VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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UN ESPEJO

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UN ESPEJO

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

Existen muchas personas que al leer la Biblia por primera vez, quedan sorprendidas e incluso decepcionadas. Pensaban hallar un libro de exhortaciones piadosas, un conjunto de nobles y hermosos ejemplos propios para entusiasmar al alma y producir en ella el gusto por lo bueno o para el bien, algo así como esos libros de moral corriente que se dan a los niños para leer. Ahora bien, lo que encuentran desde las primeras páginas del Antiguo Testamento, es una historia de áspera verdad, la historia de hombres que en todas las épocas han mostrado las mismas tendencias, las mismas concupiscencias, las mismas pasiones, las mismas torpezas morales, esas que nos muestran aún nuestra llamada 'Sociedad Civilizada'. Al tomar el Nuevo Testamento, es para ver en los Evangelios la masa de criaturas humanas levantarse contra el Hombre perfecto. Leen las Epístolas, y he aquí que bajo la pluma de los apóstoles, al escribir a cristianos, se repiten sin cesar términos que denotan los peores pecados. La sorpresa de estos lectores va en aumento cuando, examinando de cerca los hombres que este libro declara que son "hombres de Dios", objetos de Sus cuidados y de Su gracia, en cierto modo los encuentran bien menospreciables. Aun aquellos que empuñan con más vigor el estandarte de la fe ofrecen etapas bien tristes en su vida. He aquí Noé, Dios lo preservó milagrosamente del diluvio y luego, ebrio, se degrada a ojos de sus hijos. Ved a Abraham, que salido de Harán iluminado por la esperanza de la recompensa divina, en Egipto y en Gerar viene a caer en una miserable poltronería simuladora. Isaac nos es presentado como aquel a quien por momentos apoderado de flaqueza, la carne domina, y Jacob como un in­trigante y ladrón. Aun José tiene sus errores y desfallecimien­tos. Moisés, honrado con la intimidad de su Dios, opone cons­tantemente su voluntad en contra de los designios de Jehová. La armonía de los cánticos de David no pueden hacer olvidar los desvíos de éste, que ocasionalmente fue déspota, sensual y cruel. ¿Y qué decir de los demás? ¡Verdaderamente que es una pobre compañía la de los protagonistas de la Biblia!

 

¿Cómo no ver precisamente en ello una prueba más de la autoridad de este Libro? Nos presenta a hombres sin arti­ficios, tal cual fueron. Si siendo como fueron objetos de la gracia de Dios ofrecieron tales espectáculos, ¿cómo no repe­tir que el corazón del hombre es incurable? (Jeremías 17:9). ¿De quién es la falta, si los hombres no han podido ofrecer un cuadro más atractivo, y si la corrupción y la violencia marcan toda su historia? Dios, de quien es dicho a menudo que mira toda la tierra, ve desfilar ante Sí, el largo cortejo humano. NADA ESCAPA A SU MIRADA y se ha complacido, en favor nuestro, fijar en Su Palabra, todos los rasgos mora­les de esta humanidad a la cual pertenecemos. Algunas imá­genes pasajeras han sido registradas exactamente, lo mismo que si hubiesen sido tomadas por un objetivo fotográfico que no puede ser influenciado por nada. Las fotografías están aho­ra ahí sin retoque alguno. Los hombres son hábiles y ejecu­tan lo que ellos piensan. Si la literatura nos presenta hombres degradados, el escritor halla el medio de excusarlos o de en­ternecernos en cuanto a su suerte, o de hacerlos aparecer co­mo excepciones. El libro de Dios jamás. 'He aquí dice cómo se han comportado los hombres, aun los más notables, y los más honrados; y más que esto, he aquí fielmente relatados los móviles ocultos que los han hecho obrar'. Los hombres están allí en su desnudez moral, mostrando – aun a pesar suyo – los secretos de sus corazones. Del conjunto de diversos aspec­tos, resaltando un rasgo de uno y otro rasgo de otro, Dios nos muestra la imagen del hombre en general.

 

Es una triste imagen. ¿Puede Dios sentirse satisfecho de ella? Tomad buena nota de esto: Si la Biblia nos parece que expone con complacencia las debilidades, incluso las de los hombres de Dios, ella no los excusa jamás; todo lo contrario. El mal siempre es el mal; horrible a los ojos de Dios, llaman­do a la condenación. Nadie podrá hacer decir, en cuanto a la Palabra, que Dios puede transigir con el mal, ¡jamás!

 

Así, esta galería de retratos que examinamos cuando lee­mos la Biblia, está acompañada de comentarios que subrayan, cada vez, el carácter odioso del pecado. Para hacerlos resal­tar más aún, la ley de Dios es formulada; Sus mandamientos, los cuales vienen a decir de Su parte: «He aquí lo que los hom­bres habrían debido hacer; he aquí lo que pedí de ellos y nadie cumplió; no, nadie, ni siquiera uno.» (Ver Romanos 3:10). Y ahora permítame, querido lector, que le pregunte: «¿Qué dice usted de sí mismo? ¿Ha dado satisfacción a la ley de Dios? ¿Podría, osaría usted decir, en conciencia, ante esta ley santa: 'Yo he dado cumplimiento a lo que Dios de­manda. Soy diferente de muchos. Siempre amé a Dios de todo mi corazón, de toda mi alma, de toda mi mente y a mi pró­jimo como a mí mismo; nunca codicié nada'?. Pues la ley exige todo esto. (Ver Lucas 10:27; Éxodo 20: 1-17).» Dios ha dado la respuesta: "No hay justo, ni aun uno". Y confirmando esta declaración, vuestra conciencia desde el interior clama: «Tú faltaste como los demás ¡Ay! amigos míos, examinaros sinceramente. Si os retiráis ante esta sombría galería de retratos, ¿no es acaso porque ellos son hombres como vosotros? Os halláis ante vuestros semejantes. No es por azar que el apóstol Santiago llama a la Palabra "un espejo" (Santiago 1:23). Es vuestra imagen que está allí fielmente reflejada y he aquí por qué os turba la sobrecogedora sensación de verdad que dan los relatos bíblicos. Puede que jamás hubieseis supuesto lo que podría ser vuestra fisonomía moral; pudiera ser que fueseis poseedores de rasgos nobles y que los hombres os los acreditaran. Pero el espejo de Dios está aquí. En estos hom­bres pecadores Él os dice: «Reconócete, reconoce tus deseos y tus instintos ocultos; es "tu rostro natural", y no aquel que se retoca con más o menos arte para aparentar más agraciado. Es tu verdadero rostro: ¡hete aquí tal como eres!» Aquel que es Único en el conocimiento del corazón humano, al revelar los pensamientos de algunos, los revela todos, y por ellos pone al desnudo los secretos del vuestro.

 

No volváis la espalda a una imagen que es tan fiel. Lograr comprender que no se debe olvidar que así sois. Consideraos, al contrario, en este espejo que es la Palabra de Dios. Todos los hechos que con razón reprobáis en estos hombres, cuya historia os es contada, ¿no encuentran algún eco en vuestro corazón? ¿No descubrís allí vosotros alguna raíz de cosas semejantes? ¿No buscáis aca­so alguna excusa a estas faltas, algún vestido para cubrirlas? Dios os ha preservado, puede ser, de su horroroso desarrollo, pero el germen está ahí. El espejo que no puede mentir dice: «Hombre, tú eres lo mismo que los demás hombres», y "todos han pecado" (Romanos 3:23 - VM). No trae ningún provecho decir que el hombre es un enigma. «¿Qué es el hombre?» pregunta uno. Ciertamente es un enigma para sí; este ser impotente para hacer el bien que le es propuesto. Pero para Dios no; Él le conoce y ha dictado ya la sentencia de juicio.

 

¿Tenéis acaso otra salida que la desesperación en semejante caso?

 

Pero volvamos a la Palabra. Dios toma vuestra propia pregunta: «¿Qué es el hombre?» (Salmo 8:4; Hebreos 2:6). Y en contraste con criaturas perdidas que somos, Él se complace en mostraros el hombre según Su corazón. No es ningún personaje ideal, imaginario o embellecido. Ha vivido, y Su vida nos es mostrada en páginas de una conmovedora simplicidad. ¿No le conocéis? Este es Jesús, el Hijo de Dios descendido a la tierra, quien también ha sido el Hombre perfecto.

 

Todo es perfección en este Jesús, y el mismo Dios ha po­dido declarar: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia." (Mateo 3:17).

 

Ciertamente esta perfección no hace otra cosa que con­trastar nuestra conducta culpable y nuestra miseria profunda. Esta perfección ha ofrecido también la ocasión de manifestar toda nuestra abyección: hemos odiado sin causa al Santo de Dios.

 

Pero, he aquí la maravilla de la gracia: esta perfección ha sido consumada en el sacrificio voluntario de este hombre divino, en lugar de los culpables que merecían el juicio eterno. Ha sido sobre la cruz, la propiciación por nosotros; si, por Él, Dios nos es propicio. A causa de Su cruz, Dios ejerce gracia y puede aceptar al pecador purificado, sin mácula, agradable como el mismo Jesús.

 

La misma Palabra testifica: "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios…" (Juan 1:12). El espejo divino refleja ahora el nuevo rostro de los que creen y los declara hijos de Dios: la fe los transfigura. Leed lo que dice de estos patriarcas – que el Antiguo Testamento revela sin piedad en sus flaquezas – el capítulo 11 de la epístola a los Hebreos: todo es hermoso, todo es puro, Dios se complace en decir lo que han hecho "por la fe." Así es de todos los que se acercan a El "por la fe": son rescatarlos de su condición; la propia imagen de Cristo cubre, por así decir, 'el rostro natural' de hombres pecado­res. Dios los ve en Jesús.

¡Ojalá pueda ser así para cada uno de los que leen estas líneas! En presencia del Libro de Dios, cada cual sea inclinado a decir: «Verdaderamente es el espejo de mi corazón; en él veo mi inmundicia. ¡Ay de mí!, que soy muerto.» (Isaías 6:5). Pero que todo esto nos mueva a decir seguidamente: «Veo a Jesucristo, muerto por mí, y no tengo ya nada que temer. Dios me ve tal como a Él. ¡El espejo refleja un hijo de Dios!»

 

Fin

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1963, Nos. 65 y 66.-

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