VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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A LOS PADRES CREYENTES (Cuatro meditaciones)

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A LOS PADRES CREYENTES (Cuatro meditaciones)

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60).- 

 

 

A los padres creyentes

 

(Deuteronomio 32:46)

 

¡Qué preciosa tarea la de guiar e instruir en el camino a los hijos que Dios os ha confiado!

 

El espíritu del día es el de dejar al niño lo más libre posible. Pero el orden divino es que los hijos estén sumisos a sus pa­dres. Esto implica en ellos, el cuidado de inclinar a los hijos, desde niños, al conocimiento de los derechos del Señor. Y mientras más vean a sus padres que viven gozosos en la obediencia al Maestro, disfrutando de Su amor, más atentos estarán a es­tos derechos. El ejemplo, acompañando las exhortaciones, ten­drá fuerza y eficacia.

 

El general Lee, uno de los hombres que América se honra más de haber tenido, explicaba que un día de invierno, su hijo mayor, que era aún muy joven, llamado Custis, le había seguido en un largo paseo a través de la nieve. Iba de la mano de su padre, pero poco a poco la mano se fue soltando hasta que el muchacho quedó solo tras su padre. «Al cabo de poco rato – dijo él –, me volví y observé que Custis, er­guido, trataba de imitar todos mis movimientos, y realizaba grandes esfuerzos para colocar sus pies lo más exactamente posible en las grandes huellas que yo dejaba con los míos en la nieve. Cuando vi que el travieso niño se obstinó en seguir mis pisadas, me sentí obligado a andar más derecho, y pensé que en lo sucesivo debía tener el más grande cui­dado en caminar derecho en todas las cosas.»

 

B. S.

 

 

Nuestros hijos

 

(2.a Timoteo 3:15)

 

No podemos hacer menos que sentir profundamente el hecho de que nuestros hijos van creciendo en una atmósfera tal como la que nos rodea y que cada vez se volverá más sombría. Los padres cristianos deberían buscar siempre adornar más se­riamente el espíritu de los hijos del precioso y saludable cono­cimiento de la Palabra de Dios y ser inclinados a aportar una más grande diligencia, e instruirlos en el seno de la familia y por todos los medios propios alcanzar su corazón para Cristo. No se trata de cruzarnos de brazos diciendo: «Cuando Dios dispondrá, nuestros hijos se convertirán; hasta entonces nues­tros esfuerzos son inútiles.» Este lenguaje es un error y ade­más un error fatal. Dios "es galardonador de los que le bus­can" (Hebreos 11:6). Quiere bendecir nuestros esfuerzos pro­seguidos con la oración en vista de instruir a nuestros hijos. Y ¿quién negará la bendición que representa el haber sido conducido desde temprana hora al camino recto y a tener el espíritu ocupado de lo que es puro, verdadero y amable? ¿Quién podrá medir las funestas consecuencias de dejar cre­cer a los hijos ignorando las cosas de Dios? ¿Quién pintará el cuadro de los males debidos a una imaginación corrom­pida, a un espíritu nutrido de vanidad, de locura, de mentira, a un corazón familiarizado desde la infancia con escenas de degradación moral y crimen, como las que se prodigan en la televisión y en el cine? No vacilamos en decir que los cristianos incurren en una pesada y terrible responsabilidad al dejar que el enemigo se apodere de los espíritus de los niños en la edad en que éstos son marcadamente maleables.

 

Es cierto que precisan del poder vivificante del Espíritu Santo. Los hijos de los creyentes, así como los demás, tienen necesidad de "nacer de nuevo". Esto es cierto. Pero, ¿es que este hecho varía nuestra responsabilidad en relación con los hijos que nos han sido confiados? Nuestros esfuerzos y ener­gías, ¿quedan empequeñecidos por ello? Al contrario, cuando se trata de preservar nuestros queridos pequeños y de educarlos en lo que es bueno, deben de acrecentarse.

 

B. S.

 

 

La autoridad paterna y su ejercicio

 

(Colosenses 3:21; Efesios 6:4)

 

Los padres deben mantener su autoridad como jefes de la familia. Deben instruir a sus hijos, dirigirlos, reprenderles y, si es preciso, castigarlos también (Efesios 6:4; Génesis 18:19; 1º. de Samuel 2: 23-24; Proverbios 13:24; 19:18; 22:15; 23: 13-14). En el versículo de Colosenses que citamos en el encabezado, no halla­mos, es cierto, los preceptos que escribimos, pero el espíritu en el cual los padres deben aplicarlos hacia sus hijos, debe ser un espíritu de sabiduría y de amor, parecido al que Dios, nuestro Padre, nos trata a nosotros también. "Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten." (Colosenses 3:21). Esto se refiere a una excesiva severidad, sin ponderación, que no distingue entre una falta y otra, según la gravedad de cada una, que no considera el carácter del niño, ni su temperamento más o menos sensi­ble – o bien, que muestra accesos de severidad mezclados con excesos de indulgencia –, o lo que es peor aún, el hecho de castigar con cólera, como si hubiese una injuria que vengar en vez de una justa disci­plina a ejercer por el bien del hijo, sin que éste llegue a dudar de que le amamos, aunque le castigamos. Todas estas cosas son de naturaleza propicia para exasperar al hijo y desalentarlo. Sus afectos por los padres se enfrían; se desanima en los esfuerzos que puede ser que haya hecho para satis­facerles, y es conducido a buscar fuera, en el mundo tal vez, una felicidad que no halla en el seno de la familia.

 

El verdadero amor, sin debilidad, pero tierno, tal como conviene al niño, planta delicada que tiene necesidad de cuidados y sobre todo el calor del corazón de los que de él se ocupan: He aquí lo que debe presidir en la educación cris­tiana, a la imagen de la educación que Dios nos dispensa. Si Él nos disciplina es "para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad." (Hebreos 12:10). Es pues en el amor y según Su sabiduría, para nuestro bien.

 

Padres cristianos, debéis mostrar a la vez, la ternura, la solicitud, el discernimiento, la sabiduría y la firmeza, para educar a vuestros hijos. ¿Cómo conducirse en una tarea tan hermosa como difícil? Es viviendo esencialmente cerca de Dios, cerca de Cristo en Su comunión, para guardar siempre la calma que conviene al ejercicio de vuestro deber pater­no. «Si Cristo es reconocido – escribía un piadoso siervo de Dios –, la familia es un precioso hogar de dulces afectos, donde el corazón es educado en los lazos que el mismo Dios ha formado y que, al nutrir estos afectos, preservan de las pasiones y de la voluntad propia.»

 

Hacemos resaltar que mientras los hijos son exhortados a obedecer a sus padres, aquí la exhortación se dirige sola­mente al padre. Y esto es así porque en el corazón de la madre hay una ternura para sus hijos que hace que esta exhortación sea superflua para ellas. Pero las madres cristianas deben recor­dar que esta ternura no debe degenerar nunca en una indul­gencia que les conduzca a paliar las faltas o a esconder del jefe de la familia lo que debe ser reprendido y castigado en el niño. Que sean ellas las primeras en mostrar su respeto por la autoridad que Dios ha establecido en el hogar.

 

Gozosa es la familia que se mueve en esa atmósfera de amor, de paz y ternura. El mundo actual obtiene placer en menospre­ciar y ridiculizar esta cosa, que sin embargo, es de una gran­deza y dulzura inigualables. Una familia donde el Señor do­mine en Su gracia y habite en verdad, ¡qué poderoso testimo­nio!

 

B. S.

 

 

La obediencia de los hijos

 

(Efesios 6: 1, 3; Éxodo 20:12; Deuteronomio 5:16; Colo­senses 3:20.)

 

En el círculo de la familia cristiana, los hijos son educa­dos "en disciplina y amonestación del Señor" (Efesios 6:4). En realidad, la relación entre hijos y padres existe por doquier, pues esta relación es según la naturaleza, y según el pensamiento de Dios, de manera que allí donde haya hijos y padres, la obligación de la obediencia subsiste con toda su fuerza. Que esto no sea observado, no es otra cosa que el re­sultado del desorden que el pecado ha introducido en el mun­do. La desobediencia a los padres era un rasgo de la corrup­ción del paganismo (Romanos 1:30), y este rasgo volvemos a ha­llarlo en la corrupción que ha invadido el cristianismo (2ª. Timoteo 3:2). En efecto, en nuestros días vemos cómo se va abrien­do paso ese menosprecio general hacia la autoridad, lo cual es un signo precursor de la disgregación de la sociedad.

 

Razón de más, razón más fuerte para que en la familia verdaderamente cristiana, donde el Señor ocupa el lugar que le es debido, el principio de obediencia sea firmemente man­tenido, en la sabiduría y la dulzura, y esto desde la más tierna edad. La voluntad propia y la independencia se muestran des­de temprana hora; y por lo tanto desde la infancia debe ense­ñarse a los hijos la obediencia.

 

Nada más triste que comprobar la facilidad con que se les deja obrar, con entera libertad, sea por una total ignorancia de lo que les conviene para su bien, o por lo que es más gene­ral aún, para ahorrarse el perseverante esfuerzo que reclama la educación de los hijos.

 

Allí donde en familia, la vida cristiana es activa, allí donde se ora, donde la Palabra es leída, donde se está separado del mundo según Cristo, el niño aprende que la obediencia hacia sus padres le es impuesta de parte del Señor. "Esto es jus­to". El niño ve a sus padres amar a Cristo, someterse a Su Pa­labra, y él comprende el respeto y la autoridad divina. ¡Qué saludable preparación para el resto de su vida!

 

El verdadero adorno del niño en una familia cris­tiana es la obediencia, como siendo una cosa agradable en el Señor. Jesús de Nazaret estaba, aunque siendo Hijo de Dios, sumiso a José y a María (Lucas 2:51). El alcance de la obe­diencia está puesto ante los ojos de los hijos. Es en "todas las cosas". No solamente lo que agrada, sino lo que desagrada. El hijo obedecerá, puede ser bien a gusto, en aquello que con­viene a sus disposiciones naturales, o que está en armonía con sus deseos. En cambio, en otras cosas se disgustará y querrá razonar, discutir el porqué de lo que le es mandado o impe­dido. Debe, no obstante, obedecer en todo. Dios le ordena una entera obediencia. Esto afecta a su responsabilidad como hijo.

 

Padres, debéis enseñar esta obediencia a vuestros hijos sin provocadora tiranía, con paciencia, con ternura, pero sin de­bilidad; hijos, vosotros debéis obedecer. Y es así que pueden y deben desarrollarse (a medida que nos daremos el trabajo de explicar a los hijos las cosas que les asocian a la voluntad paterna), estas relaciones de confianza deferente que son la hermosura o el atractivo de la familia cuando los hijos se hacen mayores.

 

El apóstol no habla aquí de si alguien manda algo que esté reñido con la conciencia; esto sería un caso de ruinosa caída en el carácter paterno. Aquí se trata únicamente del orden normal en la familia cristiana. "Esto es agradable al Señor". En esto tenemos el motivo propio de animar a nuestros hijos a la obediencia. El lugar de los hijos así como de los padres, no es en el mundo, sino en el Señor. Desobedecer a los padres no es solamente obrar contra ellos, sino que es salir de la ben­dita relación que los une en el Señor.

 

El camino de la obediencia es el sendero del verdadero gozo.

 

B. S.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1963, No. 64.-

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