EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

ANDAR EN EL ESPÍRITU (F. G. PATTERSON)

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EL NUEVO NACIMIENTO

 

F. G. Patterson

 

Capítulo 5:

 

Andar en el Espíritu

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito.

 

Llegamos ahora a considerar el poder de esta vida eterna en Cristo, la cual es poseída por el creyente.

 

En Gálatas 2 encontramos el lenguaje de uno que ha aceptado experimentalmente esta porción maravillosa. El apóstol escribe, "He sido 'crucificado' con Cristo" (Gálatas 2: 20 – VM), — aquí está la aceptación clara y positiva por medio de la fe de que, ante los ojos de Dios, ¡Pablo el pecador ya no existía! La existencia del ser injusto ¡había llegado a su fin en la cruz! La justicia de Dios requiere que a toda la raza del primer Adán, que se había rebelado contra Él, se le diera fin judicialmente ante Sus ojos. Él ya no podía permitir que la cosa injusta continuara. En amor Él proporcionó un sacrificio que satisfaría plenamente Su requerimiento. En Su don de Su Hijo, Él expresó ese amor que no tenía medida ni fin. "En la consumación de los siglos" Su Hijo entra — entra en gracia, cuando llegó Su hora, en ese juicio terrible al cual fue sometido el primer hombre — Él lleva su efluvio más pleno — muere — y es sepultado. Luego Él es resucitado y glorificado por Dios, cuya justicia fue de inmediato poner en Su trono al Hombre que lo había hecho. De este modo Él pone fin judicialmente a toda la raza. Hasta que esto fue hecho Dios nunca dio al hombre el lugar de muerte — nunca pronunció la sentencia sobre el hecho de que el hombre estaba muerto en delitos y pecados (Efesios 2: 1). Leemos "que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron" (2ª. Corintios 5: 14 – LBLA). La muerte de Cristo demostró que este era el estado en el cual ellos estaban. Aquí está, entonces, el privilegio inefable para la aceptación de la fe, a saber, ¡saber que yo estoy muerto! No es que Dios me pide que yo sea mejor, sino que me dice que ¡yo estoy muerto! Sin embargo, "(yo) vivo", dice Pablo el creyente, ¡"mas no ya yo"! ¡No, ese YO pecaminoso ha sido eliminado — ha desaparecido para siempre! Pero "Cristo vive en mí". ¡Sí! Él ha puesto fin, ante los ojos de Dios y para la aceptación de la fe, al YO que rompió mi corazón con su vileza; y Él se levantó del juicio, habiéndolo llevado a cabo, como la única vida, ¡la vida de todo aquel que cree! Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó, y se dio a sí mismo por mí. Leemos, "He sido 'crucificado' con Cristo; sin embargo vivo; mas no ya yo, sino que Cristo vive en mí: y aquella vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó, y se dio a sí mismo por mí". (Gálatas 2: 20 - VM). He aquí, pues, todo el asunto para la aceptación de la fe, a saber: —Yo vivo por un Objeto — Tengo mi vista puesta en Aquel que es mi vida en el cielo; el Espíritu Santo ha descendido, y mora en mi cuerpo (1ª. Corintios 6: 19), vinculándome a Cristo allí arriba, y haciendo realidad Su vida en mí; de manera que, "no ya yo, sino que Cristo vive en mí".

 

Entonces, el Espíritu Santo es el poder de esta vida. El alma nace de nuevo por medio del Espíritu Santo que, en primera instancia, usa el agua de la Palabra. La Palabra que llega a la conciencia, hizo que la conciencia se volviera en una mala conciencia. Pero el agua y la sangre salieron del costado de un Salvador muerto (Juan 19: 34). La sangre limpia la conciencia, y la hace buena. De modo que aquel que cree obtiene vida de la muerte de Uno que había soportado, cuando Él murió, el juicio de Dios; Uno mismo que ha llegado a ser, como resucitado, su vida. Entonces, el Espíritu Santo hace realidad esta vida — Cristo en el creyente: "Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado (su único fruto), mas el espíritu vive a causa de la justicia" (Romanos 8: 10) — la justicia práctica que emana de esto. Esta vida es en resurrección, al otro lado de la muerte y el juicio. Cristo resucitado es la vida en la que nos regocijamos y vivimos ante Dios.

 

Ahora bien, nosotros tenemos un principio en la Escritura que aprendemos sólo débilmente. Se trata del principio de andar en el Espíritu. Leemos, "Andad en el Espíritu y de ninguna manera cumpliréis el deseo de la carne" (Gálatas 5: 16 – JND); "para que el justo requisito de la ley se cumpla en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu". (Romanos 8: 4, etc., – JND). Si podemos caracterizar a uno que anda así en el Espíritu, sería diciendo, «él ha puesto su vista únicamente en Cristo.» El alma ha comprendido que Cristo es su vida, y que ella está unida a Cristo por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, cuando no es contristado, mantiene al alma en intacta vinculación con Cristo mismo, el cual es la vida; y el Cristiano anda así en el Espíritu, afuera de la carne y de lo que su mala naturaleza ama y en lo que ella vive. Los pensamientos de Jesús — humildad y mansedumbre, afabilidad, gracia, separación de todo mal mientras estaba rodeado de él en este mundo malo — la ternura de Su amable corazón — la ausencia de todo lo que vive para el yo, la cual se encontraba en Él — la hermosura moral, y la gracia, y la mente de Cristo, vincula así al alma, que adora fervorosamente pensando, ¡Él es mi vida!

 

El resultado de todo esto es que el alma así ocupada está andando afuera de sí misma, afuera de la carne, en la vida de Otro, por el Espíritu. El creyente anda en el Espíritu, sin que aparezca ningún rastro de su mala naturaleza. No es que dicha mala naturaleza haya sido eliminada o transformada; sino que es mantenida en el silencio de la muerte, donde Dios en Su gracia la ha puesto. Ello no es mediante los esfuerzos con el objetivo de ponerla en orden y obtener así la victoria — una victoria que sólo restauraría la carne a su importancia y reconocimiento propios — sino mediante estar absorto y tener un compromiso de corazón con Aquel que es mi vida, fuera de mí mismo por completo. De este modo la carne es dejada en su verdadero lugar—a saber, muerta, no mejorada.

 

Cuán frecuentemente el Cristiano se excusa a sí mismo por el fracaso aduciendo el hecho de que él tiene otra naturaleza: ¡una horrible naturaleza en él! Cuán frecuentes son las excusas que aparecen ante el alma porque, ¡caramba, él tiene dos naturalezas, mientras que en la práctica él debería tener solo una!

 

El caso de Esteban en Hechos 7 presenta un ejemplo de un hombre que anda en el Espíritu. En Hechos 1: 9, los discípulos miraron al Señor Jesús que ascendía, hasta que una nube Le recibió ocultándole de la vista de ellos; pero no vieron nada más. En el capítulo 2 de Hechos, cuando llegó el día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió, y asumió Su morada en los discípulos y entre ellos. En Hechos 7 encontramos un hombre que, "lleno del Espíritu Santo, miraba fijamente en el cielo, y vio la gloria de Dios, y a Jesús, puesto en pie, a la diestra de Dios". (Hechos 7: 55 – VM). He aquí, pues, un ejemplo de un hombre viviendo y andando en el Espíritu; su vista está sobre Cristo. Sigue a continuación su testimonio, como corresponde a los que estaban a su alrededor, "y dijo: He aquí, yo veo abiertos los cielos, y al Hijo del hombre, puesto en pie, a la diestra de Dios". (Hechos 7: 56 – VM). Esto provoca la enemistad del mundo y lo apedrearon; pero él es tan completamente superior al odio asesino de ellos; — está tan absorto con Aquel que es su vida en el cielo, que está viviendo de tal manera en el estado del traslado al cielo aquí abajo como si estuviera allí del todo. Él está pasando sus últimos momentos aquí por Cristo, sin ninguna ansiedad o perturbado pensamiento acerca de él mismo. Él es entregado a la muerte por causa de Jesús, y la "vida de Jesús" se manifiesta en su cuerpo. (2ª. Corintios 4: 10). Todas las pasiones y el encono del mal en su naturaleza están tan completamente subyugados que parecen no existir más, como si no existieran en absoluto.

 

¡Cuán a menudo encontramos almas tratando de poner en orden la mala naturaleza de ellas con sus propias fuerzas — también almas fieles — conscientes de que debe ser puesta en orden ante los ojos de Dios, como ante el hombre! Muchas largas vidas infructuosas y trascurren de este modo — tal vez orando, y lamentándose por una naturaleza que angustia y rompe el corazón, en el loable esfuerzo por someter su funcionamiento, y sofocar sus rebeliones; pero sin resultado. El alma no ha comprendido de manera alguna el poder para someterla. Como uno ha dicho, «A la carne del hombre le agrada tener algo de crédito: no puede soportar ser tratada como vil e incapaz de hacer lo bueno — ser excluida y condenada a la nada, no mediante los esfuerzos por anularse a sí misma, lo que la llevaría de regreso a su propia importancia, sino por una obra que la deja en su verdadera condición de ser nada, y que ha pronunciado el juicio absoluto de muerte sobre ella, de modo que, convicta de nada más que de pecado, ella sólo tiene que guardar silencio. Si actúa es sólo para hacer el mal. Su lugar es estar muerta, no ser mejor. Tenemos tanto el derecho como el poder para considerarla como tal porque Cristo ha muerto, y nosotros vivimos en Su vida resucitada. Él mismo ha llegado a ser nuestra vida.» Más bien, el alma debe apartarse en aborrecimiento de lo malo, y poner de manera inconfundible la vista sobre Jesús. Este es el cometido normal del Espíritu Santo en el Cristiano, mantener el alma comprometida con Él — dar pensamientos de Jesús, y mantenerlos fluyendo a través del alma.

 

Sus intereses y compromisos, objetivos y fines, se convierten en los del Cristiano que tiene Su vida; y el resultado del compromiso de corazón con Cristo es la subyugación fácil y natural de lo malo. La carne es tratada con el no reconocimiento que merece: sus deseos, objetivos y pasiones son controlados; se los considera muertos y en sujeción práctica; se los ignora sin reconocimiento; y el alma pasa tranquila y felizmente a la vida práctica en el Espíritu. Los miembros son mortificados; no tratando de mortificarlos, sino por la superior implicación con "las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios". (Colosenses 3). Es "por el Espíritu" que nosotros hacemos "morir las obras de la carne" (Romanos 8: 13); y la consecuencia es que en vez de la aciaga lucha continua entre las dos naturalezas, la carne deseando lo que es contrario al Espíritu y el Espíritu lo que es contrario a la carne, el Cristiano anda "en el Espíritu" y de ninguna manera cumple el deseo de la carne. Recordemos lo que hemos leído al comienzo de este escrito, a saber, "Andad en el Espíritu y de ninguna manera cumpliréis el deseo de la carne" (Gálatas 5: 16 – JND). En vez de las tristes "obras de la carne", el "fruto del Espíritu" es la efusión tranquila y natural de esa vida que el creyente posee en Cristo — "amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza". (Gálatas 5: 17 a 26).

 

"Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu", es la exhortación fundamentada sobre el hecho de que el Espíritu es nuestra vida, conectándonos con Cristo. (Gálatas 5: 25). "Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos". (Gálatas 5: 24). La carne ha sido crucificada, y la fe actúa de acuerdo con este maravilloso privilegio y esta maravillosa liberación, y anda "en el Espíritu", el cual es el poder de esta vida eterna. Que El buen Señor conceda a Su pueblo conocer esto y practicarlo ¡por amor de Su nombre!

 

F. G. Patterson

 

 Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Septiembre 2019.-

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:

 

JND = Una traducción del Antiguo Testamento (1890) y del Nuevo Testamento (1884) por John Nelson Darby, versículos traducidos del Inglés al Español por: B.R.C.O.

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

Título original en inglés:
THE NEW BIRTH, by F. G. Patterson
Texto en Inglés gentileza de https://www.brethrenarchive.org/

Versión Inglesa