LA CORDILLERA ROMANA
La Epístola de Pablo a los Romanos
Todas las citas bíblicas se encierran entre
comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en
1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:
BJ = Biblia de Jerusalén
BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad
Bíblica Iberoamericana, Inc.
LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright
1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso
NC = Biblia Nácar-Colunga
NTPESH = NUEVO TESTAMENTO
DE LA BIBLIA PESHITTA En Español, Traducción de los Antiguos Manuscritos Arameos. Editorial: Broadman & Colman Publishing
Group. Copyright: © 2006 por Instituto Cultural Álef y Tau, A.C.
RVR1865 = Versión Reina-Valera Revisión 1865 (Publicada por: Local
Church Bible Publishers, P.O. Box 26024, Lansing, MI 48909 USA)
RVR1909 = Versión Reina-Valera Revisión
1909 (con permiso de Trinitarian Bible Society, London, England)
RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada
en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano)
RVR1995 = Versión Reina-Valera Revisión
1995 (Publicada por Sociedades Bíblicas Unidas)
SPTE = Versión de la Septuaginta en Español
(del Pbro. Guillermo Jünemann Beckchaefer)
TA = Biblia Torres Amat
VM = Versión Moderna, traducción de 1893
de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)
La epístola del apóstol Pablo a los Romanos se parece muchísimo a una espléndida cordillera, con sus partes bajas,
declives, cañadas, valles, cúspides, macizo central, panoramas, miradores, mesetas.
Pocos creyentes, aun contando a los menos adelantados, desconocen la epístola a los Romanos. Ellos gozan la salvación
de Dios por la fe. Empero, muchas veces se les escapa el sentido preciso y el profundo significado de este texto tan notable
del Nuevo Testamento, por lo cual conviene que lo examinemos con la mayor atención e insistamos sobre él. Son de suma importancia
los fundamentos o las bases de las relaciones de los hombres con el Dios vivo y verdadero, por la abundancia de la gracia
y el don de justicia.
Antes de alcanzar las partes más altas de la epístola, aprendemos cosas muy interesantes. Ella empieza por un
breve prefacio (1: 1-17) en el cual Pablo se presenta como Siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para
el evangelio de Dios, primeramente en relación con el Hijo amado de Dios, en segundo lugar como siendo revelación de la justicia
de Dios. Es el evangelio de Dios "acerca de su Hijo", el evangelio de su Hijo "que nació de la descendencia de David según
la carne" (1:3 - LBLA), y "que fue declarado Hijo de Dios con poder ... por la resurrección de entre los muertos". De modo
que, desde el principio de su carta, el apóstol Pablo pone en gran evidencia a la Persona augusta del Señor mismo. La justicia
de Dios es activa y eficaz; justifica al pecador mediante la fe. El evangelio de Dios es "poder de Dios para salvación a todo
aquel que cree, al judío primeramente, y también al griego." (1:16).
Después de esta breve introducción viene la PARTE DOCTRINAL, que es la más importante de la epístola (1:18
a 7:39). En ella se trata, en primer lugar, de los pecados (1:18 a 5:11), y después del pecado mismo (5:12 a
8:39). Hay por una parte, los malos frutos, y por otra, el árbol malo que los lleva.
Todos los hombres son pecadores, tanto los Judíos como los Gentiles. Por causa de sus pecados, un hombre cualquiera
es culpable y responsable delante de Dios. Somos descargados de la pesada carga de nuestros pecados, de nuestra responsabilidad
y de nuestra culpabilidad, cada uno individualmente por la fe "siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la
redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su
justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo
su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús." (3: 24-26). No nos queda más recurso
que creer que: "Jesús, Señor nuestro" "fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación."
(4: 24 y 25). Es el único remedio, y el remedio que Dios mismo nos propone.
Ser descargado del peso de los pecados y de la responsabilidad individual es, por cierto, cosa importante. Pero
el consejo de Dios enseña y lleva mucho más allá a los creyentes avisados, obedientes y fieles. No sólo "Dios muestra su amor
para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (5:8), sino que "nuestro viejo hombre fue crucificado
juntamente con él" (6:6). Pablo dice exactamente, "Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte,
así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él,
para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado
del pecado." (6: 5-7). Es lo de Gálatas 2: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí;
y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." (Gálatas
2:20). Dice también el mismo apóstol: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es (mejor creación); las cosas
viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo."
(2 Corintios 5: 17, 18). Se trata de la nueva creación, porque el creyente no sólo es un hombre nuevo, sino que como tal,
es puesto en el mundo nuevo de la resurrección y de la gloria, en la nueva creación de Dios. Así que, descargado del peso
de sus pecados y de su responsabilidad, el creyente enseñado por Dios se halla librado de la potencia del pecado mismo; y
así puede vivir y hacer bien. Es un punto de suma importancia. Pero es doctrina muy difícil de entender y de recibir. Pues
el viejo hombre siempre quiere ser o hacer algo, no se conforma con no ser; no le agrada ser dependiente. La vieja naturaleza,
es decir, la carne, "es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede." (8:7 - RVA). En este
pasaje la ley de Dios es lo que emana de Dios mismo. La doctrina cristiana es muy sencilla. Dios no procura mejorar
al viejo hombre. Al viejo hombre Dios le condena y corta de una vez en la cruz. Y Dios le reemplaza con el hombre en Cristo,
es decir con "el nuevo hombre el cual, según la imagen de Dios, es creado en justicia y santidad verdadera." (Efesios 4:24
- VM). Todo se hace fácil cuando comprendemos bien que personas muertas con Cristo no tienen ya ni propios pensamientos ni
voluntad propia.
El capítulo 4 es el gran capítulo de la fe. Los creyentes son salvos mediante la fe. Así fue desde el
principio obrando Dios por anticipación a cuenta del sacrificio futuro de Su santo Hijo en la cruz. Antes de la ley, antes
de la circuncisión, fue salvo Abraham por medio de la fe. "Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia." (4:3). "A
Abraham le fue contada la fe por justicia." (4:9). "Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la
fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a
ellos la fe les sea contada por justicia." (4:11); más tarde, bajo la ley y la circuncisión, fue salvo por la fe también el
rey David.
En el principio del capítulo 5, Pablo habla, ante todo, de la porción común de todos los creyentes, desde los
recién nacidos hasta los más ancianos y avisados. "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro
Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en
la esperanza de la gloria de Dios." (5: 1 y 2). Tenemos el tiempo pasado, el de la cruz (Juan 14:27 o Colosenses 1:20) base
de nuestra paz (Juan 20: 19 y 20) y del cambio de disposiciones de nuestros corazones que desde ahora aman a Dios y pueden
gozar la paz personal del Señor (Juan 14:27). Tenemos también el tiempo presente y la gracia de Dios (Juan 14: 27; 1ª. Pedro
5: 12) y asimismo también el porvenir, es decir la gloria, pues esperamos la esperanza de la justicia por fe (Gálatas 5:5).
Después, durante la sucesión de los días, los meses, los años y de las dificultades y tribulaciones de la vida
actual, tenemos las importantes lecciones de la experiencia y los frutos de ella. Ya con anticipación, los creyentes avisados
se glorían en las tribulaciones, sabiendo cuán útiles ellas serán para ellos mismos los resultados de las pruebas del tiempo
presente. (5: 3 y 4).
Hay otras declaraciones muy preciosas. "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que nos fue dado." (5:5). Es el amor de Dios, Su propio amor para con nosotros: "Dios muestra su amor para con nosotros,
en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." (5:8). "Justificados en su sangre", los creyentes son salvos de la
ira de Dios, de la ira que ha de venir. (5:9 y 1ª. Tesalonicenses 1:10). Dicha ira forma parte de la gloria de Dios. Además,
los que creen se hallan "reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" y 'mucho más, estando reconciliados, serán salvos
por su vida' (5:10), es decir por el poder de Su vida de resurrección en gloria. (5:10; 2ª. Corintios 13:4).
Una primera cima o cúspide en la cordillera, la encontramos en el versículo 11 del capítulo 5: "Y no sólo esto,
sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo." El hombre no cuenta para nada. Dios es todo. Y todo
es de Dios. No hay nada más alto que gloriarse en Dios por nuestro Señor Jesucristo. Ya decía antiguamente el profeta Jeremías:
"No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese
en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia
en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová." (Jeremías 9: 23 y 24). Dios es nuestro motivo de gloria en este mundo.
Desde la alta cúspide del versículo 11 pasamos a la otra vertiente de la montaña. (12-21). No se trata ya de
los pecados, sino del pecado mismo, a saber, del mal árbol que lleva en consecuencia malos frutos. Es la segunda parte de
la doctrina que hallamos en la epístola a los Romanos. Por lo que toca a nuestros pecados, mediante la fe, como hemos visto
arriba, somos justificados. "Cristo murió por nuestros pecados." (1ª. Corintios 15:3). Por lo que se refiere a nuestra vieja
naturaleza pecadora, a nuestra condición natural en el primer Adán, somos librados por nuestra muerte con Cristo. (6:8) Dios
corta el viejo hombre en la cruz de Su Hijo y lo reemplaza con el hombre nuevo, con el hombre en Cristo.
Conviene repetir que hay analogía y contraste entre Adán y Cristo. La analogía resalta a su vez el contraste.
El primero y el segundo – o postrer – Adán son como dos jefes de linaje. Y todos los hombres se hallan, necesariamente,
tras el uno o tras el otro. Esto corresponde a la analogía. Pero he aquí el contraste y cuán importante es. Por el
primer Adán "figura del que había de venir" (5:14), el pecado entró en el mundo. "El pecado entró en el mundo por un hombre,
y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron." (5:12). Sin embargo, en la eternidad
el pecado y la muerte son quitados (Juan 5:29; Hebreos 9:26; 1ª. Corintios 15: 26 y 54), mientras que las consecuencias de
la obra del postrer Adán, es decir, Cristo, son para siempre jamás.
Dice también el apóstol Pablo: "Como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores,
así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos." (5:19). El Señor "aunque era Hijo, por lo que
padeció aprendió la obediencia".
Fue "obediente hasta la muerte, y muerte de cruz." (Hebreos 5:8; Filipenses 2:8).
"Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque
así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias;
luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin." (1ª. Corintios 15: 21-24). Todos los hombres resucitarán, pero Cristo
no es las primicias de la resurrección de los malos, sino de la de los creyentes; Sus rescatados. En favor de ellos "quitó
la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio." (2ª. Timoteo 1:10). En cuanto al origen de cada uno de
los jefes, existe también gran contraste entre el primer Adán y el segundo. "El primer hombre es el terreno, formado de la
tierra; y el segundo hombre es el celestial, que viene del cielo." (1ª. Corintios 15:47 – TA).
La
conclusión del capítulo 5 es que "la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro." (5:21).
Al igual que en el Evangelio según Juan, en la Epístola de Pablo a los Romanos, el capítulo 6 es el gran capítulo
de la vida. Como hemos visto anteriormente, al viejo hombre Dios lo elimina. Sustraídos al imperio del pecado por su muerte
con Cristo, los creyentes han de servir a Dios, "en novedad de vida". (6:4 - LBLA). Pablo dice: "Así también vosotros consideraos
muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (6:11), y "presentaos vosotros mismos a Dios como
vivos de entre los muertos." "Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia."
(6: 13 y 14). Librados del poder del pecado los creyentes se hallan también libres del yugo de la ley. No es la ley la que
muere, son los rescatados los "muertos a la ley mediante el cuerpo de Cristo". Son del que resucitó de los muertos" a fin
de que lleven fruto para Dios. (7:4). Librados del pecado y de la ley, hechos siervos de Dios, los que creen, tienen por su
fruto la santificación, y como fin la vida eterna (7:4 y 6:22). La expresión: "como fin la vida eterna" corresponde a esta
vida que ya poseemos ahora, pero que será manifestada en su plenitud gloriosa en el futuro.
El modo en que la Epístola se halla construida es muy significativo. Ante todo se trata de salvación. Por medio
del apóstol Pablo, Dios declara que, por naturaleza, todos los hombres son pecadores; así Judíos como Gentiles. "no hay diferencia,
por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios." (3: 22-23). Por consiguiente, para todos es necesario
un Salvador, pues cada uno es responsable y culpable ante Dios. Pero ¡bendito sea Dios! aparecen después los recursos divinos
que pueden aprovechar los que se arrepienten y creen que la sangre de Jesucristo limpia a los creyentes de todo pecado. (3:24;
5:21; 1ª. Juan 1:7).
Pero no se trata solamente de la salvación, sino también del servicio y el testimonio. Por tal razón habla aun
de los pensamientos y recursos divinos en relación con el andar y el testificar. Es así como Pablo nos conduce al macizo central
de la cordillera. Este macizo lo hallamos en el capítulo 8. Éste ofrece a nuestra consideración tres cúspides, Dios con nosotros,
(8: 1-13), Dios en nosotros (8: 14-28) y Dios por nosotros (8: 28-39).
Para alcanzar las tres cúspides del macizo central y aprovechar los recursos divinos a la gloria de Dios y a
la gloria del Señor, es menester emprender una ascensión muy penosa, un fatigoso trepar. Este es el tema del capítulo 7.
La ley manifiesta el pecado (7:7). "La ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno" (7:12).
Pero "la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive" (7:1). Y Pablo dice: "a vosotros también, hermanos míos, se
os hizo morir a la ley por medio del cuerpo muerto de Cristo, para que vinieseis a ser de otro, a saber, de Aquel que fué
resucitado de entre los muertos; a fin de que produzcamos fruto para Dios." (7:4 – VM), y "ahora hemos quedado libres
de la ley, habiendo muerto a lo que nos ataba, de modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra."
(7:6 – LBLA). Añade también: "la ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado." (7:14 –
LBLA). En este versículo el apóstol no habla de sí mismo, sino del hombre y del creyente en general. Personalmente Pablo había
nacido bajo la ley, y, antes de su conversión, había sido puesto bajo la ley.
No hay servicio inteligente y avisado, no hay testimonio fiel y verdadero, sin conocimiento práctico de los pensamientos
divinos y obediencia a las instrucciones de Dios mismo. Incluso en el creyente, la vieja naturaleza, es decir la carne, siempre
quiere ser algo o hacer algo. Tiene su voluntad propia, opuesta a la voluntad de Dios, y sus propios pensamientos, opuestos
a los pensamientos de Dios. De ello resulta una lucha continua. En el viejo hombre, es decir en el hombre en su condición
natural, no hay bien alguno. La Palabra de Dios es terminante. Pero si al hombre natural le es difícil admitir que es un pecador,
al creyente – aunque posee la vida de Dios y una nueva naturaleza – le es también difícil aceptar que el hombre
no es nada y que Dios es todo. En el Cristianismo genuino, todas las cosas son hechas nuevas y todo es de Dios. El creyente
mismo, así como lo hemos visto, es una nueva criatura puesta en un nuevo mundo, el mundo de la resurrección y de la gloria
(2ª. Corintios 5: 17 y 18). Prescindiendo de la presencia y de la operación del Espíritu Santo en ellos, la condición de los
creyentes es miserable: el apóstol lo muestra en los versículos 14 al 24 del capítulo 7 de Romanos, los cuales describen la
condición de cada creyente: " la ley es espiritual, mas yo soy carnal, vendido bajo el poder del pecado. Pues lo que obro,
no lo apruebo: porque no lo que quiero es lo que practico; sino lo que odio, eso hago. Pero si hago lo que no quiero hacer,
consiento en que la ley es buena. Ahora pues ya no soy yo quien obra así, sino el pecado que habita en mí. Porque yo sé que
no habita en mí, es decir, en mi carne, cosa buena: pues está presente conmigo el querer, (mas no el obrar lo que es bueno).
Porque no hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero, eso practico. Mas si hago lo que no quiero, ya no soy
yo quien obra así, sino el pecado que habita en mí. Hallo pues esta ley, que queriendo yo hacer lo bueno, lo malo está presente
conmigo. Porque me deleito en la ley de Dios, según el hombre interior: mas veo otra ley en mis miembros, batallando contra
la ley de mi ánimo, y llevándome cautivo a la ley del pecado, que está en mis miembros. ¡Oh hombre infeliz que soy! ¿quién
me libertará de este cuerpo de muerte?" (7: 14-24; VM). La conclusión del capítulo 7 se halla en el versículo 25; Pablo dice:
"yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne, a la ley del pecado." (7:25 – VM). Tal es la condición
propia del creyente en sí mismo sin la obra poderosa del Espíritu Santo. No hay ninguna fuerza en él. Pero la doctrina divina,
recibida y comprendida en el corazón produce la liberación, y el grito de la liberación lo encontramos ya antes de
dicha conclusión: "Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro." (7:25)
Es solamente después de esas consideraciones tan humillantes para la carne, después de tan fatigante y penosa
ascensión, cuando los creyentes – vacíos de sí mismos y confiados en Dios – pueden, de modo útil y eficaz, alcanzar
el macizo central, las tres cimas que forman el capítulo 8, el más importante de la epístola.
Como se ha dicho anteriormente, en la primera parte del capítulo 8, es decir en los versículos 1 al 13,
vemos a DIOS CON NOSOTROS. En el versículo 1, leemos que "ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús"
[1]. Los rescatados tienen delante de Dios, y por Su gracia, una posición celestial tan segura como la del propio Señor, desde
ahora y para siempre jamás.
[1]
N. del T.: Con respecto a la frase "los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" que aparece en algunas
versiones de la Biblia en Español, la evidencia de los manuscritos parece indicar que esta frase no formaba parte del texto
original de este versículo, sino que la primera parte ("los que no andan conforme a la carne") fue interpolada temprano, y
la segunda parte ("sino conforme al espíritu") fue tomada más tarde del versículo 4, probablemente como un comentario explicativo,
y para hacer más suave la transición al versículo 2. Desde el punto de vista de las consideraciones internas, esta errónea
inserción en el texto desvirtúa el propósito doctrinal de la Epístola al trasladar del versículo 4 una cláusula conclusiva, y volverla condicional en el versículo 1. (Fuentes: COMENTARIO
EXEGETICO Y EXPLICATIVO DE LA BIBLIA POR Roberto Jamieson, A. R. Fausset, David Brown y NOTAS EN PASAJES ESPECIALES de la
Biblia Textual)
Es una nueva condición en el Señor resucitado y glorificado por la justicia de Dios satisfecha en la cruz. El
versículo 1 se halla en relación con el tema del capítulo 5, el versículo 2 con el tema del capítulo 6 (la vida), y el versículo
3 con el tema del capítulo 7 (liberación de la condición propia del creyente). En el versículo 2, el creyente es "librado
de la ley del pecado y de la muerte", y es librado por otra ley: "la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús". "Porque lo
que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado
y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos
conforme a la carne, sino conforme al Espíritu." (8: 3 y 4). La expresión "la ley" en ese pasaje designa una fuerza que obra
siempre en la misma dirección, como las leyes de la naturaleza. La "ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús" es un principio
imperativo y general, una operación constante y regular, poder eficaz de la nueva vida en la cual ha resucitado el Señor de
gloria y del cual nosotros vivimos en Él. La vida está en Cristo Jesús, y la ley del Espíritu de vida obra en Él. Nos lleva
siempre en la misma dirección, la dirección del pensamiento y de la voluntad de Dios. Los creyentes tienen en sí mismos dos
naturalezas, la vieja naturaleza, pecadora, y la nueva naturaleza, la cual es de Dios. Por eso mezclan muchas veces lo que
es del hombre con lo que es de Dios. Pero Dios no aprueba semejante mezcla, ni en el capítulo 8 de la epístola a los Romanos,
ni en el capítulo 1 de la primera epístola de Juan. Dios reconoce solamente dos condiciones y dos modos de andar, sin mezcla
alguna: Por una parte el estar en la carne o el estar en el Espíritu, y por otra parte el andar conforme a la carne o el andar
conforme al Espíritu... La ley de Moisés hablaba al hombre en la carne y le decía: "haz esto, haz aquello...", pero el hombre
no podía hacerlo. La ley era pues como un artista de gran talento, que, a pesar de sus eminentes capacidades, no lograba nunca
hacer una obra acertada, satisfactoria, porque tan sólo disponía para trabajar de una materia ingrata y rebelde. Pero lo que
no podía obrar la ley, lo cumplió la gracia, pues: "lo que era imposible para la ley, por cuanto ella era débil por la carne:
Habiendo enviado a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para
que la justa exigencia de la ley fuese cumplida en nosotros que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Porque los que viven conforme a la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que viven conforme al Espíritu, en las
cosas del Espíritu. Porque la intención de la carne es muerte, pero la intención del Espíritu es vida y paz. Pues la intención
de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede. Así que, los que viven según
la carne no pueden agradar a Dios." (8: 3 al 8 – RVA). Pablo añade: "Mas vosotros no vivís según la carne, sino según
el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él." (8:9).
Contrastando con los que están en la carne, los creyentes tienen la vida y el Espíritu Santo. Son del Señor; su andar manifiesta
la vida nueva que poseen por la fe: poseen la vida del Señor mismo. Un hombre liberado, un hombre en Cristo, sigue teniendo
la carne en sí mismo, pero posee la nueva vida y el poder del Espíritu Santo. Está "en el Espíritu" y anda conforme al Espíritu.
El Espíritu de Cristo es el Espíritu de Dios manifestado en Sus caracteres y efectos en la Persona y en la actividad de Cristo.
En la primera parte del capítulo 8, el Espíritu Santo no es distinto de nuestro espíritu, no se distingue ni
se desliga de él. Es que se trata del Espíritu Santo sólo como agente y poder de la vida. Es tal como en Juan 20:22, cuando
el Señor resucitado sopló sobre los discípulos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo". Entonces, como Persona Divina en la
tierra "aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado" (Juan 7:39). El Espíritu Santo,
en su cualidad de agente y poder de la vida, se halla mencionado doce veces en la primera parte del capítulo, mientras
que en la segunda parte, donde se trata del Espíritu como Persona Divina, es nombrado siete veces. Como sabemos, siete
es el número divino. De modo que en la segunda parte, el Espíritu Santo es distinto y diferenciado de nuestro propio espíritu,
el cual "da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos (más
bien, literalmente "hijitos) de Dios." (8:16 – VM).
La carne y el espíritu se oponen manifiestamente. En el versículo 10, el contraste es entre el cuerpo y el espíritu.
La carne es el principio malo que se halla en el cuerpo y obra en él. El cuerpo, aun el cuerpo del rescatado, está bajo sentencia
de muerte, a causa del pecado. A los ojos de Dios, nuestro cuerpo no es más que una envoltura perecedera; pero el espíritu
vive, o sea es vida (o está vivo) a causa de la justicia (8:10). Sin embargo, el cuerpo mortal del rescatado ha de ser vivificado
a causa del Espíritu de Dios que mora en él. El cuerpo del redimido es templo del Espíritu Santo, semejante a simiente de
vida. Esta vivificación de nuestro cuerpo será la magnífica y terminante respuesta a la pregunta del versículo 24 del capítulo
7: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?"
El cuerpo presente, actual, y el cuerpo espiritual del creyente no son idénticos, pero existe una relación evidente
entre ambos (1ª. Corintios 15:42 y siguientes). En todo caso, sea por la resurrección, sea por la transformación, lo mortal
siendo absorbido por la vida (2ª. Corintios 5:4), los redimidos tendrán nuevos cuerpos en los cuales serán semejantes al mismo
Señor (1ª. Corintios 15: 23 y 49; Filipenses 3:21).
Pablo concluye diciendo: "Así que entonces, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir conforme a la
carne. Porque si vivís conforme a la carne, estáis a punto de morir; pero si por el espíritu hacéis morir las obras de la
carne, viviréis." (8: 12 y 13 - BTX). Es como una señal reveladora, una solemne advertencia: aunque un creyente no puede perder
la vida de Dios, para él vivir conforme a la carne le lleva a la muerte, y vivir conforme al espíritu, mortificando
las obras de la carne, le lleva a la vida.
Alcanzamos ahora la segunda cima, cuyo tema es: DIOS CON NOSOTROS. (8: 14-27). Dios está en los creyentes
primeramente como agente y poder de la vida, como lo hemos visto en la primera parte de este capítulo; pero también
está en él en Su cualidad de Persona Divina como lo enseña el apóstol en los versículos 14 al 27 de este capítulo 8. En esta
segunda parte, el Espíritu Santo – en su cualidad de Persona Divina – se halla mencionado siete veces, según el
número divino, y como lo hemos indicado anteriormente, es diferenciado de nuestro espíritu junto con el cual da testimonio
que somos hijos, o sea: hijitos de Dios (8:16). "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios."
(8:14). En cuanto a la herencia, ciertamente, tanto los niños o hijitos, como los hijos adultos, tienen exactamente los mismos
privilegios y los mismos derechos. Pero los distingue el hecho capital que los niños o hijitos no conocen de los asuntos de
Su padre, mientras que los hijos se hallan iniciados en ellos. Del mismo modo, el hecho de ser guiados por el Espíritu Santo
revela o manifiesta que somos "hijos" de Dios.
Tener parte en la herencia es un gran privilegio. El apóstol dice: "Y si hijos (hijitos), también herederos;
herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados."
(8:17). Aquí abajo, en un mundo contaminado por el pecado, los creyentes han de padecer por causa de la justicia, como su
Señor. Pero, en la gloria futura, hallarán la contrapartida: 2ª. Timoteo 2: 11 y 12 declara: "Fiel es este dicho: Porque si
morimos con él, viviremos también con él; si sufrimos, también reinaremos con él." (2ª. Timoteo 2: 11 y 12 – VM).
Los creyentes no han recibido el espíritu de servidumbre (o de esclavitud) para estar otra vez en temor (8:15).
Han recibido el espíritu de adopción, por el cual claman: ¡Abba, Padre! La misma palabra, familiar e infantil, la encontramos
en la Epístola a los Gálatas: "Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama:
¡Abba, Padre!" (Gálatas 4:6). Sabemos también que el mismo Señor pronunció dicha palabra "Abba, Padre" en el huerto de Getsemaní
(Marcos 14:36). Esto muestra cuán dulce e íntima es la condición de los creyentes. La adopción cristiana es pues de carácter
sublime, elevado. En ciertas condiciones, previstas por las leyes humanas, los hombres pueden adoptar niños; pero, de todas
formas, nunca podrán darles su propia naturaleza. Dios solo puede comunicar Su propia naturaleza, y la comunica a los creyentes.
Vemos ahora en el versículo 18 que Pablo estima que "las aflicciones del tiempo presente no son comparables con
la gloria venidera que en (o, "a") nosotros ha de manifestarse." (8:18). Y en la epístola a los Colosenses, dice a los creyentes,
[nos dice a todos]: "Cuando Cristo, el cual es nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados
juntamente con él en gloria." (Colosenses 3:4 – VM). Del mismo modo, el apóstol Juan declara: "Amados, ahora somos hijos
de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él,
porque lo veremos tal como Él es." (1ª. Juan 3:2 – BTX).
La creación fue sujeta a vanidad, no de voluntad suya, sino a causa de aquel que la sujetó, es decir por la falta
de Adán, por la culpa del primer hombre: "la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de
aquel que la sometió, en la esperanza de que la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la
libertad de la gloria de los hijos de Dios." (8: 20 y 21 - BTX). En tales condiciones, hay esperanza de que será libertada
de la servidumbre de corrupción, para gozar la libertad gloriosa de los hijos (hijitos) de Dios, es decir cuando sean manifestadas
como siendo tales. Durante el reino milenario del Señor, la misma creación no será glorificada, sino que se gozará en la libertad
gloriosa de los hijos (hijitos) de Dios (8:21 - BTX).
"Sabemos que la creación entera a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora." (8:22 – BTX). Y el apóstol
Pablo añade: "Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos
gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo." (8:23 –
BTX), por la cual nuestra salvación será completa. Ahora tenemos una vida de resurrección en cuerpos que aún no son resucitados,
y por eso gemimos. Sólo en esperanza somos salvos: hemos pues, de esperar con paciencia.
Además, "también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el
Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles; y aquel que escudriña
los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque El intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios." (8:
26 y 27 – LBLA).
En conclusión de esta segunda parte o cima del macizo central, vemos que la presencia y la obra del Espíritu
Santo, Persona Divina, en los rescatados, es, para ellos, de suma importancia.
Con el versículo 28, llegamos a la tercera cima: DIOS POR NOSOTROS (8: 28-39). En este mundo, contrario
y opuesto a los creyentes fieles, como lo era al mismo Señor, es de mucha consolación el saber que Dios es POR ELLOS. "Sabemos"
es como la palabra técnica de la fe, y forma contraste con el "no sabemos" de la flaqueza humana en el versículo 26. Dios
mismo declara, en su bondad soberana, que, en esta tierra, hay gente que Le ama: son los creyentes, a quienes El mismo ha
llamado según su propósito eternal. "Para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien." (8:28- LBLA). A dichos
creyentes, Dios los conoció y los eligió en la eternidad pasada; también los predestinó para que fuesen hechos conforme a
la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos en la gloria futura (8:29). La palabra "imagen"
se halla en relación con la humanidad gloriosa del Señor. Y la palabra "primogénito", que encontramos algunas veces en el
Nuevo Testamento (por ejemplo, en Colosenses 1:15; Hebreos 1:6) es también un título glorioso dado por Dios mismo a Jesucristo
hombre; ya en el Antiguo Testamento, es dado al verdadero David. (Salmo 89:27). Pero, a los que escogió antes de la fundación
del mundo, a los que predestinó, a estos también llamó en el tiempo; y a los que llamó en el tiempo, los justifico también,
y también los glorifico (8:30). Todo esto porque Dios mismo prepara como "vasos de misericordia" a los redimidos de su Hijo
(9:23). Los versículos 29 y 30 de este capítulo 8 de la epístola a los Romanos son pues como una magnífica cadena de cinco
anillos, la cual une la eternidad pasada a la eternidad venidera.
Dios está pues por nosotros. Y Pablo dice: "si Dios está por nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?" (8:31
– VM).
En el versículo 32 leemos: "El que ni aun a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo
no nos ha de dar también de pura gracia, todas las cosas juntamente con él?" (8:32 – VM). "De tal manera amó Dios al
mundo, que dió a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él, no perezca, mas tenga vida eterna." (Juan 3:16 –
VM). A los creyentes, a los rescatados de su Hijo amado, Dios les da con Él todas las cosas. De modo que gozan de "todas las
cosas" gozando del mismo Señor, y es una gran bendición para ellos.
"¿Quién acusará a (pondrá acusación contra) los escogidos de Dios?". Se trata de Dios mismo. Los redimidos se
hallan puestos fuera de causa, no se les puede acusar. "Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? (8: 33 y 34).
En efecto, la posición de los rescatados en Romanos 8:33 es como la posición del Señor en Isaías 50: 7-9. ¡Qué pensamiento
más precioso y maravilloso!
"Cristo es el que murió; más aun, el que también (o, "más bien") resucitó, el que además está a la diestra de
Dios, el que también intercede por nosotros." (8:34). La muerte del Señor en la cruz es una expresión de flaqueza; Su resurrección
es (una) manifestación de potencia y de gloria (compárese con 2ª. Corintios 13:4). Esto trae a la memoria la expresión "mucho
más" de Romanos 5:10: "mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida." Resucitado y recibido en el cielo, el
Señor hombre es la espléndida expresión de la justicia de Dios satisfecha en la cruz.
Estando resucitado y glorificado en el cielo, Cristo intercede por nosotros. Notemos que en el versículo 27,
es el Espíritu Santo, Persona divina en los creyentes sobre la tierra, quien demanda (o sea, "intercede" - VM) por los santos,
y que en el versículo 34 es el mismo Señor quien intercede por sus rescatados. Vive siempre para interceder por los que por
Él se allegan a Dios. Él mismo se presenta ahora en el cielo por nosotros en la presencia de Dios. (Hebreos 7:25 y 9:24).
En este mundo devastado por las consecuencias del pecado los creyentes han de pasar muchos padecimientos. Pero
nadie ni nada, entre los males ordinarios o corrientes de la vida, puede apartarles del amor de Cristo; ni tribulación, ni
angustia, ni persecución, ni hambre, ni desnudez, ni peligro, ni espada (8:35). Como está escrito ya en el Antiguo Testamento
acerca de los testigos de Dios: "POR CAUSA TUYA SOMOS PUESTOS A MUERTE TODO EL DIA; SOMOS CONSIDERADOS COMO OVEJAS PARA EL
MATADERO." (8:36 – LBLA; Salmo 44:22). Esa es la atención que presta el mundo a los creyentes, en todos los tiempos,
y esa es la atención que prestó al mismo Señor. "Al contrario, en todas estas cosas somos más que victoriosos por medio del
que nos amó." (8:37 – BTX). No solamente los creyentes tenemos la victoria, sino también los trofeos, los privilegios
y provecho inestimable.
En esta vida terrenal, existen males comunes, corrientes. Pero también existen potestades y seres extraordinarios.
Dichos seres y potestades son posteriores a los consejos eternales de Dios y no pueden oponerse a ellos. Por lo cual Pablo
dice: "estoy persuadido que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni poderes, ni cosas presentes,
ni cosas por venir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna otra cosa creada será poderosa para separarnos del amor de Dios, que
es en Cristo Jesús nuestro Señor." (8:39 – VM).
La muerte ya no tiene poder alguno. Nuestro Salvador Jesucristo quitó (abolió - VM) la muerte. La vida en este
mundo ofrece numerosas dificultades y peligros, pero "en todas estas cosas somos más que victoriosos por medio del que nos
amó." (8:37 – BTX). Los ángeles buenos son "enviados para hacer servicio a favor de los que han de heredar la salvación"
(Hebreos 1:14 – VM) y los ángeles rebeldes no pueden obrar sino con permiso de Cristo. Cristo triunfó sobre los principados
malignos en la cruz y es la Cabeza, es decir el Jefe, de los buenos. (Colosenses 2: 15 y 10).
Todas las cosas presentes nos ayudan a bien (8:28). En cuanto al porvenir para los que creen, será en la gloria
con Cristo. No hay nada más alto que Cristo resucitado y glorificado en el cielo. No hay nada más profundo que Cristo en sus
padecimientos y tormentos de las tres horas de tinieblas en la cruz.
Y es Cristo superior a todas las criaturas incluso a Satanás. Así nada podrá apartarnos del amor de Dios que
es en Cristo Jesús, Señor nuestro (8: 38-39).
Cuando se trata de los varios males ordinarios de la vida, Pablo habla del amor de Cristo. Cuando se trata de
cosas y seres extraordinarios el apóstol habla del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
En el principio del capítulo 8 no hay ya condenación, pues estamos en Cristo delante de Dios; al final del mismo
capítulo, no hay ya separación, pues Dios es por nosotros en Cristo.
Conviene añadir que la Persona augusta del Señor se halla nombrada catorce veces en este capítulo 8, igual a
dos veces siete, lo cual es en cierto modo figura de suma perfección.
Tal es el MACIZO CENTRAL de la epístola de Pablo a los Romanos; tal es el macizo central de la cordillera romana.
En los capítulos 9, 10 y 11 encontramos un vasto y magnífico PANORAMA. El apóstol Pablo enseña de qué modo la
justificación de todos los hombres por la fe concuerda con las promesas incondicionales hechas antiguamente a Abraham. Era
preciso poner tal punto en claro.
Parece como si Pablo negara a la nación Judía. Pero dice "en Cristo", dándole testimonio su conciencia en el
Espíritu Santo, que tenía gran tristeza y continuo dolor acerca de los israelitas, sus parientes según la carne. En el Antiguo
Testamento leemos que Moisés implorando a Dios a favor del pueblo decía: "que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora
de tu libro que has escrito." (Éxodo 32:32). En el Nuevo Testamento Pablo dice: "desearía yo mismo ser anatema, separado de
Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne." (Romanos 9:3 – LBLA). Tal deseo demuestra el profundo
afecto del cual estaba lleno el corazón del apóstol. Pero sólo el Señor mismo podía darse útilmente por otros.
El apóstol conocía bien los privilegios de los miembros del pueblo terrestre de Dios. Dice: "que son israelitas,
a quienes pertenece la adopción como hijos, y la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto y las promesas, de
quienes son los patriarcas, y de quienes, según la carne, procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas, Dios bendito
por los siglos." (9: 4-5; LBLA).
Bien sabía que "no todos los descendientes de Israel son Israel; ni son todos hijos por ser descendientes de
Abraham, sino que POR ISAAC SERA LLAMADA TU DESCENDENCIA. Esto es, no son los hijos de la carne los que son hijos (hijitos)
de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendientes." (9: 6-8; LBLA). Pues conocía el apóstol la
autoridad de la Palabra de Dios y la existencia de la elección de Dios. Está escrito: "he aquí que Sara tu mujer tendrá un
hijo", y, "en Isaac te será llamada descendencia." (Génesis 18:10 y 21:12). Y Dios dijo
a Moisés: "tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente" (Éxodo 33:19).
Puede Dios tener misericordia del que quiere (9:18). Y "él no da cuenta de ninguna de sus acciones." (Job 33:13 – VM).
Descendientes de Isaac, son descendientes los verdaderos israelitas beneficiarios de la promesa. Hay vasos de misericordia
preparados por Dios mismo para la gloria, los cuales también ha llamado, sea de los judíos, sea de los gentiles. Hay por otra
parte vasos de ira preparados por sí mismos para muerte (9: 22 y 23). En cuanto a Israel sólo el remanente será salvo (9:27).
Pues para ser salvo se necesita la fe. "El fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree" (Romanos 10:4).
Hay dos justicias, la que es por la ley y la que es por la fe. La primera es vana e ineficaz. No pudieron los
judíos, no pueden los hombres alcanzarla. La justicia que es por la fe, es preciso repetirlo, es para todos los creyentes,
israelitas o gentiles (10:5 y siguientes). Es segura y eficaz. La obra maravillosa de la redención ha sido cumplida perfectamente
de una vez para siempre por el Señor en la cruz. Por consiguiente, "la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu
corazón, "¿Quién subirá al cielo?" (esto es, para hacer descender a Cristo) ni "¿Quién descenderá al abismo?" (esto es, para
hacer subir a Cristo de entre los muertos). Más bien, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón.
Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y si crees en tu corazón que
Dios le levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se hace confesión
para salvación." (10: 6-10; RVA). No hay diferencia entre judío y griego: porque el mismo que es Señor de todos, rico es para
con todos los que le invocan (10: 11-12). La Escritura dice: "Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado." (10:11;
Joel 2:32). De verdad, "todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo" (10:13). "La fe es por el oír, y el oír, por
la palabra de Dios" (10:17).
Todos los israelitas no han obedecido al Evangelio, pero Dios no ha desechado a Su pueblo. Como antiguamente
en los días de Elías, "Así también aun en
este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia." (Romanos 11:5). Y por la transgresión
de los israelitas "vino la salvación a los gentiles" (10:11). "Y si su trasgresión es riqueza del mundo, y su fracaso la riqueza
de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?" (10:12 – BTX). Pasado el tiempo de los juicios a los ojos de Dios,
el remanente será todo Israel. "Todo Israel será salvo" (11:26). Entretanto ha venido la salud a los gentiles para que fuesen
los israelitas provocados a celos (11:11). Cuando se cumplirán las promesas por gracia, las promesas sin condiciones, habrá
gran aumento de riquezas para los gentiles. Israel será vivificado y renovado en poder de resurrección (Ezequiel 36 y 37).
Las naciones serán benditas en la tierra, la creación librada de la servidumbre de corrupción, la Iglesia estará ya glorificada
y manifestada con el Señor, todo será "vida de entre los muertos" (10:15).
En los versículos 16-29 del capítulo 11 se trata del testimonio exterior del
pueblo de Israel en la tierra. El pueblo de Israel se halla representado por un olivo cuya raíz es el creyente Abraham. Así
pues, dicha raíz es santa. Pero Israel se ha endurecido en parte. Todos los israelitas no creyeron a la verdad, y por tal
razón fueron muchas ramas, las ramas naturales, quebradas o cortadas, para que pudiesen ser ingeridos o injertados. Así los
gentiles, los que creen, por la fe han sido hechos participantes de la raíz y de la grosura del olivo, y los israelitas también
si no permanecieren en la incredulidad serán injertados en el buen olivo, ya que Dios es poderoso para volverlos a injertar.
En cuanto a la elección, son muy amados por causa de los padres. Sin arrepentimiento (irrevocables) son los dones y el llamamiento
de Dios. (11:29). Endurecimiento en parte ha acontecido a Israel hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles, a saber,
no todos los gentiles: todos no creen, sino todos los que creen.
He allí la conclusión de esa importante sección de la Epístola (caps. 9, 10 y
11): "Dios permitió que todas las gentes quedasen envueltas en la incredulidad, para ejercitar su misericordia con todos."
(11:32 – TA). Y el apóstol Pablo exclama: "¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!
¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su
consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las
cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén." (11: 33-36). Tal exclamación de admiración, de gratitud y de alabanza aparece
ante nuestros ojos como una cúspide altísima en la cordillera romana.
A partir del capítulo 12, hasta el fin del texto encontramos EXHORTACIONES PRÁCTICAS,
y por fin, en el capítulo 16, salutaciones, apreciaciones y mensajes.
Las exhortaciones prácticas se fundamentan en las grandes misericordias de Dios
y se hallan en relación con el contenido de los capítulos anteriores.
En el tiempo presente los creyentes han de ofrecer sus cuerpos en sacrificio
vivo, agradable a Dios, que es un culto racional, y forma gran contraste con los sacrificios de ganados muertos que ofrecían
los sacerdotes en el tiempo de la ley, sin saber bien lo que hacían, y tocante a los cuales está escrito: "Sacrificio y ofrenda
no te agrada" (Salmo 40:6; Hebreos 10:6).
Los redimidos no han de conformarse a este siglo, mas transformarse por la renovación
de su entendimiento. La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta; y podemos aceptarla aún sin comprenderla; es cuestión
de sumisión y obediencia de corazón.
Añade aún el apóstol: "Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual
que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme
a la medida de fe que Dios repartió a cada uno." (Romanos 12:3). Tal advertencia es muy importante. A los discípulos y testigos
del Señor les conviene la humildad. El apóstol Pedro nos dice también: "Revestíos de humildad; porque; Dios resiste a los
soberbios, y da gracia a los humildes" (1ª. Pedro 5:5). El mismo Señor dijo: "soy manso y humilde de corazón" (Mateo 11:29).
En los versículos 4 al 8 del capítulo 12 se trata del cuerpo místico de Cristo,
que es uno y cuyos miembros son muchos, en conexión con las condiciones de armonía y de moderación en las cuales ha de obrar
cada testigo del Señor. En tal pasaje vemos también las cualidades morales con que cada uno debe ejercer su actividad.
En la continuación del capítulo se hallan otras prescripciones morales señaladamente:
"El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno." (12:9); "Si es posible, en cuanto dependa de vosotros,
estad en paz con todos los hombres." (12:18); "No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal." (12:21).
En el capítulo 13, Pablo enseña ante todo la sumisión a las autoridades humanas:
"Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios
han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste." (Romanos 13: 1 y 2).
Por la conciencia deben los creyentes pagar los tributos (13:6). Siguen también preceptos morales. Así: "No debáis a nadie
nada, sino el amaros unos a otros" (13:8); "El amor no hace mal al prójimo." (13:10); "vestíos del Señor Jesucristo, y no
proveáis para los deseos de la carne." (13:14).
En el capítulo 14 leemos que los fuertes, es decir, los creyentes que se hallan
prácticamente libertados de la ley, han de tolerar a los débiles en la fe; los que no siendo libertados, hacen aún diferencias
entre los días y los alimentos (Romanos 14: 1-4; 13-16). El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo
por el Espíritu Santo (14:17). Lo que más importa es que lo que uno hace lo haga para el Señor.
En los versículos 7-9 de este capítulo 14, encontramos la admirable y maravillosa
plataforma o meseta en la cual es preciso pararse por un tiempo. El apóstol Pablo enseña que la vida de los redimidos en la
tierra hasta la muerte de ellos, se pasa en atención y con respecto a la Persona augusta del Señor: "Porque ninguno de nosotros
vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues,
sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor
así de los muertos como de los que viven." (14: 7-9). El hombre natural hace de sí mismo el centro al cual relaciona todo.
El creyente avisado y fiel, vive para el Señor y lo relaciona todo con la Persona del Señor. ¡Contraste maravilloso!
El versículo 10 hace mención del "tribunal de Dios" (14:10 – BTX; BJ; SPTE;
LBLA; NC; RVA - en otras versiones "tribunal de Cristo": TA; NTPESH; RVR1865; RVR1909; RVR60; RVR1995; VM) que llama Pablo
en otra parte "el tribunal de Cristo" (2ª. Corintios 5:10). Y cada uno de nosotros dará a Dios razón de sí (14:12). En la
epístola a los Romanos todo se refiere a Dios mismo.
El versículo 23 dice: "todo lo que no proviene de la fe es pecado" (14:23 –
BTX).
A decir verdad los versículos 1-7 del capítulo 15 forman como la conclusión del
contenido del capítulo 14. Dejándonos ejemplo para que sigamos sus pisadas (1ª. Pedro 2:21), "ni aun Cristo se agradó a sí
mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí." (Romanos 15:3; Salmo 69:9).
Tal como el Señor, deben obrar los Suyos; los fuertes sobrellevando las flaquezas de los débiles (15:1), cada uno agradando
a su prójimo en lo que es bueno para edificación y todos siendo unánimes según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz,
glorifiquen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (15: 1 y 2, 5 y 6). Dios es el Dios de la paciencia y de la consolación
(15:5), así como es el Dios de esperanza, el Dios de paz (15:33; 16:20), y el Dios eterno (16:26), y también el Dios sabio
(16:27). Añade el apóstol: "Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios."
(15:7).
Los versículos 8 al 13 del capítulo 15 cumplen el tema tratado en los capítulos
9 al 11, a saber, las relaciones entre creyentes judíos y gentiles. Dice Pablo: "Cristo fué hecho ministro de la circuncisión,
a causa de la fidelidad de Dios, para confirmar las promesas dadas a los padres, y para que los gentiles también glorificasen
a Dios por su misericordia." (15: 8 y 9 – VM), como está escrito en varios pasajes del Antiguo Testamento, por el apóstol
mencionados (Salmo 18:49; Deuteronomio 32:43; Salmo 116:1; Isaías 11:10). Tales bendiciones se cumplirán durante el reino
de justicia, de paz y de gloria, durante el reino de mil años. Pero hasta que se cumplan las poseen y las aprovechan los creyentes,
con júbilo, por medio de la fe.
En el mismo capítulo 15 encontramos aún otras indicaciones preciosas. Pablo sabía
que los hermanos en Roma estaban llenos de bondad y de todo conocimiento y que se hallaban en disposición de amonestarse los
unos a los otros. Pero "ministro de Jesucristo a los gentiles" (15:16), él deseaba repartir con ellos algún don espiritual.
Ministraba el evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles fuese agradable, santificada por el Espíritu Santo (15:
14-16). Eso trae a la memoria lo que leemos en el Antiguo Testamento: "Aarón ofrecerá los Levitas por ofrenda mecida delante
de Jehová, de parte de los hijos de Israel; para que hagan el servicio de Jehová." (Números 8:11 – VM).
Desde Jerusalén y por los alrededores hasta Ilírico había Pablo predicado todo
el evangelio de Cristo. Y ahora deseaba ir a los Romanos y también pasando por Roma ir a España (15: 23-24). Sabemos que el
apóstol fue a Roma, pero como prisionero. Si efectivamente fue a España, no lo sabemos. Antes de ir a Roma partió Pablo "a
Jerusalén para ministrar a los santos" porque Macedonia y Acaya tuvieron por bien hacer una colecta para los pobres que había
entre los santos que "estaban en Jerusalén" (15: 25-26).
En el último capítulo de la Epístola, el capítulo 16, vemos ante todo cuánto
se interesa Dios por todo lo que hacen los creyentes para Su gloria y para la gloria del Señor. Es también el capítulo de
las salutaciones y de los mensajes del amor. Todo es "en el Señor"; allí nos muestra Pablo la ternura de su corazón. Se trata
primeramente de nuestra unión en el Señor (versículos 1-16); en segundo lugar, del peligro de las divisiones (16: 17-20);
y después de unidad (16: 21-24).
Por fin llegamos a una última e importante cúspide (16: 25-27). Es un magnífico
cántico de alabanza en honor y a la gloria de Dios. Exclama Pablo: "Al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación
de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado
ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes
para que obedezcan a la fe, al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén." En ese pasaje el evangelio
de Pablo es el que predica un Señor y Salvador resucitado, glorificado después de Su muerte en la cruz, y la unión de los
creyentes en Él y con Él; el misterio es el de la Iglesia o Asamblea (Efesios 3:9; Col. 1: 25-27); y por supuesto las Escrituras
de los profetas no son las profecías del Antiguo Testamento, más bien las Escrituras proféticas del Nuevo Testamento, entre
las cuales se hallan varias epístolas del mismo apóstol Pablo.
Tal cúspide da fin a la Cordillera Romana.
P. F. R.
Revista "VIDA CRISTIANA", Año
1961, Nos. 53, 54, 55 .-