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LA PROFECÍA Y EL NUEVO TESTAMENTO (Henri Rossier)

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LA PROFECÍA Y EL NUEVO TESTAMENTO

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

Los tiempos y los acontecimientos proféticos, caracterizados por las terribles calamidades que caerán sobre los hombres no empezarán a desarrollarse sino después del momento en que el Señor haya arrebatado a los santos de todas las Economías, junto con la Esposa celestial, Su Iglesia. Entonces será cuando las cosas futuras (el triunfo aparente, pero momentáneo de Satanás en el mundo) anunciadas por todos los profetas, se sucederán con una rapidez fulminante para llegar a su punto culminante en la APOSTASÍA del Judaísmo y de la Cristiandad (es decir, abandono completo de Dios y de su Cristo, negación del Padre y del Hijo) la mayor iniquidad que el mundo puede añadir aún al crimen de haber crucificado al Hijo de Dios. Ante esta apostasía final – la cual vemos preparándose cada día más – se dará libre curso a la ira y la indignación de Dios, aplazadas hasta entonces por Su paciencia hacia los hombres.

 

Para los creyentes, el primer acto de la Venida del Señor (Su Parusía), no es un acontecimiento profético, y no tiene relación alguna con el juicio. Este acto es el alba del día, el coronamiento de la gracia, tema tan precioso para el corazón de los rescatados. Cuando Jesús venga a arrebatar a su Esposa, no será para manifestar Su gloria, por lo cual  el mundo no Le verá, pero los creyentes Le verán, bajo los caracteres de Su gracia, conocidos de ellos solos. Del mismo modo que había bajado en gracia a este mundo, para dar Su vida en rescate por Sus rescatados, volverá del cielo en gra­cia para tomarles a Sí mismo (Juan 14:3), y coronará Su gracia introdu­ciéndoles en la gloria. En efecto, este momento será el triun­fo definitivo de la gracia. Los que habrán aprendido a cono­cerle en toda Su grandeza y gloria moral sobre la cruz, saborearán el glorioso coronamiento de Su Obra cuando Jesús venga a recoger a Su lado a todos Sus santos.

 

Para el mundo, que no verá ni sabrá nada de este pri­mer acto, el segundo acto, la aparición de su Venida, o "res­plandor de su Venida", será la luz del sol de justicia. Matará a los incrédulos, pero será en vista de la gloria de Cristo, para establecer sobre la tierra Su reino de justicia y de paz (Malaquías 4: 1 al 3). Es la Epifanía, o manifestación de Su gloria. Es preciso que el Salvador, rechazado, crucificado, y menospreciado por el mundo, sea glorificado como Señor, y lo será por el juicio. Sus enemigos serán destruidos, pero mi gloria no consistirá solamente en esto: será – como hemos dicho – mediante el juicio que Él establecerá Su REINO. Entonces "la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar." (Habacuc 2:14). Entonces, la gloriosa diadema de Jesús resucitado resplandecerá públicamente con todas sus coronas; las del Mesías, del Hijo de Dios, del Hijo del Hombre, del Hijo de David, del Soberano Pontífice sentado sobre su trono, según el orden de Melquisedec. Tendrá en Su mano un cetro de hierro para apacentar las naciones y para someterlas al menor movimiento de re­vuelta; pero confiará este cetro, o vara de autoridad, a los santos celestiales, a quienes asociará en Su reino. En el Antiguo Testamento, Sus compañeros en el reino serán el remanente fiel de Israel, y las naciones le serán sumisas; en el Nuevo Testamentó, los santos celestiales reinarán con El, y la Iglesia, Su Es­posa, será Su compañera en Su trono.

 

 

* * *

 

 

Todos esos acontecimientos pertenecen a la Profecía. Ob­servemos ahora que el NUEVO TESTAMENTO trata tanto de la profecía como el Antiguo, siempre que se trata de la cuestión del go­bierno de Dios sobre la tierra. Sin duda, el Nuevo nos pre­senta verdades mucho más importantes y elevadas que el Antiguo, puesto que nos aparta del dominio terrestre para introducirnos en el cielo y en nuestras relaciones eternas con el Padre y con el Hijo, pero cuando se trata del gobier­no de Dios, el Nuevo Testamento desciende de nuevo a la tierra y se mueve entre los mismos principios que el An­tiguo, pero la diferencia es que el Antiguo se refiere mayormente a Israel, mientras que el Nuevo se refiere a la Cris­tiandad.

 

Además, como lo sabemos, tanto la Profecía del Antiguo Testamento como las del Nuevo nos presentan ante todo las glorias de la persona de Cristo, en relación con Su gobierno. Pero, cuando el Nuevo Testamento habla "del poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo" (2ª. Pedro 1:16), describe Sus glorias de una forma mucho más rica y variada. Basta leer el Apocalipsis para darse cuenta de ello.

 

El Antiguo Testamento nos presenta los juicios que van a caer, primero sobre Israel, infiel, y después sobre las na­ciones; salvando Dios, finalmente, a través de la "angustia de Jacob" y de la "gran tribulación" a aquellos del pueblo o de las naciones que hayan creído. El Antiguo Testamen­to nos ocupa, pues, por un lado del pueblo judío, y por otro, de las naciones, a las cuales Dios había confiado el gobier­no a consecuencia de la infidelidad de Israel, y muestra también cómo los juicios les alcanzarán a todos, a fin de establecer el reino del Mesías, único gobierno que corresponde perfectamente a los pensamientos de Dios.

 

La profecía del Nuevo Testamento es diferente. Después del rechazamiento del Mesías, cuya consecuencia fue la dis­persión de Israel, una cosa nueva entra en escena: el Cristianismo. Cristo, entregado por los judíos y crucificado por las naciones, resucita y sube a la diestra de Dios. Desde allí, ha­biendo sido enviado el Espíritu Santo, forma Su Iglesia sobre la tierra, la cual arrebatará a Su encuentro en el aire como una Esposa que ha adquirido.

 

Sin embargo, como cuerpo responsable en este mundo, la iglesia se ha corrompido completamente. Por este motivo, en el Nuevo Testamento, la Profecía nos presenta, no los juicios sobre el pueblo judío o las naciones – de las habla sólo ocasionalmente – sino los juicios sobre la Cris­tiandad, la cual, en vez de ser santificada, es decir, separada para Dios, llegó a ser la esfera del trono de Satanás, y luego "habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmun­do." (Apocalipsis 18:2). En efecto, este cuerpo responsable, que era la Cristiandad, alcanzará su desarrollo final en la "gran Babilonia" del fin. Es pues de la Cristiandad que hablan epís­tolas como la 2ª. a los Tesalonicenses, y el libro del Apocalipsis.

 

No obstante, cuando se trata, en el Nuevo Testamento, de los acontecimientos proféticos del fin, el futuro del pueblo judío viene a intercalarse para completar el cuadro; es el caso, por ejemplo, del librito de Apocalipsis 10: 8 al 11 y 13. Este destino del pueblo pertenece también a "las cosas que deben suceder pronto" (Apocalipsis 22:6 - VM), por lo cual, en el Nue­vo Testamento, los juicios sobre el pueblo ocupan su lugar ESPECIAL entre los juicios sobre la Cristiandad.

 

Esto aparece, por ejemplo, en la 2ª. epístola a los Tesalonicenses, en la cual hallamos a la vez el juicio de la Cristiandad, y la parte que el pueblo judío tendrá en su apostasía, por me­dio del anticristo, falso profeta, pero también falso Mesías judío, que establecerá su soberanía en Jerusalén... Si se re­tiene bien esta diferencia, se comprende por qué el relato de los mismos acontecimientos proféticos tiene un carácter tan diferente en el Nuevo y en el Antiguo Testamento, y también, por qué una multitud de acontecimientos proféticos fu­turos, mencionados en el Nuevo Testamento, ni siquiera son mencionados una sola vez en el Antiguo y viceversa. Se comprende, también, cuán vana es la tentación de armonizar ambas cla­ses de profecías, ya que los temas que tratan resultan siempre diferentes y a menudo opuestos.

 

 

* * *

 

 

Desde el principio hasta el fin, el Nuevo Testamento presenta pues porciones proféticas, a las cuales, como dice el apóstol Pedro, "hacemos bien en estar atentos" (2ª. Pedro 1:19). Así, por ejemplo, el capítulo 24 de Mateo contiene una profecía del Señor relacionada con 'Su día' con respecto a Israel y al reino; el capítulo 25 del mismo libro contiene una profecía que trata de la venida del Esposo y de los acontecimientos que seguirán, así como de la responsabilidad de los que han llevado Su nombre durante Su ausencia y de los resultados futuros de su conducta; además, el final de este capítulo 25 nos da una profecía relativa al reino de Cristo, referente a la manera cómo las naciones habrán acogido a los judíos hermanos del Señor, durante Su ausencia.

 

El Apocalipsis relata en toda su extensión la Profecía del Nuevo Testamento referente a la Cristiandad. Este libro nos enseña el destino de las naciones cristianas, hundidas – como el pueblo judío – en la Apostasía, y el establecimiento del reino de Cristo sobre las naciones, reino que tendrá como centro la nueva Jerusalén, la Esposa celestial.

 

Además de estos asuntos importantes, hallamos constante­mente la relación de verdades proféticas generales o parcia­les en todos los Evangelios y en casi todas las Epístolas, trá­tese del reino de Dios, de los últimos días, o del fin de todas las cosas y de los tiempos eternos. Lo vemos de manera característica en la 2ª. epístola a Timoteo, en la Epístola de Judas y la 2ª. epístola de Pedro.

 

Observemos, para terminar, que una de las epístolas posee, por excelencia, este carácter profético: la 2ª. epístola a los Tesalonicenses. Ella nos muestra lo que ninguna parte de la Escritura enseña de manera tan evidente: cuál será el juicio del Malo, del Anticristo, y quiénes serán los instrumentos de este juicio; nos describe los espantosos caracteres de aquel "hombre de pecado", última encarnación de Satanás, que, no solamente blasfemará el nombre del Padre y del Hijo, sino que se presentará al mundo entero como siendo Dios, y se hará adorar como Dios. Todos esos caracteres del Malo están pues­tos de relieve en esta epístola, y los acontecimientos que acompañarán el día del Señor en relación con la Cristiandad son ex­puestos en ella tan claramente como en el Apocalipsis, aun­que de manera más sucinta.

 

Finalmente deseo recomendar al lector que, al ocuparse de las profecías, evite el peligro siguiente: Cuando la Palabra nos presenta los acontecimientos proféticos del fin, no debemos buscar en ellos – por muy interesantes que sean – un alimento para nuestra curiosidad, o ceder al deseo de coordinarlos para formar con ellos un conjunto lógico que, concordando con nuestra razón humana, satisfaga su deseo de claridad, orden y de simetría. Este no es – tengámoslo por seguro – el objeto de la Profecía. Acordémonos que toda profecía es una "reve­lación del Señor Jesús" ("y a vosotros que sois afligidos, daros descanso juntamente con nosotros, en el tiempo de la revelación del Señor Jesús, desde el cielo, con sus poderosos ángeles" 2ª. Tesalonicenses 1:7 – VM). Si no leemos la Pro­fecía con el pensamiento de contemplar en ella las glorias de nuestro Salvador, nuestras almas perderán todo el provecho de la lectura. Para evitar la tentación de poner los numerosos acontecimientos proféticos en primer plano, necesitamos un ojo sencillo, fijado en un sólo y único objeto: la Persona del Señor.

 

Henri Rossier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1964, No. 71.-

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