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Todas
las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y estas han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en
1960 excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:
LBLA
(La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso)
Versión
Reina-Valera 1909 Actualizada (Publicada por Editorial Mundo Hispano).
Versión
Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)
J.N.DARBY
Collected Writings Vol. 24, Expository No. 3.
EL EVANGELIO DE MARCOS
INTRODUCCIÓN
Si deseamos un mejor entendimiento del pensamiento del Espíritu Santo sobre el Evangelio
de Marcos, debemos examinar brevemente Su enseñanza en los cuatro Evangelios. Estos nos presentan a Cristo, pero a Cristo
rechazado: y, al mismo tiempo, presentan al Salvador en cuatro aspectos diferentes. Además, hay una diferencia entre los tres
primeros y el último.
Los tres primeros presentan a Cristo como Aquel a quien el mundo debía recibir, aunque
el resultado fue que a Él lo mataron. En el cuarto encontramos al Señor Jesús rechazado ya desde el primer capítulo; y además,
también, a los judíos considerados como desechados: los que son nacidos de Dios son los únicos que reciben al Señor: por consiguiente,
en este Evangelio encontramos exhibidos más profundamente los principios de la gracia -"Nadie puede venir a mí, si el Padre
que me envió no le trajere"(Juan 6: 44 - Versión Moderna); y las ovejas son diferenciadas del mundo antes de que sean llamadas.
Los primeros tres Evangelios presentan a Cristo a los hombres para que Él pueda ser recibido; por lo tanto, ellos nos entregan
la historia de la creciente enemistad del hombre contra Él, y finalmente Su rechazo y muerte.
Con respecto al carácter de cada Evangelio, en Mateo el Señor es considerado como Emanuel,
el Mesías prometido, Jehová que salva a Su pueblo de sus pecados. El significado del nombre Jesús es "Jehová el Salvador".
Por consiguiente, la genealogía desciende desde Abraham y David, las cabezas y vasos de las promesas de donde el Mesías había
de descender. En este primer Evangelio, cuando Cristo se manifiesta en Su verdadero carácter, y en el espíritu de Su misión,
Él es rechazado moralmente; y los Judíos son dejados de lado como una nación. El Señor ya no busca fruto en Su viña, pero
muestra que realmente Él es el sembrador; Él revela el reino, pero en misterio (es decir, de la manera en que este reino existiría
en Su ausencia); Él revela la iglesia que Él mismo construiría, y el reino en su estado glorioso, cosas que deben ser sustituidas
por Su presencia en la tierra; luego, los últimos eventos y discursos de Su vida.
Marcos describe al Siervo-profeta; y por lo tanto, no tenemos la historia de Su nacimiento;
el Evangelio comienza con Su ministerio. Después hablaremos de su contenido. En el Evangelio de Lucas se nos presenta
al Señor como el Hijo del Hombre, y tenemos aquí un retrato de la gracia, y de la obra que actualmente continúa; y la genealogía
asciende hasta Adán. Sin embargo, los dos primero capítulos nos revelan el estado del pequeño, aunque piadoso, remanente entre
los judíos; un retrato muy exquisito de la actividad del Espíritu de Dios en medio de la nación mala y perversa. Estas almas
piadosas se conocieron bien entre si, esperaban la consolación de Israel; y la anciana y piadosa Ana, quien había visto al
Salvador presentado en el templo conforme al rito de la ley, anunció la venida del anhelado Mesías a todos quienes Lo esperaban.
En toda la parte restante de este Evangelio, Cristo es el Hijo del Hombre para los Gentiles.
En el Evangelio escrito por Juan no tenemos ninguna genealogía en absoluto. La Palabra
de Dios, que también es Dios, aparece en la carne en la tierra -Él es el Creador, el Hijo de Dios. El mundo no lo conoce.
Los suyos (los judíos) no le recibieron, pero los que Lo reciben tienen el privilegio de ser hechos hijos de Dios, siendo
realmente nacidos de Él. Y puesto que Cristo se presenta aquí como la manifestación de Dios, es por esta misma causa que Lo
encontramos inmediatamente rechazado. Este Evangelio nos lo presenta en Su propia persona; entonces Él saca fuera Sus propias
ovejas, y recoge aquellas de los Gentiles, y les da vida eterna a todas, y nunca pueden perecer. Al final de este Evangelio
se nos explica la venida del Espíritu Santo: pero comencemos a considerar el Evangelio escrito por Marcos.
CAPÍTULO
1.
Ya hemos dicho que comienza con el ministerio del Salvador. Es precedido solamente por
el testimonio de Juan. Este último prepara el camino del Señor, predica el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados,
y anuncia a un más glorioso Siervo de Dios, de quien él no es digno de desatar la correa de sus zapatos: Él bautizará con
el Espíritu Santo. El bautismo de fuego no es mencionado aquí, porque el tema es el servicio del Señor bendiciendo, y no el
del ejercicio de Su poder en juicio. El fuego siempre significa juicio.
El Señor se somete al bautismo de Juan; éste
es un hecho lleno de importancia y bendición para el hombre. Aquí Él toma el lugar de Su pueblo ante Dios: no necesito decir
que el Señor no tenía ninguna necesidad de arrepentimiento; pero Él desea acompañar a Su pueblo en el primer buen paso que
ellos toman, es decir, en el primer paso que ellos toman bajo la influencia de la palabra. Para Él era cumplir toda justicia.
A todas las partes donde el pecado nos había llevado, el amor y la obediencia lo guiaron a Él para nuestra liberación. Sólo
que aquí Él viene con la Suya propia: Él tomó nuestro lugar
en la muerte, Él llevó la maldición, Él fue hecho pecado. Aquí Él toma Su lugar como un hombre perfecto en relación con Dios
-con el Padre; ese lugar que Él adquirió para nosotros por la redención en la que somos posicionados como hijos de Dios.
Los cielos se abren: el Espíritu Santo desciende sobre el hombre. El Padre nos reconoce
como Sus hijos; Jesús fue ungido y sellado por el Espíritu Santo, así como nosotros lo somos; Él, porque era personalmente
digno de ello; nosotros, porque Él nos ha hecho dignos por Su obra y por Su sangre. El cielo se abre para nosotros, el velo
se rasga, y nosotros clamamos, "¡Abba, Padre!" ¡Gracia maravillosa! ¡Amor infinito! El Hijo de Dios se hizo hombre para que
nosotros también seamos hechos hijos de Dios, como Él mismo dijo después de Su resurrección: "Subo a mi Padre y a vuestro
Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." (Juan 20: 17). El propósito glorioso inefable de Dios de colocarnos en la misma gloria,
en la misma relación que la de Su propio Hijo: en la gloria a la que Él tiene derecho por Su propia perfección por ser el
propio Hijo de Dios. "Para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros
en Cristo Jesús." (Efesios 2: 7). Esto se cumplirá totalmente cuando acontezca lo que el Señor Jesús ha dicho: "Y la gloria
que me has dado a mí, yo se la he dado a ellos . . . para que conozca el mundo que tú me enviaste, y que los has amado a ellos,
así como me has amado a mí."(Juan 17: 23 - Versión Moderna) ¡Oh! ¡cuál debería ser el amor de los Cristianos por el Salvador,
quien por Sus sufrimientos, incluso hasta la muerte, ha adquirido una posición tal para nosotros, y la bendita seguridad de
estar con Él y semejantes a Él por toda la eternidad!
También es importante comentar que aquí la
Trinidad es revelada totalmente por primera vez. En el Antiguo Testamento leemos acerca del Hijo y del Espíritu
Santo; pero aquí, dónde tenemos la posición del segundo Hombre según la gracia, la Santa Trinidad es revelada totalmente. Al mismo tiempo la revelación es clara, y las tres personas
aparecen juntas; el Hijo es revelado como un hombre, el Espíritu Santo desciende como una paloma, y la voz del Padre reconoce
a Jesús en quien Él tiene complacencia. Podemos notar aquí la diferencia entre la responsabilidad del hombre y el propósito
de la gracia. El propósito de Dios fue señalado antes de que el mundo fuese creado, pero estaba señalado en el postrer Adán,
el Señor Jesucristo. En el libro de Proverbios (capítulo 8) se muestra que Cristo, como la Sabiduría, estaba con Dios, que Él era el objeto de la delicia de Dios, y que Su propio deleite
se encontraba al estar con los hijos de hombres. Pero antes de revelar Sus consejos, o de cumplir la obra que iba a producir
todo los efectos de este amor, Dios creó al hombre responsable -el primer Adán. Pero Adán fracasó en cumplir su deber, y todos
los medios que Dios ha empleado sólo han sacado a la luz la maldad del hombre, hasta que vino el segundo Hombre. De esta forma
ha sido manifestada la delicia que Dios tenía en el hombre.
No obstante, el hombre no ha estado deseoso de recibirlo; allí sólo permanecía el objeto
personal de la perfecta satisfacción de Dios; y así, en Su persona, Él ha tomado una posición que nosotros encontramos revelada
en este pasaje; la de Hijo de Dios, con los cielos abiertos, siendo sellado por el Espíritu Santo. Pero Él estaba solo. En
la cruz Él hizo todo lo que era necesario con respecto a nuestra responsabilidad; y ha hecho más -ha glorificado a Dios totalmente
en Su amor, en Su majestad, en Su verdad, y ha adquirido para nosotros la participación en Su propia posición como hombre
en la gloria de Dios; de hecho, no como el derecho de Dios, es decir, Su propio derecho como Hijo, sino de ser semejantes
a Él en la gloria, para que Él pueda ser el primogénito entre muchos hermanos. Éste es el propósito de Dios: y cuando la obra
de Cristo fue cumplida, este propósito fue sacado a la luz. Acerca de estar cumpliéndose esto en nosotros en la tierra, tenemos
un ejemplo de ello en el pasaje que estamos considerando. Comparen con 2a. Timoteo 1: 9; Tito 1: 2, 3.
Pero esto no
es todo. Tan pronto como Jesús hubo tomado Su lugar ante Dios como hombre, y cuando Él había sido manifestado como el Hijo
de Dios en naturaleza humana, Él es llevado al desierto por el poder del Espíritu Santo, y allí emprende la lucha con el diablo,
lucha en la que el primer Adán había sido vencido. Era necesario que Él venciera para hacernos libres; y noten también que
Sus circunstancias eran muy diferentes de aquéllas en las que se encontró el primer Adán. El primer Adán estaba rodeado con
las bendiciones de Dios, de las que Él gozaba plenamente; ellas eran un testimonio presente de Su favor. Cristo, al contrario,
estaba en el desierto con la conciencia de que Satanás estaba reinando ahora sobre el hombre, y que faltaban todas las consolaciones
exteriores; exteriormente, no había ningún testimonio de la bondad de Dios: de hecho, todo era contrario a esta. En Marcos
no se dan los detalles de la tentación y las respuestas del Señor, sino que sólo se registra el hecho (un hecho precioso para
nosotros) de que el Señor ha pasado por esta prueba. Él se presentó según la voluntad de Dios, llevado por el Espíritu Santo
a enfrentarse con el poderoso enemigo de la humanidad; ¡inmensa gracia! Primero, Él mostró nuestro lugar ante Dios, habiéndolo
tomado en Su propia persona; y luego, Él entró en conflicto con el diablo que nos mantenía cautivos. El tercer hecho que observamos
es que los ángeles se vuelven servidores de aquellos que serán herederos de la salvación. Aquí, entonces, están los tres testimonios
en relación con la manifestación de Jesús como hombre en la carne; -nuestra posición como hijos de Dios, Satanás vencido,
los ángeles nuestros servidores.
El Salvador (versículo 14), habiendo tomado Su lugar en el mundo, empieza el ejercicio
de Su ministerio, pero no antes del encarcelamiento de Juan. Después de que este precursor del Mesías fue lanzado en prisión,
y no antes, el Salvador empezó a predicar el evangelio del reino. El testimonio de Juan era muy importante para atraer la
atención del pueblo hacia Él; pero no habría sido correcto que él hubiese dado testimonio del Señor después que Él propio
Señor hubiese empezado a dar testimonio de Sí mismo. "Yo no recibo testimonio de hombre alguno", dijo el Señor, hablando de
Juan el Bautista; Juan 5: 34. ¡Él dio testimonio de Juan! Él era la Verdad
en Su propia persona, y Sus palabras y Sus obras eran el testimonio de Dios en el mundo. "¿Qué señal, pues, haces tú . . .?"
dijo el pueblo; "nuestros padres comieron el maná en el desierto. . ." Y el Señor replicó, "Yo soy el pan que descendió del
cielo." (Juan 6: 30, 31, 41). La predicación de Jesús anunciaba el reino, mostraba que el tiempo se había cumplido, que
el reino de Dios estaba cercano, que el pueblo debía arrepentirse y creer el evangelio. Debemos distinguir entre el evangelio
del reino y el evangelio de nuestra salvación. Cristo es el centro de ambos; pero hay una gran diferencia entre la predicación
de un reino que se acerca, y la de una redención eterna llevada a cabo en la cruz. Es muy posible que las dos verdades deban
anunciarse juntas. Y de hecho encontramos que el apóstol Pablo predicó el reino, pero él ciertamente también proclamó una
redención eterna llevada a cabo para nosotros en la cruz. Cristo profetizó de Su muerte, y anunció que el Hijo del Hombre
debía dar Su vida en rescate por muchos; pero Él no podía anunciar durante Su vida, una redención cumplida. Los hombres debían
haberle recibido y no debían haberle enviado a la muerte: de ahí que Su testimonio era sobre el reino que se estaba acercando.
Este reino, en su poder público, ha sido retrasado, porque Cristo ha sido rechazado (vean Apocalipsis 11: 17); y este
retraso dura todo el tiempo que Cristo está sentado a la diestra de Dios, hasta el tiempo cuando Él se levantará del trono
de Su Padre a juzgar. Dios ha dicho, "Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies," Salmo
110. No obstante, es verdad que el reino ya vino en misterio según Mateo 13; esto continua durante el tiempo que Jesús está
sentado a la diestra de Dios. Pero cuando llegue el momento designado por Dios, el Señor se levantará y establecerá el reino,
y con Su propio poder juzgará a los vivos; y la paz y la felicidad serán establecidas en la tierra. Y nosotros, quienes hemos
recibido a Cristo, aunque el mundo lo haya rechazado, iremos a recibirlo a Él en el aire, estaremos para siempre con el Señor,
y vendremos con Él en gloria cuando Él aparecerá ante el mundo, y reinaremos con Él; y, lo que es mejor aún, seremos semejantes
a Él y siempre con Él en los lugares celestiales en la casa del Padre. El desarrollo de estas verdades y de estos eventos
sólo se encuentra en la palabra de Dios después de la ascensión del Señor, después que el fundamento para el cumplimiento
del propósito de Dios fue colocado en la muerte del Salvador. Aquí Él anuncia sólo la cercanía del reino, para que los hombres
lo recibieran. Pero aunque Jesús enseñó en todas las sinagogas, no sólo estaban aquellos que lo oyeron, o quienes creyeron
lo que Él enseñaba, sino algunos que también lo siguieron. Es de la mayor importancia notar esto: en el día actual, muchos
profesan haber recibido el evangelio; ¡pero cuán pequeño es el número de aquellos que siguen al Señor en el camino de la fe,
en esa humildad y obediencia que caracterizaron los pasos del Señor en este mundo! Tratemos de seguirle a Él: quizás no podamos,
literalmente, dejar todo, como lo hicieron los primeros discípulos; pero podemos caminar en el espíritu en que ellos caminaron,
y estimar a Cristo como el todo para nuestras almas; y que todas las otras cosas no son sino estiércol para que podamos ganar
a Cristo en la gloria. El Señor llama aquí a hombres para hacerles pescadores de otros; busquemos nosotros también a otros,
para que ellos también puedan disfrutar el gozo inefable y glorioso que da el Espíritu Santo. Quizás no seamos apóstoles,
pero quienquiera que está lleno de Cristo dará testimonio de Cristo; de la abundancia del corazón habla la boca. Ríos de agua
viva fluirán del interior de quién viene a Cristo y bebe; Juan 7.
El Evangelio escrito por Marcos no presenta a la
persona de Emanuel, y luego la gracia de Su misión, como el que fue escrito por Mateo; sino que presenta rápidamente Su ministerio
en su aplicación a los hombres. El ministerio es necesariamente el mismo, pero el desarrollo es diferente. Su palabra y Sus
obras testifican igualmente a la autoridad con que Él enseñó al pueblo. Mientras Él estaba hablando, los oyentes en la sinagoga
estaban sorprendido, porque Su discurso no era como el de los escribas que insistían en las opiniones, sino que Él anunciaba
la verdad como Uno que la conocía y podía presentarla desde su mismo fundamento. Incluso los espíritus inmundos temían Su
presencia, y rogaban que no fueran destruidos. No obstante, fueron obligados a dejar al desdichado hombre a quien dominaban
bajo el poder de ellos mientras rogaban: de tal manera que el pueblo dijo: "¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta . .
.?" Se erigió un testimonio de que Dios había intervenido para liberar al hombre, y para comunicarle Su perfecta verdad. La
gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
Su fama se extendió por toda Galilea. Dejando la sinagoga Él
entra en casa de Simón y Andrés: el apóstol Pedro tenía una esposa, y la madre de ella estaba enferma y con fiebre. El Señor
la toma de la mano; la fiebre desaparece, y la mujer empieza a servirlos en perfecto estado de salud. En cuanto finaliza el
día de reposo, toda la ciudad se reunió a la puerta de la casa: el Señor sana al enfermo y hecha fuera demonios; los demonios
lo reconocen, aunque los hombres no. No obstante Él permanece Siervo de Dios, y se levanta antes de la salida del sol para
ir a un lugar solitario a orar. Pedro lo busca y, habiéndolo encontrado, dice, "Todos te buscan": pero Jesús, siempre Siervo,
no busca multitudes ni fama para Él, sino que se va a otros sitios a predicar y a librar del yugo de Satanás. Es importante
comentar que aquí los milagros del Señor no son simplemente una señal y prueba de poder, sino también de la bondad que estaba
actuando en el poder divino. Es esto lo que da el verdadero carácter divino a los milagros de Jesús. Todas Sus obras son el
fruto del amor, y dan testimonio en la tierra al Dios de amor. Hay sólo una aparente excepción, que, después de todo, es una
prueba de la verdad que estamos comentando. Esta excepción es la maldición de la higuera; pero ésta era una figura del pueblo
de Israel, y uno puede decir de la naturaleza humana, bajo el cultivo de Dios, que no produjo fruto -sólo había hojas, es
decir, hipocresía. Por lo tanto fue juzgada y condenada, y nunca más llevará fruto nuevamente; el jardinero cavó alrededor
de ella, y la abonó, pero todo era inútil; y entonces fue abandonada por Dios. El hombre debe nacer de nuevo -debe ser creado
de nuevo en Cristo Jesús.
En lo que sigue, tenemos una hermosa prueba del amor manifestado en las obras del Señor
Jesús. Un leproso viene a Jesús bien persuadido de Su poder, después de haber visto Sus milagros, o escuchado información
acerca de estas obras poderosas; pero él no estaba seguro que encontraría disposición en Él para sanarlo. Él le dice, "Si
quieres, puedes." El Señor, no satisfecho con estar dispuesto y con hacerlo, toca al leproso. Veamos, la lepra -¡terrible
enfermedad!- era una figura del pecado, y aquel que estaba enfermo de ella era echado fuera del campamento como inmundo; e
incluso un hombre que lo podía haber tocado también era echado fuera, porque él se contaminaba al hacerlo. Ningún medio podía
emplearse para sanar al leproso; únicamente era Jehová quién podía sanarlo; y entonces, sanado por Jehová, el sacerdote lo
declaraba limpio, y él podía, después de ciertas ceremonias, participar del culto divino. Aquí el Señor se presenta con este
poder divino y el amor de Dios. "Quiero, sé limpio." La buena disposición y el poder de Dios estaban allí, y fueron ejercidas
a favor del pobre hombre excomulgado. Pero hay algo más -Él toca al enfermo. Dios está presente; Jesús no puede ser contaminado;
pero Él se ha acercado tanto al hombre inmundo como para poder tocarlo -el verdadero Hombre entre los hombres, Dios manifestado
en carne. Dios, pero Dios en un hombre, el amor mismo, el poder que puede hacer todo lo necesario para librar al hombre del
efecto del poder de Satanás. La pureza imposible de contaminar se encuentra en la tierra -pero el amor también, es decir,
Dios está aquí, pero también como Hombre- y obra para bendición del hombre. El leproso es sanado inmediatamente, la lepra
desaparece. Pero aunque Dios se manifiesta en Su obra de poder y amor, Él no abandona el lugar de siervo, ahora que Él
lo ha tomado; Él despide al hombre sanado, diciendo, "Mira, no digas a nadie nada, sino vé, muéstrate al sacerdote, y ofrece
por tu purificación lo que Moisés mandó." Podemos comentar otra circunstancia en esta historia -que el Señor fue movido a
compasión cuando Él vio al leproso. Dios, en Su amor, es un hombre conmovido por la piedad en Su corazón por el desdichado
estado en que Él encuentra al hombre: a menudo encontramos este hecho en los Evangelios. Ahora el leproso limpio divulga la
fama de Jesús por todo los alrededores, de modo que el testimonio del poder de Dios presente con Su pueblo se hace sentir
en las mentes de los hombres. Jesús no buscó la gloria humana, sino cumplir la voluntad de Dios y la obra que Él le había
dado para hacer. Rodeado por todos, Él no puede entrar en la ciudad dónde la muchedumbre sorprendida se habría congregado
alrededor de Él.
CAPÍTULO 2.
Pero después de algunos días, cuando la expectación había disminuido un poco, el Señor
entra de nuevo en la ciudad. Pronto se divulgó que Él estaba en casa, y vinieron tantas personas juntas que no había lugar
para recibirlas, ni aun en derredor de la puerta. Jesús les predicó la palabra, porque este servicio siempre fue Su primer
objetivo. Él era la Palabra, Él era la Verdad, Él mismo era aquello que Su palabra anunciaba, de quien el hombre tenía necesidad.
Su palabra, también, fue confirmada por Sus obras, y el pueblo supo que Él poseía el poder que podía librarlos de todo mal.
Ellos traen a un paralítico, cargado por cuatro; pero no pudiendo acercarse hasta donde estaba Jesús, impedidos como estaban
por la multitud, descubren el techo -cosa que se hace fácilmente en el Medio Oriente- y bajaron al paralítico al lugar dónde
Jesús estaba. Ésta era una prueba evidente de la fe de ellos; era el profundo sentido de necesidad, y confianza en Jesús,
en Su amor, en Su poder. Sin un deseo urgente de ser sanado, y una confianza plena en el poder y amor de Jesús, ellos se habrían
descorazonado por la dificultad presentada por la multitud, y se habrían vuelto atrás, diciendo quizás, <<Vendremos
de nuevo, podremos acercarnos a Él en otra oportunidad.>> Pero no hay dificultades para la fe; sus principios son estos
-la necesidad de encontrar al Salvador, el sentimiento de nuestra miseria, y sentir que únicamente Jesús puede sanarnos- que
Su amor es lo bastante fuerte como para tomarnos en consideración en nuestra desdicha. Es, por supuesto, la obra del Espíritu
la que nos revela a Jesús; pero Él produce un sentido tal de nuestra desdicha que somos impelidos a ir a buscar al Señor,
y las dificultades no nos hacen retroceder, porque sabemos que sólo Jesús puede sanarnos, que Su amor es suficiente; en realidad,
no que ya estamos seguros de ser sanados, sino que es suficiente como para atraernos a Él en la convicción de que Él lo hará.
Y si ya hemos venido a Él, la fe siempre produce necesidad en el alma, y la seguridad que el Salvador responderá a nuestra
necesidad. Y Cristo nunca deja de responder a ella; Él puede permitir que las dificultades prueben la fe, pero la fe que persevera
encuentra la respuesta; y, si conocemos la suficiencia del Señor, lo que produce esta perseverancia es el sentido de nuestra
necesidad. La fuente de todo es la obra del Espíritu Santo en nuestro corazón. El Señor toma ocasión por medio del desdichado
estado del paralítico para señalar la verdadera raíz de todos los males - el pecado. Él había venido porque el pecado estaba
en el mundo, ¿y con qué objeto, entonces, sino para que el pecado pudiese ser perdonado? Es verdad que, puesto que Dios es
justo, es necesario que se haga una expiación perfecta por los pecados para que puedan ser perdonados. Pero Jehová, quien
conocía todo, podía otorgar el perdón de esa forma por medio del Hijo del Hombre, quien ahora hace que todos los creyentes
participen en un perdón perfecto por medio del evangelio. En cuanto a Su gobierno, Él también podía perdonar o dejar bajo
los efectos de Su castigo tanto a individuos como a la nación entera. Ahora Él, que estaba presente, tenía el derecho y la
potestad en la tierra para perdonar pecados: y Él dio la prueba de ello. En el Salmo 103, Él es celebrado como el Único que
perdonaría todas las iniquidades de Israel, y sanaría todas sus dolencias. La gran necesidad de Israel culpable era este
perdón: Cristo lo anuncia. En cuanto al propio gobierno de Dios, Israel no podía ser restablecido en bendición, si no poseía
el perdón de Dios. "Tus pecados te son perdonados", dijo el Señor: los escribas protestan contra la blasfemia. Pero Dios,
el Jehová del Salmo 103, estaba allí presente en la persona del Hijo del Hombre; y Él da la prueba de que este derecho le
pertenecía a Él cumpliendo lo que se dice en ese mismo Salmo: "el que sana todas tus dolencias", "que sana todas tus enfermedades"(Versión
Moderna), "el que sana todas tus enfermedades."(LBLA) "Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra
para perdonar pecados (dijo al paralítico): A tí te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa." El hombre se levanta,
toma su lecho y se marcha. El perdón y la potestad para sanar vinieron a la tierra en la persona del Hijo del Hombre,
de Aquel que, teniendo derechos y potestad divinos, estaba aquí en humillación en la tierra, para traer el amor y el poder
de Dios a la desdicha del hombre, a las fatales miserias del alma, dando una prueba de ello al librar el cuerpo de los sufrimientos
que había introducido el pecado. Dios estaba presente en amor. El poder para sanar estaba allí, pero la verdad importante
era que ese perdón vino a la tierra. Ésta es la primera gran verdad del evangelio. Que lo que aquí es anunciado por Cristo
es proclamado ahora en el evangelio, que es el medio de reconciliar la justicia de Dios con perdón gratuito, con el pleno
y perdurable perdón de pecados expuesto claramente ante los hombres en las palabras del Señor. Se anuncia la remisión de pecados,
fundamentada en la obra del Salvador. Pero si éste es el espíritu del evangelio, si ésta es la obra de Jesús, Él debe venir
a llamar a los pecadores, Él debe hacerse amigo de ellos, para que puedan tener confianza, y puedan creer en esta gracia,
y que el mundo pueda conocer el verdadero carácter del Salvador.
Lo que sigue en nuestra historia nos hace comprender
claramente la misión y el ministerio de Jesús. Él llama a Mateo, quien estaba sentado al banco de los tributos públicos. El
impuesto era aborrecible a los judíos, no sólo porque tenían que pagarlo contra su voluntad, sino mucho más porque era la
prueba de que ellos estaban en esclavitud al servicio de los Gentiles. Ellos habían perdido sus privilegios como pueblo libre
de Dios; y cuando sus compatriotas tomaron este puesto, como estaban acostumbrados a hacerlo, bajo los comendadores Romanos,
su amargura era muy grande, y el hombre que tomaba una situación tal era odiado como un pérfido traidor de la religión y la
nación. De esta forma, estos colectores de impuestos eras despreciados y detestados. Ahora Mateo invita al Señor, y muchos
otros publicanos estaban a la mesa con Jesús y con Sus discípulos. Los escribas y Fariseos plantean la pregunta acerca
de cómo podía ser posible que un maestro virtuoso se sentase y comiese con hombres inmundos y pecadores. Jesús oye esto y
responde con sabiduría divina. La sencillez de la respuesta iguala su fuerza. "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino
los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores." Aquí es la gracia la que está obrando; y la obra de Jesús
presenta un pleno contraste con la ley. La ley exigía del hombre la justicia humana; Cristo y el evangelio anuncian la gracia
divina que reina y revela la justicia de Dios. Aquí tenemos la gracia; en cuanto a la justicia divina, esta será plenamente
revelada cuando Cristo haya cumplido Su obra en la cruz: ¡verdad tan importante como preciosa! Cristo, el Salvador, vino
a buscar a pecadores, y no busca a justos; incluso donde hubiese alguno de ellos que lo fuesen, no habría necesidad de buscarlos,
pero en Su gracia soberana y perfecta bondad, Él vino a buscar a pecadores; Él no manda que se alejen sino que los busca,
y se puede sentar y comer con ellos, mientras que Él mismo es enteramente santo. Ésta es la manifestación de Dios en amor
en medio de pecadores, para ganar los corazones de los hombres, y para producir confianza en Dios en estos corazones, y para
unir todas las facultades del alma con el poder de un objeto perfecto, y para formarla según la imagen de aquello que la conduce,
y que contempla; y por consiguiente inspirar esta confianza, puesto que el bien entró en medio del mal, y había tomado parte
en la miseria en la que el hombre caído yacía -una bondad que no alejó al pecador a causa de sus pecados, sino que lo invitó
a venir. La ruina del hombre empezó cuando perdió su confianza en Dios: el diablo había tenido éxito persuadiendo a Eva
de que Dios no le había permitido al hombre comer del árbol del conocimiento del bien y el mal, porque Él sabía que, si lo
hacía, él sería como Dios, sabiendo el bien y el mal; que Dios le había prohibido tocar el árbol por celos; y, si Él no deseaba
que fuéramos felices, debíamos hacernos felices a nosotros mismos. Y esto es lo que Eva buscó, y lo que buscan todos los hombres
que hacen su propia voluntad. Así el hombre cayó, y así permanece en toda la miseria que es fruto del pecado, esperando el
juicio de Dios en el pecado mismo. Ahora, antes de ejecutar el juicio, Dios vino en amor como Salvador a mostrar que Su amor
es mayor que el pecado, y que el peor pecador puede tener confianza en este amor que busca a los pecadores y se adapta a sus
necesidades, que no demanda del hombre justicia y le trae salvación y gracia por las cuales presentarlo finalmente a Dios
como Su justicia, por medio de la obra de Cristo: pero Él viene en amor a los pecadores a reconciliarlos con Él mismo. En
lugar de castigarlos por sus pecados, Él encuentra ocasión para manifestar la inmensidad de Su amor viniendo a aquellos que
yacían en pecado, y entregándose Él mismo como sacrificio para quitar este pecado. Cristo presenta este amor de Dios en
Su vida, el propio Dios manifestado al hombre en amor; en Su muerte Él está como hombre ante Dios, por nosotros hecho pecado
para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él, y para que el Dios justo, el Dios de amor, nunca más pueda recordar nuestros
pecados. En la historia que estamos considerando, Él manifiesta el amor de Dios hacia el hombre. La ley era la regla perfecta
de lo que el hombre debía ser como hijo de Adán; exigía que el hombre fuese tal como ella indicaba, y pronunciaba una maldición
sobre el hombre que no hacía lo que ella requería. Añadió la autoridad de Dios a lo que era adecuado a las relaciones en las
que el hombre se encontraba, y le dio al hombre una regla perfecta para la conducta en estas relaciones; una regla fácilmente
olvidada o rota en el estado caído del hombre. No daba vida, ni fuerza, ningún objeto al cual atraer y gobernar el corazón;
pero estableció la relación del hombre con Dios y con sus prójimos, y maldijo a todos aquellos que no la habían guardado,
es decir, a todos aquellos que estaban bajo ella. La carne no se somete, ni se puede someter a la ley de Dios: entonces
la gracia, aunque establece la autoridad de la ley y la propia maldición, ya que Cristo el bendito Salvador la llevó, debe
y necesita cambiar todo en los caminos de Dios. El perdón no es igual a la maldición, y pagar una deuda es muy diferente de
exigir el dinero. Es bastante justo exigir el pago, pero, si el deudor no tiene nada con que pagar, él está arruinado; mientras
que si paga, él es liberado de la deuda. Cristo ha hecho más; no sólo Él paga la deuda, sino que Él ha adquirido la gloria
para aquellos que creen. No sólo Él ha librado al deudor de sus deudas, sino que Él le ha dado una inmensa fortuna en la presencia
de Dios. Pero entonces el cambio está completo y perfecto, y las palabras del Señor que siguen nos muestran esto. Los
discípulos de Juan y los Fariseos acostumbraban ayunar, y el Señor da los motivos por los qué los Suyos podían no hacerlo.
El Esposo estaba presente así que este no era el tiempo de ayunar, pero el tiempo vendría pronto cuando el Esposo sería quitado;
y entonces ellos ayunarían. El gozo de Su presencia se convertiría en el dolor por Su ausencia, por la necesidad que esta
ausencia crearía en el corazón. La otra razón es esta: era imposible mezclar los dos sistemas; el vino nuevo (la verdad y
el poder espiritual del Cristianismo) no se podía echar en odres viejos, en las antiguas instituciones y ceremonias del Judaísmo.
Si se hiciera esto, el vino nuevo destruiría los odres, y ambos se estropearían, el vino se derramaría y los odres se perderían.
De igual forma, un trozo de tela nueva no es adecuada para un vestido viejo: el vestido se rasgaría, y la rotura sólo sería
mayor. De hecho no es posible unir el poder espiritual del Cristianismo a las ceremonias carnales que la naturaleza humana
ama, porque puede hacer de ello una religión sin una nueva vida, y sin que la conciencia sea tocada. El hombre no convertido,
si lo desea, puede hacer así tanto bien como el hombre convertido. No, el vino nuevo se ha de echar en odres nuevos: es importante
que recordemos esto. La dispensación fue cambiada, estaba comenzando un nuevo orden , y todo fue alterado; la naturaleza de
las cosas era diferente -ellas no podían existir al mismo tiempo; las ceremonias carnales y el poder del Espíritu Santo nunca
podrían ir juntos. ¡Piensen en ello, Cristianos todos! La Cristiandad
ha intentado embellecerse con estas ceremonias, e incluso, a menudo, bajo formas Paganas; ¿y en qué se ha transformado? Se
ha adaptado al mundo del que estas formas eran los rudimentos, y se ha vuelto realmente pagana, y difícilmente se puede encontrar
su verdadera espiritualidad en absoluto.
Pero había una institución fundada por Dios, es decir, la señal de Su pacto
con Israel -el día de reposo- y también era la señal del descanso de Dios en la primera creación. Ahora, en Israel, el hombre
fue puesto a prueba, para ver si, con una norma perfecta y con medios ofrecidos por la ley (al estar presente el propio Dios
en el tabernáculo o en el templo), él podía servir a Dios y cumplir justicia como un hijo de Adán en la carne. El día de reposo
no fue UN séptimo día sino EL séptimo día, en el que al final de la creación Dios cesó de crear, y descansó. Entonces se levantó
la pregunta acerca de si el hombre podía compartir el descanso de Dios: y la respuesta es, que él ha pecado, y por consiguiente
nunca puede tener parte en este descanso. Bajo la ley él fue puesto a prueba de nuevo; y entonces él hizo el becerro de oro
antes de que Moisés bajara del monte. Dios ejerció entonces paciencia con el pueblo hasta que rechazaron a Cristo. Pero era
imposible establecer un pacto entre Dios y el hombre en la carne; el hombre no podía disfrutar del descanso de Dios. Más que
esto; el día de reposo de la primera creación fue hecho para el hombre, y Aquel que disfrutó de todos los derechos del hombre
según los consejos de Dios era Señor del día de reposo: así son revelados estos dos principios. Primero, como cuando David,
el ungido del Señor, había sido rechazado, todo era común y profano; así cuando Cristo, la última prueba ofrecida al hombre
en la carne, fue rechazado, nada era santo para el hombre; el sello del primer pacto había perdido todo su significado. Entonces,
cuando Cristo renuncia durante un tiempo a Su posición en Israel como Mesías, Él se vuelve (como vemos a menudo en los Evangelios,
Lucas 9: 21, 22, etc.) el Hijo del Hombre. De esta forma, Él es el Señor del día de reposo que fue hecho para el hombre; así
la señal del antiguo pacto desaparece por medio del pecado del hombre y su rechazo de Cristo. La resurrección de Cristo
es el principio de la nueva creación, el fundamento del nuevo pacto establecido en Su sangre. Ésta es la señal del descanso
de Dios para nosotros. Satisfecho, glorificado por la muerte de Jesús, Dios lo ha levantado de entre los muertos y ha encontrado
un lugar de descanso para Su amor y Su justicia; y nosotros, los objetos de este amor, somos hecho justicia de Dios en Cristo.
Así el día del Señor es un muy precioso regalo de Él, y el verdadero Cristiano lo disfruta con todo su corazón; y, si
es fiel, él se encuentra en el Espíritu para disfrutar de Dios, gozoso de ser liberado de las obras materiales para adorar
a Dios como su Padre, y para disfrutar la comunión con el Señor. Siempre es una mala señal cuando un Cristiano habla de su
libertad y hace uso de ella para descuidar al Señor, para entregarse a las obras materiales del mundo. Por muy libre que pueda
ser un Cristiano, él es libre del mundo y de la ley, para servir al Señor. ¡Qué gran cantidad de bien él puede hacer en el
día del Señor! Y éste es un tercer principio que se encuentra en el capítulo 3 de este Evangelio.
CAPÍTULO 3.
La gracia había venido (Juan 1: 17), Dios mismo estaba presente en la gracia; y esta gracia
tenía libertad para hacer el bien en el día de reposo. El verdadero descanso del Señor es el ejercicio de Su amor en medio
del mal. Los Fariseos pensaban que no podían hacer el mal con tal de que sus tradiciones fueran observadas. Dios se sintió
libre para hacer el bien; y por esta razón el Señor sana la mano seca, llamando la atención de los Judíos de una manera formal
a este gran principio. Los Fariseos consultan con los Herodianos (quienes eran sus enemigos) para averiguar de qué forma
podrían dar muerte a Jesús; y el Señor se retira. Así que la dispensación de la ley es puesta a un lado por el Cristianismo,
que no puede ser introducido en las antiguas formas Judías; y, al mismo tiempo se mantienen los derechos del amor divino,
es decir, los derechos de Dios mismo. De esta forma, se manifiesta en forma clara el verdadero carácter del servicio del Señor.
Aquí cesa el desarrollo directo del ministerio del Señor. Lo que sigue consiste en parábolas y hechos que lo desarrollan y
muestran claramente las relaciones en las que el Señor se encontraba con los judíos.
Él se retira lejos del odio de
los gobernantes del pueblo para continuar Su servicio de amor. Lo sigue una gran multitud de todas partes del país, después
de haber oído hablar de las cosas maravillosas que Él hacía; tenemos aquí un retrato viviente del efecto de Su ministerio.
El Señor se ve obligado a tener una pequeña barca en el lago, ya que tan grande era el gentío, que le oprimía deseando tocarlo
para ser sanados. También los espíritus inmundos, cuando lo vieron, se postraban delante de Él, diciendo, "Tú eres el Hijo
de Dios." Observen aquí que a menudo encontramos en los Evangelios, que los espíritus inmundos poseían a las personas tan
completamente, que sus actos son atribuidos a los espíritus; y los endemoniados decían lo que los espíritus les hacían decir,
como si fuera con su propio acuerdo. La mente y cuerpo estaban tan completamente en posesión del espíritu, que la persona
poseída pensaba que lo que el espíritu le inspiraba eran sus propios pensamientos. La posesión era completa. "¿Has venido
acá para atormentarnos antes de tiempo? (Mateo 8: 29) . . ."Sé quien eres, el Santo de Dios." (Marcos 1: 24; Lucas 4: 34)
-a menudo es así. Pero el Señor no recibiría el testimonio de demonios, ni les permite que lo descubriesen.
Él
sube a un monte para poder estar alejado de la multitud por un breve tiempo, para estar solo; y llama a sí a los que Él quiso,
quienes vienen a Él. En el Evangelio de Lucas leemos que Él pasó toda la noche en oración antes de nombrar los apóstoles.
En Lucas encontramos mucho más de la humanidad del Señor, muy importante en su lugar. Él oró cuando los cielos le fueron abiertos;
Él oró cuando Él se transfiguró; y cuando estuvo en agonía en el huerto, Él oró más intensamente. Tenemos aquí más bien, el
progreso de Su ministerio: Él asocia con Él a otros siervos para continuar y extender Su obra. Ellos iban a estar con Él,
y entonces son enviados a predicar el evangelio con poder, a sanar enfermedades, y a echar fuera demonios. Observen aquí,
que Cristo no sólo hace milagros, sino que Él puede dar a otros el poder de realizarlos. Los apóstoles podían poner sus manos
sobre un hombre para que recibiera el Espíritu Santo; pero ellos nunca podían dar a otros el poder para realizar los milagros,
y echar fuera los demonios. Esto es algo mucho mayor que realizar milagros; es el poder y la autoridad de Dios. Él también
da los nombres a algunos de Sus discípulos -señal de suprema autoridad- y según el conocimiento que Él tenía de sus caracteres,
antes de que Él hubiera tenido cualquier experiencia de ello. Vemos, al mismo tiempo, de qué forma es recibido el testimonio
del Señor: Sus propios amigos piensan que Él está demente; y los líderes del pueblo atribuyen Sus obras maravillosas al poder
de Satanás. ¡Oh, en qué mundo vivimos! El hombre no puede ver nada en la actividad de la misericordia divina sino locura y
la obra del diablo. Pero ciertamente Satanás no echa fuera a Satanás: esto es lo que es una real locura. Si a un hombre fuerte
le son saqueados sus bienes, está claro que uno más fuerte ha venido y lo ha atado. ¡Alabado sea Dios! Pero este pecado -la
blasfemia contra el Espíritu Santo- no puede ser perdonado. Aunque ellos dijeron, <Nosotros no creemos>: "Ese hombre.
. . no guarda el día de reposo" (Juan 9: 16), <él nos engaña>, aunque esto ya era bastante malo, era perdonable; pero
los escribas reconocieron el poder -un poder mayor que el de los demonios, y, en lugar de reconocer allí el dedo de Dios,
ellos lo atribuyeron al príncipe de los demonios -llamaron demonio al Espíritu Santo. Era el fin de toda esperanza para Israel,
en cuanto a su responsabilidad. La gracia podría perdonar la nación, y lo hará cuando el Señor volverá en gloria; pero ahora,
como un pueblo responsable, su historia ha acabado.
Es por esta razón que el Señor renuncia a toda relación con el
pueblo según la carne. Su madre y hermanos vienen a llamarlo, pero el Señor no los reconocerá. Él presenta la palabra para
formar nuevos vínculos con las almas, pero todo vínculo con Israel está roto. Su madre no tiene nada que demandar de Él, Él
se niega a reconocer su llamado, Él dice: "Quién es mi madre y mi hermanos?"; y mirando a los que estaban sentados alrededor
de Él, "He aquí mi madre y mi hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y
mi madre." Aquí encontramos la ruptura entre el Señor y el pueblo. La paciencia del Señor continuó mostrando la misericordia
de Dios, hasta la última Pascua; pero realmente todo había terminado para el pueblo; su condenación no podía dejar de ser
pronunciada; Él ya no busca fruto en Su viña.
CAPÍTULO 4.
Sentado en una barca junto a la orilla, el Señor presenta la parábola del sembrador que
salió a sembrar aquello que, si se recibía en el corazón, debía producir por gracia, el fruto deseado por Dios. El fruto
no se iba a encontrar en la viña dónde el hombre iba a ser probado tal como estaba en la carne, bajo el antiguo pacto, estando
la ley escrita en tablas de piedra. Es debido a esto que el Señor maldijo la higuera que no produjo fruto, sino sólo hojas;
Él había cavado y la había abonado, pero en vano; por consiguiente, iba a ser cortada. ¡Verdad solemne! La gracia nos eleva
por sobre el pecado, pero el hombre en sí mismo está perdido en cuanto a su responsabilidad. El Señor comienza a enseñar a
la multitud en parábolas: diciendo "el sembrador salió a sembrar." Como hemos dicho, Él ya no busca fruto del hombre en la
tierra, ni en Su pueblo, sino que siembra aquello que debía producir fruto. Mientras el sembrador siembra, algunas semillas
caen junto al camino, algunas en pedregales, algunas entre espinos, y algunas en buena tierra. Aquí no es asunto de doctrina,
sino que los hechos que siguen a la siembra de la palabra del reino los presenta a ellos mismos; es un asunto de hechos externos.
Tres partes no llevan fruto. Cuando la palabra es sembrada en el corazón, en el primer caso, queda sobre la superficie de
la tierra, no penetra el corazón; el diablo quita la palabra, y no queda ningún fruto. En el segundo caso la palabra es recibida
con gozo; los oyentes se gozan al escuchar al sonido de la gracia, del perdón, del reino; pero cuando viene la tribulación
o la persecución, ellos la dejan. El oyente la había recibido con gozo; él la deja cuando viene la tribulación: la conciencia
no es traída a la presencia de Dios; no se percibe la necesidad de una conciencia turbada. Es en la conciencia donde la palabra
de Dios fija sus raíces; porque la presencia de Dios es revelada y despierta la conciencia. Dios mismo se revela al corazón,
y uno se encuentra a sí mismo en Su presencia, consciente de estar allí. Sigue el juicio de uno mismo, termina la oscuridad,
y la luz de Dios brilla en el corazón. Cuando la conciencia ya ha sido ejercitada, entonces el evangelio trae gozo inmediato,
y la respuesta de Dios a la necesidad del alma. Lo que sean la gracia y el amor de Dios, cuando estos se revelan por primera
vez, no producen gozo, porque alcanzan la conciencia; la luz penetra, porque Dios es luz. El amor (porque Dios es amor) inspira
confianza, el corazón es atraído y confía, como la mujer pecadora que lavó los pies del Señor con sus lágrimas; pero la conciencia,
sin ser purificada todavía, no tiene gozo. Si el anuncio de perdón da gozo, hay razón para temer que la conciencia no sea
despertada. La comprensión (quizás también los afectos naturales) ha entendido la hermosa historia de amor y perdón relatada
en el evangelio, pero la obra es superficial y desaparece. Otra parte de la semilla cayó entre espinos, y al crecer los
espinos, la ahogaron y no dio fruto. La última de todas las partes, la que cayó en buena tierra, dio fruto en diferentes proporciones.
El objeto de este discurso no es mostrar la forma en que esto sucede; sólo habla del efecto manifestado. Indudablemente es
la gracia, pero sólo se cuenta el hecho. En este último caso vemos la actividad de la gracia en el corazón, porque crece y
da fruto, y sigue creciendo. Aquel que verdaderamente ha recibido la palabra en el corazón, está capacitado para comunicarla
a otros. Puede que no tenga el don de predicación, pero él ama la verdad, él ama las almas, y la gloria del Salvador; y la
luz que se ha encendido en su corazón alumbra todo a su alrededor. Él también siembra según su fuerza, y es responsable de
hacerlo. Con respecto a esto, todo será manifiesto, la fidelidad y la infidelidad, así como en todo lo demás. Dios envía luz
al corazón para darla a otros, y no para esconderla. Nosotros recibiremos más, si somos fieles comunicando lo que poseemos;
y, si hay amor en nosotros, esto no puede fallar. La verdad y el amor vinieron en Cristo, y a menos que el corazón esté lleno
de Cristo, la verdad no será manifestada: si el corazón está lleno de otras cosas, o de sí mismo, Cristo no puede manifestarse.
Si Cristo -la verdad y el amor- está en el corazón, la verdad brillará para bendición de otros, y nosotros mismos seremos
bendecidos, y se nos dará más; y habrá libertad y gozo en el alma. Lo que un hombre posee le será quitado si no permite a
otros beneficiarse de la luz que él tiene. Nuevamente vemos aquí, que el ministerio del Señor entre los Judíos ya había
terminado. "A vosotros os es dado", Él dice a los discípulos, "saber el misterio del reino de Dios, mas a los que están fuera,
por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan,
y les sean perdonados los pecados." Ellos están bajo el juicio de Dios. El Señor no quiere decir aquí que un alma no podría
creer individualmente en Jesús, y así ser perdonada; sino que la nación judía, habiendo rechazado el testimonio de Jesús,
ahora ha sido abandonada por Dios, dejada fuera, y expuesta a Su juicio. Él reprende a los discípulos porque tampoco podían
entender la parábola, no obstante Él, en Su gracia, se las explica.
Después de esta explicación y de las respectivas
advertencias de las que hemos hablado, el Señor da otra parábola que presenta Sus caminos muy claramente. El reino es como
cuando un hombre echa semilla en la tierra, quien, levantándose y durmiendo, día y noche, le permite crecer sin que él se
de cuenta. La tierra produce fruto por sí misma de esta manera, primero la hoja, luego la espiga, y después grano lleno en
la espiga. Luego, cuando el fruto está maduro, él en seguida mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega. Así obró
personalmente el Señor, sembrando la palabra de Dios en la tierra; y al final, Él volverá, y obrará de nuevo personalmente,
cuando haya llegado el tiempo del juicio de este mundo; pero ahora, en el entretanto, Él permanece sentado a la diestra de
Dios, como si Él no se ocupara de Su campo, aunque en Él obra en secreto por Su gracia, y produce todo. Pero no es manifiesto.
Sin ser visto, Él obra para hacer crecer la semilla de una manera divina por Su gracia, aunque aparentemente Él permite que
el evangelio crezca sin tener nada que ver con ello hasta la siega. Entonces Él aparecerá y obrará abiertamente.
Nuevamente
Él enseña al pueblo con otra parábola. No encontramos aquí la historia completa del reino como en el capítulo decimotercero
de Mateo, sino sólo sus grandes principios, y la obra del Señor en contraste con Su manifestación y el establecimiento del
reino por Su propia presencia. Este reino crece durante Su ausencia, nadie sabe cómo, por lo menos en cuanto al conocimiento
humano. El reino, entonces, es como un grano de semilla de mostaza, la más pequeña de todas las semillas; pero crece en cuanto
es sembrada, y se vuelve una gran planta, incluso como un árbol suficientemente grande como para que las aves que vuelan en
el aire puedan descansar en sus ramas. Así la Cristiandad,
una pequeña semilla, la de un hombre despreciado por el mundo, ha llegado a ser un gran poder en la tierra, y extiende sus
ramas por todas partes. Aquí el Evangelista repite que el Señor habló a la multitud en parábolas, y que sin parábolas Él no
se dirigía a ellos; luego Él explicó todo a Sus discípulos, cuando estuvieron solos con Él.
En lo que sigue, pienso
que tenemos un retrato de la partida de Jesús, y de Su poder; la seguridad de los Suyos incluso cuando Él parecía ser indiferente
a sus dificultades; luego la relación en la que Él se mantuvo hacia los judíos. Jesús, habiendo despedido a la multitud, entra
en una barca y se duerme, aunque una tempestad se levanta sobre el lago, a tal punto que las olas llenan la barca. Los discípulos,
llenos de temor, vienen a Jesús para despertarlo; Jesús se levanta, reprende al viento, y dice al mar, "Cálmate, sosiégate"
(Marcos 4: 39 - LBLA), y todo se tranquiliza. Pero entonces Él reprueba el temor incrédulo de los discípulos; y de hecho,
lector, ¿piensas tú que el poder del Hijo de Dios, de los consejos de Dios, podía haber fallado a causa de una inesperada
tempestad en el lago de Genesaret? ¡Imposible! Los discípulos estaban en la misma barca con Jesús. Aquí hay una lección para
nosotros: en todas las dificultades y peligros de la vida cristiana, durante la travesía completa sobre las olas, a menudo
agitadas por el mar tempestuoso de la vida y del servicio cristiano, nosotros estamos siempre en la misma barca con Jesús,
si estamos haciendo Su voluntad. Nos puede parecer que Él duerme; no obstante, si Él permite que se levante la tempestad con
el objeto de probar nuestra fe, no pereceremos puesto que estamos con Él en la tempestad; evidentemente ni Él ni nosotros
podemos perecer. A veces Él puede parecer indiferente a nuestro destino; pero repito, nosotros estamos con Él; Su seguridad
es la nuestra.
CAPÍTULO 5.
Si calmar los vientos y el mar muestran el poder del Señor sobre la creación, lo que sigue
lo muestra sobre los demonios; Él expulsa una Legión por Su palabra. Pero ahora encontramos el efecto de la manifestación
de Su poder en el mundo, incluso donde obró para liberación de los hombres. Ellos le piden a Jesús que se vaya, y Él se va.
¡Pobre mundo! La silenciosa influencia de Satanás en el corazón, es más desastrosa que Su poder exterior y visible; esto es
bastante triste, pero el poder del Señor es completamente suficiente para ahuyentarlo: considerando que, por otra parte, la
silenciosa influencia de Satanás en el corazón aleja al propio Jesús. Y observen que, cuando se siente la presencia de Dios,
esta es más terrible que la de Satanás; el hombre desearía librarse de esta última, pero no puede; pero la presencia de Dios
es insoportable cuando se hace sentir: y de hecho el hombre ha echado a Dios (en la persona de Cristo) de este mundo. Jesús
se entregó por nosotros, es verdad; pero, en cuanto a la responsabilidad del hombre, él ha echado al Señor. Yo no dudo que
toda esta escena es la representación del fin de la historia del Señor; y que los cerdos nos presentan el fin de los judíos,
quienes corrieron hacia la perdición como poseídos por el diablo al final de su historia. El mundo no deseaba tener a Jesús;
los judíos son lanzados a una ruina desesperada. El hombre que es curado está tranquilo; él desea estar con Jesús quien
se estaba marchando, pero esto no se le permite. Él debe ir y anunciar a otros lo que Dios ha hecho por él. Aquí está la posición
de los discípulos y de todo Cristiano después de la partida de este mundo del Señor. Ellos desean ir y estar con Él, pero
son enviados de nuevo al mundo para declarar la obra bendita que el Señor ha hecho en sus propias personas; ellos pueden decir
por su propia experiencia lo que es la gracia y el poder de Jesús. ¡Pero cuán deplorable es el estado del mundo y del hombre!
La presencia del diablo es más tolerable para él que la presencia de Dios. Él desearía comprobar las manifestaciones violentas
del poder de Satanás, pero no puede -se rompen las ligaduras (Salmo 2: 3), y el hombre es tan malo como siempre. Dios no es
un tirano como lo es Satanás; Él es bueno, lleno de gracia, y libera a los hombres en Cristo del poder de Satanás; pero, siendo
esto la prueba de la presencia y el poder de Dios, el hombre muestra que Su presencia es insoportable para él, incluso cuando
Dios se manifiesta como el que libra de todos los males que han introducido el poder del pecado y de Satanás.
La historia
que sigue revela las verdaderas relaciones entre Jesús e Israel. Jesús vino a sanar a Israel; pero, de hecho, hablando espiritualmente,
Israel estaba muerto; cuando Jesús vino, era necesario resucitar a Israel, si era la voluntad de Dios que Israel debía vivir;
el Señor podía hacerlo, y lo hará para esta nación en los últimos días. Pero estando entonces de camino con el pueblo, la
multitud de Israel lo rodeó; y, si la fe individual lo tocaba, la persona era sanada, y esto es lo que le pasó a la pobre
mujer afligida. Notemos algunos de los detalles del relato: -el Señor distingue entre la fe verdadera y el entusiasmo
de la multitud que fue atraída por Sus milagros y por los beneficios que había recibido. La multitud no carecía de sinceridad,
el pueblo vio los milagros y disfrutó de sus efectos, pero ellos no tenían fe en la persona de Jesús. Pero había algo bueno
en la mujer, por gracia, aquello que siempre se encuentra en la fe, una sentida necesidad y la percepción de la excelencia
de Su persona, y del poder divino que estaba en Jesús, acompañado con la verdadera humildad en lo concerniente a esta mujer.
La pobre mujer está segura que, si sólo toca el borde de Su vestido, ella será sanada; y de hecho, esto es lo que sucedió.
En cuanto la mujer se sana, Jesús percibe que el poder que está en Él, y que ha salido de Él a la mujer, ha obrado con eficacia.
Y siempre es así: muchos pueden oír el evangelio y estar encantados de escucharlo, pero la fe es otra cosa; y la fe siempre
recibe la respuesta del Señor a la necesidad que le presenta. Él puede hacer que uno espere, si Él encuentra que es un buen
ejercicio para la fe, pero Él siempre responde en amor: la mujer es sanada perfectamente. La fe hace que el creyente se humille
acerca de su miseria; la mujer quiso permanecer oculta, pero el Señor anima al creyente, diciendo en este caso, "Hija, tu
fe te ha sanado (Griego: salvado); véte en paz." (Versión Moderna). No obstante lo tímida y temerosa que un alma puede estar
en la presencia del Señor en las cosas espirituales, y no obstante lo mucho que pueda sentir su propia miseria, cuando la
llamada es verdadera, se abre y confiesa Su gracia y no la miseria que había hecho necesaria esta gracia. Es entonces cuando
el Señor anima y habla de paz al corazón. La fe personal está aquí claramente distinguida del entusiasmo de la multitud que
lo seguía, ya sea por curiosidad, o por los beneficios que Jesús les confería. Pero el poder de resurrección se encontraba
en Él y a través de Él. Israel, aunque muerto, sólo dormía: la voz del Señor lo llamará a la vida a Su debido tiempo.
CAPÍTULO
6.
Pero no obstante la grandeza de Su poder divino, Él se manifestó de una forma en que no
podía prestar nada al orgullo y a la vanidad de la naturaleza humana. El hombre era responsable de recibirlo porque Él manifestó
el carácter de la Deidad: Él no adularía y no daría apoyo
a las pasiones humanas, ni a aquellos de entre los Judíos como una nación. Si el hombre ha de recibir a Dios, él debe recibir
lo que Dios es; pero esto es justo lo que su naturaleza caída no hará. El carácter divino fue manifestado de forma mucho más
plena en la humillación de Jesús, que si Él hubiese venido como un Rey glorioso; pero Él no fue lo que el corazón del hombre
deseaba. Él era el hijo del carpintero, y eso era suficiente causa para Su rechazo. Ellos juzgaron según la carne: los parientes
de Jesús estaban en medio de ellos; y no vieron más allá. Asombrado por la incredulidad de ellos, Él los deja después de haber
hecho lo que demandaban las necesidades de algunos de ellos, porque Su gracia nunca falló. No hay profeta sin honra sino en
su propia tierra; porque es allí donde es conocido según la carne. Así fue con Jesús, no sólo en Nazaret, sino también en
Israel. Observen qué obstáculo es la incredulidad para el ejercicio del poder de Dios. La fe de la mujer enferma que toca
Su vestido hace que Su poder salga, pero la incredulidad de los habitantes de Su propio país impide su ejercicio. Encontramos,
"No pudo hacer allí ningún milagro,"etc. Quiera Dios permitir que no pongamos ningún obstáculo a la actividad de Su gracia,
que siempre está pronta para actuar; sino, al contrario, que podamos saber lo que es beneficiarse por Su poder, haciendo que
obre hacia nosotros por la fe; capítulo 6: 1-6.
Luego el Señor envía a Sus discípulos a predicar, y tenemos una prueba
de Su poder más notable que el de Sus propios milagros. Él les da el poder para realizar milagros, poder para echar fuera
todos los demonios. Éste es un poder evidentemente divino; Dios capacita al hombre para realizar señales y maravillas; pero
¿qué hombre puede dar este poder a otro? Cristo lo dio, y Sus discípulos, capacitados por Su don, realmente echaron fuera
demonios: Cristo era Dios manifestado en gracia en la tierra. Nosotros ya hemos llamado la atención al hecho de que todos
los milagros del Señor, y los de Sus discípulos, no son sólo los resultados del poder, tal como los milagros de Moisés, de
Elías, etc., sino que son los frutos de la benignidad divina. Uno puede exceptuar la maldición de la higuera, pero ésta, después
de todo, es una prueba de lo mismo. El testimonio del Señor, tal como lo fue, marcado con el sello del amor, y confirmado
por Sus obras milagrosas, había sido rechazado; e Israel -el corazón del hombre- bajo la influencia de esta benignidad, de
la manifestación de Dios, de todo el cuidado que Dios le había prodigado, no produjo ningún fruto. Por consiguiente, el árbol
malo es juzgado para siempre, para que nunca pueda llevar fruto de nuevo. Así el hombre, habiendo mostrado él mismo que no
es nada más que culpable, y tan culpable, que todos los medios empleados por Dios, incluso el don de Su Hijo unigénito, han
sido incapaces de despertar un solo sentimiento bueno hacia Dios, en cuanto a su estado en la carne, finalmente es rechazado
por Dios. Dios puede salvarlo dándole una nueva naturaleza por medio del Espíritu Santo, pero en si mismo está sin esperanza.
¿Quién hará más de lo que Dios ha hecho? Más que esto; el Señor no sólo tiene el poder de dar a Sus discípulos autoridad
sobre los espíritus inmundos, sino que Él también puede ver a través de los corazones humanos. Los discípulos debían comenzar
sin llevar nada para el camino; y, no obstante, como leemos en Lucas, los discípulos dieron testimonio, en respuesta al Señor,
que a ellos no les faltó nada (Lucas 22: 35). Sostenidos por el poder de Emanuel, cuyo poder se extendía por todas partes,
y armados con Su autoridad, ellos debían quedarse en la casa en la que habían entrado hasta su salida de cada lugar. Así ellos
se debían conformar a esta misión; poseyendo la autoridad del Señor para su mensaje, debían actuar de acuerdo con esto. Y
dondequiera que su mensaje no fuese recibido, ellos debían sacudir el polvo de sus pies como testimonio contra esa ciudad,
cuyo destino sería peor que el de Sodoma y Gomorra. Es verdad que el Señor, lleno de benignidad y paciencia, envió nuevamente
a setenta discípulos delante de Él cuando subió a Jerusalén al final de Su carrera en la tierra, y éstos debían predicar el
evangelio. Pero en cuanto al principio de la misión, lo que encontramos en Marcos fue el último testimonio dado a Israel antes
del juicio de la nación. Éste iba a ser una última apelación a la conciencia y al corazón del pueblo, para que pudiera recibir
al Salvador y arrepentirse y volverse a Dios y escapar del terrible juicio que les esperaba; y para que, por lo menos, pudiese
haber un remanente que, movido por la poderosa palabra de Dios, pudieran volverse a Dios para gozar de Su bondad en el Salvador,
y una esperanza mejor que la que el Judaísmo les había podido dar. Los discípulos salieron predicando que los hombres
debían arrepentirse. ¡Qué gracia se encuentra en los enviados del evangelio! No sólo Dios nos da a gozar de salvación y de
Su amor, sino que emplea a hombres como instrumentos de la actividad de Su amor. ¡Oh, cómo deberíamos bendecir a Dios por
el hecho de que Él se digna usarnos para llevar el testimonio de Su amor inefable y de Su verdad al corazón de los hombres
-por lo menos a sus oídos, para que Él mismo pueda alcanzar sus corazones en Su gracia! Que nosotros conozcamos, por lo menos,
lo que es tener nuestros corazones llenos amor, ya sea que prediquemos o no, para que nuestros corazones puedan ser una verdadera
expresión de esa gracia que busca a los hombres. Así el poder de Dios acompañó a los discípulos; ellos echaron fuera demonios
y sanaron al enfermo.
Para ese entonces, el informe de las obras y del poder del Señor llegó a oídos del rey; su conciencia
estaba agitada porque hizo matar a Juan el Bautista. Aquí empieza la historia de los hechos que muestran en forma práctica,
la oposición del corazón del hombre al testimonio de Dios. La enemistad contra la verdad y la luz que se cumplió plenamente
en la muerte de Jesús, ya se manifestó en la muerte de Su predecesor. La conciencia natural de Herodes lo había inducido a
escuchar a Juan; el miedo que le tenía al santo varón que había sido fiel reprendiéndolo, resultó en que le tuviera alguna
consideración, y lo mantuviera alejado de la enemistad de Herodías; pero lo que es natural no es suficiente para levantar
una barrera ante la carne. La excitación de un banquete y el orgullo real son suficientes para provocar la muerte del profeta.
Ejemplo doloroso de la manera en que el hombre se engaña a sí mismo; y cuando se imagina lo suficientemente fuerte para mostrar
su poder, todo lo que puede hacer es revelar su debilidad y su esclavitud a sus pasiones. Todo esto no hace sino cumplir la
voluntad de Dios; esta enemistad del corazón del hombre debe mostrarse, y debe introducir, por el rechazo de Juan el Bautista
y del propio Jesús, cosas infinitamente mejores, a través de la gracia soberana de Dios.
Los discípulos regresan y
relatan a Jesús todo lo que ellos han hecho y enseñado; era natural que estuviesen llenos de ello. Pero el Salvador no dice
nada sobre esto; para Él, el poder era algo natural, y Él desea que los discípulos se aparten a un lugar desierto, para descansar
un poco, en soledad. Siempre es algo bueno, incluso necesario para nosotros, cualquiera pueda ser la bendición -y mientras
mayor sea esta- para nosotros, pobres criaturas que somos tan incapaces de resistir el efecto del poder cuando la obra es
por nuestros medios, estamos tan prestos a atribuirlo a nosotros sin percibirlo; es necesario, digo, retirarse a estar en
la presencia de Dios, y allí en Su presencia, averiguar lo que somos verdaderamente, disfrutar Su amor perfecto en seguridad:
pero para estar ocupados con Él y no con nosotros mismo. Esto es lo que el Señor hizo en Su tierna consideración por los Suyos.
Pero el amor de Dios no encuentra reposo en este mundo; y el hombre, no encontrando sino poco amor en los corazones
humanos, teme importunar al Señor cuando Él está presente allí; pero el amor divino nunca se niega a asistir a las necesidades
del hombre. El pueblo reconoció a Jesús y corrieron juntos desde toda ciudad, saliendo de su soledad para ver a Jesús; y Él,
viendo esta gran multitud, fue movido a compasión, porque eran como oveja sin pastor. Él comienza a enseñarles: éste es la
primera y verdadera necesidad de las personas abandonadas por sus pastores humanos; pero el Señor todavía piensa en todas
las necesidades de Su pueblo hambriento. Los discípulos deseaban despedir a la muchedumbre, pero Jesús deseaba alimentarla.
Este milagro tiene un gran significado en sí mismo, por el lugar que ocupa en este Evangelio. Jehová era el verdadero Pastor
de Israel y estaba allí presente en la persona de Cristo, quien en realidad fue rechazado. No obstante, Su compasión y Su
amor no se debilitaron por la ingratitud del pueblo. Para mostrar que realmente Él es Jehová, Él actúa según el Salmo
132: 15; "Saciaré a sus pobres de pan." (Versión Moderna). Éste es un salmo que predice el tiempo del Mesías, tiempo que se
cumplirá plenamente en los últimos días; pero Aquel que lo logrará estaba allí presente, y aunque Él sea rechazado, da la
prueba de que Jehová ha visitado a Su pueblo -Él sacia a sus pobres de pan. Su amor era muy superior a la malicia de Su pueblo.
Él ya había dicho que el Hijo del Hombre iba ser llevado a la muerte, y que el pueblo no recibiría a su Salvador -a Dios.
Con todo esto, Jehová no abandona Su amor; si el pueblo no quiere a Jehová, Jehová quiere al pueblo. Él da el precioso testimonio
de que el amor de Jehová no desmaya, sino que se eleva muy por arriba de la locura del hombre. ¡Que Su nombre sea alabado
y adorado por ello! Nosotros podemos contar cuanto más con Su bondad inagotable para que no nos permita caer en la negligencia,
sino para sostenernos en nuestra debilidad; porque Su amor es mayor que todos nuestros fracasos, para que podamos adorar Su
paciencia. Pero aquí encontramos otra verdad importante. El Señor no dice, <yo les daré de comer>, sino, "Dadles
vosotros de comer." El Señor desea que los discípulos sepan lo que es usar Su poder para el bien de otros, y que sepan como
usarlo por medio de la fe. ¡Oh, qué pensamiento es, que la verdadera fe emplea el poder de Jehová, y en circunstancias que
muestran que Su amor está por sobre nuestra infidelidad y fracaso! Cuán importante verdad para nosotros, que Cristo es la
expresión de este amor, de la superioridad de la gracia de Dios por sobre todos nuestros pecados; porque "Dios encarece su
amor hacia nosotros, en esto, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." (Romanos 5: 8 - Versión Moderna). Ésta
era la prueba de ello; pero aquello que se manifestó en Su muerte siempre es verdad para nosotros en Su vida. "Mucho más",
dice el apóstol, "siendo reconciliados, seremos salvados por su vida." (Romanos 5: 10 - Versión Moderna). Por consiguiente,
la fe depende de la inagotable fidelidad de este amor, y usa la fortaleza que se perfecciona en la debilidad. (2a. Corintios
12: 9). La carne en los discípulos ve nada más que los medios carnales, y no mira el amor y el poder de Dios, sino a lo que
se ve. Pero el Señor da comida en abundancia a la multitud hambrienta, y muestra que Él mismo es el Dios y Salvador de Israel.
El relato que sigue, nos presenta el retrato de la separación causada por el rechazo del Señor, y la bienvenida que
se le dará a Él, al final de la historia de este mundo que lo ha rechazado. Él no habla del juicio de Sus adversarios, sino
del cambio del mundo mismo. El Señor obliga a Sus discípulos a partir solos, mientras Él despide a la multitud; y cuando ellos
se han ido, Él va a un monte a orar. Esto es exactamente lo que el Señor ha hecho ahora: los discípulos son sacudidos en el
mar tempestuoso del mundo; Jesús ha despedido a Israel, y ha ascendido al cielo para interceder por nosotros. En el entretanto,
el viento es contrario, y nosotros nos esforzamos remando con dificultad y preocupación, aparentemente abandonados por el
Señor; pero Él siempre intercede por nosotros, y obtiene misericordia y gracia para nosotros en el tiempo de necesidad. Israel
había sido despedido. Más exactamente, los discípulos en el mar representan el remanente judío que, de hecho, llegó a
ser la iglesia (Hechos 2): pero aquí es considerado en su carácter de remanente judío. Jesús alcanza la nave, andando sobre
el mar, porque Él puede caminar serenamente en circunstancias que nos causan gran problema. Los discípulos tienen miedo, pero
Jesús los conforta, asegurándoles que es Él, su muy conocido amigo y Salvador. Así será al final de los tiempos: Jesús aparecerá
por sobre todas las circunstancias por las que Su pueblo es inquietado; y Él será el mismo compañero manso y humilde que caminó
en la tierra con Sus discípulos "en los días de su carne." "Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento." Yo repito
que el juicio de Sus adversarios no es mencionado aquí, sino lo que le sucederá a Su pueblo entre los judíos, cuando Él volverá.
Entonces el mundo estará de nuevo lleno de gozo. La tierra de Genesaret, que había alejado al Salvador después de que Él había
sanado al endemoniado, ahora lo recibe ahora y lo reconoce, y todos, de todas partes de la región, estaban encantados de disfrutar
de Su presencia. ¿Están listos nuestros corazones para recibir esta enseñanza? ¿Hemos aprendido que el llevar uno su cruz
es la verdadera posición del Cristiano, el camino al que el Señor nos ha guiado? Para caminar así tenemos necesidad de un
objeto que pueda gobernar el corazón, que pueda poseer sus afectos y pueda fijarlos en lo que tiene delante de ellos, y guiarlos;
un objeto al que también esté unida la cruz -es decir, Cristo que nos ha amado, y quién se entregó en la cruz por nosotros;
Cristo que está ahora en la gloria a la que Él nos está llevando, y quién nos muestra lo que es el camino de la cruz, para
que nosotros podamos estar con Él y semejantes a Él, siguiendo el camino en el que el Señor anduvo por nosotros en Su amor.
"Si alguno me sirve, sígame; y en donde yo estoy, allí también estará mi servidor." (Juan 12: 26 - Versión Moderna).
CAPÍTULO
7.
Este séptimo capítulo está lleno de la más interesante enseñanza. Primero, el juicio del
Señor sobre la piedad externa de los jefes del Judaísmo, que era totalmente exterior y nada menos que hipocresía, y que dejaba
de lado la ley de Dios. Todos estos lavamientos son despreciados por Dios; los Fariseos habían dejado de lado el mandamiento
de Dios para guardar su propia tradición. En segundo lugar, el Señor muestra que lo que sale de la boca de un hombre contamina
al hombre, porque sale del corazón; no lo que entra en el hombre. Luego, habiendo juzgado así a Israel y al hombre, Él muestra,
de la manera más conmovedora, la gracia soberana de Dios que atraviesa cada barrera para alcanzar la necesidad del hombre:
fuera de todos los derechos fundados en las promesas, exigiendo solamente que el corazón la reconozca para que pueda ser enteramente
la pura gracia de Dios en amor, la que hace el bien; revelándose como amor cuando el hombre es malo, y sin ninguna esperanza
fuera de esta gracia soberana. Las cosas exteriores son fáciles de hacer; al hombre le gusta hacer de ellas su religión,
porque no necesitan un corazón puro; al hombre le gusta hacerlas, y exaltarse a sí mismo y distinguirse de otros haciéndolas.
Por ellas, el hombre se jacta de gran piedad ante otros hombres, y gana una gran reputación para él; pero él puede ser malo
al mismo tiempo; estos actos exteriores no lo llevan a la presencia de Dios, quien busca el corazón. Por medio de estos actos,
el hombre es religioso sin poseer la santidad, y encuentra que esto solo lo satisface. Uno no encuentra a los Fariseos solamente
en la época de nuestro Señor; se encontrarán en todas las épocas. Este sistema siempre está ligado a la influencia que un
hombre ejerce sobre otro por medio de una posición externamente santa; no es la fe que posee verdad y gracia para sí misma
(verdad y gracia que vinieron por Jesucristo, y que producen santidad y comunión con Dios, quien se revela en ellas), sino
la influencia oficial que un hombre usa para su propia ventaja, dejando descuidadamente a un lado la voluntad y los mandamientos
de Dios. Así era entre los judíos; ellos lavaban sus manos, pero no sus corazones; eran muy escrupulosos sobre lo que entraba
en su boca, y descuidados sobre lo que salía de su corazón. La religión del hombre es siempre así; él puede observar una
religión tal como esta, y se adorna con ella como si se adornase con una gloria. Pero él no puede conseguir real santidad
de esta manera, y esto es evidente a los ojos de Dios, quien ve todo lo que sucede en el corazón. La verdadera santidad se
muestra en el andar práctico; uno puede fallar, pero el alma sostenida por la gracia busca solamente la aprobación de Dios;
tiene conciencia del fracaso, y se regocija en Dios, porque es Él quién mora en el alma, y la mantiene humilde. Pero los Fariseos
y los Saduceos entre los judíos, sacaban provecho de su reputación y posición para inducir al piadoso a dar muchas ofrendas
a Dios, a quien ellos representaban. Se despreciaban así los deberes hacia los padres, y se invalidaba la ley de Dios. Ellos
honraban a Dios con sus labios, pero su corazón estaba lejos de Él. Se acercaban a Él con sus dichos, pero no con su corazón;
este estaba lleno de codicia e iniquidad. Dios rechaza totalmente este tipo de honra. "En vano me honran", dice el profeta
Isaías, y el Señor lo repite. Dios quiere un corazón puro, santificado por el Espíritu y por la verdad; y Él quiere un culto
rendido en espíritu y en verdad: el Padre busca a tales adoradores para que le adoren. Él quiere gracia, pero se requiere
la verdad para poder acercarse a Dios, un corazón dónde exista la vida divina. Toda esta religión humana, exterior, Farisaica,
sacerdotal, es juzgada por el Señor una vez y para siempre. Dios demanda un corazón puro y obediencia verdadera. Los hombres
ponen en este tipo de religión, aquello a lo que la imaginación del hombre atribuye gran valor, honrando en esto la antigüedad
y las tradiciones de sus antepasados. Todo lo que se ve bajo las sombras de la antigüedad es bastante imponente; pero con
Dios es un asunto del corazón, y era igual entonces como es ahora con nosotros: estamos ante Dios, y Él nos ve tal como somos.
El asunto es el estado real del hombre. Pero, ¿qué son estos pobres corazones en su estado natural? Éste es el segundo
asunto del que el Señor se ocupa. Él ya ha rasgado el velo de la hipocresía, por medio del cual los Fariseos y sacerdotes
intentaban ocultar la impureza de sus corazones, y acreditar a su propia cuenta la piedad exterior que ellos enseñaban; se
manifiestan los motivos de sus corazones, y aparecen los esfuerzos que ellos hacen para cubrir la impureza y avaricia de su
corazón; su hipocresía es manifestada. El Señor no sólo rasga el velo de hipocresía, sino que también descubre lo que el corazón
produce. Esto es lo que Dios hace; Él escudriña nuestros corazones y los manifiesta, y entonces revela el Suyo. Esto es dejar
al descubierto, no meramente los corazones de los Fariseos, sino los corazones de todos los hombres; lo que sale de la boca
contamina al hombre, porque procede del corazón. ¡Qué retrato! El producto del corazón humano consiste en malicia, corrupción,
envidia. . . en una palabra, nada más que vicios. ¿Carecía el Señor de benevolencia o amor hacia el hombre? Su venida
es la prueba del amor de Dios. ¿Deseaba Él esconder lo bueno que se podría encontrar en el hombre? ¿Era Él el único capaz
de descubrir el mal? ¿Podía Él desear calumniar al ser que Él había venido a bendecir, salvar, y a quien le daría un lugar
con Él? Imposible: esto no podía ser. Pero en cambio, conociendo el corazón del hombre, Él estaba obligado a decir la verdad.
Era el amor que descubre la perversidad absoluta del corazón humano, para que el hombre no deba permanecer en este estado.
De hecho, es mejor que se descubra ahora en presencia de la gracia que en el día del juicio, cuando todo lo que se manifieste
será castigado, y el hombre condenado. Observen también que, cuando la santidad práctica y la obediencia ya no se encuentran
en la vida de los líderes, una religión fundada por Dios se convierte en el poder del pecado y de la hipocresía, y siempre
tiende a pervertir a la mente, a destruir la conciencia y la rectitud en todo; porque aquello que se considera como la autoridad
de Dios, incita a la hipocresía y a la iniquidad, y también tiende a producir incredulidad, porque los hombres ven que la
religión se asocia con aquello que incluso la conciencia natural condena. ¡Oh, qué triste historia es la del corazón humano
y de la iglesia de Dios, tal como los hombres la han hecho! Observen también la influencia de la autoridad religiosa corrupta
para cegar a los hombres y destruir la inteligencia espiritual. ¿Qué puede ser más claro que lo que el Señor dice? Pero la
conciencia natural no reconoce la verdad de que no es lo que entra en la boca de un hombre lo que contamina al hombre, sino
lo que sale de ella, porque procede del corazón. La cosa es bastante simple. Los discípulos no entienden, y pide una explicación
de ello; su inteligencia natural había sido cegada por la tradición de los ancianos. La manera de razonar adquirida por medio
de la autoridad de estos últimos, había estropeado el entendimiento de ellos. Y de hecho, ¿acaso no encontramos a muchos que
creen que lo que entra en la boca de un hombre lo contamina? Y sin embargo son almas sinceras; y no sólo esto, ellos también
creen que contamina comer un cierto tipo de comida un día, y que comerla otro día no lo hace: y esto debido a la tradición
de los ancianos. Esto es, en realidad, lo que los discípulos hicieron esencialmente; y el Señor los reprende, diciendo, "¿Así
que vosotros también estáis sin entendimiento? (Marcos 7: 18 - Versión Moderna). Aquí vemos el juicio del Señor contra muchas
cosas que guardan muchas almas esclavizadas, e incluso almas sinceras, como las de los discípulos.
Pero volvamos a
la preciosa exhibición del amor de Dios en las palabras del Señor a la pobre mujer. Encontramos que primero son reconocidos
todos los privilegios de los Judíos; pero también encontramos la verdad de Dios que se eleva muy por encima de tales privilegios,
para manifestar gracia y amor, dondequiera se pueda presentar una necesidad; no, de hecho, donde hay derecho a las promesas,
sino hacia una raza maldita, hacia una mujer de un país notorio por su estado endurecido. Dios se manifestó elevándose sobre
todas las barreras que anteriormente habían impuesto la iniquidad del hombre y el sistema exclusivo del Judaísmo, incluso
el sistema que Él mismo había establecido, cuya abolición se mostró por el rechazo de Cristo. El Señor entra en el territorio
de Tiro y Sidón; Él deseaba estar tranquilo, pero la bondad, unida con el poder son dos cosas muy raras en el mundo como para
permanecer inadvertidas; y la sentida necesidad despierta el alma y la hace ver claramente. Una pobre mujer tenía una hija
sujeta al poder de un espíritu inmundo; sintiendo su propia miseria y creyendo en el poder de Jesús, ella va a buscarlo. El
peso de la miseria que la oprimía le hizo esperar en Su bondad. El Señor se atiene a las promesas hechas por Dios a los judíos,
y en Su respuesta expone los derechos del pueblo de Dios; Él no podía tomar el pan de los hijos para darlo a los perros. ("Deja
que se sacien primero los hijos; porque no es justo tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perros." Marcos 7: 27 - Versión
Moderna). Observen que la mujer pertenecía a la raza maldita; si miramos los caminos de Dios en medio de Israel, no había
ni una sola promesa para ella; y ella no tenía ningún derecho que le perteneciera en común con el pueblo de Dios. Según los
judíos y la economía legal, ella era nada más que un perro: pero las necesidades presentes estaban allí, y también estaba
allí el poder de Dios, empleado siempre, tal como es, para Sus propios buenos propósitos, y esto le inspira confianza. Siempre
es así; la necesidad y la fe en la bondad y poder del Señor producen la perseverancia, como en el caso de aquellos que llevaron
al hombre paralítico cuando la multitud apretujada rodeaba a Jesús. Pero hay algo en el corazón de la mujer además de la confianza
que la gracia había producido allí. Ella reconoce los derechos de los Judíos como pueblo de Dios; reconoce que ella no es
más que un perro por lo que a ellos respecta; pero insiste en su demanda, porque ella siente que, aunque ella no es más que
un perro, la gracia de Dios es suficiente para los que no tenían ningún derecho. "Pero los perros también," dice ella, "debajo
de la mesa, comen de las migajas de los hijos" (Versión Moderna); reconoce lo que ella es, pero también lo que Dios es. Ella
cree en Su amor hacia los que no tienen ni derechos ni promesas; y en la manifestación de Dios en Jesús fuera de y sobre todas
las dispensaciones. Dios es bueno, y el hecho de estar en la miseria ya es una súplica para Él: ¿podía Cristo decir, <No,
Dios no es bueno como tu supones?> Él no podía decir esto: no habría sido la verdad. Esta es gran fe, fe que reconoce
nuestra propia miseria, que no tenemos derecho a nada; pero fe que cree en el amor de Dios claramente revelado en Jesús, sin
ninguna promesa, y sin embargo, totalmente revelado. Dios no puede negarse a sí mismo y decir, <No, Yo no soy el amor>.
Nosotros no tenemos ningún derecho a esperar el ejercicio de este amor hacia nosotros, pero podemos estar seguros que viniendo
a Cristo, impelidos por nuestras necesidades, encontraremos perfecta bondad, amor que nos sana, y la curación misma. Recordemos
que la verdadera necesidad persevera debido a que no puede hacer nada sin la ayuda del poder que se manifestó en Cristo; ni
sin la salvación que Él trajo; y tampoco hay salvación sin la ayuda que debe ser encontrada en Él para nuestra debilidad.
Y aquello que está en Dios, es la fuente de nuestra esperanza y de nuestra fe; y se pregunta cómo sabemos nosotros lo que
está en el corazón de Dios, podemos contestar, <Está perfectamente revelado en Cristo>. ¿Quién puso en el corazón de
Dios el enviar a Su propio Hijo a salvarnos? ¿Quién puso en el corazón del Hijo el venir y sufrir todo por nosotros? No el
hombre. Su fuente es el corazón de Dios. Nosotros creemos en este amor, y en el valor de lo que Cristo ha hecho y ha consumado
en la cruz, quitar el pecado por Su propio sacrificio. Además, Él hace bien todas las cosas, Él hace tanto al sordo oír, como
al mudo hablar. La gracia de Dios fue completamente mostrada hacia la pobre mujer, quien no tenía derecho a ninguna bendición,
ni a ninguna promesa; ella era una hija del Canaan maldito; pero la fe llega hasta el corazón de Dios manifestado en Jesús,
y de la misma forma, el ojo de Dios llega al fondo del corazón del hombre. De esta forma se encuentran el corazón de Dios
y el corazón del hombre, en la conciencia de que el hombre es completamente malo, que no tiene un solo derecho; de hecho él
reconoce realmente este estado, y al hacer esto, se rinde a la perfecta bondad de Dios. Pero el pueblo Judío, que pretendía
poseer la justicia y el derecho a las promesas, es echado a un lado; y excluido del favor de Dios en cuanto al antiguo pacto.
Sólo Jesús abre los ojos y los oídos del remanente traído a Él en la fe. Y no era sólo el pueblo Judío el que iba a ser rechazado
(y para siempre con respecto al antiguo pacto), sino que también se apartó al hombre en el terreno de la justicia, que es
el principio del primer pacto.
Luego el Señor se aleja nuevamente del territorio de Tiro y Sidón y regresa al país
de Galilea; donde Él se encontraba en medio del pueblo de Israel. Pero, como hemos dicho, Él fue virtualmente rechazado por
el pueblo. Jesús está consciente de que el pueblo amado está perdido, y todo lo que Él hace es esperar su ruina. Ellos le
traen un hombre que era sordo y con impedimentos en su habla, y le ruegan que ponga Su mano sobre él para sanarlo. Entonces
Jesús toma al hombre y lo lleva aparte de la muchedumbre: y entonces pone Sus dedos en sus orejas, y, habiendo escupido, toca
su lengua. Entonces Él levanta sus ojos al cielo: el poder siempre está presente en Él, pero el dolor oprime Su corazón, porque
el pueblo estaba realmente sordo a la voz del Buen Pastor; la lengua de ellos estaba atada e incapaz de alabar a Dios. Los
gemidos del Señor son la expresión de este sentimiento (versículo 34); puesto que el estado del pobre hombre representaba
el estado del pueblo amado. No obstante, ellos estaban felices de que, a pesar de todo, el amor de Aquel cuyos consejos nunca
varían reposase sobre ellos. Y de hecho el Señor estaba allí, y obró según este amor y estos gemidos; Él levantaba los ojos
al cielo, fuente de amor y de poder, y nunca se cansó hasta que el pueblo a cuyo favor Él ejerció este poder, ya no soportaría
Su presencia. Es verdad que ellos no podrían haberlo enviado a la muerte, si Él mismo no se hubiera entregado de Su propia
libre voluntad, pero vendría el tiempo en que Él se entregaría para lograr la redención; y hasta que ese momento llegue, Él
siempre se muestra como el Dios de bondad hacia los afligidos, y para toda necesidad del pueblo. En el versículo 33, vemos
que Él se aparta de la muchedumbre al sanar al hombre sordo. En el capítulo 8: 23, tenemos la misma situación; Él lleva al
ciego fuera de la aldea, pero Él lo sana; sólo allí se muestra el estado de Sus discípulos. Es conmovedor ver esta mirada
que el Señor levanta al cielo, y el gemido de Su corazón cuando Él ve que el pueblo es sordo a la voz de Dios, e incapaz de
bendecir Su nombre; y ver el corazón del Señor para con los hombres endurecidos, y cómo este corazón estaba en la armonía
con el cielo, que Él siempre manifestó. Allí Él encontraba la certeza de este amor que el hombre rechazaba; y descansaba en
los mismos sentimientos que reinan en el cielo, y de los cuales Él era la expresión en esta tierra ingrata. El poder del Señor
se mostró en el mismo momento; se le abrieron los oídos y se le destrabó la lengua. El pueblo no guardó el orden, sino que
divulgó por todas partes lo que Jesús había hecho, diciendo, "Admirablemente lo ha hecho todo; hace oír a los sordos, y hablar
a los mudos." (Marcos 7:37 - Versión Moderna). La obra del Señor abre los oídos, y motiva a los corazones humildes a alabar
Dios, y a reconocer Su amor. ¡Pero ay! ¡cuántos permanecen sordos a la voz del amor de Dios! "Cierra el inicuo su oído como
áspid sordo, que no oye la voz de los que encantan, ni aun del encantador más diestro en encantamientos." (Salmo 58 : 4, 5
- Versión Moderna).
CAPÍTULO 8.
El Señor continúa manifestando la bondad divina. Es lo principal a ser notado en esta parte
del Evangelio. Él ya había alimentado a los hambrientos, una señal manifiesta de la presencia de Jehová, como antes habíamos
observado -una señal que acompaña Su presencia. Aquí es más simplemente el poder divino, sin aludir al reino que estaba por
venir. El número siete es la expresión de perfección en cosas espirituales. La compasión del Señor le hace pensar en las necesidades
de los pobres, mientras que los discípulos sólo piensan en medios humanos y visibles para satisfacerse ellos mismos. Éste
es el caso, también demasiado frecuente, con creyentes verdaderos.
Luego el Señor deja a la muchedumbre, y entra a
la región de Dalmanuta. Allí los Fariseos piden una señal del cielo, aunque ellos ya habían visto lo suficiente; pero la incredulidad
nunca está satisfecha. Pero ahora el tiempo de prueba había pasado, era demasiado tarde; el Señor los deja. Pero observen
el espíritu del Señor hacia la generación perversa; Él gimió profundamente en Su espíritu, diciendo, "¿Por qué pide señal
esta generación? De cierto os digo que no se dará señal a esta generación." Moralmente, el final había llegado; era inútil
dar pruebas a corazones que habían resuelto no creer. Paciencia perfecta, amor, profunda lástima, y aflicción al pensar en
la incredulidad de los líderes del pueblo, estaban todas allí en Él, y se manifestaron tanto más claras cuanto más sus corazones
se endurecieron; y las señales eran inútiles para corazones que no creerían, y tampoco convenía a la majestad de Dios dar
alguna señal a hombres que no lo recibirían a Él. Sería echar perlas delante de los cerdos. Luego encontramos que los
mismos discípulos estaban realmente ciegos, no deliberadamente, sino de hecho. El Señor advierte a los discípulos a guardarse
de la levadura de los Fariseos y de Herodes. Los discípulos se habían olvidado de traer algo de pan, y ¡ay! también del poder
de Jesús manifestado en los milagros, por medio de los cuales Él había alimentado a miles de personas con unos pocos panes.
El Señor los reprende, diciendo, "¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón?" Ellos estaban, como
se ve, endurecidos viendo tantos milagros, y no habían entendido nada de los milagros de Jesús al multiplicar los panes.
Pero
el hecho que sigue muestra el estado de los discípulos en contraste con el pueblo. Este último no veía nada en absoluto, y
no recibiría la luz; los discípulos vieron pero no percibieron clara y distintamente; ellos vieron a hombres como árboles
caminando. Ellos amaban realmente al Señor, pero las costumbres Judías les impedían asir plenamente Su gloria. De hecho, ellos
creían que Él era el Mesías, pero el Mesías para sus corazones era algo más que el Cristo de Dios, el Salvador del mundo.
Ellos se habían unido por la gracia a la persona del Señor, pero no comprendían esa gloria divina que estaba, tal como estaba,
oculta en esa persona que se reveló en Sus palabras y obras. Ellos habían dejado todo para seguir al Señor; les faltaba inteligencia,
no la fe, por muy pequeña que ella fuese. Como ya hemos comentado, el espíritu estaba dispuesto, pero la carne era débil.
El Señor lleva al ciego fuera de la aldea, separándolo de Israel. Primero, el hombre sólo ve parcialmente: los hombres le
parecían como árboles caminantes. Pero la paciencia del Señor, tan grande como Su poder, entrega un retrato del estado del
corazón de los discípulos, y también un retrato de Su bondad incansable que no abandona al ciego hasta que él ve claramente.
Así Él hizo con los discípulos, sólo que aquí Él no habla de los medios: una vez que Jesús ascendió al cielo y se sentó a
la diestra de Dios, Él envió el Espíritu Santo, quien los llevó a toda verdad. Entonces vieron claramente. Pero el Señor
le prohíbe al ciego que entre en la aldea, o que lo diga a nadie en la aldea, no sólo porque Él no buscaba la gloria vana
de los hombres, sino también porque Él deseaba evitar una gran audiencia de personas curiosas que no eran sino un obstáculo
a Su obra real en las conciencias y corazones; y también porque Él deseaba mostrar que el tiempo de testimonio en Israel estaba
en su final. Rechazado por el mundo, Él ordena al hombre que ha sido libertado del poder de los demonios, que vuelva a su
casa, y que proclame allí lo que Dios había hecho por él. Los discípulos harían eso -proclamarían Su obra- cuando Cristo dejase
este mundo; pero aquí era asunto de Israel que había rechazado al Señor, y que el testimonio de Dios ya no tenía ningún lugar
en medio de ellos.
El siguiente discurso del Señor, menciona esto brevemente en la pregunta que Él hace a Sus discípulos,
"¿Quién dicen los hombres que soy yo?" Y ellos contestaron, "Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas":
distintas opiniones, pero nada de fe. Entonces Él les pregunta, "Y vosotros, ¿quién decís que soy?" Pedro responde, "Tú eres
el Cristo"; y el Señor prohíbe a los discípulos decirlo a ninguno, de la manera más positiva. Ésta es la prueba más clara
de que el testimonio en medio del pueblo estaba completamente en su final. No obstante, Él era el Cristo, pero Él fue rechazado
por el pueblo, lo que mostró que ellos eran sus propios enemigos al rechazar la maravillosa gracia de Dios. Luego Él empieza
a enseñar abiertamente a Sus discípulos que Él debe sufrir como Hijo del Hombre: una mayor posición y un mayor título, ambos
en cuanto al alcance de Su poder, y a la grandeza del dominio que Le pertenecía; porque todas las cosas serán sujetas al dominio
del Hijo del Hombre. Pero para que el Hijo del Hombre pudiera tomar Su lugar en la gloria, primero Él debía padecer, ser muerto
y resucitar; era necesario que la redención se cumpliera, y que el hombre entrase en una nueva posición, en un estado completamente
nuevo, en el que nunca había estado, incluso cuando era inocente. La posición de Cristo como Mesías se dejó de lado por ahora,
y Él entra en una posición mayor, donde las cosas viejas son dejadas atrás, del otro lado de la muerte, y todo lo que tenga
su fundamento en la obra de Cristo, en Su muerte -entra en un estado totalmente nuevo y eterno. Aquí el asunto es tratado
más con respecto a Sus sufrimientos; Él pone la cruz ante los discípulos, pero Él siempre habla de muerte y resurrección.
"Esto les decía claramente." Esto fue una piedra de tropiezo para Pedro que no deseaba que su Maestro fuese despreciado ante
los ojos de la muchedumbre; pero la cruz es la porción de aquellos que desean seguir al Salvador. Pedro, al decir esto, puso
una piedra de tropiezo en el camino de los discípulos; el Señor piensa acerca de esto, y, volviéndose y mirando a Sus discípulos,
Él reprende a Pedro, quien poco antes Lo había confesado como el Cristo, por medio de la gracia de Dios, y le dice, "Apártate
de mi vista, Satanás; porque no piensas en las cosas que son de Dios, sino en las que son de los hombres." (Marcos 8: 33 -
Versión Moderna). Tenemos aquí una lección importante, de hecho, más de una lección. Primero, el Cristiano necesita entender
bien que el camino de salvación, el camino que lleva a la gloria y al cielo, el camino por el que caminó el propio Cristo,
y en el que Él desea que lo sigamos, es un camino en el que debemos negarnos a nosotros mismos, sufrir, y conquistar. En segundo
lugar, aprendamos que un Cristiano puede tener fe verdadera, y ser enseñado por Dios, como aquí en el caso de Pedro, sin que
la carne en él haya sido juzgada de tal manera de capacitarlo para andar por el camino por el que lo lleva esta verdad. Es
importante recordar esto; la sinceridad puede existir sin conocerse uno mismo. La nueva posición de Cristo, la de Hijo del
Hombre que abrazó la gloria celestial del hombre en Él, y la supremacía por sobre todas las cosas, hace que la cruz sea completamente
necesaria. Pero el corazón de Pedro no estaba listo para la cruz; cuando el Señor anuncia su efecto práctico, él no lo puede
sobrellevar. ¡Cuántos corazones están en este estado! Sinceros, sin duda; pero no tienen el valor espiritual para aceptar
las consecuencias de la verdad que ellos creen. Vean la diferencia en Pablo, fortalecido por la presencia del Espíritu Santo
y por la fe. Él dice en presencia de la muerte, "para que yo le conozca a él [Cristo], y el poder de su resurrección, y la
comunión de sus padecimientos, participando en la semejanza de su muerte" (Filipenses 3: 10 - Versión Moderna). Pero en él
estaba el poder del Espíritu Santo, y él siempre llevaba en su cuerpo la muerte de Jesús para que la vida de Jesús se manifestase
en su cuerpo (2a. Corintios 4: 10). ¡Feliz él! siempre dispuesto a sufrirlo todo, en lugar de no seguir totalmente al Señor
Jesús, y a confesar Su nombre, sin importar las consecuencias que esto le podría traer; y, habiendo caminado fielmente, obtener
por último, por gracia, el premio de su llamamiento celestial. (Filipenses 3: 14).
Pero el Señor no oculta la consecuencia,
ni Él desea hacerlo así. Él advierte a la muchedumbre, y Él también nos advierte que, si deseamos estar con Él, si deseamos
seguirlo, debemos negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra cruz. Recibamos las palabras del Señor: si deseamos estar para
siempre con Él, debemos seguirlo, y si lo seguimos, encontraremos en el camino aquello que Él encontró. Obviamente que no
es un asunto de sufrimientos expiatorios, de aquello que Él padeció de la mano de Dios por el pecado, sino de Sus sufrimientos
por parte del hombre, la contradicción de pecadores, la oposición de los hombres, abuso e incluso la muerte. Conocemos muy
poco lo que es sufrir por el nombre de Jesús; pero recuerden, Cristianos, lo que el Señor dijo primero, "Niéguese a sí mismo";
ustedes siempre pueden hacer esto por medio de la gracia. Es por hacer esto que nosotros aprendemos a sufrir con Él, si Dios
nos llama a ello. ¿Y qué rescate daremos a cambio de nuestra alma? Esto nos lleva a una tercera lección que requiere algo
más de desarrollo. Aquello que nutre la carne y el amor por uno mismo, es el gran sistema que se llama <el mundo>.
El hombre desea ser algo ante sus propios ojos; le gustaría olvidarse de Dios, y hacerse feliz, si posible, sin Él. De esta
forma Caín, cuando fue echado de la presencia de Dios, después de la muerte de Abel, se alejó de delante de Su rostro, juzgado
de tal manera por Dios, que no pudo esperar ser admitido de nuevo en Su presencia para gozar la comunión con Él; porque Dios
le había hecho ser un errante y extranjero en la tierra (un tipo llamativo de los judíos en este momento, después de dar muerte
al Señor Jesús, quién había llegado a ser, por así decirlo, hermano de ellos). Pero Caín no deseaba seguir siendo un pobre
errante; de todas formas, él no deseaba dejar a su familia en un estado tal; él deseaba que escapase de su propia porción
apropiada; y con este fin él construyó una ciudad en la tierra de Nod ("Nod" es la palabra Hebrea que se traduce como "errante",
en primera instancia); él deseaba que su familia se estableciera en el país donde Dios lo había convertido en un errante.
Él le puso a la ciudad el nombre de su hijo, tal como lo hacen las personas importantes de este mundo. Allí se encuentran,
el padre (es decir, el inventor) de la música, el padre de los que trabajaban el bronce y el hierro; allí se amontonaban las
riquezas de esta edad actual, mucho ganado. ¡Éste es el mundo! El corazón del hombre, ajeno a Dios, intenta hacer que
la tierra, dónde él fue establecido a distancia de Dios, sea lo más agradable para él como le sea posible; y para lograr esto,
él usa los dones y las criaturas de Dios para poder arreglárselas sin Él. Se dice que no hay daño en éstas cosas: -esto es
verdad, pero éste no es el asunto. Ellas son buenas en la medida de que son cosas creadas; se dice (en sentido figurativo),
que también habrá música en el cielo; pero en el cielo no se empleará para desviar a la mente de Dios. Es un asunto acerca
del uso que hacemos de estas cosas. Por ejemplo, no hay daño en la fuerza, sino en la forma de emplearla; con ella uno daña
a su prójimo. ¿No es verdad que el mundo que no conoce a Dios, usa todos los tipos de placeres para disfrutar sin Él? El corazón
que no tiene a Dios en él se esfuerza por divertirse, y para esto emplea todas las cosas vistas, oídas, e inventadas; como
por ejemplo, el teatro, la música, y todo tipo de cosa, porque está vacío y triste y no se puede satisfacer; y después de
unos pocos años, durante los cuales han mantenido en alto sus energías naturales, se encuentra trabajado y cargado, incluso
de probar todo, y dice junto con Salomón, después de haberlo probado todo, "Todo ello es vanidad y aflicción de espíritu."
(Eclesiastés 1: 14). Dios es abandonado, y el alma se pierde. También para el Cristiano, los entretenimientos sólo lo
alejan de Dios, y destruye su comunión con Él. "Todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos
y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre sino del mundo. Y el mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace
la voluntad de Dios permanece para siempre." (1a. Juan 2: 16, 17 - LBLA). El príncipe de este mundo es Satanás, quien sedujo
a Eva con estas cosas, destruyendo, en primer lugar, su confianza en Dios; y con estas cosas también intentó seducir al Señor,
aunque, gracias a Dios, en vano. Él logra, sin mucho esfuerzo y demasiado a menudo, seducir los corazones de los hombres y
de los Cristianos; y hace que los placeres del mundo tengan más poder sobre el alma que el propio Cristo, más que el amor
de un moribundo Salvador. ¡Así sucedió con el pobre Pedro! Es verdad, él no había recibido aún el Espíritu Santo, pero
esto no cambia la naturaleza de sus deseos. Él deseaba la gloria de este mundo, y esto, bajo la apariencia de amor por el
Señor. Noten, aquí también, el amor del Señor por Sus discípulos y cuán grande es el tierno cuidado que Él tiene por ellos;
Él se vuelve y ve qué gran piedra de tropiezo podían ser las palabras de Pedro para los otros discípulos, y lo reprende tan
severamente como lo merecían sus palabras. Luego el Señor expone dos principios ante los discípulos, primero, el alma vale
más que todas las cosas, no se puede cambiar por nada; en segundo lugar, el Señor vendrá en gloria, y cualquiera que se avergüence
de Él en este mundo corrupto dónde Él es rechazado, de él se avergonzará el Hijo del Hombre cuando el venga en la gloria de
Su Padre con los santos ángeles.
CAPÍTULO 9.
Ahora el Señor encuentra la ocasión para manifestar esta gloria personal Suya, para establecer
la fe de los discípulos, y también para mostrar que Su presencia en la gracia como el Mesías, en medio de Israel, pronto iba
a terminar; y que la nueva gloria del Hijo del Hombre, con la Suya
propia, pronto comenzaría, aunque sería necesario esperar el tiempo cuando todos los coherederos fuesen reunidos. "En verdad
os digo", dice el Señor, "que hay algunos de los que están aquí, que no probarán la muerte, hasta que hayan visto el reino
de Dios venido ya con poder." (Marcos 9: 1 - Versión Moderna). Seis días después, el Señor subió a un monte con Pedro, Jacobo,
y Juan, y se transfiguró ante ellos; Sus vestidos se tornaron resplandecientes y tan blancos como la nieve; Elías y Moisés
aparecieron con Él, glorificados de la misma manera, hablando con Él. Sabemos que esta aparición era la manifestación del
reino glorioso de Cristo en la tierra. Leemos en 2a. Pedro 1: 16, 17, 18: "Porque no fuimos seguidores alucinados de fábulas
ingeniosas, cuando os dimos a conocer el poder y advenimiento de nuestro Señor Jesucristo, sino que fuimos testigos de vista
de su majestad: porque recibió de parte de Dios Padre honra y gloria, cuando una voz descendió a él desde la magnífica gloria,
diciendo: Éste es mi amado Hijo, en quien tengo mi complacencia. Y esta voz la oímos nosotros, enviada desde el cielo, estando
con él en el santo monte." (Versión Moderna). Éstas son las palabras del apóstol Pedro cuando él relata lo que le sucedió
cuando vio la maravillosa visión del monte de la transfiguración. De esto aprendemos lo que es el reino en cuanto a su manifestación
en la tierra, porque ellos estaban en la tierra. La nube luminosa que los cubrió era el lugar de morada del Padre, desde donde
vino la voz y en la que, según Lucas, ellos habían entrado. (Lucas 9: 28-36). Qué privilegio para pobres mortales, para
pecadores, haber podido contemplar al Hijo del Hombre en gloria, y haber sido manifestados con Él en la misma gloria en la
tierra; ser Sus compañeros, conversar con Él; poseer el testimonio de que ellos han sido amados como Él ha sido amado (Juan
17: 23); estar con Él, y semejantes a Él en todo como Hombre, para Su propia gloria; ¡prueba maravillosa del valor de la redención
que Él cumplió! Y mientras más cerca estemos de Él, más le adoraremos, estando con Él tal como estaremos en la casa del Padre.
Pero aquí nuestro evangelista no habla de la entrada de ellos; sin embargo, al comparar con Lucas 9, encontramos, no obstante,
que es verdad que ellos entraron en la nube de cuyo interior vino la voz del Padre. Fue según el consejo de Dios que nosotros
estemos con Cristo, el segundo Hombre, el postrer Adán, y en la misma gloria con Él. Nosotros estamos predestinados "para
ser conformados a la imagen de Su Hijo; para que él fuese el primogénito entre muchos hermanos." (Romanos 8: 29 - Versión
Moderna). Es para esto que Él se hizo hombre: "el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual
no se avergüenza de llamarlos hermanos." (Hebreos 2: 11). ¿Qué haría un Redentor sin Sus redimidos? Es ciertamente algo mucho
mejor ser un compañero del Señor Jesús en la casa del Padre, que coheredero de Su gloria ante el mundo: con todo, tanto una
cosa como la otra son maravillosas para pobres criaturas como nosotros. Elías y Moisés están en la misma gloria; y nosotros
seremos semejantes a Él cuando Él se manifieste. (1a. Juan 3: 2). Pero la gloria personal del Señor siempre se mantiene;
Pedro desea hacer tres enramadas, poniendo a Cristo, Moisés, y Elías en igualdad de posición -los tres grandes caracteres
de la historia de Israel. Pero Moisés y Elías desaparecen inmediatamente, y la voz del Padre reconoce a Jesús como Su Hijo
amado; es al testimonio de Jesús que debemos escuchar. Todo lo que Moisés y Elías dijeron es la verdad, la palabra de Dios,
y por medio de ellos conocemos los pensamientos de Dios; pero ellos dan testimonio DE Cristo, no CON Él. Es sólo de Él que
nosotros conocemos plenamente voluntad de Dios, y Su verdad plenamente revelada. Jesús es la verdad, y la gracia y verdad
vinieron por medio de Él. (Juan 1: 17). La muerte de Cristo, Su resurrección y la completa redención, han puesto todo en un
nuevo fundamento para los hombres. Los creyentes que vivieron antes de la venida del Señor, creyeron en las promesas y
profecías que anunciaban Su llegada; y ellos fueron aceptados por la fe; sus pecados cometidos durante el tiempo de la paciencia
de Dios, y con los que Él tuvo paciencia porque Él sabía lo que Él haría después, son perdonados; y la justicia de Dios se
manifiesta al perdonarlos, ahora que Cristo ha muerto. Pero ahora, la justicia de Dios se manifestó, y el poder de la vida
divina es mostrada en la resurrección de Cristo Jesús. Todo es nuevo en nuestra relación con Dios; el velo se rasgó, y nosotros
entramos libremente en el lugar santísimo. "Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada
por la ley y por los profetas." (Romanos 3: 21). Miren a Moisés y a Elías; pero la gloria en que Moisés y Elías aparecían
es el fruto, no de la ley ni de los profetas, sino de la obra de Cristo Jesús; y uno sólo puede poseerla en el estado de resurrección.
La resurrección del Señor también era totalmente necesaria, por ser el poder de vida más allá de la muerte, y como una prueba
de que Dios había aceptado la muerte de Cristo, como respuesta al asunto del pecado. La gloria pertenecía a otro mundo, conseguido
por aquellos que creen por medio del sacrificio de Cristo, el Hijo de Dios, aunque esto tuvo que ser cumplido en este mundo.
Por consiguiente, pertenece al estado en que Cristo, el segundo Adán, ha entrado por la resurrección, y está basado en la
redención cumplida. Así, aunque esto fue muy apropiado para fortalecer la fe y aumentar la inteligencia de estos tres
discípulos, columnas de la futura iglesia, no se debía hablar de ello antes de la resurrección del Señor, y Jesús prohibió
a los discípulos que dijeran las cosas que habían visto hasta que el Hijo del Hombre hubiese resucitado de entre los muertos.
Noten la expresión, "Y guardaron la palabra entre sí, discutiendo qué sería aquello de resucitar de los muertos." (Marcos
9: 10). En realidad, esto arroja una luz completamente nueva sobre el hecho en la resurrección. Cristo resucitó solo de entre
los muertos, y dejó a todos los otros en la tumba; y Su resurrección es una prueba de que el Dios de justicia ha aceptado
Su obra -su sacrificio- como una satisfacción plena y completa dada a Su justicia y a Su santidad; y el hombre que cree en
Él es aceptado de acuerdo con el valor del sacrificio de Cristo. La resurrección del fiel también ocurre, porque Dios
está totalmente satisfecho, en cuanto a ellos, debido a la obra de Cristo. Solamente estos se levantarán cuando el Señor venga,
para estar para siempre con Él. Todos los discípulos creían en la resurrección de los muertos, ya que así les había sido enseñado
por los Fariseos; ellos no eran como los Saduceos, sino que creían que todos los Judíos serían resucitados al mismo tiempo;
y no entendían el significado de una resurrección que separaba los buenos de los malos, y que iba a dejar atrás a estos últimos
durante un cierto tiempo. Cristo es las primicias, el primer fruto de la cosecha, de la resurrección de los santos (1a. Corintios
15: 20), no de los malos. Los que son de Cristo resucitarán en Su venida, y el cuerpo de su estado de humillación será transformado
y hecho semejante a Su cuerpo glorioso (Filipenses 3: 21). Hay muchos Cristianos que, al igual que los discípulos, no entienden
las palabras del Señor. Uno encuentra muchos Cristianos que tienen una fe similar a la de los Fariseos; de hecho, ellos creen
que habrá una resurrección. y, como Marta creía, que todos resucitarán en el día postrero (Juan 11: 24). La única diferencia
es que Marta y los Judíos sólo creían en la resurrección de los Judíos; y estos Cristianos creen en una resurrección dónde
buenos y malos serán resucitados juntos. Es una gran verdad que todos resucitarán, pero la verdadera fe en Cristo (sírvanse
notar, amados lectores), la verdadera fe ya hace la distinción. El incrédulo permanece en sus pecados, y resucitará para el
juicio, y el verdadero creyente resucitará para resurrección de vida; él resucitará en gloria (tal como encontramos en 1a.
Corintios 15). Cuando el Señor venga, Él "transformará nuestro vil cuerpo, para que sea hecho semejante a su cuerpo glorioso."
(Filipenses 3: 21 - Versión Moderna). Cristo es las primicias, el primer fruto de la cosecha, de la resurrección, pero ciertamente
no de la resurrección de los malos: en ninguna parte de la Palabra
encontramos una resurrección común de los buenos y los malos: encontramos en Lucas 14: 14, una resurrección de los justos,
y otra vez (en Lucas 20: 35), "los que serán tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo venidero, y la resurrección de entre
los muertos." (Versión Moderna). De esta forma, encontramos expresamente en 1a. Corintios 15, "Pero cada uno en su propio
orden: Cristo las primicias; luego los que son de Cristo, al tiempo de su venida." (1a. Corintios 15: 23 - Versión Moderna).
Así también en 1a. Tesalonicenses 4, "Los muertos en Cristo resucitarán primero" (1a. Tesalonicenses 4: 16): siempre es
así. La gente cita Mateo 25, pero en ese capítulo el asunto principal no es la resurrección, ni los cuerpos resucitados; no
es un juicio universal, sino un juicio de los Gentiles en la tierra, de aquellos a quienes se les había enviado el evangelio
eterno de Apocalipsis 14, al fin del siglo. No hay solamente dos clases aquí, sino tres; las ovejas, los cabritos, y los hermanos
del Juez. Aquí, el principio del juicio no es el principio de un juicio universal. Simplemente es según la forma en que
ellos han recibido y estimado a los hermanos del Juez; es decir, a los mensajeros del evangelio eterno, llamado, en Mateo
24: 14, "evangelio del reino". Los principios del juicio general de las naciones son explicados en Romanos 1 y 2; éstos
son bastante diferentes. Yo menciono Mateo 25, porque es el único pasaje que se cita como respuesta al testimonio uniforme
de las Santas Escrituras a una resurrección distinta de los creyentes, según la declaración de Juan 5: 24: "En verdad, en
verdad os digo, que quien oye mi palabra, y cree a aquel que me envió, tiene vida eterna, y no entra en condenación, sino
que ha pasado ya de muerte a vida." (Versión Moderna). "Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo" (Romanos 14: 10),
es cierto, y "cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo a Dios" (Romanos 14: 12 - Versión Moderna). Pero, cuando los creyentes
comparecerán ante el tribunal de Cristo, ellos ya habrán sido glorificados, resucitados en gloria, y hechos semejantes a la
gloria de Cristo, como hombre. "Cuando él fuere manifestado, nosotros seremos semejantes a él" -y es por esto que- "todo aquel
que tiene esta esperanza puesta en él, se purifica, así como él es puro." (1a. Juan 3: 2, 3 - Versión Moderna). La primera
venida de Cristo quitó el pecado en relación con el juicio (Hebreos 9: 26b); para los creyentes, Él aparecerá por segunda
vez para perfecta salvación, para recibirlos a Él, para glorificarlos. Sus espíritus están con Él en el cielo, mientras ellos
esperan esta hora -la resurrección de sus cuerpos ocurrirá cuando Él vuelva, y entonces estaremos siempre con el Señor. No
obstante, cuando seamos glorificados, nosotros daremos cuenta de todo; conoceremos como fuimos conocidos. De esta forma, hay
una resurrección de entre los muertos. Se presentó ante los discípulos la dificultad de la que hablaban los escribas (que
Elías debía venir antes del Mesías). Ahora los escribas todavía ejercían gran influencia sobre los discípulos. Y en verdad,
esto se encuentra en la profecía de Malaquías; ciertamente se cumplirá, cualquiera que sea la manera de cumplimiento, antes
de la venida del Señor en gloria. Pero Él pasó primero por la humillación, y oculto, como él estaba, en cuanto a Su gloria
externa; Él entró por la puerta como el pastor de las ovejas, para que la fe que ve a través de la oscuridad de Su posición
y de Su vida diaria, pudiese no solamente discernir un Mesías, que vino a Israel según las promesas, sino el amor y el poder
de Dios mismo -y pudiera encontrarse en la presencia de Su santidad. Los judíos habrían recibido con gozo un Mesías, que
los libertase del yugo romano; pero la presencia de Dios es insoportable para los hombres, incluso cuando Él se presenta entre
ellos en bondad. El Señor alude a la venida que todavía está en el futuro, cuando Él dice en Mateo 10: 23, "porque de cierto
os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre." Pero ahora Él aparece
en humildad, hecho un poco menor que los ángeles para sufrir la muerte; es decir, para poder sufrir. Así también Juan el Bautista
viene en el espíritu y poder de Elías, según Isaías 11 y Malaquías 3, para preparar el camino del Señor. Así responde el Señor;
Juan debe venir; los escribas tienen razón; Juan vendrá y restaurará todas las cosas. Pero también era necesario que el Hijo
del Hombre sufriese, y que Él fuese completamente despreciado. "Pero os digo que Elías ya vino, y le hicieron y le hicieron
todo lo que quisieron."
Pero si el Señor se manifestó en Su gloria ante los ojos de los discípulos en la transfiguración,
Él se ocupa ahora de la miseria de la tierra; y lo que ocurrió es muy notable como demostración de Su paciencia, y de los
modos de Dios. Cuando Él baja del monte, encuentra a una gran multitud, y a los escribas que disputan con Sus discípulos.
Es de mucha bendición notar que si el Señor es reconocido como Hijo del Hombre, y que será manifestado en gloria, y nosotros
con Él, Él desciende, no obstante, a este mundo -tal como Él aún lo hace por medio de Su Espíritu- y enfrenta a la multitud
y al poder de Satanás por nosotros; y nuevamente (es bueno para nosotros notarlo) Él habla tan íntimamente con Sus discípulos
como Él lo hace con Moisés y Elías. ¡Oh, cuán grande es Su gracia! Pero el ejercicio de esta gracia revela la posición y el
estado del hombre y de los discípulos. Un pobre padre recurre al Señor por su hijo sufriente, quien es poseído por un
espíritu inmundo, y no puede hablar. Él le dice al Señor que le había traído a los discípulos, y que ellos no pudieron echar
fuera el espíritu inmundo. Ésta es la posición de ellos; el Señor no sólo encuentra incredulidad, sino que aunque el poder
divino está en la tierra, los creyentes incluso no saben como usarlo; entonces era en vano que el Señor estuviese presente
en el mundo. Él podía obrar milagros, pero el hombre no sabía aprovechar esto, o usarlo por medio de la fe. Era una generación
incrédula; y Él no podría quedarse aquí abajo. No era la presencia o el poder de los demonios lo que lo alejaba, porque, de
hecho, es esto lo que lo trajo aquí abajo; pero cuando los Suyos no saben aprovechar el poder y la bendición que Él ha traído
al mundo y ha puesto en su medio, la dispensación caracterizada por estos dones se debía estar acercando a su fin. Y esto,
no porque hay incredulidad en el mundo, sino porque los Suyos no pueden comprender el poder puesto a disposición de ellos;
y en consecuencia, el testimonio de Dios cae a tierra destruido, en lugar de establecerse; puesto que los seguidores de este
testimonio se enfrentan al poder del enemigo y no pueden hacer nada -el enemigo es demasiado fuerte para ellos. "¡Oh generación
incrédula!", dice el Señor, "¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar?" Su servicio en la tierra
había finalizado. Pero vean la paciencia y bondad del Señor; Él no puede negarse a sí mismo. Todo el tiempo en que Él está
aquí en la tierra, Él obra según Su poder y gracia, y esto a pesar de la incredulidad de los Suyos. Él termina la frase en
la que Él reprende la incredulidad de ellos, de esta manera -"Traédmelo." La fe, sin importar lo pequeña que es, nunca es
dejada sin una respuesta del Señor. ¡Qué consuelo! cualquiera sea la incredulidad, no sólo del mundo, sino de los Cristianos
-si sólo se dejase en el mundo una persona solitaria que tuviese fe en la bondad y el poder del Señor Jesús, no podría venir
a Él con una necesidad real y una simple creencia sin encontrar Su corazón listo y Su poder suficiente. Puede que la iglesia
esté en ruinas, como estaba Israel, pero la Cabeza es suficiente
para todo, conoce el estado de los Suyos, y no fallará en suplir sus necesidades. El estado del muchacho era muy peligroso,
y el diablo lo había poseído desde su infancia. La fe del padre era débil, pero sincera; él dice al Señor, "Si puedes hacer
algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos." La respuesta del Señor es notable: " "¿Cómo si tú puedes?" Todas las cosas
son posibles para el que cree." (Marcos 9: 23 - LBLA). El poder se vincula con la fe; la dificultad no está en el poder de
Cristo, sino en el creer del hombre; todas las cosas eran posibles si el podía creer. Éste es un principio importante; el
poder de Cristo nunca falla en cumplir todo lo que es bueno para el hombre; ¡la fe, ay! puede ser escasa en nosotros, como
para que la aprovechemos. Sin embargo el Señor está lleno de bondad; el pobre padre dice con lágrimas, "Creo, ayuda mi incredulidad":
palabras sinceras de un corazón conmovido en el que el Señor ya había despertado la fe. Era la ansiedad por su hijo lo que
debilitó esta fe. Luego el Señor, evitando la curiosidad vacía del pueblo, pensando más bien en las necesidades del padre
e hijo, ordena con autoridad al espíritu inmundo que salga y no vuelva a entrar en el muchacho. Y él sale de él, mostrando
al mismo tiempo su poder (sacudiendo al muchacho, como para dejarlo como muerto), pero absolutamente sujeto a la autoridad
del Señor. Es muy hermoso ver que el Señor, dejando la gloria, fue a encontrarse con la incredulidad del mundo y de los Suyos,
y la debilidad de la fe de aquellos que tienen necesidad de ella, y eso también, en presencia del gran poder del enemigo.
El Señor no se mantiene a distancia de nosotros, Él participa en nuestras penas, Él anima nuestra débil fe, y con una sola
palabra, aleja todo el poder del enemigo. Ni Su propio estado glorioso, ni la incredulidad del mundo que lo rechazó, le impidió
ser el refugio y el remedio para la fe más pobre. Él se interesa en nosotros, piensa en nosotros, y nos ayuda. Aunque
el Señor es glorificado de acuerdo con Sus derechos, éstos no debilitan Su amor por el pobre género humano. Pero, de nuevo,
encontramos una lección importante al final de esta historia. La fe activa que obra (ya sean los milagros que sucedieron en
esa época o las grandes cosas del reino de Dios), es sostenida por la comunión íntima con Dios, por la oración y por el ayuno.
El corazón sale de la presencia de Dios para ahuyentar el poder del enemigo; pero cualquiera que sea la gracia del Señor,
cualquiera que sea Su poder, una obra mucho mayor tuvo que ser cumplida, una gran obra para el propio Señor, una obra que
sólo Él estaba capacitado para llevarla a cabo -incluso difícil para que el corazón del hombre la comprenda, pero totalmente
necesaria para la gloria de Dios y para nuestra redención y salvación: una lección que uno debe aprender para caminar en los
caminos del Señor. Ésta es la obra de la cruz; y la sana lección que nos enseña es esta -nosotros debemos llevar nuestra propia
cruz.
Ahora que la gloria futura, la gloria del reino, ha sido revelada; -ahora que el Señor ha mostrado Su poder
y Su perfecta bondad a pesar de la incredulidad del mundo, y de Su partida después de haber sido rechazado por el mundo- Él
toma a Sus discípulos aparte, pasando por Galilea, para hacerles comprender que el Hijo del Hombre sería entregado en manos
de hombres que lo matarían. Él habla de Su título como Hijo del Hombre, porque Él ya no podía permanecer en la tierra como
el Mesías prometido, sino que Él debe cumplir la obra de redención. Sin embargo, después de muerto, Él resucitaría al tercer
día. Contemplen entonces la redención completada y todas las cosas hechas nuevas: el hombre es puesto en una posición completamente
nueva, por lo menos el creyente en Jesús. El hombre resucitado no está en la misma posición de Adán en su inocencia. Yo
no hablo ahora de los perdidos, aunque es verdad para ellos, sino que es algo bastante diferente. Adán estaba en la bendición
natural de una criatura, pero su fidelidad fue puesta a prueba, una prueba en que él falló. Es una clara verdad que el pecador
no está en la condición de un redimido; pero en el caso de Adán, todo dependía de su responsabilidad. En Cristo, el hombre
resucitado había sido totalmente probado y mostró que era perfecto, probado incluso hasta la muerte, por medio de la cual
Él glorificó a Dios mismo. Más aún, Él llevó nuestros pecados y los quitó para siempre; Él se sometió a la muerte, pero la
conquistó, y salió de ella; Él soportó el golpe del juicio de Dios contra el pecado. Satanás ya había empleado todo su poder
como el príncipe de este mundo, en la muerte de Jesús, aunque no era posible que Él fuese sujetado por la muerte: así que,
en lugar de estar bajo prueba dónde Él se había colocado en Su amor por nosotros y para glorificar a Su Padre, Jesús resucitado
(y nosotros en Él por la fe y por la esperanza que inspira el Espíritu Santo que nos une a Jesús) está más allá del alcance
de todas estas cosas. La muerte, a la que Adán se sometió a través del pecado, es conquistada, nuestros pecados abolidos
ante Dios; somos hechos perfectos para siempre en cuanto a nuestra conciencia; un nuevo estado de vida ha comenzado para nosotros,
una vida que es completamente nueva y celestial; y al final, la gloria celestial, ya realizada para Cristo allí donde Él estaba
con el Padre desde antes de la fundación del mundo. "Pues como Él es", dice Juan, "así somos nosotros en este mundo" (1a.
Juan 4: 17) (es decir, como en la presencia del juicio de Dios) -y esperamos la resurrección del cuerpo. Pero la posición
de Cristo como un hombre glorificado, es el fruto de haber glorificado plenamente a Dios; y nosotros, compartiendo Su vida
por la operación del Espíritu Santo, participamos del fruto de Su obra en este momento actual, en cuanto a nuestra posición
ante Dios; y después seremos perfectamente semejantes a Él. Cuando Adán era inocente, su estado era uno de felicidad, pero
dependía de su obediencia. El estado de Cristo como hombre es el fruto de una obediencia absolutamente completa, después de
haber sido probado, incluso hasta el punto de beber la copa de muerte y maldición, cuando Él por nosotros fue hecho pecado.
El primer estado estaba expuesto al cambio, y la ruina completa vino por la caída; el otro estado permanece invariable,
establecido en una obra que nunca puede perder su valor. Nosotros ya hemos sido traídos, al participar de la vida de Jesús,
a las relaciones en que Él nos introduce con el Padre. "Subo", dijo Él después de Su resurrección, "a mi Padre y a vuestro
Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." (Juan 20: 17). Sólo para lograr todo esto, fue necesario que Él atravesase la muerte,
llevase la cruz, bebiese la copa que Su Padre le había dado a beber. Entonces, Él los hace ocuparse de la cruz, y les enseña
a esperarla. ¡Pero lo que es el hombre! Lo aprendemos en lo que sigue.
El Señor, teniendo conciencia de Su gloria,
en la que el Padre lo había reconocido poco tiempo antes como su Hijo amado, y sabiendo al mismo tiempo que esta gloria hacía
que la cruz fuese absolutamente necesaria para traer a muchos hijos a la gloria, habla de ella a Sus discípulos; Él insiste
que será necesario que ellos la lleven. Tal era el camino de la gloria del cual Su propia muerte fue el fundamento. El corazón
del Señor estaba lleno del pensamiento de los sufrimientos que la acompañaban; de la copa que Él tenía que beber, y de la
necesidad de que de Sus discípulos entendieran este camino, y que tomaran su cruz. ¿Pero de qué estaban llenos los corazones
de los discípulos? Ellos estaban pensando quien había de ser el mayor. ¡Ay, cuán incapaz es nuestro corazón para recibir los
pensamientos de Dios, para pensar en un Salvador humillado hasta la muerte por nosotros! Es verdad que aquí el Espíritu de
Dios pone en contraste el reino del Mesías que los Judíos esperaban, y el glorioso reino celestial que el Señor estaba estableciendo,
y para el cual era necesaria Su muerte; pero de esta forma, el contraste se descubre fuertemente en el corazón del hombre.
Le gustaría ser grande en un reino establecido según la gloria del hombre y el poder del hombre; él estima como algo bueno
el hecho de que Dios condescienda a esto; pero lo que el hombre nunca busca ni desea es que Su gloria sea exaltada y establecida
moralmente, y que la vanagloria del hombre sea reducida a la nada, la manifestación de lo que el hombre es; y el hombre tampoco
busca ni desea que el amor, la santidad, y la justicia de Dios sean sacadas a la luz; y cuando el corazón del Señor, lleno
de estas verdades solemnes y de los sufrimientos por los que Él debe pasar para lograrlas, habla de ello a Sus discípulos,
estos últimos disputan acerca de quién será mayor. ¡Qué pobre y miserable es el corazón del hombre! Qué incapacidad para
entender los pensamientos de Dios, y para sentir la ternura y fidelidad del corazón de Jesús, y los pensamientos que pasan
por él; divino amor manifestándose en el corazón de un Hombre, y como un Hombre en medio de los hombres, en los que se encuentra
una incapacidad moral para entrar en Sus pensamientos; pero, al mismo tiempo, esto abre el camino a la manifestación de nuestros
pensamientos que están en completo contraste con los de Jesús. Qué Dios nos conceda en Su gracia, que mantengamos la carne
tan completamente sujeta, que el Espíritu Santo pueda ser la fuente de todos nuestros pensamientos y de los movimientos de
nuestros corazones. No obstante, si la palabra del Señor nos toca, la conciencia no guarda silencio: sabemos bien que el deseo
de vanagloria es algo malo, que no satisface a Cristo, a Aquel que habla, y nos avergonzamos. Los discípulos guardan silencio
porque la conciencia de ellos habla. Luego el amor paciente del Señor les enseña; Él se sienta (versículo 35), y llama
a los doce: Él siempre piensa en nosotros. Entonces, Él enseña varios principios en los que vemos las consecuencias de la
oposición del mundo a Cristo, y la introducción de una nueva relación con Dios en Cristo resucitado; estos principios exigen
alguna explicación. Aquí, el punto importante es que, el fundamento de todas las exhortaciones del Señor, y de todo lo que
Él dice, es este, que la gloria del reino por venir ha sido revelada, y con esta revelación llega la cruz. Es el fin de todas
las relaciones entre Dios e Israel, y, de hecho, entre Dios y el hombre, excepto, por supuesto, la de la gracia soberana,
y el comienzo de una relación nueva y celestial por la fe. Pero Cristo, el Mesías según las promesas en Israel, Dios manifestado
en carne, la última esperanza para el hombre tal como él estaba en la tierra, fue rechazado. La relación entre Dios y el hombre
estaba rota. ¿Podría uno buscar gloria en este tipo de tierra? ¿Qué tipo de disposición es adecuada para un discípulo de Cristo?
La humildad: él que quiera ser el primero, será el postrero y siervo de todos. Entonces Él toma a un niño y declara que aquel
que recibe a un niño como este, recibe a Cristo; y el que recibe a Cristo recibe al Padre que le envió. El nombre de Cristo
es la piedra de toque -lo único realmente grande en la tierra por medio de la fe.
Encontramos entonces, una reprobación
para algo que, en sí mismo, era amor, aunque rudo y tosco, pero que se viste de muchas formas engañosas, y parece considerar
la gloria de Cristo; porque el amor en sí mismo no es recto: en realidad, está dispuesto a mantener la gloria del nombre de
Cristo, si se puede asociar a esta gloria. "Hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue;
y se lo prohibimos, porque no nos seguía." (Marcos 9: 38). Vean aquí que la palabra "nos" delata el más sutil amor al yo,
al ego: sutil, es verdad, pero no menos peligroso. Pero la respuesta del Señor muestra cuán absoluto es Su rechazo: "El que
no es contra nosotros, por nosotros es" (Marcos 9: 40), porque el mundo entero, en su estado natural estaba contra Cristo,
y todavía está contra Él; y nadie podía realizar milagros en Su nombre y al mismo tiempo hablar mal o ligeramente de Él. El
nombre de Cristo es todo. Evitemos este miserable "nos", y aferrémonos de Cristo. El versículo 41 muestra de qué forma
el nombre de Cristo es todo, en un mundo que lo ha rechazado. ¡Pero que testimonio al estado del hombre, y a su oposición
interior a Dios revelado en Cristo! Si alguien no estaba contra Él, estaba por Él, de otro modo era completamente un enemigo
de Dios. Algunas consecuencias importantes siguen a este estado: en primer lugar, la menor manifestación de amor por Él, que
se interesaba en Él, teniendo el poder de Su nombre en el corazón, no debe ser olvidada delante de Dios. ¡Qué retrato del
estado de cosas y de la paciencia de Cristo, quien se humilló incluso para ser rechazado y despreciado, y sin embargo, no
olvida la menor muestra de afecto por Él, y de deseo por Su gloria! Luego vemos otra consecuencia de esta posición. El Señor
no desea que un pequeñito que cree en Él sea despreciado; Él los estima, porque sus corazones reconocen Su nombre, creen en
Él; y por lo tanto, tienen un gran valor ante Dios. Ay de aquel que los desprecie y de aquel que ponga una piedra de tropiezo
ante sus pies; le sería mejor a un tal haber sido arrojado al fondo del mar. Y no obstante, en cuanto a ellos, todo depende
de la fidelidad de Cristo; y por esta causa, necesitan librarse de todas las cosas que tienden a separar de Cristo, que llevan
al pecado y producen apostasía en el corazón, tanto como apostasía exterior. Yo creo que Dios guardará a los Suyos, pero Él
los guardará haciéndolos obedientes a Su palabra. Sin embargo, nos puede costar mucho, si es un ojo el que nos molesta,
debemos sacarlo; si una mano, debemos cortarla; en una palabra, la cosa más valiosa posible; porque una eternidad de bendición
con Cristo es mejor que contar con la mano derecha y encontrarse a sí mismo en los tormentos eternos "donde el gusano de ellos
no muere, y el fuego nunca se apaga." (Marcos 9: 48). Además de esto, Dios pone todo a prueba: el fuego de Su juicio se aplica
a todos, tanto a los santos como a los pecadores. En los santos, consume la escoria, para que el oro puro pueda brillar en
su verdadero lustre; en el caso de los pecadores, el fuego de Dios y los dolores eternos según Su justo juicio, fuego que
no se apaga. "Todo sacrificio será salado con sal." (Marcos 9: 49); esto se refiere a Levítico 2: 13. La sal representa el
poder del Espíritu Santo, no exactamente para producir gracia exclusivamente, sino para mantenernos alejados de todo lo que
es impuro, y para producir santidad en un corazón consagrado a Dios, y que deja entrar a Dios en su senda; y en el corazón
hay un vínculo con Él que nos guarda de toda corrupción. Somos llamados a guardar esto en el corazón, y a aplicar el sentido
de Su presencia a todo lo que sucede dentro de nosotros, y a juzgar por este medio todo lo que hay dentro de nosotros. Pero
observen que el creyente es el verdadero sacrificio ofrecido a Dios. "Os ruego", dice el apóstol en Romanos 12, "pues, hermanos,
por las compasiones de Dios, que le presentéis vuestros cuerpos, como sacrificio vivo, santo, acepto a Dios; culto racional
vuestro." (Romanos 12: 1 - Versión Moderna). Aquí vemos el verdadero sacrificio, un servicio racional: y además, esta gracia
santa, que nos guarda de todo lo que es malo e impuro, lleva a cabo su influencia dentro de nosotros; y el Cristiano lleno
de santidad práctica es un testigo en el mundo. Esto es, de hecho, el verdadero estado de los Cristianos en este mundo; un
testigo en medio del mundo, de un poder que no sólo purifica, sino guarda de la corrupción en el mundo. La sal influye en
otras cosas y es apta para producir este efecto; "mas si la sal hubiere perdido su sabor, ¿con qué la sazonaréis?" (Marcos
9: 50 - Versión Moderna). Si los Cristianos pierden su santidad práctica, ¿para qué pueden servir? "Tened sal en vosotros
mismos," dijo el Señor. Él desea que ejerzamos diligencia para que así, mientras caminamos, nuestras almas puedan ser santificadas
delante de Dios, y entonces se manifiesten ante el mundo; que juzguemos en nosotros mismos todo lo que puede disminuir en
nosotros la claridad y la pureza de nuestro testimonio; y que caminemos en paz con los otros, gobernados por el espíritu de
paz en nuestras relaciones con ellos.
CAPÍTULO 10.
Encontramos algunos principios importantes en este capítulo, que termina la historia de
la vida de Cristo. En los primeros tres Evangelios, la narración de las circunstancias que acompañan Su muerte empieza con
la curación del ciego cerca de Jericó, que encontramos en el versículo 46 de este capítulo. El primer principio que encontramos
aquí, es la corrupción y ruina de lo que Dios creó aquí abajo; y el pecado que había entrado y que ejerce su perniciosa influencia
en las relaciones que Él había establecido. La misma ley de Moisés, por la dureza del corazón del hombre, fue obligada a permitir
cosas en las relaciones de la vida aquí abajo, cosas que no son según los pensamientos y la voluntad real de Dios. Pero
si Dios es paciente con los hombres, incapaces como son de vivir a la altura de sus relaciones con Él, en cosas que no son
según Su voluntad y la perfección de las relaciones que Él ha establecido, Él no los condena, ni deja de reconocerlos como
siendo lo que Él había establecido al principio. Lo que había sido establecido desde el principio por el propio Dios sigue
vigente, y Él mantiene estas relaciones por medio de Su autoridad. La creación, de suyo, es buena, pero el hombre la ha corrompido;
no obstante, Dios reconoce lo que Él ha hecho, y las relaciones en que Él ha puesto al hombre, el cual es responsable de mantener
sus obligaciones. Es verdad que Dios ha introducido un poder después de la muerte de Cristo, que no es de esta creación (es
decir, el Espíritu Santo); y por medio de este poder, un hombre puede vivir fuera de todas las relaciones de la antigua creación,
si Dios lo llama a esto: pero entonces, él respetará las relaciones dónde ellos existen. Los Fariseos, acercándose, le
preguntan a Jesús si está permitido que un marido repudie a su esposa. El Señor toma la ocasión para insistir en esta verdad,
que lo que Dios había establecido desde el principio de la creación, siempre era válido en sí mismo. Moisés, en la ley, le
había permitido a un hombre repudiar a su esposa; pero esto era sólo la paciencia de Dios con la dureza del corazón del hombre;
pero no era según el propio corazón y la voluntad de Dios. Al principio, en la creación, Dios hizo lo que era bueno -débil,
pero bueno. Él permitió otras cosas cuando Él ordenó, en forma provisional, el estado de Su pueblo, del hombre caído; pero
Él había hecho las cosas muy diferentes cuando Él las creó. Dios había unido a marido y esposa, y el hombre no tenía derecho
a separarlos. El vínculo no debe ser roto.
Nuevamente traen niños a Él; y los discípulos se lo prohíben a los que
los traen. Pero Jesús está disgustado con esto. Aunque la raíz del pecado se encuentra en los niños, no obstante, ellos eran
la expresión de la simplicidad, de la confianza, y de la ausencia de astucia y de corrupción, causada por el conocimiento
del mundo, de la depravación de la naturaleza. Ellos presentan el corazón, la simplicidad de la naturaleza incorrupta, que
no ha conocido el engaño del mundo. Y el Señor, siendo un extranjero en el mundo, reconoce en ellos aquello que Su Padre ha
creado. Ahora, ¿hay realmente algo bueno en el hombre? Los restos de lo que Dios creó se encuentran en aquello que es
puramente creado; lo que es bello y agradable; lo que viene de la mano de Dios, es a menudo hermoso y debe reconocerse como
viniendo de Él. La naturaleza a nuestro alrededor es bella; es Dios quien la creó, aunque en ella se encuentren espinas y
cardos. Nosotros encontramos, a veces, aquello que es encantador en el carácter de un hombre y, también, incluso en la disposición
de un animal. Pero es un asunto del corazón del hombre, de su voluntad, de lo que él es para con Dios -y no de lo que es natural,
el fruto de la creación: nada bueno mora en él. No hay nada para Dios; sino que todo es contra Él; y esto se manifestó en
el rechazo de Cristo.
Esta es la lección que aprendemos en la narración que sigue, del joven que corre y se arrodilla
a los pies de Jesús, preguntándole, "Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?". Él era amable, bien dispuesto,
y preparado para aprender lo que es bueno; él había sido testigo de la excelencia de la vida y obras de Jesús, y su corazón
estaba conmovido por lo que había visto. Él tenía todo el fino ardor de la juventud, no se había depravado por el hábito del
pecado, porque el pecado deprava el corazón. Exteriormente, él había guardado la ley, y creía que Jesús podía enseñarle los
mandamientos más altos de la ley; porque incluso los Judíos creían que algunos mandamientos eran de mayor valor que otros.
El joven ni se conocía a sí mismo, ni conocía el estado en que el hombre realmente estaba ante Dios. Él estaba bajo la
ley; y Jesús explica primero la ley como regla de vida, dada por Dios como medida de justicia para los hijos de Adán. El joven
no pregunta como podía salvarse, sino como podía heredar la vida eterna. El Señor no habla de vida eterna, sino que lleva
al joven al punto dónde él se pone a sí mismo; la ley dijo, <Haz estas cosas y vivirás>. El joven declara que él ha
guardado todas estas cosas desde su juventud: el Señor no lo niega ni lo discute; y leemos que Él lo miró, y lo amó. Vemos
aquí lo que es amable y amado por el Señor. ¿Pero cuál es el verdadero estado de este joven? El Señor descorre el velo, y
el hombre se presenta ante Dios en su desnudez; y Dios se presenta ante el hombre en Su santidad. Hacer algo es imposible:
otra cosa es cómo ser salvo. Examinemos lo que el Señor dice sobre el estado del hombre. El joven no se dirigió al Señor
como al Hijo de Dios, sino como a un rabino, es decir, como un maestro en Israel: él lo llama "Maestro bueno". El Señor no
admite que el hombre es bueno; no se puede encontrar ningún hombre justo entre los hombres -no, ni siquiera uno. Él dice,
"Por qué me dices bueno? ninguno es bueno sino uno solo, es a saber, Dios." (Marcos 10: 18 - Versión Moderna). Ciertamente
Cristo era bueno, pero Él era Dios, aunque Él, en Su perfecto amor, se había hecho hombre. Él siempre fue Dios, y Dios se
hizo hombre sin dejar de ser, o pudiendo dejar de ser, Dios; sólo que Él había escondido Su divinidad en la naturaleza humana
(por lo menos Su gloria), para acercarse a nosotros; para que por medio de la fe, el poder y el amor divinos sean manifestados
más claramente que nunca. Pero aquí el joven viene como a un maestro humano, un rabino; y el Señor le contesta de la misma
manera cuando él pregunta; pero Él establece este principio importante, que nadie es bueno entre los hijos de Adán caído;
es una verdad humillante, pero una de inmenso peso. No podemos encontrar ahora, a un hombre que es bueno por naturaleza; hemos
visto que permanecen ciertas cualidades de la primera creación; pero lo que Dios había creado bueno y había declarado que
era bueno, ha sido corrompido por la caída. El hombre va en búsqueda de sus propios placeres, de sus propios intereses, y
no de Dios y Su gloria; él puede buscar estas cosas honestamente o en forma fraudulenta en la ciénaga del pecado, pero siempre
busca satisfacer su propia voluntad; él ha perdido a Dios, y cuida de sí mismo. Luego el Señor, después de haberle presentado
los mandamientos de la ley, en los cuales un hombre tiene vida, en tanto los guarda, agrega, en una exhortación, el mandamiento
que hizo sentir a Pablo lo que la ley producía, en el estado en que está el hombre -es decir, en la muerte. "Una cosa te falta",
dice el Señor: "Anda, vende todo lo que tienes, . . .; y ven, sígueme. . ." Aquí vemos expuesta la codicia del corazón, el
verdadero estado del joven fue desnudado por la poderosa, pero simple, palabra del Señor, quien conoce y prueba el corazón.
Las finas flores del árbol salvaje no valen nada; los frutos son los de un corazón desposeído de Dios: la savia es la savia
de un árbol malo. El amor por las riquezas gobernaba el corazón de este joven, interesante como él era acerca de su disposición
natural: el vil deseo del oro yacía en el fondo de su corazón; era el motivo principal de su voluntad, la verdadera medida
de su estado moral. Si se marcha afligido y deja al Señor, es porque él prefiere el dinero en vez de Dios manifestado en amor
y gracia. ¡Cuán solemne es para uno, encontrarse en la presencia de Aquel que escudriña el corazón! Pero lo que gobierna
el corazón, su motivo, es la verdadera medida del estado moral del hombre, y no las cualidades que él posee por nacimiento,
por más que estas sean agradables. Buenas cualidades se pueden encontrar incluso en los animales; deben ser estimadas, pero
ellas no revelan de ningún modo el estado moral del corazón. Un hombre que tiene una naturaleza dura y perversa, que trata
de controlar su mala disposición por medio de la gracia, y de ser amable con otros y agradar a Dios, es más moral y bueno
ante Él que un hombre que, siendo amable por naturaleza, busca disfrutar con otros de una manera agradable, pero sin conciencia
delante de Dios; es decir, sin pensar en Él; amado por los hombres, pero desagradable para el Dios de quien él se olvida.
Lo que da el carácter moral a un hombre es el objeto de su corazón; y es esto lo que el Señor muestra aquí de manera tan poderosa,
que toca lo más íntimo del orgullo del corazón humano.
Pero entonces, el Señor va más allá; los discípulos, que pensaban
que los hombres podían hacer algo para obtener la vida eterna, como todos los Fariseos en toda época, y que el hombre debía
obtener el cielo por sí mismo, aunque reconocían la necesidad de la ayuda de Dios, estaban asombrados. ¿Qué? un hombre rico
de muy buena disposición, que había guardado la ley, y que sólo buscaba saber cual era el mandamiento más excelente de parte
del Maestro de ellos, para así ponerlo por obra -¿podía una persona como esta, estar lejos del reino de Dios ? ¿Podía ser
tan sumamente difícil para una persona tal entrar en este reino? Si nosotros no entendemos que ya estamos perdidos, que necesitamos
ser salvos, que es una asunto del estado del corazón, que todos los corazones están, por naturaleza, lejos de Dios, y que
buscan un objeto, el objeto de su propio deseo, lejos de Él, que no desean que Él esté presente porque la conciencia siente
que Su presencia impediría que el corazón siguiese este objeto; si no aprendemos esta verdad por medio de la gracia, entonces,
por todo lo anterior, nosotros estamos totalmente ciegos. En el momento al que hemos llegado en este pasaje, era demasiado
tarde para mantener oculto del hombre (por lo menos de los discípulos), el verdadero estado de su corazón. Este estado se
había manifestado; el hombre no estuvo dispuesto a recibir al Hijo de Dios. Se había sido demostrado de esta forma que, el
hombre, con la mejor disposición natural, incluso conservando la moralidad externa, prefería seguir al objeto de su deseo,
en lugar de seguir al Dios de amor presente en la tierra, o un maestro a quien él había reconocido como teniendo el más alto
conocimiento de la voluntad de Dios. El hombre estaba perdido; mostró este hecho rechazando al Hijo de Dios; y él debe saberlo,
y que no puede salvarse a sí mismo, ni con todas sus cualidades más excelentes. "¿Quién entonces podrá salvarse?" (Marcos
10: 26 - Versión Moderna). El Señor no esconde la verdad: "Para los hombres esto es imposible." (Marcos 10: 27 - Versión Moderna).
Palabras solemnes, pronunciadas por el Señor, pronunciadas por Aquel que vino a salvarnos. Él sabía que el hombre no se podía
salvar a sí mismo, y que sin la ayuda de Dios, no podía emerger del estado en que había caído. Para los hombres esto es imposible;
pero entonces, Dios viene a salvarnos en Su ilimitado amor, no a ocultar nuestro estado y la necesidad de esta salvación gratuita.
Nosotros debemos saber nuestro estado; no es algo para tomar a la ligera, el hecho de que el glorioso Hijo de Dios, se
despojó a sí mismo, murió en la cruz: los únicos medios para redimir y salvar al hombre perdido. Debemos conocernos a nosotros
mismos, y saber que estamos condenados, para ser capaces de comprender que Cristo llevó esta condenación en lugar nuestro,
y que Él ha cumplido la obra de nuestra salvación, de acuerdo a la gloria de Dios: dejemos que el estado de condenación y
pecado sean demostrados; y dejemos que el amor, la justicia perfecta, y permitamos la santidad de un Dios que no puede tolerar
la vista de pecado (no obstante lo paciente que Él puede ser) salgan a relucir claramente y glorificadas."Para los hombres
esto es imposible . . . todas las cosas son posibles para Dios." (Versión Moderna). Todo esto se puede hacer por medio de
la obra del Señor Jesucristo, y por esta única obra, una obra que los ángeles anhelan mirar; la salvación se obtiene por medio
de la fe -por medio de la fe, porque todo está cumplido. ¡A Dios sea la alabanza! El Señor está glorificado como hombre en
el cielo, porque esta obra ha sido hecha, y porque Dios ha reconocido su perfección; es debido a esto que Él ha situado a
Cristo a Su diestra, porque todo ha sido hecho. Dios está satisfecho, glorificado, en la obra de Cristo. Con los hombres
es imposible, pero con Dios todas las cosas son posibles. ¡Pero qué inmensa gracia que nos muestra lo que nosotros somos y
lo que Dios es! "La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo." (Juan 1: 17). Piensen en esto, hermanos. Esto significa
que nosotros debemos esperar una cruz en este mundo. Estén listos para recibir las palabras del Señor, tomar la cruz, para
poder tener el verdadero conocimiento de ustedes mismos; es decir, que ustedes están perdidos en el pecado, que la salvación
es tan sólo de gracia, imposible para el hombre; pero que la obra de salvación es perfecta y completa, y la justicia de Dios
está en todos los hombres que creen en Él, quien lo ha cumplido. En ninguna parte de la escritura se declaran más claramente
las verdades fundamentales de la necesidad de la salvación que proviene de Dios y del estado del hombre. Luego el Señor
agrega Su enseñanza sobre el camino de la cruz, y las promesas que lo acompañan: demos una mirada a éstas. Es fácil ver cuánto
se parece esta historia a la del apóstol Pablo; sólo la gracia había cambiado todo en él. Él era irreprochable en cuanto a
la justicia que se basa en el cumplimiento de la ley (Filipenses 3: 6); pero cuando la espiritualidad de la ley obró en su
corazón, la codicia fue descubierta (Romanos 7: 7-14). Entonces él averiguó que en él, es decir, en su carne, no había nada
bueno. Pero convenciéndose de pecado, Dios reveló a Su Hijo en él, y entonces entendió que lo que era imposible para el hombre
era posible para Dios; Dios había hecho por él lo que él no podía hacer (es decir, obtener una justicia según la ley); y encontramos
que este pecado en la carne fue condenado en la cruz de Cristo, y un sacrificio por el pecado cumplido por Él. En lugar de
encontrarse perdido en este estado de pecado, él llega a ser un nuevo hombre. Pero el joven permanece en su estado anterior,
y abandona al Señor para conservar sus riquezas; mientras que en el caso de Pablo, las cosas que para él eran ganancia, las
estimó como pérdida por causa de Cristo (Filipenses 3: 7). "Más aún, todas las cosas las tengo por pérdida, a causa de la
sobresaliente excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, Señor mío, por causa de quien lo he perdido todo, y lo tengo por
basura, para que yo gane a Cristo." (Filipenses 3: 8 - Versión Moderna). Vean aquí la diferencia entre el efecto de la gracia
y la naturaleza humana. En Pablo encontramos sabiduría; y, noten, él no sólo contaba todas las cosas como basura a causa de
la sobresaliente excelencia del conocimiento de Cristo desde el principio, cuando Cristo se reveló por primera vez a él, sino
que él continuó, mientras caminaba en comunión con Él, teniendo todas las cosas por basura por causa de Él. Luego siguen
las promesas hechas a los que han caminado así, y el propio camino, como el Señor lo explica. Pedro sugiere que ellos habían
dejado todo para seguirlo, tal como Él lo había propuesto al joven: ¿qué iban a tener ellos? El Señor declara en Su respuesta,
que ningún hombre que hubiese dejado casa, o hermanos, o hermanas, etc., por Su causa y el evangelio, dejaría de recibir cien
veces más en esta vida, y en el siglo venidero la vida eterna. Ellos se gozarían mucho más que con las cosas miserables de
esta vida, pero con persecuciones; y así ellos tienen la promesa de la vida presente, así como de la que está por venir; quizás
no de riquezas, sino el verdadero goce de todo lo que está en el mundo de acuerdo con la voluntad de Dios, y como dones de
Dios; pero ellos tendrán que vérselas con la oposición de un mundo que no conoce a Dios. Pero aquellos que fueron los primero
entre el Judaísmo serán los últimos entre los Cristianos.
El Señor se pone ahora en camino, subiendo a Jerusalén.
El corazón de los discípulos estaba lleno de presentimientos del peligro que les esperaba en esta ciudad. Ellos seguían al
Señor con temor y temblor, porque la carne teme la malicia de un mundo que, si no puede hacer nada contra Dios, puede perseguir
aquellos que lo sirven aquí abajo. Aquí vemos de nuevo la diferencia del efecto de la gracia en Pablo, quien, habiendo dejado
todo por causa del amor de Cristo, se goza en el pensamiento de la participación de Sus padecimientos, llegando a ser semejante
a Él en su muerte, conociendo y deseando conocer el poder de Su resurrección (Filipenses 3: 10, 11). Los discípulos no sabían
esto, y la carne nunca puede comprender. Pero el Señor no desea esconder la verdad; Él desea que los discípulos entiendan
el lugar que Él estaba a punto de tomar, y que ellos tendrían que tomar. Él comienza a decirles las cosas que le iban a suceder,
y lo que iba a ser la porción del Hijo de hombre. Él sería entregado en manos de los sacerdotes, condenado, y entregado en
manos de Gentiles que lo tratarían con la más grande ignominia y enviado a la muerte; pero al tercer día Él resucitaría. Así
finaliza la historia del Hijo del Hombre entre los hombres. Los primeros en condenarlo fueron los de Su propio pueblo; y los
Gentiles, por su indiferencia, estaban listos para completar el acto terrible de rechazo del Salvador en este mundo. El pueblo
de Dios (los Judíos) unido con el hombre pecador para rechazar al Hijo de Dios, quien descendió a la tierra en gracia. Era
importante para los discípulos saber cual sería el fin de su Maestro. El Hijo del Hombre debía morir. Ésta es la enseñanza,
el fundamento, de toda bendición; pero era un fundamento que destruyó todas las esperanzas y todas las expectativas de los
discípulos; y que también mostró que el hombre era malo, y Dios infinitamente bueno.
Ahora, estos pensamientos de
los discípulos se manifiestan en seguida, y son puestos en contraste con lo que el Salvador anuncia solemnemente. De hecho,
los discípulos parecían ser impenetrables para la verdad hasta el final; por la gracia ellos amaban al Salvador, se regocijaban
en el pensamiento de que Jesús poseía las palabras de vida eterna (porque incluso el sistema de los Fariseos hablaba de vida
eterna). Ahora, todo esto no era suficiente para ahuyentar pensamientos de un reino, que ellos creyeron se establecería en
la tierra, ni un deseo carnal de una alta posición, cerca de la persona del Señor en este reino. El Señor no podía encontrar
ni una sola persona que lo entendiese, que pudiese entrar en los pensamientos de Su corazón, y conmoverse por Sus padecimientos;
o que pudiese comprender lo que Él estaba explicando a Sus discípulos sobre Su muerte en Jerusalén, cuando Él los había tomado
aparte. Jacobo y Juan piden sentarse, uno a Su derecha, y el otro a Su izquierda, en Su gloria. Había fe en esto, porque
ellos creyeron que Él reinaría; pero el deseo de la carne siempre estaba obrando. Pero la respuesta del Señor, quien está
siempre lleno de bondad por los Suyos, transforma la carnal pregunta en una ocasión para la instrucción de Sus discípulos.
Él no era el único que iba a llevar la cruz. Sólo Él podría cumplir la obra de redención mediante la ofrenda de Él mismo:
el Hijo de Dios que se entregó en Su amor para ser el Cordero de Dios. Pero en cuanto al camino, era necesario que los discípulos
entrasen en el mismo camino por el que Él iba, si ellos deseaban estar con Él. El Señor muestra aquí Su profunda humildad
y sumisión a la posición que Él había tomado. Él se había despojado a sí mismo; y acepta este lugar con un corazón deseoso,
no insensible a la humillación y los sufrimientos de la cruz, pero aceptando todo de la mano de Su Padre, y sometiéndose a
todo lo que se encontrase en este camino. "Pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos
para quienes está preparado" (Marcos 10: 40). Él no posee el derecho de dar ascensos en Su reino. Él deja al Padre el derecho
de escoger, y da la gloria especial preparada para la obra especial a aquellos para quien está preparada, y a quienes la gracia
ha preparado para esta gloria. Su porción es la cruz; y la cruz puede dar gloria, si alguno lo seguía como Su discípulo: ésta
es ahora la lección que Su pueblo debe aprender. Él se sujetó a Su Padre, y recibió de Su mano todo lo que estaba preparado
para Él según Su voluntad; y si los discípulos deseaban seguirlo, ellos debían tomar la cruz que estaba en este camino, y
que siempre está en él. Además, para seguir al Señor Jesús, el discípulo debe humillarse como el Señor; no debe ser como el
grande de este mundo, que se hace grande aparte de Dios, sino que debe ser siervo de todos en amor, como era el bendito Salvador,
aunque, por derecho, era Señor de todos. El amor es lo más poderoso de todo, y ama servir, no ser servido. Es así como Dios
se manifestó, en el Hombre Jesús, en este camino: seguirlo es nuestro deber. Aquel que es más pequeño ante sus propios ojos,
es el más grande. Termina aquí la historia de la vida del Salvador en la tierra: comienza la crónica de los eventos que
acompañan Su muerte. Él se presenta de nuevo, y por última vez, en Jerusalén, como Hijo de David, tanto como objeto de las
promesas hechas a Israel, y también para ser recibido por Su pueblo, y por la ciudad amada: pero, de hecho, para ser rechazado,
y ser enviado a la muerte. Hasta este momento (versículo 45), Él habló del "Hijo del Hombre", que había venido a "servir,
y para dar su vida en rescate por muchos." Pero ahora Él se presenta en la única relación en que Él podía estar con Su pueblo
según las profecías.
Él entra a Jericó, la ciudad maldita, pero Él entra según la gracia que sobrepasa la maldición;
de hecho iba a llevarla Él mismo. El Hijo de David entra en gracia, con el poder divino, capaz para cumplir todas las cosas,
pero en modestia y humildad. Por consiguiente, él responde a este nombre de Hijo de David, mostrando Su poder en gracia, sanando
al ciego. La multitud que lo acompaña no desea que se le moleste, pero Él se detiene y escucha las necesidades de Su pueblo,
en Su gracia. Él mandó a llamar a Bartimeo, quién corre a Él con gozo. Su urgente necesidad le hizo correr hacia Cristo, quien
es precisamente el Único que puede satisfacer sus necesidades, y aplicar un remedio efectivo. El ciego era un retrato
parlante del oscuro estado de los Judíos; pero en lo que sucedió, vemos la obra del Señor produciendo, por Su gracia, el sentimiento
de necesidad en el corazón de un Judío de esa época. Sin duda que esto es verdad en toda época, pero sobre todo en este caso,
en el estado de los Judíos en ese momento. Cuando Bartimeo preguntó de qué se trataba este alboroto, la multitud le dijo que
Jesús de Nazaret estaba pasando por allí. Éste era un nombre que no expresaba nada a los Judíos; Nazaret era más bien un nombre
con que el que se asociaba el reproche. Pero se encontró fe en el corazón del ciego, según la posición que Jesús tomó con
respecto a Su pueblo: el hombre dice, "Hijo de David." Él reconoce la verdad de que Jesús de Nazaret tenía derecho a ese título.
Jesús responde a su fe, y sana al ciego. Él recibe su vista, y sigue a Jesús en el camino. Éste es un retrato conmovedor
de la posición de Israel, y de la obra que estaba sucediendo en medio de este pueblo. El Hijo de Dios, el Hijo de David según
la carne, el cumplimiento de las promesas había venido en la gracia, y podía sanar a Israel. Allí, en el lugar dónde el Hijo
de David fue reconocido, el poder que Él trajo con Él, y qué estaba en Él, quitó la ceguera. Israel estaba totalmente ciego;
pero el poder divino estaba presente para sanar; y si había suficiente fe como para reconocer al Hijo de David en Jesús, la
ceguera desaparecía. Es hermoso ver entrar la gracia allí donde la maldición había caído; pero es gracia que obra allí donde
Jesús es reconocido como el Hijo de David; gracia que abrió los ojos del ciego, que se hizo, de aquí en adelante, Su discípulo.
CAPÍTULO 11.
Ya hemos visto que el Señor asume aquí el título de Hijo de David, un nombre que hablaba
del cumplimiento de las promesas y lo constituía a Él como el verdadero rey de Israel. El nombre que Él habitualmente tomó
y por preferencia era el de Hijo del Hombre. Este nombre tenía una significación mucho más amplia y anunciaba el derecho a
un poder y un señorío mucho más extenso que los del Hijo de David; puso a Cristo en estricta relación con todos los hombres,
pero afirmó Su derecho a toda la gloria que pertenecía al Hijo del Hombre según los consejos de Dios. En el Salmo 2, encontramos
los dos títulos, el del Hijo de Dios -el que se dio a Jesús como nacido aquí abajo en este mundo, y aquel de Rey de Israel,
aunque en rechazo. Luego, en el Salmo 8 (después de mostrar el estado de Su pueblo en los Salmos 3, 4, 5, 6, 7), vemos Su
gloria, el alcance de Su poder, como Hijo del Hombre, que es puesto sobre todas las cosas. En Daniel 7 encontramos nuevamente
al Hijo del Hombre traído ante el Anciano de Días, de quien Él recibe el dominio sobre todas las naciones. En los capítulos
11 y 12 del Evangelio de Juan, siendo Cristo rechazado por el hombre, Dios desea que se rinda a Él un testimonio pleno en
los tres caracteres de Hijo de Dios, Hijo de David, e Hijo del Hombre. El primero es la resurrección de Lázaro; el segundo
en la entrada en Jerusalén, sentado en el pollino; el tercero, cuando los Griegos piden ver a Jesús: entonces el Señor dice,
"Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no
cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere lleva mucho fruto." (Juan 12: 23, 24). Para tomar posesión de estos títulos,
Él debe tener a Sus coherederos con Él; -él debe morir. En nuestro capítulo, Él toma el segundo título, y se presenta
a la nación Judía por última vez en la tierra, según la profecía de Zacarías. Él se presentará después en gloria y tomará
posesión del trono de Su padre David; pero ahora, todo lo que Él hace es presentarse a Su pueblo como el Único que cumple
todas las promesas hechas a ellos. Él sabía bien cual sería el resultado, y que Él estaba a punto de tomar el título mayor
de Hijo del Hombre; y esto, para tener a Sus coherederos con Él; cuando, según los consejos de Su Padre, Él tome Su gran poder
y reino. Pero, por una parte era necesario que se diera este último testimonio al pueblo, y por otra parte al Señor, de parte
de Dios; es decir, Él tomaría Su gloria de boca de los niños y de los que maman, anticipándose así al establecimiento del
reino en poder. Ahora, este rey era Emanuel, el Señor mismo, y Jesús actúa aquí en este carácter. Él envía a Sus discípulos
para que traigan un pollino de una aldea vecina, y cuando sus dueños preguntaron que hacían los discípulos al tomarla, ellos
contestaron según el mandato del Señor: "El Señor lo necesita" (ver Lucas 19: 31); y el hombre lo envió en seguida. Todos
fue hecho para que la palabra del profeta se cumpliera; porque en este Evangelio siempre son presentados los hechos, no sólo
como los efectos de la gracia soberana, como de hecho ellos eran, sino como el cumplimiento de las promesas hechas a Su pueblo.
Noten que una parte del versículo citado es omitida; es decir, dos expresiones que tienen que ver con la venida del Señor
entrando en poder a tomar posesión de Su reino. Éstas son las palabras (ver Zacarías 9: 9): "justo" y "salvador" (RV60) (o
más bien, "justo y dotado de salvación", como aparece en la versión LBLA, siendo esta traducción la que coincide con la que
aparece en la traducción al Inglés de J.N.Darby {*Nota del traductor}); como el "justo", Cristo ejecutará venganza en Sus
enemigos: como Salvador, Él libertará al remanente; aún no era tiempo para estas dos cosas. Por consiguiente, los discípulos
le trajeron el pollino; y entonces el Señor Jesús entró a Jerusalén como rey. Una gran multitud, movida por el poder de Dios,
después de haber visto también Sus milagros, y sobre todo la resurrección de Lázaro, va delante de Él y lo rodea, tendiendo
sus mantos por el camino, y cortando ramas de los árboles para tenderlas por Su camino, dándole el lugar y la gloria de un
rey, y de hecho, reconociéndolo a Él como el Mesías real. Una escena admirable en la cual el asunto no es el frío razonamiento
del intelecto del hombre -ni es meramente el efecto de Sus hechos milagrosos, aunque es fruto de esto- sino la poderosa obra
de Dios en las mentes de la multitud, compeliéndola a dar el testimonio, durante un corto tiempo, al Hijo de Dios, luego despreciado.
También se cita el testimonio del Salmo 118; una profecía notable de los últimos días en Israel, citada a menudo. El Señor
mismo habló de los versículos que preceden a los que Dios puso en boca de la multitud, "La piedra que desecharon los edificadores
ha venido a ser cabeza del ángulo." (Salmo 118: 22; Mateo 21: 42; Marcos 12: 10; Lucas 20: 17). Allí la muchedumbre usó
el versículo que anunciaba el reconocimiento del Hijo de David de parte del remanente del pueblo de Israel: "¡Hosanna!" (un
palabra Hebrea que significa <¡Salva ahora!>, que se vuelve un tipo de fórmula para pedir la ayuda del Señor cuando
el verdadero Cristo o el Mesías es reconocido), "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!" (Mateo 21: 9). Ahora esta exclamación reconocía a Jesús como el Hijo de David, el Mesías. Esta era
la voluntad de Dios; que Su Hijo no quedase sin este testimonio, sin ser honrado de esta manera. Ahora Él actúa en Jerusalén
de acuerdo con esta posición. Toda la ciudad fue conmovida, preguntando quien podía ser; y las multitudes dijeron que
Él, Jesús de Nazaret, era el profeta que debía venir. Jesús entra en el templo, y lo purifica con la verdadera autoridad de
Jehová, echando fuera a aquellos que lo profanaron. Él juzga a la nación y a sus gobernantes, diciendo, "¿No está escrito:
Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones." Pero si Él
es Jehová presente en el templo, Él siempre es Jehová presente en la gracia para todas las necesidades de Su pueblo: Él sana
al ciego y al cojo. Pero ningún testimonio es suficiente para penetrar la dura cubierta de incredulidad que envuelve los corazones
de los jefes del pueblo, cuando ellos ven los milagros. Estos se indignan al oír a los muchachos exclamar "¡Hosanna! (Mateo
21: 15). El Señor enseña aquí que el tiempo para convencerlos ya pasó, y apela al testimonio del Salmo 8 acerca de esto. Dios
había previsto y había predicho estas cosas: "De la boca de los pequeñitos, y de los que maman, has ordenado la alabanza."
(Salmo 8: 2 - Versión Moderna). Si el pueblo lo rechaza, Dios tuvo el cuidado de que Él tuviese la alabanza que vino a ser
de Él. Pero todo ha terminado para el pueblo, hasta cuando la gracia soberana de Dios obrará para despertar una parte
de él en medio de la tribulación que su incredulidad habrá traído sobre ellos; y este remanente, despertado al arrepentimiento,
exclamará como los muchachos, "¡Hosanna al Hijo de David!", pero entonces todos será gracia. Todo había terminado de acuerdo
con la responsabilidad del hombre, y el pueblo juzgado: y esto es lo que muestra el Señor en el incidente que sigue. Él no
se permanecerá en la rebelde e incrédula Jerusalén, sino que va a Betania, dónde el poder de la resurrección había sido manifestado;
donde Él puede encontrar un objeto y un refugio para Su corazón entre los hombres, después de que Su pueblo le ha rechazado.
Entonces, cuando vuelve a la ciudad, Él tuvo hambre, y viendo una higuera a la orilla del camino, Él busca fruto pero
no encuentra nada en absoluto en ella -nada más que hojas. Él maldice el árbol, diciendo, "Nunca jamás coma nadie fruto de
tí"; y la higuera se secó de inmediato. Éste es Israel según el antiguo pacto, el hombre según la carne; éste es el hombre
en el lugar dónde Dios ha dedicado todos Su cuidado y ha empleado todos Su medios -hombre para quien Dios podía entregar a
incluso Su Hijo unigénito, para conseguir algo bueno de su corazón, y para alcanzarlo, para ganarlo hacia lo que es bueno
y hacia Sí mismo. Todos fue en vano; Él también había perdonado al árbol este año, por la intercesión del viñador de la viña
(Lucas 13); Él la había cercado y la había abonado, pero no había producido ningún fruto. ¿Qué más podía Él hacer a Su viña
que Él no hubiese hecho? El hecho de que somos pecadores no es todo; somos aún pecadores después de que Dios ha hecho todo
lo posible para ganar el corazón del hombre. Esto nos muestra la importancia de la historia de Israel, y nuestra historia,
tal como es contada por Dios, y la de Su paciencia y de todos Sus caminos, excepto que después tenemos el testimonio supremo
de Su amor en la muerte de Cristo, de modo que somos aún más culpables. Muchas hojas, pero ningún fruto; pretensión de piedad
-formas religiosas, pero el verdadero fruto según el corazón de Dios, aquel fruto que Él busca en los Suyos, no se puede encontrar
en el corazón del hombre. Israel según el antiguo pacto, es decir, el hombre según la carne, cultivado por el cuidado
de Dios y puesto a un lado para siempre, nunca llevará fruto para Dios. Ha mostrado ser inútil en sí mismo y haber sido incapaz
de corresponder a todo el cuidado que le Dios prodigó. El hombre, naturalmente, está condenado a esterilidad eterna. Este
milagro es tanto más notable, por cuanto todos los milagros de Cristo no eran solamente señales de poder, sino un testimonio
del amor de Dios. El poder divino estaba allí, pero para sanar, curar, para liberar del poder de Satanás y de la muerte, para
destruir todo los efectos del pecado en este mundo. Pero todo esto no cambió el corazón del hombre; al contrario, por la manifestación
de la presencia de Dios, despertó la enemistad de su corazón contra Él -demasiado a menudo escondida del hombre mismo en las
profundidades de su corazón. Sólo aquí encontramos un milagro que lleva el carácter de juicio. Ahora todo está presentado
claramente; el hombre puede nacer de nuevo, puede recibir la vida del segundo Adán. Israel puede ser restaurado por gracia,
según el nuevo pacto; pero el hombre en sí mismo, el hombre en la carne que es juzgado, después de todo lo que se ha hecho
para que produzca fruto, se muestra incapaz de producir algo bueno. Dios salva a los hombres, Dios les da vida eterna. El
hombre, al recibir a Cristo, recibe una vida que produce fruto; el árbol es injertado, y Dios busca fruto en la rama injertada;
pero Él ha terminado con el hombre en la carne, excepto en cuanto al juicio que debe venir sobre él por sus pecados; y gracias
sean dadas a Dios, Él es libre para librarlo de este estado por la gracia, para salvarlo por medio de la sangre de Cristo
Jesús, para engendrarlo de nuevo, para reconciliarlo con Él, para adoptarlo como Su Hijo, y hacerlo primicias de Sus criaturas.
Israel es abandonado, y el hombre juzgado; pero la gracia de Dios permanece, y Cristo es el Salvador de todos aquellos que
creen en Él.
Pero qué escena es esta, en la que Cristo, el Mesías, el Hijo de David, Emanuel en la tierra, entra en
Su casa, allí con Sus santos ojos considera todo lo que el hombre hace en ella, y muestra Su indignación contra el sacrilegio
que la había hecho una cueva de ladrones. Él vindica la gloria y la autoridad de Jehová echando fuera a aquellos que profanan
el templo. Entonces Él se encuentra cara a cara con todos Sus adversarios, que vienen, uno después de otro, a condenarlo:
pero encuentran la luz y la sabiduría que mostraban claramente la posición de ellos; para que, deseando condenar, todos ellos
se encontrasen condenados; y el Salvador queda libre para continuar Su obra de gracia y redención en presencia de Sus adversarios,
ahora reducidos a guardar silencio. Pero antes de juzgarlos por medio de Sus respuestas, cada clase del pueblo muestra el
principio fundamental que les daría a Sus discípulos, el poder para superar los obstáculos que estas clases condenadas de
Judíos pondrían ante ellos; puesto que, exteriormente, el poder y el orden establecido estaban en manos de ellas.
"Tened
fe en Dios", dice el Salvador, cuando Pedro se maravilla por el hecho de que la higuera se secó tan pronto. Todo el poder
que se presentó ante la debilidad de los discípulos, desaparecería ante la fe. Un principio muy importante en el camino y
el servicio de un Cristiano: sólo que esta fe debe ser ejercida sin ninguna duda en absoluto, trayendo a Dios a la escena;
y no debe ser el movimiento de la voluntad, sino la conciencia de la presencia y de la intervención de Dios. Así sucede que,
donde se encuentra fe, y donde las demandas son hechas por fe, el efecto ciertamente sigue. No obstante todo esto, la presencia
de Dios es la presencia de un Dios de amor; y cuando oramos pidiendo que nuestro deseo se pueda cumplir, debemos estar en
comunión con Él, y entonces nos damos cuenta de Su poder en la respuesta a la fe, y entonces el espíritu de perdón hacia otros
es encontrado en el corazón. Por ejemplo, si yo acariciara venganza en mis enemigos, yo no podría esperar que mis oraciones
fuesen respondidas; y aun cuando fui escuchado, yo debo ser castigado. Dios no intervendría de esta manera, porque Él rechazaría
un deseo malo como ese; o aun cuando Él encuentre bien responder la oración, nosotros debemos dejar descender el castigo sobre
nosotros. Porque Dios en Su gobierno siempre actúa según Su carácter.* {*-NOTA DEL AUTOR: Como este pensamiento puede
ser un poco oscuro para algunos, puede presentarse así en otros términos: <La fe que encuentra una respuesta a su oración,
debe haber encontrado a Dios, y está en el goce de la comunión con Él; pero entonces Dios es amor; y para comprender Su poder
para obtener la respuesta, uno debe saber lo que es estar en Su presencia, que la fe ha descubierto; pero esta comunión no
se puede conocer si no hay amor. Por consiguiente, cuando nos presentamos en fe a pedir el cumplimiento de nuestro deseo,
debemos perdonar a nuestro hermano lo que podamos tener contra él; de otra forma, estamos en la presencia de Dios en cuanto
a Su gobierno y sujetos así al efecto de nuestros pecados>.}
Los jefes del pueblo preguntan con que autoridad Él
había purificado el templo. En ellos no se encontraba ningún celo por la santidad de Dios, sino mucho celo por su propia autoridad;
y esto es una característica de los superiores eclesiásticos -ellos piensa sobre su propia autoridad y no sobre Dios. El Señor
Jesús sólo pensaba sobre la autoridad de Dios; y lo que Él hizo era el efecto de ello. Si la conciencia de los gobernantes
no hubiese estado endurecida, aunque no hubiesen estado complacidos con lo que el Señor había hecho, ellos habrían guardado
silencio, avergonzados del estado en que se encontraba el templo, mientras estaba bajo el cuidado de ellos. Habiendo rechazado
al Señor, no podían reconocer Su autoridad; las pruebas eran inútiles, a partir de este momento. Pero la sabiduría divina
del Señor, les hace reconocer su propia incapacidad para resolver preguntas relacionadas a la autoridad y el testimonio divino.
Él pregunta si la misión de Juan el Bautista era divina. Si ellos decían, Sí, entonces Juan había dado testimonio de Jesús;
si decían no, se comprometía la autoridad de ellos ante el pueblo. ¿Dónde estaba el derecho de ellos a preguntar, "Qué es
la verdad"? Ellos lo sabían; sin embargo, se alegraban bastante por tener el honor, largamente perdido, de tener un profeta
en medio de Israel. No les acomodaba reconocer sus pecados; y por esto, pronto la luz se apagó para sus corazones; pero el
pueblo siempre tuvo a Juan por un profeta. De esta manera, ellos no se atrevieron ni a decir Sí ni No. Ésta fue la confesión
de ellos, que no podían juzgar las afirmaciones de un hombre que profesaba tener una misión de parte de Dios; porque no podían
decir si Juan era un profeta o no. Si éste era el caso, Jesús no necesitaba responderles, ni satisfacerlos acerca de Su misión,
como a personas equipadas con la autoridad de Dios, a las cuales uno se asocia para decir la verdad.
CAPÍTULO 12.
La incapacidad e incompetencia de los gobernantes entre los judíos son mostradas claramente.
Ellos habían pretendido juzgar al Señor, pero la palabra de sabiduría divina en Su boca los había juzgado y los había compelido
a confesar su incompetencia. Ahora el Señor comienza, a Su turno, a mostrar el estado en que estaban todas las clases de Judíos,
y en primer lugar, el de todo el pueblo. Israel había sido la viña de Jehová; Él la había arrendado a unos labradores para
recibir su fruto en la estación debida. Él había hecho todo lo que podía por Su viña; era imposible hacer más de lo que Él
había hecho. Israel disfrutó de todos los privilegios que una nación podría disfrutar. Al tiempo de obtener fruto, el Amo
envía a Sus siervos a que reciban el fruto de parte de los labradores. Los profetas buscaron estos frutos de parte del
pueblo, por encargo de Dios, porque Él era el Amo de la viña; pero los labradores tomaron a un siervo y lo golpearon, mataron
a otro, y los rechazaron a todos. Así trató Israel a todos los siervos enviados por Dios a llamarlos a su deber. Por último,
teniendo aún un Hijo, Su muy amado, también lo envía a ellos, diciendo, "Tendrán respeto a mi hijo." Pero ellos lo tomaron,
lo mataron, y lo expulsaron de la viña. Quisieron apoderarse de la viña matando al legítimo heredero. Examinemos un poco
esta parábola. ¡Con qué dignidad y calma el Señor expone la conducta pasada del pueblo de Israel, y también su conducta en
ese mismo momento! Él estaba dispuesto a sufrir, Él había venido a morir; pero los actos de Sus enemigos deben ser claramente
exhibidos; ellos llenaron la medida de su iniquidad con sus ojos abiertos. ¡Pobres Judíos! Dios en Su gracia soberana tendrá
compasión de ellos, y restaurará a Su pueblo (por medio de un nuevo pacto), a su lugar de pueblo de Dios, reconocido por Él.
Marcos siempre narra todo rápidamente. Se muestra la consecuencia del pecado de Israel; pero sabemos, de los otros Evangelios,
que los Judíos, en su respuesta, se vieron obligados a pronunciar su propia sentencia; y que ellos entendían bien lo que la
parábola significaba. Aquí se menciona el simple hecho de la ruina de ellos, y la del rechazo del Cristo, el Hijo de Dios.
El Amo de la viña, el Señor de los ejércitos, vendría y destruiría a los malvados labradores y daría Su viña a otros. Entonces,
Él cita una vez más el Salmo 118, y le pregunta al jefe del pueblo (una pregunta que se refería directamente a Él), "¿Ni aun
esta escritura habéis leído: La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo; el Señor ha hecho
esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos?" ¡Qué clara declaración profética de la posición de Israel y sus consecuencias!
Toda la historia de Israel, presentada en resumen, perfectamente descrita en unos pocos versículos: toda su conducta desde
la época de Moisés hasta el momento de la cruz mostrada en unas pocas palabras; su pecado con respecto a Jehová, con respecto
a Cristo, con respecto a los profetas, y las terribles consecuencias para la nación, y los caminos de Dios con respecto a
ella. Dios le quita todos sus privilegios, y entrega Su viña (donde Él buscaría fruto) a otros. De esta forma, con esta gran
realidad del pecado del hombre y la incredulidad Judía -es decir, con el rechazo y crucifixión del Señor- Él sería exaltado
a la diestra de Dios, y vendría a ser la cabeza del ángulo. Aquí también tenemos la llave de la escritura del Antiguo Testamento
por medio de la profecía; porque con una sola mirada vemos todos los caminos el Dios, comunicados a la inteligencia espiritual.
Son sólo la sabiduría divina y la revelación divina, las que pueden revelarnos los pensamientos de Dios y las acciones del
hombre, y que puede anunciarlas a nosotros.
Hemos visto que todas las clases de Judíos vienen, una después de la otra,
para juzgar al Señor; pero de hecho vienen para ser juzgadas. Los Fariseos y los Herodianos se presentan primero para sorprenderlo
en Sus palabras. Ellos no se atrevieron a prender al Señor, aunque lo habrían hecho de buena gana, porque habían comprendido
totalmente que la parábola de la viña y los labradores había sido dicha contra ellos; pero el pueblo todavía estaba bajo la
influencia de Sus palabras y Sus obras. Los gobernantes temían al pueblo, esclavos no meramente de sus propias pasiones e
incredulidad, sino del pueblo mismo; y tuvieron mayor temor de hacer cualquier cosa contra el Señor, creyendo que el pueblo
Lo favorecería, puesto que ellos no tenían ni el poder de la fe, ni la libertad que es el resultado de la integridad; sino
que dependían del favor del pueblo. La hora del Señor aún no había llegado. Ellos enviaron a ciertos espías a que lo sorprendieran
en Sus palabras. Los Fariseos, llenos de orgullo en cuanto a los privilegios del pueblo, y siempre prestos a soliviantarlo
contra los Romanos, adularon las pasiones del pueblo. Estaban sometidos al yugo Gentil a causa de sus pecados, y ya no eran
reconocidos como el pueblo de Dios. El Mesías prometido había sido enviado en la persona del Señor, y ellos no desearon recibirle,
porque Él manifestó a Dios en la tierra, y sus corazones endurecidos no anhelaban a Dios; deseaban poseer la gloria de ser
el pueblo de Dios, pero no recibir a Dios y someterse a Él. La rebelión de sus corazones contra Dios se unió a la rebelión
de su orgullo nacional contra los Gentiles. Los Herodianos, al contrario, aceptaban la autoridad romana, y no se preocupaban
acerca de los privilegios de Israel: pero estaban preparados a toda costa, para buscar la buena voluntad de ese pueblo poderoso,
que sometía al pueblo de Israel bajo su pesado yugo a causa del juicio de Dios. Si ahora el Señor hubiese dicho que ellos
no debían pagar tributo, Él se habría mostrado hostil al dominio romano, y los Herodianos estarían listos para acusarlo; si
Él hubiese dicho que debían pagar, Él no era el Mesías que libertaría a Su pueblo del odiado yugo romano. Ellos no pensaron
en ninguna otra liberación: y por lo tanto, Él habría perdido el favor del pueblo. Los Herodianos y los Fariseos se reconciliaron
con el propósito de librarse del Señor: pero la sabiduría divina responde a cada dificultad. Los Judíos debían haberse
sometido al yugo que el propio Dios había puesto en su cuello hasta el tiempo cuando la gracia los liberase, y ellos debían
recibir al Libertador que debía venir según las promesas de Dios; y hasta que esto se cumpliese, ellos deben dar humildemente
a Dios, Su deuda, aceptando siempre su castigo de Sus manos. Pero ellos no hicieron ni lo uno ni lo otro; eran hipócritas
ante Dios, y rebeldes hacia los hombres. El Señor les pide que le den una moneda con la efigie del Emperador en ella, y pregunta,
"¿De quién es esta imagen y la inscripción?" Los Judíos responden, "De César": y Jesús dice, "Dad a César lo que es de César,
y a Dios lo que es de Dios." Y los Judíos se marchan maravillados. Una respuesta apropiada que no sólo contestó la acusación
de ellos, sino que reconoció, al mismo tiempo, el verdadero estado de Israel y el juicio de Dios. Luego vienen los Saduceos,
otra secta de los Judíos, que no creían en el mundo invisible, ni en los ángeles, ni en la resurrección: Dios había dado una
ley a Su pueblo Israel, eso era todo. Acostumbrado a los argumentos de los hombres, no esperaban encontrarse con la sabiduría
divina, ni la fuerza irresistible de la palabra de Dios. Ellos presentan un caso que (suponiendo que era verdad aquello que
su necedad imaginaba) volvía ridícula e imposible la resurrección: porque suponen que las relaciones y el estado de este mundo
continúan en el otro. Esto es lo que hacen los hombres: mezclan sus pensamientos con la palabra de Dios, y puesto que estos
pensamientos no están de acuerdo con ella, piensan que la palabra de Dios es ininteligible y la rechazan. Pero en este caso
está en cuestión una verdad vital y fundamental, y el Señor no sólo reduce a Sus enemigos al silencio por la sabiduría de
Su respuesta, descubriendo la hipocresía de ellos, sino que revela claramente la verdad misma que se enseña de una manera
oculta en el Antiguo Testamento, y le proporciona Su propia autoridad. Todo depende de esta verdad; es la evidencia de
que Jesús es el Hijo de Dios, y que Dios ha aceptado Su sacrificio. Es la victoria sobre la muerte: todo lo que pertenece
a la miserable condición del hombre es dejado atrás; es la entrada al nuevo estado del hombre según los consejos de Dios;
la introducción al estado eterno de gloria y de plena conformidad de Cristo. Es verdad que el malo resucitará para juicio,
pero el Señor cuida de los Suyos y de su estado, como también lo hace 1a. Corintios 15. El Señor quiere decir que el Antiguo
Testamento contiene la revelación de esta verdad. En el Salmo 16 se enseña claramente acerca de Su persona; pero se dice que
los Saduceos sólo recibían la ley de Moisés; ahora, esta ley tiene que ver, en primer lugar, con aquello que Dios había establecido
en la tierra para Su pueblo terrenal: y la vida y la inmortalidad han sido sacadas a la luz por el evangelio y por la resurrección
del Señor. Y aunque esta luz estaba oscurecida en los tiempos del Antiguo Testamento, no obstante, no escaseaba para aquellos
que, extranjeros y peregrinos sobre la tierra, anhelaban otra patria mejor y una ciudad celestial (Hebreos 11: 13-16). La
enseñanza inmediata se refería al gobierno de Dios en la tierra, pero, por medio de la fe, los corazones de los fieles pudieron
encontrar ampliamente en ella, lo que necesitaban para señalarles el camino hacia una patria eterna y celestial. Los Fariseos
creían en la resurrección, y, acerca de esto, ellos comprendían la verdad; pero el Señor deseaba mostrar que, si los Saduceos
sólo recibían la ley, la ley misma, Dios había dado en todo momento lo que era suficiente para llevar a la comprensión espiritual
a esperar mejores cosas que las terrenales, y llevarla, por medio de la fe, a una relación más íntima con Dios de la que podría
disfrutarse en Su gobierno, ya sea del mundo o de Su pueblo, no obstante lo real que este gobierno pudiese ser. Entonces el
Señor condena completamente a los Saduceos; ellos ignoraban bastante acerca de las escrituras y del poder de Dios. El Señor
revela primero la verdad; en cuanto una persona es resucitada de la muerte, es como los ángeles y ya no es cuestión de casarse
o ser dado en matrimonio. Entonces él muestra que, en sus primeros elementos, la primera expresión de las relaciones de Dios
con los hombres (cuando Dios habló a Moisés) entrañaba una vida más allá de la muerte, y, por consiguiente, la resurrección;
puesto que el hombre consiste de cuerpo y alma, según los consejos de Dios. Abraham, Isaac, y Jacob, habían estado muertos
desde un largo tiempo, pero Dios siempre era el Dios de ellos; y sin embargo aún estaban vivos; y, por consiguiente, no permanecerían
siempre bajo el poder de la muerte, sino que resucitarían. Los Saduceos, quienes sólo creían en la ley, necesitaban una
prueba clara de la verdad tomada de la propia ley. Y cualquiera que sea la verdad acerca de los Saduceos, es importante para
nosotros entender que desde el principio, cuando Dios entra en relación con el hombre, habiendo entrado el pecado y la muerte,
Dios siempre toma el terreno de la resurrección. No hay ningún otro fundamento verdadero de bendición. Las propias promesas
hechas a Israel se fundamentan en esta verdad; por lo menos el cumplimiento de ellas (Hechos 13: 34). De esta forma, la primera
cosa que el evangelio revela, está arraigada en la primera manifestación clara de Dios en las relaciones con los hombres,
una relación fundamentada en la redención (algo externo en Israel, es verdad, pero eternamente cumplida en Cristo). Pero,
tal como la gran verdad del Cristianismo, el nuevo estado del hombre, es establecido por la palabra del Señor, así también
es sacada a la luz la perfección de la ley, como la norma del deber de hombre. Uno de los escribas, que había oído al Señor
discutir con los Saduceos y que percibió que Él había respondido con verdadera y divina sabiduría, se acercó y le preguntó,
"¿Cuál es el primer mandamiento de todos?" Los escribas creían que los mandamientos se distinguían unos de otros en valor,
y que algunos valían más que otros para completar la suma total de justicia a la que un hombre debía aspirar. El Señor responde
de nuevo en este caso, sin hacer volver la pregunta sobre aquellos que la formularon para confusión de ellos, sino que Él
establece los dos grandes pilares de la responsabilidad del hombre: la unidad de Dios, y el deber del hombre para con Él y
para con su prójimo. Ésta era la fe de Israel, y su deber para con todos. El Señor no cita los diez mandamientos, sino los
grandes principios de la ley acerca del deber total del hombre. El Señor supo sacarlos a la luz, divinamente escondidos como
estaban en los libros de Moisés; Deuteronomio 6: 4, 5; 10: 12; Levítico 19: 18. El sentido del deber era perfecto en Él,
como también la gracia y el amor divino; Uno mayor que éstos. Es hermoso ver esta perfección en el Señor: la gracia y el amor
de Dios se manifestaron en toda Su vida; nosotros las hemos visto. Pero aquí también encontramos la regla perfecta del andar
y del deber del hombre en la tierra según la ley; no lo que era evidente para todos los hombres (es decir, los diez mandamientos,
que es lo primero que se nos viene a la mente), sino los principios esparcidos aquí y allá, a lo largo de los libros del Antiguo
Testamento, que sobresalían en todas partes para Él -para un corazón que entendía y poseía la perfección de humanidad ante
Dios; porque Él proclamó la perfección divina ante los hombres. Su corazón vio lo uno, y lo entendió, mientras que la expresión
del otro brotó de forma natural del mismo corazón. La conciencia y corazón del escriba son conmovidos; él da testimonio de
la perfección de la respuesta del Señor, agregando que hacer esto, era más que todos los holocaustos y sacrificios. Él no
estaba lejos del reino de Dios. Un corazón que comprende los pensamientos de Dios acerca del hombre, ama lo que Dios ama;
la diferencia moral de lo que es bueno, está muy alejada de la capacidad de recibir lo que Dios revela para la bendición de
Su pueblo. Ahora, de este momento en adelante, ellos no se atreven a preguntarle nada. La sabiduría del Señor era demasiado
grande para sus corazones.
Pero el Señor, a Su turno, les hace una pregunta, y toda la verdad relacionada a Su posición
y a la de ellos dependía su respuesta: <De quien es hijo Cristo?> Los judíos dijeron, <de David>. Era verdad,
pero entonces el Señor dijo, "Así que David mismo le llama Señor: ¿de dónde, pues, es su hijo?" (Marcos 12: 37 - Versión Moderna).
Jesús era el Hijo de David, pero Él debe sentarse a la diestra de Dios como Señor en la naturaleza humana. Ésta era la clave
del asunto. Pero las relaciones del Señor con los Judíos estaban en su final; cada clase de Judíos se había presentado ante
Él y había sido juzgada. Versículos 38-40. Aquí el Señor denuncia a los escribas que corrompían la palabra de Dios que
ellos pretendían explicar; tomaban la forma de piedad, y buscaban su propia gloria y el dinero de otras personas, incluso
el de viudas, a quienes tenían acceso bajo el pretexto de piedad. Por esta causa el juicio de ellos sería aún más terrible;
pero Dios no se olvida de los Suyos en medio de la hipocresía de los religiosos en apariencia. Ellos pueden cometer errores:
quizás la pequeña suma de dinero de la viuda ayudó a pagar a Judas; pero fue dada al Señor, y el corazón de la viuda, que
estaba preocupado por la pequeña ofrenda, no pasó inadvertido a los ojos del Señor, ni a la atención de Su amor. El rico había
dado mucho, pero la viuda se ofreció ella misma como un sacrificio vivo al Señor; ella dio todo sus bienes. Quizás ella podría
haber empleado mejores medios, pero dio su óbolo al Señor, del fondo de su corazón, y fue recibido por parte de Él: nosotros
debemos pensar en esto.
CAPÍTULO 13.
Hemos visto al pueblo juzgado, cada clase traída por la mano de Dios a la presencia del
Señor para recibir su juicio; los hemos visto moralmente condenados por la palabra de Dios y por la sabiduría del bendito
Señor. Pero la iniquidad que trajo la propia ejecución debe causar muchas dificultades a los discípulos. Ellos tendrían que
caminar en un camino lleno de peligros, y son advertidos aquí de qué manera pueden escapar del juicio que estaba a punto de
caer sobre el pueblo amado por sus pecados. El Señor ya no estaría presente para guiarlos; pero Su corazón no podía dejarlos
en la ignorancia acerca del camino o acerca de las dificultades que ellos tendrían que encontrar. Y el testimonio que Jesús
dio de ello, haría de las dificultades y los peligros, una prueba de la verdad de Sus palabras, y un estímulo para sus corazones
cuando ellos se encontrasen en el problema. Pero el Señor no se detiene en el cumplimiento del juicio que pronto se iba
a realizar, sino que despliega los caminos de Dios hasta Su venida, cuando Israel será bendecido de nuevo, después de haber
atravesado un juicio tal, después del cual quedará sólo un pequeño remanente del pueblo; y el poder de las bestias (es decir,
de los imperios Gentiles) será destruido, Satanás atado, y el mundo descansará en paz. No obstante, el Señor habla aquí más
como una advertencia a Sus discípulos que como un anuncio de la paz y el descanso del mundo después de la ejecución del juicio.
Los discípulos, acostumbrados a ver en el templo la casa de Dios, y el centro glorioso de su religión, maravillados, señalan
al Señor la belleza de los edificios y el tamaño de las piedras, y, como a menudo pasó, dan al Señor la oportunidad de comunicarles
los pensamientos de Dios sobre los tiempos y el estado de la nación culpable. Él les anuncia claramente la destrucción del
templo como un hecho cierto; pero cuando los discípulos preguntaron que cuando iba a suceder eso, Él habla del estado del
pueblo a Su venida, en cuanto a lo que esta historia tiene que ver con el servicio de Sus discípulos. En general, lo que se
dice es similar a lo que contiene el Evangelio de Mateo; pero el Espíritu Santo nos presenta aquí al Señor como estando más
ocupado en enseñar a Sus discípulos.
Al igual que en Mateo, aquí tenemos enseñanza general, que continua hasta el
final del período de la proclamación de la gracia; luego, la señal especial de la ruina final de Jerusalén, que precede inmediatamente
a la venida del Señor en gloria. Este interés en los discípulos acerca de su testimonio y servicio responde al carácter de
este Evangelio, que nos da una historia del servicio del propio Señor. El Señor no responde inmediatamente la pregunta de
los discípulos, sino que los advierte de los peligros que ellos encontrarían en su servicio, después de Su partida. Satanás
levantaría a falsos Cristos para engañar a los Judíos, y muchos serían engañados. Ellos tendrían que estar en guardia. Habría
guerras y rumores de guerras, pero ellos no debían preocuparse por esto; estas cosas debían suceder, pero aún no sería el
fin. Éstos eran principios de dolores, pero no el fin. Él no habla de la misión del apóstol Pablo, sino de la de los doce
en medio de los Judíos; sólo que el evangelio debe ser predicado a todas las naciones antes del fin. Se afirma el hecho, sin
decirse de qué forma debe cumplirse. Sabemos que será el evangelio del reino, como podría haber sido predicado durante la
vida del Señor. Aquí es el simple anuncio de un testimonio del evangelio enviado a la nación antes de que el fin viniese.
Pero la consecuencia de este testimonio, en cuanto concernía a los discípulos, sería la persecución; ellos serían azotados
en las sinagogas y acusados ante reyes y gobernadores, para testimonio a ellos. Éste es el medio que el Señor usa para llevar
el evangelio a los reyes y a los grandes de la tierra. Los predicadores no son los grandes de la tierra, y Sus discípulos
siempre tendrían que conservar su verdadero carácter; en este carácter aparecerían antes los reyes y gobernantes, como prisioneros,
para dar cuenta de su fe. Así compareció el apóstol Pablo ante el concilio Judío, ante Festo, Agripa, y finalmente ante
César. Pero el resultado posible de predicar del evangelio no era todo. La revelación de Dios en la persona de Cristo, o en
la palabra predicada, despierta la enemistad del corazón humano. Mientras Dios no se revela, todo es tolerado; pero cuando
Él se revela, la voluntad de hombre se levanta contra Su autoridad, y contra la presión que esta revelación ejerce sobre una
conciencia sin reposo; y cuanto más intimas sean las relaciones, mayor es el odio. Este odio rompe todos los lazos de naturaleza:
el hermano entregaría a la muerte al hermano, y el padre a su hijo; los hijos se levantarían contra sus padres y los matarían;
y los discípulos serían aborrecidos de todos los hombres por causa del nombre del Salvador. ¡Qué testimonio del estado
del corazón de hombre! Si uno habla del nombre de Jesús y de Su amor, del amor de Aquel que vino a salvarnos, el odio del
corazón del hombre rompe todas las barreras; se niega a reconocer y pisotea todos los afectos naturales. Pero el tiempo de
liberación llegará, y aquí, el asunto es una liberación terrenal. Esto es aún mejor para nosotros; si nos matan, vamos a estar
con el Señor; si Él viene, seremos glorificados con Él. Pero aquí el Señor habla del testimonio y del servicio de los apóstoles
en medio de los Judíos. De cualquier forma que lo veamos, quedaba allí un descanso para el pueblo de Dios. Pero hay más; Dios
estaría con ellos en el camino. Cuando los discípulos estén en presencia de los magistrados, no debían meditar acerca de lo
que debían decir; no sería necesario preparar discursos; el Espíritu Santo estaría con ellos; y les sería dado en ese mismo
momento lo que debían decir. Aquí está el retrato que el Señor traza del servicio de Su pueblo en medio de los judíos
hasta el fin; Él agrega que el evangelio será predicado hasta los confines de la tierra. Pero ahora en el versículo 14, Él
llega a un aviso más preciso y definido de los eventos que sucederían al final en Jerusalén. "Mas cuando", Él dice, "veáis
la ABOMINACIÓN DE LA DESOLACIÓN puesta donde no debe estar (el que lea, entienda), entonces los que estén en Judea
huyan a los montes." (Marcos 13: 14 - LBLA). Aquí debemos mirar la profecía de Daniel que habla de esta abominación: la encontramos
en el capítulo 12. La palabra "abominación" significa simplemente <ídolo>; y es llamada "abominación de la desolación"
porque es la causa de la desolación de Jerusalén y del pueblo Judío. Los judíos recibirán al Anticristo. El Señor dijo,
"Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis." (Juan 5:43).
Entonces, bajo la influencia del Anticristo, ellos se volverán nuevamente a la idolatría. El espíritu inmundo que salió de
ellos después de la cautividad Babilónica, entrará de nuevo en ellos con siete espíritus peores que él, y el postrer estado
será peor que el primero; Mateo 12: 43-45. Ellos instalarán, entonces, un ídolo en el lugar santísimo, donde no debe estar,
y el juicio de Dios caerá sobre el pueblo y la ciudad. La desolación será completa: ". . .será tiempo de angustia, cual nunca
fue. . ." (Daniel 12: 1). Y Daniel dice, "En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos
de tu pueblo; y será tiempo de angustia, cual nunca fue. . ." (Daniel 12: 1). Esta tribulación debe durar un tiempo, tiempos,
y la mitad de un tiempo, es decir, tres y medio años Judíos, o 1,260 días, o 42 meses. (Daniel 12: 7). Entonces los que están
escritos en el libro de Dios serán salvos -aquellos que habrán perseverado hasta el fin a pesar de las dificultades, sufrimientos,
y la opresión del Anticristo y de los Gentiles, como el Señor había predicho. Entre tanto, durante el tiempo del servicio
general de ellos, el Espíritu Santo les daría toda sabiduría, e incluso las palabras mismas que ellos necesitarían. La bondad
del Señor es aquí muy notable; encontramos que el Señor piensa incluso en el clima en medio de este juicio terrible, de hecho
tan terrible, que nada como esto ha sido conocido en la historia del mundo. Él les dice que oren para que su huída no sea
en invierno. Él no habla aquí, como lo hace en Mateo, del día de reposo, porque aquí no están muy a la vista las cosas Judías
como en ese Evangelio. Él piensa en las que están encintas y en las que crían en aquellos días. ¡Ah! cuán grande es la compasión
del Salvador; nada escapa a Su memoria misericordiosa. Mientras advierte a Sus discípulos del juicio más terrible, Él piensa
en todas las dificultades que ellos encontrarían en el camino que Él les enseña tomar. Pero el Señor ha acortado estos
días, o ninguna carne podría ser salva; pero Él los ha acortado por causa de Sus escogidos. Entonces para dar una esperanza
de liberación y de escape de los sufrimientos, falsos Cristos y falsos profetas se levantarían y realizarían milagros y señales
(tan grande es el poder de Satanás cuando Dios lo permite), para seducir, si fuese posible, aun a los escogidos. Pero ellos
habían sido advertidos; y ahora, después de esta tribulación incomparable que debe venir sobre Jerusalén, vendría el fin de
la dispensación; toda autoridad establecida debe ser derribada por el juicio de Dios. El orden que Él había establecido para
el gobierno de la tierra, será confundido. Aparecen las señales de Su juicio. Entonces verán al Hijo del Hombre viniendo
en las nubes con gran poder y gloria. El Señor aparece para tomar posesión de la tierra, que Él no sólo ha creado, sino que
ha adquirido como Suya propia como Hijo del Hombre, por Su muerte. Pero lo que se anuncia aquí especialmente, es que Él enviará
a Sus ángeles a reunir a Sus escogidos de todas las partes del mundo. Aquí es siempre un asunto de la tierra y de Israel:
la bendición de los Gentiles y de todo el mundo tendrá lugar, pero no es el asunto aquí. Nuestro lugar es uno mucho más alto:
cuando Cristo se manifieste, nosotros seremos manifestados con Él; Colosenses 3: 4. El Señor ya nos habrá arrebatado a Él
en el aire, Él ya nos habrá glorificado y nos habrá hecho como Él mismo, según Su gracia ilimitada que ha adquirido esta gloria
para nosotros, según los consejos eternos de un Dios justo; estaremos como Su Hijo y con Él para siempre, el primogénito entre
muchos hermanos; pero aquí Él habla del escogido en medio de Israel, disperso entre los Gentiles. Todo tiene que ver aquí
con el pueblo terrenal. "Esta generación", de la que habla el versículo 30, es la generación perversa y incrédula de los Judíos,
que de hecho permanece, incluso hasta nuestros días, como una raza separada de todas los otras. Ellos habitan entre las naciones,
pero siguen siendo siempre un pueblo separado, guardado para el cumplimiento de los consejos de Dios. Encontramos este hecho
y la fuerza de la palabra "generación" en Deuteronomio 32: 5-20: es una "generación torcida y perversa". Y en cuanto al juicio
bajo el cual permanece la nación, después de que el Señor ha pronunciado estas palabras, en el versículo 20 se dice, "Yo esconderé
mi rostro de ellos; veré cual será su postrimería; porque generación muy perversa es, son hijos en quienes no hay fe." (Deuteronomio
32: 20 - Versión Moderna). Los tres tiempos y medio forman el tiempo que ha acortado la bondad y misericordia de Dios,
la última mitad de la semana de Daniel que todavía permanece incumplida. (Daniel 9: 27). Después que la abominación habrá
sido puesta en el lugar santísimo, dónde no debe estar, habrá tres años y medio; y después de eso, algunos días para purificar
el templo. Así el remanente de los Judíos tendrá el consuelo de saber, en medio de la gran tribulación, que sólo será por
un corto tiempo. Pero nosotros somos bastante ignorantes acerca de cuando vendrá este momento solemne; no se ha revelado;
sólo Dios sabe cuando será. El Señor manda a los discípulos en relación con los judíos; y cuando ellos vean que estos eventos
estén empezando a cumplirse, entonces ellos deben saber que el tiempo estaba cercano. "El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán." La destrucción de Jerusalén bajo Tito, general romano, fue algo así, pero con esto la profecía del
Señor no se cumplió de ninguna manera. En primer lugar, el Señor no vino después de este evento; entonces, también aquello
sobre lo que Daniel había hablado no había sucedido. Si contamos 1,260 días o 1.260 años después de la destrucción de Jerusalén,
nada pasó en ese momento; y entonces, no puede haber nunca dos tribulaciones "cual nunca fue." En el Evangelio de Lucas encontramos,
en primer lugar, la destrucción de Jerusalén y el estado presente de los Judíos; no obstante, él no habla de la abominación
de la desolación; pero él distingue muy claramente el sitio de la ciudad bajo Tito, de la venida del Señor. El evangelio de
Marcos habla primero del servicio de los discípulos hasta el fin, y entonces de la tribulación final, empezando con el hecho
de la colocación de la abominación de la desolación donde no debe estar; esto empieza en el versículo 14. Encontramos
este tiempo de tribulación en Jeremías 30: 7; pero en el problema que vino sobre la nación en la destrucción bajo Tito, los
judíos no fueron salvos. En Daniel 12 encontramos nuevamente la liberación y la intervención de Dios por medio de Miguel;
y esto pasará cuando suceda la segunda venida de Cristo. Los únicos pasajes que hablan de la gran tribulación como algo que
nunca fue, son Jeremías 30: 7, Daniel 12: 1, Mateo 24, y Marcos 13; todos éstos pasajes se refieren a los últimos días, que
llegan a su término por medio de la manifestación de Cristo en su segunda venida. Por último el Señor los exhorta a velar
y orar, porque no saben la hora cuando este tiempo llegará. Él era como un hombre yéndose lejos, que dejó Su casa (vemos que
se trata de la tierra y Jerusalén), y que dio autoridad a Sus siervos, y a cada uno su obra, y le ordenó al portero que velase.
Éste es un retrato de la manera en que el Señor ha dejado a Sus discípulos en medio de los Judíos. Pero lo que Él les dijo,
Él lo dice a todos, Velad. Ésta es la exhortación para nosotros; somos llamados a esperar al Señor, sin saber cuando Él regresará,
para que Él no nos encuentre durmiendo. Que la gracia pueda obrar en nuestros corazones, para que podamos estar esperando
Su venida con el verdadero deseo de verlo; ¡que podamos caminar de una manera tal, que siempre podamos regocijarnos al pensar
en Su venida! ¡Qué nunca sea demasiado pronto para nosotros!
CAPÍTULO 14.
Regresemos a la historia de la vida del Señor, y a
los últimos días de esta vida bendita. Faltaban dos días para la pascua, y los jefes de los Judíos buscaban matarle; no obstante,
ellos temían provocar un tumulto entre el pueblo, porque se percataban que Su doctrina y milagros habían producido un efecto
poderoso en sus corazones; ellos dijeron, "No durante la fiesta, para que no se haga alboroto del pueblo." Ésta era la opinión
de ellos, pero no la opinión de Dios. El Señor debe morir como un verdadero cordero pascual muerto por nosotros. Además, Él
debe morir el mismo día de la pascua, para sobrepasar el sacrificio de la ley, que conmemoraba la liberación de Egipto, y
que prefiguraba una liberación infinitamente más preciosa; es decir, la liberación de la culpa ante Dios, y del dominio de
pecado.
La muerte del Salvador estaba cerca, y se desarrollaban sentimientos de afecto y de iniquidad, de uno y otro
lado. Aquí vemos a María, quien solía sentarse a los pies de Jesús para escucharlo y comprender Sus palabras. Su corazón había
bebido allí la instrucción que fluyó del corazón de Jesús; y Jesús, la fuente de todas las bendiciones, era el objeto que
había asegurado su corazón, y ella lo había sentido en sus afectos. La gracia y el amor de Jesús habían producido amor por
Él, y Su palabra había producido inteligencia espiritual. Ahora este amor por el Salvador la había hecho sensible al odio
creciente de los judíos. Los discípulos sabían que éstos buscaban matarle, pero María lo sentía; no es que ella era una profetisa,
pero su corazón sentía el presentimiento de lo que el odio del hombre deseaba, e hizo lo que pudo como testimonio de su sentimiento
contrario; y el Señor hace que este acto de amor hable dondequiera que el evangelio se anuncie en el mundo. Es dulce entrar
en la casa dónde mora esta familia (aquí se hizo esto se en la casa de Simón el leproso), esta familia amada por el Señor,
porque fue el refugio de Su corazón, cuando, rechazado por el pueblo, Él ya no podía reconocer la ciudad que Él había amado
por tanto tiempo: Él estaba acostumbrado a vivir con esta familia amada. Marta, quien parece haber sido la mayor de las hermanas,
ocupada con mucho servicio, fiel y amada del Señor, pero no muy dispuesta espiritualmente, poco entendía de aquello que llenaba
Su corazón. María solía sentarse a Sus pies para oír Su enseñanza; y el Señor había resucitado de los muertos a su hermano
Lázaro. Así el corazón de María se unió al Señor, y se volvió la expresión del pequeño remanente que, unido al propio Jesús,
siguió el progreso de los caminos de Dios; no se detuvo ante las esperanzas o pensamientos de los Judíos, sino que aunque
todavía faltaba la inteligencia que daría el Espíritu Santo, siguió al Señor estrechamente, y así estaba preparado para recibir
todo, cuando se hubiese hecho la revelación. Se ha comentado que esta María no estaba en el sepulcro buscando un Salvador
viviente entre los muertos. Siempre es así; los corazones unidos a Jesús por el amor de estar cerca de Él, reciben de Él la
revelación de Su sabiduría y Su gloría, a su debido tiempo. Es de mucha bendición comentar también que el Señor, aunque Él
era Dios mismo (toda la plenitud de la Deidad habitaba en
Él - Colosenses 2: 9), era realmente un hombre, perfecto y santo en todo, y en cada pensamiento; más aún, Él era la fuente
de todo buen pensamiento. Debido a esto, Él no era insensible a estos afectos íntimos; estaba el discípulo a quien Jesús amaba,
y Él amaba hablar de ello; el Señor amó a Marta, María y Lázaro, y el hogar de ellos daba un descanso a Su corazón, cuando
un mundo desagradecido y un pueblo rebelde lo habían rechazado. Un fruto de Su gracia sin duda, pero no menos estimado a Su
corazón por esta razón. ¡Pero ay! aquello que es un olor de vida para vida, es un olor de muerte para muerte. Lo que María
gastó por amor al Señor, despertó la avaricia de Judas, porque para él fue un desperdicio. Otros también cayeron bajo la influencia
de Judas, llevados por sus malos pensamientos; pero el Señor justifica a la mujer. "Esta ha hecho lo que podía", dice el Señor,
lleno de gracia; y su devoción al Señor deberá ser reconocida en todas las edades. Cuando el Señor en Su amor divino se entregó,
ella hizo, por gracia, todo lo que un corazón consagrado a Él podía hacer, y su nombre debe acompañar al Señor en el acto
que es el testimonio más poderoso a Su amor eterno. Aunque lo que ella pudo hacer fue muy poco, lo poco nunca es olvidado
por el Señor cuando el corazón es fiel.
Versículos 10-11. Ahora todo se acelera hacia el fin. Judas, instado quizás
por fuerza del soborno, pero en realidad instado por el diablo, se va a traicionar al Señor. Se cumplen el bien y el mal;
se cumplen en la cruz. Ninguna conciencia, ningún temor de Dios, detiene a los principales de los Judíos en su camino de iniquidad
y oposición al Señor de gloria; ellos consienten, junto con Judas, en darle dinero para traicionar al Señor. Él busca la ocasión
para entregar al Señor en manos de los sacerdotes sin demasiado ruido -¡verdaderamente una empresa miserable!
Versículos
12-16. Pero en el entretanto, el Salvador debe explicar a Sus seguidores la manera en que Él se entregó por ellos, y Él instituye
el precioso memorial de Su muerte, para que siempre podamos pensar en ello; y que no sólo podamos creer en la eficacia de
este sacrificio cumplido una vez y para siempre por nosotros en la cruz, sino que nuestros corazones puedan unirse al Salvador
que nos amó y se entregó por nosotros; pensando en Él y anunciando Su muerte preciosa hasta que Él venga. Nosotros los Cristianos,
estamos situados entre la cruz y la venida del Señor, firmemente fundamentados en la obra acabada de la primera, y siempre
esperando ansiosamente el momento cuando tendrá lugar la última. Aunque el Señor había llegado ahora al momento de Su
humillación más profunda, la gloria de Su persona y Sus derechos sobre todas las cosas, siempre permanecían iguales. Él les
dice a Sus discípulos que entren en la ciudad dónde encontrarían a un hombre llevando un cántaro lleno de agua. En la casa
en dónde él entraría, ellos encontrarían un corazón preparado por la gracia para recibir al Señor. Ellos deben decirle, "El
Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?" Él conoce todas las circunstancias
y todos los corazones: los discípulos encuentran al hombre, tal como Él les había dicho, y preparan la pascua.
Versículos
17-21. El Señor, al llegar la noche, vino con los doce. Era la conmemoración de la liberación del pueblo de la esclavitud
de Egipto; pero el Señor iba a cumplir una mejor redención, y Él instituye un memorial infinitamente más excelente. Pero para
esto Él debe morir. Ellos estaban todos juntos todos a la mesa, y el Señor Jesús, lleno de amor, mirando a Sus discípulos,
sentía profundamente el hecho de que uno de ellos, que había vivido en Su santa presencia, lo traicionaría. Él sabía muy bien
quien sería el traidor, pero Él expresa la angustia de Su corazón cuando dice, "uno de vosotros me entregará." (Marcos 14:
18 - LBLA). Él quiso probar sus corazones nuevamente y sacar a la luz aquello que estaba en el interior. Ellos creyeron las
palabras del Señor, y cada uno, lleno de confianza en Él y de santa desconfianza en sí mismo, dicen, "¿Seré yo?" Un hermoso
testimonio de corazones rectos y probados, que piensan en el hecho y en la posibilidad de un crimen tal, con más confianza
en la palabra de Jesús que en la de ellos. Pero el Señor debe sufrir todos éstos dolores -Él no los esconde orgullosamente,
sino que desea poner Sus dolores como Hombre en los corazones humanos; el amor cuenta con el amor. Habían dolores que no podían
ser derramados en los corazones de los hombres, y no obstante fue voluntad de Dios (¡Bendito sea para siempre Su nombre!)
que conozcamos los sufrimientos de Su Hijo; los que, aunque más allá de nuestro alcance, se presentan, no obstante, a nuestros
corazones. Por eso oímos al Señor clamar, "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Marcos 15: 34). Y si nosotros
no podemos llegar a las profundidades de Sus sufrimientos, podemos comprender que ellos eran infinitos. Ahora, estando a la
mesa, el Señor les anuncia Su partida del mundo según las escrituras, y el juicio terrible de Judas; porque el cumplimiento
de los consejos de Dios no quita la iniquidad de aquellos que los cumplen; de otra forma, ¿cómo podría Dios juzgar al mundo?
Porque todas las cosas obran en conjunto para cumplir Sus consejos. La mala voluntad de los hombres también está siempre activa
haciendo el mal. El objeto del Señor, como lo encontramos escrito en este evangelio, no es señalar a la persona que cometería
el crimen, sino que hacerles sentir que era uno de los doce quién lo haría.
Versículo 22. Ahora el Señor instituye
la cena, una señal y memorial preciosos de Su amor y de Su muerte. Hasta ese momento, la pascua había sido la conmemoración
de la liberación del pueblo de la cautividad en Egipto, cuando la sangre del Cordero fue puesta en las puertas de las casas
dónde estaban los Israelitas. Ahora la sangre de un Cordero más excelente, ha sido rociada sobre el propiciatorio en el cielo,
ante los ojos de Dios; cuando Cristo, el Cordero de Dios, cumplió todo para la gloria de Dios y para la salvación de todos
los creyentes. La obra ha sido hecha: en el sacrificio de la cruz, Jesús bebió la copa de maldición y no puede beberla de
nuevo; Él glorificó perfectamente a Dios acerca del pecado; es imposible añadir algo, como si algo estuviera faltando para
completar la perfección de esta obra. Él ha llevado los pecados de muchos, y no puede llevarlos de nuevo; Él no puede ofrecerse
de nuevo, Él está sentado a la diestra de Dios para siempre; Hebreos 9: 24-26. Él habría tenido que sufrir muchas veces, si
Su única ofrenda en la cruz no hubiera quitado para siempre todos los pecados de todos los creyentes; sin derramamiento de
sangre no se hace remisión (Hebreos 9: 22). Para los creyentes, el perdón de pecados es pleno, perfecto, y eterno, debido
a la obra de Cristo. Si pecamos después de haber recibido el perdón de nuestros pecados, Cristo ora por nosotros y es nuestro
Abogado en virtud de esta propiciación y aparece en la presencia de Dios por nosotros, como nuestra justicia (1 Juan 2: 1,
2); y el efecto de Su intercesión por nosotros, es que el Espíritu Santo obra en nuestros corazones; somos humillados, confesamos
nuestras faltas a Dios, y nuestra comunión se restablece con el Padre y el Hijo. Pero el pecado no se imputa como un crimen,
porque Cristo ya lo ha llevado -le ha sido imputado a Él. Tal como fue el caso en la pascua en Egipto; Dios dijo, "Cuando
yo vea la sangre pasaré sobre vosotros." (Éxodo 12: 13 - LBLA). La sangre de Cristo está para siempre ante los ojos de Dios,
siempre presente en Su memoria. Así Cristo lava nuestros pies con el agua de la palabra, como Él nos ha salvado por Su sangre,
cuando por gracia hemos creído. Pero si Dios nunca olvida la sangre de Cristo derramada una vez para siempre, Él no desea
que nos olvidemos de ella. El Señor Jesús, en Su gracia ilimitada, desea que pensemos en Él, que Lo recordemos. Preciosa manifestación
de amor por nosotros, que el Salvador se deleita en nuestro recuerdo de Él, y que Él nos haya dejado un memorial conmovedor
de Él y Su amor. ¡Oh, feliz pensamiento es que Jesús desea que pensemos en Él, porque Él nos ama! El sacrificio no se puede
repetir, pero su valor es siempre el mismo ante Dios; y Jesús está sentado a la diestra de Dios, esperando el tiempo cuando
Sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies; y nosotros le esperamos hasta que Él venga a tomarnos con Él a la casa
del Padre; y en la cena anunciamos Su muerte hasta que Él venga. Es importante comentar que actualmente no hay sacrificio,
y que el Señor no está presente en forma personal en el pan y el vino. La iglesia de Roma dice que la cena del Señor (o más
bien la misa, como ellos la llaman), es el mismo sacrificio que aquel que se cumplió en la cruz. Pero cuando el Señor dijo,
"Esto es mi cuerpo, . . . ; haced esto en memoria de mí." (Lucas 22: 19), Él no estaba todavía en la cruz. Su sangre no había
sido derramada todavía, y cuando Él partió el pan, Él no se tomó a Sí mismo en Sus manos, menos aún se crucificó a Sí mismo,
porque Él no estaba todavía en la cruz. Ahora no hay tal cosa como un Cristo crucificado; Él está sentado a la diestra Dios,
y ahora no hay derramamiento de sangre. Es un hecho bendito que haya una señal, una conmemoración de esto, pero es imposible
que esto sea así, en forma real y substancial; ahora no hay algo tal como un Cristo muerto. En la cena, anunciamos Su
muerte y Su sangre derramada por nosotros: pero un Cristo glorificado no puede ser un sacrificio; no puede bajar del cielo
para morir; y si el pan se transforma en Su cuerpo, y hay una alma en este pan, debe ser otra alma; esto es absurdo. Ellos
dicen que la Deidad está en todas partes, y que la sustancia
del cuerpo está allí; pero el alma es individual: esta vive, siente, ama, es un alma individual única. Según la enseñanza
de la iglesia de Roma, el alma del Señor Jesús deja el cielo; pero no puede ser la misma alma, y si es otra, esto es absurdo.
El Señor dice en Lucas, "Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre" (Lucas (22: 20): -es decir, representa la sangre- porque
la copa misma no es el nuevo pacto. Así el pan nos presenta, de la manera más notable, el cuerpo del Señor crucificado en
la cruz, y el vino nos presenta Su sangre derramada por nosotros. Por último, el Señor da a beber a Sus discípulos del
fruto de la vid; y es llamada así después que el Señor había dicho en el versículo 24, "Esto es mi sangre del nuevo pacto."
Está bastante claro que cuando él dice, "no beberé más del fruto de la vid", Él habla del vino en su sentido natural. Después
de la Cena ellos cantan un himno, estando el Señor absolutamente
tranquilo en espíritu. Salen para ir al Monte de los Olivos. El Señor advierte a Sus discípulos que esta noche todos ellos
se escandalizarán debido a Él, y que lo abandonarían según la profecía de Zacarías, "Heriré al pastor, y las ovejas serán
dispersadas." (Zacarías 13: 7). Pero Él les anuncia Su resurrección, y que "después que haya resucitado, iré delante de vosotros
a Galilea". Encontramos una diferencia entre las apariciones del Señor en Galilea y en Betania: esta última está relatada
en el evangelio de Lucas. Fue de Betania desde donde Él ascendió al cielo. En Galilea, el Señor es contemplado siempre como
estando en la tierra, aunque resucitado de la muerte; y Él da a Sus discípulos la comisión de predicar el evangelio y bautizar,
a todas las naciones. Este servicio no fue cumplido por los apóstoles -después ellos se lo dejaron a Pablo (es decir, la predicación
del evangelio a las naciones) habiendo reconocido la elección y el mandato del Señor para esta obra. Vemos que la comisión
en Marcos también es diferente; está asociada con el poder celestial del Señor. La propia obra del Señor fue llevada a cabo
principalmente en Galilea; y el remanente Judío es reconocido como reunido y aceptado; entonces es enviado a introducir a
los Gentiles en las bendiciones que se esperaban de Dios. El anuncio de bendiciones celestiales, la salvación revelada por
el Espíritu Santo enviado desde el cielo cuando Cristo ascendió allí, realmente es otra cosa. Pero ya sea que las bendiciones
sean terrenales o celestiales, estas no pueden ser introducidas por el primer hombre; el segundo Hombre es el único posible
fundamento de todo. Ahora el Salvador debe estar bastante solo en Su obra y sufrimientos, y el hombre debe mostrar lo
que es cuando él no es guardado por Dios. Los discípulos fueron advertidos, pero Pedro, lleno de confianza en su fidelidad
(y él era sincero), confiando en su propia fuerza, no creería las palabras del Señor. Pero la carne no puede resistir al poder
de Satanás. El Señor se encontraría abandonado y negado; y el hombre, no obstante lo sincero que pudiera ser, tendría que
reconocer su debilidad absoluta: una lección humillante, pero una muy útil, y una que hace que resplandezcan la gracia y la
paciencia del Señor. Es muy importante recordar -y nosotros lo aprendemos claramente aquí, que la sinceridad no es suficiente
para mantenernos firmes; ¡es una cualidad muy humana! y necesitamos además, la fuerza del Señor contra las asechanzas del
diablo, y el miedo al mundo. Si el Señor no está allí, una muchacha puede perturbar a un apóstol. El miedo del hombre es una
trampa terrible para el alma; y este miedo obró poderosamente en el corazón de Pedro. Incluso cuando él había recibido el
Espíritu Santo, él simuló en Antioquía, cuando algunos creyentes Judíos habían venido desde Jerusalén. ¡Observen cómo
el Señor preparó a los dos más grandes apóstoles para Su obra! Pablo intentó destruir el nombre de Cristo hasta borrarlo de
la tierra, y Pedro lo negó abiertamente después de haberle conocido, y después de haber hecho milagros en Su nombre. Así que
no era posible para ello hablar de otra cosa sino que de la gracia: y toda falsa confianza en el yo, fue destruida en sus
corazones. Ellos podían fortalecer a otros por la conciencia de la gracia del Señor que los había sostenido y los había perdonado;
habían aprendido también, por medio de la experiencia, lo que es el mal del corazón humano, y cuán débil es el hombre, incluso
el Cristiano, sin la ayuda de la gracia divina. Así el Señor dice a Pedro, "Y tú, vuelto a mí [es decir, arrepentido de tu
falta], fortalece a tus hermanos." (Lucas 22: 32 - Versión Moderna). Después, él falló de nuevo de tal manera, que Pablo tuvo
que resistirlo cara a cara (Gálatas 2: 11-21); y el propio Pablo tuvo que tener un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás,
para que lo abofeteara, para que él no se exaltase. La carne nunca es mejorada: entonces, cuán necesario para los Cristianos
débiles es velar, tener siempre presente la conciencia de su debilidad, y buscar ese poder que se perfecciona en la debilidad,
esa gracia preciosa del Señor que es suficiente para nosotros. No es necesario que debamos caer, porque fiel es Dios, y no
dejará que seamos tentados más de lo que podemos resistir; pero debemos velar, para que no entremos en tentación.
En
la escena que tenemos ante nosotros, mientras el Señor estaba orando en agonía, Pedro estaba durmiendo; cuando el Señor se
sometió como una oveja que enmudece delante de sus trasquiladores, Pedro usó la espada para golpear; cuando el Señor serena
y firmemente confiesa la verdad ante Sus enemigos, Pedro lo niega. ¡La carne es esto, y el fruto de la falsa confianza en
el yo! Pedro, también, había sido advertido plenamente. El Señor había dicho por segunda vez que, antes de que el gallo cantase
dos veces, él lo negaría tres veces. Pero Pedro confiaba en sí mismo: "¡Aunque me sea menester morir contigo, no te negaré
jamás!" (Marcos 14: 31 - Versión Moderna). Sabemos que las asechanzas de Satanás estaban allí, porque Satanás quiso zarandear
a Pedro como a trigo; pero aquí, el Espíritu Santo dirige nuestra atención a la falsa confianza de la carne del corazón humano.
Pero volvamos nuestra atención hacia el bendito Señor, el ejemplo de fidelidad perfecta, así como Pedro fue de la falsa confianza
y de la debilidad de la carne. Vemos en Jesús un verdadero Hombre, aunque el poder divino fuese necesario para que la naturaleza
humana soportase todo lo que Él sufrió sin fracasar. El Señor desea que tres discípulos (aquellos que estaban especialmente
con Él y quienes iban a ser más tarde, pilares en la iglesia) estén con Él, y velen mientras Él ora. La expectación de la
copa que Él debía beber, pesaba sobre Su espíritu; la muerte, la expresión del juicio de Dios contra el pecado, estaba ante
Sus ojos, y Satanás hizo que todo esto estuviese pesadamente sobre Él, para evitar, de ser posible, Su cumplimiento de la
obra de salvación. El Señor sintió todo, y fue fiel en todo; Él "comenzó a atemorizarse, y a angustiarse en gran manera."
(Marcos 14: 33 - Versión Moderna). No hubo agonía en la muerte de Esteban; fue un triunfo lleno de paz y amor; él va a su
Señor que estaba esperándolo a la diestra de Dios en el cielo, orando todo el tiempo, como su Señor, por sus enemigos. El
Señor está lleno de angustia ante la perspectiva de la muerte; y aquí vemos lo que la muerte era para Él; la realidad de Su
obra, cuando Él llevó nuestros pecados en Su cuerpo en la cruz. En este momento (en el jardín de Getsemaní), Él no estaba
llevándolos todavía, pero el sentimiento de lo que estaba ante Él pesaba en Su corazón; el peso del pecado y de la maldición
estaba siendo sentida por Su espíritu con Dios, porque Él aún estaba en comunión con Su Padre. Él no sólo debe someterse a
la justicia de Dios, como hecho pecado por nosotros ante Él, y llevar la pena por ello; sino que también Él tenía que sufrir
"por Su misericordia", en que la expectación de la pena pesó en Él antes de que Él la cargase. Él se entregó de forma voluntaria
pero en obediencia, para la gloria de Su Padre, y para nosotros en gracia; Él fue obediente hasta la muerte. ¡Sea alabado
Su nombre! y será alabado eternamente. Esteban se regocijó, porque Cristo había sufrido y había abierto el camino al cielo
para él, llevando el castigo judicial de muerte por él; y Él lo ha hecho también para nosotros. Podemos entender el valor
de Su muerte a los ojos de Dios, y podemos admirarlo como lo hizo Esteban, cuando estaba lleno del Espíritu Santo, mirando
fijamente al cielo. El Señor había dejado a los discípulos, excepto Pedro, Jacobo y Juan, a la entrada del jardín; pero
Él había tomado consigo a estos tres, y les dijo que velaran mientras Él oraba. Él ora para que la hora pudiese pasar de Él,
de ser posible. Él había cargado con todas las copas de sufrimiento de mano de pecadores sin quejarse de ellos. ¡El favor
de Su Padre era suficiente para Él! Pero esta copa, era ser hecho maldición; el Justo hecho pecado, encontrarse a Sí mismo
(quién siempre había estado en el seno del Padre, el objeto de un amor infinito) desamparado de Dios. A causa de Su piedad
Él deseó, si era posible, retroceder de esto. Pero si nosotros íbamos a escapar de la pena del pecado, Él debe cargarla por
nosotros. Esta pena, sin embargo, para el Salvador, no era más que una ocasión y una prueba de obediencia y sumisión perfectas.
Pero no obstante Él dice, "No lo que yo quiero, sino lo que tú." Él sentía todo, Él pone todo ante Su Padre, así que Él pasa
por todo como una prueba en perfecta sumisión a Su Padre. Como una prueba, todo había terminado: la voluntad de Dios fue manifestada,
y la obediencia del Señor fue perfecta, aunque aún faltaba que la obra misma se cumpliese. Los discípulos eran incapaces de
cruzar incluso la sombra de la prueba; y todos los hombres Sus enemigos. Satanás estaba allí en todo su poder, y sobre todo,
estaba ante Él la maldición que debía ser cargada por el pecado. Todo era una prueba, pero Él, en sometimiento a la voluntad
de Su Padre, le mostró Su amor. Se nos permite ser testigos del ejercicio de corazón del Salvador, y tomar parte, en nuestra
debilidad, en la angustia de Su corazón, aunque Él estaba solo en la prueba misma: ¡inmensa gracia! En la obra Él debe estar
completamente solo: y aquí también Él está solo, pero con corazones adoradores podemos escuchar el clamor del Salvador cuando
Él abre Su corazón al Padre acerca de Sus sufrimientos. ¡Ah! ¡qué nuestros corazones se mantengan vigilantes y atentos, por
medio del Espíritu Santo, a los santos suspiros del Salvador! Somos invitados a considerarle, a comprender lo que Él ha hecho
por nosotros, a disfrutar los sentimientos de Su corazón humano y Su perfección, como un verdadero Hombre por nosotros. Así,
en Juan 17, se nos permite oírlo cuando Él se presenta al Padre, poniéndonos en Su propia posición de favor ante Él, y de
testimonio ante los hombres. Si la paz que poseemos, perteneciente a esta nueva posición fundamentada en Su obra acabada,
es tan grande, no lo es menos el privilegio de oír Su clamor de angustia. Observen con qué gentiles palabras el Señor
reprende a Sus discípulos. Él muestra a Pedro, de la forma más amable, la diferencia entre el valor ferviente cuando el enemigo
no estaba presente, y la incapacidad de velar una hora con su sufrido Maestro; y Él excusa a los discípulos con palabras amorosas
-"el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil." Estando al mismo tiempo lleno de la solemnidad del momento,
Él también les advierte que velen y oren para que no entren en tentación. Nunca encontramos que los sufrimientos propios del
Señor le impiden pensar en otros. En la cruz, Él puede pensar en el ladrón, como si Él no estuviese sufriendo: Si Él no tenía
tiempo para comer, no obstante Él siempre tenía tiempo suficiente para anunciar la verdad a la multitud que lo seguía; cansado
en el pozo de Jacob, Su corazón no se cansa de hablar del agua viva, ni de examinar la conciencia de la pobre mujer Samaritana.
Él nunca se cansaba de hacer el bien; y Él es el mismo ayer, hoy, y para siempre.
Pero el tiempo había llegado: la
última vez, Él los encuentra durmiendo tal como las otras veces. Él debe experimentar esa soledad moral en la que Él se encontró
entre los hombres, incluso en medio de Sus propios discípulos. Hay una soledad en la cuál uno está moralmente bastante solo,
aunque en realidad otros estén allí. El traidor se acercaba; "Dormid ya", dice al Señor. "Levantaos, vamos; he aquí, se acerca
el que me entrega." El Señor debe recibir el último testimonio de la debilidad del corazón del hombre cuando es abandonado
a sí mismo, y endurecido por Satanás. Judas lo traiciona con un beso, ¡así de terrible es la dureza de su corazón! "Prendedle",
dice él, "y llevadle con seguridad." Pero el Señor, que había sufrido todo en Su alma con Dios, está en perfecta paz ante
los hombres en estas circunstancias incomparables. Él habla a la multitud que había salido para prenderle: Él había estado
diariamente con ellos en el templo, y no lo habían prendido -pero la escritura se tiene que cumplir. El Señor desea dar testimonio
de las escrituras a la autoridad; si éstas anunciaban Su muerte, Él debía morir. Las escrituras son la revelación de los consejos
y del propósito de Dios, así como de todos Sus pensamientos. El Señor también, como hombre en la tierra, las tomó como la
norma y motivo de todo lo que Él hizo y dijo, aunque Él siempre estaba en comunión inefable con Su Padre. Ellas son la revelación
de los pensamientos de Dios para la tierra y para el hombre en la tierra; y ellas también revelan, su destino celestial, y
qué son las cosas celestiales. ¡Qué una inmensa bendición es poseerlas! Todos los discípulos lo abandonan, y huyen. Más
tarde, Pedro le siguió de lejos, y fue traído al palacio del sumo sacerdote. El Señor se somete en perfecta calma; todo había
sido ya sopesado en presencia de Su Padre; Su voluntad hizo que todo fuese simple para el Señor; pero nadie lo podía seguir
en el valle de muerte, ni estar de pie ante el poder del enemigo, excepto el propio fiel Salvador. Fue la hora cuando se le
permitió tener poder a los malvados, la hora en que el Señor podía entregarse en manos de los impíos por nosotros. Los discípulos
huyeron, un joven quiso seguirlo, pero mientras más se aventure la voluntad en este camino, tanto más se ve obligada a retirarse
con vergüenza. Ellos quisieron prender al joven, y él huyó desnudo. El pobre Pedro fue más allá, para caer aún más bajo, aprendiendo
al mismo tiempo, para su propio bien, todo lo que nosotros somos. Es bueno pensar en la angustia del Señor ante Dios, cuando
Él abre todo Su corazón a Su Padre; y vemos Sus profundos sufrimientos, Su calma perfecta ante los hombres, el fruto de Su
sumisión perfecta: los hombres no contaban para nada en ello; Satanás no podía hacer nada -porque el Señor había tomado la
copa de manos de Su Padre. Ésta es una enseñanza muy importante para nosotros. Debemos comprender que la condenación del
Señor fue una cosa determinada: los principales de los Judíos sólo buscaron los medios para consumar la iniquidad y asesinar
bajo una apariencia de justicia. Buscaron testimonio contra Él para entregarle a la muerte; pero era falso, y los testimonios
no concordaban entre sí. Muchos estaban dispuestos a testimoniar, pero sus testimonios no probaban nada: el Señor debe ser
condenado por Su propio testimonio. Es doloroso contemplar la enemistad del corazón humano contra el Señor, que nunca había
hecho nada excepto el bien para los hombres; quién había sanado al enfermo, había dado de comer al hambriento, había resucitado
al muerto, había echado fuera demonios, y había manifestado el poder divino haciendo el bien. Cuando vino el Hijo del
Hombre, se manifestó el poder divino, que era suficiente para echar fuera todas las consecuencias del pecado en la tierra
incluso hasta la muerte misma; Cristo obró según este poder: Él ató al hombre fuerte en el desierto, y saqueó su casa: estaba
en la tierra un poder suficiente para echar fuera todo los efectos del pecado; porque el poder de Dios se manifestó en benignidad.
Pero esto sólo despertó la enemistad natural del corazón humano contra Él: no había ningún motivo para la muerte de Jesús:
esta enemistad era la única causa. Aquello que quitó los dolorosos efectos del pecado, no quitó el pecado mismo del corazón
del hombre, sino que manifestó a Dios lo suficiente para despertar la enemistad natural del corazón, y para mostrar así lo
que este corazón es. En Lucas también se dice (capítulo 4: 13), que el diablo "se apartó de él por un tiempo"; pero entonces
él regresa de nuevo como el príncipe de este mundo; él no tenía nada en el Señor, pero para que el mundo conociese que Él
amó al Padre, y como el Padre le mandó, Él lo hizo; Juan 14: 30, 31. El diablo podía decir a Jesús, <Si tú perseveras en
sostener la causa de los hombres, yo tengo el derecho de la muerte contra ti>. De hecho, la maldición de Dios fue cargada
sobre ellos, y el Señor debe atravesar la muerte, y beber la copa de la maldición de Dios sobre el pecado, si Él quiere liberar
al hombre. ¿Retrocedió Él ante esta terrible pena de muerte y ante la maldición? Él la sintió, pero Él la bebió por amor a
Su Padre y a nosotros, y en obediencia perfecta. Él entró en obediencia y gracia, donde nosotros estábamos en pecado y desobediencia;
Aquel que no conoció pecado, por nosotros fue hecho pecado (2a. Corintios 5:21); el Cordero sin mancha se ofreció a Sí mismo
a Dios por nosotros. Aquí en este capítulo encontramos al Señor como un cordero que enmudece delante de sus trasquiladores.
Él no responde a la acusación de Sus enemigos; ellos estaban allí con la intención de enviarle a la muerte y Él lo sabía;
y Él estaba allí para dar Su vida en rescate por muchos. Él no responde las acusaciones llenas de malicia y falsedad, pero
cuando el principal sacerdote le pregunta si Él es el Cristo, el Hijo del Bendito, Él da pleno testimonio a la verdad. Él
es rechazado y crucificado por Su propio testimonio a la verdad; pero aunque Él reconoce la verdad según la pregunta del sumo
sacerdote, no obstante, Él no va más allá de Su posición de Mesías entre los Judíos. Nuevamente Él agregó Su testimonio
a Su posición como Hijo del Hombre, la posición que Él estaba por asumir justo en ese momento. Hemos visto que Él había prohibido
a Sus discípulos que dijeran que Él era el Cristo, diciéndoles que el Hijo del Hombre debía sufrir. Ahora encontramos el cumplimiento
de esto, porque Cristo es reconocido como el Hijo de Dios según el Salmo 2, pero de este momento en adelante, Él toma la nueva
posición de Hijo del Hombre según el Salmo 8. Ellos verían -ya no más al Cristo prometido estando entre ellos en gracia, rechazado
como Él está en el Salmo 2, sino- al Hijo del Hombre sentado a la diestra de Dios, viniendo en las nubes del cielo, y manifestando
Su poder en juicio. Sólo que Él espera, sentado a la diestra de Dios, según el Salmo 110, hasta que Sus enemigos sean puestos
por estrado de Sus pies. Nosotros lo vemos ahora en el cielo, habiendo cumplido la obra que el Padre le dio para hacer;
lo vemos a la diestra de Dios, borrados nuestros pecados, esperando hasta que Sus enemigos sean puestos como Su estrado. El
Señor confiesa la verdad cuando la autoridad superior lo exige, Él es la absoluta perfección -la verdad misma. Satanás no
puede hacer nada en este caso, excepto, de hecho, traer la verdad como evidencia en boca del Señor, y ser el instrumento para
el cumplimiento de la obra de redención que Dios deseaba que se llevara a cabo: ¡eternas gracias sean dadas a Él! En cuanto
a los hombres, se considera que el Señor es culpable de muerte porque Él habla la verdad, y la verdad en cuanto a la obra
del amor de Dios al enviar al Hijo. La verdad de Dios, así como la persona del Hijo de Dios, y el propio Dios, son los objetos
del odio del corazón del hombre; pero la verdad vino por medio de Jesucristo, y la gracia en el poder soberano y la sabiduría
de Dios se cumplió por medio de este odio, un odio en el cual el hombre mostró ser un esclavo de Satanás. ¡Qué contraste entre
el hombre religioso, el hombre eclesiástico, y la verdad y la gracia de Dios! Pero pensemos en el bendito Salvador que
se somete como una oveja que enmudece delante de sus trasquiladores, ante los ultrajes que los hombres amontonan sobre Él,
sin que Él ofrezca resistencia alguna; Él podría haber tenido doce legiones de ángeles, pero Él no usó Su poder. Él estaba
en un estado de amor paciente y obediencia. La cosa más dolorosa para Él fue encontrarse negado por Su discípulo, y esto era
más que los ultrajes amontonados sobre Él por hombres brutales e ignorantes. Pero cualquiera que haya sido Su sufrimiento,
el fracaso del débil discípulo no hizo más que atraer la mirada del Señor para animar su fe, sostener su confianza en Él,
y producir en su corazón lágrimas de arrepentimiento en vez de desesperación (Lucas 22: 61). Los sufrimientos del Señor, no
obstante lo grande que ellos eran, no impedían la acción de Su corazón maravilloso. ¡Qué Su nombre pueda ser bendecido eternamente!
CAPÍTULO 15.
El Evangelio de Marcos relata muy brevemente las circunstancias
de la condena del Señor: éste es un hecho importante. En cuanto Él ha sido rechazado por los Judíos, Marcos habla de lo que
sucedió ante Pilato, para relatar de nuevo lo que es necesario, y para mostrar que el Señor también es condenado aquí por
el testimonio que Él mismo dio a la verdad (aunque realmente fue por la envidia de los principales de los Judíos); porque,
de hecho, Pilato se esforzó por ponerle en libertad, pero no teniendo la fuerza moral, y despreciando a los Judíos y a todo
lo que les pertenecía, él, sin conciencia, deja al Señor a voluntad de ellos. Cuándo Pilato pregunta, "¿Eres tú el Rey de
los Judíos?", Jesús responde, "Tú lo dices."" A las acusaciones de los principales sacerdotes, Él no responde nada: Su testimonio
había sido dado.
El Señor Jesús pronto iba a ser una víctima. Todas estas acusaciones eran nada, y Pilato lo sabía;
pero los Judíos debían manifestar el espíritu que los animaba. Pilato intentó librarse de Jesús y de la dificultad, por una
costumbre que parece haber sido introducida en ese momento, liberar a un prisionero en la Pascua, para agradar a los Judíos. Él también buscó, al formular esta apelación al pueblo, parar
el soplo de envidia y malicia de los sacerdotes: pero en vano, porque el Señor debía sufrir y debía morir. Los sacerdotes
incitaron al pueblo a pedir que se pusiese en libertad a Barrabás, y se crucificase al Señor. Pilato intenta salvarlo de nuevo,
pero para satisfacer al pueblo, él entrega a Jesús. Los Judíos son culpables en todo esto; por supuesto que el gobernador
romano debería haber sido firme, y haber actuado en forma justa, y no haber dejado al Señor expuesto al odio de los sacerdotes;
él era descuidado y sin conciencia, y despreció a un pobre Judío que no tenía ningún amigo; también era importante para él
satisfacer al populacho turbulento. Sin embargo, en el evangelio de Marcos, todo el odio y la animosidad contra el Señor se
encuentra en los sacerdotes; ellos siempre y por todas partes son los enemigos de la verdad y de Aquel que es personalmente
la verdad. La resistencia de Pilato no tuvo efecto; la voluntad de Dios era que Jesús debía sufrir: Él había venido para esto,
y era para esto que Él dio Su vida en rescate por muchos. En lo que sigue encontramos la historia de la brutalidad del corazón
del hombre, que encuentra su placer ultrajando a aquellos que son dejados a su voluntad sin poder defenderse. Además, el Señor
debía ser despreciado y rechazado por los hombres, tanto por los Judíos como por los Gentiles. Esto demuestra que el hombre
no aceptaría a Dios en Su benignidad. De nuevo, la nación judía tenía que ser humillada -y los soldados, burlándose de
su Rey, se burlaron de la nación entera. El Señor fue vestido de púrpura como un rey, fue golpeado y se mofaron de Él rindiéndole
honores fingidos, y luego le sacaron para crucificarle. En la cruz estaba escrito "EL REY DE LOS JUDÍOS"; también el Señor
"con los transgresores fue contado (Isaías 53: 12 - LBLA). Lo que se aquí se resalta es la humillación del rey de Israel.
"Que este Cristo, el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz" (Marcos 15: 32 - LBLA), dicen los principales sacerdotes,
"para que veamos y creamos." Los que fueron crucificados con Él le escarnecían: sabemos que uno de ellos se convirtió después,
y que él confesó que Jesús es el Señor. Hasta el versículo 33, vemos la humillación del Señor y el triunfo aparente del
mal. El hombre en general e Israel como nación, muestran su gozo por haberse librado del fiel testigo de Dios, de Su presencia,
y del verdadero Rey de Israel: pero ellos mismos se rebajaron al tratar de rebajar al Señor, cuyo amor continuó cumpliendo
la obra que el Padre le había dado que hiciese, en medio de los ultrajes, la ceguera, la insensatez, y la maldad de los hombres
y de Israel, Su pueblo, que, ¡ay! colmó la medida de su iniquidad. El amor del Salvador era más fuerte que el odio perverso
del hombre -¡bendito sea Su nombre por ello! Pero a partir del versículo 33, encontramos una obra más profunda que los sufrimientos
externos del Señor, no obstante lo real y profundos que eran para Él. Él fue dejado solo; no hubo nadie que tuviese compasión
de Él; nosotros encontramos nada más que abandono y crueldad. Pero hay una gran diferencia entre la crueldad de hombre, y
el castigo del pecado ejecutado por Dios. A la misma hora, todo el país (o quizás toda la tierra) es cubierto con tinieblas.
Cristo está solo con Dios, oculto de las cosas visibles, para estar completamente con Dios. Él lleva el castigo de nuestro
pecado, Él bebe la copa de maldición por nosotros; Él, quién no conoció pecado, por nosotros fue hecho pecado. En el Salmo
22 vemos que el Señor, sintiendo plenamente el peso del odio y la malicia del hombre, se vuelve a Dios; Él había previsto
lo que iba a suceder, y al pensar en ello Su sudor llegó a ser, tal como fue, gotas de sangre. Él se vuelve a Dios y dice,
"¡Mas tú, oh Jehová, no te alejes." (Salmo 22: 19 - Versión Moderna), pero para angustia de Su alma, Él es desamparado por
Dios. ¡Y nunca fue Él más precioso para Dios -Aquel que era eternamente precioso para Él- que en Su obediencia perfecta! Pero
esta obediencia se cumplió cuando Él por nosotros fue hecho pecado. Nunca Él glorificó tanto a Su Padre en Su justicia y amor;
pero habiendo sido hecho pecado -ofreciéndose, y sintiendo en lo profundo de Su alma lo que Dios es contra el pecado, Él llevó
el castigo por ello. Así Dios tuvo que esconder Su rostro de Aquel que por nosotros fue hecho pecado. Esto fue necesario
para la gloria y la majestad de Dios, así como para nuestra salvación. ¿Pero quién puede sondar las profundidades de los sufrimientos
del Salvador? ¡Aquel que siempre había sido el objeto del deleite del Padre, ahora es desamparado por Él! ¡Aquel que era la
santidad misma se encuentra a Sí mismo hecho pecado delante de Dios! Pero todo ha terminado, toda la voluntad de Dios acerca
de la obra que Él le había dado a Jesús para hacer, ha sido cumplida. ¡Bendito pensamiento! cuánto más Él sufrió, más precioso
es Él para nosotros: y nosotros lo amamos cuando pensamos en Su propio amor perfecto, y en la perfección de Su persona. Todo
sufrimiento acabó para Él en Su muerte; y en Su resurrección, ¡todo es nuevo para nosotros! todos nuestros pecados son perdonados,
y estamos con Él en la presencia de Dios, y cuando Él venga seremos semejantes a Él en gloria. Pero aunque Él murió, no fue
porque Su fuerza vital estaba exhausta. Él clamó a gran voz y entregó el espíritu. Todo había terminado, y Él entregó Su espíritu
en manos de Su Padre; Él realmente murió por nosotros. Él se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios, y Dios cargó sobre Él los
pecados de muchos. Él debía morir, pero nadie le arrebató Su vida; ¡Él tenía poder para ponerla, y para volverla a tomar!
(Juan 10: 18). Él mismo la entregó cuando todo había sido cumplido. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba
abajo; y aquí vemos el camino al lugar santísimo abierto a todos los creyentes que estaban bajo la ley. La cortina entre el
lugar santo y el lugar santísimo significaba que el hombre no podía entrar a la presencia de Dios (Hebreos 9); la muerte de
Cristo ha abierto un camino de entrada al lugar santísimo por Su sangre; Hebreos 10: 19, 20. ¡Inmensa diferencia y precioso
privilegio! Por esta sangre podemos entrar a la presencia de Dios sin temor, blancos como la nieve, para regocijarnos en el
amor que nos ha traído a este lugar. Cristo ha hecho la paz mediante la sangre de Su cruz (Colosenses 1: 20), y nos ha traído
a Dios mismo -Él Justo, quién murió por nosotros, los injustos (1a. Pedro 3: 18). Y de nuevo, con una sola ofrenda hizo
perfectos para siempre a los santificados (Hebreos 10: 14); Él no se puede ofrecer de nuevo: si todos nuestros pecados no
han sido borrados por esta única ofrenda, ellos nunca lo podrían ser, porque Cristo no puede morir de nuevo. No es asunto
de una aspersión -"Sin derramamiento de sangre no se hace remisión." (Hebreos 9: 22) El apóstol demuestra esta verdad solemne,
diciendo, "De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación
de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado." Hebreos
9: 26. Cuando un hombre cree, él entra en posesión de esta bendición, y es hecho perfecto para siempre en Cristo ante Dios:
el pecado no se le puede imputar a Él, porque Cristo, quien lo ha llevado y lo ha expiado, está siempre en la presencia de
Dios por él, un testimonio de que sus pecados ya han sido quitados; y que aquel que viene a Dios por medio del Salvador, es
acepto en Él. La gente dice, <Entonces podemos vivir en pecado>. Ésta era la objeción que se hizo al evangelio que
el apóstol Pablo predicó: la respuesta a ella se encuentra en Romanos 6. Si realmente tenemos fe en Cristo, nosotros nacemos
de nuevo, tenemos una nueva naturaleza, nos hemos despojado del viejo hombre y nos hemos vestido del nuevo, estamos muertos
al pecado, muertos con Cristo por la fe; crucificados con Él, así que ya no vivimos más, sino que Cristo vive en nosotros.
Somos nuevas criaturas: hay una obra divina en nosotros, así como una obra por nosotros. Si Cristo es nuestra justicia, Él
también es nuestra vida, y entonces se nos da el Espíritu Santo, y somos responsables de andar como Cristo anduvo; pero esto
no interfiere con la obra de Cristo por nosotros -una obra perfecta, aceptada por Dios, a consecuencia de la cual, Él se sienta
a la diestra de Dios como un hombre, en esa gloria que Él tenía como Hijo con el Padre, antes que el mundo fuese (Juan 17:
5). Antes de que Cristo viniera, Dios no se mostraba, y el hombre no podía entrar en Su presencia. Ahora Dios se ha mostrado
y ha venido a nosotros en amor, y el hombre ha entrado en Su presencia según la justicia en Cristo. Entonces habla la
conciencia del centurión, mientras todos miraban de lejos (versículo 39); todos, excepto los discípulos que habían huido,
son enemigos. Pero la voz potente del Señor sin la menor señal de debilidad, y el hecho que inmediatamente Él entrega el espíritu
al Padre, actúa poderosamente en el alma de este hombre, y él reconoce en Jesús agonizante al Hijo de Dios. Ahora la obra
está consumada, y Dios cuida de que si Su muerte ha sido con los impíos, Él esté con los ricos en Su sepultura, honrado y
tratado con toda reverencia. Las mujeres que lo siguieron se preocuparon por Él, mirándole de lejos cuando Él fue crucificado:
y algunas de ellas, María Magdalena y la otra María, la madre de José, vieron el lugar dónde Su cuerpo fue puesto en el sepulcro.
Porque José de Arimatea había ido a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús: más valiente en Su muerte que durante Su vida.
Esto pasa a menudo; la grandeza de las fuerzas del mal obliga a que la fe se muestre.
Pero las mujeres, nótenlo bien,
tienen una posición aún mas bendita; ellas le habían seguido desde Galilea, y le habían servido con sus bienes; y las encontramos
cerca del Señor cuando Sus discípulos lo habían abandonado. Ellas no habían sido enviadas a predicar: pero su devoción al
Señor, su fidelidad y amor constante por Él cuando se presentan los peligros, resplandecen en la historia del Señor. Encontramos
otra prueba de que el Señor puso Su vida y que no le fue quitada por otros, en que Pilato se sorprendió de que Él ya estaba
muerto, y que hizo venir al centurión para asegurarse del hecho. Cuando él lo supo, dio el cuerpo a José, quien lo puso en
su propia tumba nueva hasta que terminase el día de reposo.
CAPÍTULO 16.
En Marcos, la historia de la resurrección es muy corta
y simple. No hay ninguna duda de que más de un grupo de aquellas mujeres que siguieron al Señor visitó el sepulcro, uno después
del otro. Está claro que María Magdalena llegó antes que las otras, y que las otras María y Salomé estaban juntas, y después
llegaron las otras. Cada Evangelio nos da lo que es necesario para nuestra fe, y eso de acuerdo a la enseñanza especial que
Dios desea que sea presentada en ese Evangelio. Por ejemplo, en el Evangelio de Juan tenemos la historia de María Magdalena,
y esa hermosa historia es adecuada a la doctrina de ese Evangelio. El versículo 9 de este capítulo también habla de ello;
ella vino mientras aún estaba oscuro; aquí en Marcos la vemos a la salida del sol. Otras mujeres habían comprado especias
para ungir al Señor; quizás ya habían comprado algunas antes que el día de reposo empezara, para descansar durante el día
de reposo; y ciertamente después de que el día de reposo hubo terminado, es decir, a las seis de la madrugada, ellas esperaron
hasta la mañana para ungirle. Pero cuando María Magdalena vino al sepulcro, la piedra, que era muy grande, ya había sido
removida de la entrada del sepulcro por un ángel que descendió del cielo; y el Señor ya no estaba allí. Él había resucitado,
en poder divino, en perfecta calma; todo el ropaje usado en el entierro se había dejado bien ordenado en el sepulcro. Lo que
Dios hizo para despertar la atención de los hombres está relatado en Mateo 28: 2-4; pero Jesús no estaba allí. La gran piedra
no presentó ningún obstáculo a la salida del Señor; el poder divino que lo resucitó de los muertos y el cuerpo espiritual
que entonces Él poseyó, facilitó Su desaparición del sepulcro. Marcos sólo habla de la primera visita de María Magdalena
al sepulcro en el versículo 9; en el versículo 2 se habla de la otra María y de Salomé. María Magdalena ya se había ido del
sepulcro para anunciar a Pedro y a Juan el hecho de que el sepulcro estaba vacío. Éstas entran en el sepulcro, encontrando
removida la piedra de la boca del sepulcro; encuentran un ángel sentado al lado derecho del lugar dónde Jesús fue puesto,
quien anima a estas tímidas pero fieles mujeres, "No os asustéis, buscáis a Jesús. . .no está aquí. . ." y entonces les muestra
el lugar dónde Él había estado. Es de bendición ver la benignidad de Dios: todavía había algo de incredulidad en las mujeres,
porque ellas deberían haber comprendido que Jesús había resucitado; el ángel se los había dicho. Pero esto era demasiado para
la fe de ellas; ellas creían en Su persona, y que Él era el Hijo de Dios, pero Su resurrección era como una verdad demasiado
gloriosa para la fe de ellas. Sus corazones era sinceros, pero buscaron entre los muertos al que vive: y aquí la gracia de
Dios, plena de compasión, las tranquiliza. Estas mujeres no encontraron a Jesús muerto, sino el testimonio bendito de
que el amado Salvador estaba vivo. De boca del ángel, ellas son hechas mensajeras a los discípulos de la palabra del Señor.
Es la consagración del corazón al Señor la que trae luz e inteligencia al alma, si estamos buscando la verdad y a Jesús mismo.
María Magdalena muestra más consagración del corazón a Cristo que las otras; y esta es la razón por la que se la contempla
en el sepulcro antes de la salida del sol, y es la primera de todas ellas en ver al Señor. Es más, se le confía un mensaje
más excelente; ella debía ir a los apóstoles para anunciarles nuestra más excelente posición, nuestro privilegio más alto.
El Señor le dice, "Vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." (Juan 20: 17).
Los discípulos son llamados hermanos de Cristo aquí por primera vez, hermanos del Cristo resucitado. Su Dios es nuestro Dios;
Su Padre es nuestro Padre. Estas mujeres, aunque honradas por el Señor, aún no tienen tan gran privilegio; a ellas se
les confía otro mensaje. El Cristo resucitado asume dos caracteres: Su relación con el remanente de Israel, y Su nueva posición
como Hombre glorificado delante del Padre. En el primero Él aparece a Sus discípulos en Galilea dónde Él solía estar con ellos
habitualmente; en la segunda relación, Él asciende al cielo desde Betania. La misión de los discípulos también es diferente.
Mateo nos presenta el primero; y, en consecuencia, no encontramos allí la historia de la ascensión; Lucas nos da el segundo,
dónde el Señor asciende y es recibido en el cielo. El mensaje a los discípulos se les da a María y a Salomé; se ordena a los
discípulos que no salgan de Galilea. Lo que sucedió allí no se nos dice aquí: las mujeres se marchan asustadas. Entonces
este Evangelio da un resumen de la otra parte de la historia de Jesús resucitado, de lo que se encuentra en los Evangelios
de Juan y Lucas; del caso de María Magdalena, y de los dos discípulos que iban a Emaús; después de eso, la misión general
de los apóstoles, que debían ir y predicar al mundo entero. Quienquiera que crea y haga confesión pública de Cristo será salvo.
Se deben realizar milagros, no sólo por medio de los apóstoles, sino también por aquellos que creen por medio de ellos; ellos
deben manifestar, por las maravillas que deben realizar, el poder de Aquel en quien ellos creyeron.
Finalmente, el
Señor es recibido arriba en el cielo, y se sienta a diestra de Dios. Los apóstoles salen a predicar en el mundo, y el Señor
obra con ellos, confirmando la palabra con las señales que la seguían. La salvación dependía de la fe y en la confesión de
Cristo, y el Señor, cuando la palabra había sido plantada, daba testimonio a Su verdad por medio de señales poderosas; esto
facilitó la fe, y dejó sin excusas a los incrédulos.
J.N.DARBY
Traducido por: B.R.C.O.
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