos del pueblo de Dios estaban
grandemente enojados de que un hombre viniese a buscar el bienestar del pueblo de Dios (v.9-10).
Es necesario tener
en cuenta que a medida que las dispensaciones se acercan a su fin, hay cada vez menos una intervención pública de parte de
Dios. Los seiscientos mil que emprendieron su jornada de Egipto a Canaán acompañados por la nube de día y el pilar de fuego
de noche; cada etapa de esa sorprendente jornada es caracterizada por las milagrosas intervenciones de Dios. Es diferente
a los días de Zorobabel, Esdras y Nehemías. Ellos, también, toman sus varias jornadas desde la tierra de cautividad a la tierra
de Jehová, pero no vemos que una nube visible los proteja de día, ni un pilar de fuego ilumine su camino de noche. Ellos deben
contentarse con usar medios ordinarios para viajar en ese tiempo y los recursos del país. Además, a medida que los días avanzan,
las circunstancias externas se hacen más débiles. Zorobabel guía a Jerusalén a una compañía de cuarenta y dos mil personas;
con Esdras sólo vemos que retornan mil ochocientos, y ahora con Nehemías él debe contentarse con viajar sólo. En su día, si
alguno escapaba de la cautividad, era como un individuo solitario. Si no hay intervenciones externas y directas de Dios, y si las circunstancias son débiles, esto viene a ser una mayor oportunidad para el ejercicio
de la fe. Entonces vemos que la fe viene a ser más brillante en la medida en que el día viene a ser más oscuro.
Capítulo 2:11-20
“Llegué, pues, a Jerusalén, y después de estar allí tres días, me levanté de noche, yo y unos pocos
varones conmigo, y no declaré a hombre alguno lo que Dios había puesto en mi corazón que hiciese en Jerusalén; ni había cabalgadura
conmigo, excepto la única en que yo cabalgaba. Y salí de noche por la puerta del Valle hacia la fuente de Dragón y a la puerta
del Muladar; y observé los muros de Jerusalén que estaban derribados, y sus puertas que estaban consumidas por fuego. Pasé
luego a la puerta de la Fuente, y al estanque del Rey; pero no había lugar por donde pasase la cabalgadura en que iba. Y subí
de noche por el torrente y observé el muro, y di la vuelta y entré por la puerta del Valle, y me volví. Y no sabían los oficiales
a dónde yo había ido, ni qué había hecho; ni hasta entonces lo había declarado yo a los judíos y sacerdotes, ni a los nobles
y oficiales, ni a los demás que hacían la obra.
Les dije, pues: Vosotros
veis el mal en que estamos, que Jerusalén está desierta, y sus puertas consumidas por el fuego; venid, y edifiquemos el muro
de Jerusalén, y no estemos más en oprobio. Entonces les declaré cómo la mano de mi Dios había sido buena sobre mí, y asimismo
las palabras que el rey me había dicho. Y dijeron: Levantémonos y edifiquemos. Así esforzaron sus manos para bien. Pero cuando
lo oyeron Sanbalat horonita, Tobías el siervo amonita. Y Gesem el árabe, hicieron escarnio de nosotros, y nos despreciaron,
diciendo: ¿Qué es esto que hacéis vosotros? ¿Os rebeláis contra el rey? Y en respuesta les dije: El Dios de los cielos, él
nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos, porque vosotros no tenéis parte ni derecho ni memoria
en Jerusalén”.
Llegando a Jerusalén, Nehemías permanece tres días. Él tiene una obra grande y seria ante él, y no emprenderá
ninguna acción precipitada. Él debe dar testimonio a la angustia del pueblo de Dios y a la arruinada condición de Jerusalén,
él debe levantar al pueblo de Dios a la acción, y dirigirles en su obra. Pero él debe primero ser testigo de las desolaciones
contra las cuales él ha de dar testimonio, de manera que él pueda hacerlo de la misma forma y en el mismo espíritu del siervo
que en fecha posterior podía decir, “nosotros hablamos lo que sabemos y testificamos de lo que hemos visto”.
De este modo sucedió
que Nehemías se levantó por la noche y alguno de los hombres con él y sin comunicar a otros lo que Dios había puesto en su
corazón realizar, va a la puerta del Valle, y de diferentes puntos él, “vio las murallas de Jerusalén, que estaban
derribadas”, y consumidas por el fuego. Él mismo se entera de la extensión de la ruina. Él prosigue su jornada nocturna
hasta que no hubo lugar por donde pasar. Habiendo hecho frente a tal desolación el corazón natural bien podía concluir que el caso era uno sin esperanza, y que estaba más allá del poder del hombre remediarlo.
Para el hombre, como tal, era realmente sin esperanza; pero Dios había puesto en el corazón de Nehemías emprender esta obra,
y Dios puede capacitar a un hombre para realizar lo que Él ha puesto en su corazón hacer. El secreto del poder de Nehemías
residía en la seguridad que Dios le había dado para hacer esta obra. No había necesidad de consultar con ningún hombre acerca
de una obra que Dios le había dado a cumplir. Los consejos de los hombres no pueden añadir nada a Dios, pero si pueden debilitar
y desalentar a Nehemías. Los hombres probablemente le habían dicho que era más sabio dejar el asunto tal cual estaba, que
él sólo se angustiaría él mismo al mirar la ruina, y levantaría la perturbación en el pueblo de Dios, y oposición ante ellos,
por intentar reedificar las murallas. De esta forma fue que Nehemías realizó sus jornadas en secreto para enterarse él mismo
de las desolaciones de Jerusalén, y ninguno de los gobernadores, tampoco del pueblo, supieron donde había ido ni lo que había
hecho (v.11-16).
Habiendo hecho esta
inspección, había llegado el tiempo de hablar ante los ancianos. Él da testimonio
a la angustia del pueblo, y a las desolaciones de Jerusalén con sus murallas derribadas y puertas quemadas, y los estimula
a levantarse y a edificar las murallas para que el reproche sea quitado del pueblo de Dios (v.17).
Además Nehemías les
dice que la buena mano de Dios estaba sobre él. La mano gubernamental de Dios ha utilizado a Nabucodonosor para derribar las
murallas y quemar sus puertas, pero la mano bondadosa de Dios estaba sobre Nehemías para edificar las murallas y levantar
sus puertas. Habiendo escuchado hablar de la mano de Dios, los gobernadores dicen, “levantémonos y edifiquemos”.
“Así ellos fortalecieron sus manos para esta nueva obra”. Nada fortalecerá nuestras manos para una nueva
obra como el reconocimiento de la mano de Dios dirigiendo esa obra. Dios ha puesto en el corazón de un hombre hacer la obra,
y ahora Dios fortalece sus manos para cumplirla (v.18).
Pero, ¡lamentablemente!
hay otros quienes están preparados para oponerse a la edificación de las murallas, y estos tratan a Nehemías y a sus compañeros
con desprecio y burla. El líder en esta oposición no es un pagano sino un Samaritano (4:1-2), uno cuya religión era una mezcla
corrupta de idolatría y de adoración a Jehová. A los ojos del mundo él sin duda sería visto, de acuerdo a su profesión, como
un verdadero adorador de Jehová. Nehemías, a pesar de ello no es engañado, porque dice, “vosotros no tenéis porción,
ni derecho, ni memoria en Jerusalén” (v.19).
Como entonces, así es ahora, la más grande oposición al mantenimiento
de la separación entre el mundo y el pueblo de Dios viene de los cristianos profesantes que están en alianza con los enemigos
del pueblo de Dios.
Nehemías, a pesar
de las burlas y el menosprecio de los hombres no se aleja de la obra de Dios. Él se da cuenta que si los hombres del mundo
se oponen, el Dios del cielo prosperará la obra (v.20).
En nuestro día también,
¿podemos no decir, que a pesar de la ruina y desolación entre el pueblo de Dios y de toda oposición, quienes buscan edificar
las murallas y levantar las puertas para el mantenimiento de la santidad de la casa de Dios, no tendrán del Dios del cielo
la prosperidad?
EL
CUMPLIMIENTO DE LA OBRA
(Capítulo 3)
Capítulo 3:
“Entonces
se levantó el sumo sacerdote Eliasib con sus hermanos los sacerdotes, y edificaron la puerta de las Ovejas. Ellos arreglaron
y levantaron sus puertas hasta la torre de Hamea, y edificaron hasta la torre de Hananeel. Junto a ella edificaron los varones
de Jericó, y luego edificó Zacur hijo de Imri.
Los hijos de Senaa edificaron la puerta del Pescado; ellos la enmaderaron,
y levantaron sus puertas, con sus cerraduras y sus cerrojos. Junto a ellos restauró Meremot hijo de Urías, hijo de Cos, y
al lado de ellos restauró Mesulam hijo de Berequías, hijo de Mesezabel. Junto a ellos restauró Sadoc hijo de Baana. E inmediato
a ellos restauraron los tecoítas; pero sus grandes no se prestaron para ayudar a la obra de su Señor.
La puerta Vieja fue restaurada por Joiada hijo de Paseah y Mesulam
hijo de Besodías; ellos la enmaderaron, y levantaron sus puertas, con sus cerraduras y cerrojos. Junto a ellos restauró Melatías
gabaonita, y Jadón meronotita, varones de Gabaón y de Mizpa, que estaban bajo el dominio del gobernador del otro lado del
río. Junto a ellos restauró Uziel hijo de Harhaía, de los plateros; junto al cual restauró también Hananías, hijo de un perfumero.
Así dejaron reparada Jerusalén hasta el muro ancho.
Junto a ellos restauró también Refaías hijo de Hur, gobernador
de la mitad de la región de Jerusalén. Asimismo restauró junto a ellos, y frente a su casa, Jedaías hijo de Harumaf; y junto
a él restauró Hatús hijo de Hasabnías. Malquías hijo de Harín y Hasuf hijo de Panab-moab restauraron otro tramo, y la torre
de los Hornos. Junto a ellos restauró Salum hijo de Halohes, gobernador de la mitad de la región de Jerusalén, él con sus
hijas.
La puerta
del Valle la restauró Hanún con los moradores de Zanoa; ellos la reedificaron, y levantaron
sus puertas, con sus cerraduras y sus cerrojos, y mil codos del muro, hasta la puerta del Mudalar. Reedificó la puerta
del Muladar Malquías hijo de Recab, gobernador de la provincia de Bet-haquerem; él la reedificó, y levantó sus puertas, sus
cerraduras y sus cerrojos. Salum hijo de Celhoze, gobernador de la región de Mizpa, restauró la puerta de la Fuente; él la
reedificó, la enmaderó y levantó sus puertas, sus cerraduras y sus cerrojos, y el muro del estanque de Siloé hacia el huerto
del rey, y hasta las gradas que descienden de la ciudad de David.
Después
de él restauró Nehemías hijo de Azbuc, gobernador de la mitad de la región de Bet-sur, hasta delante de los sepulcros de David,
y hasta el estanque labrado, y hasta el estanque de los Valientes. Tras él restauraron los levitas; Rehum hijo de Bani, y
junto a él restauró Hasabías, gobernador de la mitad de la región de Keila, por su región. Después de él restauraron sus hermanos,
Bavai hijo de Henadad, gobernador de la mitad de la región de Keila. Junto a él restauró Ezer hijo de Jesúa, gobernador de
Mizpa, otro tramo frente a la subida de la armería de la esquina.
Después
de él Baruc hijo de Zabai con todo fervor restauró otro tramo, desde la esquina hasta la puerta de la casa de Eliasib sumo
sacerdote. Tras él restauró Meremot hijo de Urías hijo de Cos otro tramo, desde la entrada de la casa de Eliasib hasta el
extremo de la casa de Eliasib. Después de él restauraron los sacerdotes, los varones de la llanura. Después de ellos restauraron
Benjamín y Hasub, frente a su casa; y después de éstos restauró Azarías hijo de Maasías, hijo de Ananías, cerca de su casa.
Después
de él restauró Binúi hijo de Henedad otro tramo, desde la casa de Azarías hasta el ángulo entrante del muro, y hasta la esquina.
Palal hijo de Uzai, enfrente de la esquina y la torre alta que sale de la casa del rey, que está en el patio de la cárcel.
Después de él, Pedaías hijo de Faros. Y los sirvientes del templo que habitaban en Ofel restauraron hasta enfrente de la puerta
de la Aguas al oriente, y la torre que sobresalía. Después de ellos restauraron los tecoítas otro tramo, enfrente de la gran
torre que sobresale, hasta el muro de Ofel.
Desde la
puerta de los Caballos restauraron los sacerdotes, cada uno enfrente de su casa. Después de ellos restauró Sadoc hijo de Imer,
enfrente de su casa; y después de él restauró Semaías hijo de Secanías, guarda de la puerta Oriental. Tras él, Hananías hijo
de Selemías y Hanún hijo sexto de Salaf restauraron otro tramo. Después de ellos restauró Mesulam hijo de Berequías, enfrente
de su cámara.
Después
de él restauró Malquías hijo del platero, hasta la casa de los sirvientes del templo y de los comerciantes, enfrente de la
puerta del Juicio, y hasta la sala de la esquina. Y entre la sala de la esquina y la puerta de las Ovejas, restauraron los
plateros y los comerciantes”.
El siervo ha
sido preparado, su camino aclarado, ahora tenemos el registro de la obra. Esta obra especial, como hemos visto para producir
un avivamiento, en medio de este remanente retornado, es para edificar las murallas de Jerusalén y levantar las puertas. Edificar
las murallas y levantar las puertas tiene su respuesta en nuestros días en el mantenimiento de la santidad de la casa de Dios
a través de la separación de la iniquidad y de los utensilios para usos viles ( 2 Timoteo 2:20), y el piadoso cuidado que
da acceso libre a los privilegios de la casa de Dios a todos aquellos del pueblo de Dios que vienen con integridad. Tal cuidado
puede realmente, a veces, envolver una acción disciplinaria de lo cual la puerta, en días del Antiguo Testamento fue a menudo
su símbolo.
Los detalles registrados
en los días de Nehemías son ricos en instrucción para quienes, en nuestro día, desean responder al pensamiento de Dios para
su pueblo en cuanto a la separación del mal, y el mantenimiento de la santidad.
Es digno de notar
que, desde el más grande al más pequeño, todos están unidos en esta obra particular. Sacerdotes, nobles, y el pueblo común,
todos eran de un pensamiento para edificar las murallas y levantar sus puertas. Estas personas responsables en la obra pueden
ocupar muy variadas posiciones sociales, algunos son “nobles”, y otros del pueblo común. Sus oficios pueden
ser muy diferentes, mercaderes, artífices del bronce, etc. (v.8, 31 y 32).
Su obra individual
en el servicio del Señor puede ser diferente, algunos son sacerdotes y otros levitas. Sea cual fuere su posición social, su
oficio secular, o su servicio especial para el Señor, todos tienen un mismo y sólo propósito, levantar las murallas y sus
puertas, y por esta unanimidad, como uno ha dicho, “ellos confesaron su necesidad de separación de las naciones alrededor
y tomaron medidas para asegurarla”.
Para quienes hoy han sido libertados de los sistemas corruptos
de los hombres en vista a mantener la verdad de la casa de Dios, esto traerá un avivamiento de bendición si, guiados por el
Espíritu de Dios, y en obediencia a su Palabra, ellos se unen en la búsqueda de mantener la separación de la corrupción religiosa
de la cristiandad, y toman medidas para asegurarlas por medio de las murallas y sus puertas.
Esta unidad de pensamiento y actividad para este fin son las marcas seguras de una obra del Espíritu de Dios. Y siendo
tal, el Señor les muestra su especial aprobación al registrar sus nombres, familias, trabajando en una obra que interesa grandemente
al honor de su Nombre y a la bendición de su pueblo.
Pero mientras todos
estos, en esta obra, tienen una mención honrosa, debemos tener en cuenta que algunos son distinguidos sobre otros en la obra.
De Baruc leemos que no sólo reparó la muralla sino que lo hizo “con todo fervor” (v.20).
Algunos son distinguidos
por la cantidad de su obra. De “Hanún y los habitantes de Zanoa” leemos que no sólo levantaron “la
puerta del Valle” sino que también edificaron, “mil codos del muro” (v.13). Los tecoítas no sólo
repararon un trozo de la muralla siguiendo la obra de Zadoc, sino que después se nos dice que repararon “otro tramo”
(v.27). Y de otros leemos que repararon “otro tramo” (v.11, 19 y 30).
Además otros son
distinguidos por la calidad de su obra, porque Dios hace diferencia entre “cantidad” y “calidad”.
La cantidad de la obra cumplida por Eliasib y sus hermanos excede a la de los hijos de Asenab, porque aunque el grupo sacerdotal edificó una puerta y aparentemente una considerable porción de la muralla,
los hijos de Asenab sólo levantaron una puerta. No obstante la calidad de la obra de los hijos de Asenab excede a la del sumo
sacerdote y sus hermanos, porque ellos no sólo edifican la puerta sino que colocan también sus cerrojos, y sus barras. Tales
detalles no se registran de la obra del sumo sacerdote.
Otros son distinguidos
por su fidelidad personal en la obra. Ellos edifican frente a sus propias casa (v.10, 23, 28 y 29). Dios de esta forma muestra
su aprobación especial de quienes son cuidadosos en mantener la separación dentro de la esfera de su propia responsabilidad.
Más adelante una
familia es distinguida por la mención de las hijas. Salum un gobernador, reparó la muralla “él con sus hijas”.
Ésta fue una obra en la cual las mujeres podían justamente participar, y recibieron una mención honrosa por hacerlo (v.12).
Pero si el Señor
estampa con Su aprobación la obra de estos diferentes obreros, hay algunas pocas cosas que el Señor desaprueba, y estas son
registradas para nuestra advertencia. De los nobles de los tecoítas leemos “pero sus nobles no pusieron su cerviz
a la obra del Señor". (Nehemías 3:5 - Versión Moderna). La orgullosa cerviz que no se inclina, nos habla del orgullo que
gobierna el corazón. Ellos evitan seguir un camino que hace nada del hombre y de su propia importancia. Siempre es así, quienes
tienen una buena posición en el mundo religioso, no se preocupan de mantener las murallas de la separación.
Entonces se nos dice
con cuidadosos detalles que otros edificaron frente a la casa de Eliasib, un hombre edificando a la puerta de su casa, y otro
continuando la obra desde su puerta (v.20 y 21). El sumo sacerdote era indiferente a su propia casa y no puso barras ni cerrojos
para asegurar la puerta que había levantado. En lo que le concernía a él dejo su casa y su puerta expuesta al enemigo.
Para todas estas
distinciones -estas aprobaciones y desaprobaciones- hay causas y razones en las vidas de los aprobados y desaprobados, que
no son aparentes en el mismo momento pero que serán manifestadas en los días futuros, ya sea ahora o después. Sea cual fuere
la bondad de Dios hacia su pueblo, su gobierno toma un seguro e irrevocable curso. Siempre hay una razón detrás de las acciones
de los hombres aunque causa y efecto pueden estar ampliamente separadas.
Hay una razón para
la significativa omisión de las barras y cerrojos en la puerta que levantó Eliasib, y en la cercana futura historia, esto
fue manifestado para nuestro provecho. Veremos que Eliasib el sacerdote estaba
aliado con Tobías el Amonita y Sambalat el Horonita. Al no estar en orden su propia casa, él no puede edificar la muralla
frente a ésta. Además habiendo preparado una gran cámara para Tobías en la casa del Señor, poco sorprende, entonces, que no
haya puesto barras y cerrojos en su puerta, porque es obvio que si él provee una cámara dentro para el enemigo de afuera,
él debe también dejar el camino libre para que el enemigo tenga acceso a esa cámara. De este modo sucede que Eliasib, quien
debiese haber andado con Dios en paz y equidad, es causa de tropiezo y corrupción (Malaquías 2:16). Él hace una profesión
de separación al edificar la puerta y la muralla, para mantenerse dentro con un pueblo separado, pero es cuidadoso de no poner
barras ni cerrojos sobre su puerta, para mantener dentro al hombre corrupto y mezclado con la religión de Samaria, y dejar
lugar así para el acceso de estos entre el pueblo de Dios.
¡Esto es de lamentar!
Entre quienes han sido libertados del sistema de los hombres en estos últimos días, no han faltado líderes, quienes han hecho
una hermosa profesión de mantener las murallas y las puertas, y a causa de sus lazos con el mundo religioso, han sido obligados
a dejar sus puertas sin seguro. Ellos pueden argumentar amor y amplitud de corazón, y el deseo de evitar el sectarismo, pero
el resultado de su curso, si se permite seguirlo sin estorbo, guía a un nuevo debilitamiento del pueblo de Dios por enlazarlos
gradualmente con las corrupciones religiosas de la cristiandad.
SEGUNDA DIVISION
LA OPOSICION A LA OBRA
Capítulo 4:
El león rugiente; o la oposición exterior del enemigo.
Capítulo 5:
La corrupción de la carne; o la obra estorbada por una baja condición moral del pueblo.
Capítulo 6:
Los ardides de Satanás; o la obra estorbada por las prácticas corruptas del enemigo.
Capítulo 7:
La administración de la ciudad; o la salvaguardia contra el enemigo.
EL LEON RUGIENTE
(Capítulo 4)
Capítulo 4:
“Cuando
oyó Sanbalat que nosotros edificábamos el muro, se enojó y se enfureció en gran manera, e hizo escarnio de los judíos. Y habló
delante de sus hermanos y del ejército de Samaria, y dijo: ¿Qué hacen estos débiles judíos? ¿Se les permitirá volver a ofrecer
sus sacrificios? ¿Acabarán en un día? ¿Resucitarán de los montones del polvo las piedras que fueron quemadas? Y estaba junto
a él Tobías amonita, el cual dijo: Lo que ellos edifican del muro de piedra, si subiere una zorra lo derribará.
Oye, oh Dios nuestro, que somos objeto de su menosprecio, y vuelve
el baldón de ellos sobre su cabeza, y entrégalos por despojo en la tierra de su cautiverio. No cubras su iniquidad, ni su
pecado sea borrado delante de Ti, porque se alzaron contra los que edificaban.
Edificamos,
pues, el muro, y toda la muralla fue terminada hasta la mitad de su altura, porque el pueblo tuvo ánimo para trabajar.
Pero aconteció
que oyendo Sanbalat y Tobías, y los árabes, los amonitas y los de Asdod, que los muros de Jerusalén eran reparados, porque
ya los portillos comenzaban a ser cerrados, se encolerizaron mucho; y conspiraron todos a una para venir a atacar a Jerusalén
y hacerle daño. Entonces oramos a nuestro Dios, y por causa de ellos pusimos guarda contra ellos de día y de noche. Y dijo
Judá: Las fuerzas de los acarreadores se han debilitado, y el escombro es mucho, y no podemos edificar el muro.
Y nuestros
enemigos dijeron: No sepan, ni vean, hasta que entremos en medio de ellos y los matemos, y hagamos cesar la obra. Pero sucedió
que cuando venían los judíos que habitaban entre ellos, nos decían hasta diez veces: De todos los lugares de donde volviereis,
ellos caerán sobre vosotros.
Entonces
por las partes bajas del lugar, detrás del muro, y en los sitios abiertos, puse al pueblo por familias, con sus espadas, con
sus lanzas y con sus arcos. Después miré, y me levanté y dije a los nobles y a los oficiales, y al resto del pueblo: No temáis
delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras
hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas. Y cuando oyeron nuestros enemigos que lo habíamos entendido, y que Dios
había desbaratado el consejo de ellos, nos volvimos todos al muro, cada uno a su tarea. Desde aquel día la mitad de mis siervos
trabajaba en la obra, y la otra mitad tenía lanzas, escudos, arcos y corazas; y detrás de ellos estaban los jefes de toda
la casa de Judá. Los que edificaron en el muro, los que acarreaban, y los que cargaban, con una mano trabajaban en la obra,
y con la otra tenían la espada. Porque los que edificaban, cada uno tenía su espada ceñida a sus lomos, y así edificaban;
y el que tocaba la trompeta estaba junto a mí.
Y dije a
los nobles, y a los oficiales y al resto del pueblo: La obra es grande y extensa, y nosotros estamos apartados en el muro,
lejos unos de otros. En el lugar donde oyereis el sonido de la trompeta, reuníos allí con nosotros; nuestro Dios peleará por
nosotros.
Nosotros,
pues, trabajábamos en la obra; y la mitad de ellos tenían lanzas desde la subida del alba hasta que salían las estrellas.
También dije entonces al pueblo: Cada uno con su criado permanezca dentro de Jerusalén, y de noche sirvan de centinela y de
día en la obra. Y ni yo ni mis hermanos, ni mis jóvenes, ni la gente de guardia que me seguía, nos quitamos nuestro vestido;
cada uno se desnudaba solamente para bañarse”.
Cada avivamiento
entre el remanente retornado levanta la oposición de una forma u otra.
Zorobabel levanta
el altar y coloca los fundamentos del templo, e inmediatamente los adversarios, bajo el liderazgo de Rehum, levantan la oposición
(Esdras 4).
El segundo avivamiento
o despertar, bajo Hageo y Zacarías, encuentra la oposición de Tatnai y sus compañeros (Esdras 5:3).
El tercer avivamiento
bajo Esdras encuentra entre sus oponentes a Jonatán y Jahazías (Esdras 10:15).
Finalmente el último
avivamiento bajo Nehemías encuentra la oposición de Sambalat y Tobías, y otros asociados con ellos. Esta oposición es presentada
en más grande detalle que las anteriores y está lleno de instrucciones para quienes, en estos últimos días, están buscando
andar en separación de las corrupciones de la cristiandad. Como en el pasado, así hoy cada intento de los hombres que temen
a Dios para mantener la separación del mal entre el pueblo de Dios levanta variadas formas de oposición. Satanás sabe muy
bien que si él puede derribar la separación entre el pueblo de Dios y el mundo, cada verdad será debilitada y las más profundas
verdades del cristianismo se perderán completamente. Considerando que el mantenimiento de las murallas de separación unida
a una justa condición espiritual, significarán la preservación de cada verdad recuperada en avivamientos pasados.
Viniendo ahora a
considerar la oposición a este último avivamiento bajo Nehemías, se hallará que este toma diferentes formas, la primera es
una abierta oposición en la cual el enemigo es visto como león rugiente (1ª Pedro 5: 8). Esta forma de oposición está principalmente
ante nosotros en el capítulo 4, junto con las especiales dificultades que esto crea.
Se recordará que
la llegada de Nehemías a Jerusalén ha enojado al enemigo (2:10). Entonces la decisión de edificar la muralla produjo su menosprecio
(2:19). Ahora que la buena obra está en movimiento, el enemigo muestra su rabia e indignación (4:1), lo que guía a la adopción
de violentas medidas, porque ellos conspiran “para venir y pelear contra Jerusalén”. Al principio, los
oponentes buscan cubrir sus reales sentimientos de rabia por medio de un menosprecio a un pueblo débil; ellos dicen que una
zorra derribará lo que edifican. Si esto representó el verdadero estado del caso, habría sido innecesario que ellos se molestasen
acerca de esto. Ellos podrían dejar muy bien el asunto entregado a una zorra.
Mirando solamente
sobre las circunstancias exteriores, el enemigo, con alguna verdad, habla de este pequeño remanente como “débil”,
y preguntan muy bien, "¿Se les permitirá?" sacrificar, terminar y “resucitar las piedras” pero en
tales cuestiones ellos dejan fuera a Dios y su gracia, y hablan locamente de una zorra.
El curso que Nehemías
toma para enfrentar este ataque es simple e instructivo. Enfrentado por la rabia de Sambalat, “sus hermanos, y el
ejercito de Samaria”, él rehusa ser atraído a levantar algún argumento contra ellos; él no sugiere ningún compromiso
con ellos; tampoco se opone a ellos, sino que se vuelve a Dios.
El enemigo deja fuera
a Dios, Nehemías introduce a Dios. Él reconoce que el pueblo está siendo menospreciado y afrentado (v.4). Cuando en Babilonia
él conoció la afrenta del pueblo, cuan diferentes eran las circunstancias: entonces estaban en afrenta a causa de la ruina
de la muralla, ahora en afrenta por edificar la muralla. En el caso anterior, la afrenta era para su vergüenza, ahora lo es
para su honor.
Además, habiendo
reconocido la aflicción del pueblo, Nehemías procede a exhibir ante Dios el pecado de sus oponentes, y pide que ellos sean
entregados “como presa en la tierra de cautividad”. En este día de gracia pedir por juicio sobre quienes
se nos oponen no es nuestra parte, aún así cuan constantemente vemos esto, en el gobierno de Dios, que quienes se oponen al
mantenimiento de las murallas de separación caen en la desesperanzadora cautividad del mundo religioso.
Mientras Nehemías
estuvo plenamente consciente de la oposición del enemigo y la enfrentó en secreto
por el poder de la oración, en la obra pública siguió adelante “porque el pueblo tuvo ánimo para trabajar”.
No fue simplemente que Nehemías y unos pocos sinceros líderes tenían en sus mentes y corazones trabajar, sino “el
pueblo”. Su corazón estaba en la obra de mantener lo que era debido a Dios por medio de las murallas y puertas.
Esta unidad de pensamiento y energía, da una segura evidencia de una obra del Espíritu Santo.
La perseverancia
unánime del pueblo de Dios levanta la unida oposición del enemigo (v.7 y 8). Hasta aquí la oposición ha venido sólo de individuos,
pero ahora, Arabes, Amonitas, Asdoditas, se unen con Sambalat y Tobías “para pelear contra Jerusalén”.
Personas con muy diferentes intereses y opiniones, pueden unir sus manos para oponerse al movimiento que es de Dios. Y este
movimiento unido lleva a la oposición a tomar violentas medidas. Comenzando con burlas, ésta se desarrolla hasta llegar a
la rabia y termina en métodos violentos. Una y otra vez esto se ha verificado en la historia del pueblo de Dios. Quienes terminan
tomando violentas medidas generalmente comienzan por hablar despreciativamente de sus hermanos. Reitero, el espíritu en el
cual el pueblo actúa prueba que el movimiento es de Dios, así como el espíritu de oposición prueba que es una obra del enemigo.
Porque detrás de este ataque hay “ira y conspiración”. La “ira del hombre no obra la justicia
de Dios” (Santiago 1:20) y el Espíritu de Dios no será parte de ardides humanos. De este modo es que el verdadero
carácter de la oposición puede ser a menudo detectado por sus métodos carnales.
El pueblo de Dios
debe recordar que las armas de Dios no son carnales. El remanente en el día de Nehemías realiza esto, porque ellos enfrentan
este ataque unido del enemigo, uniéndose en ruego a Dios. “Oramos a nuestro Dios” (v.9). Ellos enfrentan
el poder del enemigo por el aún más grande poder de la oración. Cuando los hombres se vuelven contra ellos en rabia, ellos
se vuelven a Dios en oración. Pero si ellos miran hacia Dios también “ponen vigías contra el enemigo”.
Y esto tiene una enseñanza para nosotros, ¿No nos ha dicho el Señor “velad y orad”?. Así también el apóstol
en la exhortación de la epístola une las palabras “velando y orando” (Efesios 6:18). Además el apóstol
ha enlazado “perseverancia” con velar y orar y esto también es mostrado por este débil remanente porque
si ellos velan, lo hacen de día y de noche.
De este modo, por
medio de la oración y velando con toda perseverancia, el enemigo es frustrado en su primer ataque, pero, como resultado del
ataque, el pueblo de Dios es acosado en una triple forma.
Primero, por corrupción
desde dentro (v.10). Tenemos a quienes toman un lugar de guía entre el pueblo de Dios y que desean detener la edificación
de la muralla. De este modo leemos que Judá dijo, “la fuerza de los acarreadores se ha debilitado, y el escombro
es mucho, y no podemos edificar el muro”. La historia posterior manifestará que los nobles de Judá están en constante
comunicación con el enemigo. Por el momento esta mala asociación con el enemigo no es divulgada, y las razones que ellos dan
para detener la obra no tiene conexión con esto. Los hechos que presentan pueden ser verdaderos pero la conclusión basada
sobre los hechos es completamente falsa. No es cuestión de la debilidad de quienes llevan las cargas, y es también claro que
hay muchos escombros, pero concluir que es imposible edificar por ello la muralla, es falso. Aún así en nuestros días estos
hechos han sido abogados y tienen una similar conclusión. Están también quienes dicen “el pueblo de Dios es débil,
la corrupción de la cristiandad grande, el mal universal, de manera que es imposible mantener una estricta separación conforme
a la Palabra de Dios. Debemos aceptar las cosas tal como son y hacer lo que mejor podamos”. Ésta es la voz de Judá
en nuestros días. Y como en el día de Nehemías, quienes usan este lenguaje a menudo se encuentran en intima asociación con
los oponentes a la verdad.
En segundo lugar,
el remanente acosado por el temor de un súbito e inesperado ataque del enemigo (v.11). Los adversarios dicen “que
ellos no sepan, ni vean hasta que estemos en medio de ellos”. Este es un esfuerzo deliberado para obtener un lugar
entre el pueblo de Dios para “matarlos y hacer cesar la obra”. Otra vez no faltan en nuestros días quienes
se introducen encubiertamente para minar el principio de la separación que se trata de mantener.
En tercer lugar,
está el intento de acosar a estos en la obra por la constante repetición de inquietantes rumores: “...nos decían hasta diez veces: De todos los lugares de donde volviereis,
ellos caerán sobre vosotros” (v.12). Están quienes moran
o están a favor del enemigo, y parecen estar muy bien enterados con todos sus hechos, y por los reportes que llevan de tiempo
en tiempo, tienden a distraer a los edificadores. Estos no son enemigos, sino judíos quienes llevan estos reportes. Posiblemente
ellos no tienen intenciones de oponerse, tal vez piensan que están ayudando al dar estas advertencias, no obstante ellos están
haciendo la obra del enemigo.
Aquí entonces tenemos
un pequeño remanente del pueblo de Dios esforzándose por mantener fuera el mal, y enfrentados por la abierta oposición del
enemigo, y acosados por los corruptos argumentos de hombres en asociación con éste, por el conocimiento de ataques inesperados
y por la constante repetición de rumores inquietantes.
El resto del capítulo
nos enseña cómo estas diferentes dificultades fueron enfrentadas por Nehemías. Primero, él arma al pueblo para el conflicto
y los pone en los lugares expuestos (v.13). Estos eran “lugares bajos”, es decir, donde la muralla tenía
poca altura, y “lugares altos” en las murallas que estaban peculiarmente abiertas al ataque. El diablo
no se preocupa de cómo obtener un lugar entre el pueblo de Dios, sea por bajo andar o altas pretensiones. ¿No podemos decir
que la muralla estaba baja en la asamblea de Corinto donde el enemigo había entrado por medio de la lascivia? En Colosas dónde
la asamblea estaba en peligro de permitir la carne religiosa por altas pretensiones, ¿No podemos decir que allí estaban en
peligro en los lugares altos?.
Para enfrentar tales
formas de mal necesitamos ponernos toda la armadura de Dios. Pero en el día de Nehemías la confianza del pueblo no estaba
solamente en sus armas de defensa. La palabra era “recordar al Señor que es grande y terrible” (v.14),
de este modo ellos fueron libertados de todo temor. En semejante espíritu el apóstol antecede a su exhortación en cuanto a
la armadura por decir “hermanos sed fuertes en el Señor y en el poder de su fuerza”.
Además al defenderse ellos mismos estaban peleando por sus hermanos
y por quienes debían venir después (v.14). En todos nuestros conflictos contra el mal y por el mantenimiento de la verdad,
haremos bien en mantener ante nosotros estas tres cosas.
Recordar al Señor -todo lo que Él es y todo lo que le es debido a Él.
Recordar a nuestros hermanos -que al mantener la verdad, a menudo en un conflicto local, estamos peleando
por todos nuestros hermanos.
Estamos ayudando a mantener la verdad para quienes puedan seguirnos -nuestros hijos e hijas.
Así sucedió en los días de Nehemías y de este modo Dios desbarató el consejo de los oponentes. Estimulados
de este modo, la obra prosiguió como leemos, “nos volvimos todos al muro cada uno a su tarea” (v.15). Cada
uno tenía su obra señalada, algunos trabajaban en edificar, otros en conflicto contra el enemigo; algunos “edificaban
sobre la muralla”, otros “llevaban cargas” y, había quienes tocaban las trompetas para advertir
del peligro. Cada uno tenía su obra señalada pero todo contribuía a un sólo fin -edificar las murallas y levantar sus puertas.
LA
CORRUPCION DE LA CARNE
(Capítulo 5)
Capítulo 5:
“Entonces
hubo gran clamor del pueblo y de sus mujeres contra sus hermanos judíos. Había quien decía: Nosotros, nuestros hijos y nuestras
hijas, somos muchos; por tanto, hemos pedido prestado grano para comer y vivir. Y había quienes decías: Hemos empeñado nuestras
tierras, nuestras viñas y nuestras casas, para comprar grano, a causa del hambre. Y había quienes decían: Hemos tomado prestado
dinero para el tributo del rey, sobre nuestras tierras y viñas. Ahora bien, nuestra carne es como la carne de nuestros hermanos,
nuestros hijos como sus hijos; y he aquí que nosotros dimos nuestros hijos y nuestras hijas a servidumbre, y algunas de nuestras
hijas lo están ya, y no tenemos posibilidad de rescatarlas, porque nuestras tierras y nuestras viñas son de otros.
Y me enojé en gran manera cuando oí su clamor y estas palabras.
Entonces lo medité, y reprendí a los nobles y a los oficiales, y les dije: ¿Exigís interés cada uno a vuestros hermanos? Y
convoqué contra ellos una gran asamblea, y les dije: Nosotros según nuestras posibilidades rescatamos a nuestros hermanos
judíos que habían sido vendidos a las naciones; ¿y vosotros vendéis aun a vuestros hermanos, y serán vendidos a nosotros?
Y callaron, pues no tuvieron qué responder. Y dije: No es bueno lo que hacéis. ¿No andaréis en el temor de nuestro Dios, para
no ser oprobio de las naciones enemigas nuestras? También yo y mis hermanos y mis criados les hemos prestado dinero y grano;
quitémosles ahora este gravamen. Os ruego que les devolváis hoy sus tierras, sus viñas, sus olivares y sus casas, y la centésima
parte del dinero, del grano, del vino y del aceite, que demandáis de ellos como interés. Y dijeron: Lo devolveremos, y nada
les demandaremos; haremos así como tú dices. Entonces convoqué a los sacerdotes, y les hice jurar que harían conforme a esto.
Además sacudí mi vestido, y dije: Así sacuda Dios de su casa y de su trabajo a todo hombre que no cumpliere esto, y así sea
sacudido y vacío. Y respondió toda la congregación: ¡Amén! y alabaron a Jehová. Y el pueblo hizo conforme a esto.
También desde el día que me mandó el rey que fuese gobernador de
ellos en la tierra de Judá, desde el año veinte del rey Artajerjes hasta el año treinta y dos, doce años, ni yo ni mis hermanos
comimos el pan del gobernador. Pero los primeros gobernadores que fueron antes de mí abrumaron al pueblo, y tomaron de ellos
por el pan y por el vino más de cuarenta siclos de plata, y aun sus criados se enseñoreaban del pueblo; pero yo no hice así,
a causa del temor de Dios. También en la obra de este muro restauré mi parte, y no compramos heredad; y todos mis criados
juntos estaban allí en la obra. Además, ciento cincuenta judíos y oficiales, y los que venían de las naciones que había alrededor
de nosotros, estaban a mi mesa. Y lo que se preparaba para cada día era un buey y seis ovejas escogidas; también eran preparadas
para mí aves, y cada diez días vino en toda abundancia; y con todo esto nunca requerí el pan del gobernador, porque la servidumbre
de este pueblo era grave. Acuérdate de mí para bien, Dios mío, y de todo lo que hice por este pueblo”.
Este capítulo
forma un importante paréntesis en la edificación de la muralla. En el capítulo 6 la obra es continuada y los ardides del enemigo
son frustrados.
En este capítulo,
la historia es detenida por un rato para enfrentar otras formas de estorbo a la obra -la baja condición moral del mismo pueblo.
La consideración de esto nos advierte que es posible para un individuo, o una compañía de santos, estar celosamente contendiendo
por la separación de las corruptas asociaciones religiosas y falsas doctrinas, y al mismo tiempo ser descuidados en cuando
a su propio estado.
Labor y conflicto
caracterizan al capítulo 4, pero para ser un vaso apto para el uso del Maestro, y ser capaces de resistir los ataques del
enemigo, debe haber un mantenimiento de la justicia. Así es en 2ª Timoteo, mientras somos exhortados a “apartarnos de
iniquidad”, y “limpiarnos de los vasos de deshonor”, somos inmediatamente advertidos de “huir de las
pasiones juveniles y seguir la justicia”. Habiendo escapado de las corrupciones de la cristiandad es posible caer en
las corrupciones de la carne. Nunca estamos en más gran peligro de actuar en la carne, que cuando hemos actuado fielmente
para el Señor. Como uno verdaderamente a dicho, “podemos ser llevados a una relajación moral a través de nuestra satisfacción
con nuestra separación eclesiástica”. Cuán conveniente entonces es la exhortación a “huir de las pasiones juveniles
y seguir la justicia” inmediatamente después de los llamados a separarnos de la iniquidad y de los vasos de deshonor.
Ésta es la profunda
y seria lección de Nehemías 5. Los versículos 1 al 5 exponen la corrupción de la carne que existió entre quienes estaban edificando
la muralla. Los judíos ricos se estaban aprovechando de la necesidad de sus hermanos más pobres para enriquecerse. Las necesidades
diarias de la vida, las circunstancias adversas que se levantaban de una sequía, y la incidencia de los impuestos en vez de
producir la simpatía de los judíos ricos, vino a ser la oportunidad de ministrar a las codicias de la carne.
No fue una cuestión
de los oficios ordinarios de la vida; sino de las necesidades y de las pruebas de los pobres, (producidas por circunstancias
especiales), que eran usadas para el engrandecimiento de los ricos.
La raíz de la turbación
estaba en el hecho de que ellos se veían como formando clases distintas de ricos y pobres, y olvidaban que aunque ricos y
pobres ellos eran “hermanos”.
Nehemías enfrenta
este mal reprendiendo a los nobles y trayendo el asunto ante “una gran asamblea”. Él muestra que actuar
de este modo hacia sus hermanos era inconsistente con la redención de la cautividad en que todos ellos han tenido parte. Esto
mostraba una falta de santo temor a Dios y, con relación a los paganos, esto los ponía en
condiciones de ser reprochados (v.6-9).
La reprensión de
Nehemías nos recuerda que en todas nuestras conductas con uno o con otro, debiésemos actuar como hermanos, en el temor de
Dios, de manera que en nada demos ocasión para los reproches del mundo. Las reprensiones de Nehemías encuentran su contraparte
en la exhortación de Pablo cuando dice a Tito que la gracia nos enseña “a vivir sobria, justa, y piadosamente en
este mundo malo” (Tito 2: 12). De este modo, debiésemos actuar para restringir el yo y en consideración con nuestros
hermanos (porque éste es el significado literal de la palabra sobriamente), justamente hacia estos fuera, y piadosamente hacia
Dios.
Además el apóstol
nos exhorta a llevar “los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 4:2).
La ley de Cristo es que debemos amarnos unos a otros, y este espíritu de santo amor es necesario, si debemos llevar las cargas
de los otros. Fallar en esto es poner clase contra clase.
Bajo las reprensiones
de Nehemías, los nobles, gobernadores, y sacerdotes, corrigen este mal, y toda la congregación “alabó al Señor”
(v.9-13). Además Nehemías no tan sólo reprendió y exhorto a otros, sino que en su modo de vida fue también un modelo para
ellos. Él consideró al pueblo (v.14-18); anduvo en el temor de Dios (v.15); y mostró hospitalidad a los paganos, para remover
toda ocasión para reproches (v.17).
LOS
ARDIDES DEL DIABLO
(Capítulo 6)
Capítulo 6:
“Cuando
oyeron Sanbalat y Tobías y Gesem el árabe, y los demás de nuestros enemigos, que yo había edificado el muro, y que no quedaba
en él portillo (aunque hasta aquel tiempo no había puesto las hojas en las puertas), Sanbalat y Gesem enviaron a decirme:
Ven y reunámonos en algunas de las aldeas en el campo de Ono. Mas ellos habían pensado hacerme mal. Y les envié mensajeros,
diciendo: Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros. Y enviaron a mí con
el mismo asunto hasta cuatro veces, y yo les respondí de la misma manera.
Entonces Sanbalat envío a mí su criado para decir lo mismo por
quinta vez, con una carta abierta en su mano, en la cual estaba escrito: Se ha oído entre las naciones, y Gasmu lo dice, que
tú y los judíos pensáis rebelaros; y que por eso edificas tú el muro, con la mira, según estas palabras, de ser tú su rey;
y que has puesto profetas que proclamen acerca de ti en Jerusalén, diciendo: ¡Hay rey en Judá! Y ahora serán oídas del rey
las tales palabras: ven, por tanto, y consultemos juntos. Entonces envié yo a decirle: No hay tal cosa como dices, sino que
de tu corazón tú lo inventas. Porque ellos nos amedrentaban, diciendo: Se debilitarán las manos de ellos en la obra, y no
será terminada. Ahora, pues, oh Dios, fortalece tú mis manos.
Vine luego a casa de Semaías hijo de Delaía, hijo de Mehetabel,
porque él estaba encerrado; el cual me dijo: Reunámonos en la casa de Dios, dentro del templo, y cerremos las puertas del
templo, porque vienen para matarte; sí, esta noche vendrán a matarte. Entonces dije. ¿Un hombre como yo ha de huir? ¿Y quién,
que fuera como yo, entraría al templo para salvarse la vida? No entraré. Y entendí que Dios no lo había enviado, sino que
hablaba aquella profecía contra mí porque Tobías y Sanbalat lo habían sobornado. Porque fue sobornado para hacerme temer así,
y que pecase, y les sirviera de mal nombre con que fuera yo infamado. Acuérdate, Dios mío, de Tobías y de Sanbalat, conforme
a estas cosas que hicieron; también acuérdate de Noadías profetisa, y de los otros profetas que procuraban infundirme miedo.
Fue terminado, pues, el muro, el veinticinco del mes de Elul, en
cincuenta y dos días. Y cuando lo oyeron todos nuestros enemigos, temieron todas las naciones que estaban alrededor de nosotros,
y se sintieron humillados, y conocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra.
Asimismo en aquellos días iban muchas cartas de los principales
de Judá a Tobías, y las de Tobías venían a ellos. Porque muchos en Judá se habían conjurado con él, porque era yerno de Secanías
hijo de Ara; y Johanán su hijo había tomado por mujer a la hija de Mesuam hijo de Berequías. También contaban delante de mí
las buenas obras de él, y a él le referían mis palabras. Y enviaba Tobías cartas para atemorizarme”.
Nehemías ha
enfrentado y triunfado sobre la abierta oposición del enemigo: él ha enfrentado también las corrupciones de la carne: ahora
es llamado a “enfrentar los ardides del diablo”. Bajo la forma de un interés amistoso en Nehemías y su obra, el
enemigo buscará, sutilmente alejarle de la simplicidad de fe en Dios, y así detener la obra cercando para hacer caer al líder
de esta obra.
Primero, Nehemías
es llamado a hacer frente al ardid de una conferencia amistosa (v.2-3). “Ven y reunámonos”, son las palabras
del enemigo. Y en respuesta, la mente natural puede sugerir que, aunque motivado por diferentes motivos, la cortesía al menos
demandaría que Nehemías accediera a esta petición y escuchara lo que ellos tenían que decir. Ciertamente que no hay daño en
escuchar sus sugerencias aunque sea imposible concordar con ellas. A pesar de ello, tales argumentos, si son usados, no tienen
valor para Nehemías. Él se da cuenta que Sambalat y Gesem están completamente opuestos a los principios que lo gobiernan a él. En tales circunstancias una reunión difícilmente ayudaría a Sambalat, y ciertamente
terminaría en “daño” para Nehemías. Él escapa a la trampa por medio de la realización de la grandeza de
la obra que está haciendo. Su respuesta es “estoy haciendo una gran obra, y no puedo ir”.
Habiendo escapado
a esta trampa, Nehemías es ahora llamado a hacer frente al ardid de la importunidad (v.4). Esto es rechazado por la firme
respuesta de Nehemías, el enemigo repite su petición “cuatro veces”. Fue por este ardid que Satanás acosó
e hizo caer a Sansón. Dalila “lo presionaba con sus palabras diariamente... hasta que su alma fue vejada hasta la
muerte”. Finalmente Sansón cae ante la importunidad de su traidora esposa y “le abrió todo su corazón”.
Como resultado se le robó su poder, el Señor se alejó de él, y él vino a ser un juguete para sus enemigos (Jueces 16: 15-21).
El diablo conoce la debilidad de la naturaleza humana y bajo persistente presión a menudo traiciona al santo a ceder por cansancio.
Nehemías escapa de esta trampa por repetir simplemente su anterior respuesta, él dice, “les responderé de la misma manera”.
Él está ocupado con una gran obra y no está preparado para discutir con quienes se sabe muy bien son oponentes de su obra.
La tercera trampa
es aquella de la “carta abierta” (v.6-7). Ésta es escrita en términos amistosos y muestra gran interés
por la reputación de Nehemías, pero aparentemente se teme que esta reputación sufra por reportes falsos concernientes a Nehemías
y su obra. Pero siendo una “carta abierta” ésta tiene el propósito de dañarlo por propagar públicamente
malos reportes. Si fuesen verdaderos los cargos sería realmente serio. Porque se dice que Nehemías -el copero y gobernador
señalado del rey- estaba en camino a “rebelarse”. Esto es verdaderamente alarmante porque rebelión es una horrorosa
palabra. Además un testigo puede ser presentado para apoyar el cargo porque “Gasmu lo dice”. Nuevamente
se dice que el propósito de Nehemías, al edificar las murallas es exaltarse a sí mismo al trono como rey. Y finalmente, el
reporte contiene esto, que Nehemías ha señalado profetas para predicar en Jerusalén, para fortalecer, de este modo, sus demandas
a la realeza por una supuesta Palabra de Dios.
Nehemías declina
ser llevado a discutir con el tentador, o dar alguna explicación de su obra o motivos. Con gran sabiduría y dominio propio
él simplemente niega la acusación y expone el origen de estos malos reportes. Él ve, también, que el real propósito de la
“carta abierta” es atemorizar al pueblo llevándolos a suponer que están asociados con uno que es rebelde
contra el rey. Asustados de este modo, sus manos “se debilitarían para la obra”. Pero, como siempre con Nehemías,
Dios era su recurso. El enemigo atacó a Nehemías para debilitar las manos del pueblo, Nehemías se vuelve a Dios para fortalecer
sus manos para poder apoyar al pueblo (v.8-9).
La trampa de la carta
abierta es seguida por una cuarta y más sutil trampa. Ahora Nehemías tiene que enfrentar el ardid del falso amigo (v.10-14).
Hay quienes dentro de la ciudad profesan gran amistad por Nehemías y aún así están pagados por el enemigo. Bajo la capa de
amistad Semaías se asocia con Nehemías de manera a traicionarlo con sus enemigos. Sus palabras son “reunámonos en
la casa de Dios, dentro del templo, y cerremos las puertas del templo, porque vienen para matarte; si, esta noche vendrán
a matarte”. Tal lenguaje puede guiar a pensar que Semaías era un verdadero amigo buscando frustrar los malos designios
del enemigo y proteger a Nehemías. Pero a los ojos de este hombre temeroso de Dios los mismos métodos sugeridos para procurar
su seguridad, levantan sus sospechas. Porque se sugiere que Nehemías -el líder en la obra- huya de la obra que Dios a puesto
en su corazón realizar. Como David en días anteriores, él podía decir, “en el Señor he puesto mi confianza: cómo
dicen a mi alma, huye como un pájaro a la montaña” (Salmo 11:1). Además se sugiere que él haga lo que era ilícito
(no siendo él ni sacerdote ni levita) para salvar su vida. Con la usual claridad de un simple y sincero hombre, Nehemías dice,
“no entraré”.
Habiendo resistido
esta trampa, todo el mal de este ardid es manifestado a Nehemías. Él detecta que Semaías, aunque era un profeta, no era enviado
por Dios, sino que estaba al servicio del enemigo, por tanto trabajando para éste bajo la capa de amistad para con Nehemías.
Con Semaías están también asociados “la profetiza Noadías y el resto de los profetas”. A la profesión de
amistad ellos añadían el peso de una supuesta expresión profética de parte de Dios. Qué trampa más terrible es que uno que está asociado con el enemigo se acerque a un hombre piadoso profesando ser un sincero amigo
con un mensaje de Dios.
En la trampa anterior,
el enemigo acusó falsamente a Nehemías de usar profetas para un mal propósito. En esta trampa el enemigo, de hecho, usa a
los profetas para sus propios malos fines. Por medio del oro adquiere una impía influencia sobre los mismos hombres, quienes
a causa de su servicio profético, debiesen haber sido los primeros en ayudar a la obra del Señor comunicando el pensamiento
del Señor.
Habiendo recibido
el oro de quienes se oponían a la obra, ellos dejan de ser los portavoces del Señor, o una ayuda a su pueblo, y ahora todos
sus esfuerzos están dirigidos para detener la obra, por arruinar el carácter
del hombre líder en ella. Nehemías percibe esto claramente porque dice de Semaías,
“porque fue sobornado para hacerme temer así, y que pecase y les sirviera de mal nombre con que yo fuera infamado”
(v.13).
En presencia de esta
terrible trampa, ahora plenamente expuesta a Nehemías, Dios es su infalible recurso (v.14). Él no hace un ataque abierto sobre
el enemigo, y aparentemente no toma medidas activas sobre sus instrumentos, sino que pone el asunto ante Dios, mencionando
los nombres de los enemigos desde fuera, y la mujer de dentro quien está trabajando detrás de la escena. Como uno ha dicho,
“hay algunas formas de mal que no pueden ser abiertamente atacadas sin dañarnos a nosotros mismos y a otros, y algunos
malos obreros en la iglesia de Dios que deben ser dejados solos. Atacarlos sólo serviría a la causa del enemigo; pero nuestro
recurso en tales circunstancias es clamar a Dios contra ellos”.
Tal apelación a Dios
es reconocida por Él; porque a pesar de los ardides del enemigo, la obra prosigue y la muralla es terminada. El hecho que
esto fue cumplido por un pueblo débil exteriormente en presencia del enemigo fuerte, viene a ser un testimonio aún al enemigo
que por "Dios había sido hecha esta obra”.
Pero hay otra trampa
que Nehemías es llamado a enfrentar, el ardid, ahora, del buen informe (v.17-19). Hay quienes dentro del remanente, siempre
están hablando en términos de alabanza del enemigo que está fuera. “Ellos reportan los buenos hechos” de Tobías
ante Nehemías. Sin duda que ellos argüían “Tobías no está de acuerdo con nosotros en cuanto a edificar la muralla pero
es un buen hombre”, y como prueba, “ellos reportan sus buenos hechos”. Pero mientras alaban al enemigo ante
Nehemías, ellos están igualmente preparados a menospreciar a Nehemías ante el enemigo, porque, dice Nehemías, “y
a él le referían mis palabras”. Parecería por estos nobles de Judá, que Tobías se caracterizaba por sus buenas obras,
mientras Nehemías a lo más era un hombre sólo de “palabras”. Como sea, el hecho solemne fue que quienes
alababan al enemigo estaban en constante comunicación con él a causa de sus alianzas. De este modo, en diferentes medidas,
siempre es así con aquellos que, mientras profesan ser uno de los que tratan
de edificar la muralla, están al mismo tiempo alabando a quienes se oponen a la edificación de ella. En todos los conflictos
del pueblo de Dios, quienes, en estos últimos días, han buscado mantener la separación, ¿No han, una y otra vez, hecho frente
a estas diferentes trampas? ¿No hemos conocido la trampa de una conferencia amistosa con quienes sostienen principios opuestos
frente a los cuales no puede haber compromiso: la trampa de la importunidad que puede guiar a algunos piadosos, santos a seguir
un curso dudoso por causa de la paz; la trampa de la carta abierta -cortés en tono pero maliciosa en motivo; la del falso
amigo- quien profesa dar una advertencia de parte de Dios aunque verdaderamente está al servicio de quienes se oponen a la
verdad; y, finalmente, la trampa del buen informe de estos que están fuera, de labios de algunos que están dentro?.
En todas estas trampas
notamos que los esfuerzos del enemigo están, en lo principal, dirigidos contra
individuos. En días de Nehemías el enemigo, equivocada o justamente, creía que si hacía caer a Nehemías la caída del resto
del pueblo sería comparativamente fácil y la obra se detendría. Ellos pueden realmente estar en lo correcto al pensar que
la multitud sería fácilmente guiada a un curso equivocado, pero están completamente equivocados porque dejan a Dios fuera,
e ignoran los caminos y tratos de Dios. No ven que es usualmente el modo de Dios estorbar el río del mal por uno o dos hombres,
y que si ellos han hecho su obra, o si fallan o son vencidos por el enemigo, Dios puede levantar a otros para cumplir su obra.
Nehemías triunfó
por conocer a Dios e introducirlo dentro de todas sus dificultades. El enemigo falló por ignorancia de Dios y por dejarlo
fuera de todos sus cálculos.
LA
ADMINISTRACION DE LA CIUDAD
(Capítulo 7)
Capítulo 7:1-6
“Luego
que el muro fue edificado, y colocadas las puertas, y fueron señalados porteros y cantores y levitas, mandé a mi hermano Hanani,
y a Hananías, jefe de la fortaleza de Jerusalén (porque éste era varón de verdad y temeroso de Dios, más que muchos); y les
dije: No se abran las puertas de Jerusalén hasta que caliente el sol; y aunque haya gente allí, cerrad las puertas y atrancadlas.
Y señalé guardas de los moradores de Jerusalén, cada cual en su turno, y cada uno delante de su casa. Porque la ciudad era
espaciosa y grande, pero poco pueblo dentro de ella, y no había casas reedificadas.
Entonces puso Dios en mi corazón que reuniese a los nobles y oficiales
y al pueblo, para que fuesen empadronados según sus genealogías. Y hallé el libro de la genealogía de los que habían subido
antes, y encontré en él escrito así: Estos son los hijos de la provincia que subieron del cautiverio, de los que llevó cautivos
Nabucodonosor rey de Babilonia, y que volvieron a Jerusalén y a Judá, cada uno a su ciudad...”
Habiendo reparado
las murallas y levantado las puertas, Nehemías sigue con la administración de la ciudad. Sin murallas ni puertas no habría
ciudad que administrar; y sin administración, murallas y puertas serían inútiles. Primero entonces tenemos la señalización
de los porteros, cantores y levitas (v.1).
Los porteros tienen
a su cargo las puertas. Su responsabilidad era de admitir sólo a quienes poseían las calificaciones adecuadas para entrar
a la ciudad, y acercarse a la casa, y rechazar a todo otro.
Los cantores daban
al Señor su porción. Son sólo los redimidos los que pueden cantar cánticos de Sion: de allí la necesidad para los porteros
de cumplir fielmente sus responsabilidades, si el Señor ha de tener Su porción. Dejar entrar a personas sin calificaciones
Divinas es admitir dentro, a quienes no pueden cantar. La liviandad por parte de los porteros será una pérdida para los cantores.
La adoración es perdida donde los porteros son negligentes en sus responsabilidades. La pérdida de la adoración en cualquier
asamblea del pueblo de Dios hoy está generalmente asociada con la liviandad en la recepción.
Finalmente tenemos
a los levitas. Si los cantores mantienen lo que es debido al Señor, los levitas se preocupan por las necesidades del pueblo
del Señor. Pero los levitas deben seguir a los cantores. Si el Señor no recibe su porción, el pueblo no recibe la suya. Mientras
más grande es la delicia en el Señor más grande es el interés en el pueblo del Señor.
Como en los días
de Nehemías y la ciudad, así es en estos días con la asamblea, quienes cumplen la obra de porteros, cantores, levitas, deben
ser hombres que como Ananías se caracterizan por fidelidad y temor del Señor (v.2). Ni posición social, ni riqueza ni la posesión
de un don califica a alguno para el cuidado de la asamblea de Dios. Estas obras requieren calificaciones morales.
Sigue en un breve
versículo importantes instrucciones para quienes tienen el cargo de la ciudad (v.3).
Las puertas no se abren hasta que el sol alumbre. Mientras haya alguna tiniebla u oscuridad la puerta debe
ser mantenida cerrada. Así debe ser en la asamblea de Dios; si alguna duda es levantada en la recepción, la puerta debe ser
mantenida cerrada hasta que todo este claro.
Los porteros no deben delegar sus responsabilidades o simplemente dar direcciones. Ellos deben estar junto
a las puertas mientras éstas permanecen cerradas.
Todos los habitantes son responsables de velar frente a su propia casa; de manera a proteger la ciudad.
Como uno ha dicho verdaderamente “toda la ciudad era necesariamente lo que sus habitantes habían hecho de ella”.
No es diferente en las asambleas de Dios hoy.
Una breve pero sugestiva nota, a continuación, nos muestra la condición de la ciudad “ésta era
grande pero el pueblo poco”. Esto nos recuerda que, aunque el celo
del remanente haya sido brillante y que cualquiera haya sido la medida de avivamiento de su condición moral, aún así, en sus
circunstancias exteriores, ellos se caracterizaban por una gran debilidad. Dios
ha abierto una puerta de escape de la cautividad, pero “pocos” han avalado esta bondad de Dios -la ciudad es “grande”,
aunque, puesto en números, los del pueblo de Dios que aprecian su grandeza son pocos. Y como fue en el día de Nehemías así
es en nuestro día.
Capítulo 7:61 al 73
“...Y estos
son los que subieron de Telmela, Tel-harsa, Querub, Adón e Imer, los cuales no pudieron mostrar la casa de sus padres, ni
su genealogía, si eran de Israel: los hijos de Delaía, los hijos de Tobías y los hijos de Necoda, seiscientos cuarenta y dos.
Y de los sacerdotes: los hijos de Habaía, los hijos de Cos y los hijos de Barzilai, el cual tomó mujer de
las hijas de barzilai galaadita, y se llamó del nombre de ellas. Estos buscaron su registro de genealogías, y no se halló;
y fueron excluidos del sacerdocio, y les dijo el gobernador que no comiesen de las cosas más santas, hasta que hubiese sacerdote
con Urim y Tumin.
Toda la congregación junta era de cuarenta y dos mil trescientos sesenta, sin sus siervos y siervas, que
eran siete mil trescientos treinta y siete; y entre ellos había doscientos cuarenta y cinco cantores y cantoras. Sus caballos,
setecientos treinta y seis; sus mulos, doscientos cuarenta y cinco; camellos, cuatrocientos treinta y cinco; asnos, seis mil
setecientos veinte.
Y algunos de los cabezas de familias dieron ofrendas para la
obra. El gobernador dio para el tesoro mil dracmas de oro, cincuenta tazones, y quinientas treinta vestiduras sacerdotales.
Los cabezas de familia dieron para el tesoro de la obra veinte mil dracmas de oro y dos mil doscientas libras de plata. Y
el resto del pueblo dio veinte mil dracmas de oro, dos mil libras de plata, y sesenta y siete vestiduras sacerdotales. Y habitaron
los sacerdotes, los levitas, los porteros, los cantores, los del pueblo, los sirvientes del templo y todo Israel, en sus ciudades”.
El resto del capítulo nos muestra cómo Nehemías conecta la obra que él ha cumplido con aquella del remanente
que retornó primero con Zorobabel unos ochenta años atrás. Muchos de los que formaron ese remanente debían estar muertos en
la época de Nehemías, pero ellos todavía eran tenidos en honor, y sus variados servicios recordados. La obra que ellos realizaron
en su día hizo posible el cumplimiento de la obra en los días de Nehemías.
TERCERA DIVISION
LA AUTORIDAD DE LA PALABRA
Capítulo 8:
La Palabra de Dios puesta ante el pueblo de Dios.
Capítulo 9: El pueblo humillado ante Dios.
Capítulo 10: El pacto para obedecer la Palabra.
EL
RESTABLECIMIENTO DE LA PALABRA DE DIOS
(Capítulo 8)
Capítulo 8:
“Venido
el mes séptimo, los hijos de Israel estaban en sus ciudades; y se juntó todo el pueblo como un solo hombre en la plaza que
está delante de la puerta de las Aguas, y dijeron a Esdras el escriba que trajese el libro de la ley de Moisés, la cual Jehová
había dado a Israel. Y el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos
los que podían entender, el primer día del mes séptimo. Y leyó en el libro delante de la plaza que está delante de la puerta
de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los
oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley. Y el escriba Esdras estaba sobre un púlpito de madera que habían
hecho para ello, y junto a él estaban Matatías, Sema, Anías, Urías, Hilcías, y Maasías a su mano derecha; y a su mano izquierda,
Pedaías. Misael, Malquías, Hasum, Hasbadana, Zacarías y Mesalum. Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque
estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento. Bendijo entonces Esdras a Jehová. Dios
grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra.
Y los levitas Jesúa, Bani, Serebías, Jamín, Acub, Sabetai, Hodías,
Maasías, Kelita, azarías, Jozabed, Hanán y Pelaía, hacían entender al pueblo la ley; y el pueblo estaba atento en su lugar.
Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura.
Y Nehemías el gobernador, y el sacerdote Esdras, escriba, y los
levitas que hacían entender al pueblo, dijeron a todo el pueblo: Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis,
ni lloréis; porque todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley. Luego les dijo: Id, comed grosuras, y bebed vino
dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque
el gozo de Jehová es vuestra fuerza. Los levitas, pues, hacían callar a todo el pueblo, diciendo: Callad, porque es día santo,
y no os entristezcáis. Y todo el pueblo se fue a comer y a beber, y a obsequiar porciones, y a gozar de grande alegría, porque
habían entendido las palabras que les habían enseñado.
Al día siguiente se reunieron los cabezas de las familias de todo
el pueblo, sacerdotes y levitas, a Esdras el escriba, para entender las palabras de la ley. Y hallaron escrito en la ley que
Jehová había mandado por mano de Moisés, que habitasen los hijos de Israel en tabernáculos en la fiesta solemne del mes séptimo;
y que hiciese saber, y pasar pregón por todas sus ciudades y por Jerusalén, diciendo: Salid al monte, y traed ramas de olivo,
de olivo silvestre, de arrayán, de palmeras y de todo árbol frondoso, para hacer tabernáculos, como está escrito.
Salió, pues, el pueblo, y trajeron ramas e hicieron tabernáculos,
cada uno sobre su terrado, en sus patios, en los patios de la casa de Dios, en la plaza de la puerta de las Aguas, y en la
plaza de la puerta de Efraín. Y toda la congregación que volvió de la cautividad hizo tabernáculos, y en tabernáculos habitó;
porque desde los días de Josué hijo de Num hasta aquel día, no habían hecho así los hijos de Israel. Y hubo alegría muy grande.
Y leyó Esdras en el libro de la ley de Dios cada día, desde el primer día hasta el último; e hicieron la fiesta solemne por
siete días, y el octavo día fue de solemne asamblea, según el rito”.
El gran tema
alrededor del cual todo se centra, en la tercera división del libro de Nehemías es el restablecimiento de la Palabra de Dios.
Es significativo que el último avivamiento registrado entre el pueblo de Dios en los días del Antiguo Testamento, está relacionado
con el establecimiento de las murallas y las puertas y el restablecimiento de la autoridad de la Palabra de Dios. Es claro
que estas últimas características de este avivamiento están conectadas y dependen la una de la otra. Por otra parte, la edificación
de la muralla, el levantamiento de las puertas, la señalización de porteros, cantores y levitas habría sido en vano si no
es hecho conforme a la Palabra de Dios.
Por otra parte, habiendo retornado al fundamento divino para su
pueblo -la tierra de Israel- habiendo edificado la casa, las murallas y puertas -este remanente retornado encuentra posible,
y comparativamente fácil, obedecer las direcciones de la Palabra. En Babilonia, mucho de la Palabra había venido a ser letra
muerta, el mismo lugar hacía imposible cumplir sus enseñanzas excepto en una forma limitada. En la tierra todo viene a ser
simple.
¿No tiene este último avivamiento del Antiguo Testamento una voz
para el pueblo de Dios en los últimos días de la cristiandad? El creciente mal de la cristiandad, el conflicto por la verdad,
y la venida del Señor, ¿no hace necesaria una verdadera separación por parte del pueblo de Dios? Quienes verdaderamente se
separan del mal se encontrarán ellos mismos, como el remanente en días de Nehemías, en una posición que hace posible para
ellos obedecer la Palabra. De este modo, el avivamiento en días de Nehemías muestra la forma en que el Espíritu de Dios está
obrando especialmente en estos últimos días. Los abundantes males demandan separación, y la separación hace posible la obediencia
a la Palabra de Dios. Estos principios se nos ilustran en el capítulo 8 de Nehemías. Habiendo terminado la edificación de
las murallas y puertas, “el pueblo se reunió como un sólo hombre” con el deseo de escuchar “el
libro de la ley de Moisés que el Señor encomendó a Israel” (v.1).
Es importante notar que “todo el pueblo” (no simplemente
estos dentro de la ciudad) estaban interesados en este movimiento. La sentencia final del capítulo 7 (que comienza esta nueva
sección del libro) declara que “los hijos de Israel estaban en sus ciudades”. La historia continua inmediatamente
en el capítulo 8 diciendo, “y se juntó todo el pueblo como un solo hombre”. Esta expresión, “todo el pueblo”
se repite una y otra vez (versículos 3, 5, 6, 9, 11, 12 y 17): esto es importante en cuanto a las interpretaciones que han
sido forzadas sobre el libro de Nehemías que envuelven una distinción entre estos dentro de la ciudad y los de afuera. Este
retrato en ningún momento lo permitirá. El pueblo, sea adentro, detrás de las murallas o fuera, son “uno” y se
reúnen “como un solo hombre”. Las murallas son para la protección de la casa, no para la división del pueblo.
Éstas no son levantadas para crear dos facciones entre el pueblo de Dios, y en la historia no fue así.
La audiencia está compuesta de hombres y mujeres, y de todos los
que podían escuchar con inteligencia. Y tales eran los deseos de escuchar del pueblo, que desde la mañana hasta el mediodía
“los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley” (v.2-3). La Palabra de Dios fue leída
claramente y se dio el sentido de ella, de manera que el pueblo pudiese comprender la lectura. Y Dios mostró Su aprobación
sobre este retorno a su Palabra al registrar los nombres de estos especialmente interesados en esta obra, ya sea como asociados
con Esdras al volverse a Dios en alabanza a causa de la apertura del libro, o en dar el sentido de la Palabra (v.4-8).
En la porción restante del capítulo vemos el efecto inmediato de
la autoridad de la Palabra sobre el pueblo. Como siempre, esta alcanza la conciencia y mueve el corazón. Pero la obra de la
conciencia viene primero, “todo el pueblo lloró, cuando escucharon las Palabras de la ley” (v.9). Mientras
ellos escuchan la Palabra la conciencia les dice cuán lejos se han alejado de sus preceptos. Pero si la Palabra expone el
fracaso del hombre, también revela la fidelidad del Señor. De manera que si ellos lloran justamente a causa de su propio fracaso,
también son estimulados a regocijarse en el Señor, porque se les dice, “el gozo del Señor es nuestra fuerza”
(v.10-12). Estimulado de este modo, el pueblo da a Dios su porción. Aunque su fracaso es grande y tengan mucho que confesar
y, a su debido tiempo, deban humillarse ante el Señor, aún así su fracaso no
debe ser transformado en una oportunidad para privar al Señor de su porción. Si, la incambiable fidelidad del Señor, hace
brotar las alabanzas de su pueblo.
De este modo sucede que el pueblo de Dios guarda la fiesta de los
tabernáculos. Ésta fue la última fiesta del año, completando el ciclo de fiestas y mostrando, en tipo, el glorioso fin de
todos los tratos de Dios con su pueblo por los cuales Él los traerá dentro de la bendición milenial a pesar de su larga historia
de fracaso.
Pero no sólo el pueblo guarda la fiesta, sino que lo hacen de conformidad
a la Palabra. No fue una nueva cosa guardar la fiesta -el pueblo lo había hecho en el avivamiento anterior bajo Esdras (Esdras
3); pero desde los días de Josué no la habían guardado construyendo ramadas, conforme a la ordenanza de la Palabra. En nuestro
día podemos decir que, aunque la cena del Señor ha sido guardada a través de
todas las edades oscuras, esto no sucedió sino hasta que unos pocos libertados de la cautividad de los sistemas religiosos
y supersticiones comenzaran a guardarla otra vez en santa simplicidad en la presencia del Señor. Lo que marca una tendencia
a retornar a los sistemas es cuando la cena comienza a ser rodeada una vez más con misterio y ceremonia o ciertas personas
escogidas para administrarla, en un cierto orden determinado de proceder, aún sin estar
escrito.
Así como la cena del Señor nos hace pensar en la venida del Señor
y, con todo, ésta es una fiesta de recuerdo, así también la fiesta de los tabernáculos mira al futuro día de gloria, si es
guardada en acuerdo a la Palabra, es una fiesta que nos permite recordar como el Señor ha guiado al pueblo a través de la
jornada del desierto durante la cual ellos moraron en tabernáculos. Guardar la fiesta conforme a la Palabra dio oportunidad
a un brillante testimonio en un muy oscuro día, y trae a la luz un principio de inmenso estímulo, es decir, mientras más oscuro
el día y más débil son las circunstancias, más brillante es el testimonio dado por quienes obedecen la Palabra.
Fue un oscuro día en la historia de Israel cuando Ezequías guardó
la pascua. Para encontrar un paralelo al avivamiento bajo Ezequías tenemos que retroceder doscientos cincuenta años a los
días de Salomón (2ª Crónicas 30:26). Fue un día aún más oscuro cuando Josías guardó la pascua y tanto más brillante fue esto, que aún los gloriosos días de Salomón no dieron tal testimonio, ahora tenemos que
retroceder quinientos años a los días de Samuel el profeta para encontrar un paralelo (2ª Crón.35: 18).
Pero en el día de Nehemías la dispensación estaba llegando a su
fin -las tinieblas se estaban espesando, las circunstancias eran más débiles que nunca antes, y aún así reconociendo el hecho,
este débil remanente actuó conforme a la Palabra, el testimonio dado por ellos fue sin duda tan brillante, que nada se encontró
con lo cual compararlo, a través de todos los años de cautividad, la larga historia de los reyes o de los días de los jueces;
para encontrar un paralelo debemos retroceder mil años, a los días de Josué (v.17). Hoy, cuán profundamente sugestiva y rica
en estímulo es esta hermosa escena, para el pueblo de Dios que se encuentra en los últimos oscuros días de la Iglesia sobre
la tierra. Si los tales andan en santa separación del mal, y en obediencia a la santa Palabra de Dios, encontrarán, aunque
sean profundas las tinieblas alrededor, y la debilidad de las circunstancias se acreciente, que los privilegios que ellos
gozan, y el pequeño testimonio que rinden, será más brillante y puro que a través de toda la grande historia de fracaso de
la Iglesia en su responsabilidad, tal testimonio no encontrará paralelo salvo en los primeros días de la historia de la Iglesia.
EL
PUEBLO HUMILLADO ANTE DIOS
(Capítulo
9)
Capítulo 9
“El
día veinticuatro del mismo mes se reunieron los hijos de Israel en ayuno, y con cilicio y tierra sobre sí. Y ya se había apartado
la descendencia de Israel de todos los extranjeros; y estando en pie, confesaron sus pecados, y las iniquidades de sus padres.
Y puestos de pie en su lugar, leyeron el libro de la ley de Jehová su Dios la cuarta parte del día, y la cuarta parte confesaron
sus pecados y adoraron a Jehová su Dios.
Luego se levantaron sobre la grada de los levitas, Jesúa, Bani,
Cadmiel, Sebanías, Buni, Serebías, Bani y Quenani, y clamaron en voz alta a Jehová su Dios. Y dijeron los levitas Jesúa, Cadmiel,
Bani, Hasabnías, Serebías, Hodías, Sebanías y Petaías: Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta
la eternidad; bendígase el nombre Tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza. Tú solo eres Jehová; Tú hiciste los
cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay
en ellos; y Tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran. Tú eres, oh Jehová, el Dios que escogiste
a Abram, y lo sacaste de Ur de los caldeos, y le pusiste el nombre de Abraham; y hallaste fiel su corazón delante de Ti, e
hiciste pacto con él para darle la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del gergeseo, para
darla a su descendencia; y cumpliste Tu palabra, por
que eres justo. Y miraste la aflicción de nuestros padres en Egipto, y oíste el clamor de ellos en el Mar Rojo; e hiciste
señales y maravillas contra Faraón, contra todos sus siervos, y contra todo el pueblo de su tierra, porque sabías que habían
procedido con soberbia contra ellos; y te hiciste nombre grande, como en este día.
Dividiste el mar delante de ellos, y pasaron por medio de él en
seco; y a sus perseguidores echaste en las profundidades, como una piedra en profundas aguas, Con columna de nube los guiaste
de día, y con columna de fuego de noche, para alumbrarles el camino por donde habían de ir. Y sobre el monte de Sinaí descendiste,
y hablaste con ellos desde el cielo, y les diste juicios rectos, leyes verdaderas, y estatutos y mandamientos buenos, y les
ordenaste el día de reposo santo para Ti, y por mano de Moisés tu siervo les prescribiste mandamientos, estatutos y la ley.
Les diste pan del cielo en su hambre, y en su sed les sacaste aguas de la peña; y les dijiste que entrasen a poseer la tierra,
por la cual alzaste Tu mano y juraste que se la darías. Mas ellos y nuestros padres fueron soberbios, y endurecieron su cerviz,
y no escucharon Tus mandamientos. No quisieron oír, ni se acordaron de Tus maravillas que habías hecho con ellos; antes endurecieron
su cerviz, y en su rebelión pensaron poner caudillo para volverse a su servidumbre. Pero Tú eres Dios que perdonas, clemente
y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia, porque no los abandonaste. Además, cuando hicieron para sí becerro
de fundición y dijeron: Este es tu Dios que te hizo subir de Egipto; y cometieron grandes abominaciones, Tú, con todo, por
tus muchas misericordias no los abandonaste en el desierto. La columna de nube no se apartó de ellos de día, para guiarlos
por el camino, ni de noche la columna de fuego, para alumbrarles el camino por el cual habían de ir. Y enviaste tu buen Espíritu
para enseñarles, y no retiraste Tu maná de su boca, y agua les diste para su sed. Los sustentaste cuarenta años en el desierto;
de ninguna cosa tuvieron necesidad; sus vestidos no se envejecieron, ni se hincharon sus pies. Y les diste reinos y pueblos,
y los repartiste por distritos; y poseyeron la tierra de Sehón, la tierra del rey de Hesbón, y la tierra de Og rey de Basán.
Multiplicaste
sus hijos como las estrellas del cielo, y los llevaste a la tierra de la cual habías dicho a sus padres que habían de entrar
a poseerla. Y los hijos vinieron y poseyeron la tierra, y humillaste delante de ellos a los moradores del país, a los cananeos,
los cuales entregaste en su mano, y a sus reyes, y a los pueblos de la tierra, para que hiciesen de ellos como quisieran.
Y tomaron ciudades fortificadas y tierra fértil, y heredaron casas llenas de todo bien, cisternas hechas, viñas y olivares,
y muchos árboles frutales; comieron, se saciaron, y se deleitaron en Tu gran bondad. Pero te provocaron a ira, y se rebelaron
contra Ti, y echaron Tu ley tras sus espaldas, y mataron a Tus profetas que protestaban contra ellos para convertirlos a Ti,
e hicieron grandes abominaciones.
Entonces
los entregaste en mano de sus enemigos, los cuales los afligieron. Pero en el tiempo de su tribulación clamaron a Ti, y Tú
desde los cielos los oíste; y según Tu gran misericordia les enviaste libertadores para que los salvasen de mano de sus enemigos.
Pero una vez que tenían paz, volvían a hacer lo malo delante de Ti, por lo cual los abandonaste en mano de sus enemigos que
los dominaron; pero volvían y clamaban otra vez a Ti, y Tú desde los cielos los oías y según Tus misericordias muchas veces
los libraste. Les amonestaste a que se volviesen a Tu ley; mas ellos se llenaron de soberbia, y no oyeron Tus mandamientos,
sino que pecaron contra Tus juicios, los cuales si el hombre hiciere, en ellos vivirá; se rebelaron, endurecieron su cerviz,
y no escucharon. Les soportaste por muchos años, y les testificaste con tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no escucharon;
por lo cual los entregaste en mano de los pueblos de la tierra.
Mas por
Tus muchas misericordias no los consumiste, ni los desamparaste; porque eres Dios clemente y misericordioso.
Ahora pues, Dios nuestro, Dios grande, fuerte, temible, que guardas
el pacto y la misericordia, no sea tenido en poco delante de Ti todo el sufrimiento que ha alcanzado a nuestros reyes, a nuestro
príncipes, a nuestros sacerdotes, a nuestros profetas, a nuestros padres y a todo tu pueblo, desde los días de los reyes de
Asiria hasta este día. Pero Tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros; porque rectamente has hecho, mas nosotros
hemos hecho lo malo. Nuestros reyes, nuestros príncipes, nuestros sacerdotes y nuestros padres no pusieron por obra tu ley,
ni atendieron a Tus mandamientos y a Tus testimonios con que les amonestabas. Y ellos en su reino y en Tu mucho bien que les
diste, y en la tierra espaciosa y fértil que entregaste delante de ellos, no te sirvieron, ni se convirtieron de sus malas
obras. He aquí que hoy somos siervos; henos aquí, siervos en la tierra que diste a nuestros padres para que comiesen su fruto
y su bien. Y se multiplica su fruto para los reyes que has puesto sobre nosotros por nuestros pecados, quienes se enseñorean
sobre nuestros cuerpos, y sobre nuestros ganados, conforme a su voluntad, y estamos en grande angustia. A causa, pues, de
todo esto, nosotros hacemos fiel promesa, y la escribimos, firmada por nuestros príncipes, por nuestros levitas y por nuestros
sacerdotes”.
El retorno
a la Palabra de Dios, resultó primero en que el pueblo dio su porción a Dios como se nos mostró en el capítulo anterior. El
segundo resultado es visto en este capítulo en que el pueblo tomó su verdadero lugar ante Dios reconociendo su constante fracaso
en el pasado y su débil condición en el presente. Habiendo exaltado al Señor en la fiesta de los tabernáculos, el pueblo realiza
la inconsistencia de mantener asociaciones inconvenientes al Señor. Entonces la fiesta es seguida inmediatamente por “separación”
y “confesión”. La simiente de Israel se separó de todos los extranjeros y confesaron sus pecados (v.2). Esto es
todavía una responsabilidad que está sobre quienes invocan el nombre del Señor. Pero la
separación, si es verdadera, demanda confesión; porque el hecho que tenemos que separarnos es la prueba que hemos estado
en asociaciones equivocadas, y esto hace necesaria la confesión. Entonces confesión sin separación es irreal, porque, ¿cómo
podemos continuar en el mal que confesamos?. Entonces, verdadera separación y honesta confesión van siempre juntas.
Sea que el pueblo esté atribuyendo alabanza a Dios o humillándose
a causa del fracaso, todo esto es el resultado de la Palabra de Dios aplicada a la conciencia, como se nos dice, “y
puestos de pie en su lugar leyeron el libro de la ley de Jehová su Dios, la cuarta parte del día, y la cuarta parte confesaron
sus pecados y adoraron a Jehová su Dios” (v.3).
El resto del capítulo presenta la confesión del pueblo. Ésta es
antecedida por alabanzas al Señor. Aunque mucho pueda el pueblo de Dios fallar, el Señor permanece siendo su infalible recurso.
Entonces el pueblo hizo bien al obedecer el llamado: “bendecid a Jehová nuestro Dios desde la eternidad hasta la
eternidad”. Mientras el remanente está de pie para bendecir al Señor “con ayunos, silicio y tierra sobre
sí”, ellos son guiados por Dios a dar expresión a una alabanza más elevada, que trae a Dios ante el alma en la majestad
de Su ser y la grandeza de Sus caminos. Y tal vista de Dios en su gloria y gracia, es necesaria para una verdadera confesión.
Porque sólo cuando tenemos a Dios ante nuestras almas, es que podemos verdaderamente estimar la seriedad de nuestros fracasos.
1.- Dios es reconocido como incambiable y eterno. “Tú eres el mismo, Tú sólo Jehová” (v.6). En medio
de todos los cambios de los tiempos, sazones, circunstancias, y hombres, tenemos en el Señor a Uno que no conoce de cambios
y que nunca pasará. Como leemos en otra Escritura, “Tú permaneces” y “Tú eres el mismo” (Hebreos 1).
2.- Dios es reconocido como el Creador de todo. El cielo de los cielos y todo su ejercito, la tierra también y todas
las cosas que están en ella, y el mar y todo lo que está en él, son obras de sus manos.
Dios es reconocido
como el Sustentador de todo. Toda la creación es preservada por Dios y depende de Él (v.6).
3.- Dios es reconocido como Soberano. Él escoge a quien Él quiere. Llamó a Abraham de Ur y le cambio su nombre (v.7).
4.- Dios es reconocido como el Dador de promesas incondicionales. A quienes Él ha llamado conforme a su elección soberana
(v.8).
5.- Dios es reconocido como fiel a su Palabra. Cumple lo que ha prometido (v.8).
6.- Dios es reconocido en sus caminos de gracia y poder por los cuales libertó a su pueblo de Egipto, los llevó a través
del desierto y los estableció en la tierra (v.2-15).
Habiendo dado
a Dios su lugar, el pueblo revisa su camino a la luz de todo lo que Dios es, y esto los guía a la confesión de su completo
fracaso. Ellos no encuentran nada bueno que decir de sí mismos. Ellos revisan su historia en el desierto (v.16-21); en la
tierra (v.22-27); y en la cautividad a sus enemigos (v.28-31). Su fracaso aumenta con el paso del tiempo, expresándose en
diferentes formas de mal. Pero un fracaso fue común a cada posición -su constante desobediencia a la Palabra de Dios. En el
desierto no escucharon los mandamientos de Jehová, y rehusaron obedecer (v.16). En la tierra fueron desobedientes y echaron
la ley de Jehová a sus espaldas (v.26). En esclavitud de sus enemigos, no escucharon los mandamientos de Jehová sino que pecaron
contra Sus ordenanzas (v.29). Sin embargo a pesar de todo el fracaso del pueblo ellos reconocen que no los “consumió,
ni abandonó”. Y entonces justamente concluyen que Dios es un Dios de “muchas
misericordias” (v.31) . De este modo ellos apelan a la misericordia de Dios. Vinculan su aflicción actual con el
fracaso pasado, y dicen “no sea tenido en poco delante de Ti todo el sufrimiento que han alcanzado nuestros reyes”
(v.32). Mientras apelan a la misericordia de Dios, reconocen el justo gobierno
de Él. “Pero” dicen ellos, “Tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros; porque rectamente
has hecho, más nosotros hemos hecho lo malo” (v.33). Y toda su maldad deriva de la desobediencia a la Palabra. Ellos
no han guardado la ley (v.34). No han servido a Jehová, sino seguido su propia voluntad en “malas obras”
(v.35); como resultado están en “gran angustia” (v.36 y 37).
EL
PACTO
(Capítulo
9:38 y 10)
Capítulo 9:38
“A
causa, pues, de todo esto, nosotros hacemos fiel promesa, y la escribimos, firmada por nuestros príncipes, por nuestros levitas
y por nuestros sacerdotes.
Los que firmaron fueron:...”
Capítulo 10:28-39
“Y
el resto del pueblo, los sacerdotes, levitas, porteros y cantores, los sirvientes del templo, y todos los que se habían apartado
de los pueblos de las tierras a la ley de Dios, con sus mujeres, sus hijos e hijas, todo el que tenía comprensión y discernimiento,
se reunieron con sus hermanos y sus principales, para protestar y jurar que andarían en la ley de Dios, que fue dada por Moisés
siervo de Dios, y que guardarían y cumplirían todos los mandamientos, decretos y estatutos de Jehová nuestro Señor. Y que
no daríamos nuestras hijas a los pueblos de la tierra, ni tomaríamos sus hijas para nuestros hijos.
Asimismo,
que si los pueblos de la tierra trajesen a vender mercaderías y comestibles en día de reposo, nada tomaríamos de ellos en
ese día ni en otro día santificado; y que el año séptimo dejaríamos descansar la tierra, y remitiríamos toda deuda. Nos impusimos
además por ley, el cargo de contribuir cada año con la tercera parte de un siclo para la obra de la casa de nuestro Dios;
para el pan de la proposición y para la ofrenda continua, para el holocausto continuo, los días de reposo, las nuevas lunas,
las festividades, y para las cosas santificadas y los sacrificios de expiación por el pecado de Israel, para todo el servicio
de la casa de nuestro Dios.
Echamos
también suertes los sacerdotes, los levitas y el pueblo, acerca de la ofrenda de la leña, para traerla a la casa de nuestro
Dios, según las casas de nuestros padres, en los tiempos determinados cada año,
para quemar sobre el altar de Jehová nuestro Dios, como está escrito en la ley. Y que cada año traeríamos a la casa de Jehová
las primicias de nuestra tierra, y las primicias del fruto de todo árbol.
Asimismo
los primogénitos de nuestros hijos y de nuestros ganados, como está escrito en la ley; y que traeríamos los primogénitos de
nuestras vacas y de nuestras ovejas a la casa de nuestro Dios, a los sacerdotes que ministran en la casa de nuestro Dios;
que traeríamos también las primicias de nuestras masas, y nuestras ofrendas, y del fruto de todo árbol, y del vino y del aceite,
para los sacerdotes, a las cámaras de la casa de nuestro Dios, y el diezmo de nuestra tierra para los levitas; y que los levitas
recibiesen el diezmo; y que los levitas llevarían el diezmo del diezmo a la casa de nuestro Dios, a las cámaras de la casa
del tesoro. Porque a las cámaras del tesoro han de llevar los hijos de Israel y los hijos de Leví la ofrenda del grano, del
vino y del aceite; y allí estarán los utensilios del santuario, y los sacerdotes que ministran, los porteros y los cantores;
y no abandonaremos la casa de nuestro Dios”.
El pueblo ha vuelto a la Palabra de Dios. Han revisado su historia
ante Dios, y descubierto que la fuente de toda su angustia actual está en su fracaso en obedecer la Palabra de Dios. Habiendo
visto claramente y reconocido su fracaso pasado, ellos buscan proveer contra la repetición de esto. Los medios que adoptan
para cumplir este deseado fin, es entrar en un pacto, escrito y sellado (9:38). Nehemías, veintidós sacerdotes, diecisiete
levitas, y cuarenta y cuatro jefes del pueblo, firman el pacto (10:1-27). Por este pacto ellos se obligan a sí mismos a una
maldición y un juramento (v.28-29).
1.- En cuanto a su andar personal, éste seria en obediencia a la ley dada por Dios a Moisés (v.29).
2.- En cuanto a las naciones alrededor, ellos mantendrían una santa separación (v.30).
3.- En cuanto a Jehová, ellos le rendirían lo que le era debido por la observancia del sábado, los días santos,
y la ley del séptimo año (v.31).
4.- En cuanto a la casa de Dios, ellos se encargarían de mantener el servicio y no abandonarían la casa (v.32-39).
Todo esto es
excelente en su tiempo, y el pacto de este capítulo es la adecuada conclusión, de la confesión del capítulo anterior. Como
otro ha dicho, “dejad de hacer el mal” debe ser seguido por “aprended a hacer el bien”. Esto es muy
justo; si hemos estado haciendo lo malo, debemos comenzar por la confesión de
ello, y después ponernos a hacer lo bueno. Para hacer la cosa justa hay que esperar primeramente la confesión de lo malo.
Todo esto es moralmente conveniente como vemos aquí.
Refiriéndose a los términos del pacto, es significativo tener en
cuenta que mientras un muy prominente lugar es dado a la casa de Dios, no hay mención de las murallas y las puertas de la
ciudad. ¿Por qué esta omisión, viendo que el servicio especial de Nehemías estaba relacionado con las murallas y las puertas?,
y ¿Por qué, podemos preguntar, se hace tanto por la casa de Dios? No es para insistir sobre el gran hecho, como otro ha escrito,
“que la gran prueba de fidelidad era el guardar la casa, sostener a los que ministraban en ella, y la necesaria obediencia
a, y consistencia con, los principios de orden Divino de lo cual la casa fue siempre el símbolo. Aún así no había presencia
en la casa como lo hubo antiguamente y esto era sólo de valor en la medida en que sus características morales eran mantenidas.
El pueblo dentro y fuera de la ciudad, -todo el pueblo- sus firmantes, mostraron su intención de conformarse a la voluntad
de Dios y sus deseos de mantener la casa más que la muralla. (Fortalecer las murallas sin considerar la universalidad y pureza
de la casa sólo repetiría el triste alejamiento y obstinación de años anteriores). Así familias, ganado, frutos, vendimia,
todo debe contribuir del país a la casa, como un reconocimiento de Dios, y para el mantenimiento de los sacerdotes, cantores,
levitas y porteros”.
La toma de conciencia por parte de este remanente retornado de
que toda su prosperidad y bendición dependía de mantener la casa es algo muy feliz, y muestra el camino de prosperidad y bendición
espiritual para el pueblo de Dios en nuestros días (Hageo 2:18-19). Sin embargo, el método, por medio del cual trata de cumplir
sus obligaciones, debe actuar como una advertencia más que como un ejemplo a quienes viven en un día de gracia. Que el remanente
del día de Nehemías haya acometido la obra de guardar la casa por medio de un pacto está de acuerdo con la dispensación de
la ley en la cual ellos vivían, y la historia de su nación nos advierte de la inutilidad del hombre de entrar en pacto con
Dios. ¿No hizo Israel en sus primeros días un pacto con desastrosos resultados? Después de tres meses de continuos fracasos,
por su parte, e incansable gracia por parte de Jehová, ellos entraron en pacto en Sinaí, diciendo “todo lo que el
Señor ha dicho haremos” (Exodo 24).
Nuevamente después del reino del malvado Manases hubo un avivamiento
bajo Josías y hubo un retorno a la Palabra de Dios. El rey hizo un pacto ante el Señor de andar conforme al Señor y de guardar
sus mandamientos (2ª Reyes 23:3).
¿Cuál fue el resultado de estos pactos? Israel, habiendo entrado
en pacto para hacer todo lo que el Señor le había dicho, inmediatamente después levanta un ídolo y apostata de Dios. Y del
pacto del día de Josías, se nos dice por el profeta Jeremías, que el pueblo se volvió al Señor “con falsedad”.
Con estos tristes ejemplos ante nosotros podemos ver la futilidad
del pacto de los hombres y aunque el pueblo de Dios pueda volver a la autoridad de la Palabra de Dios, y juzgarse a sí mismo
por ella, aún así no eran capaces para andar en el futuro conforme a la Palabra por algún esfuerzo propio.
El pueblo es perfecta e intensamente sincero. Pero por el hecho
que ellos han reedificado las murallas y levantado sus puertas, y vuelto a la Palabra de Dios, confesando sus pecados, aparentemente
se engañaron a sí mismos pensando que en el futuro ellos lo harían mejor que sus padres. Entonces en aparente olvido de su
propia debilidad, y movidos por el entusiasmo del momento, entran en un pacto para su futura buena conducta.
Aún así, ¿No podemos decir, cuando vemos al remanente a la luz
de la dispensación en la cual vivieron que ellos tenían fundamento para el curso que tomaron? Si lo hicieron o no, al hacer
un pacto ellos se ponen bajo la obligación de obedecer la ley. Esta obligación la aceptaron bajo la forma de un pacto, la
luz que ellos tenían difícilmente los autorizaba a tomar otro curso, aún a pesar de la futilidad de los pactos demostrada
en la historia de la nación. Pero para el cristiano no hay escusa. Con la advertencia de los pactos del Antiguo Testamento,
y la luz de la verdad que revela el lugar del creyente ante Dios como “no bajo la ley, sino bajo la gracia”, ¿Cómo
podemos volvernos a un pacto que nos ata con obligaciones legales? Aún así en nuestro día como a través de todo el período
cristiano, a menudo el pueblo de Dios se ha atado a sí mismo por pactos. A veces personas sinceras, juzgando la baja condición
que prevalece entre el pueblo de Dios, ha urgido fuerte y justamente un retorno a la Palabra de Dios. Y el hecho que unos,
en alguna medida, han hecho así, a veces, los ha engañado llevándolos a pensar que eran algo mejor que, o diferentes de, quienes
han vivido antes que ellos. El resultado es que habiendo buscado proporcionar a su futura obediencia a la Palabra a través
de medios que, en principio, son un pacto escrito y sellado, bajo el entusiasmo de este nuevo movimiento ellos tratan de establecer
claramente en escritos los límites de su comunión, los términos sobre los cuales se proponen reunirse, el método de su recepción
y el carácter de la disciplina. Y esto es firmado por los nombres de sus líderes. Pero, ¿ qué es esto, en principio, si no
un pacto sellado y firmado, que traiciona la legalidad de nuestros corazones que aman tener alguna escritura sobre la cual
apoyarse? El pensamiento legal, no obstante, aunque intensamente sincero, es siempre ignorante de su propia debilidad, y se
confía en su imaginada fortaleza. En esto está la debilidad de todos estos métodos, ellos dan demasiada importancia al hombre,
y dependen de sus definiciones, interpretaciones, y esfuerzos. También dan muy poca importancia al Señor y de la dependencia
de Su sabiduría, dirección y gracia.
Todos los que buscan actuar sobre el principio de un pacto escrito
y sellado, encontraran que aunque parece esto muy fácil, bajo la influencia de un nuevo movimiento, cumplir los términos acordados
de comunión, aún así cuando el primer fervor del movimiento ha pasado, los términos acordados son de forma creciente ignorados,
e independencia y voluntad propia voluntad se manifiestan al fin. Esto sólo prueba que es imposible mantener junto al pueblo
de Dios por medio de alguna formula humana, aunque sincera, cuidadosa y aún escrituralmente planeada.
No es suficiente volver a las Escrituras. Debemos también tener al Señor mismo para guiarnos, y al Espíritu Santo para
controlarnos.
CUARTA
DIVISION
LA ADMINISTRACION DE LA CIUDAD
Capítulo 11: La distribución
del pueblo
Capítulo 12: La dedicación de las murallas
Capítulo 13: La disciplina de la ciudad
LA
DISTRIBUCION DEL PUEBLO
(Capítulo
11)
Capítulo 11:
“Habitaron
los jefes del pueblo en Jerusalén; mas el resto del pueblo echó suertes para traer uno de cada diez para que morase en Jerusalén,
ciudad santa, y las otras nueve partes en las otras nueve ciudades. Y bendijo el pueblo a todos los varones que voluntariamente
se ofrecieron para morar en Jerusalén.
Estos son los jefes de la provincia que moraron en Jerusalén; pero
en las ciudades de Judá habitaron cada uno en su posesión, en sus ciudades; los israelitas, los sacerdotes y levitas, los
sirvientes del templo y los hijos de los siervos de Salomón. En Jerusalén, pues, habitaron algunos de los hijos de Judá y
de los hijos de Benjamín...
De los levitas: Semaías hijo de Hasub, hijo de Azricam, hijo de
Hasabías, hijo de Buni; Sabetai y Jozabad, de los principales de los levitas, capataces de la obra exterior de la casa de
Dios; y Matanías hijo de Micaía, hijo de Zabdi, hijo de Asaf, el principal, el que empezaba las alabanzas y acción de gracias
al tiempo de la oración; Bacbuquías el segundo de entre sus hermanos; y Abda hijo de Samúa, hijo de Galal, hijo de Jedutún.
Todos los levitas en la santa ciudad eran doscientos ochenta y cuatro. Los porteros, Acub, Talmón y sus hermanos, guardas
en las puertas, ciento setenta y dos.
Y el resto de Israel, de los sacerdotes y de los levitas, en todas
las ciudades de Judá, cada uno en su heredad. Los sirvientes del templo habitaban
en Ofel; y Ziha y Gispa tenían autoridad sobre los sirvientes del templo. Y el jefe de los levitas en Jerusalén era Uzi hijo
de Bani, hijo de Hasabías, hijo de Matanías, hijo de Micaía, de los hijos de Asaf, cantores, sobre la obra de la casa de Dios.
Porque había mandamiento del rey acerca de ellos, y distribución para los cantores para cada día. Y Petaías hijo de Mesezabeel,
de los hijos de Zera hijo de Judá, estaba al servicio del rey en todo negocio del pueblo...”.
El tema del capítulo 11 es la distribución del pueblo en la ciudad
y provincia. Como resultado de esta distribución Jerusalén es poblada por un cierto número de los hijos de Judá (v.4-6), y
de Benjamín (v.7-9); un considerable número de sacerdotes (v.10-14); algunos levitas (v.15-18); y porteros (v.19). Entonces,
en la provincia encontramos al residuo de Israel, compuesto de sacerdotes, levitas y sirvientes del templo (v.20-21); los
hijos de Judá (v.25-30); y Benjamín (v.31-35).
La distribución del pueblo a través de toda la tierra es importante
cuando es considerado en relación con las murallas y las puertas, que forman el gran tema del libro de Nehemías. Porque esta
distribución claramente muestra que las murallas no son levantadas para confinar al pueblo de Dios por un lado, o excluirles
por el otro. Hay hijos de Judá y Benjamín, sacerdotes y levitas morando fuera de las murallas como dentro de ellas, y justamente
así conforme al ordenamiento de Dios. Debemos recordar que ésta era una nación que había ido en cautividad, y no solamente
los ciudadanos de Jerusalén, sino un remanente de esta nación era el que había vuelto.
Para comprender la necesidad de las murallas
y puertas debemos tener en mente que, en primera instancia, Dios libertó a un remanente de su pueblo de la cautividad y los
trajo a la tierra, bajo Zorobabel, en vista de edificar la casa del Señor (Esdras 1:2-3). Pero siendo edificada la casa, vino
a ser una necesidad edificar las murallas y levantar las puertas, para mantener la santidad de la casa del Señor.
Las murallas y puertas no fueron levantadas para que unos pocos
dentro de las murallas puedan demandar derechos exclusivos a la casa del Señor, o para excluir a los que están fuera de las
murallas de tener acceso a la casa. Si los de dentro hubiesen levantado alguna demanda como ésta no sólo habría sido el colmo
de la presunción, sino que también el más serio abuso posible de las murallas y las puertas. Habría sido usar éstas para la
exaltación de sí mismos, la exclusión de algunos del pueblo del Señor de sus privilegios, y la negación de los derechos del
Señor. [*]
{[*]
En los días de Ezequiel los habitantes de Jerusalén demandaron esta ultra exclusiva posición. Ellos dijeron “toda la casa de Israel”, “vosotros estáis lejos del Señor:
a nosotros es esta tierra dada en posesión” (Ezequiel 12:14-15). De este modo se demandó que sólo quienes estaban
dentro de la ciudad, poseían los privilegios del pueblo de Dios.
La doble forma en que Jehová reprende esta
presunción -su exclusiva y propia satisfacción y demanda- es significativa. Primero
el inmediato resultado de esta demanda exclusiva, por parte de Jerusalén, fue que “la
gloria del Señor se levantó de en medio de la ciudad” (v.23). Ellos perdieron aquello que demandaban exclusivamente,
porque Dios no conectará Su gloria con el orgullo y presunción espiritual de los hombres. Segundo, en cuanto a “toda la casa de Israel” -los excluidos- el Señor dice, “Yo les seré un pequeño santuario”
(v.16). Esto último fue un ejercicio provisional de misericordia y compasión (no menos real): porque el propósito de Dios
es tener a todo su pueblo “en la tierra de Israel” (v.17); separado
del mal (v.18); unidos de corazón (v.19); obedientes a la Palabra, y gozando de sus relaciones con Dios (v.20).
De manera que ninguno de los habitantes de
Jerusalén podía demandar exclusividad a los privilegios de la presencia del Señor (de hecho la presencia se alejó de ellos),
tampoco podía el pueblo de Jehová ser privado de Su presencia en otros lugares, cuando la gloria primera se ha alejado de
Jerusalén.}
Entonces podemos reconocer claramente que el pueblo fue traído
a la tierra para edificar la casa y que las murallas vinieron a ser necesarias, cuando la casa fue edificada, de manera de
mantener su santidad. Sin las murallas la casa no podía ser mantenida en la santidad que conviene para siempre en la casa
de Dios. Sin la casa las murallas sólo habrían encerrado a una compañía selecta buscando su propia exaltación a exclusión
de otros. Rectamente usadas las murallas mantendrían la santidad de la casa de Dios y asegurarían los privilegios de la casa
para todo el pueblo de Dios. Si se abusaba de estas cosas ellos venían a ser simplemente una señal de un partido y la seguridad
de una secta.
De este modo, la justa comprensión de esta porción del libro de
Nehemías es de la más profunda importancia a quienes, en nuestro día, han sido libertados de los sistemas de los hombres,
de manera de buscar, otra vez, mantener los principios de la casa de Dios. Dando oído a las lecciones de la historia de este
remanente, estos debiesen ser salvados de algunas caídas y errores en los cuales es muy fácil caer. Debemos realmente realizar
que sin separación del mal es imposible mantener la santidad de la casa de Dios, pero también advertir del serio peligro que
existe de abusar de la indudable verdad de la separación en vista a formar una compañía selecta que excluye a algunos del
pueblo de Dios, niega los derechos del Señor, y al fin pierde la verdad de la mal sólo puede mantener.
Ésta es la gran lección que podemos aprender de la distribución
del pueblo. El método de la distribución tiene también una voz para nosotros, nos recuerda que si buscamos andar en la luz
de la casa de Dios debemos estar preparados, como el remanente en días de Nehemías, para circunstancia de gran debilidad.
La distribución por suertes es un testimonio a esta debilidad. Este método fue necesario para manifestar cuán pequeño era
el número de los que habían retornado a la tierra de Dios. Ya hemos aprendido que “la ciudad era grande y espaciosa
y el pueblo poco dentro de ella” (7:4). Aún así, si sus números eran pequeños, su celo por la casa de Dios era grande.
Así sucedió que, los que están fuera de la ciudad - “el resto del pueblo”-
en su deseo por mantener la casa y la ciudad, deciden echar suertes y en propia negación abandonar o entregar a uno
de cada diez hombres para vivir en la ciudad; y expresan su buena voluntad por bendecir a quienes “voluntariamente
se ofrecieron para morar en Jerusalén”.
Cuán diferente será en el día de gloria que a de venir sobre Jerusalén.
Entonces realmente la ciudad será todavía “grande y espaciosa”, pero el pueblo no será más poco dentro
de ella. En ese día la tierra será demasiado estrecha a causa de los habitantes; y de la ciudad, ellos dirán, “el
lugar es demasiado estrecho para mí” (Isaías 49:14-21). Esto realmente nos recuerda (para tomar prestado el pensamiento
de otro), que reformas, restauraciones, avivamientos, aunque brillantes y bendecidos, no alcanzaran la medida de la gloria
que ha de venir. Ha habido reformas en los días de los reyes; restauración en los días de Esdras y Nehemías, y estos santos
restaurados han gozado sus avivamientos, pero sea reformas, restauración o avivamiento, esto siempre fue en circunstancias
de debilidad exterior. No es diferente hoy. La cristiandad también ha tenido su Reforma, también nosotros hemos sido testigos
de restauración y avivamientos, pero siempre en circunstancias de debilidad, porque aunque amplio es el fundamento de Dios,
éste siempre será demasiado estrecho para la carne religiosa; y aunque la casa de Dios abraza a todo su pueblo siempre serán
sino “unos pocos” quienes estarán preparados para andar de acuerdo a sus principios y de este modo gozar sus privilegios.
Bueno es para nosotros si reconocemos y aceptamos las circunstancias
de debilidad exterior, porque entonces no seremos alejados del camino de la separación, por causa de que son pocos en número
los que toman dicho camino. Entonces andaremos en la luz de la gloria que ha de venir, sabiendo que si mantenemos la verdad,
y si andamos a la luz de la casa de Dios estaremos manteniendo aquello que se desplegará plenamente en los cielos y tierra
nueva. Allí realmente encontraremos el tabernáculo de Dios en la belleza de Su santidad, pero la debilidad habrá pasado para
siempre. La debilidad pasará pero la casa permanecerá.
¿No estimula
esto nuestros corazones a recordar que aquello que mantenemos en debilidad será desplegado en gloria?.
¿Podemos no decir que aún las murallas y las puertas no son permanentes?
Ellas realmente serán siempre necesarias mientras la casa de Dios esté en un mundo malo. Pero la casa quedará cuando las murallas
no sean más necesarias.
Es verdad que la ciudad celestial tiene las murallas de jaspe y
las puertas son perlas, porque aunque la ciudad presenta la Iglesia de Dios toda gloriosa, presenta a la Iglesia con relación
a un mundo en el cual el mal todavía existe, aunque restringido. Pero Juan, en la visión, nos lleva más allá del día milenial,
a esa hermosa escena donde todas las cosas anteriores han pasado, él ve a la santa ciudad de Jerusalén descendiendo. Pero
lo que él ve en la nueva tierra es, no una ciudad, sino el lugar de morada de Dios. “He aquí”, dice una
gran voz del cielo, “el tabernáculo de Dios con los hombres”. El tabernáculo de Dios está allí pero las
murallas y las puertas de la ciudad se han ido para siempre. Murallas no serán más necesarias donde no habrá mal a excluir.
No habrá allí más separación porque no habrá más mal.
LA
DEDICACION DE LAS MURALLAS
(Capítulo
12)
Capítulo 12:
“...
Los levitas en días de Eliasib, de Joiada, de Johanán y de Jadúa fueron inscritos por jefes de familias; también los sacerdotes,
hasta el reinado de Darío el persa. Los hijos de Leví, jefes de familias, fueron inscritos en el libro de las crónicas hasta
los días de Johanán hijo de Eliasib. Los principales de los levitas: Hasabías, Serebías, Jesúa hijo de Cadmiel, y sus hermanos
delante de ellos, para alabar y dar gracias, conforme al estatuto de David varón de Dios, guardando su turno. Matanías, Bacbuquías,
Obadías, Mesalum, Talmón, y Acub, guardas, eran porteros para la guardia a las entradas de las puertas. Estos fueron en los
días de Joacim hijo de Jesúa, hijo de Josadac, y en los días del gobernador Nehemías y del sacerdote Esdras, escriba.
Para la dedicación del muro de Jerusalén, buscaron a los levitas
de todos sus lugares para traerlos a Jerusalén, para hacer la dedicación y la fiesta con alabanzas y con cánticos, con címbalos,
salterios y cítaras. Y fueron reunidos los hijos de los cantores, así de la región alrededor de Jerusalén como de las aldeas
de los netofatitas; y de la casa de Gilgal, y de los campos de Geba y de Azmavet; porque los cantores se habían edificado
aldeas alrededor de Jerusalén. Y se purificaron los sacerdotes y los levitas; y purificaron al pueblo, y las puertas, y el
muro.
Hice luego subir a los príncipes de Judá sobre el muro, y puse
dos coros grandes que fueron en procesión; el uno a la derecha, sobre el muro, hacia la puerta del Muladar. E iba tras de
ellos Osaías con la mitad de los príncipes de Judá, y Azarías, Esdras, Mesalum, Judá y Benjamín, Semaías y Jeremías. Y de
los hijos de los sacerdotes iban con trompetas Zacarías hijo de Jonatán, hijo de Semaías, hijo de Matatías, hijo de Micaías,
hijo de Zacur, hijo de Asaf; y sus hermanos Semaías, Azarael, Milalai, Gilalai, Maai, Natanael, Judá y Hanani, con los instrumentos
musicales de David varón de Dios; y el escriba Esdras delante de ellos. Y a la puerta de la Fuente, en frente de ellos, subieron
por las gradas de la ciudad de David, por la subida del muro, desde la casa de David hasta la puerta de las Aguas, al oriente.
El segundo coro iba del lado opuesto, y yo en pos de él, con la mitad del pueblo sobre el muro, desde la torre de los Hornos
hasta el muro ancho; y desde la puerta de Efraín hasta la puerta Vieja y a la puerta del Pescado, y la torre de Hananeel,
y la torre de Hamea, hasta la puerta de las Ovejas; y se detuvieron en la puerta de la Cárcel.
Llegaron luego los dos coros a la casa de Dios; y yo, y la mitad
de los oficiales conmigo, y los sacerdotes Eliacim, Maaseías, Miniamín, Micaías, Elioenai, Zacarías y Hananías, con trompetas;
y Maasías, Semaías, Eleazar, Uzi, Johanán, Malquías, Elam y Ezer. Y los cantores cantaban en alta voz, e Izrahías era el director.
Y sacrificaron aquel día numerosas víctimas, y se regocijaron, porque Dios los había recreado con grande contentamiento; se
alegraron también las mujeres y los niños; y el alborozo de Jerusalén fue oído desde lejos.
En aquel día fueron puestos varones sobre las cámaras de los tesoros,
de las ofrendas, de las primicias y de los diezmos, para recoger en ellas, de los ejidos de las ciudades, las porciones legales
para los sacerdotes y levitas; porque era grande el gozo de Judá con respecto a los sacerdotes y levitas que servían. Y habían
cumplido el servicio de su Dios, y el servicio de la expiación, como también los cantores y los porteros, conforme al estatuto
de David y de Salomón su hijo. Porque desde el tiempo de David y de Asaf, ya de antiguo, había un director de cantores para
los cánticos y alabanzas y acción de gracias a Dios. Y todo Israel en días de Zorobabel y en días de Nehemías daba alimentos
a los cantores y a los porteros, cada cosa en su día; consagraban asimismo sus porciones a los levitas, y los levitas consagraban
parte a los hijos de Aarón”.
En la primera parte de este capítulo (v.1-26) el Señor distingue
por nombres a quienes están directamente ocupados en el servicio de la casa de Dios. Esto no fue una cosa pequeña a la vista
de Dios, en un día de debilidad, mantener el servicio de la casa de Dios y en medio de las aflicciones de su pueblo, guiar
las alabanzas y las acciones de gracia hacia Él. Dios ha mostrado Su aprobación de ellos al registrar los nombres de los principales
sacerdotes, levitas, quienes guiaban “las acciones de gracias, quienes guardaban su turno” y “los
porteros que guardaban las entradas” (v.8, 9, 24 y 25).
Todo está ahora preparado para la dedicación de las murallas. El
registro del termino de la muralla es dado en el capítulo 6. Pero entre esto y la dedicación de la muralla hay un relato de
una serie de incidentes, que, tomados como un todo, presentan la dedicación de todo el pueblo. La autoridad de la Palabra
es recuperada; a la luz de la Palabra el pueblo se juzga, confiesa sus pecados, y se dedica por pacto al servicio de Dios.
Entonces un cierto número de ellos se consagra voluntariamente a los intereses de la ciudad y servicio de la casa.
Esta dedicación del pueblo, como podemos llamarla, abre el camino
para la dedicación de las murallas. En vista de esta dedicación los levitas son buscados y traídos a Jerusalén; los cantores
se reúnen; y los sacerdotes y levitas se purifican y también el pueblo, las puertas y las murallas (v.27-30).
Siguiendo a esta purificación, se forman dos grupos para hacer
el circuito de las murallas. Estos dos coros van en procesión alrededor de las murallas, y se encuentran en la casa de Dios
(v.40). Allí ellos cantan y ofrecen sacrificios y se regocijan, porque Dios los ha alegrado con gran gozo. Las mujeres también
y los niños, que han estado asociados con los hombres en la confesión del pecado, están ahora asociados con ellos en los cánticos
de alabanza (v.41-43).
La dedicación de las murallas manifiesta la apreciación de lo que
Dios ha obrado. La procesión alrededor de las murallas da al pueblo una vista comprensiva de la extensión de la ciudad. De
acuerdo al salmista ellos son instados así: “andad alrededor de Sión”. Conforme al mismo salmo, el resultado
es que ellos se vuelven al Señor en alabanza diciendo “grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado. En
la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo." Entonces, estos dos coros se encuentran en la casa de Dios y pueden ciertamente
tomar las Palabras de este salmo, “nos acordamos de tu misericordia, oh Dios,
en medio de Tu templo” (Salmo 48).
¿No es claro que la dedicación de las murallas -con la procesión
alrededor de ellas y las reuniones de acción de gracias en la casa de Dios- tiene
su respuesta hoy en la apreciación del valor de la asamblea a la vista de Cristo cuando es vista en toda su extensión conforme
a los consejos de Dios? Esta apreciación de la asamblea conforme a los consejos de Dios produce alabanza y acciones de gracias
al Señor. La verdadera apreciación de la asamblea nunca guiará a la propia satisfacción o exaltación de la asamblea, sino
que hará que la asamblea se vuelva a Aquel a quien ella pertenece y para cuyo placer y gloria la asamblea ha sido traída a
la existencia. Si apreciamos la asamblea como vista de acuerdo a los consejos de Dios, esto nos guiará a decir, “a
él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos
de los siglos. Amén” (Efesios 3:21).
Nuevamente aprendemos de esta escena en el día de Nehemías, que
cuando el Señor tenga Su porción de su pueblo, los siervos del Señor -quienes se consagran al servicio del Señor, también
tendrán la suya. De manera que leemos, “de los ejidos de las ciudades... las porciones legales para...los cantores
y lo porteros...” (v.44-47). Si los siervos del Señor son descuidados, ésta es una señal segura de que el pueblo
de Dios tiene una débil comprensión de la asamblea y de su valor para Cristo. Mientras más valoremos la asamblea como Cristo
la ve, más estimaremos como un privilegio cumplir nuestras responsabilidades al ministrar en las cosas temporales a los siervos
del Señor, quienes nos ministran las cosas espirituales.
Comparado con el número de quienes retornaron de la cautividad
parece que sólo unos pocos han tomado parte en la dedicación de las murallas. Quienes rodearon las murallas ahora tenían una
vista más amplia de la ciudad, y un creciente gozo en el Señor, y otros, aunque no tomando parte en la dedicación en una medida
se beneficiarían, porque leemos, “el alborozo de Jerusalén fue oído desde lejos” (v.43). En nuestros días
hay quienes aceptan en términos la verdad de la asamblea y aún así parecen nunca haber entrado en la verdad conforme a Dios.
Ellos no han andado alrededor de Sión, y considerado sus palacios. Han conocido poco de lo que es entrar en el santuario de
Dios y cantar sus alabanzas. Sin embargo se beneficiarán por quienes si lo han hecho. En la casa de Betania, en los días de
nuestro Señor, ninguno tuvo tal apreciación del Señor como María, quien ungió los pies del Señor, pero otros se beneficiaron
por sus actos, porque “la casa se llenó del olor del perfume”.
LA
DISCIPLINA DE LA CIUDAD
(Capítulo
13)
Capítulo 13:
“Aquel
día se leyó el libro de Moisés, oyéndolo el pueblo, y fue hallado escrito en él que los amonitas y moabitas no debían entrar
jamás en la congregación de Dios, por cuanto no salieron a recibir a los hijos de Israel con pan y agua, sino que dieron dinero
a Balaam para que los maldijera; mas nuestro Dios volvió la maldición en bendición.
Cuando oyeron, pues, la ley, separaron de Israel a todos los mezclados
con extranjeros.
Y antes de esto el sacerdote Eliasib, siendo jefe de la cámara
de la casa de nuestro Dios, había emparentado con Tobías, y le había hecho una gran cámara, en la cual guardaban antes las
ofrendas, el incienso, los utensilios, el diezmo del grano, del vino y del aceite, que estaba mandado dar a los levitas, a
los cantores y a los porteros, y la ofrenda de los sacerdotes.
Mas a todo
esto, yo no estaba en Jerusalén, porque en el año treinta dos de Artajerjes rey
de Babilonia fui al rey; y al cabo de algunos días pedí permiso al rey para volver a Jerusalén; y entonces supe del mal que
había hecho Eliasib por consideración a Tobías, haciendo para él una cámara en los atrios de la casa de Dios. Y me dolió en
gran manera; y arrojé todos los muebles de la casa de Tobías fuera de la cámara, y dije que limpiasen las cámaras, e hice
volver allí los utensilios de la casa de Dios, las ofrendas y el incienso.
Encontré
asimismo que las porciones de los levitas no les habían sido dadas, y que los levitas y cantores que hacían el servicio habían
huido cada uno a su heredad. Entonces reprendí a los oficiales, y dije: ¿Por qué esta la casa de Dios abandonada? Y los reuní
y los puse en sus puestos. Y todo Judá trajo el diezmo del grano, del vino y del aceite, a los almacenes. Y puse por mayordomos
de ellos al sacerdote Selemías y al escriba Sadoc, y de los levitas a Pedaías; y al servicio de ellos a Hanán hijo de Zacur,
hijo de Matanías; porque eran tenidos por fieles, y ellos tenían que repartir a sus hermanos.
Acuérdate
de mí, oh Dios, en orden a esto, y no borres mis misericordias que hice en la casa de mi Dios, y en su servicio.
En aquellos
días vi en Judá a algunos que pisaban en lagares en el día de reposo, y que acarreaban haces, y cargaban asnos con vino, y
también de uvas, de higos y toda suerte de carga, y que traían a Jerusalén en día de reposo, y los amonesté acerca del día
en que vendían las provisiones.
También
había en la ciudad tirios que traían pescado y toda mercadería, y vendían en día de reposo a los hijos de Judá en Jerusalén.
Y reprendí a los señores de Judá y les dije: ¿Qué mala cosa es esta que vosotros hacéis, profanando así el día de reposo?
¿No hicieron así vuestros padres, y trajo nuestro Dios todo este mal sobre nosotros y sobre esta ciudad? ¿Y vosotros añadís
ira sobre Israel profanando el día de reposo? Sucedió, pues, que cuando iba oscureciendo a las puertas de Jerusalén antes
del día de reposo, dije que se cerrasen las puertas, y ordené que no las abriesen hasta después del día de reposo; y puse
a las puertas algunos de mis criados, para que en día de reposo no introdujeran carga. Y se quedaron fuera de Jerusalén una
y dos veces los negociantes y los que vendían toda especie de mercancía. Y les amonesté y les dije: ¿Por qué os quedáis vosotros
delante del muro? Si lo hacéis otra vez, os echaré mano. Desde entonces no vinieron en día de reposo. Y dije a los levitas
que se purificasen y viniesen a guardar las puertas, para santificar el día de reposo. También por esto acuérdate de mí, Dios
mío, y perdóname según la grandeza de Tu misericordia.
Vi asimismo
en aquellos días a judíos que habían tomado mujeres de Asdod, amonitas, y moabitas; y la mitad de sus hijos hablaban la lengua
de Asdod, porque no sabían hablar judaico, sino que hablaban conforme a la lengua de cada pueblo. Y reñí con ellos, y los
maldije, y herí a algunos de ellos, y les arranque los cabellos, y les hice jurar, diciendo: No daréis vuestras hijas a sus
hijos, y no tomaréis de sus hijas para vuestros hijos, ni para vosotros mismos. ¿No pecó por esto Salomón, rey de Israel?
Bien que en muchas naciones no hubo rey como él, que era amado de su Dios, y Dios lo había puesto por rey sobre todo Israel,
aun a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras.
¿Y obedeceremos
a vosotros para cometer todo este mal tan grande de prevaricar contra nuestro Dios, tomando mujeres extranjeras? Y uno de
los hijos de Joiada hijo del sumo sacerdote Eliasib era yerno de Sanbalat horonita; por tanto, lo ahuyenté de mí.
Acuérdate
de ellos, Dios mío, contra los que contaminan el sacerdocio, y el pacto del sacerdocio y de los levitas. Los limpié, pues,
de todo extranjero, y puse a los sacerdotes y levitas por sus grupos, a cada uno en su servicio; y para la ofrenda de la leña
en los tiempos señalados, y para las primicias. Acuérdate de mí, Dios mío, para bien”.
En el capítulo
final aprendemos que la santidad práctica de la ciudad sólo puede ser mantenida por el ejercicio de la disciplina que trata
con las diferentes corrupciones que se levantan. No es diferente hoy. Sin el ejercicio de la disciplina conforme a la Palabra
de Dios, la santidad no puede ser mantenida en las asambleas del pueblo de Dios cuando el mal se manifiesta.
La primera dificultad que el remanente tuvo que enfrentar fue la
influencia corruptora de “todos los mezclados con extranjeros” (v.1-3). Estos parecen representar a quienes
en nuestros días desearían permanecer con el pueblo de Dios en el camino de separación, y aún así querrían mantener sus lazos
con la Cristiandad corrupta. En los días de Nehemías había israelitas por un lado, y moabitas y amonitas por otro, estos eran
“una multitud mezclada” una clase que no era definitivamente israelita ni pagana, que deseaba tener lazos con
ambos. El remanente se daba cuenta, por la Palabra de Dios, que no sólo los paganos no debían ser admitidos a la congregación
del Señor, sino que tampoco debían tolerar a quienes mantenían lazos con los paganos -todos los mezclados con extranjeros.
La segunda dificultad era la corrupción de la casa de Dios por
un líder (v.4-9). Eliasib usa su posición como sacerdote para favorecer los intereses de su amigo, de este modo introduce
entre el pueblo de Dios a uno que lleva a la casa de Dios lo que contamina. Nehemías trata en una manera drástica con este
mal, completamente, sin ser detenido por la posición del ofensor. Nada puede ser más solemne para un líder en la asamblea
de Dios que poner a un lado los principios de la asamblea de Dios para favorecer los intereses de un amigo personal, al mismo
tiempo se apoya sobre su posición para silenciar toda oposición. El mal de tal carácter hace necesaria una drástica acción
sin consideración de personas.
La tercera prueba es el descuido de la casa de Dios (v.10-14).
Quienes se consagran al servicio de la casa de Dios son descuidados, y son obligados a volver a su trabajo secular -ellos
“volvieron cada uno a su campo”; el resultado es que la casa de Dios es abandonada. Esto parece haber sido
la directa consecuencia de la corrupción de Eliasib que ha introducido, y hecho provisión para un enemigo en la casa de Dios,
para perjuicio de los verdaderos siervos de Dios. Nehemías no se contenta con echar fuera al ofensor, sino que reinstala a
los verdaderos siervos y se asegura que la provisión les sea dada. Nosotros tampoco debemos contentarnos con excluir a quienes
son falsos, sino que también debemos ver que la provisión les sea dada a los verdaderos siervos. Además es significativo que
Nehemías no dice “¿Por qué han sido descuidados los levitas?” Él reconoce que el descuido de los siervos de Dios
es una indicación de aquello que todavía es más serio -el descuido de la casa de Dios.
La cuarta dificultad fue la violación del día de reposo (v.15-22).
Cuando la casa es abandonada el día de reposo es profanado. En vez de ser puesto aparte para Jehová éste se usa para favorecer
los intereses temporales del pueblo y transformado en un día común. En nuestros días quienes descuidan la asamblea de Dios
tendrán poco respeto por el día del Señor. Si, como Nehemías, tenemos la asamblea de Dios en el corazón, veremos que debemos
cerrar las puertas contra todo lo que nos alejaría del servicio del Señor en el día del Señor (v.19).
La quinta prueba fue la infidelidad hacia Dios (v.23-31). En este
caso particular fue manifestado en las impías alianzas entre el pueblo de Dios y las naciones vecinas. En este mal la familia
del sumo sacerdote es líder. Otra vez Nehemías trata drásticamente con el mal, y de este modo busca mantener la pureza del
pueblo de Dios.
Es bueno tener en cuenta que estas medidas disciplinarias no tratan
sólo con los que están dentro de la ciudad, sino también con los que están fuera (v.15), además se aplican a cada clase. Los
sacerdotes usan su santo oficio para favorecer los intereses del enemigo de Dios (v.4). Los gobernadores descuidan la casa
de Dios (v.11). Y el pueblo forma alianzas impías (v.23). Pero el hombre fiel conduce a que estos males sean tratados en disciplina
sin acepción de personas, de esta forma la santidad de la casa de Dios es mantenida.
Como muchas de las medidas disciplinarias se relacionan con muchos
de los que han retornado a la tierra de Dios, y no simplemente a los moradores de Jerusalén, es claro que ellos dan por sentado
que los intereses de cada israelita deben estar con la prosperidad de la casa y que los moradores en las provincias son necesarios
tanto para el mantenimiento de la casa como para quienes moran también dentro
de la ciudad. Los sacerdotes y levitas dentro de las murallas pueden estar más directamente interesados con el servicio de
la casa pero la historia muestra abundantemente que los de dentro de las murallas dependían de los de fuera de ella para su
alimento diario. El cuadro nos presenta el pueblo unido en el mantenimiento de una casa, que está rodeada por murallas para
mantener su santo carácter.
Debe también tomarse en cuenta que, en lo principal, los males
tratados son estos que el pueblo se ha comprometido a evitar, y en lo que hace un breve tiempo se ha responsabilizado a través
de un pacto con juramento y maldición. Cuán pronto ellos han probado su propia debilidad, y en consecuencia, la debilidad
de la ley para mejorar y restringir la carne. Por el momento estos males son tratados a causa de la fidelidad de un hombre.
Pero con la muerte de Nehemías estos males reaparecerán hasta en los días de Malaquías donde caracterizarán a la multitud,
la única esperanza dejada para el piadoso es la venida del Señor. El remanente del día de Malaquías temía al Señor y pensaba
en Su nombre, y podemos decir seguramente que ellos no renunciaban a los principios de la casa de Dios. Para ellos no hubo
un llamado a hacer provisión para su conducta futura, porque ellos miraban al Sol de justicia que traería en sus alas salvación.
Todo detrás de ellos era fracaso, y alrededor de ellos corrupción, pero todo ante ellos era gloria.
COMENTARIOS
FINALES
Al finalizar
este breve bosquejo del libro de Nehemías, unos pocos comentarios adicionales en cuanto a su aplicación al presente, nos serán
de utilidad.
Con relación a Israel, fue el propósito de Dios tener Su casa en
la ciudad de Jerusalén, en medio de un pueblo morando en Su tierra. Conectado con este propósito hay tres importantes principios.
Con la casa está el pensamiento de la morada de Dios; con la ciudad el gobierno de Dios; y con la nación y la tierra la bendición
de Dios. Donde Dios mora, allí debe estar el gobierno de Dios; y cuando Dios gobierna, Dios bendice. Es de este forma que
el propósito de Dios es morar en medio de un pueblo redimido, y gobernando sobre ellos para su bendición. Este propósito se
realizará en un día futuro.
En el libro de Nehemías vemos la historia de un remanente de la
nación actuando a la luz del propósito original de Dios para toda la nación, mientras espera por su cumplimiento futuro en
el día milenial.
Hoy el “material” en Israel tiene su contraparte “espiritual”
en la asamblea de Dios. Sabemos que la asamblea de Dios es presentada como la casa de Dios (1ª Timoteo 3:3); y como la ciudad
del Dios viviente (Hebreos 12:22 y Apocalipsis 21). Además los creyentes son vistos como “una nación santa”
(1ª Pedro 2:9). De manera que otra vez, podemos decir, que es el pensamiento de Dios morar en medio de un pueblo redimido,
y gobernarlo para su bendición. El propósito de Dios para la asamblea será plenamente cumplido en la Jerusalén celestial,
como lo será para Israel en la Jerusalén terrenal. Con la verdad ante nosotros seremos capaces de realizar cuán lejos la cristiandad
se ha alejado del propósito de Dios para su asamblea. En vez de Dios morando en medio de un pueblo redimido, y gobernándolo
para su bendición, vemos un vasto sistema religioso en que cada principio de Dios es puesto a un lado. Éste tiene su muy pronunciada
expresión en una gran organización eclesiástica (compuesta, en su mayor parte por profesantes no regenerados del cristianismo,
en vez de redimidos), que, en lugar de ser la habitación de Dios, en breve vendrá a ser “la habitación de demonios
y de cada ave inmunda” (Apoc.18:2). Además, su gobierno, en vez de ser una bendición para el hombre, ha corrompido
a la tierra y perseguido a los santos (Apoc.16:18 y 17:24).
Nuevamente vemos que la vasta mayoría del pueblo de Dios se encuentra
cautivo en este gran sistema de Babilonia, aunque, por la gracia de Dios unos pocos han sido libertados al abrirles los ojos
para ver la verdad de la asamblea de Dios como la casa de Dios. Estos últimos han buscado andar en la verdad del pensamiento
original de Dios para la asamblea mientras esperan por su plena realización en gloria.
Como el remanente en días de Nehemías, ellos se encuentran en circunstancias
de gran debilidad, enfrentados con oposición y dificultades. Frente a todas éstas ellos tratan de mantener la santidad de
la casa de Dios, el gobierno de la ciudad, y la bendición del pueblo de Dios. Aunque en el mantenimiento de los principios
de la casa de Dios; la administración debe seguir a esto, y esta si fuese justamente usada, debería estar directamente bajo
la influencia de la casa y en armonía con su carácter y orden; por lo tanto, esto sería para la bendición del pueblo de Dios.
Así fue en los días de Esdras y Nehemías. El avivamiento de la casa bajo Zorobabel y otros, y la restitución de su orden a
través de Esdras, fue la primera preocupación de este remanente. Después, la casa fue rodeada por murallas, y una administración
establecida en relación con la casa. Desde el principio la casa fue siempre accesible a cada israelita de cada parte de la
tierra, siempre suponiendo derecho y un carácter moral en conformidad a las ordenanzas de la casa. No se trató de que esto
fuese restringido a los pocos que moraban dentro de la ciudad. Si este hubiese sido el caso habría sido un serio mal uso de
las murallas, y habría falsificado el verdadero carácter de la casa al limitar sus privilegios a un selecto grupo.
Por otra parte ignorar la administración consistente con el orden
y santidad de la casa, sería igualmente serio, lo que guiaría a cada hombre a hacer lo que es justo a sus ojos; el fracaso
para mantener la santidad de la casa de Dios; y la pérdida de la bendición para el pueblo.
Así somos advertidos que la santidad de la casa de Dios y la bendición
del pueblo, pueden perderse por "ultra exclusivismo" por una parte o "latitudinarismo"
por la otra. (Latitudinarismo = Doctrina y actitud adoptada por algunos teólogos anglicanos en el siglo XVII
que, interpretando de forma laxa las enseñanzas cristianas, defienden que hay salvación fuera de la Iglesia, rechazan los
dogmas, dan preferencia a la razón sobre la Biblia y las tradiciones, se interesan por la moral más que por la doctrina y
defienden una amplia tolerancia en materias religiosas.)
Si deseamos conocer el pensamiento de Dios para el tiempo que vivimos,
haremos bien en tratar estos temas con Dios, recordando que, “toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para
enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”, aún así ciertas Escrituras tienen un muy definitivo
mensaje para el día de ruina. De tales Escrituras ninguna, quizás, tiene un lugar más importante que el libro de Nehemías
en el Antiguo Testamento y 2ª Timoteo en el Nuevo. Pueda Dios darnos gracia para buscar diligentemente Su pensamiento, en
su Palabra y someternos a ella sin reservas. Sólo de este modo seremos capaces
de mantener firme lo que tenemos y que nadie tome nuestra corona.
HAMILTON SMITH
Traducción R.O.C. – (Santiago, Chile, 2000)