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Los Cuatro Evangelios - Enseñanzas Doctrinales de los Cuatro Evangelios (S. Ridout)

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LOS CUATRO EVANGELIOS

 

Capítulo 8

 

Enseñanzas Doctrinales de los Cuatro Evangelios

 

Samuel Ridout

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito.

 

La Biblia no es un libro de teología. Sus verdades no están dispuestas en lo que podríamos llamar una manera lógica. En un sentido, el método cronológico es seguido. Las doctrinas son reveladas a medida que se llega a la ocasión de darlas a conocer; pero ni siquiera esto es suficientemente claro. Las doctrinas se encuentran, como el precioso mineral incrustado entre las rocas, distribuidas a lo largo de toda la Escritura. Por lo tanto, recopilar estas doctrinas requiere un estudio de toda la palabra de Dios. Obviamente, tenemos verdad doctrinal presentada en las Epístolas de una manera más abstracta, más relacionada, pero incluso aquí sigue siendo cierto que las Epístolas están henchidas de vida, y cada verdad presentada tiene su conexión experimental con el alma.

 

Adoptando otra ilustración, las doctrinas de la Biblia son como los diversos elementos nutritivos que se encuentran en los artículos alimenticios. Aquí, de la manera más natural, y al mismo tiempo más atractiva, encontramos la verdad asociada con narraciones sencillas, naturales, del acercamiento de Dios al hombre, y del hombre en sus tratos con su prójimo, y sobre todo en sus relaciones con Dios. De toda esta aglomeración, nosotros recopilamos las grandes verdades en cuanto a Dios y el hombre, y la relación del hombre con Dios.

 

En los cuatro evangelios, como hemos visto, tenemos a Cristo como el tema central. No puede haber duda alguna en cuanto a esto. Cuando nosotros recordamos que el unigénito Hijo que está en el seno del Padre Le ha revelado, no necesitamos sorprendernos al encontrar también en los evangelistas una riqueza de verdad doctrinal, aunque no presentada de una manera doctrinal o dogmática, acerca de los grandes temas de Dios y el hombre, del pecado y de la salvación.

 

Nos proponemos presentar en el presente capitulo un breve esquema de las doctrinas más prominentes que se encuentran en los evangelios. ¿Hasta qué punto ellas trascienden a las enseñanzas del Antiguo Testamento, y hasta qué punto están ellas incompletas en comparación con las epístolas?

 

1. La Doctrina en cuanto a Dios — la Trinidad

 

El conocimiento de Dios es, como alguno lo ha expresado, 'La más noble de todas las ciencias'. No obstante, nosotros nos cuidamos del pensamiento de que podemos obtener un conocimiento de Dios como lo haríamos con las ciencias naturales. En realidad, ellas no entregan su significado verdadero hasta que las asociamos con Dios, pues ciertamente Él se revela en todas las obras de Su creación; pero el conocimiento de Dios como nos es presentado en las Escrituras, y particularmente en el Nuevo Testamento, es una adquisición moral más que intelectual. Esto es lo que nuestro Señor declara cuando dice: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". (Juan 17: 3).

 

Quizás en ninguna parte en toda la palabra de Dios, ni siquiera exceptuando las epístolas, hay tanta riqueza y plenitud de doctrina en cuanto a la Deidad como en los cuatro evangelios. El motivo no es difícil verlo. Es el Hijo quien está ante nosotros, y es Él quien ha dado a conocer al Padre.  Fue el nombre que estuvo en sus labios constantemente. Cada milagro que Él obró fue en obediencia al Padre. Cada palabra que Él pronunció fue para dar a conocer el nombre y el carácter del Padre. No necesitamos sorprendernos, por tanto, de encontrar la revelación de Dios puesta ante nosotros aquí con una plenitud que debe infundir nuestra reverencia y adoradora gratitud.

 

Dios el Padre. Tal como hemos dicho recién, es el nombre del Padre el que siempre está en los labios de nuestro Señor, y esto no significa meramente la relación de Dios con el Señor Jesús cuando hablamos de Su relación con nosotros mismos, sino que significa específicamente la primera persona de la Trinidad revelada como Padre, Aquel que da a conocer Su complacencia en Su Hijo.

 

Dios el Hijo. De manera similar, el Hijo es obviamente revelado, no meramente en Su naturaleza humana, ni como Dios encarnado, sino que tras eso tenemos claras insinuaciones de la relación eterna entre el Padre y el unigénito Hijo que estaba en el seno del Padre (Juan 1: 18). La doctrina de la encarnación, no hace falta decirlo, está en cada página de los evangelios. Examinaremos esto en detalle más adelante. Nuestro objetivo ahora es trazar la doctrina de la Trinidad.

 

El Espíritu Santo. El Espíritu Santo también es presentado a nosotros como una persona divina. Él es visto en el bautismo del Señor Jesús. A los fariseos se les advierte contra el terrible pecado de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Aquí no hay ningún pensamiento acerca de una influencia o una emanación de Dios, o de un Ser espiritual sobrenatural no divino. Lejos de esto, nuestro Señor habla de Él como una persona divina que tiene una obra específica que hacer. Cuando Juan el Bautista habló de nuestro Señor como de Aquel que bautizaría con el Espíritu Santo, antes de eso, en el misterio santo de la encarnación misma hasta los preciosos detalles acerca del Consolador prometido, nosotros estamos una y otra vez cara a cara con la verdad de la personalidad y deidad de la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo.

 

No es el uso de la Escritura presentar textos formales de la manera escueta, literal, que los hombres anhelan de manera natural. Parecería como si el Espíritu de Dios evitó esto a propósito porque como hemos dicho, el conocimiento de Dios no es una percepción intelectual sino moral. Por supuesto que el intelecto está involucrado, pero mucho más es necesario. Por consiguiente, nosotros no encontramos nada de un carácter formal, como si la doctrina fuese introducida con el fin de hacer declaraciones ortodoxas. Existe la libertad más absoluta y la más absoluta ausencia de contención en la narración de los evangelios. Todo fluye con una sencillez y claridad, con un fervor y una profundidad que la señalan como la obra de Dios. Sin embargo, hay pasajes donde la plenitud de la Deidad resplandece de una manera inconfundible. Así, en el bautismo de nuestro Señor, de manera significativa en el momento mismo cuando Él toma el lugar más humilde en anticipación de la cruz adonde Él va por el pecado de Su pueblo, nosotros tenemos una vislumbre de la Trinidad. El Hijo está ante nosotros; Su gloria verdadera está velada pero no oscurecida por Su tabernáculo de carne. Los cielos se abren y el Espíritu Santo desciende como paloma sobre Él, mientras la voz del Padre desde esa gloria celestial proclama a Su Hijo amado. De este modo, Padre, Hijo y Espíritu se revelan por igual.

 

Después de Su resurrección, como está registrado en Mateo, nuestro Señor se encuentra con Sus discípulos en Galilea, y los envía a hacer discípulos de todas las naciones, para llevar, podemos decir, a que todos se sometan a Dios, a establecer el Reino de los Cielos en la tierra. Ellos han de hacer discípulos de todas las naciones de una manera doble, poniendo el nombre de Dios sobre ellos en el acto exterior del bautismo, y enseñándolos en todo lo que el Señor había dado a conocer. El bautismo debía ser "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Entonces, aquí también tenemos la Trinidad completa (Mateo 28: 16 a 20).

 

En Sus últimas palabras con Sus discípulos, antes de Su padecimiento, como las tenemos en Juan, nuestro Señor habla nuevamente de la manera más clara de Él mismo, de Su Padre, y del Espíritu Santo. ¿Quién es el que lee, por ejemplo, en el capítulo 14 de Juan acerca de la venida del Consolador y de la morada del Padre y del Hijo, y puede dudar que nuestro Señor nos presenta de nuevo una visión de la Trinidad de las personas divinas? Estos sólo son ejemplos. La fibra misma de la narración del evangelio está compuesta de la verdad de estas tres benditas personas de la Deidad. Sin embargo, en este momento nosotros estamos hablando meramente del hecho de la Trinidad, y nos limitamos a esto.

 

Hagamos una sola pregunta. ¿Puede el lector concebir que una cuarta persona sea mencionada, coordinada con Aquellas tres bienaventuradas de las que hemos hablado? ¿O puede concebir sólo dos? Esto en sí mismo, de la manera más impresionante, nos convence de la verdad de la Trinidad.

 

2. Los Atributos de Dios

 

(1) Dios, un Espíritu. Los cuatro evangelios nos proporcionan abundante material acerca de la naturaleza y los atributos de Dios. "Dios es Espíritu" (Juan 4: 24); "A Dios nadie le vio jamás" (Juan 1: 18). Estas y otras Escrituras dan a conocer la espiritualidad de Dios contrastada con el hombre, Su criatura, o con el universo, Su creación.

 

"Le llevó el diablo a un monte muy alto" (Mateo 4: 8); "Vinieron ángeles y le servían" (Mateo 4: 11); "Los endemoniados" (Mateo 4: 24); "¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?" (Mateo 26: 53). Estas y muchas otras Escrituras hablan acerca de criaturas que son espíritu. Leemos acerca del "príncipe de los demonios" (Mateo 9: 34), de huestes malvadas de espíritus caídos, como la Legión que poseía al endemoniado de Gadara (Marcos 5); de los ángeles que servían al Señor; de la multitud de huestes celestiales, más de doce legiones las cuales habrían respondido con gusto al mandato del Padre en cuanto a atender a Su Hijo (Mateo 26: 53; pero reconocemos inmediatamente que en ninguno de estos se puede pensar, ni por un momento, de cualquiera otra manera que como criaturas. Ellos son criaturas caídas como el diablo y sus espíritus afines, o los ángeles no caídos que se deleitan en asistir al Hijo de Dios. Por tanto, no solamente la esencia espiritual de Dios es dada a conocer diferenciándola de toda otra existencia material, sino en contraste con todas las huestes de seres espirituales que son sus criaturas.

 

(2) Su Infinitud. "El que me envió, conmigo está" (Juan 8: 29); "Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti" (Marcos 14: 36). Estas y otras Escrituras sugieren la infinitud de Dios. Incluso un arcángel, poderoso como él es, es un ser finito; Gabriel sólo puede estar en la presencia de Dios como delante de su Amo cuya presencia es infinita.

 

(3) Su Omnisciencia y Omnipotencia. Así, también, "Tu Padre que ve en lo secreto" (Mateo 6: 4) comunica Su omnisciencia. "Vuestro Padre celestial las alimenta" (Mateo 6: 26) muestra Su providencia (versículo 30).

 

(4) Su Eternidad. "La gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera" (Juan 17: 5 – LBLA); "Él estaba en el principio con Dios" (Juan 1: 2 – VM), declaran Su eternidad. Nunca hubo un momento en que Dios no existiera. En el principio, con Su Hijo, Él estaba presente. La gloria de los Seres divinos sólo se manifestó en la creación, una gloria que había existido desde toda la eternidad.

 

(5) Su Inmutabilidad. "Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido" (Mateo 5: 18). "¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?", etc. (Mateo 19: 4); "Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio" (Lucas 1: 70). Escrituras como éstas muestran el carácter inmutable de Dios. No ha habido ninguna alteración en Sus propósitos y, por supuesto, ninguna en Su Ser.

 

Pasamos a continuación a hablar de esos atributos que usualmente llamamos 'morales', en contraste con los que hablan de conocimiento o poder. En lo abstracto es posible concebir un ser, no diremos con poder infinito (pues eso sería pensar en la Deidad) sino con inmensos poder y conocimientos, y sin embargo desprovisto de esos atributos morales sin los cuales los demás atributos serían ejercidos para el mal. Esa criatura es Satanás, con atributos de conocimiento y de poder (no inherentes como en Dios, sino en virtud de su creación), y sin embargo, "El ha sido homicida desde el principio"; "No ha permanecido en la verdad". Él es un tentador (Marcos 1: 13), el archienemigo del hombre y de Dios. Los paganos tienen deidades a las cuales ellos han investido con poderes sobrehumanos y casi ilimitados, y tan innegable ha sido el carácter moral de ellos, que tuvieron que ser aplacados, embaucados, engañados, tratados como seres humanos, sólo que con gran poder para hacer daño y una cierta cantidad de poder para el bien, si tan sólo ellos podían ser inducidos a ejercerlo. Tales deidades no son en realidad nada más que los demonios de los que habla la Escritura; y probablemente ellos han sido caracterizados correctamente, al menos en algunos de sus atributos. En contraste con todos estos están las inmutables perfecciones morales de Dios.

 

(6) Su Justicia. "¡Oh Padre justo! el mundo no te ha conocido" (Juan 17: 25 – VM); "Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria" (Mateo 25: 31) — aquí se habla del juicio de las naciones que estén vivas. A lo largo de los evangelios, dondequiera que se habla de juicio, o de la ley de Dios, encontramos este atributo de justicia divina declarado inequívocamente.

 

(7) Su Santidad. "Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre" (Juan 17: 11). De manera similar, de principio a fin de los cuatro evangelios está la insistencia acerca de la santidad como el carácter inherente de Dios. Quizás de ninguna manera esto es manifestado con más fuerza que en su contraste con la iniquidad, por ejemplo, de los demonios (Marcos 1: 23), de un espíritu inmundo; o de la pecaminosidad del hombre (Lucas 7: 37), "una mujer… que era pecadora"; y expresado en la declaración general, "Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios". (Mateo 5: 8).

 

(8) Su Amor. "De tal manera amó Dios al mundo" (Juan 3: 16); la parábola completa del hijo pródigo (Lucas 15) y multitudes de otros ejemplos sacan a relucir este precioso atributo de Dios, dando a conocer que Él es amor.

 

(9) Su Benignidad. Quizás esto no debería ser diferenciado de Su amor, y sin embargo ella es mostrada donde los hombre no tienen ojos para Su amor. Véase Mateo 5: 45 donde la Escritura dice que Él "hace salir su sol sobre malos y buenos". A lo largo de todos los evangelios tenemos el testimonio constante de Su benignidad, Su paciencia, Su longanimidad, etc. Estos atributos generales pueden ser clasificados bajo este único encabezamiento, sugiriendo Su benevolencia. Como recién ha sido dicho, esto está en estrecha relación con Su amor. No obstante, la distinción puede ser reconocida.

 

(10) Su Verdad. "Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero" (Juan 17: 3. Aquí también estamos en estrecho contacto con los atributos de justicia y santidad. El elemento de verdad, sin embargo, puede ser reconocido y distinguido. Por eso, "Yo soy la luz del mundo" (Juan 8: 12); "Si así no fuera, yo os lo hubiera dicho" (Juan 14: 2); "El Espíritu de verdad (Juan 16: 13). Recordando que nuestro Señor ha dado a conocer o ha exhibido al Padre, cada atributo moral en Él es un resplandor de lo mismo que existe en Su Padre y en la Deidad de manera general. Este es un pensamiento muy importante y precioso para recordar en conexión con cualquier esfuerzo de presentar un boceto de los atributos divinos. Ellos no son, como a menudo es el caso con los hombres, parciales o unilaterales, sino que cada atributo impregna y caracteriza a todo el resto, de modo que nuestra concepción de Dios incluye todos los atributos. Nosotros no podemos pensar en Él sacrificando un atributo para ejercer otro. Su justicia resplandece en Su amor, y Su santidad es dada a conocer en Su juicio, mientras que Su longanimidad y paciencia se manifiestan incluso en el juicio final de los impíos.

 

Pero debemos pasar desde esta caracterización breve y parcial del Dios bendito, a hablar un poco más en detalle de las personas de la Trinidad por separado.

 

El Padre. Citar los pasajes que se refieren al Padre sería presentar una sinopsis de todos los cuatro evangelios. A lo largo de toda esta porción, Su nombre está siempre en los labios de nuestro Señor. Particularmente en Juan Su nombre es prominente y aún más notable porque aquí tenemos la Deidad esencial de nuestro Señor más directamente ante nosotros. Por consiguiente, no presentaremos ningún texto de la Escritura al hablar del Padre.

 

El Hijo. La persona de Cristo es el gran "Misterio de la piedad". Estamos en presencia de una verdad inescrutable. Nuestro Señor mismo nos ha dicho que, "nadie conoce al Hijo, sino el Padre" (Mateo 11: 27). Nuestra seguridad está en aferrarnos a todo lo que la Escritura revela, no procurando armonizarlo indebidamente, sino reconociendo que todo lo que Dios afirma debe ser verdad, y si fuéramos competentes para ello, competentes de un entendimiento perfecto. De hecho no existe dificultad alguna para la fe humilde en aprehender todos los aspectos de la verdad en cuanto al Hijo de Dios. Sólo la incredulidad tropieza aquí, pero la fe se regocija en todo ello y no se inmiscuye en lo que Dios no ha revelado.

 

Al hablar de la persona de Cristo hay tres rasgos:

(1) Su Deidad. "El Verbo era Dios" (Juan 1: 1).

(2) Su Humanidad. "El Verbo se hizo carne" (Juan 1: 14 – LBLA).

(3) La Unidad de Su Persona. "He aquí el Cordero de Dios" (Juan 1: 29).

 

Estos tres pasajes del capítulo primero de Juan bastarán para describir la persona del Hijo de Dios. A lo largo de todo ese evangelio, y en realidad también en los Sinópticos, nosotros tenemos constantemente colocada ante nosotros la persona del Señor. A veces vemos Su deidad resplandeciendo de una manera inequívoca, como cuando Él se levantó y calmó la tempestad en el lago de Galilea. A veces Su humanidad aparece exclusivamente ante nosotros, como cuando dormía, o estaba cansado de Su recorrido, o tenía hambre.

 

Es Su persona completa la que está ante nosotros en todos los cuatro evangelios, aunque desde el punto de vista de la encarnación. Por eso, la verdad en cuanto a la persona del Señor se parece algo a lo que hemos estado viendo en cuanto a los atributos de Dios. Ellos pueden ser distinguidos, pero no deben ser separados. Las dos naturalezas en nuestro Señor están evidentemente aquí, pero en Su humanidad encontraremos resplandeciendo Su Deidad, y en Su Deidad veremos Su humanidad. Así todo está mezclado preciosamente; y cuando nosotros pensamos en Sus milagros, en Sus enseñanzas, es Dios quien está obrando, pero también el Hombre dependiente. Se trata de Uno que nos está presentando las palabras de Dios, y sin embargo Uno que habló como jamás habló hombre alguno. (Juan 7: 46 – VM). Esta verdad es aplicable a toda Su vida y obra — todo tiene el sello de toda Su persona sobre ella. Esta aprehensión de la persona de Cristo es muy preciosa. Nosotros la encomendamos al estudio constante y con oración de los hijos de Dios.

 

El Espíritu Santo. Lo que ya hemos dicho en cuanto a la personalidad y deidad del Espíritu Santo será suficiente para presentar la clave de las enseñanzas de los cuatro evangelios acerca de la tercera persona de la Trinidad. Nosotros encontramos tanto al principio como a lo largo de toda la narración que se hace referencia a Él en varias maneras, y siempre como una Persona. Él es visto como el agente del nuevo nacimiento (Juan 3: 5); como Aquel que condujo y guio a nuestro Señor y mediante cuyo poder Él obró Sus milagros; como el Ser divino cuya presencia se manifestó en todo lo que nuestro Señor hizo y dijo y por tanto, si estos hechos y estas enseñanzas fueron atribuidas por alguien a Satanás, ello fue el pecado contra el Espíritu Santo que jamás tiene perdón. Particularmente en los capítulos 14 al 16 de Juan, la enseñanza en cuanto al Espíritu Santo es copiosa. Le vemos aquí como enviado por el Señor desde el Padre; enviado también por el Padre; como dando testimonio de la verdad; como convenciendo al mundo de pecado, de justicia y de juicio, y como llevando a Su pueblo a toda la verdad. La promesa especial del Espíritu es presentada en Lucas, y se nos dice que nuestro Señor bautizaría con el Espíritu Santo.

 

Estas y otras Escrituras deben ser suficientes. Ellas muestran la divinidad y la personalidad de la tercera persona de la Deidad de una manera inequívoca.

 

 Hemos hecho un rápido repaso de la enseñanza de los cuatro evangelios en cuanto a la Deidad, y hemos considerado la enseñanza especial presentada en cuanto a cada una de las Personas divinas. Casi no es necesario decir que en ninguna porción de la palabra de Dios esta enseñanza es más copiosa. En realidad, podemos decir que en ninguna parte es tan copiosa como aquí, aunque obviamente no sostenemos una porción de la Escritura contra otra. Pero la gloria de los cuatro evangelios es que ellos nos revelan a Cristo en la plenitud de Su persona, como Dios, como Hombre, en una persona. El gozo especial de nuestro Señor es que Él nos revela a Dios el Padre en Sus atributos, en Su carácter, Su amor; y el Espíritu Santo se une en este ministerio bienaventurado. Por tanto, los evangelios son muy ricos en lo que puede ser llamado teología — el conocimiento de Dios.

 

3. La Doctrina en cuanto al Hombre

 

A continuación vamos a inquirir qué enseñan los cuatro evangelios en cuanto al hombre. Mencionaremos en primer lugar lo que se dice acerca de la constitución del hombre en general, y después dedicaremos más atención a lo que se dice de él tal como él es.

 

La Constitución del Hombre. "El que los hizo al principio, varón y hembra los hizo" (Mateo 19: 4; "No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer" (Lucas 12: 4); "Murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos" (Lucas 16: 22, 23).

 

Estas Escrituras nos muestran que el hombre tiene un cuerpo, caracterizado como los cuerpos de los animales, en lo que respecta a eso; pero el cuerpo evidentemente no es la parte más grande o más importante de su ser. Hay un espíritu que no muere, y que está consciente cuando el cuerpo es sepultado. Así, nuestro Señor, al hablar de la muerte, la llama 'dormir' (Mateo 9: 24; Juan 11: 11), como aplicándolo al cuerpo. Se habla del alma como la sede de los afectos y deseos en Lucas 12: "Esta noche vienen a pedirte tu alma". No siempre el espíritu es diferenciado del alma, pero en el pasaje en Lucas 16 al que hicimos referencia evidentemente el hombre es visto como un espíritu. De hecho, aunque nosotros podemos distinguir claramente entre las dos áreas espirituales del hombre, su alma y su espíritu, ellos evidentemente han de ser tomados juntos. Por lo tanto, es el hombre quien tiene deseos, afectos y sentimientos, y sin embargo su espíritu es un área superior de su personalidad, incluyendo la conciencia y la mente. Así, en cuanto a la constitución del hombre, los evangelios, en armonía con todo el resto de la Escritura, lo muestran como una persona tripartita, con cuerpo, alma y espíritu unidos, todos ellos esenciales para la verdad plena de la humanidad. Por consiguiente, nosotros no encontramos ninguna falta de enseñanza en cuanto a la resurrección del cuerpo. "Los que están en los sepulcros… saldrán" (Juan 5: 28, 29 – VM). En la resurrección las relaciones naturales de la vida actual, aunque son recordadas, no son renovadas. Ellos no mueren, "ni se dan en casamiento" (Lucas 20: 35, 36).

 

El Hombre tal como es. "Él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1: 21); "Por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7: 20); "De dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos… Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre". (Marcos 7: 21 a 23). "A menos que el hombre naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios". (Juan 3: 3 – VM).

 

Estas Escrituras, las cuales no son más que muestras de lo que aparece en casi cada página de los evangelios, enseñan la triple condición del hombre bajo el pecado. Él es un transgresor cuyos pecados lo han puesto en un lugar de culpabilidad del cual sólo puede ser puesto en libertad por la misericordia de Dios. Más adelante veremos los fundamentos para esto. Él también es inmundo, porque el pecado no sólo lleva culpabilidad ante los ojos de Dios, sino corrupción. Esta contaminación es vista procediendo desde adentro. No se trata de un asunto de las manos, sino del corazón. El testimonio constante de nuestro Señor contra los fariseos fue ese, aunque ellos eran escrupulosos acerca de lo de fuera del vaso y del plato, por dentro ellos estaban llenos de toda inmundicia. Él los acusa de ser como sepulcros llenos de huesos de muertos, aunque hermosos por fuera; de ser como sepulturas que no se ven; y los hombres que andan por encima de ellas no lo saben. (Lucas 11: 39; Mateo 23: 27; Lucas 11: 44).

 

Toda la controversia de nuestro Señor con el fariseísmo está sobre este terreno. La ley debía ser cumplida hasta su última jota o tilde, pero ellos, mientras quebrantaban el espíritu de la ley y violaban los mandamientos de Dios, pretendían adornarse ellos mismos con ella. Por eso el fariseo en el templo agradece a Dios que él no es como los otros hombres, y cita sus observancias religiosas como una demostración de esto. (Lucas 18: 9 a 14).

 

Además de ser culpable y estar contaminado, el hombre está también incapacitado, impotente. El pecado trae incapacidad, impotencia, y esto no podría ser declarado más claramente que en la Escritura que hemos citado refiriéndose a la necesidad del nuevo nacimiento. Aquí, un líder de los judíos, un maestro, viene al Señor, y la necesidad del nuevo nacimiento le es enfatizada. Esto muestra cuán incapaz, impotente, es el hombre natural, no solamente culpable, no sólo corrupto, sino también impotente para ayudarse a sí mismo.

 

En el capítulo acerca de los Milagros, nosotros nos centramos sobre las diversas condiciones espirituales expuestas en las diferentes enfermedades con las que los hombres estuvieron afectados. Cada una de ellas da su testimonio en cuanto al pecado. Un deudor perdonado presupone una transgresión; un leproso limpiado presupone una contaminación; y un paralítico curado presupone una condición de impotencia, que se ve en su carácter absoluto en una persona muerta. Así pues, la enseñanza, si bien no presenta necesariamente las cuestiones en la forma doctrinal y abstracta de las epístolas, da un testimonio inequívoco de la condición perdida y caída del hombre.

 

4. La Doctrina de la Salvación

 

Nosotros usamos el término "salvación" en un sentido amplio que incluye el todo o cualquier parte de la obra de gracia que hace frente a la condición caída del hombre. Tal como hemos visto recién, esta condición tiene tres aspectos: a saber, de culpa, de contaminación, de muerte o incapacidad. Por tanto, la obra de la gracia que hace frente a esto tendrá por lo menos tres formas.  Para la culpa habrá perdón: para la contaminación habrá limpieza; y para la incapacidad, nuevo nacimiento, o vida. El principio que hemos afirmado varias veces será útil aquí. Podemos distinguir, pero no separar. La condición del hombre puede ser distinguida como teniendo este carácter triple, pero uno de estos nunca está presente sin los otros dos. Por tanto, no podemos pensar en el hombre siendo culpable, como habiendo transgredido los mandamientos de Dios, sin que esté también contaminado y sea incapaz. Así, también, en la obra de la gracia divina no podemos pensar que el perdón es otorgado, en la manera Escritural, sin haber sido acompañado por la dación de vida y la limpieza. Si esta verdad fuera recordada siempre nos evitaríamos mucha confusión al intentar dividir lo que Dios ha unido.

 

También estamos en una completa libertad de decir que la salvación, en su sentido más pleno, mira hacia adelante a la liberación final de toda presencia de pecado — la consumación en el cielo. Hay también una salvación gubernamental y externa; como, por ejemplo, como se habla de ella en el discurso profético de nuestro Señor: leemos, "El que persevere hasta el fin, éste será salvo" (Mateo 24: 13). Casi no necesitamos decir que esto no se refiere a la salvación del alma, sino a la liberación de la Gran Tribulación a través de la cual el remanente judío será llamado a pasar, con una aplicación indirecta para nosotros también.

 

No obstante, hemos dicho lo suficiente para evitar cualquier malentendido de nuestra designación de este tema general como salvación. Consideraremos ahora cada uno de los tres aspectos de esta obra salvadora como es presentada en los evangelios.

 

(1) El Perdón. Al haber cometido pecados, el hombre es culpable y tiene una carga sobre él que debe ser eliminada mediante el perdón. La verdad del perdón es expresada de manera bienaventurada en los evangelios. Posiblemente el evangelio de Lucas presenta este tema precioso más completamente que cualquiera de los otros, ni siquiera exceptuando a Juan. No hay que buscar lejos para ver el motivo: a saber, el "evangelio" es el tema prominente en Lucas, y el perdón está en la base misma del evangelio. Así, tenemos el perdón de la mujer que era una pecadora (Lucas 7), y en la misma narración tenemos la parábola del perdón y la justificación de los dos deudores. En el Hijo Pródigo tenemos un retrato divino del perdón y la justificación, y en la parábola del fariseo y el publicano tenemos dos pensamientos añadidos, leemos, "Dios, sé propicio a mí, pecador" (Lucas 18: 13). "Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro" (versículo 14). El primero de estos pensamientos nos presenta la necesidad de expiación, de un sacrificio. "El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mateo 20: 28). El segundo habla de justificación, el conocimiento pleno ante todo de la aceptación y, por así decirlo, el 'visto bueno' ante los ojos de Dios. La justificación, que es el tema de Pablo, muestra uno de esos vínculos que hemos mencionado entre el evangelio de Lucas y el ministerio del gran apóstol enviado a los gentiles. La justificación está ejemplificada por el mejor vestido puesto sobre el hijo pródigo que regresa. El beso del Padre sugeriría el perdón, pero el mejor vestido sugiere una posición dada sólo por la justificación. Dondequiera que nosotros encontramos la salvación en este sentido pleno en cualquiera de los evangelios, encontramos este pensamiento de justificación conectado con ella. Por ejemplo, los publicanos se reúnen en un banquete en presencia del Señor. Él justifica esto diciendo, "Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos", contrastando el pasado de ellos con el presente de ellos. (Lucas 5: 27 a 32). El hombre de quien fue expulsada la legión, estaba sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio (Lucas 8: 26 a 39). Estos exponen la preciosa verdad de la justificación. El arrepentimiento y la remisión de los pecados iban a ser predicados en el nombre de nuestro Señor entre todas las naciones, comenzando en Jerusalén (Lucas 24: 47). Así, la bendita noticia del perdón se iba a extender por todas partes.

 

(2) La Limpieza. La verdad de la limpieza está tan íntimamente unida con la de la contaminación que hizo que fuese necesario que los pasajes que sacan a relucir una, declaren también la otra. Por ejemplo, el leproso sugiere, como hemos estado viendo, la culpa del pecado y también su contaminación, leemos, "Señor, si quieres, puedes limpiarme"; y la respuesta de nuestro Señor es, "Quiero; sé limpio". (Lucas 5: 12, 13). La lepra es limpiada; la contaminación es eliminada; la vergüenza es quitada. No hay duda de que un evangelio que proclama el perdón sin una correspondiente liberación de la contaminación del pecado es solamente medio evangelio. El perdón está en la base, pero tal como nuestro Señor declara, la manera de hacer un fruto bueno es hacer el árbol bueno. "O haced bueno el árbol y bueno su fruto, o haced malo el árbol y malo su fruto; porque por el fruto se conoce el árbol". (Mateo 12: 33 – LBLA). Las palabras de misericordia a la mujer de la que hemos hablado últimamente, "Tu fe te ha salvado, vé en paz" (Lucas 7), insinúan de la manera más potente su liberación de su pecado. Así, también con la mujer en el capítulo 8 de Juan donde, de hecho, nuestro Señor dice, "vete, y no peques más". Se hace que el alma se sienta confortada en la presencia de la santidad infinita, así como del infinito amor. El amor que ha perdonado es demasiado grande como para permitir al perdonado que se siga contaminando. No necesitamos decir de qué manera esto se reitera en cada milagro de nuestro Señor.

 

(3) El Nuevo Nacimiento. Estrechamente unido con la verdad de la limpieza está la del nuevo nacimiento. En realidad, no son más que partes de la misma gran verdad. El vino nuevo debe ser puesto en odres nuevos. El pecador debe nacer de nuevo, debe tener una nueva naturaleza, si ha de ser un vaso que puede contener la energía de la vida divina. Como muerto, el hombre necesita vivificación. Esta es la condición descrita en la parábola del hijo pródigo. Él no sólo se había perdido y ahora es hallado, sino que estaba muerto y ahora ha revivido. Lo primero sugiere una distancia de Dios. Lo segundo muestra su necesidad del nuevo nacimiento. (Lucas 15: 11 a 32). Este es el gran tema del evangelio de Juan, donde no sólo tenemos la verdad del nuevo nacimiento, sino la de la vida eterna, el acompañamiento de ese nacimiento.

 

Sin entrar en controversia, podemos decir resumiendo que esa vida debe tener un principio, y que, en lenguaje común, el nacimiento es el comienzo de la vida. La expresión "vida eterna" en el evangelio de Juan es usada frecuentemente, y sin duda de amplia manera. Evidentemente ella sugiere la obra del Espíritu en nosotros, pero también la obra de Dios en relación con nuestro Señor Jesucristo de una manera marcada. La vida eterna es el resultado de la fe en Él — Juan 3: 16; Juan 5: 24, etc. Esta vida eterna puede ser considerada como lo opuesto a la condenación (Juan 3: 18, 36), y por tanto incluye el perdón. Ello es ser sacado de la muerte, y por consiguiente incluye el nuevo nacimiento (Juan 5: 24). Ello es sobre la base de Su obra sacrificial y por tanto incluye la expiación (Juan 6: 54). Es eterna, pues nadie puede arrebatar al creyente de las manos de nuestro Señor (Juan 10: 28). Ella es expresada en la comunión y el disfrute de Dios, por tanto ella es el conocimiento del único Dios verdadero y de Jesucristo a quien Él ha enviado (Juan 17: 3). Se verá así que la expresión "vida eterna" como es usada en el evangelio de Juan es la expresión general que cubre todo el tema del cual hemos hablado. Sin duda, existe el carácter más abundante de esta vida en el momento actual, es decir, la plenitud de la revelación de la persona y la obra de Cristo; y sobre todo, la presencia del Espíritu Santo morando en el creyente, dando una plenitud y una libertad a la vida eterna tal como la conocemos ahora. Además, hay un aspecto de la vida eterna que mira hacia adelante a la gloria. Tenemos esto en los evangelios sinópticos. Leemos, " si quieres entrar en la vida"(Mateo 19: 17); "y en el siglo venidero la vida eterna". (Lucas 18:30).

 

(4) Cuán Disponible. Llegamos ahora a preguntar de qué manera la bienaventuranza del perdón y la liberación van a ser puestos a disposición del hombre pecador. Los evangelios son tan claros en esto como lo son en todo el resto. 'Arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo' están escritos en todas sus páginas. Toda la predicación de Juan el Bautista fue un llamado al arrepentimiento. Era sólo así que el camino para el Señor podía ser preparado; sólo así el pueblo estaría preparado para recibir a Aquel que vendría después.

 

Nuestro Señor ocupó la misma palabra y predicó el arrepentimiento; y cuando los fariseos Le preguntaron acerca de Su autoridad, Él los remitió de regreso a una pregunta previa en cuanto al ministerio de Juan el Bautista. (Mateo 21: 23 a 27). ¿Se habían doblegado ellos a su llamamiento al arrepentimiento? Si ese no era el caso, ellos eran incapaces de creer. Así también al describir la obra de la gracia en el alma (Lucas 15), el Señor la llama arrepentimiento. "Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.

 

Como ilustraciones del arrepentimiento nosotros tenemos al publicano en el templo, él dice, "¡Dios, ten misericordia de mí, pecador!" (Lucas 18: 13 – VM) y el de la mujer regando los pies del Señor con lágrimas. (Lucas 7). Es este quebrantamiento de corazón lo que Dios no desprecia; es arrepentimiento y se insiste en él constantemente a lo largo de los evangelios. "Los sanos no tienen necesidad de médico". (Marcos 2: 17).

 

La fe siempre es el acompañamiento del verdadero arrepentimiento. En realidad, no son más que dos aspectos del mismo hecho. El arrepentimiento es considerarme a mi mismo como estando en la presencia de Dios, y la fe es considerar a Dios en cuanto a mi necesidad. Casi todos los milagros obrados por nuestro Señor estuvieron condicionado por la fe del receptor. "Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos" (Mateo 13: 58). "Al que cree todo le es posible" (Marcos 9: 23). "Creo; ayuda mi incredulidad" (Marcos 9: 24). Así encontramos a lo largo de los Sinópticos; y cuando acudimos al evangelio de Juan, no es meramente fe en el poder del Señor para obrar un milagro, sino fe en Él mismo. "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1: 12). "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda (lit. no perezca)" (Juan 3: 14, 15). Entonces, constantemente a través de este evangelio, la fe en la persona de Cristo es enfatizada y el resultado de esa fe es el perdón y la vida eterna.

 

(5) En cuanto al Mundo. ¿Cuál es el testimonio de los evangelistas en cuanto al mundo? Estas son tres expresiones usadas en los evangelios todas las cuales han sido traducidas como "mundo, a saber, kosmos, que significa la tierra material habitada por el hombre, pero con una significancia moral en el evangelio de Juan; oikoumene, 'tierra habitable', o como podríamos decir, el mundo civilizado, refiriéndose al Imperio Romano (Lucas 2: 1) — esta aparece de manera infrecuente; y aion o "edad, era", usada de manera dispensacional para describir el curso del tiempo y el carácter moral del período. Tenemos así, "ni en este siglo (era) ni en el venidero" (Mateo 12: 32).

 

Como ha sido dicho, en el evangelio de Juan la palabra que podríamos traducir como "tierra" tiene la significancia moral de "era" relacionada a menudo con ella. De hecho, algunas veces ella parece referirse al mundo religioso, como lo llamamos. Leemos, "vosotros sois de este mundo (kósmos)" (Juan 8: 23). Con independencia de cuál sea la palabra usada, no puede haber duda alguna de que nuestro Señor no era de este mundo. En el evangelio de Juan Él declara que Sus discípulos no son de este mundo, como Él no lo es, y de principio a fin de ese evangelio Le vemos como fuera de todo él. Es fuera de este que Él conduce a Sus ovejas, y cuando las deja, Él las encomienda al cuidado de Su Padre para ser guardadas del mal que existe en el mundo.

 

Encontramos también en los Sinópticos el término "siglo (o, era)" usado constantemente para la época actual y para la que la sucede — la milenial. El Señor traza el curso de la era actual, Él muestra su final y de qué manera la siguiente, o era milenial será introducida. No puede haber duda alguna en cuanto a Su enseñanza aquí. Lejos de que el mundo ceda gradualmente a las benéficas influencias de la verdad y de que sea llevado a estar bajo su poder, el mundo continúa inalterado. Los Suyos son siempre un remanente en medio de él. El final de todo es mediante juicios. Él limpiará Su reino de todo lo que sirve de tropiezo, y de los que hacen iniquidad.

 

Nosotros comentamos en este punto que más allá de dos referencias anticipativas en cuanto a la Iglesia (en Mateo 16 y 18) y en la parábola de la perla, no tenemos nada distintivo con respecto a la formación del Cuerpo de Cristo en el actual intervalo de la gracia, de una manera dispensacional. Es el tiempo cuando la semilla está siendo sembrada, cuando el enemigo también está introduciendo cizaña y la levadura del error se está extendiendo, mientras la profesión también se está extendiendo como un árbol de mostaza. (Mateo 13). Se trata de la proclamación del Reino, junto con el bautismo como rito iniciático, o de la verdad preciosa del perdón y la membresía en la familia de Dios junto con el memorial de la Cena del Señor; pero 'la verdad de la Iglesia', como es revelada en las epístolas, debía esperar la venida del Espíritu Santo y el envío del instrumento escogido hecho apto por la gracia para dar a conocer este gran misterio.

 

(6) El Futuro. Aquellos que han estudiado el gran discurso profético del Señor en el Monte de los Olivos no pueden haber dejado de ver cuán claramente es enseñada la verdad de la segunda venida. (Mateo 24 y 25). Sin embargo, ella no está relacionada con el arrebatamiento (o, rapto) de la Iglesia (un misterio, como ya hemos visto, no dado a conocer en aquel entonces), sino con los juicios preliminares a Su establecimiento de Su Reino milenial. El Reino del Hijo del Hombre va a ser introducido, como vimos, mediante los juicios del más temible carácter sobre Sus enemigos que tienen su lugar con el diablo y sus ángeles en el lago de fuego. El futuro para los salvados no es descrito meramente en sus características mileniales, sino en el estado eterno. "En la casa de mi Padre muchas moradas hay" (Juan 14: 2), estas son las moradas eternas. También "El seno de Abraham" (Lucas 16), desde un punto de vista judío, expone la bienaventuranza del pueblo de Dios después de la muerte. No hay ninguna necesidad de la interpretación grotesca de algunos de que nuestro Señor liberó a los santos del Antiguo Testamento de la esclavitud del seol donde ellos habían estado confinados hasta Su resurrección. Los santos son evidentemente consolados, como Lázaro en el seno de Abraham, y este es el Reino de Dios donde están Abraham, Isaac y Jacob. El juicio del capítulo 25 de Mateo, como ha sido dicho, es un juicio de las naciones que están vivas antes de la venida del Señor a establecer Su Reino.

 

El juicio de los muertos está sugerido en Mateo 11: 22, "En el día del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras". De este juicio de los muertos se habla en Juan 5: 29 como teniendo lugar en la resurrección de los inicuos, separada por mil años, como sabemos, de la resurrección de los justos. La distinción moral sólo es presentada en Juan.

 

Somos llevados así hasta el final de los tiempos con una pregunta aún a ser respondida, ¿Qué tiene nuestro Señor que decir acerca de la eternidad para los salvados y para los perdidos?

 

En cuanto a los salvados, Él declara, "En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez (el acercamiento más cercano que tenemos en el evangelio a la venida del Señor a buscar a los santos del actual intervalo de la gracia), y os tomaré a mí mismo". (Juan 14: 2, 3). Todas las verdades de la vida eterna y del cielo hablan de esta bienaventuranza eterna, la cual es la porción de cada creyente en el Señor Jesús.

 

Para los no salvados, el testimonio es igualmente claro, y de los mismos labios, leemos, "Mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga". (Marcos 9: 43, 44). Aquí, y en muchos otros pasajes, no tenemos meramente el hecho de que se habla del hades como de un lugar de tormento para los inicuos (Lucas 16), sino la Gehena, "el "fuego que no puede ser apagado". Esto es lo que hace tan intensamente solemne la palabra de nuestro Señor a los fariseos, "¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno? — Gehena.

 

No podemos dejar de ver al leer los evangelios que el Señor Jesús con toda la energía de Su alma santa habló de la eternidad del futuro castigo para los perdidos. Esto fue lo que Le trajo del cielo, lo que Le llevó a suplicar a los hombres, lo que Le hizo agonizar por las almas. Fue esto lo que Le llevó a la cruz para abrir un camino nuevo para que los hombres escapen de la ira de Dios. Es apropiado, pero muy solemne, que en ninguna parte de la palabra de Dios la enseñanza acerca del castigo eterno esté más clara que en los evangelios, y de los labios de Aquel que dijo, "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar". (Mateo 11: 28).

 

Hemos recopilado así, en este resumen rápido y parcial, unas pocas de las principales enseñanzas de los cuatro evangelios en cuanto a los grandes esquemas de doctrina. Encontramos que ellos son particularmente copiosos al presentar a Dios y a la persona de nuestro bendito Señor Jesucristo; que el modo de salvación es hecho claro, y el futuro, tanto para los salvados como para los perdidos, está claramente declarado. Cuando nosotros comparamos estas verdades con las del Antiguo Testamento vemos un adelanto inmenso en cada detalle. Todo lo que hubo antes fue parcial. Dios moraba en densas tinieblas, revelándose, como lo tenemos en la epístola a los Hebreos, "muchas veces y de muchas maneras". Indiscutiblemente, hay una teología del Antiguo Testamento, y desde el principio mismo no podíamos dejar de reconocer a Dios como un Ser de infinitos poder, santidad, justicia y benignidad; pero todas las cosas señalando hacia adelante, y nosotros no tenemos en el Antiguo Testamento la verdad como ella es dada a conocer en Jesús.

 

De manera similar, cuando comparamos los evangelios con las epístolas, encontramos en las últimas un adelanto sobre los primeros en ciertas orientaciones, pero es sugestivo que la verdad en cuanto a las personas de la Deidad alcanza su clímax, podemos decir, en los evangelios. Tal como comentamos en otra conexión, aunque las epístolas nos presentan indiscutiblemente la más elevada forma de la verdad, ello no es tanto en contraste, sino como corolario necesario de la revelación de nuestro Señor Jesucristo como es presentada en los evangelios. Estos últimos concluyen con los discípulos mirando atentamente al cielo adonde el Señor Jesús ha ido, y esperando que "la promesa del Padre" sea enviada desde allá. En las epístolas, como ha sido comentado, el Espíritu está presente y son traídas a nuestra memoria todas las cosas que el Señor Jesús "comenzó a hacer y a enseñar".  ¡Eterna alabanza sea a Su bendito nombre!

 

Samuel Ridout

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Julio 2020

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

Título original en inglés:
 The Four Gospels, Chapter 8, by Samuel Ridout
Traducido con permiso


Versión Inglesa
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