COMENTARIOS DE LOS LIBROS DE LA SANTA BIBLIA (Antiguo y Nuevo Testamento)

MATEO (William Kelly)

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MATEO

 

 

SERMONES INTRODUCTORIOS ACERCA DE LOS EVANGELIOS

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BJ = Biblia de Jerusalén

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

JND = Una traducción literal del Antiguo Testamento (1890) y del Nuevo Testamento (1884) por John Nelson Darby (1800-82), traducido del Inglés al Español por: B.R.C.O.

KJV1769 = King James 1769 Version of the Holy Bible (conocida también como la "Authorized Version").

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

NC = Biblia Nácar-Colunga

NTPESH = NUEVO TESTAMENTO DE LA BIBLIA PESHITTA En Español, Traducción de los Antiguos Manuscritos Arameos. Editorial: Broadman & Colman Publishing Group. Copyright: © 2006 por Instituto Cultural Álef  y Tau, A.C.

NTVHA = Nuevo Testamento Versión Hispano-Americana (Publicado por: Sociedad Bíblica Británica y Extranjera y por la Sociedad Bíblica Americana, 1ª. Edición 1916)

NVI =Santa Biblia, Nueva Versión Internacional, Copyright 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano)

RVR1977 = Versión Reina-Valera Revisión 1977 (Publicada por Editorial Clie).

SPTE = Versión de la Septuaginta en Español (del Pbro. Guillermo Jünemann Beckchaefer).

TA = Biblia Torres Amat

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

 

A Dios le ha parecido bien, en los relatos separados que Él nos ha presentado acerca de nuestro Señor Jesús, mostrar no sólo Su gracia y Su sabiduría, sino la excelencia infinita de Su Hijo. Es sabiduría nuestra el hecho de procurar beneficiarnos por medio de toda la luz que Él nos ha brindado; y, para esto, recibir implícitamente, tal como el Cristiano sencillo ciertamente lo hace, todo lo que Dios ha escrito para nuestra enseñanza en estos diferentes evangelios, y también por medio de la comparación de  ellos, y comparándolos según el punto de vista especial que Dios ha comunicado en cada evangelio, para ver concentradas en Cristo las variadas líneas de la eterna verdad que se encuentran allí. Ahora bien, procederé con toda sencillez, ayudándome el Señor, a dedicarme primeramente al evangelio que está ante nosotros, con el fin de señalar, en la medida que estoy capacitado para hacerlo, los grandes rasgos diferenciadores, así como también los contenidos principales, que al Espíritu Santo le ha parecido bien comunicar. Es bueno tener en cuenta que en este evangelio, al igual que en todos los demás, Dios no se ha propuesto, de ningún modo, presentar todo, sino únicamente algunos discursos y hechos escogidos; y esto es aún más notable, en vista de que, en algunos casos, los mismos milagros, etc., son presentados en varios, e incluso en todos, los evangelios. Los evangelios son cortos; los materiales usados no son numerosos; pero, ¿qué diremos nosotros acerca de las profundidades de la gracia que están allí reveladas? ¿Qué diremos de la gloria inconmensurable del Señor Jesucristo, la cual en todas partes resplandece en ellos?

 

La innegable certeza de que a Dios le ha parecido bien confinarse Él mismo a una pequeña porción de las circunstancias de la vida de Jesús, y, aun así, repetir el mismo discurso, el mismo milagro, o cualquier otro hecho que nos es presentado, sólo saca a la luz más claramente, en mi opinión, el designio manifiesto de Dios en cuanto a dar expresión a la gloria del Hijo en cada evangelio conforme a un punto de vista especial. Ahora bien, considerando el evangelio de Mateo como un todo, y tomando la perspectiva más ampliada de él antes de entrar en detalles, surge la pregunta, ¿cuál es la idea principal delante del Espíritu Santo? Es, ciertamente, la lección de sencillez aprender esto de Dios, y, una vez aprendido, aplicarlo constantemente como una ayuda de la clase más manifiesta; plena de interés, así como también de la enseñanza de la mayor gravitación, al examinar todos los incidentes cuando se presentan ante nosotros. ¿Qué es, entonces, aquello que, no meramente en unos pocos casos y en capítulos particulares, sino en toda su extensión, se presentan ante nosotros en el evangelio de Mateo? Sin importar adonde miremos, sea al principio, a la mitad, o al final, el mismo carácter evidente se proclama a sí mismo. Las palabras preliminares lo presentan. ¿Acaso no se trata del Señor Jesús, hijo de David, hijo de Abraham — el Mesías? Pero, además, no se trata simplemente del ungido de Jehová, sino de Uno que demuestra que Él mismo es, y es declarado por Dios, Jehová-Mesías o Jehová el Salvador. Ningún testimonio semejante aparece en otra parte. Yo no digo que no haya evidencia, en los demás evangelios, que demuestre que Él es realmente Jehová y también Emanuel, sino que en ninguna otra parte tenemos la misma plenitud de demostración, y el mismo designio manifiesto, desde el punto de partida del evangelio, que proclame al Señor Jesús como siendo así un Mesías divino — Dios con nosotros.

 

El objetivo práctico es igualmente obvio. La noción común de que los Judíos están en perspectiva es absolutamente correcta en sí misma. El evangelio de Mateo tiene la prueba interna de que Dios provee especialmente para la enseñanza de los Suyos entre aquellos que habían sido Judíos. Fue escrito más particularmente para guiar a Cristianos Judíos a una comprensión más verdadera de la gloria del Señor Jesús. Por eso es que todo testimonio que podía convencer y satisfacer a un Judío, que podía corregir o ampliar sus pensamientos, se encuentra plenamente aquí; de ahí la precisión de las citas del Antiguo Testamento, de ahí la convergencia de la profecía acerca del Mesías; de ahí, también, la manera en que los milagros de Cristo, o los incidentes de Su vida, están agrupados aquí juntamente. Todo esto apuntaba a las dificultades Judías con peculiar aptitud. Tenemos milagros en otra parte, sin duda, y ocasionalmente profecías; pero, ¿dónde hay tal profusión de ellos como la hay en Mateo? ¿Dónde, en la mente del Espíritu de Dios, hay una razón semejante continua, conspicua, para citar y aplicar la Escritura en todos los lugares y sazones al Señor Jesús? Para mí, y lo confieso, parece imposible que una mente sencilla resista la conclusión.

 

Pero esto no es todo lo que hay que observar aquí. Dios no sólo se digna satisfacer al Judío con estas demostraciones de profecía, milagro, vida, y doctrina, sino que Él comienza con lo que un Judío debe exigir — el asunto de la genealogía. Pero aun entonces, la respuesta de Mateo es de tipo divino. Él dice, "Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham." Estos son dos puntos de referencia principales a los cuales se vuelve un Judío: — realeza dada por la gracia de Dios en uno, y el depositario original de la promesa en el otro.

 

Además, Dios no sólo condesciende a notar la línea de los padres, sino que, si Él se desvía de vez en cuando, por así decirlo, por un momento, para alguna otra cosa, ¡qué enseñanza, tanto en el pecado y la necesidad del hombre, como en Su propia gracia, brota así ante nosotros del mero curso de Su árbol genealógico! Él nombra, en ciertos casos, a la madre, y no sólo al padre; pero jamás lo hace sin una razón divina. Hay cuatro mujeres mencionadas. Ellas no son como ninguno de nosotros, o quizás ningún hombre habría pensado de antemano introducirlas, e introducirlas en semejante genealogía, de entre todas las demás. Pero Dios tuvo Su suficiente motivo; y el Suyo no fue sólo un motivo de sabiduría, sino de misericordia; y también, de enseñanza especial para el Judío, tal como veremos en un momento. Antes que nada, ¿quién sino Dios habría pensado que era necesario recordarnos que "Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara"? No necesito explayarme; estos nombres en la historia divina deben hablar por sí mismos. El hombre habría ocultado, ciertamente, todo esto; habría preferido presentar un encendido relato de antigua y augusta ascendencia, o concentrar toda la honra y la gloria en uno, el lustre de cuyo genio eclipsara a todos los antecesores. Pero los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos; ni nuestros caminos son los Suyos (Isaías 55:8). Además, la mención de tales personas presentadas así es aún más notable debido a que otras, dignas personas, no son nombradas. No hay mención alguna de Sara, ningún indicio de Rebeca, no se toman en cuenta, en absoluto, muchos nombres santos e ilustres en la línea femenina de nuestro Señor Jesús. Pero Tamar aparece así al comienzo (versículo 3); y la razón es tan evidente, que uno no tiene necesidad de explicar con más detalle. Yo estoy persuadido que el solo nombre es un indicio suficiente para cualquier corazón Cristiano y para cualquier conciencia Cristiana. Pero, ¡cuán significativo es para el Judío! ¿Cuáles eran sus pensamientos acerca del Mesías? ¿Habría propuesto el nombre de Tamar en una relación tal? Jamás. Él podría no haber sido capaz de negar el hecho; pero en cuanto a exponerlo así, y atraer especial atención a él, el Judío hubiese sido el último hombre en hacerlo. Sin embargo, la gracia de Dios en esto es mucho más buena y sabia.

 

Pero hay más que esto. Más abajo en el capítulo tenemos otra mujer. Está el nombre de Rahab, una Gentil, y una Gentil que no lleva ninguna reputación honorable junto con ella. Los hombres pueden procurar evitarla, pero es imposible tanto encubrir su vergüenza como disipar la gracia de Dios. No se trata de deshacerse bien o sabiamente de ella, de quién y qué era Rahab públicamente; no obstante, ella es la mujer que el Espíritu Santo destaca para el siguiente lugar en la ascendencia de Jesús.

 

Rut aparece también — Rut, de entre todas estas mujeres — muy dulce e irreprensible, sin duda, por el obrar de la gracia de Dios en ella, pero aun así una hija de Moab, a quienes Jehová prohibió entrar en Su congregación para siempre hasta la décima generación (Deuteronomio 23:3).

 

¿Y qué del propio Salomón, engendrado por David el rey, de la que fue mujer de Urías? ¡Cuán humillante para aquellos que se basaban en la justicia humana! ¡Cuán frustrante para las meras expectativas Judías acerca del Mesías! Él era el Mesías, pero Él era el Mesías según el corazón de Dios, no del hombre. Él era el Mesías que, de alguna manera, podría, y pudo, relacionarse con pecadores, con el primero y el último de ellos; cuya gracia alcanzaría y bendeciría a Gentiles — a una Moabita — a cualquiera. En el esquema de Su ascendencia en Mateo, se dejó espacio para insinuaciones de tal alcance. Ellos [los Judíos] podrían negarlo ahora en cuanto a doctrina y hecho; ellos no podrían alterar o borrar los rasgos verdaderos de la genealogía del Mesías verdadero; puesto que de ninguna otra línea sino de la de David, a través de Salomón, podía ser el Mesías. Y Dios ha considerado apropiado relatarnos incluso esto, para que podamos conocer y entrar en Su propio deleite, en Su gracia abundante, mientras Él habla de los ancestros del Mesías. Es así, entonces, que llegamos al nacimiento de Cristo.

 

Tampoco fue menos digno de Dios el hecho de que Él hiciese muy clara la verdad de otra notable coyuntura de circunstancias predichas, aparentemente más allá de avenimiento, en Su entrada al mundo.

 

Había dos condiciones absolutamente necesarias para el Mesías: una era, que Él tenía que nacer verdaderamente de una — más bien de la — virgen; la otra era, que Él tenía que heredar los derechos reales de Salomón — renuevo de la casa de David, según la promesa. Había también una tercera, podemos añadir: que Aquel que era el hijo verdadero de Su madre virgen, el hijo legal de Su padre surgido de Salomón, tenía que ser, en el sentido más verdadero y elevado, el Jehová de Israel, Emanuel — Dios con nosotros. Todo esto está agrupado en el breve relato que se nos presenta a continuación en el evangelio de Mateo, y sólo por Mateo. "El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo." Nosotros encontraremos que esta última verdad, es decir, la de la acción del Espíritu Santo en cuanto a ello, tiene una importancia aún más profunda y más amplia asignada a ella en el evangelio de Lucas, cuya tarea es mostrarnos el Hombre Cristo Jesús. Yo reservo, por tanto, cualesquiera observaciones que este alcance más amplio pueda y deba, de hecho, dar lugar, hasta que tengamos que considerar el tercer evangelio.

 

Pero la gran cosa es la relación de José con el Mesías, y, por tanto, él es aquel al cual el ángel aparece. En el evangelio de Lucas el ángel no aparece a José sino a María. ¿Tenemos nosotros que pensar que esta variedad de relatos es una circunstancia meramente accidental? ¿O que si a Dios le pareció bien describir así dos líneas distintas de verdad, no vamos a obtener el principio divino de cada una y de todas? Es imposible que Dios pudiese hacer aquello de lo cual aun nosotros nos avergonzaríamos. Si nosotros actuamos o hablamos, o si nos abstenemos de hacer ambas cosas, debiéramos tener una razón suficiente para lo uno o lo otro. Y si ningún hombre en sus sentidos duda de que esto debería ser así en nuestro caso, ¿acaso Dios no tuvo siempre Su mente perfecta en los varios relatos que Él nos ha presentado acerca de Cristo? Ambos relatos son verdad, pero con distinto designio. Mateo menciona con sabiduría divina la visita del ángel a José; y con no menos dirección desde lo alto, Lucas menciona la visita de Gabriel a María (así como anteriormente a Zacarías); y la razón es clara. En Mateo, aunque él no debilita en lo más mínimo, sino que demuestra el hecho de que María era la madre verdadera de nuestro Señor, el argumento era, que Él heredaba los derechos de José.

 

Y no es de extrañar; ya que sin importar cuan verdaderamente nuestro Señor había sido el Hijo de María, Él no tenía por esa causa un derecho legal indiscutible al trono de David. Esto jamás podía ser en virtud del hecho de descender Él de María, a menos que Él hubiese heredado también el título del tronco real. Como José  pertenecía a la rama de Salomón, él podía haber obstruido el derecho de nuestro Señor al trono, considerándolo como una mera cuestión del hecho de ser Él ahora el Hijo de David; y tenemos derecho de asumirlo así. El hecho de que Él es Dios, o Jehová, no era en sí mismo, en modo alguno, el terreno de la reivindicación Davídica, aunque, por otra parte, era de una importancia infinitamente más profunda. El asunto era hacer efectivo, junto con Su gloria eterna, un título Mesiánico que no podía ser desechado, un título que ningún Judío en su propio terreno podría impugnar. Humillarse así fue Su gracia; fue Su sabiduría todo suficiente la que supo cómo reconciliar condiciones que estaban tan por encima del hombre como para reunirlas. Dios habla, ¡y ya está hecho!

 

Por consiguiente, en el evangelio de Mateo, el Espíritu de Dios fija nuestra atención sobre estos hechos. José era el descendiente de David el rey, a través de Salomón: el Mesías debía ser, por tanto, de una manera u otra, el hijo de José. No obstante, si Él hubiese sido realmente el hijo de José, todo se habría perdido. Las contradicciones se veían así desesperadas, ya que parecía que para ser el Mesías, Él debía, y a la vez no debía, ser hijo de José. Pero ¿qué son las dificultades para Dios? Para Dios todo es posible; y la fe recibe todo con confianza. Él no sólo era el hijo de José, de modo que ningún Judío podía negarlo, y no obstante no lo era, sino que Él podía ser, de la manera más plena, el Hijo de María, la simiente de la mujer, y no literalmente del hombre. Dios pone, por lo tanto, especial esmero, en este evangelio Judío, en el hecho de dar toda importancia al hecho de que Él es estrictamente, a los ojos de la ley, el hijo de José; y así, según la carne, heredero de los derechos de la rama real; y no obstante, Él pone especial cuidado en demostrar que Él no era, en la realidad de Su nacimiento como hombre, hijo de José. "Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo." Ese fue el carácter de la concepción. Además, Él era Jehová. Esto sale a la luz en Su propio nombre. El hijo de la virgen iba a ser llamado "JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados." Él no será un mero hombre, independientemente de lo milagroso de Su nacimiento; el pueblo de Jehová, Israel, es el Suyo; Él salvará a Su pueblo de sus pecados.

 

Esto nos es revelado aún más mediante la profecía de Isaías citada a continuación, y particularmente por la aplicación de aquel nombre que no se encuentra en ninguna otra parte excepto en Mateo: "Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. (Mateo 1: 22 y 23).

 

Esto es, entonces, la introducción y el gran fundamento en rigor. La genealogía está formada, sin duda, peculiarmente conforme a la usanza Judía; pero esta forma misma sirve más bien como una confirmación, y no diré que sólo para la mente Judía, sino para todo honesto hombre de inteligencia. La mente espiritual, obviamente, no tiene dificultad — no puede tener ninguna por el hecho mismo de que es espiritual, debido a su confianza en Dios. Ahora bien, no hay nada que destierre tan rápidamente una duda, y silencie toda pregunta del hombre natural, como la feliz certeza de que lo que Dios dice debe ser verdad, y que es la única cosa correcta. No hay duda de que a Dios le ha parecido bien, en esta genealogía, hacer aquello a lo que los hombres en los tiempos modernos han puesto reparos; pero ni siquiera los más hoscos y más hostiles Judíos plantearon tales objeciones en días antiguos. Ciertamente ellos eran las personas, sobre todo, que hubiesen expuesto el carácter de la genealogía del Señor Jesús, de haber sido ella vulnerable. Pero no; esto estaba reservado para los Gentiles. Ellos han hecho el notable descubrimiento de que ¡hay una omisión! Pues bien, en tales listas una omisión está perfectamente en analogía con la usanza del Antiguo Testamento. Todo lo que se requería de una genealogía semejante  era presentar puntos de referencia adecuados como para hacer que la descendencia fuese clara e incuestionable.

 

Así, si ustedes toman a Esdras, por ejemplo, presentando su propia genealogía como un sacerdote, ustedes hallarán que él no sólo omite tres eslabones en una cadena, sino siete. Indudablemente, debe haber existido una razón especial para la omisión; pero independientemente del que pueda ser nuestro juicio acerca de la verdadera solución de la dificultad, es evidente que un sacerdote que estuviera presentando su propia genealogía no la expresaría en una forma defectuosa. Si en uno que era de esa sucesión sacerdotal donde las pruebas eran requeridas vigorosamente, donde un defecto en ello destruiría su derecho al ejercicio de sus funciones espirituales — si en tal caso podía haber, legítimamente, una omisión, claramente podía ser lo mismo con respecto a la genealogía del Señor; y tanto más, ya que esta omisión no estaba en la parte de la cual la Escritura no dice nada, sino que estaba en el centro de los registros históricos, desde donde el niño más simple podía proporcionar, de inmediato, los eslabones perdidos. Evidentemente, por tanto, la omisión no fue descuidada o ignorante, sino intencional. Yo mismo no dudo que el designio fue insinuar, de esta manera, la solemne sentencia de Dios pronunciada sobre la relación con Atalía de la impía casa de Acab, la mujer de Joram. (Compárese Mateo 1:8 con 2º. Crónicas capítulos 22 y 23). Cuando la línea reaparece aquí en Uzías, Ocozías desaparece, y  también Joás, y Amasías, Dios borra estas generaciones junto con la de la mujer impía [Atalía].

 

Hubo también, literalmente, otra razón que yace en la superficie, y que requería la marginación de ciertos nombres. Al Espíritu de Dios le pareció bien presentar catorce generaciones en cada una de las tres divisiones de la genealogía del Mesías: desde Abraham hasta David, desde David hasta la cautividad, y desde la cautividad hasta Cristo. Ahora bien, es evidente que si hubiese, de hecho, más eslabones en cada cadena de generación que estos catorce, todo lo que estaba por sobre ese número debía ser omitido. Entonces, tal como hemos visto recién, la omisión no es al azar, sino que se hizo a partir de una fuerza moral especial. De este modo, si hubo una necesidad debido a que el Espíritu de Dios se limitó a un cierto número de generaciones, hubo también una razón divina, como la hay siempre en la Palabra de Dios, para la elección de los nombres que tuvieron que ser omitidos.

 

Independientemente de cómo puede ser esto, nosotros tenemos, en este capítulo, además de la línea genealógica, la Persona del largamente esperado Hijo de David; Le tenemos precisa y plenamente presentado como el Mesías; tenemos Su gloria más profunda, no meramente la que Él tomó, sino la de quien Él era, y Él es. Él podía ser caracterizado, como de hecho lo fue, como " hijo de David, hijo de Abraham"; pero Él era, Él es, Él no podía ser sino, Jehová-Emanuel. Uno apenas necesita detenerse para exponer cuán trascendental era, para un Judío, creer y confesar esto: es suficiente mencionarlo de paso. Evidentemente, la incredulidad Judía, aun donde existía un reconocimiento del Mesías, giraba alrededor de esto: que el Judío contemplaba al Mesías puramente conforme a lo que Él se digna llegar a ser como el gran Rey. Ellos no vieron ninguna gloria más profunda que Su trono Mesiánico, nada más que un retoño, un vástago, de la raíz de David, aunque sin duda, uno de vigor extraordinario. Aquí, en el punto de partida mismo, el Espíritu Santo señala la gloria divina y eterna de Aquel que se digna venir como el Mesías. Ciertamente, asimismo, si Jehová condescendía a ser Mesías, y para hacer esto, a nacer de la virgen, debía haber objetivos muy dignos, infinitamente más profundos que la intención, independientemente de lo grande, de sentarse en el trono de David. Evidentemente, por tanto, la sencilla percepción de la gloria de Su persona derriba todas las conclusiones de la incredulidad Judía; nos muestra que Aquel cuya gloria era tan resplandeciente debía tener una obra acorde con esa gloria; que Aquel cuya dignidad personal trascendía todo tiempo e incluso todo pensamiento, que se humilló así para entrar en las filas de Israel como Hijo de David, debe haber tenido algunos fines para venir, y, sobre todo, para morir, algunos fines adecuados para tal gloria. Todo esto, es evidente, tenía la importancia más profunda posible e Israel debía aprenderlo. Fue precisamente eso lo que el israelita creyente aprendió; aun cuando ello fue sólo la piedra de tropiezo sobre la cual el Israel incrédulo cayó y fue quebrantado.

 

 

Capítulo 2

 

 

El siguiente capítulo (Mateo 2), nos muestra otro hecho característico con referencia a este evangelio; ya que si el objetivo del primer capítulo fue presentarnos las pruebas de  la gloria y el carácter verdaderos del Mesías, en contraste con la mera limitación Judía y la incredulidad acerca de Él, el segundo capítulo nos muestra qué recepción encontraría el Mesías por parte de Jerusalén, del rey y del pueblo, y en la tierra de Israel, en contraste con los magos del Oriente. Si Su ascendencia es segura como real hijo de David, si Su gloria está sobre todo linaje humano, ¿cuál fue el lugar que Él encontró, de hecho, en Su tierra y entre Su pueblo? Su título era inderogable: ¿cuáles fueron las circunstancias que Le recibieron cuando Él se encontró por fin en Israel? La respuesta es que, desde el principio mismo, Él fue rechazado como Mesías. Él fue rechazado, y muy enfáticamente, por aquellos cuya responsabilidad era, sobre todo, recibirle. No fue el ignorante; no fueron los que estaban infatuados en burdas costumbres; fue Jerusalén — fueron los escribas y los Fariseos. También el pueblo se turbó ante el pensamiento mismo del nacimiento del Mesías.

 

Lo que sacó a la luz la incredulidad de Israel tan inquietantemente fue esto  — Dios aceptaría un debido testimonio rendido a un Mesías semejante; y si los Judíos no estaban dispuestos, Él reuniría de los confines mismos de la tierra algunos corazones para dar la bienvenida a Jesús — a Jesús-Jehová, el Mesías de Israel. Por eso es que se ve a Gentiles viniendo desde el Oriente, guiados por la estrella que hablaba a sus corazones. Había subsistido siempre tradicionalmente entre las naciones Orientales, aunque no se limitaba a ellas, la relevancia general de la profecía de Balaam, de que saldría una estrella, una estrella relacionada con Jacob (Números 24:17). Yo no dudo que a Dios le pareció bien, en Su bondad, en darle a esa profecía un sello de tipo literal, por no hablar de su verdadera fuerza simbólica. En Su amor condescendiente, Él guiaría corazones que habían sido preparados por Él, a desear al Mesías, y vendrían de los confines de la tierra a darle la bienvenida. Y fue así. Ellos vieron la estrella; emprendieron viaje para buscar el reino del Mesías. No se trató de que la estrella se movió a lo largo del camino; ella los despertó y los puso en marcha. Ellos reconocieron el fenómeno como la búsqueda de la estrella de Jacob. Puedo decir que relacionaron instintivamente, ciertamente por la mano de Dios, una estrella con la otra. Desde su alejado hogar ellos llegaron a Jerusalén; ya que incluso la expectativa universal de los hombres en aquel tiempo señalaba a esa ciudad. Pero cuando llegaron a ella, ¿dónde estaban las almas fieles que esperaban al Mesías? Ellos encontraron mentes activas — y no fueron pocos los que pudieron decirles claramente dónde iba a nacer el Mesías: para esto, Dios los hizo depender de Su Palabra. Cuando ellos llegaron a Jerusalén, ya no fue una señal exterior la que los guiaría. Aprendieron la Escritura en cuanto a ello. Ellos aprendieron de parte de aquellos que no se preocupaban de la Escritura, ni de lo que concernía a Él, pero que, sin embargo, conocían más o menos la letra. De camino a Belén, para gran alegría de ellos, la estrella reaparece, confirmando lo que habían recibido, hasta que ella se detuvo sobre donde estaba el niño. Y allí, "al entrar en la casa" (Mateo 2:1), en la presencia del padre y la madre, ellos, aunque eran Orientales, y acostumbrados a homenaje no pequeño, demostraron cuan verdaderamente fueron guiados por Dios; ya que ni el padre ni la madre recibieron lo más mínimo de la adoración de ellos: todo estaba reservado para Jesús — todo fue derramado a los pies del Mesías niño. ¡Oh, qué fulminante refutación a los necios hombres de Occidente, qué lección, incluso de esos Gentiles extraños, al Cristianismo autocomplaciente en el Oriente y en el Occidente! A pesar de lo que los hombres podrían despreciar en estos días soberbios, los corazones de estos magos, en su sencillez, eran verdaderos. Ellos vinieron sólo por Jesús; fue a Jesús a quien ellos dedicaron su adoración; y entonces, a pesar de que sus padres estaban allí, a pesar de lo que la naturaleza los impulsaría a hacer, a saber, a compartir a lo menos algo de la adoración sobre el padre y la madre con el Niño, ellos presentaron sus tesoros y adoraron sólo al Niño.

 

Esto es cuanto más notable, porque en el evangelio de Lucas tenemos otra escena, donde vemos a ese mismo Jesús, verdaderamente un Niño de pocos días, en manos de un anciano, con mucho más inteligencia divina de la que se podían jactar estos magos Orientales. Sabemos lo que habría sido ahora el impulso afectivo y los deseos piadosos en la presencia de un niño; pero el anciano Simeón nunca pretende bendecirle a Él. Nada habría sido más sencillo y natural, si es que aquel Niño no se hubiese diferenciado de todos los demás, si no hubiese sido lo que Él era, y si Simeón no hubiese sabido quién era Él. Pero él lo supo. Vio en Él la salvación de Dios; y entonces, aunque él pudo regocijarse en Dios, y bendecir a Dios, aunque pudo, en otro sentido, bendecir a los padres, él no presume jamás de bendecir al Niño. Fue, de hecho, la bendición que él obtuvo del Niño la que le permitió bendecir tanto a Dios como a Sus padres; pero él no bendice al Niño, aun cuando bendice a los padres. El que estaba allí era Dios mismo, el Hijo del Altísimo, y el alma de Simeón se inclinó delante de Dios. Tenemos aquí en Mateo, a los Orientales adorando al Niño, no a los padres; así como en el otro caso, en Lucas, tenemos al bienaventurado hombre de Dios bendiciendo a los padres, pero no al Niño: una sorprendente demostración de la notable diferencia que el Espíritu Santo tuvo en consideración cuando escribió estas historias del Señor Jesús.

 

Además, Dios les da una indicación a estos Orientales y ellos regresaron a su tierra por otro camino, derrotando así el designio del corazón traicionero y de la mente cruel del rey Edomita, a pesar de la matanza de los inocentes.

 

Viene a continuación una profecía notable acerca del Señor Jesús de la cual debemos decir una palabra — la profecía de Oseas. Nuestro Señor es llevado a Egipto, fuera del alcance de la tormenta. Esa fue, de hecho, la historia de Su vida; Su dolor continuo, un curso de padecimiento y vergüenza. No hubo un mero heroísmo en el Señor Jesús, sino justo lo contrario. Sin embargo, era Dios cubriendo Su majestad; era Dios en la persona del hombre, en el Niño que asume el lugar más humilde en el mundo altivo. Por tanto, ya no encontramos una nube que lo cubre, ninguna columna de fuego que lo escude. Aparentemente siendo el más expuesto, Él se inclina ante la tormenta, se retira, llevado por Sus padres al antiguo horno de aflicción para Su pueblo. Así, aun desde el principio mismo, nuestro Señor Jesús, como un niño, experimenta el odio del mundo — experimenta lo que es ser humillado completamente, incluso como un niño. La profecía, por lo tanto, se cumplió, y en su significado más profundo. No fue meramente a Israel a quien Dios llamó a salir, sino que de Egipto llamó a Su Hijo.  Aquí estaba el verdadero Israel; Jesús era el linaje genuino delante de Dios. Él pasa, en Su propia persona, a través de la historia de Israel. Él va a Egipto, y es llamado de allí.

 

Regresando, a su debido tiempo, a la tierra de Israel, tras la muerte de aquel que reinó después de Herodes el Grande, Sus padres son instruidos como se nos dice, y se van a la región de Galilea. Esta es otra verdad importante; porque se iba a cumplir así la palabra, no de un profeta, sino de todos — "para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno." (Mateo 2:23). Dicho nombre llevaba en sí mismo el desprecio del hombre; Nazaret era el lugar más despreciado en aquella despreciada tierra de Galilea. Ese fue, en la providencia de Dios, el lugar para Jesús. Esto dio cumplimiento a la voz general de los profetas, quienes declararon que Él sería "despreciado y desechado entre los hombres." Y Así Él lo fue. Ello fue verdad incluso del lugar en el cual Él vivió, "para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno."

 

 

Capítulo 3

 

 

Comenzamos ahora con el anuncio de Juan el Bautista (Mateo 3). El Espíritu de Dios nos lleva a lo largo de un gran intervalo de tiempo, y la voz de Juan se oye proclamando, "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado." Tenemos aquí una expresión que no debe ser pasada por alto — y es de suma importancia para la comprensión del evangelio de Mateo. Juan el Bautista predicaba la cercanía del reino en el desierto de Judea. Se obtuvo claramente de la profecía del Antiguo Testamento, particularmente en Daniel, que el Dios de los cielos establecería un reino; y más que esto, que el Hijo del Hombre era la persona que iba a administrar el reino. "Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido." Daniel 7:14). Eso era el reino de los cielos. No era un mero reino de la tierra, tampoco era en el cielo, sino que era el cielo gobernando la tierra para siempre.

 

Al parecer, en la predicación de Juan el Bautista, no tenemos terreno alguno para suponer si es que él creía en este momento, o si algunos otros hombres fueron guiados después a comprender, como la comprendemos ahora, la forma que dicho reino iba a asumir por el rechazo de Cristo, y por el hecho de haber Él ascendido. Esto lo divulgó el Señor más particularmente en el capítulo 13 de este evangelio. Yo entiendo, entonces, mediante esta expresión, lo que se puede obtener justamente de las profecías del Antiguo Testamento; y que Juan, en este momento, no tenía ningún otro pensamiento excepto que el reino estaba a punto de ser introducido según la expectativa así formada. Ellos habían esperado por mucho tiempo el momento cuando la tierra no fuese ya dejada a sí misma, sino que el cielo fuese el poder gobernante; cuando el Hijo del Hombre controlase la tierra; cuando el poder del infierno fuera desterrado del mundo; cuando la tierra fuese situada en asociación con los cielos, y, por tanto, los cielos, obviamente, fuesen transformados, como para gobernar la tierra directamente por medio del Hijo del Hombre, el cual va a ser, también, el Rey del Israel restaurado. Yo creo que este es, sustancialmente, el pensamiento del Bautista.

 

Pero entonces, Juan proclama el arrepentimiento; no aquí en la perspectiva de cosas más profundas, como en el Evangelio de Lucas, sino como una preparación espiritual para recibir al Mesías y el reino de los cielos. Es decir, él llama al hombre a confesar su ruina en vista de la introducción de aquel reino. Por consiguiente, su propia vida era el testimonio de lo que él sentía moralmente acerca del estado de Israel. Él se retira al desierto, y se aplica a sí mismo el antiguo oráculo de Isaías — la "Voz del que clama en el desierto." (Mateo 3:3). La realidad estaba llegando: y en cuanto a él, él era meramente uno que anuncia el advenimiento del Rey. Toda Jerusalén se conmovió, y multitudes fueron bautizadas por él en el Jordán. Esto brinda la ocasión para su severa condena sobre la condición de ellos a los ojos de Dios.

 

Pero entre la muchedumbre de los que venían a él estaba Jesús. ¡Extraña escena! Él, en efecto, Él, Emanuel, Jehová, si Él asumía el lugar de Mesías, asumiría ese lugar en humildad en la tierra. Porque todas las cosas estaban fuera de curso; y Él debía demostrar, mediante toda Su vida, como veremos prontamente que Él hizo, cuál era la condición de Su pueblo. Pero, de hecho, ello no es sino un paso más de la misma gracia infinita, y más que eso, del mismo juicio moral sobre Israel; pero junto con esto, está el rasgo añadido y muy dulce — Su asociación con todos los que en Israel sentían y reconocían su condición ante los ojos de Dios. Ello es algo que ningún santo se puede permitir pasar livianamente por alto; es lo que, si un santo no lo reconoce, él entenderá la Escritura de manera muy imperfecta: es más, yo creo que él debe malinterpretar gravemente los modos de obrar de Dios. Pero Jesús contempló a los que venían a las aguas del Jordán, y vio sus corazones conmovidos, aunque fuese un poco, con un sentido del estado de ellos delante de Dios; y Su corazón estaba realmente con ellos. No se trata de sacar ahora a las personas fuera de Israel y de llevarlas a una posición con Él — eso lo encontraremos prontamente; sino que se trata del Salvador identificándose Él mismo con el remanente de sentimiento piadoso. Dondequiera que había la más mínima acción del Espíritu de Dios en gracia en los corazones de Israel, Él se unía. Juan se sorprendió; el propio Juan el Bautista abría rehusado, pero, "así", dijo el Salvador, "conviene que cumplamos" — yo entiendo que incluyendo a Juan con Él mismo. "Así conviene que cumplamos toda justicia."

 

No se trata aquí de una mera cuestión acerca de la ley; era demasiado tarde para esto — una cosa ruinosa para el pecador. Se trataba de una cuestión acerca de otra clase de justicia. Podía existir el reconocimiento más débil de Dios y el hombre; podía haber nada más que un remanente de Israelitas; pero, por lo menos, ellos reconocieron la verdad acerca de ellos mismos; y Jesús estuvo totalmente con ellos en el reconocimiento de la ruina, y la sintió toda. No hubo necesidad alguna en Él mismo — ni una partícula; pero es precisamente cuando el corazón es así perfectamente libre, cuando está infinitamente sobre la ruina, que dicho corazón puede, más que nada, descender y tomar lo que es de Dios en los corazones de cualesquiera. Jesús hizo siempre eso, y lo hizo así públicamente, uniéndose Él mismo con todo lo que era excelente en la tierra. Él fue bautizado en el Jordán — un acto muy inexplicable para aquellos que, en aquel entonces o ahora, pueden atenerse a Su gloria sin entrar en Su corazón de gracia. ¡A qué sentimientos dolorosos puede ello dar lugar! ¿Tenía Él algo que confesar? Sin un solo defecto en Sí mismo, Él se inclinó para confesar lo que había en los demás: Él reconoció en su realidad, en todo su alcance, como nadie más lo hizo, el estado de Israel, delante de Dios y del hombre; Él se unió con aquellos que lo sentían. Pero inmediatamente, como respuesta a cualquier y a todo malentendido impío que se pudiera formar, el cielo se abre y un testimonio doble es rendido a Jesús. La voz del Padre declara la relación del Hijo, y Su complacencia; mientras el Espíritu Santo Le unge como Hombre. Así, en Su personalidad plena, la respuesta de Dios es presentada a todos los que, de otra manera, Le podrían haber menospreciado a Él o a Su bautismo.

 

 

Capítulo 4

 

 

El Señor Jesús va desde allí a otra escena — el desierto — a ser tentado por el diablo; y esto sucede, tomen nota, ahora que Él es reconocido públicamente por el Padre, y el Espíritu Santo había descendido sobre Él. Yo puedo decir que, de hecho, las tentaciones de Satanás suelen venir cuando las almas son bendecidas así. La gracia provoca al enemigo. Solamente en una medida, obviamente, nosotros podemos hablar así de alguien distinto del señor Jesús; pero acerca de Aquel que era lleno de gracia y verdad, en quien, asimismo, moraba la plenitud de la Deidad — con todo, ello era totalmente cierto. El principio, por lo menos, es aplicable a todos los casos. Él fue llevado por el Espíritu al desierto para ser probado allí por el diablo. El Espíritu Santo nos ha presentado la tentación en Mateo, según el orden en la cual ocurrió. Pero aquí, como en otra parte, el objetivo es dispensacional, no histórico, por lo que respecta a la intención, aunque, de hecho, es realmente así; y yo entiendo, especialmente con esto a la vista, que sólo en la última tentación el Señor dice, "Vete, Satanás." Nosotros veremos, prontamente, por qué esto desaparece en el evangelio de Lucas. Hay así la lección de sabiduría y paciencia incluso ante el enemigo; la gracia excelente, incomparable, de paciencia en la prueba; ya que ¿qué hay que sea más probable que la excluya que la comprensión de que era Satanás todo el tiempo? Pero, sin embargo, nuestro Salvador fue tan perfecto en ella que nunca pronunció la palabra "Satanás" hasta el último atrevido y desvergonzado esfuerzo de tentarle a Él a rendir al maligno la adoración misma de Dios. No fue hasta entonces que el Señor Jesús dice, "Vete, Satanás."

 

Nos detendremos un poco más en las tres tentaciones, si el Señor lo quiere, en cuanto a la importancia moral intrínseca de ellas, cuando lleguemos a la consideración de Lucas. Me conformo ahora con presentar lo que me parece que es la verdadera razón del por qué el Espíritu Santo se adhiere aquí al orden de los hechos. No obstante, es bueno comentar que el hecho de desviarse de ese orden es precisamente lo que indica la esmerada mano de Dios, y por una sencilla razón. Para uno que conoció los hechos de una manera humana, nada sería más natural que describirlos tal como ocurrieron. Desviarse del orden histórico, más particularmente cuando uno los había presentado previamente en ese orden, es exactamente lo que nunca se habría pensado, a menos que hubiese una poderosa razón preponderante en la mente de aquel que lo hiciera. Pero esto no es algo poco común. Hay casos donde el autor se desvía necesariamente del mero orden en que tuvieron lugar los hechos. Suponiendo que usted está describiendo un cierto personaje; usted reúne rasgos llamativos de todo el curso de su vida; no se limita a escuetas fechas en las que ellos ocurrieron. Si usted estuviera haciendo solamente una crónica de los acontecimientos de un año, usted se atiene al orden en que ellos sucedieron; pero cuando plantea la tarea más elevada de sacar a la luz rasgos morales, usted puede verse obligado frecuentemente a abandonar el orden consecutivo de los acontecimientos tal como ocurrieron.

 

Es precisamente esta razón la que explica el cambio en Lucas; el cual, encontraremos cuando lleguemos a considerar ese Evangelio más cuidadosamente, es especialmente el moralizador. Es decir, Lucas considera, de manera característica, las cosas en sus fuentes así como también los efectos. Su ámbito no es ocuparse del testimonio o del servicio de Jesús aquí abajo, de lo cual, todos lo sabemos, el exponente es Marcos. Tampoco es verdad que la razón por la que Mateo presenta el orden de tiempo, es porque esa es siempre su norma. Por el contrario, no hay ninguno de los escritores de los Evangelios que se desvía más libremente de ese orden, cuando el tema lo requiere, tal como espero demostrarlo para satisfacción de aquellos que están abiertos a ser convencidos, antes de que finalicemos. De ser esto así, ciertamente debe haber alguna llave para este fenómeno, alguna razón suficiente para explicar por qué Mateo se adhiere, algunas veces, al orden de acontecimientos, y por qué él se desvía de ese orden en otro lugar.

 

Yo creo que el estado real de los hechos es este: — antes que nada, a Dios le ha agradado, mediante uno de los evangelistas (Marcos), presentarnos el orden histórico exacto del ministerio pleno de acontecimientos de nuestro Señor. Esto, por sí solo, habría sido muy insuficiente para presentar a Cristo. Por eso es que, además de aquel orden, que es el más elemental, no obstante lo importante que es en su propio lugar, se precisaban otras presentaciones de Su vida, conforme a los variados terrenos espirituales, tal como la sabiduría divina lo consideró adecuado, y como aun nosotros somos capaces de apreciar en nuestra medida. Por consiguiente, yo creo que Mateo, debido a consideraciones especiales de este tipo, fue guiado a reservar para nosotros la gran lección de que nuestro Señor había pasado a través de toda la tentación — no sólo los cuarenta días, sino incluso aquello que las culminó al final; y que sólo cuando se dio un golpe público a la gloria divina, Su alma lo resiente con las palabras, "Vete, Satanás." Lucas, por el contrario, en la medida que él, por una razón buena y divinamente dada, cambia el orden, omite necesariamente estas palabras. Obviamente, yo no niego que palabras similares aparecen en Lucas 4:8 en sus Biblias inglesas de uso común, la 'King James Bible' (N. del T.: y en todas las versiones  de las Biblias Reina-Valera, con excepción de la Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989, Publicada por Editorial Mundo Hispano, y en la Versión Moderna); pero ningún erudito necesita ser informado acerca de que los mejores manuscritos que se conservan dejan esas palabras fuera del tercer Evangelio, lo que es entendido por todo crítico de renombre, excepto por el puntilloso filólogo Christian Frederick Matthaei (1744-1811), aunque apenas uno de ellos parece haber comprendido la verdadera razón del por qué. Sin embargo, estas palabras son omitidas por Católicos, Luteranos y Calvinistas; por la Alta y por la baja Iglesia de Inglaterra; por Evangélicos, Tractarianos y Racionalistas. Independientemente de quiénes sean ellos, o de cuál pueda ser su sistema de pensamiento; todos aquellos que se basan sólo sobre el terreno del testimonio externo, están obligados a dejar fuera las palabras en Lucas. Además, existe, internamente, la evidencia más clara y más poderosa para la omisión de estas palabras en Lucas, contraria a los prejuicios de los copistas, que proporciona una ilustración muy convincente acerca de la acción del espíritu Santo en la inspiración. El motivo por el cual se omiten las palabras, radica en el hecho de que la última tentación ocupa el segundo lugar en Lucas. Si se conservan las palabras, Satanás parece mantenerse firme, y renueva la tentación después que el Señor le hubo dicho que se marche. Por otra parte, es evidente que Lucas 4:8, tal como está el texto en el texto Griego recibido (Textus Receptus) y en nuestra Biblia Inglesa de uso común ('King James Bible'), la expresión "Vete de mí, Satanás" (N. del T.: versión Reina-Valera 1960 y otras,  o "¡Apártate de mí vista, Satanás!" - Versión Moderna), es otro error. En Mateo 4:10 es " Vete, Satanás." Recuerden que yo no estoy imputando una sombra de error a la Palabra de Dios. El error que se menciona radica sólo en escribas, críticos, o traductores que cometen errores, los cuales no han logrado hacer justicia a ese lugar particular. "Vete, Satanás", fue el lenguaje real del Señor a Satanás, y es presentado así, de manera literal, al finalizar Mateo la última tentación.

 

Cuando se trató, en un día posterior, de Su siervo Pedro, el cual, incitado por Satanás, había caído en pensamientos humanos, y habría disuadido a Su Maestro de ir a la cruz, Él dice, en efecto, "¡Quítate de delante de mí, Satanás!" (Mateo 16:23). Porque Cristo, ciertamente, no quiere que Pedro se marche de delante de Él y se pierda, lo cual habría sido su resultado. Él dice, "¡Quítate [no "vete"] de delante de mí, Satanás!" Él reprendió a Su seguidor, en efecto, se avergonzó de él; y deseó que Pedro se avergonzara de sí mismo. "¡Quítate de delante de mí, Satanás!" fue así, en aquel entonces, el lenguaje apropiado. Satanás era la fuente del pensamiento expresado en las palabras de Pedro.

 

Pero cuando Jesús habla a aquel cuya última prueba delata por completo al adversario de Dios y del hombre, es decir, al propio Satanás, Su respuesta no es meramente, "¡Quítate de delante de mí!", sino, " Vete, Satanás." Ni es este el único error, como hemos visto, en el pasaje presentado en la versión autorizada ('King James Bible') (N. del T.: y en la mayoría de las versiones Reina-Valera de la Biblia y en la Versión Moderna), a saber, Lucas 4:8; ya que la cláusula completa debería desaparecer del relato en Lucas, según el testimonio de más peso. Además, la razón es evidente. Tal como está ahora, el pasaje muestra la apariencia más embarazosa, a saber, que Satanás, aunque se le ordena que se marche, persiste en quedarse. Porque tenemos, en Lucas, otra tentación después de esto; y, obviamente, Satanás debe ser presentado como permaneciendo, y no como que se ha marchado.

 

La verdad del asunto es, entonces, que con sabiduría incomparable, Lucas fue inspirado por Dios para situar la segunda tentación en último lugar, y la tercera tentación en el segundo lugar. Por eso (en la medida que estas palabras de la tercera tentación serían completamente incongruentes en una inversión del orden histórico tal) ellas son omitidas por él, pero son preservadas por Mateo, el cual se atuvo aquí a ese orden. Yo insisto en esto, porque ejemplifica, de una manera sencilla pero sorprendente, el dedo y la mente de Dios; así como nos muestra también, de qué manera los copistas de las Escrituras cayeron en error, aunque lo hicieron procediendo sobre el principio de los que siguen o propugnan la interpretación 'armónica' de los evangelios, cuya gran idea es hacer que todos los cuatro Evangelios, sean prácticamente un Evangelio; es decir, fusionarlos en una combinación, y hacer que ellos presenten solamente, por así decirlo, una sola voz en la alabanza de Jesús. Ello no es así; hay cuatro voces distintas combinándose en la armonía más verdadera, y Dios, ciertamente, está en cada una de ellas, e igualmente en todas, pero, además, mostrando plena y claramente las excelencias de Su Hijo. Es la disposición a borrar estas diferencias la que ha causado tal daño extremo, no meramente en los copistas, sino en nuestra lectura descuidada de los Evangelios. Lo que necesitamos es enterarnos de todo, ya que todo es digno; deleitarnos en cada pensamiento que el Espíritu de Dios ha atesorado — cada fragancia, por así decirlo, que Él ha preservado para nosotros acerca de los modos de obrar de Jesús.

 

Pasando, entonces, de la tentación (cuya consideración esperamos reanudar en otro punto de vista, cuando lleguemos a considerar el Evangelio de Lucas, y tengamos las diferentes tentaciones en el aspecto moral, con su orden cambiado), yo puedo señalar, de paso, que en lo que sigue a continuación, nos sale al paso una diferencia muy característica en el Evangelio de Mateo. Nuestro Señor empieza Su ministerio como "siervo de la circuncisión" (Romanos 15:8), y llama a los discípulos a seguirle. Este no fue el primer encuentro con Simón, Andrés y los demás (Mateo 4: 8 al 22), como el Evangelio de Juan nos lo da a conocer. Ellos habían conocido a Jesús con anterioridad y, yo entiendo, para salvación. Ellos son llamados ahora para ser Sus compañeros en Israel, formados según Su corazón como Sus siervos aquí abajo; pero antes de esto, tenemos una Escritura notable aplicada a nuestro Señor. Él cambia Su lugar de residencia de Nazaret a Capernaum. Y esto es tanto más notorio debido a que, en el Evangelio de Lucas, el primer comienzo de Su ministerio es expresamente en Nazaret; mientras que el punto de énfasis en Mateo es que Él deja Nazaret, y viene y habita en Capernaum. Obviamente, ambos son igualmente verdad; pero ¿quién puede decir que son la misma cosa? ¿O que el Espíritu de Dios no tuvo Sus propias bienaventuradas razones para la enseñanza del Judío?, para que se cumpliese lo que se habló a Isaías el profeta, diciendo, "Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; el pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció." (Isaías 9: 1 y 2). Ese sector de la tierra era considerado como la escena de tinieblas; no obstante, fue justo allí donde Dios hizo que, de pronto, resplandeciera la luz. Nazaret estaba en la baja Galilea, y Capernaum estaba en la alta Galilea. Pero más que esto, Galilea era la sede, sobre todas las demás ciudades en la tierra de Israel, frecuentada por los Gentiles — Galilea ('el circuito') de los Gentiles. Ahora bien, encontraremos a lo largo de todo este Evangelio, aquello que puede ser bien expresado aquí, y que será abundantemente confirmado en todas partes — a saber, que el objeto de nuestro Evangelio no es meramente demostrar lo que el Mesías era, tanto según la carne, como según Su naturaleza divina intrínseca; sino también, cuando es rechazado por Israel, cuáles serían las consecuencias de aquel rechazo para los Gentiles, y esto en un doble aspecto — ya sea como introduciendo el reino de los cielos en una nueva forma, o como brindando la ocasión para que Cristo edifique Su iglesia. Estas fueron las dos principales  consecuencias del rechazo del Mesías por parte de Israel.

 

Por consiguiente, así como en el capítulo 2 encontramos a Gentiles del Oriente viniendo a reconocer al nacido Rey de los Judíos, cuando Su pueblo estaba sumergido en servidumbre y tradición Rabínica — también en cruel despreocupación, mientras se jactaba de sus privilegios; así es visto el Señor, al principio de Su ministerio, tal como lo registra Mateo, asumiendo Su morada en estos distritos despreciados del norte, camino del mar, donde especialmente los Gentiles habían vivido durante mucho tiempo, distritos que los Judíos miraban con desdén como un sitio burdo y oscuro, lejos del centro de santidad religiosa. Allí, según la profecía, la luz iba a resplandecer; y ¡cuán brillantemente se cumplía ahora! Tenemos, a continuación, el llamamiento de los discípulos tal como hemos visto. El final del capítulo es un resumen del ministerio del Mesías, y de sus efectos, presentado en estas palabras: "Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó. Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán." (Mateo 4: 23 al 25). Yo leo esto para mostrar que el propósito del Espíritu, en esta parte de nuestro Evangelio, es reunir una cantidad de hechos bajo un encabezado, enteramente sin reparar en el asunto del tiempo. Es evidente que lo que aquí se describe en unos pocos versículos, debe haber requerido un considerable espacio de tiempo para haber sido llevado a cabo. El Espíritu Santo nos lo presenta todo como un todo relacionado.

 

 

Capítulos 5 al 7

 

 

El mismo principio es aplicable al así llamado Sermón del Monte, sobre el cual yo estoy a punto de decir unas pocas palabras. Es un verdadero malentendido suponer que Mateo 5 al 7 fue presentado todo en un único e ininterrumpido discurso. Yo no tengo duda alguna acerca de que el Espíritu de Dios, para los propósitos más sabios, lo ha arreglado y nos lo ha comunicado sin anuncio acerca de las interrupciones, ocasiones, etc.; pero es, para cualquiera, sacar una conclusión injustificada, dar por hecho que el Señor Jesús lo pronunció sencilla y únicamente como se encuentra en el Evangelio de Mateo. Lo que demuestra el hecho es que en el evangelio de Lucas tenemos ciertas porciones de él que pertenecen claramente a este sermón mismo (porciones no meramente similares, o la misma verdad predicada en otros momentos, sino este idéntico discurso), con las circunstancias particulares que las incitaron. Tomen, por ejemplo, la oración que fue expuesta ante los discípulos (Mateo 6: 5 al 15). En cuanto a esta, nosotros sabemos de Lucas 11, que hubo una petición presentada por los discípulos que llevó a ella. En cuanto a otra enseñanza, hubo allí hechos o preguntas que se encuentran en Lucas, que dieron lugar a los comentarios del Señor, comunes a Él y Mateo, si bien no a Marcos.

 

Si es cierto que al Espíritu de Dios le ha parecido bien presentarnos en Mateo este discurso y otros como un todo, dejando fuera las circunstancias originarias que se encuentran en otra parte, es una pregunta justa e interesante inquirir por qué se adoptó un método semejante de agrupar con esas omisiones. La respuesta que yo concibo es esta: — que al Espíritu le agrada, en Mateo, presentar a Cristo como Aquel que era como Moisés, al cual debían oír (véase Deuteronomio 18:15; Hechos 3:22; Hechos 7:37). Él presenta a Jesús, no meramente como un rey-profeta-legislador como Moisés, sino como Uno considerablemente mayor; porque jamás se olvida que el Nazareno era el Señor Dios. Por consiguiente, en este discurso en el monte, eso es lo que tenemos en todo el tono de Uno que era conscientemente Dios con los hombres. Si Jehová llamó a Moisés a subir a la cima de una montaña, Aquel que pronunció, en aquel entonces, las diez palabras (los diez mandamientos), estaba sentado ahora sobre un monte nuevo, y enseñaba a Sus discípulos el carácter del reino de los cielos, y sus principios introducidos como un todo, respondiendo precisamente a lo que hemos visto acerca de los hechos y efectos de Su ministerio, pasando enteramente por alto todos los intervalos o las circunstancias relacionadas. Así como tuvimos Sus milagros todos juntos (Mateo 4: 23 al 25), como yo puedo decir, en gran cantidad, de igual modo sucede con Sus discursos. Tenemos así el mismo principio en ambos casos. La verdad sustancial nos es presentada sin advertir la ocasión inmediata en hechos particulares, requerimientos particulares, etc. Lo que fue pronunciado por el Señor, según Mateo, es presentado así como un todo. El efecto, por tanto, es que es mucho más solemne, llevando su propia majestad con ello. El Espíritu de Dios imprime aquí deliberadamente este carácter sobre dicho discurso, ya que no tengo duda alguna acerca de que existió la intención de que fuese reproducido así para la enseñanza de Su pueblo, Israel.

 

El Señor, en resumen, estaba allí cumpliendo una de las partes de Su misión conforme a Isaías 53, donde la obra de Cristo es doble. El texto en Isaías 53:11 no es como está en la Versión Autorizada Inglesa (N. del T.: y en la mayoría de las versiones de la Biblia en Español) "por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos"; ya que es indudable que la justificación no es "por Su conocimiento." La justificación es "por la fe de Jesucristo", lo sabemos. (Gálatas 2:16); y por lo que respecta a la obra eficaz sobre la cual dicha justificación depende, ello es, claramente, en virtud de lo que Cristo ha padecido por el pecado y por los pecados delante de Dios. Pero yo entiendo que la verdadera fuerza del pasaje es, "Por su conocimiento instruirá (o enseñará) mi siervo justo a muchos en justicia." No es "justificar" en el sentido legal común de la palabra, sino más bien, instruyendo en justicia, tal como lo requiere el contexto, y como el uso de la palabra en otra parte, como en Daniel 12:3, deja abierto. Esto parece ser lo que se quiere dar a entender aquí acerca del Señor.

 

En la enseñanza en el monte Él estaba, de hecho, instruyendo a los discípulos en justicia (compárese con 2ª. Timoteo 3:16), y por eso tenemos, también, una razón del por qué no tenemos ni una palabra acerca de la redención. No hay ni la más mínima referencia a Su padecimiento en la cruz; ninguna insinuación acerca de Su sangre, muerte, o resurrección. Él está instruyendo, aunque no meramente en justicia. El Señor está revelando los principios de aquel reino a los herederos del reino  — enseñanza muy bienaventurada y rica, pero enseñanza en justicia. No hay duda alguna de que está también la declaración del nombre del Padre, en la medida que podía ser en aquel entonces; pero aun así, la forma que se toma es la de "instruir en justicia." Permítanme añadir, en cuanto al pasaje de Isaías 53:11, que el resto del versículo concuerda con esto: "y [Él] llevará las iniquidades de ellos. Esa es la verdadera fuerza de la expresión. Lo uno estaba en Su vida, cuando Él enseñaba a los Suyos, "Por su conocimiento instruirá (o enseñará) mi siervo justo a muchos en justicia", lo otro estuvo en Su muerte, cuando Él llevó las iniquidades de muchos, "y llevará las iniquidades de ellos."

 

Yo no puedo considerar ahora, de manera particular, los detalles del discurso en el monte, pero sólo diría unas pocas palabras esta noche, antes de finalizar. En el prefacio del discurso tenemos un método adoptado a menudo por el Espíritu de Dios, y que no es indigno de nuestro estudio. No existe ningún hijo de Dios que no pueda inferir bendición de él, incluso a través de un exiguo vistazo; pero cuando lo estudiamos un poco más atentamente, la enseñanza se profundiza inmensamente. Antes que nada, Él declara bienaventuradas a ciertas clases de personas. Estas bienaventuranzas se dividen en dos clases. El primer carácter de las bienaventuranzas tiene, de manera particular, el aroma de la justicia, el último, el aroma de la misericordia, las cuales son los dos grandes tópicos de los Salmos. Estos dos tópicos son abordados aquí:

"Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados." (Mateo 5: 3 al 6).

En el cuarto caso, la justicia entra de manera explícita, y finaliza esa parte del tema; pero es bastante claro que todas estas cuatro clases de personas incluyen, en esencia, las que el Señor declara que son bienaventuradas, debido a que son justas en una u otra forma. Las siguientes tres bienaventuranzas están fundamentadas sobre la misericordia. Por eso es que leemos al principio mismo:

"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios."

(Mateo 5: 7 al 9).

 

Obviamente, sería imposible intentar algo más que un bosquejo en este momento. Aquí, entonces, aparece el número que es usual en todas las particiones sistemáticas de la Escritura; está el habitual y completo 'siete' de la Escritura. Las dos bienaventuranzas suplementarias al final más bien confirman el caso, aunque a primera vista pudiera parecer que ellas ofrecen una excepción. Pero realmente no es así. La excepción confirma la regla de manera convincente; ya que en el versículo 10 ustedes tienen, "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia"; lo que responde a las cuatro primeras. Después, en los versículos 11 y 12, ustedes tienen, "Bienaventurados sois. . . . . por mi causa"; lo que responde a la mayor misericordia de las tres últimas. "Bienaventurados sois, [hay así un cambio. El discurso es personal y directo] cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo." Se trata así, del cumplimiento del padecer en la gracia, porque es por causa de Cristo.

 

Por lo tanto, las dobles persecuciones (versículos 10 al 12) introducen el doble carácter que encontramos en las epístolas — padecimiento por causa de la justicia, y padecimiento por causa de Cristo. Estas son dos cosas perfectamente diferentes; debido a que, donde se trata de justicia, se trata sencillamente de una persona llevada a un punto. Si yo no estoy firme y padezco aquí, mi conciencia se contaminará; pero esto no es, de manera alguna, padecer por causa de Cristo. En resumen, la conciencia entra allí donde el asunto es la justicia; pero padecer por causa de Cristo no es un asunto de pecado evidente, sino de Su gracia y de sus demandas sobre mi corazón. El desear Su verdad, el desear Su gloria, me saca a una cierta senda que me expone al padecimiento. Yo podría hacer meramente mi deber en el lugar en que he sido colocado; pero la gracia jamás se satisface con el simple cumplimiento del deber propio. Se admite plenamente que no hay nada como la gracia para hacer frente al deber; y hacer el deber propio es una buena cosa para el Cristiano. Pero Dios no permita que nos encerremos meramente en el deber, y no seamos libres para el fluir de la gracia que comprueba el corazón, junto con el deber. En un caso, el creyente se paraliza de repente: si él no se levantara, habría pecado: En el otro caso, habría una falta de testimonio para Cristo, y la gracia hace que uno se regocije por el hecho de ser tenido por digno de padecer por Su nombre: pero la justicia no está en cuestión.

 

Tales son, entonces, las clases diferentes, o grupos, de bienaventuranzas. En primer lugar, están las bienaventuranzas de justicia, a las cuales pertenece la persecución por causa de la justicia; a continuación, las bienaventuranzas de misericordia o gracia. Cristo instruye en justicia según la profecía, pero Él no se limita a la justicia. Esto no podía ser nunca consistente con la gloria de la Persona que estaba allí. Por consiguiente, por tanto, a la vez que está la enseñanza de la justicia, está también la introducción de lo que está sobre ella y es mayor que ella, con la correspondiente bienaventuranza de ser perseguido por causa de Cristo. Todo aquí es gracia, e indica un progreso evidente.

 

La misma cosa es verdad acerca de lo que sigue a continuación: "Vosotros sois la sal de la tierra" (Mateo 5:13) — eso es lo que mantiene puro lo que es puro. La sal no comunicará pureza a lo que es impuro, pero ella es usada como el poder conservante conforme a la justicia. Pero la luz es otra cosa. Por eso es que oímos, en el versículo 14, "Vosotros sois la luz del mundo." La luz no es simplemente aquello que conserva lo que es bueno, sino que es un poder activo, que proyecta su luz resplandeciente en lo que es oscuro, y disipa las tinieblas de delante de ella. Es así evidente que en esta palabra adicional del Señor, tenemos respuestas a las diferencias ya insinuadas.

 

Mucho de lo que tiene el más profundo interés puede ser hallado en el discurso; solamente que esta no es la ocasión para entrar en detalles.  Nosotros tenemos, como de costumbre, la justicia desarrollada según Cristo, la cual trata con la debilidad del hombre bajo los apartados de violencia y corrupción; vienen a continuación otros nuevos principios de gracia que profundizan infinitamente lo que se había presentado bajo la ley.(Mateo 5). Así, en el primero de estos principios, una palabra detecta, por así decirlo, la sed de sangre, ya que la corrupción se encuentra en una mirada o deseo. Porque ya no se trata de un asunto de meros actos, sino de la condición del alma. Ese es el alcance del capítulo quinto. Así como anteriormente (versículos 17 y 18) la ley es mantenida plenamente en toda su autoridad, nosotros tenemos, más adelante, (versículos 21 al 28) principios superiores de gracia, y verdades más profundas, que se fundamentan principalmente en la revelación del nombre del Padre — el Padre que está en los cielos. En consecuencia, no se trata meramente de la cuestión entre hombre y hombre, sino del Maligno por un lado, y Dios mismo por el otro; y de Dios mismo, como Padre, revelando, y demostrando la condición egoísta del hombre caído en la tierra.

 

En el segundo de estos capítulos (Mateo 6) que forma parte del discurso, aparecen dos partes principales. La primera es nuevamente la justicia. "Guardaos [Él dice] de hacer vuestra justicia delante de los hombres." En Mateo 6:1, algunas versiones en Inglés (N. del T.: y en Español) traducen "limosna en lugar de "justicia", pero ello no es correcto. La justicia de la que se habla se divide en tres partes: — la limosna, que es una parte de ella; la oración, otra parte; y el ayuno, una parte de ella que no debe ser despreciada. Esta es nuestra justicia, cuyo punto especial es que no debería ser un asunto de ostentación, sino que debería ser delante de nuestro Padre que ve en lo secreto. Se trata de uno de los rasgos sobresalientes del Cristianismo. En la última parte del capítulo tenemos la entera confianza en la bondad de nuestro Padre para con nosotros, contando con Su misericordia, seguros que Él nos considera como de valor infinito y que, por tanto, no necesitamos estar inquietos como están los Gentiles, porque nuestro Padre sabe de qué tenemos necesidad. Es suficiente que nosotros busquemos el reino de Dios, y su justicia: el amor de nuestro Padre se preocupa de todo lo demás.

 

El último capítulo (Mateo 7) nos insta reiteradamente acerca de los motivos del corazón en nuestra relación con los hombres y los hermanos, así como también con Dios, al cual, no obstante ser bueno, le agrada que Le pidamos, y también con fervor, en cuanto a cada necesidad; se nos insta a tener la consideración adecuada de lo que es debido a los demás, y la energía que nos sienta bien; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida; tenemos advertencias contra el diablo y las sugerencias de sus agentes, los falsos profetas, los que se delatan a sí mismos por sus frutos; y, por último, se insiste acerca de la suma importancia de recordar que no es una cosa de conocimiento, o incluso de poder milagroso, sino de hacer la voluntad de Dios, de un corazón obediente a lo que Cristo dice. Aquí, nuevamente, si no me equivoco, la justicia y la gracia se encuentran alternadas; puesto que la exhortación contra un espíritu censurador está basado sobre la certeza de retribución de parte de los demás, y allana el camino para un urgente llamamiento al juicio propio, el cual precede, en nosotros, a todo genuino ejercicio de la gracia. (Mateo 7: 1 al 5). Además, la precaución en contra de prodigar lo que era santo y hermoso sobre el profano, es seguida por ricos y repetidos estímulos a contar con la gracia del Padre. (Mateo 7: 6 al 11).

 

Aquí, sin embargo, debo hacer una pausa por el momento, aunque uno sólo puede lamentar profundamente verse obligado a pasar tan someramente sobre el terreno; pero yo he procurado, en este primer sermón, presentar hasta ahora, una perspectiva lo más sencilla, y a la vez lo más completa, de esta porción de Mateo, tan bien como podía hacerlo. Yo estoy perfectamente consciente que no ha habido tiempo para compararlo con los demás evangelios; pero habrá ocasiones, yo confío, para contrastar sólidamente los diferentes aspectos de los varios evangelios. No obstante, mi objetivo es también que tengamos ante nosotros a nuestro Señor, Su persona, Su enseñanza, Su modo de obrar, en cada evangelio.

 

Oro al Señor para que lo que se ha dicho ante las almas, independientemente de que se haya dicho insuficientemente, pueda a lo menos suscitar una indagación por parte de los hijos de Dios, y los lleve a tener una confianza perfecta, absoluta, en esa Palabra que es verdaderamente de Su gracia. De este modo, podemos esperar un profundo beneficio. Puesto que, aunque el hecho de considerar los evangelios delante del alma se haya fundamentado en la gracia de Dios no nos dejará sin bendición, aun así, yo estoy persuadido que la bendición es, en todo aspecto, mayor, cuando habiendo sido atraídos por la gracia de Cristo, nosotros hemos sido, a la vez, establecidos en Él con toda sencillez y certeza, en virtud de la obra consumada de la redención. Entonces, libertados y con nuestras almas en reposo, nosotros volvemos a aprender acerca de Él, a mirarle a Él, a seguirle, a oír Su palabra, a deleitarnos en Sus caminos y en Sus modos de obrar. Que el Señor nos otorgue que pueda ser así, mientras proseguimos nuestra senda a través de estos diferentes evangelios que nuestro Dios nos ha concedido.

 

 

Capítulo 8

 

 

El capítulo 8, el cual da comienzo a la porción que se nos presenta esta noche, es una asombrosa demostración, así como también la prueba, del método que a Dios le ha parecido bien emplear al presentarnos el relato de Mateo acerca de nuestro Señor Jesús. El objetivo dispensacional conduce aquí a una inobservancia más manifiesta de la simple circunstancia de tiempo, que en cualquier otro ejemplo de estos Evangelios. Esto debe llamar más la atención, en vista de que el Evangelio de Mateo ha sido adoptado, en general, como el estándar de tiempo, excepto por aquellos que se han inclinado más bien por Lucas como siendo el Evangelio que proporciona el desiderátum [*].

 

[*] Desiderátum = 1. m. Aspiración, deseo que aún no se ha cumplido. (Fuente: Diccionario de la lengua española – Real Academia Española).

 

Para mí es evidente, a partir de una cuidadosa comparación de todos los Evangelios, tal como yo creo que ello es capaz de una demostración clara y adecuada para una mente Cristiana desprejuiciada, que ni Mateo ni Lucas se limitan a ese orden de acontecimientos. Obviamente, ambos preservan el orden cronológico cuando ello es compatible con los objetivos que tuvo el Espíritu Santo al inspirarles; pero en ambos, el orden del tiempo está subordinado a propósitos aún mayores que Dios tuvo en perspectiva. Si nosotros comparamos el capítulo 8 de Mateo, con las circunstancias correspondientes, en la medida que ellas aparecen en el Evangelio de Marcos, encontraremos que este último nos presenta constancias de tiempo, que no dejan duda alguna en mi mente, que Marcos se adhiere a la escala de tiempo; el designio del Espíritu Santo lo requería, en lugar de prescindir de ella en su caso. Surge la pregunta, y con razón, ¿Por qué le ha parecido bien al Espíritu Santo dejar el tiempo tan evidentemente afuera del asunto en este capítulo, así como en el siguiente? La misma indiferencia a la mera secuencia de acontecimientos se encuentra ocasionalmente en otras partes del evangelio; pero yo me detengo a propósito en este capítulo 8, debido a que tenemos dicha indiferencia en toda la extensión del capítulo, y, a la vez, con evidencia sumamente sencilla y convincente.

 

La primera cosa que se debe comentar es, que el leproso fue un incidente que sucedió más temprano en la manifestación del poder sanador de nuestro Señor. Él vino, en su contaminación, a Jesús, y procuró ser limpiado, antes de la presentación del sermón en el monte. Por consiguiente, noten que, en la manera en que el Espíritu Santo lo introduce, no hay absolutamente ninguna declaración acerca del tiempo en que ello aconteció. No hay duda de que el primer versículo (Mateo 8:1) dice que, "Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente"; pero después, el segundo versículo no presenta indicación alguna acerca de que el asunto que sigue a continuación debe ser tomado como cronológicamente posterior. Mateo 8:2 no dice, 'después vino un leproso, o, 'inmediatamente vino un leproso'. Absolutamente ninguna palabra implica que la limpieza del leproso sucedió en aquel momento. Dice simplemente, "Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme." El versículo 4 parece bastante desfavorable para la idea de que muchas personas fueron testigos de la curación; ya que, ¿por qué decir "no lo digas a nadie", si tantos ya lo sabían? La falta de atención a esto ha dejado a muchos en confusión. Ellos no han entendido el objetivo de cada Evangelio. Han tratado la Biblia, ya sea con ligereza, o como un libro demasiado imponente como para ser realmente comprendido; no la han tratado con la reverencia de la fe, la cual espera en Él, y no fracasa en entender, a su debido tiempo, su Palabra. Dios no permite que la Escritura sea usada así sin perder su fuerza, su belleza, y el gran objetivo para el cual fue escrita.

 

Si dirigimos nuestra atención a Marcos capítulo 1, la demostración de lo que he dicho aparecerá en cuanto al leproso. Vemos, al final del capítulo, al leproso acercándose al Señor, después que Él había estado predicando a través de toda Galilea y echando fuera demonios. En Marcos 2:1 leemos, "Entró Jesús otra vez en Capernaum." Él había estado allí anteriormente. Después, en Marcos capítulo 3, hay detalles, más o menos sólidos, acerca del tiempo. En Marcos 3:13, nuestro Señor "subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar." Para aquel que compara esto con Lucas 6: 12 al 16, no le debe quedar ninguna duda en cuanto a que las escenas son idénticas. Ellas son las circunstancias que precedieron el discurso en el monte, tal como está presentado en Mateo 5 al 7. Fue después que nuestro Señor hubo llamado a los doce, y los hubo ordenado — no fue después que Él los envió, sino después que Él los designó como apóstoles — que el Señor desciende a un lugar llano en el monte (Lucas 6:17), en lugar de permanecer sobre las partes más elevadas donde Él había estado antes. Entonces, descendiendo al lugar llano, Él presentó lo que es llamado comúnmente, el Sermón del Monte.

 

Examinen las Escrituras, y ustedes mismos lo verán. No se trata de una cosa que puede ser resuelta mediante una mera afirmación. Por otra parte, no es mucho decir que la misma Escritura que convence a una mente imparcial que presta atención a estos detalles de tiempo, producirá no menos efecto sobre las demás. Si yo asumo, a partir de las palabras "poner en orden" en el comienzo del Evangelio de Lucas, que este es, por tanto, el relato cronológico, ello sólo me llevara a la confusión, tanto con respecto a Lucas como a los demás Evangelios; ya que abundan pruebas acerca de que el orden de Lucas, por muy metódico que es, no es, absolutamente de ninguna manera, el orden de tiempo. Obviamente, a menudo está el orden de tiempo, pero a través de la parte central, y no de manera infrecuente en otra parte, y su 'puesta en orden' obedece a otro principio completamente independiente de la mera sucesión de acontecimientos. En otras palabras, es cierto que en el Evangelio de Lucas, en cuyo prefacio tenemos expresamente las palabras "poner en orden", el Espíritu no se ajusta a lo que es, después de todo, la forma más elemental de arreglo; ya que se necesita poca observación para ver que la simple secuencia de hechos tal como acontecieron, es lo que requiere una enumeración exacta, y nada más. Mientras que, por el contrario, hay otros tipos de orden que requieren un pensamiento más profundo y unas más amplias perspectivas, si es que podemos hablar ahora conforme a la manera de los hombres; y, en efecto, yo no niego que el Espíritu Santo, en Su sabiduría, empleó estos pensamientos y perspectivas, aunque apenas se necesita decir que Él podía, si Le parecía bien, demostrar Su superioridad sobre cualquier medio o calificación, en absoluto. Él podía, y lo hizo, formar Sus instrumentos según Su voluntad soberana. Se trata, entonces, de evidencia interna, se trata de cuál es ese orden particular que Dios ha empleado en cada evangelio diferente. Épocas particulares están registradas con gran cuidado en Lucas; pero, hablando ahora acerca del curso general de la vida del Señor, un poco de atención descubrirá, a partir de la preponderancia inmensamente grande que se presta a la consideración del tiempo en el segundo Evangelio, que tenemos allí acontecimientos que se nos presentan, de principio a fin, en su orden consecutivo. Me parece que la naturaleza, u objetivo del Evangelio de Marcos, exige esto. Los fundamentos para semejante criterio comparecerán de manera natural ante nosotros en breve: yo sólo me puedo referir ahora a él como siendo mi convicción.

 

Si este es un sano criterio, la comparación del primer capítulo de Marcos ofrece evidencia decisiva de que el Espíritu Santo, en Mateo, ha sacado al leproso del mero tiempo y de las meras circunstancias de su real ocurrencia, y ha reservado su caso para un servicio completamente diferente. Es cierto que en este ejemplo particular, Marcos no rodeo más al leproso con constancias de tiempo y lugar de lo que hacen Mateo y Lucas. Por tanto, para determinar este caso nosotros dependemos del hecho de que Marcos se adhiere habitualmente a la cadena de acontecimientos. Pero si Mateo puso aquí de lado toda cuestión acerca del tiempo, fue en vista de otras importantes consideraciones para su objetivo. En otras palabras, el leproso es introducido aquí después del sermón del monte, aunque, de hecho, la circunstancia tuvo lugar mucho antes de dicho sermón. Yo pienso que el designio es aquí evidente: el Espíritu de Dios está presentando aquí un retrato vívido de la manifestación del Mesías, de Su gloria divina, de Su gracia y poder, con el resultado de esta manifestación. Por eso es que Él ha agrupado circunstancias que hacen que esto sea claro, sin plantear la pregunta acerca de en qué momento ellos ocurrieron; de hecho, estas circunstancias se extienden a lo largo de un gran espacio de tiempo, y, visto de otro modo, están en total desorden. De este modo, es fácil ver que la razón para juntar aquí al leproso y el centurión, se encuentra, por una parte, en los tratos del Señor con el Judío, y, por otra parte, en Su profunda gracia obrando en el corazón del Gentil, y formando su fe, así como también respondiendo a ella, conforme a Su propio corazón. El leproso se acerca al Señor con homenaje (Mateo 8:2), pero con una incredulidad muy inadecuada en Su amor y Su disposición para satisfacer su necesidad. El Salvador, mientras extiende Su mano, tocándole como hombre, y aun así como nadie más que Jehová se atrevería a hacerlo, disipa de inmediato la penosa enfermedad. Así, y de la manera más tierna, está allí lo que evidencia al Mesías en la tierra, presente para sanar a Su pueblo que recurre a Él; y el Judío, contando sobre todo con Su presencia corporal — puedo decir que demandándola según la garantía de la profecía, no meramente encuentra en Jesús al hombre, sino al Dios de Israel. ¿Quién sino Dios podía sanar? ¿Quién podía tocar al leproso excepto Emanuel? Un simple Judío se habría contaminado. Aquel que dio la ley mantuvo la autoridad de la misma, y la usó como una ocasión para testificar de Su propio poder y de Su presencia. ¿Pensaría, algún hombre, que el Mesías es un mero hombre, o un mero súbdito de la ley dada por Moisés? Que ellos lean su error en Uno que era evidentemente superior a la condición y a la ruina del hombre en Israel. Que ellos reconozcan el poder que desterraba la lepra, y además la gracia que tocaba al leproso. Es cierto que Él fue "nacido de mujer y nacido bajo la ley." (Gálatas 4:4); pero Él mismo, aquel humilde Nazareno, era Jehová. No obstante lo adecuado que era para la expectativa Judía que Él fuese encontrado como un hombre, estaba allí, sin lugar a dudas, lo que era evidente, y que estaba infinitamente por encima del pensamiento del Judío; debido a que el Judío mostraba su propia degradación e incredulidad en las inferiores ideas que él abrigaba acerca del Mesías. Él era realmente Dios en el hombre; y todos estos rasgos maravillosos son presentados y condensados aquí en esta muy sencilla, y a la vez muy significativa, acción del Salvador — y es la portada apropiada, para la manifestación presentada por Mateo, del Mesías a Israel.

 

En inmediata yuxtaposición  a esto, se encuentra el centurión Gentil, el cual busca sanación para su siervo. Es cierto que un tiempo considerable transcurrió entre los dos hechos; pero esto sólo hace que sea más cierto y más evidente el hecho de que estos dos hechos están agrupados con un propósito divino. El Señor, entonces, había sido mostrado tal como Él era hacia Israel, e Israel, en su lepra, viene a Él, como lo hizo el leproso, aun con una fe sumamente escasa de aquello que era apropiado a Su gloria verdadera y a Su amor. Pero Israel no era consciente de su lepra; y no valoraron, sino que despreciaron, a su Mesías, aunque era divino — yo casi podría decir que lo despreciaron debido a que era divino. Después, le contemplamos encontrándose con el centurión totalmente de otra manera. Si Él ofrece ir a su casa, fue para sacar a la luz la fe que Él había creado en el corazón del centurión. Siendo un Gentil, él era, por esa misma razón, el menos restringido en sus pensamientos acerca del Salvador por las nociones prevalentes de Israel, en efecto, o incluso por las esperanzas del Antiguo Testamento, preciosas como ellas son. Dios había presentado a su alma una perspectiva más profunda, más plena, de Cristo; ya que las palabras del Gentil demuestran que él había comprendido que era Dios en el hombre el que estaba sanando, en aquel momento, toda enfermedad y toda dolencia en Galilea. Yo no digo hasta dónde él se había dado cuenta de esta profunda verdad; yo no digo que él podía haber definido sus pensamientos; pero él conoció y declaró Su mandato sobre todo como verdaderamente de Dios. Hubo en este centurión la fuerza espiritual que trascendió a la que se halló en el leproso, al cual la mano que lo tocó, así como lo limpió, proclamó la necesidad y el estado de Israel tan verdaderamente como proclamó la gracia de Emanuel.

 

En cuanto al Gentil, el ofrecimiento del Señor acerca de ir  y sanar a su siervo, sacó a la luz la fuerza singular de su fe, "Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo." Él sólo tenía que decir una palabra y su siervo sería sanado. La presencia corporal del Mesías no era necesaria. Dios no podía ser limitado por una cuestión de lugar; Su Palabra era suficiente. La enfermedad debe obedecerle, así como el soldado, o el siervo, obedecían al centurión, su superior. ¡Qué anticipación del andar por fe, no por vista, en el cual los Gentiles, cuando fueran llamados, debían haber glorificado a Dios, cuando el rechazo del Mesías por parte de Su pueblo antiguo brindó la ocasión para el llamamiento Gentil como una cosa diferente! Es evidente que la presencia corporal del Mesías es la esencia misma de la escena anterior, como debía ser al tratar con el leproso, el cual es un tipo de lo que Israel debía haber sido al buscar limpieza en Sus manos. De manera que, por otra parte, el centurión muestra con no menos aptitud, la fe característica que conviene a los Gentiles, en una sencillez que no busca nada sino la Palabra de Su boca, se satisface perfectamente con ella, sabe que, con independencia de cuál pueda ser la enfermedad, Él sólo tiene que pronunciar la Palabra, y se hace conforme a Su divina voluntad. El centurión sabía que Aquel bendito que estaba allí era Dios, que para él era la personificación del poder y la bondad divinos — no se requería Su presencia, Su Palabra era más que suficiente. El Señor admiró la fe superior a la de Israel, y aprovechó esa ocasión para insinuar la expulsión de los hijos, o herederos naturales, del reino, y la entrada de muchos que vendrán del Oriente y del Occidente, a sentarse con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos. ¿Qué se puede concebir para ilustrar tan perfectamente el gran designio del Evangelio de Mateo?

 

Así, en la escena del leproso, tenemos a Jesús presentado como 'Jehová que sana a Israel', como hombre aquí abajo, y en relaciones Judías, manteniendo aún la ley. Después Le encontramos siendo reconocido y declarado por el centurión, ya no más como el Mesías, cuando está en realidad con ellos, sino reconocido según una fe que vio la gloria más profunda de Su Persona como suprema, competente para sanar, sin importar dónde, o a quién, o qué, mediante una palabra; y el Señor saluda esto como siendo el presagio de una rica concurrencia de multitudes para alabanza de Su nombre, cuando los Judíos sean expulsados. De lo que se trata y lo que está cercano, evidentemente, es el cambio de dispensación, la escisión de la simiente carnal por la incredulidad de ellos, y la entrada de numerosos creyentes en el nombre del Señor de entre los Gentiles.

 

Otro incidente sigue a continuación, el cual demuestra igualmente que el Espíritu de Dios no está aquí relatando los hechos en su sucesión natural; ya que ciertamente no es en este momento, históricamente, que el Señor entra en la casa de Pedro, ve allí a la madre de su mujer, postrada en cama con fiebre, toca su mano, y la levanta, de tal modo que ella les sirve de inmediato. Tenemos en esto otra sorprendente ilustración del mismo principio, porque el caso es que este milagro fue llevado a cabo mucho antes de la sanación del siervo del centurión, o incluso del leproso. Esto, también, lo determinamos de la lectura de Marcos 1, donde existen claras indicaciones acerca del tiempo en que tuvieron lugar los hechos. El Señor estaba en Capernaum (Marcos 1:21 y sucesivos), donde Pedro vivía, y un cierto día de reposo, después que el Señor llamó a Pedro (Marcos 1: 16 al 18), llevó a cabo poderosos hechos en la sinagoga, los cuales están registrados aquí, y por Lucas también. El versículo 29 de Marcos 1 presenta el momento exacto. "Inmediatamente después de haber salido de la sinagoga, fueron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan. Y la suegra de Simón yacía enferma con fiebre; y enseguida le hablaron de ella. Jesús se le acercó, y tomándola de la mano la levantó, y la fiebre la dejó; y ella les servía." (Marcos 1: 29 al 31 – LBLA). Se necesitaría la credulidad de un escéptico para creer que este no es el mismo hecho que tenemos ante nosotros en Mateo 8. Yo me siento seguro que ningún cristiano alberga una duda acerca de ello. Pero si esto es así, existe la certeza absoluta de que nuestro Señor, en el día de reposo mismo en el cual expulsó el espíritu inmundo del hombre en la sinagoga de Capernaum, inmediatamente después de salir de la sinagoga, entró en la casa de Pedro, y Él sanó, en seguida, la fiebre de la madre de la mujer de Pedro. El caso del siervo del centurión fue considerablemente posterior a esto, precedido, por un buen espacio de tiempo, por la limpieza del leproso.

 

¿Cómo podemos explicar una selección tan señalada, una eliminación de tiempo tan completa? No es por inexactitud, ciertamente; no es, con seguridad, por indiferencia al orden, sino por el contrario, es por la sabiduría divina que arregló los hechos con vistas a un propósito digno de él mismo: se trata del arreglo que Dios hace de todas las cosas — más particularmente en esta parte de Mateo — para presentarnos una manifestación adecuada del Mesías; y, como hemos visto, en primer lugar, lo que Él era para la atracción del Judío; luego, lo que Él era y sería para la fe Gentil, en una forma y plenitud aún más ricas. Así que tenemos ahora, en la sanación de la suegra de Pedro, otro hecho que contiene un principio de gran valor, — que Su gracia hacia el Gentil no mitiga, en el grado más mínimo, Su corazón a las demandas de la relación según la carne. Se trataba, claramente, de una cuestión de relación con el apóstol de la circuncisión (es decir, la madre de la mujer de Pedro). Tenemos el vínculo natural llevado aquí a la prominencia; y esto fue un requerimiento que Cristo no menospreció, porque Él amaba a Pedro — sentía por él, y la madre de su mujer era preciosa a Sus ojos. Esto no muestra, en absoluto, el modo en que el Cristiano está con relación a Cristo; ya que, "y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así." (2ª. Corintios 5:16). Pero se trata expresamente del modelo según el cual Él iba a tratar, y tratará, con Israel. Sion puede decir acerca del Señor que trabajó en vano, a quien la nación aborrecía, "Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí." (Isaías 49:14). ¡Nada de eso! "¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho . . . ? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré. He aquí, en las palmas de mis manos, te he grabado." (Isaías 49: 15 y 16 - LBLA). Se muestra así que, aunque tenemos una gracia abundante para el Gentil, hay aún un recuerdo de la relación natural.

 

Al atardecer fueron traídas multitudes (Mateo 8: 16 y 17), aprovechándose del poder que se había mostrado así a sí mismo; públicamente en la sinagoga, y privadamente en la casa de Pedro; y el Señor cumplió las palabras de Isaías 53:4: "El mismo", se dice, "tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias", un oráculo que  haríamos bien en considerar a la luz de su aplicación aquí. ¿En qué sentido tomó Jesús, nuestro Señor, las enfermedades de ellos, y llevó las dolencias de ellos? En esto, tal como yo creo: en que Él jamás empleó la virtud que estaba en Él para hacer frente a la enfermedad o a la dolencia como un hecho de simple poder, sino que Él, en un profundo sentimiento compasivo, se involucraba en la realidad completa del caso. Él sanaba, y llevaba su carga en Su corazón delante de Dios, tan ciertamente como Él quitaba dicha carga de los hombres. Fue precisamente porque Él mismo era intocable por la enfermedad y la dolencia, que Él era libre para dedicarse así a cada consecuencia  del pecado. Por tanto, no se trataba del simple hecho de que Él desterraba la enfermedad y la dolencia, sino que Él las llevaba en Su espíritu delante de Dios. A mi parecer, la profundidad de semejante gracia sólo realza la belleza de Jesús, y es el último terreno posible que justifica al hombre al pensar livianamente acerca del Salvador.

 

Después de esto, el Señor ve grandes multitudes siguiéndole, y manda pasar al otro lado (Mateo 8:18). Se encuentra aquí, nuevamente, un nuevo caso del mismo notable principio de selección de acontecimientos para formar un cuadro completo, que yo he sostenido que es la verdadera llave de todo. Al Espíritu de Dios le ha parecido bien seleccionar y clasificar hechos por lo demás inconexos; puesto que siguen aquí a continuación, conversaciones que tuvieron lugar mucho tiempo después de cualquiera de los acontecimientos con los que hemos estado ocupados. ¿Cuándo suponen ustedes que estas conversaciones ocurrieron realmente, si vamos al asunto de su fecha? Tomen nota del cuidado con el que el espíritu de Dios omite aquí toda referencia a esto: "Y vino un escriba." (Mateo 8:19). No hay ninguna nota acerca del momento en que vino, sino simplemente el hecho de que él vino. Ello fue realmente después de la transfiguración registrada en el capítulo 17 de nuestro Evangelio. Con posterioridad a eso, el escriba ofrece seguir a Jesús adondequiera que Él fuese. Nosotros sabemos esto comparándolo con el Evangelio de Lucas. Y así también con respecto a la otra conversación: "Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. (Mateo 8:21); ella fue después de que la gloria de Jesús había sido presenciada en el monte santo, cuando el egoísmo de corazón del hombre se mostró en contraste con la gracia de Dios (véase Lucas 9: 28 al 36 y Lucas 9: 57 al 60).

 

La tempestad sigue a continuación. "Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía." ¿Cuándo tuvo lugar esto, si nosotros lo indagamos como un hecho meramente histórico? Sucedió al atardecer del día cuando Él pronunció las siete parábolas presentadas en Mateo 13. La verdad de esto es evidente, si lo comparamos con el Evangelio de Marcos. De este modo, el capítulo 4 de Marcos coincide, marcado por tantos datos como para no dejar duda alguna. Tenemos, en primer lugar, el sembrador sembrando la Palabra (Marcos 4: 1 al 20). Luego (en Marcos 4: 33 y 34 – LBLA), después de la parábola de la semilla de mostaza, se añade, "Con muchas parábolas como éstas les hablaba la palabra, según podían oírla; y sin parábolas no les hablaba, sino que lo explicaba todo en privado a sus propios discípulos." [Aludiendo, tanto en las parábolas como en la explicación, a lo que nosotros tenemos en Mateo 13]. Y "Ese día, caída ya la tarde, les dijo: Pasemos al otro lado." (Marcos 4:35 – LBLA). [Está allí lo que yo llamo una clara, inequívoca, anotación acerca del tiempo]. En Marcos 4: 36 al 41 leemos, "Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?" Después de esto (lo que lo hace aún más incuestionable) viene el caso del endemoniado (Marcos 5). Es cierto que tenemos sólo un endemoniado en Marcos, así como también en Lucas; mientras que en nuestro Evangelio tenemos dos. Nada puede ser más sencillo. Hubo dos endemoniados; pero el Espíritu de Dios escogió, en Marcos y Lucas, el más notable de los dos, y traza para nosotros su historia, una historia de no poco interés y no poca importancia, como podemos sentir cuando llegamos a Marcos; pero era igualmente importante, para el Evangelio de Mateo, que los dos endemoniados fuesen mencionados aquí, aunque uno de ellos era en sí mismo, tal como tengo entendido, un caso mucho más sorprendentemente desesperado que el otro. Yo considero que la razón para esto es evidente; y el mismo principio es aplicable a varias otras partes de nuestro Evangelio donde tenemos mencionados dos casos, y en los otros Evangelios tenemos sólo uno. La llave para ello es esta: que Mateo fue llevado por el Espíritu Santo a tener en cuenta el testimonio adecuado para el pueblo Judío; fue la tierna bondad de Dios la que se encontraría con ellos en una manera que era apropiada bajo la ley. Ahora bien, era un principio establecido, que en boca de dos o tres testigos constara toda palabra (Deuteronomio 19:5; Mateo 18:16; 2ª. Corintios 13:1 y otros). Entonces, yo entiendo que esta es la razón por la cual encontramos mencionados dos endemoniados; mientras que en Marcos y Lucas, para otros propósitos, el Espíritu de Dios atrae la atención solamente a uno de los dos. Un Gentil (en realidad cualquier mente que está bajo cualquier tipo de  prejuicio legal o dificultad) se convencería más por medio de un relato detallado de lo que era más conspicuo. El hecho de que se mencione a dos, sin los detalles personales, no tendría, quizás, un efecto poderoso sobre meros Gentiles, aunque para un Judío podía ser necesario para algunos fines. Yo no pretendo decir que esto sirvió para este único propósito; lejos esté de mí el hecho de pensar restringir al Espíritu de Dios dentro de los estrechos límites de nuestra visión. Que nadie suponga que, presentando mis propias convicciones, yo tengo el presuntuoso pensamiento de proponer estas convicciones como si fuesen los únicos motivos en la mente de Dios. Es suficiente hacer frente a una dificultad que muchos sienten, mediante la sencilla declaración de que la razón asignada es, a mi juicio, una explicación válida, y, en sí misma, una solución suficiente de la aparente discrepancia. Si esto es así, es ciertamente un terreno de agradecimiento a Dios; ya que transforma una piedra de tropiezo en una evidencia de la perfección de la Escritura.

 

Repasando, entonces, estos incidentes que finalizan el capítulo (Mateo 8: 19 al 22), encontramos, antes que nada, la absoluta inutilidad de la disposición de la carne para seguir a Jesús. Los motivos del corazón natural son puestos de manifiesto. ¿Ofrece, este escriba, seguir a Jesús? Él no fue llamado. La perversión del hombre es tal, que aquel que no es llamado piensa que él puede seguir a Jesús adondequiera que Él vaya. El Señor se refiere indirectamente a los que eran los verdaderos deseos del hombre — a saber, no deseaban a Cristo, no el cielo, no la eternidad, sino las cosas presentes. Si él estaría dispuesto a seguir al Señor, fue por lo que podía conseguir. El escriba no tenía corazón alguno para la gloria oculta. Él había visto esto, ciertamente, todo estaba allí; pero él no la vio, y el Señor divulgó, de manera literal, Su verdadera porción, tal como ella era, sin una palabra acerca de lo que no se ve y de lo eterno. Él dice, "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza." Él toma, por tanto, el título de ""Hijo del Hombre" por vez primera en este Evangelio. Él tiene Su rechazo ante Sus ojos, así como también la presuntuosa incredulidad de este presunto seguidor sórdido y seguro de sí mismo.

 

Además, cuando nosotros oímos a otro (y se trata ahora de uno de Sus discípulos), la fe muestra, de inmediato, su debilidad. "Permíteme", él dice, "que vaya primero y entierre a mi padre." El hombre que no fue llamado promete ir adondequiera en su propia fuerza; pero el hombre que fue llamado siente la dificultad, y aduce un deber natural antes de seguir a Jesús. ¡Oh, qué corazón es el nuestro! Pero, ¡qué corazón era el Suyo!

 

En la escena siguiente, entonces, tenemos a los discípulos como un todo, puestos a prueba por un peligro repentino al cual, su Maestro que dormía, no prestaba atención alguna. Esto probó sus pensamientos acerca de la gloria de Jesús. La tempestad era grande, sin duda; pero ¿qué daño podía hacer a Jesús? Las olas cubrían la barca, sin duda; pero, ¿de qué manera podía eso poner en peligro al Señor de todo? Ellos olvidaron Su gloria en su propia ansiedad y egoísmo. Midieron a Jesús mediante su propia importancia. Una gran tempestad y una barca que se anega son unas serias dificultades para un hombre. "¡Señor, sálvanos, que perecemos!" ellos clamaron, mientras le despertaban; y Él se levantó y reprendió a los vientos y al mar. La poca fe nos deja sintiendo temor por nosotros mismos y siendo tenues testigos de Su gloria, a quien los elementos más rebeldes obedecen.

 

En lo que sigue a continuación, tenemos lo que es necesario para completar el cuadro de lo que sucedió en la otra orilla. El Señor obra en poder liberador; pero además, el poder de Satanás llena y lleva a los espíritus inmundos a su propia destrucción. Aun así el hombre, ante todo esto, es engañado de tal manera por el enemigo, que él prefiere ser dejado con los demonios en vez de disfrutar la presencia del Libertador. Eso era, y eso es, el hombre. Pero el futuro está también en perspectiva. Los endemoniados libertados son, a mi juicio, claramente el presagio de la gracia del Señor en los postreros días, separando un remanente para Sí mismo, y desterrando el poder de Satanás  de este pequeño, pero suficiente, testimonio de Su salvación. Los espíritus malos piden permiso para pasar al hato de cerdos, el cual tipifica así la condición final de la contaminada masa apóstata de Israel; la presuntuosa e impertinente incredulidad de ellos que los reduce a esa profunda degradación — no meramente los inmundos, sino los inmundos llenos con el poder de Satanás, y llevados a una rápida destrucción. Se trata de una prefiguración justa de lo que acontecerá al final del siglo (de la era) —la masa de Judíos incrédulos, ahora impuros, pero entregados también, en ese entonces al diablo, y así, a una evidente perdición.

 

 

Capítulo 9

 

 

De este modo, en el capítulo que está ante nosotros, tenemos un esquema muy completo de la manifestación del Señor desde aquel tiempo, y que continúa, en tipo, hasta el fin del siglo. En el capítulo que sigue a continuación tenemos un cuadro complementario, que prosigue con la presentación del Señor a Israel, pero desde un punto de vista diferente: ya que en el capítulo 9 no es meramente el pueblo el que es puesto a prueba, sino más especialmente los líderes religiosos, hasta que todo finaliza en blasfemia contra el Espíritu Santo. Esto estaba probando los asuntos más detenidamente. Si hubiese habido una sola cosa buena en Israel, sus muy selectos guías habrían pasado la prueba. El pueblo podría haber fracasado; pero, con seguridad, había algunas diferencias — ¡sin duda aquellos a los que se honraba y eran valorados no podían ser tan depravados! Los sacerdotes ungidos en la casa de Dios — ¿no recibirían, por lo menos ellos, a su propio Mesías? Por lo tanto, esta cuestión es puesta a prueba en el capítulo noveno. Los acontecimientos son reunidos hasta el final tal como en el capítulo 8, sin tener en cuenta el asunto del tiempo cuando ellos ocurrieron.

 

"Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a su ciudad." (Mateo 9:1). Habiendo dejado Nazaret, como vimos, Él establece Su morada en Capernaum, la cual fue, desde aquel entonces, "su ciudad." Para el orgulloso habitante de Jerusalén, tanto una como la otra no eran más que una elección y un cambio dentro de una tierra de tinieblas. Pero Jesús vino del cielo para una tierra de tinieblas y pecado y muerte — el Mesías, no según los pensamientos de ellos, sino como Señor y Salvador, el Dios-Hombre. Siendo este el caso, le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; "y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados." Es muy evidente que no se trata tanto de una cuestión de pecado en el aspecto de inmundicia (tipificando cosas más profundas, pero relacionadas, aun así, con los requerimientos ceremoniales de Israel, como lo descubrimos de lo que dijo el Señor en el capítulo del leproso que fue limpiado). Se trata más particularmente del pecado, visto como culpa, y, por consiguiente, como aquello que quebranta y destruye absolutamente todo poder en el alma, tanto hacia Dios como hacia el hombre. Por eso es que se trata aquí de una cuestión no meramente de limpieza, sino de perdón, y de perdón, también, como aquello que precede al poder manifestado delante de los hombres. Nunca puede haber fortaleza en el alma hasta que se conoce el perdón. Puede haber deseos, y la obra real del Espíritu de Dios en el alma, pero no puede haber poder alguno para andar delante de los hombres, y para glorificar a Dios, hasta que haya perdón poseído y disfrutado en el corazón. Esta era la bendición misma que despertaba, sobre todo, el odio de los escribas. El sacerdote en el capítulo 8 no pudo negar lo que fue hecho en el caso del leproso, el cual se mostró debidamente, y trajo su ofrenda al altar conforme a la ley. Aunque fue un testimonio para ellos, no obstante, ello fue, en su resultado, un reconocimiento de lo que Moisés ordenó. Pero el perdón dispensado aquí en la tierra despertó la soberbia de los líderes religiosos, rápida e implacablemente. Sin embargo, el Señor no retuvo la infinita bendición, aunque Él conocía bien sus pensamientos; Él habló la palabra de perdón, aunque leyó el mal corazón de ellos que la consideraba como blasfemia. Este creciente rechazo de Jesús estaba ahora saliendo a la luz — rechazo que, al principio, fue permitido y susurrado en el corazón, y que pronto iba a ser pronunciado en palabras como espadas desenvainadas.

 

"Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este blasfema." Jesús respondió maravillosamente a sus pensamientos, por si acaso hubiera habido sólo una conciencia que escuchase la Palabra de poder y gracia, la cual pone aún más de manifiesto Su gloria. "Para que sepáis", Él dice, "que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…" Él asume ahora Su lugar de rechazo; porque Él es manifestado, incluso ahora, por los más íntimos pensamientos que ellos albergaban acerca de él, aunque no fuesen revelados. "Este blasfema." No obstante, Él es el Hijo del Hombre, el cual tiene potestad en la tierra para perdonar pecados; y Él usa Su autoridad. "Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa." Los pasos del hombre ante ellos dan testimonio de la realidad de su perdón delante de Dios. Debiera ser así con toda alma perdonada. Esto logra que, por ahora, por lo menos las multitudes que fueron testigos, se maravillen por el hecho de que Dios había dado tal potestad a los hombres. Ellos glorificaron a Dios.

 

El Señor procede a dar un paso más allá acerca de esto, y hace una incursión más profunda, si es posible, en el prejuicio Judío. Él no es buscado aquí como lo fue por el leproso, por el centurión, por los amigos del paralítico; Él mismo llama a Mateo, un publicano — justamente a aquel que iba a escribir el Evangelio del despreciado Jesús de Nazaret. ¿Qué instrumento era más adecuado? Se trataba del Mesías despreciado, el cual, una vez rechazado por Israel, Su propio pueblo, se volvió a los Gentiles por voluntad de Dios: se trataba de Uno que podía considerar a publicanos y pecadores en cualquier lugar. Así, Mateo, llamado estando sentado al banco del tributo, sigue a Jesús, y hace un banquete para Él. Esto proporciona la ocasión a los Fariseos para expresar su incredulidad: nada es tan ofensivo para ellos como la gracia, sea ella en doctrina o en la práctica. Los escribas, en el principio del capítulo, no pudieron ocultar del Señor su amargo rechazo de Su gloria como Hombre en la tierra, con autoridad para perdonar, tal como Su humillación y Su cruz lo demostrarían. Aquí también, estos Fariseos cuestionan y vituperan Su gracia cuando ven al Señor sentarse a gusto en presencia de publicanos y pecadores, los cuales vinieron y se sentaron con Él en casa de Mateo. Ellos dijeron a los discípulos, "¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?" El Señor muestra que semejante incredulidad se excluye, justa y necesariamente, a sí misma de la bendición, pero no a los demás. Sanar era la obra para la cual Él había venido. Los sanos no tenían necesidad de médico. ¡Cuán poco habían ellos aprendido la lección divina de la gracia, no de las ordenanzas! "Misericordia quiero, y no sacrificio." Jesús estaba allí para llamar, no a justos, sino a pecadores.

 

Tampoco la incredulidad se confinaba a estos religiosos de letra y forma; ya que viene, a continuación, la pregunta de los discípulos de Juan. "¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?" (Mateo 9:14). En todo momento, son las personas de tipo religioso las que son puestas a prueba y son halladas carentes. El Señor aboga por la causa de los discípulos. "¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos?" El ayuno, de hecho, seguiría cuando el esposo fuera quitado de ellos. Él señala así, la incongruencia moral de ayunar en aquel momento, e insinúa que no se trataba meramente de que Él iba a ser rechazado, sino que era imposible conciliar Su enseñanza y Su voluntad con las cosas viejas. Lo que Él estaba introduciendo no se podía mezclar con el Judaísmo. De este modo, no se trataba meramente del hecho de que había un mal corazón de incredulidad, particularmente en el Judío, sino de que la ley y la gracia no se pueden unir. "Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura." Tampoco era sólo una diferencia en las formas que la verdad tomaba; sino que el principio vital que Cristo estaba difundiendo no podía ser mantenido de ese modo. "Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente." (Mateo 9:17). El espíritu, así como la forma, eran ajenos.

 

Pero, al mismo tiempo, es evidente que aunque Él tenía conciencia del vasto cambio que estaba introduciendo, y que era expresado así plenamente y de manera temprana en la historia, nada apartaba Su corazón de Israel. La siguiente escena misma, el caso de Jairo, el hombre principal, lo muestra. "Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá." Los detalles acerca de que ella estaba agonizando se encuentran en otra parte,  (Marcos 5:21 y sucesivos; Lucas 8:40 y sucesivos) — entonces, antes de llegar a la casa, y de la noticia de que ella estaba muerta, dichos detalles no están aquí. Independientemente de cuál puede haber sido el momento, cualesquiera que sean los incidentes añadidos por otros, el relato es presentado aquí para el propósito de mostrar de que así como el caso de Israel era desesperado, incluso hasta la muerte, así Él, el Mesías, era el dador de vida, cuando todo, hablando humanamente, había terminado. Él estaba, entonces, presente, un hombre despreciado, y no obstante con el derecho de perdonar pecados, demostrado por el poder inmediato para sanar. Si los que confiaban en ellos mismos de que eran sabios y justos no Le tolerarían, Él llamaría, en el acto, incluso a un publicano para estar entre los más honorables de Sus seguidores, y no desdeñaría ser el gozo de ellos cuando desearan Su honra en el ejercicio de Su gracia. El pleno dolor vendría pronto cuando Él, el Esposo de Su pueblo, fuese quitado; y entonces deberían ayunar.

 

Sin embargo, Su oído estaba abierto al llamado a favor del Israel agonizante, que estaba muriendo, que estaba muerto. Él los había estado preparando para las cosas nuevas, y para la imposibilidad de hacer que se unan con lo viejo. Pero, no obstante, encontramos Sus afectos ocupados para la ayuda del desesperado. Él va a resucitar a la fallecida, y la mujer enferma de flujo de sangre Le toca al pasar. Sin importar cuál podía ser el gran propósito, Él estaba allí para la fe. Esto era muy diferente de Su cometido; pero Él estaba allí para la fe. Su comida era hacer la voluntad de Dios. Él estaba allí para el expreso propósito de glorificar a Dios. El poder y el amor habían venido para cualquiera que se acercase. Si había, por así decirlo, una justificación de la circuncisión por la fe, había también, indudablemente, la justificación de la incircuncisión por medio de la fe de ellos. La cuestión no era acerca de quién o qué venía en el camino; quienquiera que apelaba a Él, allí estaba Él para ellos. Y Él era Jesús, Emanuel. Cuando llega a la casa, los flautistas estaban allí, y la gente que hacía alboroto: la expresión, si bien a causa de la aflicción, era ciertamente de impotente desesperación. Ellos se burlan de las calmadas palabras de Aquel que escoge lo que no es (1ª. Corintios 1:28); y el Señor echa afuera los incrédulos, y demuestra la verdad gloriosa de que la niña no estaba muerta, sino viva.

 

Esto no es todo. Él da vista al ciego. "Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!" Era necesario completar el cuadro. La vida había sido impartida a la durmiente niña de Sion — los ciegos Le invocan como el Hijo de David, y no lo hacen en vano. Ellos confiesan su fe, y Él toca sus ojos. Así, no obstante la peculiaridad de las nuevas bendiciones, la cosa vieja podía ser retomada, aunque sobre nuevos terrenos, y, obviamente, sobre la confesión de que Jesús es Señor, para la gloria de Dios el Padre. Los dos ciegos Le invocaron como Hijo de David; siendo esto una muestra de lo que será al final, cuando el corazón de Israel se vuelva al Señor, y el velo sea quitado. "Conforme a vuestra fe os sea hecho."

 

No es suficiente que Israel sea despertado del sueño de la muerte, y vea correctamente. Tiene que existir la boca que alabe al Señor, y hable del glorioso honor de Su majestad, así como también ojos para esperar en Él. Así que tenemos una escena más lejana. Israel debe dar un testimonio pleno en el día resplandeciente de Su venida. Por lo tanto, tenemos aquí un testimonio de ello, y un testimonio tanto más dulce, porque el inmediato rechazo total que estaba llenando el corazón de los líderes testificaba, ciertamente, al corazón del Señor, acerca de aquello que estaba cerca. Pero nada desviaba el propósito de Dios, o la actividad de Su gracia. "Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel." (Mateo 9: 32 y 33). Los Fariseos se enfurecieron ante un poder que no podían negar, el cual los reprendía mucho más a causa de su gracia persistente; pero Jesús pasa por alto, hasta ahora, toda blasfemia, y sigue Su camino — nada obstaculiza Su curso de amor. "Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo." El testimonio fiel y verdadero era el Suyo, para mostrar aquel poder en bondad que se extenderá en el mundo venidero, en el gran día cuando el Señor se manifestará a todo ojo como Hijo de David, y también como Hijo del Hombre.

 

Al final de este capítulo 9, en Su profunda compasión, Él manda a Sus discípulos a rogar al Señor de la mies que envíe obreros a Su mies.

 

 

Capítulo 10

 

 

Al principio del capítulo 10, Él mismo envía a Sus discípulos como obreros. Él es el Señor de la mies. Esto fue un paso solemne, y en vista de su rechazo ahora. En nuestro Evangelio, no hemos visto a los apóstoles siendo llamados y ordenados. Mateo no presenta ninguno de esos detalles, pero el llamado y la comisión están juntos aquí. Pero, como he declarado, la elección y la ordenación de los doce apóstoles habían tenido lugar realmente en el monte, aunque no es mencionado en Mateo, sino en Marcos y Lucas. (Compárese con Marcos 3: 13 al 19, y Marcos 6: 7 al 11; y con Lucas 6 y 9). La misión de los apóstoles no tuvo lugar sino hasta después. En Mateo no tenemos distinción alguna entre su llamado y su misión. Pero la misión es presentada aquí en estricto acuerdo con lo que el Evangelio requiere. Se trata de una convocatoria del Rey a Su pueblo Israel. De tal modo está Israel tan completamente en perspectiva, que nuestro Señor no dice una sola palabra acerca de la Iglesia, o de la condición intermedia de la cristiandad. Él habla de Israel en aquel entonces, y de Israel antes de que Él venga en gloria, pero Él omite enteramente cualquier anuncio de las circunstancias que iban a entrar por el camino. Él les dice que no acabarían de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre. No es que Su rechazo no estaba delante de Su espíritu, sino que Él no mira más allá de esa tierra y ese pueblo; y, en lo que se refería a los doce, Él los envía en una misión que continúa hasta el fin del siglo (o fin de la era). De este modo, los tratos actuales de Dios en gracia, la forma real tomada por el reino de los cielos, el llamamiento de los Gentiles, la formación de la Iglesia, son todos pasados completamente por alto. Nosotros encontraremos algunos de estos misterios más adelante en este Evangelio; pero aquí se trata sencillamente de un testimonio Judío de Jehová-Mesías en Su incansable amor, por medio de Sus doce heraldos, y pese a la incredulidad en aumento, manteniendo hasta el fin lo que su gracia tenía en perspectiva para Israel. Él enviaría mensajeros adecuados, y tampoco la obra sería hecha hasta que el Mesías rechazado, el Hijo del Hombre, viniera. Los apóstoles fueron enviados, en aquel entonces, de este modo, y eran, sin duda, precursores de aquellos que el Señor levantará para el postrer día. No alcanzaría ahora el tiempo para detenerse en este capítulo, interesante como él es. Mi objeto, obviamente, es señalar tan claramente como es posible, la estructura del Evangelio, y explicar, según mi medida, por qué hay estas fuertes diferencias entre el Evangelio de Mateo y los demás, comparados el uno con los otros. La ignorancia está totalmente en nuestro lado: todo lo que ellos dicen, u omiten, fue debido a la trascendental y bondadosa sabiduría de Aquel que los inspiró.

 

 

Capítulo 11

 

 

El capítulo 11, sumamente crítico para Israel, y de extrema belleza, tal como es, no debe ser pasado por alto sin decir algunas pocas palabras. Encontramos aquí a nuestro Señor, después de enviar a los escogidos testigos de la verdad de Su posición de Mesías (tan trascendental, sobre todo para Israel), haciéndose cargo de Su total rechazo, y no obstante, regocijándose también en los consejos de gloria y gracia de Dios el Padre, aunque el verdadero secreto en el capítulo, como en la realidad, era el hecho de que Él no sólo era el Mesías, ni el Hijo del Hombre, sino el Hijo del Padre, cuya Persona nadie conoce sino Él. Pero, a través de todo ello, ¡qué prueba del espíritu, y qué triunfo! Algunos consideran que Juan el Bautista preguntó solamente por el bien de sus discípulos. Pero yo no veo una razón suficiente para rechazar la impresión de que Juan encontraba difícil conciliar su continuo encarcelamiento con un Mesías presente; yo tampoco discierno un sano juicio acerca del caso, o un conocimiento profundo del corazón, en aquellos que plantean así dudas en cuanto a la sinceridad de Juan, así como tampoco me parece que ellos exaltan el carácter de este hombre honorable de Dios, suponiendo que él interpreta un rol que pertenecía realmente a otros. ¿Qué puede ser más sencillo del hecho de que Juan expresa la pregunta por medio de sus discípulos, porque él (no sólo ellos) tenía en mente un interrogante? No era, probablemente, más que una dificultad seria pero pasajera, que él deseaba aclarar con toda plenitud por el bien de ellos, así como del suyo. En resumen, él tenía una pregunta porque él era un hombre. No nos corresponde, ciertamente, pensar que esto es imposible. ¿Tenemos nosotros, pese a nuestros privilegios superiores, semejante fe inquebrantable, como para permitirnos tratar el asunto como increíble en Juan, y, por tanto, sólo capaz de hallar una solución en sus asombrados discípulos? Que aquellos que tienen una experiencia tan pequeña acerca de lo que es el hombre, incluso el hombre regenerado, tengan cuidado de no imputar a Juan el Bautista una actuación tal en un rol que nos impresiona, como cuando Jerónimo lo imputó a Pedro y a Pablo en la censura de Gálatas 2. [*]

 

[*] N. del T.: el autor se refiere aquí a Jerónimo de Estridón (c. 340-420), doctor de la Iglesia, traductor al latín de la Biblia, y a su controversia con Agustín de Hipona acerca de Gálatas 2: 11 al 21.-

 

El Señor conocía, sin duda, el corazón de Su siervo, y podía sentir por él el efecto que las circunstancias tuvieron sobre él. Cuando Él pronunció las palabras, "Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí" (Mateo 11:6), es evidente para mí que hubo una alusión a la vacilación, sólo por un momento, del alma de Juan. El hecho es, amados hermanos, que hay un solo Jesús; e independientemente de cómo pueda ser, sea Juan el Bautista, o el mayor en el reino de los cielos, después de todo, es sólo la fe divinamente dada la que sostiene: de otro modo, el hombre tiene que aprender dolorosamente algo acerca de sí mismo; y, ¿en qué debe ser él estimado? (Isaías 2:22 – LBLA)

 

El Señor responde entonces, con perfecta dignidad, así como también con gracia; Él presenta a los discípulos de Juan el estado real del caso; Él les proporciona hechos claros, positivos, que no podían dejar nada para que la mente de Juan deseara, cuando él sopesara todo como un testimonio de parte de Dios. Una vez hecho esto, con una palabra para la conciencia añadida, Él se ocupa de la causa de Juan y aboga por ella. Debiera haber sido el lugar de Juan el haber proclamado la gloria de Jesús; pero todas las cosas en este mundo son lo contrario de lo que debieran ser, y de lo que serán cuando Jesús asuma el trono, viniendo en poder y gloria. Pero, cuando el Señor estaba aquí, no obstante la incredulidad de los demás, sólo fue una oportunidad para que la gracia de Dios resplandeciera. Así fue aquí; y nuestro Señor convierte en un relato eterno, en Su bondad, la limitación de Juan el Bautista, el mayor entre los que nacen de mujer. Lejos de rebajar la posición de Su siervo, Él declara que no había ninguno otro mayor entre los mortales. El fracaso de este grande de entre los nacidos de mujer, sólo Le brinda la ocasión justa para mostrar el total cambio que está cerca, cuando no se trataría de una cuestión acerca del hombre, sino de Dios, en efecto, acerca del reino de los cielos, en el cual el más pequeño sería mayor que Juan. Y lo que hace que esto sea aún más asombroso, es la certeza de que el reino, resplandeciente como es, no es, de manera alguna, la cosa más cercana para Jesús. La Iglesia, la cual es Su cuerpo y Su esposa, tiene un lugar mucho más íntimo, aunque ello es cierto acerca de las mismas personas.

 

A continuación, Él pone al descubierto la caprichosa incredulidad del hombre, consistente sólo en frustrar cualquier cosa que Dios emplea para Su bien; a la sazón, Su completo rechazo donde Él había laborado más. Eso estaba continuando, en aquel entonces, hasta el amargo final y, ciertamente, no sin un padecimiento y un dolor tales como sólo el amor desinteresado, obediente, puede conocer. ¡Qué miserables somos, que necesitemos semejante demostración de aquel amor; qué miserables somos, que seamos lentos de corazón para responder a él, o incluso para sentir su inmensidad!

 

"Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido, diciendo: ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras. . . En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre." (Mateo 11: 20 al 22; Mateo 11:25). ¡Qué sentimientos en un momento así! ¡Oh, para que la gracia se incline así y bendiga a Dios cuando nuestro pequeño afán parece en vano! "En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó." (Mateo 11: 25 y 26). Parece que somos transportados completamente lejos del nivel normal de nuestro Evangelio, a la región más elevada del discípulo al cual Jesús amaba. Estamos, de hecho, en presencia de aquello sobre lo cual Juan amaba tanto detenerse — Jesús visto no meramente como Hijo de David o  Abraham, o la simiente de la mujer, sino como el Hijo del Padre, el Hijo tal como el Padre lo dio, lo envió, lo apreció, y lo amó. Así que, cuando se añade más, Él dice, "Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar." (Mateo 11: 27 y 28). Este no es, obviamente, el momento para exponerlo. Yo simplemente indico, por cierto, de qué manera el creciente rechazo del Señor Jesús en Su gloria más inferior, no tiene aquí otro resultado sino el de sacar a la luz la revelación de Su gloria más elevada. De modo que, yo creo ahora que jamás se ha hecho  algún empeño acerca del Nombre del Hijo de Dios, no hay ni una sola saeta que apunte a Él, sino que el Espíritu se vuelve a la tarea santa, y verdadera, y dulce, de afirmar nuevamente, y en voz más alta Su gloria, lo que agranda la expresión de Su gracia para con el hombre. La sola tradición no hará esta obra, ni tampoco los pensamientos o sentimientos humanos.

 

 

Capítulos 12 y 13

 

 

En Mateo 12 no encontramos a Jesús tan presente y despreciado por los hombres como encontramos a estos hombres de Israel, los detractores, en la presencia de Jesús. Por eso es que el Señor Jesús está revelando aquí, en todo momento, que la ruina de Israel era evidente e inminente. Si se trataba de Su rechazo, estos varones escarnecedores eran, ellos mismos, rechazados en el acto mismo. La recolección de espigas, y la sanación de la mano seca, habían tenido lugar mucho antes. Marcos presenta estos dos acontecimientos al final de su segundo capítulo y al comienzo de su tercero. ¿Por qué son ellos pospuestos aquí? Porque el objeto de Mateo es el mostrar el cambio de dispensación por medio del rechazo de Jesús de parte de los Judíos, o posterior a este rechazo. Por eso es que él espera para presentar el rechazo del Mesías, tan moralmente completo como es posible, en su declaración acerca de él, aunque no sea necesariamente completo en su cumplimiento exterior. Obviamente, los hechos de la cruz eran necesarios para darle un cumplimiento evidente y literal; pero nosotros lo tenemos, en primer lugar, evidente en su vida, y es bienaventurado verlo cumplido así, por así decirlo, en lo que pasaba con Él, percibido plenamente en Su Espíritu, y siendo expuesto el resultado antes de que los hechos externos dieran plena expresión a la incredulidad Judía. Él no fue tomado por sorpresa; Él lo sabía desde el principio. El implacable odio del hombre es provocado de manera más manifiesta en los modos de obrar y en el espíritu de Sus detractores. El Señor Jesús, aun antes de que Él pronunciara la sentencia, ya que esto fue así, indicó lo que estaba cerca en estos dos ejemplos del día de reposo, aunque uno no pueda detenerse ahora en ellos. Lo primero es la defensa de los discípulos, basada en analogías tomadas de aquello que tenía, de antaño, la aprobación de Dios, así como acerca de Su propia gloria ahora. Rechazarlo como el Mesías; y en aquel rechazo la gloria moral del Hijo del Hombre sería establecida como el cimiento de Su exaltación y manifestación en otro día; Él era Señor del día de reposo. En el incidente siguiente (Mateo 12:9 y sucesivos), la fuerza del motivo suscita la bondad de Dios hacia la miseria del hombre. No se trata sólo del hecho de que Dios soslayara asuntos de la ordenanza preceptiva debido al estado ruinoso de Israel, el cual rechazaba a Su verdadero Rey ungido, sino que existía también este principio, de que Dios, ciertamente, no se iba a obligar a Sí mismo a no hacer un bien allí donde estaba la necesidad extrema. Podía estar muy bien para un Fariseo; podía ser digno de un formalista legal, pero ello jamás serviría para Dios; y el Señor no había venido aquí para acomodarse a sus pensamientos, sino, sobre todo, a hacer la voluntad de Dios de amor santo en un mundo malo y miserable. "He aquí mi siervo, a quien he escogido; Mi Amado, en quien se agrada mi alma." A la verdad, este era Emanuel, dios con nosotros. Si Dios estaba allí, ¿qué otra cosa podía hacer o haría Él? La gracia iba a ser ahora humilde y silenciosa, según el profeta, hasta que llegase la hora para la victoria en el juicio. Así que Él se retira mansamente, sanando, y aun así, prohibiendo que ello se anunciara públicamente. Pero no obstante, se trataba de que Él continuaba con el gran proceso de ponderar más y más, el rechazo total de Sus detractores. Por eso es que, más abajo en el capítulo, después que el demonio fue echado fuera del hombre ciego y mudo ante la gente atónita, los Fariseos, irritados por su pregunta, "¿Será éste aquel Hijo de David?", intentaron destruir el testimonio con su desprecio sumo y blasfemo. Tenemos la despectiva expresión, "Este", y así sucesivamente.

 

Los traductores Ingleses de la Escritura han presentado bien el sentido así ("This fellow", es decir, "este tipo"] (Mateo 12:24 – KJV1769); ya que la expresión transmite realmente este desaire; aunque la palabra "fellow" [tipo] está impresa en letra cursiva. La expresión Griega es usada así constantemente como una expresión de menosprecio, "Este [tipo] no echa fuera los demonios sino por Beelzebú." (Mateo 12:24 – KJV1769). El Señor les hace saber su loca insensatez, y les advierte que esta blasfemia estaba a punto de culminar en una forma aún más profunda, aún más mortal, cuando se hablara contra el Espíritu Santo tal como se había hablado de Él. Los hombres sopesan poco lo que sus palabras sonarán y demostrarán en el día del juicio. Él expone la señal del profeta Jonás, el arrepentimiento de los hombres de Nínive, la predicación de Jonás, y el celo sincero de la reina del sur en el día de Salomón, cuando Uno incomparablemente mayor estaba allí y era despreciado. Pero si Él no va aquí más allá de una insinuación acerca de aquello que los Gentiles estaban a punto de recibir a causa de a ruinosa incredulidad y el ruinoso juicio del Judío, Él no oculta el horrible curso, y la horrible condición de ellos, en la figura que sigue a continuación. El estado de ellos había sido, desde hacía tiempo, el de un hombre del cual había salido el espíritu inmundo, después de haber morado anteriormente en él. (Mateo 12:43 y sucesivos). Esta era, exteriormente, una condición de comparativa limpieza. Los ídolos, las abominaciones, ya no infectaban esa morada como lo hacían antaño. El espíritu inmundo dice entonces, "Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación." Él muestra así tanto el pasado como el presente, y el horrible futuro de Israel, antes del día de Su venida desde el cielo, cuando no sólo existirá el regreso de la idolatría, lo que es solemne decir, sino que el pleno poder de Satanás estará asociado con ella, tal como lo vemos en Daniel 11: 36 al 39; 2ª. Tesalonicenses 2; Apocalipsis 13: 11 al 15. Es evidente que el espíritu inmundo, al regresar, trae de nuevo la idolatría. Es igualmente evidente que los siete espíritus peores significan la energía completa del diablo en el mantenimiento del Anticristo contra el Cristo verdadero: y esto, resulta extraño decirlo, junto con ídolos. De este modo, el fin es como el principio, e incluso mucho, muchísimo peor. El Señor da otro paso acerca de esto, cuando uno Le dijo que, "su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar." (Mateo 12:46 y sucesivos). Una acción doble sigue a continuación. "¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?" Dijo el Señor, y luego extendió Su mano hacia sus discípulos, con las palabras, "He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre." De este modo, el antiguo vínculo con la carne, con Israel, es desconocido ahora; y solamente son reconocidas las nuevas relaciones de fe, fundamentadas en el hacer la voluntad de Su Padre (no se trata de una cuestión acerca de la ley en absoluto). Por tanto, el Señor erigiría un testimonio totalmente nuevo, y haría una nueva obra adecuada a él. Esto no sería una demanda legal sobre el hombre, sino la siembra de buena semilla, que traería vida y fruto de parte de Dios, y haría esto en el campo ilimitado del mundo, no meramente en la tierra de Israel. En Mateo 13, nosotros tenemos el bien conocido boceto de estos nuevos modos de obrar de Dios. El reino de los cielos asume una forma desconocida para la profecía, y, en sus misterios sucesivos, llena el intervalo entre el Cristo rechazado que asciende al cielo, y Su regreso en gloria.

 

No se requiere ahora muchas palabras para aquello que es felizmente familiar para la mayoría de los que están aquí. Permítanme observar, de paso, unos pocos detalles. No sólo tenemos aquí el ministerio del Señor en la primera parábola (Mateo 13: 1 al 23), sino que en la segunda parábola tenemos lo que Él hace por medio de Sus siervos (Mateo 13: 24 al 30). Sigue a continuación el surgimiento de lo que era grande en su pequeñez, hasta que llegó a ser pequeño en su grandeza en la tierra (Mateo 13: 31 y 32); y el desarrollo y la difusión de la doctrina, hasta que el espacio medido asignado a ella es llevado a estar bajo su influencia absorbente. (Mateo 13:33). No se trata aquí de una cuestión de vida (como en la semilla al principio), sino de un sistema de doctrina Cristiana; no se trata de la vida germinando y produciendo fruto, sino de un mero dogma — la mente natural — que es  expuesto a ella. De este modo, el árbol grande y la masa leudada son, de hecho, dos aspectos de la Cristiandad. Luego, en la casa (Mateo 13: 36 al 43), no sólo tenemos al Señor explicando la parábola, explicando la historia, de principio a fin, de la cizaña y el trigo, de la mezcla del mal con el bien que la gracia había sembrado, sino más que eso, nosotros tenemos el reino contemplado según los pensamientos y propósitos divinos. Como primero de estos viene el tesoro escondido en el campo, por el cual el hombre vende todo lo que tenía, asegurando el campo a causa del tesoro (Mateo 13:44). Después está la perla de gran precio, la unidad y la belleza de aquello que era tan apreciado para el mercader. No había allí meramente muchas piezas de valor, sino una perla de gran precio (Mateo 13: 45 y 46). Finalmente (Mateo 13: 47 al 50)., tenemos la conclusión de todo, después de la aparición de un testimonio que era verdaderamente universal en su alcance, mediante la separación judicial al final , cuando los buenos no sólo son colocados en cestas, sino que los malos son tratados por medio de los debidos instrumentos del poder de Dios.

 

 

Capítulo 14

 

 

En Mateo 14 se narran hechos que manifiestan el gran cambio de dispensación para el cual el Señor los había estado preparando al exponer las parábolas a las que acabamos de prestar atención. El hombre violento, Herodes, culpable de sangre inocente, reinaba en aquel entonces en esa tierra, y Jesús, en contraposición a él, va al desierto, mostrando quién, y qué era Él — el Pastor de Israel, dispuesto y capaz de preocuparse del pueblo. Los discípulos perciben Su gloria de forma muy inadecuada; pero el Señor actúa conforme a Su mente (Mateo 14: 1 al 21). Después de esto, despidiendo a la multitud, Él se retira a estar solo en el monte para orar (Mateo 14:23 y sucesivos), mientras los discípulos se afanan sobre el lago azotado por la tormenta, porque el viento les era contrario. Se trata de un cuadro de lo que estaba a punto de tener lugar cuando el Señor, dejando Israel y la tierra, asciende a lo alto, y todo asume otra forma—no la del reino en la tierra, sino la de la intercesión en el cielo. Pero al fin, cuando los discípulos están en la situación crítica del problema, en medio del mar, el Señor anda sobre el mar hacia ellos, y les dice que no teman; porque ellos estaban turbados y temerosos. Pedro pide una palabra de su Maestro, y deja la barca para unirse a Él sobre el agua. Habrá diferencias al fin del siglo. No serán todos sabios los que comprendan, ni tampoco los que enseñan a las masas. Pero toda Escritura que trata acerca del tiempo demuestra qué temor, qué ansiedad, que nubes oscuras habrá siempre y dentro de poco. Así era aquí. Pedro anda sobre las aguas, pero perdiendo de vista al Señor en presencia de las olas turbulentas, y rindiéndose a su experiencia común, él teme el fuerte viento y es salvado sólo por la mano extendida de Jesús, el cual reprende su duda. Acto seguido, subiendo a la barca, el viento cesa, y el Señor ejerce su amable gracia con efectos benéficos alrededor. Ello fue un pequeño anticipo de lo que será en aquel entonces, cuando el Señor ha reunido el remanente en los postreros días, y llena entonces con bendición la tierra que Él toca.

 

 

Capítulo 15

 

 

En Mateo 15 tenemos otro cuadro, y un cuadro doble. La hipocresía orgullosa, tradicional, de Jerusalén es expuesta, y la gracia bendice a la Gentil que sufre. Esto encuentra su lugar apropiado, no en Lucas, sino en Mateo, particularmente debido a que los detalles que están aquí (no en Marcos, el cual presenta sólo el hecho general) proyectan gran luz sobre los modos de obrar dispensacionales de Dios. Por consiguiente, tenemos aquí, en primer lugar, al Señor juzgando los equivocados pensamientos de "escribas y fariseos de Jerusalén." (Mateo 15: 1 al 20). Esto brinda una oportunidad para enseñar lo que verdaderamente contamina — no lo que entra en el hombre, sino, "lo que sale de la boca, del corazón sale….el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre." Se trata de la muerte — del golpe a la tradición y ordenanza humana en las cosas divinas y, en realidad, ello depende de la verdad de la ruina absoluta del hombre — una verdad que, tal como vemos, los discípulos son muy lentos en reconocer. En el otro aspecto del cuadro, contemplamos al Señor guiando un alma a recurrir a la gracia divina de la manera más gloriosa. (Mateo 15: 21 al 28). La mujer cananea,  de la región de Tiro y Sidón, apela a Él; una Gentil de nombre y pertenencia muy ominosos — una Gentil cuyo caso era desesperado, ya que ella apela a favor de su hija, gravemente atormentada por un demonio. ¿Qué se podía decir acerca de su entendimiento en aquel entonces? ¿No tenía ella tal confusión de pensamiento que, si el Señor hubiese prestado atención a sus palabras, ello debía haber sido destrucción para ella? — "¡Hijo de David, ten misericordia de mí!" Pero, ¿qué tenía ella que ver con el Hijo de David? ¿Y qué tenía que ver el Hijo de David con una Cananea? Cuando Él reine como Hijo de David, ya no habrá más Cananeos en la casa del Señor de los ejércitos. El juicio los habrá quitado por adelantado. Pero el Señor no la podía despedir sin una bendición, y sin una bendición que estuviese a la altura de Su gloria. En lugar de darle una respuesta inmediata, Él la guía paso a paso, ya que así Él puede condescender. Tal es Su gracia, tal es Su sabiduría. La mujer satisface, por último, el corazón y la mente de Jesús en el sentido de toda su absoluta nulidad delante de Dios; y entonces la gracia, que ha forjado esto, si bien contenida, puede fluir como un río; y el Señor puede admirar su fe, aunque esa fe procedía de Él mismo, como don gratuito de Dios.

 

Al final de Mateo 15, hay otro milagro de Cristo alimentando a una vasta multitud (Mateo 15: 29 al 39). Ello no parece exactamente una visión gráfica de lo que el Señor estaba haciendo, sino más bien la repetida muestra de que ellos no debían suponer que el mal que Él había juzgado en los ancianos de Jerusalén, o que la gracia que salía libremente a los Gentiles, llevaba a que Él olvidase a Su pueblo antiguo. ¡Qué misericordia y ternura especiales, no sólo en el fin, sino también en el modo en que el Señor trata con Israel!

 

 

Capítulo 16

 

 

En Mateo 16 avanzamos un gran paso, pese a (en efecto, debido a) la incredulidad, profunda y manifiesta, ahora en todos lados. El Señor no tiene nada para ellos, o para Él, sino continuar directo hasta el fin. Él había sacado a la luz el reino anteriormente, en vista de lo que Le reveló la blasfemia imperdonable contra el Espíritu Santo. El pueblo antiguo y la obra antigua finalizaron en cuanto a principio, y una nueva obra de Dios en el reino de los cielos fue revelada. Él saca a la luz ahora, no meramente el reino, sino Su Iglesia; y hace esto no meramente en vista de la incredulidad sin esperanza en la masa, sino en vista de la confesión de Su propia gloria intrínseca como el Hijo de Dios hecha por el testigo escogido. Tan pronto como Pedro declaró a Jesús la verdad de Su Persona, "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente", Jesús no retiene el secreto por más tiempo. "Sobre esta roca", Él dice, "edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Él da también a Pedro las llaves del reino, como vemos después. Pero aparece, en primer lugar, el nuevo y gran hecho de que Cristo iba a edificar un nuevo edificio, Su Asamblea, sobre la verdad y la confesión de Él, el Hijo de Dios. Indudablemente, ello dependió de la completa ruina de Israel por medio de su incredulidad; pero la caída de la cosa menor abrió el camino para el don de una gloria mejor, en respuesta a la fe de Pedro en la gloria de Su Persona. El Padre y el Hijo  tienen su parte apropiada, del mismo modo que nosotros sabemos, de otra parte de la Escritura, que el Espíritu enviado desde el cielo a su debido tiempo, iba a tener la Suya. ¿Había Pedro confesado quién es realmente el Hijo del Hombre? Fue la revelación que el Padre hizo del Hijo; carne y sangre no lo habían revelado a Pedro, "sino mi Padre que está en los cielos." Acto seguido, el Señor tiene que decir también Su Palabra, en primer lugar, recordándole a Pedro su nuevo nombre de manera adecuada a lo que sigue a continuación. Él iba a edificar Su Iglesia "sobre esta roca"— es decir, sobre Él mismo, el Hijo de Dios. Asimismo, desde aquel momento, Él prohíbe a Sus discípulos proclamarle como el Mesías. Todo eso había terminado ahora a causa del pecado ciego de Israel; Él iba a padecer, no iba a reinar aún en Jerusalén. Entonces ¡qué lamentable! tenemos en Pedro lo que el hombre es, aun después de todo esto. Aquel que había confesado recién la gloria del Señor, no oiría a Su maestro hablando así de Su camino a la cruz (el solo medio mediante el cual la Iglesia, o incluso el reino, podían ser establecidos), y procuró desviarle de él. Pero el ojo sencillo de Jesús detectó inmediatamente la trampa de Satanás, en la cual el pensamiento natural  conducía, o a lo menos exponía, a Pedro a caer. Y así, como no estando él interesado en las cosas divinas sino en las humanas, se le ordena "¡Retírate! detrás de mí, Satán", como uno que se avergüenza de Él (Mateo 16:23 – SPTE) (no "Quítate de delante"). El Señor, por el contrario, insiste no sólo en que Él no sólo iba rumbo a la cruz, sino que la verdad de esa cruz se debe cumplir en cualquiera que viniese después de él (Mateo 16:24). La gloria de la Persona de Cristo nos fortalece, no sólo para comprender Su cruz, sino para tomar la nuestra.

 

 

Capítulo 17

 

 

En Mateo 17 aparece otra escena, prometida en parte a algunos que estaban allí en Mateo 16:28, y relacionada, aunque de manera oculta hasta ahora, con la cruz (Mateo 17: 1 al 13). Se trata de la gloria de Cristo; no tanto como el Hijo del Dios viviente, sino como el Hijo del Hombre exaltado, el cual padeció una vez aquí abajo. Sin embargo, cuando hubo la exhibición de la gloria del reino, la voz del Padre Le proclamó como Su Hijo, y no meramente como el Hombre exaltado así. No era más verdaderamente el reino de Cristo como hombre de lo que Él era el Hijo de Dios, Su Hijo amado, en quien Él se complacía, el cual debía ser oído ahora, en lugar de Moisés o Elías, los que desaparecen, dejando a Jesús solo con los testigos elegidos.

 

Después, la condición lamentable de los discípulos al pie del monte, donde Satanás reinaba en el arruinado hombre caído, es puesta a prueba por el hecho de que, no obstante de toda la gloria de Jesús, Hijo de Dios, e Hijo del Hombre, los discípulos dieron evidencia de que ellos no sabían de qué manera poner Su gracia en acción para los demás (Mateo 17: 14 al 21); no obstante que ese era precisamente el lugar y la apropiada función de ellos aquí abajo. El Señor, no obstante, en el mismo capítulo, muestra que no se trataba solamente de lo que se debía hacer, o de lo que se debía padecer, o de lo que iba a ser dentro de poco, sino de lo que Él era, y es, y de lo que el siempre no puede sino ser. Esto salió a la luz de manera muy bienaventurada a través de los discípulos. Pedro, el de la buena confesión del capítulo 16,  aparece compungido en el capítulo 17; ya que cuando se le preguntó en cuanto a que si su Maestro pagaba el impuesto, él les hizo saber que ciertamente el Señor era demasiado buen Judío como para omitir el pago (Mateo 17: 24 al 27). Pero nuestro Señor pregunta con dignidad a Pedro, "¿Qué te parece, Simón?" Él demuestra claramente, en el momento mismo que Pedro olvidó la visión en el monte y la voz del Padre, reduciéndole virtualmente a Él a un mero hombre, que Él era Dios manifestado en carne. Siempre es así. Dios demuestra lo que Él es mediante la revelación de Jesús. "Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, vé al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti." ¿Acaso no es muy dulce ver que Aquel que demuestra Su gloria divina nos asocia inmediatamente con Él? ¿Quién sino Dios podía dar órdenes no sólo a las olas, sino a los peces del mar? En cuanto a cualquier otra persona, incluso el don más generoso que jamás ha sido dado por Dios al hombre caído en la tierra, a la cabeza dorada de los Gentiles (Nabucodonosor), eximió a las profundidades y sus habitantes no domados. Si el Salmo 8 va más allá, eso fue ciertamente para el Hijo del Hombre, el cual, por haber padecido la muerte, fue exaltado. Sí, en efecto, ello fue para señorear y mandar en el mar, así como en la tierra y en todo lo que en ellos hay. Él tampoco necesitó esperar Su exaltación como Hombre; ya que Él siempre era Dios, y el Hijo de Dios, el cual, por tanto, si uno puede decirlo así, no espera nada, no espera ningún día de gloria. La manera en que Él lo hizo fue también, en sí misma, notable. Un anzuelo es echado en el mar, y el pez que pesca presenta el dinero requerido para Pedro, así como para su amable Maestro y Señor. Un pez era el último ser que el hombre elegiría para ser su banquero; con Dios todas las cosas son posibles, el cual sabía cómo combinar admirablemente en el mismo hecho, la gloria divina vindicada de manera incontestable, con la gracia más humilde en el hombre. Y así Él, cuya gloria era tan olvidada por Sus discípulos — el propio Jesús — piensa en aquel preciso discípulo, y dice, " dáselo por mí y por ti."

 

 

Capítulo 18

 

 

El capítulo siguiente (Mateo 18) plantea el doble pensamiento acerca del reino y de la Iglesia, mostrando el requisito para entrar al reino, y exhibiendo la gracia divina, o aludiendo a ella, de la manera más amorosa, y eso en la práctica. El modelo es el Hijo del Hombre salvando al perdido. No se trata de un  asunto acerca de introducir la ley para gobernar el reino, o para guiar a la Iglesia. La gracia incomparable del Salvador debe formar y moldear a los santos en lo sucesivo. Al final del capítulo se expone, a manera de parábola, el perdón ilimitado que conviene al reino; y yo no puedo sino pensar que esto se hace aquí mirando hacia adelante, en estricta plenitud al futuro, pero con una clara aplicación a la necesidad moral de los discípulos en aquel entonces y siempre. En el reino, la retribución de los que desprecian o abusan de la gracia es mucho menos perdonadora. Todo gira alrededor de lo que era adecuado a un Dios semejante, el dador de Su propio Hijo. No necesitamos detenernos en esto.

 

Capítulo 19

 

 

El Capítulo 19 introduce otra lección de gran peso. Independientemente de lo que podían ser la Iglesia o el reino, es precisamente cuando el Señor revela Su nueva gloria, tanto en el reino como en la Iglesia, que Él mantiene los cánones de la naturaleza en sus derechos e integridad. No existe mayor error que suponer que, debido a que hay el más rico desarrollo de la gracia de Dios en las cosas nuevas, Él abandona, o debilita, las relaciones y la autoridad naturales en el lugar que les corresponde. Yo creo que esta es una gran lección, y que es olvidada demasiado a menudo. Observen que es en este punto cuando el capítulo comienza a vindicar la santidad del matrimonio. No hay duda de que se trata de un vínculo de la naturaleza sólo para esta vida. No obstante, el Señor lo confirma, limpio de lo que las acreciones que habían entrado para oscurecer su carácter original y apropiado. De este modo, las nuevas revelaciones de la gracia no causan detrimento alguno a lo que Dios había establecido antaño en la naturaleza; sino que, por el contrario, sólo imparten una fuerza nueva y mayor al afirmar el real valor y la real sabiduría de los modos de obrar de Dios, aun en estas cosas más mínimas. Un principio similar es aplicable a los niños, los cuales son presentados a continuación; y la misma cosa  es verdad, de manera sustancial, acerca del carácter natural o moral aquí abajo. A los padres, y a los discípulos, al igual que a los Fariseos, se les muestra que la gracia, precisamente debido a que es la expresión de lo que Dios es para un mundo arruinado, toma nota de lo que el hombre, en su propia dignidad imaginaria, puede considerar como totalmente insignificante. Con Dios nada es imposible, así que nadie, grande o pequeño, es despreciado: todo es visto y colocado en su justo lugar; y la gracia que reprende la soberbia de la criatura, se puede permitir tratar divinamente con el más pequeño al igual que con el más grande.

 

Si existe un privilegio más manifiesto que otro del que nos hemos percatado, es lo que hemos hallado por medio de Jesús y en Jesús, a saber, que nosotros podemos decir que nada es demasiado grande para nosotros, y nada es demasiado pequeño para Dios. Hay espacio también para la abnegación propia más completa. La gracia forma los corazones de aquellos que la comprenden, conforme a la gran manifestación de lo que Dios es, y de lo que el hombre es, asimismo, presentada a nosotros en la Persona de Cristo.  Esto es evidente en la recepción de los niños; pero no se ve tan generalmente en lo que sigue a continuación. El rico joven dignatario no era convertido: lejos de serlo, él no pudo soportar la prueba aplicada por Cristo a causa de Su amor, y, como se nos dice, "se fue triste." Él ignoraba lo que él era porque ignoraba a Dios, e imaginaba que se trataba solamente de que el hombre hiciera el bien para Dios. Él se había esforzado en cuanto a esto, tal como dijo, desde su juventud.: "¿Qué más me falta?" Estaba allí la conciencia acerca del bien no alcanzado, un vacío para el cual él apela a Jesús para que dicho vacío sea llenado. Perder todo por el tesoro celestial, venir y seguir al despreciado Nazareno aquí abajo — ¿qué era esto para compararlo con lo que Jesús había traído a la tierra? Pero ello fue demasiado para el joven. Era la criatura haciendo lo mejor que podía hacer y, aun así, demostrando que él amaba más a las criaturas que al Creador. Jesús, no obstante, reconoció todo lo que podía ser reconocido en él. Después de esto, tenemos en el capítulo la afirmación del impedimento positivo de lo que el hombre considera como bueno. "De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos." (Mateo 19:23 y sucesivos). Esto hizo que ello fuera clara y solamente una dificultad que Dios resuelve. Viene a continuación la jactancia de Pedro, aunque por los demás así como por sí mismo. El Señor, a la vez que demuestra que Él no olvida nada, reconoció todo lo que era de la gracia en Pedro o en el resto, y abriendo, a la vez, la misma puerta a "cualquiera" que abandona lazos naturales y posesiones  por Su Nombre, añade solemnemente, "Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros." De este modo, el punto con el que nos encontramos en la conclusión del capítulo es que mientras todo carácter, toda medida de renunciación por Su Nombre encontrará la recompensa y el resultado más dignos, el hombre puede juzgar tan poco de esto del mismo modo que no puede lograr la salvación. Los cambios inexplicables para nosotros ocurren: " muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros."

 

 

Capítulo 20

 

 

El asunto en el comienzo de Mateo 20 no es la recompensa, sino el derecho y el título de Dios para actuar conforme a Su bondad (Mateo 20: 1 al 16). Él no se va a rebajar a una medida humana. El juez de toda la tierra no sólo hará lo correcto, pero, ¿qué no hará Aquel que da a todos lo bueno? "Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña … Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario." Él mantiene Su derecho soberano para hacer el bien, para hacer lo que Él quiere con los Suyos (Mateo 20:15). La primera de las lecciones es, "muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros." (Mateo 19:30). Se trata claramente del fracaso de la naturaleza, y es lo contrario de lo que se podía esperar. La segunda lección  es, "Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos." (Mateo 20:16). Se trata del poder de la gracia. El agrado de Dios es escoger los postreros para el primer lugar, en detrimento de los más destacados en sus propias fuerzas.

 

Por último, tenemos al Señor reprendiendo la ambición, no sólo de los hijos de Zebedeo, sino en realidad, también la de los diez; ya que, ¿por qué hubo semejante intensidad de indignación contra los dos hermanos? ¿Por qué no hubo dolor y vergüenza por el hecho de haber ellos comprendido tan poco la mente de su Maestro? ¡Cuán a menudo el corazón se muestra a sí mismo, no meramente por lo que nosotros pedimos, sino por los sentimientos fuera de lugar que exhibimos contra otras personas y sus faltas! El hecho es que al juzgar a los demás, nos juzgamos a nosotros mismos. (Mateo 20: 20 al 28).

 

Finalizo aquí esta noche. Ello me lleva a la crisis real, es decir, a la presentación final de nuestro Señor a Jerusalén. Yo me he esforzado, aunque de manera somera, obviamente, y yo siento que de manera muy imperfecta, en presentar hasta ahora el esbozo de Mateo acerca del Salvador, tal como el Espíritu Santo le capacitó para ejecutarlo. En el próximo discurso podemos esperar tener el resto de su Evangelio.

 

 

Capítulo 20: 29 al 34

 

 

Abordamos ahora la presentación final que el Señor hace de Sí mismo a Jerusalén, siguiendo su rastro, no obstante, desde Jericó, es decir, desde la ciudad que había sido, una vez, el baluarte del poder de los Cananeos. (Mateo 20: 29 al 34). El Señor Jesús, presentándose en gracia, en lugar de sellar la maldición que había sido pronunciada sobre dicha ciudad (véase Josué 6), hace que, por el contrario, ella sea testigo de Su misericordia hacia los que eran de Israel y creían. Fue allí que dos ciegos (porque Mateo, como hemos visto, abunda en estas muestras dobles de la gracia del Señor), sentados junto al camino, clamaron, y de manera muy apropiada, "¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!" Ellos fueron guiados y enseñados por Dios. No se trató de una cuestión acerca de la ley, sino estrictamente en su calidad de Mesías. La petición de ellos estaba en absoluto acuerdo con la escena; ellos sintieron que la nación no tenía conciencia de su propia ceguera, y entonces se dirigieron de inmediato al Señor, presentando así al Señor donde el poder divino obró antiguamente. Es notable que, aunque había habido señales y prodigios presentados de vez en cuando en Israel, curaciones milagrosas llevadas a cabo, incluso muertos vueltos a la vida, y leprosos limpiados, aun así nosotros jamás oímos, previamente al Mesías, acerca de devolver la vista al ciego. Los Rabinos sostenían que esto estaba reservado para el Mesías; y ciertamente, yo no estoy al tanto de algún caso que contradiga la noción de ellos. Parece que ellos habían fundamentado esto en la notable profecía de Isaías (Isaías 35). Yo no afirmo que la profecía demuestra que la noción de ellos es verdad, aislando este milagro de los demás; pero es evidente que el Espíritu de Dios relaciona, de manera enfática, la apertura de ojos que no ven con el Hijo de David, como parte de la bendición que el ciertamente difundirá cuando Él venga a reinar sobre la tierra.

 

Lo que más parece aquí, es que el Señor no pospone la bendición hasta Su reinado. Indudablemente, el Señor en esos días estaba presentando señales y muestras del siglo venidero (Hebreos 6:5); y ello fue continuado después por Sus siervos, tal como lo sabemos de la lectura del final del Evangelio de Marcos, los Hechos, etc. Los poderes milagrosos que Él ejercía eran muestras del poder que llenaría la tierra con la gloria de Jehová, expulsando al enemigo, y borrando las huellas de su poder, y haciendo de la tierra el teatro de la manifestación de Su reino aquí abajo. El Señor presenta así la evidencia de que el poder ya estaba en Él, de modo que ellos no necesitaban pasar necesidad debido a que el reino no había llegado aún, en el sentido pleno, evidente, de la palabra. El reino había llegado en aquel entonces en Su Persona, tal como lo dice Mateo (Mateo 12) así como también Lucas (Lucas 11:20). La bendición tardaba menos aún para los hijos de los hombres. La virtud salía a Su toque real: esto, a lo menos, no dependía del reconocimiento de Sus demandas por parte de Su pueblo. Él emprende esta señal de la gracia del Mesías — a saber, la apertura de los ojos de los ciegos — siendo, en sí misma, una señal no insignificante acerca de la verdadera condición de los Judíos, si ellos sólo podían sentir y reconocer la verdad. ¡Desgraciadamente! ellos no buscaron misericordia y sanación de Sus manos; pero si había alguno que Le invocase en Jericó, el Señor oiría. Aquí, entonces, el Mesías responde al clamor de la fe de estos dos ciegos. Cuando la multitud los reprendió para que se callasen, ellos clamaron más. Las dificultades presentadas a la fe sólo aumentaron la energía de los deseos de dicha fe; y entonces ellos clamaron, "¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!" Jesús se detiene, llama a los ciegos, y dice, "¿Qué queréis que os haga?" "Señor, que sean abiertos nuestros ojos." Y fue así conforme a la fe de ellos. Además, se advierte que ellos le siguieron, siendo este detalle la prenda de lo que se hará cuando el pueblo, dentro de poco, reconociendo su ceguera, y volviéndose a Él para obtener ojos, reciban la vista de parte del verdadero Hijo de David para verle a Él en el día de su gloria terrenal.

 

 

Capítulo 21

 

 

Mateo 21. Acto seguido, el Señor entra en Jerusalén conforme a la profecía (Mateo 21: 1 al 11). Él entra en dicha ciudad, no obstante, no en la pompa y la gloria exteriores que las naciones esperan, sino según las palabras del profeta que se cumplen ahora literalmente: el Rey de Jehová sentado en un asna en el espíritu de humillación. Pero incluso en esta cosa misma, se proporcionó la demostración más plena de que Él era Jehová mismo. Desde principio a fin, como hemos visto, se trataba de Jehová-Mesías. La palabra al propietario del asna y del pollino fue, "El Señor los necesita." (Mateo 21:3). Por consiguiente, ante esta petición de Jehová de los ejércitos, toda dificultad desaparece, aunque la incredulidad encuentra allí su piedra de tropiezo. Era verdaderamente el poder del Espíritu de Dios que controlaba su corazón; y en cuanto a Cristo, "a este abre el portero." (Juan 10:3). Dios no dejó nada sin hacer en ningún aspecto, sino que ordenó así que el corazón de este Israelita rindiese un testimonio de que la gracia estaba obrando, pese al pasmo lamentable que dejaba estupefacto al pueblo. Qué bueno es levantar así un testimonio, nunca dejar que falte verdaderamente uno, ni siquiera en el camino a Jerusalén — ¡lamentablemente! el camino a la cruz de Cristo. Esto aconteció, como nos dice el evangelista, para que se cumpliese la palabra del profeta: "Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, Manso [ya que esa mansedumbre era el carácter de Su presentación por ahora], y sentado sobre una asna." Todo debía ser acorde con el Nazareno. Por consiguiente, los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó. Las multitudes, también, obraron de acuerdo a los hechos — una multitud muy grande. Ello no fue, obviamente, más que una acción transitoria, no obstante, esta conmoción de corazones, por medio del Espíritu, fue de Dios para testimonio. No es que ello penetró debajo de la superficie, sino que fue más bien una ola que pasó sobre los corazones de los hombres y que después desapareció. Ellos siguieron clamando, por el momento, "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!" (Aplicando al Señor las congratulaciones del Salmo 118).

 

Jesús, según el relato de nuestro evangelista, entra en el templo y lo limpia. (Mateo 21: 12 al 17). Observen el orden, así como también el carácter, de los acontecimientos. En Marcos, este no es el primer acto que está registrado entre Su inspección de todas las cosas en el templo y Su expulsión de los que los profanaban, sino la maldición de la higuera estéril (Marcos 11: 12 al 19). El hecho es que hubo dos días, o dos ocasiones, en las que la higuera aparece ante nosotros, según el Evangelio de Marcos, el cual nos presenta los detalles de manera más particular que ninguno, no obstante la brevedad del mismo. Mateo, por el contrario, si bien él es tan cuidadoso en proporcionarnos frecuentemente un testimonio doble de los modos de obrar del Señor en gracia hacia Su tierra y Su pueblo, presenta sólo como una ocasión Su trato tanto con la higuera como con el templo. Nosotros no deberíamos saber, de parte del primer evangelista, acerca de algún intervalo en ambos casos; tampoco podríamos enterarnos por medio del primer o del tercer evangelista, salvo que la purificación del templo ocurrió en Su visita anterior. Pero sabemos, de la lectura de Marcos, el cual presenta el relato exacto de cada uno de los dos días (Marcos 11: 1 al 19), que en ninguno de los dos casos todo fue hecho simultáneamente. Esto es mucho más notable porque, en el caso de los dos endemoniados (Mateo 8:28), o de los dos ciegos (Mateo 20:30), Marcos, al igual que Lucas, hablan sólo de un endemoniado y un ciego (Marcos 5:2; Marcos 10:46 y (Lucas 8:27; Lucas 18:35). Nada puede explicar este fenómeno excepto el designio; y mucho más aún ya que no hay terreno para asumir que cada sucesivo evangelista fue mantenido en ignorancia acerca del relato de su predecesor acerca de nuestro Señor. Es evidente que Mateo condensa en uno los dos hechos acerca del templo, así como acerca de la higuera. Yo estoy persuadido, justificadamente, que su ámbito excluía tales detalles, y que ello fue según el pensamiento del Espíritu de Dios. Todo puede ser aún más sorprendente cuando uno observa que Mateo estuvo allí, y Marcos no. Aquel que vio realmente estas transacciones y quien, por tanto, si hubiese sido un mero testigo humano momentáneo se habría detenido peculiarmente acerca de ellas; aquel, también, que había sido un compañero personal del Señor, y por tanto, si hubiese sido sólo un asunto acerca de atesorarlo todo como uno que amaba al Señor, habría sido, hablando de manera natural, aquel de los tres que habría presentado el retrato más amplio y minucioso de la circunstancia, es justamente aquel que no hace nada por el estilo. Se podría haber supuesto que Marcos, no siendo, reconocidamente, un testigo ocular, podría haberse satisfecho con una perspectiva general. El hecho es lo contrario, de manera incuestionable. Este es un rasgo notable, y no solamente aquí, sino en otra parte también. Ello me demuestra que los Evangelios son el fruto del propósito divino en todos, y claramente en cada uno. Esto establece el principio de que, si bien Dios condescendió a emplear un testigo ocular, Él jamás se limitó a ello, sino que, por el contrario, tuvo un pleno y particular cuidado en mostrar que Él está sobre todos los medios de información de la criatura. Así es que en Marcos y Lucas encontramos algunos de los detalles más importantes, pero no en Mateo y Juan, aunque Mateo y Juan fueron testigos oculares, y Marcos y Lucas no lo fueron. Una doble demostración de esto aparece en lo que se ha adelantado recién. Para Mateo, actuando según lo que le fue dado por el Espíritu, no había razón suficiente para entrar en puntos que no guardaban relación con Israel de manera dispensacional. Él, por lo tanto, como a menudo en otra parte, presenta la entrada al templo en su integridad, como siendo el único asunto importante para su objetivo. Cualquier mente juiciosa debe admitir, si no me equivoco mucho, que entrar en detalle sería más bien en detrimento de la grandiosidad del hecho. Este minucioso relato tiene su lugar justo, por otra parte, si se trata del método y de la relación del Señor en Su servicio y testimonio. Aquí, yo quiero conocer los detalles; allá, cada rastro y sombra están llenos de enseñanza para mí. Si yo tengo que servirle a Él, hago bien en aprender y ponderar todas Sus palabras y modos de obrar; y en esto el estilo y el modo del Evangelio de Marcos son invaluables. ¿Quién no siente que los movimientos, las pausas, los suspiros, los gemidos, las miradas mismas del Señor, están llenas de bendición para el alma? Pero, como sucede con Mateo, si el objeto del gran cambio de dispensación (época) posterior al rechazo del Mesías divino (particularmente si el punto, como aquí, no es la extensión de la misericordia venidera, sino, por el contrario, es un juicio solemne y severo sobre Israel), el Espíritu de Dios se satisface con una mención general de la dolorosa escena, sin dar libre curso a ningún relato circunstancial de ello. Es a esto que yo atribuyo la diferencia palpable en este lugar de Mateo, comparado con Marcos, y también con Lucas, el cual omite la maldición de la higuera por completo, y presenta la mención más mínima de la purificación del templo (Lucas 19:45). La noción de algunos hombres, especialmente de unos pocos eruditos, acerca de que la diferencia se debe a la ignorancia por parte de uno, o de otro, o de todos los evangelistas, es la peor de todas las explicaciones, e incluso la menos razonable (por asumir el terreno más bajo); se trata, evidentemente, de la prueba de su propia ignorancia, y el resultado de la incredulidad positiva. Yo creo que lo que he aventurado sugerir es un motivo, y un motivo adecuado para la diferencia; pero nosotros debemos recordar que la sabiduría divina tiene sus profundidades de objetivo que están infinitamente más allá de nuestra habilidad para sondear. A Dios le puede parecer bien dignarse darnos una percepción de lo que hay en Su mente, si somos humildes y diligentes, y dependemos de Él; o Él nos puede dejar en ignorancia acerca de muchas cosas, allí donde somos descuidados y seguros de nosotros mismos; pero yo estoy seguro que los mismos puntos que los hombres establecen como manchas o imperfecciones en la Palabra inspirada están, cuando son comprendidos, entre las más poderosas demostraciones de la guía admirable del Espíritu de Dios. Tampoco hablo con tal seguridad debido a la más mínima satisfacción en algunos conocimientos, sino debido a que toda lección que he aprendido, y aprendo, de la Palabra de Dios, trae consigo la convicción siempre acumulativa de que la Escritura es perfecta. Porque el asunto que nos ocupa es suficiente para producir bastante evidencia de que no fue en ignorancia, sino con pleno conocimiento, que Mateo, Marcos, y Lucas escribieron como lo hicieron. Yo voy más allá, y digo que se trató de la intención divina, más que, como concibo, de algún plan determinado de cada evangelista, el cual puede no haber tenido ante su mente el pleno alcance de lo que el Espíritu Santo le dio para que escribiese acerca de ello. No hay ninguna necesidad para suponer que Mateo diseñó deliberadamente el resultado que tenemos en su Evangelio. La manera en que Dios hizo que todo sucediera es otro interrogante, el cual, obviamente, no nos corresponde responder. Pero el hecho es que el evangelista que estuvo presente, aquel que fue, por consiguiente, un testigo ocular de los detalles, no los presenta; a la vez que uno que no estuvo allí los declara con la mayor particularidad — particularidad minuciosamente armoniosa con el relato de aquel que estuvo allí, pero, sin embargo, con diferencias tan marcadas como sus mutuas corroboraciones. Si nosotros pudiéramos usar correctamente en este caso la palabra 'originalidad', entonces la originalidad está impresa sobre el relato del segundo evangelista. Yo afirmo, entonces, en el más estricto de los sentidos, que el designio divino está impreso sobre cada uno de ellos, y que la consistencia de propósito se encuentra en todas partes en todos los Evangelios.

 

El Señor va, entonces, directamente al santuario. Se trata del regio Hijo de David, destinado a sentarse como Sacerdote sobre Su trono (Zacarías 6:13), la cabeza de todas las cosas sagradas, así como de las que pertenecen a la forma de gobierno de Israel, — podemos entender la razón por la cual Mateo debe describir a Uno semejante visitando el templo de Jerusalén, y la razón por la cual, en lugar de detener, como Marcos, la narración de lo que da testimonio de Su paciente servicio, la escena completa debe ser presentada aquí sin interrupción. Nosotros hemos visto que un principio similar explica el hecho de aunar los hechos de Su ministerio al final del capítulo 4, y presentar como un todo continuo el Sermón en el monte, aunque, si indagamos en los detalles, podemos encontrar muchos y considerables intervalos; puesto que, como indudablemente esos hechos fueron agrupados, así yo creo que fue también entre las partes de aquel sermón. Ello concordaba, no obstante, con el objetivo del Evangelio de Mateo, que era pasar por alto toda mención de estos intervalos, y de este modo, al Espíritu Santo le ha parecido bien entretejer el todo en una hermosa tela del primer Evangelio. De esta manera, como yo creo, podemos, y debemos, explicar la diferencia entre Mateo y Marcos en este particular, sin lanzar, en el más mínimo grado, la sombra de una imperfección sobre uno, así como tampoco sobre el otro; aunque el hecho, ya enfatizado, de ser un testigo ocular, si bien empleado como un siervo, hecho al cual no se le debe permitir jamás gobernar en la composición de los Evangelios, habla en voz alta acerca de que los hombres olvidan a su verdadero Autor al inspeccionar en los escritores que Él empleó, y que la única llave para toda dificultad es la verdad sencilla, pero preponderante, de que Dios estaba comunicando Su pensamiento acerca de Jesús, por medio de Mateo, así como también de Marcos.

 

A continuación, el Señor obra de acuerdo con la Palabra. Él encuentra a hombres vendiendo y comprando en el templo (es decir, en sus edificios), vuelca sus mesas, y a ellos los expulsa, pronunciando las palabras de los profetas, tanto de Isaías como de Jeremías. Pero hay, a la vez, otro rasgo señalado aquí: solamente los ciegos y los cojos (los "aborrecidos del alma de David" - 2º. Samuel 5:8), aquellos de los que el Hijo y Señor mayor que David se compadeció, encuentran un amigo en vez de un enemigo en Aquel que los amó, el verdadero amado por Dios. Así, a la vez que Él mostro su aborrecimiento y justa indignación por los codiciosos profanadores del templo, Su amor fluía para los afligidos en Israel. Vemos, entonces, a los principales sacerdotes y a los escribas ofendidos por las aclamaciones de la multitud y de los muchachos, y volviéndose en tono de reproche al Señor, el cual permitía que semejante bienvenida real le fuese tributada. Pero el Señor toma calmadamente Su lugar conforme a la segura Palabra de Dios. No es Deuteronomio lo que está ahora ante Él (esa Escritura la había citado Él cuando fue tentado por Satanás al comienzo de Su carrera). Pero ahora, como ellos se habían apropiado de las palabras del Salmo 118 (¿y quién dirá que ellos estaban equivocados?), el Señor aplica del mismo modo a ellos (y yo digo que Él estuvo infinitamente en lo correcto), así como también a Él mismo, el lenguaje del Salmo 8 (Mateo 21:16). Su verdad central es la entrada del Mesías rechazado, el Hijo del Hombre, por medio de la humillación y el padecimiento hasta la muerte, en la gloria celestial y en el dominio sobre todas las cosas. Y este era justamente el punto que estaba ante el Señor: los niños estaban así en la verdad y en el espíritu de aquel oráculo. Ellos eran niños que mamaban, de cuya boca fue ordenada la alabanza para el Mesías despreciado, pronto para estar en el cielo, exaltado allí y predicado aquí como Aquel una vez crucificado, y ahora glorificado Hijo del Hombre. ¿Qué pudo ser más apropiado para aquel momento, qué es más profundamente verdadero para todos los tiempos, sí, en efecto, para la eternidad?

 

Mateo, como hemos visto, aúna en una escena toda mención de la higuera (Mateo 21: 18 al 22), sin distinguir la maldición pronunciada en un día, de la manifestación de su cumplimiento en el día siguiente (véase Marcos 11: 12 al 14 y Marcos 11: 20 y 21). ¿Fue ello sin una importancia moral? ¿Comunicaba la noción de una recepción cordial y verdadera del Mesías, con frutos dignos para Su mano, el cual se había ocupado de ella  por tan largo tiempo, y que no había fallado en su cuidado y cultivo? ¿Había allí algo que respondiese a la bienvenida de los muchachos que clamaban "¡Hosanna!", siendo ello el tipo de lo que la gracia efectuará en el día de Su regreso, cuando la nación misma asumirá, con satisfacción, con agradecimiento, el lugar de los niños y de los que maman, y encontrarán su mejor sabiduría en reconocer así a Aquel al cual sus padres rechazaron, el Hombre exaltado, acto seguido, al cielo, durante la noche de incredulidad de Su pueblo? Mientras tanto, otra imagen se adapta mejor a ellos: el estado y la ruina de la higuera estéril. ¿Por qué desdeñaban tanto a la multitud jubilosa, a los muchachos gozosos? ¿Cuál era su condición delante de los ojos de Aquel que veía todo lo que pasaba en sus mentes? Ellos no eran mejores que la higuera, esa higuera solitaria que se presentó ante los ojos del Señor cuando sale de Betania, para entrar una vez más en Jerusalén. Como ella, ellos estaban llenos de promesa; y al igual que su abundante follaje, ellos no carecían de una buena profesión, pero no había fruto. Lo que hacía que su esterilidad fuese evidente era el hecho de que no era aún el tiempo de higos. Por tanto, los higos inmaduros, el indicio de la cosecha, debían haber estado allí. Si la temporada de higos había llegado, el fruto podía haber sido ya recogido; pero, no habiendo llegado aún esa temporada, más allá de la controversia, la promesa de la cosecha venidera debería, y de hecho debe, haber estado aún allí, en el caso de haber dado realmente algún fruto. Esto, por tanto, representaba demasiado verdaderamente lo que el Judío, lo que la nación, eran a los ojos del Señor. Él había venido a buscar fruto; pero no hubo ninguno; y el Señor pronunció la maldición, "Nunca jamás nazca de ti fruto." (Mateo 21:19). Y así es. Ningún fruto surgió jamás de esa generación. Debe haber otra generación; un cambio total debe ser llevado a cabo si ha de haber producción de fruto. El fruto de justicia puede ser sólo por medio de Jesús para la gloria de Dios; y aun así, ellos despreciaron  a Jesús. No se trata de que el Señor abandonará a Israel, sino que Él creará una generación venidera, completamente diferente de la actual que rechazó a Cristo. Se verá que semejante asunto es insinuado, si comparamos la maldición de nuestro Señor con el resto de la Palabra de Dios, que señala mejores cosas reservadas aún para Israel.

 

Pero Él añade más que esto. No se trataba solamente de que el Israel de aquel día debía dejar de existir así, dando lugar a otra generación, cuyos componentes, honrando al Mesías, llevarán fruto para Dios, sino que Él dice a los discípulos maravillados que, si ellos tuvieran fe, el monte se echaría en el mar. Parece que esto va más allá de la desaparición de Israel como responsable de ser un pueblo que lleva fruto; ello implica que su forma de gobierno completa es disuelta, ya que el monte es igualmente el símbolo de poder en la tierra, un poder mundial establecido, así como la higuera es el indicio especial de Israel como responsable de producir fruto para Dios. Y es evidente que ambas figuras han sido verificadas abundantemente. Israel deja de existir de momento. Después de un intervalo que no es largo, los discípulos vieron a Jerusalén no sólo tomada, sino completamente arrancada, por así decirlo, desde las raíces. Los Romanos vinieron como los ejecutores de la sentencia de Dios (según los justos presentimientos del injusto sumo sacerdote Caifás, el cual profetizó no sin el espíritu Santo - véase Juan 11), y despojaron el lugar y la nación de ellos, no debido a lo que ellos no hicieron, sino a lo que hicieron, a saber, mataron a Jesús su Mesías. Esta ruina total del estado Judío vino a suceder, de manera notable, cuando los discípulos habían crecido en número hasta llegar a ser un testimonio público para el mundo, antes de que todos los apóstoles fuesen sacados de la tierra; entonces su forma de gobierno completa se hundió y desapareció cuando Tito saqueó Jerusalén, y vendió y dispersó al pueblo hasta los confines de la tierra. Yo no tengo duda alguna acerca de que el Señor tuvo la intención que nosotros conociéramos el desarraigo del monte, tanto como el marchitarse de la higuera. Lo último puede ser la aplicación más sencilla de los dos ejemplos, y es, evidentemente, más familiar para el pensamiento común; pero parece que no hay una razón real para poner en duda el hecho de que si lo uno es de significado simbólico, así también lo es lo otro. Independientemente de cómo puede ser esto, estas palabras del Señor cierran esa parte del tema.

 

Comenzamos ahora una nueva serie en el resto de este capítulo y en el siguiente. Los religiosos principales vienen ante el Señor para plantear la primera pregunta que entra siempre en la mente de semejantes hombres (Mateo 21:23 y sucesivos). "¿Con qué autoridad haces estas cosas?" Nada es preguntado más fácilmente por aquellos que asumen que su propio título es irrecusable. Nuestro Señor les responde mediante otra pregunta, la cual pronto revela cuán completamente ellos mismos, en lo que era incomparablemente más serio, fallaban en cuanto a competencia moral. ¿Quiénes eran ellos para plantear la pregunta acerca de Su autoridad? Como guías de religión, ellos, ciertamente, debían ser capaces de decidir eso que era de la importancia más profunda para sus propias almas, y para las de aquellos cuyo cuidado espiritual ellos asumían. La pregunta que Él formula involucraba, de hecho, la respuesta a la de ellos; ya que si ellos le hubieran respondido en verdad, esto habría decidido de inmediato con qué y por autoridad de quién Él actuaba como lo hacía. "El bautismo de Juan, ¿de dónde era?" [pregunta el Señor], "¿Del cielo, o de los hombres? No había resolución, no había temor de Dios, en estos hombres tan llenos de palabras infladas y autoridad ficticia. Por consiguiente, en lugar de ser ella una respuesta desde la conciencia declarando la verdad como ella era, ellos únicamente "discutían" acerca de cómo escapar del dilema. La única pregunta delante de sus mentes era, ¿qué respuesta sería políticamente correcta? ¿Cómo librarse mejor de la dificultad? ¡Vana esperanza con Jesús! La innoble respuesta a la que se vieron obligados es, "No sabemos." Ello fue una falsedad: pero, ¿qué entonces, dónde estaba la preocupación por los intereses de la religión y su orden propio? Entonces, ellos responden sin rubor al Salvador, "No sabemos"; y el Señor recalca Su respuesta con calmada dignidad — no dice 'Yo no puedo decir', sino, "Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas." Jesús sabía, y puso al descubierto, los recursos secretos del corazón; y el Espíritu de Dios lo registra aquí para nuestra enseñanza. Se trata del auténtico tipo universal de líderes mundanos de la religión en conflicto con el poder de Dios. "Si decimos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? Y si decimos, de los hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta." Si reconocían a Juan, ellos debían inclinarse ante la autoridad de Jesús; si rechazaban a Juan, ellos temían al pueblo. Fueron silenciados de este modo; ya que no arriesgarían una pérdida de influencia con el pueblo, y estaban determinados, a toda costa, a negar la autoridad de Jesús. Todo lo que les importaba era: ellos mismos.

 

El Señor continúa y atiende, mediante una parábola, a una cuestión más amplia que la de los gobernantes, ampliando gradualmente el alcance, hasta que Él termina estas enseñanzas en Mateo 22:14. Él se refiere, en primer lugar, a hombres pecadores donde la conciencia natural obra, y donde la conciencia ha desaparecido. Esto es peculiar a Mateo, "Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, vé hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo [y tal es la aplicación]: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle." (Mateo 21: 28 al 32). Pero Él no se satisfizo con tocar así la conciencia en una manera que era bastante dolorosa para la carne, ya que ellos encontraron que, pese a la autoridad, o a cualquier otra cosa, los que más profesaban, si eran desobedientes, eran considerados peores que los más depravados, los cuales se arrepintieron e hicieron la voluntad de Dios.

 

El Señor considera, a continuación, al pueblo entero, y los considera desde el comienzo de sus relaciones con Dios. En otras palabras, Él nos presenta, en esta parábola (Mateo 21:33 y sucesivos), la historia de los tratos de Dios con ellos. Ello no fue, en ninguna manera, por así decirlo, la circunstancia accidental de cómo se portaron ellos en una generación particular. El Señor presenta claramente lo que ellos habían sido desde el principio, y lo que eran en aquel entonces. En la parábola de la viña, ellos son probados como responsables en vista de las demandas de Dios, el cual los había bendecido desde el principio con privilegios sumamente abundantes. Luego, en la parábola de la fiesta de bodas del hijo del rey (Mateo 22: 1 al 14), nosotros vemos lo que ellos eran, como probados por la gracia o el evangelio de Dios. Estos son los dos temas de las parábolas siguientes.

 

El padre de familia, el cual arrienda su viña a labradores, muestra a Dios tratando al Judío, sobre el terreno de bendiciones conferidas abundantemente sobre él. Por consiguiente, tenemos, en primer lugar, a siervos enviados, y después más siervos, — no sólo en vano, sino con insulto y aumento de agravio. Entonces, finalmente envía a Su Hijo, diciendo, "tendrán respeto a mi hijo." Esto brinda la ocasión para el pecado culminante de ellos — el absoluto rechazo de todas las demandas divinas, en la muerte del Hijo y Heredero; ya que "tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron." "Cuando venga, pues, el señor de la viña," Él pregunta, "¿qué hará a aquellos labradores?" Ellos le dicen, "A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo."

 

El Señor pronuncia, por tanto, conforme a la Escritura, no dejándolo meramente a la respuesta de la conciencia: "¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, Ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, Y es cosa maravillosa a nuestros ojos?" A continuación, Él aplica más esta predicción acerca de la piedra, relacionando, parecería, la alusión en el Salmo 118 con la profecía de Daniel 2. El principio, a lo menos, es aplicado al caso que está bajo consideración, y, no necesito decirlo, con verdad y belleza perfectas; puesto que en aquel día, los Judíos apóstatas serán juzgados y destruidos, así como también lo serán los poderes Gentiles. La piedra se iba a encontrar en dos posiciones. Una es aquí en la tierra — la humillación, a saber, del Mesías. Sobre esa Piedra, humillada así, la incredulidad tropieza y cae. Pero, por otra parte, cuando la Piedra es exaltada, otro asunto sigue a continuación; porque "la Roca de Israel" (Génesis 49:24), el Hijo del Hombre glorificado, descenderá en juicio implacable, y aplastará, a la vez, a Sus enemigos. Cuando oyeron esto, los principales sacerdotes y los fariseos, entendieron que hablaba de ellos.

 

 

Capítulo 22

 

 

El Señor acude, sin embargo, en la parábola siguiente, al llamamiento de la gracia. (Mateo 22: 1 al 14). Se trata de una semejanza del reino de los cielos. Nosotros estamos aquí sobre un terreno nuevo. Es sorprendente ver esta parábola introducida aquí. En el evangelio de Lucas hay una similar aunque sería demasiado afirmar que se trata de la misma. Es cierto que se encuentra una parábola análoga, pero en una relación totalmente diferente. Además, Mateo añade varios detalles peculiares a él mismo, y que concuerdan completamente con el deseo del Espíritu por medio de él; así como encontramos también en Lucas sus características propias. Por tanto, hay una muestra notable de gracia y amor por los pobres despreciados en Israel; luego, además, tenemos ese amor ampliando su esfera, y saliendo a los caminos y vallados para hacer entrar a los pobres que estaban allí — los pobres en la ciudad — los pobres en todas partes. Yo no necesito decir cuán minucioso en carácter es todo esto (Lucas 14: 15 al 24). Aquí, en Mateo, no sólo tenemos la gracia de Dios, sino una especie de historia, abarcando asombrosamente la destrucción de Jerusalén, sobre lo cual Lucas guarda aquí silencio. "El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo." No es meramente un hombre haciendo una fiesta para los que nada tienen — eso lo tenemos plenamente en Lucas; sino que aquí es más bien el rey aplicándose a la glorificación de su hijo. "Y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas éstos no quisieron venir. Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas." Hay aquí dos misiones encomendadas a los siervos del Señor: una durante Su vida; la otra después de Su muerte. En la segunda misión, no en la primera, se dice, "Todo está dispuesto." (Mateo 22:4). El mensaje, como siempre, es despreciado. "Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios." Fue la segunda vez, cuando hubo esta invitación muy amplia que no dejaba excusa alguna para el hombre, que ellos no sólo no vendrían, yéndose cada uno a su granja, y el otro a su comercio, sino que "otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron." Este no fue el carácter de la recepción dada a los apóstoles durante la vida de nuestro Señor, sino que es exactamente lo que ocurrió después de Su muerte. Acto seguido, si bien en paciencia maravillosa, la calamidad fue suspendida durante años, pero, no obstante, por fin llegó el juicio. "Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad." Esto, obviamente, finaliza esta parte de la parábola como prediciendo un trato providencial de Dios; pero, además, siendo así judicial según un tipo del cual no encontramos nada parecido en el evangelio Lucas (es decir, en lo que responde a ello), como es habitual, el gran cambio de dispensación (época) es mostrado mucho más distintivamente que en Lucas. Está más bien allí la idea de la gracia que comenzaba con uno echando fuera a los invitados, y una exposición muy completa de sus excusas en un punto de vista moral, seguida por la segunda misión a las calles y callejones de la ciudad (Lucas 14:21 – LBLA), a buscar a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y finalmente, a los caminos y a los vallados, forzándoles a entrar para que se llene la casa. En Mateo, ello es mucho más en un aspecto dispensacional; y por eso es que los tratos con los Judíos, tanto en misericordia como en juicio, son presentados en primer lugar como un todo, según su manera, lo cual proporciona de golpe, por así decirlo, un esquema completo. Ello es más manifiesto aquí, porque nadie puede negar que la misión a los Gentiles fue mucho antes de la destrucción de Jerusalén. Luego, la parte Gentil es anexada a ella. "Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos. Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis. Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados." Pero hay una cosa adicional que es sacada aquí a la luz en una manera muy clara. En Lucas, no tenemos ningún juicio pronunciado o ejecutado al final sobre aquel que vino a la fiesta sin el debido vestido. En Mateo, tal como vimos el trato providencial con los Judíos, encontramos, del mismo modo, la escena final descrita muy particularmente, cuando el rey juzga individualmente en el día que está por venir. No se trata de una calamidad externa o nacional, aunque eso también lo tenemos aquí — un acontecimiento providencial en relación con Israel. Bastante diferente, pero consistente con eso, nosotros tenemos una valoración hecha por Dios de la profesión Gentil, de los que llevan ahora el Nombre de Cristo, pero que no se han revestido realmente de Cristo (Mateo 22: 11 al 14). Tal es la conclusión de la parábola: nada más apropiado, al mismo tiempo, que este retrato, peculiar a Mateo, que representa la enorme posibilidad que los Gentiles tienen al alcance, y los tratos de Dios con ellos individualmente por el abuso que hacen ellos de Su gracia. La parábola ilustra el cambio de dispensación (época) que viene. Ahora bien, esto se corresponde más con el designio de Mateo, que con el de Lucas, con el cual encontraremos que, de manera habitual, se trata de una cuestión acerca de rasgos morales, los cuales el Señor puede brindar la oportunidad de exhibirlos en otro momento.

 

Después de esto aparecen las varias clases de Judíos — los Fariseos antes que nada, y, ¡extrañas asociaciones! los Herodianos (Mateo 22: 15 al 22). Ellos eran, como dicen los hombres, enemigos naturales. Los Fariseos eran el grupo eclesiástico eminente; los Herodianos, por el contrario, eran el grupo inferior, mundano y cortesano; los primeros eran los rigurosos que insistían mucho en la religión y la justicia según la ley; los últimos eran los que consentían a los poderes que existían en aquel entonces, para conseguir cualquier cosa en la tierra. Tales aliados se unían ahora hipócritamente contra el Señor. El Señor los enfrenta con esa sabiduría que resplandece siempre en Sus palabras y modos de obrar. Ellos le preguntan, "¿Es lícito dar tributo a César, o no?" "Mostradme", Él dice, "la moneda del tributo . . . . . Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios." El Señor trata así con los hechos tal como se le presentaban en aquel entonces. La pieza de dinero que ellos presentaron demostraba su sometimiento a los Gentiles. Fue el pecado de ellos lo que los situó allí. Ellos se angustiaban bajo sus amos; pero aun así, estaban bajo amos extranjeros; y ello era debido a su pecado. El Señor no sólo los confronta con el testimonio innegable de su sometimiento a los Romanos, sino también con una acusación aún más grave, a saber, que ellos habían pasado enteramente por alto las demandas de Dios, así como las de César. "Dad, pues, a César lo que es de César." Paguen, pues, a César lo que se le debe. Pero no olviden de dar "a Dios lo que es de Dios. El hecho era que ellos aborrecían a César solamente menos de lo que aborrecían al Dios verdadero. El Señor los dejó, por tanto, bajo las reflexiones y confusiones de sus propias conciencias culpables.

 

A continuación, el Señor es asediado por otro gran grupo (Mateo 22: 23 al 33). "Aquel día vinieron a él los saduceos" — los más opuestos a los Fariseos en doctrina, tal como los Herodianos lo eran en política. Los Saduceos negaban la resurrección, y plantean un caso que, para su pensamiento, involucraba dificultades insuperables. ¿A quién pertenecería, en ese estado de resurrección, una mujer que había estado casada sucesivamente aquí con siete hermanos? El Señor no cita la Escritura más clara acerca de la resurrección; Él hace lo que, en las circunstancias, es mucho mejor; Él apela a lo que ellos mismos profesaban reverenciar más que todo. Para los Saduceos, no había ninguna parte de la Escritura que poseyera tal autoridad como el Pentateuco, o los cinco libros de Moisés. Él demostró, entonces, a partir de Moisés, la resurrección; e hizo esto en la forma más sencilla posible. Todos — su propia conciencia — deben aceptar que Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos. Por lo tanto, si Dios se llama a Sí mismo el Dios de Abraham, Isaac, y Jacob, ello no es una cosa sin significado. Refiriéndose mucho tiempo después a sus padres que habían fallecido, Él habla de Sí mismo como estando en relación con ellos. Entonces, ¿no estaban ellos muertos? Pero, ¿todo había terminado? No era así. Pero mucho más que eso — Él habla como Uno que no solamente tenía relaciones con ellos, sino que les había hecho promesas, que nunca se habían cumplido aún. Entonces, o bien Dios debía resucitarles de los muertos, para cumplir Sus promesas a los padres; o Él podía no cuidarse de mantener Sus promesas. ¿Fue a esto último a lo que ascendía la fe de ellos en Dios, o más bien la falta de fe? Negar la resurrección es, por lo tanto, negar la promesa, y la fidelidad de Dios, y en verdad, a Dios mismo. El Señor, por consiguiente, los reprende acerca de este principio reconocido, de que Dios era el Dios de los vivos, no de los muertos. Hacer que Él sea el Dios de los muertos habría sido negar realmente que Él es Dios en absoluto: sería, igualmente, hacer que Sus promesas no tengan valor o estabilidad. Dios, por tanto, debe resucitar a los padres para cumplir con Su promesa a ellos; porque ellos, ciertamente, jamás obtuvieron las promesas en esta vida. La locura de sus pensamientos fue también evidente en esto: en que la dificultad presentada era completamente irreal — existía solamente en la imaginación de ellos. El casamiento no tiene nada que ver con el estado de resurrección: ellos ni se casan, ni se darán en casamiento allí, sino que son como los ángeles de Dios en el cielo. Así, sobre sus propios terrenos negativos de objeción, ellos estaban por completo en el error. Positivamente, como hemos visto, ellos estaban igualmente equivocados; porque Dios debe resucitar a los muertos para cumplir Sus propias promesas. No hay ahora nada en este mundo que testifique dignamente acerca de Dios, excepto solamente lo que es conocido para la fe; pero si ustedes hablan de la exhibición de Dios, y la manifestación de Su poder, ustedes deben esperar hasta la resurrección. Los Saduceos no tenían fe alguna, y de ahí que estuviesen en total error y total ceguera: "Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios." Por tanto, era eso lo que ellos, rehusando creer, eran incapaces de comprender. Cuando llegue la resurrección, será evidente para todo ojo. Por consiguiente, esta era la razón de la respuesta de nuestro Señor; y las multitudes se admiraban de Su doctrina.

 

Aunque los Fariseos no lamentaban el hecho de encontrar al grupo gobernante de aquel entonces, a saber, los Saduceos, hechos callar, uno de ellos, intérprete de la ley, tentó al Señor en un asunto de cercano interés para ellos. "Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?" (Mateo 22:34). Pero Él, el cual vino lleno de gracia y verdad, nunca rebajó la ley, y presenta de inmediato la suma y la sustancia de ella en sus dos partes — hacia Dios y hacia el hombre.

 

Llegó el momento, sin embargo, para que Jesús plantease Su pregunta, extraída del Salmo 110. Si Cristo es, declaradamente, hijo de David, ¿cómo es que David, en el Espíritu, le llama Señor, diciendo, "Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?" La verdad completa de Su posición se encuentra aquí. Ello estaba a punto de ser realizado; y el Señor puede hablar de las cosas que no eran, como si fueran. Ese fue el lenguaje de David el rey en palabras inspiradas por el Espíritu Santo. ¿Cuál era ahora el lenguaje, el pensamiento, del pueblo, y por quién era inspirado? ¡Qué lamentable! Fariseos, intérpretes de la ley, Saduceos — se trataba sólo de una cuestión de infidelidad en variadas formas; y la gloria del Señor de David era aún más trascendental que los muertos resucitando conforme a la promesa. Créase o no, el Mesías estaba a punto de tomar Su asiento a la diestra de Jehová. Ellas eran — de hecho, ellas son — preguntas decisivas: ¿Si el Cristo es hijo de David, cómo es que Él es Señor de David? Se trata del punto de inflexión de la incredulidad en todas las épocas, ahora como antes, el tema continuo del testimonio del Espíritu Santo, la piedra de tropiezo habitual del hombre, nunca tan vano como cuando aspira a ser el más sabio, o intenta sondear, mediante su propio ingenio, el insondable misterio de la Persona de Cristo, o negar que hay en esa Persona algún misterio en absoluto. Se trataba de la razón misma de la incredulidad Judía. Era la gran verdad capital de todo este evangelio de Mateo, a saber, que Aquel que era Hijo de David, el Hijo de Abraham, era realmente Emanuel, y Jehová. Ello había sido demostrado en Su nacimiento, demostrado a través de Su ministerio en Galilea, demostrado ahora en Su última presentación en Jerusalén. "Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más." Esa era la posición de ellos en presencia de Aquel que estaba, tan pronto, a punto de tomar Su asiento a la diestra de Dios; y cada uno permanece allí hasta este día. Silencio terrible, incrédulo, de Israel despreciando su propia ley, despreciando a su propio Mesías, Hijo de David y Señor de David, ¡gloria Suya, vergüenza de ellos!

 

 

Capítulo 23

 

 

Pero si el hombre estaba en silencio, el lugar del Señor no era meramente cuestionar sino dictaminar; y en Mateo 23, el Señor dictamina Su sentencia sobre Israel muy solemnemente. Fue un mensaje tanto para la multitud como para los discípulos, con ayes para los escribas y fariseos. El Señor dio plenamente Su sanción, por el momento, a esa clase de mensaje mezclado, suministrando, al parecer, no meramente para los discípulos, sino para el remanente en un día futuro, el cual tendrá este lugar ambiguo; se trata, por una parte, de creyentes en Él, y por la otra, de creyentes que están, no obstante, llenos además de esperanzas Judías y asociaciones Judías. Me parece que esta es la razón por la que el Señor habla en una manera tan notablemente diferente de la que se obtiene en la Escritura. "En la cátedra de Moisés se sientan los escribas", Él dice, "y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres." (Mateo 23: 2 al 5). El principio es aplicado plenamente en aquel entonces, tal como lo será en el día postrero, entrando, entre tanto, la escena de la Iglesia como un paréntesis. La idoneidad de semejante enseñanza para este evangelio de Mateo es también obvia, ya que, de hecho, sólo se encuentra aquí. Por otra parte, nuestras almas se mostrarían reacias ante la noción de que lo que nuestro Señor enseñaba tendría solamente una aplicación pasajera. No es así; dicha enseñanza tiene un valor permanente para Sus seguidores; salvo solamente que los privilegios especiales conferidos a la Iglesia, la cual es Su cuerpo, modifiquen el caso, y, simultáneamente con esto, por la puesta a un lado, entre tanto, del pueblo y el estado de cosas Judíos. Pero así como estas palabras se aplicaban literalmente entonces, del mismo modo, yo entiendo, será en un día futuro. Si esto es así, ello preserva la dignidad del Señor como el gran Profeta y Maestro, en su verdadero lugar. En el último libro del Nuevo Testamento tenemos una combinación de rasgos similar, cuando la Iglesia habrá desaparecido de la tierra; es decir, el guardar los mandamientos de Dios y tener la fe de Jesús (Apocalipsis 14:12). Así que aquí, los discípulos de Jesús son exhortados a prestar atención a lo que les imponían los que se sentaban en la cátedra de Moisés — a seguir lo que ellos enseñaban, no lo que ellos hacían. En la medida que ellos exponían los mandamientos de Dios, ello era obligatorio. Pero la práctica de ellos debía ser un faro, no una guía. Sus objetivos eran ser vistos por los hombres, el orgullo del lugar, el honor en público y en privado, títulos altisonantes, en abierta contradicción a Cristo y a esa palabra Suya repetida a menudo, "el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido." Sin embargo, obviamente, los discípulos tenían la fe de Jesús.

 

El Señor profiere [*], a continuación, ay tras ay contra los escribas y fariseos (Mateo 23:13 y sucesivos). Ellos eran hipócritas. Excluían la nueva luz de Dios, a la vez que eran celosos, más de la medida, por sus propios pensamientos; socavaban la conciencia mediante su casuística, a la vez que insistían acerca de la más minuciosa repetición en lo ceremonial; insistían en la limpieza exterior, a la vez que estaban llenos de rapiña e intemperancia; y si sólo podían parecer rectamente limpios por fuera, no temían estar llenos, por dentro, de hipocresía e iniquidad.

 

[*] Los textos más antiguos, representados por el Codex Vaticanus, el Códex Sinaiticus, el Bezae Cantabrigiensis que se conserva en la Universidad de Cambridge en el Reino Unido, el Codex Regius que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia en París, (siendo el C. defectuoso, así como el Alejandrino,), y el Codex Dublinensis, omiten el versículo 14, el cual puede haber sido insertado de Marcos 12:40 y Lucas 20:47. Esto deja la serie completa de siete ayes.

 

Finalmente, sus monumentos en honor a los profetas que habían sido muertos y a los pasados hombres ilustres, eran más bien un testimonio de la relación de ellos, no con los justos, sino con los que los mataban. Sus padres mataron a los testigos de Dios que, mientras vivían, los condenaban; ellos, los hijos, sólo edificaban a la memoria de ellos cuando ya no había ningún testimonio presente alguno a sus conciencias, y sus honores sepulcrales proyectarían un halo alrededor de ellos mismos.

 

Así es la religión mundana y sus líderes: las grandes obstrucciones al conocimiento divino, en vez de vivir sólo para ser sus canales de comunicación; estrechos, allí donde ellos debían haber sido amplios; fríos y tibios para Dios, fervientes sólo para el yo; sofistas atrevidos, donde las obligaciones divinas estaban bajo una espesa capa, y puntillosos leguleyos en los detalles más pequeños, colando el mosquito y tragando el camello; ansiosos sólo por lo externo, temerarios en cuanto a todo lo que yacía oculto debajo. La honra que ellos tributaban a los que habían padecido en tiempos pasados, era la demostración de que ellos no eran sus sucesores, sino que eran los sucesores de sus enemigos, los verdaderos sucesores legítimos de los que mataron a los amigos de Dios. Los sucesores de los que habían padecido antaño por Dios, son los que padecen ahora; los herederos de sus perseguidores les pueden edificar sepulcros, erigir estatuas, fundir placas conmemorativas monumentales, rendirles cualquier honor concebible. Cuando ya no existe el testimonio de Dios que traspasa el corazón obstinado, cuando los que lo rinden ya no están más allí, los nombres de estos santos, o profetas, que han partido, se convierten en un medio de conseguir una reputación religiosa para ellos mismos. Falta la aplicación inmediata de la verdad, la espada del Espíritu ya no está en las manos de los que la esgrimían tan bien. Por el contrario, honrar a los que han fallecido es el medio más barato para adquirir crédito para los hombres de esta generación. Es aumentar el gran capital de la tradición de los que una vez sirvieron a Dios, pero que ya no están, cuyo testimonio ya no es más un aguijón para los culpables. De este modo, es evidente que, puesto que el testimonio de ellos comienza en la muerte, así también lleva sobre él el sello certero de la muerte. ¿Escribieron ellos mismos acerca del progreso de la era? ¿Pensaban y decían ellos, "Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas."? ¡Cuán poco conocían ellos sus corazones! Su juicio estaba cerca. El carácter real de ellos aparecería pronto, hipócritas como eran, y una generación de víboras: ¿cómo podrían escapar ellos de la condenación del infierno?

 

"Por tanto, he aquí", Él dice, después de exponerlos y denunciarlos así, "yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad." (Mateo 23:34). Esto es, de manera muy eminente, un carácter Judío y una circunstancia Judía de persecución; ya que el objetivo era el retributivo, "para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación." Con todo, tal como el bendito Señor, después de pronunciar ayes sobre Corazín, Betsaida, y Capernaum (Mateo 11: 20 al 24), que habían rechazado Sus palabras y obras, se volvió de inmediato a los recursos infinitos de la gracia, y desde la profundidad de Su propia gloria introdujo el secreto de mejores cosas para los pobres y necesitados, así fue que aun en este momento, justo antes de que Él pronunciara estos ayes (tan solemnes y fatales para los orgullosos guías religiosos de Israel), Él había llorado, tal como sabemos de Lucas 19, sobre la ciudad culpable, fuera de la cual, al igual que Sus siervos, el Señor de ellos no podía perecer. Aquí, nuevamente, ¡cuán verdaderamente Su corazón estaba hacia ellos! "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta." No es 'yo dejo', sino, "vuestra casa os es dejada desierta"; "Porque os digo que desde ahora no me veréis [¡qué amargura de miseria es la de ellos — el Mesías, el propio Jehová, rechazando a los que le rechazaban!], hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor."

 

 

Capítulo 24

 

 

Hemos tenido así a nuestro Señor presentándose a Sí mismo como Jehová el Rey; hemos tenido las varias clases de Judíos planteándose juzgarle a Él, en realidad, siendo  ellos mismos juzgados por Él. Queda otra escena de gran interés, que se une a Su despedida a la nación recién mencionada. Se trata de su última comunicación a los discípulos en vista del futuro; y Mateo presenta esto en una manera muy completa y muy profusa. Sería vano intentar una exposición de este discurso profético dentro de mis límites asignados de tiempo. Por lo tanto, yo sólo examinaré apresuradamente ahora su superficie, justo lo suficiente para indicar sus 'líneas maestras' y, especialmente, sus rasgos distintivos. Es evidente que la mayor integridad exhibida aquí, la cual trasciende lo que aparece en cualquier otro Evangelio, es conforme a un designio especial. En el Evangelio presentado por el otro apóstol, Juan, no hay ni una palabra acerca de ello. Marcos presenta muy particularmente su informe en relación con el testimonio de Dios, tal como yo espero mostrar cuando lleguemos a ese punto (Marcos 13). En Lucas hay una diferenciación especial al mencionar a los Gentiles, y sus tiempos de supremacía durante el largo período de la degradación de Israel (Lucas 21). Además, es solamente en Mateo donde nosotros encontramos una alusión directa a la cuestión del fin del siglo (o de la era). La razón es evidente. Esa consumación es la gran crisis para los Judíos. Mateo, escribiendo para Israel, bajo la instrucción del Espíritu Santo, en vista tanto de las con secuencias de su pasada infidelidad como de esa crisis futura, proporciona igualmente la pregunta trascendental y la respuesta especial del Señor a ella. Esta es, asimismo, la razón por la que Mateo difunde lo que no encontramos ni en Marcos, ni en Lucas, a lo menos en esta relación. Nosotros tenemos aquí muy exhaustivamente la parte Cristiana, tal como me parece (es decir, lo que pertenece a los discípulos, vistos como profesando el Nombre de Cristo cuando Israel le rechazó. Esto se adapta a la perspectiva de Mateo acerca de la profecía; y la razón es clara. Mateo no nos muestra sólo las consecuencias del rechazo del Mesías por parte de Israel, sino el cambio de dispensación (época), o lo que seguiría a la fatal oposición de ellos a Uno que era su Rey, en efecto, no sólo Mesías, sino Jehová. Las consecuencias iban a ser, no podían sino ser, de suma importancia; y el Espíritu registra aquí, por medio de Mateo, esta porción de la profecía del Señor, de manera muy apropiada a Su propósito. ¿No transformaría Dios el rechazo Judío de esa Persona gloriosa en algún relato maravilloso y adecuado? Por consiguiente, esto es lo que encontramos aquí. El orden, aunque es diferente de lo que se obtiene en otra parte, es regulado por la sabiduría perfecta. Antes que nada, se habla de los Judíos, o de los discípulos representándolos, donde ellos estaban en aquel entonces (Mateo 24: 1 al 44). Ellos no habían ido más allá de sus antiguos pensamientos acerca del templo, esos edificios que habían suscitado su admiración y asombro. El Señor anuncia el juicio que estaba cerca. En efecto, ello estaba implícito en las palabras dichas anteriormente — "He aquí vuestra casa os es dejada desierta." (Mateo 23:38). Era la casa de ellos. El Espíritu se había ausentado (Ezequiel 10). No era mejor ahora que un cuerpo muerto. ¿Por qué no debía ser llevado rápidamente al entierro? "¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada." (Mateo 24:2). Todo terminaría pronto por el momento. "Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?" Respondiendo Jesús pone delante de ellos una historia general — tan general que, de hecho, uno apenas podría deducir, inicialmente, si Él no contemplaba aquí a Cristianos así como a Judíos (Mateo 24: 4 al 14). Ellos son vistos realmente como un remanente creyente pero Judío, lo cual explica la amplitud del lenguaje. Después, desde el versículo 15, vienen los detalles de la última media semana especial de Daniel, a cuya profecía se apela de manera enfática. El establecimiento de "la abominación de la desolación"(BTX. LBLA, NC, RVR1977) en el lugar santo sería la señal para la huida inmediata de los piadosos, como los discípulos, los cuales se encontrarán entonces en Jerusalén. Porque esto va a ser seguido por una gran tribulación, superando cualquier tiempo de tribulación desde el principio del mundo hasta aquel día. Ni habrá sólo aflicción exterior, sino engaños sin precedentes, falsos Cristos y falsos profetas mostrando grandes señales y prodigios. Pero a los escogidos El Señor les advierte, en gracia, y mucho, mucho más allá de cualquier salvaguardia proporcionada en las profecías del Antiguo Testamento.

 

"E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria." (Mateo 24: 29 y 30). La aparición del Hijo del Hombre es un gran punto en Mateo, y, en realidad, en todos los Evangelios. El Cristo, una vez rechazado, vendrá en gloria como el Heredero glorioso de todas las cosas. Su venida sobre las nubes del cielo será para tomar el trono, no solamente de Israel, sino de todo pueblo, naciones, y lenguas. Regresando así, para horror y vergüenza de Sus adversarios, dentro y fuera de la tierra, de la primera cosa que se habla es de la misión de Sus ángeles para juntar a Sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro. No hay aquí ningún indicio acerca de la resurrección o del arrebatamiento al cielo. Los escogidos de Israel están en consideración, y Su gloria como Hijo del Hombre, sin una palabra acerca de que Él es Cabeza: tampoco acerca de la Iglesia, Su cuerpo. Lo que nosotros encontramos aquí es un proceso de juntar a los escogidos, no meramente de Judíos, sino de todo Israel, como yo supongo, de los cuatro vientos. Esta interpretación obtiene apoyo entonces, si eso es necesario, de la parábola que sigue inmediatamente a continuación (versículos 32 al 33). Se trata, una vez más, de la higuera, pero usada para un propósito muy diferente. Sea para maldición en una relación, sea para bendición en otra, la higuera tipifica a Israel.

 

Viene, después, no lo que puede ser llamada la parábola natural, sino la Escritural. Tal como aquella aludía al reino exterior de la naturaleza, así esta fue tomada del Antiguo Testamento. La referencia es aquí a los días de Noé, aplicada para ilustrar la venida del Hijo del Hombre (Mateo 24: 37 al 39). Así debe caer súbitamente el golpe sobre todo sus objetos. "Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra será dejada." (Mateo 24: 40 y 41). Ellos no debían imaginar que sería como un juicio providencial normal y corriente, que azota aquí, no allí, y azota aquí de manera indiscriminada. En un juicio semejante, el inocente padece con el culpable, sin acercamiento alguno a una adecuada diferenciación personal. Pero ello no será así en los días del Hijo del Hombre, cuando Él regresa para tratar con la humanidad al fin del siglo (fin de la era). Estar dentro o afuera no será una protección. De dos hombres en el campo; de dos mujeres moliendo en el molino, el uno será tomado, y el otro será dejado. La discriminación es precisa y perfecta hasta el grado último. "Velad, pues," dice El Señor concluyendo todo esto, "porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.  Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa. Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis. (Mateo 24: 42 al 44).

 

Esta transición lleva, a mi juicio, desde la parte dedicada particularmente a los destinos del pueblo Judío (Mateo 24: 1 al 44), e inicia lo que se refiere a la profesión Cristiana (Mateo 24:45 a Mateo 25:30). El primero de estos retratos generales de la Cristiandad, que suprime toda referencia a Jerusalén, al templo, al pueblo, o a sus esperanzas, se encuentra en Mateo 24: 45 al 51. Sigue a continuación la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25: 1 al 13); y después, como la última de estas, la parábola de los talentos. Permítanme comentar, no obstante, que hay una cláusula en Mateo 25:13, que ha falsificado un poco la aplicación. Pero la verdad es que es bien sabido que hombres, al copiar el Nuevo Testamento Griego, añadieron a este versículo las palabras, "en que el Hijo del Hombre ha de venir", versículo que está completo sin dichas palabras. El Espíritu escribió realmente, "Velad pues, ya que no sabéis el día ni la hora." (Mateo 25:13) (N. del T.: la traducción correcta de este versículo se encuentra en las siguientes versiones de la Santa Biblia: BJ, BTX, JND, LBLA, NC, NTPESH, NTVHA, NVI, SPTE). Para aquellos versados en el texto tal como está en las mejores copias, este es un hecho demasiado familiar para requerir que se digan muchas palabras acerca de él. Ningún crítico de peso considera que estas palabras tienen algún justo derecho a estar en el texto que se encuentra en antigua fuente. Otros, que aceptan lo que se recibe comúnmente, pueden defender la cláusula y lo que puede ser defendido sólo por medio de manuscritos modernos o inciertos. Aquellos a los cuales me dirijo ahora son, seguramente, los últimos hombres que debieran contender por una mera base tradicional, o vulgar, en cualquier cosa que pertenece a Dios. Si aceptamos el texto tradicional de los impresores, nosotros estamos sobre este terreno; si, por el contrario, nosotros rechazamos la injerencia humana como un principio, ciertamente no debiéramos dar crédito a semejantes cláusulas como esta, a las que podemos declarar, teniendo los fundamentos más poderosos, como siendo una mera interpolación, y no siendo verdaderamente la Palabra de Dios. Pero, siendo esto así, podemos proceder a mencionar cuán sorprendentemente hermoso es el efecto de omitir estas palabras.

 

En primer lugar, entonces, en la parte Cristiana, vino la parábola del siervo de la casa (Mateo 24: 45 al 51). Aquel que, fiel y prudente, satisface los deseos de su Señor que lo puso sobre Su casa, para darles el alimento a tiempo, es hallado haciéndolo así cuando Él viene, su Señor le pone sobre todos Sus bienes. El siervo malo, por el contrario, el cual dijo en su corazón que su Señor no venía, y cayó en la violencia autoritaria y el mal comercio con el mundo profano, será sorprendido por el juicio, y tendrá su porción con los hipócritas en vergüenza y dolor sin esperanza.

 

 

Capítulo 25

 

 

La parábola del siervo de la casa (Mateo 24: 45 al 51) es un esbozo instructivo de la Cristiandad; pero hay más. "Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron." (Mateo 25:1 y sucesivos). La Cristiandad se descompone enteramente de este modo. No son sólo las insensatas las que se duermen, sino las prudentes. Todas fracasan en dar una expresión correcta a su espera por el Esposo. "Cabecearon todas y se durmieron." Pero Dios se ocupa, sin decirnos de qué manera, de que habrá una interrupción en su cabecear. En lugar de quedarse afuera a esperar, ellas deben haber entrado a alguna parte a dormir. En resumen, la posición original es abandonada. Ellas no sólo no han cumplido con su deber de esperar el regreso del Esposo, sino que ya no están más en su posición verdadera. Cuando la esperanza revive, la posición es recuperada, no antes. A la medianoche, cuando todas dormían, hubo un clamor, " ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!" Esto actúa sobre las vírgenes, prudentes e insensatas. Así es ahora. ¿Quién puede negar que personas bastante insensatas hablan y escriben acerca de la venida del Señor? Una agitación universal de espíritu ocurre en todos los países y en todas las ciudades. A pesar de la oposición, la expectativa se extiende a lo largo y a lo ancho. No se limita solamente a los hijos de Dios. Las que están buscando aceite, yendo de aquí para allá, están perturbadas por ello, así como, ciertamente, las que tienen aceite en sus lámparas están felices por salir una vez más a la espera del regreso del Esposo. Pero, ¡qué diferencia! Las prudentes estaban preparadas de antemano con aceite; el resto demostró su insensatez conformándose sin él. Permitan que yo llame particularmente la atención a esto. La diferencia no consistía en esperar o no esperar al Señor, sino en la posesión o la carencia de aceite (es decir, la unción del Santo). Todas profesan a Cristo; todas son vírgenes con sus lámparas. Pero la falta de aceite es fatal. Aquel que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él (Romanos 8:9). Esas son las insensatas. Ellas no conocen lo que ha hecho a las otras sabias para salvación, independientemente de lo que puedan profesar; y su búsqueda incansable de lo que ellas no tienen, las separa finalmente, aún más, de la compañía de aquellas con las que comenzaron a esperar al Señor.

 

La noción de que ellas son Cristianos que carecen de entendimiento en la profecía me parece que no sólo es falsa, sino completamente indigna de una mente espiritual. ¿Acaso poseer a Cristo es menos precioso que un cuadro sinóptico del futuro? Yo no puedo concebir a un Cristiano sin aceite en su lámpara. Ello es, claramente, tener el Espíritu Santo, el cual mora en todo santo que se somete a la justicia de Dios en Cristo. Tal como Juan enseña, se dice que los miembros más pequeños de la familia de Dios tienen esa unción — no los padres y los jóvenes, sino expresamente los "hijitos" (1ª. Juan 2: 18 al 29). Es obvio que si los más jóvenes en Cristo tienen ese privilegio, los jóvenes y los padres no carecen de él. Yo asevero, por tanto, con la convicción más plena de su verdad, que, tal como el aceite en la parábola lo expone, no es la comprensión de la profecía, sino el don del Espíritu de Dios, de modo que todo Cristiano, y ningún otro, tiene el Espíritu Santo morando en él. Estas son, entonces, las vírgenes prudentes que se preparan para el Esposo, y entran con Él a las bodas en Su venida. Al acercarse esa hora, las demás, por el contrario, se inquietan más y más. No descansando en Cristo para su alma por medio de la fe, ellas no tienen el Espíritu, y buscan el don inapreciable entre los que lo venden, preguntando quién les mostrará algún bien — a quién le pueden ellas comprar este aceite inestimable. Mientras tanto el Señor viene, las que estaban preparadas entran con Él a las bodas, y la puerta se cierra: el resto de las vírgenes es excluido. El Señor no las conocía.

 

Permitan que diga, de paso, que estas vírgenes se diferencian de los que serán llamados al final del siglo (de la era) mediante amplias y profundas diferencias (véase Apocalipsis 14). No hay terreno alguno para creer que los que padecen en esa crisis se van a cargar de deseos de dormir, tal como los santos han hecho durante la larga tardanza de la Cristiandad. Esa breve temporada de prueba y peligro sin precedentes no lo admite. Luego, hay tan poco terreno en la Escritura para afirmar, acerca de estos que padecen en el día postrero, en cuanto a la posesión del Espíritu Santo, lo cual es el privilegio especial del creyente desde que el Cristo rechazado tomó Su lugar como Cabeza en el cielo. El Espíritu Santo va a ser derramado sobre toda carne para el día milenial, sin duda; pero ninguna profecía declara que el remanente será caracterizado así hasta que ellos vean a Jesús. Y, por otra parte, existe el tercer punto de distinción, y es que estos que padecen no son presentados, en ninguna parte, como saliendo a encontrar al Esposo. Ellos pueden huir debido a la abominación de la desolación, pero este es más bien un contraste y no un rasgo similar.

 

La tercera de estas parábolas presenta nuevamente otra fase (Mateo 25: 14 al 30). Durante la ausencia del Señor, antes que Él aparezca a tomar el reino del mundo, Él da dones a los hombres — dones diferentes, y en medidas diferentes. Esto pertenece, de manera preminente,  al Cristianismo y su testimonio activo en variedad peculiar. Yo no estoy al tanto de nada que responda exactamente a ello, en su carácter pleno, en el día postrero (lo cual se diferenciará por el breve testimonio enérgico del reino). Me parece que estos dones de Mateo 25, son la descripción minuciosa de la actividad de la gracia, que sale y trabaja para un Señor rechazado y ausente en lo alto. Sin embargo, yo no puedo detenerme en puntos más minuciosos, lo cual, obviamente, frustraría el deseo de presentar un esbozo completo en un ámbito breve.

 

La última escena del capítulo es, para una mente sencilla, bastante evidente (Mateo 25: 31 al 46). "Todas las naciones", o los Gentiles, están bajo consideración: no puede haber equivocación alguna en cuanto a esto. Los Judíos ya han estado ante nosotros, y al principio del discurso del Señor, debido a que los discípulos eran, en aquel entonces, Judíos (Mateo 24: 1 al 44). Después, cuando afloraron discípulos del Judaísmo al Cristianismo, nosotros tenemos muy claramente en esto, la razón por la cual el paréntesis Cristiano viene segundo en el orden (Mateo 24:45 a Mateo 25:30). Luego, en tercer lugar Mateo 25: 31 al 46), encontramos "todas las naciones", las que son designadas formalmente como tales, y diferenciadas de la manera más clara de los otros dos, tanto en términos como en las cosas dichas acerca de ellas. Ellas son mencionadas y son tratadas visiblemente como Gentiles al final, cuando el Hijo del Hombre reina como Rey sobre la tierra. La cuestión que se presenta ante Su trono, y decide su porción eterna, no consiste en los secretos del corazón cuando son descubiertos, ni en su vida general, sino en su comportamiento con Sus mensajeros. ¿Cómo habían tratado ellos a ciertas personas que el Rey llama Sus hermanos? Se trata, entonces, de una valoración fundamentada en la relación de ellos con un breve testimonio rendido al final de la actual dispensación o época (yo no dudo que este testimonio es rendido por hermanos Judíos del Rey, cuando todo el mundo ve con admiración a la bestia, y, en general, los hombres regresan a los ídolos, y caen en manos del Anticristo); un testimonio adecuado a la crisis, después que el cuerpo Cristiano ha sido tomado al cielo, y la cuestión acerca de la tierra es planteada una vez más. De este modo, las naciones, o los Gentiles, son tratados conforme a su comportamiento con los mensajeros del Rey, justo antes y hasta el momento en que el Rey los convoca ante el trono de Su gloria. Reconocer a Sus despreciados heraldos, cuando llega el tiempo del engaño poderoso, requerirá la obra vivificadora del Espíritu; la cual es, de hecho, necesaria para recibir cualquier y todo testimonio de Dios. No se trata de ninguna cuestión general que se aplicaría al curso de las edades, en cuanto a la predicación actual de la gracia de Dios, o a la corriente habitual de la vida de los hombres. Nada por el estilo parece ser el terreno de la acción del Señor con las ovejas o con los cabritos.

 

 

Capítulo 26

 

 

La enseñanza formal, práctica o profética, ha terminado ahora. La escena que está sobre todas las escenas se acerca, acerca de la cual, no obstante lo bienaventurada que es, yo no puedo decir mucho en este momento. El Señor Jesús ha sido presentado al pueblo, ha predicado, ha obrado milagros, ha enseñado a los discípulos, ha hecho frente a todas las variadas clases de Sus adversarios, ha discurseado acerca del futuro hasta el fin del siglo (de la era). Él se prepara ahora para padecer, — para padecer en una entrega absoluta de Sí mismo al Padre. Por consiguiente, en esta escena ya no es más el hombre juzgándole a Él en palabras, sino que es Dios juzgándole en Su Persona en la cruz. La gracia y la verdad vinieron por medio de Cristo Jesús. Así es aquí. Él mantiene, asimismo, cada afecto en su plenitud. Aquí, aparte de la multitud, el Señor toma, por un momento, todo el descanso que se podía conceder a Su espíritu. El trabajo activo había sido hecho. Quedaba la cruz — unas pocas horas breves, pero de valor eterno e importancia insondable, con las cuales, de hecho, nada se puede comparar.

 

Jesús se encuentra ahora en la casa en Betania Mateo 26:1 y sucesivos). Es una de las pocas escenas introducidas por el Espíritu de Dios en todos los Evangelios, excepto en Lucas, en contraste con la cruz, si bien en preparación para ella. ¿Estaba el espíritu de Dios actuando poderosamente, en aquel entonces, en el corazón de una que amaba al Salvador? En esa misma hora, Satanás estaba empujando el corazón del hombre para atreverse a lo peor contra Jesús. Los grupos estaban alrededor de estos. ¡Qué momento para el cielo, y la tierra, y el infierno! ¡Cuánto, cuán poco, se vio al hombre! porque, si un rasgo es más prominente que otro en Sus enemigos, es este: que el hombre no puede hacer nada, aun cuando Jesús era la víctima, expuesto a todo aliento hostil cuando podía parecer. No obstante, Él lleva a cabo todo, cuando Él no era más que Uno que padecía; ellos no llevan a cabo nada, y, siendo libres para hacerlo todo (ya que era la hora de ellos, y la potestad de las tinieblas), no llevan a cabo nada más que su iniquidad; pero incluso en su iniquidad, haciendo la voluntad de Dios, a pesar de ellos mismos, y contrario a sus propios planes. Ellos hicieron su voluntad por lo que se refiere a la culpa, pero nunca se logró lo que deseaban. Antes que nada, como se nos dice, la gran ansiedad de ellos era, que el hecho sobre el cual su corazón estaba decidido, la muerte de Jesús, no debía ser en la Pascua. Pero su resolución fue vana. Dios había decidido, desde el principio, que iba a ser entonces y en ningún otro momento. Ellos se reunieron, tuvieron consejo, tramaron, "para prender con engaño a Jesús, y matarle." El resultado de su deliberación fue solamente — "No durante la fiesta, para que no se haga alboroto en el pueblo." Poco previeron ellos la traición de un discípulo, o la sentencia pública de un gobernador Romano. Por otra parte, no hubo ningún alboroto en el pueblo, contrariamente a sus temores. No obstante, Jesús murió en aquel día conforme a la Palabra de Dios.

 

Pero desviémonos al grupo de personas que estaban con el Señor, por poco tiempo, en Betania, en casa de Simón el leproso. Se derramó allí la adoración de un corazón que le amaba, si es que alguna vez hubo uno. Ella no esperó la promesa del Padre; sino que Aquel (el Espíritu Santo) que fue dado poco después a rebosar, obró, aun en aquel entonces, en los instintos de la nueva naturaleza de ella. "Vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa." El apóstol Juan nos permite saber que ella lo había guardado (Juan 12:7); no se trató de una cosa nueva conseguida para la ocasión; fue lo mejor que tenía ella, y lo empleó en Jesús. Qué poco era ello a ojos de ella, cuán precioso a los Suyos, empleado sobre Uno a quien ella amaba, por quien ella sintió el peligro inminente; ya que el amor está pronto para sentir, y siente más verdaderamente que la prudencia más aguda del hombre. Fue así, entonces, que esta mujer derrama su ungüento sobre Su cabeza. Juan menciona Sus pies. Fue derramado sobre ambos, ciertamente. Pero como Mateo tiene al Rey ante él, y lo habitual era derramar sobre la cabeza de un rey, no sobre sus pies, él registra, naturalmente, esa parte de la acción que era adecuada al Mesías. Juan, por el contrario, cuyo punto es que Jesús era infinitamente más que un rey, si bien bastante humildemente en amor para cualquier cosa — Juan nos dice, de manera muy apropiada, que María lo derramó sobre Sus pies (Juan 12:3). Es interesante, también, observar que aquel amor, y un profundo sentido de la gloria de Jesús, la condujo a hacer lo que un corazón de un pecador, completamente quebrantado en la presencia de Su gracia, la impulsó a hacer. Lucas menciona otra persona. En este caso fue "una mujer de la ciudad, que era pecadora", una persona totalmente diferente, en otro momento anterior, y en casa de otro Simón, un Fariseo (Lucas 7: 36 al 50). Ella también ungió los pies de Jesús con un frasco de alabastro con perfume; pero ella estuvo detrás de Él a Sus pies, llorando, y comenzó a regar con lágrimas Sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba Sus pies. Hay, así, muchas circunstancias añadidas en armonía con el caso. Todo lo que yo señalaría ahora es, el sentimiento afín al cual es llevada una pobre pecadora que probó Su gracia en presencia de su demostrada indignidad, y una adoradora que ama, llena con la gloria de Su Persona, y sensible a la maldad de Sus enemigos. Independientemente de cómo sea, el Señor la vindica enfrente de los desafectos discípulos que murmuran. Es una lección solemne; ya que muestra de qué manera una mente corrupta puede corromper a otras que son incomparablemente mejores que la suya. El cuerpo completo de apóstoles, los doce, se vio salpicado, por el momento, por el veneno insinuado por uno (Mateo 26: 8 al 13). ¡Qué corazones son los nuestros en una ocasión tal, frente a ese amor! Pero fue así, ¡lamentablemente! es así. Un ojo malo puede comunicar, demasiado pronto, su vil impresión, y, mediante ello, muchos pueden ser contaminados. Judas estuvo detrás de esto; pero hubo también eso que, en el resto de los apóstoles, los hizo susceptibles de un egoísmo similar a expensas de Jesús, aunque no hubo en ellos la misma permisividad a la influencia diabólica que había sugerido pensamientos a Judas. El ejemplo no deja de tener, ciertamente, una seria amonestación para nosotros mismos. ¡Cuán a menudo el cuidado por la doctrina encubre a Satanás, así como aquí el cuidado por los pobres! Esto también se relaciona moralmente con los padecimientos de Cristo que debían venir después. La devoción de la mujer es usada por Satanás para empujar a Judas a su iniquidad última, de manera mucho más determinada, por la efusión de lo que su corazón no podía apreciar en su más mínimo grado. Él se va, desde allí, a vender a Jesús. Si él no logró obtener la caja del precioso ungüento, o su valor, él aseguraría, mientras pudiese, su pequeña ganancia en la venta de Jesús a Sus enemigos.

 

"¿Qué queréis darme," él dice a los principales sacerdotes, "y yo le pondré en vuestras manos?" Por consiguiente, el convenio tiene lugar — un convenio con la muerte, y un acuerdo con el infierno. "Y convinieron con él en treinta monedas de plata. " (Mateo 26:15 – TA) —, ¡el precio digno que el hombre, que Israel, paga por Jesús!

 

Pero ahora, así como la mujer tuvo su delicadeza para con Jesús, y en ella su propio memorial, dondequiera, siempre que el evangelio del reino es predicado en todo el mundo, así Jesús instituye el memorial permanente, imperecedero, de Su final amor. Él funda la nueva fiesta, Su propia cena para Sus discípulos. En la fiesta pascual, Él toma el pan y el vino, y los consagra para ser, en la tierra, el recuerdo continuo de Él mismo en medio de los Suyos. En el lenguaje usado en su institución hay algunos rasgos distintivos que pueden requerir una observación cuando tengamos la oportunidad de considerar los demás evangelios. Desde esta mesa, el Señor va a Getsemaní, y a Su agonía allí. No obstante la tristeza que hubo, no obstante el dolor que hubo, no obstante el padecimiento que hubo, nuestro Señor no se resignó a ningún padecimiento de parte de los hombres, sin que antes Él lo hubiese soportado en su corazón solo con Su Padre. Él pasó por ello en espíritu antes de pasar por ello de hecho. Y esto, yo creo, es aquí el punto principal. No digo todo lo que tenemos; porque Él afrontó aquí los terrores de la muerte — ¡y qué muerte! — una presión ejercida sobre Él por el príncipe de este mundo, el cual, sin embargo, no tenía nada en Él (Juan 14:30). De este modo, en la hora exacta, Dios fue glorificado en Él, el Hijo del Hombre, aun como, cuando fue resucitado de los muertos por la gloria del Padre, Él declara de inmediato a sus hermanos en nombre de Su padre y del de ellos, de Su Dios y del de ellos, tanto en naturaleza como en relación (Juan 20:17). Su clamor es aquí sencillamente a Su Padre, así como en la cruz fue: "Dios mío", aunque no sólo esto. No obstante lo profundamente instructivo que puede ser todo esto, nuestro Señor, en el huerto, exhorta a Sus discípulos a velar y orar; pero esto es precisamente lo que ellos encuentran más difícil. Ellos se durmieron, y no oraron. ¡Qué contraste, asimismo, con Jesús, cuando el juicio vino después! Y, no obstante, para ellos no fue más que el más simple reflejo de aquello por lo que Él pasó. Para el mundo, la muerte es asumida con la obstinación que se atreve a todo porque no cree en nada, o es una punzada al final del disfrute presente, el sombrío portal de aquello que ellos no saben que hay más allá. Para el creyente, para el discípulo Judío, antes de la redención, la muerte era aún peor en un sentido; porque existía la más justa percepción de Dios, y del estado del hombre, moralmente hablando. Todo ha cambiado ahora a través de Su muerte, la cual los discípulos estimaron tan poco, cuya simple sombra, sin embargo, fue suficiente para abrumarlos a todos, y para silenciar toda confesión de la fe de ellos. Para aquel que presumió, más que todos, acerca de la fuerza de su amor, ello fue suficiente para demostrar cuán poco conocía aún de la realidad de la muerte, pese a sus jactancias demasiado vivas. Y, no obstante, ¡que habría sido la muerte en su caso, comparada con la de Jesús! Pero aun eso fue incomparablemente demasiado para la fuerza de Pedro; se demostró que todos carecían de fuerza, excepto Aquel que mostró, aun cuando era más débil, que sólo Él era el Dador de toda fuerza, el Manifestador de toda gracia, aun cuando Él fue aplastado bajo un juicio tal como el hombre no había conocido nunca antes, ni puede conocer de nuevo ahora.

 

 

Capítulo 27

 

 

Vemos a continuación al Señor, no con Sus discípulos, endebles, falsos, o traidores, sino que, llegada Su hora, Le vemos con  sacerdotes, gobernadores, soldados, y el pueblo, todos hostiles, en el poder del mundo. Lo que el hombre intentó fue malogrado completamente.

Ellos tenían sus testigos, pero los testigos no se ponían de acuerdo. El fracaso se encuentra en todas partes, aun en la maldad — no el fracaso en la voluntad humana, sino en su consecución. Sólo Dios gobierna. Así que Jesús fue condenado ahora, no por el testimonio de ellos, sino por el Suyo propio. ¡Qué maravilloso es, que incluso para darle muerte, ellos necesitaron el testimonio de Jesús; no Le pudieron condenar a muerte sino por Su buena confesión! Por Su testimonio de la verdad ellos consumaron su peor hecho; y esto doblemente, delante del sumo sacerdote, así como también delante del gobernador. Advertido por su mujer (ya que el Señor se encargó de que hubiese un testimonio providencial), así como él era demasiado perspicaz como para pasar por alto la maldad de los Judíos y la inocencia del acusado, Poncio Pilato reconoce que su prisionero es inocente, y, no obstante, se permitió a sí mismo verse forzado a actuar en contra de su propia conciencia, y según los deseos de ellos, a los cuales él despreciaba completamente. Una vez más, antes que Jesús es conducido a ser crucificado, los Judíos mostraron lo que eran moralmente; ya que cuando el pagano de mente tosca pone delante de ellos la alternativa de soltar a Jesús o a Barrabás, la preferencia instantánea de ellos (no sin instigación sacerdotal) fue a favor de un miserable, un ladrón, un asesino. Ese fue el sentimiento de los Judíos, el pueblo de Dios, hacia su Rey, porque Él era el Hijo de Dios, Jehová, y no un simple hombre. Con amarga ironía, pero no sin Dios, Pilato escribió la acusación. "ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS." (Mateo 27:37). Pero este no fue el único testimonio que Dios presentó. Porque desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y luego, cuando Jesús clamando a gran voz, entregó el espíritu, se produjo eso que golpearía el corazón del Judío. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron. ¿Qué se pudo concebir que fuese más solemne para Israel? Su muerte fue el golpe mortal al sistema Judío, propinado por Uno que era, de manera inequívoca, el Amo del cielo y de la tierra. Pero no se trató solamente de la disolución de aquel sistema, sino del poder mismo de la muerte; ya que se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de Su resurrección,  fue ello el testimonio del valor de Su muerte, aunque no declarado hasta después de Su resurrección. Yo no dudo en decir que la muerte de Jesús es el único fundamento de la justa liberación del pecado. En la resurrección se ve el gran poder de Dios; pero, ¿qué es el poder para un pecador, con Dios ante su alma, comparado con la justicia? ¿Qué es el poder comparado con la gracia? Y esto es precisamente lo que tenemos aquí. Por lo tanto, solamente la muerte de Jesús es el centro y el eje de todos los consejos y modos de obrar de Dios, ya sea en justicia o en gracia. La resurrección es, sin duda, el poder que manifiesta y proclama todo; pero lo que ella proclama es el poder de Su muerte, porque sólo eso ha vindicado moralmente a Dios. Sólo la muerte de Jesús ha demostrado que nada pudo vencer Su amor — el rechazo, la muerte misma, tan lejos de esto, siendo solamente la ocasión de exhibir amor hasta lo sumo. Por eso es que, de todas las cosas en Jesús, no hay ninguna que proporcione semejante lugar común de descanso para Dios y el hombre, como la muerte de Jesús. Cuando se trata de una cuestión acerca de poder, de libertad, de vida, debemos volvernos, sin duda, a la resurrección; y por eso es que, en los Hechos de los Apóstoles, esto sale a la luz necesariamente, de manera prominente, porque el asunto bajo consideración era proporcionar, por una parte, la prueba de la gracia manifestada pero despreciada; y, por la otra, la prueba de la revocación de Dios de la muerte de Jesús provocada por el hombre, resucitándole de los muertos y exaltándole a Su diestra en lo alto. La muerte de Jesús no sería ninguna demostración de este tipo. Por el contrario, Su muerte fue aquello en lo que el hombre pareció triunfar. Ellos se habían librado así de Jesús, pero la resurrección demostró cuán vano y de corta duración fue ello, y que Dios estaba contra ellos. El objetivo era hacer evidente que el hombre era totalmente contrario a Dios, y que Dios manifestó, aun ahora, Su sentencia sobre ello. El hecho de resucitar a Aquel a quien el hombre dio muerte hace que esto sea incuestionable. Yo admito que, en la resurrección de Cristo, Dios es por nosotros, por el creyente. Pero el pecador y el creyente no deben ser confundidos juntamente, porque existe una diferencia inmensa entre las dos cosas. Sea cual sea el testimonio del perfecto amor en el don y la muerte de Jesús, para el pecador no hay, no puede haber, absolutamente nada en la resurrección de Jesús, excepto condenación. Yo enfatizo esto muy encarecidamente, porque la recuperación de la verdad preciosa de la resurrección de Cristo expone a algunos, mediante una especie de reacción, a debilitar el valor que tiene Su muerte en la mente de Dios, y que debiese tener en nuestra fe. Entonces, que aquellos que valoran la resurrección, procuren ser sumamente celosos por el debido lugar de la cruz.

 

Nosotros encontramos las dos cosas custodiadas notablemente aquí. No fue la resurrección, sino la muerte de Jesús, lo que rasgo el velo del templo; no fue Su resurrección lo que abrió los sepulcros, sino Su cruz, aunque los santos no resucitaron hasta después que Él resucitó. Es exactamente así con respecto a nosotros, de manera práctica. Nosotros nunca conocemos, de hecho, el pleno valor de la muerte de Cristo hasta que la consideremos desde el poder y el resultado de la resurrección. Pero lo que contemplamos desde el lado de la resurrección no es a ella misma, sino la muerte de Jesús. Por eso es que al reunirse la Iglesia, y de manera muy apropiada, en el día del Señor, nosotros no anunciamos la resurrección, sino la muerte del Señor. Anunciamos, a la vez, Su muerte, pero no la anunciamos en el día de la muerte, sino en el de la resurrección. ¿Me olvido yo que se trata del día de la resurrección? Entonces, yo comprendo poco mi libertad y mi gozo. Si, por el contrario, el día de la resurrección no trae ante mí nada más que la resurrección, es demasiado claro que la muerte de Cristo ha perdido su gracia infinita para mi alma.

 

A los Egipcios les habría gustado cruzar el mar Rojo, pero no les importaron las puertas rociadas con la sangre del cordero. Ellos intentaron pasar a través de los muros acuosos, deseando seguir así a Israel hasta el otro lado. Pero nosotros no leemos acerca de que ellos procurasen en algún momento el refugio de la sangre del Cordero Pascual. Este es, sin duda, un caso extremo, y es el juicio del mundo de la naturaleza; pero nosotros podemos aprender, incluso de un enemigo, a no valorar menos la resurrección, sino a valorar más la muerte y el derramamiento de sangre de nuestro precioso Salvador. No existe realmente nada para Dios y para el hombre como la muerte de Cristo.

 

 

Capítulo 28

 

 

Luego, en contraste con las pobres, pero devotas, mujeres de Galilea que rodeaban la cruz, nosotros contemplamos los temores, los temores justificados, de los que habían llevado a cabo la muerte de Jesús. Estos hombres culpables acuden, llenos de ansiedad, a Pilato. Ellos temían a "aquel engañador" (Mateo 27:63), y obtuvieron así su guardia, y su piedra, y su cierre — ¡en vano! El Señor que estaba sentado en los cielos los tuvo en escarnio. Jesús había preparado a los Suyos (y Sus enemigos lo sabían) para Su resurrección al tercer día. Mujeres vinieron allí la tarde anterior, para ver el lugar donde el señor yacía sepultado. La mañana del tercer día, muy temprano, cuando no había nadie más que los guardas, el ángel del Señor desciende. No se nos dice que el Señor resucitó en aquel momento; menos aún se dice que el ángel removió la piedra para Él. Aquel que pasó a través de las puertas, cerradas por temor a los Judíos, pudo pasar tan fácilmente a través de la piedra sellada, a pesar de todos los soldados del imperio. Nosotros sabemos que el ángel se sentó allí, después de remover esa gran piedra que había cerrado el sepulcro, donde nuestro Señor, despreciado y rechazado por los hombres, cumplió, no obstante, la profecía de Isaías, "con los ricos fue en su muerte." (Isaías 53:9). El Señor tuvo después este testimonio adicional, de que los guardas mismos, endurecidos y audaces como usualmente son, temblaron y se quedaron como muertos, mientras el ángel dice a las mujeres que no teman; ya que este Jesús que fue crucificado, "no está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea." (Mateo 28: 6 y 7). Este es un punto de importancia para completar la visión de Su rechazo, o sus consecuencias en la resurrección, y Mateo tiene así, especial cuidado de ello, aunque el mismo hecho pueda ser registrado también por Marcos para su propósito.

 

Pero Mateo no habla acerca de las varias apariciones del Señor en Jerusalén después de la resurrección. En lo que él se detiene particularmente, y con sus razones especiales, obviamente, es en que el Señor, después de Su resurrección, se adhiere al lugar donde el estado de los Judíos Le llevaba habitualmente, y donde derramó Su luz alrededor conforme a la profecía (véase Mateo 4: 15 y 16); ya que el Señor reanudó una vez más, en Galilea, relaciones con el remanente representado por los discípulos, después que Él resucitó de los muertos. Ello fue en el lugar del desprecio Judío; fue en el lugar donde estaban los pobres del rebaño asentados en región de sombra de muerte, olvidados por los orgullosos escribas y gobernantes de Jerusalén. Al Señor resucitado le pareció bien ir allí antes de Sus siervos y reincorporarse a ellos.

 

Pero mientras las mujeres Galileas iban con este recado del ángel, el propio Señor se unió a ellas. "Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron." Es notable que en nuestro evangelio se permitiera esto. A María Magdalena, la cual, en su deseo de presentar su acostumbrada reverencia estaba intentando, probablemente, algo similar, Él lo rehúsa; pero esto es mencionado en el Evangelio de Juan (véase Juan 20: 11 al 18). Entonces, ¿cómo es que los dos relatos apostólicos (Mateo y Juan) nos muestran el homenaje de las mujeres siendo recibido, y el de María Magdalena rechazado, en el mismo día, y quizás en la misma hora? La acción es, claramente, significativa en ambos relatos. Yo entiendo que la razón fue esta: Mateo establece ante nosotros que si bien Él era el Mesías rechazado, aunque resucitado ahora, Él no sólo volvió a Sus relaciones con Sus discípulos en la parte despreciada de la tierra de Israel, sino que presenta, en esta aceptada adoración de las hijas de Galilea, la promesa de Su asociación especial con los Judíos en el día postrero; ya que ellos buscarán al Señor precisamente así. Es decir, un Judío, como tal, cuenta con la presencia corporal del Señor. El punto en el registro de Juan es exactamente lo contrario, ya que se trató de sacar a una, la cual era una muestra de los Judíos creyentes, de las asociaciones Judías y llevarla a la asociación con Él, justo a punto de ascender al cielo. En Mateo Él es tocado. Ellas abrazaron Sus pies sin reconvención, y Le adoraron así en presencia corporal. En Juan Él dice, "No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." (Juan 2:17). La adoración iba a ser ofrecida, de aquí en adelante, a Él en lo alto, invisible, pero conocida allí por medio de la fe. Para las mujeres en Mateo, Él fue presentado aquí para la adoración de ellas; para la mujer en Juan, era solamente en lo alto donde Él iba a ser conocido ahora. En Juan no se trató de un asunto de la presencia corporal, sino del Señor ascendido al cielo y anunciando allí la nueva relación para nosotros con Su Padre y Su Dios. De este modo, en un caso (Mateo) se trata de la aprobación de las esperanzas Judías de Su presencia aquí abajo para el homenaje de Israel; y en el otro Evangelio (Juan), se trata de Su ausencia y ascensión personal, conduciendo a las almas a una asociación con Él más elevada y adecuada, así como con Dios, sacando incluso a los que eran Judíos de su antigua condición para no conocer más al Señor según la carne (2ª. Corintios 5:16).

 

Por lo tanto, de manera muy consistente, en este Evangelio no tenemos la escena de ascensión, en absoluto. Si nosotros tuviésemos solamente el Evangelio de Mateo, no poseeríamos registro alguno de este hecho maravilloso, y la omisión es tan sorprendente, que un comentario bien conocido, el del Sr. Alford, en su primera edición, mencionó la imprudente e irreverente hipótesis basada sobre ello, de que nuestro texto de Mateo es una versión Griega incompleta del original Hebreo, porque no había un registro tal; ya que era imposible, en la opinión de aquel escritor, que un apóstol pudiese haber omitido una descripción de aquel acontecimiento. El hecho es que, si ustedes añaden la ascensión al texto de Mateo, ustedes sobrecargarían y estropearían su Evangelio. El final hermoso de Mateo es que (mientras los principales sacerdotes y los ancianos intentan cubrir su iniquidad mediante la falsedad y el cohecho, y su mentira que "se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy") nuestro Señor se encuentra con Sus discípulos en un monte en Galilea, según Su convocatoria, y los envía a hacer discípulos de todos los Gentiles.  La gran magnitud del cambio de dispensación es evidente a partir de Su anterior comisión a los mismos hombres en Mateo 10. Ellos debían bautizarlos ahora en el Nombre del Padre. No se trataba de un asunto acerca del Dios Todopoderoso de los padres de la nación, o de Jehová Dios de Israel. "El nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" es característico del Cristianismo. Permitan que yo diga que esta es la verdadera fórmula del bautismo Cristiano, y que la omisión de esta forma de sanas palabras me parece que es, para la validez del bautismo, tan completamente fatal como cualquier cambio que puede ser indicado en otros aspectos: En lugar de ser una cosa Judía, esto es lo que la suplantó. En lugar de una reliquia de antiguas dispensaciones a ser modificada o, más bien, a ser desechada ahora, ello es, por el contrario, la revelación plena del Nombre de Dios como es dado a conocer ahora, no antes. Esto salió a la luz sólo después de la muerte y resurrección de Jesús. Ya no es el mero recinto Judío en que Él había entrado durante los días de Su carne, sino el amanecer del cambio de dispensación: de esta manera tan consistente el Espíritu de Dios se atiene a Su designio desde el principio hasta el final mismo.

 

Por consiguiente, Él finaliza con estas palabras, "He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo [siglo, era]." ¡De qué manera la forma de la verdad habría sido debilitada, si no destruida, si hubiésemos oído, en aquel entonces, acerca de Su ascenso al cielo! Es evidente que la fuerza moral de ello es infinitamente más preservada tal como está. Él está encargando a Sus discípulos la misión mundial de ellos con estas palabras, "He aquí yo estoy con vosotros siempre (VM), todos los días (RVR60)", etc. La fuerza de la expresión se ve incrementada inmensamente, y por esta misma razón, porque no oímos ni vemos más. Él promete Su presencia con ellos hasta el fin del siglo (era); y, acto seguido, cae el telón. Él es oído así, si bien no es visto, para siempre con los Suyos en la tierra, mientras van con ese encargo tan precioso, pero peligroso. Que nosotros podamos hacer acopio del beneficio real de todo lo que Él nos ha presentado.

 

William Kelly

 

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Febrero/Mayo 2015.-

Título original en inglés:
MATTHEW, Introductory Lectures on the Gospels 
by William Kelly
Publicado en Inglés por:
www.STEMPublishing.com

Versión Inglesa
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