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ACERCA DEL MINISTERIO: SU NATURALEZA, FUENTE, PODER, Y RESPONSABILIDAD.
Me parece que el estado de la
iglesia de Dios indica, suficientemente, la utilidad de las siguientes observaciones acerca del ministerio, las cuales no
son presentadas en la perspectiva de causar controversia, sino para proyectar luz acerca de un asunto sobre el que se ha propagado
mucha controversia. Es un asunto, además, de dignidad e interés suficientes como para conducirnos por sobre las brumas de
las discusiones teológicas, y al disfrute de la luz pura del cielo, que es desde donde emana el verdadero ministerio.
Sería bueno, como introducción,
dar su verdadero lugar y su aspecto apropiado a la idea de ministerio; porque me parece que su importancia ha sido apenas
comprendida plenamente. Después podemos ocuparnos de sus detalles.
COMPARACIÓN ENTRE EL SACERDOCIO LEVÍTICO
Y EL MINISTERIO DEL EVANGELIO
La existencia del ministerio
es consecuencia de la naturaleza de la dispensación actual; y, al decir esto, nosotros ascendemos muy alto para descubrir
su fuente; debido a que la naturaleza de esta dispensación es, nada menos, que la gracia soberana de Dios, la actividad de
Su amor.
La posición y el carácter que
distinguen a los siervos de Dios, están siempre, y necesariamente, unidos con los principios de las relaciones que existen
entre Dios y los hombres. Cuando Dios reconocía solamente a ciertas familias, la cabeza de la familia era sacerdote y profeta
de dicha familia. Encontramos ejemplos de esto en Abraham, Noé, y otros patriarcas. Pero este principio adquiere una aplicación
más general y más importante, cuando toda una dispensación está bajo consideración; como en el caso del Judaísmo y del Cristianismo.
Los modos de obrar de Dios, y los principios de Sus tratos con los pecadores, son desplegados aquí con muchos más detalles
para la conciencia, y con más claridad y esplendor en cuanto al cumplimiento y a la revelación de la gracia.
Observen, por consiguiente,
la marcada diferencia entre estas dos dispensaciones. En el Judaísmo, bajo el monte Sinaí, donde la ley fue dada y esas ordenanzas
que regulaban la relación entre el pueblo y Dios fueron establecidas, tenemos un pueblo ya formado y reconocido como tal delante
de Dios; un pueblo a quienes Dios ya había traído a Él mismo (Éxodo 19); un pueblo cuya existencia y cuyos derechos dependían
del hecho de ser ellos hijos de Abraham, de Isaac, y de Jacob, y que, con pocas excepciones, se perpetuaban mediante descendencia
natural. En una palabra, ellos existían ya como un pueblo, cuando Dios entró en relación de pacto con ellos; porque le plugo
a Dios probar si el hombre, tan privilegiado y colocado en posesión de toda posible ventaja para el mantenimiento de su posición,
podía estar delante de Él.
La obra y el principio
del Cristianismo son completamente diferentes. El Cristianismo presupone que el hombre está perdido; presupone que el juicio,
al que Dios le ha sometido mediante la ley, ha servido solamente para demostrar más claramente cuán imposible es para el hombre,
no obstante sus ventajas o sus privilegios, estar delante de Dios. Pero una vez que esto ha sido demostrado, el Cristianismo
nos presenta a Dios en Su gracia visitando a esta raza arruinada. Él contempla a los Gentiles hundidos en ignorancia e idolatría,
y degradados por los crímenes más repulsivos; Él encuentra a los Judíos aún más culpables, habiendo sido infieles a los más
elevados privilegios; y Él exhibe tanto a Judíos como a Gentiles como la terrible demostración de que la naturaleza humana
está caída y corrupta, y que en la carne no mora el bien (N.
del T.: ver Romanos capítulos 1, 2 y 3 y, en general, toda la Epístola).
En el Cristianismo, Dios ve al hombre malvado, miserable, rebelde, perdido; pero Él lo ve conforme a Sus infinitas compasiones;
Él nota la condición miserable del hombre sólo para darle testimonio de Su propia piedad. Él contempla y viene a llamar a
los hombres por medio de Jesús; ¡para que ellos puedan gozar en Él, y por medio de Él, de liberación y salvación, con Su favor
y Su bendición!
La consecuencia de la posición
de la nación Judía fue muy sencilla: una ley, para dirigir la conducta de un pueblo que ya existía como tal delante de Dios;
y un sacerdocio, para mantener las relaciones que existían entre este pueblo y su Dios - relaciones que no eran de un carácter
como para permitirles acercarse a Él sin mediación. La pregunta no era cómo buscar y llamar a los de afuera; sino ordenar la relación con Dios de un pueblo ya reconocido como tal.
Como ya hemos visto, el Cristianismo
tiene un carácter enteramente diferente. El Cristianismo considera a la humanidad como universalmente perdida, y les demuestra que, en realidad, ello es así, y busca, mediante el poder de una vida nueva, adoradores
en espíritu y en verdad. De la misma manera, introduce a los adoradores mismos en la presencia de Dios, quien se revela allí,
Él mismo, como Padre de ellos - un Padre que los ha buscado y los ha salvado. Y esto no es hecho mediante la intervención
de una clase sacerdotal que representa a los adoradores debido a la incapacidad de estos últimos para acercarse a un Dios
terrible y conocido de manera imperfecta; sino que los presenta, en plena confianza, a un Dios conocido y amado, porque Él
los amó, los buscó, y los lavó de todos sus pecados, para que pudieran estar delante de Él sin temor.
La consecuencia de esta marcada
diferencia entre las relaciones en las cuales los Judíos y los Cristianos están con Dios es, que los Judíos tenían un sacerdocio (y no un ministerio) que actuaba hacia fuera, es decir, fuera del pueblo; mientras que el Cristianismo
tiene un ministerio que encuentra su ejercicio en la revelación activa de lo que
Dios es - sea ello dentro de la iglesia o fuera de ella - no existiendo ningún sacerdocio intermediario entre Dios y Su pueblo,
excepto el Gran Sumo Sacerdote. El sacerdocio Cristiano se compone de todos los Cristianos verdaderos, quienes gozan igualmente
del derecho de entrar en los lugares santos por el camino nuevo y vivo que ha sido abierto para ellos (Hebreos 10: 19-22)
- un sacerdocio, además, cuyas relaciones son esencialmente celestiales. El ministerio, entonces, es esencial al Cristianismo;
el cual es la actividad del amor de Dios librando almas de la ruina y del pecado, y atrayéndolas a Él.
En la tierra, entonces, con
respecto a las relaciones que subsisten entre Dios y el hombre, un sacerdocio fue
la característica que distinguió la dispensación Judía; el ministerio, distingue
la dispensación Cristiana: porque el sacerdocio mantenía a los Judíos en sus relaciones con Dios; y porque el Cristianismo,
mediante el ministerio, busca en este mundo adoradores del Padre. Yo digo, en la tierra,
porque, en realidad, cuando nosotros consideramos la porción del Cristiano en su punto más elevado, a saber, en lo que tiene
relación con el cielo, el Cristianismo tiene sus "reyes y sacerdotes" (Apocalipsis 1:6) - es decir, todos los santos. Adorar a Dios no es ministerio; es la expresión del corazón de los hijos delante de su Padre en el cielo, y de
sacerdotes delante de su Dios; en la intimidad de la presencia de Aquel quien, en Su amor, ha rasgado el velo, el cual Su
justicia había opuesto al pecador; y lo ha rasgado mediante un golpe que ha desarmado la justicia, y no le dejó nada más que
la feliz tarea de revestir con el mejor vestido a aquellos a quienes toda entrada les había sido anteriormente negada.
Entonces, suponer la necesidad
de un orden sacerdotal es negar la eficacia de la obra de Cristo, que ha procurado
para nosotros el privilegio de presentarnos delante de Dios; ello es, de hecho, aunque no es expresado mediante palabras,
negar el Cristianismo, en su aplicación a la conciencia, y negar la justificación del pecador; es derribar todas esas relaciones
que Dios ha establecido para que Él pueda glorificarse a Sí mismo y situar al hombre en paz y bienaventuranza. Por otra parte,
al actuar Dios en el Cristianismo conforme a la energía activa de Su amor hacia los pecadores, el ministerio Cristiano se convierte en la expresión de esta actividad. Este ministerio tiene su fuente en el poder
de este amor; ya sea llamando almas, o nutriendo a los que son llamados y que Jesús ama.
Así nos lo presenta Pablo, como
una de esas cosas que caracterizan al evangelio de la gracia de Dios.
LA FUENTE DEL MINISTERIO
"Dios estaba en Cristo reconciliando
consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó
a nosotros la palabra de la reconciliación." (2 Corintios 5:19). Estas son las tres cosas que emanan de la venida de Dios
en Cristo: "reconciliando", "no tomándoles", y "nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación." Sin esto último,
la obra de gracia habría quedado imperfecta en su aplicación, porque Aquel que, viviendo aquí abajo, estaba reconciliando
y "no imputándoles" - este Jesús necesitaba ser «hecho por nosotros pecado» (2
Corintios 5:21), necesitaba morir y marcharse. Finalizada la obra, ella permaneció suspendida así en su aplicación; y la coronación
de esta obra gloriosa de la gracia de Dios fue encomendar al hombre "la palabra de
la reconciliación", conforme a Su poder y Su beneplácito. Hubo así dos elementos contenidos en el ministerio:
- primero, una profunda convicción y un poderoso sentido del amor mostrado en esta obra de reconciliación que capacitaba;
- en segundo lugar, los dones, para declarar a los hombres, conforme a sus necesidades, las riquezas de esta gracia
que animaba los corazones de los que daban testimonio de ella.
Esto es lo que se nos presenta
en la parábola de los talentos (Mateo 25). Aquel que tenía 5 talentos, así como el que tenía dos, estaban motivados por la
confianza que la gracia da, por el conocimiento del carácter de su amo, y por la confianza suscitada en él, tanto por este
conocimiento de su amo, como por la confianza depositada en él. Sus habilidades, y sus dones, no eran los mismos. Dios es
soberano en este respecto. Aquel que tenía sólo un talento, conforme a su habilidad, carecía de esta confianza, la cual es
inspirada por el conocimiento de Dios en Cristo. Él confundió el carácter de su amo. Él era perezoso, debido al estado de
su alma; así como los dos otros eran diligentes debido a la misma causa.
Vemos así que el
principio del ministerio es la energía activa del amor, de la gracia, emanando
de la fe por medio de la cual nosotros conocemos a Dios. Tocar esto es derribar el todo en su principio fundamental. En su
esencia, el ministerio emana del conocimiento individual del carácter del Amo. La gracia conocida y fuertemente sentida se
convierte en gracia activa en nuestros corazones - la única verdadera, la única fuente posible, en la naturaleza de cosas,
de un ministerio conforme a Dios. Vemos, además, que se trata de la soberanía de Dios, quien da, en la medida en que Él lo
ve bien, o bien capacidad natural - como el vaso que ha de contener el don - o el don, según la medida del don de Cristo,
y Él da esto de esos tesoros que se encuentran en Él, y que Él ha tomado, como Hombre, para repartir entre los hombres. (N. del T.: "Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, Tomaste
dones para los hombres, Y también para los rebeldes, para que habite entre ellos
JAH Dios." - Salmo 68:18).
Nosotros encontramos el ministerio basado en el mismo principio, cuando el Señor dice a Pedro, "Simón, hijo de Jonás,
¿me amas?" (Juan 21: 15-19); y, ante su respuesta, Él añade, "Apacienta mis corderos…….Pastorea mis ovejas." Esto
conduce a dos partes esenciales del ministerio, a saber:
- primero, la libre actividad del amor, que impulsa a llamar almas a Cristo;
y,
- en segundo lugar, el servicio de amor que es incansable en sus esfuerzos para
edificarlas cuando estas almas son llamadas.
Con respecto al ministerio de la Palabra (porque hay otros dones), estas dos divisiones nos son presentadas claramente
en el primer capítulo de la Epístola a los Colosenses. En Colosenses 1:23, Pablo es ministro "del evangelio…predicado
a toda criatura debajo del cielo" (Colosenses 1:23 - VM); y en Colosenses 1:25, Pablo es un ministro del cuerpo de Cristo,
la iglesia, para "para predicar cumplidamente la palabra de Dios" (N. del T.: otra traducción reza: "para dar pleno cumplimiento a la palabra de Dios." Colosenses 1:25 - RVA).
Entonces, como fuerza motivadora y fuente de todo ministerio, existen estas dos cosas:
1.- el amor producido en el corazón por la gracia, el amor que impulsa a la actividad;
y,
2.- la soberanía de Dios, el cual comunica dones según Él lo ve bien,
y llama a este o a aquel servicio - un llamamiento que hace que el ministerio sea un asunto de fidelidad y deber, de parte
de aquel que es llamado.
Se debe observar que estos dos principios suponen, ambos, una libertad
completa del hombre, el cual no puede interferir, sea que lo hiciere como fuente de autorización del ministerio, sin, por
una parte, neutralizar el amor como la fuente de la actividad, o, por la otra, infringir la soberanía de Dios, quien llama
y envía, y cuyo llamamiento constituye un deber. La cooperación y la disciplina según la Palabra encuentra, además, su lugar
propio intacto.
Cualquier ministerio que no se fundamenta sobre estos dos principios no es, realmente, ningún ministerio, en absoluto.
No hay ninguna fuente Cristiana de actividad más que el amor de Cristo y el llamamiento de Dios.
ACERCA DEL PODER DEL MINISTERIO,
Y ACERCA DE SU RESPONSABILIDAD
Habiendo considerado así, brevemente, el asunto de la fuente del ministerio, que se relaciona con los primeros principios
mismos y con la existencia del Cristianismo, y que debe su existencia a la actividad del amor de Dios, examinemos el poder
que obra en este ministerio, y bajo qué responsabilidad es ejercido por aquellos a quienes les es encomendado.
PODER DEL MINISTERIO
2 Corintios 3 indica su carácter general. Es el ministerio del Espíritu.
Hay dos grandes rasgos que caracterizan la obra de Cristo en el mundo. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado,
y Él bautiza con el Espíritu Santo. Yo no me detengo en el primer punto, a pesar de que es un punto pleno de interés, por
no pertenecer a nuestro asunto, excepto en la medida de que es un objeto acerca del cual el ministerio se ocupa. Yo me detengo
en la segunda de estas cosas mediante la cual Juan el Bautista describe la obra y a gloria de Cristo. "El os bautizará con
el Espíritu Santo y con fuego" (Mateo 3:11 - LBLA) - un punto que es, evidentemente, de suma importancia, y que es el manantial
de todo el poder y de toda la energía espiritual que se ha de encontrar en la iglesia. Y, verdaderamente, se necesita una
energía espiritual para que Satanás pueda ser combatido con éxito, y para que estos pobres cuerpos, siendo mortificada la
carne, puedan llegar a ser vasos de testimonio y del poder de Dios.
Este poder del Espíritu Santo en el hombre es una verdad muy importante. El propio Jesús fue ungido por el Espíritu
Santo y con poder. "Vosotros sabéis … cómo", dijo Pedro a Cornelio, "Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a
Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con
él." (Hechos 10: 37, 38). Esto no fue dicho acerca de Su divinidad; pues Él era Dios desde antes de la fundación del mundo;
ni tampoco fue dicho acerca de Su perfección como hombre; porque, nacido de la Virgen María, Su carne era santa. Él era el
Hijo de Dios no sólo cuando Él creó el mundo, sino también en el mundo, como el hombre nacido de esta misma María por el poder
del Espíritu Santo. Él tenía conciencia de eso cuando Él respondió a Su madre, quien le buscaba en el templo: "¿No sabíais
que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" (Lucas 2:49). Tampoco se refiere esto a Su amor. Su mera presencia
en el mundo era el amor mismo. Pero además de esto, Juan el Bautista ve el Espíritu Santo descendiendo como paloma, y permaneciendo
sobre Él. "Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret" (Hechos 10:38); y luego, por primera vez, lleno
del Espíritu Santo, Él comienza Su ministerio, actúa oficialmente como Hijo del Hombre en el mundo, y soporta las tentaciones
mediante las cuales el Postrer Adán había de ser probado, para que Él pudiera afirmar Su título excediendo el poder de Satanás;
mientras, por el contrario, el primer Adán había caído bajo aquel poder. Es entonces que le vemos echando fuera demonios por
el Espíritu de Dios, y diciendo a Su madre, "¿qué tengo yo que ver contigo?" (Juan 2:4 - VM). Su vida completa fue
el poder del Espíritu Santo en ministerio. Mediante el Espíritu Santo Él se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios (Hebreos
9:14). Él fue mucho más que hombre; y aun así, Él fue un hombre - este Jesús de Nazaret, a quien " Dios ungió con el Espíritu
Santo y con poder." (Hechos 10:38).
Nuestra porción, en todo esto, tiene otro elemento y este elemento es uno diferente. En Él se trató del hombre, el
Postrer Adán en la tierra, cumpliendo Él mismo, frente a Satanás, todo lo que el hombre espiritual pudo ofrecer a Dios en
Su vida. Su voz no fue oída en las calles. Era necesario para Él ser perfecto, y, como hombre, vencer a Satanás en
aquel mundo en el cual el hombre había fracasado, y en las circunstancias mismas en las que el hombre se encontraba como consecuencia
de su caída. Esto es lo que aquel precioso Salvador ha cumplido perfectamente. Hasta aquí, sin embargo, Él no había llegado
a ser el comienzo de un nuevo orden de cosas.
El primer Adán fracasó en el huerto del Edén, en el lugar mismo donde él estuvo rodeado de bendiciones. Fue cuando
él fue echado de allí que, en su estado caído, él llegó a ser la cabeza de una raza caída en este mundo de pecado y ruina.
Jesús, el Postrer Adán, necesitaba, en primer lugar, ser perfecto, y ganar personalmente la victoria sobre Satanás en medio
de la ruina - una victoria tan completa, y tan perfecta, que, habiendo atado al hombre fuerte, Él pudo saquear sus bienes,
y que Su nombre, en boca de aquellos que Él envió, fuera suficiente para echar fuera demonios. Pero para comenzar un mundo
nuevo de gloria y de bendición, para redimir Su iglesia, y hacerla semejante a Él, conforme al poder por medio del cual Él
puede sujetar a Sí mismo todas las cosas (Filipenses 3:21), fue necesario de que Él venciera a Satanás en el último baluarte
en el cual él mantenía cautivos a los hombres, por el juicio y bajo la sentencia de Dios mismo, es decir, en la muerte.
Fue necesario de que Él experimentara, completamente, el efecto último del pecado, como resultado de la ira de Dios, y del
poder de Satanás, así como de la debilidad del hombre. Él hizo esto.
De este modo, habiendo pasado la ira de Dios (excepto en cuanto a los que rechazan a Jesús), habiendo sido destruido
todo el poder de Satanás en la sede misma de aquel poder en cuanto en lo que atañe al hombre, la muerte siendo vencida, sus
puertas de bronce abiertas violentamente - Jesús, el postrer Adán, Vencedor sobre Satanás y la muerte, Heredero, como Hijo
del Hombre, y, por la justicia de Dios, de todo lo que Adán poseyó, y mucho más de lo que Adán perdió, a la vez que, como
Hijo de Dios, sustentando todas las cosas por la palabra de Su poder; la imagen del Dios invisible, y la expresión de Su gloria
- Jesús, en conformidad a los consejos de Dios con respecto al hombre, comienza a actuar como Cabeza de un mundo nuevo, y
de una nueva creación. No obstante, aunque Él había abolido todo lo que estaba en contra de nosotros, si bien Él había triunfado
sobre Satanás en la cruz, y había llevado cautiva la cautividad, el tiempo para la liberación de la creación no había llegado
aún. El presente era solamente el período para el testimonio del poder de Jesús, en medio de una creación todavía en su estado
caído y desde la cual Satanás no había sido expulsado aún. Era el tiempo de reunir fuera del mundo la iglesia de Sus escogidos,
para que Él pudiera alimentarlos y cuidar de ellos, hasta que sean presentados a Él mismo en gloria; es decir, en una palabra,
para hacer que esta iglesia en la tierra sea el receptáculo [1] del poder que posee el Hijo del Hombre a la diestra de Dios.
Él, quien llenaba ahora todo, habiendo descendido primero a las partes más bajas de la tierra, y habiendo ascendido nuevamente
muy por encima de todos los cielos - Él había recibido, como Hombre, dones para repartir entre los hombres. (Efesios 4: 8-10
y Salmo 68:18).
[1] Cristo, habiendo ganado la victoria sobre Satanás, y habiendo
redimido la iglesia, pudo asociar esta iglesia con Él mismo sentado en los lugares celestiales, y hacer de ella el vaso para
la manifestación del poder que conquistó a Satanás, aunque Satanás no había sido expulsado aún. Esto es lo que la iglesia
debía haber sido en forma práctica; eso era lo que ella fue al principio.
El día de Pentecostés no fue un cambio moral de los afectos, ni el soplo de vida del Jesús resucitado; todo esto ya
había tenido lugar. Los discípulos estaban esperando en Jerusalén hasta que fueran investidos de poder desde lo alto. Después
de haber sido investidos de este poder, este actuó, indudablemente, poderosamente sobre sus afectos, porque reveló a Jesús
con poder; pero la vida y los afectos ya estaban allí, incluso, en un sentido aún más elevado, como la vida y los afectos
del Hijo de Dios estaban en Jesús antes de que el Espíritu Santo descendiera sobre Él como paloma. Jesús tomó Su lugar, según
los consejos de Dios, con los fieles de Israel, en el bautismo de Juan, «cumpliendo así toda justicia»; y luego fue ungido
para el servicio entre ellos. En virtud de Su muerte y resurrección, Él colocó a Sus discípulos en la misma relación con Dios
en la que Él mismo estaba, yendo a Su Padre y al Padre de ellos, a Su Dios y al Dios de ellos; y Él los bautizó con el Espíritu
Santo, como testigos de Su gloria en los lugares celestiales, y el poder que identificaba a Sus discípulos con Él en esta
gloria. Es muy cierto, a partir de las palabras del propio Jesús (Hechos 1), que el don del Espíritu Santo en el día de Pentecostés
era el bautismo del Espíritu Santo, y que nada que los apóstoles habían recibido anteriormente era el cumplimiento de esta
promesa; puesto que Él les dice: "vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días."
El evangelio de Lucas, del cual los Hechos de los Apóstoles es sólo una continuación (ocupándose el libro de los Hechos
del tema en casi la mismas palabras que las de este evangelio), nos presenta al Señor Jesús especialmente como Hijo del Hombre,
Cabeza de un nuevo orden. Ese evangelio presenta moralmente esta verdad, los Hechos la presentan en poder.
El evangelio de Juan, aunque trata el mismo tema, lo presenta bajo otra forma. El Espíritu Santo es el Espíritu de
verdad, Abogado o Consolador, enviado por el Padre en Su nombre, o por Jesús mismo del Padre. Él guía a toda verdad, muestra
cosas por venir, y les da a conocer que Jesús está en el Padre, los discípulos están en Jesús, y Él en ellos (Juan 14:20).
Si yo estuviese considerando el tema del Espíritu Santo, tendría que hablar del final de este evangelio, donde Él es visto
como el Espíritu de verdad en medio de la iglesia, testificando contra el mundo mediante Su presencia, y guiando a los creyentes
a toda verdad. Sería necesario considerar todos esos pasajes donde Él nos es presentado como el sello de la redención, las
arras de la herencia, y el Espíritu de adopción, tales como 2 Corintios 1; Efesios 1; Gálatas 4, Romanos 8, y muchos otros.
Pero se me recuerda que, si bien el pensamiento de la presencia del Espíritu Santo, aquel poderoso Consolador, atrae el corazón
en esa dirección, nuestro asunto es el ministerio - un asunto que es suficientemente importante para glorificar al
Espíritu.
Volvamos a nuestro asunto. Es debido a la relación que existe entre la exaltación de Jesús a la diestra de Dios, y
a la misión del Espíritu Santo, de la cual acabamos de hablar, que nosotros encontramos en Juan que el Espíritu Santo "no
había sido dado todavía, por cuanto Jesús no había sido aún glorificado" (Juan 7:39 - VM); puesto que la presencia
del Espíritu Santo aquí abajo fue la consecuencia de la glorificación de Aquel que había consumado aquí abajo toda la obra
de Dios, y Quien llena todo.
Y podemos comentar aquí, en conexión con el punto que nos ha estado ocupando, el progreso de ideas que se nos presenta
en los capítulos 3, 4, y 7 de Juan:
- en el capítulo 3, el Espíritu Santo
es visto como vivificando;
- en el capítulo 4, Él es poder de comunión
- de comunión verdadera;
- en el capítulo 7, el Hijo del Hombre,
no pudiendo Él mostrarse aún al mundo, declara que ríos de agua viva fluirán de adentro de aquellos que habrían de creer ("El
que cree en mí, como dice la Escritura, de adentro de él fluirán ríos de agua viva." Juan 7:38 - VM); porque el Espíritu no
había sido dado todavía, por cuanto Jesús no había sido aún glorificado; y era entonces que Él (el Espíritu) se iba
a convertir en el testigo de la gloria del Hijo del Hombre, y dar testimonio en la tierra de esta gloria.
¡Qué fuente de ministerio está abierta ahora para nosotros! El amor de Dios en Cristo hacia pobres pecadores, pero
este amor, consumado [2] en la gloria que fue el resultado de la muerte del Hijo del Hombre, quien había descendido a las
profundidades más bajas de la miseria del hombre, había glorificado allí a Dios, y ahora Él mismo era glorificado como hombre.
¡En qué posición está colocado, de este modo, el ministerio! ¡Qué función gloriosa; y cómo el hombre naufraga en la nada delante
de él!
[2] Ver 1 Juan 4:9 y 17.
Es, efectivamente, el ministerio del Espíritu y de la justicia; porque si el amor de Dios es la fuente y el tema de
él, la justicia de Dios consumada en la glorificación del Hijo del Hombre quien le había glorificado a Él en la tierra, y
quien había más que restablecido toda esa gloria de Dios (que fue falsificada, y, en apariencia, desmentida por la victoria
de Satanás, y la ruina introducida en la creación de Dios), esta justicia llega a ser, asimismo, su fundamento. Y debido a
esta glorificación de Cristo en poder, hubo también sanaciones y milagros unidos a este ministerio - a lo menos, ella es una
razón para ellos [3], porque los milagros eran, igualmente, una confirmación de la parte más importante de él, a saber, la
Palabra que da vida.
[3] Pero aquí también, estas eran, generalmente, manifestaciones
de aquel poder de gracia, que, proporcionando un remedio para esos males perceptible a las facultades naturales, atraían la
atención a aquello que en el poder de la resurrección de Jesús (el gran milagro de la interferencia divina en la miseria humana),
proporcionó un remedio para el pecado - el cual es la raíz del mal. Yo digo generalmente, porque tenemos ejemplos de los juicios
del Espíritu Santo dentro de la iglesia, como en el caso de Ananías y Safira; y sobre el Judaísmo apóstata, como en el caso
de Elimas el mago.
Pero estas manifestaciones eran, también,
un testimonio a la victoria del Hijo del Hombre sobre Satanás, y a Su derecho de bendición sobre la creación, a pesar de todo
el mal que se descubre allí. Un tiempo vendría cuando todo este mal sería quitado; pero aquel período no había llegado aún.
No obstante, Él, quien lo iba a llevar a cabo, fue exaltado, y estaba manifestando, en medio del mal, este poder en el hombre.
Se demostraba, de este modo, que el príncipe de este mundo, aquel que era el promotor de todo el mal que se encuentra en él,
había sido juzgado; y esta es la razón por la cual los milagros eran llamados también poderes o milagros del siglo venidero
(Hebreos 6:5); porque en aquel entonces, todo este mal será subyugado y detenido por la presencia del Hijo del Hombre; y los
milagros eran una muestra de este resultado bienaventurado, una muestra obrada por el Espíritu Santo descendido de lo alto.
En este respecto, de hecho, no es sino una pobre exhibición de la gloria del Hijo del Hombre lo que nosotros presentamos ante
el mundo. Que nosotros podamos, a lo menos, tener la sabiduría de reconocerlo y confesarlo.
Pero estas cosas eran, es cierto, sólo cosas accesorias. La cosa principal era el testimonio rendido al amor
de Dios, a la Victoria del Segundo Adán, y a la obra que Él había consumado como hombre - un testimonio rendido por la Palabra,
por esa Palabra que había creado, que sustenta, que vivifica para vida eterna, que nutre el alma renovada, y que revela toda
la gloria de Dios - la Palabra, de la cual Jesús es la plenitud viviente.
Considerado como ministerio de la Palabra, el ministerio que manifestaba la presencia del Espíritu Santo, manifestaba,
a la vez, la soberanía de Dios, el poder milagroso de Aquel que fue enviado, y el alcance y la actividad de la gracia.
Este ministerio fue llevado a cabo, ya sea entre los Judíos, o, como en el caso de Cornelio, entre los Gentiles, por
medio del don de lenguas (idiomas): Galileos, Romanos, hablan toda clase de idiomas. El hombre se convierte sólo en un instrumento
en manos de Dios - en manos del Espíritu Santo enviado desde lo alto. Es Él quien guía, gobierna, y actúa: pero Él hace esto
para comunicar el testimonio de la gloria del Hijo del Hombre a todos los hombres; y para atraer, al mismo tiempo que les
habla de las obras maravillosas de Dios en sus idiomas nativos, sus corazones mediante una gracia que había venido incluso
a ellos, hacia el poder manifestado allí; y, al mismo tiempo, para afirmar los derechos del postrer Adán en gracia sobre todos
los hombres. Esto, a la vez que comienza con los Judíos, se dirigía, evidentemente, a la entera economía de los Gentiles.
El juicio de Dios había separado las naciones confundiendo sus idiomas, de modo que ellos eran reconocidos por idiomas, familias,
y naciones (Génesis 10 y 11); y separándolos de este modo, Él había establecido los límites de los pueblos, según el número
de los hijos de Israel (Deuteronomio 32:8). El tiempo de poner fin a todo esto no había llegado aún, pero la gracia
es introducida, y toma el mando, en este estado de cosas, entre los Judíos, quienes eran, después de todo, la más malvada
de todas las naciones. Aparece un testimonio que usa el fruto mismo del pecado para mostrar que la gracia estaba alcanzando
a los hombres justo donde el juicio de aquel pecado los había colocado. El Espíritu Santo permite a Judíos hablar todos los
idiomas, mediante los cuales los hombres y los corazones de los hombres estaban divididos a consecuencia del juicio de Dios
contra la soberbia de la tierra renovada.
El tema de este ministerio, aunque las circunstancias que acompañaban su ejercicio podría manifestar a un ojo instruido
la soberanía de Dios, los derechos del Hijo del Hombre sobre las naciones, así como Su gracia hacia los Judíos que le habían
rechazado - el tema de este ministerio era, al comienzo, únicamente la gloria del hombre Jesús resucitado de los muertos -
una gloria, que iba a ser el centro y el punto de reunión de almas salvadas mediante la operación de la gracia, y formadas
en el cuerpo, la iglesia - una iglesia que, desde aquel entonces, iba a ser enseñada y gobernada por este mismo Espíritu.
Jerusalén, que había sido, por tanto tiempo, la ciudad amada, no habiéndose sometido a la gloria de Cristo, perdió
la gloria de ser, por más tiempo, el centro y la fuente fructífera de la administración evangélica. Sus ciudadanos habían
enviado un mensaje al Rey que había ido a recibir Su reino, diciendo que ellos no querían que Él reinara sobre ellos. Y, tras
la muerte de Esteban, la iglesia completa fue dispersada, "salvo los apóstoles." (Hechos 8:1). Acto seguido, Dios, quien encuentra
siempre en el mal la oportunidad de mostrar alguna gracia más gloriosa que eso que había sido desfigurado, levanta, independientemente
de la obra en Jerusalén, un apóstol, como un abortivo, quien no fue "de hombres, ni por hombres" (Gálatas 1:1); y revela,
al mismo tiempo, esta preciosa verdad inefable, de la cual el apóstol, llamado así, llega a ser el gran testigo, a saber,
que la iglesia es una con Cristo glorificado en el cielo - que ella es Su cuerpo, que Él nutre y cuida como Su propia carne
. Desapareció así lo que Pedro había anunciado a los Judíos, a saber, que Cristo regresaría a ellos en gracia, como a un pueblo
subsistiendo delante de Él (Hechos 3: 11-26). Y desde entonces, nosotros tenemos que ver con las esperanzas que se identifican
con Cristo en los cielos, con la cena de las bodas del Cordero, con la unión de la Esposa y el Esposo en el cielo. El regreso
de Cristo aquí abajo es enteramente en juicio - aunque para la liberación de un remanente. Este es un punto de progreso en
el ministerio y la administración de la iglesia, los resultados de los cuales son muy perceptibles para nosotros.
Con posterioridad a la revelación plena de la unión de Cristo y la iglesia, encontramos, en los escritos del apóstol
Pablo, un desarrollo mucho mayor de esos dones del Espírito Santo - en conexión con la posición de aquel que, como miembro
del "cuerpo de Cristo", pudiera poseer este o aquel don. No obstante, los mismos principios se encuentran expuestos, de forma
práctica, en los escritos de Pedro
ACERCA DE LA ELECCIÓN Y ACERCA DE LOS DONES, COMO EL PODER DEL
MINISTERIO
Ya hemos visto, y tenemos un ejemplo muy llamativo de ello en Pablo, que la soberanía de Dios es exhibida tanto en
el ministerio como en la salvación. "No me elegisteis vosotros a mí," dijo el Señor, "sino que yo os elegí a vosotros,
y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca." (Juan 15:16). "Instrumento escogido me es éste,"
dijo el Señor a Ananías, "para llevar mi nombre en presencia de los gentiles." (Hechos 9:15). De manera que, como esta soberanía
de Dios excluye la elección del hombre, cualquiera que niega la existencia de un ministerio teniendo diversidad de dones,
se está oponiendo a esta soberanía. Pero aquí, al examinar la Palabra, nosotros encontraremos esta soberanía ejercida por
el Espíritu Santo en medio de la iglesia: hallaremos, igualmente, que Cristo es el que da, y que es Dios el que obra todas
las cosas en todos (1 Corintios 12:6 - VM). El primer punto sobre el cual el apóstol insiste, que hace referencia a su ministerio,
como consecuencia de esta notable posición, es que no es de parte de hombre, ni por medio de hombre alguno, sino por medio
de Jesucristo y de Dios el Padre. ("PABLO, apóstol (no de parte de los hombres, ni por medio de hombre alguno, sino por medio
de Jesucristo y de Dios Padre, que lo resucitó de entre los muertos)" Gálatas 1:1 - VM).
A menudo se hizo la objeción de que él no fue uno de los doce; de que él no fue un apóstol regularmente designado.
Este asunto se encuentra discutido frecuentemente en las Epístolas a los Corintios y a los Gálatas. Él apóstol se esmera en
asegurarles que este ministerio era independiente del hombre; de que él no había consultado con carne y sangre, sino
que había predicado a Cristo tan pronto como Dios le había revelado a Cristo para este propósito. Él fundamenta su autoridad
sobre las demostraciones de poder espiritual que él había presentado. Después, él conferencia con los demás apóstoles: él
les comunica su evangelio; pero él no recibe nada. Dios se ocupa de que la unidad exista entre Antioquía, en aquel tiempo
el centro de evangelización Gentil, y Jerusalén, originalmente, podemos decir, la sede única de la iglesia. Nosotros vemos
una cooperación [4] conforme a necesidades existentes: Bernabé busca a Pablo, quien se había retirado a Tarso; y Silas determina
permanecer en Antioquía, encontrando una obra a llevar a cabo allí. Después, Pablo asocia a él a otros obreros, y desea que
Apolo vaya a Corinto: Apolo se niega a ir. Pero, en todas estas variadas circunstancias, Pablo repudia muy positivamente todas
las pretensiones de ese Judaísmo que demandaba (a la vez que exponía otros principios del Judaísmo, y a fin de dar vigencia,
más fácilmente, a estos principios) una misión de parte del hombre que autorizara su ministerio. En verdad, no fue ni la sabiduría,
ni el arreglo del hombre, lo que llevó el evangelio más allá de Jerusalén: fue la dispersión de la iglesia toda - exceptuando
solamente a los apóstoles. Todos los que fueron dispersados fueron a todas partes predicando la Palabra; la mano del Señor
estaba con ellos; y muchos creyeron. La misión de ellos era aquella que la persecución y el propio celo de ellos les confería.
[4] La obra especial de Pedro, y de Pablo, fue reconocida, también,
mutuamente; uno siendo el apóstol de la circuncisión, conforme a la voluntad de Dios, y el otro de la incircuncisión. Se debe
observar aquí que la misión general de los apóstoles a las naciones (Mateo 28) ni siquiera es mencionada en este arreglo.
A decir verdad, la iglesia no puede ser una fuente de ministerio; porque esta expresión del poder del Espíritu Santo
- y el ministerio es esto -, es necesariamente anterior, en muchas cosas, a la existencia de la iglesia: la iglesia es creada,
llamada, y formada mediante el ministerio. El ministerio apostólico, o al menos el del evangelista, es necesariamente anterior,
por la naturaleza misma del caso, a la existencia de la iglesia (aunque después que la iglesia fue de una vez formada, sus
miembros pueden llegar a ser evangelistas): y la misión de estos apóstoles, o evangelistas, debe ser directamente de Cristo,
y del Espíritu Santo; de otro modo, esta misión es absolutamente nula, carente de todo valor. Los doce apóstoles habían sido
enviados por Cristo durante Su vida, si bien ellos fueron dotados especialmente después de Su resurrección. Pablo, por lo
que se refiere a su llamamiento, recibió su misión de Cristo en gloria, habiendo visto a aquel Justo, y habiendo oído la voz
de Su boca (Hechos 22:14): en cuanto a su separación para una obra especial, él había recibido la instrucción inmediata del
Espíritu Santo en Antioquía. Ellos salieron, algunas veces, desde el seno de una iglesia, como Pablo desde Antioquía: ellos
podrían informar a la iglesia con gozo lo que Dios había obrado por medio de ellos; pero ellos desempeñaban su cargo de parte
de Dios y de parte de Jesús: ellos actuaban en el nombre y por la autoridad de Dios y del Señor Jesús, y no reconocían ningún
otro nombre ni autoridad. Ellos no podían «buscar el favor de los hombres o agradar a los hombres» y ser «siervos de Jesucristo.»
(Gálatas 1:10). Pablo no vaciló en decir, "Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano;…
el que me juzga es el Señor." (1 Corintios 4: 3, 4). Es cierto que los Fariseos pusieron en tela de juicio la conducta de
Pedro en el caso de Cornelio; ¡pero el Dios de toda gracia no había esperado la decisión de ellos! La presencia del Espíritu
Santo en los Gentiles había justificado los frutos de la gracia y la obediencia en el apóstol acusado, y cerró la boca de
aquellos que se quejaron del alcance y el poder de esta gracia.
Yo veo dos cosas en el ejercicio de este ministerio, en el cuerpo de la iglesia:
1.- el cuerpo completo, del cual Cristo,
el Hombre glorificado, es el Jefe y Cabeza; y de ahí la posición de este cuerpo, como de parte de Dios, en el mundo, para
representar allí la gloria de su Cabeza; y,
2.- este cuerpo, considerado como el
cuerpo de Cristo mismo, el objeto amado de Sus afectos, la esposa que Él ha amado, por quien Él se entregó a Sí mismo, y a
quien Él nutre como Su propia carne.
En concreto:
- la iglesia como el instrumento de
la gloria y el poder de Dios en el mundo: y,
- la iglesia como el objeto amado de
los afectos de Cristo.
Los dones llevan los caracteres, así como me parece, de estas dos relaciones. La primera de estas posiciones es mucho
más general, y, al mismo tiempo, tiene que ver más con la responsabilidad de la iglesia: en la segunda está implicado lo que
Cristo hace, y, en cuanto a la substancia de ello, lo que Él no puede dejar de hacer, por Su iglesia - Su esposa. En ambas
posiciones, la unicidad del cuerpo unido a Cristo se mantiene siempre en perspectiva. En la una, nosotros tenemos al Señor
Jesús, la Cabeza, en el cielo, pero el cual nutre a Su cuerpo hasta que todos lleguen a Su estatura perfecta. En la anterior,
aunque Jesús es excluido personalmente del ministerio, Él y la iglesia son, no obstante, vistos como un todo, en el que Dios
está actuando delante del mundo, en Su nombre, tal como se dice en 1 Corintios 12:12, "así también es Cristo." (1 Corintios 12:12 - VM). Por consiguiente, en este caso (ver el mismo capítulo de 1
Corintios), el poder espiritual del Cristianismo es contrastado con la idolatría. Tenemos aquello que distingue al Espíritu
Santo de los demonios (porque el asunto se refería al poder espiritual); solamente
el Espíritu Santo llamaba "a Jesús Señor"; y, por el contrario, nadie que hablara por el Espíritu Santo, llamaba, o podía
llamar, "anatema a Jesús." (1 Corintios 12:3). Pero había diversidad de dones, pero el mismo
Espíritu; diversos servicios, pero el mismo Señor; diversas operaciones, pero el mismo Dios obraba todas las cosas en
todos. Así, el Espíritu, el Señor y Dios, son presentados en conexión con los dones; y se añade, para que nosotros podamos
ver la fuente inmediata de estas cosas en la iglesia, que uno y un mismo Espíritu reparte a cada uno en particular como Él
quiere. (1 Corintios 12:11).
El poder del don venía del Espíritu
Santo (comparando 1 Corintios 12:6 y 12:11 aprendemos la divinidad del Espíritu Santo), pero, puesto que el Espíritu actuaba
en cada uno individualmente con miras a la gloria del Hijo, así como el Hijo había actuado con miras a la gloria del Padre,
cada uno llega a ser, individualmente, mediante su don, siervo de Cristo, así como el propio Cristo había llegado a ser un
siervo en Su ministerio. El Espíritu Santo actúa en soberanía, pero siempre en el cumplimiento de los consejos de Dios (así
como el Hijo da vida a los que Él quiere, Juan 5:21); y, siendo un testigo de la gloria de Jesús - Hijo del Hombre, y Señor - cada uno de aquellos en quienes Él actúa llega a ser un instrumento obediente de este Señor. Sin embargo,
tales operaciones no son secundarias, ni de algún espíritu subordinado, ni de algún ángel; ellas son las operaciones de Dios
mismo, y los siervos tienen que ver con Él. De este modo, el apóstol, el cual fue dotado para su apostolado por el Espíritu
Santo, se llama a sí mismo "apóstol", no de hombre, ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre (Gálatas 1:1).
Él se llama a sí mismo, también, apóstol de Jesucristo, siervo de Dios, y, hablando en general, "por la voluntad de Dios."
En la lista que nos es presentada
en 1 Corintios 12, tenemos, en general, todos los dones que son, para el establecimiento del Cristianismo, señales para el
mundo, y demostraciones de la gloria de la victoria de Cristo como hombre, y de Sus derechos de gobierno en la iglesia. Evangelistas
y pastores - eso que es llamado ahora ministerio - no se encuentran allí, en absoluto. Ello es más el agregado de operación
y capacidad divinas en el cuerpo, que el cuidado que Cristo tiene del cuerpo como siendo Suyo. De este modo, exceptuando el
don de maestro, el cual está relacionado con el de pastor, todos los dones hallados aquí están perdidos ahora - a lo menos
en la forma y carácter primitivos de ellos. Yo hablo sólo del hecho y dejo para los demás la tarea de explicar el por qué
esto ha llegado a suceder, y cuán lejos está ello de poder, o deber, ser justificado. Este es un asunto muy solemne para quienes
valoran la gloria de Cristo, y de Su Iglesia, y para quienes reconocen el poder del Espíritu Santo.
Si bien todas estas cosas pueden
constituir, en un cierto sentido, un testimonio del amor de Dios, ellas podrían ser ejercitadas sin amor; la cuestión era
más apropiadamente acerca de poder. Por consiguiente, el apóstol nos muestra aquí un camino más excelente (1 Corintios 13).
Amor o edificación deberían haber dirigido el ejercicio de estas cosas, y en Corinto este no fue el caso en aquel entonces:
se necesitaba disciplina, tal como el apóstol nos enseña en estos capítulos. Los dones, en sí mismos, eran más bien la expresión
de poder; por esta razón, el Espíritu, como ejerciendo la autoridad de Cristo en la iglesia, regula y controla el ejercicio
de los dones que Él ha confiado a este o a aquel individuo; e incluso reprime el ejercicio de ellos cuando estos no son usados
en amor, para la edificación del cuerpo. Esto es lo que nosotros encontramos en la Epístola a los Corintios.
En la Epístola a
los Efesios, no es tanto Dios operando en el cuerpo como un todo, y empleando miembros para Su servicio para manifestar Su
poder, como Cristo, quien había descendido a las partes más bajas de la tierra, y luego había subido para que Él pudiera llenarlo
todo, habiendo llevado cautiva la cautividad, y habiendo dado dones a los hombres (En el Salmo se
dice: “Tomaste dones para los hombres”, hebreo, “entre los hombres”, es decir, “Has recibido
dones para repartir entre los hombres” - Comentario JFB - N. del T.) (Efesios
4:8; Salmo 68:18), mediante los cuales Él forma y nutre Su cuerpo en la tierra, para presentárselo a Él mismo perfecto al
final. Así, su unidad, si bien es esencialmente la misma, es vista aquí como el resultado de la gracia, que llama a los que
están lejos y a los que están cerca, para que Dios pueda hacerlos Su morada en el Espíritu (Efesios 2: 11-22). Es una unidad
de relación y bendición: un cuerpo, un Espíritu, un Dios y Padre de todos, etc. (Efesios 4); mientras que, en la Epístola
a los Corintios, la atención de esos Cristianos es dirigida a su condición en contraste con el estado cuando estaban en idolatría,
donde había muchos dioses y muchos señores, y, en realidad, muchos demonios. Ahora era un Espíritu el que hacía todas las
cosas; un Señor, y un Dios que hace todas las cosas en todos; y no ídolos mudos. (1 Corintios 12).
La Epístola a los Efesios nos
presenta, especialmente, los privilegios especiales de la iglesia unida a Cristo. Dios es el Dios de nuestro Señor Jesucristo,
y también el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Al final del capítulo 1, él ruega por las bendiciones que emanan del título
de Dios de Jesucristo, a saber, la comprensión de la gloria de la herencia de Dios
en los santos, y del poder que nos ha situado allí con Cristo, así como ha situado a nuestra Cabeza allí. En el capítulo 3,
habiendo desarrollado el "misterio" que le había sido confiado, a saber, la unión de los Judíos y Gentiles en un cuerpo en
Cristo para ser la morada de Dios en el Espíritu, siendo salvados y lavados por Cristo, y unidos a Él en gloria, él procura
la bendición que emana del título de Padre de Jesucristo, a saber, el conocimiento
del amor de Cristo por medio del Espíritu Santo, fortaleciendo el hombre interior, para hacerle capaz de disfrutar de estas
cosas, con el objetivo de que el pueda ser lleno "de toda la plenitud de Dios." He aquí las fuentes inagotables y fructíferas
de bendición para la iglesia, y eso para la gloria de Aquel que actúa en nosotros,
en la iglesia por todas las edades, por los siglos de los siglos. Pero hasta que seamos perfeccionados, esas bendiciones con
llevadas a cabo por el Espíritu Santo que actúa en nosotros, en la unicidad del cuerpo, conforme a como Cristo ha recibido
para los miembros de este cuerpo (Efesios 4:8; Salmo 68:18). Él, habiendo cumplido todas las cosas, subió a lo alto, y recibió
dones para repartir entre los hombres ("dio dones a los hombres"); y Él ha dado a algunos el ser apóstoles, a algunos ser
profetas. Vemos que los dones, presentados aquí como los frutos de la ascensión de Cristo, no son poder actuando en el interior
del cuerpo, y actuando en el exterior para manifestar la gloria de Dios; sino que ellos son aquello que sirvió para establecer
y edificar la iglesia, como la "morada de Dios" y el objeto del amor de Cristo, para que todos puedan llegar a la medida de
Su estatura.
Humildad, amor, el vínculo de
la paz, son presentados primeramente como el andar digno de nuestra vocación para ser la morada de Dios en unidad. Siguen
a continuación los dones individuales: "a cada uno de nosotros fe dada", conforme a la medida del don de Cristo, la Cabeza
exaltada de este cuerpo. (Efesios 4:7).
Estos dones son lo que es llamado, correctamente, el ministerio. El apóstol no habla aquí de milagros, de sanaciones,
o de lenguas: estas cosas, las señales de poder ante el mundo, no eran los canales directos de Su amor a la iglesia. Todo
don es un ministerio: ya que, así como hay diversidad de dones, y pero el Espíritu es el mismo, de igual manera hay diversos
ministerios, pero un Señor (1 Corintios 12: 4, 5). Por la posesión de un don yo llego a ser siervo de Cristo, de quien yo
tengo el don por el Espíritu, y a quien el Espíritu revela como Señor. De ahí que
todo don en ejercicio es un ministerio - un servicio llevado a cabo bajo responsabilidad para con Cristo; pero los dones mencionados
en Efesios 4 son, más especialmente, dones de ministerio, de servicio rendido a Cristo en Su cuerpo, "a fin de perfeccionar
a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo." (Efesios 4:12). Se trataba de una obra
y no meramente de señales de poder.
Hemos enumerados aquí apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Los dos primeros, en el ejercicio de
sus elevadas funciones, han puesto el fundamento de la iglesia, ya sea por revelación, o por la autoridad de Cristo, que les
fue encomendada; ya que es por medio de esto último que los apóstoles eran distinguidos de los profetas. Un profeta revelaba
la mente de Dios, y su obra, en este respecto, terminó. Un apóstol era enviado directamente, como un arquitecto, autorizado
por Cristo a edificar Su iglesia. Ellos ordenaron, pusieron en ejecución, se encargaron de la supervisión, gobernaron, establecieron
autoridades en las iglesias, y tomaron conocimiento, como teniendo autoridad, de todas las cosas que sucedían en ellas, a
fin de regularlas; en una palabra, ellos estaban autorizados, de parte de Cristo, para fundar y para edificar, y para establecer
normas en Su iglesia. En este sentido, ya no hay más apóstoles. Pablo sabía que después de su partida entrarían lobos rapaces.
Pedro se encarga de recordarles, mediante su epístola, lo que él les había dicho. Pero me parece que, en un menor sentido,
puede haber apóstoles y profetas en todas las épocas. A Bernabé se le denomina apóstol (Hechos 14:14). Junias y Andrónico
son llamados apóstoles, y se dice de ellos que eran "muy estimados entre los apóstoles" (Romanos 16: 7, 8); de modo que hubo
otros que no fueron mencionados.
Por lo que se refiere a la revelación de Dios, ella está completa; en cuanto a cualquier autoridad para fundar la iglesia,
dicha autoridad ya no existe: ni los doce, ni Pablo tuvieron sucesores. El fundamento no se puede poner dos veces; pero uno
puede actuar bajo una extraordinaria responsabilidad como enviado por Dios, y por una fe que depende de comunicaciones hechas
solamente a aquel que las disfruta (si bien no puede haber ninguna nueva verdad, que no pudiera ser encontrada en la Palabra)
- una línea de conducta que es vindicada sólo a los ojos de los demás, por sus resultados en bendición para los hijos de Dios.
Esto puede existir aún. Podemos citar como ejemplos, sin pretender justificar todo lo que ellos hicieron, a Lutero, a Calvino,
a Zwinglio, y quizás otros. Igualmente para los profetas; si bien no hay nuevas revelaciones de la verdad, puede haber, como
procediendo de Dios mismo, un poder para aplicar a las circunstancias de la iglesia, o del mundo, verdades ocultas en la Palabra;
como las que, en la práctica, podrían hacer que el ministerio fuese profético. Además, todos quienes expresaran la mente (o
el pensamiento) de Dios "para edificación" eran llamados profetas, o, a lo menos, profetizaban. Pero el apóstol no habla jamás
como si la iglesia iba a durar mucho; o, como si los fieles tuvieran que esperan por mucho tiempo la venida de Cristo.
Maestros y pastores, para guiar y enseñar al rebaño, se unen, en esta epístola (Efesios 4), en un don (porque el Espíritu
Santo está hablando de edificación), si bien el don de maestro es mencionado separadamente en otra parte. Es mediante estos
dones que Cristo nutre, cuida, y fortalece a las ovejas, así como es por medio de los evangelistas que Él llama y las trae
a Él. La diferencia entre maestro y pastor es fácilmente perceptible, si bien están relacionados juntamente; porque el uno
se ocupa de la doctrina, y el otro de las ovejas - una diferencia obvia, pero una diferencia muy importante; porque en el
don de pastor hay un interés afectivo en el progreso de las ovejas, un ejercicio de corazón, un cuidado por las ovejas, que
no se ha de presuponer necesariamente para el simple hecho de enseñar. Es así que este don de pastor brinda la ocasión para
los más tiernos afectos, y para los lazos más estrechos, tal como la brindaba, también, el don de apóstol, y como la brinda
el de evangelista con respecto a los que se han convertido a través de su testimonio.
Menciono aquí, que el apóstol no habla de los dones (Efesios 4), sino de las personas que los poseían. "Y El dio a
algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros." (Efesios 4:11 - LBLA).
El don, sin duda, estaba en el vaso. Pero Dios había unido el don a la persona, y esta persona, conocida por su don, era dada
a la iglesia universal. Ya que nosotros no podemos estar unidos a un don, sino a una persona. Dios no ha dado un mero apostolado,
sino un apóstol.
Ciertamente es concebible que aquel que posee el don puede ser infiel, e incluso que el don mismo sea retirado, o a
lo menos, que este no pueda ejercitarse. Pero, generalmente, nosotros tenemos que ver con una persona que tiene una cierta
función encomendada permanentemente a él; tenemos que ver con una coyuntura en el cuerpo, y esa coyuntura es siempre esa coyuntura.
RESPONSABILIDAD DEL MINISTERIO
Además, el ejercicio del don, si bien está sometido a las instrucciones de la Palabra, no depende, en ninguna manera,
de la voluntad del cuerpo, sino de la voluntad de la Cabeza. Él ha dado, Él ha
colocado en el cuerpo tal o cual coyuntura; y ellas son responsables para con la
Cabeza por el cumplimiento de sus funciones. La sabiduría de la Cabeza es puesta en discusión, si el empleo del don es impugnado.
Esta responsabilidad se ha de ejercer en amor y para edificación - no de otra manera; pero la responsabilidad para con Cristo
no puede ser desechada; tampoco podemos tocar las demandas de Cristo sobre el servicio de Su siervo.
Las circunstancias de la iglesia pueden ocasionar dificultades en este asunto; pero la humildad y la fidelidad para
con el Señor sabrá siempre qué hacer. El amor y la obediencia encuentran siempre la senda. El Espíritu estará siempre con
aquel que obedece a Cristo en amor. Esta responsabilidad del individuo para con Cristo es de la mayor importancia - tan importante,
en su lugar, como la que se refiere al servicio que emana del don, así como lo es cuando la cuestión es una cuestión de carácter
moral. Cualquier cosa que afecta esto, afecta los derechos de Cristo y la responsabilidad de la cual nadie puede estar exento.
Nosotros, a veces, vemos ambas cosas destruidas por el espíritu del Cristianismo corrompido, y a hombres exentos de su responsabilidad
individual en asuntos de deber moral, al igual que en su responsabilidad para con Cristo en el ejercicio del don de ellos:
Dios, no obstante, nunca renuncia a Sus derechos sobre ellos. Impedir este servicio, no obstaculiza a maestros heréticos o
falsos. La carne, aun en el más sincero de los Cristianos, debe ser limitada en todas partes; y es necesario que sea así en
el uso o abuso de dones reales o supuestos, así como en otras cosas. La carne jamás es un don de Dios. Yo no puedo pensar
que fortalecer el sentido de responsabilidad individual sea abrir una puerta a la carne.
Estos dones colocados en la iglesia como un todo, en el cuerpo de Cristo, llegan a ser coyunturas y ligamentos; y es
en la iglesia, en el cuerpo, que ellos son colocados. Un don es un don en el cuerpo y para todo el cuerpo, así como un miembro
del cuerpo humano actúa para todo el cuerpo. Mi ojo ve para todo mi cuerpo; mi pié pisa para mi cuerpo completo. Encargarles
que hagan algo por sobre lo que es del cuerpo, es el equivalente a dislocarlos. Ellos pueden, de hecho, ser ejercitados en
una localidad dada, pero siempre como la expresión de la gracia y de los derechos de Cristo; y esta gracia y estos derechos
de Cristo se extienden a todo el cuerpo. Recordemos, que los dones no se han de usar nunca por voluntad del hombre: allí donde
entra esta voluntad, entra el pecado. Esto puede suceder, así como puede ocurrir cualquier otro pecado; pero, como en el caso
de cualquier otro pecado, esto se convierte en un tema de disciplina. Vemos esto en el abuso del don de lenguas en Corinto.
Por otra parte, el espíritu estrecho del hombre es corregido, a menudo, por los derechos inalienables y universales del Espíritu
de Dios, el cual es supremo y uno en todo el cuerpo. Ningún arreglo humano puede reemplazar Sus demandas; pero Él, como hemos
visto, tiene el derecho de dirigir el ejercicio de cada don individual. Es Él quien ejerce el gobierno de Dios en la iglesia.
Y agreguemos que es bueno recordar que los dones no son necesariamente ejercitados en una asamblea. Colocados en el cuerpo,
son ejercitados en el cuerpo, si bien pueden ser ejercitados a menudo, indudablemente, en una asamblea; pero ellos son ejercitados,
también, en otras ocasiones.
Hay otros muy preciosos pasajes prácticos, además de los dos que hemos estado considerando, que se ocupan del tema
del ministerio en sus conexiones más elevadas con la gloria de Cristo y de Dios: deseamos no omitirlos. El primero de estos
pasajes, Romanos 12, impone particularmente la modestia que conduce al siervo de Dios a limitarse al asiduo y fiel empleo
del don encomendado a él. El segundo pasaje requiere que si algún hombre habla, él debería hablar como de parte de Dios, para
que Dios pueda ser glorificado (1 Pedro 4:11).
Que cada cual, dice el apóstol, piense sobriamente acerca de sí mismo (¡cuán verdaderamente amable y buena, cuán estimulante
para el corazón, y, a la vez, cuán saludable es la Palabra de Dios!): que él "piense sobriamente, según haya repartido Dios
a cada uno la medida de fe…" (Romanos 12:3 - VM). "Teniendo dones que difieren, según la gracia que nos ha sido dada,
usémoslos: si el de profecía, úsese en proporción a la fe; si el de servicio, en servir; o el que enseña, en
la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación." (Romanos 12: 6-8; LBLA). De ahí que podemos comentar, también, que nosotros
no sólo encontramos dones especiales como coyunturas en el cuerpo, sino que, generalmente, el uso humilde y fiel del talento
confiado al siervo - un talento con el cual él comercia, conforme a su responsabilidad hacia el Amo, de quien lo ha recibido.
En 1 Pedro 4: 10 y 11, hay la misma responsabilidad que opera en amor hacia los demás. "Comunicando beneficios
entre vosotros mismos, como buenos dispensadores de la gracia multiforme de Dios, cada cual según el don que haya recibido:
si alguno habla, sea como los oráculos de Dios." (1 Pedro 4: 10, 11 - VM).
Yo sé que muchos temen tal principio; pero eso no cambia la verdad. Si alguno no me habla como anunciando la verdad de Dios,
yo no sé por qué razón me habla, en absoluto. Además, esto es lo que el apóstol dice; no conforme
a la Palabra de Dios, como algunos traducen, sino "como los oráculos (o las palabras) de Dios", como anunciando la Palabra,
de Dios. Esto es lo que hace todo hombre que predica el evangelio: él no tiene dudas de la certeza de lo que él dice. Si uno
no tiene esta seguridad, el tal no debería enseñar. La pretensión de infalibilidad es una cosa: y otra muy distinta es la
certeza de que nosotros poseemos la mente de Dios, y que en tal o cual ocasión, nosotros la presentamos de parte de Él y conforme
a Su voluntad.
Esta responsabilidad debería evitar, a menudo, que un hombre hablase cuando él no ha sido enseñado por Dios: y si,
como entre los de Berea, aun lo que dice un apóstol es juzgado por la Palabra, entonces no hay peligro. No se trata de nuevas
revelaciones, ni tampoco de que las cosas habladas deban ser recibidas sin examen; sino de que aquel que habla debería tener
la seguridad de que él está dando expresión a la mente de Dios, y no meramente a sus propios pensamientos. Si alguno emprende
la tarea de enseñarme, y yo pregunto, ¿está usted seguro de que esto viene de Dios, de que es la verdad de Dios y que Dios
quiere que usted me la enseñe? y él me responde que no está seguro de ello, ¿qué confianza puedo yo tener en él? Aun suponiendo
que él contesta que está seguro, aun así yo tengo que examinarlo por medio de la Palabra. Mientras más colocamos a aquel que
enseña bajo tal responsabilidad, más solemnidad y sobriedad habrá en su enseñanza; y donde hay amor, y un don real, él no
retrocederá ante su responsabilidad. Si él lo hace, dejemos que él reflexione acerca de la parábola del siervo que escondió
su talento: si él no tiene amor suficiente con el que comerciar, debido a la responsabilidad, él está exactamente en la posición
de este siervo malo; él no está actuando conforme a la gracia. Se nos recuerda, así, este gran principio: responsabilidad
directa para con Cristo, por quien el talento nos ha sido confiado - una responsabilidad de la cual ninguna relación terrenal
nos puede soltar. Las demandas de Cristo, y Su juicio, están siempre allí.
Responsabilidad, poder, libertad, conforme al Espíritu, y la restricción de la carne, estos son los grandes principios
del andar Cristiano en este asunto - un andar del cual el amor será siempre el manantial, el principio impulsor, y el objetivo.
Un servicio que es rendido a Cristo, como completamente por sobre el hombre, sin lo cual la responsabilidad para con Cristo
sería anulada, actúa en la unidad de todo el cuerpo: de otra forma la unidad del un Espíritu es negada. Tal es el orden que
sólo el Espíritu puede producir, porque sólo Él puede colocar al hombre fuera de la vista, y someter su voluntad comunicando
una libertad, que no es libertad del yo, sino del Espíritu de Dios - una libertad que reconoce siempre con gozo, y como su
bienaventuranza, la autoridad del Señor y la entera sumisión a Su voluntad - una libertad que existe sólo para servirle a
Él, y que considera a la independencia como la miserable soberbia del pecado.
Aquel que habla de los derechos del hombre, sea de un individuo o de la humanidad, habla sólo de pecado. Aquel que
no reconoce los derechos del Espíritu Santo, resiste la soberanía de Dios, el cual, por medio de estos dones, exalta en esta
tierra a aquel mismo Jesús que la visitó una vez en humillación. La iglesia, la morada del Espíritu Santo en la tierra - esta
es la gran verdad del ministerio, y de la gloria de Cristo, y de Su servicio en esta tierra. La presencia de Dios da gozo,
libertad, responsabilidad, y solemnidad. El hombre, en la presencia de Dios, es desechado, en cuanto a su vanidad y soberbia,
y es fortalecido en su servicio y fidelidad.
CONCLUSIÓN
Tal es la fuente de poder, y el orden del ministerio, como nos es presentado en la Palabra de Dios.
Esencial al Cristianismo, debido a que el Cristianismo de acuerdo a la energía activa del amor de Dios busca lo que
se había perdido, testificando de la obra y de la victoria de Jesús, por medio de la cual el perdido puede ser salvo, este
ministerio de Jesús, quien sólo es digno de ser glorificado así, recibe todo su poder, y tiene su única fuente, en el Espíritu
Santo enviado desde el cielo. Es el ministerio del Espíritu Santo, en la elección y el empleo de Sus siervos. En todo esto
Dios es soberano. El ejercicio de los dones concedidos por Él es regulado por el Espíritu Santo, el cual actúa soberanamente
en la iglesia. Las pruebas y ejemplos de esto se encuentran en la Palabra. Como una fuente del ministerio, o como autoridad
para su ejercicio, el hombre interfiere sólo para pecar.
Se verá, que yo no he tocado el asunto de los cargos locales, ya que no entran exactamente en mi tema actual. Es evidente
que el apóstol Pablo, y aquellos que él delegó, establecieron, conforme a su instrucción, varios ancianos en las iglesias
que él había reunido; y que siervos o diáconos de las asambleas, e incluso diaconisas, habían sido, a lo menos en ciertos
casos, designados para ocuparse de los asuntos y necesidades temporales que eran ministradas por medio del amor de esas siervas
femeninas. Pedro habla mucho más vagamente acerca de ancianos. No hay pruebas de que se designaran ancianos entre los Hebreos
convertidos. Parecería, más bien, que hombres de seriedad y de carácter actuaron entre ellos bajo su propia responsabilidad
- una responsabilidad impuesta sobre ellos en este asunto por el amor. En la Epístola a los Corintios, donde se dan detalles
de la disciplina, no se hace mención de los ancianos. Quizás el Espíritu Santo permitió esto para que nosotros pudiéramos
tener estas cosas directamente de mano del apóstol. Yo creo que sólo en la Epístola a los Filipenses tenemos la expresión
"con los obispos y diáconos." (Filipenses 1:1).
La ruina en la que se encuentra la iglesia en el día actual actúa más directamente sobre el orden evidente en este
respecto que sobre el ministerio mismo, porque, en este asunto, el hombre puede entrar más fácilmente con arreglos exteriores.
Pero nosotros no debemos confundir los dones, y el servicio que emana de esos dones, con los cargos. Además, el Espíritu Santo
es suficiente para esto, así como para toda otra necesidad de la iglesia, siempre que ella tome la posición en la cual el
Espíritu Santo la ve. El amor será suficiente, entonces, para todo lo que Dios demanda, y hará el mejor perfeccionamiento
de los medios de bendición concedidos por Él; y Él concede siempre lo que es adecuado a Su propia gloria, y al real bienestar
de Su pueblo creyente.
Yo no veo más dificultad real, con respecto a la autoridad, que la que se refiere al ministerio de la Palabra: debido
a que la autoridad en la iglesia no es un lugar con ciertos poderes limitados por una ley escrita; ni tampoco algo concedido
a hombres celosos de que la autoridad que ellos han dado sea sobrepasada por medio de la pasión por el poder, o la ambición
de la persona a quien se le ha encomendado. La autoridad en la iglesia es siempre, al igual que el ministerio de la Palabra,
el poder del Espíritu Santo sobre la conciencia; el cual, además, no faltará. Donde este existe, Dios hará cumplir, aun mediante
castigos, la autoridad de Su Espíritu que Él ha alojado en el hombre, si esa autoridad es despreciada. La disciplina de la
iglesia lo confirma, asimismo, en ciertos casos; ejemplos de esto se pueden ver en la Epístola a los Corintios. Si nosotros
no hacemos otra cosa más que creer en la presencia de Dios en la iglesia, no podemos dudar que Él es capaz de imponer respeto
a Él mismo, y eso en la autoridad que Él ha encargado, a cualquiera que pudiera haber sido dada.
En cuanto al espíritu en el cual el ministerio debería ser ejercido, yo no digo nada; porque no me corresponde hablar
de ello. Una completa renunciación de uno mismo (y eso va muy lejos cuando conocemos la sutileza de corazón) es el único medio
para caminar con la plena bendición que pertenece a esta feliz posición de servicio a Dios, a nuestros hermanos, y a la humanidad.
Debemos recordar siempre que nosotros somos libres de todos los hombres por el poder del Espíritu de Dios, y que somos responsables
solamente para con Dios por el empleo del don que Él nos ha confiado, ello es para que podamos ser siervos de todos. Recordemos
que nadie puede darse libertad a sí mismo; y si el amor de Dios nos ha dado libertad, es para que, mediante este amor en nosotros,
podamos servirnos unos a otros. Él nos ha hecho libres del yo, libres de la independencia, libre de nuestras propias voluntades,
para actuar como Dios actúa, así como Él ha actuado en Cristo - no para agradarnos a nosotros mismos, sino para servirnos
unos a otros en amor.
No hay nada más bienaventurado en este mundo [5] que esta clase de ministerio. Nosotros pronto averiguaremos cuánta
fe se necesita para ello, y cuánto de esa santidad que nos mantiene cerca de Dios para que podamos obtener fuerza de Él. Que
Dios pueda enseñarnos a mantenernos cerca de Él en todo momento, para que no podamos seguir, en detalle, nuestras propias
voluntades, aunque, en general, nosotros podamos estar buscando hacer la Suya.
[5] No hablamos aquí de comunión con Dios, sino de las varias posiciones
en las que el hombre se puede encontrar.
Yo comentaría aquí, que se requiere de gracia en estos días para realizar, a la vez, los dos principios de hermandad
y el ejercicio de dones; porque lo último da necesariamente una apariencia externa de superioridad. La carne, es verdad, puede
usar estos dones para buscar una superioridad terrenal, en lugar de amor y servicio a los demás. La humildad que busca sólo
el bien de todos, hace que todo sea fácil. En la adoración hay una entera igualdad de posición. Más santidad puede dar una
cercanía a Dios en la cual la adoración será más sincera, y será una expresión más justa, y, al mismo tiempo más cercana a
Dios, de las necesidades de la asamblea. El Espíritu de Dios actuará, entonces, más inmediatamente, y producirá un desarrollo
más inteligente de los vínculos de las almas con Dios; de modo que puede haber en esto una diferencia de capacidad. Lo que
nosotros tenemos que procurar es espiritualidad; esta es la cosa principal. El sacerdote estaba en un lugar más elevado que
el Levita; y todos los sacerdotes eran uno, excepto el Sumo Sacerdote: esta es nuestra posición como adoradores. Hubo otra
posición, que fue muy bendecida, y donde Dios, como soberano, asignó la ocupación. Esta fue la posición del Levita. La gloria
del Levita fue hacer lo que Dios le daba para hacer. Un Merarita no debía tocar los vasos del santuario, ni tampoco un Coatita
debía tocar las diferentes partes del tabernáculo. Los Gersonitas y los Meraritas tenían un carga más extensa - más bueyes
y carros; pero no se les había confiado con semejantes cosas preciosas como a los Coatitas.
Es así como el apóstol razona referente a los dones, comparándolos a los miembros del cuerpo. Todos los servicios,
todos los dones, son inferiores a la adoración. En la distribución de dones Dios es soberano, y pone más honra exterior sobre
aquel que es menos honroso. Los dones que no son adornados con tantos adornos externos son, a veces, los más preciosos. (1
Corintios 12: 22-25). Si nosotros estamos en un nivel espiritual bajo, consideraremos la apariencia exterior, y así consideraremos
esos dones que son más exteriores. Los Gersonitas y los Meraritas tendrán más importancia a tus ojos, con sus bueyes y sus
carros. Estando más cerca del santuario nosotros discerniremos que los Coatitas, quienes llevan los vasos sobre sus hombros,
son tan honrosos o aun más honrosos que los demás. En todo caso, cada uno será estimado bienaventurado, en proporción a que
él haya cumplido la tarea que Dios le ha dado para hacer. En Efesios 4 vemos, en primer lugar, aquello que es común a todos:
aquello que es especial a cada uno viene después; y estas últimas cosas son sólo para cumplir las anteriores. Que la hermandad
no desplace a los dones, sino que los dones ayuden a la hermandad. La conciencia de la presencia de Dios mantendrá todas las
cosas en su lugar.
El propio Señor ha dicho, "todos vosotros sois hermanos" (Mateo 23:8); y, "fortalece a tus hermanos." (Lucas 22:32
- VM). Alguna dolorosa experiencia del yo será, ciertamente, siempre necesaria para fortalecerlos, como en el caso de Pedro.
El hombre no habría designado así, pero Dios lo ha ordenado así. Negar al Salvador, con quien él se había acompañado por tres
o cuatro años - destruir, si él hubiese podido, Su nombre de la faz de la tierra - esa, por lo que se refiere a nuestra importancia,
es la preparación a través de la cual Dios lo hace a uno pasar, cuando Él se complace en ponerlo a Su servicio; añadiendo,
quizás, a esto, una espina en la carne, debido a que lo otro es insuficiente. Pues, ¿qué somos nosotros, y quién es suficiente
para estas cosas?
Que Dios mismo pueda dirigir Su iglesia conforme a la necesidad de ella, conforme al amor y a las riquezas de la gracia
que son en Jesús, por el poder del Espíritu Santo, el cual mora en ella.
J. N. Darby
Traducido
por: B.R.C.O. - Enero 2010.-
Título original en inglés: ON MINISTRY: ITS
NATURE, SOURCE, POWER, AND RESPONSIBILITY, by J.N.Darby
Traducido con permiso
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