VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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REFERENTE A LA PIEDAD

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REFERENTE A LA PIEDAD

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

 

El hombre piadoso es aquel cuyo andar es del agrado de Dios, porque este no tiene otro motivo que complacer a Dios, el cual conocido por la fe.

 

La "apariencia de piedad" señala al hombre religioso, y si solamente existe la apariencia, o la forma, esta es una de las condiciones más peli­grosas: se profesa conocer la verdad, se la tiene entre las manos, pero aun poseyendo todo esto, uno se sustrae a su acción. Sabiendo lo que agrada a Dios, se obra complaciendo al corazón natural. Así era con los paganos de Romanos 1:18, y así es también acerca del estado, cuanto más grave, de los "hombres" de los tiempos peligrosos de los postreros días, que en posesión de la verdad cristiana, tienen la "apariencia de piedad", pero han 'negado la eficacia de ella' (2ª. Timoteo 3:5). En realidad son "impíos" (2ª. Timoteo 3:2).

 

La piedad es algo personal, tal como lo son las otras cua­lidades que el creyente es llamado a añadir sucesivamente a la fe (2ª. Pedro 1:7). La piedad supone que existen unas relaciones direc­tas entre un alma y Dios (alma en la que haya la vida divina) y que estas relaciones sean constantes (que la fe sea sincera y activa). Recordemos que estas benditas relaciones, son ante todo, de un carácter de santo temor, confianza, reconocimien­to y obediencia. El manantial de donde se desprende su vita­lidad brota interiormente, pues es algo individual: es el reco­nocimiento personal de Cristo, tal y como nos lo revela la Palabra. La Piedad es real en proporción al lugar que tiene en el corazón y en la vida del creyente este "misterio de la piedad", que es el secreto por el cual toda piedad es produ­cida y se traduce en fuerza y en poder. ¡"E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad"! (1ª. Timoteo 3:16).

 

Es de la misma grandeza de este misterio que la Asam­blea adquiere su función eminente. ¡Cuán débilmente la desem­peña!; pero esto corresponde al hecho de que aquellos que la componen no asignan al misterio de "Dios manifestado en carne" el lugar correspondiente. El grado de piedad individual determina su conducta en la "casa de Dios", y de la conducta de todos depende el orden interior y el testimonio fuera de esta casa, que es "(la cual es la iglesia del Dios vivo) columna y apoyo de la verdad." (1ª. Timoteo 3:15 – VM).

 

En esto existe una corriente cuyo sentido no puede inver­tirse. La piedad no fluye de la Asamblea, o Iglesia, al individuo. Por precioso que sea el hecho de la existencia de la Iglesia, ésta no comunica ni la piedad ni la fe. Tampoco la garantiza. No podrá tampoco substituir la comunión personal con Cristo. El conjunto es proporcional al valor de los que lo componen. Sea cual fuere la influencia que ella pueda ejercer sobre la conducta de los individuos, sólo lo será de una forma exterior y por mejor decir, indirectamente. Puede exhortar, disciplinar, etc., pero por sí misma, la iglesia no puede producir la piedad. No dispensa gracias, sino al contrario, las recibe de lo alto, pues ese es el objeto de parte de Dios; Cristo las asegura y el Espíritu Santo las distribuye y regula su empleo en operaciones diversas, para la utilidad común; pero el trabajo se opera en los individuos. La piedad se manifiesta en la adoración, en las buenas obras, en santidad práctica, pero estas manifestaciones, si bien confieren a la Asamblea su nivel en un momento dado, son pro­ducto de la piedad personal, y no puede ser de otra manera.

 

Ahora bien, cuando sólo existe la "apariencia de piedad", sin su eficacia, vemos al individuo atrincherarse, por así decir, tras la colectividad o el grupo. ¿Qué es, en efecto, guardar toda esta forma y negar su poder, sino reclamar pertenecer a un cuerpo reli­gioso que profesa el nombre de Cristo, y vivir según los pen­samientos de su propio corazón, dejando a este cuerpo la res­ponsabilidad de las relaciones con Dios? ¡Que cuiden los ministros de mi religión de hacer lo necesario para mi suerte en el más allá! El cuerpo en cuestión, que a la vez toma tales responsabilidades y acepta estos servicios exteriores, no guarda en sí mismo, en estas condiciones, más que la apariencia de la vida, sean cualesquiera, por otra parte, sus actividades y sus pretensiones.

 

En esto reconocemos la condición general de la cristiandad entre la que nos hallamos, en marcha hacia la apostasía, que será consumada cuando la misma profesión será abandonada. Entretanto los cuerpos religiosos permanezcan bajo una u otra forma, el individuo toma de ellos su calificación religiosa. Bendito sea Dios que distingue, en el seno de este estado de cosas a muchas almas piadosas, que tal vez sólo Él conoce; el Señor dará su recompensa a los que "no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás" y "no han manchado sus vestiduras" (Apocalipsis 2:24 y 3:4); pero, cuán diferente es el tener conciencia de participar como elemento viviente en un cuerpo que vive, porque sus miembros viven por el Espíritu de Dios.

 

La piedad formalista (o, la forma de la piedad), siendo la negación de la piedad genuina, se concibe mal fuera de una profesión religiosa colectiva; sin ella no tendría mucha razón de ser. Un vestido no se tiene en pie de por sí; la profesión tiene necesidad de reposar sobre algo, bien que sea sobre un esqueleto. Para el simple profe­sante el cuerpo religioso al que pertenece no es otra cosa más que un órgano honorable de la sociedad del mundo. Por el con­trario, la verdadera piedad no precisa del apoyo terrestre, pues subsistirá en las condiciones más diversas, más penosas y aún en las más aisladas. Conduce al creyente a separarse del mal, aunque deba quedarse sólo; en el pasado dio a la mul­titud de fieles la fuerza para sufrir el odio, ser cortados de la sociedad de los hombres, perseguidos y puestos a muerte. Pero a menudo el Señor concede a los que tienen a pecho Su Nom­bre, el favor de reunirse, y aunque sean dos o tres, su profe­sión colectiva será cierta, según sea verdadera la piedad de cada uno de ellos. Si invocan al Señor "de corazón limpio", ¡qué grande bendición les será dispensada! A pesar de la rui­na gustarán que los recursos están siempre allí ya que tomando todo de la Cabeza, que es Cristo glorificado, "de quien todo el cuerpo (estando bien ajustado y unido por la cohesión que las coyunturas proveen), conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor." (Efesios 4:16 – LBLA). Pero si los que han sido conducidos a 'separarse de la iniquidad' para reunirse al sólo título de la unidad del cuerpo de Cristo, abandonan 'la eficacia de la pie­dad', vuelven a caer en una profesión formalista más culpa­ble que cualquier otra.

 

No hay necesidad de subrayar la gravedad de todo esto. El creyente no debe esperar a ser 'formado' por la Asamblea. Su formación se desprende de su comunión con Cristo, una comunión personal e intransferible, y es responsable de con­currir, en su medida, a que la Asamblea responda a su vo­cación.

 

         Que el Señor nos infunda estas cosas en el corazón. "Pero tú…", decía el apóstol Pablo a Timoteo (2ª. Timoteo 3: 10, 14; 2ª. Timoteo 4:5). "Pero vosotros…", decía Judas "a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo." (Judas 1, 17).

 

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1965, No. 76.-

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