VIDA CRISTIANA (1961 a 1969)


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LA RAÍZ DE TODOS LOS MALES (1a. Timoteo 6:10) (Paul Fuzier)

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LA RAÍZ DE TODOS LOS MALES

 

(1ª. Timoteo 6:10)

 

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y  han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que, además de las comillas dobles (""), se indican otras versiones, tales como:

 

ATIHE = Antiguo Testamento Interlineal Hebreo-Español (Publicado por Editorial Clie)

BJ = Biblia de Jerusalén

BTX = Biblia Textual, © 1999 por Sociedad Bíblica Iberoamericana, Inc.

 

 

En todo tiempo, "el amor al dinero", esta "raíz de todos los males", ha morado en multitud de corazones humanos. "Los deseos de la carne" tanto como "los deseos de los ojos" o "la vanagloria de la vida" (1ª. Juan 2: 15, 16), pueden conducir al hombre a esta terrible pasión y hacer correr el riesgo a un creyente a 'perder su vida', mientras que cada vez conducirá más lejos, al incrédulo, en el camino de la perdición eterna.

 

Esta sed de riquezas, ¿no parece ser cada vez más deseada, en nuestros días, a causa del desarrollo del bienestar y la transformación de las condiciones de la vida? El enemigo se sirve en grado sumo de las pasiones del corazón natural para mantener a los inconversos bajo su poder e impedir también a los creyentes vivir la vida cristiana que debiera ser la de cada cual, realizando que la verdadera "ganancia" es "la piedad acompañada de contentamiento." (1ª Timoteo 6:6).

 

Este amor al dinero pone de manifiesto ciertos deseos del corazón humano. En una gran medida, el dinero permite a su poseedor obrar casi casi a su antojo; claro está que hay ciertas limitaciones, pero haciendo esta reserva, el dinero da al hombre la posibilidad de adquirir lo que quiere y de hacer lo que le place. Es a causa de esto que muchos quieren "enriquecerse", lo cual constituye un "lazo" en el cual el creyente corre el riesgo de caer (1ª. Timoteo 6:9). Y aun, sin que tenga esta 'voluntad de enriquecerse', cuando Dios dispone el confiar riquezas a uno de los suyos, éstas pueden serle un lazo cuando, careciendo del aprendizaje en la escuela divina, no 'sabe' vivir en la "abundancia" (Filipenses 4: 11 y 12). ¡Cuántas veces la "abundancia" ha sido el punto de partida de un camino de alejamiento, y cuánto hemos de velar "si se aumentan las riquezas." (Salmo 62:10)! El poder del dinero va aún más lejos: de hecho, gobierna el mundo abriendo la senda de la realización de todos los deseos de posesión y dominio, a tantas manifestaciones exteriores de ambición, de egoísmo y de orgullo. Todo esto testifica de la voluntad del hombre de no depender de nadie y sobre todo de no depender de Dios. ¿Es posible que tales sentimientos habiten en el corazón de un redimido? No olvidemos que nuestros corazones naturales son siempre los mismos y si nos dejamos gobernar por sus concupiscencias (o pasiones), podremos ser también arrastrados por este mismo amor al dinero, que es todo lo opuesto de la manifestación de nuestra dependencia de Dios, y de nuestra confianza en Él, quien ha prometido darnos lo que precisamos, día tras día (Mateo 6: 24-34). Nadie entre los creyentes osará decir que puede prescindir de Dios, sin embargo, ¿no obra como si la cosa fuera así aquel cuya vida en el fondo no tiene otro fin que buscar y amasar "muchos bienes . . . para muchos años" (Lucas 12:19), a asegurarse lo que él estima ser la seguridad del futuro con sus solos recursos, de tal manera que está inclinado a menospreciar el valor de esta constante dependencia de Dios expresada en la oración enseñada por el Señor: "El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy." (Mateo 6:11)?

 

El poder del dinero trae aparejado también otras consecuencias: en numerosos casos, rige da manera práctica las relaciones entre los hombres. Aquel que detenta riquezas ejerce demasiado a menudo una suerte de dominio, más o menos consciente y más o menos marcado, sobre los que dependen de él para cualquier derecho que sea. Esta influencia, aun no deseándola, puede conducir a los que la sufren a un comportamiento diferente del que debiera ser: y sucede, aun con desagrado, que se corre el peligro de depender de un hombre en lugar de Dios y obrar en tal circunstancia de una manera que la conciencia, alumbrada por la Palabra, reprueba.

 

La influencia del dinero tiene también consecuencias nefastas hasta en el servicio del Señor. Puede parecer, a primera vista, que el servicio será más fácil y fructuoso si se disponen de medios que solamente el dinero puede procurar. Puede parecer también que el siervo del Señor podrá tener ventaja en su servicio si no se halla en la obligación de emplear una parte de su tiempo para asegurar su subsistencia y la de su familia y tiene el suficiente dinero para ir y venir sin tener preocupaciones materiales. Todo esto parecerá evidente si uno se limita a considerar las cosas a la manera de los hombres. Existe a menudo un lazo peligroso en que el siervo corre el peligro de caer, lo cual le conducirá al desánimo en el servicio, cuando esperaba por el contrario poder llenar mejor su trabajo.

 

Meditemos algunas enseñanzas de la Escritura concernientes a este tema. El apóstol Pablo, cuyo oficio era "hacer tiendas" —aun trabajando, no por eso servía menos al Señor, lo mismo en el celo que en los resultados (Hechos 18:3 y siguientes). Cerca del fin de su carrera, recuerda a los ancianos de Éfeso que ha trabajado no solamente para sus necesidades sino también para los que estaban con él. Y aún más, ejercía también la caridad hacia los necesitados (Hechos 20:33 al 35). Así pues, Pablo ha trabajado para suplir sus propias necesidades, para subvenir a las necesidades de los que le acompañaban en sus viajes y, en fin, para "ayudar a los necesitados". ¿Acaso esto ha debilitado, ha obstaculizado o ha empobrecido su servicio para el Señor? ¿Ha pensado él, alguna vez, que serviría mejor si disponía de más amplios recursos materiales? Basta leer Hechos 20: 17 a 27 y 31; 1ª. Corintios 15:10; 2ª. Corintios 11: 23 al 33 entre otros pasajes para tener una idea, aunque sea imperfecta, de la gran actividad del apóstol y de sus resultados. Sin duda que recuerda a los Corintios que el Señor ha ordenado que "los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio", pero él no quiere usar de este derecho (1ª. Corintios 9: 1 al 23); es cierto que ha recibido dones de ciertas asambleas (¡y con qué gratitud!, Filipenses 4:15 al 20), pero estos dones no eran tanto para asegurarle sus medios de existencia —aunque a veces este caso existió (2ª. Corintios 11:8): estos dones constituían, sobre todo, un sello de comunión en el servicio, comunión de la asamblea con el apóstol y del apóstol con la asamblea. ¿El estado de una asamblea dejaba que desear? Pablo no podía aceptar nada de ella: de los Corintios nada quiso recibir; en nada quiso serles carga: "en todo me guardé y me guardaré de seros carga." (2ª. Corintios 11:9 - BTX. Ver también 2ª. Corintios 12:14). ¡Qué ejemplo y qué enseñanza para nosotros! Para llevar a cabo su cometido, el apóstol no cuenta con el dinero, es decir, con el poder y las posibilidades que este procura; con una fe viva, cuenta, eso sí, con el Señor quien sabe darle el tiempo, las facilidades, las fuerzas físicas y morales, los recursos indispensables en el campo espiritual, abrir las puertas, dirigir y fortificar a los que envía y que suministra a su siervo de todo lo necesario, fijando también limitaciones que es preciso respetar, pues una cosa es cierta, que cuando uno aportilla el vallado (Eclesiastés 10:8), se halla frente a frente con el poder del adversario. "Al que aportillare vallado, le morderá la serpiente." Un exceso de actividad no siempre es el signo del servicio más útil y bendecido.

 

Dejando de lado el poder del adversario, Pablo ha realizado, en su servicio, el poder de la fe, que es de hecho el poder de Dios, y nos exhorta a ser sus imitadores como él lo es de Cristo. ¿Y qué diremos si tomamos el ejemplo del perfecto Servidor? ¿Ha tenido alguna vez necesidad, durante Su ministerio de los recursos que proporciona el dinero? ¿Lo hallamos alguna vez sometido a su influencia o dependiente de su poder? ¡Qué motivo de meditación al considerarlo como no poseyendo un lugar en que reclinar su cabeza y no disponiendo de la pieza de moneda para pagar el impuesto de las dos dracmas! (Mateo 8:20 y 17: 24 al 27).

 

Querer enriquecerse es estar animado por el espíritu de este siglo, es caer "en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición" (1ª. Timoteo 6:9). Es ser tentado a obrar de manera que no siempre es correcta y que puede abocar en la deshonestidad, pues en un camino tal, uno no goza de la compañía de Dios. ¿Quién hablará de los "muchos dolores" en "que son traspasados" tantos creyentes en cuyos corazones habita el amor al dinero? (1ª. Timoteo 6:10). ¿Quién hablará también del mal que, en ciertas circunstancias, ha podido hacer el poder del dinero en el servicio del Señor, el cual ha sido una traba al despliegue del poder de Dios en respuesta a la fe del servidor?

 

¡Que nadie se deje ganar y conducir por "el amor al dinero"! ¡Correrá el peligro, el gran peligro, una vez llegado al final de su carrera terrestre, de tener que confesar que ha perdido su vida! En cambio, bienaventurado aquel que realiza la verdadera dependencia de la fe y recibe de Dios todo lo que le es necesario para responder a sus necesidades materiales, no poniendo su confianza en los bienes que le son dispensados, "sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos." (1ª. Timoteo 6: 17 al 19).

 

Podemos obtener una enseñanza útil en relación con esto, considerando la conducta de los Egipcios durante los años de hambre. "Cuando se sintió el hambre en toda la tierra de Egipto", Faraón, hacia quien clamaron por el pan, dijo a los Egipcios, "Id a José, y haced lo que él os dijere." (Génesis 41:55). En Egipto, donde no había pan, así como en Caná de Galilea donde no había vino, el recurso se halla siempre en Aquel de quien José era un tipo (Juan 2:5). "Entonces abrió José todo granero donde había, y vendía a los egipcios." (Génesis 41:56). "No había pan en toda la tierra, y el hambre era muy grave, por lo que desfalleció de hambre la tierra de Egipto y la tierra de Canaán". Los Egipcios volvieron pues a José diciendo: "Danos pan, ¿por qué moriremos delante de ti, por haberse acabado el dinero?". José les había vendido el grano, pero no tenían dinero para comprar de nuevo. ¿Qué hacer? José les respondió: "Dad vuestros ganados y yo os daré por vuestros ganados, si se ha acabado el dinero". Y trajeron todo el ganado a José; y José les dio pan por sus caballos, por el ganado de las ovejas y por el ganado de las vacas y por los asnos; y los sustentó de pan por todos sus ganados aquel año (Génesis 47: 13 al 17). Los Egipcios se han hallado en la obligación de dar su dinero en primer lugar, a continuación sus ganados, pero aún debían ir más lejos. Una vez agotado el pan, el hambre continuaba, de manera que volvieron por tercera vez a José a fin de exponerle su triste estado: "Nada ha quedado delante de nuestro señor sino nuestros cuerpos y nuestra tierra" y reducidos a este extremo están dispuestos a darse por entero a él: "Cómpranos a nosotros y a nuestra tierra por pan, y seremos nosotros y nuestra tierra siervos de Faraón." (Génesis 47: 18-19). Y es lo que hizo José, quien a continuación dijo: "He aquí os he comprado hoy, a vosotros y a vuestra tierra, para Faraón; ved aquí semilla, y sembraréis la tierra." La salvación estaba así asegurada y los Egipcios pudieron decir a José: "La vida nos has dado" (Génesis 47: 23-25). Los hombres, los mismos creyentes a veces, estiman poder vivir en la independencia de Dios, y gracias a su dinero y a sus ganados atravesar sin gran pena los períodos más difíciles. Pero Dios puede conducirlos a experimentar la vanidad de sus riquezas; sobrevienen circunstancias permitidas o enviadas por Él, que corresponden al hambre de Egipto, circunstancias que conducen al creyente a comprender que su parte es depender de Dios y de confiarse a Él sin reserva —"nuestros cuerpos y nuestra tierra"— lo que le permitirá probar que Dios es rico en medios para conservar la vida de los Suyos, aun cuando no haya más dinero. No solamente es un poco de pan el que José da a los Egipcios, cuando se entregan enteramente a él con sus tierras, es también la semilla necesaria para sembrar la tierra, de manera que pueda haber nutrición para ellos, para los que están en casa y para los niños (Génesis 47:24).

 

Abandonarse, reposarse en Dios, realizar de manera práctica que todo lo que disponemos —nuestros días, bienes, cuerpos, corazones— es de Él, tal es el secreto de la verdadera libertad. Esto nos conduce a vivir de fe, a andar por fe, probando el poder infinito de Aquel que puede, y quiere, responder a nuestras necesidades ¡Qué contraste entre esta parte gozosa y toda la clase de males que tiene por raíz "el amor al dinero"! ¡Que Dios nos preserve de traspasarnos a nosotros mismos de "muchos dolores"!

 

Paul Fuzier

 

Revista "Vida Cristiana", Año 1967, No. 87.-

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