EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

LIBERACIÓN; o, EL MAR ROJO (H. H. Snell)

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LIBERACIÓN; o, EL MAR ROJO

 

 

H. H. Snell

 

De la Revista 'Pasture for the Flock of God', 1875 ('Pastos para el Rebaño de Dios')

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

 

"Así salvó Jehová aquel día a Israel de mano de los egipcios; e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar." (Éxodo 14:30).

 

Estar protegido de forma segura del juicio de Dios mediante la sangre del cordero, fue la preciosa lección enseñada por la pascua. Pero muchas almas tienen gran angustia, y llegan a estar sometidas a los asaltos del adversario, incluso después de haber tomado refugio en la sangre de Jesús como el único refugio de la ira venidera. Una cosa es estar confiando realmente en la obra expiatoria de Cristo, como el solo fundamento de paz y seguridad, y otra cosa es conocer la liberación del yo, y del mundo, y de Satanás. Por eso muchas almas tienen un grave conflicto, y anhelan la liberación, tal como ellas dicen, de la plaga de su propio corazón, porque ellas no ven de qué manera prodigiosa Dios ha forjado esto para ellas en la obra de Jesús en la cruz, como su substituto. Puede ser a través de mucho conflicto y angustia de alma que alguna de ellas sea llevada a quitar tan enteramente su mirada de ella misma como para fijar su corazón únicamente en el Señor Jesús; pero esta experiencia tan dolorosa se convierte usualmente en provechosa. Todos los que son enseñados por Dios deben ser ciertamente instruidos según la palabra divina, que "la carne para nada aprovecha" (Juan 6:63), y más temprano o más tarde aprenden en su experiencia algo de la verdad, que "ninguna carne se gloríe delante de Dios" (1ª. Corintios 1:29 – VM) y que "El que se gloría, gloríese en el Señor." (1ª. Corintios 1:31).

 

Entonces, algunos que tienen refugio consciente de la ira venidera no conocen el disfrute de la libertad con que Cristo los hizo libres (Gálatas 5:1). Éxodo 14 trae ante nosotros este último asunto, y es de la más significativa importancia para nuestras almas aprender claramente de la Escritura el pensamiento propio del Señor con respecto a esta gran liberación. Es muy notable que el lugar en que ocurre esta escena sea Pi-hahirot, porque significa 'la entrada en la libertad'; y el final de este capítulo, y el cántico que siguió a continuación, nos hablan acerca de qué momento de felicidad y regocijo sin precedentes fue aquel.

 

Ellos habían aprendido en un tiempo de la prueba más intensa la seguridad proporcionada a ellos mediante la sangre del cordero, según la palabra de Jehová. Él había pasado realmente de largo sobre ellos. Mientras la muerte, con sus consiguientes miserias, por medio del mensajero del juicio de Dios, estuvo en toda otra casa, no obstante, en virtud de la sangre del cordero ellos habían sido preservados. Guardados así en seguridad mediante la sangre, y sacados de Egipto por el poder de Dios, bajo Su guía peculiar, la columna de nube de día, y la columna de fuego de noche, no fue sino hasta que ellos llegaron a las orillas del Mar Rojo que sus temores y angustias parecieron haber comenzado. Lo que dio origen a ello en lo inmediato fue que al alzar sus ojos vieron los ejércitos de Faraón, sus hombres fuertes con sus carros y caballos persiguiéndolos enardecidamente. Las olas del Mar Rojo rompiendo delante de ellos, y el rey de Egipto con sus soldados armados inmediatamente detrás de ellos, ellos mismos se hallaron en tales circunstancias de peligro y angustias como jamás hubiesen esperado, y para las cuales ellos estuvieron totalmente desprevenidos. Sus pensamientos se ocuparon de inmediato de ellos mismos, de sus peligros, y de sus enemigos; de hecho, en sus circunstancias. La miseria de ellos fue intensa. Desearon no haber salido nunca de Egipto. Ellos murmuraron contra Moisés. Nosotros leemos, "Cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a Jehová. Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto." (Éxodo 14: 10-12). Tales fueron las expresiones de angustia y miseria que los hijos de Israel emitieron ahora, y ello nos recuerda otra expresión de fecha posterior, "¡Miserable de mí! ¿quién me librará…? (Romanos 7:24). Su caso les pareció ser tan desesperado que contemplaron morir en el desierto, y lamentaron haber abandonado Egipto; ellos dijeron que, en realidad, hubiesen preferido la cruel esclavitud de servir a los Egipcios, a su actual temor y angustia ante la perspectiva de ser exterminados completamente por Faraón y sus huestes.

 

Pero, ¿es posible que estas sean las mismas personas que poco tiempo antes habían experimentado personalmente que fueron los objetos del favor divino, y delante de las cuales fueron para guiarles, la columna de nubes de día, y la columna de fuego de noche? Sí, ellas son las mismas personas y aunque clamaron a Jehová, cuando ellos alzaron sus ojos y vieron las vastas multitudes de soldados Egipcios marchando contra ellos, ellos murmuraron contra Moisés, hablando con desaliento acerca de morir en el desierto, y ellos mismos considerándose erróneamente peor que cuando se los hacía servir a los Egipcios con rigor en el horno de ladrillos. En resumen, ellos nunca habían sido tan miserables anteriormente. Ello es una ilustración gráfica de aquello a través de lo cual muchas almas pasan ahora. El retrato no es exagerado. Se trata de una descripción fiel a la realidad, porque es dibujado por una mano divina, y abunda en lecciones muy instructivas.

 

El hecho es que, lo primero que usualmente lleva a un alma a darse cuenta de su necesidad del Salvador, es la conciencia de la culpa a causa de pecados cometidos. El peso de transgresiones cometidas y, por tanto, de juicio merecido, es tan intolerable que el angustiado corazón clama, "¿qué debo hacer para ser salvo?" (Hechos 16:30) y se regocija al hallar refugio en la sangre de Jesús derramada para la remisión de los pecados. El gozo es a menudo muy grande al hallar en la cruz de Cristo que Dios es ambas cosas, "Dios justo y Salvador" (Isaías 45:21), y por tanto, la esperanza de una salvación eterna ilumina la oscura escena donde anteriormente sólo obscuridad y desaliento habían ocupado el alma. Al igual que los hijos de Israel, ellos experimentan felizmente el valor protector de la sangre, y se halagan a sí mismos con la idea de que jamás volverán a ser desventurados nuevamente. Así avanzan ellos en su carrera Cristiana. Ellos caminan por una nueva senda. Se dan cuenta, asimismo, que Dios está con ellos. Ellos dan sus espaldas a este mundo Egipcio y sus rostros miran hacia el prometido descanso — la " tierra que fluye leche y miel" (Éxodo 3:8) — ellos siguen adelante, conforme a su conocimiento de la voluntad y guía de Dios, sin sospechar de aquello que muy pronto y profundamente va a ponerlos a prueba.

 

Una pregunta, desconocida hasta ahora para ellos, debe ejercitar más temprano o más tarde sus conciencias delante de Dios. Hasta ahora, lo que los había acongojado eran las transgresiones que ellos habían cometido a sabiendas contra el Dios infinitamente santo, tal como hemos mencionado; y ellos sabían que todo esto había sido afrontado para ellos, y sus almas eran felices al creer en el poder limpiador de la sangre de Jesús. Pero la pregunta es ahora acerca de la carne (prefigurada por los Egipcios, hombres carnales), la naturaleza de la cual brotan todas las transgresiones; o, tal como la Escritura lo denomina, nuestro "viejo hombre." (Romanos 6:6; Efesios 4:22; Colosenses 3:9). El hecho es que, la antigua naturaleza, esa que es nacida de la carne, es totalmente inepta para la presencia de Dios o Su servicio; y aprender esto de forma experimental no puede ser sino muy angustiante. Aceptar la doctrina porque nosotros la vemos en la Escritura es bastante sencillo; pero entenderla a la vista de Dios, que "en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien", es muy humillante. (Romanos 7). Muchos de nosotros no sospechábamos esto en absoluto cuando aceptamos gustosamente por vez primera el refugio que la sangre preciosa de la cruz dio a nuestras almas heridas por el pecado. No obstante, se tiene que aprender que la naturaleza que hacía los pecados, el viejo hombre, es tan total e irremediablemente malo — no se sujeta a Dios, ni, de hecho, tampoco puede (Romanos 8: 5-8) — que la única forma en que Dios pudo tratar con ella fue juzgarla, y quitarla de Su vista. La angustia relacionada con esta segunda lección es a menudo mucho mayor que la congoja de la primera. Aun así, se trata del modo de adquirir liberación, y el único modo, como yo considero, de entrada a la libertad con que Cristo nos hizo libres. (Gálatas 5:1).

 

Cuando el alma que ha conocido la remisión de pecados a través de la sangre de Jesús encuentra dentro de sí, de cuando en cuando, una multitud de pasiones, y orgullo, y murmuraciones, y quejas surgiendo, e incluso si no prorrumpen, están listos para hacerlo en cualquier momento, el corazón está dispuesto a decir, «¿Soy yo un Cristiano? ¿No estoy yo engañado? Yo creí que el Cristianismo me haría siempre feliz, y no obstante, ¡soy tan miserable! Yo nunca supuse que un Cristiano verdadero podía haber conocido tales procesos abominables e inmundos en el interior, tal como yo los tengo. Ciertamente Yo estoy peor ahora que cuando yo era esclavo del pecado, y de Satanás, y del mundo. Además, las resoluciones no eliminan estas cosas. Las ordenanzas tampoco las erradican. Ellas retroceden después de las más severas mortificaciones corporales y sacrificio. Ellas se entrometen enérgicamente en mis oraciones y en mis más santos ejercicios. De vez en cuando permanecen adormecidas, pero brotan de nuevo en las menores ocasiones. Nadie sabe esto excepto yo mismo y Dios; porque estoy hablando de procesos en el interior. Yo no puedo vencerlos. Así que, angustiado y casi dispuesto a renunciar a mi profesión del nombre de Cristo, yo clamo, "¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7:24)» Ahora bien, observen que aquí no es, «¡Oh, que pecados malvados he cometido!» sino, «"¡Miserable de mí! » se trata de "la carne con sus pasiones y deseos" (Gálatas 5:24) — la naturaleza que cometió los pecados. Y cuando nuestras almas se dan cuenta de estos males obrando en el interior, dirigidos por el poder de Satanás, amenazando tener dominio sobre nosotros, ello se convierte para nosotros en una multitud tan formidable, como Faraón y sus jinetes y ejército lo eran para los tímidos y angustiados hijos de Israel. Y así como nada pudo darles paz excepto la liberación de este gran poder que estuvo contra ellos, y que era contrario a Dios, del mismo modo nada menor al hecho de desechar en juicio estas huestes del mal en el interior podía afrontar las demandas de nuestras conciencias, porque nosotros sabemos que nada menor podía satisfacer a un Dios infinitamente santo. Y esto, como veremos, es lo que la Escritura nos enseña que ha sido hecho. ¡Bendito sea el Dios de toda gracia!

 

"Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos." (Éxodo 14: 13, 14). Nosotros vemos aquí que Dios mismo los libraría de este poderoso ejército carnal, y de Faraón su líder, y eso mediante Su propio poder, sin absolutamente ninguna ayuda, o lucha, o interferencia del hombre, Él lo haría todo completamente, y para siempre. Debía ser también el consuelo y la bendición de ellos mirar y ver lo que Dios hacía; y es así cuando un alma se ha enterado de su completa impotencia para vencer a la carne y a Satanás, y para dominar el yo con sus diez mil formas de engaño y iniquidad desesperada, y que al final se rinde completamente, y clama, "¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" Esta alma es enseñada por el Espíritu Santo acerca de que Dios la ha librado por medio de Jesucristo nuestro Señor. Y volviendo la mirada al pasado y viéndole a Él cuando estuvo colgado en la cruz, y viéndole a Él resucitado ahora de entre los muertos, dicha alma es llevada a responder su propia pregunta de manera triunfante, "Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro" (Romanos 7:25). Ella sabe realmente lo que es estar tranquila, y ver, por medio de la fe, un Salvador resucitado, que fue crucificado, y rinde alabanza a Dios.

 

Es bueno ver cuán plenamente Dios ha satisfecho nuestra necesidad en la obra consumada de nuestro Señor Jesucristo. No solamente Jesús padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos (1ª. Pedro 3:18), sino que Él, el Santo, por nosotros fue hecho pecado (2ª. Corintios 5:21); y se nos dice que Dios condenó, en Él, "al pecado en la carne." (Romanos 8:3). De modo que no sólo se ha padecido por los pecados, el fruto para muerte de una mala naturaleza, en que Jesús derramó Su sangre por muchos para "remisión de los pecados" (Mateo 26:28); sino que el "pecado en la carne", la naturaleza que cometió los pecados, ha sido tan condenada judicialmente por Dios (Romanos 8:3), y desechada como para no tener ya un lugar delante de Él, que el Espíritu Santo declara que nuestro "viejo hombre" (observen que aquí no se trata de los viejos pecados, sino del viejo hombre) "fue crucificado juntamente con él" (Romanos 6:6). Y esto es reconocido en la Escritura tan completamente, que de los creyentes se dice ahora que no están "en la carne", sino "en Cristo Jesús." (Romanos 8:1). Pero a lo que yo deseo seguir el rastro ahora en la Escritura es al hecho de que Dios no solamente ha juzgado los pecados en Jesús en la cruz, el cual los limpió mediante Su sangre, sino que Él ha desechado judicialmente, como siendo apto sólo para juicio, a nuestro "viejo hombre" en Jesús nuestro sustituto, tan verdaderamente como Él acabó, en juicio, con Faraón y todos sus ejércitos, de modo que los hijos de Israel pudiesen verlos muertos, y considerarlos muertos para siempre, y ya no más vivos.

 

Al seguir la narrativa en nuestro capítulo, nosotros veremos que todo es logrado mediante el poder de Dios. Es redención mediante poder. En Egipto fue redención mediante sangre. En Cristo crucificado, resucitado, y ascendido, nosotros tenemos ambas. "En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia." (Efesios 1:7). La sangre debe ser la base de toda nuestra bendición. "Sin derramamiento de sangre no se hace remisión." (Hebreos 9:22). Pero nosotros queremos más que remisión de pecados; nosotros necesitamos ser llevados a la gloria, y es la obra de Jesús "llevar muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10). Se necesitó el poder de Dios para llevar a los que habían sido protegidos por la sangre, no solo para sacarlos de Egipto, sino para librarlos de Faraón y de los Egipcios, por medio de llevarlos a través de la muerte y el juicio a estar en un terreno completamente nuevo. Tal como nosotros estamos ahora, en Cristo resucitado, no solamente rescatados de este presente siglo malo, sino liberados del dominio del pecado y de Satanás, y colocados en un terreno enteramente nuevo, al otro lado de la muerte. Mirando hacia atrás a la cruz, vemos que todo ello ha sido consumado mediante muerte y juicio; de modo que la muerte y el juicio están ahora detrás de nosotros; en Cristo nosotros poseemos la vida resucitada, porque hemos resucitado con Cristo; y nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios. De nosotros, que éramos del mundo, en nuestros pecados, y puede ser, bajo la ley, se habla ahora en la Escritura como "no son del mundo" (Juan 17: 14, 16), "nos lavó de nuestros pecados" (Apocalipsis 1:5), "no estáis en la carne" (Romanos 8:9 – VM), "no estáis bajo la ley" (Romanos 6:14), sino "en Cristo" (Romanos 8:2). Todo esto puede ser expuesto en esta escena del Mar Rojo, las aguas de la muerte, formando a la vista del hombre una barrera insuperable para su entrada a la tierra. Pero por el poder de Dios las aguas del Mar Rojo fueron divididas como para formar una senda seca, con una pared líquida en cada lado. A los hijos de Israel se les ordenó que se pusieran en marcha (Éxodo 14:15).  Todo lo que se necesitó en aquel momento fue fe, para que ellos se beneficiaran del valor de esta obra de Dios, para pasar conforme a Su palabra. Ellos hicieron esto. "Por la fe pasaron el Mar Rojo como por tierra seca; e intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron ahogados." (Hebreos 11:29). Ellos aceptaron gustosamente el modo de liberación de Dios. "Los hijos de Israel entraron por en medio del mar, en seco, teniendo las aguas como muro a su derecha y a su izquierda." (Éxodo 14:22). Así cruzaron el Mar Rojo. Pero, ¿qué sucedió a sus enemigos que ellos tanto temían? La misma obra de Dios que fue para Su pueblo liberación y salvación, fue la obra misma que quitó para siempre a sus enemigos de la vista de ellos mediante muerte y destrucción, para que ellos no los viesen vivos después. ¿Y no nos trae todo esto forzosamente a la memoria de nuestra alma la obra consumada de Jesús? Cuando nosotros pensamos acerca de la liberación del pecado y de Satanás, de la muerte y del juicio, ¿adónde miramos? ¿No destruyó Él "por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo"? (Hebreos 2:14). ¿No fue nuestro "viejo hombre" — la carne con su poderosa multitud de afectos y pasiones — crucificado con Él? Y teniendo ahora vida en Él, vida que está fuera de la muerte, habiendo resucitado con Cristo, ¿acaso no podemos ver a la muerte y el juicio detrás de nosotros, tan ciertamente como Israel vio las tumultuosas olas del Mar Rojo rompiendo detrás de ellos en vez de romper delante de ellos?

 

Pero no olvidemos jamás que Dios juzgó a Faraón y a los Egipcios, los hombres de la carne. Con corazones llenos de amarga enemistad para con las cosas y el pueblo de Dios (porque la carne es eso — véase Romanos 8), los Egipcios persiguieron a Israel enardecidamente. Al igual que el hombre carnal hasta ahora, ellos se precipitaron alocadamente y de manera inconsciente en las fauces mismas del devorador juicio de Dios. Tan fatalmente ignorante y lóbrego es el hombre. Parecía que ellos tenían éxito por un momento. La falsificación de la fe en esos hombres carnales pareció, asimismo, prosperar por un tiempo. Pero, ¡ay de ellos! ¡ay de ellos! Dios estaba contra ellos, y no a favor de ellos. Ellos no habían creído a Dios. No tuvieron el refugio de la carne. Dios señaló sus modos malvados, y, como es habitual, Él prendió "a los sabios en la astucia de ellos" (Job 5:13; 1ª. Corintios 3:19); porque Dios salvará a los Suyos, y Él debe juzgar a los malos. ¡Cuán terriblemente solemne esto es! Nosotros leemos, "Jehová miró el campamento de los egipcios"; Jehová "trastornó el campamento de los egipcios, y quitó las ruedas de sus carros", hasta que ellos dijeron "Huyamos de delante de Israel, porque Jehová pelea por ellos contra los egipcios." (Éxodo 14: 24, 25). Nosotros leemos también que "Jehová derribó a los egipcios en medio del mar." (Éxodo 14:27). Así obró Dios.

 

Cuán extremadamente bienaventurada es la contemplación de este doble aspecto de la obra de Cristo: ejecutar juicio sobre todos nuestros enemigos, y sacarnos, mediante Su gran poder, resucitando Cristo de entre los muertos, y darnos vida y libertad para siempre en Él. ¡Triunfo glorioso! Todo es de Dios; ¡A Él sea toda la gloria!

 

Fue verdaderamente la salvación de Jehová (Éxodo 14:13). Esta es la primera vez, si no me equivoco, que la palabra "salvación" aparece en la Escritura santa. Fue una salvación de la muerte y del juicio, salvados de Faraón y de todos los Egipcios. Ellos vieron la salvación de Jehová. Y nosotros leemos "Así salvó Jehová aquel día a Israel de mano de los egipcios; e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar." (Éxodo 14:30). Ellos estuvieron considerando ahora a estos grandes enemigos de sus almas como muertos a la orilla del mar, desechados para siempre por la mano judicial del Dios viviente. Y entonces, creyendo lo que Dios dice, "que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él (Cristo)" (Romanos 6:6), se nos ordena que nos consideremos muertos verdaderamente para el pecado, y vivos para Dios en nuestro Señor Cristo Jesús. (Romanos 6:11 – LBLA). Mientras consideremos a nuestro viejo hombre como estando vivo, y luchemos contra él y sus acciones, nosotros le damos importancia, pero cuando, en virtud de la obra sustitutoria de Jesús, a la carne no le damos lugar alguno, ninguna importancia, no la reconocemos, no tenemos confianza en ella, de tal modo que nuestros ojos se quitan del yo totalmente, y se fijan en un Cristo resucitado; o, si nosotros pensamos en la vieja naturaleza y sus actos, nosotros sólo la vemos muerta, consideramos que ella ha muerto en la cruz de Cristo, como habiendo estado bajo el juicio divino. Mientras un creyente esté pensando en el viejo yo y sus pasiones, velando contra él y lidiando contra él, dicho creyente está reconociendo al viejo hombre como estando vivo, y no muerto, y temor, angustia, y debilidad, y fracaso de varias clases emergen en consecuencia. Nosotros leemos que "los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos." (Gálatas 5:24). Y, ¿cuándo? ¿Acaso no fue cuando ellos aceptaron el juicio de Dios de ella en la cruz? Por consiguiente, en las epístolas jamás se nos dice que crucifiquemos la carne, o que mortifiquemos la carne, y por esta razón: porque Dios en Su gracia abundante, la ha condenado ya — ella ha sido crucificada con Cristo. Pero a nosotros se nos dice que mortifiquemos, o hagamos morir, los miembros de nuestro cuerpo — los actos impuros de esa vieja naturaleza que está aún en nosotros, a la que hemos de considerar que ha muerto (Colosenses 3). Se nos enseña también a mortificar, o a hacer morir, por el Espíritu, no la carne que está aún en nosotros, sino sus actos, "las obras (las prácticas) de la carne (o, del cuerpo)" (Romanos 8:13). Todo esto es conocido sólo por medio de la fe. La fe ve que Dios lo ha hecho, y le cree a Dios cuando Él dice que Él lo ha hecho. Esto es bastante sencillo. Para el apóstol ello fue una realidad tal que dijo, "estoy… crucificado" " (Gálatas 2:20). Y si ustedes preguntan, «¿Cuándo?» Él responde "Con Cristo." Y para que no supongamos que ello es meramente un cambio de la vieja naturaleza, él añade, "y ya no vivo yo (no la vieja naturaleza mejorada), mas vive Cristo en mí." Es una nueva naturaleza la que vive; es Cristo, el cual es su vida, viviendo en él (Colosenses 3:4); porque él es una nueva creación (una nueva criatura) en Cristo Jesús (Gálatas 6:15).

 

Nosotros hacemos bien al recordar, entonces, el amplio contraste en la experiencia de Israel cuando ellos consideraban a los Egipcios como estando vivos y cuando los consideraron como muertos. De modo que podemos estar seguros que si analizamos el funcionamiento de la carne en nosotros, y estamos ocupados de ella como si viviera, nosotros no debemos esperar ser sino muy miserables. Las personas más miserables en la tierra son, quizás, los Cristianos que se han entregados a ocuparse del yo, y más aún porque ellos son temerosos de Dios y meticulosos; porque, habiéndose enterado del desatino de los recursos del mundo, no hay nada que los saque de la actitud de ocuparse de él; y ciertamente, las personas más felices en la tierra son las que se glorían en Cristo Jesús, adoran a Dios en espíritu, y no ponen confianza alguna en la carne ("Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne." Filipenses 3:3 – VM). Bienaventurados los que, sabiendo que tienen vida de resurrección en un Cristo resucitado, se consideran a sí mismos realmente muertos para el pecado, y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. (Romanos 6:11). Ellos adoran a Dios como su Dios y Padre, y Le alaban por toda Su maravillosa gracia para con ellos en Cristo Jesús, y por medio de Su sangre preciosa.

 

Nosotros descubrimos, por lo tanto, cuán felices ellos estuvieron cuando Israel hubo llegado al otro lado del Mar Rojo. Fue un momento feliz; porque ellos se ocuparon enteramente de Dios, y de lo que Él había hecho. No estuvieron ocupándose del yo, ni tampoco de las circunstancias, sino, repito, de Dios. "ENTONCES Moisés y los hijos de Israel rompieron a cantar este cántico a Jehová: y hablaron, diciendo: ¡Cantaré a Jehová, porque (Él) se ha ensalzado soberanamente; al caballo y a su jinete (Él) ha arrojado en la mar! Mi fuerza y mi canción es Yah (Jehová), y él ha sido mi salvación: éste (Él) es mi Dios, y le celebraré; Dios de mi padre, y le ensalzaré. ¡Jehová es Varón de guerra; Jehová es su nombre! ¡los carros de Faraón y su ejército él ha arrojado en la mar: y sus escogidos capitanes fueron hundidos en el Mar Rojo!... ¡Tu diestra, oh Jehová, se ha hecho gloriosa en potencia; tu diestra, oh Jehová, ha destrozado al enemigo!" (Éxodo 15: 1-6 – VM). ¡Qué irrupción triunfal es esta! ¡Y qué cambio con respecto a la dolorosa angustia en que ellos estuvieron tan poco tiempo antes! Pero ellos habían visto ahora la salvación de Dios, y su gran liberación de la formidable multitud de Egipcios, la cual amenazaba consumirlos en su ira. Ellos estuvieron así en libertad y en un terreno nuevo. Dios los había libertado, Dios les había dado la victoria; y ellos están ahora dedicados a Él, alabándole, y dando la debida gloria a Su nombre, adjudicando todo el poder y la gloria de la liberación de ellos a Él. ¡Cuán sencillo, y sin embargo cuán bienaventurado esto es! ¡Qué secretos nos son revelados, qué recursos nos son descubiertos, en la contemplación de un Salvador crucificado y resucitado!

 

¿Y dónde, queridos amigos Cristianos, tomamos nosotros nuestro lugar delante de Dios? ¿Lo tomamos en el lado Egipcio del Mar Rojo, o en el otro? Ustedes no pueden ser felices en la primera posición. No hubo cántico alguno en Egipto, si bien hubo perfecta seguridad; porque ellos estuvieron protegidos por la sangre del cordero. Pero después de eso, cuando ellos llegaron a Pi-hahirot, quizás nunca ellos tuvieron tal temor y angustia de alma. Y sin embargo, si ustedes les hubieran preguntado,

«¿Acaso no han estado ustedes al abrigo de la sangre?»,

ellos hubiesen respondido, «Sí.»

«Acaso no han sido ustedes sacados de Egipto al desierto, por el poder directo de Dios?»

Respuesta, «Sí.»

«No está el símbolo del cuidado y de la presencia de Dios en la columna de nubes de día, y la columna de fuego de noche, continuamente con ustedes?»

«Sí.»

«¿Porqué, entonces, esta amarga congoja?»

Al indagador se le haría desviar su atención hacia el Faraón y a todas sus huestes, los cuales estuvieron persiguiéndolos tan de cerca, encerrados tal como estaban por el Mar Rojo.  Ellos dirían, «Necesitamos liberación»; y nada más que un poder más imponente que cualquiera que ellos hubiesen conocido alguna vez podía efectuarlo. ¡Oh, la miseria del hecho de ocuparse de uno mismo, la falta de gozo y alegría de aquellos que toman su lugar, aunque sin lugar a dudas seguro, en el lado Egipcio del Mar Rojo!

 

Y, ¡oh cuán rica es la bendición, cuando estamos asegurados por la infalible Palabra de Dios, y vemos la consumación en la terminada y triunfante obra de Cristo a través de la muerte, de ser libertados judicialmente del "viejo hombre", del mundo, de Satanás, y tenemos ahora la posesión actual de vida eterna en Cristo resucitado! Nosotros alabamos y damos gracias. Nos gozamos en Cristo Jesús el cual es nuestra vida. Miramos hacia atrás al mundo Egipcio como estando muy lejos, y como sabiendo que las aguas de la muerte y juicio, las cuales engulleron todo lo que estaba contra nosotros, baten entre nosotros y ello. Nosotros tenemos, por tanto, paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1); somos objetos del favor divino de manera consciente, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:2). Si cuando estábamos en Egipto fuimos encontrados por medio de la gracia de Dios, mediante la sangre del Cordero, es en el Mar Rojo donde tenemos que ver con Cristo resucitado de la muerte, el cual es nuestra vida. Y en esto radica toda la diferencia. Bienaventurado como es conocer el abrigo de la sangre, es más bienaventurado saber que tenemos vida de resurrección — una vida que vive al otro lado de la muerte y del juicio. Una vida imperecedera, una vida que brota de manera natural hacia lo alto y adelante, una vida que tiene gustos, sentimientos, alegrías, y costumbres aptas para Dios, y que no puede hallar descanso para la planta de su pie en la región del pecado y de Satanás. De los tales está escrito también, "Cuando Cristo, el cual es nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados juntamente con él en gloria." (Colosenses 3:4 – VM). Nosotros podemos cantar gozosamente —

 

¡'Oh Señor, has resucitado ahora!

-Tu trabajo está terminado ahora;

Una sola vez has padecido por los pecados —

¡Tú vives para nunca más morir!

El pecado, la muerte, y el infierno están vencidos

Por Ti, que eres ahora nuestra Cabeza;

Y ¡he aquí! Compartimos Tus triunfos,

Tú, primogénito de los muertos.

 

'En Tu muerte bautizados,

Reconocemos que contigo morimos;

Contigo, que eres nuestra vida, hemos resucitado,

Y seremos glorificados.

Del pecado, del mundo, y de Satanás,

Somos rescatados mediante Tu sangre;

Y caminaremos aquí como extranjeros

Vivos contigo para Dios. [*]

 

H. H. Snell

 

[*] N. del T.: Traducción libre de la tercera y cuarta estrofa del Himno "LORD Jesus, we remember". Autor: James George Deck (1802-1884), cuyas letra y melodía se pueden leer y oír en el siguiente vínculo: http://www.stempublishing.com/hymns/ss/149

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Diciembre 2017.-


Publicado originalmente en Inglés bajo el título:
DELIVERANCE; OR, THE READ SEA, by H. H. SNELL
Traducido con permiso
Publicado por:
www.STEMPublishing.com
Les@STEMPublishing.com

Versión Inglesa
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