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LA GLORIA DE DIOS (Revista "An Outline of Sound Words."

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LA GLORIA DE DIOS

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito.

 

De la revista "An Outline of Sound Words." Vol. 81 - 90.

 

La gloria de Dios muestra lo que Él es en Sus atributos y naturaleza, y es vista de manera preeminente en la Persona del Hijo, el cual es "el resplandor (o, la refulgencia) de su gloria". Hebreos 1: 3). En el reino venidero del Hijo del Hombre la gloria divina será mostrada ante un universo lleno de admiración en la Persona del Hijo, pero no solamente en Él, también en aquellos a quienes Dios ha llamado a compartir lo que Cristo ha asegurado por medio de Su muerte en la cruz. Está también la gloria divina del Hijo que Él tenía con el Padre antes que el mundo existiera, y esta será mostrada ante aquellos que comparten el lugar del Hijo en la dicha de la casa del Padre (Juan 17: 5, 24).

 

La Gloria de Dios en la Creación

 

En el Salmo 19 el escritor proclama, "Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos"; y en la luz de esta gloria divina el hombre se siente una criatura muy endeble, tal como está escrito en el Salmo 8, "Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, La luna y las estrellas que tú formaste, Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?" A medida que el conocimiento humano del universo aumenta, la mente del hombre titubea ante la inmensidad del espacio, y el número, tamaño, y velocidad de las estrellas.

 

¡Cuán lamentable! Aunque los hombres observan las maravillas del universo, no siempre disciernen en ellas la gloria de Dios. Ellos pueden tomar conocimiento de la gloria de los cuerpos celestiales, y de la gloria de los cuerpos terrenales, observando que, "Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna", y que "una estrella es diferente de otra en gloria". (1ª. Corintios 15: 41); pero cuan a menudo ello ha sido para adorar al ejército del cielo en lugar del Dios que creó todo. Incluso entre el pueblo terrenal de Dios Israel, los cuales tenían los oráculos de Dios, se encontraban en el templo de Jehová los que adoraban al sol (Ezequiel 8: 16), y los que adoraban a la luna (Jeremías 7: 18).

 

El testimonio que la creación rinde de la gloria de Dios permanece delante de los hombres, testificando de "su eterno poder y deidad,… de modo que no tienen excusa". (Romanos 1: 20). El amor de Dios no va a ser descubierto en las obras de Sus manos; vemos allí Su divinidad, Su majestad y poder; sin embargo, aunque la gloria de Dios en la creación es vista por el ojo mortal, ella sólo puede ser discernida como la gloria de Dios por el ojo de la fe, pues, "Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios". (Hebreos 11: 3). Al ver la luz del sol, o los hermosos colores de una flor, el hombre natural sólo puede ver lo que pertenece a la naturaleza, pero en ellos el hombre de fe discierne la obra de las manos de Dios.

 

Cuando Jehová respondió a Job desde el torbellino, Él llamó a poner atención sobre algunas de las maravillas de la creación, a saber, sobre las bases y la piedra angular de la tierra, las cuales el hombre, al buscar, nunca ha descubierto; sobre el mar, las nubes y la mañana; sobre la luz, la nieve, el granizo, la lluvia, la escarcha y el relámpago del trueno; sobre los lazos de las Pléyades, las ligaduras de Orión, la Osa Mayor con sus hijos; y sobre otros misterios de los cielos y la tierra. (Job 38). En todas estas cosas hay evidencia del eterno poder y divinidad de Dios, y la carencia de conocimiento del hombre con respecto a ellas manifiesta su ignorancia e impotencia.

 

Donde existe el verdadero conocimiento de Dios en el corazón, un conocimiento derivado de la verdad del Evangelio, allí puede haber el discernimiento de la gloria de Dios en las cosas que Él ha hecho, y acción de gracias por ellas al Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. El principal interés del cristiano es con la gloria de Dios dada a conocer y vista en Jesús en toda Su hermosura moral y perfecciones, y en la nueva creación que es en Cristo; pero el corazón que conoce al Hijo de Dios, y ha aprendido que Él es el creador de todas las cosas, no puede sino inclinarse ante Él, en reconocimiento de Su gloria, al contemplar las obra de Sus dedos, ya sea en la tierra o en los cielos.

 

La Gloria de Dios en Relación con el Hombre

 

Aunque el hombre ha sido hecho un poco menor que los ángeles en los rangos de los seres creados (Salmo 8), la Escritura nos dice que Él es "imagen y gloria de Dios". (1ª. Corintios 11: 7). Siempre fue el propósito de Dios que Su gloria fuera exhibida en el hombre, y aunque ella ha sido deshonrada en el primer hombre, la gloria de Dios ha sido recuperada en el Segundo Hombre; y nueva gloria ha sido traída a Dios a través de la cruz de Cristo. Tal como ha sido señalado, Dios está en deuda con el Hombre en Cristo por la gloria de la redención, en una obra que Le ha glorificado con respecto a cada cuestión que el pecado ha planteado, y eso públicamente ante el universo; y Le ha capacitado para llevar a cabo todos Sus propósitos de amor, y a mostrarse Él mismo en amor ante toda la creación.

 

Esteban habla de la gloria de Dios en relación con el hombre donde dice, "El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia". (Hechos 7). Abraham fue llamado por Dios a separarse de un mundo en el que Él fue deshonrado, un mundo idólatra que había cambiado "la gloria del Dios incorruptible en una semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles"; y que adoraba y servía "a la criatura antes que al Creador, el cual es para siempre bendito". (Romanos 1: 23 a 25 – VM). Y de la simiente de Abraham Dios escogió a la nación de Israel, llamándola de Egipto para servirle a Él, llenando Su gloria el Tabernáculo en medio de ellos. Después de llevar a Israel a la tierra de la promesa, Dios llenó con Su gloria el templo que Salomón había construido, siendo ello la evidencia de Su contentamiento en morar con el hombre, y significando cuál era Su pensamiento con respecto a un día venidero.

 

En tiempos de crisis, durante la estadía de Israel en el desierto, la gloria de Jehová apareció, la presencia de Jehová resolviendo el problema, como cuando Coré se rebeló (Números 16: 19), y cuando el pueblo contendió con Moisés debido a la falta de agua (Números 20: 6). Pero llegó el momento cuando la gloria de Dios abandonó Israel, en primer lugar, cuando el arca de Dios fue tomada en los días de Elí (1º. Samuel 4: 21, 22); después cuando Israel fue a la cautividad debido a su alejamiento de Dios. En el libro de Ezequiel la partida de la gloria es trazada paso a paso, manifestando la renuencia de Jehová a dejar la nación que Le había deshonrado tan gravemente; pero aun entonces Dios dio al profeta una visión del regreso de la gloria, como ciertamente lo hará en un día no muy lejano. (Ezequiel 43: 1 a 4).

 

La Gloria de Dios en Relación con el Segundo Hombre

 

Proféticamente, en muchas Escrituras del Antiguo Testamento la gloria de Dios es vista como asegurada en Cristo, el Hijo del Hombre. En el Salmo 8 la gloria de Dios descansa sobre el Hijo del Hombre, al cual Él ha coronado "de gloria y de honra". En Ezequiel está la presentación mística de un Hombre en lo alto en el trono celestial, y en medio de la gloria divina, Aquel en quien la gloria de Dios está asegurada durante la ausencia de dicha gloria del templo en Jerusalén. Qué reconfortante para el profeta contemplar en visión la salvaguardia de la gloria de Dios por los poderosos querubines bajo el control de un Hombre en el cielo.

 

Cuando el Señor Jesús nació como un niño en Belén, una multitud de las huestes celestiales celebraron Su advenimiento alabando a Dios, diciendo, "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes El se complace". (Lucas 2: 14 – LBLA). La gloria de Dios fue vista ahora en relación con el Segundo Hombre en la tierra, de quien el apóstol Juan escribió, "Y el Verbo se hizo carne, y habitó (o, tabernaculizó*) entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad". (Juan 1: 14 – LBLA). La gloria que una vez había tabernaculizado* entre los hombres, con Israel en el desierto, era encontrada ahora entre los hombres en la Persona del Hijo de Dios, "el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre". (Juan 1: 18).

 

* Tabernaculizó: traducción de la versión BTX3 más adaptada al significado del verbo griego eskénosen.

 

El ardiente deseo del Hijo en la tierra era para la gloria de Su Padre. Cuando las afligidas hermanas de Betania enviaron a buscarle y Le contaron acerca de la enfermedad del hermano de ellas, Él dijo, "Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella". (Juan 11: 4). Él veía cada circunstancia de la vida en relación con la gloria de Dios; y vio que la enfermedad y la muerte de uno que Él amaba traerían gloria a Dios al ser resucitado de los muertos.

 

Cuando Su alma estaba turbada, a la espera de la cruz, Él dijo, "¡Padre, sálvame de esta hora! mas por esto mismo vine a esta hora. ¡Padre, glorifica tu nombre!" (Juan 12: 27 – VM). Él sabía muy bien todo lo que la temible hora de la cruz significaría para Su alma santa, padecimientos más allá de todo el conocimiento de la criatura, todo lo que el corazón malvado del hombre energizado por el poder de Satanás podía idear, todo lo que las potestades de las tinieblas podía reunir para arremeter contra Él, y la ira y el juicio del Dios santo contra el pecado, cuando Él sería hecho pecado y llevaría nuestros pecados. Por muy terrible que era la expectativa de todo esto, y cómo sería el beber la copa de la ira, la única cosa que a Él le importaba por encima de todo lo demás era la gloria del Nombre del Padre.

 

Mirando más allá de la cruz, el Hijo dijo, "Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese". (Juan 17: 4). En todo momento de Su vida en la tierra el Hijo había traído gloria a Dios: todos Sus pensamientos, sentimientos, deseos, palabras y acciones fueron para la complacencia y la gloria de Su Padre. Toda Su obra de poder fue en testimonio para el Padre, toda Su palabra para revelar el amor y la bondad del corazón del Padre en gracia a los hombres, y para desenmascarar el mal que rechazaba y resistía la revelación del amor divino.

 

Después que Judas hubo salido de la presencia del Señor, el Hijo de Dios fue libre de hablar a los Suyos de Su muerte y resurrección en relación con la gloria de Dios, diciendo, "Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará". (Juan 13: 31, 32). Las perfecciones morales del Hijo del Hombre nunca resplandecieron de manera más brillante que en la cruz, donde, en obediencia a la voluntad de Su Padre, Él se sometió a todo lo que era necesario para satisfacer las demandas del trono divino en relación  con toda cuestión que el pecado había planteado en el universo de Dios. En este acto de obediencia perfecta la gloria de la redención fue llevada a Dios, y allí la naturaleza de Dios fue revelada y Sus atributos fueron exhibidos en gloria. En respuesta a la gloria procurada para Dios por el Hijo del Hombre, Dios Le ha glorificado en Sí mismo, Su gloria Lo saluda en la resurrección, y Lo coloca en gloria a Su propia diestra.

 

Ya sea en Su vida en la tierra, en Su muerte en la cruz, o en Su lugar actual de exaltación, la gran preocupación, lo que más concernía al Hijo era la gloria del Padre, por lo tanto Le oímos decir, "Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti". (Juan 17: 1). Desde Su exaltado lugar en las alturas, el Hijo glorifica ahora al Padre al comunicar vida eterna a aquellos que el Padre Le ha dado. Esta es la vida que Él manifestó en carne aquí abajo, y que Él hizo disponible para los hombres mediante Su muerte en la cruz.

 

Pero el Señor también pudo considerar el día futuro de la exhibición de la gloria divina, hablando a Sus discípulos del momento cuando como Hijo del Hombre Él vendría, "en su propia gloria, y la del Padre y de los santos ángeles" (Lucas 9: 22 al 26 - VM); luego Él añade, "Pero os digo en verdad, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios".

 

Luego viene el relato de la Transfiguración, cuando los tres discípulos escogidos vieron la gloria del Hijo del Hombre en el vestido y en el rostro de Jesús, y la gloria del Padre en la nube resplandeciente desde la cual Su voz fue oída declarando Su complacencia en Su Hijo.

 

Efectivamente la gloria de Dios será vista en el Señor Jesús personalmente en el día venidero, como está predicho en Apocalipsis 1: 7, "He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá". Esta será la respuesta de Dios a todo lo que el Hijo era para Él como el rechazado en la tierra, y para "los que le traspasaron", y para "todos los linajes de la tierra" que pertenecen al mundo que crucifico y mató a Su Hijo bienamado.

 

Aunque los cielos declaran la gloria de Dios, existen relativamente pocos que tienen la capacidad de discernir la gloria divina, incluso si ellos contemplan las glorias de los cuerpos celestes, porque no conocen a Dios como el Creador del universo. Cuando la gloria de Dios habitaba en el tabernáculo, ni siquiera Moisés podía permanecer adentro (Éxodo 40: 35); ni podían los sacerdotes de Israel permanecer adentro para ministrar cuando la nube llenaba el templo (2º. Crónicas 5: 14). Cuando la gloria estuvo aquí en la Persona del Hijo, pocos fueron los que vieron resplandecer la gloria de la Deidad a través del velo humano; aunque hubo algunos a quienes el Padre les dio a conocer quién era Jesús. Ahora que el Hijo ha ido a lo alto, y el Espíritu de Dios ha venido, hay quienes han recibido el testimonio de Dios concerniente a Su gloria y a Jesús.

 

El Testimonio de la Gloria de Dios en Jesús

 

Cuando el Señor Jesús ascendió al cielo, los discípulos fueron testigos de la nube que Le ocultó de la vista de ellos. Luego Esteban, "estando lleno del Espíritu Santo, miraba fijamente en el cielo, y vio la gloria de Dios, y a Jesús, puesto en pie, a la diestra de Dios". (Hechos 7: 55 – VM, LBLA, JND). Este testimonio del Espíritu rendido a la gloria de Dios fue rechazado por los líderes de Israel, los cuales habían rechazado el testimonio del Hijo del Hombre en cuya carne la gloria divina estuvo velada cuando pasó Él por la tierra.

 

Pero hubo uno que estuvo presente ante el martirio de Esteban, el hombre a cuyos pies fueron puestas las ropas de los asesinos de Esteban, a quien Dios, en la soberanía de Su gracia, había escogido para continuar el testimonio de Esteban de la gloria de Dios y de Jesús; un testimonio que no sólo era para Israel, sino especialmente para los gentiles. Mientras Saulo de Tarso caminaba hacia Damasco siguiendo su curso perseguidor, "repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo". En Hechos 22, cuando se dirigía a la multitud en Jerusalén, él hablo de ella como de "una gran luz" (Hechos 22: 6 – VM); y en su defensa ante el rey Agripa él dijo que se trató de "una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol". (Hechos 26: 13).

 

Pablo nunca olvidó lo que vio aquel día, y mucho después cuando escribió su segunda epístola a los Corintios, él escribió, "Porque Dios que dijo: Resplandezca la luz de en medio de las tinieblas, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para darnos la luz del conocimiento de la gloria de Dios, en el rostro de Jesucristo. Empero tenemos este tesoro en vasijas de barro…" (2ª. Corintios 4: 6, 7 – VM). La luz del conocimiento de la gloria de Dios no sólo fue expresada en palabras, sino que fue manifestada en las vidas de Sus siervos. Ella era la luz de los trescientos hombres de Gedeón; cuando los cántaros fueron quebrados la luz resplandeció. (Jueces 7). Todas las pruebas, perplejidades, persecuciones y dolores a través de los cuales Pablo y sus colaboradores pasaron, fueron usados para reflejar la luz del conocimiento de la gloria divina resplandeciendo en el rostro de Jesús. Y sigue siendo lo mismo hoy: Dios permite que Sus santos y Sus siervos pasen a través de condiciones de vida difíciles que ellos nunca habrían elegido para sí mismos, para que por medio de ellas pueda haber un testimonio rendido a Cristo que está glorificado a la diestra de Dios.

 

El testimonio de Cristo siendo recibido arriba en gloria es parte del "misterio de la piedad" del cual Pablo habla en 1ª. Timoteo 3. En ese capítulo el Apóstol escribió, "la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad" (1ª. Timoteo 3: 15 – LBLA); e inmediatamente después él escribe el secreto, o misterio, de la piedad. La iglesia ha sido dejada en este mundo para dar testimonio de la verdad, un testimonio en piedad verdadera que apoya el testimonio hablado. El secreto de toda piedad verdadera brota de la venida al mundo del Hijo de Dios, el cual, fue "Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria". Miramos hacia atrás a la encarnación, y vemos en Jesús la perfecta revelación de Dios en la Persona del Hijo, el vaso en el que por el Espíritu de Dios toda Su voluntad fue cumplida. Nosotros nos deleitamos al saber que fue en la carne que los ángeles vieron a su Creador, que Él es el tema del testimonio de Dios a los hombres, y que los gentiles, los cuales por naturaleza y práctica estaban lejos de Dios, han creído en el testimonio que Dios ha dado de Su Hijo, y que Aquel de quien es el testimonio de Dios ha sido recibido arriba en gloria, testimonio de la complacencia de Dios en todo lo que Cristo era y forjó para Él en este mundo. Es el conocimiento del Hijo de Dios el que trajo piedad a nuestras vidas, la misma piedad que fue vista en su perfección en Jesús aquí, y que dio complacencia ilimitada e ininterrumpida a Dios.

 

La Gloria de Dios en Relación con los Santos

 

En el discurso final del Señor a Sus discípulos les dijo, "En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos". (Juan 15: 8). El Padre ha sido glorificado perfectamente en el Hijo, en una vida que Le proporcionaba un deleite constante; el Padre aún sería glorificado contemplando los mismos rasgos preciosos que salieron a relucir en Jesús manifestándose en Sus discípulos. Esta sería, en efecto, la prueba de que eran discípulos de Cristo, porque sólo los verdaderos seguidores de Jesús podían manifestar los mismos rasgos de hermosura que complacían a Dios.

 

El Señor les dijo a Sus discípulos el secreto de llevar fruto, cuando dijo, "Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí". (Juan 15: 4). Solamente mediante la dependencia y la comunión con el Señor podemos manifestar los rasgos que son Suyos, y vivir así para la gloria de Dios en este mundo.

 

Pero la gloria de Dios no sólo está relacionada con el testimonio actual de los discípulos de Jesús; pronto será exhibida en ellos en el día venidero. Leemos acerca de esto en Juan 17, donde el Hijo dijo, "La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado". Todos los verdaderos discípulos del Hijo de Dios compartirán la gloria que Él ha recibido del Padre, y en ellos la gloria será exhibida ante el vasto universo.

 

Todos los que tienen parte con Cristo en aquel día son el fruto de Su obra en la cruz; ninguno de ellos podría haber sido nunca a Su semejanza y compartir Su gloria si Él no hubiese muerto por ellos. Cuando el Hijo estuvo en la tierra el mundo rechazó reconocer que Él era el Enviado del Padre, pero cuando el mundo vea la gran compañía de discípulos de Cristo compartiendo Su gloria ellos se darán cuenta que fue el Hijo quien los llevó allí, y que Él vino del Padre para procurar una compañía en la que Él sería glorificado. Cuando los santos estén en la gloria con Cristo será evidente que para compartir Su lugar ellos deben ser amados por el Padre como el Hijo es amado.

 

En el día de gloria la unidad de los santos será manifiesta para todos; ellos son perfectos en unidad (Juan 17: 23). Los rasgos del Hijo serán exhibidos en los santos en gloria, así como en los días de su testimonio en la tierra ellos manifestaron, aunque débilmente, los rasgos hermosos que habían sido expuestos perfectamente en el Hijo mientras estuvo aquí. En la tierra los discípulos no sólo tenían a Cristo en ellos, sino también la carne; en el día de gloria no habrá nada más que Cristo, tal como Él dijo, "Yo en ellos; pero Él pudo añadir, "y tú en mí", para que la gloria del Padre, la que Él dio al Hijo como Hombre, resplandezca en aquellos que Él ha traído a compartir la porción de Su Hijo en aquel día.

 

Pablo, en 2ª. Tesalonicenses 1, enseña lo mismo, escribiendo, "cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron". (2ª. Tesalonicenses 1: 10). Cristo no solamente será mostrado personalmente en la gloria divina, Él también será glorificado en Sus santos, en los que en la tierra fueron apartados para la voluntad de Dios. Cristo es perseguido en los Suyos ahora, tal como Saulo de Tarso se enteró cuando Jesús le dijo, "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (Hechos 9), pero en el día venidero Él será admirado en aquellos en quienes Él fue perseguido y vituperado.

 

La Gloria de Dios Exhibida en la Iglesia

 

En Apocalipsis 21, desde el versículo 9, hay una descripción detallada de la Jerusalén celestial, la Esposa, la esposa del Cordero. Los santos del período actual son vistos aquí en su relación colectiva y en conjunto con Cristo. La iglesia es vista por el Apóstol Juan descendiendo "del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal". En la tierra habrá la exhibición de la gloria de Cristo como Rey de Israel en la Jerusalén terrenal; pero la gloria de Dios será vista en la iglesia en la ciudad celestial. ¿Acaso no tenemos aquí el cumplimiento de las palabras del Señor en Juan 17: 22, 23?, ¿y de lo que el Apóstol Pablo escribió en 2ª. Tesalonicenses 1: 10? La unidad divina de los santos es vista en la ciudad, y en su calle de oro puro; y los encantadores rasgos de Cristo, exhibidos en su rica variedad en las diferentes piedras preciosas, serán admirados en el vaso donde mora la gloria de Dios.

 

El mismo capítulo en Apocalipsis retrata ante nosotros "la santa ciudad, la nueva Jerusalén", en la que vemos lo que la iglesia es para Dios y para Cristo a lo largo del día eterno. Para Cristo es una Esposa ataviada para su marido; aquello que es para el gozo y la satisfacción de Sus ojos y Su corazón para siempre. Para Dios es una ciudad de nueva creación en medio de una escena donde todas las cosas son nuevas, recién hechas por Su mano creadora, y donde nada puede jamás ser manchado o contaminado por la intrusión del pecado. Esta hermosa ciudad, la obra maestra de la sabiduría de Dios y de Su habilidad creativa, es la depositaria de Su gloria, y el tabernáculo en el cual Él morará con los hombres cuando toda lágrima, dolor, y otras marcas de la vieja creación hayan desaparecido para siempre.

 

Al final de Efesios 3 Pablo también escribe acerca de la iglesia como el vaso de la gloria eterna de Dios, "a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén". La gloria está en la iglesia, pero ello es por, o en, Cristo Jesús. La iglesia debe su existencia a la obra de Cristo en la cruz, y la gloria de la redención que es en Cristo Jesús será mostrada a través de la iglesia, la cual ha sido procurada para Dios, por los siglos de los siglos. Además, en el día eterno, la gloria de la gracia de Dios será exhibida en la iglesia, la cual no solamente es el fruto de Su sabiduría y la obra de Sus manos, sino que proviene del "propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos". (2ª. Timoteo 1: 9). Las abundantes riquezas de la gracia de Dios resplandecen en aquellos en quienes una vez estaban lejos de Dios, muertos en delitos y pecados, pero que han sido redimidos por la sangre de Cristo, y han sido unidos a Cristo como Su cuerpo y Su esposa. Pero el amor de Dios también será exhibido en esa gloria, así como está escrito en Juan 17: 23, "para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado". La satisfacción eterna de Dios en todo lo que ha sido hecho por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, estará para siempre ante la creación en la exhibición de Su gloria en la iglesia.

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Febrero 2020.-

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:

BTX3 = Biblia Textual 3ª. Edición (Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.)

JND = Una traducción del Antiguo Testamento (1890) y del Nuevo Testamento (1884) por John Nelson Darby, versículos traducidos del Inglés al Español por: B.R.C.O.

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

Título original en inglés:
The Glory of God
Traducido con permiso
Publicado por:

Versión Inglesa
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