VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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EL RÍO DE VIDA

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EL RIO DE VIDA

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión 1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)

TA = Biblia Torres Amat

 

 

Todo lector del Profeta Ezequiel puede advertir los profundos contrastes que existen entre los primeros y los últimos capítulos del mismo.

En el principio del texto bien podemos contemplar la maravillosa y repetida visión de la presencia de la gloria de Jehová, de la glo­ria de Dios. Se relata también la vocación y la misión del profeta, puesto por atalaya a la casa de Israel. Pero se trata, señaladamente, de las abominaciones de los Judíos, y, por consiguiente, de los juicios de Dios. Pues "es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios." (1ª. Pedro 4:17; Ezequiel 9:6).

Tan numerosas como malvadas son las abominaciones cometidas por la casa de Israel. Y las realizan, no sólo cerca del Santuario di­vino, sino hasta en él. Por tal razón, agotado el tiempo de la pacien­cia de Dios, la gloria de Jehová abandona el Santuario divino y la ciudad de Jerusalén. Se marcha poco a poco, por etapas sucesivas, y se nos ocurre que no sin pesar. Hasta ponerse, por fin, sobre el monte que está al oriente de la ciudad. (Ezequiel 11:23)

La salida de la gloria de Dios, alejándose del santuario y de la ciudad de Jerusalén, es un acontecimiento de suma importancia. No hay ya, pues, fuente de bendición para el pueblo rebelde de Israel.

Desde aquel momento todo se halla dirigido hacia el oriente, pala­bra muchas veces repetida en el texto del profeta Ezequiel; más adelante oiremos por qué razón.

Mas, por otra parte, en los últimos capítulos, este cuadro cambia por completo. No hay sino gozo, alegría, paz, bienestar, prosperi­dad, orden y bendición. Pues entonces corre el río de vida cuyas ondas llevan a todas partes fertilidad, disfrute y felicidad. Es así porque las aguas del río salen del santuario, al cual, pasado el tiem­po de los juicios, en vista de las bendiciones del reino de mil años, la gloria del Dios de Israel ha regresado. (Ezequiel 11: 1, 2, 4; Ezequiel 47: 1, 2) La presencia de la gloria de Dios en Su santuario es fuente inagotable de vida y bendición durante el reino de paz, como igual­mente obra la bendición de los creyentes en el tiempo presente cuan­do los santos aciertan a realizar la presencia personal y espiritual del Señor de gloria en medio de ellos, conforme a la preciosa pro­mesa de Mateo, 18: 20. "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos."

No da el Dios Vivo y Verdadero Su gloria a otro. Escrito está: "A otro no daré mi gloria." Y "mi honra no la daré a otro." (Isaías 42:8; Isaías 48:11).

Tras las abominaciones de Israel, hay juicios y castigos. Así lo vemos en la primera parte del Libro de Ezequiel, señaladamente, en el capítulo 9. Los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de Jerusalén escapan del juicio. Para los otros, ineluctable y sin remisión, es el castigo.

Sin embargo, Dios es "el Dios de la paciencia" (Romanos 15:5), el "Padre de misericordias." (2ª. Corintios 1:3). Y cumplido el tiem­po de los juicios, Dios tiene misericordia de Su pueblo terrenal, así como la tiene ahora de nosotros.

Suele Dios conservar testigos incluso en los tiempos más tene­brosos. A los Suyos esparcidos entre las gentes dice el Señor Jehová: "Aunque les he arrojado lejos entre las naciones, y les he esparcido por las tierras, con todo eso les seré por un pequeño santuario en las tierras adonde lleguen." (Ezequiel 11:16). Y Dios, misericordioso y clemente, tomando cuidado por Su propia gloria añade ya: "Yo os recogeré de los pueblos, y os congregaré de las tierras en las cuales estáis esparcidos, y os daré la tierra de Israel. Y volverán allá, y quitarán de ella todas sus idolatrías y todas sus abominaciones. Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios. Mas a aquellos cuyo corazón anda tras el deseo de sus idolatrías y de sus abominaciones, yo traigo su camino sobre sus propias cabezas, dice Jehová el Señor." (Ezequiel 11: 17-21).

 

Maravillosos son los consejos y los modos de obrar de Dios, así como el apóstol nos hace ver en el Nuevo Testamento una espléndida cordillera con sus cimas, cumbres, macizo central, mesetas, puntos de vista; eso parece la Epístola a los Romanos. En tres de sus capítulos: 9, 10 y 11, Pablo nos hace contemplar, desde un punto de vista muy alto y do­minante, un admirable panorama en que el apóstol enseña los con­sejos y caminos divinos para con israelitas y gentiles.

"Aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia… ¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos." (Romanos 11: 5 y 7). Añade Pablo: "¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En ninguna manera; pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos. Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?... si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida de entre los muertos?" (Romanos 11: 11, 12, 15). Y "porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo." (Romanos 11: 25, 26). Se trata aquí, por supuesto, del Israel de la fe. El remanente de la fe, a los ojos de Dios, representa a "todo Israel". Asimismo "la ple­nitud de los gentiles" quiere decir aquellos de entre los gentiles que han de ser salvados por la fe, de ninguna manera todos los gentiles. No hay salvación sino por la fe. Por la fe, gentiles e israelitas alcan­zan misericordia. "Así también los judíos están ahora sumergidos en la incredulidad para dar lugar a la misericordia que vosotros habéis alcanzado, a fin de que a su tiempo consigan también ellos misericordia. El hecho es que Dios permitió que todas las gentes quedasen envueltas en la incredulidad, para ejercitar su misericordia con todos." (Romanos 11: 31, 32 – TA). Y Pablo exclama: "!Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!" (Romanos 11:33). Todo lo cual está muy claro.

 

Antes de la restauración de Israel acontecen terribles e inexora­bles juicios y castigos cuya ejecución alcanza a Jerusalén, Judá, Israel e incluso a las naciones, tal como se ve en esta media parte del Libro de Ezequiel.

Pasado el tiempo de los juicios y castigos, la restauración de Israel por medio de la gracia, en vista del reino de mil años, es acon­tecimiento considerable. Antes de entrar en el gozo del reino de mil años, los judíos, a saber las dos tribus, Judá y Benjamín, los hijos de los que, hablando del Señor, habían dicho "¡Sea crucificado!" y "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos." (Mateo 27: 22 y 25), pasan por la gran tribulación. Está escrito de ellos: "Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero." (Apocalipsis 7:14). Asimismo, por lo que se refiere a Efraín, es decir, a las diez tribus, sólo el remanente creyente retorna a la tierra prometida y se halla reunido con las dos tribus. (Ezequiel 20: 40-49)

En Ezequiel 36, dice Dios otra vez: "Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios." (Exequiel 36: 24-28). No hay otro recurso, sino el nuevo nacimiento por la fe. (Juan 3: 3-10) En Ezequiel 37 se trata también de una resurrección nacional de Israel. Por cierto serán benditos todos los que serán vivificados por el Espíritu de Dios, señaladamente los ju­díos, de quienes está escrito: "Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito" (Zacarías 12:10), pero también sobre los demás, es decir, los creyentes de las diez tribus. Juntos todos los que serán vivificados formarán un solo pueblo bajo el reino del Señor.

Muchas veces en la Palabra de Dios, las aguas, los arroyos, los ríos, nos hablan de bendición, de restauración, de hartura.

Ya en el Éxodo hallamos la peña herida de donde brotaban aguas bienhechoras. Jehová había dicho a Moisés: "He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel." (Éxodo 17:6). La Peña herida es figura de nuestro Señor, herido de Dios. Hablando de los padres de los Hebreos el apóstol Pablo dice: "y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo." (1ª. Corintios 10:4).

Nuestro Salvador, fue herido de Dios en la cruz una vez y para siempre. Desde entonces fue suficiente hablar a la peña para que diese sus aguas. (Números 20:8) ¡Único es el sacrificio del Señor! Pero de Él permanece la santa memoria y se renuevan sus efectos de siglo en siglo. Hizo Moisés muy mal cuando dijo: "¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?" (Números 20:10). No teniendo ni Moisés ni Aarón potencia alguna en sí mismos para hacer salir las aguas. Toda potestad es de Dios. (2ª. Corintios 5:18) La bendición divina, el rocío de Jehová, las lluvias sobre la hierba, "no esperan a varón, ni aguardan a hijos de hombres." (Miqueas 5:7).

 

Aún ahora pueden los creyentes aprovechar el manantial de las aguas hablando a la peña, conforme a la voluntad y obedeciendo de corazón el mandato de Dios: "Hablad a la peña" (Números 20:8). Ejecutó también Moisés acción muy reprensible cuando hirió la peña con su vara dos veces. (Números 20:11).

 

En la Santa Escritura el río es muchas veces como el símbolo o la imagen de la bendición, de la ventura, de la abundancia. No siempre es así. Para citar un ejemplo del cual cada uno puede acor­darse, el Jordán es el río de la muerte. Debían los hijos de Israel pasar el Jordán para alcanzar la tierra prometida. De igual modo, en el tiempo presente, no pueden los creyentes tomar posesión de los lugares celestiales, cuya figura es la tierra prometida, sin haber com­prendido bien, no sólo la muerte de Cristo por Sus redimidos (Ro­manos 5: 6 y 8), sino también el fin del viejo hombre juntamente crucificado con Cristo. (Romanos 6:6).

 

Por lo que se refiere a la vida, ya en Génesis, es decir, en el principio del Antiguo Testamento, hallamos un huerto plantado por Dios en Edén, al oriente. (Génesis 2:8). Escrito está: "Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos." (Génesis 2:10). Asimismo, según el orden moral del texto de la Biblia, encontramos en el principio del Nuevo Testamento, un Señor, un Salvador, un Redentor, pero cada uno de los cuatro Evan­gelios nos hacen ver Su persona y Su obra bajo varias maneras.

 

El Salmo 36 hace mención del torrente de las delicias divinas. "Y tu los abrevarás del torrente de tus delicias." (Salmo 36:8). Es el maravilloso torrente cuyas ondas ponen más blanco que la nieve y cuyo ímpetu, en todo tiempo, alegra y conforta a los creyentes. Les dan, tales aguas, todas las bendiciones que son y permanecen en la Persona adorable y la obra perfecta del Señor, como doble y seguro fundamento. Así tiene cuidado de los Suyos y se interesa por ellos Dios mismo. Antiguamente, antes del sacrificio del Cordero de Dios, recibían los creyentes las bendiciones divinas como por anticipación y como a buena cuenta en razón de la muerte del Señor.

Hoy necesitan los creyentes las bendiciones divinas más que nun­ca y pueden recibirlas en toda sabiduría e inteligencia espiritual. Pues bien, conocen la obra del Señor en la Cruz. Y en este mundo, es preciso confesarlo, los fieles pasan sed. Pero al contemplar al Señor de gloria en la cruz abunda la consolación de ellos. Dijo el Salvador crucificado: "Tengo sed". (Juan 19: 28 y 29; Salmo 69:21).

 

Era preciso considerar las generalidades que alumbran nuestro asunto. Pero pasemos las generalidades y entremos abiertamente en la descripción del río de vida.

 

Vemos ya el río de vida, interesante tema y verdadero punto de arranque de la presente investigación en el Salmo 46: "Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, El santuario de las moradas del Altísimo." (Salmo 46:4). Se trata, además, del río de la vida en el Libro del Profeta Ezequiel (Ezequiel 47: 1-12), texto de importan­cia sin par. De tal río hacen mención también, en el Antiguo Tes­tamento, los profetas Joel (Joel 3:18) y Zacarías (Zacarías 14: 8 y 9). En el Nuevo Testamento volvemos a encontrar el río de vida otra vez, en relación con la nueva Jerusalén que muestra un río limpio, de agua de vida resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. (Apocalipsis 22:1).

Dice el profeta Ezequiel: " Me hizo volver luego a la entrada de la casa; y he aquí aguas que salían de debajo del umbral de la casa hacia el oriente; porque la fachada de la casa estaba al oriente, y las aguas descendían de debajo, hacia el lado derecho de la casa, al sur del altar. Y me sacó por el camino de la puerta del norte, y me hizo dar la vuelta por el camino exterior, fuera de la puerta, al camino de la que mira al oriente; y vi que las aguas salían del lado derecho… Después me llevó, y me hizo volver por la ribera del río. Y volviendo yo, vi que en la ribera del río había muchísimos árboles a uno y otro lado. Y me dijo: Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al Arabá, y entrarán en el mar; y entradas en el mar, recibirán sanidad las aguas. Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, y recibirán sanidad; y vivirá todo lo que entrare en este río. Y junto a él estarán los pescadores, y desde En-gadi hasta En-eglaim será su tendedero de redes; y por sus especies serán los peces tan numerosos como los peces del Mar Grande. Sus pantanos y sus lagunas no se sanearán; quedarán para salinas. Y junto al río, en la ribera, a uno y otro lado, crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas nunca caerán, ni faltará su fruto. A su tiempo madurará, porque sus aguas salen del santuario; y su fruto será para comer, y su hoja para medicina." (Ezequiel 47: 1 y 2, 6-12). (El Mar Grande es el Mediterráneo).

Añade Zacarías: "Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas, la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental." (Zacarías 14:8). El río se re­parte así en dos ramales.

Para ver con los ojos y entender de corazón las instrucciones que se refieren al río de vida y a los esplendores del nuevo templo de Dios, del santuario milenario, del cual se trata en los últimos capí­tulos de Ezequiel, tenía necesidad el profeta de un experto guía. El guía de Ezequiel es un varón que tiene "un cordel de lino en su mano, y una caña de medir" (Ezequiel 40:3; etc.). Asimismo nosotros; cre­yentes y testigos del tiempo presente, para comprender bien la Pa­labra de Dios necesitamos un Guía. Después de la muerte y la resurrección del Señor y de Su glorificación en el cielo, nuestro Guía es el Espíritu Santo, enviado de lo alto (Juan 14: 16, 17, 26; Juan 15:26; Juan 16: 7, 13 y 14; 1ª. Corintios 2: 6 y 7, 10-13).

Muy significativa es esa palabra "hacia el oriente" o "al oriente". Se halla repetida a menudo en el texto de Ezequiel. Y hemos visto que cuando la gloria de Dios dejó el santuario, el umbral de la casa, el atrio, la puerta oriental del templo y por fin la ciudad de Jerusalén, se detuvo sobre el monte que está al oriente de la ciudad (Eze­quiel 9:3; Ezequiel 10: 3 y 18; Ezequiel 11:23). El monte que está al oriente de la ciudad es el Monte de los Olivos (Zacarías 14:4). Desde entonces no hay ya presencia divina ni fuente de bendición en Israel. Sin embargo, todo se halla dirigido hacia el Oriente.

Cumplido el tiempo de los juicios, entra la gloria de Dios de nuevo en el Templo. Viene desde el Oriente y entra en la casa por la vía de la puerta que da cara al oriente (Ezequiel 43: 2 y 4).

Cuando vendrá el Señor para vencer a Sus últimos enemigos e instituir Su reino de paz, alegría y gloria, "se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente" (Zacarías 14:4).

 

En el Nuevo Testamento, donde se trata de la primera venida de nuestro Salvador sobre la tierra, leemos: "Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, Con que nos visitó de lo alto el Oriente" (Lucas 1:78 – RVR1909). El Oriente de lo alto que había de visitarnos es el mismo Señor, cuyo precursor había de ser Juan el Bautista.

 

Hace el guía volver al profeta a la entrada de la casa y le saca por el camino de la puerta del Norte, conduciéndole por el camino fuera de la puerta, por fuera al camino de la que mira al oriente. Es un gran rodeo, pero un rodeo necesario, porque la puerta de afuera del santuario, la cual mira hacia el oriente, cerrada está. Dios dice: "Esta puerta estará cerrada; no se abrirá, ni entrará por ella hombre, porque Jehová Dios de Israel entró por ella; estará, por tanto, cerrada. En cuanto al príncipe, por ser el príncipe, él se sentará allí para comer pan delante de Jehová; por el vestíbulo de la puerta entrará, y por ese mismo camino saldrá." (Ezequiel 44: 2 y 3). No hay excep­ción sino el día de reposo (sábado) y el día de la luna nueva (Exequiel 46:1). En cuanto al Príncipe, es el representante del Señor. No es el mismo Se­ñor; pues ha de sacrificar por sí como por todo el pueblo de la tie­rra, un becerro por el pecado (Ezequiel 45:22).

Son vivas las aguas porque salen del santuario al cual la gloria de Dios, viniendo desde el oriente, ha regresado. Y la gloria de Je­hová hinche la casa de Jehová (Ezequiel 43: 2 y 4). Es la presencia divina en el templo milenial, fuente inagotable de bendición y de vida. Salen las aguas vivas de debajo del umbral de la casa hacia el oriente y las aguas descienden hacia el lado derecho de la casa, al sur del altar (Ezequiel 47: 1 y 2). El altar nos habla de la cruz, único fundamento de todos los privilegios en que pueden go­zarse los creyentes.

Según el profeta Zacarías (Zacarías 14:8), salen aguas vivas "la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental." Hay así dos arroyos de vida, cuyas ondas son símbolo del Espíritu Santo como potencia fructificadora (Juan 4:14; Juan 7: 38 y 39). Zacarías 14:8, nos explica muy bien los "dos ríos" de Eze­quiel 47:9. El primer río desciende a la llanura y sus aguas entran en el mar oriental. El otro río pasa por la ciudad de Jerusalén (según Ezequiel, el templo milenario no se ubica en medio de la ciu­dad) y desemboca en el Mediterráneo, no sabemos exactamente en qué lugar.

En el texto de Ezequiel corre el río de vida hacia el mar salado. Sube cada vez más. Crece muchísimo, tanto, en fin, que no se podía pasar sino a nado (Ezequiel 47: 3-10).

En ambas riberas del río, de una parte y de la otra, el profeta, bajo la dirección de su guía, contempla gran cantidad de árboles. Junto al río en su ribera, de una parte y de otra, crece todo árbol de comer. Su hoja nunca cae ni falta su fruto. A sus meses madura por­que las aguas salen del santuario. El fruto de los árboles es para comer y su hoja para sanar. Son magníficos tales recursos.

Las aguas del río, insistimos, salen de la región del oriente, des­cienden a la llanura y entran en el mar. Entradas las aguas del río en el mar, sus aguas reciben sanidad. En las aguas del mar salado hay tanta sal que la vida no es posible en ellas. Pero tan pronto como entran en el mar oriental las aguas del río, cuyo manantial está en el santuario, la vida se hace posible y todo animal viviente sigue viviendo. Y por haber entrado allá las aguas vivas hay muchos peces. En su clase, es su pescado como el pescado del mar grande, del Mediterráneo, abundante en gran manera. Junto al mar estarán pescadores; y desde En-gadi, hasta En-eglaim, hay tendede­ro de redes.

Los peces traen a la mente la Persona y el amor de nuestro Se­ñor. En el principio de la era cristiana, en el tiempo de las perse­cuciones, el pez sirvió de contraseña a los creyentes entre sí mismos, porque juntas las primeras letras de la palabra Jesús Cristo de Dios Hijo Salvador forman, en la lengua griega, el nombre de pez. En la escena simbólica de Juan 20, la solicitud del Señor ha preparado para Sus discípulos comida caliente en que el pez desempeña impor­tante papel.

 

Muchas e importantes bendiciones recibe el pueblo terrenal de Dios durante el reino del Mesías. Pero no son las bendiciones plenarias como son las bendiciones de los creyentes del tiempo presente, benditos con toda bendición espiritual, en lugares celestiales en Cristo. Charcos y lagunas no son sanados; quedan para salinas.

 

Además conviene acometer una investigación especial sobre el particular tocante al río de vida que acabamos de reseñar: El de las mediciones (Ezequiel 48). Este tema es muy interesante y ofrece a nuestra mente importantes relaciones con el Nuevo Testamento. Escribe el profeta: "salió el varón hacia el oriente, llevando un cordel en su mano; y midió mil codos, y me hizo pasar por las aguas hasta los tobillos." (Ezequiel 47:3). El capítulo 3 de los Hechos nos cuenta la curación de un hombre que "era cojo desde el vientre de su madre" (Hechos 3:2 – RVR1909). Verdadera figura del pecador en su condición natural. "Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos." (Hechos 3:4). Entonces él estuvo atento a ellos. Y Pedro dijo: "No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios." (Hechos 3: 6-9). Hizo en fe lo que Pedro había dicho; así fue sanado; así fue hecho un adorador. Tal es el principio de la vida cristiana. Son las aguas "hasta los tobillos" sentidas por cada uno en su propia persona, pues la salvación de Dios por medio de la fe, es individual.

 

Hay, después, una segunda medición: "Midió otros mil, y me hizo pasar por las aguas hasta las rodillas." (Ezequiel 47:4). De las rodillas está es­crito en el Nuevo Testamento: "Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo" (Efesios 3:14), y "Levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas" (Hebreos 12:12). Son útiles las rodillas, so­bre todo para el ruego, para la oración. Ya en el Antiguo Testamento leemos: "Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles." (Isaías 35:3). Cada vez Ezequiel ha de sentir el nivel de las aguas en su propia persona.

 

Luego vemos una tercera medición. "Midió luego otros mil, y me hizo pasar por las aguas hasta los lomos." (Ezequiel 47:4). El Nuevo Testamento hace mención de los lomos en varios pasajes. Se debe citar, primera­mente, en relación con la venida del Señor para Sus santos, la pro­pia palabra del Salvador: "Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles." (Lucas 12: 35-37).

En segundo lugar encontramos los lomos en relación con la ver­dad de Dios: El apóstol Pablo dice: "Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad." (Efesios 6:14). En tercer lugar se trata también de los lomos en la primera epístola de Pedro: "Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado." (1ª. Pedro 1:13). El entendimiento es la parte más elevada de nuestro ser, aquella por la cual estamos en relación con Dios y con el Señor. Es siempre el mismo principio. Es preciso que el cre­yente sienta el nivel de las aguas sobre su propia persona. No puede andar nadie en los caminos de la fe con las piernas de otros. Ni anda ninguno en el testimonio de nuestro Señor, sino con sus pro­pias piernas.

 

Por fin hay aún una cuarta medición. "Midió otros mil, y era ya un río que yo no podía pasar, porque las aguas habían crecido de manera que el río no se podía pasar sino a nado." (Ezequiel 47:5). El profeta pier­de pie. Le es forzoso nadar en estas muchas aguas que van crecien­do. Es una experiencia muy útil. No sólo inmensa es la bendición, sino infinita. Sobre todo es aquí figura de la bendición plenaria de los creyentes en la era cristiana: debemos crecer "en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo." (2ª. Pedro 3:18). Así se descubren inefables misterios de amor y se suscitan pen­samientos y sentimientos que por otro medio no llegarían a obtenerse. El apóstol Pablo dice: "y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios" (Efesios 3:19), y "según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él." (Colosenses 2: 8-10). Y leemos en el Evangelio según Juan: "de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia." (Juan 1:16). Así, en la primera epístola del mismo apóstol, los padres conocen al que es desde el principio (1ª. Juan 2: 13 y 14; 1ª. Juan 1: 1-5), desde el principio del cristianismo.

 

Acabamos de contemplar el río de vida y ahora nuestro guía nos dice, como antiguamente el varón a Ezequiel: "¿Has visto, hijo de hombre?" (Ezequiel 47:6). Y desde el seno de nuestra flaqueza, por la cual gemimos humillados, juntando nuestras débiles voces a la gran voz del apóstol podemos contestar por gracia: "Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén." (Efesios 3: 20 y 21).

 

P. F. R.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1958, No. 34.-

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