VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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REFLEXIONES PRÁCTICAS SOBRE LA EPÍSTOLA A LOS HEBREOS

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REFLEXIONES PRÁCTICAS SOBRE

LA EPÍSTOLA A LOS HEBREOS

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

 

 

La epístola a los Hebreos nos es de mucha ayuda en la práctica, porque nos considera donde estamos de hecho, es decir sobre la tierra, en el mundo, pero habiendo debido, como los Hebreos, abandonar esta posición terrestre, para tener en cam­bio las cosas invisibles, de modo que los creyentes debemos andar en medio de las cosas visibles (siempre presentes y atractivas para la carne) pero realizando que ya no tenemos que ver con ellas. Por otra parte, no hemos visto todavía lo que nos es prometido (hablando de realidad palpable) y de­bemos andar como extranjeros, esperando la realidad de nuestra posición en el porvenir. Todo esto nos coloca —exteriormente, como hombres— en una posición penosa, y en un combate (pero no debate) continuo en el cual hemos de salir victoriosos. Pero ¿cómo podremos vencer? Pues, será por la fe: la fe en la marcha, la marcha de la fe: es el constante tema de esta epístola. Cuando la fe es la fuente de nuestra actividad, nos hallamos establecidos en una posición moral completamente nueva; entonces podemos estar siempre en paz, siempre tranquilos, aunque las dificultades exteriores, y nues­tra carne no cambien en nada.

 

Pero ¿de dónde viene que esta fe sea capaz de darnos la victoria sobre todo? Es que ella hace suyas las provisiones di­vinas para la carrera cristiana, provisiones reveladas en esta epístola; ella mira siempre adelante y hacia arriba, y encuentra allá su objeto, la bendita Persona del Señor, sentado en los cielos. ¿Y por qué sentado? Es que esta posición implica la seguridad de la victoria. ¡Sí!, el Señor está allí, sentado des­pués de haber cumplido todo, como sacerdote: esto es, para nosotros, la paz de la conciencia. Está allí también como sobe­rano pontífice, ocupándose constantemente de nosotros: es el reposo, la paz del corazón. El Señor está en el cielo, como pre­cursor de los hijos de Dios que hizo partícipes de la gloria, y está coronado de gloria y de honra después de haber gus­tado la muerte por todos. Pero antes de ser glorificado, caminó en este mundo, en las mismas condiciones que nosotros —sal­vo el pecado— y hasta padeció, siendo tentado. Por lo tanto, es capaz —y de manera perfecta— de simpatizar con los que son tentados, y de socorrerlos. Por eso leemos: "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia…" (Hebreos 4:16): las pro­visiones, los recursos no faltarán nunca.

 

En el capítulo 1. Al querer el Espíritu Santo dirigir nues­tras miradas hacia el Señor sentado en las alturas, empieza por hablarnos de Su gloria como Persona divina, mucho más ex­celente que los ángeles —los cuales eran los intermediarios de la religión judaica— y que los profetas —por los cuales, en otro tiempo, Dios había hablado a los padres en Israel— Él es el Creador, sustenta todas las cosas, y es heredero de todo. Y ¿qué dice la Palabra? El mismo hizo la puri­ficación de nuestros pecados "por medio de sí mismo", y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. ¡Qué motivo más pro­fundo de adoración y alabanza!

 

En el capítulo 2. El Señor quiso hacerse hombre, no sólo para revelarnos a Dios, sino también para llevarnos a la gloria como hijos: fue hecho perfecto por medio de los padecimientos (versículo 10 – LBLA), y gustó la muerte por todos. Como hombre (pero siendo el "se­gundo hombre"), Él ha glorificado perfectamente a Dios, y Dios le ha coronado de gloria y honra, y ha sujetado todas las cosas debajo de Sus pies. Esto no está realizado aún, pero la fe se goza en verle allí en las alturas, glorificado (versículo 9), y adora pensando que, para salvarnos y para glorificar a Dios, quiso —por un tiempo— ser un poco menor que los ángeles, ser hecho perfecto por medio de los padecimientos, y gustar la muerte por nosotros. ¡Si!, antes de ser glorificado Él participó de carne y sangre (versículo 14), y quiso experimentar lo que es andar como hombre de Dios en un mundo puesto en maldad: es pues, capaz de socorrer a los que son tentados, y de simpatizar con sus flaque­zas (pero no con el pecado). Está pues en las alturas, por nos­otros, fiel, y también misericordioso Pontífice.

 

Capítulo 3. Por lo cual, considerémosle allí, estableci­do o constituido por Dios (versículo 2) para cuidar de nosotros; no nos creamos pues solos, abandonados, sin socorro ni recursos para andar luchando contra los principios del mal en nosotros y las dificultades alrededor de nosotros. No bajemos la cabeza, desanimados, hermanos ¡no!, sino que mirando a Él retengamos firme nuestra confianza y la gloria de la esperanza, hasta el fin (versículo 6), es decir con una vigilancia de cada día (v. 13). Retengamos estas dos cosas: la confianza en el socorro cons­tante que tenemos en las alturas, y la gloriosa esperanza que nos llena cuando miramos la meta, el resultado de nuestra carrera. Fue precisamente porque abandonó estas dos cosas que el pueblo de Israel falló en el desierto. ¡No hagamos como este pueblo, hermanos! Miremos que no haya en nosotros un corazón malo de incredulidad, para apartarnos del Dios vivo (en cuanto a la marcha cristiana). Velemos contra el engaño, la seducción del pecado, seamos valientes y firmes hasta el fin (versículo 14), mi­rando siempre hacia arriba y siempre delante de nosotros.

 

El capítulo 4.   Viene a animarnos, pues nos declara que tenemos una preciosa promesa que debe incitarnos a andar con paciencia y perseverancia: es que, al término de nuestra carrera entraremos en el reposo de Dios. Queda un reposo para nosotros: que este pensamiento nos llene de gozo; es el reposo de Dios. Será el término, el fin del trabajo y de los ejercicios espirituales que le acompañan. Será el término de la vigilan­cia, de la paciencia, de la perseverancia, de la esperanza y de la fe. Será "el reposo". Esforcémonos pues para entrar por la fe en aquel reposo (versículo 11), para no caer imitando la incre­dulidad de los israelitas. Gocemos ya por la fe de este reposo futuro, y sigamos con fidelidad nuestro camino aquí abajo; ya que —porque lo indica el final del capítulo— no estamos sin recursos para andar. Somos débiles, vacilantes, es verdad, pero poseemos dos recursos inestimables: la palabra de Dios, "vi­va y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos", y el sacerdocio de Cristo, "gran sumo sacerdote."

 

La Palabra de Dios obra en nosotros para revelarnos todo lo que nos haría tropezar en el camino de la fe, para hacernos discernir la carne (que hasta busca su provecho en lo que ha­cemos por Dios), y para mantenernos en la luz del Dios de la gracia, que nos ha llevado a Sí mismo. La Palabra nos revela, pues, las tendencias de la carne en nosotros, y nos llama a com­batirlas con la mayor vigilancia. ¡Sí, pero somos débiles y vacilantes en el combate! diremos. Precisamente por eso, ella nos enseña que tenemos socorro, un recurso divino en las al­turas, en el cielo, para que retengamos firme nuestra profesión. Tenemos un gran sumo sacerdote, que traspasó los cielos; Él fue ten­tado en todo como nosotros, mas sin pecado. Se compadece de nuestras flaquezas, las conoce; conoce también por experiencia el padecimiento de las tentaciones; podemos pues contar con Su socorro y con Su simpatía. Es para nosotros una plena segu­ridad: podemos pues acercarnos confiadamente al trono de la gracia tantas veces como lo necesitemos, siempre seguros de hallar socorro para resistir al mal, misericordia para nuestros pasos vacilantes, y también gracia, porque Dios sabe que odia­mos el pecado que tan estrechamente nos rodea, nos asedia.

 

Los capítulos 5 al 10 continúan tratando este precioso tema del sacerdocio de Cristo (con algunos otros temas inter­calados), siempre para destacar la superioridad de Cristo y de Su Obra en contraste con los tipos del Antiguo Testamento que los prefigu­raban.

 

En los últimos capítulos tenemos consideraciones de la mis­ma clase, derivadas de las verdades expuestas anteriormente. Ya que tenemos socorro siempre que lo necesitamos, y el re­poso de Dios asegurado al fin de nuestra carrera, somos exhor­tados (capítulo 10, en los últimos versículos) a mantener firme la profesión de nuestra fe sin fluctuar, porque Aquél que pro­metió es fiel —y a no perder nuestra confianza, que tiene gran­de galardón—. Bien sabe Dios que la paciencia nos es necesaria en el camino que andamos, pero "aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará." (versículo 37); hasta en­tonces, hemos de vivir por la fe. Ahora bien: la fe hace pre­sente para nuestros corazones las cosas que esperamos, y es, para nuestras almas la demostración de las que no se ven (Hebreos 11:1). Además, tenemos una grande nube de testigos quienes, an­tes que nosotros fueron victoriosos por la fe, y abandonaron todo para ir al encuentro de las cosas que no habían visto.

 

Pero, por encima de todos esos testigos, el Señor anduvo también en este camino, donde fue el "consumador de la fe", y en este camino sufrió la contradicción de los pecadores contra sí mismo. Sufrió la cruz y menospreció el oprobio. (Hebreos 12: 1-3). Nuestros corazones hallan reposo y confianza cuando piensan que el Señor mismo estuvo en el camino que andamos, y conoce sus dificultades. Dejando pues todo el peso del pecado que nos rodea, si algo quiere impedir que andemos fielmente, miremos a Jesús, y corramos con paciencia la carrera de la fe; no nos cansemos en nuestros ánimos desmayando. Pues aún no hemos resistido hasta la sangre, hasta la muerte, comba­tiendo contra el pecado como el Señor; por eso, Dios —que cuida de nosotros como hijos Suyos, y quiere que seamos santos y felices de manera prácticainterviene, mediante la reprensión, y aún el castigo, con el objeto de separarnos del mal que nos perjudica y turba nuestro gozo. De modo que podemos con­fiar en Dios plenamente; pues Él mismo dijo: "No te desam­pararé, ni te dejaré" (Hebreos 13:5).

 

Que Dios nos ayude para meditar y aprovechar estas ri­quezas, estas provisiones divinas que la FE aprovecha para salir victoriosa de todo. Sepamos aprovecharlas confiadamen­te y felices en la espera del reposo que nos es prometido. Re­nunciemos a buscar reposo alguno aquí abajo: es tiempo per­dido; en cambio, que nos sea dado, aceptando lo que Dios ha hecho por nosotros, entrar cada día más en el goce del reposo de nuestras almas.

 

Traducido de "Le Messager Evangélique"

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1964, No. 67.-

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