VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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LA TIERRA PROMETIDA

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LA TIERRA PROMETIDA

 

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano)

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

¿Quién de entre nosotros no ha deseado ver la tierra de Canaán, y contemplar ese buen país que Dios había prome­tido a los hijos de Israel, y en el cual entraron conducidos por Su poder? Si Dios no consideró, por Su voluntad, facilitarnos una ocasión a la mayoría de nosotros, es por la sencilla razón de que ningún provecho hubiésemos sacado de ello. Debemos re­cordarnos sin cesar que todo lo que es útil y bueno Él nos lo ha dado para que podamos gozarlo, y gozarlo abundantemen­te. En Su grande amor, Dios no quiere privarnos de ningún bien, y en Su Palabra nos ha dado el contenido de todo lo que nos es útil para enseñarnos e instruirnos en lo concer­niente a ese buen país, como también en relación con todas las cosas.

Si fuésemos más diligentes para inquirir todo lo que con­tiene esta buena Palabra, ¡cuán gozosos y bendecidos sería­mos! "Considera lo que digo; y el Señor te dé entendimiento en todo", nos dice 2ª. Timoteo 2:7. Si os parece bien, queridos lectores de Vida Cristiana, podemos hacer juntos, en el pensamiento, y sin desviarnos de lo que nos es dicho en esta Palabra, un pequeño viaje en este buen país, la tierra de promisión, que nos es descrita en Deuteronomio 8: 7-10, en los siguientes términos: "Porque Jehová tu Dios te introduce en la buena tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes; tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel; tierra en la cual no comerás el pan con escasez, ni te faltará nada en ella; tierra cuyas piedras son hierro, y de cuyos montes sacarás cobre. Y comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios por la buena tierra que te habrá dado." En el santo Libro, consideramos las principales cosas que nos son dichas de este país de paisaje tan variado. En él hallamos montañas y valles, fuentes y ríos, lagos y mares, llanos fértiles y de­siertos, rocas y cavernas, pueblos y ciudades, monumentos y sepulcros de grandes hombres. Por medio de estas cosas, Dios quiere edificarnos e instruirnos. Entremos pues, en pen­samiento, en este maravilloso país, que Moisés contempló des­de la cumbre del Pisga. No olvidemos que es una tierra santa sobre la cual hemos de andar con toda reverencia; y que pre­cisamos de un guía seguro para conducirnos, a fin de que no nos descarriemos. Este guía es el Espíritu Santo, solamente Él es quien puede hacerlo de una manera perfecta.

Antes de entrar en el país debemos considerar sus lí­mites. Estos nos son dados en Deuteronomio 11: 24-25: " Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro; desde el desierto hasta el Líbano, desde el río Eufrates hasta el mar occidental será vuestro territorio." Estos términos son repetidos en Josué 1:4. Pueden parecemos extraños: un desierto, una montaña, un río y la mar. Es un Dios sabio quien nos los da para nuestra instrucción.

 

1º.- EN EL DESIERTO, solamente hay arenas ardientes y espejismos traicioneros: es el lugar de las serpientes y los escorpiones, una tierra árida en la cual no puede sembrarse ni regarse, en donde no hay agua, donde sólo se oyen alaridos y se contempla desolación. Nada puede satisfacer las necesidades de nuestros ojos y de nuestros corazones; como cantamos a veces: 'Espantoso es el desierto – nada hay para el corazón – todo en él está en concierto contra la fe y su vocación'. (De 'Himnos y Cánticos' – No. 128) ¿Cómo podría un Dios de amor, un Dios que quiere nuestra felicidad, darnos heredad en un lugar semejante? Es imposible, pues Él quie­re que los Suyos estén gozosos y posean una buena heredad y bienes reales. El desierto es la imagen de este mundo con­siderado en su aridez. "Miré, y he aquí el campo fértil era un desierto, y todas sus ciudades eran asoladas", dice Jeremías (Jeremías 4:26). En efecto, así es, para los que han gustado las cosas celestiales: no hay nada, absolutamente nada que pueda satisfacer las necesidades de sus almas, nada que pueda satisfacer el corazón, pues todo es de tal manera, que la aflicción es su parte; es un desierto moral en el cual los que tienen su ciu­dadanía en los cielos no poseen parte alguna.

Querido lector: ¿dónde buscas tu parte, tu heredad? ¿aquí abajo o en los cielos? Es preciso primero franquear los límites del desierto para poder entrar en el país de la promesa y gozar de las bendiciones que son la parte del pue­blo de Dios. Si queréis el mundo, no podéis tener el cielo: estas dos cosas no pueden poseerse juntas a la vez. Cuan­to más habéis gozado de las cosas celestiales, más podréis experimentar que la tierra es un lugar desolado. Pero alguien dirá: «No todo es miserable en este mundo. Hay cosas pode­rosas, grandes, bellas, gloriosas y que por lo tanto tienen su importancia y su valor

 

2º.- EL LÍBANO, que es la segunda frontera o límite de la tierra de promisión, es una alta montaña; en otras épocas estuvo cubierta de magníficos y majestuosos cedros; el mismo profeta Isaías nos habla de la gloria del Líbano (Isaías 35:2). Pero el Líbano, a pesar de su grandeza y de su gloria, no superaba al desierto tampoco, como para merecer ser parte de la heredad del pueblo de Dios. Era un límite que no podía franquearse. Todo lo que es grande, poderoso y glorioso sobre la tierra, todo lo que tiene importancia a ojos humanos no podría formar parte de la heredad de los que tienen par­ticipación en la gloria eterna, la gloria que sólo viene de Dios. ¿Qué son los honores y el poder del mundo en presen­cia del Dios de eternidad ante el cual "las naciones son como una gota de agua que cae de un balde, y son estimados como una capa de polvo sobre la balanza."? (Isaías 40:15 - RVA). ¿Y los gozosos ciudadanos celestiales po­drían estar satisfechos por las cosas efímeras de este mundo? ¡No; imposible!

 

Queridos lectores de Vida Cristiana, ¿queréis entrar con­migo en este país, esta tierra de promisión, y explorarlo, no para satisfacer una vana curiosidad, sino para gozar y sacar provecho de las riquezas que hay en él? Dejemos pues las glorias de este mundo, así como sus miserias, atravesemos sus fronteras y entremos osadamente en este buen país. Nada habremos de lamentar. El apóstol Pablo, cuando estaba encarcelado, decía en relación con las cosas que en otro tiempo se glorió: "lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol" (Filipenses 3:8 – RVR1865).

 

Hay un tercer límite que debemos tener cuenta, por miedo a descarriarnos lejos del buen país y perder así el gozo de las bendiciones prometidas. Este límite es un gran río:

 

3º.- EL RIO EUFRATES, nombre que significa fertilizante.

Un río es una fuente de riquezas y prosperidad para el país que atraviesa. El río, en la Palabra, nos presenta el ca­rácter moral del mundo en su prosperidad. Numerosos son los que corren en pos de las riquezas y los bienes de la tierra. El salmista decía ya en el Salmo 4:6: "Muchos son los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien?". Pero estos bienes, ¿pueden hacer feliz al hombre, satisfacer su alma inmortal y llenar su corazón? Ciertamente no. Por consiguiente, el Dios de amor, no da en manera alguna una parte de estas cosas a los que quiere bendecir. Las riquezas perecederas no podrían, de ningún modo, formar parte de la herencia del pueblo celestial. Los hijos de Israel tenían por límite de su país el río Eufrates, y el pueblo de Dios actualmente no tiene parte en la propiedad de un mundo que va pasando. Hay mejores y más permanentes bienes, pues somos bendecidos espiritualmente, en lugares celestia­les en Cristo. Allá donde está Cristo, tiene Su porción, y Su mansión está también allí, y por eso, para este pueblo, ese lugar es la tierra de promisión. ¡Qué gozosa porción!, que podamos gozar de ella unos y otros.

 

4º.- EL GRAN MAR. La cuarta frontera del país de la promesa es el gran mar. El mar está en continua agitación; no hay reposo en él ni tranquilidad: una ola sucede a la otra, las habrá más fu­riosas o más grandes, pero nunca cesan. El país de la prome­sa termina allí donde el mar comienza; es una cuarta imagen por la cual Dios nos hace conocer el estado moral del mundo en el cual nos hallamos. El reposo no se halla en parte alguna. Las pasiones, la concupiscencia, la locura del hombre, le qui­tan todo el reposo, toda la paz y hacen de la tierra un mar agitado y a menudo furioso. El Dios de paz tiene algo mejor, reservado para los habitantes del país de la promesa: Les da la paz y el reposo a condición de que no traspasen los límites de Su heredad. ¡Los que buscáis la paz; los que suspiráis por el reposo, los que deseáis entrar en este buen país; a él se entra por la fe!

 

He aquí pues, en pocas palabras los límites. ¿Los hemos traspasado? ¿Hemos buscado hasta hoy nuestra porción en las cosas que de manera alguna pueden hacernos felices? En una palabra: ¿Hemos buscado la felicidad? No puede hallarse en las cosas de la tierra; es un lugar árido, seco, sin agua; las cosas grandes que en ella se hallan no pueden responder a las necesidades de nuestras almas, tampoco sus riquezas; y su continua agitación nos muestra la evidencia de que nadie halla la paz. Y sin la paz, ¿cómo ser feliz? Saquemos pro­vecho de las enseñanzas que Dios nos da en Su Palabra; Él es un Dios de amor que quiere nuestra dicha. Entremos pues, en el país de la promesa; solamente allí puede hallarse la fe­licidad.

Ahora bien, una pregunta se impone: ¿Por dónde entrare­mos en este buen país? En esto como en cualquier otra cosa nos conviene oír la voz de Dios en Su Palabra y dejarnos con­ducir por Su Espíritu. Entonces escucharemos una voz que nos dice: "Este es el camino, andad por él." (Isaías 30:21). Es un camino que nadie hubiese hallado, y que aun nadie hubiese soñado. El tercer capítulo del libro de Josué nos lo da a conocer: este camino pasa a través de las AGUAS DEL JORDÁN, incluso en tiempo de la siega, cuando se sale de su cauce.

 

EL RIO JORDÁN.- Es por allí donde Dios ha conducido a Su pueblo cuando lo hizo entrar en el país de la promesa. Evidentemente este camino es el mejor, y es el que debemos seguir también, si queremos entrar, pues nadie entre nosotros pensará ser más sabio que Dios para buscar otro, o entrar por diferente lugar. Se precisa Su sabiduría para ha­llarlo y Su poder para andar por él. En este camino, el hom­bre y sus pensamientos quedan enteramente de lado, pero Dios es glorificado y esto nos basta. ¡Oh el JORDÁN, cuántas cosas nos son dichas acerca de este río en las páginas del Santo Libro! ¡Cuán­to ansía la fe pasearse por sus riberas! ¡Cuántos recuerdos se identifican y cuántos motivos hay para la adoración! Amado lector, déjame que te conduzca y juntos, entrambos, bajo la mirada de Dios, repasemos en el corazón las escenas del Jor­dán. Este río es como una barrera infranqueable en aparien­cia, que se opone a la entrada en el país por ese lado, y es precisamente por ahí que Dios hizo entrar a Su pueblo y así le ha hecho contemplar las maravillas de Su poder desde su entrada a esta tierra de promisión.

En las profundidades del Jordán, frente a Jericó, se hallan doce piedras colocadas por Josué, como doce monumentos; allí están hasta hoy, como un memorial de lo que sucedió cuando las aguas del Jordán fueron partidas y el pueblo pasó a pie en seco para entrar en el país. ¿No merece la pena que nos detengamos unos momentos y meditemos? El arca del Señor de toda la tierra entró en ese lugar en las aguas del Jordán; las aguas en ese momento fueron divididas y el pueblo atra­vesó el río a pie seco sin traba alguna. "¿Qué tuviste,… oh Jordán, que retrocediste?" (Salmo 114:5 – BTX). ¿No nos enseñan nada nuestros corazones? ¿No ven nuestros ojos algo en este milagro?

Un pueblo culpable entra victorioso en el país de la pro­mesa a través de las aguas de la muerte y del juicio, pues el Señor de toda la tierra entró antes que ellos y por ellos; y en las profundidades de la muerte han quedado, como las doce piedras del fondo del Jordán; todo lo que eran y tenían, quedó allí.

El camino para entrar en el cielo, es el camino de la muer­te, pero de la muerte con Cristo. ¿Quién puede recordar los numerosos pecados que en otro tiempo tuvieron en el desierto estas personas? ¿Quién puede impedir que entren triunfantes si estos pecados quedaron para siempre en las profundidades de la muerte? ¡Qué maravilloso camino es el que nos conduce al país de la promesa! ¡Qué glorioso camino! "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1ª. Corintios 15:55).

No solamente Josué ha levantado doce piedras en el fondo del Jordán, sino que también ha ordenado a doce hombres entre los hijos de Israel, un hombre por cada tribu, de tomar doce piedras del fondo del río, de ponerlas sobre sus hombros y transportarlas al lugar del campamento: a Gilgal.

No lejos del Jordán se halla:

 

GILGAL.- Allí estuvo el cam­pamento después de la gloriosa entrada en la tierra de promi­sión. Lo primero que sorprende a nuestra vista al llegar a este lugar son ciertamente los doce monumentos que están erigidos. Hagamos un alto antes de proseguir el camino y sin duda será de provecho para nuestras almas, pues en esta tierra todo es propio para edificarnos e instruirnos. Estos monumentos son simplemente doce piedras que Josué hizo tomar del lecho del río Jordán. Recuerdan sin cesar, en un mudo, pero pode­roso lenguaje, la grandeza de Dios que ha introducido a Su pue­blo en la tierra que les había prometido; claman bien alto cual es Su fidelidad y Su supereminente poder. Un alma piadosa en Israel ¿podía volver a Gilgal sin tener el corazón conmovido y lleno de reconocimiento al considerar estas doce piedras? Eran los monumentos representativos de toda la nación; las doce tribus, sacadas, en figura, de las profundidades de la muerte, e introducidas por Dios en este hermoso país. Ahora que las sombras del Antiguo Testamento han cedido el lugar a las gloriosas realidades de las cosas celestes, ¿no nos dicen algo estas piedras? ¡Oh, sí! Sabemos que un pueblo rescatado, librado de la muerte y del juicio, es introducido en la Canaán celestial, verdadero país de la promesa, en virtud de la muerte y la resurrección de Cristo.

Querido lector, ¿conoces estas cosas? En esta muerte y en esta resurrección ¿has hallado la liberación del pecado, de la muerte, del juicio y la entrada en el gozo de cosas que están en los cielos? Este nombre de Gilgal puede parecemos extraño: significa "rodadura" ("Dijo entonces Jehová a Josué: Hoy he hecho rodar de sobre vosotros el oprobio de Egipto; por lo cual se ha llamado aquel lugar Gilgal hasta el día de hoy." Josué 5:9 – VM), pues allí fue­ron circuncidados los hijos de Israel; desde entonces fue qui­tado de encima de ellos el oprobio de Egipto. Todo lo que en ellos podía recordar Egipto fue quitado; todo lo que les ca­racterizaba en otro tiempo, todo lo que en ellos podía ser mo­tivo de gloria, había, por así decirlo, sido puesto en la muer­te. No puede entrarse en las bendiciones, si la muerte antes no ha pasado sobre todo lo que caracteriza al hombre; en la cruz, Dios ha terminado con él.

Ahora los hijos de Israel eran un pueblo nuevo. No sola­mente habían terminado con Egipto, casa de servidumbre, Fa­raón y todo su ejército, los hornos de ladrillos y el látigo del capataz, sino que ahora estaban ya en su heredad; el país que fluía leche y miel era de ellos y lo poseían; podían comer el trigo viejo de la tierra, trigo del cual se nutrían siempre en este buen país y que nos recuerda lo que Cristo ha sido desde toda la eternidad en el cielo; a saber, Aquél que ha hecho siempre las delicias del santo lugar, el gozo del Padre, la adoración de los ángeles y que también nos ha sido dado como nuestra por­ción. ¿Podríamos acaso desear otra mejor o más preciosa? ¡Felices aquellos que la conocen! "¡Gracias a Dios por Su don inefable!" (2ª. Corintios 9:15).

 

El Jordán y Gilgal son pues, dos lugares llenos de recuer­dos para toda alma piadosa, y gustamos, de buena voluntad, habitar y adorar a Aquel que sacrificó Su vida por nosotros, con el objeto de que tengamos una parte en el cielo, en donde también nos introduce como monumentos de Su gloria y Su poder.

 

JERICO.- Poco tiempo precisamos para ir de Gilgal a Jericó. Esta ciudad, en otro tiempo, debía ser muy hermo­sa: La primera vez que el Espíritu Santo nos habla de ella (Deutero­nomio 34:3), es nombrada como "la ciudad de las palmeras." Debía ser un lugar de permanencia agradable, con sus casas construidas entre graciosos árboles, verdaderos parasoles de verdor. Esto no impedía que el juicio de Dios debiera caer sobre esta ciu­dad a causa de la iniquidad de sus habitantes. Altas murallas la rodeaban, murallas tras las cuales sus habitantes se creían, sin duda, en perfecta seguridad, pero no les sirvieron de so­corro alguno, pues las mismas cayeron de por sí, al sonido de las trompetas de los hijos de Israel. Una vez más el poder del hombre ha sido debilidad ante Dios. Una vez más el so­corro proveniente del hombre ha sido vano.

A vista humana, la ciudad era inexpugnable; los Israelitas lo habían podido comprobar durante los siete días que la ro­dearon. Probablemente los hombres de Jericó se reían desde lo alto de sus bastiones de ese pueblo que daba vueltas alrede­dor de sus murallas durante siete días, pero ignoraban que era Dios el que combatía por Su pueblo. Al final de estos siete días después de haber dado la vuelta a la ciudad siete veces, "el pueblo gritó a gran voz y la muralla se vino abajo, y el pueblo subió a la ciudad, cada hombre derecho hacia adelante, y tomaron la ciudad. Y destruyeron por completo, a filo de espada, todo lo que había en la ciudad"; solamente una ramera llamada Rahab, fue perdonada con toda su familia. Poco antes de la ejecución del juicio sobre la ciudad, dos mensajeros enviados por Josué, vinieron a ella y Rahab los recibió en paz. Estos le dieron un signo, o señal cierta, de que la perdonarían: un cordón de grana (de hilo escarlata) que colgaba por la ventana que daba al muro; por consiguiente fue salva, así como todos los de su casa, que ella había reunido al abrigo del cordón de grana.

La destrucción de Jericó está aquí para ilustrar el juicio del mundo, en favor del cual, Dios usa de paciencia después de tanto tiempo. Aún hasta hoy ha enviado mensajeros anun­ciando la paz que ha sido hecha por la sangre de la cruz del Señor Jesús.

Algunos de los que oyen este mensaje lo reciben y son salvos; puestos al abrigo del juicio por la eternidad; los otros lo rechazan o no hacen caso alguno, y se privan así del único medio de salvación que está puesto a su disposición.

Durante más de quinientos años Jericó estuvo en ruinas; fue reedificada por Hiel, de Bet-el, bajo el reinado del impío Acab (1º. Reyes 16:34); al hacer tal cosa desafió la maldición pronunciada por Josué: "Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó." (Josué 6:26). ¿De qué no sería capaz el hombre que abandona a Dios? No solamente hace lo malo, sino que desafía al Todopoderoso.

Con el objeto de mostrar Su gracia soberana, nuestro adora­ble Salvador nos da el siguiente relato, el cual podemos trans­cribir íntegramente: "Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese." (Lucas 10: 30-35). ¡Mal camino el de Jericó! ¿Quién es este hombre que descendió por él? ¿Y quién el Samaritano que transitaba? ¿Le conocéis? Es aquél que libró a este desgraciado de su mi­seria y proveyó a sus necesidades. Es el mismo que volverá, pues dijo: "cuando vuelva...".

 

HAI.- Ante Jericó, tenemos la obediencia a la Palabra de Jehová y una grande victoria; ante Hai, la confianza en la sabiduría y en la capacidad del hombre, y cómo no, la derrota, la ver­güenza, la humillación y las lágrimas. Hai era una pequeña ciudad cerca de Jericó. Después de haber destruido esta última ciudad, Josué, en lugar de preguntar al Señor, había enviado desde Jericó unos hombres con el mandato de que exploraran el país. Los hombres subieron y exploraron Hai; volvieron a Josué y le dijeron: "No suba todo el pueblo,  sino suban como dos mil o tres mil hombres,  y tomarán a Hai;  no fatigues a todo el pueblo yendo allí,  porque son pocos." (Josué 7:3). Mas he aquí que los tres mil hombres, mas que suficientes para tomar la ciudad, fueron derrotados ante ella "por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua." (Josué 7:5). Fue preciso enlutarse, postrarse sobre el rostro y poner tierra sobre la cabeza. Sin Dios nadie puede tomar posesión de la tierra de promisión. Aun Josué ha tenido que aprender a sus expensas.

 

EL PASO DE MICMAS.- En Hai, tres mil hombres, con­fiando en sus propias fuerzas, huyeron y fueron derrotados ante el enemigo; en Micmas toda una guarnición fue puesta en huida y en derrota ante dos hombres, pero dos hombres que confiaban en el Señor y que combatían teniendo una misma mente y un mismo corazón. El lugar donde esta grande victoria fue lograda está cerca de Hai; y esto nos es narrado en el primer libro de Samuel, capítulo 13 y 14. Micmas está al lado Norte; en frente, hacia el Mediodía se halla Gabaa y, entre los dos, un valle. Uno de los pasos que permite una comunicación entre estas dos localidades se halla entre dos peñascos agudos. El nombre de uno era Boses y el del otro Sene. El uno se levanta del lado de Micmas y el otro del lado de Gabaa. La tierra de Israel es un país de montes y de valles, pero lo que da a esa comarca un atractivo particular no es solamente la hermosura severa del paisaje, sino más bien el hecho de la grande victoria lograda por Jonatán, el hijo del rey Saúl, juntamente con su escudero de armas. Jonatán es una de las figuras más simpáticas del Antiguo Testamento. Su desintere­sado y maravilloso amor por David, el ungido de Dios, es de lo más conmovedor. Lo amaba como a su alma, y desnudán­dose su ropa, la dio a David, así como otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y su talabarte. No solamente hallamos en él un gran amor, sino también una gran fe que brilla con un vivo resplandor en esta victoria de Micmas.

Jonatán estaba con el rey, su padre, y el campamento de los Hebreos en Gabaa, alrededor de seiscientos hombres. Los Filisteos, que eran los peores enemigos del pueblo de Dios, acampaban en Micmas, devastaban el país y habían logra­do que no existieran forjadores, de manera que el día de la batalla, no se halló ni espada ni lanza en manos del pueblo que estaba con Saúl y Jonatán; solamente éstos la tenían. "Y la guarnición de los filisteos avanzó hasta el paso de Micmas." (1º. Samuel 13:23). ¿Quién podrá pues, en semejante caso, combatir contra ellos? Todo parecía estar favor de ellos: la fuer­za de las armas y la misma disposición del terreno.

Un día Jonatán dijo a su criado que le traía las armas: "Ven, pasemos a la guarnición de estos incircuncisos; quizá haga algo Jehová por nosotros, pues no es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos. Y su paje de armas le respondió: Haz todo lo que tienes en tu corazón; ve, pues aquí estoy contigo a tu voluntad. Dijo entonces Jonatán: Vamos a pasar a esos hombres, y nos mostraremos a ellos. Si nos dijeren así: Esperad hasta que lleguemos a vosotros, entonces nos estaremos en nuestro lugar, y no subiremos a ellos. Mas si nos dijeren así: Subid a nosotros, entonces subiremos, porque Jehová los ha entregado en nuestra mano; y esto nos será por señal. Se mostraron, pues, ambos a la guarnición de los filisteos, y los filisteos dijeron: He aquí los hebreos, que salen de las cavernas donde se habían escondido. Y los hombres de la guarnición respondieron a Jonatán y a su paje de armas, y dijeron: Subid a nosotros, y os haremos saber una cosa. Entonces Jonatán dijo a su paje de armas: Sube tras mí, porque Jehová los ha entregado en manos de Israel. Y subió Jonatán trepando con sus manos y sus pies, y tras él su paje de armas; y a los que caían delante de Jonatán, su paje de armas que iba tras él los mataba. Y fue esta primera matanza que hicieron Jonatán y su paje de armas, como veinte hombres, en el espacio de una media yugada de tierra. Y hubo pánico en el campamento y por el campo, y entre toda la gente de la guarnición; y los que habían ido a merodear, también ellos tuvieron pánico, y la tierra tembló; hubo, pues, gran consternación." (1º. Samuel 14: 6-15) ¡Qué victoria! ¡Es la victoria de la fe! Después de esto el pueblo salió en persecu­ción del enemigo y se lanzó sobre el botín. Sí, estos dos hom­bres han podido decir como el bienaventurado apóstol Pablo mucho tiempo después: "Todo lo puedo en Cristo que me for­talece" (Filipenses 4:13).

 

¿Dónde están las murallas de Jericó? ¿Dónde han venido a parar las guarniciones apostadas en lugares fuertes ante Aquel que es Jehová de los ejércitos, de Aquel que tiene bajo Su mando todos los ejércitos celestiales; las miríadas de ánge­les poderosos en fortaleza que ejecutan Su Palabra, obedecien­do la voz de Su precepto? Cuando nuestra fe se debilita, cuan­do el enemigo de nuestras almas nos turba o nos priva de nues­tras bendiciones, volvamos a Micmas, y cobremos ánimo.

Puede que alguno de los lectores de "Vida Cristiana" qui­siera gozar de las cosas celestiales, de las riquezas del verdade­ro país de la promesa y sin embargo, puede que se encuentre en las redes del enemigo que le impiden entrar y gozar. Alguien que toda­vía está cautivo del pecado y sus concupiscencias. Si esto es así, querido lector, acude a Micmas y oye la voz de Jonatán: el cual difunto habla aún.

 

BET-EL.- Suidamente, querido lector, iremos a Bet-el. Este nombre significa casa de Dios. ¡Cómo!, ¿tiene Dios una casa en la tierra? Sí, ciertamente. Por lo demás, venid y ved. El Dios que los cielos de los cielos no pueden contener, ha queri­do habitar en la tierra, con los hombres y revelarse a ellos.

En Bet-el (Génesis 28: 10-22) Jacob vio, en sueños, una escalera cuyo extremo tocaba en el cielo. ¡Oh!, querido com­pañero de viaje en la tierra de promisión, ¿ha pensado usted, ha contemplado esta maravillosa escalera? ¿Ha meditado us­ted sobre la casa de Dios? El Dios de los cielos se interesa por el hombre, aunque éste sea un pobre culpable que huye ante una cólera que había merecido, enviando los ángeles que son sus poderosos servidores para ocuparse de él. Estos subían y descendían por la escalera. Y aún más, el mismo "Jehová es­taba en lo alto de ella".

Agur, en Proverbios 30:4, podía decir: "¿Quién subió al cielo, y descendió?" Pensaba, sin duda alguna, que para conocer las cosas celestiales era preciso que alguien pudiera subir y vol­ver a descender para explicárnoslas; pero en cambio nadie había pensado que Aquél que está en el cielo quisiera venir y descender a la tierra a fin de dárnoslas a conocer. Sí, el Hijo de Dios, que está en el cielo, se ha complacido en venir entre los hombres, bajo la forma de un Siervo perfecto, y nos ha hecho conocer el amor eterno e insondable de Dios que habita en la luz inaccesible, que jamás ha visto ojo alguno, ni puede ver. La Palabra ha sido hecha carne y ha habitado entre nos­otros; el Dios de Bet-el estaba en lo alto de la escalera.

"Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?" (Efesios 4:9), hacía los más miserables, en donde murió para salvarlos. Después de esto subió a los cielos, en donde entró como precursor, preparando así lugar para nosotros. ¡Gozosos aquellos que confían en ÉL!

Que Dios, el Dios de Bet-el, no reprocha nada a Jacob, es cierto. Por el contrario, le hace grandes y preciosas prome­sas, gratuitas y sin condiciones, mostrándole así toda Su gra­cia siendo él aún culpable. Nos parece que Jacob debía estar gozoso y debía prosternarse para adorar en Bet-el. Pero no, en vez de esto, está espantado: "!Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo." (Génesis 28:17). ¿La casa de Dios, un lugar terrible? Sí, es terrible para los que tienen una mala conciencia, para los que no están en regla con Dios en rela­ción con sus pecados, pues Dios es santo y la santidad con­viene a Su casa. (Salmo 93:5) ¡Pobre Jacob! No se hallaba en muy buen es­tado para gozar de las delicias de la casa de Dios, y tampoco podía, en toda simplicidad, apropiarse las promesas que Dios le había hecho. Con una piedra levanta una señal y derrama aceite sobre ella. Después hace un trato con Dios, pensando po­der obrar con Él como había hecho con su hermano Esaú y como hizo, más tarde, durante veinte años con su tío Labán: «Si tú me das», dice él, «yo te daré...» El Soberano poseedor de los cielos y de la tierra ¿tenía necesidad de lo que Jacob po­día ofrecerle? Y se atreve a decirle: «Si tú me das, yo te daré», ¡al que le había hecho todas las promesas sin condicio­nes! ¡Cuán extraña es la gracia para el corazón humano! El recibir gratuitamente es insoportable a su orgullo.

Tiempo después, más de veinticinco años, Jehová dijo a Jacob: "sube a Bet-el, y quédate allí" (Génesis 35:1). He aquí un trabajo que preliminarmente debía hacerse en su casa: quitar los dioses extraños, purificarse y cambiar sus vestidos. Parece ser que hasta aquél entonces no se había ocupado de estas cosas malas, pero ¿cómo ir a la casa de Dios con los vestidos sucios y con los ídolos? Para soportar Su presencia Él precisa que todo esté en orden en nuestros corazones, en nuestra vida y en nuestras cosas. Bet-el es un bendito lugar, donde se goza de la pre­sencia de Dios y se adora, pero no olvidemos, es un lugar de santidad.

 

Precisaríamos poder terminar aquí nuestro relato y habi­tar en Bet-el, pero la locura del hombre ¿no se ha mostrado acaso por doquier y aun en los medios más benditos, más sa­grados, habiendo arruinado en muchos casos la obra? Siglos más tarde, un rey, Jeroboam, que de todas formas conocía bien al Señor, pues fue el mismo Señor quien le prometió el reinado por boca de su siervo Ahías silonita, hizo dos bece­rros de oro y puso uno en Dan y otro en Bet-el, y de esta forma quedó establecida la idolatría en la casa de Dios (1º. Reyes 12: 28-33). Se hicieron casas sobre los lugares altos y se establecieron por sacerdo­tes hombres que no pertenecían a la familia sacerdotal: La casa de Dios fue convertida en una abominación.

No es ya en Bet-el donde se debe ir a buscar al Señor, ni tampoco en Jerusalén, donde habitó por largo tiempo, sino que Él hace sentir Su presencia en medio de los dos o tres que su Nombre ha reunido, pues Él ha dicho: "donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos." (Mateo 28:20 – VM).

 

EL ARROYO DE JABOC.- Ahora vamos a empezar nues­tro viaje remontando el curso del Jordán. Numerosos afluentes, la mayoría sin importancia, van a desembocar en él. Ha­remos una parada en dos de ellos: los arroyos de Jaboc y Querit.

En sus aguas, nuestro divino Guía se complacerá en ense­ñarnos algunas preciosas lecciones. Nos situará por encima de nuestro pobre nivel espiritual y nos elevará a la altura de los pensamientos de Dios: pensamientos que son más altos que los nuestros, como los cielos son más elevados que la tierra.

Cinco o seis veces, en el divino libro, hace referencia al arroyo de Jaboc; siendo el pasaje más familiar el de Gé­nesis 32, donde Jacob, volviendo al país de la promesa, después de una permanencia de unos veinte años en casa de Labán, se halla angustiado al pensar que puede encontrarse cara a cara con su hermano, el cual viene hacia él con cua­trocientos hombres.

Este pobre Jacob, mediante astucia, había usurpado la bendición de su padre en detrimento de su hermano. Este último se con­solaba diciendo en su corazón: "Llegarán los días del luto de mi padre, y yo mataré a mi hermano Jacob." (Génesis 27:41). ¿Habrían cambiado sus sentimientos? ¡Podemos bien comprender la an­gustia de Jacob! ¿Qué va a hacer con esos cuatrocientos hom­bres? Según sus propios pensamientos, hace sus planes; divide sus ganados en dos cuadrillas, después ora y continúa sus propios arreglos, preparando un presente, por el cual piensa aplacar la ira de su hermano, como si el Dios que había invo­cado no pudiera arreglarlo todo e inclinar el corazón de Esaú. Pobre estado de un corazón que ha vivido lejos de Dios, en el cual no hay tranquilidad, ni paz, porque no sabe confiar en El, y no vive en Su comunión. He aquí los resultados de una mala conciencia y de una vida pasada lejos de Dios.

Durante la noche Jacob se levanta: sus precauciones y su oración no le han tranquilizado y no le permiten dormir en paz. Hace pasar el vado del arroyo de Jaboc a su familia y a todo lo que le pertenecía, pensando que al otro lado del torrente estarán más seguros; él queda sólo sin pasar el torren­te, allí en Peniel: ¡sólo con Dios!

En aquel lugar, el Dios fiel va a enseñarle que su fuerza no es otra cosa que debilidad y que la potencia sólo es de Dios, pero no solamente esto: ha sido preciso luchar con él hasta el alba y tocarle el encaje de su muslo. Desde ese mo­mento Jacob cojeó y debió servirse de un cayado, el cual con­servó hasta el fin de su peregrinación y sobre el borde del cual adoró estribando en la hora de su muerte. A cada paso sentía su debilidad, pero había visto a Dios cara a cara y su alma había sido liberada: Peniel quiere decir, rostro de Dios. La aurora de un día nuevo resplandecía para él: "Y cuando había pasado Peniel, le salió el sol." (Génesis 32:31).

 

Querido lector: ¿conoces el arroyo de Jaboc? Una vez en la vida, ¿has pasado a Peniel? Allí se lucha, se llora, se ruega y se suplica, de allí se sale herido, pero libertado; des­de ese momento la luz celeste puede alumbrar nuestro sendero.

 

EL ARROYO DE QUERIT.- Querit es el segundo to­rrente en donde nos pararemos ahora. Una cosa nos sorprende al llegar: su insignificancia, su poca importancia; en muchas cartas geográficas ni siquiera se menciona. Poco nos importa, puesto que Dios nos habla de él, así que escuchemos y nos instruirá; a menudo es por las pequeñas cosas que nos enseña las grandes lecciones. Lo mismo nos habla del hisopo, que crece en la pared, que de los cedros del Líbano; de la pequeña hormiga, que es sabia entre los sabios, que del león, el más fuerte de los animales. Felices aquellos que oyen Su voz y pueden decir con el salmista: "!Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación. Más que los viejos he entendido, porque he guardado tus mandamientos; !Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca." (Salmo 119: 97, 100, 103).

Durante tres años y seis meses los cielos fueron cerrados por la palabra de Elías tisbita. En ese tiempo no hubo ni lluvia ni rocío, como castigo de Dios sobre Su pueblo infiel, que había abandonado al Señor para servir a falsos dioses. La palabra del Señor vino a Elías diciendo: "Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer. Y él fue e hizo conforme a la palabra de Jehová; pues se fue y vivió junto al arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Y los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde; y bebía del arroyo." (1º. Reyes 17: 3-6).

¡Oh la locura de un corazón que se aleja de Dios! Para un alma así, solo la sequedad, la miseria y el castigo son su parte! ¡Oh bendición de un corazón que se confía en Dios! "Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto." (Jeremías 17: 7-8).

Todo el pueblo padecía hambre, mientras que Elías, cerca del arroyo no estaba necesitado de nada: el Dios que hacía manar las aguas de Querit había ordenado a las nubes del cielo retener sus aguas, y había también mandado a los cuer­vos, que trajeran comida al profeta. Lo mismo manda en los cielos que en la tierra y nadie que haya confiado en Él ha sido confundido. Para esto es preciso una dependencia con­tinua. Por la tarde, Elías no sabía lo que comería por la ma­ñana, y por la mañana no ignoraba lo que tendría en su mesa por la tarde, pero el Dios fiel jamás faltó a su promesa: ¡Gran­de es Su fidelidad!

Después de un tiempo, el arroyo de Querit se secó, pero los recursos de Dios nunca se agotan y durante todo un año, la harina de la tinaja no escaseó, ni la vasija del aceite de la viuda de Sarepta menguó. (1º. Reyes 17:16). Los medios que Dios emplea en favor de los suyos pueden variar, pero Él no cambia nunca. ¡Oh, Querit, tus mismas aguas pueden cesar!, pero los recur­sos y la fidelidad de mi Dios no pueden faltar.

Bienaventurados los que confían en El, por el tiempo y la eternidad.

 

EL MAR DE TIBERIAS, o LAGO DE GENESARET, o MAR DE GALILEA.- Remontando el curso del Jordán, llegamos al mar de Ti­berias, conocido también por el lago de Genesaret. Las aguas agitadas a veces por vientos violentos, están casi por en­tero rodeadas de colinas y montañas de escasa altura. No es la hermosura de su ribera lo que encanta de este lago, sino los mil recuerdos que evoca al corazón de toda alma piadosa: los santos pies del Salvador del mundo han pisado sus orillas. A menudo, cerca de sus aguas, y también sobre las mismas, agitadas o en calma, ha manifestado Su poder y ha realizado gran número de sus milagros. Sentado en una barquilla, en­señaba a las multitudes, las cuales reunidas en la ribera, acu­dían a Él para oírle. Allí les hacía saber cosas que nunca habían subido al corazón del hombre.

Cuando anduvo a lo largo de sus orillas vio a Simón, con Andrés, su hermano, que lanzaban la red, pues eran pescadores. Jesús les dijo: "Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres." (Mateo 4:19). Entonces ellos, dejadas las redes le siguieron. Pasando más adelante, vio a Jacobo y a Juan, su hermano, en una navecilla, aderezando sus redes; entonces los llamó; y dejando a su padre con los jornaleros, fueron en pos de Jesús. ¿Se han arrepentido alguna vez estos cuatro discípulos de haber seguido al Señor? Ciertamente que no. Ocupados con sus redes, durante años, ellos habrían conti­nuado su ruda labor, después habrían muerto, sin haber co­nocido la felicidad y al fin se hubiesen hallado cara a cara con Dios en juicio, "así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio." (Hebreos 9:27 – LBLA). Al seguir a Jesús, han hallado ya en esta tierra cien veces más que lo que dejaron. ¿Y quién podría explicar lo que tiene reservado como porción eterna, cuando disfrutarán de la misma gloria que su Señor y Sal­vador?

De Andrés, no nos es dicho mucho, pero sabemos que el Señor, en Su día nos dará a conocer lo que hizo por medio de Su discípulo. Simón vino a ser el apóstol Pedro, bien cono­cido, el pescador de hombres quien, en una sola predicación, condujo tres mil almas al Salvador. Jamás en sus años de pescador profesional había recogido una redada semejante en las aguas del lago de Genesaret. El Señor le ha concedido, también, la gracia de poder (por sus palabras y sus dos epís­tolas, que nos han sido conservadas), tener cuidado de las ovejas y los corderos del buen Pastor.

El apóstol Santiago, el mayor, ha tenido el honor de dar su vida por su Salvador: durante toda la eternidad llevará la corona de mártir, lo mismo que el apóstol Pedro. En cuanto al apóstol Juan, el discípulo amado, ha podido reclinarse so­bre el seno del Señor y conocer así todo el amor que hay en Su corazón. Más que todos los demás, habla de este tema en sus relatos, y en la eternidad podrá gozarlo abundantemente y perfectamente. No, nada se pierde dejándolo todo por seguir a Jesús; al contrario: todo se gana. Dejaron el lago de Genesaret, sus encantos y recursos, por el cielo y sus felicidades.

 

Sobre las aguas de este lago, unos pescadores habían pa­sado toda la noche fatigados sin pescar nada. El Señor dijo a Simón, que era uno de ellos: "Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar." Simón le recordó que esto ya lo ha­bían realizado toda la noche, pero que en su palabra echa­ría la red. Nadie se confía en vano en Él. "Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía… y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían." (Lucas 5: 1-11). Aquél que ha creado todas las cosas, estaba bajo la forma de un hombre, en la ribera de ese lago, del cual era el arquitecto y ordenaba a los peces, que son Sus criaturas, de juntarse en la red. Y todavía más; hablaba a la conciencia de los que estaban presentes: "Apártate de mí, Señor, porque soy hom­bre pecador", dijo Simón. Ante los hombres uno puede pare­cer justo, escondiendo sus faltas, engañar a los otros, enga­ñándose a sí mismo, mas en presencia de Aquel que todo lo conoce, ¡es preciso reconocerse pecador y perdido!

Pero el Dios Creador que estaba en medio de los hom­bres es también el Dios Salvador. Había venido a las ribe­ras de Genesaret para salvar: No temas, le dijo. Misterio de la gracia divina...

 

Un atardecer, una barquilla navegaba sobre las aguas del lago, y he aquí que se levantó un viento recio de suerte que las aguas la henchían. Grande es el aprieto de sus ocupantes: "Suben a los cielos, descienden a los abismos; sus almas se derriten con el mal." (Salmo 107:26). ¿Van a ser engullidos por las aguas? Ved sus esfuerzos comunes para ganar la orilla. Solamente uno entre ellos parece no preocuparse del peligro. Está en la popa, durmiendo sobre un cabezal. Los otros le despiertan y le dicen: "¿Maestro, no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza." (Marcos 4: 35-41). ¿Quién era pues Aquél, que el viento y la mar le obedecían? Solemne pregunta dejada a la conciencia de todo hombre.

Querido lector, ¿quién entre vosotros puede resolverla? Un niño responderá, sin vacilar: sólo Dios puede hacerlo, nadie más que Él puede hacerse obedecer por los elementos desencadenados. Sí, es cierto, perfectamente verdadero. Sin embargo, quién esto hacía, ¡era un hombre que dormía sobre un cabezal! ¿Quién nos explicará este misterio? Sentémonos a la orilla del lago y meditemos. ¡Qué tierra de maravilla, el país de la promesa!

 

LOS ALREDEDORES DEL LAGO DE GENESARET.- No queremos dejar la orilla del lago de Genesaret, rica en recuerdos preciosos para todos los que aman al Señor Jesús, sin echar una ojeada rápida sobre las ciudades que lo rodean. Tiberias es la más importante, pero no nos ocuparemos de ella. Solamente está mencionada una o dos veces en los evan­gelios, y sin relacionarla con hechos importantes de la vida de nuestro adorable Salvador.

 

Muy hacia el norte se encuentra Magdala, pequeña ciu­dad, cuyo nombre es precioso a nuestros corazones, pues es añadido al nombre de María, de la que el Espíritu Santo se complace en recordarnos el gran amor que tenía para su Señor y Salvador: María de Magdala (o, María Magdalena). Esta mujer había sido de lo más miserable: había sido poseída por siete demonios y el Señor la había librado. No queremos contar aquí su historia, por preciosa que sea, pero pidamos, vosotros y yo, amados lectores, poder amar al Señor como esta mujer lo ha amado. Que nuestros corazones sean todos para Él. ¿No es acaso digno de Aquel que para salvarnos dio Su vida en una cruz?

 

Continuando nuestro viaje, llegamos a Dalmanuta. Una vez solamente el Señor vino y, no se detuvo. Dejándoles, nos es dicho, volvió de nuevo a subir a la barquilla y pasó a la otra parte. (Marcos 8: 10-13). ¿Por qué una sola y corta visita? Tan pronto llegó se pusieron a disputar con Él y a demandarle señal del cielo. En lugar de regocijarse de la venida del Salvador, osaban dis­cutir con Él. ¿Había pues venido del cielo para discutir con Su criatura, o para salvarla? Su poder, ¿estaba a disposición del hombre para distraerle, para satisfacer su curiosidad, o para arrancarlo de su miseria? Dalmanuta ha perdido al Salvador. Después de suspirar profundamente se ha ido.

 

Más lejos aún, y he aquí Capernaum; en esta ciudad el Señor ha habitado. Sus pies santos han pisado sus calles. En la misma Capernaum, así como en Corazín y Betsaida, dos ciu­dades muy cercanas a Capernaum, el Señor ha hecho el mayor número de Sus milagros. Con una santa actividad ha realizado Sus obras de amor y también les ha enseñado en la sinagoga ¡y con qué enseñanzas! El resultado fue que, sobre esas tres ciudades, debió pronunciar sus 'ayes'. Ayes que son tanto más solemnes por el hecho de que fueron pronunciados por Aquél que es el mismo amor. Una completa indiferencia ha impedido a los hombres de estas ciudades aprovechar la gracia que estaba en ellas. ¿Qué les espera ahora? ¡Un juicio más terrible que el de las ciudades culpables de Sodoma y Gomorra! En estas dos últimas ciudades se hacía el mal, en Capernaum, Betsaida y Corazín, se menospreciaba la gracia de Dios mani­festada en la persona de Su Hijo. Esta gracia no había tocado sus corazones y no se habían arrepentido.

 

Y en fin, del otro lado, la ciudad de Gadara, bien conocida por la liberación del endemoniado Legión y la destrucción del hato de cerdos, que precipitándose en el abismo ca­yeron al lago y se ahogaron (Mateo 8: 28-34). En Dalmanuta discutieron con el Señor, en Capernaum quedaron en una culpable indiferen­cia y en Gadara le rogaron que se fuese. El Salvador ha sido rechazado, los habitantes de estas ciudades no se han dado cuenta de Su gracia y Su poder y, en consecuencia no pue­den esperar otra cosa que el juicio. Antes de continuar nuestro viaje, recibamos instrucción de todo esto y no nos expongamos a hacer como ellos; pues de otra manera nuestra permanen­cia en estos lugares habría sido infructuosa.

 

NAZARET.- Vamos a dejar, estimado lector, las orillas del lago de Genesaret, que espero no habremos visitado sin haber sacado algún provecho, y tomando nuestro báculo de peregrinos con­tinuemos nuestro viaje. Cuando voy de viaje me gusta llevar mi bastón y es raro que salga de casa sin él. ¡Es un apoyo que cuesta poco llevar y en cambio presta preciosos servicios! ¡Es bueno tenerlo cuando la fatiga nos vence; qué socorro más oportuno nos ofrece cuando hemos de subir una cuesta! Aun cuando nos detenemos, es sobre el mango de nuestro bastón que nos apoyamos. Un báculo es instrumento propio para te­nernos humillados, pues nos recuerda nuestra flaqueza y la necesidad que tenemos de apoyarnos sobre Otro en todo tiem­po; nos recuerda que somos viajeros sobre la tierra; dichosos los que saben que la tierra de promisión es el fin de su viaje, más dichosos aun aquellos que, como Jacob, adoran "apoya­dos sobre su bordón". Tomemos pues el nuestro y, conscientes de nuestra debilidad, dirijamos nuestros pasos hacia Nazaret.

Estamos en un país de montañas y de valles: que es lo que a fin de cuentas caracteriza todo el país de la promesa; así nos lo enseña el libro de Deuteronomio ("la tierra adonde vas a pasar para tomar posesión de ella, es tierra de montañas y de valles, que es regada con las lluvias del cielo" Deuteronomio 11:2 - VM). La misma ciu­dad de Nazaret está edificada sobre una montaña escarpada (Lucas 4:29). En otro tiempo, los habitantes de esta ciudad eran fuertemente menospreciados por los judíos, de tal manera que un verdadero Israelita, en quien no había engaño podía decir: "¿De Nazaret puede haber algo de bueno?". (Juan 1: 45-51). Es en un tal lugar que el Señor de la gloria, el sólo Justo, el sólo Santo ha querido habitar bajo la forma de un niño y bajo el techo de un humilde carpintero. ¿No le han nombrado acaso Jesús de Nazaret? Cuando desde lo alto el Sol de la aurora ha visitado la tierra ("A causa de las entrañas de misericordia de nuestro Dios, Con las cuales nos visitará desde lo alto el Sol de la aurora" Lucas 1:78 – BTX), ha venido para hacer brillar la luz celestial en medio de las tinieblas del pecado que cubrían esta ciudad. Más tarde, durante Su ministerio, cuando Su fama se extendía en todo el país alrededor de Galilea, volvió de nuevo a Nazaret y enseñando en la sinagoga se puso a anunciar las buenas nue­vas a los pobres, el cumplimiento de las promesas maravillosas de Isaías, la liberación de los cautivos, el recobro de la vista a los ciegos, la libertad a los quebrantados y a publicar el año agradable del Señor. En un principio se maravillaron de Sus palabras y al final, llenos de ira contra Él, quisieron despe­ñarlo desde la cima de la montaña: Siendo sus obras malas, han preferido las tinieblas a la luz. ¡Oh, Nazaret! Tú, por quien los hombres no tenían estima alguna, el Hijo de Dios no te ha menospreciado; ha descendido hasta ti, y te ha visitado. A pesar de esto, Su gracia no ha podido tocar tu corazón, tus hijos sólo han tenido para Él odio y menosprecio y a causa de Su amor se han constituido enemigos.

¿No es para estar llenos de tristeza al ver a los culpables menospreciar la gracia y el perdón, rehusar una salvación gratuita, traída del cielo por el Hijo de Dios, salvación para pequeños, pobres y desdeñados? Es con este sentimiento de tristeza que vamos a dejar Nazaret. ¡Ay!, no es sólo Nazaret el lugar donde los hombres son lo suficientemente insensa­tos para obrar de tal manera.

 

EL VALLE DE JEZREEL.- Al descender de la montaña, nos hallamos en los llanos de Jezreel, regados por el arroyo de Cisón y sus diversos afluentes. Es una comarca bien conocida por los lectores del Antiguo Testamento, donde numerosas citas la mencionan. Sus habitantes poseían carros herrados. Cuando los hijos de Israel tomaron posesión del país Josué dijo a los hijos de José: "arrojarás al cananeo,  aunque tenga carros herrados" (Josué 17:18); ¿qué re­presentaban, en efecto, los carros de hierro ante el poder de nuestro Dios? Él ha hecho la tierra y los cielos y desea poner toda Su omnipotencia a nuestra disposición para guardarnos, para conducirnos y darnos en posesión una herencia que no está en la tierra, sino en el cielo. ¡Felices los que en Él con­fían! Dos historias, siempre las mismas, se repiten cada día entre los hombres; a pesar de la diversidad de sus formas, siempre llevan el mismo título: la Fe y la Incredulidad.

¿Vamos a considerar todas las escenas de violencia y de maldad de un Acab y de una Jezabel en Jezreel? ¿De qué cosa no es capaz el hombre que olvida a Dios, que quiere hacer su propia voluntad y satisfacer las concupiscencias de su corazón? Allí hicieron morir a Nabot el justo, que no quiso desobedecer la ordenanza de Jehová en relación con su heren­cia en el país de la promesa. Esta desgraciada y malvada reina Jezabel había olvidado el juicio de Dios sobre los que hacen el mal y fue comida por los perros en el muro de Jezreel; y su cuerpo fue cual estiércol sobre la faz de la tie­rra en la heredad de Jezreel. (2º. Reyes 9: 30-37) ¿Valía la pena adornar su ca­beza y poner pintura en sus ojos momentos antes de la ejecu­ción de su juicio? ¡Hasta qué extremos llega el orgullo y la locura!

 

El valle de Jezreel está rodeado de algunas montañas: ante nosotros está el Carmelo, sobre el cual Elías, el profeta, reunió todo Israel, los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y los cuatrocientos profetas de los bosques, que comían en la mesa de Jezabel y les dijo: "¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opiniones? Si Jehovah es Dios, ¡seguidle!... Dennos, pues, dos toros. Escojan ellos un toro para sí, córtenlo en pedazos y pónganlo sobre la leña; pero no pongan fuego. Yo prepararé el otro toro y lo pondré sobre la leña, pero no pondré fuego. Luego invocad vosotros el nombre de vuestro dios, y yo invocaré el nombre de Jehovah. El Dios que responda con fuego, ¡ése es Dios! Todo el pueblo respondió y dijo: ¡Bien dicho!" Tar­de o temprano la hora de la prueba y del juicio debe llegar. En este instante no se trata ya de comer y beber en la mesa de la reina, pues el mismo Dios va a entrar en escena. Tem­blad, profetas de mentira, la confusión va a cubrir vuestros rostros y el juicio va a envolveros. El fuego de Jehová descen­dió y consumió el holocausto de Elías: "Prended a los profetas de Baal, para que no escape ninguno. Y ellos los prendieron; y los llevó Elías al arroyo de Cisón, y allí los degolló." (1º. Reyes 18: 20-40).

 

Al sur del valle de Jezreel se hallan los montes de Gilboa, sobre los cuales cayeron consumidos por la espada, en un solo día, el rey Saúl y sus hijos. Aquí no se trata de un juicio tal como el de los profetas idólatras del monte Carmelo, sino del juicio sobre un rey que había desobedecido al mandamiento de Jehová su Dios. La primera vez, al principio de su reinado (1º. Samuel 10), cuando Samuel le dijo que esperase siete días hasta que él llegara; en lugar de hacerlo obró locamente. La segunda vez (1º. Samuel 15), cuando el Señor le envió a eje­cutar juicio contra Amalec, se vio obligado a decir: "Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí, y no ha cumplido mis palabras." Después de un largo tiempo de paciencia durante el cual este pobre rey ha des­cendido y caído cada vez más bajo, he aquí el juicio que viene sobre él y los suyos. "Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación." (1º. Samuel 15:23). "Montes de Gilboa, ni rocío ni lluvia caiga sobre vosotros, ni seáis tierras de ofrendas; porque allí fue desechado el escudo de los valientes, el escudo de Saúl, como si no hubiera sido ungido con aceite… Hijas de Israel, llorad por Saúl,… !Cómo han caído los valientes…! !...Han perecido las armas de guerra!" (2º. Samuel 1: 21, 24, 25, 27).

Si Saúl ha ido al encuentro de tal juicio por haber transgredido los manda­mientos del Señor, ¿cuál será el juicio de los que desobede­cen al Evangelio y son negligentes a una salvación tan grande, que nos ha sido anunciada por el Señor y nos ha sido confirmada por los que lo habían oído?

 

SUNEM.- Cerca de las montañas de Gilboa se hallan dos pequeñas localidades, donde desearé pararme unos momentos. Son las ciudades de Sunem y Naín. En Sunem, el poder de Dios se ha mostrado cuando el extraordinario nacimiento del hijo de la mujer rica, que recibía en su casa a Elíseo, el varón de Dios, y también en la resurrección de este hijo. "Yo entiendo" – había dicho a su marido – "que éste que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios. Yo te ruego que hagamos un pequeño aposento de paredes, y pongamos allí cama, mesa, silla y candelero, para que cuando él viniere a nosotros, se quede en él." (2º. Reyes 4: 8-10). ¡Qué consagración, qué sa­biduría, qué simplicidad! Es precisamente lo que convenía a un hombre de Dios. Nada faltaba y nada sobraba. La bendi­ción del Señor no podía faltar en un lugar en que se había mostrado tanto celo a favor de Su siervo. No es justo olvidar lo que ha sido hecho por Su Nombre. Esta mujer no tenía hijo y su marido era viejo; "El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo. Y ella dijo: No, señor mío, varón de Dios, no hagas burla de tu sierva." (2º. Reyes 4:16). Para ella esto era imposi­ble; sí, verdaderamente es imposible a ojos humanos, pero para el Dios de Israel, el Dios viviente, nada hay imposible. A su tiempo cumplió la promesa. Cuán feliz y reconocida está la madre. Este hijo era un don de Dios, como lo son todos. Esta mujer ha conocido la gracia de Dios y ahora conocerá Su poder. He aquí que este hijo muere. ¿Está todo perdido? Para el incrédulo sí, para la fe, no. El varón de Dios, al rue­go de la mujer (pues ella no anda de aquí para allá en busca de socorro) le resucita su hijo. "Toma tu hijo" le dice. Me­rece la pena habernos parado en Sunem donde hemos tenido un mero contacto que nos invita a prosternarnos ante el Dios de la resurrección. Lo volveremos a encontrar en Naín ¡y bajo qué forma!

 

NAÍN.- Naín debía ser una ciudad muy bonita y un lugar agradable para vivir, situada en el flanco de una colina, de donde le viene, sin duda, su nombre de Naín, que significa her­mosura, distinción. Esto no impide que encontremos allí lo que se encuentra en los más bellos parajes de la tierra, lo mismo que en las más miserables chozas; lo que todo deshace y en­venena: la muerte con toda la miseria y dolor, que es su cortejo. Ved por vosotros mismos: "Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo." (Lucas 7: 11-16).

El pecado ha entrado en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte con todas sus consecuencias. Estas se ha­llan allí en las puertas de la ciudad, con todo su horror. Pero también, por el Hombre es la resurrección de los muertos, pues es un Hombre que ha quitado el pecado del mundo, y este Hombre está allí enfrente del cortejo fúnebre: la muerte rinde su presa y la viuda recibe su hijo de entre los muertos. ¡Este Hombre era Dios visitando a su pueblo! En vez de enviar a Sus siervos, los profetas, ¡oh misterio de gracia!, vie­ne Él mismo. Vino para borrar nuestros pecados, y para ha­cerlo, tomó nuestra humanidad, pero sin pecado.

Para aquel que cree en Él, la muerte ha perdido su terror: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1ª. Corintios 15:55). "Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?", dijo Jesús a Marta. Querido lector, ¿crees tú en esto?

 

CAMINO DE JERUSALÉN.- Habría aún muchas cosas a considerar en el valle de Jezreel, otros recuerdos, pero las modestas hojas de la Revista no dan para más: se precisarían volúmenes. Vamos pues a dejarlos y a dirigir nuestros pasos hacia Jerusalén, que era el centro hacia el cual todas las miradas piadosas de Israel se dirigían: "Si me olvido de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Péguese mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no enaltezco a Jerusalén sobre mi supremo gozo." (Salmo 137: 5-6; LBLA). Esto podía decir un alma piadosa que estaba cautiva lejos del lugar donde el Señor había puesto Su Nombre.

Nuestra mente retrocede al tiempo en que Israel estaba en su tierra y sus hijos subían de año en año para celebrar las fiestas de Jehová en Jerusalén. De todas partes, de ciudades, de pueblos y hasta de los caseríos apartados, una multitud de peregrinos se ponía en camino, vuelto su rostro hacia esta ciu­dad y el corazón lleno de alegría. Contemplad estos grupos que andan hacia un mismo lugar. Acerquémonos y conversemos con ellos. «Jehová nuestro Dios nos ha enseñado a amar a los extranjeros, pues nosotros por largo tiempo también lo fuimos en tierra de Egipto. Nuestro Dios nos ha librado con su gran poder, con signos y milagros y nos ha introducido en este her­moso país que habitamos, el cual había prometido a nuestros padres. En este momento vamos a celebrar la fiesta de nuestra liberación, la Pascua

 

¿En qué consiste esta fiesta?

 

Ellos responden, «Cada año, en el mes de Abib, a los catorce días del mes, nos presentamos ante Jehová en Jerusalén, pues este es el lugar que ha escogido para hacer habitar Su Nombre; y allí, a la caída de la tarde, cuando el sol se pone, degollamos un cor­dero y nos lo comemos. Lo hacemos en memoria de nuestra liberación, pues en este mes de Abib, en noche semejante, el ángel destructor pasó por toda la tierra de Egipto e hirió a todos los primogénitos, desde el primogénito del hombre hasta las bestias, pero nosotros fuimos librados en virtud de la san­gre del cordero que habíamos puesto sobre los dinteles de nues­tras puertas y en los postes; Jehová había dicho: "Veré la san­gre y pasaré de vosotros." En aquella misma noche salimos de Egipto y nos dirigimos hacia este país en que ahora habitamos y poseemos. Ha sido una gran liberación; el recuerdo es pre­cioso para el corazón y es por esto que nos regocijamos por todo el bien que nuestro Dios nos ha hecho.»

El relato de estos viajeros es propio para que reflexionemos y me hace pensar en muchas cosas. ¿No es acaso mil veces más precioso lo que el Señor ha hecho por nosotros que lo que hizo para su pueblo terrestre? La sangre del Cordero de Dios, que ha sido derramada en la cruz, nos ha librado de un juicio mayor que el que cayó sobre Egipto; la casa del Padre hacia la que caminamos, ¿no sobrepuja infinitamente al templo de Jerusalén? El memorial de la muerte del Señor, ¿no debiera ser infinitamente superior para nuestros corazones?

Los hijos de Israel hacían un largo viaje para celebrar su liberación, ¿cómo respondemos nosotros, queridos lectores, que conocemos al Señor Jesús como nuestro Salvador, al deseo de Su corazón, cuando al darnos el memorial de su muerte ha dicho: "Haced esto en memoria de mí"? Prosternémonos jun­tos ante El, pensando en Su amor, y continuemos nuestro viaje.

 

Dejando el valle hallamos los montes; ya hemos dicho que es un país de valles y montañas. La principal localidad que hallamos en nuestro camino es la ciudad de Samaria.

 

SAMARIA.- Samaria era la capital del reino de Israel, del cual Efraín era la tribu principal. Podríamos recordar la historia de los reyes que se sucedieron sobre el trono de Samaria. ¡Ay!, es bien triste y se resume en estas pocas palabras: "Hicieron lo que es malo en los ojos de Jehová". Es el refrán que hallamos en la Historia de cada uno de ellos. Sin excepción alguna, todos se apartaron del Señor y sirvieron a los ídolos; ídolos que, naturalmente, no les fueron de ayuda alguna. Salmanasar, rey de Asiría, subió contra Samaria; después de un cerco de tres años la ciudad fue tomada y el pueblo fue conducido a la cautividad, donde se halla hasta el día de hoy. Sin embargo, el Señor no se ha dejado sin testimonio en esta ciudad. Muchas veces había mostrado su poder libertador, por mano de sus siervos Elías y Elíseo, y hasta otros, pero sin éxito; en la obstinación de sus corazones no han querido escuchar y han cosechado funestas consecuencias. ¡Qué locura apartarse de Dios!

 

En el estrecho valle situado entre los montes de Ebal y Gerizim, se halla la ciudad de Sicar.

 

SICAR.- Sicar, conocida también por el nombre de Siquem y en la actualidad llamada Nablús, es una ciudad que fue edificada por Jeroboam, primer rey de Israel, después que las diez tribus se separaron de la casa de David. Cerca de allí, se encuentra un pozo hacia el cual tengo prisa de lle­varos; me parece como si quisiera correr, y una vez allá poder relataros todo lo que ha pasado en el corazón de miles de los rescatados del Señor. Que vuestro corazón pueda también latir al unísono con el Suyo y con el mío también cerca de ese pozo. Este pozo es el pozo de Sicar. Es más maravilloso que todos los monumentos que los hombres han erigido sobre la tierra; la historia del Hombre sentado al borde de este pozo, más gloriosa que la de todos los héroes de los cuales el mundo entero se gloría. Siento y soy consciente de toda mi incapaci­dad para hablar dignamente de Él: ¿Dónde hallar palabras para contar Su gloria y hacer conocer Su amor? Que el Dios Todopoderoso use de misericordia hacia mí y me conceda Su ayuda para cumplir mi cometido; que tome mi mano entre la Suya y conduzca mi pluma para daros a conocer, un poco, Aquél que es el Salvador del mundo, el cual se encontraba allí, en Sicar, cerca del pozo.

 

Este pozo, en otro tiempo, esta­ba lleno de recuerdos para los habitantes de la ciudad. Consi­derad bien, era el pozo de Jacob; él mismo había bebido, sus hijos también y también sus ganados. ¿Historia? ¿Tradición? No sabría decirlo, pero lo que sabemos es que hace cerca de dos mil años, un viajero cansado del camino, se sentó a la fuente, en el calor del día, en el momento en que una mujer vino a sacar agua (Juan 4). Era una pobre y miserable pecadora, can­sada de una vida que no le había traído la felicidad: y sin em­bargo, la ansiaba. Algunas palabras salidas de su boca nos lo hacen comprender: "Ni venga aquí a sacarla" Estaba cansada de venir cada día a este pozo, cansada de sacar agua: todo en este mundo cansa, hasta en las cosas en las cuales uno halla su satisfacción. Encuentra a este misterioso viajero, que también está fatigado, pero que, olvidando su cansancio, se pone a hablar del agua que apaga la sed y del don de Dios. ¿Tenía Dios alguna cosa que darle a ella, pobre y miserable? ¡Qué trastorno en todas sus ideas! Hasta entonces había pen­sado, como todo el mundo piensa, que hacía falta traer algo a Dios: un culto cualquiera, buenas obras, buenas resolucio­nes, sacrificios, arrepentimientos, y qué sé yo, cuántas cosas más... y he aquí que debe aprender que es Dios quien da; y que Él no pide nada.

Oh lector, ¿conoces el don de Dios? Es su Hijo, y este Hijo estaba allí sentado al pozo, descendido del cielo para traernos la felicidad. El salmista había dicho ya en otro tiempo: "Todas mis fuentes están en ti." (Salmo 87:7) ¡Pobre mujer! Todas las fuentes en que había bebido hasta entonces no habían apagado su sed. Aquí su boca traiciona una vez más el estado de su corazón: "Que no tenga yo sed". Si tenía sed de agua, tenía más aún sed de felicidad; no la había hallado en parte alguna, y he aquí que la fuente de la dicha estaba bien cerca de ella, en este Hombre, el cual tenía sed de agua también, pero más aún, sed de que esta miserable mujer tuviese la felicidad, y sed de que cada uno de nosotros la tenga. Es para traérnosla que ha venido, ha descendido del cielo para sentarse sediento sobre el borde del pozo de Sicar. Dirigiéndose a la mujer le dice: "Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna." La mujer dejó pues su cántaro y se fue. ¡No tenía ya más necesidad de él!

Querido lector, contemplemos juntos este cántaro abando­nado sobre la boca del pozo. ¿Es preciso ser ciego para no ver nada y sordo para no oír? Este cántaro abandonado, ¿no pro­clama bien alto que esta mujer había bebido en la fuente de las aguas que apagan la sed? No tenía ya necesidad de este recipiente, pues había hallado ya la felicidad. "Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho", puede decir a los hombres de la ciudad. Sabiendo todo lo que había hecho, Él no la había ni menospreciado, ni rechazado; Él conocía todos sus pecados y a pesar de eso quería hacer de ella una adoradora para Su Dios y Padre; venía del cielo para buscarla y hacerla tal, que en lo sucesivo pudiera rendir este servicio: ser­vicio que cumplirá durante toda la eternidad.

 

Los pecadores pueden menospreciar a otros pecadores; el Salvador del mundo no menosprecia a nadie; ni aún a la mu­jer samaritana, pues Él quiere nuestra felicidad. ¡Oh lector!, ¿conoces a este Hombre que se ha sentado en el pozo de Sicar? Si no lo conoces, haz como los hombres de esa ciudad: Venid y ved, y hallaréis en Él al Salvador del mundo, la fuente de las aguas de la vida y la felicidad. No tendréis sed jamás, vuestro corazón será llenado y, a su vez, vendrá a ser una fuente que salte para vida eterna; el corazón estará lo suficiente lleno del don inefable de Dios, para hacer de vosotros adoradores para toda la eternidad.

 

LOS MONTES EBAL Y GERIZIM.- No queremos dejar Samaria sin subir a los montes Ebal y Gerizim: son dos alturas de poca elevación y muy cerca la una de la otra.

Sobre el monte Ebal hallamos grandes piedras levan­tadas, como monumentos, completamente encaladas (blanqueadas con cal) y sobre las cuales están grabadas, bien distintamente, todas las pala­bras de la Ley. ¿Qué pueden significar estas cosas? Vale la pena inquirir.

Ante todo debemos hacer una cosa: hacer callar nuestros sentimientos y dejarnos enseñar por Dios. La enseñanza siem­pre la prodiga por Su Palabra: Calla y escucha, decía en otro tiempo a Su pueblo; hagamos nosotros lo mismo. Abrien­do la Palabra por el libro de la Obediencia, es decir Deuteronomio, veremos que los capítulos 11 y 27 nos hablan y por ellos aprenderemos que, una vez entrados en el país de la promesa, el país que Dios les dio por heredad, debían poner la bendi­ción sobre el monte Gerizim y la maldición sobre el de Ebal: Seis tribus debían estar sobre Gerizim para bendecir, y las otras seis sobre Ebal para maldecir.

¿Pero qué oímos? Sobre el monte de Gerizim, reina un silencio de muerte, ¡ninguna boca se abre para pronunciar una sola bendición sobre el pueblo! Contrariamente, sobre el mon­te de Ebal doce maldiciones son pronunciadas ¿Por qué? ¿Es que sólo hay maldición sobre el pueblo? Sí, ciertamente, pues se ha colocado a sí mismo bajo la Ley, diciendo: Todo lo que el Señor ha dicho, nosotros lo haremos. La ley es santa, justa y buena, y precisamente por ser tal, no puede ser otra cosa que un ministerio de muerte y de condenación para todos aquellos que no la cumplen: Maldito quien no cumple las palabras de esta Ley practicándolas, nos dice la segunda maldición. Todo el pueblo debía decir: Amén, y ¡he aquí que nadie la había cumplido!

El monte Ebal era pues, el lugar de la maldición, y, en este lugar, subsistían, como monumentos, esas grandes piedras encaladas, sobre las cuales se leían todas las palabras de esta ley. ¿Vais a decir que son monumentos de gracia? Sí, cierta­mente. El hombre no puede subsistir sino sobre el principio de la gracia. Actualmente aun, culpables, condenados entera­mente por la ley, subsisten sin ninguna conciencia de pecado, como objetos de la pura gracia de Dios, enteramente emblan­quecidos por la sangre del Cordero. Es Él, el único justo, quien ha llevado sobre Sí toda la maldición de la ley. Él, que fue único en cumplirla: "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas" y "Maldito todo el que es colgado en un madero." (Gálatas 3: 10 y 13). En la cruz, el juicio ha sido ejecutado, la justicia ha quedado satisfecha y el culpable, ante esa cruz, sin juicio, ni condenación, es como un monumento de la maravi­llosa gracia del Dios de amor que halló en las profundidades de Su corazón un medio digno de Él, para satisfacer Su amor, manteniendo Sus derechos de justicia y santidad. Qué gloria para Dios; qué bendición para los culpables; no hay ya más condenación para los que son de Cristo Jesús. Gozoso el cul­pable que puede permanecer sobre un terreno en donde nada hay ya que condenar. Sobre los emblanquecidos monumentos del monte Ebal debían grabarse bien visiblemente los ca­racteres de la ley; sobre esos monumentos de la gracia de Dios, verdaderas piedras vivas, deben brillar los caracteres de Cris­to, el cual ha rendido la ley grande y honorable. Quiso Dios que fueran grabadas de la manera más visible y que el nom­bre de Jesús brille sobre la frente de todos los Suyos.

Quienquiera que seamos, hemos de aprender alguna cosa en relación con el monte Ebal: los que jamás se preocuparon de la santidad de Dios y de las exigencias de su ley, oigan las maldiciones pronunciadas sobre esta montaña, contra todos los que no han cumplido todas las palabras de esta ley ponién­dolas por práctica. Los que tiemblan oyendo estas maldiciones, sepan que Cristo ha llevado el peso; lo llevó en lugar de todos nosotros: estando en Él no hay ninguna condenación. Los que habéis hallado en Jesús a vuestro Salvador, ¿de qué manera los ca­racteres de Cristo están grabados sobre vosotros? Es contem­plándolos que podemos ser transformados, de gloria en gloria, a su imagen.

 

Ahora, bajaremos del monte y continuaremos nuestro viaje, no olvidándonos nada de lo que hemos aprendido en ese lugar.

 

JERUSALÉN.- Desde Sicar hacemos, en sentido inverso, el viaje que hizo nuestro Señor, cuando dejando Judea se fue a Galilea pasando por Samaria. Este querido Salvador, rechazado y me­nospreciado de los hombres, iba de lugar en lugar haciendo el bien, y sanando a todos los oprimidos del diablo. Nada lo detenía en Su camino: ni el sufrimiento, ni la maldad de Su criatura. ¿Son preciosas para nosotros las huellas de esos pa­sos? El recuerdo de Su persona adorable, ¿tiene interés para nuestros corazones? ¿Hemos gustado cuán benigno es el Señor?

El país que atravesamos está sembrado de aldeas en las cuales vivían los hijos de Israel, cada cual en su heredad. Cuando el pueblo entró en la tierra de Canaán, el país fue medido y cada cual recibió la porción que le cupo en suerte. Era el Señor quien daba a cada uno su porción, pues "la suer­te se echa en el regazo; mas de Jehová es la decisión de ella" (Pro­verbios 16:33); esta heredad era, pues, preciosa a toda alma piadosa, y todos podían decir: "Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha toca­do." (Salmo 16:6). "Guárdeme Jehová de que yo te dé a ti la heredad de mis padres." (1º. Reyes 21:3), decía Nabot al rey Acab: esta heredad tenía más valor para él que la mejor de las viñas del rey. Hoy el Señor da una parte más preciosa a todos los que se confían en Él, a los que esperan en Su bon­dad. Los bendice con toda bendición espiritual en lugares ce­lestiales. Mas, ¿quién aprecia tales bendiciones? ¿Quién las busca?

Desde lejos advertimos la ciudad de Jerusalén sobre la altura que domina. ¡Cuántos corazones han palpitado al con­templarla por primera vez! Es la ciudad del Gran Rey, la cual será bien pronto la metrópoli del mundo entero. Hoy, a causa de la infidelidad de sus hijos, yace a los pies de las naciones en la humillación y el oprobio (esta traducción corresponde a un trabajo realizado antes del año 1927), pero bien pronto, las gloriosas profecías que la conciernen van a tener pleno cumplimiento: "Lo que vio Isaías hijo de Amoz acerca de Judá y de Jerusalén. Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra." (Isaías 2: 1-4). Y otros muchos pasajes nos dan a conocer su gloria futura durante el hermoso reino de Dios.

 

Muchas son las cosas que se presentan a nuestros ojos cuan­do nos aproximamos a la ciudad; un gran número de viajeros, que han tenido el privilegio de visitarla, nos han hablado de ella; ¿pero quién podrá considerar la multitud de pensamien­tos que se agolpan en el corazón de un alma piadosa al con­templar esta santa ciudad? Es cerca de esta ciudad donde se ha desarrollado una escena única en la historia del mundo y, aún, en los anales de la eternidad, una obra que ha glorificado a Dios en presencia de todas las consecuencias del pecado; que ha abierto el cielo a culpables, dignos de muerte, y hasta un ladrón que moría sobre una cruz. Cuando el justo moría por los injustos y la sangre del Cordero de Dios se derramaba para la remisión de los pecados, entonces, "la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron." (Salmo 85:10).

El hombre ha hecho conocer la grandeza de su maldad, y Dios ha dado la medida de su amor. ¡Oh, cuán pequeño es el hombre en presencia de tal amor!...

 

JERUSALÉN.- La muralla.-

 

Jerusalén, la santa ciudad, debía estar necesariamente se­parada de todas las contaminaciones que la rodeaban y pre­servada de los peligros a que estaba expuesta a causa de sus enemigos; he aquí el por qué de la muralla de la cual en otro tiempo estaba rodeada. ¡Qué sagrado y bendito el recinto de esta ciudad! Era el lugar que Dios había escogido para hacer habitar Su nombre. ¡Qué santo celo debía hallarse en sus ha­bitantes para desterrar todo lo que era incompatible con la presencia de Dios; y qué temor debía haber en todos los corazones ¡Ay, pero el pueblo se apartó de él, los centinelas no fueron vigilantes, los guardas de las murallas fueron ne­gligentes en clamar a Aquel quien sólo puede guardar la ciu­dad; y el enemigo llegó: Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra ellos, abatió la muralla, quemó a fuego la casa de Dios, degolló al pueblo y transportó a su país los que quedaron, los cuales fueron sus siervos.

El profeta Jeremías, en sus "Lamentaciones", ha descrito la ruina de esta ciudad en términos conmovedores. A propósito de la muralla dice: "Jehová determinó destruir el muro de la hija de Sion; Extendió el cordel, no retrajo su mano de la destrucción; Hizo, pues, que se lamentara el antemuro y el muro; fueron desolados juntamente. Sus puertas fueron echadas por tierra, destruyó y quebrantó sus cerrojos;… Levántate, da voces en la noche, al comenzar las vigilias; Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor;…" (Lamentaciones 2: 8.19).

 

Quienquiera que seamos, ¿no tenemos algo que aprender por medio de esta muralla en ruina? Apliquemos nuestro corazón, miremos y recibamos instrucción.

 

JERUSALÉN.- Las puertas.-

 

Se puede acceder a la ciudad por varias puertas, las cuales llevan sus correspondientes nombres: Puerta de las ovejas, de los pescados, del muro viejo, de Efraín, del valle, del estercolero, de la fuente, de los caballos, de las aguas, de la prisión. Sería interesante detenernos cerca de cada una de ellas y considerarlas en detalle; pues en la Palabra todo es maravilloso para aquel que se deja enseñar por Dios. Rue­go pues, a los lectores, que mediten bajo la mirada de Dios, lo relativo a estas puertas; ciertamente sacarán mucho provecho de su consideración. Dejaremos pues al ejercicio espiritual de cada lector el enfoque de este tema y nosotros entraremos en la ciudad por la puerta de las ovejas; además, ¿por cuál otra puerta podría entrar un pecador que se sabe perdido? ¿Quién puede describir el gozo inefable que llena el corazón de un culpable que atraviesa esa puerta? Sentémonos cerca de ella, considerémosla y meditemos en nuestros corazones. La tierra prometida está llena de las maravillas de la gracia de Dios.

En la santa ciudad hay una puerta para las ovejas. ¿Puede entrar la descarriada, la perdida? Sí, ciertamente. El Buen Pastor que vino a salvarla dijo: "Yo soy la puerta: el que por mí entrare será salvo''. ¿Quién de entre nosotros querría permanecer afuera? Alguien ha dicho: «Allí entraré salvado por su gracia.» ¡Cuán bueno es esto! ¿Y qué decir de la ciu­dad celestial que tiene una gran y alta muralla, edificada de jaspe y ornamentada de toda piedra preciosa en sus funda­mentes: que tiene doce puertas, y en las puertas doce ángeles, y en cada puerta una perla? (Apocalipsis 21: 18-22.)

 

JERUSALÉN.- Las torres.-

 

Antes de alejarnos de la muralla, hemos de considerar todo lo que la concierne, no solamente sus puertas, sino también sus torres. "Andad alrededor de Sion, y rodeadla; contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro...", decía el sal­mista. (Salmo 48: 12-13). Las torres son necesarias a una ciudad fortificada. ¿No son acaso el lugar de refugio ante el ene­migo? Los que en ellas se refugian están seguros: "Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado" (Proverbios 18:10).

Una de las torres de la ciudad merece de una manera particular toda nuestra atención; es la torre de Hananeel; tie­ne un nombre maravilloso, que quiere decir 'gracia de Dios'. ¡La torre de la gracia de Dios! He aquí un refugio precioso, y al alcance del más culpable: ¿hay algo semejante a esta gracia de Dios? ¿Cuál es el enemigo que podría alcanzarnos en semejante refugio? La torre es también un puesto de ob­servación, tal como nos lo enseña el libro del profeta Habacuc: "Estaré en mi puesto de guardia, y sobre la fortaleza me pondré; velaré para ver lo que El me dice, y qué he de responder cuando sea reprendido.." (Habacuc 2:1 – LBLA). En lo alto de la torre, por encima de la escena que nos rodea, podemos vigilar al enemigo y prevenir sus ataques; estar advertidos sobre sus maniobras y también recibir las comunicaciones divinas: oír ­lo que Dios tiene que decirnos. La maravillosa gracia de nuestro Dios ha provisto a todo lo que es necesario para nuestro gozo y nuestra seguridad. ¿Quién de nosotros lo aprovechará?

 

JERUSALÉN.- Siloé.-

 

Amado lector, no le sorprenda ver de qué manera le conduzco por la ciudad de Jerusalén. Nuestro objeto no es satisfacer una vana curiosidad, contemplando cosas que bri­llan a los ojos de la carne, sino dejarnos instruir por Dios en cosas que no hubiesen subido en corazón de hombre, y que Él ha preparado para aquellos que Le aman. Ya hemos visto la "puerta de las ovejas" por la cual una oveja descarriada encuentra libre entrada a la santa ciudad. Después, hemos consi­derado la "torre de Hananeel", es decir la 'Torre de la gra­cia de Dios', en la cual un culpable encuentra un refugio seguro... Hoy, consideraremos "el estanque de Siloé." Siloé significa: Enviado. El profeta Isaías lo menciona diciendo: "Por cuanto desechó este pueblo las aguas de Siloé, que corren mansamen­te..." (Isaías 8:6).

¿Son pues de desechar las aguas de Siloé? Veamos un poco lo que se dice de ellas en otras porciones de la Palabra. En el Juan 9, leemos que un hombre llamado Jesús obró una cura milagrosa: " Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento… escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo." "Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego." Sin em­bargo, aquel hombre pudo decir "una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo". Aquel Jesús, que hizo este milagro, era Él mismo el verdadero "enviado" de Dios. El evangelio de Juan lo demuestra, desde el principio hasta el fin. Cumplía las obras, y nos daba las palabras de Aquél que le había enviado: era la plena y perfecta manifestación del Dios invisible, que nadie ha visto ni puede ver, de modo que pudo decir: "el que me ha visto a mí, ha visto al Padre." (Juan 14:9).  Aquel enviado fue rechazado, desechado, como lo anunció el profeta Isaías. Las aguas que corren mansamente, y que dan la vista a los ciegos no tienen valor alguno para muchos, que permanecen en sus tinieblas. Dijeron: "ése, no sabemos de dónde sea." (Juan 9:29). Por cierto, era una cosa sorprendente y maravillosa, pues no sabían de dónde era y había abierto los ojos del ciego. Si no hubiese sido de Dios, ¿hubiera podido cumplir tales milagros? Amado lector, ¿he­mos aprendido de dónde es Él? ¿Abrió Él nuestros ojos? Decía el salmista: "Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley" (Salmo 119:18).

 

JERUSALÉN.- El Calvario.-

 

Todos conocemos el Calvario, y muchas veces lo hemos contemplado, como en una visión sublime, sin haber podido nunca llevar nuestros pasos hacia él. Desde luego, no es con el lenguaje humano que se puede hablar del Calvario, y la pluma de un ser mortal no podría dar a conocer el lugar de la Calavera y la escena que tuvo lugar allí, hará pronto dos mil años, cuando, para llevarnos a Dios, el Justo moría por los injustos.

Sólo Dios puede conducirnos allí; abramos, pues, Su Pa­labra, y escuchémosla. Que nuestros ojos —que han contem­plado ya al Enviado de Dios, queden abiertos; nuestros oídos estén atentos a la voz de Dios; nuestros corazones sean profun­damente penetrados por el pensamiento de que fue por nos­otros que el Hijo de Dios subió al Calvario. Estemos atentos a lo que nos dice la pluma del discípulo amado, quien, cerca de la cruz del Salvador, pudo contemplar toda la escena del Calvario. ¡Cuántas cosas ha visto y ha oído!:

"Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos. Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito. Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados." (Juan 19: 17-24).

"Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu." (Juan 19: 25-30).

"Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron." (Juan 19: 31-37).

 

Amados lectores, ¿hemos hallado en Jesús un Salvador muer­to, muerto por nuestros pecados?

 

JERUSALÉN.- El huerto de José de Arimatea.-

 

Cerca del Calvario se halla el huerto de José de Arimatea; entramos en él y encontramos un sepulcro labrado en la peña. Antaño, Dios había plantado un huerto para el hombre; ahora, es el hombre quien planta huertos y jardines, pero también construye sepulcros, triste consecuencia del pecado. José de Arimatea y Nicodemo, ambos discípulos del Señor, sepultaron Su cuerpo en aquel sepulcro, en el cual nadie hasta en­tonces había sido puesto, porque estaba cerca, según leemos. ¡Qué momento más solemne en la historia del mundo, cuando la tierra recibió en su seno el cuerpo muerto de su Creador! El Espíritu Santo lo anunció, más de setecientos años antes, por la boca del profeta Isaías (Isaías 53:9): "Se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte." Ahora el sepulcro está vacío; no pudo conservar durante mucho tiempo el cuerpo de Aquél que no debía ver corrupción (otra profecía hecha en el Salmo 16:10 por el rey David, más de mil años antes). Y el mismo Señor dijo también: "El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día." (Marcos 9:31). En efecto, al tercer día, salió victorioso del sepulcro. "Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor" dijo el men­sajero celestial a las mujeres quienes, el primer día de la semana, vinieron a ver el sepulcro (Mateo 28:6). Acerquémonos también nosotros, y contemplemos aquél sepulcro vacío. Estemos atentos a las grandes cosas que proclama: la muerte es vencida; Satanás ha perdido su poder; sobrevino un Hombre más fuerte que él, que entró vencedor en su fortaleza, y salió de ella victorioso; llevó cautiva la cautividad, y los presos de Satanás pueden escapar de su poder; Cristo, nuestro Salvador, tiene ahora las llaves de la muerte y del infierno. "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1ª. Corintios 15:55).

 

Amado lector, ¿conoces a Cristo resucitado, resucitado para nuestra justificación?

 

JERUSALÉN.- El templo.-

 

Numerosas son, en Jerusalén, las cosas que llaman nues­tra atención. Es una pequeña ciudad, pero todo es maravilloso en ella; Dios mismo tiene siempre los ojos sobre ella. Es ver­dad que sostuvo ataques y sitios espantosos, que naciones ma­taron con crueldad a sus habitantes, y hollaron su suelo sagra­do a causa de los pecados de su pueblo; con todo, es la ciudad del gran Rey, y es en ella donde Jehová puso Su Nombre para siempre. Pronto llegará el momento en que las naciones ven­drán a ella para adorar, cuando "la tierra será llena del cono­cimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar" (Isaías 11:9). Dios ha escogido esta ciudad para ser Su morada para siempre. Los cielos, y los cielos de los cielos no pueden con­tenerle, y, sin embargo, quiso morar en la casa que el rey Sa­lomón le edificó (1º. Reyes capítulos 6 al 8). Aquel templo fue edificado con piedras labradas y enteramente preparadas en la cantera; de allí eran llevadas al monte de Moriah, donde el templo era construido en silencio; ni martillos, ni hachas, ni ningún otro instrumento de hierro, se oyeron en la casa mientras la edifi­caban. Fue una obra gigantesca, por sus dimensiones y su magnificencia. Algunas piedras eran muy grandes: ochenta mil canteros, y setenta mil hombres que llevaban cargas, bajo las órdenes de tres mil trescientos encargados estaban ocupados en esta obra. Salomón aparejó las paredes de la casa, por den­tro, con tablas de cedro, y cubrió de oro toda la casa. Cuando celebró su dedicación, ofreció en sacrificios veintidós mil bue­yes y ciento veinte mil ovejas. Entonces la gloria de Jehová llenó la casa de tal manera que los sacerdotes no podían permanecer en ella para ministrar. Toda esta magnificencia pasó y fue de poca duración. El rey Nabucodonosor vino con su ejército, tomó la ciudad, destruyó el templo, y los habitantes fueron llevados cautivos a Babilonia. "Cesó el gozo de nuestro corazón; nuestra danza se cambió en luto. Cayó la corona de nuestra cabeza; !Ay ahora de nosotros! porque pecamos. Por esto fue entristecido nuestro corazón, por esto se entenebrecieron nuestros ojos, por el monte de Sion que está asolado; zorras andan por él" decía el profeta Jeremías en sus Lamentaciones (Lamentaciones 5: 15-18), referente a esta ruina del lugar en el cual Jehová había puesto Su Nombre, y referente a la destrucción de todas las riquezas del Lugar Santo. "Ríos de aguas echan mis ojos por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo. Mis ojos destilan y no cesan, porque no hay alivio hasta que Jehová mire y vea desde los cielos." (Lamentaciones 3: 48-50).

Edificado de nuevo después del regreso de los setenta años de cautiverio dicho por el profeta Daniel, el templo está de nuevo en ruinas desde hace casi dos mil años, y las piedras del santua­rio están esparcidas por las encrucijadas de todas las calles (Lamentaciones 4:1). Jerusalén es abandonada, pero por un tiempo solamente. Pronto, será habitada por Israel, el templo será edi­ficado otra vez, y la última gloria de esta Casa será mayor que la primera. Todas las naciones subirán de año en año para ce­lebrar la fiesta de los Tabernáculos. En aquel día habrá aun "En aquel día estará grabado sobre las campanillas de los caballos: SANTIDAD A JEHOVÁ… Y toda olla en Jerusalén y Judá será consagrada a Jehová de los ejércitos" para preparar los numerosos sacrificios que se ofrecerán en aquellos tiempos felices (Zacarías 14: 20-21). Vemos, pues, cuán glorioso es aquel Santuario terrestre que ocu­pa tanto lugar en los escritos del Antiguo Testamento.

 

Pero ¿acaso ignoras, amado lector, que un Templo mucho más grande y maravilloso que el de Jerusalén está edificándo­se silenciosamente desde que aquél fue dejado de lado? ¡Sí! desde hace casi dos mil años, piedras vivas son añadidas unas a otras, sobre un firme fundamento, para formar una Casa de Dios. El mundo entero es la cantera de la cual son sacadas esas piedras; Dios las extrae por Su poder, y las lleva a Cristo, la piedra cabeza del ángulo. Emplea miles de obreros para arran­carlas de la tierra, labrarlas y moldearlas en vista del sitio que ocuparán eternamente en aquel edificio glorioso. Cuando están labradas, preparadas, las saca del mundo, y las coloca calla­damente en el cielo, donde se edifica ese templo, lejos, muy le­jos del lugar de donde fueron sacadas. Son seres humanos, "piedras vivas". El Evangelio es anunciado en el mundo por los siervos de Dios; aquellos que lo reciben son salvos, tienen la vida eter­na, y por lo tanto, tienen un lugar en la Casa de Dios; forman parte de este edificio al cual (el Señor), "allegándoos a él, como a piedra viva, rechazada en verdad de los hombres, mas para con Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sois edificados en un templo espiritual, para que seáis un sacerdocio santo; a fin de ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios, por medio de Jesucristo." (1ª. Pedro 2: 4-5; VM). Leemos también en Efesios 2: 20-22: "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu."

¿No es hermoso contemplar las piedras del Santo Lugar? ¡Cuán maravillosas y preciosas son! Para tenerlas, Cristo ha sacrificado Su propia vida. Las hay muy grandes, que costaron mucho trabajo para ser arrancadas a este mundo, que debieron recibir heridas, pero que, enlazadas por potentes vínculos de amor, fueron llevadas a Cristo; sólo el poder de Dios podía obrar de tal manera. Otras son maravillosamente labradas, adornadas; la sabiduría del divino arquitecto podía, ella sola, concebir su forma y darles su hermosura. Será glorificado en cada una de ellas; todas proclamarán Su gloria y Su poder eterno. Cristo solo será visto en todas, y todas serán revestidas de la justicia divina, mucho más resplandeciente que el oro del templo de Salomón. Este santuario será pronto terminado, la última piedra será colocada, y todo el edificio será consu­mado en la gloria. ¡Qué piedras! y ¡qué edificios! Lector ¿tenemos todos nuestro lugar, pequeño, tal vez, pero bien asegu­rado, en la casa de Dios?

 

BETANIA.- A unos quince estadios, o sea a dos kilómetros de Jerusalén, está la aldea de Betania. Iremos pues a Betania también, con­tinuando nuestro peregrinaje en la tierra prometida.

A lo largo del camino, buscamos la higuera estéril que el Señor maldijo, y que se secó instantáneamente desde las raíces. Fue el único milagro de juicio que el Señor llevó a cabo durante Su ministerio, pues todas Sus obras fueron obras de amor y de bondad. Esta higuera es una figura de Israel que, a pesar de su hermosa apariencia religiosa, no ha producido nunca fruto para Dios. (Marcos 11). En Jerusalén mismo, el Señor encontró nada más que el oprobio, el desprecio, y la muerte; inevitablemente, el juicio debía caer sobre esta nación, que había transgredido la ley, matado a los profetas, y que iba a crucificar al Hijo de Dios. Aquella higuera maldita era como un testigo delante de los ojos del pueblo; pero, cegado por su odio, no verían nada, y no comprendieron mejor las señales obradas por el Señor, que aquellas que había dado por Sus siervos los profetas. En cambio, en Betania, encontró corazo­nes que le han escuchado, amado, apreciado, servido y hon­rado. Allí, una mujer llamada Marta, le recibió en su casa. Su hermana, llamada María se ha sentado a Sus pies y ha escu­chado Su Palabra. ¡Qué casa más privilegiada! Es costumbre muy difundida en nuestros tiempos, colocar sobre ciertas casas placas conmemorativas, con inscripciones: aquí vivió tal o cual personaje ilustre. Pero la casa de Marta de Betania ha reci­bido bajo su techo —¡qué misterio más insondable!— al Hijo unigénito de Dios. Se ha sentado a la mesa en este hogar; ¡qué refrigerio para Su corazón, y también, qué gloria para los mo­radores de esa casa! ¡Sí! vale la pena ir desde Jerusalén has­ta Betania para contemplarla; y más aún, ir hasta la cueva que sirvió de sepulcro a Lázaro, hermano de Marta y María. Estaba enfermo, y sus hermanas le enviaron al Señor este men­saje emocionante: "Señor, he aquí el que amas está enfermo".

Jesús se quedó todavía dos días en el lugar donde estaba, y cuando llegó a Betania, Lázaro había muerto, y hacía cuatro días que estaba sepultado: su cuerpo hedía ya la corrupción. Lloraban sus hermanas, lloraban los judíos, y lloró Jesús tam­bién; luego, dio gracias, y clamó: "¡Lázaro, ven fuera!", y "el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas" (Juan 11:44). ¡Oh! muerte ¿dónde está tu victoria en presencia del Hijo de Dios?

Unos días después, le hicieron una cena. Lázaro, el muer­to que Jesús había resucitado de los muertos era uno de los que estaban sentados a la mesa con El. ¿Dónde encontrar una escena semejante? Marta servía, lleno su corazón de amor y agradecimiento. "María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume." (Juan 12:3). ¿Qué podía pasar en los cora­zones de todos los que estaban presentes? Los que hacen fes­tines en este mundo tienen la muerte delante de sí. En la Cena de Betania, la muerte estaba detrás, había pasado, era un re­cuerdo. Era el cielo sobre la tierra.

Después de su resurrección, el Señor llevó a Sus discípu­los fuera de Jerusalén, hasta Betania, allí donde era conocido y amado, allí donde manifestó Su poder, y donde fue vencida la muerte; allí, les bendijo, y desde allí, fue llevado arriba al cielo.

El mundo no se preocupa por Jesús, es un Salvador per­dido, olvidado; no se le hace más caso que a los malhechores que murieron con Él en el Calvario. Pero, en Betania, se le conoce como a un Cristo resucitado, y que subió al cielo; en Betania, se le ama y se le adora. ¡Felices aquellos quienes —espiritualmente— conocen Betania y al divino huésped de la casa de Marta!

 

BELÉN.- Amado lector, ¿dejaríamos la tierra de Israel, la tierra pro­metida, sin hacer como los pastores que dijeron: "Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado." (Lucas 2:15).

 

Antes de llegar allá, encontraremos el monumento de la tumba de Raquel, la esposa amada de Jacob (Génesis 35: 19-20). Por ella, había servido durante siete años, los cuales le pare­cieron como pocos días, porque la amaba; pero he aquí que aquella esposa querida le fue quitada cuando nació su hijo. ¡Pobre Jacob! Dios le despojaba para poder enriquecerle con bienes mejores y permanentes, para hacerle gozar de su comunión, cosa que era imposible cuando su propia voluntad estaba en actividad y cuando estaba acaparado por sus rebaños y sus bienes perecederos. Nosotros también, cuando lloramos, cuan­do Dios nos despoja de las cosas que nos son muy queridas, pensemos que lo hace —no para nuestra desgracia, sino para hacernos bien, bendecirnos, y darnos al fin cosas más excelen­tes—. Llegado su último día, Jacob recordó la muerte de su esposa amada, se inclinó, sobre la cabecera de su cama, y ado­ró: Dios es amor ¡no lo dudemos nunca!

 

Llegamos ahora a Belén... Vosotras, grandes ciudades de este mundo, que os glorificáis de ser el lugar de nacimiento de algún personaje ilustre, ¿qué sois, en presencia de Belén, aquella humilde aldea, perdida en las montañas de Judea? Aunque pequeña para ser contada entre los miles de Judá, de ella salió Aquél que será Señor en Israel, y cuyos orígenes son desde el principio, desde los días del siglo. (compárese con Miqueas 5:2) ¿Qué son los hombres ilustres de la tierra, al lado de Aquel que estaba allí, cuando los cielos y la tierra fueron creados, que quiso hacerse hombre, y nació de mujer en el establo de Belén?

Trasladémonos, con el pensamiento, a aquel momento úni­co, al mesón donde nació. Había muchos viajeros, y personas de todas las condiciones podían hospedarse en él, pero para el Señor de gloria no había lugar, a no ser en un pesebre. ¡Con­templémosle, amado lector, y adoremos! Los hombres no vie­ron nada en Él, pero los ejércitos celestiales aclamaron Su na­cimiento. ¿Tenemos ojos nosotros para ver Su hermosura, y corazones para amarle, agradeciendo el amor que le hizo de­jar los esplendores de la casa de su Padre, para venir hacia nosotros, a pesar del odio del corazón del hombre, odio que conoció en cuanto entró en este mundo? Herodes, turbado, hizo matar a todos los niños varones de dos años abajo en Belén y en sus alrededores. En la ciudad se oyeron lloros y gemidos, pero en el cielo entró una multitud de niños que serán, du­rante la eternidad, los compañeros del Señor, en la gloria. ¡Qué maldad en el corazón del hombre, y qué amor en el de Dios! Todo, en Belén, nos habla de este contraste sorprendente.

 

HEBRÓN.- Nuestra peregrinación en la tierra prometida se prolongó mucho más de lo que habíamos pensado. ¡Es que hay tantas cosas, y todas dignas de llamar nuestra atención!... Ahora nos quedan dos etapas que recorrer; tenemos que visitar Hebrón y después Beerseba, al sur del país.

 

Hebrón (Qiriath-arba) ocupa un lugar importante en el Antiguo Testamento. Fue el lugar de sepultura de la casa de la fe. Abraham fue sepultado allí, en la cueva que está en el campo de Macpela, que había comprado de los hijos de Het (Génesis 23). Allí también fueron sepultados Sara, Isaac, Rebeca, Jacob. Lea. "Murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad." (Hebreos 11: 13-16). ¿Qué podemos añadir a semejantes palabras? ¿No brilla la fe por todas par­tes en esa ciudad de Hebrón? Más tarde, Caleb, que, en com­pañía de los espías, había subido hasta Hebrón, dijo "subamos luego, y poseamos la tierra". Era la fe que le hacía decir estas cosas, y su fe no fue defraudada. Entró en la tierra pro­metida, se apoderó de ella, y recibió Hebrón por heredad, había seguido las huellas de Abraham, su padre. En cambio, los otros espías, que no habían creído a Dios, murieron de llagas en el desierto. Más tarde, Hebrón vino a ser una ciudad de refugio a la cual acudía el homicida por yerro, involunta­rio, ante el vengador de la sangre; allí podía vivir en seguri­dad, como hoy el creyente —antes culpable— ha huido para refugiarse asiéndose de la esperanza puesta delante de él. (Hebreos 6:18). Vemos que el Antiguo Testamento nos da testimonio del evangelio de Dios, nos lo hace comprender por estos ejemplos. Si algún lector inconverso, que temblara pensando en la ira de un Dios ofendido por el pecado, leyera estas líneas, le ruego considere a Hebrón y la enseñanza que nos brinda, le ruego haga suyas, por la fe, las promesas del Dios que salva a los culpables, del Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Caleb, y de otros tantos.

Hebrón es también la ciudad en la cual David ha reinado durante siete años y seis meses, antes de reinar en Jerusalén. Allí, había subido con sus hombres; es para ellos un lugar de bendición, en la feliz compañía del rey; habían estado con él, habían compartido su vituperio, cuando era rechazado; ahora comparten su gloria y su reino. Allí donde está el rey, allí están ellos; grande es la recompensa de su fe. ¡Sí! pero mu­cho más grande será la recompensa de aquellos que creyeron en un Cristo rechazado, que hallaron en Él su única esperanza, y que le siguieron durante el tiempo de Su rechazamiento. Participarán de Su gloria, verán Su hermosura, y estarán para siempre con Él en las moradas celestiales. Entonces, su fe será cambiada en vista, y su esperanza en realidad.

 

BEERSEBA.- Al continuar nuestro viaje hasta el Sur, llegamos a Beerseba (el pozo del juramento). Está en el límite extremo del país, allí donde empieza el desierto. En aquel desierto, en otro tiem­po, anduvo errante una mujer, Agar, y su hijo. Tenía un odre de agua, y pan, pero, habiéndosele agotado el agua, "echó al muchacho debajo de un arbusto, y se fue y se sentó enfrente, a distancia de un tiro de arco; porque decía: No veré cuando el muchacho muera. Y cuando ella se sentó enfrente, el muchacho alzó su voz y lloró. Y oyó Dios la voz del muchacho; y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo: ¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está. Levántate, alza al muchacho, y sostenlo con tu mano, porque yo haré de él una gran nación. Entonces Dios le abrió los ojos, y vio una fuente de agua; y fue y llenó el odre de agua, y dio de beber al muchacho. Y Dios estaba con el muchacho; y creció, y habitó en el desierto…" (Génesis 21).

Esta historia se repite todos los días. El mundo en el cual vivimos no es más que un inmenso desierto en el cual va vagando la mayor parte de los hombres: muy po­cos saben a donde van. Insensiblemente se agotan los recursos, se acerca la muerte, y hasta que nos lleve, nos quita a nues­tros amados. Ningún recurso tienen los hombres para librarles y salvarles. ¡Cuántas lágrimas dolorosas se vierten en esta pobre tierra! Verdaderamente habría que desesperar si no supiéra­mos que, cerca de nosotros, hay un manantial, y que el Señor nos invita a venir y a beber el agua de la vida, de la vida eter­na. Jesús mismo es esta fuente de aguas vivas. Ha dicho, y aun ha clamado: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva." (Juan 7: 37-38). Como sabemos, decía esto del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en El.

Al terminar esta serie de artículos, me dirijo otra vez al lector inconverso que los haya leído, y digo que Dios oye a los que claman a Él y que la fuente de aguas vivas está cerca de ellos. ¡Que saque agua, como lo hizo Agar! ¡Qué gozo da el conocer a Jesús, y cuánto deseamos que todos nuestros amados lectores Le conozcan, pues nosotros también hemos vagado mucho tiempo en el desierto lleno de falacias y miseria. ¡Qué gozo cuando uno encuentra la fuente de las aguas que brotan para vida eterna! Agar halló en ella la vida, para ella y su hijo. Abraham también conoció esta fuente de agua; después de haber ofrecido a su hijo en el monte Moriah, fue a vivir a Beerseba. Finalmente, Jacob, cuando supo que su hijo José era vivo fue a Beerseba para adorar a Jehová y para esperar el momento de marchar para ir a ver a su hijo, que había sido rechazado de sus hermanos, pero que ahora era alzado y glo­rificado en Egipto.

¿No valía la pena ir hasta el límite extremo de la tierra prometida, para contemplar aún, en Beerseba, una de sus maravillas? Habría muchas otras cosas dignas de interés, pero daremos fin a nuestro viaje, encomendándoos, amados lectores, a un guía fiel y seguro; el Señor Jesús. Es en Su Palabra donde Le encontramos: ella nos conduce a la Canaán celestial, al ver­dadero país de la promesa, donde el Señor nos introducirá en Su gloria.

 

A su pueblo llevó de la mano

a la tierra por Él prometida:

A nosotros ahora da vida,

Y en su gloria el Señor nos pondrá.

 

Alf. G.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1963, Nos. 65, 66; Año 1964, Nos. 67 al 72; Año 1965, Nos. 73 al 78; Año 1966, No. 79.-

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