EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

¿Está el cristiano en Adán o en Cristo? (F.G.Patterson)

INICIO / AUTORES y SECCIONES
Escritos de: H. C. ANSTEY
J. G. BELLETT
LAS FIESTAS DE JEHOVÁ (G. C. WILLIS)
J. N. DARBY
EDWARD DENNETT
W. W. FEREDAY
L. M. GRANT
F. B. HOLE
WILLIAM KELLY
C. H. MACKINTOSH
F. G. PATTERSON
SAMUEL RIDOUT
H. H. SNELL
G. V. WIGRAM
W. T. P. WOLSTON
Escritos de otros Autores: A.E.BOUTER, E.N.CROSS, A.C. GAEBELEIN, F.WALLACE, N. NOEL...
ENLACES/LINKS

MOBI

EPUB

Para oír o descargar pulse este botón

Duración: 32 minutos y 2egundos

¿Está el cristiano en Adán o en Cristo?

 

y ¿cuál es el resultado de esto en lo que respecta a su Posición y su Andar?

 

F. G. Patterson

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito.

 

De la revista "The Bible Treasury", Volumen 5, páginas 316 a 430

 

Una pregunta profundamente importante sorprende a la mente cristiana que reflexiona en el día actual cuando las palabras se multiplican sin conocimiento, — a saber, una pregunta que afecta todo el tono y el carácter de la práctica cristiana y la paz firme y sólida del alma. La pregunta es, ¿Está el cristiano en su posición delante de Dios en el primer o en el segundo (el postrer) Adán?

 

¿Está el cristiano en el primer Adán, responsable delante de Dios desde que él escogió el árbol del conocimiento del bien y del mal en el error de su modo de obrar, expulsado de la presencia de Jehová Dios, cabeza arruinada de un mundo perdido, su acceso en tal estado al árbol de la vida cortado para siempre, siendo la muerte su porción aquí y la segunda muerte su fin? ¿O está en el segundo (postrer) Adán (que entró, en gracia y amor divinos, en el lugar de responsabilidad, la muerte, portando el pecado y soportando el juicio en que el primer Adán estaba, pero que ha pasado de ese estado, ha resucitado, ha ascendido, ha sido glorificado, y está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas, Cabeza de la nueva creación de Dios), y es el cristiano hecho partícipe, como nacido de Él, de una vida resucitada, justificada, santificada y está él esperando ser glorificado?

 

Preguntas profundamente importantes son estas, no solamente para la paz individual del alma, sino para el andar y la práctica delante de Dios. Que nuestro misericordioso Señor conceda Su propia guía y enseñanza mientras intentamos responder estas preguntas de acuerdo con Su verdad y para Su propia gloria.

 

En la epístola a los Romanos capítulo 5 y versículos 12 al 21, nosotros encontramos contrastadas estas dos grandes fuentes, o cabezas, de la naturaleza y de la fe, y el efecto de las acciones de Adán y de Cristo sobre las dos familias, es decir, la que se alínea bajo la jefatura del primer Adán, y la que se alínea bajo el Segundo. Se habla de la cuestión del pecado y su resultado, — a saber, la muerte, y de la gracia y sus resultados, — la vida y La justicia para con cada familia. Leemos, "como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…  Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo…  Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos". Por lo tanto, el efecto de la transgresión de Adán no se limitó a él mismo sino que pasó a toda su posteridad, constituyéndolos pecadores delante de Dios. Aun así, el acto único de justicia y obediencia consumado por Cristo, que llegó hasta la muerte, muerte de cruz, no se limitó en su efecto a Él mismo, sino que emanó para muchos, constituyéndolos justos delante de Dios. Y así como Adán, caído y expulsado de la presencia de Dios entró en la jefatura de la familia de la naturaleza después de su desobediencia para muerte; de la misma manera, Cristo, entra para ser Cabeza de la familia de la fe, la nueva creación de Dios, después de Su consumado acto único de obediencia hasta la muerte, muerte de cruz.

 

Consideremos ahora al primero de estos. Leemos Génesis 3 y allí encontramos a Adán creado en inocencia, colocado en el huerto en Edén, un paraíso terrenal, rodeado de bendición y de bien; y en este paraíso había dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la responsabilidad (el conocimiento del bien y del mal). Él fue dejado allí para mantenerse en una posición y una condición en las cuales él había sido colocado. Tenía acceso al árbol de la vida, pero no tenía promesa alguna. Él simplemente tenía que disfrutar de lo que Dios Le había dado y reconocer al Dador en Sus dones que lo rodeaban. A él se le dio a entender que no tenía ninguna responsabilidad adicional más que guardar el mandato de Dios, abstenerse de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, fracasando en lo cual, la muerte sería el efecto y la consecuencia de este quebrantamiento del mandato. Esta era la medida de su responsabilidad. Él No tenía ninguna posición que alcanzar u objeto que conseguir por medio de su obediencia al mandato. Vivo en una cierta condición, y observándola, él se mantenía en esa condición. No se le dijo, "Haced esto, y vivid"; pero, estando vivo en la posición en la que Dios le había puesto, debía retenerla haciendo lo que se le ordenaba, y así disfrutar de todas las bendiciones de su posición. Satanás aparece ahora en escena. Él sugiere el pensamiento a su mente de que Dios estaba reteniendo la más rica bendición al prohibirle comer del árbol de la responsabilidad; que Su amor no era un amor como él suponía; y, además, que Dios no había sido veraz en cuanto al resultado que había situado ante él; por eso, en lugar de muerte, Dios sabía que ellos llegarían a ser como dioses, "conociendo el bien y el mal". (Génesis 3: 5 – LBA). El corazón del hombre, apartado ya de Dios, se abrió a estas sugerencias, — dudó del amor que estaba reteniendo las mejores bendiciones para él, — despreció la verdad, ofendió la majestad de Dios, y él mismo aspiró a ser un dios, conociendo el bien y el mal. Satanás obtuvo así el lugar que Dios debería haber tenido en su mente. El corazón de Adán, — apartado de Dios, — ¡prestó atención voluntaria y gustosamente a las sugerencias de Satanás y cayó! Él constituyó así a Dios como juez por medio de su caída. Si Dios hubiera juzgado a Su criatura antes de esto, Él se habría estado juzgando a Sí mismo pues Él había hecho al hombre a Su imagen y a Su semejanza, y había declarado Su obra como buena "en gran manera". (Génesis 1). Este fue Su juicio sobre Su propia hechura cuando ella salió de Sus manos. Pero, cuando Adán transgredió, él constituyó a Dios como un juez y obtuvo el conocimiento del bien y del mal, — del bien, sin el poder para llevarlo a cabo, y del mal, sin el poder para evitarlo. Su conciencia, obtenida de este modo, le dijo que él había hecho a Dios su juez, pues cuando la voz de Jehová Dios fue oída en el huerto, el hombre y su mujer sintieron que la cubierta que ellos habían hecho para ocultar su desnudez, y que quizás los había satisfecho por el momento, no cubrió nada cuando Dios habló. Así que cuando Dios lo desafió él dice, "tuve miedo, porque estaba desnudo". (Génesis 3). La conciencia despertó al oír la voz de Dios, y, por tanto, llevó a Adán a ocultarse entre los árboles del huerto. El conocimiento que él había obtenido cuando cayó no tuvo poder para hacer que él se acercara a Dios sino que más bien lo alejó de Su presencia. Se trató del sentido de responsabilidad unido al conocimiento del bien y del mal. Y entonces nosotros encontramos que Dios expulsó al hombre obstruyendo su acceso al árbol de la vida. En semejante condición como la que él había alcanzado, ello fue una bendición y una misericordia, pues el acceso al árbol de la vida sólo habría perpetuado una vida de miseria y separación de Dios y del bien. El hombre y su mujer salieron de la presencia de Dios con un conocimiento que ellos nunca pueden desaprender, y con una naturaleza que nunca puede volver a ser inocente. Nosotros nunca podemos regresar a la inocencia y nunca podemos desaprender el conocimiento del bien y del mal. Tampoco podemos jamás volver al paraíso como aquel del que Adán fue expulsado. El hombre y su mujer, expulsados así, se convierten en raíz y cabeza de un mundo perdido. En efecto, el pecado de ellos no se detiene en ellos mismos, sino que la condenación pasa a toda la raza, la cual, en ellos, es expulsada de la presencia de Dios. La muerte es la porción de ellos en este mundo. El juicio, la muerte segunda, el lago de fuego, es el final.  En la resurrección para juicio (Apocalipsis 20), nosotros encontramos las dos cosas traídas nuevamente a la escena, a saber, el principio de los dos árboles, — vida y responsabilidad. El libro de la vida es abierto, y "los libros", yo no lo dudo, de la responsabilidad de ellos. Ellos son juzgados por esas cosas que están escritas en "los libros", según sus obras, "Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego".

 

Veamos ahora el segundo. Pasamos al evangelio de Lucas capítulo 4 y encontramos allí al último Adán, —, es decir, a Cristo. En lugar de un huerto hacia el oriente,  en Edén, rodeado de todo bien, como vimos al principio, Le encontramos llevado por el Espíritu al desierto y allí es confrontado por Satanás, el cual había tenido éxito en conseguir la atención del primer Adán. Satanás y Cristo estuvieron en aquel entonces frente a frente. Allí estaba la prueba para deshacer la mentira de Satanás del principio acerca de que Dios estaba reteniendo los mejores dones al prohibirle al hombre el acceso al árbol de la responsabilidad; ¡porque Cristo, el Hijo del Padre, estaba allí! El Hijo había venido para demostrar el amor de Dios como Dador; y el Hijo, el cual era el resplandor de la gloria de Dios, y la imagen misma de Su sustancia, había renunciado a todo, y se había humillado a Sí mismo, — tomando forma de siervo, — para reivindicar la agraviada majestad de Dios, — agraviada por el primer hombre, el cual había aspirado a ser un dios. Confrontado por el enemigo, Él estaba en Su herencia y la encontró en manos de Satanás. Leemos, "El diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo. Y el diablo le dijo: Todo este dominio y su gloria te daré; pues a mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy" (Lucas 4: 5, 6 – LBA), contaminado por el pecado y en ruinas. Si Él hubiese desplegado Su poder como Dios no habría habido conflicto alguno; ello habría sido meramente un asunto acerca del poder de Dios y el de una criatura rebelde. Pero todas las asechanzas del tentador fueron desplegadas contra el hombre obediente que se despojó (lit. se vació) a Sí mismo, el cual vino a obedecer y a conquistar mediante la obediencia donde el otro hombre había fracasado; y no sólo eso, sino en circunstancias de prueba y dificultad donde fueron necesarias la dependencia y la perfecta sumisión a la voluntad de Dios. Por medio de Su obediencia Él ató al hombre fuerte que estaba en posesión de Sus bienes, y presentó, en medio de un mundo arruinado, contaminado por el pecado, a un hombre perfecto, sin mancha, a Dios. Entonces Satanás Le dejó por un tiempo. Él no encontró nada en Él sobre lo cual influir, o mediante lo cual pudiese quitarle de en medio. Con una voluntad perfecta como hombre, Él no propuso Su voluntad; Él esperó en la voluntad de Dios; y mediante las palabras de Sus labios Él se guardó de las sendas del destructor (o, del violento) (Salmo 17), y triunfó donde el primer hombre había caído, y en medio de las circunstancias traídas por su caída.

 

Pero, además, y ahora al final de Su ministerio, — al final de Su curso a través de un mundo contaminado por el pecado, Satanás viene otra vez. ¿Había adquirido Él algo de la contaminación de la escena por la que había pasado? ¿Había contraído el Cordero de Dios una mancha o una contaminación que lo incapacitara para el altar de Dios? Y, ¿dónde estuvieron los terrores de la muerte en manos de Satanás, y los horrores del momento, cuando el rostro del Padre, que había resplandecido sobre Él durante todo el camino, sería apartado? ¿Cuándo Él sería desamparado no solo por aquellos a quienes amaba, sino también por Dios? ¿Serían todas estas cosas suficientes para desviarle de la senda que Él había asumido para andar en ella? Nosotros Le seguimos hasta Getsemaní, al final de la senda a través del mundo, y volvemos a encontrar allí al Hombre dependiente, obediente, encontrándose con el "príncipe de este mundo". Él había tratado de atraerle y sacarle de la senda de obediencia al principio; pero aquí él prueba su otro poder, que había ejercido tan eficazmente en los corazones de los hombres; y trata, mediante los terrores de la hora de las tinieblas, de ahuyentarlo del lugar obediente, ¡pero no! Leemos, "La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?" Aquel que era el Autor de la vida, y tenía un personal derecho de propiedad aceptó la responsabilidad de Su pueblo, heredada del primer Adán, para poder reivindicar la verdad de Dios, el cual había dicho: "El día que de él comieres, ciertamente morirás". (Génesis 2). Pues aquí volvemos a encontrar esos primeros principios del huerto, — vida y responsabilidad. Su presencia en el mundo era la demostración del amor de Dios. Él se había vaciado (o, despojado) a Sí mismo como sólo Uno podía hacerlo, para vindicar la majestad de Dios. Pero también estaba Su verdad para ser reivindicada, y Le seguimos ¡hasta la cruz! Él ofreció allí, a la justicia de Dios, una víctima perfecta, sin mancha; Él recibió de la justicia de Dios la copa de la ira, — el golpe del juicio y de la ira divinos a causa del pecado. Siendo Él mismo sin mancha, Él fue hecho pecado en la cruz. Él No podía ser hecho pecado de otra manera que esta. Él estuvo allí como responsable de la gloria de Dios, a causa del pecado, y como el sustituto de los pecados de Su pueblo. Consideremos Su cruz. Allí la maldad total del corazón del primer Adán, alejado de Dios, estalló en su enemistad sin mezcla contra el perfecto bien. El juez, en cuyas manos Dios había confiado el poder y el juicio, lo usa ¡para condenar al inocente! Los sacerdotes designados para que se muestren pacientes con los ignorantes y extraviados (Hebreos 5:2), instigan a sus falsos testigos, y alegan contra un hombre justo, e instan a la multitud a clamar por la sangre de Aquel en quien no se había encontrado ninguna culpa. Los discípulos que habían seguido y se habían apoyado, y habían amado al Hombre que estaba allí de pie, encuentran ahora que el lugar es demasiado peligroso. El más afectuoso entre ellos Le niega al oír lo que decía una criada—sus "amigos" Le traicionan—los demás Le desamparan, — y allí está Él, ¡solo en la hora de la consumación de la iniquidad de Adán! La cruz de un Cristo rechazado exhibe el aborrecimiento del corazón del hombre contra Dios y contra el bien. Ella nos muestra a nosotros mismos lo que por naturaleza somos. Nosotros podemos leer allí acerca de lo que es capaz el corazón del hombre bajo cualquier circunstancia. La cruz nos habla de lo que podemos ser instados por Satanás a hacer bajo el pretexto de la religión, de la lealtad, ¡o de lo que usted quiera! Pero yo sigo adelante, y encuentro algo más. Encuentro a Dios en juicio, y al hombre portando el pecado, cara a cara. La espada del juicio divino satisfaciéndose a sí misma hasta el final, y, sin embargo, el juicio glorificado en el sacrificio que se presentó a Sí mismo para sus demandas. La copa de la ira fue exprimida y bebida hasta los sedimentos, y, sin embargo, durante todo ese momento el clamor de la conciencia sin culpa fue, "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" La verdad de Dios, — Su majestad — Su amor — Su santidad - ¡cada atributo moral, fue exhibido, reivindicado y glorificado en la muerte de Cristo!

 

En el evangelio de Lucas, capítulo 23, nosotros leemos que con Él fueron crucificados dos malhechores uno a la derecha y otro a la izquierda. Hagamos una pausa por un momento y contemplemos la escena. Alrededor de la cruz de Jesús se agrupó toda expresión del hombre caído; algunos recibiendo lo que merecieron sus hechos (Lucas 23: 41), otros haciendo mofa del Hombre que había profesado Su confianza perfecta en Dios, y aun así, resulta extraño decirlo, que estaba allí desamparado por Él. En Él nosotros encontramos al Hombre sin mancha que "ningún mal hizo". Él había renunciado a todo para poder descender al lugar de ruina en la cual yacía el pecador. Allí se encontraron los que crucificaban y el crucificado, en el lugar de muerte moral y tinieblas que rodearon la cruz. Uno de entre esa compañía de hijos caídos de Adán estaba destinado a ser algo más, — a saber, a ser el primer trofeo de la victoria que había de ser presentado ante el mundo como el botín de la hora, arrebatado de las manos del enemigo; uno de los malhechores blasfemos que se habían unido a sus camaradas para injuriar a Aquel que colgaba a su lado, sin una porción mejor que la de él mismo. Antes que la escena finalizara, su conciencia convencida confiesa que él sólo estaba cosechando la debida recompensa por sus acciones, pero que el Sufridor que estaba entre él y el otro malhechor "ningún mal hizo". Bienaventurada posición, el primer paso de fe; una conciencia culpable conscientemente convencida, y un Cristo sin mancha, se encontraron juntos en el mismo lugar de muerte y ruina; el uno cosechando lo que había sembrado, !el otro lleno de gracia! El primer paso de fe, una conciencia convencida, condujo al segundo paso de fe; ella viró desde la escena oscura interior a la luz exterior misma. La fe le abrió los ojos, y lo convirtió "de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios". (Hechos 26: 18). "Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino".  Él se había olvidado de la cruz, del dolor, de todas las circunstancias de la escena; y en lugar de las tinieblas que permanecían alrededor de la cruz para los hijos de Adán que estaban alrededor, estaba la luz para su alma, y en un futuro lejano ve al Hombre que colgaba a su lado, viniendo en Su reino, y sólo pide ser recordado en esa hora. Poco anticipó él la respuesta que le esperaba. Un lugar en el reino, tal vez un lugar muy humilde, era su esperanza. "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso". El velo del templo se rasgó para su alma, y él ya había pasado a ese paraíso de Dios con su Señor. ¡Feliz ladrón, tres veces feliz ladrón! ¡Los soldados rufianes le rompieron sus piernas, para asegurarse, para acelerar su muerte, y para complacer a la religión en el mundo que estaba a punto de guardar ¡el importante Día de Reposo! Pero Cristo había convertido el sombrío portal que era la entrada a la segunda muerte de los hijos de Adán, en la entrada al Paraíso de Dios.

 

Pero, mientras tanto, el alma de Jesús había expirado y la lanza del soldado recibe como respuesta la sangre que expía y el agua que limpia. La responsabilidad fue llevada y la vida y la expiación vienen de un Cristo muerto. Leemos, "En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados". (1ª. Juan 4: 9, 10). Aquí, nosotros tenemos nuevamente las dos cosas, a saber, vida y responsabilidad: una es comunicada, la otra es llevada y expiada. Vida, cuando estábamos muertos en transgresiones y pecados (Efesios 2: 1 – VM); propiciación, siendo nosotros responsables y culpables. La responsabilidad del primer Adán fue llevada en lugar de Su pueblo, y el pecado que conllevaba la responsabilidad fue quitado. Toda la escena del primer hombre y de sus pertenencias es limpiada, y el Segundo hombre es introducido en la gloria de Dios.

 

Ellos bajan Su cuerpo de la cruz y lo ponen en un sepulcro en el huerto. Contrastemos los dos huertos, — el de Génesis 3 con el de Juan 19. En uno fue colocado el primer Adán, inocente, con acceso al árbol de la vida; pero él, en el error de sus modos de obrar escoge el árbol de la responsabilidad, y cayó. En el otro huerto yace Aquel que tenía derecho al árbol de la vida, pero que había respondido a la responsabilidad en el polvo de la muerte. Para uno, el huerto hacia el oriente, en Edén, se convirtió en el portal a un mundo perdido que termina en el lago de fuego. Para el otro, el segundo huerto se convierte en el portal para Su pueblo, no al Paraíso recuperado, sino al Paraíso de Dios.

 

La vida a la cual la responsabilidad estaba unida había desaparecido, y también el pecado que acompañaba a la responsabilidad con la vida, — los pecados llevados, el pecado quitado, para la gloria de Dios. El pecado había constituido a Dios como juez al principio; quitar el pecado Le constituyó también como Salvador. El pecado de Adán había hecho de Dios un juez, pero la gracia en presencia de ello hizo de Él un Salvador.

 

Nosotros Le hemos seguido el rastro hasta el sepulcro, y Dios había sido glorificado en Él. El propiciatorio había sido expuesto y la sangre había sido rociada sobre él; las demandas del trono habían sido respondidas así como el objetivo del adorador, y Dios entra ahora y toma al Aval de entre los muertos y Le sienta a Su propia diestra en el cielo. Leemos, "Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados), y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús". (Efesios 2: 4 a 6 – LBA). Muertos juntamente, — nosotros en el pecado, — Él por el pecado, — juntamente vivificados, — hechos partícipes de una vida resucitada y justificada, más allá del alcance de la muerte, del pecado, del juicio, de la ira, de todo (habiendo hecho Cristo satisfacción para todas estas cosas, antes de dejar Él el lugar de muerte), nosotros somos ahora uno con Él en el cielo. Muriendo en nuestro lugar en la cruz nosotros somos uno con Él en la vida, y, "ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Romanos 8: 1). Nosotros estamos en el segundo (el postrer) Adán, no en el primero; estamos en el Espíritu y no en la carne; estamos bajo Su primacía. La responsabilidad fue llevada por Él en gracia. La propiciación emana hacia nosotros de la muerte de Cristo, y Su pueblo es introducido en la nueva creación de Dios. Leemos, "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura (o nueva creación) es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo". (2ª Corintios5: 17 y 18). Dios ha sustituido el pecado y la persona del primer Adán, por Su justicia y por la persona del segundo (postrer) Adán.

 

¿Cuál es el resultado de todo esto ahora en la vida práctica?

 

Antes que nosotros respondamos a esta pregunta debemos mirar hacia atrás y establecer qué es lo que fue aplicable a Adán, caído, bajo la sentencia de muerte. El hombre, vivo e inocente en el huerto, sólo tenía que retener el estado o condición en que él había sido puesto; pero al hombre caído y expulsado de la presencia de Dios, con una conciencia que él había recibido cuando cayó,  se le expidió la ley, la exigencia por parte de Dios para él, un pecador, y que propuso la vida en las cosas de ella, y le dio una norma para andar, lo cual habría sido su justicia si la observaba. En la ley encontramos nuevamente el principio de los dos árboles, vida y responsabilidad. Ella entró entre Adán y Cristo para plantear la pregunta, ¿tenía el hombre caído alguna justicia para con Dios? Y ella propuso darles vida sobre la condición de que el hombre, así responsable, cumpliera perfectamente sus exigencias. Su conciencia le dice que él debe cumplir todas sus exigencias; y reconoce su responsabilidad de ser todo lo que se requiere de él, — a saber, amar a Dios con todo su corazón, y a su prójimo como a sí mismo; que él no debía codiciar, etc. Si la ley hubiese sido dirigida a Adán en el huerto, ella no habría tenido ningún significado en absoluto, pues ella proponía dar vida mientras que Adán no había perdido la vida; y ella prohibía las codicias las cuales no existían. Solamente para el hombre caído ella tiene alguna aplicación. Ella prohibió las codicias en un corazón que estaba lleno de codicias, y sacó a relucir y definió las codicias de un corazón que se había alejado de Dios. Ella encontró al hombre como pecador, y en lugar de traer vida, como ella propuso si el hombre la observaba, trajo la muerte a su conciencia y le constituyó como ofensor, un transgresor; "pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado". (Romanos 3: 20 – LBA). Leemos, "La ley se introdujo (es decir, entre Adán y Cristo) para que abundara la transgresión", no para que abundara el pecado pues el pecado ya estaba allí. (Romanos 5: 20 – LBA). Consecuentemente, "reinó la muerte desde Adán hasta Moisés", por medio del cual la ley fue dada. (Romanos 5: 14). Por lo tanto, ella no podía dar vida y, como resultado, no podía dar justicia; porque "si se hubiera dado una ley capaz de conferir la vida, ciertamente la justicia hubiera sido por ley". (Gálatas 3: 21 – VM). Por lo tanto, ella "no fue dada para el justo" (1ª Timoteo 1), sino que pertenece al primer hombre, caído y expulsado de la presencia de Dios, y no tiene su aplicación directa para nadie más.

 

¿Cuál es, entonces, la guía para la vida práctica del cristiano que ha sido hecho partícipe de la resucitada vida justificada del Segundo (postrer) Adán? La esencia misma de esto emana del hecho de que él ha sido llevado a Dios en Cristo, y ha sido puesto en una condición del todo nueva en virtud de la redención y por medio de ella. La vida del primer hombre se perdió; pero Cristo asumió la responsabilidad que pertenecía a Su pueblo, y cargó con ella plenamente para la gloria de Dios cuando descendió al lugar de la muerte en el que ellos estaban como hijos del Adán caído; y ahora la vida les ha llegado a partir de la muerte de Cristo, y la responsabilidad de ellos brota de la posición en la que han sido situados. Como en las relaciones terrenales, la responsabilidad del hijo hacia su padre emana de la relación que existe, — del hecho de ser él un niño; la de la esposa hacia su marido, del hecho de la relación en la que ella está, — la de ser su esposa. Así que la verdadera responsabilidad cristiana está fundamentada en la existencia de la relación y la posición en la que él está. La vida ha sido comunicada y él está delante de Dios, a la luz plena de Su presencia, en el Segundo Adán resucitado de entre los muertos y ascendido a la presencia de Dios. Es el principio de la responsabilidad real lo que hace que él actúe a la altura del lugar en el que se encuentra, y a juzgar, en sus modos de obrar, todo lo que sea inconsistente con ese lugar. No es que él deba vivir de acuerdo a lo que Adán, inocente, debiera haber sido; o de acuerdo a lo que la ley exigió del hombre caído; o conforme al curso de este mundo. Pero como estando muerto al pecado, muerto al mundo, muerto para la ley en el cuerpo de Cristo, él debe dejar que la vida de Jesús se manifieste en su cuerpo; debe vivir la vida que le ha sido impartida, vida que fue exhibida en Cristo, — una vida que lo conecta con el cielo, pero que debe ser ejercitada en el mundo, y producir así fruto para Dios. La ley deseaba que el caído Adán amara a su prójimo como a sí mismo, y no le dio ningún estándar u objetivo más elevado con respecto a su prójimo que esto. El nuevo hombre tiene a Cristo como medida de su andar y de su práctica, y no se trata simplemente de amar a su prójimo como a sí mismo, sino de renunciar y entregarse por completo, como Cristo lo hizo, — "poner nuestras vidas por los hermanos". (1ª. Juan 3: 16).  Al cristiano se le dice que sea un imitador de Dios, como hijo amado y que ande en amor (Efesios 5: 1, 2), teniendo a Cristo como su ejemplo y su estándar; y, permaneciendo en Él, debe andar como Él anduvo, — entregándose a sí mismo, entregando la vida, entregando todo por sus enemigos.

 

F. G. Patterson

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Diciembre 2020.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:

 

LBA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

Título original en inglés:
Is the Christian in Adam or in Christ? and What Is the Result of This as Regards His Standing and Walk?, by F. G. Patterson
Traducido con permiso
Publicado por:

Versión Inglesa
Versión Inglesa