VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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"SI, PUES, NOS EXAMINÁSEMOS..."

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"SI, PUES, NOS EXAMINÁSEMOS…"

 

(1ª. Corintios 11:23-34)

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

 

 

Reunirnos en torno a la Mesa del Señor y participar de la Cena proclamando, al hacerlo, la unidad del cuerpo de Cristo, y anunciando "la muerte del Señor hasta que Él venga", tal es el inestimable privilegio de los dos o tres, los cuales, a pesar de su flaqueza, pero en la obediencia a la Palabra, desean man­tener el testimonio confiado a la asamblea sobre la tierra.

 

Pero, la celebración de la Cena es también la respuesta del corazón del creyente al deseo tan conmovedor que expresó el Señor cuando, la noche que fue entregado, instituyó el precioso memorial de su muerte: "Haced esto en memoria de mi." (Lucas 22: 14-20). Este memorial, lo instituyó cuando era el pobre, el despreciado, cuando tenía la cruz ante mismo; pero luego, desde la gloria que le fue dada por haber acabado la obra, Él quiso recordar la institución de este memorial al apóstol, para que escribiera a los Corintios: "Porque yo reci­bí del Señor lo que también os he enseñado..." ¿No es pre­cioso ver la insistencia del Señor, para que los Suyos recuer­den por este memorial Su muerte por ellos?, ¿y ver también cuán precioso es este recuerdo para Su corazón?

 

Hermanos amados, por cierto que son cosas que todos sabemos, por haber leído repetidas veces los pasajes que nos las presentan, tanto en los evangelios, como en el libro de los Hechos, o en la 1ª. Epístola a los Corintios. Pero el peligro está precisamente en que la celebración de la Cena llegue a convertirse en una costumbre, o un rito, sin que sean tocados real y profundamente los afectos de nuestro corazón, en pre­sencia del testimonio de amor de Cristo, tan maravillosamente revelado en el don de si mismo.

 

Otro peligro, más grave aún, es el que llevó al apóstol a escribirles a los Corintios los versículos 27 y siguientes del capítulo 11 de su 1ª. epístola. Sin duda, no nos hallamos en circunstancias que nos llevarían tal vez a obrar como lo hicie­ron los creyentes en Corinto, pero, sea lo que fuere, bien po­demos, como ellos, perder de vista el carácter de santidad de la Mesa, y participar de la Cena en un estado moral incom­patible con la presencia del Señor y con la participación del memorial de Su muerte, bien podemos llegar a comer el pan y a beber la copa indignamente.

 

¿Qué es lo que anunciamos al recordar la muerte de Cristo en la cruz? Proclamamos que, en la cruz, Dios "condenó al pecado en la carne", que al que "no conoció pecado", Dios "por nosotros le hizo pecado" (Romanos 8:3; 2ª. Corintios 5:21); re­cordamos lo que fue la muerte para Cristo: Él gustó la muer­te (Hebreos 2:9); recordamos que Su muerte fue también necesaria para que el pecado fuera "quitado de en medio", o destruido (Hebreos 9:26 - LBLA), para que pudiéramos presentarnos ante Dios sin recibir las consecuencias del pecado.

 

Y para proclamar verdades tan solemnes, ¿nos allegaría­mos a Dios a veces llevando en nosotros pecados no juzgados? Pero, hermanos, el hacerlo sería comer el pan o beber la copa del Señor indignamente y seríamos culpados del cuer­po y de la sangre del Señor (1ª. Corintios 11:27), es decir culpables res­pecto al cuerpo y a la sangre del Señor. ¡Qué responsabilidad más grande! No tratemos de evitar la punta de la espada, de­jando de lado esta exhortación, y consideremos atentamente este versículo 27.

 

Por otra parte, estas consideraciones no deben impedir que respondamos al deseo del Señor. Abstenerse un creyente de participar de la Cena es ignorar voluntariamente la exhor­tación que sigue: "Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa." (versículo 28). Cada uno es responsable de practicar este examen de sí mismo, de su estado, y no solamente de sus actos, confesando así sus pecados. La confesión asegura el perdón y la justificación (1ª. Juan 1:9). Esta enseñanza está presentada, en figura, en Éxodo 30: 17-21. Para acercarse al altar, para "para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová", los sacerdotes debían previamente lavarse las manos y los pies en la "fuente de bronce." Este lavado, no lo olvidemos, debe ser practicado, no sólo de vez en cuando, ni tampoco solamente cuando nos disponemos a venir a las reuniones, sino a medida que faltamos, confesando inmediatamente nuestro pecado. Si esperamos el sábado por la noche, o el domingo por la mañana para examinarnos y confesar nuestras faltas ocurrirá probablemente que las olvidemos o pasemos este juicio sobre nosotros a la ligera.

 

ES INDISPENSABLE que el creyente viva examinándose, o probándose a sí mismo, para que pueda gozar de la comunión con el Señor, y participar de la Cena en el estado moral que conviene. Pero existe otro peligro sobre el cual debo llamar la atención del lector. Hay creyentes, que tienen una concien­cia tan delicada, que llegan a pasar la mayor parte de su tiem­po en el examen de sí mismo; al obrar así, acaban por estar ocupados únicamente de sí mismos, y no conocen ninguna paz verdadera. Notemos pues, que el examen o enjuiciamiento per­sonal no es en sí el fin que se persigue, sino que debe ser un medio para despojarnos de todo lo que constituye un obstácu­lo a la comunión con el Señor.

 

El deseo del Señor es ver cómo Sus rescatados comen del pan y beben de la copa. ¡Pero nunca indignamente! Existe un estado moral característico para comer y para beber. Sola­mente después de probarse cada uno a sí mismo se puede comer así de aquel pan y beber de aquella copa: "...así..." (vers. 28). Esta expresión es importantísima.

Cuando un hermano o una hermana, menospreciando (1ª. Corintios 11: 27, 28) persiste en tomar un lugar en la Mesa del Señor hallándose en un pésimo estado, cuando este estado es conocido y manifiesto, la asamblea es responsable de intervenir. Debe mantener pura la Mesa del Señor, pura de todo mal, de todo lo que contamina. En ciertos casos habría que dirigir advertencias, disciplinas apropiadas a ejercer, y si todo lo que se ha hecho con sabiduría y amor resulta ineficaz, como también cada vez que el carácter del perverso es clara e inmedia­tamente manifiesto, la asamblea debe de obrar según la enseñanza de 1ª. Corintios 5, es a saber: quitar al perverso de en medio de ella, pues ella es responsable de juzgar a los que están dentro (1ª. Corintios 5: 12-13). Así pues, un hermano o her­mana que no practica el juicio de sí mismo se expone a conocer el juicio de la asamblea.

 

¿Y si la asamblea no cumple su deber, faltando a su res­ponsabilidad, tolerando en su seno lo que debiera ser juzgado? Cuando esto sucede, Dios mismo, después de usar de pacien­cia – qué duda cabe –, interviene en Su justo gobierno. ¿No es acaso así como ha intervenido en Corinto al decir el apóstol: "por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vos­otros; y muchos duermen (1ª. Corintios 11:30)?

 

Es cierto que no todas las enfermedades y fallecimientos co­rresponden al ejercicio de un juicio gubernamental de parte de Dios; existe la prueba de la fe y la partida que para el justo es la entrada en la paz; pero si tuviésemos más discerni­miento espiritual, comprenderíamos mejor el porqué de tan­tos hechos dolorosos que nos ponen a la prueba, y el porqué de ciertos fallecimientos; todo ello en la vida de las asam­bleas.

 

Sin duda alguna, hemos pasado a la ligera muchas veces estas enseñanzas tan importantes. ¡Cuántas veces hemos fal­lado en cuanto a la vigilancia para examinarnos a nosotros mismos! y ¡cuántas veces también hubo asambleas que faltaron a su deber de juzgar el mal, a causa de su debilidad espiritual, que les quitó el discernimiento y los hizo incapaces para ejercer la dis­ciplina! Semejantes infidelidades acarrean, tarde o temprano, el juicio del Señor. Y ocurre también – lo cual es sumamente hu­millante –, que muchas veces no discernimos la disciplina (gubernamental) del Señor, ni las lecciones que quiere darnos mediante ella.

 

Estas son cosas que todos debemos considerar con atención, cada hermano, cada hermana, como también las asambleas. Cada uno tendrá que ver con Dios y es responsable ante Él. Si tene­mos algo que juzgar, sería grave y culpable declarar que hemos obrado siempre del mismo modo, que los inconvenientes son insignificantes, que bien podemos continuar... y que el Señor obra con paciencia... Y si una asamblea ha faltado en cuanto a su responsabilidad, tolerando en su seno lo que debía ser juzgado, ¡que no se engañe, y que no olvide que nada escapa a Aquél que anda en medio de los siete candeleros de oro!

 

Muchas tristezas, muchos dolores y quebrantos, falleci­mientos quizá, ¿no provienen, bajo al gobierno de Dios, de una falta de vigilancia en el juicio o examen de nosotros mismos, de un abandono de las asambleas del deber de ejercer la dis­ciplina a su debido tiempo? ¿No es verdad que en muchos casos hemos perdido de vista las enseñanzas de la 1ª. Epístola a los Corintios, capítulo 11: 27:34?

 

Paul Fuzier

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1963, No. 63.-

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