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Pensamientos acerca del Culto

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

Hemos leído...

 

                El culto, la alabanza, no se pueden improvisar. Si hemos adoptado la mundanalidad durante la semana, si no nos hemos examinado a nosotros mismos (l Corin­tios 11:28), no podemos dar culto en espíritu y en verdad, y entonces presentamos "fuego extraño" delante de Dios.

 

                Seamos PUNTUALES; si creemos que el mismo Señor se halla presente al em­pezar la reunión, no osaremos irreverentemente llegar con retraso a Su pre­sencia.

 

                Es OBRA MENTIROSA el adorar aun con expresiones sublimes e himnos mag­níficos cuando el alma se halla en mala posición.

 

                La alabanza dirigida AL PADRE es la parte más elevada del culto, Si vigilantes en no olvidarlo; "El Padre tales adoradores busca que le adoren." (Juan 4:23).

 

                El modo de realizar la Mesa del Señor durante los 19 siglos pasados es un asombroso índice del verdadero estado de la Iglesia. A medida que la Iglesia fue alejándose de Cristo y de su Palabra, se descuidó y pervirtió la preciosa institución de la Cena del Señor. Por el contrario, a medida de que el Espíritu de Dios obraba en un determinado tiempo en la iglesia con especial po­tencia, la Cena del Señor recobraba su verdadero lugar en los corazones de Su pueblo.

 

C. H. Mackintosh

 

 

 

Pensamientos acerca del Culto

 

I. LA PREPARACION DEL CULTO

 

I. La fuente de bronce (Éxodo 30: 17-21)

 

            Estaba colocada después del altar de metal, o de bronce, y antes del altar de oro. Antes de penetrar en el Santuario, los sacerdotes tenían que lavarse las manos (figura de nuestras obras) en dicha fuente, y asimismo los pies (los cuales se relacionan con nuestra conducta) para que no muriesen (Éxodo 30: 17-­21). ¡Cuán grave era, pues, para los sacerdotes, el acercarse al altar de oro sin haberse previamente lavado en la fuente de bronce! Para ellos significaba la muerte. ¿Cuál es la enseñanza que podemos sacar nosotros de este pasaje? Para que fuésemos sacerdotes hemos sido primeramente lavados con agua; es el lavamiento inicial, que nos tiene que ser revelado, "purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura", podemos allegarnos, "teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne..." (Hebreos 10: 19-22). Mientras existía el primer tabernáculo, el ca­mino del santuario no había sido aún descubierto. Pero Cristo ha venido, "sumo sacerdote de los bienes venideros" y, "por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención." "Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios." De modo que si los sacrificios levíticos no podían "hacer perfectos a los que se acercan", Cristo, "con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados." Por esto, somos ex­hortados a acercarnos, va que tenemos ahora "libertad para entrar en el Lugar Santísimo." (Hebreos 9: 8-11, 12 y 24; 10: 1-14, 19 a 22).

 

            Pero, en el transcurso de nuestra peregrinación, ocurre que pecamos, y ¡nada de lo que es manchado puede tener acceso al santuario, donde todo es oro, o está recubierto del precioso metal! Es preciso que desaparezca cualquier inmundicia: eso es lo que simboliza el lavamiento de las manos y de los pies en la fuente de bronce o de metal.

 

            Una gran flaqueza caracteriza a menudo nuestro culto. ¡Cuántas veces no llegamos a alcanzar el altar de oro! Si nos detenemos junto al altar de bronce limitándonos así a agradecer a Dios el habernos dado a Su Hijo para librarnos de la potencia de Satanás y resolver la cuestión de nuestros pecados - ello es porque tenemos poco conocimiento de lo que significa el lavamiento en la fuen­te de bronce. ¡No olvidemos que estaba colocada entre el altar de bronce y el de oro! Perdemos de vista el verdadero carácter del culto al no ir más allá del altar de bronce. Cuando esto ocurre, tendemos a medirlo todo conforme a nuestro criterio: reparamos en nuestro pobre estado, en la obra de la Cruz para librarnos de ello, en nuestros privilegios y pensamos en nuestras bendi­ciones; damos gracias a Dios porque Cristo murió por nuestros pecados y re­sucitó por nuestra justificación, transformando pobres pecadores en verdaderos adoradores suyos... ¡Y nos figuramos que esto constituye el legítimo culto!

 

            El lector advertirá sin dificultad que no hablamos aquí de lo que suele llamarse «un culto» en el seno de la cristiandad, donde se califica con esta palabra a toda clase de reunión, de cualquier género que sea, durante la cual se dirá tal vez un sermón o incluso una lección de ética. El culto por excelencia es la reunión de adoración, la cual culmina con el partimiento del Pan.

 

 

            Muchas veces, nuestra conceptuación del «culto» no va más allá de nuestras acciones de gracias tributadas a Dios por haber entregado y castigado a Su Hijo en lugar nuestro en el Calvario, dándonos, por consiguiente, una heren­cia con Él desde ahora y por la eternidad. ¡No negaremos que conviene hacer­lo! Es cierto que, para exaltar la gracia de Dios, magnificar Su amor, alabar a Aquel que realizó tan maravillosa obra, hace falta recordar el estado de perdición en el cual estábamos sumidos y proclamar lo que Cristo hizo de nosotros y a favor nuestro. No olvidemos que sobre el altar de bronce ardía el holocausto, sacrificio de olor suave y figura de Cristo ofreciéndose en su perfección. Sin embargo, es preciso ir más lejos... hace falta llegar hasta el altar de oro para rendir a Dios el verdadero culto que El espera de nosotros. Pero, ¡no se puede alcanzar el altar de oro sin pasar previamente por la fuente de bronce!

 

            Aún sabiendo lo que representa dicha fuente, ¿entendemos bien, acaso, cómo hemos de efectuar el lavamiento de nuestras manos y de nuestros pies? A este respecto, hemos oído, a veces, lo siguiente: «Yo no quisiera presentarme al culto sin haberme antes examinado y juzgado (cosa simbolizada por la fuente de metal) y el sábado por la noche o el domingo temprano, siempre lo hago.» Por cierto, este pensamiento es bueno, pero, en el fondo, ¡esto es no enten­der del todo el lavamiento en la fuente de bronce! Llegados al final de la semana, ¿podríamos recordar todo cuanto hemos de confesar y arrojarlo de nosotros para que pudiésemos llegar al altar de oro? Nuestros actos de desobediencia a Dios, nuestros malos pensamientos, ¿los tendremos todos presentes el sábado al anochecer o el domingo por la mañana? Por desgracia, olvidamos tan de prisa, mayormente cuando se trata de nuestras faltas... ¡Cuántas cosas no juz­gadas hay entonces que son un obstáculo para el culto! No es siquiera cada noche que conviene acudir a la fuente de bronce: es de modo continuo sin tardar, siempre que hayamos albergado un pensamiento o cometido un acto que no pueda ser aprobado por el Señor y que, por consiguiente, nos privan del gozo de Su comunión. "Para que no mueran", en Éxodo 30: 20 y 21, significa hoy para nosotros perder el gozo de nuestra comunión con el Señor, manantial de nues­tra vida espiritual. Si supiéramos mejor lo que representa la fuente de bronce y laváramos nuestras manos y nuestros pies cada vez que hayamos contraído la menor mancha, gozaríamos hondamente de una verdadera comunión con el Señor y estaríamos capacitados para ir hasta el altar de oro, ofreciendo a Dios el culto que merece. ¡Cuánta alegría para nuestros corazones! ¡Cuánta gloria para El!

 

            No es de otra manera que se «prepara», día tras día, el culto que hemos de tributar de modo especial el primer día de la semana, cuando con este fin estamos reunidos en asamblea. (No olvidemos, en efecto, que si se nos exhorta a ofrecer siempre sacrificio de alabanza a Dios - véase Hebreos 13:15 - el verdadero culto presentado en el altar de oro es el acto colectivo de la asam­blea) Mas, en dicha «preparación», no sólo interviene la fuente de bronce, ¡hay que llenar también los «canastillos»! Ambas cosas están íntimamente rela­cionadas; si hemos experimentado lo que es la fuente de bronce, llenaremos nuestros canastillos; en el caso contrario, nos presentaremos en la reunión, el domingo, con canastillos más o menos vacíos y ¡no pasaremos del altar de metal!

 

II.   El canastillo del Adorador

 

            Para llenar su canastillo (Deuteronomio 26) hace falta:

 

1.- Haber «entrado en la tierra»: En Cristo, podemos decir que hemos penetrado ya en el cielo, bendecidos "con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo", porque "Dios... nos hizo sentar en los lugares celestiales en Cristo Jesús" (Efes. 1:3; 2: 4-6). Después,

2.- es preciso «poseer la tierra»: esto es, gozar del cielo, por la fe, como de algo que realmente nos pertenece; es nuestra herencia y hemos recibido las arras de ella, a saber, el Espíritu Santo que nos presenta a Cristo en el lugar donde El está actualmente (Efes. 1:14). Por último,

3.- hace falta morar en la tierra prometida: esto no sólo es estar en el cielo por algunos breves momentos, sino habitarlo continuamente: buscando las cosas de arriba, donde Cristo está a la diestra de Dios; meditar y compla­cerse en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col. 3:1 y 2).

4.- Una vez cumplidas estas condiciones, podremos tomar "de las primicias de todos los frutos ... de la tierra"; esto es, todo cuanto habremos visto, conocido y recibido de El, estando ocupados y nutridos de Su Persona. Después de la cosecha, el hijo de Israel debía entonces colocar estos frutos en una cesta y allegarse al lugar que Dios había escogido para hacer morar allí Su Nombre (Deuteronomio 12); hoy, habiendo preparado, no un discurso, sino nuestros corazones a fin de que sean aptos para la alabanza, nos dirigiremos allí donde están dos o tres reunidos en Su Nombre (Mateo 18:20), presentando nuestros canastillos rebosantes de frutos cosechados. En aquel entonces, era el sacerdote quien tomaba el canastillo y lo colocaba ante el altar de Jehová; ahora, tene­mos "un gran sacerdote sobre la casa de Dios" (Hebreos 10:21) y es por medio de Él que podemos ofrecer a Dios sacrificio de alabanzas, "fruto de labios que confiesan su nombre" (Hebreos 13:15). Así como antiguamente llevaba Aarón "la iniquidad de las cosas sagradas que los hijos de Israel consagren en todas sus ofrendas santas" (Éxodo 28:38 - LBLA), Cristo, "gran sacerdote sobre la casa de Dios", purifica nuestras ala­banzas - tan imperfectas - para que Dios pueda aceptarlas. ¿No es también Aquel que prorrumpe en alabanzas en medio de la congregación (Sal­mo 22:22), de tal modo que nos une a El en la adoración que sube hacia el Padre?

 

            ¡Cuán poco entendemos esta «preparación» del culto! Y, en gran parte, ello es porque desconocemos, en forma práctica, lo que significa el lavamiento en la fuente de bronce. ¿Por qué extrañarnos entonces al ver nuestros canastillos tan vacíos? ¿Por qué asombrarnos de nuestra debilidad al estar reunidos para la adoración?

 

            Señalemos todavía un punto de grandísima importancia que se relaciona con dicha «preparación» del culto. Si un hermano ha pecado contra otro y la cosa no ha sido arreglada, toda la asamblea se verá imposibilitada de rendir el culto que conviene, no pudiendo obrar libremente el Espíritu Santo al ser contristado de semejante forma. Entonces, ¿qué conviene hacer en este caso? Sencillamente, lo que nos enseña la Palabra de Dios: "si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano..." (Mateo 18:15). Del mismo modo, si un hermano sabe que otro «tiene algo contra él», debe también resolver la dificultad antes de ofrecer su presen­te. (Mateo 5: 23 y 24).

 

            Sobra decir que estas enseñanzas nos son dadas para casos susceptibles de perturbar la comunión en la Mesa del Señor. Sería seguramente peligroso el querer obtener, a todo trance, una plena y perfecta identidad de opinión sobre lodos los puntos, haciendo de ello una condición de comunión a la Mesa del Señor. Por cierto, sería magnífico si todos los hermanos y hermanas tuviesen un mismo pensamiento, una perfecta unanimidad en cuanto a las cosas del Señor, y esto llegaría a ser una realidad si estuviésemos siempre en la depen­dencia del Espíritu, si siempre nos dejásemos guiar y enseñar por El y sólo por El; en una palabra, si escuchásemos "lo que el Espíritu dice a las iglesias". ¡Cuán lejos estamos de llevarlo a la práctica! No olvidemos que - debido a la flaqueza que nos caracteriza a unos y a otros - nuestro hermano puede apreciar las cosas de un modo distinto al nuestro en muchos pormenores de los cuales no podemos hacer una condición de comunión a la Mesa del Señor.

 

            Sin duda alguna, cuanto más comunión exista con Dios y entre Sus ado­radores, tanto más elevado será el nivel del culto, porque el Espíritu Santo podrá obrar con mayor potencia cuando haya mayor comunión. Es de desear que ésta sea cada vez más amplia, pero sólo puede practicarse en la medida en que los creyentes - alimentándose del "alimento sólido", el de "los hombres hechos", es decir, de los que han alcanzado madurez ("Pero el alimento sólido es de los hombres hechos; es decir, de aquéllos que por medio del uso, tienen sus sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal." (Hebreos 5:14 - VM) - tengan el discernimiento espiritual que se deriva de ello. Sería vano querer lograr un resultado sin ocuparse con el móvil de las cosas: "Vamos adelante a la perfección" (o mejor dicho: «hacia el estado de hombres espiritualmente maduros») (Hebreos 5: 12-14; 6:1). Entonces, tendremos loa "sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal"; rechazando re­sueltamente el mal y obrando el bien, gozaremos de una real y profunda comu­nión con Dios. Morando en la tierra prometida, sin descuidar el continuo lavamiento en la fuente de bronce, podremos rendir culto según el pensamiento de Dios, quemando el fragante incienso sobre el altar de oro.

 

II EL DESARRROLLO DEL CULTO

 

I.   El Altar de Oro

 

            Es allí donde Dios espera recibir el culto de aquellos que justificó por la obra de Su Hijo Unigénito. Dicho altar era de madera de Sitim (acacia) recubierta de oro (figura ésta de Cristo, Dios y hombre a la vez). Tanto en el altar como en el santuario, el sacerdote no veía más que el oro (esto es: la excelencia, las glorias y la justicia del Santo Hijo de Dios) y Dios, asimismo, no consideraba más que el oro.

 

            Este es el carácter del culto verdadero: ¡la persona de Cristo, único objeto del corazón de Dios y del afecto de sus redimidos! Mientras se alistaba y se encendía las lámparas (Éxodo 30: 7 y 8) era preciso quemar el "incienso aromático" sobre aquel altar. Se trata de las mismas "lamparillas" de que nos habla el capítulo 25:37 de este libro del Éxodo. Las lámparas simbolizan la manifesta­ción de la esencia de Dios y sólo el poder del Espíritu nos permite entenderlo; para nosotros la vida divina ha sido plenamente manifestada en Cristo - hom­bre perfecto sobre la tierra -, habiendo sido visto Dios en Él. Del mismo modo, debe serlo ahora en el creyente y en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. (Las siete asambleas de Asia - Apocalipsis 2 y 3 - que simbolizan la historia de la Iglesia responsable sobre la tierra durante la ausencia del Señor, se com­paran a "siete candeleros de oro" (Apocalipsis 1:12, 23 y 20.) Cristo, el candelero (Éxodo 25: 31-36} es la luz del mundo, y nosotros somos luz en el Señor. Para que se queme el incienso sobre el altar, es preciso que ardan las lámparas y para ello hace falta alistarlas. Dichos candeleros, alimentados por el aceite (figura del Espíritu Santo), brillan a veces muy poco por tener cenizas. Para que res­plandezca la luz las cenizas debían caer por sí solas; es - simbólicamente - el resultado del enjuiciamiento personal (o juicio de sí mismo) al cual somos inducidos por el Espíritu Santo. Siempre que sea preciso, el Espíritu redarguye nuestra conciencia para que juzguemos todo cuanto es de la carne en nosotros; si le dejamos cumplir este servicio, las «cenizas» caerán por sí solas. Sin embargo, nada debía manchar el santuario: estas cenizas eran recogidas en vasos recubiertos de oro puro. Pero, ¿no ocurre, por desgracia, que oponemos nuestra voluntad propia a la obra del Espíritu, al querer cumplir este divino Huésped, el servicio que acabamos de mencionar? Precisamos entonces las "despabiladeras" (Éxodo 25:38). Dios se vale de ellas para quitar las cenizas: nos disciplina para nuestro bien, "para que participemos de su santidad" (Hebreos 12:10). Así pode­mos reflejar la luz de Cristo en este mundo. Una vez que las lámparas son encen­didas y aderezadas - y ¡cuánto necesitamos a este respecto el servicio de nuestro Sumo Pontífice, figura del cual es Aarón! - nosotros somos capacitados para quemar el incienso aromático sobre el altar de oro.

 

            Dicho incienso era consumido sobre el altar bajo la acción del fuego de Dios que debía hacerlo arder. Tomado del altar de metal, este fuego había sido encendido desde el cielo: "de delante de Jehová" (Levítico 9:24). Quemar el incienso con otro fuego diferente de aquel, es valerse de un juego extraño. Dios no puede tolerarlo. El capítulo 10 de Levítico nos da muchas enseñanzas a este respeto.

 

II.   El fuego extraño

 

            Los siete primeros capítulos del Levítico tratan la cuestión de los sacrificios que debían ofrecerse según la Ley, figuras del sacrificio perfecto del Cordero de Dios, los cuales sacrificios hacían resaltar los diferentes aspectos del único sacrificio de Cristo. Luego, en los capítulos 8 y 9, tenemos la institución del sacerdocio. En el versículo 23 del capítulo 9, la gloria de Jehová apareció a todo el pueblo, conforme al dicho de Moisés (versículos 6 y 23). El fuego del cielo consumió el holocausto sobre el altar: el pueblo prorrumpió en alabanzas y se prosternó... qué escena más solemne tuvo que ser!

 

            Pero, a continuación, ¡presenciamos una escena de juicio! ¿Qué clase de falla habían podido cometer los sacerdotes? "Ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó." (Levítico 10:1).

 

            No se trató de falsos sacerdotes; por el contrario, ellos eran hijos de Aarón y cum­plían las funciones a las cuales habían sido llamados, ¡pero se apartaban de lo que el Eterno les había mandado! ¡Cuán atentos deberíamos estar, por consiguiente, para entender mejor lo que Dios espera de nosotros en el desarrollo del culto!

 

            El verdadero culto ha de celebrarse con incienso limpio y fuego puro. El "fuego de delante de Jehová" consumió el sacrificio en el altar de metal de donde el sacerdote debía tomar las brasas de fuego para quemar el perfume aromático sobre el altar de oro (Levítico 9:24; 16:12). En figura, el "viejo hom­bre" ha sido crucificado juntamente con Cristo: "fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte." (Romanos 6:5).

 

            En el culto cristiano no cabe cuanto proviene del hombre natural; todas las actividades y hasta los pensamientos del hombre en la carne son "fuego extraño". Al tomar el fuego del altar de metal, no se trata ya del hombre en la carne, ya que es allí precisamente donde fue "crucificado juntamente con Cristo". Así pues, es sólo por el poder del Espíritu Santo que el creyente puede adorar; lo que hay de Dios en él (el nuevo hombre) puede presentar a Dios, por el Espíritu de Dios, la excelsa persona del Santo Hijo de Dios. ¡Esta es la esencia del verdadero culto!

 

            Una acción que no es tomada bajo la dependencia del Espíritu Santo es un "fuego extraño", porque lo que no proviene del Espíritu viene de la carne. Indicar un himno sin ser inducido a ello por el Espíritu Santo, y por lo tanto a despropósito; leer una porción de la Biblia, por preciosa que sea, cuando aquella porción está manifiestamente fuera de la corriente de pensamientos en la cual el Espíritu dirige la asamblea, ¿no es todo eso "fuego extraño"? Tenemos, desde luego, plena libertad para entrar en el santuario, pero ¡con cuánto temor reverente hemos de hacerlo y hemos de permanecer allí! Y ¡con cuánto ejer­cicio obrar, aún en las cosas pequeñas, para quedar bajo la guía del Espíritu Santo, para evitar quemar el incienso con "fuego extraño"! Cualquiera acción que, en el culto, esté fuera de su lugar, contrista al Espíritu y hasta puede "apagarlo" del todo; será como un «peso» que discernirán sin dificultad los hermanos espirituales. ¡Cuán triste es para nosotros cuando la asamblea - que estando adorando «sobre el monte», en la cercanía de Dios, presentándole lo que le es debido - se encuentra impedida de proseguir el ejercicio de tan elevado servicio!

 

            Bien es verdad que ya no estamos bajo la dispensación mosaica, y que Dios no envía más el fuego del cielo para consumir a los sacerdotes que ofrecen incienso con fuego extraño. Sin embargo, tenemos allí una enseñanza que nos muestra la autoridad que para nosotros han de tener los mandamientos del Señor y la injuria, o agravio, que hacemos a Dios al presentarle un culto que es el mero producto de la actividad del hombre natural, o sea de la "vieja naturaleza", y que en el fondo no constituye el culto según las Escrituras. Por otra parte, no olvidemos que Dios puede siempre intervenir en el gobierno de Su pueblo, incluso en la actual dispensación: 1 Corintios 11:30 nos da un claro ejemplo de ello.

 

            Ante aquel juicio de Dios, manifestado en Levítico 10, "Aarón calló" (Levítico 10:3). ¡Qué prueba para él, como padre de familia y cabeza del sacerdocio! Delante de sus ojos, dos de sus hijos. Nadab y Abiú, fueron consumidos por el fuego del cielo, mientras que otros dos, Eleazar e Itamar, estaban a su lado, presos del mismo dolor. Sin embargo. ¡Aarón no abrió la boca! ¡No hubo la menor queja, ni murmullo alguno! Fue una completa sumisión a la voluntad de Dios. "Enmudecí, no abrí mi boca, Porque tú lo hiciste." (Salmo 39:9). Luego, sacaron los cuerpos de sus dos hijos muertos "con sus túnicas"; siendo los cuerpos quemados y quedando las túnicas intactas, era una prueba manifiesta de que Nadab y Abiú habían sido alcanzados por el juicio de Dios, y no por un mero accidente. Sólo que­daba una apariencia exterior, sin realidad alguna. Desgraciadamente, ¿no es lo que caracteriza hoy día, tantos llamados «cultos» celebrados en el seno de la Cristiandad? Es un peligro al cual hemos de estar muy atentos. ¿No estamos todos expuestos a no observar más que una forma o apariencia externa, sin que haya realidad alguna en nuestro culto?

 

¡Que el Señor nos guarde de ello, prescindiendo de cuanto proviene de la carne - por muy «religiosa» que sea -, para que no haya otra actividad que la de su Santo Espíritu!

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1954, No. 10.-

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