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EL VENCEDOR FILADELFIO (Revista "Christian's Friend)

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EL VENCEDOR FILADELFIO

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

 

Apocalipsis 3:12.

 

 

         El Señor, viendo en Filadelfia un reflejo verdadero de Su Iglesia, pudo hablarle con efusión, en afecto irrestricto, estableciéndola (es decir, a Filadelfia) en la conciencia preciosa de la porción que la fe comprende, y que la esposa posee siempre en Su amor inalterable, mientras canta:

 

"Para ti, Su real esposa, para ti,

Resplandece Su más brillante gloria;

Y, más feliz aún, Su inmutable corazón

Con todo su amor es tuyo."

 

         Pero, ¡por desgracia! en nada somos un reflejo más preciso de la Iglesia de los días apostólicos que en el asunto de nuestra historia. Ya que, ¿acaso no está esa iglesia que reclama ser Filadelfia hoy en día (y ella continua hasta la venida del Señor, aunque leudada por el Laodiceanismo, tal como llega a caracterizarse la última etapa) muy por debajo del nivel moral en el cual estuvo una vez? Pronto, ¡cuán pronto! el estado Pentecostal dio lugar a una 'apariencia de piedad sin el poder' (2ª. Timoteo 3:5); y esto no sólo por la introducción de madera, heno, y hojarasca, junto con oro, plata, y piedras preciosas (1ª. Corintios 3:12); sino a través de la indolencia de corazón, de los que formaban la asamblea, para con el hecho de crecer en todo en Aquel que es la cabeza, es decir, en Cristo (Efesios 4:15). No obstante, el Señor tuvo el cuidado de hacer las provisiones necesarias (Efesios 4: 11-13, 16); y era una necesidad, también, para que la iglesia expresara en la tierra a Aquel cuyo Nombre tenía el privilegio de llevar. Y así ha sido con nosotros en ambos aspectos. Como consecuencia de lo último, hay una débil realización entre nosotros de las bendiciones que ofrece la verdad que profesamos, y aún menos el sentido de sus demandas. Por tanto, allí donde se procura fidelidad a un Señor ausente, no sólo debe estar la reiteración, por gracia, de hechos ya conocidos, sino que la responsabilidad individual necesita insistir sobre ello, y la conciencia ha de ser mantenida bajo la luz, para que el corazón pueda recibir eficazmente; ya que el hecho de estar exteriormente en el terreno verdadero no implica, de ningún modo, estar en el estado Filadelfio, incluso en cuanto a los creyentes que se encuentran allí. Son sólo los vencedores, como confiamos ver, quienes, en cuanto al estado, merecen el elogio del Señor, y son plenamente capaces de entrar en la dulzura de Sus preciosas palabras —"Yo te he amado." (Apocalipsis 3:9). Palabras aplicables, sin duda, en un sentido primario, a Su Iglesia, pero disfrutadas también de forma corporativa por el remanente que camina en el carácter Filadelfio.

 

Por medio de la gracia infalible, algunos, indudablemente, demostrarán ser fieles en las responsabilidades individuales y eclesiásticas, viviendo en el poder y el consuelo de "aquella esperanza bienaventurada" (Tito 2:13 – VM) —mientras el carácter Laodicense leuda casi todo, y se hace cada vez más manifiesto, aun en muchos de los que están en el terreno verdadero de la Iglesia— hasta que el Señor venga a rechazar completamente una profesión indigna. Entonces, los que más desean ser hallados en una condición tal, no rechazarán un estándar mediante el cual los Filadelfios pueden probarse a sí mismos, y ser humillados siendo conscientes de lo muy por debajo que todos estamos del estándar proporcionado por Él, y que es, por tanto, un estándar divino. Es sólo esto lo que puede retener a alguno en la condición aprobada —en la condición de pequeñez (Apocalipsis 3:8; 2ª. Corintios 12:10), así como ser tenido en cuenta, en la gracia incomparable del Señor (no en la propia estima de uno mismo, ciertamente), entre los vencedores.

 

Se ha comentado verdaderamente, a menudo, que existe una conexión evidente entre el aspecto que el Señor presenta hacia la Iglesia, y la condición en que se la encuentra, en cada una de las siete etapas. De este modo, en Filadelfia, debido que Él ha hallado dependencia, si Él favorece al débil remanente y lo establece (Apocalipsis 3:8), también lo vindicará (versículo 9), lo protegerá (versículo 10), y lo coronará (versículo 11); y cuando Sus tratos se refieren más concretamente al individuo, incluso condescenderá a estar al lado del vencedor para fortalecerle mediante una expresión reiterada de Su más dulce compasión (véase la expresión "mi Dios" en el versículo 12), abandonando, por un momento, Su posición como Hijo de Dios (Apocalipsis 2:18) "sobre su casa" (Hebreos 3:6), saliéndose de Su actitud de juicio (¿no lo podríamos decir?) para alentar mediante Su bienaventurado compañerismo a cualquiera que esté deseoso de defender Su gloria, mientras todo se involucra cada vez más en aquella indiferencia para con las demandas de Su Persona, lo cual caracteriza la última fase de la Iglesia en la tierra.

 

Es cierto, asimismo, que existe, en todas las épocas, una conexión moral entre el obrar de Satanás, la condición de un alma fiel, y los tratos del Señor destinados a fortalecerla bajo la prueba. Así, a través de todas estas siete iglesias, no es difícil seguir el rastro de la idoneidad de las promesas que el Señor da a los vencedores en cada etapa, en vista de la serie de circunstancias que caracterizaban el día, y que ponían las almas a prueba. No sólo eso, sino que la presión de esas circunstancias sobre los vencedores, en cada caso, los hacía aptos para recibir las promesas y los estímulos con gratitud. De ahí que se hace evidente que tenemos, por consecuencia, una llave al estado de los vencedores en Filadelfia, por las promesas dadas en el versículo 12. Es evidente, asimismo, que para serlo, los vencedores deben poseer las señales de la asamblea, en la medida que son estrictamente aplicables individualmente. Entonces, usando estos medios de determinación del estado de un verdadero Filadelfio, encontramos que:

 

Primero. "Tienes poca fuerza." Bienaventurado es que Él repare en ello, incluso de manera alentadora. Seamos conscientes o no, de que estamos en esta condición delante de Él, esta es Su palabra con respecto a nosotros. Él no adula. ¡Y qué bueno sería que estuviésemos en completa armonía con Él acerca de un punto tan importante! Entonces esperaríamos, en gozosa paciencia, que Él abra puertas para el servicio, hasta que Él nos invite a compartir Su deleite en cumplir los propósitos de Su amor y sabiduría a Su propio modo. El vencedor conoce el único poder adecuado para que esos propósitos sean llevados a cabo, aprecia la humillación propia que sólo puede constituir algún canal digno de aquel poder, y es recompensado con, "le haré que sea una columna en el templo de mi Dios." (Apocalipsis 3:12 - VM, compárese con 2ª. Corintios 12:9). La siguiente marca de la asamblea —"Has guardado mi palabra"— cuando es aplicada al individuo, se  desarrolla necesariamente en una variedad de detalle que la referencia en el versículo 12 parece presentar, por implicación, sobre los principios ya explicados. Allí, en el versículo 12, encontramos el resultado de la operación de la Palabra de Dios sobre un alma; en primer lugar, en su actitud hacia Dios; en segundo lugar, en su testimonio individual en el mundo; en tercer lugar, en su relación eclesiástica. Al introducir estos puntos en la serie ya comenzada, tenemos:

 

En segundo lugar. "Nunca más saldrá de allí." (Apocalipsis 3:12). Ahora bien, esto presupone, evidentemente, un estado de alma en el cual la adoración es un deleite. (Salmo 27:4). ¿En qué otra condición podría alguien apreciar una promesa tal? ¿Podría tener algún efecto fortalecedor? ¿Y qué es lo que lleva a un sentido tal de adoración de la gloria de nuestro bendito Dios sino Su Palabra, mostrando la relación entre esta marca del vencedor y la segunda característica de la asamblea? Así es también, en los dos puntos siguientes, cada uno de ellos determinante de un estado vencedor.

 

En tercer lugar. "Escribiré sobre él el nombre de mi Dios." Jeremías dijo, "Fueron halladas tus palabras, y yo las comí. Tus palabras fueron para mí el gozo y la alegría de mi corazón; porque yo soy llamado por tu nombre, oh Jehovah Dios de los Ejércitos." (Jeremías 15: 16, 17 – RVA, compárese con 1ª. Pedro 1, y 2ª. Timoteo 3:19). Asimismo el vencedor, regocijándose en la preciosa Palabra de Dios, y con el aprendizaje consciente de la identificación con el Santo, ocupa un terreno similar hacia el mundo; y, disfrutando de la bienaventuranza de tal identificación, recibe con gratitud la promesa de que lo que él busca mantener decorosamente ahora no tardará en ser a la vez perfecto y manifiesto.

 

En cuarto lugar. "Escribiré sobre él . . . el nombre de la ciudad de mi Dios." Para  uno que se ha embebido en el deseo del Señor, tal como se expresa en Juan 17:21 –que ha observado el establecimiento, en poder, de esa unicidad por el Espíritu Santo, y su manifestación, en Pentecostés — que ha meditado sobre los efectos desvanecedores de las maquinaciones de Satanás mediante las cuales la Iglesia se dividió, hasta desechar los deseos del Señor a los cuales ya nos referimos, y que ve ahora con dolor los frutos del testimonio fragmentario, para desprecio de los escépticos, por no mencionar los mares de iniquidad a través de los cuales la Iglesia profesante ha arrastrado el precioso Nombre de nuestro Señor— qué intensa satisfacción es esperar el día perfecto cuando todo será según Su pensamiento; cuando la que Le ha deshonrado reaparecerá, vestida por Su propia mano amable, en todas las inmaculadas perfecciones de Su gloria (Juan 17: 22, 23, Apocalipsis 21), la expresión completa de Él. Qué gracia es la que, ajena a todo, aun así nos permitirá reconocerle a Él como el Cordero, siempre adorable; pero aún más, nos establecerá en la preciosa conciencia inalterable de la relación eterna —mucho más profunda de lo que puede ser mostrada en el título dado divinamente, ¡"la novia, la esposa del Cordero."! (Apocalipsis 21:9 – LBLA). La identificación con esto es una perspectiva verdaderamente bienaventurada, pero, no obstante, natural para el corazón que está familiarizado con el amor sin límites que lo ha hecho posible —sabiendo que 'ha sido hecho para esto mismo' por Dios. (2ª. Corintios 5:5). El hecho de meditar acerca de la gloria de semejante perspectiva moldea de tal modo el corazón que, por una parte, nada en la tierra lo satisfará sino un reflejo, independientemente de lo débil que es, de la ciudad divinamente ordenada; y, por la otra, dicho corazón está en condición de recibir con alegría la promesa del Señor: "Escribiré sobre él . . . el nombre de la ciudad de mi Dios."

 

En quinto lugar. Volviendo ahora al versículo 8 de Apocalipsis 3, Filadelfia ha conocido a Aquel que es Santo y Verdadero; reconociéndole como Rey de reyes, aunque no está sentado aún sobre Su trono; y Señor de señores, delante del cual toda rodilla se doblará; así también como Hijo sobre Su casa; y eso Le permitió un lugar de reposo adecuado, reconociéndole en Su carácter verdadero y Sus plenas dignidades, aunque sólo dos o tres se encuentren en algún lugar para reunirse así en Su Nombre. (Mateo 18:20). Feliz es aquel que continua fiel a Él, en una escena donde diez mil atracciones tienden a cegar la vista para no ver la gloria de Aquel que, en gracia, tomó aquí el lugar más humilde, y debido a que no pudo dar Su aprobación a la grandeza mundanal que excluye a Dios, por más que su exhibición podría invitar a la apariencia y a la aprobación. A los vencedores el Señor dice, "escribiré sobre él . . . mi nombre nuevo." (Apocalipsis 3:12).

 

En sexto lugar. En consonancia con la porción celestial que la Iglesia ha recibido por estar unida a su Señor glorificado, Filadelfia impugna la noción de Cristianos asumiendo el terreno Judío ("los que se dicen ser judíos y no lo son", etc. – Apocalipsis 3:9); ella ve, de hecho, el contraste tal como fue trazado por Dios mismo en Filipenses 3: 19, 20. Ella, por consiguiente, guarda la fe con Él a la diestra del Padre, "esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies" —guarda la palabra de Su paciencia, y a cambio, es introducida en la seguridad de las amables intenciones del Señor hacia Su Esposa celestial; a saber, guardarla de la hora que los de mente terrenal deben tener en perspectiva (compárese con Sardis, Apocalipsis 3:3), "la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra." Como siendo uno con Aquel que está entronizado en las alturas, el alma fiel rechaza hacer demandas en el mundo que Le condenó injustamente —renunciando a sus derechos hasta el día en que pueda tomar todo con Jesús. ¡Y qué bienaventurado es saber que Él incita ahora tales manifestaciones de compasión, aun en la época de Su rechazo en la tierra!

 

En séptimo lugar. La venida del Señor, así como siendo también la consumación de todas nuestras esperanzas y perspectivas, puede ser considerada como la prueba crucial para la profesión Cristiana. Su acostumbrada relación con la santificación práctica, el gran propósito de la verdad (Juan 17:17), es bien conocida, y la profesión es, efectivamente, de poco valor, no obstante lo resplandecientes que puedan parecer los rayos de luz emitidos si ellos no convergen sobre aquel único punto. Si el corazón pierde de vista la venida del Señor, todo lo que se puede perder se pierde. La segunda epístola Timoteo 4: 7, 8 tiene que ver con esto, y explica, asimismo, la relación entre la "corona" y la venida de Apocalipsis 3:11. Yo no pregunto, ¿Esperamos al Señor? sino, ¿Amamos Su aparición (o, venida)?

 

En conclusión, es evidente que las siete marcas expuestas arriba no exponen la posición de un Cristiano delante de Dios: ni tampoco tratan claramente acerca del andar piadoso delante de los hombres. Ellas dan en el blanco, y descubren las vertientes interiores  —las energías vivas de un alma en reposo en la presencia de Dios, conscientemente en posesión del "oro"; aunque no ocupada con él, ciertamente, más que como una plataforma sobre la que se asienta, mientras aferra los vínculos que lo unen al Objeto bendito alrededor de quien sus afectos divinamente forjados se enlazan, en un amor inteligente del cual Él es la fuente así como también el objeto. ¡Qué porción tienen nuestros corazones en Cristo! Formados para Él, unidos eternamente a Él, y libres aun ahora para disfrutarle —el deleite eterno de Su pueblo redimido.

 

J. K.

 

Revista "Christian Friend", 1880.-

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. - Enero 2013.-

Publicado originalmente en Inglés bajo el título:

THE PHILADELPHIAN OVERCOMER, by J. K.

Traducido con permiso
Publicado por:
www.STEMPublishing.com
Les@STEMPublishing.com

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