VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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LAS DOS RELIGIONES (la de la carne y la del Espíritu) (Henri Rossier)

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LAS DOS RELIGIONES

(la de la carne y la del Espíritu)

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

LBLA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso.

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

 

Si se pregunta a los que se preocupan por estas disciplinas, ¿cuántas religiones existen en el mundo?, no hay duda de que redactarían una extensa lista que, partiendo de todas las desviaciones de la Revelación primitiva, conducirían al final a la religión judía y al cristianismo. Pero en realidad, en el mundo, han existido solamente dos religiones, y éstas están en abierta oposición la una contra la otra. La primera es la religión de la carne, la segunda la religión del Espíritu, este don de Dios a la fe en una salvación gratuita. La primera de estas religiones es tan antigua sobre la tierra como el pecado del hombre; y la segunda lo es tanto como la Redención, lo cual hace que las hallemos a ambas en el origen de nuestra historia. Desde el principio están personificadas en las acciones de dos hombres: Caín y Abel. Sólo precisamos considerarlos un momento para descubrir los caracteres de sus religiones y ver que son irreconciliables. Empecemos por Caín:

Su religión, que es la de la carne, ofrece tres rasgos dis­tintivos:

1) Pretende que el hombre caído es capaz de adqui­rir una justicia que sea del agrado de Dios. Piensa que hacien­do el bien —pues esta religión no duda que el hombre, a pesar de su caída, sea capaz de hacerlo— podrá ser recibido y reco­nocido como justo en la presencia de Dios. Notamos inmedia­tamente que este principio ignora dos cosas: La justicia de Dios que necesariamente debe condenar al pecador, y la jus­ticia de Dios que le es ofrecida en Cristo para justificarle.

2) El segundo rasgo distintivo de la religión de la carne es, que ella ignora totalmente el estado de ruina del hombre, como fácilmente podemos asegurarnos por el primer rasgo que he­mos expuesto. Esta religión busca el bien en el hombre para presentarlo a Dios. Para ella el hombre es pecador, sin duda; loco sería quien lo negara, pero, en su opinión, no está irreme­diablemente perdido; pues un objeto perdido, es preciso con­venir en ello, no sirve para nada, y

3) El tercer rasgo distin­tivo de la religión de la carne es que ignora el estado del mundo. No sabe que el mundo es, a los ojos de Dios, una cosa maldita que no puede probar nada más y sobre el cual el juicio definitivo ha sido ya pronunciado.

 

Estos tres aspectos de la ignorancia: de Dios, del hombre y del mundo se conjugan en Caín. Él, hombre injusto, piensa que Dios debe mirar a su ofrenda y recibirla, sobre un pie de justicia, en virtud de sus abnegados esfuerzos. Separado de Dios por el pecado, tiene bastante confianza en sí mismo para presentarse ante Dios con los resultados de su trabajo. Siendo maldito, viene a ofrecer a Dios los frutos de una tierra mal­dita, como si este mundo pudiera ser, ante Dios, lo que era antes de la caída.

 

En contraste con la religión de Caín hallamos la de Abel, que no tiene con la primera ningún rasgo en común. No se basa sobre el hombre, al cual estima pecador perdido, ni sobre la energía y los recursos que puede ofrecer, sino sobre un sa­crificio preparado por el mismo Dios en otro tiempo, para cubrir al hombre y a la mujer culpables (Génesis 3:21), sobre la gracia que lo presenta, sobre la fe que le atribuye valor, que lo ofrece a Dios y permite al pecador acercarse a Él como estando plenamente justificado de todo pecado. He aquí lo que hallamos en la base de la religión del Espíritu, que se mueve entre las cosas invisibles, única base reconocida de Dios; no teniendo ni el hombre, ni la carne, parte alguna, tal como la epístola a los Gálatas nos lo prueba superabundantemente, sin que nosotros tengamos necesidad de extendernos sobre ello.

 

Pero diréis: '¿entre estos dos contrastes absolutos, no es posible introducir un tercero que los reconcilie? ¿No ha san­cionado Dios a la religión de la carne dando Su ley al pueblo de Israel?' Es cierto que Dios ha dado una religión al hombre en la carne, ¿pero con qué fin? Precisamente para poner en plena luz lo que es la carne del hombre, y aun en las mejores condiciones de cultura posible. Nunca habría sido probada la ruina del hombre, ni su incapacidad en adquirir una justicia ante Dios, jamás la fe, como único medio de ser justificado, habría sido establecida, nunca habría sido manifestado el es­tado desesperado del hombre y del mundo, el cual, después de haber infringido la ley, ha rechazado a Cristo, único medio de salvación; nunca la necesidad de nacer y ser vivificado por el Espíritu, siendo la carne inútil para todo (Juan 3:5; Juan 6:63) habría sido proclamada, si la ley no hubiese sido establecida.

 

La ley era perfecta, santa, buena, divina en su naturale­za, justa en todas sus exigencias —no había en ella ni un rasgo de pecado, pero la carne del hombre a quien fue dada la con­vertía en un instrumento inútil como medio de acercarse a Dios y de adquirir una justicia ante El. La ley "era débil por causa de la carne" (Romanos 8:3 – LBLA). La ley es, pues, dada no como regla a la carne, sino para cerrarle la boca, para que todo el mundo sea "culpable ante Dios", para traer al hombre el conocimiento del pecado y declararle infinitamente pecador, para producir la ira, para hacerle morir; en una palabra, para matar al viejo hombre y no para salvarle. Ahora bien, esta era la inmensa verdad que se trataba de probar y que no podía serlo por ningún otro medio sino colocando al hombre bajo la ley. He aquí por qué la ley no supone anticipadamente al hombre perdido, sino que viene a probarlo. Si el hombre es capaz de una sola justicia, la ley le concede el medio de mostrar esta capacidad: "Haz esto y vivirás". He aquí también por qué ella no desvela de golpe el estado del mundo. Este estado no puede ser probado sino por medio de la larga historia del estado de un pueblo puesto bajo el terreno legal, en presencia de todos los llamamientos de Dios y finalmente en presencia de un Salvador.

 

Hemos considerado la simple religión de la carne en Caín, después la ley, la religión de Dios dada a la carne en el pue­blo judío. Pero queda aún una tercera forma de religión, una verdadera obra de arte de Satanás para engañar al hombre, re­ligión que la epístola a los Gálatas nos ocupa en toda su ex­tensión. El lazo en que los Gálatas corrían peligro de caer, y en el cual de una forma parcial habían ya caído, era el prin­cipio de esa nueva forma de religión de la carne, que poste­riormente se ha desarrollado bajo el nombre de cristiandad. Desde su conversión, los Gálatas, así como todos los creyentes bajo la gracia, habían recibido el Espíritu Santo en virtud de la fe: "En quien también, habiendo creído", dice, "fuisteis sella­dos con el Espíritu Santo de la promesa" (Efesios 1:13 - VM). Su religión no era pues la de la carne, sino la del Espíritu. Habían sido librados de la esclavitud del pecado para ser introducidos en la libertad de los hijos de Dios. Habían recibido por la fe, a Cristo como su Salvador. Eran salvos por la gracia. La fe en Cristo Jesús era su punto de partida para entrar en todos sus privilegios. Eran hijos de Dios gozando de la libertad de la gracia, y la gloria de su Salvador les estaba asegurada en el porvenir. Pero esta escena tan bella como simple, había cam­biado. Doctores judaizantes, adversarios fanáticos de una gra­cia sin mescolanzas, habían ido a enseñarles que debían aña­dir algo a lo que habían recibido por el ministerio de Pablo. Estas asambleas, salidas del paganismo, no se daban cuenta que lo que se les proponía era añadir la religión de la carne a la del Espíritu. "¿Habiendo comenzado en el Espíritu", dice el apóstol, "ahora os perfeccionáis en la carne?" (Gálatas 3:3 – VM). Estos doc­tores judaizantes no contradecían la gracia, pero hablaban de perfeccionar al creyente por medio de la ley. Esto representaba, al mis­mo tiempo, un medio para quedar ligados al antiguo orden de cosas, de no romper con la carne, de retener la ley como regla de vida y no dar la espalda al mundo. La ley dada por Dios se convertía en instrumento de Satán, para apartar al creyente de Dios y de Cristo. ¡Unas pocas observancias ceremo­niales no eran gran cosa! Los cristianos de entre los judíos, ¿no habían hecho estas cosas, y por mejor decir, las seguían haciendo? ¿Guardar algunas fiestas? ¿Dónde estaba el mal? ¿En la circuncisión? ¿No se trataba de un asunto de frater­nidad más firme para identificarse más íntimamente con los her­manos judíos? Sin duda que no se trataba del 'nada añadir, ni del nada quitar' que caracterizaba al cristianismo de los Colosenses y que les mostraba que todo estaba en Cristo y que Cristo era todo; ¡pero la diferencia era insignificante! ¿Para qué perder el tiempo discutiendo estas cosas?

 

Pero la realidad era otra. Esta mezcla destruía la misma base del cristianismo. Se establecía otra base para un sistema nuevo, que después de haber restablecido el viejo hombre, no aceptaba más su completa condenación, ni la muerte, ni la cru­cifixión de la carne, ni el anonadamiento de la justicia huma­na, ni la condenación definitiva del mundo.

 

Este sistema tan modesto en sus primeras manifestaciones ha dado posteriormente sus flores; es la religión de la actuali­dad, pero pronto la abandonará para volcarse en la completa incre­dulidad, pues estamos en la vigilia de la apostasía. Pero actual­mente, jamás hallamos en los sistemas de religión humana el fin de estas tres cosas mencionadas al principio de estas pági­nas como caracterizando la religión de la carne: el fin del hom­bre y su justicia, el fin de la carne y del mundo, pues cuando ha comprendido su alcance, un cristiano fiel, no puede hacer otra cosa que salir de él.

 

La religión del Espíritu conoce estas cosas y se separa, pues ella se basa en otros conocimientos bien distintos: "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." (2ª. Corintios 5:17). He aquí por qué nuestra epístola, en pleno acuerdo con la de los Romanos, está llena de estos temas: La justicia divina; el hom­bre puesto enteramente de lado; la ley sin fuerza; el mundo juzgado; un nuevo y segundo hombre introducido, que es Cris­to, con el cual, el primer hombre no tiene punto alguno de con­tacto, si no es para sus necesidades.

 

Si resumimos lo que hemos expuesto, hallamos estas cuatro verdades que el Evangelio nos presenta:

1) El fin del viejo hombre para introducir el nuevo. Esto es absolutamente definitivo y completo. Ante Dios sólo perma­nece el último.

2) El fin de la carne. Estoy crucificado. Sólo el Espíritu queda como el que tiene valor ante Dios. "Los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne, juntamente con sus pasiones y sus deseos desordenados." (Gálatas 5:24 - VM).

3) El fin de la ley, en el sentido de dirigirse a la carne para reprimirla; no tiene ya más razón de ser para adquirir una justicia: "Cristo es el fin de la ley para justicia, a todo creyente." (Romanos 10:4 – VM).

4) El fin del mundo. Somos librados del presente siglo malo; pero el cielo y la gloria nos pertenecen con Jesús (Gálatas 6:14).

 

Ahora bien, no reconocer estas verdades era el abandono del cristianismo, y por eso es que la epístola a los Gálatas, que no empieza por ningún testimonio de afecto, aunque exprese los profundos dolores de un amor lleno de angustia, va hasta poner en duda la presencia de la vida divina en los Gá­latas (Gálatas 4:19).

 

Henri Rossier

 

Revista "Vida Cristiana", Año 1966, No. 84.-

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