EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

AMOR (H. H. Snell)

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AMOR

 

H. H. Snell

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito:

 

"Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios.  El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo. Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano". (1ª. Juan 4: 7 al 21).

 

"Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es". (1ª. Juan 3: 1, 2).

 

Es notable que el mismo apóstol que fue inspirado para escribir tan severamente en cuanto a la verdad sea el instrumento empleado también para escribir tan elaboradamente acerca del amor. El hecho es que nosotros no podemos tener realmente verdad sin amor, o amor sin verdad. Ambos estaban perfectamente combinados en Cristo. Él estaba "lleno de gracia y de verdad". (Juan 1: 14). Mantener juntos tanto el amor como la verdad, según Dios, es nuestra dificultad práctica. Poco nos decimos los unos a los otros acerca del amor, porque somos conscientes de cuán poco lo manifestamos. Y si es verdad, como yo creo que lo es, que nosotros nunca conocemos realmente ninguna parte de la verdad de Dios hasta que la aceptamos, y andamos en ella, esto puede explicar el hecho de que conozcamos tan poco, y digamos tan poco, acerca del amor. Además, a menudo nos cuesta muy poco estar interesados en la verdad; pero andar en amor, aunque siempre relacionado con la bendición para nuestras almas, también es contrario al egoísmo natural del corazón. Aun así debemos recordar que el asunto del amor ocupa un lugar amplio y prominente en las epístolas inspiradas, y parece ser mejor y más sabio reconocer nuestras deficiencias al practicarlo que ignorarlo en nuestra enseñanza.

 

El amor es inherente al Cristianismo. Donde hay carencia de este no hay Cristianismo verdadero. El asunto es, por tanto, vital, y su requerimiento sobre nuestra atención, primordial. Un don perfecto es algunas veces muy atractivo; una mente inteligente, en cuanto a los misterios de la Escritura, a menudo es altamente valorada; una persona abnegada es encomiada en gran medida; y sin embargo todas estas cosas, si falta el amor, son solamente como tantas nubes sin lluvia, o pozos sin agua. La lengua cautivadora y la elocuencia fascinante de algunos hombres encantan a multitudes de oyentes ansiosos, los cuales penden de los labios de ellos, preguntándose cuál puede ser el próximo arranque, y ensalzan al orador a los cielos; mientras que el santo silente, modesto, dedicado diligentemente a ministrar amorosamente a las almas o cuerpos de los hijos de Dios necesitados, es una obra demasiado pequeña para que muchos se dignen notarla; pero a los ojos de Dios, ¡cuán diferente! Lo uno puede ser sólo un ruido vacío, que tan pronto es oído desaparece para siempre; y lo otro es el fruto del Espíritu, teniendo el valor de la eternidad divinamente impreso en él. El apóstol dice, "Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve". (1ª. Corintios 13: 1 al 3). Vemos así que el amor es inherente al Cristianismo, es el vigor del Cristianismo. Y al final del mismo capítulo encontramos que, importante y preciosa como es la fe, y también la esperanza, aun así el amor está allí nuevamente expuesto en su importancia superlativa como la piedra angular del arco, y comprendiendo la fe y la esperanza mediante su poderoso alcance en realidad y poder actuales. "Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor".

 

En casi todos los escritos de los apóstoles al amor le es dado el mismo lugar preeminente. En el fruto del Espíritu, en toda la preciosa variedad que presenta su conjunto, el amor se encuentra en la parte superior de la lista — "Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz", etc. (Gálatas 5: 22). O bien, si el misterio prodigioso de la Iglesia es revelado a los creyentes Efesios, ese asunto maravilloso que ha sido sacado a relucir en estos días postreros con tanta claridad para gozo y consuelo de nuestros corazones, no obstante, precioso como ello es, todos los intentos para su conocimiento práctico serían vanos a menos que el amor estuviese dando vigor a nuestras almas. Por eso leemos, "con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz". (Efesios 4: 2, 3). Y para asegurar la edificación, el amor es el sustento, la fuente principal de todo; porque, hablando la verdad con amor, el cuerpo se edifica a sí mismo en amor. (Efesios 4). Y así, en Colosenses, después que el apóstol ha enumerado una variedad de fervientes exhortaciones en cuanto al andar práctico, él vuelve a poner el amor en el lugar más alto de la eminencia. Él dice, "sobre TODAS estas cosas". Presten mucha atención, "sobre (o, por encima de) TODAS estas cosas revestíos de amor, que es el vínculo de la perfección" (Colosenses 3: 14 – VM); es decir, ningún vínculo que no haya sido forjado por el potente poder del amor puede mantener perfectamente unidas las cosas. Entonces, valiente como fue Pablo por la verdad, el instrumento usado también por el Señor para comunicarnos el misterio de la Iglesia, y otras grandes verdades de la Cristiandad, sin embargo yo pregunto, ¿puede el lenguaje transmitir a nuestros corazones más plenamente el aspecto vital y prominente en el cual él pone el amor ante nosotros?

 

Y oigamos ahora la enseñanza de otro apóstol inspirado. Pedro reconoce el amor de los hermanos como el fruto de la obediencia a la verdad en el poder del Espíritu, y los anima a amarse fervientemente unos a otros, de corazón puro. Y de la misma manera que otro inspirado por el mismo Espíritu, después de muchas exhortaciones prácticas, él da al amor una importancia más allá de todo lo demás que él había dicho. "Ante TODO" — presten atención de nuevo aquí, "ANTE (o, sobre) todo, tened entre vosotros ferviente amor"; no meramente amor, sino un amor cordial, sincero, ardiente, el uno al otro; "porque el amor cubrirá multitud de pecados". (1ª. Pedro 1: 22; 1ª. Pedro 4: 8).

 

Y oigan también la inspirada declaración del tercer apóstol acerca de la suma importancia y el inestimable valor del amor, que nos conduce de inmediato al mismo apogeo asegurando a nuestros corazones que "el amor es de Dios" (1ª. Juan 4: 7), y que "Dios es amor" (1ª. Juan 4: 8, 16); y después de informarnos de manera solemne que aquel que es de Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye (vean 1ª. Juan 4: 6), él presenta el amor como la prueba vital del Cristianismo: leemos, "Todo aquel que AMA, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que NO AMA, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor". (1ª. Juan 4: 7, 8). Por lo tanto, los apóstoles están ante nosotros con una voz, escribiendo en varias ocasiones y a diferentes personas, para afirmar el carácter vital del amor, y que el amor es el elemento esencial y supremo del Cristianismo verdadero, la prueba sublime, distintiva, e inequívoca, en cuanto a quién conoce realmente a Dios, y quién no conoce a Dios.

 

1. En primer lugar, no dejemos de notar que leemos aquí que "Dios es amor". Esto no es meramente que Dios ama, lo que es muy preciosamente cierto, sino que Su naturaleza es amor. Igualmente cierto es que "Él es luz". (1ª. Juan 1: 5). Su naturaleza esencial es luz, por lo tanto, no puede dejar de manifestar todas las cosas ocultas; pero también es bienaventuradamente cierto que las actividades de Su naturaleza son amar; porque Él es amor. Nosotros conocemos también que Dios es justo en todos Sus caminos, y misericordioso en todas Sus obras; y, como la cruz de Cristo expone muy cabalmente que Él no sacrifica Su santidad en aras del amor, o Su amor en aras de la santidad, sino que Su naturaleza es amor. "Dios es amor". La fe recibe esto y se goza porque es la revelación de Dios de Sí mismo. Pero el hecho se convierte aquí en una explicación práctica; porque si la naturaleza de Dios es amor, y nosotros hemos nacido de Dios, es evidente que las cualidades morales de un hijo deben estar de acuerdo con las del Padre. Por consiguiente, el apóstol dice, "Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor". (1ª. Juan 4: 7, 8). Entonces, la exhortación de que debemos amarnos "unos a otros" está fundamentada en el hecho de que hemos nacido de Dios, y por tanto tenemos una naturaleza que ama; porque Dios es amor. También se afirma el hecho de que la persona que ama según Dios debe ser nacida de Dios. Por lo tanto, es imposible que uno que ha nacido de Dios pueda ser uno que no ama. Puede ser que esta persona se encuentra en mal estado de alma, y que la obra divina en él está muy oscurecida por sus modos de obrar y asociaciones carnales, pero amar es tan natural para la nueva naturaleza que tenemos, como una nueva creación en Cristo, como para la vieja naturaleza Adánica lo era ser egoísta y odiar. Por eso ustedes encuentran al apóstol Pablo, al escribir a los Tesalonicenses, declarando que ellos han sido enseñados por Dios a amarse unos a otros. Leemos, "Mas en cuanto al amor fraternal, no tenéis necesidad de que nadie os escriba, porque vosotros mismos habéis sido enseñados por Dios a amaros unos a otros". (1ª. Tesalonicenses 4: 9 – LBLA). Y cuantas almas, antes que estuvieran establecidas en Cristo, han hallado consuelo al leer este texto que sigue a continuación, el cual les aseguraba que eran hijos de Dios — a saber, ¡"Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos". (1ª. Juan 3: 14)! Dichas almas saben que ello es cierto con respecto a ellas. Saben bien que el hombre más pobre a la orilla del camino, el cual muestra claramente que él es del Señor, capta Sus afectos y Sus intereses más que todos los príncipes de este mundo que son enemigos del Señor de la gloria. Por lo tanto, todo aquel que es nacido de Dios ama, y ama a los hermanos, — ellos son los objetos de su más tierna consideración, porque ellos son de Dios; y él también sabe que los asuntos de uno de Sus hijos más débiles son de más importancia para Dios que los movimientos políticos de toda Europa. Oh la bienaventuranza de haber pasado de muerte a vida, de haber nacido de Dios, y de conocer a Dios; porque ¡Dios es amor!

 

Siendo amor la naturaleza de Dios, Él mismo es el manantial de él; porque, "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios"; es decir, que ese amor no se originó en nosotros, sino que "él nos amó a nosotros" (1ª. Juan 4: 10); por consiguiente, "el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él". (1ª. Juan 4: 16). Por eso la palabra del evangelio no es acerca de nuestro amor, sino acerca de Su amor; y aquellos que tienen vida eterna pueden decir, "nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros". (1ª. Juan 4: 16).

 

2. En segundo lugar, esto nos lleva a mencionar que Dios ha manifestado Su amor. No se trata solamente de una revelación divina de que "Dios es amor", sino que Él ama, y nos ama, y que esto ha sido manifestado a nosotros de manera muy bienaventurada y adecuada en el don de Jesús. "En esto se mostró (fue manifestado) el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados". (1ª. Juan 4: 9, 10). Entonces, el amor de Dios para con nosotros ha sido manifestado, tanto en su riqueza como en su liberalidad, brotando sólo de Dios (no de nosotros), descendiendo a nosotros en toda nuestra inmundicia y ruina, quitando nuestros pecados, y dándonos vida — vida eterna. Entonces, cuán exactamente ha venido este amor a nosotros donde estábamos, y satisfizo nuestra necesidad; y es esto ciertamente lo que el evangelio declara, "Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros". (Romanos 5: 8). Por tanto, la profundidad de este amor se extendió a nosotros cuando estábamos en nuestros pecados, y, por así decirlo, al borde del infierno; dicho amor nos encontró por medio de Cristo haciendo Él expiación por nuestros pecados, cuando aún estábamos muertos en pecados; y Dios, habiendo levantado a Jesús de entre los muertos, y habiéndonos dado vida, justicia, y aceptación en Él, habiéndole ahora exaltado a Su diestra, el objetivo de la gracia de Dios ha sido alcanzado hasta aquí; el cual es que nosotros vivamos por Él. El círculo del amor divino está así completo. Es del cielo al cielo. El amor emana del trono del cielo hasta abajo donde estábamos como muertos en pecados y éramos culpables delante de Dios; y habiendo consumado la expiación por nosotros por medio de la muerte de la cruz, nos lleva arriba en vida de resurrección para estar en Él, en Aquel que ha regresado al cielo a la diestra de la majestad en las alturas. Ciertamente esto es

 

'Amor que ninguna lengua puede enseñar,

Amor que ningún pensamiento puede alcanzar;

No hay amor como el Suyo.

Dios es su fuente bendita;

La muerte nunca puede detener su curso;

Nada puede resistir su fuerza;

Inigualable es.'

 

Por tanto, el propósito de Dios al manifestar así Su amor, fue que nosotros seamos aptos y estemos calificados, en el poder de una nueva vida — vida eterna — para entrar y disfrutar de Su propia presencia bienaventurada para siempre. Cristo padeció por nuestros pecados, para llevarnos a Dios; y el amor divino no descansará en sus actividades hacia nosotros hasta que seamos llevados allí corporalmente en la venida de nuestro Señor. Mientras tanto, somos objetos de Su amor y cuidado; pero tales son algunas de las características de este amor manifestado.

 

Sin embargo, aquí nuevamente el Espíritu Santo, por medio del anciano apóstol, insiste en esto como otro motivo para que nos amemos unos a otros. Él dice, "Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros". (1ª. Juan 4: 11). Y si se nos pregunta cuál debe ser la medida de nuestro amor de los unos a los otros, se nos dice en otra parte, "En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos". (1ª. Juan 3: 16). Cuando el estándar es establecido divinamente, este estándar no podría ser menos de lo que caracterizó al Perfecto, el cual "amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella". (Efesios 5: 25).  Pero nosotros podemos estar seguros que cuanto más entramos en el amor de Dios y lo disfrutamos en su profundidad, y altura, e idoneidad para con nosotros, tanto más emanarán los afectos, las compasiones, y las ministraciones hacia nuestros hermanos. Entendemos así que no amamos solamente porque hemos nacido de Dios, el cual es amor, sino que encontramos que al estar ocupados en corazón y conciencia con Su amor que ha sido manifestado, para nosotros amar es algo natural. Además, encontraremos que la práctica de los modos de obrar del amor es la senda de bendición y seguridad para nuestras propias almas. "Y en esto (es decir, amando en hecho y verdad) conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él". (1ª. Juan 3: 19). Cuán alentadora es también la asombrosa declaración: "el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él". (1ª. Juan 4: 16). Entonces, ¿quién es de la verdad? El que ama. ¿Quién permanece en Dios, y Dios en él? El que permanece en amor. ¿Quién ha nacido de Dios y conoce a Dios? Todo aquel que ama. ¿Quiénes han pasado de muerte a vida? Aquellos que aman a los hermanos. ¿Cuánto debiésemos amar a los hermanos? Hasta poner nuestra vida por ellos, porque Él puso Su vida por nosotros. Y si nosotros buscamos en la Escritura el gran testimonio que debemos dar a los que nos rodean, por medio de nuestro adorable Señor se nos dice, "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros". Y la medida de este mandamiento nuevo es, "como yo os he amado, que también os améis unos a otros". (Juan 13: 34, 35). Pero el amor divino que obra en nosotros nunca puede llevarnos en contra de la verdad; porque la verdad también es divina. Por eso está escrito: Este es el amor, que guardemos sus mandamientos; y por medio de esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. {Véase 1ª. Juan 5: 2, 3}. Por lo tanto, el amor verdadero tiene que tener que ver con Dios como su fuente, el cual es amor, y fluye en el canal de la verdad divina. Por eso el amor en actividad en nosotros y la obediencia son inseparables; porque, "esto es amor, si andamos según Sus mandamientos. {Véase 2ª. Juan 6}. Como nuestro bendito Señor también enseñó, el que me ama guarda Mis mandamientos. {Véase Juan 14: 21}. Por tanto, sería erróneo poner el amor en oposición a la verdad, o la verdad en oposición al amor. Se nos enseña a andar "en la verdad" {3ª. Juan 4}, "y andar "en amor" {Efesios 5: 2}; y se nos dice que el acto final de la impiedad del hombre será no recibir el amor de la verdad. Entonces, es un engaño hablar de sostener la verdad con un corazón sin amor. Es la mayor locura exaltar el don cuando el amor está ausente. Y podemos estar seguros que es un lazo de Satanás el hecho de persuadir a las personas de que tienen la verdad cuando la verdad ha alcanzado solamente el intelecto, y una de sus principales asechanzas es hacer que los hombres sostengan la verdad en injusticia. Cualesquiera que sean las pretensiones, es cierto que no puede haber piedad sin amor, pues Dios es amor. ¡Y qué maravillosamente Su amor ha sido manifestado a nosotros! Tengan la seguridad, amados hermanos, que lo que necesitamos en estos últimos días finales es permanecer de tal manera en la presencia de Dios, el cual es amor, beber tanto de Su amor manifestado a nosotros en Cristo, practicar tanto el amor en hecho y verdad, y permanecer en amor, y permanecer así en Dios, hasta que cada frío escondrijo de nuestros corazones haya adquirido tanto calor que no sea fácil que se enfríe; pues, "Las muchas aguas no podrán apagar el amor". Motivados así con amor divino, los afectos fluirán hacia Dios, hacia adelante en la verdad, y hacia afuera a nuestros hermanos, y con corazón misericordioso a los impíos. El amor es siempre inteligible para casi la forma más inferior de la mente humana, y puede alcanzar al corazón más frío, mientras la verdad que pronunciamos puede pasar junto a ellos como si no la oyeran. ¡Cuán sabia es, entonces, la instrucción inspirada para hablar la verdad en amor! {Sino que hablando la verdad en amor…"  Efesios 4: 15 – "LBLA}. El evangelio, aunque es el mensaje del amor de Dios, también es la verdad de Dios. Por eso leemos acerca de "la verdad del evangelio". (Gálatas 2: 5, 14; Colosenses 1: 5), y de personas que obedecen la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido. {1ª. Pedro 1: 22}. Es el amor divino el que envía la verdad; y por medio de la verdad nosotros tenemos que ver con Dios, el cual es amor, y por tanto, nosotros amamos. Entonces, ¡cuán verdaderamente el evangelio es el ministerio de la gracia y la verdad, porque se trata de Aquel que está "lleno de gracia y de verdad! (Juan 1: 14). Y, ¡cuán ruinosa es la separación de esas dos cosas que Dios ha unido!

 

3. Yo mencionaría un tercer punto al considerar este tema muy precioso, y es la forma o manera de amor que Dios nos ha concedido. Al principio de 1ª. Juan capítulo 3 leemos, "¡MIRAD, qué manera de amor nos ha dado el Padre, para que seamos nosotros llamados hijos de Dios!" (1ª. Juan 3: 1 – VM). Tenemos aquí la relación a la que el amor divino nos ha llevado. Hubiese sido una gran misericordia simplemente salvarnos del infierno, sin llevarnos a ninguna relación con Dios. O, hubiese sido una gracia abundante habernos llevado a la gloria y habernos hecho siervos. Pero esto no complacería al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Su propósito era tenernos como hijos delante de Él en amor. Por eso somos hijos por llamamiento — no meramente se nos ha dado el nombre de hijos, sino que hemos sido "llamados" a esta más cercana y muy bienaventurada relación con Dios. Y esto, también para ser conocido y disfrutado ahora. "Amados, ahora somos hijos de Dios". (1ª. Juan 3: 1, 2). Así pues, la forma en que Dios nos ha hecho ver Su inefable amor, es tenernos en esta elevada y muy entrañable relación con Él mismo, tanto por haber nacido de Dios como por ser llamados hijos. Por eso, en otra parte se nos dice, que no hemos recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, "sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!" (Romanos 8: 15). Y tan verdaderamente esta relación es reconocida, que Jesús el Señor no se avergüenza de llamarnos hermanos. {Hebreos 2: 11}. Reitero, no se trata de un llamamiento y una bendición a ser conocidos sólo en el futuro, sino para ser conocidos ahora. "Amados, ahora somos hijos de Dios" (1ª. Juan 3: 2); y la contemplación de este hecho glorioso animó tanto el corazón del querido apóstol, que de inmediato él se eleva en espíritu directo a la gloria, y añade, "aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es". (1ª. Juan 3: 2). Nuestro destino es, por lo tanto, ser semejantes a Cristo, para ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. {Romanos 8: 29}. Esta relación actual con Dios como Sus hijos necesariamente nos vincula con la gloria, y hace que seamos extranjeros aquí y desconocidos por el mundo; pues, "si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados". (Romanos 8: 17). ¡Cuán bienaventurada es esta relación! ¡Qué maravillosa la manera del amor que nos ha llevado a ella! ¡Y cuán precioso es el pensamiento de que en breve el mundo conocerá que el Padre nos ha amado como él ha amado a Su Hijo!

 

'Muy querido, muy querido para Dios,

Más querido no puedo ser;

El amor con que Él ama a su Hijo,

Tal es Su amor por mí'.

 

Pero más que esto. Debido a que somos "hijos", somos "hermanos", y lo somos como una relación real formada por el amor divino. Y encontraremos, yo creo, que toda conducta correcta emana de la relación. Los modos de obrar de la mujer para con su marido, la conducta de los hijos para con sus padres, el trato de unos hermanos con otros, y la conducta del empleado para con su patrón, son todas cosas diferentes, teniendo sentimientos y actividades diferentes, y cuanto más se entra en la realidad de la relación, más consistente será el mantenimiento del deber que emana de ella.

 

Y, en primer lugar, preguntémonos solemnemente, ¿estamos nosotros en el disfrute de esta relación preciosa, formada por la gracia soberana, como "hijos de Dios" (Romanos 8: 14)? Esto es lo que el Espíritu de Dios nos da a conocer, y nos da para que lo realicemos; pues es por el Espíritu de su Hijo enviado a nuestros corazones que clamamos: ¡Abba, Padre! {Véase Gálatas 4: 6}. Si no estamos tratando habitualmente con Dios como nuestro Padre, el estado de nuestras almas será muy seriamente deficiente. Nosotros conocemos al Padre, cuyos modos de obrar son siempre perfectos como Padre hacia nosotros. Si el lugar de un Padre es cuidar, proveer, consolar, librar, y bendecir a Sus hijos, Él hace esto perfectamente por nosotros; como nuestro bendito Señor dijo, "si vosotros", (con todo vuestro amor, previsión, diligencia y cuidado), siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?" (Mateo 7: 11). Yo pregunto, ¿conocemos nosotros el hábito de tomar todas las cosas de nuestro Padre, y consultar todo con Él, estando seguros de que,

'La mano de un padre nunca será la causa

De que Su hijo derrame una lágrima innecesaria'?

Ciertamente el amor divino que nos ha llamado así a esta relación cercana querría que entrásemos en ella y la disfrutásemos de manera práctica; pues, qué puede animar tanto nuestros corazones en tiempo de dificultad, consolarnos en el dolor, o permitirnos descansar en el día de la adversidad, como la conciencia de que el amoroso y verdadero Dios es nuestro Padre. Esto también garantizará siempre nuestra espera en Él; porque, "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" (Romanos 8: 32).

 

Como hemos observado anteriormente, esto también está conectado con otra relación, la de hermanos, pues todos los que han sido engendrados por Dios son hermanos; y también, a medida que la realidad de esta relación es reconocida, nuestra práctica será regulada; porque siendo todos participantes de la misma naturaleza divina, y estando todos 'habitados' por el mismo Espíritu, no podemos dejar de amarnos los unos a los otros. "El que no ama, no conoce a Dios" (1ª. Juan 4: 8 – VM). El mundo, sin duda alguna, nos aborrecerá por esto, porque ellos no conocen a Dios, no nos conocen. Ellos no tienen esta nueva naturaleza; y, por muy refinados y afables que puedan parecer, no tienen amor por Dios o por Su pueblo. Amar a los hermanos — a todos aquellos a quienes Cristo no se avergüenza de llamarlos Sus hermanos, es la demostración del Cristianismo vital. Yo reitero, ¿cuántas queridas almas han sido animadas por estas palabras preciosas, cuando estaban profundamente ansiosas, "Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos"? (Juan 3: 14). Entonces, esta es una relación nueva, y celestial, y eterna, y llega a ser otro y un muy poderoso motivo para el amor. Porque cuando consideramos a nuestros hermanos en Cristo, ¿acaso no se nos pasa a menudo por nuestra mente el pensamiento, «yo estaré con esos amados para siempre»? Y si es así, ¿cómo podemos dejar de ministrarles, cuidarlos, o consolarlos ahora? ¿Cómo puede el corazón así ejercitado dudar en llorar con los que lloran, y en regocijarse con los que se regocijan? Si José usó el hecho de la relación como un motivo para la unanimidad y la paz cuando sus hermanos partieron de Egipto, diciendo, "No riñáis por el camino" (Génesis 45: 24), cuánto más debería emanar nuestro corazón en variadas formas de apropiado amor de unos para con otros, como fruto en su tiempo, porque hemos nacido de arriba, y hemos sido llevados a una relación eterna con Dios, ¡y de unos con otros! Si nosotros como santos descendemos del estrado sobre el cual la gracia de Dios nos ha colocado, para volvernos carnales, y andar como hombres, comenzaremos a considerarnos unos a otros con sentimientos humanos en lugar de hacerlo con sentimientos divinos, y así, el flujo de afecto fraternal, cuidado fraternal, y compasión fraternal, serán dejados muy de lado. El amor no puede ser quitado completamente del corazón; porque "todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él". (1ª. Juan 5: 1), y, "El que no ama a su hermano, permanece en muerte". (1ª. Juan 3: 14).

 

La pregunta que se puede hacer es, ¿no es posible amar a Dios sin amar a los hermanos? La respuesta inequívoca del Espíritu Santo es, "Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?" (1ª. Juan 4: 20). Sin embargo, la fuente del amor está siempre señalada cuidadosamente como Dios mismo. "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero". (1ª. Juan 4: 19). Su amor es primero, no el nuestro.

 

Hemos visto así que el Espíritu Santo, por medio de la Palabra eterna de verdad, coloca ante nosotros tres motivos para la efusión del amor desde nuestros corazones; en primer lugar, habiendo nacido de Dios, el cual es amor, nosotros tenemos una nueva naturaleza que no puede dejar de amar, y eso, en todo conforme a Dios; en segundo lugar, que habiendo Dios manifestado Su amor tan maravillosamente a nosotros cuando éramos pecadores al enviar a Su Hijo al mundo, para que podamos vivir por medio de Él, también debemos amarnos unos a otros; y en tercer lugar, habiendo sido ahora traídos a una nueva y eterna relación con Dios y los unos con los otros, el amor a los hermanos se convierte en la prueba del Cristianismo vital. Y cuánto más estos motivos son ponderados en la consciente presencia de Dios, más nuestros corazones permanecerán en amor, y nuestros pies andarán en amor.

 

4. Hay otro aspecto del amor que debemos mencionar en esta Escritura — a saber, la calidad del amor de Dios. Nosotros hemos visto que Dios es amor; que Él ha manifestado Su amor; nos ha mostrado la manera más excelsa de amor; y se nos enseña adicionalmente que Su amor es perfecto. "el amor perfecto echa fuera el temor". (1ª. Juan 4: 18 – VM). Por lo tanto, el amor perfecto ha dado un don perfecto; también la obra que Él consumó es perfecta — haciendo paz perfecta, y perfeccionando al creyente para siempre. El amor siendo perfecto, no pudo hacer nada menos. Nada puede ser añadido a este amor. Es perfecto en calidad, perfecto en sus actos, perfecto en su profundidad y altura, perfecto en su idoneidad para con nosotros, y perfecto en su paciencia. Nos encontró en la profundidad más ruin de degradación y pecado, y nos elevó al lugar más alto de bendición en Aquel que es Cabeza sobre todo principado y toda potestad. Su amor nos rodea por todos lados con constantes cuidado y bendición. Siendo todas las cosas de Aquel que nos ama, todas las cosas son nuestras, todas las cosas a nuestro favor, todas las cosas cooperan juntas para nuestro bien. ¿Podría el amor ser más perfecto? Imposible. ¿Se le podría añadir algo? ¿Hay algo más que pudiésemos pedir? ¿Hay un deseo que no haya sido cumplido por Aquel que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo? ¡Qué quietud y seguridad para siempre nos da esto! Sí, más bien, ¡en qué alabanza y acción de gracias se ocupan nuestros corazones mientras permanecen así en este círculo sin límites del amor divino y perfecto!

 

Es el amor perfecto de Dios el que echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. Nosotros hemos oído que Martín Lutero dijo que él «correría a los brazos del Señor Jesús, incluso si Él tuviese una espada en Su mano, porque conocía Su corazón.» Y ciertamente el efecto del amor es siempre inspirar confianza y desterrar el temor. Vean cuán ansiosamente un niño corre a los brazos de su madre, y, ¿por qué? Porque él conoce el corazón de su madre. Por eso mientras que por una parte el amor siempre disipa la desconfianza, por la otra, cuando el temor está en cualquier corazón, ello es porque no tiene conciencia del infinito, inmutable, y perfecto amor de Dios. "El que teme, no ha sido perfeccionado en el amor". (1ª. Juan 4: 18).

 

¡Qué denuedo también nos da esto en el día del juicio! Pues, ¿nos ama el Padre? ¡Oh, sí, como Él ama a Su propio Hijo! ¿Está el Señor Jesús cerca de Dios? Así estamos nosotros; porque estamos en Él. ¿Está Él vivo de nuevo, y eso, para siempre? Entonces tenemos vida eterna en Él. ¿Es Él justo? También nosotros, hemos sido hechos justicia de Dios en Él. Por lo tanto, no es de extrañar que se añada, "pues como él es, así somos nosotros en este mundo". (1ª. Juan 4: 17). Entonces, no es nada extraño que alabemos y adoremos al Padre ahora, y también que adoremos a Aquel que nos ha lavado de nuestros pecados en Su propia sangre, y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, Su Padre. Lo prodigioso es que nuestras alabanzas nunca cesan. Pero ahora conocemos algo del motivo por el que cuando estemos en la gloria veremos siempre a ese Cordero precioso, y cantaremos —

 

"Digno eres".

 

H. H. Snell

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Agosto de 2019.-

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

Título original en inglés:
Love, by H. H. Snell
Traducido con permiso

Versión Inglesa (PDF)

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