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Los Cuatro Evangelios - La Finalidad de Cada Evangelio (S. Ridout)

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LOS CUATRO EVANGELIOS

 

Capítulo 3

 

La Finalidad de Cada Evangelio

 

Samuel Ridout

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito.

 

Llegamos ahora a ocuparnos de cada Evangelio con referencia a la finalidad especial para el cual fue escrito, en la medida que podamos ser capaces de entender esa finalidad sin entrar en un estudio más detallado de todo el libro, lo cual nos ocupará más adelante.

 

Varias preguntas servirán como encabezamiento para nuestra investigación aquí. Preguntaremos:

 

Primera pregunta: ¿cómo es presentado nuestro Señor en cada Evangelio?

Segunda pregunta: ¿cuál es la naturaleza de Su muerte en cada uno?

Tercera pregunta: ¿Cuál es el carácter de Su Resurrección?

Cuarta pregunta: ¿Cuál es el tema general en armonía con estos?

 

1. La manera en que nuestro Señor es presentado

 

Ha habido varias biografías de personas históricas prominentes, ocupándose de fases especiales de sus vidas. Podríamos concebir fácilmente una biografía del General Washington como comandante militar, otra de él como Presidente, otra de su vida y características personales, y aún otra dedicada a su carrera después de su retiro de la vida pública.

 

Así podríamos tener fácilmente cuatro vidas de un personaje destacado preparadas por cuatro biógrafos, en las que los detalles se dispondrían con especial referencia a la finalidad en perspectiva. Varias vidas del Conde de Shaftesbury podrían ser escritas. Una de ellas presentaría su vida y características personales con especial referencia a sus conexiones familiares. Otra podría detenerse más en los detalles de su vida en relación con sus propiedades y la administración de sus asuntos privados. En esta encontrarían un gran lugar su amabilidad con sus inquilinos, con actos de benevolencia privada, etc... Una tercera podría ser con especial referencia a su trabajo público y filantrópico; mientras que una cuarta narración presentaría el registro de sus servicios públicos en la Cámara de los Lores del Parlamento Británico.

 

Es bastante evidente que cada una de estas narraciones tendría ciertas características especiales. El mismo individuo sería descrito en cada una pero con referencia especial a la finalidad inmediata del biógrafo. Así, en la narración de su vida personal, se seguiría el rastro de su genealogía familiar y sus diversas conexiones con otras familias prominentes. Las narraciones de carácter más íntimo y personal, que difícilmente serían adecuadas en el relato de sus servicios más públicos, encontrarían aquí un lugar. Por ejemplo, su hospitalidad, su accesibilidad, serían destacadas; y así sería en cada una de las otras narraciones respectivamente.

 

Nosotros encontraríamos algunos hechos quizás comunes a las cuatro biografías, pero cada uno de ellos considerados con especial referencia a la finalidad del narrador, y se le daría mayor o menor prominencia según esa finalidad. Así, todos los asuntos relacionados con la benevolencia se mencionarían naturalmente en las cuatro biografías, ya que formaba la característica prominente del conde. El biógrafo de su vida personal recordaría su interés en el movimiento del cierre dominical de Pubs como señal de sus fuertes convicciones religiosas y su interés personal en aliviar a los pobres. El narrador de sus actos públicos de benevolencia volcaría todo esto en forma de trabajo de comité y otros esfuerzos públicos que resultaron en esta consecuencia; mientras que su vida parlamentaria presentaría un informe de sus discursos con referencia a las leyes particulares que llevaron y acompañaron a todo el movimiento.

 

Cuando nosotros llegamos a la Vida de todas las vidas encontramos este mismo método natural y sencillo seguido por los narradores inspirados.

 

La Presentación de Cristo en Mateo

 

El Evangelio de Mateo presenta a nuestro Señor evidentemente en conexión con la nación Hebrea, y más particularmente como Rey de los judíos. Así, nosotros encontramos que Su genealogía es presentada desde Abraham a través de David hasta José, heredero lineal y legal del trono de David. Nuestro Señor es presentado aquí como el Hijo de Abraham e Hijo de David. Como Hijo de Abraham, está vinculado con todo Israel — podríamos añadir, con toda la casa de la fe también — y como Hijo de David, está más particularmente conectado con esas promesas de reinado que Dios hizo a David: leemos, "Una vez he jurado por mi santidad, Y no mentiré a David. Su descendencia será para siempre, Y su trono como el sol delante de mí". (Salmo 89: 35, 36).

 

Era bajo el gobierno de tal Rey que las gloriosas promesas hechas a Abraham con referencia a su simiente según la carne y a toda la tierra debían cumplirse. Leemos, "Dominará de mar a mar, Y desde el río hasta los confines de la tierra… Los reyes de Tarsis y de las costas traerán presentes… Todos los reyes se postrarán delante de él; Todas las naciones le servirán". (Salmo 72: 8 a 11).

 

Mateo 1 establece así su conexión con ambos de estos progenitores; Mateo 2, en la visita de los magos, presenta un presagio del tributo de las naciones que es traído a Él como el Salmo que acabamos de citar lo predice; mientras que el hecho de que nuestro Señor haya sido criado en Nazaret lo vincula con el remanente de la nación y da un indicio del rechazo que siguió. Belén, el lugar de Su nacimiento, habla de que Él es el Hijo de David, y Nazaret habla de que Él es el Profeta rechazado por Israel.

 

En Mateo 3 entramos en lo que es el gran tema del Evangelio de Mateo — el Reino de los Cielos — y vemos aquí de qué manera todo está subordinado al Rey. En Juan el Bautista tenemos el precursor del Rey que anuncia el acercamiento del reino, y en el bautismo de nuestro Señor, con lo que sigue a continuación, tenemos la unción y el reconocimiento del Rey por parte del Cielo.

 

Mateo 4 nos presenta al Rey sometido a las más rigurosas pruebas a manos del gran opositor de Su autoridad real, Satanás. Nadie que precedió a nuestro Señor en el linaje real de David se había enfrentado a tales asaltos y salió ileso. El propio rey David había caído ante esfuerzos muy menores del enemigo, y nadie que le sucedió llegó tan alto como él. El justo Gobernante sobre los hombres, gobernando en el temor de Dios, sólo podía verse así en la persona de Aquel que era el cumplimiento de toda profecía y predicción.

 

Esto nos lleva a darnos cuenta de lo que es una marcada característica de Mateo. Él presenta a nuestro Señor tan frecuentemente como el Consumador de las palabras del profeta. Encontramos así una expresión característica, como se mencionará más tarde, a saber, "para que se cumpliese lo dicho por el profeta".

 

Siendo el Rey anunciado así por su heraldo, y Él mismo siguiendo con un testimonio similar, tenemos a continuación (Mateo 5 a 7), los grandes principios de Su reino enunciados. Estos forman, podríamos decir, la constitución orgánica de Su reino, proporcionando los principios sobre los que administrará Su gobierno. El reino es visto, por lo tanto, principalmente como un reino espiritual en el que todo lo que es contrario al pensamiento de Dios como está expresado en la ley, es rechazado. En efecto, no podemos dejar de ver la correspondencia entre la ley dada en los diez mandamientos y su ampliación, aplicación y ejecución, como es presentada en el sermón del monte.

 

Lo primero, la ley, fue la gran carta constitutiva de Dios para Israel, podríamos decir, la constitución de una teocracia sobre el pueblo terrenal. Lo otro es también una constitución pero que ahora no sólo se limita a los actos externos sino a las fuentes internas de conducta, y juzga a estas tan implacablemente como las infracciones exteriores de un estatuto.

 

Mateo 8 y 9 presentan las pruebas externas de la aptitud de nuestro Señor para Su posición real. En efecto, aquí las obras regias mediante las cuales los sufrientes en su reino, los oprimidos por el diablo y con enfermedades resultantes de su propio pecado y su propia locura, son igualmente liberados y sanados por el poder de Uno que no es meramente Rey, sino infinitamente más.

 

Estos dos capítulos, con Mateo 10, nos presentan un atisbo del tierno corazón del Rey. Mientras cuidaba Su dominio y anhelaba traer al conocimiento de sus pobres y afligidos súbditos el bienaventurado hecho de Su cercanía, les mostraría lo que es el verdadero Rey y cumpliría para ellos más de lo que sus más queridas esperanzas habían soñado, pero con la condición indispensable de arrepentimiento y obediencia a Él. El capítulo 10 nos muestra más particularmente los mensajeros del Rey que llevan la noticia de Su acercamiento a todos Sus súbditos.

 

Mateo 11 nos muestra la sombra que ya había comenzado a caer contra el progreso Real de nuestro Señor. Para Él no fue una senda fácil hacia el trono. La condición de la nación y del mundo en general, aseguró Su rechazo, del cual tenemos indicaciones en el capítulo 2, y que desde este punto se hace más evidente hasta que la penumbra se profundiza en la negrura de la cruz. Incluso Juan el Bautista tiene dudas sobre si este es el verdadero Rey de Israel; y nuestro Señor, aunque reprende muy delicada y secretamente su incredulidad, da testimonio al pueblo de su lealtad y fidelidad en medio de toda la abundante incredulidad. Sólo los esclarecidos por el Padre vendrán a Él, pero a todos ellos, niños a sus propios ojos y a los del mundo, les tiende la mano de amor: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar".

 

Mateo 12 lleva a un momento álgido el asunto del día de reposo, que siempre fue un asunto sensible con los formalistas. El día de reposo, como encontramos de la lectura del Antiguo Testamento, era en efecto una señal especial de la relación de pacto de Dios con Su pueblo {ver nota 1}; pero presuponía un pueblo que había preservado su derecho a considerarse a sí mismo como el elegido por Jehová por la obediencia a Sus mandamientos.

 

{Nota 1. Véase Levítico, Isaías y Ezequiel}

 

Nosotros encontraremos, cuando lleguemos al Evangelio de Juan, que este asunto del día de reposo es tratado por el Señor desde un punto de vista algo diferente al de los sinópticos, quizás más particularmente que en el propio Mateo. Los líderes religiosos acusan a los discípulos de nuestro Señor, e implícitamente al propio Señor, de violar el día de reposo haciendo lo que estaba permitido por la ley, pero que sólo las necias tradiciones del hombre habían prohibido. La enemistad y la oposición de los judíos, por lo tanto, llegaron a un punto crítico al ignorar el Señor el estricto apego al día de reposo (sabatarianismo) de los fariseos — mediante lo cual Él implicaba el fracaso por parte de ellos en manifestarse como teniendo derecho a ser considerados como la nación elegida. Esta cuestión lleva el asunto a su punto final.

 

Los fariseos, con su blasfema acusación de poder satánico en nuestro Señor, se exponen a la terrible advertencia de blasfemia contra el Espíritu Santo para la cual no puede haber perdón. Aquellos que atribuyen al diablo el evidente poder de Dios manifestado ante sus ojos están en peligro de lo que nunca puede ser perdonado — atribuyendo así con los ojos abiertos las obras del Espíritu de Dios a Satanás. Ellos llaman a la luz, tinieblas y al bien, mal.

 

El Rey es así rechazado por los líderes responsables, y en Mateo 13 tenemos el reino descrito como ha existido durante el rechazo de su Rey. Es como si Él mostrara cómo, durante Su ausencia, habría una condición mixta incluso en aquello que hiciera una profesión de sometimiento a Él mismo.

 

Mateo 14 continúa las obras del Rey. Él no es exactamente un fugitivo, pero ocupa un lugar muy diferente de lo que tuvimos en la primera parte del Evangelio. Un falso rey, Herodes, es visto aquí; sin embargo, el Verdadero alimenta a sus súbditos hambrientos con algo más que el pan que perece, y los hace pasar a través de tormentas que no son otras que las que se desataban sobre el Mar de Galilea.

 

Mateo 15 se explaya con algún detalle acerca de los puntillosos desatinos de los fariseos, cuya vida exterior era tan contradictoria con su corazón interior; y, en contraste con el formalismo de ellos, nos presenta un atisbo del corazón de Dios que se compadece ahora más allá de las ovejas perdidas de la casa de Israel, a saber, de los gentiles.

 

Mateo 16 nos lleva al terreno Gentil, y en la gran confesión de Pedro acerca de quién es el Rey, "el Cristo, el Hijo del Dios viviente", tenemos el fundamento de algo más que el reino — el fundamento de esa Iglesia que no es revelada en Mateo, salvo para mostrarnos aquello sobre lo que ella descansa, y contra la cual las puertas del Hades no pueden prevalecer.

 

En Mateo 17 vemos al Rey en Su hermosura, asociado con los grandes testigos de Su gloria, la ley y los profetas. La gloria, aunque es mostrada, no es para todos. La nación en la incredulidad no conoció el tiempo de Su visitación, y mientras nuestro Señor desciende del monte, la opresión satánica del pueblo se manifiesta. Viene un día cuando el Rey de gloria liberará a todo Su pueblo oprimido.

 

Mateo 18 enfatiza ese espíritu manso, pueril, sin el cual nadie puede entrar en el Reino — el espíritu que, de hecho, fue manifestado por nuestro Señor quien, aunque Rey de reyes, podía decir de Sí mismo, "soy manso y humilde de corazón". (Mateo 11: 29).

 

No obstante, Mateo 19 presenta los santos principios de Su reino, en el que nadie puede entrar sino aquellos que tienen más que los requerimientos del hombre natural.

 

En Mateo 20 tenemos el comienzo del último gran desplazamiento del Rey a Su ciudad capital. Comienza en Jericó y termina, no en el trono de David, sino en la cruz del Calvario. Todavía vemos al Rey en esta parte del Evangelio.

 

En Mateo 21 vemos Su entrada real en la ciudad, junto con Sus magistrales y convincentes respuestas a cada pregunta de incredulidad y enemistad.

 

Mateo 22 nos habla del banquete de bodas que está aún por venir, en el que el Rey tendrá por fin a Sus invitados a Su alrededor.

 

En Mateo 23 el tiempo para la paciencia ha pasado. Durante todo el día el Rey había esperado pacientemente a Su pueblo desobediente y rebelde. Él denuncia ahora a los cabecillas de esta rebelión.

 

En Mateo 24 y 25 nos son presentados los grandes acontecimientos conectados con la segunda venida del Rey, cuando Él establecerá Su reino en poder; cuando aquellos que han rechazado Sus ofrecimientos de misericordia en el tiempo de Su humillación serán obligados a inclinarse ante una gloria que ya no suplicará, sino que exigirá un juicio justo sobre Sus enemigos.

 

Esto concluye la manera en que Cristo es presentado en el Evangelio de Mateo. Todo tiene especial referencia a Su autoridad y posición reales como el legítimo heredero del trono de David y Gobernante de Su pueblo. Las diversas etapas de la oposición a Su autoridad son descritas para nosotros, y la conclusión que sacamos cuando llegamos a Mateo 25 es que un reino tal no puede ser establecido por tal Rey sobre un pueblo tal, excepto mediante el más implacable juicio por una parte, y por la otra, por medio de una obra de gracia que producirá en los corazones de otros una fe que Le reconocerá como Señor y clamará, "Bendito el que viene en el nombre del Señor". Hasta ese momento, incluso el Templo, la casa del divino Rey, les es dejada desierta. (Mateo 23: 37 al 39). Ellos pueden hacer con ella lo que quieran. Pueden contaminarla con su mercadería y vanas ceremonias religiosas. "Icabod" ("no hay gloria, en otras palabras, sin gloria), está escrito sobre todo él, y en efecto será derribado hasta que llegue el momento del cual Él habla al final de sus solemnes denunciaciones.

 

Del resto de la narración de Mateo hablaremos más tarde, bajo el tema de la muerte de nuestro Señor. Continuamos por el momento nuestro examen de la forma de presentación de nuestro Señor en los otros Evangelios.

 

La Presentación de Cristo en Marcos

 

La realeza de nuestro Señor evidentemente no es prominente el Evangelio de Marcos. Una medida de familiaridad con su contenido puede sugerirnos más bien la incansable actividad de Uno que tenía una obra especial que realizar y la llevó a cabo con una persistencia incesante hasta que todo fue consumado. Esta obra tiene naturalmente dos partes: el ministerio a todas las personas necesitadas que Le rodean, y el testimonio de Dios que constantemente es llevado a Sus oyentes. Estas dos características de nuestro Señor las encontramos prominentes a lo largo de este Evangelio.

 

Le vemos como el Siervo de la necesidad del hombre y el Profeta de la verdad de Dios. Por lo tanto, no hay más que un breve prefacio a Su ministerio, y después de los primeros trece versículos vemos a nuestro Señor resuelto en la obra que Él vino a hacer.

 

Después de llamar a Sus discípulos a seguirle para ser testigos y sucesores en Su labor, Él emprende Su vida de trabajo. El endemoniado es libertado; la madre de la mujer de Pedro es sanada de la fiebre; multitudes afligidas de diversas enfermedades son curadas; el leproso es limpiado. Sin embargo, en medio de todo hay tiempo libre para aquello de lo cual el Siervo perfecto sentía Su necesidad, a saber, la oración, con un diligente avance, como para recordarles que Su obra principal no era la curación de la enfermedad, sino la predicación: Él dice, "porque para esto he venido".

 

La sanación del paralítico viene a continuación (Marcos 2), y en el resto del capítulo es presentado Su testimonio profético.

 

En Marcos 3 la mano seca es sanada, y la oposición, cuyos murmullos ya habían sido oídos, se vuelve clara y definida.

 

Marcos 4 nos presenta la esencia de Mateo 13, aunque no tan completamente. La tempestad es vista aquí después de las parábolas, similar en su carácter moral al lugar que ocupa en el Evangelio de Mateo donde sobreviene poco después del sermón del monte. La senda de rechazo del Siervo está claramente señalada aquí como una de oposición más encarnizada, sin embargo, Él continúa imperturbable en el firme propósito de servicio y testimonio que se había propuesto cumplir.

 

Marcos 5 nos muestra Su poder sobre Satanás, cuando está más arraigado en los hombres. Al regresar a Capernaum la hija muerta de Jairo es resucitada. Podemos decir que todo es visto como la actividad del Profeta y Siervo de Dios, en lugar de la autoridad del Rey que había venido a tomar Su poder y Su reino.  

 

Marcos 6 está dedicado a Su rechazo, tanto por parte de Nazaret como implícitamente por parte de Herodes, de modo que Él se ve obligado a estar en un lugar desierto; pero nada detiene Su ministerio para la necesidad del hombre. Los cinco mil son alimentados por Uno que, hablando humanamente, huía por Su vida. Así, dondequiera que Él va, sin importar cuánto Él padece, puede calmar las olas furiosas para Su tembloroso pueblo y acoger a las multitudes de cansados y enfermos que se arrojan a Sus pies para ser sanados.

 

Marcos 7 coloca uno al lado del otro, como en Mateo 15, el corazón vacío, contaminado del formalismo, y la tierna compasión del corazón de Cristo para con la pobre extranjera Gentil. De regreso a Su región, Él abre lo sordos oídos y suelta la lengua tartamuda de uno que parece ser un tipo de la nación que un día va a tener sus oídos abiertos y sus labios sin sellar.

 

Marcos 8 está dedicado en su primera parte a obras similares, que parecen conectar con el remanente de Israel, alimentando de nuevo a la multitud y recordando a Sus discípulos Su poder para hacer esto, mientras que la apertura de los ojos del ciego de Betsaida se corresponde bastante con la narración del capítulo anterior. La última parte del capítulo, a partir del versículo 27, nos traslada a territorio Gentil, donde sale a relucir la confesión completa de quién es Él.

 

En Marcos 9 estamos con Él en el monte santo, pero no se queda mucho tiempo allí porque la necesidad Le espera abajo; el demonio debía ser echado fuera del muchacho, así como lo será de Israel en los días postreros.

 

A partir de este momento, nuestro Señor habla inequívocamente de Su rechazo, como si cuánto más claramente brille Su gloria, más abierta se hace la hostilidad del hombre, enfatizando la necesidad de Su obra expiatoria. Nuestro Señor no se deja disuadir ni por un momento por las glorias que estuvieron sobre Él en el monte, ni el asombro de la gente por Sus obras milagrosas puede hacerle olvidar el propósito para el que ha venido al mundo. Una gloria siempre descansó sobre Él, pero es la gloria de la mansedumbre, "que es de grande estima delante de Dios", y con lo que Él apremia a Sus discípulos.

 

Marcos 10 lo lleva a las cercanías de Jerusalén, y los acontecimientos de Sus últimos días adquieren prominencia.

 

Marcos 11 y 12 son paralelos a la misma narración de Mateo, pero con la característica brevedad y claridad de propósito que caracteriza todo este Evangelio.

 

Marcos 13 de la misma manera nos presenta el discurso profético, similar al de Mateo 24 y 25, sólo que más breve.

 

Aplazamos la examinación del resto del Evangelio hasta que hablemos de Su muerte.

 

La Presentación de Cristo en Lucas

 

Como obra literaria el Evangelio de Lucas es quizás superior a los otros dos sinópticos. Escrito como lo fue por un Gentil, un médico también, y probablemente un hombre culto, tiene sobre él un encanto que se adhiere de manera natural a una producción terminada, pero el encanto no es tanto natural y literario como en el método en el que presenta el tema que le ocupa.

 

Al hablar así no querríamos ni por un momento pensar que Mateo o Marcos son incompletos o toscos. No es así. Mateo, sin duda, como judío, aunque no como escriba, era plenamente competente, como lo muestra su Evangelio, para presentar de manera adecuada su tema; tal como lo es Marcos para el suyo. La concisión misma y la brevedad de estilo de Marcos expresan el tema que le llenaba el corazón.

 

No obstante, en Lucas tenemos una delicadez de tratamiento que es peculiarmente apropiado a la manera en que nuestro Señor nos es presentado. Existen puntos en común tanto con Mateo como con Marcos, pero el ámbito es evidentemente más amplio. El tema no es tanto desde el punto de vista judío, como lo es desde el del evangelio de la gracia de Dios; por lo tanto, pasamos instintivamente de su narración de la vida terrenal de nuestro Señor a la de los Hechos de los Apóstoles, reconociendo que son de un solo autor con una unidad de propósito que impregna a ambos. En efecto, podríamos ir más lejos, y recordando que Lucas fue el compañero del apóstol Pablo en gran parte de su obra entre los Gentiles, encontramos su narración del Evangelio y la de los Hechos como siendo una introducción adecuada a las epístolas del gran apóstol de los Gentiles.

 

Sin embargo, nuestro propósito inmediato no es hacer aquí un sondeo de todos los escritos de Lucas, ni siquiera aún de su Evangelio, sino más bien ver, como ya hemos hecho en los anteriores evangelistas, la forma en que él nos presenta al señor Jesús.

 

Lucas 1. Casi podríamos imaginar que este capítulo y el siguiente deberían haber sido escritos por Mateo, ya que la escena es en su mayor parte judía; pero si miramos un poco debajo de la superficie encontraremos su adecuación al tema general de Lucas. La realidad de la fe en Dios, y la separación de los que tienen esta fe, como un remanente de la multitud de la nación, son enfatizadas aquí. En Zacarías y Elisabet vemos esta fe de manera muy hermosa, así como en un gran número de humildes habitantes en la serranía de Judea, y en Simeón y Ana junto con otros en Jerusalén.

 

Tenemos así un remanente, a manera de tipo, sin duda, de lo que será en Israel en los días postreros, pero que también conecta íntimamente con el remanente de la fe que es visto a lo largo de toda la narración Evangélica, y que eventualmente se agranda en el pensamiento más amplio de la Iglesia, que incluye a los gentiles.

 

En el primer capítulo tenemos el anuncio del precursor y el relato de su nacimiento junto con el misterio más maravilloso de la encarnación del Hijo de Dios. Nosotros podríamos decir que no se puede hallar un lugar más sagrado que el del anuncio, donde la sierva del Señor se inclina en sumisa adoración ante la asombrosa gracia que había sido mostrada a ella y a los hijos de los hombres. Dios no sólo iba a visitar a su pueblo Israel, sino que iba a venir al mundo para ser el Salvador de la humanidad.

 

Lucas 2. La maquinaria del imperio Romano comienza a funcionar para llevara cabo la predicción del Espíritu de Dios por medio del profeta de que el Hijo de David nacería en Belén, la ciudad de David. Es conmovedoramente apropiado que nuestro Señor nazca en Belén, la ciudad de David en su humildad, en lugar de nacer en Jerusalén, la ciudad del gran rey, donde David pasó su vida real. En Mateo, los magos vienen a Jerusalén para enterarse de dónde ha nacido el Rey de los judíos. En Lucas, no se nos dirige primero a Jerusalén, sino a la pequeña aldea en la serranía donde David pasó su infancia y sus primeros días y donde nació el Niño celestial. En Mateo, surge una estrella que guía a las naciones desde lejos hasta el lugar de nacimiento del Rey. En Lucas, un mensajero celestial anuncia a los pastores de Belén el mismo glorioso evento, mientras que la alabanza de los ángeles va más allá de los confines de la nación de Israel proclamando, "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes El se complace". (Lucas 2: 14 – LBLA).

 

Tenemos aquí un indicio del tema de Lucas, donde nuestro Señor no es presentado meramente en conexión con la nación de Israel, sino como Hijo del Hombre. De hecho, Él es presentado en el templo, pero pronto es llevado desde Belén a Nazaret, donde pasa Su vida privada. Sólo tenemos un vislumbre de Él, uno muy significativo, que también es en el templo. Nos muestra la conciencia de Su misión que estaba en Él desde el principio. Sus palabras, "¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" ponen fin a todas las especulaciones de la incredulidad y a los razonamientos filosóficos de la Kenosis {Ver N. del T.}. Por mucho que se hubiera despojado de Su gloria, seguía siendo conscientemente el Hijo de Dios, reivindicando a Dios como Su Padre. Por lo tanto, aunque las escenas de Su infancia y Su vida temprana son de carácter judío, no están directamente conectadas con el establecimiento de Su reino como en Mateo, sino que conducen a los acontecimientos de Su vida pública. Estos también son en gran parte judíos en la forma, y sin embargo van más allá del mero judaísmo.

 

{N. del T.: El término kenosis proviene de la palabra griega para describir la doctrina del auto-despojo de Cristo en Su encarnación. La kenosis fue una auto-renuncia, no un vaciarse a Sí mismo de Su deidad, ni un intercambio de la deidad por humanidad. Filipenses 2: 7 nos dice que Jesús “se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres.” Jesús no dejó de ser Dios durante Su ministerio terrenal. Pero sí dejó de lado la gloria celestial de Su relación cara a cara con Dios. Él también dejó de lado Su autoridad independiente. Durante Su ministerio terrenal, Cristo se sometió totalmente a la voluntad del Padre.}

 

Lucas 3 es dramático en su disposición. El mundo sigue totalmente inconsciente del motivo de la tranquilidad dominante. El emperador romano está en el palacio de los Césares, y su representante, Pilato, es gobernador en Judea. Un falso rey de los judíos, Herodes, tiene su pequeño reino en Galilea, con su hermano Felipe sobre otra porción, y aun otro gobernante en Abilinia. El mundo parece no sufrir de carencia de gobernantes, y la misma plétora (abundancia) existe en el oficio mismo del sacerdocio — Anás y Caifás dividiendo entre ellos honores que no lo eran tanto por derecho divino (aunque sin duda eran descendientes de Aarón) como por gestión política romana.

 

Así que el mundo, político y religioso, parece estar provisto y en reposo. Es, en efecto, un reposo de muerte moral. En medio de esto viene la palabra del Dios viviente que va a agitar el trono de Roma y el palacio de los sacerdotes. Sin embargo, no llega al emperador, al gobernador o al tetrarca, ni a los ocupantes del santo cargo del sacerdocio, sino a un hombre humilde en su rechazo, Juan, de la familia de Aarón en verdad, pero como Ezequiel y Jeremías de antaño, un profeta más que un sacerdote. Él agita a la gente tanto religiosa como militar, y ellos salen a escuchar su predicación de arrepentimiento; pero esto es sólo para prepararlos para la entrada de Uno más grande que él, y la muchedumbre se descubre cuando la miramos, y vemos a Otro parado al lado de Juan como si fuera un penitente; pero ni Juan ni el Cielo pueden mirarlo como eso; es Uno que en la humildad estaba tomando Su lugar con un pueblo penitente para convertirse en su Fiador y abrirles esos cielos que ahora Le sonríen.

 

Su genealogía sigue a continuación, remontándose aquí no meramente hasta David ni tampoco hasta Abraham sino hasta el primer hombre, Adán, y por tanto hasta Dios. Vemos así la conexión de nuestro Señor con toda la familia humana, más que con Israel. Se supone, y probablemente es correcto, que tenemos aquí la genealogía de nuestro Señor a través de Su madre María, aunque al estar probablemente emparentada con José, Su genealogía es también la de él.

 

Lucas 4. Seguimos la vida del Hijo del Hombre que transcurrió dentro de los límites de Israel, pero con una constante perspectiva hacia el mundo exterior. Encontraremos, por lo tanto, maravillosamente prominente, el precioso evangelio de la gracia de Dios que llega a toda la humanidad. La ley había cercado a Israel como nación, pero como no la cumplían, dicha ley no podía diferenciarlos permanentemente del resto de los hombres.

 

Después de la tentación nuestro Señor va a Galilea y se encuentra en Nazaret, donde Él enuncia el gran principio del cual acabamos de hablar. El mensaje de la gracia es enviado a Su propio pueblo, pero es recibido por los Gentiles, incluso como antiguamente la viuda de Sarepta, una Gentil, recibió al profeta y fue alimentada durante el tiempo de hambruna, y como Naamán, un sirio, fue limpiado de la lepra. Los pobres nazarenos habrían demostrado la exactitud divina de las palabras de nuestro Señor al tratar de matarlo; pero ni el tiempo ni la manera concordaban con las Escrituras; así que pasó a ministrar en bendición a otros.

 

Lucas 5 está lleno de hermosas imágenes de la gracia de Dios. La presencia divina manifestada en la captura de los peces convence a Pedro de pecado, mientras la gracia le da seguridad y predice su servicio en el evangelio. La lepra es limpiada y el paralítico es sanado, mientras entre estos hechos de gracia nuestro Señor se retira para derramar Su alma en oración. Podríamos mencionar aquí que la oración es una característica prominente de la narración de este evangelista. Los publicanos se reúnen en torno a Aquel que ejemplifica una gracia que no vino a llamar a justos sino a pecadores al arrepentimiento.

 

Lucas 6. El Hijo del Hombre es Señor del día de reposo, que en realidad nunca tuvo la intención de mantener al hombre en servidumbre sino, si él hubiese estado correcto en su alma, para darle un reposo honorable y deleite en Dios. La impotencia, inducida por la servidumbre de la cual la mano seca era un tipo, es aliviada en gracia; y el resto del capítulo nos presenta un resumen del sermón del monte desde el punto de vista del evangelio para los hombres más que del reino para Israel.

 

Lucas 7. Nuestro Señor ministra al centurión romano, y a Israel tipificado en la viuda de Naín, y justifica a los hijos de la sabiduría que Le reconocen y Le justifican en Sus modos de obrar. El amoroso ejemplo de la gracia en casa del fariseo está en armonía con el tema de nuestro evangelista, pues él se deleita siempre en registrar las efusiones de esa gracia.

 

En Lucas 8 tenemos sólo la parábola del sembrador del séptuple ciclo parabólico de la verdad del reino, lo cual quizás enfatiza el tema de Lucas del evangelio del Hijo del Hombre. El resto de las narraciones de este capítulo son presentadas también en los otros sinópticos, y sin duda en las conexiones apropiadas.

 

En Lucas 9 la multitud es alimentada pero el rechazo a nuestro Señor está manifestado más claramente. La transfiguración y la curación del muchacho endemoniado son pronto seguidas por el progreso de Su rechazo. Lucas 9: 51 parece incluir todo el resto de la narración del Evangelio bajo este tema general. El recorrido llevaba a Jerusalén, el lugar donde Él iba a ser crucificado, y todo está a la luz de eso. Si los hombres van a seguirle, ello es seguir a Uno que va a la cruz. Aquellos que miran hacia atrás no han entrado en el poder de una vida que les permite enfrentar la muerte.

 

Lucas 10. La actividad de nuestro Señor y el cuidado de los demás sólo se intensifican a medida que Su rechazo es más manifiesto. Él enviará mensajeros con el evangelio, e incluso la oposición y los lazos del enemigo no son más que nuevas ocasiones para sacar a relucir ese evangelio en su plenitud, como indica la parábola del buen samaritano.

 

Lucas 11 enseña, en la parábola de los tres panes, que la oración sincera nunca falla. El resto del capítulo muestra la letalidad de la oposición, y nuestro Señor se enfrenta a ella manifestando la hipocresía y la perfidia de los fariseos.

 

Lucas 12 nos presenta las solemnes realidades del tiempo y la eternidad, y nos presenta una visión del Hijo del Hombre en la intensidad de Su anhelo de advertir y liberar a los hombres.

 

En Lucas 13 se insiste acerca de la desesperada condición de Israel, mientras que también hay insinuaciones de bendición y liberación, como en la sanación de la mujer con el espíritu de enfermedad.

 

Lucas 14. Estamos aquí en 'territorio evangélico'. La parábola del banquete con su invitación a los pobres y los mancos no necesita comentario; ella muestra el corazón de Aquel que atraería a los hombres hacia Sí mismo y provee a los necesitados y hambrientos.

 

Lucas 15, la perla del Evangelio — no necesita palabras para mostrar su hermosura. Sólo hablamos de ella aquí como presentando ese aspecto de nuestro Señor consistente con todo el Evangelio de Lucas, el Hijo del Hombre presentando la salvación al mundo de pecadores.

 

Lucas 16 presenta el solemne retrato contrario — la soberbia del hombre al rechazar a Cristo, y su destino final. En lugar del banquete en la mesa del Padre, está el lugar del rico en el tormento.

 

Lucas 17. En la limpieza de los leprosos y la adoración del samaritano sanado tenemos de nuevo el tema evangélico de Lucas; mientras, la última parte del capítulo muestra el futuro con sus consecuencias para el impenitente.

 

En Lucas 18 vemos la oración predominante, el evangelio para el penitente, y el rechazo del evangelio por parte del autosuficiente. Al final, se entra en la etapa final del recorrido a Jerusalén, marcada como en todos los escritores de los evangelios sinópticos por la curación de Bartimeo. En verdad, los ojos de Israel serán abiertos cuando esté listo para recibir a Aquel a quien ahora rechazan.

 

En Lucas 19 Zaqueo el publicano recibe al Señor ilustrando nuevamente el tema del evangelio. La parábola de las diez minas es similar a la de los talentos, pero tiene ciertas características propias. Esta parábola fue pronunciada debido a que Él estaba cerca de Jerusalén, y aunque habla de la responsabilidad en general, la forma sugiere la venida del reino que Él establecería. El recorrido hacia Jerusalén y la purificación del templo siguen a continuación — todas son escenas judías. 

 

En Lucas 20, nuestro Señor lidia con los líderes del pueblo y sus cuestionamientos, muy a la manera de los otros evangelistas. Podemos mencionar detalles más adelante.

 

Lucas 21 es el discurso profético, en el que todo está de acuerdo con el tema del Evangelio del Hijo del Hombre.

 

La Presentación de Cristo en Juan

 

Los tres evangelios sinópticos, como ha sido mencionado frecuentemente, están juntos y en separación del cuarto evangelio. La incredulidad se ha esforzado en sacar provecho del carácter único del Evangelio de Juan; pero que ellos señalen su divergencia en la medida de lo posible, ellos no serán más que leñadores y aguadores y suministrarán material nuevo para la exhibición de la gloria del eterno Hijo de Dios.

 

Si Lucas nos muestra al Hijo del Hombre, no puede haber ninguna duda de que en el evangelio de Juan, de principio a fin, estamos cara a cara con el Hijo de Dios. No es que Su encarnación sea pasada por alto; unos pocos versículos en el primer capítulo describen esto, pero nosotros vemos claramente que no estamos trazando las glorias del Rey de Israel, aunque el que está aquí es también Rey; ni tampoco estamos siguiendo las ajetreadas actividades del Siervo fiel, aunque tenemos aquí a Uno descendido del cielo no para hacer Su propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que Le envió. Él no tiene aureola alrededor de Su cabeza. La gloria que la fe contempla habita en un tabernáculo, pues el Verbo se ha hecho carne, pero es la gloria como del Unigénito del Padre; una gloria llena "de gracia y de verdad".

 

Por lo tanto, Juan está solo. El evangelio es sacado a relucir con tan grande claridad como en Lucas, pero desde el punto de vista de la gloria de la Deidad de nuestro Señor. Hay expresiones características en nuestro evangelista que examinaremos en otro lugar. Aquí basta con que recordemos que la vida eterna, el don de Aquel que estaba en el seno del Padre, es la forma en que el evangelio nos es presentado en Juan. Por lo tanto, es el aspecto divino. Nos esforzaremos en señalar la forma en que nuestro Señor es presentado en los diversos capítulos.

 

Juan 1. Los versículos 1 a 5 se destacan por sí mismos. Aquí está el vínculo de todo lo que ocurre en la encarnación con lo que antes había sido cierto. "El Verbo", la expresión de la mente, el pensamiento y los propósitos de Dios, es el nombre dado al Hijo. Él existía "en el principio", es decir, antes que la creación tuviera lugar. Él estaba "con Dios", como asociado con el Padre y con el Espíritu; Él "era Dios", porque Él mismo era eso así como el Padre y el Espíritu. Aquel mismo que después se manifestó en Su humanidad era inmutablemente el mismo. Aquel que "estaba en el principio con Dios".

 

Por lo tanto, la continuidad, si podemos decirlo así, de Su Deidad, es establecida de la manera más absoluta. En Él estaba la vida. La vida Le pertenecía a Él mismo como Aquel que tiene existencia propia; pero esta Vida, incluso como Su título, "El Verbo", sugiere salir a Sus criaturas y darles a conocer a Dios; Se trata de la luz de los hombres. Sin embargo, ella brillaba en las tinieblas — unas tinieblas morales que no pudieron comprenderla. Luego son mencionados el ministerio de Juan, la predicación del arrepentimiento, mostrándole al hombre sus necesidades y preparándole para recibir la Luz verdadera que venía al mundo. (Juan 1: 1 a 5 – LBLA).

 

Nuestro Señor viene así al mundo que Sus propias manos habían hecho, pero Él es visto desde el principio como el Rechazado, tanto por el mundo en general que no Le conocía, como por Su propio Israel que no Le recibió. Esto fue debido a la naturaleza del hombre; pero la gracia estuvo también obrando, y por lo tanto todos los que le recibieron fueron llevados a un lugar no de bendición ocasional, sino que fueron hechos miembros de la familia de Dios — nacidos de Él en conexión con la fe en el nombre de Su Hijo.

 

Por tanto, El verbo se hizo carne; la encarnación ha tenido lugar; la gloria divina ha consentido en morar en un humilde tabernáculo que muestra sus hermosuras solamente a la fe. La gloria de Dios increado es traída cerca del hombre. Los que tienen ojos lo ven, y se dan cuenta que el unigénito Hijo ha dado a conocer a Aquel que ningún ojo ha visto jamás.

 

Juan el Bautista, el predicador del arrepentimiento, señala a nuestro Señor como más que el Hijo encarnado. Él es el Cordero de Dios que mediante Su sacrificio va a llevar al hombre de regreso a Dios. Como resultado de la predicación y su señalamiento de Cristo, los discípulos Le siguen al lugar donde Él mora, un tipo del cielo mismo.

 

Juan 2. Así como el capítulo anterior nos lleva, podemos decir, al cielo, el actual nos introduce en la escena de la bendición de Israel. Tenemos las bodas en Caná, los inmutables propósitos de Dios que van a cumplirse en cuanto a Israel, pero no según la naturaleza. El vino, el tipo del gozo, falta a la mitad misma de la fiesta señalada, una fiesta de los judíos en la que no puede haber verdadero gozo; pero donde hay una verdadera recepción de Su palabra y arrepentimiento, como es sugerido por los cántaros llenos de agua, el vino del gozo en la bendición nacional será entonces una realidad. Nuestro Señor va a Jerusalén, a la pascua; pero otra pascua debe tener lugar antes que los fundamentos verdaderos del acceso a Dios puedan ser colocados. El pueblo todavía no Le conoce.

 

Juan 3. Los temas principales están aquí: a saber, la necesidad de vida, como es vista en la necesidad del nuevo nacimiento instado reiteradamente a un principal de los judíos, y la necesidad de la cruz como la sola base sobre la cual el nuevo nacimiento o cualquier otra bendición podían ser aseguradas. El don de la vida eterna es asociado así íntimamente con la obra en nosotros en el nuevo nacimiento y en la obra por nosotros en la cruz.

 

En Juan 4 nuestro Señor es presentado como el Dador de vida eterna, y aquel que estaba en el seno del Padre es visto sentado junto al pozo de Sicar dando el agua de vida a una pecadora.

 

Juan 5 muestra que milagros de la clase más maravillosa no pueden quebrantar el corazón obstinado de los impenitentes sin la gracia soberana, pero el milagro de sanidad del hombre impotente en el estanque de Betesda proporciona el texto sobre el cual nuestro Señor predica Su gran tema de la vida eterna, y la alternativa del juicio que también ha sido encomendado a Sus manos. Todo mira hacia la resurrección.

 

En Juan 6 Le vemos como el Dador y Sustentador de la vida eterna bajo la figura del pan. Este es el único milagro narrado en los cuatro evangelistas, que debe tener, por lo tanto, un significado especial. La forma de tratarlo por cada evangelista es digna de mención. Sólo Juan funda un vasto sistema de verdad divina sobre él; nos sugiere su tema, el Señor en su Deidad, sin embargo encarnado, que es el Dador y Sustentador de esa vida eterna que procede tanto de Él, como que está en Él. Podemos decir que en el capítulo 3 tenemos la doctrina de la Cruz en conexión con el agua; y en el capítulo 6 la doctrina de la Cruz en conexión con el pan. Uno habla de la impartición de vida; lo otro habla también de su sustento.

 

En Juan 7 nuevamente nuestro Señor como la Vida Eterna es el tema. Él es tanto la Vida como el Dador de ella; pensamiento precioso — Él se da a Sí mismo. Aquí no es solamente como agua en un pozo que satisface el corazón, sino como un río fluyendo en el poder del Espíritu Santo para refrescar también a otros.

 

Juan 8 nos presenta el pecado en la presencia de la santidad perfecta y la gracia divina; y podemos decir que esto forma el tema del coloquio de nuestro Señor con los judíos. Él es la Luz del mundo; seguirle a Él no sólo es tener luz, sino que es tener la luz de la vida. La luz sola condenaría, pero la luz que da vida lo hace a uno estar tranquilo en la presencia de Dios, incluso como la narración de la mujer al principio del capítulo ilustra.

 

La luz manifiesta todo lo que es contrario a ella. Por tanto, los judíos son manifestados en su odio, una oposición tan bien conocida que nuestro Señor pudo hablar del momento venidero cuando ellos levantarían al Hijo del Hombre. Sin embargo, si ellos Le rechazaban, Dios estaba con Él; la conciencia de la presencia de Su Padre estaba siempre con Él. ¡Qué poder debe haber habido en estas palabras! pues cuando Él las pronunció muchos creyeron en Él; pero esta fe debe ser genuina, el fruto de la obra del Espíritu, o ella sólo cubriría la enemistad que yace debajo. La libertad verdadera es por medio de la verdad. Ella pone en libertad al alma, pues es la libertad que el Hijo da, y si el Hijo lo liberta, usted será verdaderamente libre, en el lugar de filiación, y esta filiación no es la filiación formal, una cosa exterior, sino la que caracteriza a la familia de Dios, desde Abraham en adelante.

 

Juan 9. La apertura de los ojos ciegos no es solamente una figura de la recuperación de la vista por parte del remanente, sino del hombre natural siendo encontrado en gracia. Es, por supuesto, una escena judía, y el hombre es expulsado de la sinagoga, por lo que se encuentra cara a cara con el Hijo de Dios a quien su alma se deleita en adorar.

 

En Juan 10 el verdadero Pastor de las ovejas es visto, y Él condujo a una de esas ovejas que Él había llamado por nombre en el capítulo anterior. Aquí tenemos de nuevo la vida eterna, dada a través de la muerte del Hijo de Dios que, como el buen Pastor da su vida por sus ovejas, y como el gran Pastor las sustenta, para que nadie pueda arrebatarlas de Su mano.

 

En Juan 11 vemos la vida en resurrección, más allá del poder de la muerte, y aunque la resurrección de Lázaro no es más que un tipo de esto, el velo no es demasiado grueso para que la fe no vea más allá, incluso para contemplar a Aquel que es la Resurrección y la Vida, y en quien, si un hombre cree, aunque esté muerto, vivirá, y el que vive y cree en Él no morirá jamás.

 

Juan 12 concluye los tratos públicos de nuestro Señor con el pueblo. Tenemos la entrada triunfal en Jerusalén con su significancia especial propia apropiada para este evangelio. Los gentiles desean verle, pero la cruz está aún delante de Él. Su alma santa se arredra por la angustia que Él sabía que la cruz implicaba, una angustia de no meros padecimientos físicos, sino de la oscuridad de la separación de Dios. Leemos, "¡Ahora está turbada mi alma! ¿y qué diré? ¡Padre, sálvame de esta hora! mas por esto mismo vine a esta hora". (Juan 12: 27 – VM). Sin embargo Él arrostra todo, pues para esto mismo Él había venido al mundo; Él no rehuiría la hora que estaba ahora cercana. La parte final del capítulo es una despedida muy solemne, podemos decir, una permanencia de la Luz y de la Vida en el umbral de un templo de forma y ceremonia, al cual incluso Él regresaría si hubiera un corazón para recibirlo. Por desgracia, ese corazón estaba en el sueño de la muerte moral, tal como lo había predicho el profeta; y aunque la gloria del Hijo de Dios estaba allí, no había ojos para contemplarla.

 

En Juan 13 y en los capítulos siguientes nuestro Señor está ahora solo con Sus discípulos. En este capítulo Le tenemos como el Abogado que haría apto a Su pueblo para la comunión con Él. Este es el significado del lavado de los pies de los discípulos. Así los prepararía para disfrutar de la comunión consigo mismo; mientras Judas se retira, porque no tiene una parte verdadera en todo esto.

 

Juan 14. Si el capítulo anterior nos presenta la limpieza por el camino, este nos muestra el final del camino en la casa del Padre. Vemos a nuestro Señor como el Dador del Espíritu que ha de morar con nosotros hasta el fin del recorrido. Él deja la paz con nosotros, una paz que Él hace mediante la sangre de Su cruz; Su propia paz, también, va a ser nuestra porción. Así, nosotros tenemos parte con Él.

 

En Juan 14 Él habla de Sí mismo en símbolo como la vid verdadera. Israel, la vid infructuosa que produjo uvas silvestres, es reemplazada por el Verdadero que se somete a todo el cultivo del Padre, incluso a lo que era necesario para introducir en conexión vital con Él mismo las ramas que han de dar fruto. Dar frutos es el tema. Donde permanecen Su palabra y el Espíritu Santo, la obediencia será el resultado, y la oposición misma del mundo sólo brindará la ocasión para que esta fecundidad sea manifestada.

 

Juan 16 habla del ministerio especial del Consolador, el Espíritu Santo a ser enviado por el Señor tan pronto como Él deje a Sus discípulos. Ellos Le verán de nuevo, y en la libertad entrarán en una vida nueva cuyo gozo nadie les puede quitar. Al final del capítulo, en las más breves palabras Él presenta la verdad acerca de Sí mismo: las palabras, "Salí del Padre", nos hablan de esa gloria eterna que era Suya antes que el mundo existiera; "He venido al mundo" habla de Su encarnación; "otra vez dejo el mundo" habla de Su cruz y Su resurrección; "y voy al Padre" nos muestra dónde Él estaba antes, pero allí ahora como Hombre, como habiendo consumado mediante Su muerte una redención para Su pueblo que les da derecho a estar también allí.

 

En Juan 17 tenemos el privilegio no sólo de oír las palabras de nuestro Señor a nosotros y a Sus discípulos, sino de oírle hablar a Su Padre, derramando Su alma en esa oración intercesora Sumo Sacerdotal por los Suyos. En el capítulo 13 Le vemos como el Abogado; en el capítulo 17, como el sumo Sacerdote. En uno Él se ocupa de nosotros; en el otro, Él todavía está ocupado de nosotros, pero con el Padre, derramando ante Él Sus deseos y Su intercesión a nuestro favor. Habiendo glorificado a Dios en Su vida, Él iba ahora a glorificarle por medio de la muerte y la obra terminada.

 

Todo es anticipativo y mira hacia la cruz. Él tiene autoridad sobre toda carne, pero esa autoridad es vista ahora en la dación de vida eterna. La vida eterna es manifestada en el conocimiento del Dios verdadero y de Jesucristo Su enviado. De principio a fin existe la perfecta conciencia de haber glorificado al Padre. Hay también la conciencia, ¿podríamos decir, la remembranza? — de una gloria que Él tenía antes que el mundo existiera, una gloria a la cual Él pronto volvería a entrar. Mientras tanto, Sus pensamientos, Sus afectos, Sus deseos, perduran con Su pueblo amado, ya sea que sean vistos en los discípulos que habían sido Sus compañeros y con quienes Él se quedó en la tierra, y los guardó mediante Su poder, o en ese círculo más amplio que abarca a todos los que creen en Él por medio de la palabra de ellos, hasta el último pecador mismo que será salvado por gracia y será llevado a la compañía de los santos.

 

Por estos Sus oraciones son elevadas, para que sean guardados del mal que hay en el mundo, para que sean santificados mediante la verdad; sí, en efecto, que conozcan el poder de una santificación que vincula con el cielo y así separa de la tierra, una santificación señalada por Él mismo: leemos, "por ellos yo me santifico a mí mismo". Sus anhelos son aquí por la unidad de Sus discípulos y de todos los que son Suyos; una unidad de vida, de naturaleza, y también de servicio, una unidad que obligará al mundo a creer.   

 

Él espera también la gloria y desea que todos los Suyos tengan un conocimiento tal de esa gloria que manifestará su unidad incluso aquí, una gloria que ciertamente será disfrutada en la unidad que será entonces exhibida.

 

Su amor no puede descansar ni siquiera aquí. Aún así Él ora por nosotros, para que podamos estar con Él contemplando una gloria que nunca podríamos, y ningún alma no regenerada podría jamás, desear 'vestir', la gloria del unigénito con el Padre. Sin embargo, nosotros la contemplaremos y será nuestro cielo verle a Él en toda esa gloriosa excelencia que Le ha marcado a lo largo de esta entera narración, de este maravilloso evangelio. Por lo tanto, no puede haber ninguna duda acerca de cómo nos es presentado nuestro Señor en el Evangelio de Juan.

 

2. El Aspecto de la Muerte del Señor como es Presentado en Cada Evangelio.

 

Prosiguiendo el método ya usado en el seguimiento de la vida de nuestro Señor a través de los cuatro evangelios, preguntaremos ahora con reverencia: ¿De qué manera nos es presentada Su muerte en cada evangelio?

 

Podemos dividir este precioso tema así:

1. La última Cena.

2. Getsemaní y la Traición.

3. El Juicio ante el Sumo Sacerdote.

4. El Pretorio de Pilatos y Herodes.

5. La Crucifixión.

6. La Sepultura.

Consideraremos estos elementos por separado.

 

1. La Última Cena

 

Como ya ha sido comentado, las escenas finales de la vida de nuestro Señor comienzan en cada evangelio con Su entrada en Jerusalén; pero para nuestro propósito comenzamos con lo que está directamente relacionado con Su muerte, habiendo considerado ya esa parte que se extiende desde Jericó hasta la noche pascual.

 

En Mateo (Mateo 26: 1 a 29), nuestro Señor predice Su muerte como a menudo la había hecho antes, pero ahora nombra el momento, "dentro de dos días". Él sabe todo lo que va a suceder y esto precede a la declaración de la trama de los jefes de los sacerdotes que, de hecho, decidieron no entregarlo en el día de la fiesta, pero cuyos consejos no podían dejar de lado el propósito predeterminado de Dios.

 

La unción en la casa de Simón el leproso, en Betania, por la mujer sin nombre, es evidentemente la registrada en Juan. Los detalles menores de diferencias aparentes serán mencionados en otra parte. De manera apropiada a este evangelio, se habla de la unción como puesta sobre Su cabeza, como si fuera coronado mediante ello. La trama del traidor Judas es colocada al lado de este fragante acto de adoración, cuyo memorial, conforme a las palabras de nuestro Señor, permanece siempre con nosotros. El lugar donde se come la pascua ha sido provisto; y en esta, que precedió a la institución de la Cena del Señor, la traición de Judas Iscariote es plenamente declarada.

 

La pascua era una fiesta judía, y en este evangelio que nos presenta las cosas desde un punto de vista judío, es apropiado que se vea que se prescinda del judaísmo como tal. Después del cumplimiento de lo que la pascua implicaba, el judaísmo retuvo nada más que la traición que, aunque se centró en Judas, caracterizó a la nación como un todo.

 

La Cena del Señor es presentada muy brevemente, pero de manera muy preciosa. El pan es Su cuerpo; la copa es Su sangre del nuevo pacto en contraste con el viejo, ahora a punto de ser desechado para siempre. La copa que quedaba para Él era una de dolor indecible. Su gozo esperaba hasta que Él la bebiera de una nueva manera con Sus discípulos en el reino de Su Padre.

 

En Marcos (Marcos 14: 1 a 25) la narración es casi idéntica a la de Mateo. El lugar donde ellos han de comer la cena pascual es señalado por nuestro Señor; el hombre con un cántaro de agua los guiaría hasta allí. Los detalles sobre el traidor, y sobre la Cena del Señor no presentan rasgos nuevos. Cuando lleguemos a considerar el carácter de los dos Evangelios el motivo para todo esto será evidente, y más especialmente cuando consideremos el significado típico de Su muerte.

 

En Lucas (Lucas 22: 1 a 30), no se habla de la unción; posiblemente debido a que al ser un acto extraoficial no sería apropiado para el tema que llenaba la mente del evangelista — el Hijo del Hombre, llevando a los hombres a la presencia de Dios en paz y comunión.

 

La disposición preliminar de la cena pascual es la misma de los otros sinópticos. Sin embargo, la Cena del Señor destaca aquí a la manera de Lucas en el lugar de especial preminencia más que en su probable orden.

 

El versículo 15 habla de comer la última pascua, lo que había sido Su ferviente deseo. Nunca más Él participaría de ella hasta que se cumpla en el reino de Dios. La copa de la cual se habla en el versículo 17 es la copa con la que concluía la pascua, y no ha de ser confundida con la copa presentada también a ellos al establecer la nueva fiesta.

 

Los versículos 19 y 20 nos presentan esto que ha de ser hecho como un memorial de Él. Después de esto se habla del traidor, no necesariamente para indicar su presencia en la Cena del Señor. De hecho, lo que tenemos en Mateo y Marcos, y especialmente en Juan, mostraría que él no estuvo presente en la Cena del Señor. Él sale inmediatamente después de recibir el bocado. (Véase Juan 13: 30).

 

Estrechamente relacionados con la perfidia de Judas, aunque claramente distintos de ello, están el orgullo y la disputa entre los discípulos con respecto a quién debería ser considerado como el mayor. En verdad, si por gracia hemos sido libertados de lo primero, debemos reconocer nuestro peligro constante de caer en el último pecado.

 

Juan (Juan 12: 1 al 9; Juan 13: 1 a 17). Veremos más adelante de qué manera la marcada individualidad del cuarto evangelio lo separa de los otros tres, y en ninguna parte es más evidente que en la que ahora nos ocupa. Aunque la real institución de la Cena del Señor no es mencionada directamente, sólo es implicada, hay una plenitud de discurso en Juan que está ausente en los otros evangelios.

 

En la cena en Betania los nombres de Marta y María son prominentes en el servicio y en la adoración. No se nos dice la conexión entre ellas y Simón el leproso (un leproso limpiado, obviamente) en cuya casa, como nos enteramos en Mateo, tuvo lugar la unción. No hay necesidad para la suposición que algunos han hecho acerca de que Marta estaba casada con él; otros han supuesto que aunque la cena fue en casa de él, los anfitriones fueron los componentes de la familia tan consagrada a nuestro Señor. Esto último, no obstante, es algo bastante natural para las costumbres judías. Así, la Escritura, "Le hicieron allí una cena" (Juan 12: 2) podría incluir tanto a Simón que abrió su casa, como a Marta y su familia quienes muy gustosamente ministraron allí.    

 

En la unción llevada a cabo por María el ungüento de nardo puro no es puesto sobre Su cabeza sino sobre Sus pies. Obviamente, esto último fue la parte más prominente del hecho; sólo Mateo registra la unción de la cabeza. Al enjugar Sus pies con sus cabellos María los cubre con su gloria aquí como un tributo a Aquel cuya muerte era, en definitiva, por ella.

 

El lavamiento de los pies de los discípulos en el capítulo 13 parece estar claramente en conexión con la cena pascual. Juan 13: 2 debería decir, "Llegada la hora de la cena". Fue al comienzo y no al final (como indican algunas versiones de la Biblia) de la fiesta de la pascua. La disputa entre ellos narrada por Lucas es respondida mediante el lavamiento de los pies. Aquel que estaba "sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos" (Romanos 9: 5 – LBLA), ocuparía el lugar más bajo, mientras ellos se enfrascaban en la disputa por la supremacía.

 

La declaración en cuanto al traidor es presentada aquí con mayor plenitud. La omnisciencia de nuestro Señor, de manera apropiada con este evangelio, es llevada a una prominencia algo mayor. Nosotros no hablamos de la conversación que tuvo lugar después de la salida de Judas; pero parece ser evidente que la Cena del Señor fue instituida sólo al final del capítulo 13, dejando que los preciosos discursos de los capítulos 14 al 16 y la oración del capítulo 17 tengan lugar en esa fiesta o después de ella.

 

El evidente movimiento en Juan 14: 31, "Levantaos, vamos de aquí", puede suponer, como algunos han pensado, que los capítulos 15 y 16 fueron hablados en el camino a Getsemaní, y la oración en Juan 17 pronunciada en algún lugar tranquilo junto al camino. No somos minuciosos con respecto a estos detalles más allá de lo que el Espíritu de Dios ha considerado oportuno dar a conocer. Sin embargo, el discurso y la oración tienen una conexión apropiada con la Cena del Señor que no debemos pasar por alto.

 

2. Getsemaní y la Traición

 

Tal vez en ninguna parte del triste registro de los padecimientos de nuestro Señor nosotros encontramos manifestaciones más tiernas de Su consagración a Su Padre que en Getsemaní. Este registro tiene un carácter peculiar, diferente del "temor de una grande oscuridad" de la cruz que dicho registro precede, y, también diferenciado, de manera bien definida de lo que había pasado antes. Destaca, en efecto, como lo que su nombre significa, a saber, "prensa de aceite", donde el dulce ungüento de un amor y una obediencia que nada podía desviar de su firme curso son manifestados, en una fragancia propia, un dulce perfume y el aceite de la santa unción se encuentran para adornar sólo Su cabeza.

 

Mateo (Mateo 26: 30 a 56). El himno (versículo 30) cierra la escena en la cena. Se ha pensado, y con muy fundado motivo, que este era parte del gran Hallel (Salmos 115 a 118) que era cantado por los judíos al finalizar la cena pascual. Si es así, incluía el Salmo 116, el cual es la expresión propia del Mesías celebrando Su liberación de las puertas de la muerte. Cuán bienaventuradamente apropiado es que antes de entrar en ese sombrío portal, Él pudo celebrar en anticipación Su liberación de él y declarar que la Piedra que los constructores iban finalmente a rechazar tan pronto, se había convertido en la Cabeza, la piedra principal del ángulo (Salmo 118). Esto es según el estilo de los Salmos, donde los resultados son declarados al principio, y las etapas a través de las cuales esos resultados son alcanzados siguen después; o, como podríamos decir, aquí de nuevo vemos a los cantores puestos en la vanguardia de la batalla.

 

Conociendo todo lo que debía suceder, la dispersión de todo Su pequeño rebaño y la negación especial del más eminente de ellos, el Señor designa un lugar de encuentro con ellos en Galilea, que es peculiar de este evangelio y del de Marcos, sugiriendo el carácter dispensacional que lo marca de principio a fin.

 

La oración tres veces repetida, con su súplica de que la copa pasara de Él, junto con la perfecta sumisión, muestran de inmediato Su santidad que esquivaba lo que venía, y la obediencia que formaba parte de Su ser moral. La debilidad de los discípulos que pudieron dormir en una escena como ésta muestra cómo los mejores hombres se separan inconmensurablemente de Su dolor, un dolor como nunca antes lo hubo.

 

Sigue a continuación la narración de la traición, con su beso de perfidia. Aunque perfectamente sumiso a la autoridad conferida a aquellos guiados por el traidor, nosotros tenemos una vislumbre, también una gubernamental, de la consciente autoridad regia de nuestro Señor: leemos, "¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?". En vez de las doce legiones Él detiene el acto precipitado de uno no nombrado aquí, recordándole que los que toman la espada — en sus propias fuerzas — a espada perecerán. A los que fueron enviados a prenderle ni siquiera tácitamente Él consintió en ningún pensamiento de culpabilidad por Su parte, sino que les recordó que Él se había sentado diariamente con ellos, enseñando en el templo; era el cumplimiento de la Escritura que sólo Él reconocía.

 

Marcos (Marcos 14: 26 a 52), la narración sigue de cerca la de Mateo como es de esperar cuando consideramos la similitud de sus temas. En Marcos es presentado el detalle del gallo cantando dos veces, al que sólo se hizo referencia en general en Mateo. En la agonía en el huerto, al Padre se lo trata mediante el más querido de todos los títulos: a saber, "Abba". Es muy apropiado que el evangelio que muestra las mayores profundidades de la distancia preceda su narración con el término de cariño filial más cercano. ¡Y cuán cerca hemos sido llevados por ese sacrificio, para que nosotros, por el Espíritu, podamos usar el mismo lenguaje!

 

Nada requiere un comentario especial en el arresto, excepto "cierto joven" acerca del cual algunos han pensado que se trata del propio evangelista. Aquel que fue la ofrenda por el pecado debía estar solo; nadie podía seguirlo, salvo a distancia. Donde hay un intento de hacer esto, solo manifestará la vergüenza de quien lo hace.

 

En Lucas (Lucas 22: 31 a 53), la predicción de la negación de Pedro es presentada primero, pero él es sólo uno entre los demás. Todos ellos han de ser zarandeados como a trigo, y Pedro es el objeto de una prueba especial en relación con esto, para que pudiera ser usado especialmente para la confirmación de otros más adelante.

 

La notable declaración acerca de las espadas es peculiar de Lucas. Fue como si el señor dijera que Él les sería quitado, y ellos, hablando humanamente, serían dejados a sí mismos para el sustento y la defensa; y a la respuesta de ellos, mostrándole dos espadas, Él responde, como conclusión del tema: "Basta" — ciertamente no era suficiente si se iban a apoyar en armas humanas. De hecho, más tarde Él deshace lo que intenta la espada.

 

El ministerio del ángel y Su agonía y sudor como gruesas gotas de sangre, son peculiares de Lucas, quien pone de relieve la perfecta humanidad de nuestro Señor. El beso del traidor es caracterizado como eso, y toda la oscura escena es descrita en esas breves palabras: "Esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas".

 

En Juan (Juan 18: 1 a 11), la dignidad del Hijo divino es vista en la breve narración presentada. El traidor está allí, pero el registro del beso no es admitido, y los oficiales que le acompañan caen postrados en la presencia de un poder que no iba a ser ejercido para Su propia liberación. Su cuidado por los Suyos es visto, y aquellos que el Padre Le había dado son guardados indemnes, aun cuando Pedro es nombrado como el ofensor en el asunto de Malco.

 

La "copa" es mencionada, no en la agonía de la súplica y el arredramiento ante su terrible amargura, sino como le fue dada a Él por su Padre, para ser bebida en una sumisión que siempre encontró su comida y bebida en hacer Su voluntad.

 

3. El Juicio ante el Sumo Sacerdote

 

El juicio de nuestro Señor, si tal mofa puede ser llamada eso, se divide en dos partes: a saber, ante el sumo sacerdote, que puede ser denominada la del aspecto religioso; y ante Pilato, la del aspecto político. Los judíos no tenían poder alguno para ejecutar la pena de muerte, poder que residía en las manos de los romanos. Esto explica por qué el Señor, después de haber sido condenado a manos de los judíos fue llevado ante el poder gentil.

 

En Mateo (Mateo 26: 57 a 75), la parodia de juicio ante el Sanedrín ha transcurrido. Los propios sacerdotes y líderes que iban a ser Sus jueces buscan un falso testigo sobre cuyo testimonio ellos emitirán su veredicto. ¿Puede la ignominia de un juicio tal ser más enérgicamente exhibida? Testigos falsos, predichos mucho antes, Le imputaron cosas que Él no conocía. Una pizca de verdad es pervertida, como suele ocurrir, y es convertida en la más horrible forma de falsedad. El templo de Dios iba a ser destruido, pero no por Él; y restaurado, pero no en la forma que el testimonio de ellos implicaría. En efecto, nadie sabía mejor que ellos mismos que Él no quiso decir nada de esto. Más tarde vemos cómo esta perversión fue comunicada entre el pueblo, y fue asumida por ellos como el verdadero motivo de Su condena. Así se fomenta fácilmente una falsa insinuación hasta que es aceptada como verdad.

 

Sin embargo, el sumo sacerdote sencillamente usa esto como una ocasión para arrancar del Señor, si era posible, una admisión sobre la cual Él pudiera ser condenado. Al no recibir respuesta alguna en cuanto a la acusación de los testigos falsos, a Él se Le ordena solemnemente que declare si es o no el Cristo, el Hijo de Dios. A tal requerimiento, incluso de tales labios contaminados, nuestro Señor responde. De hecho, Él va más allá y declara solemnemente no solamente Su Mesiazgo y su Filiación, sino Su exaltación y Su venida en juicio. Bien podrían sus corazones haber temblado, si ellos no hubiesen estado tan cegados, cuando se les recordó así acerca de Aquel que se iba a sentar a la diestra de Jehová hasta que Sus enemigos fuesen puestos por estrado de Sus pies. Pero la malvada voluntad de ellos los ciega a todo menos a su propósito. Inmediatamente Él es acusado de blasfemia y se Le declara reo de muerte.

 

Rienda suelta es dada ahora a la maldad vista mucho antes y registrada en las palabras del profeta: "Di mi espalda a los que me herían, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no escondí mi rostro de la afrenta y del esputo". (Isaías 50: 6 – VM).

 

En divina fidelidad, la negación de Pedro es puesta al lado de la santa confesión de nuestro Señor: a saber, Uno, impertérrito en los propósitos de Su amor ante la maldad, el fanatismo y la certeza de la muerte a manos de Sus enemigos; el otro, demasiado débil para estar firme ante la palabra de una criada. Tres veces repite su negación, pero el canto del gallo predice, en la hora más oscura, la llegada de la mañana, y las lágrimas de Pedro son precursoras de un nuevo día para él.

 

En Marcos (Marcos 14: 53 a 72), la narración sigue de cerca a la de Mateo. Adicionalmente al seguimiento de lejos de Pedro, tenemos añadido el matiz: "calentándose al fuego" — en una asociación demasiado cercana con los enemigos del Señor. Los testigos falsos, la adjuración del sacerdote, y la condenación siguen en el mismo orden. La negación, con la excepción de que el canto del gallo se repite dos veces, es la misma que en Mateo.

 

En Lucas (Lucas 22: 54 a 71), el orden es invertido y la negación de Pedro con todos los detalles viene en primer lugar. Después la parodia a la cual el Señor es sometido, y la decisión de un consejo es lo último. Podríamos decir que tenemos aquí el orden moral — negado por los Suyos, burlado por Sus enemigos, lo cual culmina con el fallo deliberado del consejo.

 

Juan (Juan 18: 12 a 27). Un interrogatorio preliminar parece haber sido hecho en la casa de Anás, suegro de Caifás. Esto es mencionado solamente en Juan. Sin embargo, el juicio principal tiene lugar en el palacio del sumo sacerdote. Es en concordancia con el estilo de todo el evangelio de Juan que el evangelista que habla de sí mismo como "el discípulo a quien amaba Jesús" u, "otro discípulo", sin dar nunca su nombre, deba ser visto aquí cerca de Aquel sobre cuyo pecho se había recostado ("Estaba recostado sobre el pecho de Jesús uno de sus discípulos, a quien Jesús amaba". Juan 13: 23 – VM). Fue por medio de él que Pedro pudo ir como lo hizo al Sanedrín, pero esta cercanía sólo introdujo la ocasión para su negación. Esto es hecho primero en la puerta cuando se le deja entrar; luego, impertérrito por su negación, está en pie con los sirvientes y alguaciles y se calienta ante su fuego. Antes que la miserable debilidad culminara en la tercera negación, el evangelista nos lleva de regreso al paciente Testigo en cuyo bendito corazón no hubo ningún pensamiento acerca de negar nada de lo que había defendido siempre, costara lo que costase.

 

Aquí no se habla de los testigos falsos: los interrogatorios son hechos directamente y el Señor los remite a Su enseñanza pública. Cuando es reprendido y golpeado por responder (un hecho completamente justo de su parte), Su tranquila respuesta muestra cuán perfectamente Él era dueño de cada sentimiento y de toda la situación.

 

4. El Pretorio de Pilatos y Herodes

 

El juicio civil sigue a continuación del religioso, por los motivos ya mencionados. Todos los cuatro evangelistas mencionan esto. Parecería que aunque el verdadero juicio y la condenación del Señor ocurrieron durante la noche (algo prohibido por la ley judía oral) la sentencia formal no fue pronunciada sino hasta la mañana. A la religión de la carne se la conoce siempre por colar el mosquito y tragar el camello. Ellos no tienen escrúpulo alguno en empapar sus manos en la sangre del Inocente, pero, como Juan nos dice, ellos no irían al pretorio de Pilato (su atrio judicial), para no contaminarse y verse impedidos de comer la pascua.  

 

En Mateo (Mateo 27: 1 a 31), la sentencia matutina está registrada; y después el Señor es entregado al gobernador romano. La culminación del crimen de Judas es mencionada a continuación (versículos 3 a 10); desafortunadamente, su arrepentimiento es sin dolor, con un corazón inalterado, que sólo puede pronunciar su propia condenación y luego llevarla a su ejecución. ¡Cuán solemnemente Judas representa a la nación apóstata! Ellos también, por una ventaja temporal imaginaria, vendieron a su Mesías, y con el precio sólo han obtenido un lugar de entierro para extranjeros — lo que el mundo ha sido para ellos desde entonces.

 

A menudo ha sido comentada la dificultad en cuanto a la cita de Jeremías el profeta, la cual parece ser realmente de Zacarías. La incredulidad procura demostrar una contradicción. La fe reverentemente pregunta y obtiene respuestas que responden a las dificultades. Jeremías es el primero que habla del alfarero, y es apropiado que lo que Él dice (compare Jeremías 19 con Zacarías 11:13) del pecado de Israel y Su rechazamiento, junto con el lugar de entierro en el valle del hijo de Hinom, esté relacionado con el detalle de la compra de ese lugar de entierro como fue predicho en Zacarías.

 

Llegamos a "la buena profesión" delante de Pilato. Se recordará que el cargo por el cual Él fue condenado por el consejo fue blasfemia contra Dios. Esto no serviría presentarlo ante un gobernante secular. Por lo tanto, otra acusación debe ser hecha que Le involucraría ante el tribunal romano. La acusación es, rebelión contra César, al erigirse Él en rey. Aquí también el elemento de verdad pervertido en falsedad real muestra los caminos torcidos de aquellos que estaban decididos a llevar a cabo su propia voluntad malvada.

 

Nuestro Señor nada responde ante la acusación; y Pilato, aparentemente ya convencido de Su inocencia, en vez de desestimar el caso con una reprimenda a Sus falsos acusadores, propone un arreglo — lo que es siempre algo fatal; pues el mal no se satisfará con una parte. Si se cede en eso, se exige el todo. Nuestro Señor no necesitaba un perdón sobre la base de que era el tiempo de la pascua.  De hecho, bienaventurados resultados iban a emanar de esta pascua para muchos; un prisionero sería puesto en libertad, pero no Aquel cuyo solo amor Le hizo un siervo para obrar libertad para otros a un costo infinito para Él mismo.

 

La advertencia de la mujer de Pilato está registrada sólo en Mateo. Como antaño Dios reprendió la locura del profeta Balaam por medio de una muda bestia de carga, aquí, a través del sueño de una mujer, Él detendría la mano que estaba a punto de derramar sangre inocente.

 

Barrabás es elegido por el pueblo en lugar de Cristo, para quien nada más que la cruz será suficiente. Barrabás, el "hijo del padre" (en Arameo), verdaderamente un extraño nombre para uno que fue elegido por el pueblo apóstata ¡en lugar del verdadero Hijo del Padre! La elección de ellos de un líder en iniquidad y un asesino nos recuerda las palabras de nuestro Señor con respecto a la venida del Anticristo: leemos, "Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis". (Juan 5: 43). El Anticristo encabeza el misterio de iniquidad que ya está obrando, y el pueblo en los días postreros lo elegirá a él en vez de elegir a Aquel que han traspasado. Esto es lo que distingue al remanente piadoso de la mayoría de la nación de una manera que no puede ser confundida. Una elige a Barrabás, el Anticristo; el otro, al verdadero Hijo del Padre.

 

La burla que sigue a continuación es muy parecida a la de Marcos.

 

Marcos (Marcos 15: 1 a 20). No son presentados rasgos adicionales del juicio ante Pilato en Marcos, el cual sigue muy de cerca a Mateo, sin embargo, sin el registro del sueño de la mujer de Pilato. Después que la sentencia ha sido entregada contra el Señor, ciertos detalles de crueldad gratuita son mencionados. El gobernador ordena que Le azoten, y los soldados organizan una fingida corte de honor en la que ellos llevan a cabo una apariencia de coronarle y entronizarle como rey. La corona tejida de espinas y el manto púrpura de realeza son puestos sobre Él, una caña en lugar de un cetro, y mientras doblaban las rodillas, su saliva muestra su desprecio. Después del homenaje fingido, Él es vestido con Sus propias ropas — pues Él no podía ser otro más que Él mismo — y es llevado para ser crucificado.

Lucas (Lucas 23: 1 a 25). Datos más minuciosos del juicio son presentados aquí. Pregunta y respuesta se cruzan entre Pilato y el pueblo. Solamente en este evangelista vemos el fútil esfuerzo del pobre Pilato para librarse de la responsabilidad de entregar a nuestro Señor al rey Herodes, tetrarca de Galilea, en cuya jurisdicción Él estaba. Herodes y sus hombres se unen a la burla que en todas partes se hace al Señor, el cual, en la mansedumbre de la santidad guarda silencio en medio de todo. Él es devuelto a Pilato el cual no puede escapar de esta manera a la responsabilidad; y la amistad así recobrada con Herodes es sellada mediante una culpa mutua en la condenación del Justo. Bastante dispuesto a transigir con el pueblo castigando a Aquel a quien acababa de declarar inocente, vuelve a hacer uso de la costumbre pascual para liberar al Señor. Pero el pueblo clama por un ladrón y un asesino en lugar del Señor; sedientos de Su sangre, ellos predominan sobre Pilatos, y Jesús es entregado a la voluntad de ellos.

 

Juan (Juan 18: 28 — 19: 1 a 16). Esta narración ahonda más que las demás, como se podía esperar del carácter en el que nuestro Señor es presentado a lo largo de este evangelio. Los escrúpulos religiosos de los judíos no les permitirán entrar en el pretorio, y contrariamente a la ley romana que requería que acusado y acusador fueran puestos frente a frente, es presentado el lamentable espectáculo del representante del Emperador pasando como una lanzadera desde su pretorio, donde estaba la Victima inocente, a la multitud que está afuera clamando por Su sangre.       

 

La acusación formal es evidentemente la misma presentada en los otros evangelios: a saber, nuestro Señor era responsable ante la ley Romana porque Él se había hecho rey. Pilato los invita a tratar con Él conforme a la ley de ellos; pero esto no les satisfaría, porque lo que ellos querían era Su vida, y los romanos les habían quitado la pena de muerte.

 

Pasando al pretorio, Pilato interroga al Señor. ¡Cuán solemne es la escena! Juez y Acusado cambian lugares. No es el romano el que pronuncia la sentencia, sino más bien el Acusado que está allí y que da testimonio de la verdad que condena al juez injusto que busca una oportunidad para encontrarlo culpable. Él es un rey, pero no en algún sentido que Pilato podría considerar. Su reino no es de este mundo. Si lo fuera (aunque un día lo será, y todos los linajes de la tierra harán lamentación por causa de Aquel que es Rey de reyes y Señor de señores), Sus siervos pelearían. Ahora bien, se trata del reino de la verdad del cual Él es la personificación y Señor: y como tal Él detecta la mentira del hombre que está allí para hacer justicia pero que hace lo que él sabe que no es la verdad. Desgraciadamente, Pilato no conoce, o profesa no conocer el significado de todo esto, pero lo siente bastante como para salir y hacer otro fútil esfuerzo para transigir con el pueblo. Estos, sin embargo, conocen bien la lección, y muestran una firmeza en la iniquidad que Pilato no puede mostrar como justicia.

 

El asunto está ahora prácticamente resuelto; pero la última escena es aún más solemne. Jesús es azotado; los soldados Le coronan y Le engalanan en burlesco homenaje como Rey de los judíos. Afirmando aún la inocencia del Señor, Pilato Lo lleva a la terrible turba que está afuera, vestido con ropas que no podían restar valor a Su santa y divina dignidad. "¡He aquí el hombre!" exclama Pilato. "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!" vociferan los líderes; pero ahora, en respuesta a la muy lamentable solicitud de Pilato, ellos presentan la verdadera acusación: a saber, "se hizo a sí mismo Hijo de Dios". Esto infunde un nuevo terror en el corazón de Pilato. ¿Quién es esta persona misteriosa? Él Lo lleva de nuevo al pretorio y no procura conocer la verdad, sino aparentemente para investigar este misterio, posiblemente para justificarse a sí mismo por consentir la acusación de los judíos. Nuestro Señor no puede responder preguntas como estas, aunque el más leve deseo de conocer la real verdad fue siempre satisfecho por Él. El pobre gobernador se enfurece: y habla de su poder y su autoridad, sólo para encontrarse con la calma de la Verdad divina, la cual muestra cuán impotente es Pilato en su debilidad, así como el pueblo en su iniquidad, para hacer algo contrario a los propósitos eternos de Dios.

 

Los esfuerzos de Pilato para liberarle se han redoblado ahora, pero él ya se a puesto en las manos enemigas y ellos encontrarán una forma segura y escueta de acabar con sus débiles protestas. Insinúan que lo acusarán ante su amo, el César. "Todo el que se hace rey, a César se opone". Esto concluye la desigual competencia. Es lamentable, los que nos hablan del bien que yace en el fondo de todo corazón no logran encontrarlo aquí en el corazón de Pilato. Él se sienta ahora para pronunciar la sentencia final. Entonces él aceptará la acusación. ¿Es Él un rey? Entonces él acepta la acusación. "¡He aquí vuestro Rey! ¿Debo crucificarle? Ellos responden, "No tenemos más rey que César". Así que parece ser una gran victoria para la autoridad romana. ¿Se engaña Pilato a sí mismo al pensar que ha hecho más estable el poder imperial? No podemos creerlo. Sin embargo, pasa por la terrible burla, y Jesús es llevado para ser crucificado.

 

5. La Crucifixión

 

La cruz, bajo un punto de vista, era la oscura meta que estaba delante del Hijo de Dios antes que Él viniera a la tierra. La encarnación era necesaria para que Él pudiera hacer expiación. "Me preparaste cuerpo… En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre". (Hebreos 10). Esto muestra que el cuerpo preparado de Su encarnación fue con vistas a la plena consumación de la voluntad de Dios en Su muerte. La cruz es el gran punto divisorio en la historia del hombre caído, podemos decir de hecho que es «el centro de dos eternidades» hacia el cual todas las cosas convergieron, del cual todas irradian. Bien nos conviene, entonces, estar junto a la cruz y mirar extasiados la operación divina que tuvo lugar allí. Ella tiene una conexión especial con todas las clases sociales y con toda persona. Allí, por una parte, cada atributo del carácter de Dios es mostrado, y por la otra, toda la historia del hombre y las posibilidades del corazón humano son exhibidas. Satanás es visto allí en la astucia de una maldad que sólo está limitada por su capacidad para el mal, y el mundo es visto como un sistema bajo el control de su príncipe, está manifestado allí en su verdadero carácter.

 

Si nosotros deseamos saber lo que el pecado es, lo que la energía satánica es, lo que la justicia propia sin Cristo es, consideramos la Cruz y los vemos exhibidos allí. Si deseamos saber lo que son la justicia de Dios y la justicia divina, lo que la santidad en su perfección es, donde la sabiduría y la medida perfecta del amor son mostradas, lo que gracia y misericordia significan, tenemos que considerar la Cruz. Si deseamos comprender cómo vienen los bienaventurados frutos de la redención, no debemos buscarlos en las vidas transformadas de los hombres (aunque ellas son ilustraciones de dichos frutos), sino en la Cruz de la cual ellos brotan. ¡Aquí aprendemos lo que es el perdón y lo que significa la paz con Dios! También vemos aquí la base y el poder para la liberación, el derecho a la gloria, en pocas palabras, toda bendición, temporal y eternal para el pueblo de Dios encuentra su origen aquí. No hay flores y frutos de la gracia y el amor divinos, de la obediencia, de servicio, de gozo, de paz — no hay gracias de mansedumbre, de gentileza, de abnegación — no hay frutos que hayan transformado el desierto de la humanidad caída y lo hagan florecer como la rosa, a menos que tengan sus raíces sumidas en el Calvario desde el cual brotan y mediante el cual son nutridos.

 

Por lo tanto, no debemos sorprendernos de que la crucifixión es presentada en mucho detalle en cada una de las narraciones. También encontramos aquí que el tema especial de cada evangelista es acatado, lo cual lejos de contradecir la verdad completa, sólo saca a relucir las perfecciones de la narración mucho más claramente.

 

Mateo (Mateo 27: 32 a 56). El incidente de Simón el Cirenaico (versículo 32) es sugestivo. Él es quien lleva la cruz. Su significancia, sin embargo, bien puede sugerir que la participación en la cruz de nuestro Señor Jesucristo es el privilegio de todo aquel que Le sigue. El contraste entre los dos varones llamados Simón ha sido sugerido; uno que declaró plena obediencia pero que en la hora de la prueba negó a su Señor, y este hombre que lleva la cruz. No parece que él se ofreció voluntariamente, pero el servicio le fue impuesto por las exigencias de la ocasión. Sin embargo, no se dice que él rehusó. El Espíritu de Dios registró este incidente, y ello exige nuestra cuidadosa atención.

 

Es apropiado que el lugar de la ejecución lleve el macabro nombre de Gólgota, Calvario, "Lugar de la Calavera". De hecho, todo el mundo era eso a los ojos de Dios, una parodia inerte, espantosa, de lo que había salido tan bueno de Sus manos. Es más que una mera burla cuando el cínico dice:

«Todo rostro, aunque esté lleno,

Redondeado y relleno con carne y grasa,

no es más que un cráneo modelado.»

 

El Calvario fue así un testimonio de la condición moral del mundo entero, también del amor y de la gracia que descendería hasta el lugar mismo donde la horribilidad del pecado fue manifestada, para triunfar allí sobre él. Desde la calavera del Calvario brota la hermosura de la resurrección; no sólo para el Hijo de Dios sobre quien realmente la muerte no tenía poder alguno, y a quien ella no podía desfigurar, aunque podía eclipsar Su hermosura para el ojo del hombre, sino para toda la familia de los redimidos que han resucitado con Cristo, eternamente más allá del poder de la muerte para estropear o desfigurar.

 

El sorbo de vinagre mezclado con hiel parece tener un sentido doble. Hubo un cumplimiento de la profecía: a saber, "Me pusieron además hiel por comida,

Y en mi sed me dieron a beber vinagre". (Salmo 69: 21). Ello nos recuerda la amargura de la "copa" que nuestro Señor bebió de manos del hombre. Ello también implica un duro intento de mitigar la intensidad de Sus padecimientos físicos, a la manera de un opioide. Este parece ser el motivo por el que nuestro Señor se niega a beberlo. Él no permitiría que nada amortiguara la agudeza de esos padecimientos, de los cuales los físicos eran los menores.

 

Se nos evita el dolor de los detalles en la real inmolación de la Victima bendita, las que son descritas en las breves palabras: "Y lo crucificaron". (Mateo 27: 35 – BTX3). De otras Escrituras nosotros sabemos que ello fue clavándolo a la cruz que fue levantada de la tierra, con Él suspendido sobre ella, colgando sobre el madero.

 

La repartición de sus vestidos y el echar suertes es un cumplimiento de otra Escritura. Él fue despojado de toda honra por las manos despiadadas de los que Le clavaron a la cruz. Luego, sentados Le miraban como una guardia para ocuparse de que nadie interfiriera para traerle alivio o para liberarlo. Realmente, no había ninguna necesidad para hacer esto; fue Su propio amor el que Le llevó a la cruz y Le mantuvo allí; pero a Sus enemigos se los lleva así a dar testimonio del hecho de Su crucifixión así como, un poco más tarde, a la guardia alrededor del sepulcro sellado se la hace testificar de Su resurrección. La acusación colocada sobre Su cruz es la que Pilato pronunció como su sentencia condenatoria. Se trató del cargo sobre el cual Él fue declarado culpable. Significó, obviamente, el fin de toda dignidad real judía, además de muchas otras cosas. Vemos aquí en este evangelio del reino a los judíos dando el rechazo final a su rey.

 

Los dos ladrones crucificados con Él muestran cuán completamente Él "con los transgresores fue contado". (Isaías 53: 12 – VM). La grosera multitud Le insulta, sacando a relucir el testimonio falso que había sido presentado en Su contra: a saber, "Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo". Inconscientemente ellos usan el mismo lenguaje del propio tentador en el desierto: a saber, "si eres Hijo de Dios"; pero si Satanás Le estaba tentando de nuevo, no podía llevarle más a descender de la cruz que a hacer pan de las piedras o hacer que Él se echara abajo desde el templo. (Mateo 4: 1 a 11).

 

Los principales sacerdotes y otros líderes del pueblo se unen a la burla. Tal como a menudo ha sido el caso, el oprobio mismo que ellos lanzan sobre Él es Su gloria. Fue realmente cierto, de una manera que la pobre maldad nunca soñó, que Él, "A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar" — no es el "no se puede" de la debilidad o la incapacidad, sino del amor divino. En su inicuo júbilo ellos prometen creer en Él si descendía de la cruz y demostraba ser en Sí mismo el Rey de Israel. Por desgracia, cuando una prueba más poderosa les es presentada por Su resurrección de los muertos, ellos corromperían a los soldados romanos para ocultar la temida verdad. En realidad, escasamente veladas de sus propias conciencias deben haber estado las evidencias de Su realeza, manifestada como lo había sido en Sus prodigiosas obras; pero el Suyo era un reino en el que ellos no podían tener lugar alguno a menos que fueran transformados por el poder de la gracia divina. Y la obra para la cual Él había venido en carne debe ser consumada ahora en la cruz, para poder Él adquirir así el derecho que el amor divino anhelaba, a saber, traer a pobres pecadores de regreso a Dios, antes de regresar Él a administrar Su reino en justicia.

 

El lenguaje de los líderes es prácticamente una cita directa del Salmo 22 (Salmo 22: 8), e ilustra la ceguera de la cual el apóstol habla cuando dice, "Porque los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes, no conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las cumplieron al condenarle". (Hechos 13: 27). Estas voces hacen referencia al verdadero motivo de su odio hacia Él — Su Filiación divina.

 

En toda esta burla los dos ladrones tienen su parte. Ello muestra que el castigo y el padecimiento no tienen en sí mismos ninguna eficacia para purificar lo que es impuro. Esto sólo resalta con mayor claridad la gracia que Lucas registra en cuanto a uno de estos ladrones.

 

Vemos entonces a nuestro Señor pasando a la sombra tenebrosa, "la oscuridad de las tinieblas" en la que todos los padecimientos de manos del hombre son eclipsados. Desde la hora sexta (mediodía), con el sol en su cenit, hasta la hora novena — tres horas completas (sugiriendo la plenitud de la medida de la copa de la ira a Él servida) hubo tinieblas sobre toda la tierra. "Dios es luz", y ella es absolutamente retirada de nuestro Portador del pecado. El ensombrecimiento del sol no fue más que una figura de un eclipse más terrible sobre el alma del santo Hijo de Dios. Es de esto de lo que Él clama en el período de Su angustia, usando aun así esa Palabra inspirada que moraba dentro de Su corazón, la cual el Espíritu de Dios había profetizado mucho tiempo antes a través de David: "Elí, Elí, ¿lama sabactani?"   

 

Tenemos aquí el punto central de la expiación, sin el cual no habría sido verdaderamente eso. El abandono absoluto de Dios — la retirada completa, no meramente del socorro terrenal o del cuidado providencial o de los gozos de la comunión que fueron la porción constante de nuestro Señor a lo largo de Su vida, sino un desamparo completo, dejando solo a la víctima bendita para que beba la copa sin mezclar de la indignación divina contra el pecado. Esto es lo que se quiere decir mediante estas horribles palabras; y aquí, bendito sea Dios, es donde nuestras almas una vez culpables pueden descansar ahora, y por toda la eternidad. Sí, en efecto, y donde también descansa el trono de la justicia y de la gloria de Dios, y desde el cual será exhibida para siempre toda la economía del gobierno divino en bienaventuranza en el cielo y en la tierra. La copa ha sido bebida; la ira ha sido llevada; todo su terror ha traspasado lo más íntimo de Su alma; nuestro Señor ya no se niega a tomar el vinagre — no la amortiguadora hiel — para que se cumpliera la última palabra misma de la Escritura. Por una parte, la pobre multitud ignora tanto la Escritura que ellos estaban cumpliendo, así como, por la otra, ignora el lugar que ocupaba Elías. Él estaba invocando a Jehová Dios de Elías, no a Su siervo.

 

El final ha llegado; todo ha sido consumado. La victoria está con el Rey glorioso, y como para mostrar que todo fue aun así completamente voluntario de Su parte, con fuerza no disminuida Él clama a gran voz, y en dignidad real completa la poderosa operación de amor redentor entregando Su espíritu.

 

Las bienaventuradas consecuencias de la obra expiatoria son vistas de inmediato. Dios glorificaría inmediatamente a Su Hijo. El velo del templo que separaba al hombre de la presencia de Dios, que ocultaba el Trono y prohibía la forma de acceso a Su presencia, se rasgó ahora en dos, de arriba abajo — no descorrido o levantado, sino completamente rasgado — declarando así que nunca más podría volver a ser puesto. La Escritura nos dice que el velo representaba la carne de nuestro Señor, y entonces, cuán apropiado es que como Su cuerpo bendito fue partido por nuestros pecados, lo que era un tipo de Él mismo — en Su perfección personal, y un testimonio contra todo pecado — este se haya rasgado en dos para mostrar cuán completamente nuestros pecados han sido quitados.

 

Otros resultados siguen a continuación: la tierra misma tiembla; sus rocas diamantinas se parten; y también los sepulcros se abren. El rasgado se extiende así a lo largo de todo el dominio del Rey de reyes y Señor de señores. Es dulce recordar que los corazones más duros que la roca diamantina se han rasgado desde ese día hasta ahora en verdadera penitencia y se han liberado del poder del pecado y la muerte a través de este mismo Sacrificio.

 

Mateo avanza anticipadamente hasta la resurrección de nuestro Señor para mostrar los resultados plenos y gubernamentales de Su muerte. No sólo se abrieron los sepulcros, sino muchos de los cuerpos de los santos que dormían se levantaron y salieron de los sepulcros después de Su resurrección, apareciendo en la santa ciudad. Tenemos así una muestra de esa primera resurrección que incluirá a toda la familia de redimidos, hasta el último mártir que padecerá antes de la introducción del reino milenial de nuestro Señor. Una eternidad de dicha sin muerte es el resultado final de la extraordinaria obra de nuestro Señor consumada en el Calvario.

 

La escena finaliza ahora con el testimonio del centurión quien, en temor, se ve constreñido a reconocer que este era el Hijo de Dios. Las mujeres que Le habían seguido tienen el privilegio de estar lejos y contemplar ese prodigioso espectáculo. Un poco más tarde ellas conocerán la plenitud de lo que ello significa.

 

Marcos (Marcos 15: 21 a 41). Como ya encontramos, la narración de Marcos se parece mucho a la de Mateo. Por consiguiente, sólo unas pocas cosas reclaman nuestra atención. Simón de Cirene es identificado además para nosotros como el padre de Alejandro y de Rufo, evidentemente cristianos bien conocidos en el tiempo que este evangelio fue escrito. (Véase asimismo romanos 16: 13, "Saludad a Rufo,… y a su madre y mía". Esto está en consonancia con lo que ya hemos dicho acerca de Simón.

 

En el versículo 23 se habla de la bebida como vino y mirra en lugar del vinagre y la hiel de Mateo. El vino era lo común, vino agrio de Oriente, prácticamente vinagre, y la amarga mirra puede haber sido un nombre más específico para la hiel, aunque algunos piensan que se trata de dos substancias.

 

La hora cuando la crucifixión propiamente dicha comenzó es mencionada solamente en Marcos de los tres sinópticos (versículo 25). Aquí es presentada una declaración más breve de la inscripción que la presentada en Mateo, siendo omitido Su nombre. En relación con la crucifixión de los dos ladrones, es citada la Escritura que se cumplió así (versículo 28) — aunque algunos manuscritos omiten este versículo por completo.

 

El clamor del Señor es presentado en forma Aramea, la palabra "Eli" convirtiéndose en "Eloi". Una explicación de esto sería que en Mateo tenemos la cita Hebrea del Salmo 22, mientras en Marcos tenemos la forma en que la exclamación fue realmente hecha por la Víctima bendita. No nos detenemos en otras posibles explicaciones mientras recordamos que existe un motivo divino para el uso de estas dos palabras. Se ha sugerido que la expresión como es presentada en Mateo, citando directamente del hebreo, es más apropiada para el estrecho vínculo de ese evangelio gubernamental con el Antiguo Testamento.

 

La muerte de nuestro Señor también es descrita mediante una palabra diferente. Aquí es simplemente "expiró", o "'exhaló Su último aliento" como rezan algunas versiones en inglés. Las diferencias en el detalle son sin duda apropiadas a la diferencia de los dos evangelios, aunque, como veremos al recopilar los resultados de nuestro examen, hay una estrecha similitud entre el cargo monárquico que caracteriza a Mateo, y el profético, en gran parte prominente en Marcos, lo que explicaría la estrecha semejanza de las dos narraciones de la obra expiatoria de nuestro Señor.

 

Lucas (Lucas 23: 26 a 49). Simón el Cirenaico también es mencionado aquí, pero nuestro Señor dirigiéndose a la compañía de mujeres que siguieron en la triste procesión es peculiar de Lucas: leemos, "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos". Las consecuencias de Su rechazo son expuestas solemnemente, incluso la espera del momento en que los hombres invoquen a las montañas y a los collados para que los cubran.

 

Si por razones de amor divino el "árbol verde" — el Señor viviente — es puesto así en el fuego del juicio, ¿qué se hará con el árbol muerto, el árbol inerte del judaísmo formal, o con la Cristiandad apóstata?

 

El versículo 34 nos presenta un hermoso toque también peculiar de Lucas. Él intercede por los transgresores. (Isaías 53: 12 – VM). Esto está en hermosa armonía con la visión de nuestro Señor en Lucas donde Él siempre está procurando llevar al hombre en paz a Dios. Los soldados parecen tener un papel especial aquí, uniéndose en la burla general del gentío irreverente. La acusación contra nuestro Señor es similar a la que está en Mateo y en Marcos, aunque nos dice, apropiadamente con el tema mundial del evangelista, que fue escrita en los tres idiomas del mundo civilizado: en griego, el idioma de la literatura, la cultura y los negocios; en latín, el del mundo político; y en hebreo, el de los religiosos. Así todas las clases de hombres podían leer en su propia lengua el registro de la culpa común de ellos, y un testimonio del maravilloso amor de Dios, transmitido en el propio idioma de ellos — un pequeño presagio de Pentecostés.

 

El registro de la salvación de uno de los ladrones está reservado para Lucas. Es adecuado que el evangelista que tiene el evangelio en su corazón en todo momento nos presente este ejemplo bienaventurado de la misericordia divina. Mientras más lo examinamos atentamente, más se hallará que no se trata de un caso excepcional, sino del método normal de salvación.  El que recientemente era un ratero, es llevado al arrepentimiento y salvado solamente por la fe en Cristo. Ciertamente podemos decir que ello también es verdad acerca de nosotros.

 

No hay aquí ningún clamor de desamparada angustia, aunque las tinieblas y el desgarro del velo son mencionados. Lucas no se detiene en las profundidades de la obra expiatoria, sino que se vuelve a sus bienaventurados resultados. Nosotros oímos nuevamente la "gran voz" de nuestro Señor, cuando Él encomienda ahora Su espíritu en las manos del Padre, una declaración peculiar de Lucas, y la palabra para Su muerte es la misma que la que está en Marcos, "expiró".

 

Apropiado para Lucas, el centurión da su testimonio de que nuestro Señor era un Hombre justo; mientras que las mujeres y los conocidos son vistos como lo son en los otros sinópticos.

 

Juan (Juan 19: 17 a 37). Varias marcadas peculiaridades son mencionables en el cuarto evangelio, apropiadas al tema del evangelista. En general, podemos decir que ellas sugieren la dignidad divina de nuestro Señor, recordando Sus palabras, "(Mi vida) Nadie me la quita,… Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar". (Juan 10: 18). Por tanto, Él es visto cargando Su cruz. Esto no contradice en ninguna manera el hecho de que ellos obligaran a Simón el Cirenaico a llevarla detrás de Él. Del evangelio de Marcos nosotros consideraríamos que al comienzo del recorrido al Gólgota nuestro Señor estuvo cargando Su cruz; y por el camino, encontrando a Simón que pasaba, ellos quitaron la cruz de nuestro Señor y la pusieron sobre él.

 

Juan selecciona esas características que enfatizan su tema. No debemos pensar que el cambio de la cruz desde nuestro Señor a Simón insinuó una incapacidad de Su parte para soportar más la carga. Aunque ello se puede argüir, nosotros rechazamos el pensamiento como no siendo inconsistente con el hecho de que en la agonía en el Huerto un ángel se Le apareció, fortaleciéndole. Nosotros nos abstenemos instintivamente de un análisis de estos temas santos, aun así consideraríamos reverentemente cada detalle que el Espíritu de Dios ha presentado. Siempre hay bendición en esto. Se nos dice claramente que nuestro Señor se cansó a causa de Su camino, que Él durmió, que Él tuvo hambre y sed, y en todo sentido, aparte del pecado, sintió la presión del desierto. Que en el Huerto esta presión se intensificó inconmensurablemente, como es visto en Su sudor como grandes gotas de sangre, indicando lo enorme que fue Su tensión física, en la que Dios se complació en ministrarle por medio de un ángel, como después de la tentación en el desierto — todo esto es perfectamente cierto; pero guardémonos de cualquier pensamiento de debilidad o de incapacidad para llevar a cabo en su totalidad la obra que Él se había propuesto hacer.

 

Hubo otros motivos además del de la debilidad que Le habrían llevado a ceder la cruz a otro, motivos que ya hemos considerado. El hecho de que después de aún más angustia Él pudo al final clamar a gran voz muestra Que Su muerte no se debió al agotamiento, sino que fue la entrega voluntaria en una perfección sin menoscabo de la vida que Él había tomado para poder ponerla. (Juan 10: 17).

 

El título puesto sobre la cruz es presentado más plenamente en Juan: leemos, "JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS". En común con Mateo, el nombre personal de nuestro Señor es presentado. Ninguna dignidad real es igual a la dignidad de lo que Él era en Sí mismo; incluso Su gloria divina como Hijo de Dios se complace en morar en este tabernáculo, el humilde Jesús. Nazareno (o, de Nazaret) enfatiza aún más su humildad. "¿De Nazaret puede salir algo de bueno?" (Juan 1: 46), y aquí, en la cruz, ese nombre despreciado ocupa un lugar de honor en conexión con el título de Su dignidad real.

 

Los cuatro evangelistas afirman el mismo hecho central, "REY DE LOS JUDÍOS". Esto es lo que los líderes buscan haber dejado de lado. Ello proclamó con demasiada claridad los simples hechos y la vergüenza de ellos a todo el mundo, escrito en griego y en latín, así como en la misma lengua de ellos. Pilato sólo preguntó, "¿A vuestro Rey he de crucificar?" Ellos estaban muy dispuestos a hacer crucificar al Señor Jesús, y en el calor del momento a renunciar a la lealtad a cualquier otro rey que no fuera César. Sin embargo, este título les es irritante, y quieren que lo modifiquen. Dicho título parecía declarar que su verdadero rey estaba allí en la cruz, lo cual era realmente la solemne verdad. Pilato, cediendo y bastante vacilante cuando la vida del Santo estuvo en juego, sacrificándole a sabiendas al amargo odio de ellos, no cederá en esto. Dios no lo permitió, y el pobre títere de la autoridad habla de repente con todo el carácter definitivo de un verdadero gobernante: "Lo que he escrito, he escrito".

 

Él había escrito la verdad, y nada pudo alterar eso. Pero el Rey de los judíos, su Mesías, el Hijo de David, Aquel sobre el cual descansaban todas las promesas para la bendición y gloria futuras de Israel, la reunión de ellos a su tierra y el establecimiento de Su reino milenial, ¡cuelga ahora inerte sobre la cruz! Una corona de espinas fue puesta sobre Él, y el trono sobre el cual ellos Le pusieron ¡fue la cruz! Ignominia más completa no pudo ser concebida. Un odio más implacable no pudo ser imaginado; Él había sido perseguido hasta la muerte; ellos habían conseguido su voluntad; habían descargado su odio, habían llevado a cabo su propósito, y su rey, coronado con espinas, ¡fue entronizado sobre una cruz! Ello significó que habían renunciado deliberadamente a todo lo que Él conllevaba. No podía haber las "misericordias firmes a David" excepto a través de Él. Ellos pudieron contemplar la ruina que su propia enemistad había hecho, sin esperanza e irrevocable en la medida en que a ellos respectaba. No les quedó nada más que la culpabilidad por la sangre y la frustración de todas sus esperanzas con el siempre cambiante y degradante gobierno de César en lugar de aquel del Príncipe de Paz.

 

Y sin embargo, bendito sea Dios, la fe hace aquí una pausa y al contemplar esa cruz prodigiosa ve allí un trono con el cual el trono de David es reducido a la insignificancia. La justicia y el juicio son realmente los cimientos de este trono, en relación con el cual no sólo bendición será ministrada a un Israel reunido y feliz durante todo el largo y milenario día, sino que dará gloria eterna a Dios y salvación eterna a todos los que se someten a la Cruz. La corona, tal y como la vemos, parece cambiada al ver las crueles espinas — la maldición de la tierra por el pecado — y resplandece con todo el brillo de la gloria y la honra que Dios ha puesto en Su frente, el cual llevó la maldición por nosotros.

 

La repartición de Sus vestidos también tiene rasgos peculiares de Juan. El grupo de cuatro soldados que estuvieron encargados de la crucifixión propiamente dicha dividieron Sus vestidos entre ellos. Sin embargo, la túnica era una túnica sin costura y no podía ser dividida sin partirla. Por tanto ellos echan suertes para esto, para ver de quién sería. Se cumple así un detalle de la Escritura que no podemos imaginar que un judío la lea y no sienta instintivamente que su cumplimiento fue consumado en el Calvario.

 

Esta túnica sin costura nos recuerda muchas cosas. En primer lugar, parece sugerir la perfección del Señor en Su humanidad. Era la prenda de vestir más cercanamente asociada con la persona. La unidad de la completa humanidad de nuestro Señor era así marcada y característica. No hubo nada superfluo; nada adventicio en Él. Su carácter perfecto, como Su túnica, estaba todo entretejido y sin costura; el producto, podemos decir, de una vida que tenía un solo motivo. De este modo, Su túnica representaba la perfección de Su persona.

 

Una prenda de vestir tal no debe ser partida. Sin embargo, al mirar a nuestro alrededor hoy en día vemos un esfuerzo constante por partir el vestido de Jesús. Algunos eligen una parte, y otros, otra. Algunos confiesan que Él era un hermoso personaje, y sin embargo cuyas extravagantes afirmaciones no pueden ser reconocidas. Otros admiten la perfección de Su enseñanza moral pero rehúsan creer en Sus milagros. Todos tales esfuerzos son reprendidos por los pobres soldados que, al ver esta perfecta túnica, no tuvieron corazón para partirla en pedazos. Hacerlo, en efecto, habría sido dejar sin valor cualquier parte de ella. La túnica sería destruida; el fragmento obtenido por cada uno no sería más que un fragmento y nada más. Desgraciadamente, hoy en día hay muchos, en alta posición y autoridad, con erudición y grandeza humanas, que sólo tienen un fragmento partido de la túnica sin costuras.

 

De manera similar, la túnica sin costura es un tipo de la Escritura que nos presenta a Cristo en Su perfección. Una vez más aquí, manos despiadadas han tratado de partirla en pedazos. Han ignorado el hecho de que no tiene costuras, no es una labor de retazos como el crítico superior nos haría creer, y como hacen, por ejemplo, que el libro del Génesis sea. Este mismo evangelio de Juan ellos han procurado 'rasgarlo' de su lugar en las Escrituras y relegarlo a una fecha posterior, el producto del Neoplatonismo o de otra filosofía humana. Decimos de nuevo, que los pobres soldados romanos se levanten en juicio con los hombres de esta generación que procuran partir esta túnica sin costura. Ella está enteramente tejida de arriba abajo. Desde el primer versículo de la Escritura hasta el último, ella es una pieza de bordado consistente, armonioso, divino, la habilidad del Espíritu Santo, en cualquier telar en que la tela pueda haber sido elaborada. El producto terminado está en nuestras manos, y nosotros, con los soldados, decimos con todo nuestro corazón, "No la partamos".

 

Entonces, ¿de quién ha de ser esta prenda de vestir sin costura? Al pensar en ella como la perfección de Cristo es naturalmente otorgada a todo aquel que cree en Él. Ser encontrados en Él, no teniendo nuestra propia justicia, sino tener realmente a Cristo como nuestra justicia: esto es poseer "el mejor vestido", el "vestido de boda", es tener aptitud "para participar de la herencia de los santos en luz". (Colosenses 1: 12). Ella fue dada en conexión con el sorteo, que entre los judíos fue siempre un recurso a Dios; y tal como ha sido sugerido, este hecho de recurrir al sorteo indica que es solamente la gracia soberana la que otorga esta túnica.     

 

Para que no haya un concepto erróneo, agregamos una palabra para protegernos de la enseñanza, de hecho bastante venerable, pero no Escritural, que dividiría la justificación del creyente en dos partes: a saber, la asegurada mediante la obediencia pasiva o los padecimientos de nuestro Señor, y la que es el resultado de Su propio cumplimiento personal de la ley como nuestro Sustituto. No se nos podría imputar ninguna sustitución en la vida, y ningún cumplimiento de la ley por parte del Señor. Por tanto, la túnica no sugiere la justicia de Cristo en el sentido de Su andar terrenal a cambio de la nuestra, sino la perfección del propio Cristo, en la que el creyente está ahora delante de Dios.

 

En conexión con la vigilia de las mujeres de Galilea, de la que se habla en los otros evangelios (Mateo 27: 55, 56; Marcos 15: 40, 41; Lucas 23: 49), solamente Juan presenta el conmovedor incidente de Su madre ante la cruz. Es digno de mención el hecho de que este Evangelio, que no da cuenta del nacimiento y la vida temprana de nuestro Señor, hace más mención de Su madre durante el ministerio público de nuestro Señor que cualquier otro de los evangelistas. En las bodas de Caná de Galilea, ella Le habla y recibe su respuesta, no con dureza, sino con exactitud por parte del Señor. Él debe mostrarle allí que la relación según la carne no puede entrometerse en esas relaciones divinas que para Él deben ser supremas. Más tarde, ella le acompaña a Capernaum; y aquí, vemos la espada atravesando su propio corazón mientras está de pie junto a la cruz. No vemos ninguna sombra de resentimiento en el corazón de ella cuando nuestro Señor le habló con tanta exactitud en Caná, pues enseguida dice a los sirvientes: "Haced todo lo que os dijere". (Juan 2: 1 a 5).  Aquí, ante la cruz, no hay peligro de que ella malinterprete su lugar. ¡Qué trascendente es el pensamiento! En la cruz está el eterno Hijo de Dios, el Hombre perfecto, el Rey de los Judíos, consumando la obra de redención que los consejos divinos habían decretado desde toda la eternidad; Él es de quien dependía todo el universo, sin embargo como Hombre soportando todos los padecimientos posibles. En un momento tal Le vemos prestando atención deliberada a un detalle minucioso. Nada le hará olvidar el amor y el respeto que siempre tuvo por Su madre. Roma puede degradar todo de manera blasfema al poner a la criatura en el trono de Dios, reclamando un homenaje y adoración para la tierna madre de nuestro Señor que a ella le habría llenado de horror. Roma no logra ver la exquisita belleza de lo que tenemos aquí; pues la verdad pervertida es despojada de todo su atractivo y valor.

 

Al "discípulo a quien amaba Jesús" le es confiado el cuidado de la madre de nuestro Señor, no meramente como protector o siervo, sino en toda la intimidad y en todo el afecto de hijo y madre. Recordemos que la expresión, "el discípulo a quien amaba Jesús" no sugiere predilección, la cual era totalmente ajena a nuestro bendito Señor. Juan no tenía el monopolio de este término, el cual era para todos los discípulos; pero él parece haber entrado más plenamente en la verdad que la expresión transmite. No se trataba del discípulo que amaba a Jesús, sino que él está muy satisfecho de saber que él es amado por su Señor. ¡Verdaderamente felices somos si también sabemos esto! Ello nos permite entrar en, y se nos confíe, lo que es más querido para Él.

 

Como tipo, parece que María responde a Israel, la nación de la cual "según la carne, vino Cristo" (Romanos 9: 4, 5) y que es siempre amada por el Señor; de quienes en efecto Él dice, "Con amor eterno te he amado". (Jeremías 31: 3). Durante el período actual Israel está doblemente despojado, es una viuda, y el Hijo en quien todas sus esperanzas se centraban, les es arrebatado. Siempre ha quedado un remanente según la elección de la gracia que por su fe muestra que es el verdadero Israel de Dios. No es necesario decir cuán bien se ha cuidado de ellos en la nueva época de la gracia en la que vivimos.

  

Así también, de una manera muy real, la Iglesia es la guardiana de las esperanzas de Israel en cuanto al futuro. Los propios judíos en la actualidad han renunciado prácticamente a toda esperanza, al menos de cualquier forma espiritual; pero la Iglesia, si está en el estado sugerido por esas palabras, "el discípulo a quien amaba Jesús", sigue siendo la guardiana de las promesas hechas a los padres que enseñan que "todo Israel será salvo ".

 

Una cosa más que, según la manera de nuestro evangelista, tiene su carácter propio. Dos veces en este evangelio del Hijo de Dios se habla de las necesidades corporales de nuestro Señor; dos veces Él pide que Su sed sea apagada. Hay una conexión bienaventurada entre estas dos peticiones. En realidad no leemos que Él recibió el sorbo de agua de la mujer de Samaria (Juan 4), pero de qué manera Su alma fue refrescada por una mujer sacada de la distancia y la vergüenza y llevada al gozo del don de Dios. Él pudo decir así, "Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis". Es esta sed, podemos estar seguros, la que llenó Su alma santa más intensamente que el anhelo corporal por agua en la cruz. Él no pide simplemente que Su sed sea aliviada, sino que cada palabra de la Escritura, los propósitos inmutables de Dios como están registrados por el Espíritu Santo, sean cumplidos hasta la última jota. Así es que, habiéndose cumplidas todas las demás cosas, esta Escritura también debe ser cumplida. En la intencionalidad de la omnisciencia y el poder divinos, nuestro Señor cumple en mansedumbre y humildad cada palabra escrita. Es después de esto que esas palabras bienaventuradas son pronunciadas, a saber, "Consumado es" — refiriéndose ciertamente a algo más que el sorbo de vinagre que Él había recibido.

 

Hay una plenitud en la palabra de Dios que nosotros tardamos en aprehender. Podemos hacernos esta pregunta, ¿Qué fue "consumado" allí? En primer lugar la predicción de la Escritura a la que se hace referencia directamente; y sin duda, toda otra predicción que había sido mencionada previamente, o incluso si no es mencionada aquí, ahora estaba consumada. Así que todos los tipos, ya sea de la vida individual del Señor, o de las ordenanzas sacrificiales, todos estaban cumplidos ahora. Esta última palabra de nuestro Señor coloca el sello sobre todo lo que había sido escrito acerca de Él, en la Ley, en los Profetas, o en los Salmos. Nosotros podemos sobrescribir sobre cada tipo y sombra — sobre el sacrificio de Abel, el ofrecimiento de Isaac, la vida de José, de David, y multitud de otros — estas palabras bienaventuradas, "Consumado es". Aquello de lo cual ellas hablaron ha sido consumado ahora hasta lo sumo.

 

 

Así, también, la ley, con todas sus santas demandas, con su inflexible juicio del pecado, ha sido cumplida. Podemos ver esos diez mandamientos, por cada uno de los cuales hemos sido condenados por estar destituidos de la gloria de Dios, y ver escrito sobre todos ellos en letras de sangre: "Consumado es". La pena de ellos ha sido cumplida y nuestra salvación está asegurada.

 

En resumen, toda la obra de redención mediante la cual la justicia de Dios fue glorificada, Su amor exhibido, la necesidad del pecador satisfecha y la gloria eterna asegurada, fue aquí llevada a cabo, y, "Consumado es", es el lugar de reposo para el Dios eterno, para la nueva creación, y para cada pecador tembloroso que aceptará esta obra terminada.

 

El hecho que concluye todo, Su muerte propiamente dicha, está inequívocamente incluida en estas palabras; pronunciándolas Él inclina la cabeza, tal como reza el encantador lenguaje del original, como la puesta del sol, y entrega Su espíritu inmaculado, sin pecado, en las manos de Su Padre, cuya infinita grandeza en santidad y cuyo amor podemos estar seguros que se excitan con divino deleite en Su Amado como ninguna criatura puede jamás conocer.

 

El legalismo mezquino, superficial, de Sus asesinos, mientras procuran quitar los cuerpos para que su pretendida santidad no fuese sacudida por una violación del Día de Reposo, nos perturbaría en su registro aquí si no fuera por que nuestro bendito Dios hace que la necedad y la ira del hombre Le alaben. Ello sólo brinda la ocasión para el cumplimiento de otras dos Escrituras que debían tener lugar después de Su muerte. La brutal soldadesca no tiene escrúpulos acerca de mutilar los cuerpos de sus víctimas y aniquilar los restos de vida de ellos. En efecto, los judíos querrían que se hiciera esto con las tres víctimas; y los soldados lo hacen con los dos ladrones, pero lo encuentran innecesario cuando llegan al Señor. Él ya está muerto; pues ningún hombre Le puede quitar la vida. Él tenía poder para ponerla por Sí mismo, así como también tenía poder para volverla a tomar. Ninguna mutilación que desfigure el cuerpo del Santo es permitida; pero la lanza de un soldado atraviesa Su corazón. Ello puede ser por mera crueldad gratuita, o para asegurar la certeza de la muerte, pero con independencia de su motivo él sólo estaba cumpliendo la palabra de Dios. Había sido escrito, "Mirarán al que traspasaron"; por tanto, el hecho de ser traspasado debía tener lugar. Pero, en verdad, fue nuestro pecado el que traspasó al Señor — lo que lo hizo necesario. Este hecho de ser traspasado nos habla tanto del rechazo de su Mesías por parte de los Suyos, como de la obra por la cual esa misma enemistad será abolida.

 

De la pascua se dijo, "ni quebraréis hueso suyo" (Éxodo 12: 41 a 51); el cordero debía ser conservado entero. Así, también, con el verdadero Cordero pascual, "No será quebrado hueso suyo". Es del Cristo entero que Se ha entregado por nosotros del cual nos alimentamos, y lo haremos por toda la eternidad.

 

6. La Sepultura

 

Nosotros no procuramos analizar minuciosamente las verdades preciosas que están vinculadas con la crucifixión, muerte y sepultura de nuestro Señor, sino distinguir ciertos elementos en Su obra expiatoria. Por ejemplo, Sus padecimientos a manos del hombre son evidentemente preliminares, mientras que las tinieblas y el desamparo de Dios hablan de cargar con la ira y el juicio propiamente dichos. Una vez que sobrellevó estos, el propio Señor se entrega a la muerte, un elemento necesario de la expiación, ciertamente; pero, podemos decir, se trata del aspecto gubernamental de ella: es decir, por ser la pena corporal o física del pecado, mientras que el juicio es el aspecto espiritual, y para el hombre, eterno. {Ver nota 2}

 

{Nota 2. Esto plantea una pregunta que a veces se hace. Si el juicio del pecado es eterno, ¿cómo pudo un breve período en que nuestro Señor soportó la ira ser un substituto exacto de ello? La dignidad infinita de la Persona da un valor a Sus padecimientos que equivale a una eternidad de padecimiento para la criatura, y sin embargo una justicia equitativa no llamaría a esto un substituto exacto. Si así fuera, se podría aducir que incluso padecimientos menores habrían sido suficientes cuando recordamos la gloria inconmensurable de aquel Único que padece. Esta teoría de expiación ha sido presentada; pero no se trata de una pena substituida, sino de la imposición real de ira que es enseñada en la Escritura. ¿Acaso no es esta la respuesta verdadera a la pregunta: a saber, que permaneciendo inalterado el carácter moral del pecado y el pecador, su castigo es necesariamente eterno? Leemos, "El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía". (Apocalipsis 22: 11). Nuestro Señor habla de la culpa de un "pecado eterno" (Marcos 3: 29), que es como las palabras deben ser traducidas. Leemos, "Pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es culpable de pecado eterno". (Marcos 3: 29 – LBLA, JND)}

 

Poco se dan cuenta los hombres del horror de la impenitencia eterna — ese determinado estado moral en que el alma es impotente para juzgar el mal o incluso de desear liberarse de él. Este es evidentemente el carácter de Satanás, cuyo odio moral a Dios y a todo lo que es bueno es eternamente fijo, lo que implica, por tanto, la necesidad de su juicio eterno; lo cual también es cierto para todos los finalmente impenitentes.

 

Con nuestro bendito Señor, 'en quien no hubo pecado', no hubo absolutamente nada más que la imposición externa de la ira. Dios mismo se retira de Él, derramando sobre Él la indignación y la ira que el pecado merece. Ello Le encuentra y Le deja, con un corazón tan absolutamente fiel a Dios y a todo lo que es santo y bueno como cuando Él estuvo disfrutando a la luz radiante de las glorias de la transfiguración. De hecho, Su lugar y Sus circunstancias no tenían absolutamente nada que ver con Su estado que era inmutablemente el mismo — un corazón lleno de deleite en la voluntad de Dios, sin importar lo que esa voluntad pudiera ser. Por lo tanto, la imposición de la pena fue absoluta; pero, permaneciendo perfecto a través de toda ella, no existió ninguna necesidad divina para la continuación de la pena. "Una vez para siempre" ella había sido puesta sobre Él, y eso resolvió para siempre todas las demandas de la justicia divina.

 

Habiendo consumado la obra que se Le había dado que hiciese, la resurrección es la respuesta de Dios al estado moral de nuestro Señor. {"Cristo fue resucitado de entre los muertos, por el glorioso poder del Padre" (Romanos 6: 4 – VM), y esto fue como representante de Su pueblo cuyos pecados Él había quitado.}

 

Todo ha terminado ahora. Los insultos, los golpes con la caña, los bofetones, los esputos, las imposiciones de padecimiento por parte del hombre, la última hez de la copa de la ira y del juicio divinos; la vida misma ha sido entregada, y el cuerpo precioso en el que la joya de la gloria divina, y el espíritu y el afecto de la perfecta Humanidad estaban contenidos, cuelga inerte ahora en la cruz. Sus enemigos han hecho lo peor de ellos, y Él, bendito sea Su nombre para siempre, hizo lo mejor de lo Suyo para la gloria eterna de Dios en nuestra bendición. Por lo tanto, Su sepultura no está en manos de enemigos sino de los que Le amaban y Le adoraban. De hecho, Su muerte parece haber sido la ocasión para que José se desprenda de su timidez y venga valientemente anhelando el privilegio y el honor de cuidar de Su cuerpo. También Nicodemo, ya no sigue de lejos sino que toma su lugar públicamente como un discípulo. Manos amorosas Le bajan de ese terrible 'patíbulo', donde no se permitió que ningún hueso Suyo fuese quebrado, y cuyo traspaso fue más como el cumplimiento de la Escritura que el acto gratuito de la brutalidad.

 

Como ha sido sugerido, el cuidado por la sepultura de nuestro Señor es el principio de la respuesta de Dios: leemos, "en seguida le glorificará". (Juan 13: 32). De hecho, la narración de la sepultura bien puede ser relacionada con la de la resurrección. {Ver nota 3}. Las cenizas del sacrificio que había sido quemado sobre el altar eran recogidas y llevadas fuera del campamento a un lugar limpio. (Levítico 6: 8 a 11).

 

{Nota 3. Esto es hecho en la Biblia Numérica, Los Evangelios, página 628, etc.}

 

Pero volvemos ahora a la narración como es presentada en cada uno de los evangelistas.

 

Mateo (Mateo 27: 57 a 66). Llega la noche. "El tribunal humano" (o, "El día del hombre", ha terminado en cuanto a nuestro bendito Señor, así como pronto terminará para nosotros (1ª. Corintios 4: 3, griego). Los detalles aquí son sugerentes: leemos, "Vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, el cual también era discípulo de Jesús". (Versículo 57).

 

Nuestro Señor no estuvo en compañía de muchos ricos durante Su ministerio, sino que sintió más bien el distanciamiento de ellos. Él fue el "amigo de publicanos y de pecadores" (Lucas 7: 34). A los pobres se les predicó el evangelio; y no muchos sabios, poderosos o nobles son llamados; pero hay una cierta aptitud en un hombre rico, un discípulo verdadero, al acudir aquí. Un hombre pobre no habría tenido un sepulcro nuevo propio; ¿y acaso no hay una sugerencia de los tiempos mileniales cuando las riquezas y la honra serán vertidas a los pies de nuestro Señor?

 

Como es presentado en nuestra versión común de la Biblia, el sepulcro y la muerte de nuestro Señor no están separados en Isaías 53: 9, y nosotros nos vemos obligados a separar los dos. El Hebreo literal es, "Él (uno) designará Su sepulcro con los inicuos, pero (Él estará) con un hombre rico en su muerte". Al entregar al Señor Jesús para ser crucificado como un malhechor, Pilato estaba designando Su sepulcro con los inicuos; y crucificado entre dos ladrones, era natural que Su cuerpo también recibiera el mismo tratamiento que el de ellos — probablemente quemado en el valle de Hinom (o, Gehena, ver Jeremías 7: 30 a 34). Ningún lugar así pudo ser para Él; no se puede permitir la profanación del cuerpo del Santo de Dios; y la designación de Pilato es desechada. De hecho, él mismo la revierte entregando el cuerpo al hombre rico, José.

 

"José", 'Él añadirá", nos recuerda el primer José, un tipo de nuestro Señor en humillación y en gloria. Él es de Arimatea, aparentemente la forma griega de Ramataim o 'dobles alturas'. ¿de exaltación terrenal y celestial? — que con el añadido de Zofim fue la morada de Elcana y Ana, quienes también estaban estrechamente relacionados con los dolores y gozos de la esperanza de Israel; celebrando Ana en su cántico la venida del Rey de Dios. (1º. Samuel 1: 1, 2; 1º. Samuel 2).

 

¿Cuáles deben haber sido los pensamientos de Pilato cuando él concedió la petición de José? Aquí estaba uno de los grandes hombres de la nación del lado de Uno cuya sangre inocente Pilato había causado que fuera derramada.

 

El cuerpo es envuelto en aquello que es emblemático de la perfecta humanidad de nuestro Señor, "un lienzo limpio de lino" (Mateo 27: 59 – LBLA); el lino blanco representando la pureza y la justicia, ya que "el lino fino blanco es la perfecta justicia de los santos" (Apocalipsis 19: 8 – VM). El cuerpo es colocado en un sepulcro nuevo — no en la tierra en evidente cumplimiento de estas palabras, "polvo eres, y al polvo volverás" (Génesis 3: 19) — sino en la roca perdurable que no se desintegra, un adecuado receptáculo para Su cuerpo que no vio corrupción y que no pudo ser retenido por la muerte. La piedra cierra la puerta, dejando el mundo afuera, y, en el pensamiento incluso de los Suyos, cerrando la puerta a todas las resplandecientes esperanzas que ellos habían albergado, leemos, "nosotros esperábamos que él era", dijeron ellos, "el que había de redimir a Israel". (Lucas 24: 21).

 

José se marcha, no en indiferencia, podemos estar seguros, sino habiendo llevado a cabo su preciosa tarea. Sin embargo, las mujeres no pueden apartarse del sitio. María Magdalena y la otra María mantienen la vigilia del amor.

 

Si la enemistad ha hecho su obra última, sin embargo la incredulidad y una conciencia intranquila instan a los principales sacerdotes y fariseos. De manera inconsciente para ellos mismos van a proporcionar una prueba nueva de la realidad de la resurrección de nuestro Señor. Recordando Sus palabras de que Él resucitaría al tercer día, ellos harían que el sepulcro estuviera custodiado para que Sus discípulos no pudieran hurtarlo. Pilato ordena que esto sea hecho; y así, a pesar de ellos mismos, Sus enemigos van a ser hechos testigos de Su resurrección y refutarán así cualquier posible acusación de que Su cuerpo había sido hurtado.

 

Marcos (Marcos 15: 42 a 47). Marcos añade unos pocos detalles a Mateo. De José se habla como un "miembro noble del concilio"; es decir, un miembro del Sanedrín, que estaba esperando el reino de Dios. Él entró osadamente ante Pilato, el cual se sorprendió de que el Señor ya hubiese muerto, y primero pregunta al centurión, como sería natural para un romano, si tal es el caso.

 

El lienzo de lino es 'comprado' (Marcos 15: 46 – LBLA), lo que nos recuerda que José era un hombre rico. La "otra María", de la cual se habla en Mateo, es aquí la "madre de José", que con María Magdalena contemplaban el lugar donde había sido puesto el cuerpo.

 

Lucas (Lucas 23: 50 a 56). Lucas añade otros pocos detalles en cuanto a José, muy adecuados a su evangelio. Él era "varón bueno y justo", uno que, como consejero no había consentido la decisión y el acto de ellos. Su ciudad, Arimatea, es una "ciudad de los judíos" (Lucas 23: 51 – VM), es decir, está en Judea. Con Marcos, Lucas nos dice que él esperaba el reino de Dios.

 

El "sepulcro nuevo" en Mateo es descrito más plenamente como uno "en el cual aún no se había puesto a nadie". Marcos no habla de este rasgo — la ofrenda por el pecado era quemada fuera de la puerta.

 

En Lucas se habla más ampliamente de la presencia de las mujeres que habían venido con Él desde Galilea. Ellas vieron el sepulcro y la manera en que Su cuerpo fue puesto, y entonces regresaron a preparar especias aromáticas y ungüentos, reposando en el día de reposo conforme al mandamiento. Así, incluso en Su muerte, nuestro bendito Señor estaba magnificando la ley. Él ciertamente había alcanzado el reposo de Dios, y así, de manera típica, lo había hecho Su pueblo. Apropiadamente así, ellas descansaron en el día santo.

 

Juan (Juan 19: 38 a 42). Aquí no se habla de José como un miembro del concilio. Su anterior discipulado, de carácter tan tímido que no había sido dado a conocer públicamente. A menudo, los más tímidos se convierten en los más audaces en momentos críticos. También Nicodemo sale audazmente a la luz. ¡Qué contraste con la primera vez que él vino a Jesús de noche, o incluso con esa súplica por un trato justo que tenemos en Juan 7: 50 a 52! Estos dos varones eran miembros del Sanedrín. Así, encontramos un remanente — aunque probablemente no presente — incluso en el tribunal que había condenado a nuestro Señor.

 

Nicodemo trae un compuesto de mirra y de áloes, especies fragantes usadas en relación con la muerte, una gran cantidad de ellas, alrededor de cien libras romanas de peso (aproximadamente 34 kilos). Esto está en completa concordancia con este evangelio. Ningún gasto de especias preciosas podía exponer por completo la fragancia de la muerte del Hijo de Dios.

 

Los lienzos de lino nos hablan de una vida de justicia perfecta en que la fragancia subió siempre a Dios y por lo tanto no podía faltar en Su muerte. Juan habla de un huerto como siendo el lugar donde estaba el Señor, y en este huerto estaba el sepulcro nuevo del que tanto Mateo como Lucas tienen el cuidado de decirnos que no había sido contaminado por la presencia de la muerte. Dios separaría siempre la muerte de Su Hijo de todas las demás, y Aquel que no vio corrupción iba a descansar en una tumba en consonancia con esto. Es apropiado que esto deba ser en un huerto. La muerte entró en un huerto, desde el cual nuestros primeros padres fueron expulsados; y cuando las consecuencias del pecado habían sido eliminadas el huerto aparece de nuevo. Hay otro huerto, el Paraíso de Dios; este se encuentra entre el primero perdido y el prometido por venir. Podemos decir, ¡qué frutos para toda la eternidad han crecido en este huerto donde estuvo la tumba! Allí fue sembrado el Grano de trigo que ha producido una cosecha tal. Nosotros podemos pensar en este huerto como una sugerencia de la fecundidad resultante de la muerte de nuestro Señor incluso en este mundo actual. Tal como la cueva de Macpela estuvo rodeada por un campo con árboles creciendo en él, siendo esto un emblema de la resurrección, así el huerto alrededor de la tumba de nuestro Señor habla de vida y de anticipación de Su resurrección. Ellos Le pusieron allí, verdaderamente una preparación para el eterno Día de reposo de Dios, en infinito contraste con el legal "día de la preparación de los judíos". (Juan 19: 42 – LBLA).

 

3. La Resurrección

 

La resurrección es el fundamento mismo de la fe cristiana tal como el apóstol declara, "si Cristo no resucitó… aún estáis en vuestros pecados". En los agitados días de Pentecostés, la gran verdad en la que se persistió en el testimonio de los apóstoles no fue tanto la naturaleza de la muerte expiatoria de nuestro Señor, como lo fue el gran hecho de Su resurrección, leemos, "Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección". (Hechos 4: 33).  

 

Doctrinalmente, podemos considerarla en relación con Dios, en relación con Cristo, en relación con Su pueblo y con el mundo.

 

En relación con Dios, cada atributo Suyo ha sido glorificado tan perfectamente por la muerte expiatoria de nuestro bendito Señor, que se declara que la resurrección es "por la gloria del Padre" (Romanos 6: 4), como si esa gloria, que el Hijo había vindicado y manifestado tan perfectamente, esperó el primer momento mismo en el sepulcro en el primer día de la semana para llamar de la muerte al Único obediente perfecto.

 

En cuanto a Cristo, Su resurrección fue Su vindicación completa. En la cruz, Él había estado colgado en las tinieblas. El hombre Lo había aborrecido y se había burlado de Él, Dios Lo había desamparado; la resurrección Le proclama completamente vindicado, justificado en el sentido más elevado de la palabra. Su lugar a la diestra de la Majestad en las alturas es el que Le ha sido dado por la justicia divina como la medida de Su propia aceptación.

 

Y esa aceptación, bendito sea Dios, es también la medida de la aceptación del creyente, pues Cristo no sólo fue levantado de los muertos por la gloria del Padre y glorificado por el Padre, sino que Él "fue resucitado para nuestra justificación". (Romanos 4: 25).

 

Es realmente solemne el pensamiento de que Su resurrección es también la promesa del juicio futuro sobre el mundo que Le crucificó. El Espíritu de Dios convence de justicia, "por cuanto voy al Padre". (Juan 16: 10). La justicia de Cristo ha sido proclamada por Su ascensión al Padre, y ese mismo ascenso es la condena de la culpa del mundo. La justicia en que Dios se complace es esa que el mundo ha rechazado. No debemos sorprendernos, entonces, ante el hecho solemne de que Dios "ha establecido un día en el cual juzgará al mundo en justicia, por medio de un Hombre a quien ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres al resucitarle de entre los muertos". (Hechos 17: 31 – LBLA).

 

Estos pocos pensamientos, con muchos otros, servirán para mostrar la importancia inmensa del gran hecho de la resurrección. Eso es lo que no debemos olvidar jamás. "Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio". (2ª. Timoteo 2: 8). Esta es la historia que deseamos considerar tal como es narrada por cada uno de los cuatro evangelistas, notando lo que es peculiar a cada uno y la pertinencia de esa peculiaridad.

 

Mateo (Mateo 28). Así como las mujeres fueron los testigos de los hechos finales relacionados con Su sepultura, también lo iban a ser de Su resurrección. Qué significativas son las palabras, "Pasado el día de reposo", como recordándonos el final de la antigua dispensación, de hecho, el amanecer de un primer día nuevo en el que probablemente incluso la forma antigua de señalar los días, desde la puesta del sol hasta la puesta del sol, es cambiada, de modo que el día comienza ahora con la mañana.

 

Había ocurrido un terremoto cuando Él murió. Hay otro en Su resurrección. El Monte Sinaí tembló ante la presencia de Jehová, y el Jehová del Sinaí está aquí manifestado de un modo más maravilloso, el modo de la gracia.

 

La presencia del ángel, apropiada al gubernamental evangelio de Mateo, es mencionada aquí. La piedra es removida de la puerta del sepulcro; los guardas se quedan como muertos en su majestuosa presencia, mientras que él tranquiliza a las temblorosas mujeres. Ellas estaban buscando a Jesús — no vigilando como enemigas. A ellas les es proclamada la gloriosa verdad: "No está aquí, pues ha resucitado"; "Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor".

 

La tumba vacía confirma así las palabras del ángel, y ellas son enviadas a decir a Sus discípulos y a precisar el lugar de encuentro en Galilea. Abrumadas con alegría ellas salen para hacerlo saber a los discípulos y les sale al encuentro el bendito Señor que siempre es mejor que Sus promesas, y que las encuentra antes que vayan a Galilea con Su palabra "Salve" (Lit. "¡Regocijaos!"). ¡Qué momento! ¡Quién puede darse cuenta del gozo que llenaba el corazón de nuestro Señor en esa sencilla y triunfante palabra "Salve"! (Lit. "¡Regocijaos!").  No es de extrañar que las mujeres abrazaran Sus pies y Le adorasen aquí sin reprensión, porque la escena completa tiene que ver con el reino, y por lo tanto, la ascensión de nuestro Señor no es mencionada en este evangelio.

 

Nuestro Señor repite la instrucción del ángel de decir a Sus "hermanos" — el nuevo y precioso título, presentado por vez primera, y para todos los Suyos. A estos, Él no se avergüenza de llamarlos sus hermanos. (Hebreos 2: 11).

 

Aquí es contada la mentira de los judíos, en el extremo de ellos, con un complot deliberado para negar la resurrección. El concilio que había condenado al Señor a la muerte no tiene escrúpulos en sobornar a la guardia romana para que diga que Sus discípulos vinieron y Lo hurtaron. Era una ofensa de muerte para un soldado dormir durante la guardia, pero el gobernador, que había entregado de manera injusta a Jesús a la voluntad de ellos, no tendría escrúpulos para hacer un pequeño acto de perdón para los soldados culpables, habiéndose ya puesto él mismo bajo el poder de los principales sacerdotes por su hecho injusto. Esta falsedad, por lo tanto, es relatada entre los judíos, incluso en nuestros tiempos.

 

Luego es mencionada la reunión en Galilea. Galilea había sido la escena principal del ministerio de nuestro Señor, donde también parece haber tenido la mayor audiencia. Hay tres grandes montes mencionados en los evangelios: a saber, el sermón en el monte, la transfiguración en el monte, y la reunión de resurrección en el monte; a los que podemos añadir Su ascensión desde un monte. La montaña sugiere elevación y separación moral. La primera montaña habla de la sublimidad de Su enseñanza; la segunda, de la gloria de Su persona; la tercera, del hecho de Su resurrección.

 

Ellos Le adoran, pero algunos parecen aún dudar. Esto puede no ser aplicable a los once discípulos con quienes nuestro Señor se había encontrado antes, tal como Lucas nos dice; mientras que en Juan nos enteramos que incluso las dudas de Tomás habían sido disipadas. En la epístola a los Corintios el apóstol habla de que el Señor fue visto por quinientos hermanos a la vez; así que si bien solamente los once son mencionados en Mateo, como habiendo ido al monte como el Señor les señaló, es más que probable que estos quinientos hermanos se hayan reunido al mismo tiempo; algunos de estos pueden haber sido escépticos. (Véase 1ª. Corintios 5: 6).

 

En Galilea la gran comisión es dada. Ella se encuentra, podemos decir, entre la aseguranza de la omnipotencia de nuestro Señor y de Su especial omnipresencia. Nosotros podemos decir 'especial' porque no se trata meramente de Su presencia como Dios en todas partes, sino, "he aquí que estoy yo con vosotros siempre, hasta la consumación del siglo" — una presencia especial, para defender, sostener, sustentar, empoderar a Sus discípulos (Mateo 28: 20 – VM). Por consiguiente, ellos han de ir y enseñar a todas las naciones; es decir, hacer discípulos de entre todas las naciones, obviamente mediante la predicación del evangelio, pero un discipulado que parece, en los términos mismos en que es descrito, ser del estilo de ese reino de los cielos cuyos misterios nuestro Señor había desvelado previamente. {Ver nota 4}.

 

{Nota 4. La traducción exacta de este pasaje es: "Id pues y discipulad a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todas las cosas que os he mandado".}

 

Esto es lo que explica el motivo por el cual el bautismo tiene un lugar tan prominente aquí. Las dos llaves del reino, bautizar — la externa o física, y enseñar, la llave interna o mental. Los discípulos son así hechos mediante la predicación y la enseñanza de la verdad, y bautizados en el reino en el nombre del Dios triuno que ha sido revelado plenamente en la persona de Su Hijo.

 

Marcos (Marcos 16). La narración en Marcos, si bien se parece a la de Mateo, no la sigue tan de cerca como hemos estado observando hasta ahora.

 

Las mujeres vienen por la mañana con especias para embalsamar el cuerpo del Señor. Ellas hablan de la imposibilidad que ellas tienen de hacer rodar la piedra de la puerta del sepulcro, encontrando, como lo hacemos a menudo, que es inútil anticipar dificultades. La piedra ya había sido hecha rodar, algo que ellas no podían haber hecho. Ellas entran en el sepulcro, y el ángel es visto como un joven sentado al lado derecho, vestido de una ropa larga blanca. Un joven había huido cuando el Señor fue arrestado (Marcos 14: 51, 52); los más valerosos de la tierra de Judea no pudieron mantenerse firme en aquel entonces (Juan 18: 4 a 6). Aquí, un testigo del cielo, vestido en pureza, nos habla de la victoria de nuestro Señor. Ellas han de contar las buenas nuevas a los discípulos, y en gracia conmovedora Pedro es mencionado por su nombre; se habla también del lugar de reunión en Galilea. Se habla del temor de las mujeres más que de su alegría. Ellas no hablan con nadie acerca de lo que habían visto.

 

La narración concluiría aquí con aparente brusquedad si verdaderamente vamos a aceptar la opinión de una gran cantidad de especialistas que afirman que los manuscritos más antiguos no tienen el resto del capítulo 16. Este no es el lugar para entrar en la cuestión de la autoridad de los manuscritos en detalle; diremos solamente que no hay motivo suficiente para justificar nuestro rechazo de lo que sigue a continuación. Esto podría haber sido omitido fácilmente en algunos de los manuscritos más tempranos debido a la aparente diferencia entre ello y lo que había sucedido antes; pero la dificultad es eliminada cuando vemos que estos versículos restantes evidentemente nos dan un resumen de varias apariciones de nuestro Señor, y no una narración continuada de lo que ocurrió después de la resurrección.

 

Por lo tanto, los versículos 9 al 20 nos presentan un resumen de diversas apariciones de nuestro Señor a diferentes personas después de Su resurrección: a saber, en primer lugar, a María Magdalena, de quien había echado siete demonios (versículos 9 a 11). Cuán hermoso es que una que ha estado absolutamente bajo el poder de Satanás sea la primera en presenciar el triunfo de nuestro Señor sobre él. Ella acude a decírselo a los otros y ellos no le creen. Esta narración coincide con la del evangelio de Juan.

 

A continuación, los versículos 12 y 13 mencionan lo que parece ser idéntico al camino a Emaús presentado de manera más completa por Lucas. Puede haber alguna dificultad acerca del versículo 13, leemos, "Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos creyeron"; aunque sabemos por Lucas que cuando ellos regresaron de Emaús encontraron a los once reunidos, diciendo, "Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón" (Lucas 24: 34), y mientras ellos estaban hablando de estas cosas, el propio Señor aparece entre ellos. No obstante, nosotros consideraremos esto en una conexión adicional.

 

La siguiente aparición fue a los once mientras estaban sentados a la mesa (versículo 14), cuando Él censuró la incredulidad y la dureza de corazón de ellos. Posiblemente esto puede ser en Galilea. Es manifiestamente difícil armonizar esto con las narraciones en los otros evangelios, pues allí, la fe es enfatizada; aquí es enfatizada la incredulidad. Una solución posible puede ser que en Marcos, en cada una de estas apariciones, la incredulidad es prominente en la narración y puede haber ido junto a la fe. Nosotros sabemos que ambas están en nuestros propios corazones, y quizás cada una tenía un lugar en los corazones de los discípulos que podían creer y sin embargo no creer del todo; podían alegrarse y sin embargo no estar totalmente persuadidos.

 

La gran comisión es presentada (versículos 15 a 18), con ciertos rasgos característicos propios de Marcos. Es el evangelio que es predicado por todo el mundo, "a toda criatura". La salvación, nuestra propia pertenencia al reino, ha de ser el resultado de la fe. No es necesario decir que el bautismo como unido con el creer no tiene el propósito de ser puesto en igualdad con la fe, sino más bien como la plena confesión de esa fe. La salvación es proclamada en el acto ya que está asegurada por la fe.

 

Después, las señales que siguen a los poderes milagrosos son peculiares de Marcos. El apóstol Pablo ilustró estas al naufragar en su viaje a Roma.

 

Los dos últimos versículos del evangelio (versículos 19 y 20) registran la ascensión de nuestro Señor, no en detalle, sino la gran verdad de que Él fue recibido arriba en el cielo y se sentó a la diestra de Dios. Los discípulos salen como Él los envió, y el bendito Maestro, aún con un corazón de servicio inalterado, obra con ellos, dondequiera que estén.

 

Lucas (Lucas 24). Lucas y Juan presentan los detalles más completos de la historia de la resurrección. El elemento personal predomina en Lucas desde el aspecto humano, y en Juan desde el divino, contrastando así con el aspecto oficial en los dos primeros evangelios. Es encantador notar la similitud entre los dos primeros capítulos de Lucas y el último. En ambos la narración fluye así sencilla y naturalmente, deteniéndose con amoroso detalle en puntos pasados por alto o sólo mencionados un poco en otros evangelios. El interés humano es aquí primordial. Nosotros salimos de la lectura minuciosa con la convicción de que aquí tenemos el registro de un Hombre, con independencia de lo demás que Él puede haber sido. Un corazón humano de tierno interés en la vida cotidiana, las dificultades, las pruebas, las necesidades y los dolores de los hombres se manifiesta a lo largo de toda la historia. En la resurrección esto no cambia. Nosotros seguimos viendo a "Jesucristo hombre", al igual que antes de la cruz, con independencia del cambio que puede haber tenido lugar en Sus circunstancias y en Su propia relación con Sus discípulos y con el mundo; y aunque teniendo ahora un cuerpo de resurrección, no obstante sentimos que está el corazón inmutable, tierno, amoroso, bondadoso y santo de Aquel a quien habían aprendido a conocer y a amar mientras Él estaba todavía con ellos.

 

El relato de las mujeres en el sepulcro (versículos 1 a 11) es una ligera ampliación del que está en Mateo y en Marcos, con algunas adiciones. En lugar del ángel en su majestad, un apropiado asistente real, como en Mateo, o como un joven vestido de una ropa larga blanca, como en Marcos, nosotros tenemos a dos varones, sugiriendo ambos el tema general del evangelio del Hijo del Hombre, y suficiente testimonio de Su resurrección. Ellos no están, como el de Marcos, sentados, sino parados junto a ellas con vestiduras resplandecientes. La pregunta de ellos es apropiada para nuestro evangelio: a saber, "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado", y luego recordándoles Sus palabras cuando Él estaba en Galilea. Esta parte es peculiar de Lucas y muy instructiva. Al regresar a los once y al resto de los discípulos, se encuentran con la misma incredulidad que es mencionada en Marcos.

 

La visita de Pedro al sepulcro (versículo 12), de la cual tenemos un relato más completo en el evangelio de Juan, es presentada aquí y muestra de qué manera el amado apóstol había regresado en su alma de su vergonzosa negación. Ella ilustra también de qué manera un evangelista puede registrar un rasgo en una narración excluyendo otros sin contradecirlos en lo más mínimo. Por ejemplo, de esta narración nosotros no supondríamos que Juan hubiese estado con Pedro en el sepulcro, pero a medida que la examinamos no encontramos nada que contradiga eso. Una vez que esta verdad sea plenamente comprendida tendremos una clave que explicará la gran mayoría de las dificultades en las diversas narraciones.

 

Llegamos a continuación a eso que es la belleza especial de Lucas, a lo que, sin embargo, se hace una referencia en Marcos, como hemos visto. Se trata de la narración del camino a Emaús (versículos 13 a 35). Emaús estaba a una distancia considerable de Jerusalén, y el recorrido de los dos discípulos hacia allá (solamente es presentado el nombre de uno, Cleofas) sugiere un alejamiento de Jerusalén como si no se hubiese podido esperar nada más allí. La crucifixión y sepultura habían sido como un entierro de todas sus esperanzas; no obstante, ello no fue por falta de interés, sino más bien por falta de fe, pues aún estaban absortos con todo lo que había tenido lugar y mostraban su dolor en sus propios rostros de manera evidente. Estos dos bien pueden representar a todos los discípulos después de la resurrección de nuestro Señor, mostrando un completo fracaso para captar su enorme importancia. De hecho, aunque el hecho de la resurrección se estableció pronto de manera incontrovertible en sus almas, sólo Pentecostés sacó a relucir su verdadero significado para ellos; pero hasta que el Espíritu Santo los condujo en el corazón a la verdad más amplia (incluso entonces no con plena inteligencia al principio) sus pensamientos tendieron a regresar a las esperanzas nacionales y expectativas terrenales judías. Pero la cruz había dado término a todas estas, y la resurrección por sí misma no podía restaurarlas a la forma en que habían sido sostenidas antes.

 

La actitud de estos dos discípulos en su camino a Emaús sugiere una aplicación personal a nosotros mismos donde no se logra aprehender en su realidad lo que significa la resurrección de nuestro Señor. Esto puede ser por la ignorancia acerca de lo que está involucrado en ella, o por el olvido a través de la frialdad y la indiferencia. En ambos casos el efecto es el mismo: a saber, ello acabará en distancia y extravío. El corazón de estos discípulos estaba ocupado con la pérdida de ellos; y aunque estaban de espaldas a Jerusalén, sus corazones aún estaban allí, o más bien en la tumba — ocupados con todo lo que había tenido lugar y en la pena por lo que les pareció ser el final de sus más brillantes expectativas.

 

Nuestro Señor había observado esta condición, y aún la observa dondequiera que ella exista. Cuando el corazón es afectado así, incluso aunque sólo esté afligido por la pérdida de lo que le era preciado, Él entrará y atenderá su necesidad.

 

Sin embargo, Él se les aparece, como dice en Marcos, "en otra forma" (Marcos 16: 12), o como aquí, "Pero sus ojos estaban velados para que no le reconocieran" (Lucas 24: 16 – LBLA). En Su poder divino nuestro Señor puede en cualquier momento manifestarse en diversas maneras y formas, pues la Omnipotencia puede hacer todas las cosas; pero una evidente diferencia parece existir aquí. Ciertamente Él podía aparecer a ellos de manera idéntica a como Él había sido antes de Su muerte; pero la sugerencia es que en resurrección Él no estaba en el mismo plano que estuvo antes, sino en uno más elevado en que, en aquel entonces y ahora, sólo la fe Le puede percibir. Nuestros pensamientos pobres, prosaicos, son lentos en captar la trascendente y magnífica realidad de la resurrección. ¡De qué manera ella introduce a una esfera de existencia cuya amplitud y cuyas actividades exceden inconmensurablemente las circunscritas condiciones en las que vivimos ahora! De esta manera, el Señor pudo estar junto a Pablo una y otra vez, fortaleciéndolo y alentándolo; y, ¿acaso no es Su propia promesa dada en Mateo, "he aquí que estoy yo con vosotros siempre" (Mateo 28: 20 – VM), una garantía de que incluso si nuestros ojos están velados como para no reconocerle, Él está personalmente con Su pueblo, nuestro bendito y resucitado Señor?

 

No obstante, esta aparente distancia no hace más que brindar una mayor libertad de acceso a los discípulos de una manera muy eficaz. Ellos tenían una lección que aprender la cual, sea dicho reverentemente, era incluso más necesaria que cualquiera que Su manifestación visible pudiera impartir. Muchos pensamientos interesantes incitan aquí, los cuales debemos dejar para el estudio individual. Pero, ¡cuán extremadamente natural es todo ello! El Señor no hace uso de Su conocimiento divino de lo que está en los corazones de ellos, sino que procura extraerlos, como Dios al principio preguntara a nuestro padre Adán, "¿Dónde estás tú?", aunque sabiendo ciertamente dónde él estaba (Génesis 3).

 

La conciencia y el corazón deben ser despertados e inducidos al ejercicio; así que el Señor pregunta de la manera más sencilla la naturaleza de la conversación de ellos debido a su tristeza. Cuando ellos, en evidente sorpresa, preguntan si acaso Él no es más que un forastero en Jerusalén y si no está al corriente de los conmovedores y solemnes acontecimientos que habían estado teniendo lugar, Él ni siquiera entonces cesa Su interrogatorio. Él debe conseguir, de sus propios labios, su relato de estas cosas. Ellos presentan estos mostrando de inmediato su fe y de qué manera sus almas enteras se ocupaban del Señor. Debe haber refrescado Su bendito corazón haberlos hecho expresarlo así; a pesar de la ignorancia y la desilusión, a pesar de la debilidad de su fe, el amor a Él estaba allí: la Escritura, "nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel" no habla de una esperanza simplemente muerta, sino de una esperanza dormida. Ellos también se refirieron a lo que habían dicho las mujeres y al hecho de que era el tercer día. Evidentemente, sus corazones habían sido conmovidos profundamente por esto, y había un anhelo que no se había cumplido. Ellos no podían comprender el significado de lo que había acaecido.

 

Habiendo abierto ahora sus corazones a Él, nuestro Señor puede hablarles libremente, ministrando justo lo que se necesitaba. Este fue un testimonio de la palabra de Dios misma, aparte de todos los acontecimientos corroborativos que pudieron llegar a estar bajo la mirada de ellos, aparte, de hecho, de Su manifestación personal de Él mismo a ellos — que la resurrección era una necesidad a partir de la palabra de Dios. Ellos son reprochados por su insensatez y tardanza de corazón — las dos todavía van juntas — una tardanza manifestada al no creer todo lo que había sido escrito en la palabra de Dios. Por tanto, Él los lleva de regreso a esa Palabra. Su tesis general es, "¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?"

 

Este es en realidad el tema de toda la Escritura del Antiguo Testamento — los padecimientos de Cristo y la gloria que habría de seguir. Así que, pacientemente, comenzando por el principio — ¿diremos que comenzando en Abel y el Huerto de Edén? — en Moisés y en todos los Profetas, les explica lo que ilustrará y confirmará Sus palabras a ellos. Todo esto nos muestra de inmediato, en primer lugar, lo que hay en el corazón del Señor para Su pueblo, un deseo que tengan una convicción absoluta de la verdad de Su palabra aparte de sus sentimientos y experiencias personales; y ello nos muestra que las Escrituras del Antiguo Testamento anuncian la resurrección así como los padecimientos de nuestro Señor.

 

Quizás en nuestro conocimiento actual del hecho de Su resurrección hemos pasado un poco por alto este aspecto de tipo del Antiguo Testamento y no le hemos dado un lugar tan completo como el que le pertenece. El arca reposando sobre el Ararat sugiere la resurrección. Isaac es recibido de los muertos en figura. José es exaltado al trono. Al cordero pascual le sigue la apertura del Mar Rojo. El ave viva es soltada con la sangre sobre ella de la que había sido sacrificada (Levítico 14); y otros tipos nos muestran que la resurrección ocupa un lugar tan distintivo y prominente, a su manera, como la cruz misma. Por consiguiente, "las cosas referentes a él mismo" (Lucas 24: 27 – VM) incluyen Su resurrección así como Su vida perfecta y Sus padecimientos expiatorios.

 

Tal ministerio tiene su efecto sobre sus corazones haciéndoles anhelar más, y aunque ellos ni siquiera reconocen a Aquel que les ha abierto las Escrituras, sus corazones arden y Le constriñen a entrar y quedarse con ellos. Dondequiera que este efecto está presente, podemos estar seguros que el Señor se manifestará. Leemos, "Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada". (Juan 14: 23 – LBLA). Esta es la razón por la que nuestro Señor se manifiesta a nosotros y no al mundo. Guardar Su palabra, aunque incluye el asunto de la obediencia y el sometimiento a ella, no es su limite. Implica también un amor por ella y ocuparse de ella lo cual hace que la retengamos, y valorar todo lo que la abre a nuestro entendimiento.

 

El camino está preparado ahora para lo que sigue a continuación. Donde el corazón está abierto y sometido a la verdad expuesta en la palabra de Dios, hay un reconocimiento de Cristo — Él es manifestado al corazón. Aparte de la Palabra ello sería esporádico y transitorio. Esto es lo que sella las fábulas de Roma con la falsedad de ellas. Visiones y revelaciones, supuestamente recibidas, no sólo no están respaldadas por la palabra de Dios, sino que son contrarias a ella, y por tanto no tienen valor alguno donde la fe verdadera está en ejercicio. Si esto es cierto acerca de los falsos milagros de Roma en el sentido más pleno, también es cierto acerca de los verdaderos milagros registrados en las Escrituras. No tienen valor aparte de la fe. Esto está ampliamente demostrado en la vida de nuestro Señor, y su confirmación está aquí ante nosotros.

 

El acto de partir el pan en la cena sencilla de ellos es exquisitamente humano y sencillo; ello pudo haber sido visto, sin duda, en muchos hogares humildes — unos pocos reunidos alrededor de una mesa con su humilde comida delante de ellos, pasando por un momento a agradecer a Dios por Sus misericordias. Esta comida sencilla es transformada aquí; Aquel que parte el pan es Uno que les recuerda en este acto una escena anterior. En un instante, sus pensamientos son llevados de regreso a ese aposento alto después de la cena pascual; sus ojos son abiertos y ellos Le reconocen.

 

En la aplicación personal de esto, podemos decir que dondequiera que existe esa preparación de corazón por medio de la fe en la palabra de Dios y el sometimiento a ella, en muchos actos sencillos, no necesariamente en el "partimiento del pan", sino de innumerables pequeñas maneras, el Señor nos recordará Su gracia pasada, y el corazón no sólo puede arder, sino que hay un destello de reconocimiento de Él mismo, y el alma es restaurada a sus gozos anteriores.   

 

El efecto de todo esto es inmediato y notable. La fatiga, la distancia, la noche, todas son ignoradas. Ellos deben volver con la gozosa, imperiosa noticia al resto de los discípulos. Ellos son testigos, no meramente creyentes ortodoxos en la Escritura, sino los que habían visto al Señor. Tal visión abre los labios. Ellos deben, no pueden sino hablar. Nosotros sabemos que incluso entonces ellos debían esperar la promesa del Padre, pero el hecho mismo de la resurrección les es conocido ahora como una realidad, cuya fe nunca podría ser sacudida de sus almas. Regresan a Jerusalén con su noticia, para encontrar que una noticia similar los encuentra — "Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón". Y juntos así pueden mezclar gozosas experiencias.

 

Pero esto no es suficiente. Nuestro Señor no se satisface con manifestarse a unos pocos. Él confirmaría a todos en este gran gozo. Por lo tanto, Él mismo viene a estar en medio de ellos.

 

Versículos 36 a 49. Esta es, evidentemente, la primera de Sus apariciones que está registrada en el evangelio de Juan. "Paz a vosotros" la identifica. ¡Qué comentario es el terror de ellos, y de qué manera ello muestra que aquellos que sólo un momento antes estaban declarando que el Señor había resucitado en verdad están abrumados por Su presencia! Así, una y otra vez Dios nos recordaría que la incredulidad y la fe encuentran un alojamiento en el mismo corazón. Demasiado bien lo sabemos.

 

Nuestro Señor los tranquiliza de la manera más natural. Ellos piensan que Él es un espíritu; surgen pensamientos en sus corazones. Por lo tanto, que ellos Le toquen, como más tarde Él ofreció a Tomás Sus manos y Su costado. Leemos, "Un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo". Que se trata de Jesús mismo es todavía demasiado maravilloso y demasiado bueno para ser verdad. Se necesita un poco más de confirmación; y Él anticipa y facilita al pedir y participar de algunos de sus alimentos comunes que podían estar a mano. Por lo tanto, las últimas dudas de ellos son eliminadas y ahora pueden aprender el significado de todo este hecho maravilloso.

 

Por otra parte, Él habla de la confirmación de todo lo que fue escrito en el Antiguo Testamento, en todas las divisiones del volumen sagrado — la Ley de Moisés, los Profetas, y los Salmos o escritos sagrados; todos ellos hablaron de Él y dieron testimonio de Su muerte y resurrección. Él abre el entendimiento de ellos, no meramente permitiéndoles recibir, sino, indudablemente, presentándoles una bienaventurada ilustración de lo que las Escrituras enseñaban. Así, Él estaba anticipando esa obra bienaventurada del Espíritu Santo que continúa a lo largo de la época actual. Tenemos la ampliación de estos pocos versículos en los escritos inspirados del Nuevo Testamento — el ministerio constante del Espíritu Santo usándolos para aclarar el significado del Antiguo Testamento. Bendito sea Dios, Él aún continúa con esto.

 

Los grandes temas son los padecimientos de Cristo, Su resurrección, y sus bienaventurados resultados en la predicación del arrepentimiento y el perdón de los pecados, en todo el mundo, comenzando con Jerusalén, donde Él había sido crucificado. Ellos son testigos de todas estas cosas; y como el poder para permitirles testificar inteligentemente, así como para todo el servicio de ellos al aclarar y declarar la gracia de Dios y Sus consejos en cuanto a Cristo, Él les da la promesa del Espíritu Santo cuya venida ellos debían esperar en Jerusalén. Entonces ellos serían dotados del poder del cual Él habla. Todo esto, gracias a Dios, es familiar para nosotros en buena medida; sin embargo, cuán delicioso es detenernos en ello, y encontrarnos llevados más allá de nuestro trema más inmediato, quizás a notar los diversos pasos que la gracia y el amor divinos han dado para satisfacer todas nuestras necesidades. Así, adecuadamente, Lucas anticipa la narración del libro de los Hechos, del cual también él es el autor.          

 

La ascensión sigue ahora a continuación (versículos 50 a 53). Él los conduce fuera de Jerusalén hasta Betania, 'la casa de la humillación, o de la aflicción'. Él les otorga Su bendición de despedida, en cuyo acto Él se separa de ellos y asciende a una escena donde Él es perdido de vista, pero no para la fe. El gozo de todo esto llena de tal manera sus corazones que sólo puede ser expresado en adoración.

 

Juan (Juan capítulos 20 y 21). Según el modo que ya hemos mencionado, Juan destaca a María Magdalena (Juan 20: 1 a 18) de la compañía de mujeres. Lo que ocurre aquí evidentemente precede en buena medida a la narración en los otros evangelios donde varias mujeres son vistas en el sepulcro. María, por lo menos, está tan absorta que pierde de vista a las demás. Es ella la que primero habla de que la piedra había sido removida; y Pedro, en compañía de Juan, corre al sepulcro y lo encuentra vacío.

 

En el versículo 2 hay en realidad una alusión a las otras mujeres que eran compañeras de María, leemos, "no sabemos dónde le han puesto", lo cual muestra que probablemente estaban con ella. Juan y Pedro vienen al sepulcro, adelantándolo Juan, tal como el amor siempre lo hará. Él ve primero la tumba vacía. Pedro a su modo es más audaz y entra en el sepulcro y ve todo puesto allí con la evidencia de que no había ocurrido ningún forcejeo. Las envolturas de lino están solas y el sudario en su lugar aparte, sugiriendo que todo había sido dejado de manera tan natural como uno dejaría el diván en el que uno hubiese dormido durante la noche. No era como si a Él le hubieran quitado la ropa, sino como si Él se hubiese salido de ellas. Si pudiéramos usar una ilustración en tal conexión (aunque nos abstenemos de añadir el más mínimo pensamiento humano), estas ropas, con el sudario puesto en lugar aparte, mostrando el perfil de la forma del Señor cuando yacía allí, nos recuerdan la crisálida de la cual la mariposa se retira dejando una forma que ya no ocupa más.

 

Todo habla aquí de poder y majestad divinos, la propuesta para considerar lo que es tan irresistible que ninguna oposición es encontrada jamás en absoluto. Juan, con el instinto del amor, sabe lo que todo ello significa. Él vio y creyó. Pero ellos no habían entendido aún la Escritura, y por tanto incluso este conocimiento maravilloso no tuvo todo su lugar en sus corazones y vidas. Los discípulos regresan a su casa, posiblemente para esperar más acontecimientos, pero evidentemente, como ha sido dicho, no totalmente bajo el poder de lo que había ocurrido.

 

A María todo esto parece no ser agradable. Un solo pensamiento llena su corazón. Su Señor no está allí. Siempre es así con el amor. Nada lo satisfará excepto tener su objeto. Se ha dicho que la otra María, la hermana de Lázaro, había entrado tan plenamente en la muerte y resurrección de nuestro Señor que ella ni siquiera se une a las otras en su infructuoso dolor en la tumba. Nosotros no negamos esto, pero al menos en María Magdalena vemos la intensidad de un amor que, aunque tiene poco entendimiento, es verdadero y no puede ser desviado de su anhelo. Ni siquiera la visión de los ángeles que ahora ve en el lugar de la cabeza y de los pies puede satisfacerla. La pregunta de ellos, "¿Por qué lloras?" habla de la tristeza de su corazón.

 

Entonces se aparta de ellos para encontrarse, a la manera de los discípulos camino a Emaús, podemos decir, con un Extraño desconocido de quien ella supone que es el hortelano, y en respuesta a esas preguntas, "¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?", ella dice, en el olvido de uno mismo producido por el amor, que si él le dice que dondequiera Le hubiese puesto, ella se hará cargo de Él. Su amor es realmente hermoso, pero el amor por sí solo no puede elevarse más allá de la muerte. Sin embargo, todo su corazón está absorto en su objeto, y por tanto el Señor ya no se encubre de un amor como este. La palabra del Señor, "María", expresa Su pleno conocimiento de ella. "¡Raboni!" es su arrebato de alegría. Ella Le reconoce y gustosamente Le retendría como si Le hubiera sido devuelto a ella; pero nuestro Señor tiene que llevarla a la verdad de la cual su corazón sueña poco — la verdad que es el tema de Juan. Él va a ascender a Su Padre, y la llevaría a ella y a todos Sus "hermanos" a una relación que nunca podrían haber disfrutado si Él hubiese permanecido en la tierra: a saber, se trata de una relación de la que Él les había hablado, y para la cual se necesitaba el don del Espíritu Santo para guiarlos al conocimiento pleno de ella — el Espíritu de adopción. Mientras tanto Él lo dice a María, y hace que ella sea la mensajera de las buenas nuevas para el resto.

 

Tenemos a continuación la reunión con los discípulos al atardecer del primer día (versículos 19 a 23). Él entra a través de las puertas cerradas — pues las puertas que dejan fuera el mundo y el formalismo no son barreras para Su entrada — y Él se les revela en el saludo, "Paz a vosotros", que adquirió un significado nuevo al salir de Sus labios mientras les mostraba, en Sus manos y en Su costado, el terreno sobre el cual esa paz descansaba. Nuevamente, Él les declara "Paz", y los envía con el soplo anticipativo del espíritu Santo en cuyo poder ellos serían Sus mensajeros y representantes de Su autoridad. Tal como ha sido señalado, tenemos aquí una sugerencia de la Iglesia o cuerpo celestial de santos.

 

La siguiente aparición sugiere una compañía terrenal (versículos 24 a 29). Podemos considerar a Tomás individualmente como un tipo de esta compañía terrenal. En este último sentido, él representa a los judíos que no entran en la bendición hasta que miren a Aquel a quien traspasaron. (Juan 19: 37). En aquel entonces, con Tomás, la fe dirá, "¡Señor mío, y Dios mío!" Esto, obviamente, aguarda el momento que sucede a la época actual. No obstante, nosotros no debemos pasar por alto las lecciones espirituales a ser obtenidas de Tomás. Aunque fiel de corazón al Señor, él duda, y exige pruebas del tipo más material e inflexible. El Señor, el cual conoce su corazón, sabe también de qué manera silenciar toda su incredulidad y el propio Tomás sería entonces el último en pedir las pruebas que él exigía. Lo que necesitamos no es tanto 'evidencias', sino un estado de corazón que juzgue lo que no es conforme a Dios, y lo que no tiene más que el único objetivo, conocer a Cristo. Los tales no tienen dudas, y no pierden las preciosas oportunidades cuando el Señor mismo se manifiesta a nosotros como no lo hace al mundo.

 

Los dos versículos que cierran este capítulo (versículos 30 y 31) son una especie de conclusión de la narración del evangelio. El evangelista ha presentado sólo una parte de aquello que llenó la vida de nuestro Señor. Él ha escrito con un objetivo especial. El tema de este evangelio, como hemos visto, es, "que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Juan 21 no es una posdata, pues su continuidad con todo lo anterior es evidente. Sin embargo, es suplementario en el sentido que tanto históricamente como dispensacionalmente la escena es cambiada. Todo ocurre en el Mar de Galilea, llamado según el uso del evangelista por su nombre gentil, a saber, el Mar de Tiberias. Dispensacionalmente, ello apunta a la reunión de los gentiles, habiendo sido sugerida en Tomás la recuperación del remanente judío.

 

Hay mucho de profundo interés personal aquí. Como en todas las narraciones de la historia de la resurrección, los discípulos, aunque llenos de gozo por la resurrección del Señor, no lograron entrar en las gloriosas verdades espirituales que ella implicaba; de hecho, es evidente que ellos deben esperar hasta que el Señor los adecúe especialmente, por medio del Espíritu viniendo sobre ellos, para el nuevo lugar al que Su resurrección los había llevado.

 

Puede haber un significado en el hecho de que ellos hayan ido a Galilea, como para reanudar su común vocación. A sugerencia de Pedro esto es llevado a cabo, y en este punto el propio Señor se revela a ellos. Aquel que había llamado a Pedro y al resto de sus redes y barcas para convertirlos en pescadores de hombres no había cambiado Su propósito. No decimos que los discípulos fracasaron en esta acción, pero si ellos tuvieron algún pensamiento acerca de continuar como meros pescadores, nuestro Señor controlaría todo esto. La lección espiritual es lo importante. Los detalles, en sí mismos enteramente naturales y correctos, tienen una insinuación espiritual que hemos procurado señalar insinuando que hubo un claro decaimiento en los corazones de los discípulos.

 

La escena con Pedro en la playa es una ilustración completa, podemos decir, del lavamiento de los pies de los discípulos, presentada de manera típica en el capítulo 13. Individualmente, la restauración de Pedro había comenzado en cuanto su pecado había sido cometido; pero es aquí más plena y públicamente completada. Los detalles son sugestivos. Toda la escena bien podía recordarle a Pedro el pasado — el fuego de las brasas recordando ese otro fuego ante el cual él mismo se había sentado y calentado junto a los enemigos de Cristo; la triple pregunta: "¿me amas?" tocando muy de cerca su orgulloso alarde de lealtad y fidelidad. La expresión, "Más que estos", no hace falta decir que se refiere a los otros discípulos, y no a los peces, como algunos han pensado. Ello fue recordarle indulgentemente a Pedro su jactancia: ""Aunque todos se escandalicen, yo no". (Marcos 14: 29).

 

Como ha sido señalado a menudo, nuestro Señor y Pedro usan dos palabras diferentes para 'amor'. La del Señor es más sólida, más espiritual, usada casi siempre cuando se trata del amor de Dios. La respuesta de Pedro es la palabra más usada en la interrelación humana y la amistad. Podemos decir que esta palabra no sugiere un amor más débil sino un plano diferente. Pedro no calificaría la intensidad de su amor, sino que se abstendría de darle la dignidad implicada en la otra palabra. Nuestro Señor por fin, en la pregunta final, se ciñe a la propia palabra de Pedro como para sondear hasta el fondo mismo ese corazón una vez seguro de sí mismo pero que ahora desconfía de sí mismo. Durante todo esto, Pedro se somete al conocimiento del Señor más que a su propia afirmación. "Tú sabes que te amo". Preciosa es la gracia que ni siquiera nombra el pecado, excepto en esta santa implicación, y sin embargo sondea tan eficazmente hasta el fondo que deja su santo aroma donde una vez habían estado las raíces de la soberbia; al mismo tiempo, con ninguna amargura de humillación conectada con el escudriñamiento de la gracia divina.

 

Este es siempre el modo de obrar de nuestro Señor; y en lugar de apartar a uno del servicio, a la pobre oveja errante traída ahora de regreso se le confía el cuidado de los corderos y las ovejas del Señor. Dos palabras diferentes también son usadas aquí. Es, "Apacienta mis corderos" y "Pastorea mis ovejas". Los corderos no necesitan tanta corrección y control como necesitan la nutrición que asegurará su crecimiento. Esto también es necesario para las ovejas y por tanto la última palabra es "apacienta" además de "pastorea" Mis ovejas. (Juan 21: 16 y 17).

 

Podemos decir que Pedro es restaurado así a su lugar de prominencia entre los apóstoles, y su posición en Pentecostés, y posteriormente ilustra cuán completa había sido su restauración.

 

Sin embargo nuestro Señor continúa a predecir la muerte de Pedro de la misma manera en que una vez él se creyó listo para demostrar su dedicación. Pero esa dedicación debe descansar, como todo lo demás, en la gracia; y cuando hace esto, el deseo y el propósito originales del corazón se cumplirán. Así que él debe seguir a su Señor y despojarse de su tabernáculo a su debido tiempo de una manera que glorificaría a Dios; ello muestra que una caída desde la confianza propia es una caída en el amor divino, lo cual hace posible el cumplimiento de las más nobles aspiraciones del corazón.

 

4. El Tema General en Armonía con esta Presentación de Cristo

 

Hemos procurado ahora recopilar de los cuatro evangelios la manera característica en que nuestro Señor es presentado en cada uno, en Su vida, Su muerte y Su resurrección. Nos queda ahora reunir el resultado de esto, y formar, en la medida de lo posible, una idea del tema especial de cada evangelista.

 

Cristo es el centro, como hemos estado viendo, pero se encontrará que toda la verdad presentada en conexión con Él en cada evangelista tiene un carácter que está en armonía con el aspecto en que Él es presentado a nosotros.

 

En Mateo, nuestro Señor es visto en Su vida como el Rey de los judíos, Aquel en quien la profecía del Antiguo Testamento se cumplía y quien "A lo suyo vino". El evangelio completo está moldeado en un molde judío. La enseñanza, los milagros, la oposición, todas estas cosas están teñidas del tema manifiesto del evangelista. Su muerte está de acuerdo con esto, como también Su resurrección. Es el evangelio del reino de principio a fin; e incluso cuando el Rey ha sido rechazado y el evangelio sale a los gentiles, aún se trata del reino, aunque ahora en forma de misterio. Por tanto, este pensamiento del reino predomina en Mateo. El hecho de que Mateo fue un judío y escribió este evangelio con especial referencia a los judíos se manifiesta a partir de su tema.

 

En Marcos observamos una cercana similitud con Mateo, más cercana que entre cualquiera de los otros evangelios. Nuestro Señor es presentado como el Profeta de Dios y el Siervo de la necesidad del hombre, en Su vida, en Su muerte y en Su resurrección. El profeta es también una figura del Antiguo Testamento, igual que el rey, cercanamente conectado con él, y esto explicará la similitud entre estos dos evangelistas, aunque cada uno tiene eso que es distintivo.

 

Hay una plenitud de actividad de servicio en Marcos, tanto en curación como en enseñanza, que es muy apropiada a Aquel que se humilló a Sí mismo, y asumió el lugar de un siervo. Mas tarde daremos una mirada a algunas de las peculiaridades verbales de este evangelista, las cuales indican la incansable energía y la obediencia implícita de nuestro bendito Señor. La condensación de la narración (el más breve de todos los cuatro evangelistas) apunta en la misma dirección, de modo que podemos tener pocas dudas en cuanto al tema general — los trabajos y el testimonio del verdadero Siervo de Dios y Profeta de Israel, el Señor Jesucristo.

 

El hecho de que este registro del Siervo perfecto haya sido confiado a uno que fracasó tan conspicuamente en el servicio, pero que más tarde fue útil para el ministerio, es solamente una ilustración de cómo la gracia se deleita en restaurar y usar — leemos, "Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio". (2ª. Timoteo 4: 11).

 

Se ha pensado que la concisión, la brevedad y otras características de este evangelio indican que estaba destinado originalmente para los romanos que estarían más ocupados con los resultados logrados que con el relato de la profecía cumplida. Nosotros no podemos hablar con certeza de esto, y lo dejamos como un asunto de importancia muy menor.

 

En Lucas el Señor es visto en su título más amplio como Hijo del Hombre, y en relación, por tanto, no sólo con Israel, donde Su ministerio fue ejercido y Su sacrificio expiatorio fue ofrecido, sino con toda la familia humana. Por consiguiente, hay una actitud hacia los gentiles, y si recordamos que Lucas fue el compañero de Pablo y el narrador de su ministerio entre los gentiles en el libro de los Hechos, no debemos sorprendernos al encontrar ciertos rasgos en su Evangelio que nos recuerdan en cierta medida el carácter Paulino del ministerio en las Epístolas.

 

Hay un interés inmensamente humano en todo el evangelio de Lucas, y resplandece en él un pensamiento muy benigno y tierno para los que están a distancia, especialmente el pecador y el errante, lo que da un encanto propio a esta preciosa narración de la vida, muerte, y resurrección de nuestro Señor. Por lo tanto, el tema general del evangelio puede ser presentado como el ministerio del Hijo del Hombre entre los hombres, abordando la necesidad de ellos, tocando sus corazones y llevándolos al conocimiento de Dios y de Él mismo. Lucas es un gentil, probablemente un griego y un hombre culto, tal como lo indica su estilo. Se ha sugerido que él escribió para los griegos. Lo que hemos dicho en cuanto a Marcos es aplicable aquí también.

 

Juan. Si Lucas es en un cierto sentido una introducción a las epístolas de Pablo, el evangelio de Juan es de manera más marcada introductorio a sus propias epístolas. Su individualidad propia — que consiste en presentar sólo a Cristo ante los ojos — está impresa sobre todos sus escritos, aunque en un grado menos marcado en el Apocalipsis debido a su carácter especial. Nuestro Señor es visto de principio a fin de este evangelio como el eterno Hijo de Dios, hecho carne, manifestando, como el Unigénito del Padre, el carácter, el amor, la santidad y la justicia de Aquel al cual conocer es la vida eterna.

 

El tema del evangelista es un tema doble: a saber, "aquella Vida eterna, que estaba con el Padre, y fue manifestada a nosotros". (1ª. Juan 1: 2 – VM). En el evangelio él la presenta en la persona de nuestro Señor y la manera en que es comunicada por Él, con la oposición que ella encuentra en el mundo, la base sólida sobre la que descansa, y la esfera de su eterna exhibición. En las epístolas, es la revelación de esa vida en el creyente dejado aquí por una temporada para que ande como Él anduvo.

 

Juan, aunque es judío, escribe enteramente desde el punto de vista cristiano, refiriéndose a costumbres judías como ajenas a él. Él es de manera distintiva el evangelista para la Iglesia. Es significativo que él nunca habla de sí mismo por nombre, sino como "el discípulo a quien amaba Jesús". (Juan 21: 20). 

 

Samuel Ridout

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Mayo/Junio 2020

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:

 

BTX3 = Biblia Textual 3ª. Edición (Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.)

JND = Una traducción del Antiguo Testamento (1890) y del Nuevo Testamento (1884) por John Nelson Darby, versículos traducidos del Inglés al Español por: B.R.C.O.

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

Título original en inglés:
 The Four Gospels, Chapter 3, by Samuel Ridout
Traducido con permiso


Versión Inglesa
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