EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

Jesús en compañía de un religioso y una pecadora (H. H. Snell)

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Duración: 12:45

Jesús en compañía

de un religioso y una pecadora

 

J. H. Snell

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60).

 

"Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa…" (Lucas 7: 36 a 50).

 

En esta breve narración tenemos registrados los modos de obrar de Jesús cuando estuvo en compañía de una pecadora, un hombre religioso (Simón el fariseo), y otros que se sentaron a la mesa con Él.

 

Las circunstancias fueron muy simples. El fariseo, como las personas religiosas en nuestro día, tenía un cierto respeto por uno que tenía la reputación de ser un profeta, o uno que ha venido de Dios como maestro. Por consiguiente, Jesús era un objeto de interés para él, aunque no Le conocía como el Hijo de Dios, el Salvador de pecadores. Es lamentable ver cuántas personas parecen hacer del Señor, o incluso de la Biblia, un asunto de interés, en lugar de un asunto de salvación. El fariseo había invitado al Señor a comer con él, y ya que Él no vino a juzgar al mundo, sino a salvar, consecuentemente Él fue. Mientras estaba allí, una mujer notoriamente inicua entró en la casa, y, entre todos los invitados, su corazón destacó al Señor como el único que podía satisfacer su necesidad; ella se puso detrás de Él a Sus pies, y fue evidente que su angustia de alma era muy considerable. Este hecho fue suficiente para apelar de manera llamativa a la conciencia del fariseo religioso. Él se sorprendió de que su invitado permitiera que una mujer de ese carácter Le tocara, así que él realmente comenzó a sospechar si acaso no Le había estado estimando demasiado al pensar que Él era un profeta. Esto abrió el camino para que el Señor de gloria difundiera en presencia de todos ellos el testimonio bienaventurado de la gracia divina — la gracia de Dios que trae salvación — y manifestar el hecho que Él no vino a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. (Lucas 5: 32).

 

Poco pensó Simón en que su invitado era el Hijo de Dios. Poco también sospechó que su corazón y su conciencia estaban al descubierto ante los ojos de Aquel con quien él había deseado comer. El fariseo temió expresar sus pensamientos; pero él "dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora". (Lucas 7: 39). Efectivamente, él dijo para sí; pero el Señor escudriña el corazón. Él puede leer el pensamiento más secreto. Todo está al descubierto ante Sus ojos; y Él declara que toda intención de los pensamientos del corazón del hombre es sólo hacer siempre el mal. (Génesis 6: 5). Tal es el hombre ante los ojos de Dios — hacer sólo y continuamente el mal. Pero Simón, como muchos otros, se creía justo, y por tanto despreciaba a esta mujer pecadora; evidentemente él estaba disgustado por el hecho de verla en su casa, estaba asombrado por el hecho de que su invitado hubiera permitido que una persona semejante Le tocara. Él estaba sorprendido por la manera en que Jesús podía acoger a semejante pecadora; y ello es todavía una extrañeza para los corazones incrédulos, porque ellos piensan que son las personas religiosas o buenas las que Cristo acoge; y no creen en el hecho bienaventurado de que Cristo murió por el impío, y que Él salva a los pecadores — pecadores culpables, pecadores que merecen el infierno.

 

¿Cómo aborda el Señor estos pensamientos incrédulos y llenos de justicia propia del fariseo ciego? En sabiduría y bondad perfectas, Él dice, "Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Dí, Maestro". Y entonces, si no me equivoco, Él dibuja un retrato tanto de la pecadora como del fariseo como una apelación a esta conciencia farisaica. Leemos, "Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos". Tanto como decir, «Supongamos, entonces, que es cierto que esta mujer es una transgresora pública de las leyes de Dios, y que sus pecados flagrantes son manifiestos, de tal manera que ella es considerada diez veces más violadora de los principios correctos que los demás, y la llama una deudora de quinientos denarios; y luego supongan que poco puede ser dicho de Simón en cuanto a su conducta impropia externa; incluso supongan que sus transgresiones contra la moralidad externa son pocas, y rara vez se repiten, de tal manera que él es solamente un deudor de cincuenta denarios. No obstante, el hecho es que ya sea que la deuda sea poca o mucha, ambos están tan completamente en bancarrota que no tienen nada en absoluto con qué pagar la reclamación de su acreedor.» Esto es muy importante, porque no se trata de que una persona sea un gran pecador o un pequeño pecador. La pregunta es, ¿están perdonados tus pecados? ¿Cómo puedes encontrarte con Dios en el juicio de tus pecados, porque estás en deuda y no puedes pagar? La respuesta es que Dios es el Dios de toda gracia, y, francamente, sin que se lo pidan, proclama el perdón en piedad y misericordia, porque tú mismo no puedes saldar ninguna porción de la deuda. Esto es gracia — Dios en rica misericordia perdonando pecados, y de manera justa también, en el terreno de la muerte expiatoria de Su Hijo amado. "Cristo murió por los impíos". (Romanos 5: 6). Él "padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios". (1ª. Pedro 3: 18).

 

Luego el Señor consulta a Simón con respecto a cuál amaría más al acreedor perdonador; porque la mujer postrada estaba prodigando, por así decirlo, su agradecido corazón sobre los sagrados pies de su recién encontrado Salvador. A esta pregunta él respondió, "Pienso que aquel a quien perdonó más". Esto es bastante claro: por eso el Salvador dijo, "Rectamente has juzgado".

 

Una vez establecidos así los principios de la gracia y la verdad divinas, la aplicación sigue a continuación y el Señor, habiendo dibujado un retrato, llevando a cada uno de los culpables y perdidos delante de Dios, igualmente necesitados, igualmente dependientes de la misericordia gratuita de Dios, muestra ahora la diferencia entre un alma que Le conoce como el Salvador de pecadores, y uno, no obstante lo religioso que sea, que no Le conoce. Qué maravillosamente hábil era este Predicador perfecto al usar la verdad; porque Simón necesitaba ser despertado a un sentido de su culpabilidad y de la vacuidad de sus pretensiones religiosas; la mujer necesitaba ser consolada, y ser llenada de ese gozo y paz que el Salvador traía para los quebrantados de corazón y para las persona convictas de pecado.

 

Él se vuelve después hacia la mujer, pero aún se dirige al fariseo. Dirigiendo la atención de Simón hacia la mujer, Él dice, "Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies"; es decir, tú ni siquiera me has mostrado una señal común de respeto y atención, "mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso" — no me saludaste con una habitual señal de afecto, "mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies". El bendito Señor muestra así a Simón cuánto más había en los modos de obrar de esta mujer despreciada y pecadora que era superior a él mismo, y, tal como Él enseña después, el manantial de todo es el amor — el fruto de un corazón movido por la gratitud al Señor. Debido a una profunda y sentida necesidad, ella se aferró a Él como el único Salvador, y supo que sólo Él podía hacer que sus pecados que eran carmesí fueran blancos como la lana. (Isaías 1: 18). Ella Le había hallado. Su alma había estado anhelando un trato personal con este Amigo de los pecadores, y ahora que Le había hallado, Le consideraba digno del servicio más costoso. El frasco de alabastro fue quebrado, Sus pies fueron ungidos, después de haber sido regados con lágrimas de agradecido amor, y secados con los cabellos de su cabeza. Su amor era el fruto del perdón de sus muchos pecados. Por tanto, ella amó mucho. Por eso Jesús añade, "Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama". (Lucas 7: 47).

 

Pero hay más. El Señor se ha dirigido hasta ahora solamente a Simón. La mujer parece estar todo el tiempo a Sus pies. Ella debe ser consolada y se entera, por el propio Señor, que su inmundicia es limpiada, su iniquidad perdonada. Por consiguiente, Jesús le dijo, "Tus pecados te son perdonados". Y esto no es todo; Él se dirige nuevamente a ella — "Tu fe te ha salvado, vé en paz".

 

Tenemos aquí tres bendiciones inmediatas de importancia eterna. Inmediato perdón de pecados, salvación inmediata, paz inmediata. Si nos hubiéramos encontrado con esta mujer al día siguiente, y le hubiéramos dicho, «¿Han sido perdonados tus pecados? ¿Eres salva?» ¿Cuál hubiese sido su respuesta? «Sí, yo tengo el perdón; soy salva.» Y luego, si se le preguntara, «¿Estás muy segura de que tus pecados han sido perdonados?» ¿No habría dicho ella? «Si muy segura, ¡porque el Salvador me lo dijo; y Su palabra jamás puede fallar!»

 

Se trata de la paz inmediata, el perdón inmediato, la salvación inmediata, que muchos niegan en nuestro día. Ellos dicen que no podemos saber estas cosas hasta que lleguemos a morir. Pero hemos visto lo que el Señor enseñó; y hay muchos más testimonios Escriturales al mismo efecto; y la Escritura no puede ser quebrantada. Ciertamente el Señor dio a esta mujer la más plena autorización para tomar su posición como una mujer salva. Y eso, también, en la senda de la fe. Leemos, "Tu fe te ha salvado, vé en paz". Lo que la salvó no fueron las lágrimas, el ungüento, o cualquiera otra cosa, bienaventurados frutos como lo fueron; sino que sólo Jesús es el Salvador, y los que Le aceptan están perfectamente seguros. Ella no se había aferrado a las doctrinas acerca de Cristo, o a los deberes religiosos, o a las oraciones, o a cualquier otra cosa, sino a Cristo mismo, y Le había conocido como su propio Salvador. Fue en Él mismo, el Hijo que salió del Padre, en quien ella se había refugiado, y en quien solo descansaba su confianza. ¡Bienaventurada muestra de la fe sencilla! Bienaventurado testimonio, asimismo, de la realidad del perdón de pecados inmediato, de la salvación inmediata, y de la paz inmediata, no dejando espacio alguno para el temor o la duda, o para un momento de recelo, con respecto a la seguridad para esa alma cuya sencilla confianza está en el Señor Jesús, el Salvador de pecadores perdidos y culpables.

 

Pero los que estaban sentados a la mesa ya no pudieron permanecer en silencio. El hombre aborrece la gracia. No puede soportar el amor de Dios gratuito e inmerecido. Ellos dijeron, "¿Quién es éste, que también perdona pecados? En efecto, ¿Quién es éste? Esta siempre ha sido la pregunta, y todavía lo es. "¿Quién es éste?" Él "En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció". (Juan 1: 10). "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad". (Juan 1: 14). Él dijo, "Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre". (Juan 16: 28). Él murió en la cruz para salvar a pecadores, y habiendo terminado la obra, Dios Le levantó de los muertos, y Le exaltó a Su propia diestra en el cielo. Pero Él, "habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies". Hebreos 10: 12, 13).

 

H. H. Snell

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Noviembre 2019.-

Título original en inglés:
Jesus in Company with a Religious Man and a Sinner, by H. H. Snell
Traducido con permiso

Versión Inglesa
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