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CORINTO Y SECTAS (Holden, Richard)

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Duración : 37 minutos y 14 segundos

CORINTO Y SECTAS

 

Richard Holden

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960, excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito.

De la revista "Sound Words", volumen 9, 1878.

 

¿Cómo era la Asamblea de Corinto en los días de los Apóstoles?

 

En los días de los apóstoles en Corinto existía una compañía de personas que habían creído al Evangelio, habían nacido de nuevo del Espíritu Santo, habían sido bautizadas por Él en "un solo cuerpo" (1ª Corintios 12: 13), habían sido sacadas por Él de entre judíos y gentiles, y habían sido congregadas al nombre de JESÚS.

 

Cada primer día de la semana (por no hablar de otras ocasiones) ellos eran reunidos a Su nombre por el mismo Espíritu Santo (Mateo 18: 20; 1ª Corintios 5: 4); pues Él había prometido que cuando fuesen así reunidos, Él estaría en medio y, como habiendo sido reunidos por el Espíritu Santo, ellos se congregaban, o se juntaban, para encontrarse con Él. (1ª Corintios 14: 23, 26; Hebreos 10: 25).

Ellos no se reunían como una sociedad voluntaria creada o inventada por el hombre sino como la iglesia, o asamblea, de Dios (1ª Corintios 1: 2), — es decir, una asociación, o cuerpo, de Su formación, —en sus respectivos lugares en los que ellos habían sido colocados, no por la propia elección de ellos sino por Él (1ª Corintios 12: 18). Ellos no tuvieron ni opción, ni elección, ni selección en el asunto, y aun así no había en ese día y en esa ciudad nada más bajo el nombre de Cristiano para tentarlos a tomar cualquiera otra posición.

De la lectura de Hechos 18 nosotros sabemos que el Apóstol Pablo había sido el instrumento del Espíritu Santo para el llamamiento original de esa asamblea. Sabemos, de pasajes de su epístola a ellos (1ª Corintios 12: 8 a 11, 20, 30; 1ª Corintios 14: 13, 23, etc.), que tenían en medio de ellos personas dotadas de por lo menos algunas de las clases de personas de las cuales el apóstol les declaró que Dios había puesto tales en la asamblea. (1ª Corintios 12: 28).

Sin embargo, no parece que tuvieran entre ellos nada parecido a lo que ahora se conoce como 'un ministerio profesional' o 'instalado'. No hay ningún indicio ni en los Hechos ni en las epístolas de nada parecido a un "ministro", o a un 'anciano que preside', u otro oficial que dirigiera o regulara 'los servicios' en sus asambleas, o que presidiera la Mesa del Señor. La ausencia de tal persona es evidente, en primer lugar, por la ausencia de cualquier alusión a él en las reprensiones, enseñanzas o saludos del apóstol; y en segundo lugar, por el hecho evidente en todo el tono de las amonestaciones y enseñanzas del apóstol en los capítulos 11 al 14 de que la libertad de ministerio en sus reuniones estaba totalmente libre de ser controlado por la presencia de cualquiera que estuviese en autoridad.

¿Cómo eran los santos en Corinto?

De la lectura de las epístolas es más evidente que aunque estas personas eran denominadas como "santos" por el Espíritu Santo (1ª Corintios 1: 2), existía aún en ellos, y entre ellos, un elemento maligno conocido en la Escritura como "la carne", "carne" que da a conocer su presencia mediante a lo menos alguna de las obras descritas por el apóstol en Gálatas 5: 19 a 21 como peculiares de ella; pues, en el capítulo 5 de 1ª Corintios, el apóstol tuvo que acusarlos de una de sus obras más feas y advertirles contra varias otras. En 1ª Corintios 11: 21 él tuvo que culparlos por otra de estas—, embriaguez, bajo las más atroces circunstancias, a saber, a la mesa del Señor y en compañía de glotonería; y en el capítulo 1 y versículo 11 él tuvo que redargüirlos por "contiendas", y en el capítulo 3, versiculo3, por " celos, contiendas y disensiones"; y después, en el capítulo 4 versículo 19, por estar envanecidos; y en el capítulo 6 versículo 1, por "ir a juicio", y en los capítulos 11 y 14 por abusos tales en el ministerio y en la cena del Señor que hacían que su reunión no fuera " para lo mejor, sino para lo peor", por cuanto había "divisiones" entre ellos. (1ª Corintios 11: 17, 18). Se permitía que las mujeres tomaran parte en las reuniones; se permitía que la exhibición en el uso de las lenguas usurpara el lugar de la edificación, y prevalecía un desorden tan indecoroso en el ejercicio de las profecías que demostraba que ellos no estaban actuando en el Espíritu, "pues Dios no es Dios de confusión". (1ª Corintios 14: 33).

¿Y qué de las DIVISIONES en Corinto?

Parece que, además, la presencia de estas "contiendas" "divisiones" y 'desavenencias' comenzó a asumir la forma de facciones, agrupándose ellos mismos bajo nombres diferentes tales como, Pablo, Apolos, Cefas, e incluso el sagrado nombre de Cristo fue hecho entre ellos un nombre de grupo.

Del silencio acerca del tema en la segunda epístola es bastante evidente que la amonestación del apóstol surtió efecto y sofocó, en todo caso por el momento, el desarrollo de este espíritu sectario que podía llegar a un abierto rompimiento, lo cual estuvo bien.

No obstante, nosotros podemos imaginar el estado de cosas que debiera haber resultado si esto hubiese sido de otra manera, ya que al hacerlo podemos encontrar ayuda para aprovechar ciertos importantes principios que determinan nuestra propia posición.

Imaginemos que las desavenencias en Corinto hubiesen llegado a tal punto que en algún determinado primer día de la semana cada uno de los nombrados por el apóstol hubiese decidido separarse de los demás, y hubiese consolidado un lugar de reunión separado; de modo que ese primer día de la semana, en lugar de la asamblea original de la que nos hemos ocupado hasta ahora, se encontraran también en Corinto otras cuatro reuniones, cada una en su respectivo lugar de reunión, bajo su respectivo nombre de Pablistas, Apolistas, Cefistas y Cristoistas, o Cristianos.  

Cinco Asambleas, — ¿y Entonces Qué?

Pues bien, ¿cuál sería la situación de los acontecimientos? y, ¿cuáles serían los méritos respectivos de las cinco asambleas?

En primer lugar, habría allí cuatro reuniones distintas, cada una con un nombre adoptado con el expreso propósito de diferenciarla de todos los demás Cristianos en Corinto. No es que ellos hubieran renunciado al nombre Cristiano pues ellos seguían llamándose a sí mismos Cristianos; sino que los Cristianos quieren ahora diferenciarse, y diferenciar a quienes ellos desean excluir de la comunión de ellos a menos que estén dispuestos a identificarse con la actitud y posición de ellos. Los Cristianos, habiéndose dividido, necesitarían ahora otros nombres además del de Cristiano para diferenciarse. Antes sólo necesitaban un nombre para diferenciarse de judíos o paganos, y el nombre Cristiano era suficiente para eso. Ellos quieren diferenciar ahora los Cristianos de los Cristianos. Siguen siendo Cristianos pero ahora son Cristianos de un tipo peculiar, — ellos son Cristianos Pablistas, y Cristianos Apolistas, y así sucesivamente.

Y entonces, como ahora ellos se han dividido y tienen sus lugares de reunión separados, éstos también reciben el nombre de los que se reúnen en dichos lugares; y allí habría surgido la casa de reunión Pablista, la iglesia o capilla Apolista o Cefista, o como sea que pudiesen llamarla.

¿Qué Significa 'Terreno de Reunión?

El terreno por el cual las personas se reúnen en cualquier lugar de asamblea es el motivo que ellas tienen por la cual están allí. Mientras todos los santos o hermanos en Corinto se reunían en un lugar lo hacían porque todos tenían un objeto común, un nombre común, un centro común. Su objeto era Cristo. Ese Nombre, ese objeto y ese centro los separaba y los diferenciaba del Gentilismo, por una parte, y del Judaísmo, por la otra.

Una vez que ellos se hubiesen dividido, el motivo para estar cada uno en sus respectivos lugares en lugar de estar todos en uno, en un terreno común, habría sido muy diferente.

Si a un Pablista se le hubiera preguntado el primer día de la semana, cuando estaba entrando a la casa de reunión Pablista, por qué él iba allí en lugar de ir donde solía, su honesta respuesta debía haber sido de que él estaba yendo allí debido a que él era un Pablista y que era allí donde los Pablistas se reunían. Ellos se estaban reuniendo ahora como Pablistas, congregados en nombre de Pablo. Ellos no habían abandonado su Cristianismo, —ellos aún habrían insistido acerca de ser reconocidos como Cristianos, pero habían añadido algo a su Cristianismo. Suponiendo que no se tratara más que de un nombre, ello aún constituía un nuevo tipo de Cristianismo, — un nuevo terreno de reunión. No es lo que era desde el principio. Por lo tanto, no era el Cristianismo de Cristo en el terreno de Dios. Si estos Pablistas hubiesen estado satisfechos con el Cristianismo tal como Dios lo dio ellos no habrían necesitado ni un nuevo nombre ni un nuevo lugar de reunión. Ellos se habrían contentado con seguir con el antiguo nombre y el antiguo lugar. Lo que requería un nuevo nombre era lo nuevo, la nueva actitud hacia sus compañeros Cristianos,— el nuevo terreno de reunión.

¿Qué Actitud Tendrían los Pablistas hacia los Demás Cristianos?

La actitud de estos Pablistas hacia los que todavía estaban en el terreno original y hacia los demás habría sido esta, —a saber, ellos habrían mantenido hacia ambos, «Nosotros somos tan Cristianos como vosotros. Nos reunimos en el nombre del Señor tanto como vosotros; sólo que nos apartamos de vosotros que insistís irrazonablemente en llamaros sólo Cristianos porque creemos que es bueno introducir algunos pequeños cambios en el orden y el ministerio de nuestra iglesia que estamos seguros que Pablo aprobaría, aunque no los haya prescrito. Y como vosotros no queréis aceptarlo en las reuniones y no queréis tener comunión con nosotros al hacerlo, nosotros pensamos que es mejor dejaros solos; y así todos los que estamos de acuerdo con esto os decimos 'adiós', y nos reunimos ahora donde tenemos libertad para complacernos al respecto. Y para diferenciarnos de vosotros, y de otros que se han marchado por otros motivos, elegimos llamarnos Pablistas, — recordad, Cristianos Pablistas;  pues somos tan buenos Cristianos como vosotros, sólo que ese nombre de "Cristianos" solamente, no es suficiente ahora para 'denominarnos', pues nos confundiría con vosotros. Entonces, en cuanto a vosotros, los que os llamáis Apolistas o Cefistas, aunque reconocemos plenamente la libertad que disfrutáis para complaceros a vosotros mismos así como nosotros, sin embargo, pensamos que los cambios que vosotros habéis añadido a la cosa antigua no son tan buenos como los nuestros; y así, aunque tenemos menos objeción a vosotros que a esas otras personas de mente estrecha que no ceden ni una pulgada de lo que encuentran escrito para ellos, aun así, como veis, tampoco podríamos llevarnos bien con vosotros. Así que debemos estar de acuerdo en discrepar y reunirnos aparte, cada uno en nuestro propio lugar, y bajo nuestro propio 'nombre denominacional'. Al mismo tiempo, no queremos ser intolerantes; y por eso, ya que aún os reconocemos como Cristianos, nosotros permitiremos que cualquiera de vosotros que quiera venga ocasionalmente y se siente a nuestra mesa, y puede que algunos de nosotros nos acerquemos ocasionalmente a vosotros de la misma manera, como para mostrar al mundo que aunque estamos divididos seguimos siendo uno. También estaríamos dispuestos a hacer lo mismo con esas otras personas, sólo que ellos no intercambiarán tales cortesías con nosotros, tan puritanos y estrechos de miras como son».

Tal habría sido necesariamente, más o menos, la actitud hacia los demás, de cada una de las nuevas 'denominaciones'.

¿Cuál Debe Ser la Actitud del Cuerpo Original?

¿Y qué acerca de la actitud del cuerpo original? Debe haber sido esta: a saber, ellos habrían dicho a estos cismáticos, «Nosotros tenemos en nuestras manos la carta de Pablo en la que nos advierte contra los nombres y las  desavenencias y las divisiones; en la que nos dice que "el cuerpo es uno (1ª Corintios 12: 12), y que el pensamiento de Dios es, "que en el cuerpo no haya división" (1ª Corintios 12: 25 – LBA), dado que Él mismo lo ha formado mediante Su Espíritu y "ordenó el cuerpo", y "ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso" (1ª Corintios 12: 18); y nosotros no podemos consentir intentar mejoras en lo que Dios ha hecho. Si Él hubiera juzgado que son necesarias o buenas las cosas que vosotros habéis adoptado, Él las habría designado y en alguna parte de Su Palabra las habríamos encontrado mencionadas. Mientras Pablo estuvo entre nosotros podíamos apelar a él, pero, aunque él está ausente, nosotros tenemos sus escritos y los de los demás, y no podemos consentir cambios que están afuera de estos escritos, pues hacer eso sería apartarse del terreno de Dios en el cual Él nos ha colocado. Vosotros podéis tener muy buenas intenciones y ser sinceros en lo que habéis adoptado, no negamos eso. Tenemos que admitir, para dolor nuestro y vergüenza nuestra, que los desórdenes que de tiempo en tiempo se han infiltrado encubiertamente entre nosotros debido a la falta de juicio propio y por consentir la carne, son muy tristes; pues reconocemos muy plenamente que es una obra vergonzosa el hecho de que la embriaguez y desórdenes por el estilo se inmiscuyan en la mesa del Señor; y admitimos que vosotros tenéis buenos motivos para sentir profundamente al respecto; pero, cuando adoptáis como cura una mera invención vuestra, que no tiene ni un ápice de justificación en la Palabra de Dios, y elegís a una persona para que 'presida' la mesa y administre lo que a vosotros os complace llamar ahora un 'sacramento', vosotros veis, queridos hermanos, que no es posible que estemos con vosotros en ello, ni tener la menor comunión con vosotros en ello, ya que ello no es algo designado por Dios y nosotros no podemos actuar sin Sus órdenes: pues hacer eso sería dejar el terreno en el cual Él nos ha colocado, y por tanto, sería dejar de ser la cosa que Él nos hizo, — a saber, la iglesia de Dios. En el momento que comenzamos a dejar que nuestra sabiduría y nuestras voluntades den forma a nuestra estructura, nos convertiríamos en una mera sociedad voluntaria, un lugar para que la voluntad del hombre actúe; mientras que, como asamblea de Dios, — un organismo formado por Él cuya ordenación es de Él, — nosotros no podemos reconocer ni seguir otra voluntad que no sea la de Él en cualquier cosa que afecte a nuestro orden o terreno». (Ver nota).

(Nota del Editor de la revista en Inglés). La 'asamblea o iglesia de Dios' no es ni una 'organización' ni una 'sociedad': es "el cuerpo de Cristo": un "cuerpo" es un organismo, más que una 'organización'.

¿No Ayudará un Ministro Educado y Formado a Mantener Alejados los abusos?

Y los de la iglesia original continúan diciendo, «Por similares motivos nosotros no dudamos de que tenéis buenas intenciones cuando algunos de vosotros adoptáis la opinión de que la mejor forma de mantener bajo control abusos en el ministerio de la Palabra, mantener afuera la ignorancia o la tosquedad del habla, prevenir los celos, etcétera, es educar y ordenar una clase de personas para el propósito, a las cuales deben estar restringidas todas las funciones ministeriales, y vemos cierta verosimilitud acerca de ello en el terreno de la humana conveniencia; pero, por otra parte, no tenemos ninguna palabra de Dios para una institución tal, y no nos atrevemos a ir más allá del pensamiento del Señor. Nosotros no podemos olvidar que en un día anterior estos males que vosotros procuráis corregir ya habían comenzado a manifestarse y, tal como sabéis, en la primera epístola de Pablo a nosotros él trató muy rotundamente con nosotros acerca de dichos males. Ahora bien, si los planes que habéis adoptado hubieran sido los más sabios, o según el pensamiento de Dios, el apóstol habría sido conducido por el Espíritu a establecer entre nosotros lo que era necesario, pero, como él no lo hizo, nosotros tampoco podemos hacerlo. Y aunque lamentamos mucho que os separéis de nosotros por tales motivos, y sentimos que en ello vosotros deshonráis enormemente al Señor, sin embargo, no nos atrevemos a ganar una cosa tan preciosa como la unidad a expensas de la verdad y de los fundamentos mismos de nuestro carácter como 'asamblea de Dios'. Vuestras organizaciones recién inventadas son una negación práctica de la propia ordenación de Dios, el cual ha ordenado el "un solo cuerpo" como Le ha agradado, y nos ha dejado en Su Palabra el registro completo de Su pensamiento acerca de él. Al estableceros vosotros en cuerpos organizados por vosotros mismos refutáis la Palabra de Dios acerca de que el "cuerpo es uno ", y no nos atrevemos a tener parte con vosotros ni a reconoceros en una posición tal. vosotros nos llamáis estrechos y exclusivos debido a que declinamos tener comunión con vosotros en esas mesas que habéis instalado, pero nosotros debemos ser fieles a nuestro Señor sin importar cuál vituperio ello pueda acarrearnos».

¿Qué Sucede con las Diferencias en las Interpretaciones de la Palabra de Dios?

«Además, en cuanto a aquellos de vosotros que hacéis de las interpretaciones doctrinales de la Palabra su motivo de separación de los demás y de asociación entre vosotros mismos, nosotros podemos andar tan poco con vosotros o someternos a vosotros como a los demás. Nosotros admitimos cuán malo es que tengamos pensamientos distintos en cuanto al significado de la Palabra de Dios. Admitimos que ya que la Palabra no puede tener más que un solo significado, en alguna parte debe haber pecado y las cegadoras influencias de la carne en acción, en uno u otro aspecto, donde prevalecen diversidades de parecer. Nosotros damos plena importancia a las solemnes amonestaciones del apóstol a nosotros en cuanto a que hablemos " todos una misma cosa", que estemos "perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer" (1ª Corintios 1: 10); pero, cuando también tenemos en cuenta que esta misma Palabra no fue dada para que pudiéramos dividirnos en secciones donde pudiésemos estar de acuerdo de manera recíproca en nuestros respectivos pensamientos o pareceres, sino para que no haya divisiones entre nosotros, y para permitir que nuestro celo por tener una misma mente acerca de asuntos de doctrina difíciles, o de difícil interpretación, nos conduzca a hacer precisamente la cosa para cuya evitación se ordenó tener una misma mente, parece más bien un modo de proceder contradictorio. Donde la Palabra de Dios habla claramente en definida aseveración, nosotros no dudamos; pero, donde el asunto es acerca de elevar las inferencias de un hombre a partir de la Palabra a un nivel con la Palabra misma, eso es lo que debemos declinar. Nosotros vemos dos grupos entre vosotros separándoos entre vosotros y de nosotros, y organizándoos vosotros mismos en cuerpos opuestos bajo vuestros respectivos nombres de grupo en el terreno de vuestras poderosas convicciones en cuanto a la solidez de vuestras respectivas inferencias a partir de ciertas Escrituras. Vosotros sostenéis estas opiniones que son vuestras como siendo muy importantes, sin duda, y estáis firmemente persuadidos en vuestras propias mentes de que estáis en lo correcto, y de que vuestra manera de hacerlo es la manera de Dios; pero parece que vosotros pasáis muy por alto el hecho de que en vuestro celo por la verdad inferida estáis hollando la verdad claramente declarada, pues Dios ha prohibido de manera clara la división y vosotros estáis dividiendo. Ahora bien, nosotros tenemos que reconocer, para nuestro pesar, que en la actualidad no podemos tener todos un mismo parecer acerca de estos asuntos, y tenemos entre nosotros a los que están de acuerdo con uno, y a los que están de acuerdo con otro de vuestros grupos; pero nosotros no podemos, no nos atrevemos a intentar remediar este mal tratando de forzar las conciencias de nuestros hermanos;  pues, ciertamente, en estos asuntos hay inconvenientes derivados de nuestra falta de unanimidad en estos asuntos, pero no nos atrevemos a tomar el asunto en nuestras manos, como vosotros habéis hecho, y hacerlo más cómodo para nosotros mismos organizando sectas, y aliándonos sólo con los que piensan como nosotros. Este es el remedio del hombre, no el de Dios, y al asumirlo, queridos hermanos, vosotros mismos os habéis convertido en "sectas" y os habéis apartado del terreno de Dios, así que nosotros no podemos tener, en fidelidad, nada que ver con vuestra organización ya que la palabra de Dios por medio de Pablo, en su epístola a los Romanos (16: 7) nos ordena que nos fijemos en aquellos que causan divisiones y que nos apartemos ».

«No, queridos hermanos, a todos y a cada uno de vosotros debemos decirlo; nosotros os reconocemos individualmente como nuestros hermanos en el Señor y como compañeros Cristianos. Nos regocijaremos al daros la bienvenida de nuevo a sus respectivos lugares en la asamblea de Dios y a la mesa del Señor; pero no podemos reconoceros ni reunirnos con vosotros en el terreno de vuestras nuevas organizaciones, cuerpos y nombres. Nosotros permaneceremos firmemente, por la gracia de Dios, donde Él nos ha colocado, en la unidad del cuerpo de Cristo; y no introduciremos ningún cambio sino que nos adheriremos cabalmente a la Palabra escrita en todo lo que concierne a nuestra acción de asamblea; dejando libertad a nuestros hermanos donde Dios no lo ha prescrito expresamente, como Él mismo nos ha enseñado a hacerlo en la carta de Pablo a los Romanos. (Romanos 14: 1 a 5)».

«En cuanto al fracaso entre nosotros, no lo atenuaremos ni lo negaremos sino que procuraremos humillarnos acerca de él delante del Señor, esperando en Él por gracia para tratar con él en términos de Sus propias enseñanzas divinas. Si en algún momento este fracaso asume en sí la forma de herejía (o, secta), afectando las verdades fundamentales de la doctrina de Cristo, nosotros trataremos con él como Juan ha dado instrucciones en su segunda epístola. Si el fracaso asume el carácter de alguna de esas cosas que Pablo nos señaló en el capítulo quinto de su epístola a nosotros mismos, buscaremos gracia para tratarlo tal como él lo indica allí y como ya lo hicimos en la ocasión a la que él se refirió. En asuntos inferiores nosotros procuraremos, mediante la oración y la mutua fidelidad entre nosotros y por medio del juicio propio en nosotros mismos, reprimir la carne y corregir sus malignas obras ».

Aquí, pues, tenemos, según la suposición, en la ciudad de Corinto, cinco asambleas Cristianas distintas, — una de ellas adherida al nombre, al terreno y al orden en que fueron establecidas por Dios al principio; y las otras cuatro siendo divisiones o sectas desconectadas del terreno original con el propósito de mantener cada una de ellas un orden o punto de vista distinto de doctrina, al que se le ha unido suficiente importancia como para convertirlo en un terreno de comunión, — un vallado para incluir, por una parte, o excluir, por la otra, de la plena comunión y asociación, a los que están de acuerdo o a los que difieren de ellas.

Terreno Divino, o Sectario

Esa es la diferencia entre el terreno divino y el sectario. El terreno divino incluye todo lo que Dios ha decretado que sea incluido, es decir, todos los verdaderos hijos de Dios que no se han mezclado con doctrinas heréticas (o, sectarias) (2ª. Juan), o no se han contaminado por un profano vivir (1ª Corintios 5). Ello excluye a todos los que no son hijos de Dios, y también a aquellos que, siendo Sus hijos, puedan contaminarse con el mal doctrinal o moral.

El terreno sectario incluye a todos aquellos a quienes el hombre elije incluir, a saber, a los que están de acuerdo en aceptar los peculiares principios y orden; y este terreno excluye a todos los que se niegan a aceptarlos. (No, quizás, de una comunión ocasional, sino de la plena y reconocida comunión). El grado en que son respetadas las propias calificaciones de Dios para la comunión puede variar. Algunos podrían insistir en recibir sólo a verdaderos hijos de Dios que aceptasen los principios, otros podrían admitir a todos los que los acepten, sin discriminación; pero, en todos los casos en que se adopta el terreno sectario y no el Cristianismo puro y sencillo, de los asociados, sino el acuerdo en los principios de la secta, o la aceptación de sus normas, se trata del terreno de reunión, de asociación o de unión.

Supongamos ahora que el apóstol Pablo hubiera visitado Corinto algún primer día de la semana cuando este estado de cosas hubiese estado en existencia. ¿Cómo habría actuado él? ¿Adónde habría ido él a partir el pan? Estoy seguro de que ustedes no dudarán ni un momento. Él habría ido a la asamblea original que él mismo había fundado y se habría dirigido a ella como "a la iglesia (o asamblea) de Dios que está en Corinto". ¿Habría él reconocido de alguna manera a estos cuerpos disidentes? Yo pienso que no. Si ellos se hubieran acercado a él y hubieran reclamado tener comunión con él, o lo hubieran invitado a sus asambleas y a sus mesas, yo puedo imaginar con qué energía él habría declamado contra ellos, y cuán resueltamente habría mantenido el terreno de Dios. Si ellos le hubieran aducido, como podrían haberlo hecho, que al rehusar reconocerlos él carecía de amor, y que ponía en duda el Cristianismo de ellos, y que rehusaba la comunión de muchos de los amados hijos de Dios, yo puedo imaginar de qué manera él los habría encarado y habría dicho, «Yo no niego vuestro Cristianismo, no dudo de que vosotros sois hijos de Dios; pero vosotros sois malos hijos, hijos desobedientes, hijos voluntariosos, hijos presuntuosos. Vosotros habéis considerado ser más sabios que Dios y, al presumir que podéis mejorar lo que Él dejó perfecto vosotros habéis hollado Su orden y habéis violado, de la manera más flagrante, ese amor Cristiano y esa comunión Cristiana que vosotros profesáis reclamar como vuestra, y me culpáis por retener ambas cosas. ¿Acaso no sabéis que yo os escribí por el Espíritu de Dios que el amor "no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad". (1ª Corintios 13: 6)? Y vosotros que os habéis apartado de la verdad inicuamente, en verdad querríais que yo, bajo el nombre de "amor", hiciera la vista gorda, por así decirlo, y tuviese comunión con vuestras iniquidades. No hermanos, yo he aprendido que "amor" es mejor que eso. El amor más verdadero , más amplio, más santo que yo puedo mostrar es protestar, como vosotros sabéis que hago, contra el apartamiento de Dios por vuestra parte, y mantenerme alejado de vosotros, como lo hago ahora, hasta que os volváis de vuestras malas prácticas, dejéis a un lado todas vuestras invenciones, y regreséis al sencillo terreno de Dios y de Su Iglesia. Hasta que vosotros hagáis esto, yo os amo demasiado y amo demasiado a mi Señor como para encontrarme con vosotros. A vosotros, como individuos, me complace reconoceros como hermanos en el Señor, aunque hermanos equivocados, pero, a vuestras organizaciones no las reconoceré ni tendré nada que decirles. ¡Deshaceos de ellas!»

Pero. ¿No es Diferente Ahora?

Pero, tal vez usted estará dispuesto a volverse a mí y decir: «Bien, reconozco que todo esto es cierto. No tengo ninguna duda de que habría sido más o menos así en el caso que usted ha supuesto, pero, por otra parte, el caso no es paralelo a aquello a lo cual ustedes quieren aplicarlo. Ustedes, 'hermanos', dicen que toda la Iglesia se ha apartado del terreno de Dios, y que cuando empezaron a reunirse no había ninguna asamblea estando aún en el terreno. Mientras la había, el asunto era bastante fácil y claro, pero ahora es muy diferente».

Pues bien, yo estoy muy dispuesto a admitir este rasgo de diferencia en los casos, aunque en realidad eso no afecta el principio. Sin embargo, si me permiten llevar la suposición un poco más lejos, podré mostrarles un verdadero paralelo.

Reanudaremos nuestro supuesto caso tal como lo dejamos, es decir, en Corinto, con una asamblea genuina y cuatro asambleas sectarias en dicha ciudad. Supondremos además que estas sectas son de personas realmente serias, con un celo por Cristo según el estilo de ellas, y un verdadero amor por las almas. Su celo los lleva a un serio cometido misionero y difunden la verdad del Evangelio, y son bendecidos con la salvación de almas a las que, obviamente, adoctrinan también en sus principios especiales, y se organizan en cuerpos, iglesias o congregaciones, según sus respectivas formas y bajo sus respectivos nombres. Supondremos que en cierta ciudad de un país alejado de Corinto, donde el Cristianismo era desconocido anteriormente, se han establecido las cuatro sectas, y que entre ellos suman unos setecientos u ochocientos conversos. Estos conversos, como es natural, han tomado sus ideas de Cristianismo de aquellos de quienes lo han recibido, y aunque las Escrituras han sido puestas en sus manos, han recibido la interpretación de ellas que sus maestros han presentado, de modo que ellos siguen felizmente en sus respectivas 'denominaciones', con tal vez una mínima porción de controversia en cuanto a puntos acerca de los cuales ellos difieren.

 

Sin embargo, un día, un Cefista, ferviente lector de la Escritura, en el curso de su lectura comienza descubrir que no todo es tan sencillo como había sido enseñado a suponer. Él encuentra en la Escritura que el cuerpo de Cristo es uno solo, y que la división es pecado. Él medita, lee, y ora, y aumenta la convicción de que las cosas están dislocadas. Él examina los diferentes sistemas eclesiásticos y discierne que las cosas que los dividen son cosas que no se encuentran en la Palabra de Dios en absoluto; y discierne que acerca de las cosas que están realmente en la Palabra de Dios no hay tanta diferencia de opinión como la hay acerca de las cosas que no tienen cabida allí. Él pronto comienza a hablar acerca de esto con los demás, pero sólo es instantáneamente desestimado o se ríen de él. Algunos piensan que todo está bien tal como está; otros admiten lo incorrecto pero piensan que ya no tiene remedio. Ninguno parece dispuesto a abordar el asunto indagando qué es lo correcto y actuando en consecuencia. La conciencia del hombre se inquieta y se turba. Cuanto más lee y ora, peor le parece el asunto, hasta que un día él se topa con la segunda epístola de Pablo a Timoteo (2ª Timoteo 2: 19), en la que manda a todos los que invocan el nombre de Cristo que se aparten de la iniquidad. Él no puede dudar de que iniquidad es hacer lo que Dios prohíbe y por eso siente que debe apartarse de sus asociaciones actuales que han sido formadas sobre lo que ahora reconoce plenamente como terreno equivocado. Pero entonces, ¿qué ha de hacer él? ¿A dónde ha de ir? Él nunca ha oído hablar de nada más; no sabe si hay alguna de las iglesias originales que todavía se mantienen firmes o si todas han seguido el mismo camino. Está muy desconcertado y perplejo. Llega el primer día de la semana y tiene que decidir si puede ir de nuevo al lugar contra el cual su conciencia se ha pronunciado decididamente. Él siente que no puede y se queda tranquilamente en su habitación, a solas con Dios y la Palabra. (Hechos 20: 32).

 

¿Cuál es el Paso siguiente?

La mañana siguiente, mientras él camina por la calle se encuentra con un Pablista a quien había conocido anteriormente pero que no veía hace tiempo. Conociéndolo como un hombre piadoso, que ama a Cristo, aunque de otra denominación, él lo saluda y se detiene para hablar con él. Él menciona, con cierta vacilación, el asunto que ha acarreado sobre él tantas duras palabras por parte de los de su propia secta y, para su sorpresa, él recibe una cordial respuesta. Él encuentra que su amigo ha estado pasando a través de ejercicios similares a los suyos y, al igual que él, se ausentó el día anterior de su acostumbrado lugar, y pasó el tiempo a solas en la casa de verano de su jardín. Surge la pregunta, ¿existe algún motivo verdadero por el cual ellos no deberían reunirse el siguiente primer día de la semana y recordar al Señor juntos conforme a la sencillez de la Palabra? Ellos no conocen ningún motivo y acuerdan llevarlo a cabo. Antes de que llegue el siguiente primer día de la semana cada uno ha encontrado otro amigo en caso similar, de modo que cuatro de ellos se reúnen ese día sencillamente al nombre del Señor; y habiéndose despojado de todo lo que pertenecía a sus respectivas sectas ellos esperaron en el Señor que les diese una por guía por medio de la Palabra, y la hallaron. Ellos llegaron al terreno de Dios. El Espíritu los condujo hasta allí por medio de la Palabra.

 

Cuando esto es conocido, se levanta una barahúnda terrible y ellos son clasificados como autocomplacientes, como presuntuosos, como cismáticos, como formadores de otra secta, como despreciadores del orden de Dios, y de otras cosas. Aun así, la postura de ellos ha llevado a algunos a reflexionar y a escudriñar las Escrituras, y por uno y por otro son reconocidos como estando en lo correcto , — es decir, que ellos están siguiendo la Palabra escrita, sin añadir ni sustraer nada, y de este modo ellos están en el terreno que ellos reconocen ahora como aquél en el cual las Escrituras muestran que la Iglesia fue establecida originalmente. A partir de cuatro, ellos han pasado a ser cerca de veinte personas.

Supongamos que Pablo Visita Ahora esta Ciudad

Supongamos ahora que el apóstol Pablo, en sus viajes, ha llegado por fin a este país y se encuentra, un primer día de la semana, en la ciudad donde estas cosas han estado sucediendo. ¿Adónde irá él? ¿Irá él a las asambleas que el condenó en Corinto? ¿Hará la diferencia de localidad una diferencia de principio para el apóstol de Jesucristo? Absolutamente no. Él habría inquirido, y al enterarse de que había allí asambleas de las sectas él se habría alejado con el corazón apesadumbrado. Cuando por vez primera se hizo mención de otra "secta" nueva que había salido de entre las demás, él podría haber temido que fuese sólo un agravamiento del mal carnal; pero, a medida que le eran relatados los detalles de la acción de ellos, su mirada se habría iluminado y, levantándose, habría dicho: «Tengo que ver a estas personas»; y al verlos, y comprobar que aunque con gran debilidad y con muchos fracasos buscaban las sendas antiguas y andaban en ellas, él se habría alegrado de reconocerlos como los únicos representantes verdaderos de la asamblea de Dios en aquel lugar, no obstante lo insignificantes que fueran en número.

Sin embargo, si él los hubiera encontrado tolerando males conocidos entre ellos, esos que Dios ha establecido como  motivo de escisión, ciertamente no los habría reconocido así, sino que, aunque hubiera encontrado muchos fracasos, — a saber, falta de armonía, celos y envidia, y discordia, o cosas por el estilo, si bien él habría hablado en voz alta contra tales cosas y trabajado y orado por su extinción, estoy seguro de que no habría hecho de ellas un motivo para preferir una de las sectas cismáticas, incluso si él hubiera podido encontrar entre ellas una completamente libre de los males de los que se quejan como existentes aquellos  que están en el terreno de Dios. ¿Cree usted que él lo habría hecho? ¿Cree usted que él podría haber actuado de otra manera de la que yo he supuesto, considerando como iglesia de Dios a la que había regresado al terreno de Dios, y repudiando todo lo que estaba fuera de él?

Querido lector, que el nombre del país sea su país, que el nombre de la ciudad sea su ciudad, que la época sea el siglo actual en lugar del siglo I, y supongamos que en lugar del apóstol Pablo fuera mi lector quien tuviera que hacer la selección, ¿qué haría él?

 

Lo dejo a que él lo considere delante del Señor.

Richard Holden

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. - Junio 2021.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:

 

LBA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997, 2000 por The Lockman Foundation, Usada con permiso.

Título original en inglés:
"Corinth and Sects", by Richard Holden
Traducido con permiso
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