EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

LA CASA DE DIOS . 4.- La Iglesia: Hechos 2 (Edward Dennett)

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LA CASA DE DIOS

 

descrita a través de las Escrituras.

 

E. Dennett.

 

Reimpreso de la revista "'The Christian Friend and Instructor", Broom.

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano)

RVR1865 = Versión Reina-Valera Revisión 1865 (Publicada por: Local Church Bible Publishers, P.O. Box 26024, Lansing, MI 48909 USA).

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

 

CONTENIDO

El Tabernáculo en el Desierto

El Templo de Salomón

El Templo después del Regreso de Babilonia

La Iglesia: Hechos 2

La Iglesia edificada por el Hombre: 1ª. Corintios 3

El Aspecto Final de la Iglesia: Efesios 2: 19-22; Apocalipsis 21: 2, 3

 

4. La Iglesia

 

Hechos 2.

 

Ya hemos trazado la historia de la casa de Dios desde Éxodo hasta la conclusión de la dispensación Mosaica. Sin embargo, durante la vida de nuestro Señor en la tierra hubo premoniciones del cambio que venía. Hablando a los Judíos Él dijo, "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré…Mas", el evangelista nos dice, "él hablaba del templo de su cuerpo." (Juan 2: 19, 21). Además, Él dijo a Pedro, cuando él confesó que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." (Mateo 16: 16-18). Si pasamos ahora al día de Pentecostés, veremos que Dios comenzó en aquel entonces a morar en la tierra de una manera nueva y doble: "Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen." (Hechos 2: 1-4).

 

Ahora bien, esto tuvo lugar según la expresa promesa del Señor a Sus discípulos: "He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto." (Lucas 24:49). Y además, Él "les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días." (Hechos 1: 4, 5). Entonces el Espíritu Santo descendió en Pentecostés conforme a la palabra del Señor, y el resultado fue que Dios hizo Su templo por el Espíritu en el creyente individual (véase asimismo 1ª. corintios 6:19); y que Él hizo Su habitación con los creyentes de manera colectiva, tal como Pablo escribe a los Efesios, "vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu." (Efesios 2:22). Por lo tanto, los creyentes eran ahora, tal como su Señor había sido mientras estuvo en la tierra, el templo de Dios, y la casa de Dios, la cual es la iglesia del Dios viviente, fue ahora formada. Es esta última verdad la que va a ocupar nuestra atención, y con este objetivo nos proponemos examinar más detenidamente la enseñanza de este capítulo (Hechos 2).

 

Hablando de manera general, nosotros tenemos tres cosas en esta Escritura — la edificación de la casa de Dios, el modo de ingreso, y las ocupaciones de aquellos que están adentro, o, para ser más precisos, de aquellos que la forman.

 

1. La edificación de la casa. Nosotros leemos con respecto al templo de Salomón que, "la casa, mientras se edificaba, se construía de piedras preparadas en la cantera; y no se oyó ni martillo ni hacha ni ningún instrumento de hierro en la casa mientras la construían." (1º. Reyes 6:7 – LBLA). Lo mismo se ve con respecto a la casa de Dios cuando fue edificada en Pentecostés. Los discípulos estaban todos juntos en un mismo lugar; ¿y quiénes eran ellos? Ellos eran los ciento veinte mencionados en el capítulo anterior, todos los cuales (porque Judas ya no formaba parte de la compañía, habiéndose desviado para irse al lugar que le correspondía), eran piedras vivas que por la gracia de Dios habían sido llevadas a estar en contacto salvador con Cristo, y hechos así partícipes de la vida eterna. Y el mismo poder divino que los había salvado por medio de la fe en el Señor Jesús, los reunió en este día, y los colocó silenciosamente en sus lugares designados sobre la única piedra fundamental para formar la habitación de Dios en la tierra por el Espíritu. El edificio fue erigido así. Cristo, según Su palabra, había edificado Su iglesia, y la había preparado para su Habitante divino.

 

Por eso, como cuando Moisés hubo completado el tabernáculo, y también como cuando Salomón hubo terminado el templo, la gloria de Jehová llenó la casa de Dios (Éxodo 40; 2º. Crónicas 5), así también aquí, "de repente vino un estruendo del cielo, como si soplara un viento violento, y llenó toda la casa donde estaban sentados." (Hechos 2:2 – RVA). Dios tomó, de manera manifiesta, posesión de la casa que había sido erigida aquel día. Otros podrían entrar y de hecho serían introducidos, para formar parte de la casa ("Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos." (Hechos 2:47)); pero aun así la casa fue edificada. Por lo tanto, el apóstol pudo decir a los Efesios, "vosotros también sois juntamente edificados, para morada de Dios por el Espíritu" (Efesios 2:2 – RVR1865); y a los Corintios, "vosotros sois el templo del Dios viviente." (2ª. Corintios 6:16). En este aspecto la casa de Dios es contemplada siempre como estando completa, y sin embargo otros creyentes son continuamente introducidos para ocupar sus lugares designados en el edificio. Esto será entendido de inmediato si por un minuto nosotros cambiamos el término y usamos "iglesia" en lugar de "casa."

 

Y el hecho de que el propio Señor contempló la casa como estando ahora edificada se ve de la conexión entre el segundo y el tercer capítulo de Hechos. Al principio de Hechos 3 nosotros leemos acerca de Pedro y Juan subiendo juntos al templo a la hora de la oración; pero el Señor tenía para ellos una lección, así como para nosotros, en lo que les ocurrió por el camino. Había un hombre cojo de nacimiento, el cual llevaban y ponían diariamente, no adentro, sino a la puerta del templo, para pedir limosna a los que entraban para orar y adorar. Él pidió limosna a Pedro y Juan, los cuales estaban, al igual que muchos otros, a punto de entrar en el templo. El Espíritu de Dios usó la circunstancia guiando a Pedro a sanar al hombre cojo, como un testimonio rendido al poder del Cristo resucitado, para enseñanza del apóstol y nuestra. El hombre, repítase, está afuera del templo, y fue allí — afuera — donde él recibió la bendición. La nueva casa de Dios había sido formada recién, y el Espíritu Santo testifica ahora que la bendición está afuera de la casa vieja y en relación con la nueva, una lección que Pedro y Juan podían no haber logrado aprender en el momento, pero una que ha sido escrita para la edificación de todos aquellos cuyos ojos han sido abiertos por el Espíritu de Dios. Sí, en efecto, allí en Jerusalén, y en el día de la fiesta, sin sonido alguno de martillo o hacha o ningún otro instrumento de hierro, en medio de una generación incrédula, y mientras el templo de Herodes estaba allí delante de sus ojos, y era el objeto de la veneración de los corazones carnales de ellos, el verdadero Salomón había edificado Su Iglesia de piedras preciosas, cuyos lustre y hermosura sólo podían ser apreciada por Aquel que las había colocado en su lugar designado sobre la principal piedra del ángulo.

 

Se ha de recalcar también que aquí solamente había piedras vivas, en consideración que la casa en este capítulo es edificada por el propio Señor (versículo 47). Hasta aquí, por tanto, el cuerpo de Cristo, aunque la revelación de esta verdad estuvo reservada hasta otro día — hasta que su ministro designado hubiese sido llamado y calificado— y la casa de Dios son coincidentes. Es decir, cada piedra de este edificio era también un miembro del cuerpo de Cristo, aunque esto aún no se entendía; porque en este día, incluyendo las tres mil almas que se arrepintieron bajo la poderosa operación del Espíritu Santo a través de la predicación de Pedro, ni una sola de ellas fue introducida que no estuviese realmente convertida. Todos eran creyentes genuinos. Fueron los que recibieron la Palabra los que fueron bautizados, y fueron los del mismo carácter a quienes el Señor añadió después diariamente. Este hecho debe ser claramente puesto de manifiesto, y firmemente mantenido.

 

2. Habiendo sido edificada la casa de Dios, nosotros encontramos muy claramente indicado el modo mediante el cual las almas habían de ser introducidas en ella. Un sencillo comentario puede quizás despejar una dificultad para algunos antes que abordemos esta parte de nuestro tema. A menudo se asume apresuradamente que Dios introduce almas secretamente, por así decirlo, a Su casa; es decir, que si Él convierte un alma, esa alma es introducida de ese modo a Su habitación en la tierra. Cambiemos entonces por un momento el término "casa" por una 'compañía de creyentes', porque recuerden que es la compañía de creyentes que tiene una existencia muy clara y separada en Hechos 2 la que forma la casa de Dios, y podemos preguntar entonces, ¿un alma que ha nacido de nuevo es introducida de ese modo en la compañía de creyentes? NO, dicha alma puede ser desconocida para ellos, y en ese caso no podría decirse que sea uno de ellos. Otra cosa es que Dios conozca a un tal como siendo un creyente; pero el asunto es, como hemos visto, con respecto a la habitación de Dios en la tierra. Y en vista de que ella está en la tierra, hay, como veremos también, un modo designado de incorporación a la compañía que compone esta habitación.

 

Consideremos en primer lugar las diferentes clases de personas que nos son presentadas. Están los ciento veinte que en este día han constituido la Iglesia — la asamblea de Dios. Están los Judíos que estaban cerca — los "judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo" (Hechos 2:5), a quienes Pedro predicó después. Luego, por último, estaban aquellos a quienes Pedro se refiere en su discurso — "todos los que están lejos", un bien conocido término Escritural para referirse a los Gentiles. Tenemos, entonces, esta triple división que el Espíritu de Dios hace en otra parte — la Iglesia, los Judíos, y los Gentiles (1ª. Corintios 10:32), una representación, por tanto, del mundo entero.

 

Ahora bien, fue en relación con este círculo más cercano, esta compañía central, la iglesia de Dios, que Pedro, poniéndose de pie con los once, rindió este testimonio a Cristo. Las manifiestas operaciones del Espíritu — manifiestas incluso para los Judíos incrédulos — habían producido perplejidad en las mentes de algunos, y para otros llegó a ser una ocasión para el escarnio y la burla. Pedro entonces, guiado por el Espíritu Santo, se dirigió a la multitud que se reunió. En primer lugar, él explicó, a partir de las Escrituras, el carácter de las manifestaciones que ellos habían presenciado (Hechos 2: 16-21); luego, él testificó de "Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis." Les habló del consejo de Dios en cuanto a Su muerte, y la iniquidad de ellos en Su crucifixión; de Su resurrección, que había sido predicha en sus propias Escrituras, y de lo cual Pedro y los que estaban con él eran testigos (Hechos 2: 22-32). Entonces él concluyó con estas palabras notables: "Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice:

Dijo el Señor a mi Señor:

Siéntate a mi diestra,

Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.

Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo." (Hechos 2: 33-36).

 

Este fue un testimonio muy claro. Jesús de Nazaret, rechazado y crucificado por el hombre, había sido resucitado de los muertos, exaltado a la diestra de Dios, y hecho Señor y Cristo. ¡Qué contraste entre el pensamiento de Dios y el pensamiento del hombre! ¿Y qué podía demostrar más claramente la culpabilidad y la condición del hombre? Verdaderamente la cruz de Cristo lo puso todo a prueba, y no solamente expresó lo que había en el corazón de Dios, sino también lo que había en el corazón del hombre. Este testimonio de Pedro tocó profundamente las conciencias de los que oían, y, compungidos de corazón, dijeron a Pedro y a los otros apóstoles, "Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare." (Hechos 2: 37-39). Ahora bien, es la respuesta a estos Judíos arrepentidos lo que requiere nuestra cuidadosa atención. Había que hacer dos cosas en aquel entonces, y como consecuencia de ello dos bendiciones iban a ser recibidas. Ellos debían arrepentirse, y ser bautizados en el nombre del Señor Jesús. Supongamos por un minuto que estos Judíos se habían arrepentido verdaderamente, y aun así rechazaran ser bautizados en el nombre del Señor Jesús. ¿No es evidente, en vista de esta Escritura misma, que en un caso tal, cualquiera que hubiese sido el estado de corazón de ellos delante de Dios, y a pesar de que ellos pudiesen haber nacido de nuevo verdaderamente, ellos no podían haber sido recibidos a la compañía de creyentes que estaba ante ellos — no es evidente que, en otras palabras, ellos no podían haber sido introducidos en la casa de Dios en la tierra? Porque, ¿qué implicaba su bautismo en el nombre de Jesucristo? "¿O no sabéis", dice el apóstol Pablo, "que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?" (Romanos 6:3).

 

Ello sería, por lo tanto, no solamente creer el testimonio concerniente a Su muerte, resurrección, y lugar actual a la diestra de Dios, sino que sería también la identificación de ellos con Él en Su muerte; de modo que, aceptando la muerte para ellos mismos, se disociarían así, en figura, del hombre, y serían llevados al terreno de asociación con la muerte de Cristo, para que de aquel momento en adelante ellos mismos aceptarían el lugar de estar muertos — muertos con Cristo — en este mundo. Por consiguiente, el apóstol pudo escribir a los Colosenses — "si habéis muerto con Cristo… ¿por qué, como si vivieseis en el mundo?" etc. (Colosenses 2:20). Y esta muerte con Cristo es el terreno Cristiano, y en vista de que el bautismo es el modo de ingreso divinamente designado de entrar en él, no hay, por lo tanto, ninguna otra manera de entrar en la casa de Dios en la tierra. Por consiguiente, era necesario que estos Judíos se arrepintiesen y fuesen bautizados en el nombre del Señor Jesús. Lo primero sería producido por el Espíritu de Dios obrando a través del testimonio que ellos habían oído; mediante lo segundo ellos serían separados públicamente de la nación que había crucificado al Señor Jesús — desde ese momento dejarían de ser Judíos, y serían llevados a formar parte del número de aquellos que eran sus seguidores en la tierra; y estos, como hemos visto, componían la casa de Dios.

 

Tras el arrepentimiento y el bautismo de ellos se prometían dos bendiciones. La primera era el perdón de los pecados, y la segunda era la recepción del Espíritu Santo. Estas dos cosas están relacionadas, tal como una o dos palabras mostrarán. Nosotros entendemos que el perdón de los pecados es aquello que los apóstoles fueron facultados para administrar ante el arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro señor Jesucristo. Ante la profesión de esto, y siendo bautizados en el nombre de Jesucristo, no solamente se accedía al perdón de los pecados como estando delante de Dios, relacionado por Él con el arrepentimiento y la fe, sino que ello era también anunciado con autoridad por sus siervos. (Véase Juan 20:23; Hechos 22:16). Además, estaba el don del Espíritu Santo. Tal como ya hemos dicho, estas dos cosas estaban relacionadas. En todas partes en las Escrituras el don del Espíritu Santo es consecutivo al perdón de los pecados. Limpiados por la sangre preciosa de Cristo (como se ve también en figura en la consagración de los sacerdotes y la limpieza del leproso (Éxodo 29; Levítico 14), Dios sella (unge) a los así limpiados con el Espíritu Santo. (Véase Hechos 10; Romanos 5; 2ª. Corintios 1; Efesios 1, etc.).

 

Recordemos el orden divino presentado aquí. Tras el arrepentimiento para con Dios estaba el bautismo en el nombre de Jesucristo, por medio del cual los así bautizados eran sacados de entre los Judíos que habían rechazado a su Mesías, y eran introducidos en el número de aquellos que formaban la casa de Dios. El perdón de los pecados les fue anunciado por parte de Dios, y ahora, en la esfera donde Dios mora por el Espíritu, ellos mismos recibieron el Espíritu Santo; y entonces ellos no sólo eran una parte de la casa de Dios, sino también, tal como vemos acerca de los discípulos al principio del capítulo (Hechos 2:4), el Espíritu Santo moró en ellos. Las palabras del Señor a Sus discípulos se cumplieron de esta manera: "Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. (Juan 14: 16, 17).

 

Había aún más en la gracia abundante de Dios, "porque", Pedro dijo, "para vosotros (vosotros Judíos) es la promesa (la promesa de estas bendiciones que han sido consideradas), y para vuestros hijos (estos no iban a ser excluidos), y para todos los que están lejos (los Gentiles — véase Efesios 2: 11-13); para cuantos el Señor nuestro Dios llamare." (Hechos 2:39). La Iglesia — la habitación de Dios — habiendo sido edificada, el don de gracia es anunciado tanto a Judíos como a Gentiles, y fue anunciado el modo mediante el cual el Judío y el Gentil, en la gracia soberana de Dios, podían salir de los dos círculos exteriores — círculos que estaban ambos en el reino de las tinieblas, donde Satanás reinaba — a la nueva esfera que había sido formada aquel día, donde el Espíritu de Dios actuaba y moraba.

 

3. Llamamos ahora a prestar atención, más brevemente, a las ocupaciones de aquellos que forman la casa de Dios, y están adentro de ella. Para este propósito podemos añadir un pasaje de 1ª. Pedro. El apóstol dice, "vosotros también, como piedras vivas, sois edificados en un templo espiritual, para que seáis un sacerdocio santo; a fin de ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios, por medio de Jesucristo." (1ª. Pedro 2:5 – VM). En vista de que Pedro trata acerca del sacerdocio de los creyentes — el nuevo orden de sacerdotes, el cual toma el lugar de la familia de Aarón en la tierra — una dignidad que se aplica ahora a todos los santos sin excepción, él es guiado a señalar la ocupación de ellos con el sacrificio de alabanza. Ya no se trata de sacrificios de toros o machos cabríos, sino de sacrificios aptos para la casa espiritual de la cual ellos formaban parte, así como para los que adoraban a Dios en espíritu y en verdad. De hecho, ellos debían ofrecer el sacrificio de alabanza a Dios continuamente; es decir, el fruto de sus labios, dando gracias a Su nombre. La alabanza y la adoración perpetuas debían ser oídas en esta nueva y espiritual habitación de Dios. (Compárese con 1º. Crónicas 9:33).

 

Volviendo al libro de los Hechos, nosotros tenemos otro aspecto de la ocupación de los santos. La Escritura dice, "Y continuaban perseverando todos en la enseñanza de los apóstoles, y en la comunión unos con otros, en el partir el pan, y en las oraciones." Hechos 2:42 – VM). Ellos perseveraban en conocer el pensamiento y la voluntad de Dios tal como era comunicada por Sus siervos (porque en aquel momento no existía ninguna de las Escrituras del Nuevo Testamento), y por tanto ellos eran llevados al disfrute de la comunión con los apóstoles (compárese con 1ª. Juan 1:3), en la cual los recién convertidos se deleitaban en el hecho de encontrarse. Además, ellos se reunían alrededor del Señor a Su mesa para conmemorar Su muerte, esa muerte que era el fundamento de todas las bendiciones a las cuales ellos habían sido introducidos; y juntos perseveraban también en reunirse para derramar sus corazones en oración a Dios.

 

Al contemplar este hermoso retrato de la casa de Dios, de la energía del Espíritu Santo produciendo oración y alabanza constantes, así como obediencia a la Palabra, podemos decir ciertamente, en el lenguaje del salmista, pero con otro significado, "¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!... Bienaventurados los que habitan en tu casa; Perpetuamente te alabarán." (Salmo 84).

 

E. Dennett

                        

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Diciembre/2018.-

Título original en inglés:
THE HOUSE OF GOD, by Edward Dennett
Traducido con permiso
Publicado por:
www.STEMPublishing.com
Les@STEMPublishing.com

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