COMENTARIOS DE LOS LIBROS DE LA SANTA BIBLIA (Antiguo y Nuevo Testamento)

MARCOS (William Kelly)

Home

descarga_pdf_logo.jpg

MARCOS

 

 

SERMONES INTRODUCTORIOS ACERCA DE LOS EVANGELIOS

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

 

Introducción

 

 

Es notable la manera en que la tradición ha logrado dañar la verdad al tocar la cuestión del método del Evangelio que comenzamos a considerar ahora; ya que la opinión actual que nos llega desde tiempos antiguos, que lleva impresa, también, el nombre de uno que vivió mucho después que los apóstoles, establece — que el de Marcos es el Evangelio que no ordena los hechos de la vida de nuestro Señor en el orden en que ocurrieron, sino fuera de ese orden. Ahora bien, ese orden es precisamente lo que él guarda más. Y este error, si es que se trata de un error, que ha obrado oprobiosamente desde los tempranos días, y naturalmente, por tanto, en gran medida desde entonces, vició la correcta compresión del libro. Yo estoy persuadido que el Espíritu de Dios quiso que tuviéramos entre los Evangelios, uno que se adhiere al orden sencillo de los hechos al presentar la historia de nuestro Señor. De lo contrario, nosotros deberíamos sumergirnos en la incertidumbre, no meramente en cuanto a un Evangelio particular, sino como careciendo de los medios para juzgar correctamente los alejamientos del orden histórico en todos los demás; porque es evidente que si no hay una cosa tal como el orden regular en ningún Evangelio, nos vemos privados, necesariamente, de todo poder para determinar, en cualquier caso, cuándo ocurrieron realmente los acontecimientos que aparecen relacionados de manera diferente en el resto de los Evangelios. No se trata, de ninguna manera, de que uno buscaría lo que se denomina comúnmente una 'armonía', lo cual es oscurecer realmente la percepción de los objetivos especiales de los Evangelios. Al mismo tiempo, nada puede ser más seguro que el autor real de los Evangelios, a saber, Dios mismo, conocía todo perfectamente. Tampoco, incluso para tomar el terreno más bajo, es la ignorancia por parte de los diferentes escritores acerca del orden en que ocurrieron los hechos, una llave razonable a las peculiaridades de los Evangelios. El Espíritu Santo desplazó deliberadamente muchos acontecimientos y discursos; pero esto no podía ser por descuido, menos aún por capricho, sino sólo para fines dignos de Dios. El orden más obvio sería presentarlos tal como ocurrieron. En parte, como me parece, para que pudiésemos juzgar con precisión y con certeza las desviaciones del orden de ocurrencia, el Espíritu de Dios nos ha presentado, en uno de estos Evangelios, aquel orden como la norma. Ustedes preguntan, ¿en cuál de ellos se encuentra aquel orden? Yo no tengo duda alguna que la respuesta es, pese a la tradición, en el Evangelio de Marcos. Y el hecho concuerda exactamente con el carácter espiritual de este Evangelio, porque debiese tener, también, gran peso al confirmar la respuesta, si no para decidir el asunto.

 

Cualquier persona que estudia Marcos, no meramente por partes, aunque ello es evidente en cualquier parte, sino de manera mucho más adecuada, como un todo, se levantará, después del estudio del Evangelio, con la convicción más plena de que lo que el Espíritu Santo ha emprendido presentarnos en esta historia de Cristo es Su ministerio. Ello es ahora un asunto de conocimiento tan común, que no hay necesidad de detenerse por mucho tiempo sobre el hecho que es confesado de manera general. Me esforzaré por mostrar de qué manera el relato completo tiene coherencia, y confirma esta bien conocida y muy sencilla verdad — de qué manera ello explica las peculiaridades en Marcos, explica lo que se nos presenta, y lo que se deja afuera; y, obviamente, por lo tanto, explica sus diferencias de los demás. Yo pienso que todo esto se aclarará y se asegurará para cualquiera que puede no haberlo estudiado minuciosamente con anterioridad. Yo sólo comentaría aquí, cuán enteramente esto va acompañado con el hecho de que Marcos se adhiere al orden de la historia, debido a que, si él nos está presentando el servicio del Señor Jesucristo, y particularmente Su servicio en la Palabra, así como en las señales milagrosas que ilustraban aquel servicio y que son sus comprobantes externos, es evidente que el orden en que ocurrieron los hechos es precisamente aquello que está más planeado que todo para presentarnos una perspectiva verdadera y adecuada de Su ministerio; mientras que ello no es así si nosotros consideramos los objetivos de Mateo o Lucas.

 

En Mateo, el Espíritu Santo nos está mostrando el rechazo de Jesús, y ese rechazo demostrado desde el principio mismo. Ahora bien, para presentarnos la comprensión correcta de Su rechazo, el Espíritu Santo reúne hechos, y los reúne a menudo, como hemos tenido ocasión de observar, enteramente sin tener en cuenta el momento en el cual ellos ocurrieron. Lo que se deseó fue una perspectiva brillante, vívida, del rechazo descarado del Mesías por parte de Su propio pueblo. Fue necesario, acto seguido, dejar claro lo que Dios emprendería a consecuencia de ese rechazo, es decir, el amplio cambio del debido orden de cosas que seguiría a continuación. Se trató, necesariamente, de la cosa de más peso que había existido jamás, o que podía haber existido en este mundo, el rechazo de una Persona divina que era, a la vez, " el "gran Rey", el Mesías prometido, esperado, de Israel. Por esa misma razón, el simple orden de los hechos sería enteramente insuficiente para presentar el peso correcto del objetivo del Espíritu Santo en Mateo. Por consiguiente, el Espíritu hace lo que incluso el hombre tiene ingenio suficiente para hacer, donde tiene algún objetivo similar delante de él. Hay una reunión de diferentes lugares, personas, y momentos en la historia, a saber, de los grandes hechos relevantes que hacen evidente el rechazo total del Mesías, y el cambio glorioso que Dios supo introducir para los Gentiles, a consecuencia de ese rechazo. Ese es el objetivo de Mateo; y, por lo tanto, esto explica el alejamiento de la mera secuencia de acontecimientos.

 

En Lucas, por otra parte, hay otra razón que encontraremos confirmada abundantemente cuando lleguemos a los detalles. Ya que allí, el Espíritu Santo emprende mostrarnos a Cristo como Uno que sacó a la luz las fuentes morales del corazón del hombre y, a la vez, la gracia perfecta de Dios tratando con el hombre tal como él es; allí, también, la sabiduría divina en Cristo que se abrió paso a través de este mundo, la gracia amorosa, asimismo, que atrajo al hombre cuando estaba totalmente confundido y bastante quebrantado para entregarse a lo que Dios es. Por eso es que a través de todo el Evangelio de Lucas tenemos, en algunos aspectos, que se hace caso omiso del mero orden de tiempo igual a lo que caracterizó a Mateo. Si nosotros suponemos dos hechos, ilustrándose mutuamente el uno al otro, pero ocurriendo en momentos totalmente diferentes, en tal caso, esos dos hechos se podrían juntar. Por ejemplo, suponiendo que el Espíritu de Dios deseaba mostrar, en nuestra historia del Señor, el valor de la Palabra de Dios y de la oración, Él podría reunir claramente dos ocasiones notables, en una de las cuales el Señor revelaba el pensamiento de Dios acerca de la oración — en la otra, Su juicio acerca del valor de la Palabra. La pregunta acerca de si estos dos acontecimientos tuvieron lugar al mismo tiempo es aquí enteramente irrelevante. Sin importar cuando ocurrieron, ellos son vistos juntos; sacarlos del orden de ocurrencia es, de hecho, formar el orden justo para ilustrar la verdad que el Espíritu Santo deseó que recibiéramos.

 

Esta observación general es hecha aquí, debido a que yo pienso que está particularmente en su sitio correcto en la introducción al Evangelio de Marcos.

 

Pero Dios, por cierto, se ha encargado de hacer frente a otro punto. El hombre se aprovecha de este alejamiento del orden histórico en algunos Evangelios, y de la mantención de aquel orden en otros, para desacreditar a los autores o a sus escritos. Obviamente, él se apresura bastante para imputar 'discrepancia'. No existe un terreno real para la acusación. Dios ha asumido un método muy sabio para contradecir y reprender la crédula incredulidad del hombre. Así como hay cuatro evangelistas, así ha arreglado Él que, de estos cuatro, dos se adhieran al orden histórico, y dos lo abandonen donde era necesario hacerlo. Además, de estos dos últimos, uno era, y otro no era un apóstol, en cada caso. De los dos evangelistas, Marcos y Juan, los cuales mantienen generalmente el orden histórico, el hilo de acontecimientos más notable no fue presentado por un apóstol. Sin embargo, Juan, el cual era un apóstol, se adhiere al orden histórico en la serie fragmentaria de hechos, aquí y allá, en la vida de Cristo que él nos presenta. Al mismo tiempo, el Evangelio de Juan no aborda la presentación de un esbozo del curso entero de Cristo. Marcos describe el carácter completo de Su ministerio con más particularidad que cualquier otro. Por eso es que Juan actúa, de manera práctica, como una especie de suplemento, no sólo a Marcos, sino a todos los evangelistas; y nosotros tenemos, de vez en cuando, un grupo delos más ricos acontecimientos, guardando, no obstante, el orden histórico. Para no hablar de su maravilloso prefacio, hay allí una introducción que precede el relato presentado en los demás Evangelios, llenando un cierto espacio después de Su bautismo, pero antes de Su ministerio público. Y luego, nuevamente, tenemos varios discursos que nuestro Señor presentó más particularmente a Sus discípulos, después que Sus relaciones públicas terminaron. Todos estos son presentados, como me parece, en el orden exacto de su presentación, sin alejamiento alguno de dicho orden, excepto solamente que encontramos un paréntesis una o dos veces en Juan, los cuales, si no son contemplados allí como un paréntesis, tienen una apariencia de una desviación de la sucesión del tiempo; pero obviamente, un paréntesis no cae bajo la estructura común de una frase o una serie de cosas comunes.

 

Yo confío que esta explicación ayudará a una comprensión general del lugar relativo de los Evangelios. Nosotros tenemos a Mateo y Lucas, uno de ellos un apóstol y el otro no, y ambos suelen apartarse del orden histórico en gran medida. Tenemos a Marcos y a Juan, uno de ellos un apóstol, y el otro no, los cuales se adhieren por igual al orden histórico como una norma. Dios ha aislado así toda justa razón de parte del hombre para decir que se trata de un asunto acerca de conocer o no conocer los hechos tal como ocurrieron, siendo algunos testigos oculares, y otros, de lo contrario, enterándose de los acontecimientos, etc. De los que guardan el orden de la historia, uno era un testigo ocular, y el otro no; para los que adoptan un arreglo diferente se aplica precisamente la misma observación. Esta es la manera en que Dios ha refutado todo los intentos de Sus enemigos de atribuir el más mínimo descrédito a los instrumentos que Él ha usado. Se hace así evidente que (en la medida en que, en lugar de ser la estructura de los Evangelios atribuible en cualquier manera a la ignorancia por una parte; o, por la otra, al conocimiento competente de los hechos), por el contrario, no fue un testigo ocular aquel que nos ha presentado el esbozo más completo, más minucioso, más vivaz, y gráfico, del servicio del Señor aquí abajo; y esto, en pequeños detalles, los cuales, como todos saben, es siempre la mayor prueba de la verdad. Personas que no dicen comúnmente la verdad pueden, sin embargo, ser bastante cuidadosas algunas veces acerca de grandes asuntos; pero es en pequeñas palabras y pequeños modos de obrar donde el corazón delata su propia traición, o el ojo su falta de observación. Y es precisamente en esto en lo que Marcos triunfa tan completamente — más bien, permítanme decir, el Espíritu de Dios en Su empleo de Marcos. Tampoco se trató que el propio Marcos hubiera sido anteriormente un siervo digno. Lejos de ello. ¿Quién no sabe que, cuando él comenzó su obra, él no siempre fue consagrado al servir al Señor? Se nos dice, en los Hechos de los Apóstoles, que él había abandonado al gran apóstol de los Gentiles cuando le acompañó a él y a su primo Bernabé; ya que esa era la relación, en lugar de ser tío de Marcos (véase Hechos 15: 36 al 41). Él los dejó, regresando a casa, a su madre y a Jerusalén (Hechos 3:13). Sus asociaciones eran con la naturaleza y la gran sede de la tradición religiosa, lo cual, por un tiempo, le causó ruina, ya que ello tiende a arruinar a todo siervo de Dios que es entrampado de manera similar. No obstante, la gracia de Dios vence todas las dificultades. Fue así en el ministerio personal de Marcos, como deducimos de la gloriosa obra que se le dio a Marcos que hiciera, tanto en otro ministerio (Colosenses 4:10; 2ª. Timoteo 4:11), como en el extraordinario honor de escribir uno de los relatos inspirados de Su Maestro. Marcos no había poseído la ventaja de esa familiaridad personal con los hechos que algunos de los demás escritores habían disfrutado; aun así, él es el único mediante el cual el Espíritu Santo condesciende a impartir los toques más minuciosos, y a la vez más sugestivos, si puedo decirlo así, que se encuentran en cualquier visión que se nos ha concedido del real ministerio vivo de nuestro Señor Jesús. De hecho, ese fue el curso de su historia, como formándose para la obra que tuvo que hacer posteriormente; ya que si bien al principio existió, ciertamente, eso que pareció, inusualmente, un comienzo en falso, después, por el contrario, él es reconocido muy cordialmente por Pablo, pese a un anterior decepción y reprensión; ya que su compañía había sido rechazada absolutamente, aun a costa de perder a Bernabé, por quien el apóstol tenía motivos especiales de apego personal. Bernabé fue el primer hombre que fue a Saulo de Tarso; ya que él era, ciertamente, un hombre bueno, y lleno del Espíritu Santo, y así, el más dispuesto a acreditar la gran gracia de Dios en Saulo de Tarso, cuando el nuevo converso era considerado con sospecha, y podía haber sido dejado solo por una temporada. De este modo, Saulo había conocido literalmente en su propia historia, cuán poco la gracia de Dios impone confianza en un mundo pecador. Después de todo esto, entonces, fue que Marcos, que había caído bajo la censura de Pablo, y que había sido la ocasión de la separación de Bernabé de aquel apóstol — ese mismo Marcos recuperó después su carácter perdido, y el apóstol Pablo se esmera mucho más para reinstalarlo en la confianza de los santos, de lo que él había hecho personalmente para rechazar la asociación con él en el servicio del Señor. Entonces, ¿quién era tan apto para presentarnos al Señor Jesús como el Siervo verdadero? Elijan ustedes a quien quieran. Pasen por todo el ámbito del Nuevo Testamento; encuentren a uno cuya carrera personal le adaptase tanto como para deleitarse en el Siervo perfecto de Dios, y para convertirse en el instrumento adecuado para que el espíritu Santo nos muestre a aquel Siervo perfecto de Dios. Era el hombre que había sido el siervo imperfecto; era el hombre a quien la gracia había restaurado y le había hecho ser un siervo fiel — el que había probado cuán engañosa es la carne, y cuán peligrosas las asociaciones de tradición humana y del hogar; pero el cual así, infructífero al principio para el ministerio, llegó a ser, después, tan útil, como el propio Pablo se preocupó de declarar públicamente y para siempre en la imperecedera Palabra de Dios. Este fue el instrumento a quien Dios empleó por medio del Espíritu Santo, para presentarnos los grandes lineamientos del ministerio de nuestro Señor Jesucristo. Ciertamente, el apóstol Mateo fue formado providencialmente, como Leví el publicano, para su tarea; y la gracia, condescendiendo a considerar todas las circunstancias, nunca se digna ser controlada por ellas, sino que siempre, mientras obra en ellas, retiene, no obstante, su propia supremacía sobre ellas. Incluso así, en el caso de Marcos hubo una idoneidad tan grande para la tarea que Dios le había asignado, como hubo en el llamamiento del evangelista anterior (Mateo) desde el banco de los tributos públicos, y la elección de uno tan despreciado por Israel para mostrar el curso fatal de esa nación, cuando el Señor se volvió a la gran época del cambio dispensacional para llamar a entrar a Gentiles y a los mismos despreciados de Israel. Pero si hubo esta aptitud manifiesta en Mateo para su obra, sería extraño si no la hubiera un tanto así en Marcos para la suya. Y esto es lo que encontramos en su Evangelio. No hay ningún desfile de circunstancias; no hay pompa alguna de introducción, aun para el Señor Jesucristo, en este Evangelio, ni siquiera ese estilo que se encuentra acertadamente en otro lugar. No podía ser que el Mesías de Israel entrara entre Su pueblo escogido, y ser hallado en la tierra de Israel, sin el debido testimonio y las muestras claras precediendo Su acercamiento; y el Dios que había dado promesas, y que había establecido el reino, seguramente lo haría manifiesto; porque los Judíos pedían una señal, y Dios les dio señales en abundancia antes de la venida de la mayor señal de todas.

 

Es así que en el Evangelio de Mateo nosotros hemos visto las credenciales más amplias del Mesías de parte de los ángeles y entre los hombres, el cual nació inmediatamente como Rey de los Judíos, en la tierra de Emanuel ("¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?" – Mateo 2:2). Pero en Marcos, todo esto está ausente con igual hermosura; y de repente, sin ninguna otra preparación más que Juan predicando y bautizando — la voz de uno que clama en el desierto, "Preparad el camino del Señor" (Marcos 1:3) — de inmediato, después de esto, al Señor Jesús se lo encuentra, no nacido, no como objeto de homenaje, sino predicando, dedicándose a la obra que Juan había dejado no mucho tiempo después, por así decirlo, al ir a prisión. Esta puesta a un lado del Bautista (Marcos 1:14) se convierte en la señal para el servicio público del Señor; y, por consiguiente, el servicio de Cristo es seguido, a partir de entonces, a lo largo de todo nuestro Evangelio; y, antes que nada, Su servicio Galileo, el cual continúa hasta el final del capítulo 10. Yo no me propongo considerar esta noche Su ministerio Galileo completo, sino dividir el tema como lo requiera mi tiempo, y, por tanto, no me limito a las divisiones naturales del Evangelio, sino que lo sigo sencillamente según los capítulos, según lo requiere la ocasión. Lo abordaremos en dos partes.

 

 

Capítulo 1

 

 

Entonces, en la sección de apertura, o prefacio (Marcos 1: 1 al 13), no tenemos aquí ninguna genealogía en absoluto, sino muy sencillamente el anuncio de Juan el Bautista. Tenemos después a nuestro Señor marcando el comienzo de Su ministerio público y, antes que nada, Sus obras en Galilea. Andando junto al mar, Él ve a Simón y Andrés, echando una red en el mar. Él llama a estos a seguirle: no se trató del primer contacto del Señor Jesús con estos dos apóstoles. Podría parecer extraño, a primera vista, que una palabra, aunque era la Palabra del Señor, llamase a estos dos hombres a alejarse de su padre o de su ocupación; no obstante, nadie dice que ello no tiene precedente, tal como el llamamiento de Leví, ya mencionado, lo pone de manifiesto. Sin embargo, es así que en el caso de Andrés y Simón, así como en el de los hijos de Zebedeo, llamados alrededor del mismo tiempo, hubo, por cierto, un contacto previo con el Salvador. Dos discípulos del Bautista, uno de ellos Andrés, precedieron a su hermano Simón, tal como lo sabemos de la lectura de Juan 1. Pero aquí no se trata, en absoluto, del mismo tiempo o de los mismos hechos que son descritos en aquel Evangelio. En el llamado a la obra, yo no dudo en decir que Andrés y Simón fueron llamados antes que Juan y Jacobo; pero en el contacto personal con el Salvador que encontramos en el Evangelio de Juan, es para mí evidente que un discípulo que no se nombra (el propio Juan, como yo creo) fue antes de Simón. Ambos son perfectamente verdaderos. No hay ni siquiera una apariencia de contradicción cuando la Escritura es comprendida correctamente. Cada uno de estos está exactamente en el lugar correcto, ya que en nuestro Evangelio tenemos el ministerio de Cristo. Ese no es el tema del Evangelio de Juan, sino un tema mucho más profundo y más personal; se trata de la revelación del Padre en el Hijo al hombre en la tierra. Es la vida eterna encontrada por las almas y, obviamente, el Hijo de Dios.  Este es, en consecuencia, el primer punto de contacto que el Espíritu Santo ama trazar en el Evangelio de Juan. ¿Por qué se deja todo esto enteramente fuera de Marcos? Evidentemente porque su esfera no es un alma que conoce por vez primera a Jesús, la muestra de la maravillosa verdad de la vida eterna en Él. El tema que está por delante es otro. Tenemos la gracia del Salvador, obviamente, en todos los Evangelios; pero el gran tema de Marcos es Su ministerio. Por eso es que no es tanto el llamamiento personal el que es mencionado aquí sino el llamamiento ministerial. En Juan, por el contrario, allí donde se trató del Hijo dado a conocer al hombre por fe, mediante la operación del Espíritu Santo, no es el llamamiento ministerial, sino el anterior — el llamamiento personal de la gracia al conocimiento del Hijo, y de la vida eterna en Él.

 

Esto puede servir para mostrar que lecciones importantes yacen bajo aquello que un ojo descuidado podría considerar como una diferencia comparativamente trivial en estos Evangelios. Nosotros sabemos muy bien que en la Palabra de Dios no hay nada trivial; sino que lo que podría parecer trivial al principio, está lleno de verdad, y también en inmediata relación con el propósito de Dios en cada libro particular donde estos hechos se encuentran.

 

Ellos abandonan, entonces, todas las cosas ante el llamamiento del Señor. No se trató sencillamente de un asunto acerca de la vida eterna. El principio, no hay duda, es siempre verdadero; pero, de hecho, nosotros no encontramos todas las cosas abandonadas así en casos comunes. La vida eterna es traída a las almas en el Cristo que las atrae, pero a ellas se las capacita para glorificar a Dios donde ellas están. Aquí todo es abandonado para seguir a Cristo. La escena siguiente es la sinagoga de Capernaum (Marcos 1: 21 al 28). Y nuestro Señor muestra allí los objetivos de Su misión aquí en dos detalles. En primer lugar hay enseñanza — les "enseñaba", como se dice, "como quien tiene autoridad, y no como los escribas." No se trataba de la tradición, no era la razón, no la imaginación, o palabras persuasivas de humana sabiduría. Se trataba del poder de Dios. Era eso, por lo tanto, lo que era sencillo y seguro por igual. Esto da, necesariamente, autoridad al tono de aquel  que, en un mundo de incertidumbre y engaño, expresa con seguridad el pensamiento de Dios. Expresar con vacilación la verdad de Dios, es deshonrar a Dios y a Su Palabra, si realmente la conocemos para nuestras propias almas. Es una incredulidad decir 'yo pienso' si yo estoy seguro; no, es más, la verdad revelada no es solamente lo que yo conozco, sino lo que Dios me ha dado a conocer. Es oscurecer y debilitar la verdad, es herir a las almas, es rebajar al propio Dios, si nosotros no hablamos con autoridad donde no tenemos duda alguna acerca de Su Palabra. Pero, por otra parte, es evidente que debemos ser enseñados por Dios antes que estemos en libertad de hablar así con seguridad.

 

Pero, se debe señalar aquí que esta es la primera cualidad mencionada en la enseñanza del Señor. No necesito decir que esto tiene una voz para nosotros. Donde no podemos hablar con autoridad, es mejor que no hablemos en absoluto. Se trata de una norma sencilla, y abundantemente corta. Al mismo tiempo, es evidente que ello daría lugar a una gran cantidad de escudriñamiento de corazón; pero, no estoy menos persuadido que ello sería de un inmenso beneficio para nosotros mismos y para nuestros oyentes.

 

La segunda cosa que el Señor mostró en la sinagoga de Capernaum no fue la autoridad al enseñar, sino el poder en acción; y nuestro Señor trata con la raíz de la maldad en el hombre — el poder de Satanás, en el cual se cree tan poco ahora — en el poder de Satanás sobre los espíritus o cuerpos humanos, o sobre ambos. Había en aquel entonces en la sinagoga — el lugar mismo de reunión, donde Jesús estaba — un hombre con espíritu inmundo. El endemoniado dio voces; ya que era imposible que el poder de Dios en la Persona de Jesús pudiese estar allí sin detectar a aquel que estaba bajo el poder de Satanás. Aquel que hiere a la serpiente estaba allí (Génesis 3:15), el libertador de los hijos cautivos de Adán. La máscara es quitada; el hombre, el espíritu inmundo, no puede tener descanso en la presencia de Jesús. "¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret?" (Marcos 1:24 – VM). En la manera más singular, él mezcla la acción del espíritu malo con el suyo — "¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Te conozco! ¡Sé quien eres, eres el Santo de Dios!" (Marcos 1: 23 y 24 – VM). Jesús lo reprende. El espíritu inmundo le sacude con violencia; ya que era correcto que hubiese allí la manifestación de los efectos del poder maligno, restringido como estaba delante de Aquel que había derrotado al tentador (Marcos 1: 12 y 13). Fue una lección provechosa, que el hombre sepa lo que la obra de Satanás es realmente. Nosotros tenemos entonces, por una parte, el efecto maligno del poder de Satanás y, por la otra, el bienaventurado poder benigno del Señor Jesucristo, el cual obliga al espíritu a salir, asombrando a todos los que vieron y oyeron, "de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?" (Marcos 1:27). Hubo, como hemos visto, tanto la autoridad de la verdad, como también el poder que obró con el acompañamiento de señales externas.

 

La escena siguiente (Marcos 1: 32 al 34) demuestra que el poder no era mostrado meramente en tales hechos como estos: existían la miseria y las enfermedades del hombre aparte de la posesión directa del enemigo. Pero la virtud sale de Jesús dondequiera que había una petición de necesidad. La madre de la mujer de Pedro es la primera que es presentada después que Él deja la sinagoga; y la gracia maravillosa y el poder que se combinan en Su sanación de la suegra de Pedro, atraen multitudes de enfermos de diversos males; de tal modo que sabemos que toda la ciudad se agolpó a la puerta. "Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían." (Marcos 1:34).

 

De este modo, entonces, el ministerio del Señor Jesucristo ha llegado plenamente. Es así como Él lo emprende en Marcos. Se trata, claramente, de la manifestación de la verdad de Dios con autoridad. El poder divino sobre el diablo es delegado en el hombre, así como sobre las enfermedades. Esa fue la forma del ministerio de Jesús. Uno escasamente necesita decir que había una plenitud en dicho ministerio de manera natural, la cual era adecuada a Aquel que era la cabeza del ministerio, así como su gran modelo aquí abajo, no menos que, como Él es ahora, su fuente desde Su lugar de gloria en el cielo. Pero hay otro rasgo notable en él, también, como contribuyendo a llenar este instructivo cuadro introductorio del ministerio de nuestro Señor en su ejercicio actual. Nuestro Señor "no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían." (Marcos 1:34). Él rechazó un testimonio que no era de Dios. Ello podía ser cierto, pero Él no aceptaría el testimonio del enemigo.

 

Pero la fuerza positiva es también necesaria en la dependencia de Dios. Por eso se nos dice, "Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba." (Marcos 1:35). Allí, tal como está el rechazo del testimonio del enemigo, hay, del mismo modo, el hecho de apoyarse de manera más completa en el poder de Dios. Ninguna gloria personal, ningún derecho al poder unido a Él, constituían la razón más pequeña para relajarse en el entero sometimiento a Su Padre, o para omitir buscar Su guía día tras día. Él esperó así en Dios después que el enemigo fue vencido en el desierto, después que Él había demostrado el valor de esa victoria al sanar a los que estaban oprimidos por el diablo. Estando ocupado así es cuando Simón y los demás Le siguen y Le hallan. "Y hallándole, le dijeron: Todos te buscan." (Marcos 1:37).

 

Pero esta atracción pública fue, para el Señor Jesús, un motivo suficiente para no regresar. Él no buscaba el aplauso del hombre, sino el que viene de Dios. Ello se hizo público directamente, por así decirlo, el Señor Jesús se retira de la escena. Si todos los hombres Le buscaban, Él debe ir donde la cuestión era la necesidad, y no el honor. Él dice, por tanto, "Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido." (Marcos 1:38). Él permanece siempre siendo el Siervo perfecto de Dios, humilde, dependiente, aquí abajo. Ningún esbozo puede ser más admirable, en ninguna otra parte podemos ver el ideal perfecto de ministerio completamente realizado.

 

Entonces, ¿hemos nosotros de asumir que todo esto fue dejado al azar? ¿Cómo hemos de explicar, sin un propósito claro, estos variados detalles, y no otros, aumentando el retrato del ministerio? Muy sencillamente. Era aquello para lo cual Dios inspiró a Marcos. Era el objetivo del Espíritu por medio de él. Nosotros encontramos otros asuntos introducidos en otra parte debido a un designio diferente. Ningún otro Evangelio presenta, incluso los mismos hechos, de manera semejante, porque ningún otro se ocupa así del ministerio del Señor. De este modo, la razón es muy evidente. Es Marcos, y él solo, el que fue guiado por Dios a reunir los hechos que guardan relación con el ministerio de Cristo, adhiriéndose al sencillo orden natural de los hechos relatados, omitiendo, obviamente, lo que no ilustraba el punto, pero entre los que lo ilustraban, manteniendo los acontecimientos tal como se siguieron uno al otro. Cristo es contemplado así como el Siervo perfecto. Él mismo estaba mostrando que el servicio de Dios está al principio de Su ministerio. Él estaba formando a otros. Él había llamado a Pedro, y a Jacobo, y a Andrés, y a Juan. Él estaba haciendo que ellos sean pescadores de hombres (Marcos 1:17) — y también siervos. Y es así que el Señor presenta delante de sus ojos — delante de sus corazones — delante de sus conciencias — estos perfectos modos de obrar de la gracia en Su propia senda aquí abajo. Él los estaba formando según Su propio corazón.

 

 

Capítulo 2

 

 

Entonces, al final del capítulo 1, viene el leproso; y, al comienzo del capítulo siguiente (Marcos 2), el paralítico es traído. A estos los hemos tenido en Mateo, y lo mismo encontraremos en Lucas. Pero ustedes observarán que los dos casos están aquí más juntos. Ello no es así en Mateo, sino en Lucas. Mateo, tal como vimos, nos presentó el leproso al comienzo del capítulo 8, y el paralítico al comienzo del capítulo 9. Marcos, el cual relata sencillamente hechos tal como ocurren, no introdujo nada entre estos dos casos. Ellos no estaban, como yo concibo, separados por mucho tiempo. Uno siguió poco después al otro, y ellos nos son presentados aquí de este modo. En uno de ellos (el leproso), el pecado es visto como ¡el gran tipo de contaminación! En el otro (el paralítico), el pecado es visto como la culpabilidad acompañada por la debilidad absoluta. El hombre, totalmente inepto para la presencia de Dios, necesita ser limpiado de su repugnante impureza. Eso es lo que es representado en la lepra. El hombre, absolutamente inútil para andar aquí abajo, necesita ser perdonado así como también fortalecido. Esa es la gran verdad presentada en el caso del paralítico. Aquí también, con singular plenitud, nosotros tenemos el retrato de las multitudes que se juntaron alrededor de la puerta de la casa, y al Señor, como siempre, predicándoles. Tenemos, después, el retrato gráfico del paralítico traído, cargado por cuatro. Todos los detalles son traídos ante nuestros ojos. Más que eso: como no pudieron acercarse a Jesús a causa de la multitud, levantaron el techo encima de donde Él estaba, y el hombre es bajado ante los ojos de Jesús. Jesús, viendo la fe de ellos, se dirige al hombre, enfrenta los incrédulos pensamientos blasfemos de los escribas que estaban allí, y saca a la luz Su gloria personal como Hijo del Hombre más que como Dios. Esto último fue el gran punto al sanar al leproso; ya que era un axioma que solamente Dios podía sanar a un leproso. Ese era el reconocimiento del rey de Israel en un punto notable de la historia de ellos; esa habría sido la confesión común de cualquier Judío — "¿soy yo Dios?" (2º. Reyes 5:7). Este fue el punto allí. Dios debía actuar directamente, o por medio de un profeta, como todo Judío permitiría, para curar la lepra; pero, en el caso del paralítico, nuestro Señor afirmó otra cosa totalmente distinta, a saber, "que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados." (Marcos 2:10). Él demostró, entonces, Su poder sobre la debilidad corporal más desesperada, como testimonio de Su autoridad aquí abajo para perdonar. Era el Hijo del Hombre que tenía poder en la tierra. De este modo, un caso demostró que Dios había descendido del cielo y que se había hecho, en la Persona de aquel bendito Salvador, realmente hombre, sin dejar de ser Dios. Esa es la verdad evidente en la limpieza del leproso; pero en el paralítico sanado es un aspecto diferente de la gloria del Señor. Siervo de Dios y del hombre en cada caso, aquí era el Hijo del Hombre que tenía poder en la tierra para perdonar al culpable, y demostrar su realidad mediante la fuerza impartida para andar delante de todos.

 

Sigue a continuación el llamamiento del publicano. "Al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose, le siguió." (Marcos 2:14). El Señor es visto después en una fiesta en la casa de aquel que fue llamado así por gracia, lo cual excita el odio en los esclavos de la rutina religiosa. "Y los escribas y los fariseos, viéndole comer con los publicanos y con los pecadores, dijeron a los discípulos:" — no a Él; no tenían suficiente honestidad para eso — "¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores? Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores." (Marcos 2: 16 y 17). Ello brindó al Señor la ocasión para explicar el carácter verdadero y los objetos adecuados de Su ministerio. El llamamiento de Dios era divulgado a los pecadores como tales. No se trataba ahora del gobierno de un pueblo, sino de la invitación a pecadores. Dios había libertado una vez a Su pueblo; Él también los había llamado Su hijo, y de Egipto llamó a Su hijo (Oseas 11:1); pero ahora se trataba de llamar a pecadores. El Señor se gloriaba en la gracia que Él estaba ministrando aquí abajo.

 

Como los discípulos de Juan y de los Fariseos solían ayunar, esta es la escena siguiente, planteando la cuestión del carácter de aquellos a los que Jesús fue enviado a llamar. La narración presenta todo esto en una manera muy ordenada, pero adhiriéndose sencillamente, no obstante, a los hechos (Marcos 2: 18 al 22). Viene, entonces, el asunto acerca de mezclar los principios nuevos con los viejos. El Señor declara que esto es completamente imposible. Él muestra que era inconsistente esperar que se ayune cuando el Novio estaba allí. Ello indicaría una entera incredulidad en Su gloria, una falta total de sentimiento correcto en aquellos que reconocían Su gloria. Todo estaba muy bien para los que no creían en Él; pero si Sus discípulos Le reconocían como el Novio, era absolutamente incongruente ayunar en Su presencia.

 

El Señor aprovecha, por lo tanto, la oportunidad para ampliar más profundamente el tema, haciendo la observación de que "Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; de otra manera, el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo, y se hace peor la rotura." Las formas, la manifestación externa de lo que Cristo estaba introduciendo, no se adaptarán, y no se pueden mezclar, con los viejos elementos del Judaísmo, menos aún lo consentirán sus principios internos. Él aborda esto a continuación: "Nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar." El Cristianismo requiere una expresión externa, que esté de acuerdo con su propia vida intrínseca y distintiva. [*]

 

[*] Se encuentra aquí una de las pocas dislocaciones excepcionales, si acaso no es la única, en Marcos; ya que parecería, de la lectura de Mateo 9:18, que mientras el Señor estaba hablando acerca del vino y los odres, Jairo, el hombre principal, vino acerca de su hija. Esto es presentado por Marcos solamente en el capítulo 5.

 

Este tema es seguido por los dos días de reposo, sacando a relucir, el primero de estos, que Dios ya no reconocía más a Israel, y esto debido a que Jesús era tan despreciado en este día como David lo había sido antaño (Marcos 2: 23 al 28). Ese es el punto al que se alude aquí. Los discípulos de Cristo estaban hambrientos. ¡Qué posición! No hay duda que David y sus hombres tuvieron necesidad en ese día, en el día de reposo. ¿Cuál fue el efecto en aquel entonces en cuanto al sistema que Dios había autorizado? Dios no mantendría Sus ordenanzas en presencia del mal moral hecho a Su ungido y a sus allegados. Su propia honra estaba en juego. Sus ordenanzas, por muy importantes que eran en su lugar, ceden el paso delante de las disposiciones soberanas de Su propósito. La aplicación es evidente. El Señor Jesucristo era mayor que David; y, ¿acaso los seguidores de Jesús no eran tan preciosos como los del hijo de Isaí? Si el pan de los sacerdotes se convirtió en pan común cuando antaño ellos tuvieron hambre, ¿se atendría Dios ahora a Su día de reposo cuando a los discípulos de Jesús les faltaba el común alimento? Además, Él añade, "El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo. Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo. (Marcos 2: 27 y 28). Él afirma así la superioridad de Su Persona, y esto, como el Hombre rechazado; y por consiguiente, el título ""Hijo del Hombre", es introducido especialmente aquí.

 

 

Capítulo 3

 

 

Pero, después, hay más que sale a la luz en el segundo día de reposo (Mateo 3: 1 al 6). Estaba la presencia de la absoluta impotencia entre los hombres. No se trataba meramente de que los discípulos de Jesús estaban en necesidad, los testigos de Su rechazo, sino que en la sinagoga que Él entra a continuación, había un hombre con la mano seca. ¿Cómo sucedió esto? ¿Cuál era el sentimiento que podía pretextar la ley del día de reposo para impedir la sanación de un miserable humano que sufre? ¿Acaso Jesús no tenía corazón, porque los ojos de ellos fueron abiertos solamente para encontrar en Su amor una ocasión para acusarle a Él, el cual sentía por cada pesar del hombre en la tierra? Él estaba allí con el poder adecuado para desterrar todo pesar junto con su fuente. Y es por eso que nuestro Señor Jesús, en este caso, en lugar de hablar meramente a favor del caso del inocente, avanza con denuedo; y en medio de una sinagoga llena, mientras Él los ve acechándole a fin de poder acusarle, Él responde a los pensamientos inicuos del corazón de ellos. Él les brinda la ocasión que deseaban. "Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio." No hubo ocultamiento alguno, ni por un momento. "Entonces les dijo: ¿Es lícito en el día de reposo hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matar?" (Marcos 3:4 – LBLA). ¿No era Él el Siervo perfecto de Dios, el cual conoce tan bien los tiempos? Aquí, entonces, en lugar de defender meramente a los discípulos, Él desafía sus inicuos y malvados pensamientos en la congregación pública, y dio Su testimonio de que el deleite de Dios no está en atenerse a las reglas, cuando ello sería para impedir la manifestación de Su bondad. Por el contrario, Su acto declara que ninguna norma puede obligar a Dios a no hacer el bien: Su naturaleza es la bondad; que el hombre no pretenda jamás tener tal celo por los Suyos como para mantener al hombre miserable y ocultar el flujo de la gracia. Las leyes de Dios jamás tuvieron la intención de obstruir Su amor. Mediante ellas se quería, sin duda, poner una restricción a la maldad del hombre, pero jamás tuvieron la intención de prohibirle a Dios que hiciera Su buena voluntad. ¡Lamentablemente! ellos no tenían fe alguna en que Dios estaba allí.

 

Y es notable, aunque no se advierte al principio del capítulo 1, que Marcos no aborda el servicio de nuestro Señor Jesús antes de presentarle, en el versículo 1, como Hijo de Dios, seguido a continuación por la aplicación del oráculo profético, acerca de que Él era realmente Jehová. El único Siervo verdadero era verdaderamente divino. ¡Qué ilustre testimonio a Su gloria! Esto estuvo bien al comienzo, y correctamente ordenado, y en el lugar más adecuado; más aún cuando ello es un pensamiento inusual en Marcos. Y permítanme hacer aquí, de paso, el comentario de que nosotros no tenemos casi ninguna cita de la Escritura hecha por el propio evangelista. Yo no estoy al tanto que se pueda aducir algún caso positivo, excepto en estos versículos preliminares del Evangelio; ya que Marcos 15:28 se basa en un manuscrito demasiado precario para ser considerado verdaderamente como una excepción. Hay algunas citas no poco frecuentes hechas por nuestro Señor, o a nuestro Señor; pero la aplicación de la Escritura acerca de nuestro Señor por el propio evangelista, tan frecuente en el Evangelio de Mateo, es casi, si acaso no enteramente, desconocida para el Evangelio de Marcos. Y yo pienso que la razón es muy evidente. Con lo que él tenía que ver no era con la realización de marcas o esperanzas Escriturales, sino con el cumplimiento del ministerio del Señor. En lo que él pone énfasis, entonces, no es en lo que los demás habían dicho antaño, sino en lo que el propio Señor hacía. Por eso es que la aplicación de la Escritura y el cumplimiento de la profecía desaparecen de manera natural donde eso, a saber, lo que el Señor hacía, es el tema del Evangelio.

 

Sin embargo, volviendo de nuevo a la conclusión del segundo día de reposo, el señor mira alrededor a estos Sabatarios[*] con enojo, entristecido, tal como se dice, por la dureza de sus corazones, y ordena entonces al hombre que extienda su mano, él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.

 

[*] N. del t.: Sabatario = Se dice de los hebreos que guardaban santa y religiosamente el sábado. (Fuente: Diccionario de la lengua española – Real Academia Española).

 

Esta bondad de Dios, tan públicamente y valientemente atestiguada por Aquel que servía así al hombre, provoca inmediatamente, hasta el delirio, el sentimiento homicida de los líderes religiosos. Se trata del primer punto donde, según el relato de Marcos, los Fariseos, tramando con los Herodianos, concibieron el diseño para matar a Jesús. No era adecuado que Uno tan bueno viviese en medio de ellos. El Señor se retira al mar con Sus discípulos; y con posterioridad a esto sucede que, mientras Él sana a muchos y echa fuera espíritus inmundos, Él sube también a un monte , donde da un nuevo paso. (Marcos 3: 7 al 19). Se trata de un punto de cambio en el Evangelio de Marcos, un paso incrementando todo lo que Él había hecho hasta ahora. Tras el diseño de los Fariseos con los Herodianos para destruir a Jesús, la nueva medida que Él adopta es el llamamiento y la designación soberanos de los doce, para que Él pudiese enviarlos a su debido tiempo. De esta manera, Él no los llama meramente para estar con Él, sino que los designa, en una manera formal, a la gran misión para la cual ellos iban a ser enviados. El Señor toma ahora la conspiración de dos grandes enemigos en Israel, los Fariseos y los Herodianos, como una oportunidad para proveer para Su obra. Él ve bien en el odio de ellos lo que estaba delante de Él; en efecto, Él lo sabía desde el principio, apenas es necesario decirlo. No obstante, la manifestación del odio homicida de ellos llega a ser la señal para este nuevo paso, a saber, el nombramiento de aquellos que iban a continuar la obra cuando el Señor ya no estuviese aquí en presencia corpórea para continuarla. Y tenemos así a los doce; Él los establece, "para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar", etc. El ministerio en la Palabra era siempre el lugar más elevado en Marcos — no los milagros, sino la predicación. La sanación de la enfermedad y la expulsión de los demonios eran señales que acompañaban a la Palabra predicada. Nada podía ser más completo. No sólo hay evidencia de que nosotros vemos retratado aquí al siervo, sino que el Siervo era el propio Señor, como vimos al principio de este Evangelio.

 

Fue así el nombramiento de aquellos a los que Él le pareció bien llamar para la debida ejecución de Su poderosa obra en la tierra. Es a estas alturas cuando nosotros encontramos a Sus parientes conmovidos tan grandemente cuando oyeron acerca de todo — a la multitud — ningún momento para comer, etc… Se trata de un hecho notable y característico mencionado sólo por Marcos. (Mateo 3: 20 al 35). "Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí." Ello fue principalmente, yo supongo, debido a una entera devoción que ellos no podían apreciar; ya que justo antes se nos dice que "se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan." Para los Suyos ello era un mero frenesí. Pensaron que Él debía estar fuera de sí. Ello debe ser así, particularmente para los parientes de uno, allí donde la gracia de Dios llama y abstrae sus objetos de toda reivindicación natural. Eso es siempre así en este mundo, y el propio Señor Jesús, como encontramos, no era inmune a las acusaciones injuriosas por parte de los Suyos. Pero hay más; nosotros tenemos ahora a sus enemigos, los escribas que vinieron de Jerusalén. Ellos dicen, "Tiene a Beelzebú; y: Expulsa los demonios por el príncipe de los demonios." (Marcos 3:22 – LBLA). El Señor condesciende a razonar con ellos — "¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer."

 

Pero, acto seguido, nuestro Señor declara muy solemnemente la condenación de ellos, y muestra que ellos eran culpables — no de pecado, como dicen los hombres, sino de blasfemia contra el Espíritu Santo. No hay ninguna frase que indique el sentido de que este era un pecado contra Él. Las personas hablan así a menudo. La Escritura jamás. Lo que el Señor denuncia es la blasfemia contra el Espíritu Santo. A muchas almas les ahorraría una gran cantidad de problemas innecesarios el hecho de tener eso claramente en perspectiva. ¡Cuántas almas han gemido aterrorizadas por el miedo a ser culpables de pecado contra el Espíritu Santo! Esa frase admite nociones vagas y razonamientos generales acerca de su naturaleza. Pero nuestro Señor habló claramente acerca del imperdonable pecado blasfemo contra Él, contra el Espíritu Santo. Yo presumo que todo pecado, es un pecado contra el Espíritu Santo, el cual ha tomado Su lugar en la Cristiandad, y, por consiguiente, da a todo pecado este carácter. De este modo, mentir en la Iglesia no es una mera falsedad hacia el hombre, sino que es mentir a Dios, debido a la gran verdad de que el Espíritu Santo está allí. Aquí, por el contrario, el Señor habla acerca del pecado imperdonable (no habla acerca de ese vago sentido del mal que las almas atribuladas temen que es el 'pecado contra el Espíritu Santo', sino que habla acerca de la blasfemia contra Él). ¡Cómo! ¿este mal no va a ser perdonado jamás? Ello es atribuir al diablo el poder que obró en Jesús. ¡Cuántas almas atribuladas se sentirían aliviadas instantáneamente, si se asieran de esta sencilla verdad! Ello disiparía lo que es realmente un engaño del diablo, el cual se esfuerza mucho para hundirlas en la ansiedad, y llevarlas, si es posible, a la desesperación. La verdad es que, como se puede decir que cualquier pecado de un Cristiano es un pecado contra el Espíritu Santo, lo que es especialmente el pecado contra el Espíritu Santo, si hay algo que lo es, es aquello que impide la libre acción del Espíritu Santo en la obra de Dios, o en Su Iglesia. Se podría decir que ese es el pecado, si ustedes hablan acerca de ello con precisión. Pero a lo que el Señor se refería no era a un pecado ni al pecado, sino a la blasfemia contra el Espíritu Santo. Era eso en lo que la nación Judía estaba cayendo rápidamente en aquel entonces, y por lo cual no eran perdonados en aquel entonces, ni tampoco serán perdonados jamás. Habrá un linaje nuevo, por así decirlo; otra generación será levantada, la cual recibirá a Cristo, a quien sus padres blasfemaron; pero, en lo que se refiere a esa generación, ellos eran culpables de este pecado, y no podían ser perdonados. Ellos lo comenzaron durante la vida de Jesús, lo consumaron cuando el Espíritu Santo fue enviado desde el cielo y fue despreciado. Ellos lo continúan aún persistentemente, y es siempre el caso cuando los hombres entran en un mal curso, a menos que la gracia soberana libere. Mientras más amor, más gracia, más sabiduría, Dios saca a la luz, más determinadamente y ciegamente ellos se apresuran a su propia perdición. Fue así con Israel. Es siempre así con el hombre dejado a sí mismo, y despreciando la gracia de Dios. "Cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón." Ello es la etapa final de la rebelión contra Dios. Incluso en aquel entonces ellos estaban blasfemando al Hijo del Hombre, al Señor mismo; aun entonces ellos atribuían el poder del Espíritu en Su servicio al enemigo, como fue más evidentemente después, cuando el Espíritu Santo obró en Sus siervos; entonces la blasfemia llegó a ser completa.

 

Y esto es, yo supongo, lo que se menciona, en cuanto al principio, en Hebreos 6. En Hebreos 10 parece ser diferente. Está allí el caso de una persona que había profesado el Nombre del Señor, abandonándole completamente, y dando rienda suelta al pecado. Esta es otra forma de pecado y destrucción.

 

En el caso que está ante nosotros en el Evangelio de Marcos, los enemigos habían mostrado su furia y odio incontrolables después de la más plena evidencia, y habían lanzado la peor imputación sobre el poder que no podían negar, pero que se esforzaban en desacreditar para los demás atribuyéndolo a Satanás. Era evidente que cualquiera, que todo otro testimonio después de éste era totalmente vano. Por eso es que nuestro Señor comienza a presentar el terreno moral para un nuevo llamamiento y un nuevo testimonio. El objetivo verdadero de Dios, el objetivo ulterior en el servicio de Jesús, sale a la luz. Había allí un testimonio, y de manera justa, para ese pueblo en medio del cual el Señor había aparecido, donde Su ministerio había exhibido el gran poder de Dios en gracia aquí abajo. Nuestro Señor da a entender ahora que ya no debe ser más una cuestión acerca de la naturaleza, sino de la gracia, y esto debido a Su madre y a Sus hermanos que habían sido señalados por algunos. "Ellos dicen, "Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan. Él les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre." (Marcos 3: 32 al 35). En resumen, Él no reconoce, a partir de ahora, ninguna relación con Él según la carne. El único terreno de relación es el vínculo sobrenatural en la nueva creación. El punto es hacer la voluntad de Dios. La gracia aprovecha sólo para esto: "la carne para nada aprovecha." (Juan 6:63).

 

 

Capítulo 4

 

 

Por lo tanto, en el capítulo siguiente (Marcos 4), se nos presenta un esbozo de Su ministerio desde aquel momento hasta el final mismo. Esa es la relevancia de este capítulo. Se trata del ministerio del Señor en sus grandes principios bajo aquel aspecto, y visto no solamente como un hecho sucediendo (como hemos tenido el ministerio en general antes de esto), sino en su relación, ahora, con esta obra especial de Dios. "El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas." (Santiago 1:18). Por eso es que nosotros Le vemos formando un pueblo, fundamentado en la sumisión a la voluntad de Dios y, por tanto, por medio de la Palabra de Dios predicada; y esto, proseguido hasta el final mismo de todo, con una perspectiva de las dificultades de aquellos comprometidos en esa obra, o en medio de las pruebas que se originan en este mundo que acompañan siempre a un ministerio tal. Eso es el capítulo 4. Por consiguiente, la primera parábola (ya que Él habla en parábolas a la multitud) es acerca de un sembrador. Tenemos esta presentada a nosotros plenamente con su explicación. Siguen después algunas palabras morales de nuestro Señor. "¿Acaso se trae la luz", Él dice en Marcos 4:21, "para ponerla debajo del almud, o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero?". No es sólo el hecho de que hay una Palabra que actúa sobre el corazón del hombre, sino que hay una luz dada (es decir, un testimonio en medio de las tinieblas). El punto aquí no es meramente el efecto en el hombre, sino la manifestación de la luz de Dios. Esta, por tanto, no debe ser puesta debajo de una cama para ser ocultada. Dios, en el ministerio, no considera meramente el efecto sobre el corazón humano; hay además mucho llevado a cabo para su gloria. No sólo está la necesidad de vida, sino de luz; y esto es lo que tenemos antes que nada — luz que germina a lo largo y a lo ancho, y semilla produciendo fruto. Parte de la semilla dispersada fue recogida por el enemigo, o termina siendo nada en algún otro modo menos abiertamente hostil. Pero después que se muestra la necesidad de vida para llevar fruto, nosotros tenemos el valor de la luz; y esto no sólo para la gloria de Dios, aunque es la primera consideración, sino también para la guía del hombre en este oscuro mundo. "Mirad lo que oís." (Marcos 4:24). Así, no sólo está allí la Palabra de Dios sembrada en todas partes, sino "Mirad lo que oís" (es decir, cuídense de lo que oigan). Existe una mezcla de lo que es oscuro y lo que es luz, una mezcla de un testimonio falso con uno verdadero, cosa que hay que recordar particularmente cuando se plantea el asunto de si acaso hay una luz de Dios. Estos Cristianos en particular tienen necesidad de cuidarse de lo que oyen. Sólo ellos tienen poder discernidor, y, por lo tanto, esto es introducido de manera apropiada después que el primer fundamento es establecido. (Marcos 1: 1 al 25).

 

En el siguiente lugar viene una parábola peculiar a Marcos. No hay parte alguna de su Evangelio que lo ilustre más minuciosamente que esta: "Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado." (Marcos 4: 26 al 29). Es el Señor manifestándose a Sí mismo al principio de la obra de Dios en la tierra, y viniendo después al final de ella, siendo dejado afuera todo el estado intermedio donde otros aparecen. Es el Siervo perfecto inaugurando y completando la obra. Es el Señor Jesús en Su primera venida y en Su segunda, en relación con el ministerio. Él comienza y culmina la obra que había que hacer. ¿Dónde se ha de encontrar algo parecido a esto en otros Evangelios? Acudamos a Mateo, por ejemplo, y, ¡qué diferencia! Tenemos allí, sin duda, al Señor representado como sembrando (Mateo 13); pero cuando la siega al fin del siglo es traída ante nosotros en la parábola siguiente, Él dice a los segadores, etc… (Mateo 13:30). No se dice que Él mismo hace este trabajo, sino que en ese Evangelio (Mateo) el diseño requiere que nosotros oigamos acerca de la autoridad del Hijo del Hombre. Él envía a Sus ángeles (Mateo 13:41). Todos ellos están bajo Sus órdenes. Él les da la orden, y ellos siegan la cosecha. Esto es perfectamente fiel, obviamente, así como está de acuerdo con el objetivo en Mateo; pero en el Evangelio de Marcos el punto es más bien Su ministerio, y no la autoridad sobre los ángeles u sobre otros. El Señor es visto como viniendo, y Él viene; de manera que lo uno es tan cierto como lo otro. Suponiendo, entonces, que ustedes sacan la parábola de Marcos y la colocan en Mateo, ¡qué confusión! Y supongan que ustedes trasplantan a Marcos lo que está en Mateo, ello no sólo equivaldría a rasgar el uno, sino también a introducir aquello que jamás se amalgamaría con el otro. El hecho es que todo es perfecto como Dios lo ha escrito; pero en el momento que estas porciones son confundidas, ustedes pierden la relevancia y la idoneidad especiales de cada uno.

 

Después de esto nosotros oímos acerca del grano de mostaza, lo cual era para mostrar meramente el gran cambio desde un pequeño comienzo a un vasto sistema. Esa insinuación era de suma importancia para la guía de los siervos. Se les enseñó, mediante ello, que el resultado sería la magnitud material, en lugar de que la obra del Señor retuviese su primitiva sencillez y su pequeño alcance, siendo el poder espiritual la grandeza real y la única grandeza verdadera en este mundo (Mateo 4: 30 al 32). En el momento que alguna cosa en la obra del Señor, sin importar lo que ella pueda ser, llega a ser sorprendente ante los ojos de los hombres de manera natural, ustedes pueden tener por cierto que principios falsos han logrado establecerse en el interior. Está allí, más o menos, el aroma del mundo. Y por tanto, era de gran importancia que, si la grandeza mundana de ellos iba a venir, tenía que haber un esbozo de los grandes cambios que siguen a continuación; y ustedes encuentran que esto es presentado ordenado de tal manera en Mateo. Este no era el objeto de Marcos, sino justo lo suficiente para la guía de los siervos, para que ellos supieran que el Señor ciertamente llevaría a cabo Su obra, y lo haría perfectamente; como Él la comenzó bien, del mismo modo Él la terminaría bien. Pero, al mismo tiempo, el cambio que habría aquí abajo no sería pequeño, cuando la pequeña siembra del Señor creciese hasta ser un objeto ambicionado delante de los hombres, tal como al hombre le encanta hacerlo. "¿A qué hemos de comparar el reino de Dios? ¿o con qué semejanza lo representaremos? Es como un grano de mostaza, que cuando es sembrado en la tierra, aunque sea la más pequeña de todas las semillas que están en la tierra, sin embargo, cuando es sembrado, sube, y viene a ser más grande que todas las hortalizas, y echa grandes ramas; de manera que las aves del cielo pueden posar bajo su sombra." (Mateo 4: 30 al 32 – VM). Esta es, por tanto, la única parábola que es añadida aquí; pero el Espíritu de Dios nos permite saber que el Señor habló mucho más en la misma ocasión (Marcos 4: 33 y 34). En Mateo tenemos otras parábolas donde se requería la plena luz dispensacional. Fue suficiente, para el objetivo de nuestro Evangelio, presentar lo que hemos visto aquí. Ni siquiera sigue a continuación la levadura, como en Lucas (véase Lucas 13).

 

Pero después, al final del capítulo, tenemos otra instructiva adición (Marcos 4: 35 al 41). No es ninguna novedad que la obra del hombre es estropear, en la medida en que ello pueda ser, la obra del Señor — convertir el servicio en un medio de señorear aquí abajo, y engrandecer aquello que, en la actualidad, tiene su mérito en rehusar separarse del escarnio y el vituperio de Cristo. Porque el rebaño no es grande, sino pequeño: hasta que Él vuelva se trata de una obra despreciada y un Maestro despreciado. Nosotros tenemos los peligros a los cuales los que están comprometidos con Su obra estarían expuestos. Yo pienso que esta es la razón por la cual se presenta aquí el registro de la barca sacudida por la tempestad en la que el Señor estaba, y los discípulos, llenos de ansiedad, temblaban ante el viento y las olas que los rodeaban, pensando mucho más en ellos mismos que en su Maestro. De hecho, ellos se vuelven a Él en tono de reproche y dicen, "Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?"  ¡Es lamentable! Tales son los siervos — propensos a hacer caso omiso a Su honor, abundantemente cuidadosos para con ellos mismos. "Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?" Se trató de poca fe; pero, ¿acaso no se trató también de poco amor? Fue un olvido absoluto de la gloria de Aquel que estaba en la barca. Ello evidenció, no obstante, el secreto de sus corazones — ellos, a lo menos, se preocupaban por ellos mismos: siendo esto una cosa peligrosa en los siervos del Señor. ¡Oh, ser abnegado! ¡No preocuparse por nada más que Él! De todos modos, Él cuida de nosotros. El Señor, por consiguiente, se levanta ante este llamado, egoísta como pudo ser, de flagrante incredulidad; no obstante, Su oído lo oyó como el llamado de creyentes, y se compadeció de ellos. "Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: ¡Cálmate, sosiégate!" (Marcos 4:39 – LBLA). El viento cesó, y sobrevino una gran calma; por lo que incluso los que estaban a bordo temieron con gran temor en presencia de semejante poder, y se decían el uno al otro: "¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?"

 

 

Capítulo 5

 

 

El capítulo siguiente (Marcos 5) comienza con un incidente muy importante relacionado con Su ministerio. Se trata aquí de un solo caso de un endemoniado, que hace que los detalles sean aún más sorprendentes. El caso es que nosotros sabemos, de otra parte de la Escritura, que hubo dos. El Evangelio de Mateo, y no sólo en este, sino en otros varios casos, habla acerca de dos personas (véase Mateo 8); ya que, yo supongo, este hecho concuerda con su objetivo. Era un principio reconocido en la ley que toda palabra fuese confirmada por boca de dos o tres testigos (Deuteronomio 19:15); y aquel de los evangelistas sobre el cual recayó, por así decirlo, la responsabilidad de la circuncisión — él fue quien, en la perspectiva de la circuncisión, presenta el testimonio requerido para la guía de aquellos en Israel que tenían oídos para oír. Nada por el estilo estuvo delante de Marcos. Él no escribió con ningún objetivo especial de satisfacer a los santos Judíos y a las dificultades Judías; sino que, a decir verdad, escribió para otros que no estaban circunscritos de ese modo, y podían necesitar, más bien, que sus peculiaridades fuesen explicadas de tiempo en tiempo. Él tuvo, evidentemente, a la humanidad ante sí, tan amplia como el mundo, y, por consiguiente, destaca, como podemos muy imparcialmente entender, el más notable de los dos endemoniados. No hay aquí, por otra parte, pensamiento alguno acerca de delinear los destinos de Israel en los postreros días, sin por ello negar una alusión aquí, a manera de tipo, a lo que es trazado allí plenamente. Pero yo entiendo que el objetivo especial de este capítulo es seguir el rastro de los efectos morales del ministerio de Cristo, allí donde es dado a entender al alma con poder. Tenemos, por tanto, el caso más desesperado posible. No se trata de un leproso ni tampoco de un paralítico, ni se trata sencillamente de un hombre con un espíritu inmundo. Está aquí la especificación minuciosa de un caso más espantoso que cualquiera que podamos encontrar en otra parte en los Evangelios, y ninguno lo describe con tal poder y con tan intensa naturalidad, o tan circunstancialmente, como nuestro evangelista. (Marcos 5: 6 al 20).

 

"Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas." Todos los aparatos humanos sólo demostraron la fuerza superior del enemigo. "Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar.". ¡Qué cuadro de lúgubre miseria, el acompañante de desolación y muerte! "Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras." (Marcos 5: 2 al 5). La degradación absoluta le agobiaba también, la crueldad de una degradación tal como la que a Satanás le encanta infligir sobre un hombre que él aborrece. "Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos." Uno podría observar que aparece aquí nuevamente, la misma característica que aparece antes — una identificación muy singular del espíritu malo con el hombre. Algunas veces parecería que no había más que uno, algunas veces una especie de personalidad múltiple. "Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región." Y el Señor, por consiguiente, expulsa los espíritus inmundos y entran en los cerdos, los que fueron destruidos.

 

Sin embargo, no se trata solamente de liberación, como vimos en Mateo, sino que está el resultado moral sobre el alma. Las gentes del lugar vienen — ya que ahora es el testimonio de los efectos del ministerio; ellos vienen a Jesús, y viendo al que estuvo poseído por el diablo y tenía la legión, sentado, y vestido, y en su juicio cabal, tuvieron miedo; y los que vieron lo sucedido, les describieron cómo le había sucedido esto al endemoniado, y lo de los cerdos. ¡Presten atención a la incredulidad de ellos! El hombre mostraba que a él le importaba menos Jesús que Satanás o los cerdos. "Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él." (Marcos 5:18). Fue el impulso natural de un corazón renovado, verdadero acerca de todo santo de Dios. No hay ningún creyente, y no me importa cuán débil pueda ser él, que no conozca este deseo, a menos que él pierda la dulce sencillez de la verdad, o, puede ser, esté sofocado por mala doctrina, tal como situarle bajo la ley, lo que provoca siempre temor y ansiedad. Pero cuando un hombre no ha sido envenenado mediante el mal uso de la ley, u otra enseñanza corrupta, el primer sencillo impulso de aquel que conoce el amor de Jesús es estar con Él. Esta es una razón por la que se habla de los Cristianos como los que aman Su venida. (2ª. Timoteo 4:8). Tampoco se trata solamente de un deseo de estar con Él, sino de que Su gloria sea demostrada en todas partes. El alma correcta sabe bien que Aquel que es tan precioso para el corazón, necesita sólo ser conocido por los demás, necesita solamente ser manifestado delante del mundo, para introducir el único poder de bendición que puede servir para un mundo tal como este.

 

En el caso que está ante nosotros, sin embargo, el Señor no se lo permite. Él muestra que, no obstante cuán verdadero y correcto y adecuado podía ser este sentimiento de gracia en el corazón del hombre libertado, hay aún una obra que debe ser hecha. Aquellos que son libertados han de ser ellos mismos libertadores. Estos son el carácter y el objetivo benéficos del ministerio de Jesús. Si Jesús hace Su obra, si Él quebranta el poder de Satanás que ningún otro puede tocar, ello no es meramente para que el que ha sido libertado tenga su corazón con Él, y desee inmediatamente ir y estar con Él. Ello es, en sí mismo, debido a Su amor, y no podría ser sino que aquel que ha sido enseñado por Dios acerca de lo que Jesús es, debiera anhelar estar donde Él está. Pero tal como Jesús no se complació a Sí mismo en venir a servir a Dios aquí abajo, así la esfera del servicio de este hombre libertado está en el lugar donde él podía contar a los demás las grandes cosas que habían sido hechas por él.  Por lo tanto, el Salvador le hace frente con las palabras, "Vete a tu casa, a los tuyos." (Marcos 5:19).

 

Nótenlo bien queridos hermanos; nosotros tenemos tendencia a olvidar la orden. Ella no es meramente 'Vete al mundo, o, Vete a toda criatura, sino "Vete a tu casa, a los tuyos." ¿Cómo es que existe, a menudo, tanta dificultad al hablar a los nuestros? ¿Por qué razón las personas que son bastante audaces con los extraños son tan tímidas delante de su familia, sus parientes, sus relaciones? Ello revela a menudo algo importante que es bueno tener en cuenta. Nosotros nos amilanamos ante la comparación que los nuestros tienen tanta tendencia y tanta seguridad para hacer, los cuales ponen a prueba nuestras palabras — no obstante lo claras, y buenas, y dulces que ellas sean — mediante aquello de lo que ellos tienen tantos medios abundantes de afirmar en cuanto a nuestros modos de obrar cotidianos. Un andar inconsistente resulta en un cobarde, a lo menos, delante de 'los nuestros.' Estaría bien si ello tuviera realmente el efecto de humillarnos delante de todos. Si hubiese humillación y fidelidad genuinas delante de Dios, habría coraje, no sólo delante de los extraños, sino delante de 'los nuestros'. Aquí, sin embargo, el punto equivale sencillamente a esto: El Señor difundiría el mensaje de gracia, le enviaría a él a darlo a conocer a los suyos, ya que eran ellos, evidentemente, los que mejor habían conocido en su caso, el poder terrible y degradante de Satanás. Los que estarían más interesados en el hombre serían, obviamente, los que eran sus familiares; y por tanto, había razones especiales, no lo dudo, para ello. Es bueno, asimismo, que nosotros lo tengamos en cuenta. No es que un alma salvada debería ir sólo a los suyos; pero permanece siempre cierto y bueno, el hecho que el secreto de la gracia en el corazón debería enviarnos a los nuestros, para darlo a conocer a los que han conocido nuestra locura y nuestros pecados, para que ellos puedan oír acerca del poderoso Salvador que nosotros hemos hallado. "Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él." (Marcos 5: 19 y 20).

 

Cuán dulce es esta identificación de "Jesús" (Marcos 5:20) con "el Señor." (Marcos 5:19). Cuán grandes cosas había hecho el Señor con él. El Señor lo expone de la manera más general, yo creo, al pronunciar estas palabras sin una alusión especial a Sí mismo. El hombre, por otra parte, yo no puedo dudar, tenía perfecta razón. Cuán a menudo, cuando puede parecer que hay una carencia de exactitud literal al interpretar "el Señor", acerca de "Jesús", hay en verdad una mejor 'cristalización' del pensamiento de Dios. El mero literalismo se habría atenido servilmente a la letra del lenguaje del Señor. Pero, ¡oh! ¡Cuánto más profundo, y además, cuánto más glorificador de Dios, fue cuando el hombre vio lo que había bajo la superficie de aquel gran misterio de la piedad — a saber, el Señor en atuendo de siervo! Aquel que se agradó tomar la forma de siervo era nada menos que el Señor (Filipenses 2:7). El hombre fue y contó, "cuán grandes cosas Jesús había hecho por él." (Marcos 5:20 – LBLA).

 

Sigue a continuación el relato del principal de la sinagoga, el cual se postró a los pies de Jesús rogándole mucho para que sanara a su hija que agonizaba (Marcos 5:21 y sucesivos). Ya que me extendí acerca de la escena en otra parte de estos discursos, yo necesito decir menos aquí. El Señor va con él, dando a entender Su ministerio específico en Israel — una obra que desciende a la realidad de la muerte, bajo la cual se mostraría que ellos estaban realmente. Pero el Pastor de Israel podía levantar de la muerte. Esta parece ser la relevancia del caso que está ante nosotros, y no una incursión general sobre el poder de Satanás, que llegó a ser la ocasión y justificación, si uno puede hablar así, para llevar victoriosamente las buenas nuevas del reino y la bondad de Dios al hombre. Esto fue verdad acerca del ministerio del Señor aun cuando estaba en la tierra, el lugar donde reina Satanás. Su tentación en el desierto demostró que Él era más fuerte que el hombre fuerte y, por lo tanto, Él saquea sus bienes (Marcos 1: 12 y 13; Marcos 3:27), libertando a las pobres víctimas de Satanás, y haciendo que ellos sean los captores de aquel que las había tenido cautivas. Pero encontramos aquí que Su corazón, lejos de apartarse de Israel, sentía profunda compasión por la necesidad de ellos, profunda como ella era. Tan pronto Jairo le formula el llamado, Él va a responderlo. Solamente Él podía despertar del sueño de la muerte a la hija de Sion; no obstante, la gracia inefable está abierta para todos mientras Él va de camino. En la muchedumbre a través de la cual Él tuvo que pasar, estaba una mujer que padecía de flujo de sangre. Era un caso desesperado; ya que ella había padecido mucho, y había sido tratada en vano por muchos médicos. Esa es la desdichada porción del hombre lejos de Dios; la ayuda humana no sirve. ¿Dónde está el hombre que ha tenido que ver con lo que está en el mundo, y que no reconocería de inmediato la justicia de la escena, la impotencia del hombre en presencia de las necesidades más profundas? Pero esta fue exactamente la oportunidad para Uno que, aun ministrando aquí abajo como Hombre, ejercía el poder de Dios en Su amor. Jesús era el fiel e infalible Siervo de Dios; y la mujer, en lugar de buscar ayuda por parte del hombre tal como él es, y padeciendo así más y más por los esfuerzos mismos hechos para beneficiarla, se llega a Él por detrás entre la multitud y toca su manto. "Porque decía: Si tan sólo toco sus ropas, sanaré. Al instante la fuente de su sangre se secó, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su aflicción." (Marcos 8: 28 y 29 – LBLA). El hecho de haber hecho desaparecer su dolencia habría sido demasiado poco para Jesús, ya que Él es un Salvador perfecto, y por consiguiente, no sólo es un Salvador para el cuerpo que había sufrido por tan largo tiempo, sino para los afectos y la paz del alma. Ella obtuvo una bendición mejor que la que buscaba. Él no sólo detuvo la hemorragia de sangre, sino que llenó su tembloroso corazón con confianza, en lugar del temor que la había poseído anteriormente. Nada hubiese sido moralmente correcto si ella se hubiese marchado con la reflexión de que ella había robado alguna virtud de Jesús. Desterrando enfáticamente todo temor de su espíritu, Él le dice entonces, "Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote." (Marcos 5:34). Es decir, Él le sella a ella mediante la expresión de Su boca, la bendición que, de otro modo, por así decirlo, su mano habría tomado subrepticiamente de Él.

 

Luego, en el final del capítulo, el Señor está en la presencia de la muerte (Marcos 5: 35 al 43); pero Él no permitiría que la muerte permanezca en Su presencia. "La niña", Él dice, (y cuán cierto era) "no está muerta, sino duerme. Justamente así dice el Espíritu que los creyentes duermen, como "así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él." (1ª. Tesalonicenses 4:14). Aquí, a manera de tipo, Israel es visto según el pensamiento de Dios. La incredulidad puede llorar y lamentar, y crear todo tipo de tumulto, y, después de todo, con poco sentimiento; ya que ella puede, aun entonces, burlarse de Jesús. Pero en cuanto a Él, no permite que nadie entre salvo los escogidos — Pedro, y Jacobo, y Juan, junto con los padres de la niña. "Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él." Entonces el Señor toma la mano de la niña, después de haber hecho salir a los demás, y en seguida, a su Palabra, ella se levanta y anda. "Y se espantaron grandemente. Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer." ¿Por qué en este Evangelio, más que en los demás, el Señor ordena guardar silencio así? Yo concibo que es porque el de Marcos es el Evangelio del servicio. La verdad es, hermanos, que el servicio no es una cosa para ser pregonada por los que están comprometidos en él, o por los suyos. Todo lo que es de Dios, y es hecho hacia Dios, se lo puede dejar, de forma segura, que hable por sí mismo. Es lo que Dios da y hace, no lo que el hombre dice, lo que es la razón real del servicio santo. Observen aquí, también, de qué manera el Señor, minucioso en todo, no sólo hace la obra, sino que además cuida tiernamente de ella. Se debe observar la considerada bondad, en cuanto a "que se le diese de comer." Jesús ponía interés en todo asunto, incluso en el que podía parecer el más pequeño. Él tuvo en cuenta, de este modo, que ella había estado en este estado de trance y que estaba exhausta. Independientemente de la ocasión que lo requiere, ¿acaso no es la mayor de todas las cosas para nuestros corazones, saber de qué manera Jesús cuida de nosotros?

 

 

Capítulo 6

 

 

En Marcos 6 tenemos nuevamente a nuestro Señor — despreciado ahora totalmente. Él es aquí "el carpintero." Ello era cierto; pero, ¿fue esto todo? ¿Fue "la verdad"? Esa era la apreciación del hombre acerca del Señor de gloria; no meramente el hijo del carpintero, sino que aquí, y sólo aquí, Él mismo es el carpintero — "¿…hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él." (Marcos 6: 1 al 6).De manera perfecta, ustedes pueden observar eso, allí donde estaba esta incredulidad, nuestro Señor no la eliminaría mediante hazañas deslumbrantes de poder, porque no habría existido ninguna finalidad moral en un resultado producido de este modo. Él había dado señales abundantes a la incredulidad; pero los hombres no habían sacado provecho de ellas, tampoco la Palabra que Él habló se mezcló con fe en los que la oyeron. La consecuencia es que Él "no pudo hacer allí ningún milagro"; tal como solamente aquí está registrado — en efecto, acerca del Hombre ante el cual ningún poder de Satanás, ninguna enfermedad del hombre, nada arriba, o abajo, o debajo, podía demostrar que era la más mínima dificultad. Pero la gloria de Dios, la voluntad de Dios gobernaba todo; y la muestra del poder perfecto fue en humildad y obediencia perfectas. Por lo tanto, este Único Bendito no pudo hacer allí ningún milagro. No es necesario decir que no se trató de un asunto acerca del poder en cuanto a Él mismo. No se trató, en modo alguno, de que Su brazo salvador se cortara; no fue que no hubo ya más virtud en Él, sino que existió esa encantadora mezcla de la glorificación moral de Dios, con todo lo que se había hecho para el hombre. En otras palabras, no tenemos aquí la mera presentación del poder de Jesús, sino el Evangelio (las buenas nuevas) de Su ministerio. Por consiguiente, una parte importante de esto es que a causa de la incredulidad Él no pudo hacer allí ningún milagro. Él estaba sirviendo realmente a Dios; y si se contemplaba sólo al hombre, y no a Dios, no es de extrañar que Él no pudiese hacer allí ningún milagro. Así, lo que parece extraño a primera vista, en el momento que ustedes lo toman en relación con el objetivo de Dios en lo que Él está revelando, todo se vuelve claro, sorprendente, e instructivo.

 

Y Él procede ahora a actuar de acuerdo a aquella designación de los doce, de aquellos que vimos que Él había ordenado en el capítulo 3. Él llamó a los doce, y comenzó a enviarlos. (Marcos 6: 7 al 13). Él les da su misión en la presencia del riguroso desprecio que se había mostrado a sí mismo. Ello sucedió solamente cuando la burla más extrema cayó sobre Él, de modo tal que no pudo hacer allí ningún milagro. Él responde, por así decirlo, de la manera más amable y más concluyente también, que ello no era por ninguna falta de virtud, ya que Él los envía de dos en dos a su nueva y gran misión. Aquel que podía comunicar poder, entonces, a varios hombres — los doce —para ir y hacer cualquier obra poderosa, no carecía de ninguna energía intrínseca, ciertamente, ni tampoco fue ello por alguna carencia de poder obtenido de Dios. Jesús los inviste con Su propio poder, por así decirlo, y los envía en todas direcciones como testigos, pero testigos del ministerio de Jesús. Ellos eran siervos llamados a Su propio modo; y Él les manda así que no tomen nada para el camino, excepto sólo un bordón; ellos debían ir en la fe de Sus recursos. Por lo tanto, cualquier cosa que fuera un medio humano hubiese sido contraria a la intención misma. En una palabra, nosotros debemos recordar que esta era una forma especial adecuada a aquel momento, y, en realidad, esta forma fue dejada sin efecto después por nuestro Señor en detalles muy importantes. En el Evangelio de Lucas, tenemos presentado cuidadosamente el cambio que tiene lugar cuando la hora del Señor llegó. No se trató solamente de que llegara una hora para Él, sino que fue una crisis para ellos también. Ellos se iban a encontrar, a partir de entonces, con un gran cambio, debido al carácter de absoluto rechazo, y, de hecho, de padecimiento, en el que el Señor estaba entrando. Por consiguiente, Él los entrega a los recursos comunes de la fe, usando las cosas que ellos tenían; pero, con todo, no fue así. Por el contrario, los testigos de Jesús a Israel estaban saliendo en aquel entonces. Ello fue en vista de la incredulidad contra Él, pero incredulidad respondida por la nueva efusión de gracia por Su parte, enviando mensajeros con poderes extraordinarios de Él mismo a toda la tierra de Israel. Y Él les dijo así adónde ir y "dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad. Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen" — un rasgo muy importante añadido aquí. Juan predicó el arrepentimiento; Jesús predicaba el arrepentimiento, tal como lo hicieron estos apóstoles. Y les aseguro, amados amigos, que el arrepentimiento es una verdad eterna de Dios para este tiempo, tanto como para cualquier otro. No hay mayor error que suponer que el cambio de dispensación debilita (yo no diría meramente el lugar del arrepentimiento para toda alma que es llevada a Dios, sino) el deber de predicar el arrepentimiento. No debemos dejarlo como siendo algo superficial, satisfaciéndonos a nosotros mismos con la seguridad de que si una persona cree, es seguro que se ha arrepentido; nosotros debiéramos predicar el arrepentimiento, así como esperar también el arrepentimiento en aquellos que profesan haber recibido el evangelio. En todo caso, es igualmente evidente que el Señor lo predicó, y que los apóstoles debían hacer lo mismo, y lo hicieron. Ellos "predicaban que los hombres se arrepintiesen. Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban."

 

Tenemos después a Herodes apareciendo en la escena; y yo entiendo que Herodes representa en Israel el poder del mundo — su poder usurpador, si les parece bien. (Marcos 6: 14 al 29). Independiente de cómo sea esto, el hecho es que él estaba allí, el que sustentaba el poder del mundo en la tierra de Israel, y siempre, aunque no sin reparos y luchas al final, completamente opuesto al testimonio de Dios. Él era realmente hostil a dicho testimonio, no meramente en sus formas más plenas, sino en el fondo también, en su primera aparición y muy elemental presentación. Él no sentía amor alguno por la verdad; le podía agradar bastante el hombre que la predicaba, y oírle al principio de buen grado; él podía tener muchas ansiedades acerca de su alma delante de Dios, y podía saber perfectamente bien que estaba haciendo lo malo en su vida diaria; pero, aun así, el diablo se las arregló para jugar tan bien el juego, que aunque había afecto personal, o, a lo menos, respeto por el siervo de Dios, el desastroso final sobreviene, como siempre lo hará cuando hay un juicio justo en este mundo. Ningún respeto, ningún sentimiento benevolente por cualquiera o cualquier cosa que es de Dios, resistirá cuando a Satanás se le permite trabajar, y es libre de este modo para llevar a cabo su propio plan mortal de arruinar o frustrar el testimonio de Dios. Esto es lo que los que están comprometidos en el ministerio de Cristo deben esperar ver que se intenta, y harán bien en resistir. El Señor estaba enviando estos instrumentos escogidos.  En la presencia de esta nueva acción Suya en la obra, nosotros aprendemos de qué manera siente el mundo acerca de ella; no meramente el mundo ignorante, ni tampoco los grupos religiosos con sus principales, sino el mundo profano muy culto. Y este es el modo en que ellos lo tratan. Ellos tienen el poder exterior del cual Satanás encuentra medios para que ellos lo usen. Ellos matan al testigo de Dios. Puede ser sólo una mujer impía la que los excita a hacer el hecho, pero no se engañen. No fue meramente un asunto de Herodías. Ella no fue más que la herramienta mediante la cual el diablo lo ocasionó: él tiene su propio modo de obrar particular; y en este caso no sólo tenemos las circunstancias, solemnes como ellas son, sino la fuente de todo en la oposición de Satanás al testimonio de Dios. El fondo de ello es que si los hombres impíos tienen poder para matar, aun si son reticentes, aquel a quien ellos pertenecen los obliga, de alguna manera, a usar ese poder que tienen, cuando surge la oportunidad. El temor al hombre, y las nociones del honor, son poderosos donde Dios es desoído: y, ¿qué viene a continuación allí donde no hay conciencia alguna? Esa serpiente antigua puede conseguir entrampar al más prudente, tal como Herodes cayó aquí en la trampa. Por haber dado su palabra a la mujer impía en presencia de sus nobles, la cabeza de Juan fue cortada, y presentada en un plato.

 

Los apóstoles vienen a nuestro Señor después de su misión (Marcos 6: 30 al 44), y Le cuentan el resultado de su misión; o, como se dice aquí, "le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado." (Marcos 6:30). No se trató de un terreno muy seguro; hubiese sido mejor que ellos hubiesen hablado acerca de lo que Él había enseñado, y de lo que Él estaba haciendo. Sin embargo, mientras Él los corrige a todos muy amablemente, Él los lleva a un lugar desierto, y a Él se le encuentra allí incansable en Su amor. Una multitud hambrienta estaba allí. Estos discípulos, solamente poco tiempo atrás tan pletóricos por lo que ellos habían enseñado y lo que ellos habían hecho — ¿acaso no se trataba ahora de una emergencia digna de sus labores? ¿No podían ellos ayudar en la apremiante angustia? Parece que ellos ni siquiera pensaron en ello. En todo caso, sólo en esta escena el Señor saca a la luz, en la manera más clara posible, el absoluto fracaso de ellos. Presten mucha atención a la lección. Esto es especialmente cuando hubo algo de jactancia, después que ellos habían estado ocupados en sus propios hechos y enseñanzas. Es entonces cuando los hallamos así impotentes. Ellos estaban en un punto muerto. No sabían qué hacer. Es extraño decirlo, ellos nunca pensaron en el Señor; pero el Señor pensó en las pobres multitudes, y en Su más rica gracia, no sólo 'preparó una mesa' y alimentó al pueblo, sino que hizo que los mismos débiles discípulos fuesen los distribuidores de Su dadivosidad, ya que después, ellos tuvieron que recoger lo que sobró.

 

Después de esto (Marcos 6: 45 al 52), los encontramos nuevamente expuestos a una tempestad, y el Señor, uniéndose a ellos en su tribulación, los lleva de inmediato a salvo al refugio deseado. En esa circunstancia sigue a continuación la escena de gozo donde Jesús es reconocido, y la abundante bendición que acompañaba cada uno de Sus pasos donde Él se movía (Marcos 6: 53 al 56). Tan ciertamente como Jesús bendecía así al pobre mundo, del mismo modo y mucho más se demostrará Él mismo a Su regreso, después que el mundo habrá hecho lo peor posible. Yo no dudo que esto nos transporta al final, cuando el Señor se volverá a unir con Su pueblo después de sus numerosas y dolorosas tribulaciones, conforme a toda la demostrada debilidad de ellos, así como la exposición a tormentas externas. Así como Él estaba en el lugar que había visitado, Él estará en la difusión universal de poder y bendición, cuando los discípulos sacudidos por la tempestad hayan llegado a salvo a la tierra.

 

 

Capítulo 7

 

 

Pero hay entonces otra perspectiva necesaria también en relación con Su ministerio; nosotros necesitamos aprender los sentimientos prevalentes de los poderes religiosos. Tenemos, por lo tanto, al tradicionalista en colisión con Cristo, así como tuvimos, en el capítulo anterior, a Herodes con Juan el Bautista. Se trata aquí de los líderes acreditados de Jerusalén, los escribas, ante los cuales el Señor trae la evidencia más convincente, de que el principio y la práctica de sus apreciadas tradiciones desmoralizan al hombre y deshonran la Palabra de Dios. La razón del mal es manifiesta — la tradición es del hombre. Muéstrenme alguna cosa del hombre caído que no sea mala. La tradición, como siendo el complemento del hombre, es siempre y necesariamente mala. El Señor la junta con aquello que Él expone después — a saber, la condenación del corazón del hombre en toda su depravación. No sólo está allí la mente del hombre, sino el funcionamiento de sus sentimientos corruptos. Este no es el momento para detenerse en este bien conocido capítulo, y el contraste que él proporciona acerca de la exhibición, de parte de Cristo, de la gracia completamente perfecta hacia la mayor posible necesidad —la mujer que vino a Él a causa de su hija endemoniada. La mujer era una Griega, sirofenicia de nacimiento, la cual le rogaba que echase fuera de su hija al demonio. Pero el Señor, probando su fe para darle una bendición más rica, no sólo cumple lo que ella desea, sino que pone el sello de Su aprobación, de la manera más sorprendente, sobre su fe personal. "Entonces le dijo: Por esta palabra, vé; el demonio ha salido de tu hija. Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama." (Marcos 7: 29 y 30).

 

Llegamos, a continuación, a otro relato, finalizando el capítulo, y sorprendentemente característico de nuestro Evangelio — el caso de un sordo y tartamudo, con quien Jesús se encuentra cuando salía de esos distritos camino de Galilea (Marcos 7: 31 al 37). "Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano encima." El Señor nos muestra aquí nuevamente un hermoso ejemplo de consideración y tierna bondad en la manera en que llevó a cabo Su sanación. Lo que se expone aquí sorprendentemente no es solamente la sanación, sino la manera en que ella se efectuó. Nuestro Señor toma al hombre aparte de la multitud. ¿Quién podía inmiscuirse en esa escena entre el Siervo perfecto de Dios y el necesitado? Él "metió los dedos en las orejas de él." ¿Qué no haría Él para demostrar Su interés? "Y escupiendo, tocó su lengua; y levantando los ojos al cielo, gimió." ¡Qué carga estuvo sobre Su corazón mientras sopesaba el angustioso resultado del pecado! Es un ejemplo particular de la gran verdad que nosotros vimos en Mateo la otra noche. Con Jesús nunca se trató del estricto poder aliviando al hombre, sino siempre de Su Espíritu entrando en el caso, sintiendo su carácter a la vista de Dios, y sus tristes consecuencias para el hombre también. Todo era relevante para Su corazón, y por eso, tal como aquí, Él gime, y manda al oído que se abra. "Al instante se abrieron sus oídos, y desapareció el impedimento de su lengua, y hablaba con claridad. Y Jesús les ordenó que a nadie se lo dijeran; pero mientras más se lo ordenaba, tanto más ellos lo proclamaban. Y se asombraron en gran manera, diciendo: Todo lo ha hecho bien." (Marcos 7: 35 al 37 – LBLA). Ese podría ser el lema de Marcos. La expresión de la multitud, de aquellos que vieron el hecho, es exactamente lo que está ilustrado a través de todo el Evangelio.  Él "todo lo ha hecho bien." (Marcos 7:37 – LBLA). No se trató solamente de que hubiera allí el poder completamente adecuado para llevar a cabo todo lo que Él emprendía, sino que Él "todo lo ha hecho bien." Él es el Siervo perfecto en todas partes, y bajo todas las circunstancias, independientemente de cuál pueda ser la necesidad. Él "todo lo ha hecho bien; aun a los sordos hace oír y a los mudos hablar." (Marcos 7:37 – LBLA).

 

 

Capítulo 8

 

 

El capítulo siguiente (Marcos 8) debe ser ahora nuestro último capítulo, sobre el cual yo sólo diré una o dos palabras antes de finalizar. Nosotros tenemos, una vez más, una gran multitud alimentada (Marcos 8: 1 al 10); no es la misma que la anterior, obviamente (véase capítulo 6). Aquí no fueron alimentados cinco mil, sino cuatro mil; no hubo doce cestas de sobras, sino siete. Hubo, exteriormente, menos límites y un sobrante menor; pero, observen que siete, el número normal de la perfección, hablando de manera espiritual, está aquí. Por tanto, yo considero que, por otra parte, y contemplado como una figura, esto fue aún más importante que lo otro. No hay mayor error al considerar la Escritura — y, de hecho, ello es cierto en cuestiones morales — que juzgar las cosas por sus meras apariencias. La relevancia moral de cualquier cosa que ustedes deseen es siempre de más importancia que su aspecto físico. En este segundo milagro el número de personas alimentadas es menor, si bien el recurso original fue mayor, no obstante, el sobrante que se reunió fue menor. Aparentemente, por tanto, el saldo fue grandemente a favor del milagro anterior. La verdad es realmente esta: en el caso anterior la intervención de los hombres fue prominente; aquí, aunque Él puede emplear hombres, el gran punto es la perfección de Su amor, compasión, y provisión para Su pueblo, independiente de cuál es la necesidad. Parece, por tanto, que el siete tiene una integridad más profunda que el doce, siendo ambos números significativos en su lugar.

 

Después de esto, nuestro Señor reprende a los discípulos por la incredulidad, la cual sale ahora fuertemente a la luz. Cuanto más grande son Su amor y compasión, más perfecta Su preocupación, más dolorosamente, ¡qué lamentable! la incredulidad se revela a sí misma en los discípulos, y aún más en los demás (Marcos 8: 11 al 21). Pero nuestro Señor realiza otra sanación, cuyo registro es peculiar a Marcos (Marcos 8: 22 al 26). En Betsaida, un ciego fue traído. El Señor, con el expreso propósito, a mí me parece, de mostrar la paciencia del ministerio conforme a Su mente, toca primeramente sus ojos, mientras que la vista parcial sigue a continuación. El hombre confiesa en respuesta, que él veía "los hombres como árboles, pero los veo que andan", y el Señor aplica Su mano una segunda vez. La obra es hecha perfectamente. De este modo, Él no sólo sanó al ciego, sino que lo hizo bien — una ilustración adicional de lo que ya ha estado ante nosotros (Marcos 7:37). Si Él pone Su mano para realizar, Él no la retira hasta que todo está completo, conforme a Su amor. El hombre vio entonces con perfecta claridad. Por tanto, Todo es a su tiempo. La doble acción manifestaba al buen médico; tal como Su actuar tan efectivo, sea por palabra o por mano, sea por una aplicación o por dos, manifestó al gran Médico.

 

El final del capítulo comienza a exponer la fe de Pedro en contraste con la incredulidad de los hombres, e incluso con lo que había estado obrando anteriormente entre los discípulos (Marcos 8: 27 al 30). Ahora bien, las cosas se movían rápidamente a lo peor. La confesión de Pedro fue, por tanto, tanto más razonable. El relato difiere, de manera muy sorprendente, de lo que se encuentra en Mateo (véase Mateo 16: 13 al 20). Pedro es representado por Marcos como diciendo sencillamente, "Tú eres el Cristo" (Marcos 8:29); mientras en Mateo las palabras son, "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:16). Por eso es que ustedes no tienen tal cosa en Marcos como, "sobre esta roca edificaré mi iglesia" (Mateo 16:18). La Iglesia es edificada, no exactamente sobre el Cristo o Mesías como tal, sino sobre la confesión de "el Hijo del Dios viviente." De ahí que podemos ver cuán maravillosamente supeditadas en conjunto están las omisiones de la Escritura. El Espíritu Santo inspiró a Marcos para que mencionara nada más que una parte de la confesión de Pedro, y, de este modo, hay sólo una parte de la bendición mencionada por nuestro Señor. Al omitir el homenaje más elevado a nuestro Señor en la confesión de Pedro, el gran cambio que tenemos entonces entre manos, que en sí mismo muestra la edificación de la Iglesia es, en consecuencia, dejado bastante fuera de Marcos. Allí, nuestro Señor les encarga sencillamente que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo. ¡Qué final del testimonio de Su presencia! La razón es, asimismo, muy conmovedora: "le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho", etc. Esa es Su porción, la porción del Siervo verdadero. Él es el Cristo, pero no sirve de nada decir algo más al pueblo; ellos habían oído a menudo, y no lo creerán. Él va a emprender ahora otra obra: va a padecer. Es Su porción. "Era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días." (Marcos 8: 31).

 

Después de este punto, Él comienza, en la perspectiva de la transfiguración, a anunciar Su muerte que se acercaba (Marcos 8:31). Él la presenta de manera muy circunstancial. Él guardaría a Sus siervos de la suposición de que Él era, de uno u otro modo, tomado de sorpresa por Su muerte. Ella era una cosa esperada. Era lo que Él sabía, perfecta y circunstancialmente, antes que los ancianos y los escribas lo supieran. Las propias personas que iban a causarla no sabían nada acerca de ello. Ellas planeaban más bien lo opuesto a la circunstancia real de su muerte. Menos aún sabían ellos algo acerca de Su resurrección: no lo creyeron cuando sucedió; los Judíos lo cubrieron con una mentira. Pero Jesús sabía todo acerca de ambas cosas, y da la primicia primeramente a Sus discípulos, insinuando que la senda de ellos debe transcurrir a través del mismo sendero de padecimiento. (Marcos 8: 32 al 38). El padecimiento de Cristo es contemplado aquí como el fruto del pecado del hombre, lo cual explica el hecho de que no se dice aquí palabra alguna acerca de la expiación. Jamás hubo una mayor idea falsa al considerar la Escritura, que la de limitar los padecimientos de nuestro Señor a la expiación: quiero decir en la cruz, y en la muerte. Ciertamente, la expiación fue el punto más profundo en los padecimientos de Cristo, y uno puede entender cómo incluso los Cristianos tienden a pasar por alto todo lo demás en la expiación. La razón por la cual los creyentes hacen que la expiación sea el todo se debe a que ellos mismos creen ser el todo. Pero si ellos no fuesen creyentes incrédulos, verían que hay mucho más en la cruz que la expiación; y ciertamente ellos no pensarían menos acerca de Jesús si ellos viesen más el alcance de Su gracia, y la profundidad de Sus padecimientos. Nuestro Señor no habla aquí acerca de Su muerte como expiando pecados. En Mateo, donde Él habla acerca de dar Su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28), es obvio que hay expiación de manera sustancial. Cristo expía los pecados de ellos, y a esto yo llamo expiación. Pero aquí, donde Él habla acerca de ser muerto por los hombres, ¿es eso expiación? Es doloroso que Cristianos estén tan callados y tan confundidos. Si Dios no hubiese estado tratando en juicio con el Salvador de los pecadores, no habría habido expiación alguna. Su rechazo por parte de los hombres, aunque tomado de parte de Dios, no es la misma cosa. Y, amados amigos, este es un asunto más importante y más práctico de lo que muchos podrían tender a pensar; pero yo debo postergar comentarios adicionales por ahora. Tenemos ante nosotros un tema nuevo —la gloria de la cual nuestro Señor habla inmediatamente después, en relación con Su rechazo y Sus padecimientos.

 

 

Capítulo 9

 

 

La transfiguración, presenciada precisamente por los ojos de testigos escogidos, introduce de manera natural el gran cambio que estaba a punto de ser efectuado por el gran poder de Dios; ya que la admirable escena fue la visión pasajera de una gloria que jamás tendrá fin (Marcos 9: 1 al 13). Ciertos discípulos fueron admitidos ahí a una visión del reino de Dios viniendo con poder, fundamentado en el rechazo de Cristo por parte del hombre, y el mantenimiento y la manifestación, a la larga, del poder de aquel Jesús rechazado por el hombre, pero glorificado por Dios. Obviamente, el ministerio de nuestro Señor tenía este doble carácter. Era, como en todo en la Escritura, presentado a la responsabilidad humana antes que su resultado es establecido por parte de Dios. Hubo toda la evidencia y toda la demostración que el hombre podía pedir; hubo toda manifestación de Dios; pero el hombre no tenía corazón para ello. De ahí que el único efecto de un testimonio semejante fue el rechazo de Cristo y del propio Dios, como representado así moralmente aquí abajo. ¿Qué hará Dios entonces? Él hará realidad Su consejo mediante Su propio poder, ciertamente; porque nada de lo que es de Él fracasa. Y todo testimonio Suyo debe cumplir su objetivo. Pero entonces Dios espera; y, aún antes de poner Él el fundamento para esa gran obra de establecer Su propio reino y Su propio poder, Él presenta una visión de él a los que le pareció bien escoger. Por eso es que la transfiguración fue una especie de puente, por así decirlo, entre aquel momento y el futuro, confrontando a los hombres, aun en aquel momento, con los planes de Dios. Ello es realmente la introducción, en la medida que un testimonio, e incluso una muestra, atañe a los creyentes, de aquel reino que va a ser establecido y mostrado a su debido tiempo. No es que el rechazo de Cristo cesa después de esto, sino que, por el contrario, continúa hasta la misma cruz. Pero en la cruz, en la resurrección, y en la ascensión de nuestro Señor Jesucristo, nosotros vemos, por medio de la fe, el asunto completo; el rechazo del hombre por una parte, y el fundamento de Dios puesto realmente por la otra. A pesar de que un testimonio de ello fue traído ante la vista de los discípulos en este monte santo según la elección soberana de nuestro Señor, Él toma, incluso de los doce escogidos, unos pocos escogidos para que sean testigos de Su gloria. Pero esto le da un lugar muy importante y muy enfático en los Evangelios Sinópticos, que trae ante nosotros el progreso Galileo de Cristo; más particularmente en el punto de vista del ministerio en que tenemos esto en nuestro Evangelio.

 

El Señor, habiendo tomado entonces a Jacobo y Juan, así como a Pedro, se transfiguró delante de estos discípulos. Los hombres glorificados, Elías con Moisés, son vistos hablando con Él. Pedro revela su falta de apreciación acerca de la gloria de Cristo, y de manera mucho más notable, ya que en la escena inmediatamente anterior Pedro había testificado acerca de Jesús en términos asombrosos. Pero Dios debe mostrar que no hay más que Un testigo fiel; y la misma alma que se destacó brillantemente, podemos decir, por un pequeño momento en la escena que precedió a la transfiguración, es la misma que manifiesta el vaso de barro más que ninguna otra en la transfiguración. "Bueno es", Pedro dice, "para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías." (Marcos 9:5). Es evidente que aunque él pudo poner al Salvador a la cabeza de los tres, él consideró que los otros están, en una medida, a nivel con Él. Vemos inmediatamente la nube haciendo sombra, y oímos la voz desde ella que mantiene indivisible la gloria suprema para el Hijo de Dios. "Este (dice el Padre; porque Él es el que habló) — "es mi Hijo amado; a él oíd." (Marcos 9:7).

 

Ustedes observarán que en Marcos hay una omisión. No tenemos aquí la expresión de complacencia. En Mateo a esto se le dio prominencia, tal como sabemos. En su capítulo 17 es, "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd." (Mateo 17:5). Yo entiendo que la razón fue establecer esto en el contraste más absoluto con Su rechazo por parte del pueblo Judío. Así nuevamente, en el Evangelio de Lucas tenemos el testimonio de Cristo siendo el Hijo de Dios en el terreno de oírle a Él en lugar de a Moisés o a Elías. "Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd" (Lucas 9:35), omitiendo la expresión de la complacencia del Padre en Él. Él fue siempre el objeto del deleite del Padre, indudablemente; pero, aun así, no siempre hay la misma razón para afirmarlo. Mientras que, al comparar el testimonio en 2ª. Pedro 1, se encuentra que hay una omisión de "a él oíd" en los tres Evangelios. "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia." (2ª. Pedro 1:17). Es evidente que la superioridad del Señor Jesucristo sobre la ley y los profetas no es el punto en Pedro. Yo pienso que la razón es obvia. Ese asunto ya se había decidido: el Cristianismo había entrado. No era aquí el punto reclamar para Cristo un lugar sobre la ley y los profetas, sino mostrar sencillamente la gloria del Hijo a los ojos del Padre, y Su deleite o amante satisfacción en Él: tal como después él deja en claro que en toda la Palabra de Dios el único objeto del Espíritu Santo es la gloria de Cristo; porque los santos hombres de antaño hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo, y la Escritura no fue escrita por voluntad humana; Dios tuvo, más bien, un gran propósito en Su Palabra, que no fue satisfecho mediante la aplicación transitoria de ciertas partes de ella a hechos aislados, a esta o a esa otra persona (2ª. Pedro 1:21). Hubo un único gran vínculo unificador en todas partes de la profecía de la Escritura. El objeto de todo ello fue este — la gloria de Cristo. Separen la profecía de Cristo, y ustedes desvían la corriente del testimonio de la persona de Aquel a quien el testimonio es más debido. Ella no contiene meras advertencias acerca de pueblos, naciones, lenguas, o territorios; acerca de hechos providenciales, o de otra forma; acerca de reyes, imperios, o sistemas en el mundo; Cristo es el objeto del Espíritu. Así que en el monte oímos allí al Padre testificando de Cristo, el cual era, de manera suprema, el objeto de Su deleite. El reino fue ejemplificado allí; Moisés también, y Elías; pero había preeminentemente Un objeto delante del Padre, y ese objeto era Jesús. "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd." (Mateo 7:5). El punto no fue exactamente oír a Cristo, sino al Padre acerca de Él, por así decirlo. Ese es aquí el objeto enfático; y por tanto, tal como yo creo, las palabras "a él oíd" son omitidas. En Mateo nosotros tenemos la forma más plena de todas, la cual insiste más en el llamamiento a oírle a Él. Lucas presenta "a él oíd", pero la expresión de complacencia personal, tanto en Lucas como en Marcos, no fue tanto el objetivo dominante. Hubo, obviamente, puntos comunes en todos, pero yo menciono esto, sólo por un momento pasajero, para ilustrar sus diferencias.

 

Encontramos después, sin detenernos sobre todos los detalles, que nuestro Señor dice a los discípulos que la visión debía ser mantenida oculta hasta la resurrección de entre los muertos. Su propia resurrección introduciría un carácter de testimonio enteramente nuevo. Era entonces cuando los discípulos podían hacer manifiesta, sin impedimento, esta gran verdad. El Señor les estaba enseñando así la total incapacidad de ellos, hasta que aquel gran acontecimiento trajese una nueva obra de Dios, la base de un testimonio nuevo e irrestricto, habiendo pasado las cosas viejas, y todas las cosas hechas nuevas para el creyente (2ª. Corintios 5:17).

 

Yo creo que esto fue muy importante, si nosotros consideramos aquí a los discípulos como llamados al servicio. No radica en el poder del hombre el dedicarse al servicio o dedicarse al testimonio de Cristo del modo que él quiere. De esto es evidente el importante lugar que tiene la resurrección de entre los muertos en la Escritura. Fuera de Cristo el pecado reinaba en la muerte. En Él no había pecado; pero, hasta la resurrección, no podía haber un testimonio pleno rendido a Su gloria o a Su obra. Y, en realidad, fue así. Después de esto sigue a continuación, temporalmente, una mención de las dificultades que muestran cuán verdaderamente nuestro Señor había medido la incapacidad de ellos, ya que los discípulos estaban realmente bajo la influencia de los propios escribas en este momento (Marcos 9: 10 al 13).

 

Al pie del monte se abre otra escena. En la cima nosotros no sólo hemos visto el reino de Dios, sino la gloria de Cristo; y, sobre todo, Cristo como el Hijo, al cual el Padre proclamó ahora como Uno que debe ser oído más allá de la ley y los profetas. Los discípulos nunca comprendieron esto hasta la resurrección; y la razón es muy evidente, porque la ley tenía su lugar en aquel entonces de manera natural, y los profetas entraron como corroborando la ley y manteniendo su justa autoridad. La resurrección de entre los muertos no debilita, en modo alguno, ni la ley, ni los profetas, pero dicha resurrección brinda la ocasión para la exhibición de una gloria superior. Sin embargo, al pie del monte hay una horrible evidencia de hechos inmediatos, justo después de la muestra de lo venidero (Marcos 9: 14 al 29). Entretanto, antes que el reino de Dios sea establecido en poder, ¿quién es el potentado que influencia a los hombres y que reina en este mundo? Es Satanás. En el caso que está ante nosotros su poder fue muy manifiesto — un poder que los propios discípulos no podían expulsar del mundo debido a su incredulidad. Aquí, nuevamente, vemos cuán manifiestamente el servicio es el gran pensamiento a lo largo de todo este Evangelio. El padre está angustiado, ya que era una historia antigua; para Satanás no era ninguna cosa nueva ejercer este poder sobre el hombre en el mundo. Tal fue el caso desde la niñez de este joven; así como lo fue aun desde los tempranos días de la historia del hombre. En vano había apelado el padre a los que llevaban el Nombre de Cristo en el mundo; ya que ellos habían fracasado completamente. Esto llevó a que el Señor reprobase severamente la incredulidad de ellos, y especialmente por la razón de que ellos eran Sus siervos. No había estrechez alguna en Él; ninguna mezquindad de poder de parte Suya. Se trató realmente de incredulidad en ellos. Por eso Él pudo decir solamente, "¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo. Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió con violencia al muchacho, quien cayendo en tierra se revolcaba, echando espumarajos." (Marcos 9: 19 y 20). Porque el Señor no ocultaría el pleno alcance del poder de Satanás, sino que permite que el niño sea sacudido con violencia mediante su poder delante de sus ojos. No podía caber duda alguna acerca de que el hechizo estaba intacto hasta esto. Los discípulos no habían sometido, suprimido, o aplastado, en modo alguno, el poder de Satanás sobre el niño. "Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño." (Marcos 9:21). Era realmente la historia de este mundo en contraste con la nueva creación. Del mundo, o más bien reino, de Dios, una visión que, a lo menos, había sido vista recién en la transfiguración.

 

De este modo, el capítulo está fundamentado, en primer lugar, en la anunciada muerte de Cristo en rechazo total, y la certeza de acerca de Dios introduciendo Su reino de gloria para el Cristo rechazado por los hombres. En el siguiente lugar, la inutilidad o imposibilidad de testificar la transfiguración hasta que la resurrección de entre los muertos sea confirmada: entonces ello sería muy oportuno. Por último, sigue a continuación la evidencia de lo que el poder de Satanás es realmente antes que el reino de Dios venga en poder, donde el testimonio de él era incluso desconocido. El hecho es que bajo la superficie de este mundo contemplado por los discípulos y sacado a luz por la presencia de nuestro Señor Jesús, hay este sometimiento completo del hombre desde sus primeros días, tal como se dice ("desde niño" – Marcos 9:21). El poder de Satanás sobre el hombre es demasiado evidente, y los siervos del Señor solamente demostraron cuán impotentes eran, no por algún defecto de poder en Cristo, sino debido a la propia falta de fe de ellos para expulsarlo. El Salvador procede a actuar de inmediato, dejando que el hombre vea que todo depende de la fe. Mientras tanto, lo que Cristo pone en evidencia es el poder que trata con Satanás antes que el reino sea establecido. Ese es el testimonio al pie del monte. El reino será establecido a su debido tiempo, ciertamente, pero, entre tanto, la fe en Cristo derrota el poder del enemigo. Está más allá de toda duda que estos eran la verdadera necesidad y el único remedio. Sólo la fe en Él podía asegurar la bendición; y entonces, en consecuencia, el padre apela de manera temblorosa al Señor en su angustia, "Creo; ayuda mi incredulidad." (Marcos 9:24). "Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él." (Marcos 9:25). La obra estaba hecha. Aparentemente el niño ya no vivía; pero el Señor, "tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó." (Marcos 9:27). En la casa Él dio a los discípulos otra lección provechosa a modo de ministerio.

 

Ese es entonces, y es fácil ver, el punto que se saca aquí a la luz. El Señor muestra que, junto con la incredulidad, está la falta de conciencia y confesión de dependencia en Dios. Esto solo juzga también la energía de la naturaleza. "Este género", Él dice, "con nada puede salir, sino con oración y ayuno." Si bien el poder está en Jesús, sólo la fe lo echa fuera; pero esa fe es acompañada por la sentencia de muerte sobre la naturaleza, además de alzar la vista a Dios, la fuente única de poder. (Marcos 9: 28 y 29).

 

Tenemos, a continuación, otra lección relacionada aún con el servicio del Señor, mientras el poder de Satanás está en acción en el mundo, antes que el reino de Dios sea establecido. Nosotros debemos conocer el estado del corazón de estos siervos. Ellos desean ser algo. Esto falsea sus juicios. Ellos salieron de allí y pasaron a Galilea; y Él no quería que nadie lo supiese. Porque Él enseñaba a Sus discípulos y les decía, "El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día. Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle. (Marcos 9: 30 al 32). ¡Cuán singular a primera vista, y no obstante cuán frecuente, es la falta de habilidad para considerar las Palabras de Jesús! ¿A qué se debe esto? Se debe al 'yo' no juzgado. Ellos se avergonzaban por dejar que el Señor supiera cuál era la razón verdadera; pero el Señor la manifiesta (Marcos 9: 33 al 35). Él llega a Capernaum, y estando en la casa les pregunta, "¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?" "Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor." No es de extrañar que hubiese tan poco poder en presencia de Satanás; no es de extrañar que hubiese tan poco entendimiento en presencia de Jesús. Había un peso muerto detrás — a saber, este espíritu de pensar acerca de ellos mismos, de desear alguna distinción que fuese vista y conocida ahora por los hombres. Era incredulidad evidente acerca de lo que Jesús siente, y que va a mostrar, en Su reino. Porque no hay más que un solo pensamiento delante de Dios — a saber, Su intención es exaltar a Jesús. Ellos estaban así bastante afuera de la comunión con Dios acerca del asunto. No sólo habían fracasado los que no estuvieron en el monte durante la transfiguración, sino con igual evidencia, Jacobo, Pedro, y Juan, todos habían fallado. ¡Cuán poco tienen que ver el privilegio especial, o la posición, con la humildad de la fe! Este es, entonces, el secreto de la impotencia contra Satanás, o para con Jesús. Adicionalmente, yo pienso que la relación de todo esto con el servicio del Señor debe ser manifiesta.

 

Pero hay también otro incidente peculiar a Marcos, del cual oímos directamente después de esto. (Marcos 9: 36 y 37). El Señor los reprende tomando a un niño, y les muestra, a partir de ese hecho, la humildad. ¡Qué censura fulminante para la exaltación propia de ellos! Incluso Juan demuestra cuán poco la gloria de Cristo, que hace que uno se satisfaga con ser nada, había entrado ahora en su corazón. Estaba llegando el día cuando todo ello se arraigaría allí — cuando ellos recogerían realmente beneficio eterno de ello; pero por el presente, esto fue la demostración dolorosa de que se necesita algo más que la palabra, aun de Jesús. Entonces, es así que Juan se vuelve inmediatamente después al Señor, quejándose de que alguien estaba echando fuera demonios en Su Nombre — la cosa misma que ellos no habían logrado hacer. (Marcos 9: 38 al 41). "Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios." ¿Acaso no era esto, entonces, un asunto para el agradecimiento de corazón a Dios? ¡En lo más mínimo! El 'yo' en Juan se encendió por ello, y se convirtió en el portavoz del poderoso sentimiento que los animaba a todos ellos. "Maestro, hemos visto" — no meramente 'yo he visto'; él habló por todo el resto. "Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía." Es evidente, entonces, que ninguna reprensión anterior había depurado, en modo alguno, el espíritu de exaltación propia, ya que estaba nuevamente allí en pleno vigor. Pero Jesús dijo, "No se lo prohibáis." Esta es otra lección de mucha importancia en el servicio de Cristo. La cuestión no es aquí una de deshonra a Cristo. Nada en este caso contempla, o permite, algún acto en absoluto contrario a su Nombre. Por el contrario, se trataba de un siervo avanzando contra el enemigo, creyendo en la eficacia del Nombre del Señor. Si hubiera sido una cuestión acerca de enemigos o falsos amigos de Cristo, derribando o socavando Su gloria, el que "no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama." (Mateo 12:30). Dondequiera que sea una cuestión acerca de un Cristo verdadero o falso, no se puede comprometer ni la letra más pequeña de Su gloria. Pero donde, por el contrario, se trataba de uno que puede haber tenido, tal vez, poca comprensión, o que ciertamente no había sido tan favorecido como los discípulos por lo que se refiere a las circunstancias, conocía, no obstante, el valor y la eficacia de Su Nombre, Jesús le ampara amablemente. "No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es." (Marcos 9: 39 y 40). Él tenía, ciertamente, fe en el Nombre del Señor; y por la fe en ese Nombre era poderoso para hacer eso que ¡lamentablemente! los discípulos no pudieron hacer a causa de su debilidad. Era evidente que hubo un espíritu de celos, y que el poder que obraba de manera manifiesta en uno que nunca había sido tan privilegiado exteriormente como ellos, en lugar de llevar a los discípulos a tener la humildad de pensar acerca de su propio defecto y falta de fe, llevó, incluso a Juan, a andar buscando alguna falta, algún motivo para reprimir a aquel a quien Dios había honrado.

 

Por eso que el Señor saca a la luz una enseñanza, no en desacuerdo con ello, obviamente, sino totalmente diferente de lo que nosotros tuvimos en Mateo 12:30. El uso oportuno de estas enseñanzas en el momento correcto y en las circunstancias correctas, yo no puedo considerar, de modo alguno, que no tiene importancia. El de Marcos, ustedes recordarán, es el Evangelio del servicio: y el asunto es aquí el ministerio. Pues bien, el poder de Dios en esto no depende de la posición. Sin importar cuán correcta puede ser la posición (es decir, conforme a la voluntad de Dios), eso no dará poder ministerial a los individuos que están en la posición más verdadera. Los discípulos estaban, obviamente en un lugar irrecusable al estar siguiendo a Cristo — no podía haber nada más ciertamente correcto que el lugar de ellos; ya que Jesús fue el que los había llamado, los había reunido a Su alrededor, y los había enviado revestidos con una medida de Su propio poder y autoridad. Por todo eso, era evidente que había debilidad en la manifestación práctica. Había una indudable falta de fe en cuanto a recurrir a los recursos de Cristo, como sucedió contra Satanás. Ellos, entonces, hicieron lo correcto adhiriéndose a Cristo, y no seguir a ningún otro; hicieron lo correcto abandonando a Juan el Bautista para seguir a Jesús; pero no estaban en lo correcto al permitir que cualquier razón impidiese su conocimiento acerca del poder de Dios, que obraba en otro que no estaba en esa posición bienaventurada que era privilegio de ellos. En consecuencia, nuestro Señor reprende este espíritu estrecho con severidad, y establece un principio aparentemente contrario, pero realmente armonioso. Porque no hay aquí contradicción alguna en la Palabra de Dios, o en ninguna otra parte. La fe puede estar confiada en que no hay nada en Mateo 12 que se oponga a Marcos 9. Es indudable que, a primera vista, podría parecer que hay una diferencia tal; pero vean, lean nuevamente, y la dificultad desaparece.

 

En Mateo 12:30 el asunto fue totalmente diferente. "El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama." Se trató allí de una cuestión acerca de Cristo mismo — de la gloria y del poder de Dios en Jesús aquí abajo. En el momento que ello viene a ser una cuestión acerca de Su Persona, atacado por adversarios, entonces el que no está con Cristo, está contra Cristo. ¿Permiten las personas cualquier cosa para rebajar ahora Su Persona? Todos los asuntos son secundarios en comparación con esto, y cualquiera que es indiferente a ello, tomaría deliberadamente la parte del enemigo contra Cristo. Aquel que aprobaría la deshonra de Jesús, independientemente de cuáles pueden ser sus pretensiones, demuestra que él no es amigo del Señor, y que su obra de recoger no puede sino desparramar.

 

Pero en el pensamiento del Señor presentado en Marcos, un asunto completamente diferente estaba ante ellos. Aquí se trataba de un hombre que estaba exaltando a Cristo conforme a la medida de su fe, y, ciertamente, con un poder nada desdeñable. Los discípulos, por lo tanto, tenían que haber reconocido, y haberse deleitado en este caso, en el testimonio rendido al Nombre de Cristo. Se reconoce que el hombre no era tan favorecido como ellos; pero ciertamente el Nombre de Cristo era exaltado en deseo y en hecho. Si el ojo de ellos hubiese sido sencillo, lo habrían reconocido, y habrían agradecido a Dios por ello. Y aquí, por consiguiente, el Señor imprime en ellos una lección enteramente de otra clase: 'El que no está contra mí, por mí está'. Por lo tanto, dondequiera que se trata del despliegue del poder del Espíritu en el Nombre de Cristo; es evidente que aquel que es usado así por Dios no está contra Cristo; y si Dios responde a ese poder, y lo usa para la bendición del hombre y la derrota del diablo, nosotros debiéramos regocijarnos.

 

¿Necesito yo decir cuán aplicables son ambas lecciones? Nosotros sabemos, por una parte, que en este mundo Cristo es rechazado y despreciado. Esa es la base principal de Mateo. Por consiguiente, en Mateo 12, tenemos a Jesús no meramente como el objeto de la odiosidad, sino que tenemos esto aun por parte de los que tenían, en aquel tiempo, el testimonio exterior de Dios. Por eso que, con independencia de cuál puede ser la reputación, cuál puede ser el respeto tradicional o la reverencia de los hombres, si Cristo es deshonrado, aquellos que Lo valoran y Le aman no pueden tener comunión alguna, ni por un instante. Por otra parte, tomen ustedes el servicio de Cristo, y en medio de todos los que llevan el Nombre de Cristo por doquier, pueden estar los que Dios emplea para esta o esa importante obra. ¿He de negar yo que Dios hace uso de ellos en Su servicio? Ni por un instante. Yo reconozco el poder de Dios en ellos, y Le doy gracias; pero esto no es razón para que uno abandone el lugar bienaventurado de seguir a Jesús. Yo no digo, 'de seguirnos a nosotros' ("porque no nos seguía" - Marcos 9:38), sino, 'de seguirle a Él'. Es evidente que los discípulos estaban ocupados de ellos mismos, y Le olvidaron. Estaban deseando que el ministerio fuese monopolio de ellos, en lugar de un testimonio rendido al Nombre de Cristo. Pero el Señor pone todo en su lugar; y el mismo Señor que en Mateo 12 insiste en la decisión por Él, donde Sus enemigos habían manifestado su odio o desprecio para con Su gloria, no es menos rápido, en el Evangelio de Marcos, para indicar el poder que había obrado en el ministerio de Su siervo anónimo. "No se lo prohibáis", Él dice; "Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es." (Marcos 9: 39 y 40). ¿Estaba acaso contra Cristo, según nos dice el propio Juan, el que usaba Su nombre contra el diablo? El Señor honra así, en cualquier parte o medida, la fe que sabe de cómo hacer uso de su Nombre, y obtener victorias sobre Satanás. Por eso que, por tanto, si Dios emplea a cualquier hombre — digamos, para ganar pecadores para Cristo, o para librar a santos de la esclavitud de la mala doctrina, o cualquier otra que pueda ser la trampa — Cristo le reconoce, y así debemos hacerlo nosotros. Se trata de una obra de Dios, y un homenaje al Nombre de Cristo, aunque no es un terreno, yo repito, para quitar importancia al hecho de seguir a Cristo, si Él ha acordado amablemente un privilegio tal. El hecho de pensar cuán poco hacemos cuando se nos ha confiado el poder de Dios es un terreno muy legítimo, sin duda, para humillarnos a nosotros mismos. Así, nosotros tenemos que mantener la propia gloria personal de Cristo, por una parte, asiéndonos siempre de ella; y nosotros tenemos, por otra parte, que reconocer cualquier poder ministerial que a Dios, en Su soberanía, le ha parecido bien emplear, y a quienquiera que lo ejerza. Una verdad no interfiere, ni en el grado más mínimo, con la otra.

 

Además, permítanme llamar ahora su atención a lo apropiado que es el lugar en que se sitúa el incidente en este Evangelio. Ustedes no podrían transponer ni este, o la Palabra solemne en Mateo. Ello estropearía por completo la hermosura de la verdad en ambos. Por una parte, el día en que se rechaza y se desprecia a Cristo es el día para que la fe afirme Su gloria; por otra parte, allí donde está el poder de Dios, yo debo reconocerlo. Puede ser que yo mismo haya sido reprendido anteriormente por mi propia falta de poder; pero, a lo menos, reconozca yo la mano de Dios dondequiera que sea manifiesta.

 

Nuestro Señor consolida esto con una enseñanza notablemente solemne, y muestra, en Su discurso, que no era meramente una cuestión acerca de 'seguirnos a nosotros', o cualquier otra cosa, por un tiempo. Ahora bien, no hay duda alguna que el discípulo Le sigue a Él a través de un mundo donde abundan las piedras de tropiezo, y los peligros por todos lados. Pero más que esto, se trata de un mundo en medio de cuyos lazos y escollos Él se digna proyectar la luz de la eternidad. De ahí que no fuera una simple cuestión del momento; ello iba mucho más allá de los objetivos de la lucha de grupos. Nuestro Señor, por consiguiente, golpea la raíz de lo que estaba obrando en los equivocados discípulos. Él declara que cualquiera que da un vaso de agua en Su Nombre — el verdadero servicio más pequeño rendido a la necesidad "porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa." (Marcos 9:41). Aún más, no se trataba meramente de una cuestión acerca de recompensas por una parte, sino de la ruina eterna, por la otra. Hubiese sido mejor que ellos mismos se mirasen mientras aún pueden. La carne es una cosa mara y ruinosa. Sin importar quién o qué puede ser la persona, el hombre no está a salvo en sí mismo, especialmente, permítanme añadir, cuando está al servicio de Cristo. No existe terreno alguno donde las almas son más propensas a desviarse. Ello no es meramente en asuntos de mal moral. Hay hombres que nos superan, y que, por así decirlo, se someten a tales seducciones ilesos; pero otra cosa muy distinta y mucho más peligrosa es donde, en el profesado servicio del Señor, se da albergue a aquello que ofende a Cristo, y contrista el Espíritu Santo. Esta lección sale a la luz, no meramente para los santos, sino también para los que están aún bajo el pecado. "Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala… si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo." (Marcos 9: 43 al 48). Traten ustedes incansablemente con cada obstáculo, y esto en el terreno moral más sencillo y más urgente de manera personal, y más inminente es el peligro que ellos conllevan. Estas cosas probarían al hombre, y examinarían cuidadosamente si es que hubiese algo en él hacia Dios.

 

El final de Marcos 9 recuerda a uno de 1ª. Corintios 9, donde el apóstol Pablo, hablando también, sin duda, acerca del servicio, profundiza su tono de advertencia, y da a entender que el servicio puede convertirse a menudo en un medio de detectar no sólo el estado, sino la irrealidad. Puede no haber abierta inmoralidad en el primer ejemplo, pero donde el Señor no está delante del alma en constante juicio propio, el mal crece a ritmo acelerado de nada menos que el ministerio, como verdaderamente el hecho demostró entre los Corintios; ya que ellos habían estado pensando mucho más acerca de dones y de poder que acerca de Cristo; ¿y cuál fue el resultado moral? El apóstol comienza poniendo el caso de la manera más poderosa en sí mismo; él supone el caso de su propia predicación, llevada a cabo de manera siempre tan buena para los demás, pero abandonando todo cuidado acerca de la santidad. Ocupado con este don y otros, un tal cede sin conciencia a lo que el cuerpo desea ardientemente, y la consecuencia es la ruina total. Si Pablo hubiese sido ese, él habría llegado a ser eliminado, o reprobado (es decir, desaprobado por Dios). La Palabra jamás es usada para una simple pérdida de recompensa, sino para el rechazo absoluto del hombre mismo (1ª. Corintios 9: 25 al 27). Después, en 1ª. Corintios 10, él aplica la ruina de los Israelitas al peligro de los propios Corintios.

 

Nuestro Señor, en este pasaje mismo de Marcos, advierte de manera similar (Marcos 9: 42 al 50). Él trata con la ligereza con que Juan habló acerca de uno que estaba usando el Nombre de Cristo de manera manifiesta, para servir a las almas, y derrotar a Satanás. Pero Juan había ignorado, inconscientemente, si es que no había negado, el verdadero secreto del poder por completo. Era realmente Juan el que necesitaba tener cuidado — hombre santo y bienaventurado como él era. Había un error evidente de gravedad no común, y el Señor continúa, a partir de esto, a la advertencia más solemne que Él presentó jamás en algún discurso que está registrado de Él. Ninguna otra advertencia establece la destrucción eterna de manera más manifiesta delante de nosotros en alguna parte de los Evangelios. Aquí, sobre todo, nosotros somos admitidos a oír que resuena continuamente en nuestros oídos la endecha, si la puedo llamar así, sobre las almas perdidas: "donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga." (Marcos 9:48). Por otra parte, nuestro Señor hace que la ocasión se vuelva también en provecho de los Suyos, aunque esta es también una solemne advertencia. Observen, por lo tanto, antes que el tema finalice, de qué manera Él establece los grandes principios que involucran el todo de este asunto. De este modo se nos dice, "Todos serán salados con fuego." (Marcos 9:49A). Es bueno recordar que la gracia no impide esta prueba universal de toda alma aquí abajo. "Todos", Él dice, "serán salados con fuego"; pero dice además que, "Todo sacrificio será salado con sal." (Marcos 9:49B). Estas son dos cosas distintas. Ningún hijo de hombre, como tal, puede escapar del juicio. La porción de la raza debe ser, "Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio", en una u otra forma. (Hebreos 9:27). Siempre que ustedes consideran lo que es universal, el hombre, siendo un pecador, es un objeto para el juicio divino. Pero esto está lejos de la verdad completa. Existen aquí abajo los que son librados del juicio de Dios incluso en este mundo — los que tienen acceso, aun ahora, a Su favor y se regocijan en la esperanza de Su gloria. ¿Qué es de ellos entonces? Los que oyen la Palabra de Cristo, y creen al que envió al Salvador, tienen vida eterna, y no van a juicio ("El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no va a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida."  Juan 5:24 - BTX). Pero, ¿no son ellos puestos a prueba? Ciertamente que lo son; pero ello es completamente sobre otro principio. "Todo sacrificio será salado con sal." Marcos 9:49b). No se trata aquí, claramente, de un mero hombre pecador, sino de aquello que es aceptable para Dios; y, por consiguiente, no salado con fuego (Marcos 9:49a), sino salado con sal. No es que no existe aquello que prueba y demuestra el terreno del corazón en los que pertenecen a Dios; pero aun así, se tiene en cuenta su cercanía especial a Él.

 

Así, ya sea en el trato general de manera judicial con el hombre, con toda alma como tal; ya sea el caso especial de los que pertenecen a Dios (es decir, todo sacrificio aceptable a Dios, como siendo llevado por Cristo sobre el fundamento de Su propio gran sacrificio), el principio es tan claro como íntegro y seguro para cada uno; no sólo para cada pecador, sino para cada creyente, con independencia de lo aceptable que él es para Dios por Jesucristo nuestro Señor. Con los santos glorificados, aunque no existe, obviamente, el juicio de Dios, ciertamente no hay ocultamiento alguno de la verdad, aunque hay también eso que Dios en Su gracia hace que sea poderoso para preservar; puede no ser agradable, pero es la energía preservativa de la gracia divina con sus efectos santificadores. Yo creo que esto es lo que se quiere dar a entender mediante la expresión "salado con sal." La figura de ese bien conocido antiséptico no deja espacio para las cosas agradables de la naturaleza con toda su evanescencia. "Buena es la sal", dice el Señor. (Marcos 9:50a). Ella no es un elemento que produce excitación por un momento y desaparece; ella tiene la cualidad distintiva del pacto de Dios. "Buena es la sal; mas si la sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis?" (Marcos 9:50a). ¡Cuán fatal es la pérdida! ¡Cuán peligroso es volverse atrás! "Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros" (Marcos 9:50b), es decir, en primer lugar, tengan pureza, luego paz de manera mutua, tal como el apóstol Santiago exhorta también en su epístola. La pureza trata con la naturaleza, y resiste toda corrupción; ella preserva por medio del gran poder de la gracia de Dios. A continuación de esto, pero que no tiene valor sin dicha pureza, está la "paz los unos con los otros." Que nosotros podamos poseer también esta paz, pero no a costa de la pureza intrínseca, ¡si es que valoramos la gloria de Dios!

 

Esto finaliza, entonces, el ministerio de nuestro Señor — la conexión del ministerio, a mí me parece, con la transfiguración. Esa manifestación del poder de Dios no pudo sino imprimir un carácter nuevo y adecuado sobre los que tuvieron que ver con ella.

 

 

Capítulo 10

 

 

En el capítulo siguiente (Marcos 10), nuestro Señor introduce otros asuntos, y lo hace muy sorprendentemente, ya que se podría deducir apresuradamente que si todo se fundamenta sobre la muerte y resurrección, y que ello es en la perspectiva de la gloria venidera, un ministerio tal como este no debe tomar en cuenta las relaciones que tienen que ver con la naturaleza (Mateo 10: 1 al 12). El caso es lo opuesto mismo. Es precisamente cuando ustedes tienen el hecho de que los principios más elevados de Dios han sido introducidos, es cuando todo lo que Dios ha reconocido siempre en la tierra encuentra su lugar correcto. Por ejemplo, no fue cuando Dios dio la ley que la santidad del matrimonio fue más vindicada. Cada uno debiera saber que no existe una relación tan fundamental para el hombre en la tierra — nada que forme tan verdaderamente el vínculo social — como la institución del matrimonio. ¿Qué hay, de manera natural, en este mundo tan esencial para la felicidad doméstica y la pureza personal, por no hablar de las variadas otras consideraciones, sobre lo cual las relaciones humanas dependen tanto? Y aun así, es notable que durante la economía de la ley, existiera la permisión continua de aquello que debilitaba el matrimonio. De este modo, la permisión del divorcio por razones triviales, no necesito decirlo, era cualquier cosa excepto la mantención de su honor. Aquí, por el contrario, cuando en Cristo vino la plenitud de la gracia, más que eso, cuando dicha gracia fue rechazada, cuando el Señor Jesucristo estaba anunciando aquello que se iba a fundamentar sobre Su humillación hasta la muerte que se acercaba, y cuando Él estaba enseñando expresamente que este sistema nuevo no podía ser, y no debía ser, proclamado hasta su resurrección de entre los muertos, Él insiste también acerca del valor de las variadas relaciones en la naturaleza. Yo admito que la relación con la resurrección es mostrada sólo en Marcos; pero, por otra parte, esto precisa la verdadera importancia de ello, ya que Marcos indica, de manera natural, la importancia de esa época y ese hecho glorioso, para el servicio de Cristo en testimonio, para manifestar la verdad a los demás.

 

Aquí, sin embargo, el Señor, habiendo dejado de lado eso que era eternamente trascendente, habiéndolo trazado hasta el final de toda esta escena pasajera, habiendo mostrado el resultado para aquellos que no tienen parte o porción alguna en el asunto, así como para los que gozan de la gracia de Dios en su fuerza preservativa, a saber, los que pertenecen a Cristo, se dedica ahora a las relación de estos nuevos principios con la naturaleza, a lo que el propio Dios reconocía en lo que ustedes pueden denominar el mundo exterior.

 

El Señor, entonces, se yergue como el vindicador, antes que nada, de la relación de matrimonio. Él enseña que en la ley, importante como ella era, Moisés no afirmó el lugar vital del matrimonio para el mundo. Por el contrario, Moisés permitió ciertas infracciones debido al estado de Israel. "Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento; pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre." (Marcos 10: 5 al 7). Es decir, incluso la otra relación más cercana (padre y madre), por así decirlo, desaparece ante esta relación. "Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre." (Marcos 10: 7 al 9). A esto llegaba; pero por esta exposición más sencilla y, no obstante, completa del pensamiento de Dios, nosotros estamos agradecidos con el Señor Jesús, el gran testigo de la gracia, y de las cosas eternas, relacionada ahora con Su propio rechazo y el reino de Dios viniendo en poder, y el hecho de que el largo hechizo del diablo es desechado. Es el mismo Jesús quien despeja ahora el polvo de la ruina de las instituciones de Dios aun para la tierra.

 

Un principio similar está implícito en los incidentes que siguen aquí a continuación. "Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban." (Marcos 10:13). Si Sus seguidores se hubiesen embebido profundamente en la gracia de la cual Él estaba lleno, ellos deberían, por el contrario, haber estimado de manera muy diferente el sentimiento que presentaba los niños a su Maestro. La verdad es que el espíritu del 'yo' era aún fuerte; ¿y qué hay tan mezquino y estrecho? El Judaísmo, pobre y soberbio, había teñido y estropeado los sentimientos, y los pequeños eran despreciados por ellos. Pero Dios que es poderoso, no desprecia a nadie; y la gracia, comprendiendo la mente de Dios, pasa a ser una imitadora de Sus modos de obrar. El Señor Jesús los reprende; se dice, en efecto, "Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios." (Marcos 10:14). En estos dos particulares, tan trascendentes para la tierra, encontramos al Señor Jesús demostrando que la gracia, lejos de no dar a la naturaleza su lugar, es la única cosa que la vindica, conforme a Dios.

 

Otra lección sigue a continuación, en cierto sentido, aún más enfática, por el hecho de ser más difícil. (Marcos 10: 17 al 31). Se podría pensar que la misericordia de Dios se ocupa especialmente de un niño. Pero supongamos que un hombre inconverso, y uno, asimismo, que vive según la ley, y que está en gran medida satisfecho con sus logros de las obligaciones de dicha ley, ¿qué diría el Señor de él? ¿De qué manera se siente el Señor acerca de un tal? "Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios." (Marcos 10: 17 y 18). El hombre estaba totalmente en tinieblas; no tenía ningún conocimiento salvador de Dios; no tenía realmente conocimiento alguno acerca del hombre; no tenía conciencia alguna acerca de la verdadera gloria de Cristo; él Le honraba, pero meramente como a uno que difería en grado de él mismo. Él reconocía que Él era un Maestro bueno, y quería adquirir lo que pudiera por parte de Él como un buen discípulo. Por consiguiente, él se sitúa, llegado a ese punto, en un nivel con Jesús, asumiendo su competencia para llevar a cabo las Palabras y los modos de obrar de Jesús. Es evidente, por tanto, que el pecado estaba sin juzgar, y que el propio Dios era desconocido en el corazón de este joven. El Señor, no obstante, expone su estado plenamente. "Los mandamientos sabes", Él dice, presentando expresamente esos deberes que afectan las relaciones humanas. (Marcos 10:19). "El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud." (Marcos 10:20. El Señor no rechaza su declaración — no plantea ninguna pregunta acerca de la medida en que él había cumplido la segunda tabla (N. del T.: la expresión 'a segunda tabla' es una forma de referirse a los cinco últimos mandamientos que el Señor menciona en Marcos 10:19). Por el contrario, se añade que "Jesús, mirándole, le amó." (Marcos 10:21). Muchos encuentran una dificultad seria en esa aseveración del Espíritu de Dios. Para mi propio pensamiento, ella es tan instructiva como hermosa. No se trató de que el hombre se convirtiera, claramente eso no fue así; no se trató de que él supiera la verdad, ya que la dificultad surge del hecho de que él era un extraño para ella; no se trató de que el hombre estuviera siguiendo a Jesús, ya que se nos dice, por el contrario, que él se alejó de Jesús: no se trató de que su corazón fuese hecho feliz en la gracia de Dios, ya que en verdad, él se fue triste. Hubo, por tanto, la razón más profunda para considerarle con dolor y ansiedad, si ustedes juzgan al hombre según lo que era eterno. Sin embargo, permanece siendo cierto que Jesús le miró, y mirándole, le amó.

 

¿No hay nada en esto que contradiga el evangelismo común? Es una importante lección para nosotros, yo no puedo dudarlo. El Señor Jesús, a partir del mismo hecho de Su percepción perfecta de Dios y Su gracia, y del valor infinito de la vida eterna delante de Su Espíritu, fue suficientemente libre, y, sobre todo lo que el juicio humano amontona, para apreciar el carácter y la conducta en la naturaleza, para sopesar lo que era concienzudo, para amar lo que inspiraba amor en el hombre sencillamente como hombre. Lejos de que la gracia se debilite, yo estoy persuadido que ella fortalece siempre tales sentimientos. Para muchos, no hay duda, esto podría parecer extraño; pero ellos mismos son la demostración de la causa que obstaculiza. Que ellos mismos examinen y juzguen si la Palabra no revela lo que se extrae aquí de ella. Y que se tenga también en cuenta, que nosotros tenemos esta declaración enfática, en el Evangelio que revela a Cristo como el Siervo perfecto; lo que nos permite, por lo tanto, conocer de qué manera hemos de servir sabiamente mientras Le seguimos. En ninguna parte vemos al Señor exponiendo esto tan claramente como aquí. La misma verdad, de manera sustancial, es presentada en Mateo y en Lucas: pero Marcos nos presenta el hecho de que Él "le amó." Mateo y Lucas tampoco dicen una palabra acerca de que hay allí una percepción de la razón por la cual el Señor amó así al joven: sólo Marcos nos dice que, "mirándole", Le amó. Ese es el gran punto del caso, obviamente. El Señor admiró lo que era, de manera natural, digno de ser amado en un hombre que había sido preservado providencialmente del mal de este mundo, y que había sido diligentemente entrenado en la ley de Dios, en la que él había, hasta aquí, andado intachablemente, incluso deseando aprender de Jesús, pero sin la convicción divina de su propio pecaminoso estado perdido. Ciertamente el Señor no trató ni con la estrechez o la aspereza que nosotros mostramos tan a menudo. Nosotros somos verdaderamente, y ¡es lamentable! pobres siervos de Su gracia. El Señor conocía muchísimo mejor, y sentía mucho más profundamente que nosotros, el estado y el peligro del joven. No obstante, hay mucho en esto que nosotros debemos sopesar, y es que Jesús, mirándole, le amó.

 

Pero, además, Él "le dijo: Una cosa te falta." (Marcos 10:21) Pero, ¡vaya cosa que le faltaba! "Una cosa te falta." El Señor no niega nada de lo que Él podía recomendar de algún modo o en algún terreno: Él reconoce todo lo que era bueno de manera natural. ¿Quién podría culpar, por ejemplo, a un niño obediente, una vida benevolente y concienzuda? ¿He de atribuir yo, por tanto, todo esto a la gracia divina, o negar la necesidad de ella? ¡No! Yo reconozco estas cosas como un beneficio que pertenece al hombre en este mundo, y que deben ser valoradas en su lugar. Aquel que dice que ellas no tienen absolutamente ningún valor, evidentemente menosprecia, en mi opinión, la sabiduría del Señor Jesucristo. Al mismo tiempo, aquel que haría de esto, u de cualquier cosa por el estilo, un medio de vida eterna, evidentemente no conoce nada como debiera conocer. De este modo, el tema requiere, sin duda, mucha delicadeza, salvo para lo que encontrará un reconocimiento verdadero en Jesús, y en la bendita Palabra de Dios, y en ninguna otra parte. Por consiguiente, nuestro Señor dice: "Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres." (Marcos 10:21). ¿No es esto lo que Jesús había hecho, aunque en una manera infinitamente mejor? Ciertamente Él había renunciado a todas las cosas, para que Dios pudiera ser glorificado en la salvación del hombre perdido. Pero si Él se había despojado de Su gloria, ¿cuán infinito era el resultado de esa humillación hasta la muerte misma?

 

El joven quiso aprender algo de Jesús; pero, ¿estaba él preparado para seguir a la par en la senda terrenal del Crucificado? ¿Estaba él dispuesto a que se le proporcionara solamente lo que le faltaba, a ser un testigo de la divina renunciación propia en gracia para los desventurados, satisfecho con tener tesoro en el cielo? Si él hubiera hecho esto, no obstante, Cristo no podía sino pedir más; tal como Él añade aquí, "y ven, sígueme, tomando tu cruz." (Marcos 10:21). El Salvador, como podemos ver, no se adelanta a la luz de Dios; Él no anticipa lo que se sacaría a la luz en un día que estaba cercano. No hay ningún anuncio prematuro del cambio asombroso que el Evangelio hizo conocido a su debido tiempo; pero el corazón fue probado plenamente. Se demostró que el hombre, en su mejor estado, es menos que nada (Salmo 62:9), comparado con Aquel solo que es bueno; y esto revelado en Cristo, Su única imagen y expresión adecuada. Aun así, Aquel que se distanciaba así del hombre (por no mencionar la profundidad insondable de Su cruz), pudo mirar a este joven con amor, tal como Él le contempló, a pesar de la evidente deficiencia. No obstante, con independencia de lo que él era, esto no sacó, en el grado más mínimo, al hombre del mundo. Su corazón estaba en la criatura, en efecto, incluso en el injusto Mamón (en el dinero, en las riquezas): él amaba su propiedad, es decir, se amaba a sí mismo, y el Señor en Su prueba, trató con la raíz del mal (1ª. Timoteo 6:10). Y el resultado lo demostró así. Ya que se dice, "Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones." (Marcos 10:22). Ahora bien, me parece que la manera de tratar del Señor es el modelo perfecto; y en esto en primer lugar: en que Él no razona a partir de lo que no era revelado aún por Dios. Él no habla del derramamiento de Su sangre, muerte, o resurrección. Esos hechos no se habían aún consumado, y ello habría sido bastante ininteligible. Ni uno de Sus mismos discípulos sabía nada realmente, aunque el Señor había hablado repetidamente a los doce acerca de ello. ¿Cómo iba este hombre a entender? Nuestro Señor hizo lo que era trascendente — Él trató con la propia conciencia del hombre. Él extendió ante él el valor moral de lo que Él mismo había hecho, renunciando a todo lo que uno tenía. Esta fue la última cosa que el joven pensó hacer. A él le habría gustado ser un benefactor — un generoso auspiciador; pero renunciar a todo, y seguir a Cristo en vergüenza y oprobio, él no estaba preparado para hacerlo de ninguna manera. La consecuencia fue que el hombre, en este terreno, fue dejado perfectamente convicto de evitar hacer lo bueno que fue traído ante él en el Maestro bueno al cual él había apelado. Lo que el Señor puede haber hecho después por él es un asunto que le toca al Señor decir. Como no está revelado en la Palabra, no nos corresponde saberlo; y sería vano y errado conjeturar. Lo que Dios nos ha mostrado aquí es que, sin importar el alcance del seguimiento moral de la ley, incluso en este caso muy notable de pureza exterior y de evidente sometimiento a las demandas de Dios, todo esto no libera el alma, no hace feliz a un hombre, sino que lo deja perfectamente miserable y lejos de Cristo. Esta es la moraleja que nos presenta el caso del hombre joven principal, y es una muy importante.

 

Nuestro Señor aplica, a continuación, el mismo principio a los discípulos; Él había terminado por ahora con la pregunta de afuera. Nosotros hemos visto la naturaleza en su mejor estado buscando, en un sentido, a Cristo; y aquí está el resultado de ello: después de todo el hombre entristece, y deja a Jesús, el cual considera ahora a Sus discípulos en su total desconcierto, y amplía el obstáculo de la riqueza en las cosas divinas. ¡Es lamentable! ellos habían pensado que esto era una evidencia de la bendición de Dios. Y si ellos fueran ricos, ¡cuánto bien podrían ellos hacer! Cristo dice, "¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!" (Marcos 10:23). Él les dice además, ya asombrados, "Hijos, ¡cuán difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas! Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios." (Marcos 10: 24 y 25). El Señor sólo insiste aún más solemnemente acerca de esta lección, tan poco comprendida aun por discípulos. Ellos, sorprendidos más allá de toda medida, dicen entre sí, "¿Quién, pues, podrá ser salvo?" (Marcos 10:26), lo que brinda al Señor la oportunidad para explicarlo que yace en el fondo de todo el asunto; a saber, que la salvación es un asunto de Dios, y absolutamente no del hombre. La ley, la naturaleza, las riquezas, la pobreza — sea lo que fuere que el hombre ame o tema — no tiene nada que ver, en lo más mínimo, con la salvación del alma, lo cual descansa enteramente en el poder de la gracia de Dios, y en nada más: lo que es imposible para el hombre es posible para Dios. Todo se desarrolla, por tanto, a partir de Su gracia. La salvación es del Señor. ¡Bendito sea Su Nombre! Todas las cosas son posibles para Dios: de lo contrario, ¿Cómo podríamos nosotros ser salvos, como podría alguno ser salvo?

 

Entonces, Pedro comienza a presumir un poco acerca de lo que los discípulos habían dejado, acerca de lo cual el Señor introduce una Palabra muy hermosa, peculiar a Marcos: "no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más." (Marcos 10: 29 al 30). Nótese que sólo Marcos menciona "y del evangelio." Lo que es prominente aquí es el servicio. Otros pueden decir, 'por Su causa'; pero nosotros leemos, "por causa de mí y del evangelio." De este modo, el valor de Cristo está, por así decirlo, unido personalmente al servicio de Cristo en este mundo. Cualquiera, entonces, que se consagra así, Él dice que recibirá "cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna." (Marcos 10: 29 y 30). Se trata de una conjunción maravillosa, pero muy verdadera, porque es la voz del Señor y la estimación de la fe.

 

Todas las cosas que Cristo posee son de nosotros los que creemos en Él. Es indudable que una tenencia semejante no satisface a un corazón codicioso; pero es una satisfacción profunda y rica para la fe, que en lugar de querer algo para que el 'yo' se distinga, uno tiene el consuelo de saber que todo lo que la Iglesia de Dios posee en la tierra pertenece a cada santo de Dios en la tierra. La fe no busca lo suyo propio, sino que se deleita en lo que se difunde entre los fieles. La incredulidad no cuenta con nada en sí misma, excepto lo que es para un uso egoísta. Si, por el contrario, el amor es el principio que me anima, ¡cuán diferente! Pero entonces hay un acompañamiento — a saber, "con persecuciones." Ustedes deben tener estas persecuciones de alguna manera, si ustedes son fieles. Los que vivirán piadosamente no pueden escapar de ella. ¿Voy a tenerla yo de ese modo solamente porque ellos la tienen? Es mejor que yo mismo las tenga en el abierto seguimiento de Cristo. En Su contienda, ¿qué puede ser una marca tan honrosa? Pero es una marca que se encuentra especialmente en el servicio de Cristo. Aquí, nuevamente, nosotros vemos cuán minuciosamente el carácter de Marcos es preservado desde principio a fin. "Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros" (Marcos 10:31), lo encontramos añadido solemnemente aquí tal como en Mateo. No se trata del principio de una carrera que decide la competencia; el final de ello es necesariamente el gran punto. En esa carrera hay muchos cambios, y además, no pocos traspiés, caídas, y reveses.

 

El Señor va después a Jerusalén, ese sitio fatal para el profeta verdadero. (Marcos 10: 32 al 34). El hombre se equivocaba afirmando que jamás un profeta había surgido de Galilea; ya que, en realidad, Dios no se dejó sin testigos aun allí. Pero, ciertamente, el Señor tenía razón en cuanto a que "no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén." (Lucas 3:33). La ciudad capital religiosa es exactamente el lugar donde los testigos verdaderos de la gracia de Dios debían morir. Jesús, por consiguiente, al subir a Jerusalén, fue bien entendido por los discípulos, y entonces, Le siguen asombrados. Poco estaban ellos preparados por aquel curso de persecución que iba a ser su alarde un día que estaba llegando, y para lo cual ellos serían ciertamente fortalecidos por el Espíritu Santo. Pero aún no era así. "Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer: He aquí subimos (¡qué amable! No sólo 'Yo', sino '(nosotros) subimos') a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles." (Marcos 10:32 y 33). Tenemos entonces la persecución hasta la muerte (¡y qué muerte!) puesta plenamente ante nosotros. Jacobo y Juan, en este momento crítico, muestran cuán poco la carne, aun en los siervos de Dios, entra siempre en Sus pensamientos. "Lo que es nacido de la carne, carne es" (Juan 3:6), sin importar en quien. Además, ello no fue en unos poco conocidos, sino en aquellos en los que pareció ser, de alguna manera, que la fealdad de la carne se revelaba a sí misma; y por tanto, son estos los que proporcionan la lección para nosotros. "Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos." (Marcos 10:35). La madre de ellos aparece en otro Evangelio — en el Evangelio donde podíamos esperar que apareciera una relación tal según la carne (véase Mateo 20: 20 al 28); pero aquí, ¡cuán lamentable! se trata de los siervos mismos, de los que debieran haber sabido mejor. Los ojos de ellos estaban todavía velados. Convirtieron el hecho mismo de ser siervos en un medio de sacar provecho de la carne, aun en el propio reino de Dios. Ellos procuraron gratificar la carne aquí, mediante el pensamiento de que ellos estarían allí. Así que el Señor saca el pensamiento del corazón de ellos, y les responde con una dignidad peculiar a Él mismo. "No sabéis", Él dice, "lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Ellos dijeron: Podemos. Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado." (Marcos 10: 38 al 40). Él es el Siervo: e incluso en la perspectiva del tiempo de gloria Él preserva el mismo carácter. Un lugar elevado en el reino es sólo para quienes "está preparado." (Marcos 10:40).

 

Pero no fue meramente que estos dos discípulos se delataron; los diez hicieron que el secreto de sus corazones fuese bastante manifiesto. (Marcos 10: 41 al 45). No es solamente por la falta de uno u otro que la carne llega a ser evidente; pero, ¿cómo nos comportamos nosotros en presencia de las faltas exhibidas de los demás? La indignación que estalló en los diez mostró la soberbia de sus propios corazones, al igual que los dos que deseaban el mejor lugar. Si el amor desinteresado hubiese estado obrando, la ambición de ellos habría sido, ciertamente, un asunto para dolor y vergüenza. Yo no digo que fue por falta de fidelidad al resistirlo; pero sí digo que la indignación demostró que existía un sentimiento para el 'yo', y no para Cristo, obrando poderosamente en sus corazones. Nuestro Señor, por lo tanto, dice una reprensión al conjunto, y les muestra que lo que los animaba contra los hijos de Zebedeo no era sino el espíritu de un Gentil; lo opuesto mismo de todo lo que Él no podía sino buscar en ellos, incluso como ello se oponía a todo lo que estaba en Él. La comprensión del reino conduce al creyente al contentamiento de ser pequeño ahora. La verdadera grandeza de los discípulos yace en el poder de ser un siervo de Cristo moralmente, descendiendo hasta lo sumo en el servicio de los demás. No es la energía lo que asegura ahora esta grandeza en la estimación del Señor, sino el contentamiento de ser un siervo — sí, en efecto, ser un esclavo en el lugar más bajo o menor. En cuanto a Él, no fue meramente que Cristo vino a ministrar, o a ser un Siervo; Él tenía aquello que Él solo podía tener — a saber, el derecho, así como el amor, para dar Su vida en rescate por muchos. (Marcos 10:45).

 

 

Capítulo 11

 

 

A partir de Marcos 10:48 viene la última escena — el propio Señor presentándose a Jerusalén, y esto también, como todos sabemos, desde Jericó. Tenemos Su progresión a Jerusalén, comenzando con la sanación del hombre ciego. Yo no necesito detenerme acerca de los detalles, ni en Su entrada en la ciudad sentado sobre el pollino como el Rey. Tampoco necesito yo decir más acerca de la higuera (un día maldecida, el día siguiente vista como completamente seca), ni acerca del llamamiento del Señor a la fe en Dios, y su efecto en y sobre la oración. Tampoco necesitamos examinar, de manera particular, el asunto acerca de la autoridad planteado por los líderes religiosos.

 

 

Capítulo 12

 

 

La parábola de la viña, con la que Marcos 12 comienza, es muy completa acerca de lo que concierne a los siervos responsables para con Dios. Oímos, después, acerca de la piedra desechada que fue hecha después cabeza del ángulo (Marcos 12: 1 al 12). Además, tenemos las varias clases de Judíos viniendo ante Él con sus preguntas (Marcos 12: 13 al 44). No es que no hay puntos importantes en cada una de estas escenas que pasan ante nuestros ojos; pero la hora no permitirá referirme con detenimiento a ninguno de ellos. Por consiguiente, yo prescindo deliberadamente de estos particulares. Nosotros tenemos a los Fariseos y a los Herodianos reprendidos; tenemos a los Saduceos refutados; tenemos al escriba manifestando cuál es el carácter de la ley; y, de hecho, en respuesta a su propia pregunta, el Señor proyecta la plena luz de Dios sobre la ley, pero acompañada, a la vez, por un comentario notable acerca del legista. "Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios." (Marcos 12:34). Se trata de un hermoso rasgo en el servicio de nuestro Señor — esta disposición a reconocer todo lo que era conforme a la verdad, sin importar donde Él lo encuentra. El Señor plantea después Su propia pregunta en cuanto a Su Persona según la Escritura, presenta una breve advertencia en cuanto a los escribas, y señala, en contraste, a la viuda pobre, Su propio modelo de devoción y de fe verdaderas en esta condición muy espiritualmente desposeída del pueblo de Dios en la tierra. ¡De qué manera prescinde Él de la riqueza que daba meramente lo que no sentía, para destacar, y consagrar para siempre, la práctica de la fe donde menos se la podía esperar! La viuda que no tenía más que dos blancas echó su sustento en el tesoro de Dios, y ella hizo esto en una época decrépita y egoísta más allá de todo precedente. Poco pensó, esa viuda, que había encontrado, aun en la tierra, un ojo que reconoce, y una lengua que proclama, lo que Dios pudo formar para Su propia alabanza, ¡en el corazón y por medio de la mano de la mujer más pobre en Israel!

 

 

Capítulo 13

 

 

Luego nuestro Señor instruye a los discípulos en una profecía conformada estrictamente al carácter del Evangelio de Marcos (Marcos 13: 1 al 37). Esta es la razón por la que sólo aquí, donde ustedes tienen el servicio del Señor, el poder mediante el cual ellos podrían responder en tiempos de dificultad es introducido en este discurso (Marcos 13:11). Por eso que nuestro Señor prescinde de toda clara referencia al fin del siglo (o de la era) — una expresión que no ocurre aquí. El hecho es que, aunque es la profecía que en Mateo se ocupa del fin del siglo, no obstante, el Espíritu no lo especifica aquí así; y por la sencilla razón de que una profecía que los estaba formando para su servicio explica lo que es dejado afuera y lo que es incluido, en comparación con Mateo. Otra cosa que yo puedo mencionar es que sólo en esta profecía Él dice que no sólo los ángeles, sino incluso el Hijo no saben de aquella hora (Marcos 13:32). Me parece que la razón de esta peculiar, y a primera vista desconcertante expresión, es que Cristo asume tan completamente el lugar de Uno que se limita a lo que Dios le dio, Uno que es tan perfectamente un ministro — no un Maestro, en este punto de vista — que, incluso en relación con el futuro, Él sabe y presenta a los demás solamente lo que Dios le da para el propósito. Como Dios no dice nada acerca del día y de la hora, Él no sabe nada más. Observen también de qué manera tan característica nuestro Señor describe tanto a Él mismo como a los obreros, y la obra de ellos. No hay ninguna descripción dispensacional como en la parábola de los talentos de Mateo (Mateo 25: 14 al 30), sino sencillamente esto: "Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase." (Marcos 13:34). Los rasgos de diferencia en Mateo son evidentes. Hay una mucha mayor solemnidad. Aquel que se va lejos provee, por así decirlo, para la duración de Su ausencia. Aquí, no cabe duda alguna, Él se va, pero da " autoridad a sus siervos." ¿Quién puede dejar de notar la idoneidad para el propósito de Marcos? Por otra parte, Él da "a cada uno su obra." Acaso no nos podemos preguntar, ¿por qué se encuentran aquí estas expresiones? Ciertamente porque en Marcos ello es el verdadero tema a lo largo de todo el evangelio; ya que aun en una profecía el Señor no abandonaría nunca el gran pensamiento del servicio. Aquí no es tanto el asunto de dar dones o bienes, como de la obra a ser hecha. Autoridad es dada a Sus siervos. Ellos la querían. Ellos no la toman sin tener un derecho. Se trata de hacer Su voluntad, en lugar de negociar con Sus dones. Nosotros encontramos esto último muy apropiadamente en Mateo, porque el punto en el evangelio anterior se trataba del cambio peculiar que sigue después que el Señor deja la tierra, y las esperanzas Judías acerca del Mesías, por el lugar nuevo que Él iba a tomar al ascender al cielo. Él es allí el dador de dones — una cosa bastante diferente en su carácter del principio común del Judaísmo; y los hombres negocian con ellos, y el bueno y fiel entra finalmente en el gozo de su Señor. Aquí se trata sencillamente del servicio de Cristo, el Siervo verdadero.

 

 

Capítulo 14

 

 

En Marcos 14 vienen las escenas profundamente interesantes e instructivas de nuestro Señor con los discípulos, no prediciendo ahora, sino concediendo la última prenda de Su amor. Los principales sacerdotes y los escribas conspiran en corrupción y violencia para Su muerte. En casa de Simón, en Betania, una mujer unge Su cuerpo para la sepultura, lo cual discierne muchos corazones entre los discípulos, y hace que el del Maestro rezuma, el cual es visto a continuación, no aceptando una ofrenda de afecto, sino dando la muestra grande y permanente de Su amor — la Cena del Señor. El estado del corazón de Judas aparece en ambos casos — concibiendo su plan en la presencia del primero, y saliendo a llevarlo a cabo desde la presencia del último. El Señor se va de allí; no aun a padecer la ira de Dios, sino a entrar en ella en espíritu delante de Dios. Nosotros hemos visto a través de todo el evangelio, que esa era Su costumbre, a lo cual, de paso, yo llamo meramente a poner atención. Así como la cruz fue la obra y el padecimiento más profundo de todos, muy ciertamente así el Señor no entró al Calvario sin un Getsemaní previo. El juicio delante del sumo sacerdote y de Pilato viene a su debido tiempo.

 

 

Capítulo 15

 

 

La crucifixión de nuestro Señor está en Marcos 15, con el efecto sobre los que Le seguían, y la gracia que obró en las mujeres — delatando los hombres su temor abyecto en presencia de la muerte, pero siendo las mujeres fortalecidas, lo débil hecho verdaderamente fuerte.

 

 

Capítulo 16

 

 

Finalmente, en el capítulo 16, nosotros tenemos la resurrección, pero esto, asimismo, estrictamente de acuerdo con el carácter del Evangelio. Por consecuencia, tenemos entonces al Señor resucitado, al ángel dando el aviso a las mujeres — "No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro" (Marcos 16: 6 y 7) —un aviso que se encuentra sólo en Marcos. La razón es manifiesta. Se trata de una consideración poderosa para el alma. Pedro, despreciando realmente la Palabra del Señor, aunque no intencionalmente; Pedro, no recibiendo esa Palabra mezclada con fe en su corazón, sino, por el contrario, confiando en sí mismo, fue empujado a entrar en una dificultad en la que no podía permanecer, aun delante de hombre o de mujer, debido a que él nunca había soportado la tentación sobre su espíritu delante de Dios. Así fue entonces que Pedro se quebrantó vergonzosamente. De la mirada del Señor él comenzó a sentir intensamente su conducta; pero mientras el proceso continuaba, él necesitaba ser confirmado, y nuestro Señor, por tanto, nombró expresamente a Pedro en Su mensaje — el único que fue nombrado. Ello fue un estímulo para el débil corazón de Su siervo caído; fue una actuación de esa misma gracia que había orado por él aun antes que cayera; fue el Señor efectuando para él una restauración completa de su alma, que consiste principalmente en la aplicación de la Palabra a la conciencia, pero también a los afectos. Pedro era el último nombre, según el hombre, que merecía ser mencionado; pero fue el que más lo necesitaba, y eso fue suficiente para la gracia de Cristo. El Evangelio de Marcos es siempre el del servicio de amor.

 

Yo no necesito hablar ahora acerca de la cruz y de la resurrección, tal como están presentadas aquí. Hay peculiaridades, tanto de inserción como de omisión, que ilustran la diferencia en alcance de lo que nos es presentado aquí, de lo que encontramos en otra parte. Tenemos así la reconvención de los mismos ladrones crucificados con Él, pero no la conversión de uno. Y Así como en el arresto de Jesús nosotros oímos acerca de un joven que huyó desnudo al ser prendido por la anárquica multitud que arrestó al Salvador, así antes de la crucifixión ellos obligan, en su violencia gratuita, a un Simón de Cirene a llevar Su cruz. Pero Dios no olvidó el trabajo para Jesús de aquel día. Tal como Alejandro y Rufo pudieron testificar en un día posterior. Ni una palabra hay aquí acerca de la tierra temblando, ni cuando Cristo murió, ni cuando resucitó; no se ven sepulcros abiertos; no hay santos resucitados y apareciendo en la ciudad santa. Pero oímos acerca de las mujeres que Le habían ministrado mientras vivía, y Le habrían ministrado aun cuando había muerto, pero que la resurrección interrumpió, e introdujo una luz mejor y duradera, empleando el Señor a un ministro angélico, para ahuyentar el susto de ellas anunciándoles que el crucificado Jesús de Nazaret había resucitado. Apenas es necesario entrar en detalles acerca de cuán admirablemente esto está en consonancia con nuestro Evangelio.

 

Yo soy consciente acerca de que los hombres han manipulado los versículos finales (versículos 9 al 20) del capítulo 16, así como ellos han mancillado con sus dudas impías el comienzo de Juan 8. Al hablar de Juan, mi feliz tarea será defender aquel pasaje de los groseros insultos de los hombres. Estando seguro de que ellos están equivocados, no me importa quienes puedan ser ellos, ni tampoco cuáles son sus excusas. Dios ha dado la más amplia colección de pruebas externas; pero existen razones mucho más importantes, terrenos internos de convicción, que serán apreciados justo en proporción a la comprensión de una persona acerca de Dios y Su Palabra. Es imposible para un hombre acuñar un solo pensamiento, o aun una palabra adecuada para que lo supere. Así es en esta escena.

 

Yo admito también que hay ciertas diferencias entre esta porción y la parte anterior del capítulo 16 pero, a mi juicio, el Espíritu las coloca a propósito en una luz diferente. Ustedes observarán que se trata aquí de una cuestión acerca de formar a los siervos según esa resurrección de entre los muertos para la cual Él los había preparado. Si el Evangelio hubiera terminado sin esto, nosotros deberíamos haber tenido una verdadera laguna que debiera haber sido sentida. El propio Señor, antes de Su resurrección, indicó su importante relevancia. Cuando el hecho ocurrió, si no su hubiese hecho uso de él con los siervos y para el servicio de Cristo, habría existido, de hecho, una grave carencia, y este Evangelio maravilloso de Su ministerio habría terminado con una conclusión tan impotente como nos sería posible imaginar. El capítulo 16 habría finalizado con el silencio de las mujeres y su fuente, "porque tenían miedo." (Marcos 16:8). ¡Qué conclusión menos digna del Hijo de Dios Siervo! ¿Cuál debiera haber sido la impresión dejada, si las dudas de algunos eruditos tuviesen la más mínima sustancia en ellas? ¿Puede alguien que conoce el carácter del Señor y Su ministerio, concebir por un instante que hemos de ser dejados sin nada más que un mensaje tenido en poco a través de la alarma de mujeres? Yo asumo, obviamente, lo que es en realidad el hecho, a saber, que la evidencia externa es enormemente preponderante para los versículos finales. Pero, internamente también, me parece imposible que, para uno que compara el final anterior con el objetivo y el carácter del Evangelio de principio a fin, acepte semejante final después de sopesar lo que es proporcionado por los versículos 9 al 20. Me parece que estos proporcionan, ciertamente, una conclusión muy adecuada a lo que, de otro modo, sería un retrato de una debilidad total y sin esperanza en el testimonio. Además, la libertad misma del estilo, el uso de palabras que, no usadas en otra parte, o usadas así por Marcos, y las dificultades de algunas de las circunstancias narradas, hablan a mi mente a favor de su autenticidad; ya que un falsificador se habría adherido a la letra, si no podía captar tan fácilmente el espíritu de Marcos.

 

Yo admito, obviamente, que existió un objetivo particular en los versículos anteriores tal como aparecen ahora, y que la providencia de Dios obró en ello; pero ciertamente el ministerio de Jesús tiene un fin más elevado que tales modos de obrar providenciales de Dios. Por otra parte, si nosotros recibimos la conclusión común del Evangelio de Marcos, ¡qué apropiado resulta todo! Tenemos aquí a una mujer, y no a una mujer común, María Magdalena, de la cual Jesús, que había muerto y había resucitado ahora, en una oportunidad había echado fuera siete demonios ((Lucas 8:2); y por tanto, ¿qué testigo más adecuado había del poder de resurrección del Hijo de Dios? El Señor había venido a destruir las obras del diablo, ella sabía esto, aun antes de Su muerte y resurrección; ¿quién, yo pegunto, era un heraldo tan adecuado de ello como María de Magdala? Hay una razón divina, y ella armoniza con este Evangelio. Ella había probado anteriormente, de manera experimental, el ministerio bienaventurado de Jesús, al liberarla Él del poder de Satanás. Ella estaba ahora a punto de anunciar un ministerio aún más glorioso; porque Jesús, por medio de Su muerte, había destruido ahora el poder de Satanás en la muerte. "Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando." (Marcos 16:10). Esta fue una tristeza inoportuna por parte de ellos: qué sensación de gozo debiera haber enviado eso a sus corazones. ¡Lamentablemente! la incredulidad los dejó aún tristes y desventurados. Después Él "apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo. Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos creyeron." (Marcos 16: 12 y 13). Había aquí un importante elemento práctico para recordar en el servicio del Señor — la pesadez de los corazones de los hombres, con su consiguiente oposición y resistencia a la verdad. Allí donde la verdad no concierne mucho a los hombres, ellos desatienden sin temor, odio, u oposición. De este modo, la resistencia misma a la verdad, si bien muestra en un cierto sentido, sin duda, la incredulidad del hombre, demuestra a la vez que su importancia conduce a esta resistencia. Suponiendo que ustedes dicen a un hombre que un cierto hombre principal posee una gran finca en Tartaristán; él puede pensar que todo es muy cierto, pero, en todo caso, él no siente lo suficiente acerca del caso como para negar la aseveración; pero díganle que él mismo tiene una finca tal allí: ¿les cree él a ustedes? En el momento que algo afecta a la persona, hay un interés suficiente para resistir con firmeza. Era de importancia práctica que los discípulos tuvieran que ser enseñados en los sentimientos del corazón, y conocer el hecho en su experiencia propia. Lo tenemos aquí en el caso de nuestro Señor. Él les había dicho claramente en Su palabra; Él había anunciado la resurrección una y otra y otra vez; pero ¡cuán lentos eran estos siervos escogidos del Señor! ¡Qué paciente espera de los demás no debería existir en el ministerio de aquellos con los que el Señor había tratado tan amablemente! Encontramos allí además, que si ello es de importancia, es especialmente así en el punto de vista del ministerio del Señor.

 

Después de esto el Señor aparece a los once, estando ellos sentados a la mesa, y "les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado." (Marcos 16:14). Con todo, Él demuestra ser un Maestro muy amable — Uno que conocía bien cómo hacer buenos ministros a partir de malos ministros; y entonces el Señor les dice, inmediatamente después de reprocharles su incredulidad, "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo." (Marcos 16: 15 y 16). Está allí la importancia no sólo de la verdad, sino de que ella sea confesada formal y abiertamente delante de Dios y del hombre; ya que claramente el bautismo proclama simbólicamente la muerte y resurrección de Cristo; ese es su valor. "El que creyere y fuere bautizado." No pretendan ustedes haber recibido a Cristo, y eludir a continuación todas las dificultades y peligros de la confesión. No es así: "El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado." No hay ni una sola palabra acerca del bautismo en este último caso. Un hombre podría ser bautizado; pero sin fe, ello no le salvaría, obviamente. "El que no creyere, será condenado." El asunto era creer. Sin embargo, si un hombre profesaba siempre creer tanto, y no obstante evitaba la publicidad de reconocer a Aquel en el cual él creyó, su profesión de fe no servía para nada: no podía ser aceptada como real. Había aquí un principio importante para el siervo de Cristo al tratar con casos.

 

Además, manifestaciones externas de poder iban a seguir a continuación: "estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios." (Marcos 16:17).El poder de Satanás va a ser sacudido pronto. Esto era solamente un testimonio, pero no obstante, ¡qué testimonio era! El Señor no dice, en este caso, cuánto tiempo iban a durar estas señales. Cuando Él dice, "Id, y haced discípulos a todas las naciones [o los Gentiles], bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado", Él añade, "y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo [o era, edad]. (Mateo 28: 19 y 20).Es decir, Él relaciona Su continuidad con el hecho de hacer discípulos, bautizar y enseñar a todos los Gentiles lo que Él les ha mandado. Esta obra iba a continuar así hasta el fin de la era; pero en cuanto a las señales de Marcos 16, Él omite con maravillosa sabiduría, toda mención de un período. Él no dice por cuánto tiempo estas señales iban a seguir a los que creen. Todo lo que Él dijo fue que estas señales iban a seguir; y así lo hicieron. Él no prometió que ellas iban a estar por cinco, o cincuenta, por cien, o quinientos años. Él dijo sencillamente que iban a seguir, y así se dieron las señales; y ellas no siguieron meramente a los apóstoles, sino a los que creen. Ellas confirmaban la palabra de los creyentes dondequiera que se encontraban. Se trató solamente de un testimonio, y yo no tengo la más mínima duda acerca de que así como hubo una sabiduría perfecta de dar estas señales para acompañar la Palabra, así hubo también no menos sabiduría al interrumpir estas señales externas. Yo estoy seguro que, en el actual estado caído de la Cristiandad, estas señales externas, lejos de ser deseables, serían un perjuicio. No hay duda acerca de que su cese es la demostración de nuestro pecado y bajo estado; pero a la vez, hubo gracia en Su suspensión de estas señales hacia Su pueblo cuando su continuidad amenazaba con ser un daño no menor para ellos, y ellas podrían haber oscurecido Su gloria moral.

 

No es necesario examinar ahora los terrenos de este juicio; es suficiente decir que, indudablemente, estas señales fueron dadas. Ellos "echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán." (Marcos 16: 17 y 18). Se propinó así un golpe a la prolífica fuente del mal en el mundo; estaba allí la expresión de la rica gracia de Dios ahora en el mundo; estaba el testimonio activo de la beneficencia de la misericordia divina al tratar con las miserias que tienen lugar en todas partes en el mundo. Estas son, yo pienso, las características del servicio, pero, por otra parte, queda una parte sorprendente de la conclusión, de la cual me atrevo a pensar que nadie más que Marcos pudo haber escrito. El Espíritu Santo fue, sin duda, el verdadero autor de todo lo que Marcos escribió; y ciertamente, la conclusión es una que se adapta a este Evangelio, pero no a otro. Si ustedes quitan estas palabras, ustedes tienen un Evangelio sin una conclusión. Al aceptar estas palabras como Palabras de Dios, ustedes tienen, repito, una terminación que armoniza con un Evangelio verdaderamente divino; pero no meramente eso — ustedes tienen aquí una conclusión divina para el Evangelio de Marcos, y para ningún otro. Esta conclusión no se adaptaría a ningún otro Evangelio excepto al de Marcos; ya que observen aquí lo que el Espíritu de Dios nos presenta finalmente. Él dice, "Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo." (Marcos 16:19). Ustedes podrían haber pensado, seguramente, que había descanso en el cielo ahora que la obra de Cristo en la tierra estaba hecha, y hecha tan perfectamente; más particularmente ya que se añade aquí, "y se sentó a la diestra de Dios." (Marcos 16:19). Si se habla de esa sesión [*] de Cristo en este lugar, más se podría suponer que hay un reposo actual, ahora que toda Su obra estaba terminada; pero no es así. Tal como el Evangelio de Marcos exhibe de manera enfática a Jesús el Obrero de Dios, así incluso en el reposo de la gloria Él es aún un Obrero.

 

[*] N. del T.: Sesión = Acción y efecto de sentarse (Fuente: Diccionario de la lengua española - Real Academia Española.Diccionario de la lengua españolaDiccionario de la lengua española

 

Por consiguiente, parece que está escrito aquí que, si bien ellos salieron a su misión, ellos iban a dedicarse a la obra que el Señor les había dejado para hacer. Ellos, saliendo, predicaron en todas partes" — ya que hay este carácter de amplitud acerca de Marcos. "Ellos, saliendo, predicaron en todas partes, obrando el Señor con ellos, y confirmando la palabra con las señales que la acompañaban." (Marcos 16:20 - VM). Marcos, y nadie más, nos presenta así el cuadro más completamente, el todo es consistente hasta lo último. ¿Habría mantenido, un falsificador, el audaz pensamiento de la expresión: "obrando el Señor con ellos", mientras toda otra palabra insinúa que Él estuviera entonces, a lo menos, inactivo?

 

De este modo, nosotros, hemos examinado rápidamente el Evangelio de Marcos, y hemos visto que la primera cosa en él es el Señor introducido a Su servicio por uno que fue llamado a una obra extraordinaria antes que Él, a saber, Juan el Bautista. Ahora bien, al final, cuando Él está sentado a la diestra de Dios, encontramos dicho que el Señor estaba obrando con ellos. Admitir que los versículos 9 hasta el final son auténtica Escritura, pero no la propia escritura de Marcos, me parece que es la suposición más frívola posible.

 

Que Él pueda bendecir Su Palabra, y nos de aquí una demostración más de que, si hay cualquier porción en la que encontramos la mano divina más conspicua que otra, ella es precisamente donde la incredulidad objeta y rechaza. Yo no estoy enterado de que en todo el segundo Evangelio haya una sección más característica de este evangelista que esa misma que la temeridad del hombre no ha temido apoderarse, procurando desarraigarla del suelo donde Dios la plantó. Pero, amados amigos, estas palabras no son de hombre. Toda planta que no plantó el Padre celestial, será desarraigada. Esta no será jamás desarraigada, sino que permanece para siempre, y que la erudición humana, grande o pequeña, diga lo que quiera.

 

William Kelly

 

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Junio/Agosto2015.-

Título original en inglés:
MARK, Introductory Lectures on the Gospels 
by William Kelly
Publicado en Inglés por:
www.STEMPublishing.com

Versión Inglesa
Versión Inglesa