VIDA CRISTIANA (1953 a 1960)


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EL MINISTERIO Y LA DEPENDENCIA DEL ESPÍRITU SANTO (C.H.Mackintosh)

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EL MINISTERIO Y LA DEPENDENCIA

DEL ESPÍRITU SANTO

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

El verdadero secreto de todo ministerio (es decir: servicio) es el poder espiritual. No es el genio, la inteligencia, ni la energía del hombre, sino sencillamente el poder del Espíritu de Dios. Esto era verdadero en los días de Moisés y lo es aún hoy. "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos." (Zacarías 4:6). Es conveniente que todos los ministros lo recuerden siempre. Esto sostendrá su corazón y dará a su ministerio una con­tinua eficacia. Un ministerio que fluye de una dependencia perma­nente del Espíritu Santo no puede jamás ser estéril. Si un hombre confía en sus propios recursos, pronto estará desprovisto de ellos. Pero poco importan sus talentos, o sus grandes conocimientos; si el Espíritu Santo no es la fuente y el poder de su ministerio, éste perderá, tarde o temprano, su lozanía y su eficacia.

 

¡Cuán importante es, pues, que todos los que sirven, sea en la predicación del Evangelio, o sea en la Iglesia de Dios, se apoyen continua y exclusivamente en el poder del Espíritu Santo! Él sabe lo que las almas necesitan y puede subvenir a estas necesidades. Pero debe confiarse en este poder y emplearlo. No conviene apoyarse en parte sobre sí mismo y en parte en el Espíritu de Dios. Si existe la menor con­fianza propia bien pronto se dará a conocer. Debemos en realidad re­nunciar lo que pertenece al yo, si queremos ser vasos del Espíritu Santo.

 

Esto no quiere decir que no deba haber una santa diligencia y mi santo ardor en el estudio de la Palabra de Dios, lo mismo que en el de los ejercicios, pruebas, luchas y variadas dificultades del alma. Estamos convencidos de que cuanto más absolutamente nos apo­yemos en el gran poder del Espíritu Santo, con el sentimiento de nuestra nulidad, tanto más estudiaremos con cuidado y con celo así tanto el Libro como el alma. Sería un error fatal servirse de la profe­sión de dependencia del Espíritu Santo como pretexto para descuidar el estudio hecho con oración y la meditación: "Medita en estas cosas, ocúpate enteramente de ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos." (1ª. Timoteo 4:15 – VM).

 

Pero, después de todo, recuérdese siempre que el Santo Espíritu es la fuente inagotable y viviente del ministerio. Es Él sólo que puede desplegar en toda su lozanía y plenitud divinas, los tesoros de la Pa­labra de Dios, y aplicarlos según Su celestial poder a las necesidades actuales del alma. No se trata de exponer verdades nuevas, sino sencillamente desarrollar la Palabra de Dios misma, de manera que obre sobre el estado espiritual y moral del pueblo de Dios. He aquí el ver­dadero ministerio. Un hombre puede hablar cien veces sobre la misma porción de las Escrituras, y a las mismas personas, y en cada una de ellas puede anunciar a Cristo a sus almas con una lozanía espiri­tual. Y, por otra parte, un hombre puede atormentar su espíritu para descubrir nuevos temas y nuevas maneras de tratar viejos textos, y a pesar de todo, puede suceder que en su predicación no haya ni un átomo de Cristo o de poder espiritual.

 

Todo esto es cierto para el evangelista, lo mismo que para el maestro o para el pastor. Un hombre puede ser llamado a predicar el evangelio en el mismo sitio durante años y podrá en ocasiones sen­tirse abrumado por el pensamiento de tener que dirigirse al mismo auditorio, sobre el mismo tema, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Puede estar perplejo para encontrar algo nuevo o va­riado. Quizá desee ir a cualquier otro sitio en el que los temas que le son familiares sean nuevos para sus oyentes. Lo que hemos dicho más arriba ayudará mucho a los tales a recordar que Cristo es el único gran tema del evangelista. El Espíritu Santo es quien suministra la potencia para desarrollar ese gran tema; y los pobres pecadores perdidos son los oyentes ante los cuales ese gran tema debe ser des­envuelto.

 

Y Cristo es siempre nuevo, el poder del Espíritu Santo no dis­minuye nunca; la condición y el destino del alma son siempre viva­mente interesantes. Además, es conveniente para el evangelista cada vez que predica, recordar que aquellos a quienes se dirige ignoran realmente el Evangelio, de manera que debe hablar como si fuese la primera vez que su auditorio oyese el mensaje y la primera vez que él se lo anunciara. En efecto, la predicación del Evangelio, en la divina acepción de esta palabra, no es la exposición estéril de una simple doctrina evangélica, ni una cierta forma de discursos expuestos sin cesar según la misma rutina fastidiosa. Lejos de ello. Predicar el Evangelio es en realidad levantar el velo al corazón de Dios; a la persona y a la obra de Cristo; y esto por la energía presente del Espíritu Santo.

 

Si todos los predicadores pudiesen tener estas cosas presentes en su pensamiento, poco importaría entonces que hubiese un solo predi­cador o setenta; un solo hombre en un mismo sitio durante cincuen­ta años, o el mismo hombre en cincuenta sitios distintos durante un año. Así en el caso de Moisés (Números, capítulo 11), no había aumen­tado de poder, sino que el mismo Espíritu que poseía él fue dado a los setenta ancianos. Dios puede obrar por medio de un solo hombre tan bien como por el de setenta; y si Él no obra, setenta no harán más que uno solo. Es de la mayor importancia tener a Dios siempre presente en el alma. Ese es el verdadero secreto del poder, sea para el evangelista, sea para el maestro, sea para cualquier otro sier­vo. Cuando un hombre puede decir: «Todos mis recursos están en Dios», no hay necesidad de apenarse con respecto a la esfera de su actividad, o de su aptitud para cumplirla. Pero cuando no es así, podemos comprender perfectamente que un hombre desee ardiente­mente compartir con otros sus trabajos y su responsabilidad.

 

Recordemos que Moisés, al principio del libro del Éxodo, iba, a pesar suyo, a Egipto, en una sencilla dependencia de Dios, y con qué prontitud se hizo acompañar por Aarón. Eso es lo que sucede siempre. Preferimos algo palpable, algo que los ojos puedan ver y la mano tocar. Se nos hace difícil sostenernos como viendo al Invisible. Y, no obstante, el apoyo en que deseamos descansar es a menudo una caña cascada que nos atravesará la mano. Aarón fue para Moisés una fuente fecunda en pesares; y aquellos que, en nuestra locura, nos imaginamos como seres indispensables, resultan con frecuencia todo lo contrario. ¡Oh!, podamos todos aprender a descansar en el Dios vivo, con un corazón sincero y una confianza inquebrantable.

 

C. H. Mackintosh

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, No. 20.-

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