VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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DOS ESCOLLOS QUE HEMOS DE EVITAR (Nehemías 6)

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DOS ESCOLLOS QUE HEMOS DE EVITAR

 

(Nehemías capítulo 6)

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza)

 

 

El libro de Esdras, que precede al de Nehemías, relata las circunstancias en que, una vez vueltos del cautiverio babilónico, los Judíos restablecieron el culto a Jehová su Dios; el altar fue construido, los sacrificios ofrecidos según la ley de Moisés; y así las relaciones de Israel con su Dios fueron reanudadas. Luego se procedió a la construcción del Templo; pero una oposición enemiga a esta obra no tardó en mostrarse por parte de los pueblos vecinos, la que logró hacer suspender los trabajos. Unos años después, mediante las profecías de Zaca­rías y Hageo, enviados por Jehová, el pueblo cobró ánimo y retornó a la obra confiando en la fidelidad y el poder de su Dios. En poco tiempo pusieron feliz término a la construc­ción del Templo.

 

Ochenta años transcurrieron desde entonces hasta Nehe­mías; largos años en que la ciudad de Jerusalén había queda­do desprovista de murallas y puertas; expuesta a ser destruida o absorbida por el exterior. La descripción del estado en que se hallaba esta ciudad dada en los primeros versículos de Nehe­mías es de lo más dolorosa; arrancan lamentos y lágrimas al piadoso Israelita. Este sabía, como nosotros también, que Dios exige de los Suyos una separación práctica del ambiente mun­dano que los rodea y de sus principios; de lo contrario, el culto que Le quieren rendir será contaminado y sus relaciones con Dios, un Dios santo, serán perturbadas y la ruina sigue inevi­tablemente.

 

Para nosotros cristianos que vivimos en tiempos mar­cados por la ruina de la Iglesia, invadida por principios co­rruptores mundanos desde siglos ya, la muralla por la cual Jerusalén urgía ser protegida simboliza la más rigurosa sepa­ración del mundo; el mundo religioso o sin religión. Además, para que la Iglesia, la Asamblea de Dios, sea preservada de todo mal, los que la componen han de construir la muralla cada uno delante de su casa como nos dan el ejemplo los fieles israelitas mencionados en el capítulo tres de este libro. Sólo podremos imitarlos poniendo en práctica las enseñanzas de la Palabra de Dios, aplicándolas en todos sus detalles tanto a nuestra vida personal como a la de nuestro hogar. Si, con un santo empeño, todos realizáramos esta separación del mal, éste no podría introducirse en la Asamblea de Dios. No es todo; las puertas eran indispensables en la muralla cual medio de comu­nicación con el exterior; pues ha de haber en nuestra vida tam­bién lo que ellas representan; no estamos todavía en el cielo, vivimos en un mundo pecaminoso, enemigo de Dios, pero hemos de tener con él un contacto controlado.

Además no podríamos estar satisfechos con ostentar una separación con el mundo, descuidando ciertos detalles indis­pensables para nuestra seguridad, como lo hiciera el gran sa­cerdote Eliasib. Él edificó la puerta de las Ovejas aparentan­do mucha santidad, "consagrándola", repite dos veces el texto ("ENTONCES se levantó Eliasib, sumo sacerdote, con sus hermanos los sacerdotes, y edificaron la puerta de las Ovejas; ellos la consagraron con ritos solemnes, y asentaron las puertas; y hasta la torre de Hamea consagraron el muro, y hasta la torre de Hananeel." Nehemías 3:1 - VM), pero dejándola desprovista de cerrojos y barras para su seguridad. Esta puerta, pese a su apariencia, no ofrecía ninguna garantía contra la introducción del mal procedente del exterior. El capítulo 13, versículo 28 nos dice algo importante respecto a la familia del gran sacerdote Eliasib; revela el por qué, o el resultado tal vez, de la falta de los cerrojos y barras de la puerta que construyó: uno de sus nietos era yerno de Sanbalat, el enemigo más peligroso del pueblo de Dios. Esta puerta no proporcionaba ninguna seguridad; nada se oponía a la introducción de los principios destructores de la familia sacerdotal.

 

Hemos de examinar con la luz de Dios si "las puertas" que nos comunican con el mundo exterior se hallan provistas de lo que representan los cerrojos y las barras, a fin de no conceder al mundo concesiones que fácilmente por falta de vigilancia y oración "la carne" está dispuesta a hacerle. Estas concesiones manchan nuestro testimonio, lo debilitan y a la vez nos privan de nuestra comunión con Dios. Sobradas razo­nes tenemos para velar: el mundo, siempre al acecho, nos dará innumerables razones para no rechazar sus principios o sus tentaciones.

El triunfo que Satanás busca lograr en su lucha contra Dios nos da a entender la razón por la cual desde el comienzo de la recons­trucción de la muralla se reveló una tenaz oposición, la misma que hubo contra los que trabajaron en la edificación del Tem­plo en tiempo de Esdras, encabezada esta vez por Sanbalat. Ni bien los enemigos de Jerusalén se enteraron que alguien había llegado de parte del rey Artajerjes procurando el bien del pueblo de Dios, eso les disgustó en extremo; y al iniciarse la obra, Sanbalat y los suyos escarnecieron a los constructores prestándoles malas intenciones (Nehemías 2:19). Sin embargo, se prosiguió el trabajo. Viendo levantarse la muralla, Sanbalat se encolerizó en gran manera e hizo escarnio de los Judíos junto con su siervo Tobías el Amonita (Nehemías 4: 1-6). La oposición crecía pero la construcción adelantaba también; al ver los portillos cerrarse, el escarnio se cambió en amenazas: los enemigos "conspiraron todos a una para venir a atacar a Jerusalén y hacerle daño." (Nehemías 4:8). Estas amenazas tuvieron un buen resultado: hicieron que los trabajadores recu­rrieran a la oración (versículo 9) y a sus armas también (versículos 15 al 23); ejemplos que hemos de seguir, echando mano de la arma­dura y los medios que nos ofrece la Palabra de Dios para tornarnos en soldados invulnerables y fieles obreros hasta el fin.

 

Pese a las amenazas del enemigo y obstáculos de toda clase proviniendo del interior también (Nehemías 5), la muralla fue terminada. Sin embargo, estaríamos muy equivocados al pen­sar que el enemigo ya había depuesto las armas; convencido que la violencia era inútil, recurrió a otros artificios. Sanbalat y sus acólitos no habían logrado impedir a los Judíos cons­truir la muralla y realizar así su separación y protección del exterior; ahora, tratan de alejar al fiel Nehemías de Jerusalén, centro de sus trabajos. El enemigo constata que no hay más brechas en la muralla pero las hojas de las puertas no están aún colocadas (Nehemías 6:1); si lograse impedir a Nehemías realizar esta parte importante de la obra, tendría todavía acceso a la ciudad. Con este propósito, Sanbalat y Gesem el Árabe, despachan un mensaje a Nehemías: "Ven y reunámonos en alguna de las aldeas en el campo de Ono." (Nehemías 6:2). Ahora no se trata ya de violencia, ni de burlas: «deseamos sos­tener relaciones amistosas» —parecen decir— «hemos aprendido a ser tolerantes, encontrémonos pues fuera de las murallas... en el valle de Ono, el valle de los artífices (Nehemías 11:35); allí se puede desarrollar una actividad mucho más amplia que entre los estrechos límites de Jerusalén...» Este es el pri­mer escollo que estas líneas quisieran hacer notar al lector.

Con motivo de dañar el testimonio actual, el que, por Su gracia Dios ha mantenido desde el avivamiento del siglo pa­sado, aunque muy débil, los medios que el enemigo emplea hoy son las mismas reproducciones de entonces. Los obreros que Dios suscitó en ese avivamiento, los del comienzo sobre todo, tuvieron que afrontar el desprecio, la burla, la cólera de los adversarios de la verdad, a quienes vencieron mediante la oración y la espada de la Palabra; pero ahora, como en el tiempo de Nehemías, este testimonio ha de hacer frente a otros ardides con que el enemigo se afana a destruirlo.

A menudo oímos este lenguaje: «¿por qué permanecer entre los reducidos términos de lo que decís ser "la Asamblea de Dios", donde no recibís a todos los cristianos? ¿No hay traba­jos en otros ambientes? Venid pues con nosotros a la obra para el establecimiento del reino de Dios en la tierra, levantemos el nivel moral de la cristiandad; luchemos contra los vicios y desórdenes que avergüenzan la religión cristiana...» Hasta in­sinúa el enemigo que la obra evangelizadora es obra más importante que el mantener verdades que conciernen a la Asam­blea de Dios. «¿Por qué insistir en esas verdades que a menudo acarrean disputas y hasta divisiones entre creyentes? Estas cesarían si nos halláramos todos sobre un terreno de coo­peración...»

 

Reparemos al pasar, que tanto el evangelismo como el enseñar, es obra de personas a quienes el Señor dio dones mediante los cuales "piedras vivas" son añadidas a la Iglesia, como lo leemos: "…a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo… Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo." (Efesios 4: 7-12). No es pues la Iglesia como tal la que evangeliza o enseña, es ella más bien la que goza los benditos efectos de estos dones ejercitados por quie­nes los recibieron para este fin.

 

Los que, como Nehemías, toman en serio el bien de la Asamblea de Dios y la separación del mal bajo todas sus formas, deben esforzarse en la obra para mantener (en medio de la ruina) los caracteres de Dios en Su Asamblea; carac­teres que el enemigo busca hacer desaparecer por todos los medios a su alcance. ¿Qué contestará Nehemías a la invita­ción de sus adversarios para encontrarse con ellos en el valle de los artesanos? ¿Sabrá discernir el peligro? "Yo estoy haciendo una gran obra y no puedo descender. ¿Por qué ha de detenerse la obra mientras la dejo y desciendo a vosotros?" (Nehemías 6:3 – LBLA). ¡Qué precio­sa lección de sabiduría nos da ese fiel Israelita! Imitémosle; no abandonemos el terreno de la separación para satisfacer a los que no comprenden la importancia que hay en obedecer a las enseñanzas de la Palabra de Dios. Esto es "una gran obra..." ¿Cómo la juzgáis vosotros? ¿Cómo siendo "pequeñeces"? Tenéis razón si os referís a Zacarías 4:10.

 

El abandono de la verdad abre la puerta al enemigo quien, de manera sutil al principio, introduce el mal, pero grosera y abiertamente después. La menor duda respecto a una pe­queña parte de la verdad nos priva del discernimiento espi­ritual tan necesario hoy y facilita al enemigo en su tarea destructora. La Palabra de Dios no nos abandona a nuestro criterio para conocer los pensamientos divinos, la enseñanza del Espíritu Santo nos los revela por ella; a nosotros al leerla. Como en tiempos del profeta Hageo, Dios nos dice: «mi Palabra y mi Espíritu permanecen con vosotros...»

 

¡Con qué insistencia los enemigos de Jerusalén tra­tan de alejar a Nehemías de su trabajo! Cuatro veces renue­van su invitación, pero siempre es rechazada; y una quinta vez un mensajero es enviado con una carta abierta en la mano: todos pueden tomar conocimiento de ella: el peligro es más grande. Esta carta no contiene sino calumnias: acusa a Nehe­mías de ambicionar hacerse rey en Jerusalén. ¿No han sido a menudo acusados de despotismo sobre la grey del Señor los que con firmeza hacen valer los principios de su Palabra en la Asamblea?

 

Nehemías no se deja atemorizar, desenmascara al men­tiroso, enviándole a decir: "No hay tal cosa como dices, sino que de tu corazón tú lo inventas." (Nehemías 6:8). Es el estar cerca de Dios lo que permite a Su siervo discernir las mentiras ale­gadas, el origen de ellas y sus motivos también: "todos ellos nos amedrentaban, diciendo: Se debilitarán las manos de ellos en la obra, y no será terminada." (versículo 9). Sólo el Señor puede dar a Su siervo el discernimiento necesario, me­diante Su Palabra, para desbaratar las intrigas de Satanás; Él las venció todas. Pero es menester comprender, por esa Palabra también, el pensamiento de Dios en cuanto al testi­monio a que nos llama, y para el cual nos alienta.

 

Los artificios de Sanbalat son desbaratados una vez más, pero eso no es todo; Nehemías agrega, como hablando a Dios: "ahora, pues, oh Dios, fortalece tú mis manos..." (versículo 9); él sabe que el enemigo ha de volver a la carga, y por otra parte necesita nuevas fuerzas para continuar la obra. No cometa­mos el error de pensar que Satanás agotó ya sus recursos, hallándonos decididos a no abandonar el terreno de la sepa­ración del mal y rehusando unirnos a los artesanos de la cristiandad. En el ancho valle de Ono el enemigo maniobra con otra táctica. Como lo dijera un anciano siervo de Dios, Satanás posee 6.000 años de experiencia con el hombre; él sabe que si por un lado está en guardia contra el error, se ladea fácilmente del lado opuesto; le es difícil al hombre guardar su equilibrio. Y no lo puede hacer sino juzgando por la Palabra de Dios, toda influencia que en él mismo le hace perder 'la medida conforme al Santuario' (Levítico 27:25), es decir la medida de Dios.

 

La siguiente tentativa del adversario contra Nehemías halló su instrumento en Jerusalén misma; el peligro está en el interior. Para lograr sus propósitos el enemigo recurre a alguien del pueblo judío; es un tal Semaías. Este hombre finge temor, se ha encerrado en su casa; y dijo a Nehemías: "Reunámonos en la casa de Dios, dentro del templo, y cerremos las puertas del templo, porque vienen para matarte…" (versículo 10). ¿No parece que esta actitud es actuar conforme a los principios de separación sostenidos hasta aquí por Ne­hemías? Además se corre peligro afuera: "sí, esta noche vendrán a matarte"; en la casa de Dios se está en seguridad... entremos pues allá. Aquí se alza el segundo escollo que el sier­vo de Dios ha de evitar.

 

Nehemías que se ha fortalecido en Dios replica: "un hombre como yo ha de huir"? (versículo 11). Teniendo el mismo espíritu de fe, el apóstol Pablo escribe: "no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio." (2ª. Timoteo 1:7). Además, Nehemías sabe que sólo los sacerdotes, hijos de Leví, tienen acceso a la casa de Jehová; y él no es de raza sacerdotal; agrega pues: "¿Y quién, que fuera como yo, entraría al templo para salvarse la vida? No entraré." (Nehemías 6:11). Sólo el hombre que vive en comunión con Dios y que conoce Su Palabra contesta de esta manera. Comprende que no es Dios quien habla por Semaías el cual se declara pro­feta, ya que sus palabras están en contradicción con lo que está escrito en el libro de Números capítulo 1 versículo 51; las tentativas del enemigo tienen un objeto: hacer pecar al siervo de Dios y difamar su nombre (versículo 13).

 

En efecto, si por un lado no debemos abandonar el prin­cipio de separación que nos guarda de deslizamos sobre el terreno ajeno, de colaboración con todos, por otro lado, debe­mos conservar la anchura de corazón que es según el Señor. El encerrarse, por así decirlo, en el mero conocimiento de las verdades que conciernen a la Asamblea de Dios, preciosas por cierto, como si bastara conocerlas para ser fieles cristianos, constituye el peligro que muy a menudo corremos. No basta decir: «estamos sobre el terreno de la verdad...» como si una separa­ción 'eclesiástica' alcanzada por la inteligencia sea suficiente; no debemos olvidar el camino, es decir el testimonio práctico que se vincula a esta separación.

 

La verdad que hace proseguir al creyente en el sendero angosto, cuando está bien entendida, le otorga la anchura de corazón que es según el Señor. Esa anchura le hará llevar sobre sí a todos los miembros del cuerpo de Cristo, le hará orar por ellos, le hará pensar en ellos, haciéndole realizar así la unidad de este cuerpo, aun cuando no puede caminar con todos en el testimonio de esta unidad. El principio de es­trechez de corazón que combatimos, paralelo a encerrarse en el Templo, es dañino al testimonio de quienes, por gracia de Dios, se hallan sobre el terreno según la Palabra respecto a la manifestación de la unidad de la Iglesia, entre las rui­nas de la cristiandad. Si hemos de apartarnos de la iniquidad, separándonos de los vasos de deshonra, por otra parte debemos seguir "la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor." (2ª. Timoteo 2:22).

No hemos de encerrarnos en un mero conocimiento de la verdad; ella es encomiada por el testimonio fiel de quien la posee, es su propio fruto: 'el árbol es conocido por sus frutos'. De lo contrario, al descubrir los errores de quienes dicen poseer la verdad, el mundo la juzgará mediante los malos frutos que, bien lo sabemos, no provienen de ella, sino de la "carne" a la que se le dio rienda suelta. El testimonio de cada creyente debería ser el de siervos fieles a quienes Pablo exhorta: "mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador." (Tito 2:10).

El corazón estrecho, además, es sectario porque no piensa sino en sí mismo, en su propio círculo y expone a perder de vista un lado importante de la obra del Señor, es decir la evangelización. Si no hemos de abandonar el terreno bíblico de la Asamblea de Dios para ir a trabajar en el valle de los artífices, tampoco hemos de descuidar la obra que el evangelio nos encomienda, y tanto más cuando vemos alcanzarse los lími­tes de la paciencia de Dios para con este mundo.

No es tan sólo al ministerio del evangelista dotado por el Señor a que nos referimos; el testificar del Salvador a cuantos le rodean y en toda ocasión, con un corazón lleno del amor de Dios, pertenece a todo creyente. Y con ello, un andar práctico cual ornamento de la doctrina de Dios nuestro 'Sal­vador, acreditará el Evangelio que se predica; es así que se entiende la exhortación apostólica: "calzado los pies de alegre prontitud para propagar el evangelio de la paz…" (Efesios 6:15 – VM).

 

Uno de los motivos que lleva a la estrechez sectaria, cuyo paralelismo es encerrarse en la casa de Dios, revelado aquí, es el miedo; el miedo de testificar de nuestro Salvador. Nehe­mías lo descubrió: " Por esto mismo (Semaías) fué sobornado, para que yo tuviese miedo" (Nehemías 6:13 – VM); luego he aquí su fruto: "y que pecase". Pues el tener miedo de hablar del Salvador es pecado; ¡cuántas veces cometemos este pecado!

 

¡Ojalá tuviéramos el discernimiento de Nehemías! Semaías pertenecía al pueblo judío, pretendía ser profeta; pero no basta que uno sea miembro del pueblo de Dios para que se acepte todo lo que dice sin someterlo a ningún control; lo que pre­senta debe ser examinado a la luz de las Escrituras. "Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina" —escribe el apóstol Juan— "no lo recibáis" (2ª. Juan 10). Alimentándonos de la Pala­bra de Dios, tendremos los sentidos ejercitados en el discerni­miento del bien y del mal, y podremos rechazar lo que no procede de la verdad (Hebreos 5:14). Se corren otros peligros que podemos advertir aquí: si el caso es que no se le resta importancia a la verdad, muy a menudo se la desplaza de su lugar o se le agrega lo que nos agrada. Estos son ardides de Satanás en los que fácilmente caen los cristianos. ¿Qué sucede entonces? Damos al enemigo motivo para infamar el nombre del Señor; es lo que buscaban los adversarios de Nehemías. ¡Ah! ¿qué clase de fama hemos hecho a la verdad siendo infieles en nuestro testimonio? Cerrando los ojos a las insinuaciones de Satanás, le hemos entregado las armas que le eran necesarias para vencernos.

 

¡Cuán rápido y profundo a la vez fue el declive desde los tiempos de Esdras. Entonces los profetas Zacarías y Hageo ayu­daban a los que construían el Templo, comunicándoles los pensamientos de Dios; mientras que ahora Nehemías ha de hacer frente a falsos profetas y a un elemento femenino, Noadías (como una Jezabel en la Iglesia) (Nehemías 5:14), con Semaías un ver­dadero Balaam, corrompidos por el sueldo del enemigo (2ª. Pedro 2:15; Apocalipsis 2:16). Además, Tobías el Amonita había logrado crear vínculos estrechos con algunos de los principales de Judá: "porque era yerno de Secanías… Johanán su hijo había tomado por mujer a la hija de Mesulam…" (Nehemías 6:18). Uniones con Amonitas eran desobediencias flagrantes a la Palabra de Dios (Deuteronomio 23:3). Esta rebelión contra la autoridad de Dios era un signo patente de la decadencia de Su pueblo, lo que le quitaba todo discernimiento espiritual; los principales de Judá mantenían una correspondencia seguida con Tobías, y contaban delante de Nehemías sus buenas obras como si algo bueno podía provenir de la fuente corrompida que es el hom­bre caído y alejado de Dios.

 

En su camino, la Iglesia encontró los mismos adversarios tanto en los Cristianos judaizantes como en aquellos que con sus cartas turbaban a los Tesalonicenses (2ª. Tesalonicenses 2:2). Ella se acerca al final de su peregrinar en este mundo; nuestro testi­monio va declinando cada vez más... ¡reaccionemos!; la Palabra de Dios es la misma hoy, en días de ruina y división como en los días más bellos de su principio; la fe se apodera de esta Palabra y nos da la fuerza para obedecer al Señor cuyo retor­no se avecina. Quiera Dios otorgar a todos los Suyos un cami­nar sincero al testimonio del Señor suscitado por Él en el despertar del siglo 19, para que le seamos fieles hasta el fin, hallando en Su amor los motivos que nos hacen actuar, guardando Su Palabra, no negando Su nombre, el nombre del Santo y Verdadero.

 

S. P.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1964, No. 68 y 69.-

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