VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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LA SALVACIÓN

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LA SALVACIÓN

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

RVR1865 = Versión Reina-Valera Revisión 1865 (Publicada por: Local Church Bible Publishers, P.O. Box 26024,  Lansing, MI 48909 USA).

 

 

I.   La salvación del alma

 

 

La palabra "salvación" es empleada en la Palabra de Dios en diferentes sentidos. Es importante que no los confun­damos y que no omitamos ninguno de ellos, pues es así como muchas almas llegan a turbarse o inquietarse.

 

Cuando, en la cárcel de Filipos (Hechos 16), el carcelero espantado y temblando se derribó a los pies de Pablo y de Silas pidiéndoles: "¿qué debo hacer para ser salvo?”, ellos dijeron: "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo".

 

Así es como Jesús da al alma que gime bajo el peso de sus pecados, una salvación perfecta y eterna, adquirida en la cruz del Calvario. Es la maravillosa certidumbre que nos da Juan 3:36: "El que cree en el Hijo, tiene vida eterna".

 

Es bueno que el alma que crea en Jesús como Salvador comprenda también la verdad siguiente: y es que su salvación no tiene como base sus propios méritos o sus sentimientos, sino únicamente la obra de Cristo; y esta obra ha satisfecho completamente todas las exigencias de la justicia divina. Dios ha dado la prueba de su entera satisfacción resucitando a Jesús de los muertos. De manera que, para la fe, Cristo re­sucitado es la prueba de nuestra perfecta justificación delante de Dios (Romanos 4: 21-23).

 

En cambio, querido lector, si no escuchas el llamamiento de Dios para que te arrepientas, y si menosprecias el don de su Hijo, ‘¿cómo escaparás si tuvieres en poco una salvación tan grande?’ (Hebreos 2:3).

 

 

II.   La redención de nuestro cuerpo

 

Otra salvación es prometida a los que han aceptado a Je­sús como Salvador. Es la "redención de nuestro cuerpo", la cual deseamos ardientemente, gimiendo dentro de nosotros mis­mos. El apóstol habla de dicha salvación en Romanos 8:23. Esta salvación del cuerpo es también obra de Cristo. Será com­pletamente realizada cuando Cristo vuelva para buscar a los suyos. "Así también Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que ansiosamente le esperan.” (Hebreos 9:28 – LBLA). Actualmente, esta salvación es el ob­jeto de la fe del creyente: "porque en esperanza somos sal­vos (Romanos 8:24 – RVR1865), y es lo que le aparta de las cosas terres­tres y le hace fijar los ojos en un Salvador resucitado, ahora en los cielos, pero que volverá en breve. "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.” (Filipenses 3: 20, 21). ¡Qué maravillosa esperanza!

 

 

III.   La salvación del andar cristiano

 

La Palabra nos habla de otra salvación, en la cual la res­ponsabilidad del creyente juega un papel.

El que vino a ser un hijo de Dios corre a cada instante el peligro de caer en las numerosas trampas que Satanás y el mundo ponen en su camino. Debe tener mucho cuidado de qué manera anda (Efesio 5:15). Es en el mismo sentido que el apóstol Pablo decía a los Filipenses: "ocupaos en vuestra sal­vación (no, ‘de vuestra salvación’) con temor y temblor (Filipenses 2:12). Había combatido junta­mente con ellos (Filipenses 1: 27-30), y luego, durante su ausencia, ellos mismos tenían que trabajar, no para conseguir la posición de hijos de Dios, posición adquirida por la obra de Cristo, sino para alcanzar o ganar, cada día, la victoria sobre el enemigo hasta el fin de su carrera en este mundo. El enemigo hará siempre esfuerzos para arruinar el testimonio del cristiano. Lo que nos salva es la fe, por la cual aceptamos el don de Dios, pero, ¿qué pensar de aquel que declara poseer la fe, por la cual aceptamos el don de Dios, y cuyo andar no corres­ponde en nada a esta fe? En vez de ser ‘perfeccionada’, como dice el apóstol Santiago (Santiago 2:22), es "muerta" (Santiago 2:20), "muerta en sí misma" (Santiago 2:17), ya que no hay obras que demuestren su existen­cia. Es muerta a los ojos de los hombres, "...conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1ª. Pedro 1:17).

Si no realizamos esta exhortación, nadie puede afirmar que somos hijos de Dios. Sin duda alguna, Dios conoce a los su­yos: el "justo" Lot fue salvado como a través del fuego, pero su testimonio en la tierra fue inexistente, lo que no honra a Dios.

 

B. S.

 

Revista “Vida Cristiana”, Año 1965, No. 76.-

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