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"VENGO PRONTO; RETÉN FIRME LO QUE TIENES" (Paul Fuzier)

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

"Vengo pronto; retén firme lo que tienes…"

 

Apocalipsis 3:11 (LBLA)

 

 

         Es con agradecimiento hacia nuestro Dios y Padre, la forma como recor­damos a los hermanos ancianos y calificados, suscitados por El en el siglo 19, dando las gracias al Señor por el precioso ministe­rio escrito que nos dejaron, y que Él nos ha conservado. Pero no es porque aquellos venerados hermanos nos transmitieron enseñan­zas, que debemos considerarlas, como la enseñanza o la doctrina que hemos de retener en nuestros días, pues ello no sería más que recoger y observar una mera tradición. ¡No!, el motivo es que aquellos hermanos presentaron con fidelidad la Verdad, las solas en­señanzas de la Palabra de Dios. Guiados por el Espíritu Santo, ellos transmitieron fielmente "lo que era desde el principio" - no «el principio» de ellos, sino el principio mismo del cristianismo -, y de ello proviene su autoridad. Fueron, en verdad, "hombres fieles…idóneos para enseñar también a otros" (2 Timoteo 2:2), y por eso somos responsables de escucharles y de seguirles; al hacerlo escu­charemos la enseñanza de la Escritura y seguiremos al Señor. Man­tener lo que recibimos de ellos no es mantener su propia doctrina, sino la doctrina de Cristo; no es conservar «su» verdad, sino la verdad de todos los tiempos.

         En el siglo pasado, tuvieron que luchar para «salir hacia Cristo, fuera del campamento» (Hebreos 13:13), y experimentar el inestimable privilegio de los «dos o tres congregados en el nombre del Señor» (Mateo 18:20), en la separa­ción que exige la Escritura. La mayoría de nosotros, fuimos introducidos en el testimonio por la gracia de Dios, sin lucha ni con­flicto; pero no vayamos a imaginar por ello que seremos libres de todo combate. La lucha que hemos de sostener no es la misma, pero es tan dificultosa como la que ellos sostuvieron, pues el enemigo está, hoy en día, más activo que nunca. Para nosotros se trata de RETENER FIRMEMENTE lo que tenemos. Y corremos el riesgo de faltar en la práctica, aunque afirmamos nuestro sincero deseo de no ceder en nada.

 

         Amados hermanos, numerosos peligros amenazan hoy el Testimonio, y los más graves son, muchas veces, los que son menos aparentes. Rogamos al Señor que nos conceda la ener­gía necesaria para despertarnos del sueño espiritual que va apoderándose de nosotros, y que el enemigo quiere aprove­char para arrebatarnos el buen "depósito" del que somos res­ponsables de «guardar».

         "Retén firme lo que tienes..." (Apocalipsis 3:11 - LBLA), es la exhortación dirigi­da a Filadelfia, y es a la única que le es presentada, lo cual basta para demostrar su importancia. En efecto, ella es de capital importancia: desconocerla nos llevaría a la ruina del testimonio, y a la pérdida de la recompensa prometida "al que venciere".

 

         Es muy necesario que prestemos mucha atención a esta exhor­tación, considerándola como dirigida a nosotros mismos, lo cual no significa que pretendamos ser Filadelfia. Si tuviéramos esta pre­tensión, no seríamos más que Laodicea. Pero, sea cual fuere nuestro estado, nosotros somos responsables de manifestar los caracteres filadelfianos, deseando ardientemente realizarlos, con la ayuda de la gracia de Dios obrando en nosotros. De ninguna manera preten­demos ser Filadelfia, debemos serlo, guardando la Palabra, no negando el nombre del Santo y del Verdadero, y mante­nidos en el hondo sentimiento de nuestra flaqueza, reconocida y confesada. ¡Ojalá sintamos cada día más la responsabilidad de tener y de conservar un espíritu filadelfiano, dejándole al Señor el cuidado de reconocer a sus testigos y a su testimonio!

         Nuestro privilegio consiste en reunimos con aquellos a quienes El nos da a conocer, "con los que invocan al Señor con corazón puro" (2 Timoteo 2:22), y en dar testimonio con ellos. De esta posición de testimonio deriva una responsabilidad a la cual debemos estar muy atentos.

         En la carta dirigida a Filadelfia, así como también en las que van dirigidas a las otras asambleas, en esos dos capítulos del Apocalip­sis, encontramos una promesa hecha al vencedor, "al que vencie­re". Notemos que si no hay reprensión alguna para la iglesia de Filadelfia, aun así vemos que hay un combate que sostener, una victoria que alcanzar. Sí, hermanos, siempre hubo y habrá batallas que pelear mientras dure el tiempo de la Iglesia responsable en este mundo; ambos capítulos (Apocalipsis 2 y 3) nos enseñan a la vez que - por bueno y satisfactorio que sea el estado del testimonio o de una asamblea (Esmirna - Filadelfia) - siempre habrá que luchar y que vencer. El combate no consiste hoy en indagar, en buscar la verdad: consiste en mantenerla; debemos «retenerla firme», eso es lo que el Señor nos pide, y es de mucho precio para Su corazón cuando lo realizamos.

         Es siempre en vista de algún peligro que la Palabra nos di­rige una exhortación. Por ejemplo, si ella nos invita a velar y a orar, es porque somos propensos a caer en el sopor, en el sueño espiritual. Si nos exhorta a «buscar las cosas de arriba», es porque nuestros corazones son naturalmente llevados a ocuparse de las co­sas de la tierra. Finalmente, cuando nos exhorta a «retener firme» el buen depósito, es sin duda porque corremos el peligro de no hacerlo. En los tiempos actuales, últimos tiempos de la historia del testimonio sobre la tierra, el enemigo se esfuerza y se ensaña para que aquellos que tienen el privilegio y la responsabilidad de mante­ner este testimonio, se olviden de la única exhortación dirigida al testimonio filadelfiano.

 

         Para «retener firme», es preciso luchar, combatir, trátese del combate de la fe o por la fe, del combate en la lid o de la lucha de Efesios 6:11 y siguientes. El creyente es llamado a luchar "contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes." (Efesios 6:12). Tal es el verdadero combate cristiano; y cuando el creyente sale victorio­so, él es capaz de gozar de sus privilegios, de su posición "en lugares celestiales en Cristo" (Efesios 1:3). Sólo pueden vencer aquellos que están atentos a la exhortación del apóstol: "Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza. Revestíos con toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo… Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiéndolo hecho todo, estar firmes." (Efesios 6: 10-18; LBLA). Esta enseñanza corresponde a la que nos da, en el Antiguo Testamento el libro de Josué, pues el combate de Josué es una figura de la lucha de Efesios 6: "Esfuérzate y sé valiente... Solamente esfuérzate y sé muy valiente" (Josué 1: 6-9).

         En los últimos días de la cristiandad, de los cuales se ocupa es­pecialmente la epístola de Judas, hay tantas luchas que sostener "por la fe que ha sido una vez dada a los santos", hay combates inevi­tables, cuando preferiríamos indudablemente ocuparnos en "nues­tra común salvación" (Judas 3). El Enemigo obra para que abandonemos estos combates, y para ello usa varios medios que tiene a su dis­posición. Unas veces, ponderando la importancia de "nuestra co­mún salvación", nos incitará a ocuparnos únicamente en ella, cuan­do sería necesario también contender; otras, nos presentará los com­bates como siendo contiendas o riñas de las cuales debemos apartarnos. Valiéndose del sincero deseo de paz que se halla en un corazón regenerado, intentará descarriarnos, haciéndonos creer que la paz tan sólo se consigue mediante un abandono más o menos completo de la verdad. Del mismo modo, nos asegura que, para amarnos los unos a los otros, debemos tener un espíritu suficiente­mente abierto, y quisiera persuadirnos que mantener la verdad nos llevaría inevitablemente a faltar de amor. Pero la Palabra nos enseña que la paz y el amor son ambos inseparables de la Verdad.

 

         En su incesante actividad para debilitar el testimonio, el Adver­sario, mentiroso y engañador, se presenta como deseando su pros­peridad; por eso ocurre a veces que encuentra instrumentos incons­cientes hasta entre aquellos que lo integran. ¡Cuántas cosas fueron consideradas como siendo para el bien del testimonio, las cuales, si las hubiésemos examinado detenidamente y con poco de discernimiento espiritual, las hubiéramos recha­zado resueltamente! Es verdad que al presentarnos esas cosas o actividades, el Enemigo les atribuye fines o intenciones a veces muy dignas de alabanza: pero, en realidad, su propósito es ocupar a los santos en esas cosas, con objeto de distraerles de las responsa­bilidades capitales que les incumben, para que el testimonio sea mantenido con fidelidad. Cuando obra de esta forma, sus esfuerzos son mucho más peligrosos que cuando nos ofrece todo lo que pue­da desear el corazón natural, pues en este último caso tenemos más o menos conciencia de obrar mal, mientras que el primero de los casos, muchas veces creemos obrar con fidelidad.

         En nuestros días, en los cuales precisamos luchar para «retener firme», el Adversario, «disfrazándose como ángel de luz» (2 Corintios 11:14), intenta disuadirnos de hacerlo, y viene a pregonar la paz, buscando instrumentos para ayudarle en esta obra. Y si, por des­gracia, un creyente se deja seducir por sus ardides y engaños, obran­do conforme con sus designios, presentará como siendo sin im­portancia concesiones inadmisibles, o llegará a proponer aban­donos aparentemente sin gravedad, pero cuyas desastrosas consecuencias serán manifestadas más tarde. Es probable, tam­bién, que este creyente sea considerado por algunos como un hom­bre de paz.

         Es hermoso, por cierto, este título de hombre de paz, y debemos desear que muchos lo sean de verdad. Pero alguien así no es en nada un hom­bre de paz, y tan sólo tiene una engañosa apariencia aquel que, des­provisto de la energía necesaria para pelear, se halla dispuesto a culpables e inadmisibles concesiones, encaminándose (y arrastrando a los otros) a una serie fatal de abandonos sucesivos en vez de es­forzarse para «retener firme» el buen depósito. Puede ser que algunos le honren con ese título de «hombre de paz», y que sea para él un motivo de gloriarse, pero de hecho la actividad de este creyente tien­de a debilitar el testimonio - tal vez arruinarlo - cuando él mismo está convencido de que obra para su prosperidad. Engañado por el Enemigo, se engañará a sí mismo y a los demás.

         No, hermanos, no serviremos con fidelidad si no manifes­tamos una firmeza según Dios. ¿Se puede considerar como un verdadero siervo de Cristo a aquél que busca agradar a los hombres? Es culpable la actitud que consiste en hablar de cierto modo al uno, y de manera diferente al otro, con objeto de ser agra­dable a ambos, de no disgustar a nadie. Uno se disculpara diciendo que lo hace para mantener la paz y la armonía entre los hermanos. Es un error, y de hecho una falta de rectitud cuyas funestas conse­cuencias serán manifestadas tarde o temprano. Procurar complacer a los hombres, sea en la administración de la asamblea, sea en la enseñanza, en vez de mantener firmemente la verdad de Dios, no es lo propio de un siervo fiel. Jamás obró en forma semejante el apóstol: "Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo." (Gálatas 1:10. Véase también 1 Tesalonicenses 2: 3-6).

         En la mayoría de los casos, para disfrutar una paz verdadera es preciso haber peleado y triunfado. Pero el combate por la Verdad de Dios requiere, en primer, lugar que los combatientes hayan com­prendido esta Verdad, y la aprecien en su justo valor; es el motivo de la exhortación de 2 Timoteo 3:14: "persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste." En efecto, uno no contiende para mantener una cosa, si no la aprecia. El que haya «comprado la verdad» se hallará dispuesto a luchar por ella, lo cual no hará el que esté dispuesto a «venderla» (Proverbios 23:23). Notemos también - y es muy importante - que la posición que uno adopta no debe ir más allá de lo que ha comprendido de la verdad. Si quiere obrar con rectitud ante Dios, aquel que llega a darse cuenta un día de que dicha posición sobrepasa lo que ha comprendido de la verdad, él mismo debe abandonar la posición en que artificiosamente se halla.

         En segundo lugar, es indispensable que el creyente se encuentre en un buen estado moral: «para militar la buena milicia», Timoteo era exhortado por el apóstol a «mantener la fe y buena conciencia», ambas cosas debiendo ir siempre juntas; además; uno de los caracte­res de un siervo en la casa de Dios es el siguiente: «él guarda el misterio de la fe con limpia conciencia». (1 Timoteo 1: 18-19 y 3:9). La verdad recibida ha de ser puesta en práctica; no debe sub­sistir como simple conocimiento, pero sí debe obrar en el corazón y en la conciencia. Es sólo revistiéndose de todas las piezas de la armadura, que el creyente puede resistir al adversario, y «habiéndolo hecho todo, estar firme» (Efesios 6:13 - LBLA). El precio que tiene la verdad para su corazón es revelado por la manifestación de los resultados que pro­duce en su vida práctica.

 

         Para servir al Señor, para poder combatir victoriosamente, es necesaria una formación previa, una preparación moral, compara­ble con la preparación de los atletas que luchan en la palestra (1 Corintios 9:25. Ver también, 2 Timoteo 2: 3-5). Un atleta cuida de su cuerpo, se somete a régimen, vive con sobriedad y templanza, se impone privaciones; un ejército, una tropa, sigue, también, una preparación para el combate, y una de sus mayores fuerzas reside en la observación de una disciplina, en la sumisión a la autoridad de su jefe. Son ejemplos (y los hallamos en la Palabra) que ilustran la preparación moral de los creyentes en vista de las luchas que ten­drán que sostener un día u otro. Esperar el día de la batalla para prepararse, o comenzar el combate sin preparación alguna, equivale a enjaminarse a una derrota inevitable.

 

 

         En los días actuales, la exhortación de Apocalipsis 3:11 se impo­ne a cada uno de aquellos que conocen el precio y el sabor de los privilegios de los de Filadelfia, siendo la promesa del versículo 12 la precisa porción reservada "al que venciere". El tiempo es breve. "Vengo pronto" nos afirma Aquél que tiene las siete estrellas en su diestra y anda en medio de los siete candeleros de oro. Hermanos amados, ¿seremos manifestados fieles a Su venida? ¿habremos re­tenido firme lo que tenemos?

         "Retén firme lo que tienes..." ¡Guárdenos el Señor de todo orgullo, de gloriarnos de lo «que tenemos»!"Porque ¿quién hace que tú te diferencies de otro? ¿o qué tienes tú que no hayas recibido? Mas si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieses recibido?" (1 Corintios 4:7 - VM). Pero, habiéndolo recibido, somos responsables de «retenerlo». Nuestros predecesores en el testimonio lucharon para recobrar preciosas verdades, desco­nocidas durante varios siglos, las verdades que atañen a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo, a la reunión de los santos en torno al Señor so­bre el terreno de la unidad del Cuerpo, reunión a su Mesa, en la separación que enseña y requiere la Segunda Epístola a Timoteo 2:19 al 26, la libre acción del Espíritu de Dios en la asamblea, la adoración "en espíritu y en verdad", el regreso del Señor para arrebatar a su amada Iglesia y a todos los santos que participen de la primera resurrec­ción. Aquellas verdades y otras que se relacionan con ellas ¿son comprendidas por cada uno de los que participan a la Mesa del Señor? ¿tienen estas verdades bastante valor para nuestros cora­zones.

        

         El enemigo, obrando con perseverancia, ataca con fuerza esas verdades tan preciosas, y sabe hacerlo con maña y astu­cia, presentando casi siempre objetos y fines deseables y buenos; pero él quisiera que los alcanzáramos abandonando - no de una vez, sino poco a poco, insensiblemente - lo esencial del testimonio que somos responsables de mantener. En nu­merosos casos acierta, tanto más cuando aquellos a quienes se dirige poseen solamente un conocimiento superficial de la verdad, tienen dudas tal vez sobre ciertos puntos, lo que suele llevarle a uno a aceptar, a la primera ocasión, enseñanzas proviniendo de otras fuen­tes, mientras que se abandona la "sana doctrina". Como lo hemos dicho, es pues indispensable que el creyente se halle en un buen es­tado moral para combatir. Seamos ejercitados, hermanos, y preguntémonos si nos encontramos en un estado moral y espiritual que nos capacite para «mantener la fe», «guardar el buen depósito por el Es­píritu Santo que mora en nosotros», «contender eficazmente por la fe que ha sido una vez dada a los santos», en una palabra, para «tener firme» lo que tenemos. (1 Timoteo 1: 18-19; 2 Timoteo 1:14; Ju­das 3; Apocalipsis 3:11.)

 

 

         Es de temer, amados hermanos, que, por falta de energía espi­ritual y de firmeza, nuestras manos decaídas y vacilantes estén a punto de abandonar - dejando disgregarse - el precioso "depósito" que hemos recibido y del cual somos responsables. Si relajamos la vigilancia hasta asociarnos más o menos estrechamente con "vasos" de los cuales la Palabra nos manda que nos separe­mos, llegaremos poco a poco a abandonar el terreno sobre el cual la gracia de Dios nos ha colocado; para manifestar el carácter de "la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad." (1 Timoteo 3:15 - LBLA). Notemos, además, que esas asociacio­nes - las cuales pueden presentarse bajo diversas formas - constituyen hoy en día uno de los más graves peligros que nos amenazan Y si el enemigo viene a decirnos que esta ac­titud no es en nada reprensible, que no es un relajamiento, un abandono, que sea lo que fuere, ello es necesario para atraer almas al testimonio, no vacilemos un momento en discernir la voz de aquel que el Señor llama "padre de mentira.8:44).

            No, hermanos, no será con principios relajados, manifestando una flaqueza culpable, como podremos cumplir la obra de Dios. Muy por el contrario, siempre Dios animó y recompensó la firmeza de sus sier­vos: hubo ejemplos en todos los tiempos, y los hay también en nues­tros días. Pidámosle que, en estos tiempos difíciles, nos conceda bas­tante fuerza moral y energía espiritual para que podamos permanecer "firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre" (1 Corintios 15:58; comparen además con 1 Corintios 16: 13-14).

         Al terminar estas líneas, quisiera recordar lo que escribía hace unos treinta años, un venerado anciano: «Es indudable que preferi­mos meditar acerca de nuestra común salvación; pero estamos con­vencidos de que la advertencia del apóstol Judas es más que nunca actual y oportuna: "me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos" (Judas 3). El relajamiento general, la flaqueza es­piritual y la conformidad al mundo que nos van invadiendo cada día más, abrieron la puerta a los reiterados ataques del adversario contra el testimonio que el Señor nos llamó a dar a las verdades depositadas en la Iglesia en los últimos tiem­pos... ¡Hermanos, estemos alerta y velemos! Que nuestros lo­mos estén ceñidos y nuestras lámparas encendidas; seamos "semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese" (Lucas 12: 35-36). Revistámonos de toda la armadura de Dios, para que podamos "estar fir­mes contra las asechanzas del diablo" (Efesios 6:11). A la víspera del momento en el cual veremos faz a faz a nuestro adorable Señor y Salvador, escuchemos su voz consoladora que nos declara: "Vengo pronto; retén firme lo que tienes, para que nadie tome tu corona." (Apocalipsis 3:11 - LBLA).

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1959, No. 40.-

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