VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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REALIDAD (Hechos 5: 1-11)

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REALIDAD

 

 

Hechos 5: 1-11

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60).-

 

 

Es una cosa muy seria, superlativamente seria, por ben­dita que sea al mismo tiempo, el tener que ver con Dios; el ser conducidos a Su presencia y permanecer ante Él en rela­ción filial, siendo objeto de Su favor inmutable.

 

Y es de temer que a menudo, con todo y apropiándonos con gozo las bendiciones de una tal posición, no tengamos, sin embargo, más que un sentimiento bien menguado de la res­ponsabilidad que esto confiere. Es preciso que retengamos bien la verdad siguiente: Dios no puede ser burlado, y siendo Él tal quién es, quiere la realidad en aquellos que se allegan a Él. Ha sido buscado por muchos, no por lo que Él es, sino por lo que puede dar, y es por esa razón es que a los tales les falta el sentido de la profunda bendición que Su presencia aporta. Jamás conocie­ron lo que es estar con Dios y hallarse satisfechos de Su pre­sencia.

 

Lector: ¿ha conocido usted lo que representa estar a solas con Dios, el hecho de aislarse por un instante, por breve que sea, del agitado medio donde se halla, de la multitud y de las cir­cunstancias, para estar realmente solo con Él, sin temor ni duda, sólo con su alma llena y satisfecha de una dulzura y de una bendición que siente y manifiesta sin que la lengua pue­da expresar?

 

El lenguaje humano, en efecto, es incapaz de traducir lo que un alma enseñada por Dios puede gozar. Este gozo, por débil que sea, produce dos consecuencias, que si bien son netamente distintas, no pueden ser separadas: los afectos son atraídos y la conciencia es ejercitada.

 

Aquel cuyos afectos serán más atraídos, será aquel cuya conciencia habrá sido lo más profundamente ejercitada, pues en caso semejante el espíritu legal no existirá así como tampoco lo que debo hacer en tal o cual circunstancia, sino solamente lo que conviene a Aquel que ganó mi corazón.

 

Desgraciadamente, existen personas que no desearían estar demasiado cerca del Señor; no buscarían el lugar del discípu­lo que Jesús amaba recostado sobre Su pecho (Juan 13:23), seguramente se encontrarían más cómodamente con los criados del Sumo pontífice (Lucas 22: 54-60). Y sin embargo, ¿quién podrá negar que la más grande proximidad significa la más grande bendición, y que el dador necesariamente debe hallarse por encima de sus dones? Si los pensamientos, los caminos, las obras y la manera de obrar de Dios son tan ma­ravillosos y gloriosos, ¡qué no será Él mismo cuando se revela en la plenitud de Su bendición! Y un alma consciente de no comprender sino débilmente estas cosas, ¿no desearía acaso hallarse en esta proximidad? Es muy importante conocer algo de lo que hay en el corazón de Dios, de Sus planes inal­terables, formados desde toda eternidad en vista de nuestra bendición, de ser capaces de apreciar cada una de nuestras circunstancias según la medida de Su amor, un amor que no nos abandona jamás, sino que, a pesar de lo que somos, quiere dirigirlo todo para nuestro propio bien.

 

Los pensamientos del hombre en relación con la bendi­ción se circunscriben, a menudo, a las cosas de la tierra, mientras que la verdadera bendición consiste en conocer a Dios. ¿Le conocemos acaso más íntimamente que cualquier amigo terrenal, de tal manera que nuestra alma se regocije de Su presen­cia que en vez de aportarnos contrariedades, nos colma de dicha inefable? Una tal bendición es desconocida de aquellos que se acomodan allí donde el Señor no halla Su agrado, aque­llos que piensan que las palabras, palabras de las cuales nada corresponden a sus vidas —que no son otra cosa que una pro­fesión sin práctica— la verdad en la mente, mas sin realidad en sus corazones, son suficientes ante Aquel que nos es pre­sentado como el Santo y el Verdadero. Cuanto más Su pre­sencia sea realizada y manifiesta, más incompatibilidad apa­recerá entre lo que es opuesto a Su naturaleza y que no res­ponde a la perfección de Su Ser.

 

El pasaje citado conjuntamente con el título de este ar­tículo, reviste una importancia solemne en relación con el go­bierno de Dios hacia unas personas que, sin ser culpables de pecados groseros, han sido tentadas en revestirse de una apariencia de piedad y consagración que en la realidad no po­seían. Han especulado sobre la paciencia de Dios y se ima­ginaron que Él no tomaría cuenta la profesión falsa y la falta de realidad con la cual se abrigaban para deslumbrar a aquellos que les rodeaban. Todo esto era tanto más odioso a los ojos de Dios, puesto que Él estaba presente. Es a Él a quien habían mentido. Habían traído solamente una parte del producto de la venta de la heredad, pretendiendo falsamente ofrecer su tota­lidad. Dios estando allí, el pecado fue primeramente expues­to públicamente y a continuación halló un juicio inmediato, pues "Dios no puede ser burlado". Si en nuestros días Su presencia es menos realizada en la asamblea, y si Él usa de más paciencia, es bueno recordar que Su naturaleza no ha varia­do: aunque Su poder en gobierno no se manifieste públicamente de la misma forma, sin embargo, no abandona nada de lo que le es debido, y ciertamente, tarde o temprano, a menos que un verdadero arrepentimiento tenga lugar, visitará, según Su santidad, todo acto que tenga el sello de la falsedad y de la simple profesión.

 

La apariencia sin realidad es el signo cierto de la igno­rancia, de la indiferencia, o de la inercia del alma. Manifies­ta de una forma triste y solemne a la vez, que el que está mar­cado por ella no ha respondido a la bondad de Dios, y que todas las bendiciones derramadas sobre él con tanta liberali­dad, no han podido despertar esta santa y saludable gratitud, que produce necesariamente este deseo: ¿Cómo puedo agra­dar a Aquel que me ha amado así y me ha colmado de favores?

 

Cuando la profesión de la verdad no produce en el alma algún resultado correspondiente, cuando las palabras se que­dan en simples frases que jamás revistieron otra cosa que una apariencia de la vida sin hechos que las avalen, no tarda en manifestarse un endurecimiento progresivo. La concien­cia se embota al mismo tiempo que los afectos se enfrían. La profesión exterior puede subsistir, pero cuando almas que puede que tengan menos inteligencia, pero más energía espiritual, menos conocimientos pero más comunión con el Señor, se relacionan con dichas personas, disciernen prestamente la falsedad y el vacío.

 

La falta de realidad es una de las armas más temibles del arsenal de Satán. Deshonra al Señor, arruina el Testimonio y expone al santo que está marcado por ese estigma a la burla y el escarnio de parte del mundo y despierta en todo creyente sincero y verdadero de corazón, sentimientos de tristeza y ver­güenza, mientras que otros se sientes satisfechos con el hecho de abrigarse tras un tal ejemplo. La sensibilidad espiritual queda oscurecida, la conciencia ya no conoce más acerca de saludables ejercicios, el hom­bre espiritual (el hombre interior) queda paralizado y ren­dido, incapaz de formar un juicio recto sobre cualquier asun­to que guarde relación con los intereses del Señor.

 

Es cierto que en muchos casos esta falta de realidad de la cual los demás se dan cuenta cuando el propio interesado no tiene conciencia de ella, no proviene de un propósito deli­berado de inclinarse a lo que no conviene a la verdad que se profesa, sino a la ignorancia o a la apatía espiritual. Más de una persona en semejante estado no tiene necesidad sino de tener su atención fija sobre puntos difíciles para ponerse a obrar de manera distinta a como debiera. Para tomar un ejem­plo, hay almas sencillas que ignoran que el Espíritu Santo ha dado por mediación de los grandes apóstoles, Pedro y Pablo, preciosas directrices en relación con el arreglo y la compos­tura de las mujeres, cuando la Escritura abunda en exhorta­ciones generales en el sentido de no conformarse con los rudi­mentos del mundo.

 

Si el corazón es recto, bastará esclarecerlas para que ellas obedezcan a la Palabra. Pero, ¿no es solamente serio, para aquellas que conociendo estas verdades y profesando estar muertas al mundo, van al encuentro del Señor, y a conmemorar Su muerte, así como a encontrarse en Su presencia en un momento tal, adornadas con los atavíos del mundo, llevando el sello de su sometimiento a él, olvidando que para librarlas, el Señor de gloria, ha tenido que ir hasta la cruz? (Gálatas 1:4).

 

Cuanta aflicción causa ver que alguien pueda hablar libremente de una bendita esperanza, de una ciudadanía celestial, de un objeto para el corazón, de tal manera, que los demás se sor­prendan de que entre estas palabras y los hechos de quien las pronuncian, no exista ninguna analogía. Con facilidad nos escudaremos en que nos hallamos en el único y verdadero te­rreno; de haber salido hacia Cristo fuera del campamento, cuando en realidad, obrando en sentido negativo, haremos de Cristo la bandera de una separación eclesiástica y nada más; y si Sus derechos son débil y flojamente conocidos, ¿cómo Le rendiremos lo que Le es debido siendo Él la Cabeza, cuando venga el tiempo de la prueba?

 

Bajo cualquier forma que se presente, esta falta de reali­dad —y estas formas pueden ser bien diversas— siempre podemos remontarnos hasta la fuente del fracaso: y la fuente de esto es que el alma no tiene el hábito de andar con Dios, de traer todas las cosas a Su presencia y de buscar Su dirección en las circuns­tancias más simples de la vida diaria. Sin duda alguna, el que tiene estas cosas en el corazón y quiere complacer a su Señor, sufre en esta lucha en que la carne es mortificada y desarma­da, ¡pero conocerá la inapreciable compensación de tener la aprobación del Señor en Sus caminos!

 

Cuando Dios nos conduce cerca de Sí, no es para otra cosa que para bendecirnos, y esto de una forma digna de Él. Los que sabemos cuán ricamente nos ha bendecido por la eterni­dad, no diremos que no quiere ni puede bendecirnos en el tiem­po. Pero es preciso que la bendición sea según Él, y así siem­pre es perfecta. Dios buscará y hallará objetos sobre los cua­les derramar todo el amor de Su corazón y la plenitud de Su bendición. ¿Es que acaso no queremos ser de los tales? Que este sea el propósito firme de nuestro corazón: andar con Él y agradarle en todo. "Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios." (Génesis 5:24), y "tuvo tes­timonio de haber agradado a Dios." (Hebreos 11:5).

 

F .S. M.

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1962, No. 60.-

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