COMENTARIOS DE LOS LIBROS DE LA SANTA BIBLIA (Antiguo y Nuevo Testamento)

Disertaciones acerca del Evangelio de Mateo - TEXTO ÍNTEGRO (William Kelly)

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Disertaciones acerca del Evangelio de Mateo

 

William Kelly

 

Obras Mayores Neotestamentarias

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles ("") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que podrán ser consultadas al final de cada capítulo..

 

Prefacio

 

«El autor confía que el volumen pueda demostrar ser de ayuda a los que aceptan las Escrituras como la Palabra de Dios y tienen confianza en la guía benigna del Espíritu Santo, el cual es enviado desde el cielo a glorificar a nuestro Señor Jesús. Aquí se ha hablado sobriamente de los asuntos críticos: en otro lugar se puede entrar en ellos con más detalle; porque la verdad no tiene nada que temer y mucho que ganar de la criba más minuciosa, si esta es competente y sincera. Sin embargo, en la presente ocasión la interpretación directa ha sido el objetivo, y el provecho práctico de las almas.»

 

Guernsey, Febrero de 1868.

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El hecho de que el Espíritu de Dios, al inspirar a Mateo, tuvo en perspectiva las aspiraciones y necesidades de los judíos, la evidencia del Mesianismo de Jesús y las consecuencias de Su rechazo tanto para ellos como para los gentiles, es una verdad que se ha impuesto a sí misma sobre la mayoría de los cristianos que han examinado los Evangelios con algún cuidado discernidor. Las pruebas internas de tal designio son tan amplias y variadas que lo único que sorprende es cómo una mente inteligente podría poner en duda los hechos o la inferencia. Sin embargo, se nos dice que si un objetivo judío hubiese sido mantenido constantemente ante el evangelista, la visita de los magos gentiles no podría haber sido relatada exclusivamente por Mateo, del mismo modo que la circuncisión de Jesús y Sus frecuentes asistencias a las pascuas en Jerusalén podrían haber sido relatadas exclusivamente por Lucas si él hubiera escrito para los gentiles. La objeción no tiene fuerza alguna cuando se ve que el Espíritu tuvo la intención, por medio de  Mateo, de hacer el seguimiento de la desafección de los Judíos para con un Mesías semejante tal como sus propias Escrituras retratan, no sólo exteriormente glorioso, sino primeramente como una Persona divina, aunque un hombre, insinuando en Su nombre mismo que Él era Jehová, que venía a salvar a Su pueblo de sus pecados, y no meramente de sus enemigos. (Mateo 1). ¡Qué retrato sigue a continuación en el capítulo 2! ¡Jerusalén turbada ante las noticias de Su nacimiento, y distantes magos Gentiles del Oriente que venían a rendirle homenaje! ¿Es esta la refutación del especial designio de Mateo? ¿Qué ilustración más hermosa de ello puede ser buscada? Y si Lucas nos presenta las más encantadoras visiones del remanente piadoso de Israel, y del Señor Jesús presentado primeramente en medio de ellos con la más exacta atención a cada requisito de la ley, ¿de qué manera deja esto de lado el testimonio de un Evangelio que abunda con evidencia de que Dios nos presenta allí a Cristo, remontándose en Su origen hasta "Adán, que era hijo de Dios" (Lucas 3: 38), y no desde Abraham y David, que eran el depositario de la promesa y del linaje del reino en Israel respectivamente? ¿Olvidaron los objetores que el gran apóstol de los Gentiles puso por obra regularmente el principio sobre el cual él insiste —"al judío primeramente, y también al griego"? (Romanos 1: 16; Romanos 2: 10). Los escritores inspirados reflejaron la riqueza de los modos de obrar de la gracia de Dios, no de la tecnicidad de la rutina humana.

 

Es evidente, asimismo, que las aparentes discrepancias en los relatos sincrónicos de los Evangelios sinópticos deben surgir, o bien de la debilidad de los instrumentos humanos, o de la sabiduría de gran alcance del Espíritu el cual imprimió sobre cada uno de ellos un designio especial, y así insertó, suprimió, o presentó variadamente el mismo hecho o verdad sustancial para la prosecución de aquel designio, no presentando jamás nada más que la verdad y, no obstante, presentando así la verdad completa. ¿Por qué la incredulidad afirma que una diferencia tal de designio es una teoría a priori? [Nota 1]

 

[Nota 1] A priori = locución adverbial. Antes de examinar el asunto de que se trata.

(Fuente: DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - REAL  ACADEMIA  ESPAÑOLA).

 

El testimonio habitual de cada Evangelio debe decidir este asunto. ¿Qué puede ser más manifiestamente a priori que el hecho de imputar, sobre un terreno como este, «inexactitudes históricas demostrables» a los historiadores inspirados, de los asuntos de más peso dados alguna vez al hombre para que él los registrase? Si el único método de escribir una vida fuese el de una simple secuencia, podría haber una apariencia de razón; pero, algunas de las biografías más famosas entre los hombres se alejan, en general o en parte, del mero orden de ocurrencia. ¿Qué se pensaría acerca del hecho de  atacar el crédito de ellas por un motivo como este? La falta radica en aquellos que objetan, no en la Escritura.

 

Yo tengo la certeza de que Mateo y Lucas fueron guiados a seguir un orden exacto, uno de ellos el orden dispensacional, el otro el orden moral; y de que ellos son mucho más profundamente instructivos que si uno u otro, o ambos, hubiesen adherido a la misma manera básica de un analista; y que es un mero grave error el hecho de caracterizar cualquier diferencia o arreglo resultante (tal como Mateo 8: 28, etcétera, comparado con Marcos 5: 1, etcétera, y Lucas 8: 26, etcétera) como una discrepancia real. Que tales defensores de la fe hagan lo peor que pueden hacer, pero el Cristiano no tiene nada que temer, sino sólo creer, y él verá la gloria del Señor y la belleza de la verdad. Indudablemente, una disposición diferente consiste en, y supone, el mismo incidente situado de diversas maneras, y está pensado, con deliberado designio, como para sacar a la luz más plenamente la verdad; pero, ¿de qué manera demuestra esto ser una discrepancia 'real'?

 

En todas partes se acepta que el Señor puede haber repetido la misma verdad, tal como Él repitió a menudo milagros similares. Pero, una diferencia de designio, por sí sola, es la explicación de todo el fenómeno de los Evangelios, y esto no es para deshonra de los escritores, sino para alabanza de su verdadero y divino Autor. El testimonio presencial y el apostolado no logran satisfacer el caso, porque dos de los cuatro Evangelistas no fueron ni lo uno, ni lo otro. El fundamento del nuevo edificio consiste de profetas así como también de apóstoles; y aunque Dios proporcionó testigos presenciales, Él demostró Su supremacía proporcionando los detalles más gráficos del ministerio de nuestro Señor mediante los mismos dos que no habían visto lo que ellos describen con detalles más gráficos que los detalles que son encontrados en los relatos de los dos que describen lo que ellos vieron. Tan falso es este criterio, incluso en cuanto a los dos apóstoles, que sólo Juan no presenta la escena de la agonía, ni la de la transfiguración, y sin embargo, solamente él de entre los evangelistas estuvo entre los más cercanos a ambos acontecimientos. Sólo él presenta la caída a tierra de la banda armada (Juan 18: 6), aunque Mateo la contempló al igual que él. Y Mateo presenta con la mayor plenitud el discurso profético en el monte de los Olivos (Mateo capítulos 24 y 25); mientras que Juan no lo presenta en absoluto, aunque es el único Evangelista que estuvo presente para oírlo.

 

El propósito del Espíritu es la verdadera y única clave en cada caso. Así, en cuanto a la inscripción en la cruz, nada es más sencillo que la perfección de cada informe para cada Evangelio; mientras que puede ser que el verdadero escrito contuviera el informe de Juan con la adición de las palabras iniciales de Mateo, adecuando el Espíritu Santo cada forma a Su objetivo en los Evangelios respectivos. La inspiración plenaria no excluye en absoluto sino que acentúa el designio especial. La verdadera pregunta es: ¿Debemos atribuir sus diferencias de forma a la sabiduría de Dios o a la debilidad del hombre? Por otra parte, la diferencia de lectura es un asunto de copias humanas, no del original inspirado. Por último, el apóstol no insiste meramente en que los hombres fueron inspirados, sino en que el Libro, — sí, toda Escritura- es divinamente inspirada.

 

Existe la evidencia más sólida para demostrar que el Griego de Mateo es el original y no una versión, aunque el Evangelista, posiblemente, pueda haberlo escrito también en Hebreo para la Iglesia temprana en Judea. Esto podía caducar, y lo que se necesitaba permanentemente perduraría.

 

Mateo 1

 

He pensado que sería provechoso ocuparse en uno de los Evangelios, y trazar, tan sencillamente como el Señor me capacite, el esquema general de la verdad revelada allí. Es mi deseo señalar el objetivo y el designio especiales del Espíritu Santo, a fin de proporcionar a aquellos que valoran la Palabra de Dios, indicios tales que puedan tender a  responder algunas de las dificultades que surgen en las mentes de muchos, y también a expresar de manera más clara grandes verdades que son susceptibles de ser pasadas por alto livianamente. Puedo asumir que el Espíritu de Dios no nos ha presentado aquí estos relatos acerca de nuestro Señor susceptibles a los errores de los hombres, sino que, por el contrario, Él mantuvo Su inerrante mano poderosa sobre aquellos que, en sí mismos, eran hombres sujetos a pasiones semejantes a las nuestras. En una palabra, el Espíritu Santo ha inspirado estos relatos para que podamos tener plena certeza de que Él es el autor de ellos, y ellos llevan así el sello de Su propia perfección. Así como Él se ha complacido en presentarnos varias narraciones, Él ha tenido igualmente un motivo divino para cada una de ellas. En resumen, Dios ha procurado Su propia gloria en esto, y la ha asegurado.

 

Ahora bien, no puede caber duda alguna, para cualquiera que lee los Evangelios con el más pequeño de los discernimientos, que el primero de ellos está muy notablemente adaptado para satisfacer la necesidad de los Judíos, y que saca a la luz las profecías del Antiguo Testamento y otras Escrituras que encuentran su cumplimiento en Jesús. Por consiguiente, hay más citas Escriturales que son aplicadas a la vida y muerte de nuestro Señor en este Evangelio que en todos los demás en su conjunto. Todo esto no fue algo que fue dejado a la discreción de Mateo. Es evidente el hecho de que el Espíritu Santo usó la mente del hombre para sacar a la luz Su propio designio; pero, cuando yo digo que Dios inspiró a Mateo para el propósito, lo que quiero dar a entender es que el Espíritu Santo se complació en guardarle y guiarle perfectamente en lo que él iba a divulgar.

 

Además de presentar a nuestro Señor de forma tal que abordara los pensamientos y sentimientos correctos o errados de un Judío; además de proporcionar las pruebas más particularmente deseadas para satisfacer su mente, es evidente, a partir del carácter de los discursos y parábolas, que el rechazo del Mesías por parte de Israel, y las consecuencias de ello para los Gentiles, son aquí los grandes pensamientos prominentes en la mente del Espíritu Santo. Por eso es que la ascensión no está en Mateo. El Judío, si había comprendido las profecías del Antiguo Testamento, habría esperado que viniese un Mesías, sufriera, muriera, y resucitase, "conforme a las Escrituras". (1ª Corintios 15: 3, 4). En Mateo nosotros tenemos Su muerte y resurrección, pero Él es dejado allí; y no sabríamos, a partir de los hechos relatados sólo por él, que Cristo ascendió al cielo en absoluto. Nosotros debemos saber que ello estuvo implícito en algunas de las palabras pronunciadas por Cristo; pero, en efecto, Mateo nos deja con Cristo mismo aún en la tierra. El último capítulo no describe la ascensión de Cristo, tampoco Su sesión a la diestra de Dios [Véase nota 2], sino que Lo describe a Él hablando a los discípulos aquí abajo. Una presentación tal de Cristo fue, peculiarmente, la que necesitaban conocer los Judíos. fue más adecuada para ellos que para cualquier otro pueblo en la tierra.

 

[Nota 2] Sesión = acción y efecto de sentarse  (Fuente: DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - REAL  ACADEMIA  ESPAÑOLA).

 

¿Y quién fue el agente empleado, y con qué idoneidad?  — Pues fue uno de los doce que acompañó al Señor desde el principio de Su ministerio hasta que Él fue llevado de entre ellos al cielo. (Hechos 1: 11 – NC). En aquel entonces él fue un testigo evidentemente competente para el Judío y mucho más idóneo de lo que habrían sido Marcos y Lucas, los cuales no fueron, hasta donde sabemos, compañeros personales del Señor. Pero hubo esta peculiaridad,  — que Mateo era un publicano, o recolector de impuesto, de profesión. Aunque era Judío él trabajaba para los Gentiles, posición que le haría especialmente aborrecible a sus compatriotas. Ellos le consideraban con aún más sospecha que a un extranjero. Esto haría que parezca, a primera vista, más extraordinario que el Espíritu Santo emplease a un tal para informar de Jesús como el Mesías. Pero, recordemos que hay otro objetivo a lo largo de todo el Evangelio de Mateo; y este es que no se trata sólo del registro de Jesús como el verdadero Mesías para Israel, sino que este evangelio nos muestra Su rechazo por parte de Israel y las consecuencias de la funesta incredulidad de ellos, — a saber, que todas las barreras que habían existido hasta aquel momento entre Judío y Gentil fueron derribadas, — emanando la misericordia de Dios hacia aquellos que eran despreciados y bendiciendo al Gentil de tan buen grado y tan plenamente como al Judío. De este modo, la admirable pertinencia de emplear a Mateo el publicano, y su consistencia con el alcance de su tarea, son evidentes.

 

Estas pocas observaciones pueden ayudar a evidenciar que hubo la mayor idoneidad en el empleo del primero de los cuatro Evangelistas para hacer la obra designada para él. Si nuestro objetivo fuera examinar a los demás evangelistas se podría fácilmente poner de manifiesto que cada uno tuvo exactamente la obra correcta que él debía hacer. A medida que procedamos a través de este Evangelio ustedes se sorprenderán, no dudo, por la sabiduría que escogió a un tal para presentar el relato del Mesías rechazado, despreciado por Sus culpables hermanos según la carne.

 

Pero, yo me limitaré, por ahora, a mostrar con qué sabiduría Mateo introduce tal relato del Mesías. Pues muchos deben haber quedado más o menos sorprendidos por el registro de nombres preliminar, y pueden haberse preguntado quizás, «¿Qué beneficio ha de ser obtenido de una lista como esta?»  Pero, nunca pasemos por alto nada en la Escritura como siendo un asunto liviano o dudoso. Hay una profundidad de bienaventurado significado en la narración que Mateo nos presenta acerca de la genealogía del Señor. Por lo tanto, yo debo ahondar un poco acerca de la manera perfectamente hermosa en que el Espíritu de Dios ha trazado aquí Su linaje, y dirigir la atención, brevemente, al modo en que ello armoniza con el relato divino acerca de Jesús para el Judío, el cual estaría planteando constantemente la pregunta de si acaso Jesús era realmente el Mesías.

 

Se observará que la genealogía difiere aquí totalmente de la que tenemos en Lucas, donde no es presentada al principio sino al final del capítulo 3. Así, en el Evangelio de Lucas aprendemos mucho acerca del Señor antes de que aparezca Su genealogía. ¿Por qué fue esto? Lucas estaba escribiendo a los Gentiles, acerca de los cuales no se podía suponer que estaban igualmente o del mismo modo interesados en Sus relaciones mesiánicas. Pero, cuando ellos se hubiesen enterado, en algún grado, acerca de quién era Jesús, sería muy interesante ver cuál era Su linaje como hombre, y retroceder en su ascendencia hasta Adán, el padre de toda la familia humana. ¿Y qué más adecuado sería vincularle a Él con la cabeza de la raza, si el objetivo era mostrar la gracia que saldría a la luz hacia toda la humanidad, la gracia de Dios portadora de salvación manifestada a todos los hombres? Uno podría colocar esa palabra que está en Tito 2: 11 como un frontispicio al Evangelio de Lucas. Leemos, "Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres". Es la gracia de Dios en la persona de Su Hijo, el cual se hizo hombre, relacionado en cuanto a humanidad con toda la familia del hombre, aunque la naturaleza en Él fue siempre única, y totalmente santa.

 

Pero aquí en Mateo nos encontramos sobre un terreno más estrecho circunscrito a una determinada familia, la simiente real de una determinada nación, el pueblo escogido de Dios. Abraham y David son mencionados en el primer versículo mismo. "Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham". ¿Por qué estos dos nombres son seleccionados así; y por qué aquí son puestos juntos en este breve resumen? Son puestos juntos debido a que todas las esperanzas de Israel estaban estrechamente ligadas con aquello que fue revelado a estas dos personas, pues David fue la gran cabeza del reino, aquel en quien se fundamentaba la verdadera línea del trono del Mesías. Saúl fue meramente el rey carnal que el propio Israel buscó transitoriamente por voluntad propia de ellos. David fue el rey que Dios escogió y es mencionado aquí como el antepasado del Ungido de Jehová, — el "Hijo de David". Por otra parte, Abraham fue el único de quien se dijo que todas las naciones serían bendecidas en él. (Génesis 22: 18, etcétera). De este modo, las palabras iniciales nos preparan para todo el Evangelio. Cristo vino con toda la realidad del reino prometido al Hijo de David. Pero si Él era rechazado como Hijo de David, aun así, como Hijo de Abraham, no sólo había bendición para el Judío, sino para el Gentil. Él es verdaderamente el Mesías; pero si Israel no lo aceptará, Dios traerá a las naciones, durante la incredulidad de ellos, a experimentar Su misericordia.

 

Habiéndonos presentado esta visión general, llegamos a los detalles. Comenzamos con Abraham, no retrocediendo en la ascendencia de Jesús hasta él, sino ascendiendo desde él. Todo Judío comenzaría con Abraham, y estaría interesado en seguir las etapas de la línea desde aquel al cual todos ellos estaban subordinados. [Nota 3].

 

[Nota 3] Tengan ustedes en cuenta que sería una imposibilidad que algún Judío presentase ahora su genealogía desde Abraham o David, como debe serlo para autenticar la reclamación Mesiánica. Esto nos es presentado tanto en el aspecto legal, o aspecto de José,  como del natural, o  aspecto de María, en Mateo y en Lucas. Una vez que el Mesías vino y, habiendo sido rechazado por los Judíos, se permitió a los Romanos venir y destruir el templo, la ciudad, y la nación de ellos; y sus registros genealógicos bien pudieron llegar a su fin, tal como sucedió. (Nota del Editor del escrito en Inglés)

 

"Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos". (Mateo 1: 2). Me parece que esta amplia mención, "Judá y a sus hermanos", es de importancia, y en más de un sentido. Ella no es consistente con la noción de que nuestro Evangelista, en esta parte del capítulo, sencillamente copia los registros guardados por los Judíos. Nosotros podemos estar seguros que los hombres jamás registran de esta manera. No obstante, ello está, evidentemente, en la más estricta armonía con este Evangelio ya que da prominencia a la tribu real de la cual fue el Mesías (Génesis 49: 10), a la vez que recuerda a los más favorecidos que otros, ocultos por demasiado tiempo, que no fueron olvidados por Dios ahora que Él está presentando la genealogía de Su Mesías.

 

"Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara". (Versículo 3). ¿Cuál es el motivo para introducir una mujer, para mencionar aquí a Tamar? Hubo mujeres de gran notabilidad en el linaje del Mesías, — personas a las cuales los Judíos respetaban como siendo ellas santas y honorables. ¿Qué corazón Judío no fulguraría con fuertes sentimientos de respeto al oír acerca de Sara y Rebeca, y de las demás mujeres santas y bien conocidas registradas en la historia veterotestamentaria? Pero, no hay aquí mención alguna de ellas sino que Tamar es mencionada. ¿Por qué es así? La gracia se encuentra debajo de esto que es muy reprensor para la carne, pero muy precioso a su manera. Hay cuatro mujeres, y sólo cuatro, que aparecen en la línea, y sobre cada una de ellas había una mancha. No es que todas las fuentes de vituperio o vergüenza eran del mismo tipo. Pero para un Judío orgulloso, con todas estas mujeres estaba relacionado lo que era humillante, — algo que él habría mantenido en la oscuridad. ¡Oh maravillosos modos de obrar de Dios! ¿Qué es lo que Él no puede hacer? ¡Qué sorprendente es que el Espíritu Santo no atraiga aquí la atención a aquellas que habrían traído honra ante los ojos de Israel, — no, qué asombroso es que Él destaque a estas mujeres que un Israelita carnal habría despreciado! El Mesías iba a brotar de una línea en la que había existido pecado funesto. Y donde todo lo que está en el hombre trataría de ocultar esto y mantenerlo alejado, el Espíritu de Dios lo saca a la luz claramente, de modo que no sólo estará en los registros eternos de la historia veterotestamentaria, sino que ello es recordado aquí. Estas mujeres, sobre las cuales había tales manchas soeces a juicio de los hombres, son las únicas mujeres que son traídas específicamente ante nosotros. ¿Qué es el hombre? y, ¿qué es Dios? ¿Qué es el hombre para que estas cosas hubieran alguna vez sucedido? Y, ¡qué es Dios que, en lugar de cubrirlo, Él haya sacado la historia de la oscuridad y la haya colocado en plena luz revelada, estampada, si puedo decirlo así, en la genealogía de Su propio Hijo! No ha sido, de ninguna manera, como si el pecado no fuese sobremanera pecaminoso; tampoco como si Dios pensó livianamente acerca de los privilegios de Su pueblo, — aún menos acerca de la gloria de Su Hijo, o lo que le era debido a Él. Sino que Dios, sintiendo que el pecado de Su pueblo es el peor pecado de todos los pecados, aun habiendo presentado en este Mesías mismo al Único que podía salvar a Su pueblo de sus pecados, no duda en llevar el pecado de ellos a la presencia de la gracia que podía quitarlo, y lo quitaría, en su totalidad. ¿Pensó el Judío que esto era un escándalo o una deshonra hecha al Mesías? El Mesías debía brotar de ese mismo linaje y de ninguna otra línea. Este linaje estaba limitado a la casa de David y a la línea de Salomón, y estas mujeres estaban en la línea directa de Fares hijo de Judá. Ningún Judío se podía salir de la dificultad. ¡Qué no nos enseña esto! Si el Mesías se digna vincularse Él mismo con una familia semejante,  — si Dios se complace en ordenar así las cosas para que de ese linaje, como con respecto a la carne, iba a nacer Su propio Hijo, el Santo de Israel, — ciertamente no podía existir nadie tan malo como para no ser recibido por Él. Él vino a salvar "a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1: 21, no a encontrar a un pueblo que no tuviese pecado. Él vino con toda autoridad para salvar: Él mostró gracia mediante la familia misma de la cual Él se complació de ser un — o más bien, el, "Renuevo". Dios nunca se confunde; y tampoco se confunde, por medio de la gracia, aquel que cree debido a que él descansa en lo que Dios es para él. Nosotros nunca podremos ser algo para Dios hasta que sepamos que Dios lo es todo para nosotros y por nosotros. Pero, cuando conocemos a un Dios y Padre como el que Jesús nos Lo revela, por una parte lleno de bondad, y por la otra sin ninguna tinieblas en Él en absoluto, ¿qué no podemos esperar nosotros de Él? ¿Quién no podría nacer ahora de Dios? ¿A quién podría rechazar un Dios así? Tal indicio en Mateo 1 abre el camino para las maravillas de la gracia que aparecen después. En un sentido, ningún hombre tiene una posición tal de antiguos privilegios como el Judío; sin embargo, incluso en lo que respecta al Mesías, este es el relato que el Espíritu Santo presenta de Su linaje. Nadie se jactará en la presencia del Señor. (1ª Corintios  1: 29).

 

Pero eso no es todo. Leemos, "Fares engendró a Esrom,… Salmón engendró, de Rahab, a Booz". (Mateo 1: 3-5 – VM). ¿Y quién, y qué era ella? Una Gentil, ¡y una vez ramera! Pero Rahab es sacada de todas sus pertenencias, — es separada de todo lo que era su porción por naturaleza. Y aquí está ella, en este evangelio de Jesús escrito para el Judío, — para la misma gente que Le despreciaba a Él y Le aborrecía porque tomaba en consideración a una Gentil. Rahab ya fue nombrada para el cielo, y ningún Judío podía negarlo. Fue visitada por Dios; fue liberada exterior e interiormente por Su gracia poderosa, fue introducida y convertida en parte de Israel en la tierra, — sí, por gracia soberana, fue convertida en parte de la línea real de la que debía salir el Mesías, y de la cual, de hecho, nació Jesús, el cual es "Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos". (Romanos 9: 5). ¡Oh, qué maravillas de la gracia alborean sobre nosotros mientras ahondamos incluso en la mera lista de nombres que la incredulidad menospreciaría como un apéndice seco, si no incorrecto, de la palabra de Dios. Pero la fe dice: «no puedo prescindir de la sabiduría de Dios.» Ciertamente Su sabiduría resplandece en todo lo que Él ha escrito aquí. "El que se gloría, gloríese en el Señor".

 

¿Se podría pensar que Rahab fue llamada en alguna época lejana? Pero no. Pues leemos, "Salmón engendró de Rahab a Booz; y Booz engendró de Rut a Obed; y Obed engendró a Isaí; e Isaí engendró al rey David". (Mateo 1: 5, 6 – VM). Rut, afectiva como ella era, para un Judío ella era de una fuente peculiarmente odiosa. Ella era una moabita y por lo tanto la ley le prohibía entrar en la congregación de Jehová hasta la décima generación. Incluso el edomita o el egipcio eran considerados menos aborrecidos y sus hijos podían entrar en la tercera generación- (Deuteronomio 23: 3-8). Fue presentado así un testimonio aún más profundo de que la gracia saldría a relucir y bendeciría a lo peor de los Gentiles. Les guste o no a los Judíos, Dios hizo entrar a Rahab, la Gentil otrora inmoral, y a Rut, la hija mansa de Moab, no sólo en la nación, sino en la línea directa de la cual iba a surgir el Mesías.

 

"E Isaí engendró al rey David. Y David engendró a Salomón de aquella que había sido mujer de Urías".  Mateo 1: 6 – VM). Con sólo unas pocas generaciones de por medio nosotros tenemos a estas tres mujeres que, por uno u otro motivo, moral o ceremonial, habrían sido totalmente despreciadas y excluidas por el mismo espíritu que rechazó a Jesús y la gracia de Dios. Entonces, no se trató de un pensamiento nuevo: era la misericordia divina que se extendía para recoger a los parias de los Gentiles, que tenía en consideración a los viles para liberarlos y hacerlos santos. Se trató de los modos en que Dios obraba desde antaño. Ellos no podían leer el relato que Él hace de la estirpe del propio Mesías de ellos sin ver que ello era así. Y ningún Judío podía negar que éste era el canal divinamente prescrito. Todos debían admitir que el Mesías no había de venir por otra línea que la de Salomón. ¡Oh, la gracia para con nosotros que sabemos lo que hemos sido como pobres pecadores de los Gentiles, qué desdicha era la nuestra, y esto debido a la culpa y al pecado! Leemos, "Y esto erais algunos de vosotros: mas habéis sido lavados, mas habéis sido santificados, mas habéis sido justificados, en el nombre del Señor Jesucristo, y por el Espíritu de nuestro Dios". (1ª. Corintios 6: 11 – VM).

 

Por lo tanto, las primeras palabras que presentan al Mesías presentan la misma verdad bienaventurada, si había un oído para oír, o un ojo para ver, lo que Dios tenía reservado y estaba ahora haciendo notar en ellos. En el último caso mencionado hubo algo más humillante que en cualquier otro. Porque aunque desde antaño la historia de Tamar había sido desdichada, aun así había otros rasgos, falsos y lujuriosos y violentos, que coincidían en el caso de la que había pertenecido a Urías. Y esto era tanto más funesto debido a que la culpa principal recaía en aquel hombre a quien Dios se había complacido en honrar, a saber, el "rey David". ¿Quién no sabe que ello ha extraído la confesión personal de pecado más profunda y conmovedora jamás inspirada por el Espíritu de Dios? (Salmo 51). Sin embargo, aquí también encontramos que aquel que tuvo que ver con esta historia de horrores, y que pronunció este salmo de dolorida confesión, fue el antepasado directo del Mesías. De modo que, si el Judío consideraba a aquellos de quienes había surgido el Mesías, así debía ser Él según Sus antepasados terrenales. Pero Dios registra la exhibición bienaventurada de Sus modos de obrar, tanto para ganar a los más duros, a los más soberbios y a los más pecadores, como para el indefectible consuelo y refrigerio de aquellos que Le aman.

 

No necesito explayarme particularmente en los nombres que siguen. Podríamos ver pecado sobre pecado, mancha sobre mancha, entretejidos en sus diversas historias. Se trató de  una serie continua de sucesos de aquello que haría sonrojar a un Judío, — de lo que un hombre nunca se hubiera atrevido a sacar a relucir acerca de un rey al que él honrase. Dios, en su infinita bondad no permitió que estas cosas permanecieran aletargadas. No se dice ni una palabra acerca de las mujeres que vinieron después de que terminara el registro de las Escrituras; pero, ¿qué Judío podría refutar las palabras de vida encomendadas a ellas? Dejar afuera aquello de lo cual un Judío se jactaba, e introducir lo que él hubiese ocultado por vergüenza, y todo en tierna misericordia hacia Israel, hacia los pecadores, fue ciertamente divino. Podemos ver de esto que la mención de estas cuatro mujeres es particularmente instructiva.

 

El hombre no podría haber originado esto: y nuestro lugar es aprender y adorar. Cada mujer que es nombrada es una mujer que la naturaleza habría excluido deliberadamente del registro; pero, la gracia las hizo más prominentes en él. Por lo tanto, la verdad que es enseñada de este modo no debe ser olvidada jamás, y el Judío que quisiera conocer las afirmaciones de Jesús acerca de que Él es el Mesías podría enterarse aquí de lo que prepararía su corazón y su conciencia para un Mesías como lo es Jesús. Él es un Mesías que viene en busca de pecadores, que no desprecia a ningún necesitado, — ni siquiera a un pobre publicano o a una ramera. El Mesías reflejó tan completamente lo que Dios es en Su amor santo, fue tan fiel a todos los propósitos de Dios, fue una expresión tan perfecta de la gracia que hay en Dios, que nunca hubo un pensamiento, o un sentimiento, o una palabra de gracia en Su palabra, excepto acerca de lo que el Mesías venía ahora a hacer realidad en Su trato con las pobres almas y, en primer lugar, con un Judío.

 

Esta es, entonces, la genealogía de Cristo tal como nos es presentada aquí. Hay ciertas omisiones en la lista, y personas de cierta erudición han sido igualmente débiles y osadas como para imputar al apóstol Mateo un error que ningún alumno de escuela dominical inteligente habría cometido. Porque un niño copiaría  lo que estuviera claramente escrito ante él; y ciertamente Mateo podría haber tomado fácilmente el Antiguo Testamento y haber reproducido la lista de nombres y generaciones que nos presentan los libros de las Crónicas y otros lugares. Pero hubo un motivo divino para omitir los nombres particulares de Ocozías, Joás y Amasías del versículo 8: tres generaciones. Se nos puede permitir inquirir, ¿«Por qué motivo el apóstol Mateo suprime, obviamente por inspiración, algunos de los eslabones de la cadena?» El Espíritu de Dios se complació en organizar la ascendencia de nuestro Señor en tres divisiones de catorce generaciones cada una. Ahora bien, como en realidad hubo más de catorce generaciones entre David y el cautiverio, fue un asunto necesario que algunos fuesen descartados para igualar la serie, y por lo tanto sólo son registradas catorce. De hecho, si ustedes examinan las Escrituras del Antiguo Testamento se encontrarán con que no es poco común que en las genealogías sean descartados algunos de los eslabones de la cadena. Más del doble que en nuestro versículo son omitidos en un solo lugar. (Esdras 7: 3). Ahora bien, fue el propio Esdras quien escribió ese libro y, obviamente, él conocía su propia ascendencia mucho más familiarmente que nosotros. Y si cualquiera de nosotros, mediante una comparación con otras partes, puede encontrar los eslabones perdidos, mucho más podía él. Y sin embargo, al presentar su propia genealogía (Esdras 7), el Espíritu de Dios se complace en omitir no menos de siete generaciones. Esto es aún más destacable ya que nadie podía ejercer sus derechos como sacerdote a menos que pudiera remontar su línea hasta Aarón sin ninguna duda en cuanto a la sucesión. No me cabe duda de que no hubo menos motivos especiales para la omisión en otros lugares que en nuestro Evangelio; pero los motivos para ello son un asunto muy diferente. Yo he nombrado uno de ellos. Hubo más de dos veces catorce generaciones en al menos la segunda división; y este puede haber sido un motivo para que el escritor omitiera varias de ellas. Pero, ¿por qué éstas en particular? Atalía, la hija de Acab, rey de Israel, y esposa de Joram, había entrado mediante matrimonio en la casa real de David; y fue una hora dolorosa para Judá. Pues Atalía, enfurecida por el prematuro fin de su hijo, el rey Ocozías, fue culpable de un intento demasiado exitoso de destruir el linaje real. Pero ello no pudo ser completado; porque esa familia fue seleccionada, de entre todas las familias del pueblo de Dios, para no extinguirse nunca del todo hasta que viniera Siloh. (Génesis 49: 10).  No había más que un solo descendiente joven, a quien Josaba (o Josabet) salvó ocultándolo en la casa del Señor. (2º Reyes 11: 1-3; 2º Crónicas 22: 10-12). La luz fue cubierta con un almud durante un tiempo, pero no fue apagada. El que era en aquel entonces hijo de David apareció. Se trató de una época en que Judá había caído en un mal múltiple y cada vez más profundo. Pero, tan ciertamente como aquel joven Joás fue sacado de sus tinieblas, — tan ciertamente como el sacerdote estuvo allí para ungir al rey y la unión de las dos cosas cumplió el gran propósito de Dios, así será cuando los años de la rebelión del hombre contra Dios se cumplan. Saldrá Aquel que ha estado oculto y olvidado durante mucho tiempo, y todos los enemigos serán hollados; y entonces Judá florecerá realmente bajo el Rey, el verdadero Hijo de David. Porque todo esto fue un tipo de la reaparición del verdadero Mesías en breve. Pero mi intención no es  explayarme ahora en eso tanto como lo es indagar y sugerir brevemente el motivo por el cual estos pocos reyes son omitidos. La respuesta parece ser que ellos surgieron de Atalía. Por lo tanto, ellos fueron completamente pasados por alto. Nosotros encontramos a Dios indicando así Su disgusto ante la introducción de esa estirpe malvada e idólatra de la casa de Acab. Los descendientes de Atalía no son mencionados ni siquiera hasta la tercera generación. Este parece ser el motivo moral por el cual encontramos tres personas excluidas en este punto en particular. Luego, en el versículo 11 leemos: "Y Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia". Es evidente que el método es sumario, pues Joacaz, a quien el pueblo hizo rey, y que reinó sólo tres meses no es especificado, y Joacim a menudo es llamado por el mismo nombre que su hijo Jeconías.

 

Pero, no ahondaré en los rasgos más minuciosos de la genealogía. La palabra de Dios es infinita; y, con independencia de lo que nosotros podamos haber aprendido, ello sólo nos coloca en situación de descubrir nuestra ignorancia. Cuando las personas están totalmente en la oscuridad, ellas creen que saben todo lo que hay que saber. Pero, a medida que de verdad avanzamos nosotros adquirimos un sentido más profundo de lo poco que sabemos y, al mismo tiempo, más paciencia con otros que pueden saber un poco menos y, muy posiblemente, algo más. La inteligencia o entendimiento espiritual, en lugar de envanecer el corazón que ama produce un sentimiento cada vez mayor de nuestra propia pequeñez. Cuando ello no es así, tenemos razones para temer que la mente sobrepase a la conciencia y que ambas estén lejos de estar sujetas al Espíritu Santo.

 

Las generaciones están divididas en tres diferentes secciones. La primera es desde Abraham hasta David, el amanecer de la gloria para los Judíos. Cuando David "el rey" estuvo allí, él fue el mediodía en Israel, — un mediodía  tristemente lleno de altibajos, es cierto, y entenebrecido por el pecado; pero, aun así se trató del mediodía del día del hombre en Israel. La segunda división es desde allí hasta el traslado a Babilonia. La tercera es desde aquel cautiverio hasta Cristo. Esta última división fue claramente la historia del atardecer del pasado de Israel. Pero ese atardecer no es el final de dicha historia. Ella finaliza con la luz más resplandeciente de todas, — un tipo del día en que al atardecer habrá luz. Así como el profeta Hageo habla de que la casa de Dios, tal como era entonces, no era nada en comparación con su gloria primera, y dice: "La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Hageo 2: 9), así también, "Uno mayor que Salomón" estaba aquí. (Mateo 12: 42 – VM). Aunque el esplendor de Israel había decaído, e Israel estaba ahora quebrantado y sometido a los Gentiles, la decadencia registrada finaliza en el nacimiento del verdadero Mesías. A lo largo del prolongado cautiverio ninguna persecución pudo destruir esa familia escogida; porque Jesús, el Mesías de Dios, iba a nacer de ella. En el momento que Jesús concluye Su carrera aquí abajo, la cadena puede parecer rota para siempre en lo que se refiere a la tierra, pero ello es sólo para ser, por así decirlo, roblonada al trono de Dios en el cielo. Jesús está allí, vivo de nuevo para siempre. Y Jesús vendrá de nuevo y los Judíos verán y llorarán, incluso los que están escritos en el libro; y Jehová, Rey de ellos, a saber, Jesús, segará con regocijo lo que Él sembró con lágrimas y con Su propia sangre.

 

Pero, consideremos un rato el resto de la perspectiva presentada a nosotros de nuestro Señor Jesús en este capítulo. A José le es dada mucha prominencia. La genealogía es, en sí misma, la de José, no la de María. Por otra parte, María es la figura principal de ellos dos en Lucas, y yo creo que allí la genealogía es la de ella. ¿A qué se debe esto? Para un Judío era necesario que Jesús fuese el heredero de José. El motivo es que José era el descendiente directo de la rama real de la casa de David. Hubo dos líneas que llegaron ininterrumpidamente hasta aquellos días, — a saber, la casa de Salomón y la casa de Natán. María era la representante de la familia de Natán, así como José lo era de la de Salomón. Si María hubiese sido mencionada sin su conexión con su marido, no habría existido un derecho legal al trono de David. Era necesario que el Mesías naciera, no simplemente de una virgen, ni de una hija virgen de David, sino de una virgen unida legalmente a José, es decir, que ante los ojos de la ley ella fuese realmente su esposa. Esto está registrado cuidadosamente aquí para enseñanza especial de Israel; porque un Judío inteligente habría formulado inmediatamente esa pregunta, y todo debía ser vallado con celos santos. Que las personas calumnien como puedan, María debía estar desposada con José; de lo contrario, el Señor Jesús no tendría un título apropiado para el trono de David, y, por lo tanto, el énfasis aquí no es puesto sobre María sino sobre José, porque la ley siempre habría mantenido el derecho de José. Por otra parte, si José hubiera sido el padre verdadero, no hubiese podido haber ningún Salvador en absoluto. Tal como ello es, la maravilla de la sabiduría divina resplandece de manera muy conspicua haciendo que Él sea legalmente el hijo de José, realmente el hijo de María, el cual en la verdad de Su naturaleza es el Hijo de Dios. Y estas tres cosas se encontraron y fusionaron en la persona de Jesús de Nazaret. Él debía ser el heredero indiscutible de José según la ley, y José estaba desposado con María. El niño debía nacer antes de que José viviera con María como esposa, y esto nos es mostrado aquí cuidadosamente.

 

Leemos ahora, "Y el nacimiento de Jesucristo [véase nota 4] fue como sigue. Estando su madre María desposada con José, antes de que se consumara el matrimonio, se halló que había concebido por obra del Espíritu Santo. Y José su marido, siendo un hombre justo y no queriendo difamarla, quiso abandonarla en secreto. Pero mientras pensaba en esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor", etcétera. (Mateo 1: 18-20 - LBA). Aquí el ángel se le aparece a José en sueños. En Lucas el ángel se le aparece a María. En Mateo es así porque José era la persona importante ante los ojos de la ley; y sin embargo, el Mesías no debía ser, en realidad, hijo de José. Todo el ingenio del hombre no podría haber entendido de antemano estos modos de obrar; todo su poder no podría haber organizado las circunstancias. Si la ley exigía que Jesús fuera el heredero de José, el profeta exigía que Él no fuera hijo de José, sino de una virgen. Dios humillándose a Sí mismo era la necesidad del hombre; el hombre exaltado era el consejo de Dios. ¿Cómo se iba a unir y reconciliar esto, y mucho más, en una sola persona? Jehová-Jesús es la respuesta. Leemos, "Un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es". (Mateo 1: 20).

 

[Nota 4]. Muchas versiones antiguas sólo tienen, "Cristo", o, "el Cristo", en este versículo.

 

Dios responde a los escrúpulos del israelita piadoso y da a conocer esa muy distinguida honra que Él había puesto sobre María bajo una apariencia que durante un tiempo la había confundido y angustiado. Ella era la virgen misma que Dios había predicho cientos de años antes (véase Isaías 7: 14), — y leemos: "Dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS". También aquí José iba a ser el que actuara públicamente, mientras que en Lucas (Lucas 1: 31) María es la que nombra. La diferencia surge del punto de vista que el Espíritu Santo nos presenta de la persona de nuestro Señor en los dos Evangelios. En Lucas Él estaba demostrando que Jesús, aunque divino, era muy hombre, — un participante de humanidad pero sin pecado. En nuestro caso se trata de una naturaleza humana pecaminosa; en el caso de Él, era santa. Por eso, al hablar de Él simplemente como hombre, en Lucas se dice: "Por lo cual también lo santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios". (Lucas 1: 35 – RV1977; RV1865). Así pues, Él fue verdadera y propiamente un hombre, — el hijo de Su madre virgen; y como tal, Él también es llamado el Hijo de Dios. En el Evangelio de Lucas demostrar Su santa cualidad de hombre fue un gran asunto; mostrar cuán plena y adecuadamente Él podía ser un Salvador de los hombres y asumir las aflicciones y la miseria, y en la cruz padecer por la pecaminosidad de los demás, — Él mismo, el Santo. Él era el Hijo de Dios, el cual había tomado realmente naturaleza humana en Su propia persona, el cual era perfecta y realmente un hombre tanto como cualquiera de nosotros; pero un hombre sin pecado, pero santo, y no meramente inocente. Adán era inocente; Jesús fue santo. La santidad no significa mera ausencia de mal sino poder interior según Dios y, por lo tanto, poder para resistir el mal. Cuando Adán fue tentado, él cayó. Jesús fue probado por todas las tentaciones y Satanás agotó sus asechanzas en vano. Sin embargo, todo esto es muy adecuado para el Evangelio de Lucas donde se muestra por ello que la humanidad propiamente dicha de Jesús emanó de Su nacimiento (es decir, de Su madre). Su derecho legal al trono de David emanó de José, y en consecuencia, José es el personaje prominente en el Evangelio de Mateo.

 

Pero Él tenía un título mayor que cualquiera que José podía transmitir incluso desde David o Abraham; y esto debía ser atestiguado en Su nombre, Su humilde nombre de Jesús, Jehová, el Salvador. "Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". El pueblo de Jehová era Su pueblo; y Él debía salvarlos, no sólo de sus enemigos, sino de sus pecados. ¡Qué testimonio rendido a Él y para ellos! Bienaventurado es que cualquier alma pecadora lo oiga; ¡cuán especialmente necesario para un pueblo entonces hinchado con desmesuradas esperanzas de engrandecimiento terrenal en su esperado Mesías!

 

Asimismo aquí, y sólo aquí y no en cualquiera de los Evangelios, es donde nosotros oímos hablar de Jesús como "Emanuel". Esto es igualmente instructivo y hermoso, porque el Judío era propenso a olvidarlo. ¿Buscaba el Judío un Mesías divino, uno que fuera tanto Dios como hombre? Ni mucho menos. Comparativamente, pocos Judíos esperaban algo tan asombroso como esto. Ellos deseaban con vehemencia y esperaban un rey poderoso y conquistador, pero aun así, un simple hombre. Pero aquí encontramos que el Espíritu Santo, por medio de Isaías, un profeta propio de ellos, además de hablar de Él como hombre, se encarga de mostrar que Él era mucho más que hombre, que Él era Dios. (Mateo 1: 22, 23, compárese con Isaías 7: 14). Sólo Mateo saca a relucir este claro testimonio del gran profeta evangélico, — a saber, "Dios con nosotros". Tan perfectamente proveyó Dios para estos pobres Judíos, y desarrolló los descuidados gérmenes de sus profecías, y reflejó luz en las partes oscuras de la ley de ellos; de modo que si un Judío rechazaba al Mesías, él lo hacía para su propia ruina eterna. Entonces, además de ser el hijo de David y Abraham, Él era "Dios con nosotros". Tal era el verdadero Mesías, y tal el testimonio presentado a Israel. ¿Podían ellos rechazar la historia de Mateo si recibían la profecía de Isaías? En vano honraban ellos a Dios, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. (Mateo 15: 9).

 

"Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS". (Mateo 1: 24, 25). Algunos de los mejores manuscritos (el Códice Sinaítico, el Códice Vaticano, etcétera) omiten, "su hijo primogénito", y presentan sencillamente, "un hijo". Pero no hay duda que estas palabras son genuinas en Lucas 2: 7, de donde pueden haber sido introducidas aquí. La forma más corta me parece suficiente para el propósito de nuestro evangelista.

 

Nosotros hemos estado verificando lo que habría sido de peculiar interés para un Judío; pero que nosotros podamos encontrar también la bienaventuranza de estas verdades para nuestras propias almas. Todo lo que exalta a Jesús, todo lo que exhibe la gracia de Dios y derriba la soberbia del hombre está colmado de bendiciones para nosotros. Mediante la  bendición de Dios, siguiendo estas lecciones aún más lejos, nosotros encontraremos de qué manera la sabiduría de cada una de Sus palabras queda justificada mientras atendemos a este testimonio tan ilustre de Jesús el Mesías, de Su rechazo por parte de Israel, y de las bendiciones que de allí emanan para nosotros, una vez pobres Gentiles.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

LBA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997, 2000 por The Lockman Foundation, Usada con permiso.

NC = Biblia Nacar-Colunga (1944) Traducido de las lenguas originales por:Eloíno Nacar y Alberto Colunga. Ediciones B.A.C.

RV1977 = Versión Reina-Valera Revisión 1977 (Publicada por Editorial Clie).

RV 1865 = Versión Reina-Valera Revisión 1865 (Publicada por: Local Church Bible Publishers, P.O. Box 26024, Lansing, MI 48909 USA).

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

Mateo 2

 

Creo que en el capítulo que tenemos ante nosotros encontraremos abundante confirmación del relato que ya he presentado acerca del designio especial del Espíritu Santo por medio de Mateo. Es decir, nosotros veremos pruebas de que hay una presentación muy cuidadosa de Jesús como el verdadero Mesías de Dios, y de Su rechazo como tal por parte de los judíos; y que Dios, al mismo tiempo, aprovecha la caída de Israel para llevar a cabo propósitos más amplios y profundos.

 

El primer incidente mismo del capítulo lo ilustra. Jesús nació. No nos encontramos con los mismos hechos interesantes de los primeros días de la infancia de nuestro Señor que nos son presentados en Lucas: todo es pasado por alto aquí, excepto que tenemos presentados: a Cristo como nacido en Belén de Judea, la adoración de los Magos de Oriente, y la huida a Egipto. El primer hecho que el Espíritu Santo nos presenta aquí es el hecho lamentable de que no había corazón para el Mesías en Israel. Y esto fue demostrado por las circunstancias más significativas. "Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle (o tributarle homenaje)". No se nos dice cuán pronto fue esto después de Su nacimiento. Sin duda había transcurrido un tiempo considerable. Las personas a menudo se engañan en cuanto a esto al considerar la escena a través de las nociones de la infancia de ellas. Todos hemos visto las imágenes del Niño en el pesebre, y «tres reyes» entrando para adorarle. Pero, la verdad es que el Señor no había nacido recién cuando los Magos llegaron, tal como tales asociaciones de ideas podrían transmitir. Para conocer Su condición más temprana en este mundo debemos consultar el evangelio de Lucas, no el de Mateo.

 

Es cierto que algunos podrían obtener una impresión errónea al leer el versículo 1 en nuestra común versión Reina-Valera 1960, a saber, "Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes". Esto no insinúa que la visita se produjo inmediatamente después del nacimiento de nuestro Salvador, sino que deja espacio para un tiempo más o menos considerable después. Lo leído significa simplemente que, después de Su nacimiento, vinieron estos orientales: pues podrían haber transcurrido muchos meses o más de un año. Lo que confirma esto es que los magos habían visto por primera vez la estrella en el oriente y muy probablemente en el momento del nacimiento de nuestro Señor. Después de ver la estrella es algo obvio que ellos tuvieron que hacer muchos preparativos antes de poder partir, y luego tuvieron que recorrer un largo camino; y viajar en aquellos días era un asunto duro y tedioso en las partes orientales del mundo. Incluso, cuando ellos llegan a Judea, suben primero a Jerusalén para indagar allí. Todo esto supone necesariamente un lapso de no poco tiempo. Sus preguntas son respondidas por los escribas. Herodes, al enterarse, se turba, y toda Jerusalén con él. Él convoca a todos los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo, y les pregunta dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dicen que en Belén de Judea, tras lo cual llama a los magos y los envía allí. Todo esto ocurrió antes de la escena en la cual ellos adoran.

 

"Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño". (Mateo 2: 9). Nosotros no debemos imaginar, según las nociones tradicionales, que la estrella los había conducido por el camino hasta Jerusalén. Ellos la vieron en el oriente, y relacionaron la visión con el Mesías prometido; porque en aquel tiempo las profecías sobre Su pronta aparición habían sido difundidas por una parte considerable del mundo entonces conocido. Muchos gentiles Le esperaban, especialmente en el oriente. Y los más importantes y más opuestos en occidente estaban al tanto de tales esperanzas. El último hombre que fue conocido en el oriente como profeta, antes que los gentiles fueran quebrantados en presencia de Israel, fue Balaam. Sin duda él fue un hombre inicuo; pero Dios aprovechó su persona para pronunciar las más notables predicciones de la gloria venidera de Israel. Y esa profecía misma había concluido con una referencia a la Estrella que saldría de Jacob. (Véase Números, capítulos 22 a 24). Y ahora, después de haber transcurrido muchos cientos de años, los vestigios de esta profecía aún perduraban entre los hijos del oriente. También es improbable que las profecías de Daniel en Babilonia, especialmente la de las setenta semanas, etcétera, pudieran ser desconocidas, considerando la posición de él y los extraordinarios acontecimientos de su época. Nosotros podemos entender que estas profecías no sólo serían atesoradas por los hijos de Israel, sino que el conocimiento de las mismas podría difundirse, especialmente en aquellas tierras. Gran parte de sus profecías podrían no haber sido comprendidas claramente. Sin embargo, ellos esperaban que surgiera un personaje maravilloso, — que saliera una estrella de Jacob, y se levantara un cetro de Israel.

 

Así pues, cuando estos forasteros vieron la estrella, ellos se dirigieron a Su ciudad capital tradicional, a saber, Jerusalén. Está claro que la estrella fue una especie de meteoro. Cuando ella resplandeció en el oriente, ellos pusieron el hecho de este notable fenómeno junto con las expectativas del rey venidero. Y esto más aún porque los orientales eran grandes observadores de los cielos y, por lo tanto, estaban más atentos a cualquier aparición poco común. Es posible que ella haya traído a la memoria la profecía de Balaam. Es cierto que ellos partieron pronto hacia Jerusalén, lugar donde el informe universal entre los gentiles sostenía que el gran Rey iba a reinar. Habiendo ellos llegado allí, Dios les sale al encuentro; y es notable cómo Él lo hace. Es por medio de Su palabra, y Su palabra interpretada por aquellos que no tenían el más mínimo interés de corazón en el Mesías. La interpretación de ellos fue muy correcta; sabían dónde había de nacer el Mesías. Los Magos probablemente pensaron que Jerusalén iba a ser el lugar; pero los escribas les dijeron que Belén era el lugar de nacimiento predicho. Es lamentable que los mismos hombres que pudieron responder tan pertinentemente mostraron el hecho no menos solemne, porque es un hecho común, de que es posible tener una medida de conocimiento claro de las Escrituras ¡y al mismo tiempo no tener amor por Aquel de quien todo da testimonio! En cuanto a los Magos, por muy ignorantes que ellos fueran, y aunque estuvieran en la oscuridad en cuanto a otras cosas, el deseo de ellos fue verdadero, y Dios prevaleció sobre todo. En efecto, mediante estos gentiles Él envió un testimonio a Jerusalén en cuanto al nacimiento del Mesías. Dios sabía cómo llevar a cabo esto y reprender, a través del testimonio de ellos, a aquellos que debiesen, sobre todo, haber velado por su propio Mesías y debiesen haberle aclamado. Si hubo una reina que vino de las partes distantes de la tierra para ver al rey Salomón y oír su sabiduría, el cual fue un tipo de Cristo, así fue en este caso. El Espíritu Santo obró en y para estos peregrinos de un país lejano para traerlos a la presencia del verdadero Rey. Los escribas pudieron responder las preguntas pero el Mesías no les importaba, y fue por Él por Quien vinieron estos magos. Esto determina de inmediato el terrible estado en que se encontraba Jerusalén. El efecto de las noticias de que el Rey de Dios había nacido es que, en lugar de buscar al Prometido, en lugar de llenarse ellos de gozo al oír hablar de Uno a quien no habían buscado, todos se turbaron, desde el rey hacia abajo. Más particularmente, como nos enteramos aquí, los principales sacerdotes y los escribas son aquellos cuyo estado demuestra la absoluta impasibilidad de la nación. Ellos tenían suficiente conocimiento religioso, tenían la llave en su mano, pero no tuvieron corazón para entrar.

 

"Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella". (Mateo 2: 7). Yo llamo a prestar atención a eso, lo cual confirma lo que dije anteriormente. Fue después de la diligente indagación del rey a los sabios que él estableció en su propia mente en qué momento debió haber nacido el Niño. Cuando ellos, advertidos por Dios, se retiraron en lugar de regresar a Herodes, éste envió la cruel orden de matar a los niños que había en Belén y en todos sus alrededores "menores de dos años", — pues él dedujo de manera natural que había existido un lapso considerable de tiempo entre el nacimiento de Cristo y la emisión de su inicua orden.

 

Si pasamos al Evangelio de Lucas veremos la importancia de esto. Tenemos allí a nuestro Señor nacido, como muestra Mateo, en la ciudad de David; pero aquí en Lucas se nos dicen las circunstancias que explican esto, pues Belén no era el lugar donde María y José vivían habitualmente. Belén era una aldea a la que ellos acudieron debido a la orden del emperador romano que había promulgado un decreto para que todo el mundo fuera censado, o inscrito. Ellos, siendo de la familia real de los judíos, van a Belén, que era la ciudad de David. De este modo, Dios hizo que se llevara a cabo el cumplimiento de la profecía de Miqueas mediante el decreto de César Augusto. Nada estuvo más lejos del pensamiento del Romano que el resultado que su decreto iba a favorecer, — a saber, el nacimiento del Mesías en el lugar mismo donde la profecía lo intimaba. Parece que el censo no se llevó a cabo en aquel entonces sino que sólo se inició, y luego se detuvo durante algún tiempo. Porque en Lucas 2:2 se dice, "Este empadronamiento primero fue hecho siendo Cirenio gobernador de Siria". (Lucas 2: 2 – BJS, RV1602P, RV1865, VM), lo cual ocurrió varios años después. Las personas, al no entender esto, llegaron a la conclusión de que hubo un error en Lucas. Ellos sabían que el gobierno de Cirenio en Siria fue posterior a la natividad de Cristo, y dedujeron demasiado apresuradamente que nuestro evangelista trabajó bajo la impresión de que la subida de José y María a Belén tuvo lugar en su época. Pero, yo creo que son ellos los que se equivocan. El decreto de César Augusto no entró en plena vigencia o en pleno efecto hasta entonces. Cuando fue dada la orden de empadronamiento, sólo fue suficientemente llevada a cabo para inducir a José y María a subir a la ciudad de su linaje; y eso fue suficiente. El objetivo de Dios se cumplió. José y María fueron allí y mientras estaban allí se cumplieron sus días de alumbramiento y dio a luz a su Hijo primogénito, y "lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre". (Lucas 2: 6, 7). Tenemos aquí una escena totalmente diferente de lo que tuvimos en Mateo, aunque esto también fue en Belén. Con toda probabilidad, ellos hicieron más de una visita al lugar. Belén no estaba lejos de Jerusalén y sabemos que ellos iban allí todos los años a la fiesta de la Pascua. Yo no veo ningún motivo para dudar que la visita de los Magos tuvo lugar en otra visita de los padres a Belén.

 

Presten ustedes atención a la manera en que las circunstancias registradas en Mateo difieren de las de Lucas.

 

En Mateo, Jerusalén está toda turbada por las noticias del nacimiento del Mesías, mientras los forasteros venidos desde lejos suben a rendir homenaje al Rey de los judíos. Ellos habían visto Su estrella; sabían que se trataba del Rey prometido, y ahora vienen a adorarle. Ellos llegan a Jerusalén y cuando salen de ella, yendo ellos camino de Belén, vuelven a ser animados por Dios. La estrella que habían visto antes en el oriente volvió a aparecer y fue delante de ellos hasta que llegó y se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño, — siendo esto una clara evidencia de que la estrella no los había acompañado durante todo el camino. Y nosotros encontraremos que es verdad en nuestra propia experiencia que donde actuamos en sencilla obediencia encontramos todo lo que es necesario. Dios siempre tiene especial cuidado de aquellos que son fieles a la luz, aunque sea muy poca; mientras que nada es más aborrecible para Él que las grandes pretensiones de tener luz sin ningún corazón para la luz verdadera, la cual es Cristo.

 

Podemos observar que, de los considerados como padres, José es siempre la persona prominente aquí, tal como en el capítulo 1. La visión del versículo 13 fue para José. Sin embargo, los Magos, "al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron", no la adoraron a ella. El homenaje de ellos fue para Él. "Y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra". Ellos Le reconocieron, como pobres forasteros cuya mayor honra era ser reconocidos por Él. Jerusalén está fuera de todo esto. Un usurpador estaba allí; un edomita gobernaba. Y así como cuando Cristo regrese de nuevo a la tierra habrá un falso rey en Jerusalén bajo la influencia de los poderes occidentales, y en combinación con los jefes religiosos de Israel, así fue en Su primera venida. Todo se opuso por completo al reconocimiento de Jesús.

 

En Lucas nosotros tenemos otro orden de cosas. No se trata tanto de uno reconocido como rey , aunque Él lo era, sino que a Él se Le ve allí en la condición más humilde posible. Las personas que Le reconocen son pastores judíos, a quienes se les dio a conocer la noticia desde el cielo. Las huestes celestiales cantan, — los corazones de los pastores se deleitan en los modos de obrar de Dios, en el Salvador, — pues Él les había sido anunciado como tal: "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre". (Lucas 2: 11, 12).  Este fue el comienzo mismo de la vida de nuestro bendito Señor aquí abajo, lo cual de manera evidente tuvo lugar inmediatamente después de Su nacimiento. El episodio del homenaje rendido por los Magos fue muy posterior. No existe el más mínimo motivo para confundir las dos ocasiones. Cada Evangelio es fiel a su propósito especial. En Mateo se trata de Sus derechos reales sobre Israel y sobre los gentiles; en Lucas tenemos la humildad perfecta desde Su nacimiento mismo, el Salvador-Hijo del Hombre; el interés del cielo en el nacimiento del Cristo Señor despreciado en la tierra, y esos pobres del rebaño cuyos corazones son despertados para recibir a este Bendito, — la expresión, el medio y la sustancia de la gracia divina. "He aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo", y esto se refiere a los judíos. Después aparece un círculo mucho más amplio, pero todavía no va más allá de los judíos. Al judío primeramente, fue el orden divino.

 

¡De qué manera tan hermosa armonizan estos diversos relatos con los Evangelios en los que se encuentran! En el primero, el Rey, nacido algún tiempo antes, es visto en Belén, pero nadie le da la bienvenida, salvo los forasteros de Oriente. De la lectura de Mateo nosotros no debiésemos estar enterados, en lo más mínimo, del reconocimiento del Salvador hasta el momento de la llegada de ellos. Por el contrario, cuando el primer soplo de estas noticias llega a Jerusalén, la consternación fue el resultado en todos. El rey, los sacerdotes, los escribas, todos están en estado de agitación. No había corazón para Jesús. Pero Dios siempre tendrá un testimonio. Si los judíos no Le aceptan, vienen los gentiles; y la gracia es lo que efectúa esto. Los judíos incrédulos dicen a los Magos dónde debía nacer el Rey. Ellos de inmediato actúan en consecuencia y el Señor, encontrándose con ellos en el camino, los pone en presencia del verdadero Rey, a quien ellos presentan sus presentes. Se trata del Mesías de Israel, pero rechazado por Israel desde Su mismo nacimiento. Jerusalén está con el falso rey y no tienen interés por recibirle. Los que eran despreciados como perros, a quienes los propios judíos tuvieron que enseñar las primeras lecciones de la profecía, tienen la gloria de ser los verdaderos reconocedores de las reivindicaciones del Mesías. ¡Cuán humillante! Se trata del Mesías venido y reconocido por los confines de la tierra; pero despreciado y rechazado por Su propia nación. "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron". (Juan 1: 11). Fue importante que Israel Lo supiera. Aquí, a través de los primeros de los Evangelistas, que los de Israel se enteren que ello no surge por ninguna falta de evidencia por parte de Dios. ¿Cómo lo supieron estos gentiles? ¿Y dónde estaban los judíos todo este tiempo, que no habían reconocido a su propio Mesías? Fue una terrible historia, pues la verdad era la más extraña de todas las cosas en sus oídos. Así es el modo de obrar de Dios: Él da testimonio, pero al hombre le desagrada porque dicho testimonio es de Dios. La dificultad fue reconocer la persona de Cristo. Ver en las Escrituras que el Rey de ellos había de nacer en Belén de Judá, era cosa fácil; ello no ponía a prueba la conciencia, ni el corazón. Pero, admitir que Aquel ignorado y despreciado, el hijo de María y el heredero de José, era el Mesías, era ciertamente difícil para la carne. Para los que habían visto la señal de ello en los cielos, que la habían buscado en medio de una gran oscuridad pero que tenían sus ojos puestos hacia ella, todo fue sencillo, y se apresuraron a brindarle honra. Ahora que Él había nacido, ellos se regocijaron y vinieron de lejos para tener el gozo de verle y ofrecer sus presentes a Sus pies.

 

"Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino. Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo". (Mateo 2: 12, 13). A la incredulidad que rechazaba la palabra de Dios se le permite ahora mostrar cuán completamente estaba bajo el poder de Satanás, el cual demuestra ser él mismo, como desde el principio, primero un mentiroso y luego un homicida. Pero Dios reveló el propósito de Herodes; y José, en obediencia a Su palabra, "tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo". (Mateo 2: 14, 15).

 

Yo tengo que decir algo acerca de esta profecía, y de la aplicación de la misma a nuestro Señor. Nosotros tendremos que tener en cuenta muchas profecías citadas en Mateo, pero la presente cita tiene, evidentemente, un carácter admirable unido a ella. En Egipto había sido dicho que Israel era el hijo de Dios, el primogénito de Dios. (Éxodo 4: 22). A ellos les correspondía la adopción. (Romanos 9: 4). El profeta Oseas, setecientos años después de la salida de ellos de Egipto, aplica de nuevo esta palabra a Israel (Oseas 11: 1); y ahora es usada acerca de Cristo como aquello que la intención del Espíritu inspirador incluía plenamente. Pregunta: ¿Cómo es que el hecho de que Dios sacara a Israel de la tierra de Egipto sea ilustrado así en la historia de Cristo? Respuesta: Porque Cristo es el objeto del Espíritu Santo en la Escritura. Con independencia de cuál sea el lugar de Su pueblo: en todas sus tribulaciones o liberaciones, Cristo debe entrar en todo. No hay ningún tipo de tentación (excepto, obviamente, la del mal interior) que Él no haya conocido; ni de bendición de parte de Dios que Él no haya probado. Cristo atraviesa la historia de Su pueblo y sobre ese principio es que Escrituras como éstas son aplicadas a Él. Cristo mismo es llevado al lugar mismo que había sido el horno de Israel. Él encuentra allí Su refugio del falso rey de Judea. ¡Qué retrato! A causa del antirey que entonces reinaba en Jerusalén, el verdadero Rey debe huir, y huir a Egipto. Cristo era el Israel verdadero. Compárese con Isaías capítulo 49.

 

Al leer esto nosotros vemos que ningún poder milagroso es ejercido para preservar a Emanuel. Ello estaba cumpliendo las profecías, colmando el perfil de desolación moral y nacional que el Espíritu Santo había bosquejado muchos años antes. Dios estaba mostrando cuán precioso era para Él cada pisada de Su Hijo. Podría parecer una circunstancia insignificante en sí misma que el Señor fuera llevado a Egipto y saliera de allí otro día. Pero, con independencia de cuál era el lugar de Cristo, — y Su lugar era dondequiera que Su pueblo estuviera en el dolor de ellos, Él no permitirá que ellos sientan una aflicción sin que Él la comparta. Él sabe lo que es ser llevado a Egipto, y eso también de una manera mucho más dolorosa que la que Israel había experimentado. Pues la tribulación más amarga de Cristo provino de Su propio pueblo; el golpe más mortífero dirigido contra Él fue el del rey que en aquel entonces estaba sentado en el trono en medio de ellos. Al no conseguirlo, él envía y mata a todos los niños "menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron". (Mateo 2: 16-18). Cuán claramente encontramos que el Espíritu Santo está proporcionando aquí al judío la prueba de que ellos eran preciosos a Sus ojos, y que si Cristo entraba en Sus aflicciones ellos no debían preguntarse si Su presencia traerá sobre ellos el más amargo padecimiento por el rechazo a Él por parte de ellos. Si Cristo tiene la más mínima conexión con Israel, ellos se convierten en el objeto de la animosidad de Satanás. Es Herodes, guiado por Satanás, quien dio la orden de matar a sus pequeños; pero el Mesías es alejado del escenario de su ira. En Israel hay lloro y grande lamentación. Tales fueron algunos de los problemas que Israel trajo sobre sí mismo; y esto no es más que un retrato pequeño de lo que les sucederá en el día postrero.

 

"Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño. Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel". (Mateo 2: 19-21). Es dulce encontrar que aparece aquí la "tierra de Israel". No se trataba simplemente del país, como es conocido entre los hombres, donde los pobres judíos vivían con permiso de sus señores gentiles. ¡Cuán pocos la consideran ahora como "tierra de Israel"! Pero los pensamientos de Dios son hacia Su pueblo en conexión con la gloria de Su Hijo. Si Jesús tenía su vínculo terrenal allí, si Emanuel nació ahora de la virgen, ¿por qué la tierra no habría de llamarse tierra de Israel? El propósito divino era expulsar por completo el pie del gentil que ahora la hollaba. Si solamente el pueblo se sometía y lo recibía para tomar Él Su lugar como Rey de ellos, ¡qué bienaventurada sería la suerte de ellos! Pero, ¿recibiría Israel a Jehová-Jesús ahora que regresaba de Egipto? — Todavía no había una buena disposición para Él. Un Herodes murió; otro le siguió. Por eso, cuando el niño fue llevado de regreso a la tierra de Israel, y José se enteró que "Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno". (Mateo 2: 22, 23).

 

El método de citación es digno de mención aquí. Noten ustedes que no se trata de un profeta en particular, sino de, "los profetas". Y por ello no debemos deducir que algún escritor inspirado haya dicho estas palabras, sino que es el espíritu de los profetas  que habla de Él. Cuando nosotros leemos en un profeta, "Con vara herirán en la mejilla al juez de Israel" (Miqueas 5: 1); en otro: "Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto" (Isaías 53: 3; y además, leemos acerca de lo que ellos Le darían para comer, y en Su sed para beber, y cómo Él sería escarnecido hasta el final, podemos entender esta aplicación de los profetas. Se trató del lenguaje bien entendido que expresaba desprecio en aquel tiempo. En otras palabras, Él había de ser llamado nazareno. Nazaret era el más despreciado de los lugares. No sólo los hombres de Judea propiamente dichos menospreciaban Nazaret, sino que los propios galileos la despreciaban, aunque formaba parte de su propio distrito. Más adelante leemos acerca de un israelita sin escrúpulos que, al enterarse de que Jesús estaba allí, exclamó: "¿De Nazaret puede salir algo de bueno?" (Juan 1: 46). De este modo, si un lugar de Palestina, más que otro, concordaba con el rechazo que era la porción de Cristo, ese lugar era Nazaret. Un retrato sorprendente, ciertamente, de Uno que, siendo el verdadero Rey, aun así fue rechazado por Su propio pueblo. Los gentiles podrían haberle reverenciado, pero Su propia nación era indiferente. ¡Qué poco fruto había para responder al cultivo que Dios les había otorgado! Pero aquí estaba Aquel bendito que prosigue Su senda de obediencia hasta la muerte, el cual no quiso mostrar Su gloria protegiéndose a Sí mismo. Su pueblo descendió a Egipto: Él también descendió allí. Él iba a ser llamado a salir de Egipto: esa fue Su porción. Él no se protegería de las aflicciones de Su pueblo: las compartiría todas. Cuando Él se presenta, Israel aún no está preparado para Él. Sus padres se dirigen a Nazaret una vez más, ya que José ha sido instruido divinamente en un sueño. Esta es la última mención que tenemos de él en Mateo. Lucas nos presenta circunstancias posteriores; pero José desaparece por completo antes que nuestro Señor emprendiera Su ministerio.

 

Cuando Él es llamado a salir de Egipto, no puede ir a Jerusalén, ni tampoco a Belén. Él iba a ser despreciado y rechazado: los profetas lo habían dicho: sus palabras debían cumplirse. Arquelao reinaba en Judea: un usurpador estaba aún allí. José, ante la advertencia de Dios, se desvía hacia Nazaret, y Jesús vivió con ellos; para que la palabra de los profetas se cumpliera en nuestro Señor demostrando plenamente lo que era ser el más despreciado de los hombres. Él lo supo de manera preeminente en la cruz; pero ello fue Suyo en todo momento. Y esta es la forma en que Dios habla del Mesías a Israel. Él muestra lo que la dureza de corazón y la incredulidad de ellos acarrearía, — aunque ello fuese para el propio Mesías. ¡Qué retrato del hombre, y especialmente de Israel, cuando semejante porción debe ser la Suya! Él viene y llama, pero no recibe respuesta. La incredulidad del hombre impide la bendición de Dios. Fue el pecado de Israel lo que complicó la historia temprana del Rey. Pero los capítulos futuros mostrarán que Dios convertiría la misma incredulidad de Israel en el medio de bendición para los despreciados gentiles, y que si los judíos rechazaban el consejo de Dios, para su propia perdición, los gentiles oirían y recibirían toda la bendición en Aquel bendito.

 

Así encontramos desde el principio de este maravilloso libro los gérmenes de todo lo que mostrará el final. Encontramos a Uno que es realmente el Mesías, dispuesto a cumplir las promesas y a ocupar el trono, pero el pueblo no está en absoluto preparado para El. Israel estaba sumido en el pecado; ellos no tenían corazón para Él. Estaban llenos de sus propias ceremonias, de su propia luz y de la soberbia de sus privilegios. Todo estaba orientado a la autoexaltación. Por eso Jesús es rechazado desde el primer momento. Esta es la historia del hombre. Los capítulos siguientes nos mostrarán las gloriosas consecuencias que Dios, en Su gracia, hace que emanen incluso del rechazo de Su propio Hijo. Acerca de ese tema más feliz podemos ahondar en otras ocasiones.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

BJS = Biblia del Jubileo -  Martin Stendal.

RV 1602 P = Versión Reina-Valera 1602 Purificada.

RV1865 = Versión Reina-Valera Revisión 1865 (Publicada por: Local Church Bible Publishers, P.O. Box 26024, Lansing, MI 48909 USA).

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

Mateo 3

 

Somos trasladados ahora desde el regreso de nuestro Señor a la Tierra Santa hasta los días en que Juan el Bautista vino insistiendo en la gran y esencial verdad del arrepentimiento. Y el ministerio de Juan es visto aquí enteramente en conexión con la relación del Señor con Israel. Es interesante comparar las diferentes maneras en que los Evangelios presentan al propio Juan, como ilustración de la forma en que el Espíritu Santo utiliza Su derecho divino para dar forma y agrupar los materiales de la historia de nuestro Señor de acuerdo con el objetivo exacto en perspectiva. Un lector casual apenas podría reconocer que Juan el Bautista en el Evangelio de Juan fuese el Bautista de Mateo. La manera en que ellos son vistos y los discursos que han sido registrados, toman su forma del libro particular en que el Espíritu Santo los ha presentado. Esto, en lugar de ser una imperfección, es parte de ese admirable método en que Dios imprime el designio que Él tiene en perspectiva y que se adapta al lugar que cada porción de la Escritura tiene que ocupar. Y qué puede ser de más profundo interés, o más fortalecedor para la fe que encontrar que los mismos pasajes en los que la incredulidad identifica como sus supuestas pruebas de la imperfección de la Escritura (variedades de afirmaciones insuperables para la mente del hombre), por el contrario, cuando dichos pasajes son vistos como parte del plan de Dios para encomiar a Su amado Hijo, todos se ordenan en sus propios lugares en este gran esquema, lo cual es para la gloria de Cristo. Esta es la verdadera clave para toda la Escritura; y si esa clave es de gran valor desde Génesis hasta Apocalipsis, no hay lugar, quizás, donde su valor sea tan conspicuo como en los Evangelios. Al encontrar cuatro relatos diferentes acerca de nuestro Señor, cada uno de los cuales presenta las cosas de una manera diferente, el primer pensamiento del corazón del hombre es que cada Evangelio sucesivo debe añadir o corregir algunos hechos anteriores. Pero tales pensamientos sólo demuestran que la verdad nunca fue conocida, o que ha sido olvidada. ¿Se tiene debidamente en cuenta que Dios es el autor de los Evangelios? Una vez admitida esa sencilla verdad sería evidentemente blasfemo suponer que Él comete errores. Consideren ustedes la cosa más insignificante que Dios ha hecho, el insecto más diminuto que el microscopio puede descubrir en la más pequeña brizna de hierba, — ¿qué es aquello que no llena el lugar particular para el que Dios lo creó? Yo no niego que el pecado ha traído toda clase de desarreglos tanto en el mundo natural como en el moral. Admito que las debilidades del hombre pueden aparecer incluso en la palabra de Dios: en primer lugar, al no mantener el sagrado depósito libre de toda corrupción; y luego, al interpretar esa Palabra a través de algún débil medio propio; y así, de una manera u otra, obstaculizar la luz pura de Dios revelada.

 

He hecho estas pocas observaciones porque es posible que todos los lectores no estén igualmente familiarizados con la gran verdad de la diferencia de designio en los Evangelios y, por lo tanto, yo no vacilo en llamar a prestar atención a la inmensa ayuda que ello proporciona a la comprensión de la Escritura, y especialmente a la comprensión de sus aparentes discrepancias.

 

En el capítulo que tenemos ante nosotros, Juan el Bautista es presentado como cumpliendo él la profecía de Isaías. Él vino "predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas". (Mateo 3: 1-3). En Lucas ustedes encontrarán que la profecía es llevada más allá. Allí se nos presenta más que las palabras que tenemos aquí. Leemos, "Todo valle se rellenará, Y se bajará todo monte y collado; Los caminos torcidos serán enderezados, Y los caminos ásperos allanados; Y verá toda carne la salvación de Dios". (Lucas 3: 5, 6). El alcance de Lucas es más amplio. "Todo valle se rellenará", etcétera. "Y verá toda carne", etcétera. Yo pregunto: ¿Por qué esa cita es continuada más allá? Ello es muy notable porque normalmente Lucas no cita mucho del Antiguo Testamento en comparación con Mateo. ¿Cómo es que Lucas se aparta en este caso particular de su costumbre? El motivo es obvio. Su tarea era mostrar la gracia de Dios que trae salvación, y que ha aparecido para todos los hombres. Por lo tanto, el Espíritu Santo lo lleva a valerse de aquellas palabras que exhiben el alcance universal de la bondad de Dios para con el hombre.

 

Pero, hay otra expresión en la que debo detenerme un poco, — y ella es, "El reino de los cielos". Todos estamos familiarizados con ella como una frase usada a menudo en las Escrituras; pero, posiblemente, no muchos están igualmente familiarizados con su fuerza. De hecho, la mayoría de los cristianos la entienden muy vagamente. Para muchos ella transmite la idea de la Iglesia, — a veces la visible y a veces la invisible. Para otros se supone que ella significa algo equivalente al evangelio, o al cielo mismo al final. La expresión tiene su origen en el Antiguo Testamento, y ese es el motivo por el cual ella aparece solamente en Mateo. Como ya hemos visto, nuestro evangelista escribe teniendo a Israel en perspectiva y, por tanto, se vale de una frase sugerida por el Antiguo Testamento y tomada de la profecía de Daniel, la cual habla de los días venideros en que los cielos gobernarán. Antes de eso (véase Daniel capítulo 2), oímos que el Dios del cielo va a establecer un reino que nunca será destruido, — el reino de los cielos. Y además, en Daniel capítulo 7, se nos habla de la venida del Hijo del Hombre y de un reino universal que es dado a Él. El capítulo 2 de Daniel no nos presenta la persona, sino la cosa en sí misma: de modo que podría haber habido aún un reino sin la revelación de la persona en cuyas manos dicho reino estaría. Pero el capítulo 7 del mismo libro completa el círculo y nos muestra que no se trata simplemente de los cielos gobernando en la distancia, ni de un reino que comienza con juicio sobre la tierra; sino que, además de eso, hay un Hombre glorioso a quien Le será  confiado el gobierno del cielo. El Hijo del Hombre no se limitará a destruir lo que se opone a Dios, sino que introducirá un reino universal.

 

Juan el Bautista vino anunciando este reino. Yo no creo que él era consciente en absoluto de la forma concreta que dicho reino iba a adoptar primero. Él sencillamente predicó que el reino de los cielos se había acercado, siendo él mismo el precursor público e inmediato del Pastor de Israel, con los pensamientos de un judío piadoso, y un testimonio especial de que el Mesías estaba allí, — que Él estaba a punto de ser manifestado, el cual ejecutaría juicio sobre el mal, e introduciría el bien con el poder de Dios, y traería la gloria prometida a los padres; y que todo esto estaba a punto de ser inaugurado y establecido en la persona de Cristo aquí abajo. Yo creo que este fue el pensamiento general. Y veremos posteriormente que para el rechazo de Jesús por parte de los judíos Juan no estaba en absoluto preparado. Esto también fue lo que condujo a la doble forma adoptada por el reino de los cielos. Si bien la visión antigua o judía de un reino establecido con poder y gloria como una soberanía visible sobre la tierra es pospuesta, el rechazo de Jesús en la tierra y Su ascensión a la diestra de Dios conducen a la introducción del reino de los cielos en una forma misteriosa; lo cual, de hecho, está sucediendo ahora. Por lo tanto, ello tiene dos aspectos. El reino de los cielos comenzó cuando Cristo subió al cielo y ocupó Su lugar como rechazado aquí, pero glorificado allí.

Esta es una visión del reino que no encontramos en el Antiguo Testamento. A ella pertenecen los misterios del reino de los cielos, que sólo fueron desvelados cuando el Señor fue manifiestamente rechazado por Israel. Nosotros vemos así en Mateo 11 que Juan envía a dos de sus discípulos a preguntar si Jesús era realmente el Mesías o si debían esperar a otro. Poco importa si fue él mismo quien titubeó, o sus discípulos, o si ambos lo hicieron, — el resultado fue ese. Da la impresión de que se trató de una pregunta incrédula formulada al Señor. Bien pudo él asombrarse de que Jesús no libertara a los judíos y trajera la gloria que los patriarcas habían esperado y que los profetas habían predicho. Es extraño que, en lugar de esto, Su mensajero estuviera en prisión; ¡siendo Él mismo y Sus discípulos despreciados! Nuestro Señor se refirió de inmediato a aquellos hechos de poder y gracia que evidenciaban la presencia de Dios actuando de una manera nueva e introduciendo un poder evidentemente en gracia, — trayendo pensamientos totalmente nuevos, por encima de las costumbres o esperanzas del judío más piadoso. De estos hechos ellos debían informar a Juan. Pero Él va más allá, y dice: "Y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí". Esto expresa aparentemente una reprimenda a Juan, y da a entender que él había más o menos vacilado. Sin embargo, es hermoso ver cómo de inmediato, después de la partida de los mensajeros, nuestro Señor reivindica al Bautista ante la multitud. Pero, después de declarar que Juan era el más bienaventurado entre los nacidos de mujer, Él introduce de pronto una verdad muy sorprendente, a saber, que por muy grande que fuera Juan, el más pequeño en el reino de los cielos era mayor que él. Esto no se refiere al reino viniendo en poder y gloria, porque cuando llegue ese día los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento deben ser todos resucitados o transformados para tener su parte en él; como se dice de aquellos que están siendo llamados ahora en cuanto a que ellos se sentarán "con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos". (Mateo 8: 11). Entonces, ¿qué quiere decir nuestro Señor? ¿No se refiere Él a alguna forma de dicho reino de la que Juan no había hablado? ¿Y cuál era ésta? Él va más allá y dice: "Desde los días de Juan Bautista hasta ahora, el reino de los cielos es tomado a viva fuerza, y los valientes lo arrebatan". (Mateo 11: 12 – VM). ¡Qué extraordinaria declaración debió haber parecido ser esta a los que la oyeron en aquel entonces! El Señor está contrastando el reino de los cielos, en forma pública y manifiesta, con ese reino como abierto a la fe, — sólo que más bienaventurado al ser conocido más para la fe que para la vista. Como el Señor dijo después a Tomás: "Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron". (Juan 20: 29). Esto es válido en todo trato con Dios. Abraham fue más bendecido cuando a pesar de estar en la tierra de Canaán él no la poseía que si toda ella hubiera sido realmente suya. Él obtuvo un mejor lugar en las sendas de Dios por el hecho mismo de no tener un centímetro de la tierra en posesión. Lo mismo ocurrió con David. Su reinado fue moralmente mucho más glorioso que el de Salomón. Su heredero tenía el lugar del poder; pero David tenía lo que no se veía, pero estaba más cerca de Dios. Nosotros nunca encontramos que Salomón entra en lo que era enseñado mediante el arca, mientras que ella fue siempre la gran atracción para el corazón de David. Salomón se encontró ante el gran altar que todo el mundo podía ver. El arca estaba dentro del Lugar Santísimo, donde Dios se sentaba. Ella era el trono de Su majestad en medio de Israel. Hacia ella se volvió siempre el corazón de David. La bendición de la fe es siempre mejor que la bendición de la vista aquí abajo, por muy grande que ésta sea.

 

No ha existido una época en las sendas de Dios tan bendecida para un alma como las sendas de Dios ahora. Nacer en el Milenio no es comparable con ella en absoluto. Es cierto que en aquel entonces todo estará sometido a Cristo, y el corazón podría decir: «¡Ojalá pudiéramos nacer entonces!» Pero, incluso los creyentes que se encuentren en ese día en la tierra no sabrán lo que es entrar dentro del velo, o ser participantes de los padecimientos de Cristo. (1ª Pedro 4: 13). Tampoco conocerán en el sentido pleno el gozo del Espíritu Santo con el privilegio de ser echados fuera y despreciados por el mundo por causa de Cristo. De modo que, tanto en lo que se refiere a padecer, el disfrute de aquello por lo cual Cristo ha pasado en nuestro lugar, como a Su gloria actual en el cielo, nuestro lugar actual está muy por encima de los privilegios mileniales. Para los que padecen ahora será lo mejor de las bendiciones celestiales en aquel entonces. La peculiaridad del momento actual es esta, a saber, que si bien estamos en la tierra, somos conscientemente habitantes en el cielo. No somos del mundo, como Cristo no es del mundo. Nuestra vida no pertenece al mundo; nuestra bendición no brota de él; toda nuestra porción está fuera de este mundo. Y esto nos es manifestado claramente mientras estamos en el mundo para elevarnos por encima del mundo. No se trata de ir al desierto, como en el caso de Juan, — una expresión muy oportuna y hermosa de lo que Dios pensaba acerca de la ciudad de la santidad, Jerusalén, donde los propios sacerdotes ministraban. Juan se retira de todo ello. Él está fuera de ella en compasión: el acto mismo declaró que el desierto es mejor que la ciudad, a pesar de que el templo de Dios esté en ella. Pero, ¡qué solemne declaración de la ruina, no sólo del mundo, sino del pueblo favorecido que era el gran vínculo entre Dios y los hombres en general!

 

He aquí, en esta escena de Mateo 3: 13 y versículos sucesivos, otra cosa totalmente diferente. No se trata del hombre siendo bendecido, y de la bendición de la tierra llevada a la bienaventuranza bajo el reinado personal de Cristo, sino que aquí los cielos fueron abiertos sobre el Señor Jesús. Nunca antes los cielos habían sido abiertos sobre nadie en la tierra, excepto como señal del juicio de Dios. (Véase Ezequiel capítulo 1). Pero aquí, en primer lugar, el ojo del Cielo, del Padre que está en los cielos, se dirige sobre el Amado. Él asume más tarde Su lugar en el cielo como el Hombre que había padecido por los pecados y había traído la justicia revelada de Dios.

 

El reino de los cielos comenzó en aquel entonces. Desde el momento en que Jesús sube al cielo hasta que Él regrese, la perspectiva del Nuevo Testamento acerca del reino de los cielos continúa; y en ese sentido, el privilegio de la más débil de las almas llevada al conocimiento de Cristo ahora trasciende cualquier cosa que haya entrado en el corazón o la mente de los hombres, o incluso de los santos, antes de que el Señor muriese y resucitase. Ustedes pueden insistir en el andar bienaventurado de  Enoc y en la fe resplandeciente de Abraham; pero aun así esto sigue siendo cierto, a saber, "Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él". (Mateo 11: 11).  No hay ninguna escapatoria honesta de la conclusión que se ha sacado de ello. Si las personas argumentan: «¿Es un niño pequeño que cree en Jesús ahora más santo y justo que los santos bienaventurados de la antigüedad?» Yo respondo: «Eso es un asunto totalmente distinto. Él debiese serlo.» Pero eso no es lo que se dice. El Señor establece que, "el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él (refiriéndose a Juan el Bautista)". En una palabra, no se trata de lo que los hombres son, sino de que Dios está glorificando a Cristo. Dios está colocando la honra sobre Él, y por eso da tales privilegios al más pequeño que cree en Él. Desde Su muerte y resurrección, los adoradores una vez purificados no tienen más conciencia de los pecados. ¡Piensen ustedes en lo que tal cosa habría sido para un santo del Antiguo Testamento! Ellos podían esperarlo, pero no podían decir que era un hecho consumado. Ello habría sido contrario a la santidad de Dios, y una presunción positiva para el hombre habría sido el hecho de sostener esto hasta que Cristo viniese y realizara la obra que borró los pecados completamente. [Véase nota 5].

 

[Nota 5] En Génesis 7: 1; Génesis 15: 6, y Salmo 32: 1, 2, 5, etcétera, nosotros vemos que algunos santos de la antigüedad, como enseñados por Dios, pueden haber anticipado la bendición más allá de la dispensación en que vivían. [Nota del editor del escrito en Inglés].

 

Ahora bien, es una presunción no aceptar con confianza lo que Cristo ha hecho; pues Él ha ordenado que sea predicado el perdón de pecados en Su nombre. Cuando nosotros entramos en la posición en que somos colocados por la obra de Cristo, no es que sólo tenemos perdón: sino que somos hechos justicia de Dios en Cristo: es decir, estamos en la relación de hijos de Dios, y Cristo mismo nos ha dado el derecho de decir que Su Dios es nuestro Dios, Su Padre es nuestro Padre. Tenemos derecho a saber que somos uno con Cristo, y que la gloria que Dios ha dado a Su amado Hijo, Él la comparte con nosotros. Yo digo: La gloria dada; porque, obviamente, está Su gloria divina esencial en la que nadie puede participar. Dios nunca le dio a Cristo ser Dios. La deidad era Su derecho propio desde toda la eternidad. La Deidad no podía ser dada a Él. Pero Cristo se hizo hombre, y como hombre era el Hijo de Dios; y no lo era simplemente como Dios. Él era el Hijo de Dios nacido en este mundo, y como tal ha sido levantado de entre los muertos; en virtud de lo cual nos lleva al mismo lugar ante Dios que Él mismo ha adquirido. Él nos ha libertado por completo del lugar en el cual Él entró en nuestro lugar, soportando la ira y el juicio de Dios. Él nos lleva al lugar al que no sólo Él mismo tiene derecho, sino que ha adquirido un derecho para nosotros.

 

Pero Juan no tenía ninguna concepción de un alcance tal de bendición. Los judíos consideraban el reino como el estado cuando Israel sería bendecido por Dios como nación; e incluso aquellos que pueden haber comprendido más plenamente seguían esperando que todo el poder del reino fuera introducido, totalmente independiente de cualquier cosa de parte de ellos. Pero, "El reino de los cielos es tomado a viva fuerza, y los valientes lo arrebatan". (Mateo 11: 12 – VM). El Señor muestra que ahora se necesita una acción de fe; es decir, que el reino de los cielos presentado aquí exige la ruptura de los vínculos naturales y la renuncia a las asociaciones anteriores. En el sentido de poder y gloria introducidos por un Mesías personal sobre la tierra, Juan ya había insistido sobre las conciencias que ello no era algo de mera ordenanza o privilegio por nacimiento. — es decir, que Dios no se satisfaría excepto con realidades morales.  Y permitan que yo diga que es algo muy solemne pretender privilegios de la gracia para aquello que es contrario a la naturaleza de Dios. No estoy hablando ahora del perdido encontrado por la gracia, a quien Dios le da una nueva vida hecha por Él. Pero, el resultado de que un alma reciba vida en la persona de Cristo es que son producidos sentimientos, pensamientos, criterios y modos de obrar aceptables para Dios y afines a Su naturaleza. Si una persona es un hijo de Dios, él es como su Padre; tiene una naturaleza adecuada a Dios, una vida a la que le disgusta el pecado y que seguramente se duele por lo que es inicuo en los demás, pero más particularmente en él mismo. Muchos hombres malos son fuertes contra el mal en los demás, pero son débiles donde el mal podría tocarlos a ellos mismos. Pero, un cristiano siempre empieza juzgándose a sí mismo. Ese es el motivo por el cual ahora que debía haber una preparación moral para el Mesías, Juan predica: "Arrepentíos". El arrepentimiento es el juicio moral del alma de sí misma bajo la mirada de Dios; la aceptación por parte del alma del juicio de Él acerca de su estado ante Él, y la sumisión a ello. Juan les ordena arrepentirse porque el reino de los cielos se había acercado. "Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas". (Mateo 3: 2, 3). Esto implicaba claramente dos cosas, — a saber, que él era sólo una voz que no pretendía nada, y que la obra sería realizada por otro. Sólo que la voz era de su parte; pero el Otro, cuyo camino él estaba preparando, era el Señor, Jehová mismo. "Preparad camino a Jehová". (Isaías 40: 3).

 

Después tenemos el relato acerca de Juan el Bautista mismo. "Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre", — todo ello perfectamente adecuado a este llamado al arrepentimiento. La gracia no es introducida aún; pues esto pertenece al reino de los cielos, cuando ella sea introducida plenamente. Pero Juan no lo sabía así. Él sabía que venía el Mesías, un Mesías que introduciría el poder de Dios y libertaría a su pueblo. Pero el extenso despliegue de la gracia, la poderosa victoria que un Mesías sufriente lograría para el alma, y la forma en que Dios sería magnificado sobre todo por quitar de en medio el pecado mediante la muerte de Su Hijo, eran pensamientos que debían esperar otra temporada, — no para ser más o menos manifestados, sino para un entendimiento adecuado. El arca del Señor debe detenerse primero en las aguas del Jordán. Ni un pie puede pasar indemne por aquella vía hasta que el arca haya entrado. Por lo tanto, de manera muy apropiada Juan no saca a relucir la plenitud de la gracia divina, sino el llamado moral al arrepentimiento.

 

Consecuentemente, Juan es encontrado fuera de la religión del hombre, así como fuera de la profanidad de ella. Él no estaba en Roma, pero también estaba lejos de Jerusalén; y esto, en el predicho mensajero de Jehová, fue una característica muy solemne. Leemos, "Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados. Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?" (Mateo 3: 5-7). Hay aquí una parte de esa verdad que es sumamente sorprendente cuando reflexionamos acerca de ella. Los fariseos eran, religiosamente, los más influyentes en Israel. Los saduceos eran la clase menos rígida, secular y autoindulgente; pero los fariseos eran los que se mantenían muy firmes en lo que ellos consideraban ser la verdad. Sin embargo, cuando Juan ve que ambos acuden a su bautismo, dice, "¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento", — frutos de carácter afín. Juan sostiene que el día de los ceremoniales, o de los derechos de nacimiento, había pasado completamente. El fariseo podía descansar en su religión; el saduceo, en el hecho de ser un hijo de Abraham. El deseo de escapar de la ira y de tener parte en el reino podía no ser más que la naturaleza. Las almas humilladas son aptas para el reino. La descendencia de los padres, la ley, incluso las promesas, pueden convertirse en un derecho contra Dios, lo cual Él no lo permitirá, y Él de las piedras puede levantar hijos a Abraham. Pero debe haber, si ellos quieren acercarse a Dios, modos de obrar de una naturaleza moralmente adecuada a Dios. "Haced, pues", Él dice, "frutos dignos de arrepentimiento". Él no está explicando aquí de qué manera ha de salvarse un pecador, o de qué forma Dios perdona pecados; sino que si las personas adoptan la posición de tener que ver con Dios, debe haber lo que conviene a Su presencia. Así dice el apóstol a los Hebreos, "Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor". (Hebreos 12: 14). Él no está hablando de lo que es atribuido, sino de la santidad como algo práctico. Esto está escrito para cristianos y el Espíritu Santo no duda en insistir en ello. Es tan fuerte la tendencia a la reacción en la naturaleza humana que los mismos judíos bautizados, que habían estado abogando por la ley, podían caer en el extremo opuesto y pensar que el pecado es compatible con la salvación que Dios da por medio de la gracia. Pero Dios nunca permite que Su naturaleza pueda coexistir con la iniquidad aprobada.

 

Entonces, aquí se trató evidentemente de una severa reprimenda para los dirigentes judíos. Pero, más que eso, Juan añade: "Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles", es decir, el juicio se acercaba (versículo 10), — "por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento", — y él no va más allá de esto. El perdón de pecados del que él habla parece haber sido más un asunto acerca del gobierno de Dios que de esa completa eliminación del pecado que fue el fruto de la gracia cuando la obra de expiación fue llevada a cabo. Pero aun así, ello fue en la perspectiva del advenimiento del Mesías.

 

"Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego". (Mateo 3: 11). Él junta aquí  las dos grandes características de la primera y de la segunda venida de Cristo. Él no sabía pero ambas seguirían juntas. Todo lo que podía estar entre las dos estaba oculto a sus ojos. Las Escrituras del Antiguo Testamento presentaban el primer y el segundo advenimiento del Mesías, pero no de tal manera que comunicasen el pensamiento de dos épocas distintas. Incluso después de la muerte y resurrección del Señor los discípulos no entendieron esto. Así que Juan une estas dos cosas, — a saber, el bautismo en el Espíritu Santo y el bautismo en fuego. Nosotros sabemos que el bautismo en el Espíritu Santo es el poder de la bendición de Dios en el reino de los cielos tal como dicho reino es ahora. El bautismo en fuego es el que acompañará al reino de los cielos tal como el reino será cuando Cristo venga de nuevo. No hay tal cosa en la palabra de Dios como el bautismo en fuego para designar lo que tuvo lugar en Pentecostés. Bautismo en fuego es la aplicación del juicio de Dios al tratar con los hombres; mientras que el día de Pentecostés se trató del derramamiento de la gracia de Dios, y la dación del Espíritu Santo para que habite en los santos de Dios, lo cual se refería al poder del Espíritu Santo saliendo para dar un testimonio tal que no soportaría ni una sola cosa mala en el corazón de los hombres, incluso mientras ello mostraba la gracia de Dios. Esto es el cristianismo, — el perfecto amor de Dios mostrado a un hombre que no tiene ningún derecho a él: ¡toda su maldad condenada por la gracia de Dios en la muerte de Cristo! Y así es como el hombre es hecho honesto a los ojos de Dios y de los hombres. Él puede permitirse ser inocente consigo mismo porque sabe que Dios nada le imputa. Cuando nosotros leemos en el día de Pentecostés acerca de las lenguas de fuegos siendo repartidas, ello fue para mostrar la salida del testimonio de Dios tanto a gentiles como a judíos. Pero, cuando Mateo capítulo 3 habla acerca de nuestro Señor bautizando en fuego, la alusión no es a estas lenguas de fuego en Pentecostés sino a la ejecución del justo juicio cuando Cristo regrese. Esto aparece aún más claramente en lo que sigue a continuación donde leemos, "Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará".  (Versículo 12). No se trata en absoluto de lo que Él hace al salvar un alma sino todo lo contrario. Ello se refiere al momento en que, habiendo los hombres rechazado el evangelio, no queda más que el derramamiento de la venganza sobre ellos.

 

"Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él". (Versículo 13). ¡Qué conjunto de prodigios! Jesús viniendo a ser bautizado por Juan, el cual estaba predicando públicamente el arrepentimiento y el perdón de pecados. ¿Qué pudo llevar al Señor Jesús allí porque Él nunca confesó pecados, y no tuvo ninguno que confesar? Él desafía incluso a Sus enemigos a que Le redarguyan de pecado. (Juan 8: 46). Un hombre sin pecado, — sin la menor partícula de ego en cualquier forma o grado, — el más humilde y el más bendito de los hombres, Aquel que todo lo juzgaba según Dios; ¡y sin embargo viene para ser bautizado! Juan lo sintió de inmediato, — ¡Jesús viniendo a ser bautizado por él! Para ser bautizado resuelta y terminantemente, pero, sobre todo, por aquel cuyo bautismo ¡era el bautismo de arrepentimiento! ¿Cuál es la explicación de esto? Es la gracia, — la fuente y el canal de todo en Jesús. No fue el juicio de Dios lo que Lo puso allí; no fue ninguna necesidad en Sí mismo lo que Lo llevó allí; nada que Él tuviera que reconocer  o confesar; sino que fue la gracia. Pues, ¿sobre quiénes en Israel se posaban los ojos de Dios con compasión? Sobre los que confesaban sus pecados. Sobre ellos Él siempre posa Su mirada. Porque la siguiente mejor opción para no ser un pecador en absoluto es confesar nuestros pecados. Nosotros encontramos que éste es el primer gran movimiento producido por el Espíritu Santo en el alma de un pecador, — a saber, el sentimiento de su verdadero lugar ante los ojos de Dios. Aquí estaba aquel Bendito; y aunque de manera natural ninguna cosa podía reclamar Su presencia, sin embargo, la gracia Lo llevó allí. Y cuando Juan trató ¿fervientemente de impedírselo diciendo: "Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?" ¡qué gracia y verdad bienaventuradas revela la respuesta de nuestro Señor! "Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia". Es toda justicia lo que iba a cumplirse ahora, y no meramente el cumplimiento de la ley. Ahora era la justicia de reconocer el verdadero estado en que se encontraba incluso la mejor parte de Israel. Porque si hubo alguno en Israel que mostró un sentimiento por Dios fueron aquellos que eran bautizados por Juan, — los que se arrepintieron en la perspectiva del reino de los cielos. Ellos deseaban las promesas de Dios y querían estar preparados para el Rey. Y el corazón del Señor estuvo allí de inmediato; las compasiones de Su alma estuvieron con aquellos que se humillaron en el sentido del pecado personal ante Dios. [Véase nota 6].

 

[Nota 6]. Podemos decir que el Señor, al ser bautizado en el Jordán, se estaba identificando con los de corazón sincero de Israel que venían confesando sus pecados. La gracia lo llevó a Él adonde el pecado los había llevado a ellos, y a todos nosotros. El Buen Pastor "entra por la puerta" (Juan 10: 2) y asume Su lugar con las ovejas que Él había venido a salvar mediante el sacrificio de Sí mismo. Su bautismo señaló esto. [Nota del editor del escrito en Inglés].

 

El mismo principio es aplicable a nosotros en la medida en que el Espíritu de Cristo no sea contristado en nuestras almas. Incluso, si se trata de reconocer algo al hombre, ¿quién es la persona a la que más ustedes pueden abrir su corazón? El hombre espiritual, — el que anda muy por encima del pecado, — pues de él es el pecho al que ustedes pueden descubrir sus pecados más plenamente que a otro. "Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre". (Gálatas 6: 1). Fue precisamente la perfección de la santidad de Cristo lo que Le permitió actuar así: otra persona podría haber temido las apariencias. Si Cristo hubiera sido simplemente inocente en lugar de santo, pregunto, ¿Le habríamos encontrado allí? No, nunca. Santidad implica poder divino contra el pecado; la inocencia es meramente la ausencia de pecado. Encontramos así a nuestro Señor en la plena conciencia de Su propia santidad perfecta viniendo al bautismo de Juan, y asumiendo Su lugar con aquellos en Israel que estaban dispuestos hacia Dios.

 

"Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". (Mateo 3: 16, 17). ¿Acaso no parece que este maravilloso testimonio de Dios Padre fue la consecuencia de que Cristo cumplió toda justicia en las aguas del Jordán? Se trató de la respuesta de Dios al lugar que Cristo, en Su gracia, había asumido. Fue Dios, guardador de la gloria de Su Hijo quien no permitió que ni una sospecha recayera sobre este acto tan hermoso y humilde. Y por lo tanto, para que la gracia plena de ello no dejase de ser sentida, ¡qué rápido se apresura Dios Padre a decir: ¡"Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia"! «No pienses que Él tiene pecado. Pero si tú estás allí, Él está contigo»: si las ovejas están en las aguas, el propio pastor debe entrar también en ellas. El Padre reivindica enseguida a Su Hijo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". No es que él se haya complacido simplemente con ese acto, sino que ello es la expresión retrospectiva de la complacencia de Dios. Ella refuta todo lo que la pobre mente del hombre podía haber, — y que en realidad ha deducido de esta operación. Siempre es así en la palabra de Dios. Si hay, por así decirlo, una puerta cerrada, la llave está siempre al costado de ella. Si hay un corazón que cuenta con Dios y conoce la perfección de Su carácter, y es guardador de la honra de Su amado Hijo, Dios está siempre con él. El hombre ha intentado aprovecharse de la gracia del Señor visto asumiendo así Su lugar con los piadosos de Israel, para rebajar Su persona y Su posición incluso en relación con Dios mismo. Pero, cuando nosotros leemos con espíritus afligidos, ¿qué es lo que oímos? "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". Encontraremos más adelante la importancia de esto en relación con lo que sigue; pero dejo el tema por el momento. No hay nada en todo el ámbito de la palabra de Dios que esté tan lleno de bendiciones para el creyente como la persona de Cristo y Sus modos de obrar; pero ello requiere una gran vigilancia sobre el yo, y la guía especial del Espíritu Santo; pues, "Para estas cosas, ¿quién es suficiente?"

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

Mateo 4

 

Hay dos cosas que podemos mencionar antes de que nuestro Señor es tentado por el diablo. La primera es que Él es reconocido enfáticamente como el Hijo de Dios por Su Padre; en segundo lugar, que Él es ungido como hombre por el Espíritu Santo. Ahora bien, algo similar ocurre con el creyente, — pero de manera inferior, obviamente. Aun así, el creyente es reconocido como un hijo de Dios y el Espíritu de Dios Le es dado antes de que él, como tal, sea el objeto de las tentaciones del enemigo. Y esta es una diferencia importante a tener en cuenta. Estrictamente hablando, la relación que el pecador tiene con el enemigo no es en el carácter de un individuo a ser tentado. Él es un cautivo; él es conducido por el diablo a su voluntad. Esto es algo muy diferente de la tentación; porque supone a una persona completamente bajo el poder de Satanás. Nosotros somos tentados cuando estamos fuera del poder del enemigo y debido a que somos hijos de Dios. Ustedes ven así que todos los hombres tienen que ver con Satanás de un modo u otro. La masa de la humanidad está compuesta por sus esclavos; pero los libertados por el poder de Dios, los que por gracia son hijos de Dios, se convierten en los objetos de su ataque a manera de tentación. No es tanto su poder lo que los tales tienen que temer; porque cuando el alma ha recibido a Jesús el poder de Satanás es realmente nulo; está completamente roto para el creyente. Y por eso se nos advierte más bien contra sus asechanzas. En ciertos casos puede haber el padecimiento de sus dardos de fuego; pero incluso esto no es su poder, poder que no es nada para el creyente mientras él fija su vista en Cristo; él sólo tiene que resistir, y el diablo huirá de él. Si Satanás tuviera realmente poder es evidente que él no huiría. Pero, él ha perdido dicho poder en cuanto al alma que ha recibido a Cristo. Pero, además, si bien para la fe el poder de Satanás es una cosa destruida en la cruz de Jesús, sus asechanzas son un asunto muy serio y nosotros no debiésemos ignorar sus maquinaciones. Ahora bien, Dios se ha complacido en presentarnos su manera en que él trata con nuestro bendito Señor. Que esto está destinado  para nuestro uso, y que es el gran modelo y principio de las tentaciones de Satanás en cualquier momento, es evidente por muchas consideraciones obvias y poderosas.

 

Además, sabemos, de la lectura del Evangelio de Lucas, que en el caso de nuestro Señor hubo una tentación muy prolongada de Satanás, de la que no tenemos detalles. Sólo se nos dice que Jesús fue tentado por el diablo durante cuarenta días. Pero las grandes tentaciones que el Espíritu Santo se ha complacido en registrar para nosotros son las que tuvieron lugar al final de los cuarenta días. ¿Acaso no podemos deducir de ello que en la tentación de nuestro Señor hubo dos partes: en primer lugar, la que no es común al hombre pero peculiar a nuestro Señor? Pues nosotros no estamos sujetos a circunstancias como la de ser conducidos al desierto durante cuarenta días. Pero, en segundo lugar, nosotros estamos expuestos a las que nos son presentadas al final. El Señor parece tender un velo sobre la primera, y revela cuidadosamente aquello en que, en cuanto a principio, todo hijo de Dios puede ser tentado en algún momento u otro. Veremos que estas tres tentaciones, presentadas por Mateo y Lucas en un orden diferente, nos presentan una percepción sorprendente de los modos de obrar de Satanás cuando ataca así a los hijos de Dios. Pero, es sobremanera dulce ver que antes de que se le permita a Satanás tentar del todo, la bienaventuranza del reconocimiento del Hijo por parte del Padre es sacada a relucir muy plenamente. Y, en efecto, es algo parecido lo que hace que cualquiera sea detestable para el odio de Satanás. El enemigo sabe muy bien cuando Dios convierte y vivifica a un alma hasta entonces muerta en delitos y pecados; y enseguida se prepara con sus tentaciones. No es necesario que las tentaciones vengan en el mismo orden de las de nuestro Señor, obviamente; pero ellas parecen ser, más o menos, de un carácter similar a las reveladas aquí.

 

Es evidente que la primera tentación surgió de las circunstancias reales de nuestro Señor. Él había estado todo ese tiempo en el desierto sin comida, y al final de los cuarenta días Él tuvo hambre. Cuando Moisés estuvo sin comida en el monte durante el mismo tiempo, él estuvo con Dios y fue mantenido milagrosamente. Pero lo maravilloso aquí es que el tiempo trascurrió con el enemigo. Nadie había estado así jamás, ni lo volverá a estar. Estar todo ese tiempo en presencia de Satanás, dependiendo de Dios, fue la mayor honra moral, aunque fue la prueba más severa por la que el hombre había pasado jamás. En todo momento el Señor es visto como Hijo del Hombre, aunque también como Hijo de Dios.

 

La nota introductoria nos muestra que la tentación continuó durante todo el tiempo que nuestro Señor estuvo en el desierto. Leemos, "Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí que estas piedras se conviertan en pan". Con independencia de cuál pueda ser el objetivo de Satanás, ésta es una parte principal de su táctica, — él insinúa una duda, una duda acerca de nuestra propia relación con Dios. Él dice, "Si eres Hijo de Dios". Ahora bien, escudriñen ustedes la palabra de Dios como puedan y nunca encontrarán a Su Espíritu llevando un alma a dudar. Nada puede haber más opuesto a Su modo de obrar que aprobar la desconfianza en Dios. Y ello muestra la extrema sutileza de Satanás que en realidad ha hecho que los propios hijos de Dios sean sus instrumentos, no sólo permitiendo dudas en ellos mismos, sino ayudando a suscitarlas en otros, a menudo con el pretexto erróneo de que no confiar en Dios ¡es una indicación de humildad, y de un deseo de ser humilde! Pero la fe dice: " Así que vivimos confiados siempre". (2ª Corintios 5: 6). No es que debamos esquivar examinarnos a nosotros mismos, ya que en la Escritura encontramos que se insiste en ello. Así, en 1ª Corintios 11,  los creyentes son evidentemente exhortados a examinarse a sí mismos, pero no con alguna idea en cuanto a producir dudas. Por el contrario, "Examínese a sí mismo cada uno, y así coma" (1ª Corintios 11: 28 – VM); porque el asunto era acerca de la Cena del Señor. Con la fuerza de Su gracia, el creyente debe examinarse a sí mismo al pensar en ir a la mesa del Señor. No se trata de si acaso él debe ir o si debe permanecer alejado: no encontramos esto en la Escritura. Por otra parte, yo tampoco encuentro que por ser yo un cristiano no importa el estado en que me puedo encontrar espiritualmente. Pero, un hombre debe examinarse a sí mismo, y así comer. Él está seguro de que encontrará aquello que requiere humillación. Es importante que un alma se acerque a Dios, y que Su luz se proyecte sobre todo lo que hay allí. Esto dará motivo para que uno mismo se humille, y no para que uno mismo se mantenga alejado. Esto es lo que el Espíritu de Dios establece como regla general para la Cena del Señor. Obviamente, yo no estoy hablando ahora de casos de pecado público donde se requiere la vindicación de la gloria del Señor. Estos pecados suponen que un hombre practica el pecado y no se examina a sí mismo. Pero yo estoy hablando ahora del andar del hijo de Dios, y lo que leemos allí es una cuidadosa indagación en cuanto a lo que él encuentra dentro de sí mismo; pero que él "así coma".

 

"Si eres Hijo de Dios". Nuestro Señor no lo parecía. No había nada exteriormente que llevara la demostración de ello. Si hubiera sido así, no habría quedado espacio para la fe en absoluto. Satanás se aprovecha de la humildad de nuestro Señor en el lugar que Él asumió como hombre. Y, en efecto, nada podría ser más excepcional que el hecho de que Él fuera hallado en el desierto y, como leemos en Marcos, con las fieras. Si realmente Él era el Hijo de Dios, Hacedor del cielo y de la tierra, ¡qué lugar era aquel para estar en él, y llevado por el Espíritu después de que el Padre había hablado desde el cielo y Lo había reconocido como Su Hijo amado! Pero así fue. Y así es ahora, en un sentido inferior, con respecto a los hijos de Dios. Pues sin importar cuán bendecidos sean ellos  por Dios, o cuán verdaderamente reconocidos como Sus hijos, y que tengan Su Espíritu morando en ellos, ellos también, en su medida, tienen su desierto. Orando al Padre el Señor dijo, "Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo". (Juan 17: 18). No a un lugar agradable donde no hay espacio para la prueba, sino todo lo contrario. Debido a que nosotros pertenecemos a Dios y al cielo, debido a que tenemos el Espíritu Santo sellándonos hasta el día de la redención, nosotros tenemos que encontrarnos con Satanás, pero con la certeza de que su poder está roto, y que sus asechanzas es lo que tenemos que resistir. Este hecho de cuestionar la relación de Cristo con Dios muestra cuán verdaderamente Satanás estaba en acción. Pero el Señor no lo declara como Satanás hasta que la abierta rebelión es manifestada contra Dios. Cuando se trata de mera sutileza, Él no lo llama Satanás. Hay dos formas en que el enemigo es descrito en las Escrituras. Él es llamado Satanás y diablo. Este último es el término que implica su carácter acusador y sus asechanzas; el primero se refiere a su poder como adversario.

 

Nosotros debemos esperar, incluso cuando sospechamos que es el poder del mal el que actúa, antes de declararlo absolutamente como mal. Porque si existe el hecho de que el diablo tienta, Dios también pone a prueba a un alma, y esto puede ser muy agudo. Además, incluso Dios mismo no actúa hasta que una cosa es manifiesta. Él muestra una paciencia maravillosa muy contraria a la prisa del hombre. Él desciende para ver si el mal es tan grande, como en el caso de Adán, sí, y el de Sodoma y Gomorra. Pero siempre es cierto que, con independencia de lo que Dios es en otras cosas, por muy rápido que Él es para oír el clamor de los Suyos en dolor, Él es sobremanera lento para juzgar; y no hay nada que caracterice más el hecho de conocer a Cristo de manera práctica, y el resultado de esto en nuestras propias almas, que cuando lo mismo se hace realidad en nosotros. Prisa por juzgar es el modo de obrar del hombre en proporción a su carencia de gracia; y la paciencia no es un asunto de conocimiento sino de amor que persevera sobre otra persona, sin querer pronunciarse hasta que toda esperanza desaparece. La rebelión en la carne, que parecía tan amenazante podría resultar estar, después de todo, sólo en la superficie, y no profundamente arraigada. Así que aquí vemos la paciencia incluso en el trato de nuestro Señor con el adversario. Es solamente cuando él manifiesta plenamente lo que él es, — sólo cuando exige la adoración debida sólo a Dios,— que nuestro Señor dice: "Vete, Satanás". Entonces el adversario huye al instante. Pero, el Señor le permite primero darse a conocer por completo. Esto es divinamente sabio. Porque, aunque el Señor sabía todo el tiempo que él era Satanás, ¿qué modelo sería esto para nosotros? El Señor es aquí el hombre bienaventurado en presencia de Satanás, mostrándonos la manera en que tenemos que comportarnos en las tentaciones que llegan sobre nosotros como santos de Dios.

 

Y permitan que yo diga otra palabra con respecto a la tentación. En el sentido que le damos aquí, ella es completamente desde afuera. Nuestro Señor nunca supo lo que era ser tentado desde dentro. Él "fue tentado en todo según nuestra semejanza". Pero el Espíritu Santo matiza esto añadiendo: "pero sin pecado". (Hebreos 4: 15). [Véase nota 7].

 

[Nota 7]. La traducción exacta de la expresión griega es: "El cual fue en todas las cosas tentado de igual manera, apartado del pecado". [Nota del editor del escrito en Inglés].

 

No es que simplemente Él no cedió al pecado, sino que nunca tuvo el principio de él, — nunca hubo el más mínimo movimiento de un pensamiento o de un deseo contrario a Dios. Él nunca conoció pecado. (2ª Corintios 5: 21). Es en esto en lo que nos diferenciamos tanto de Él. A veces tenemos motivos para una profunda humillación debido a que además de tener que ver con el diablo desde fuera, nosotros tenemos una mala naturaleza en nuestro interior, — a saber, lo que la Escritura llama "la carne", es decir, el yo, el cual es la fuente de insubordinación y de enemistad contra Dios. El yo es la fuente de los deseos carentes de amor, voluntariosos e impíos en nosotros, que nunca busca la voluntad de Dios de manera natural, excepto sólo en un espíritu de temor; nunca la busca como aquello que es amado, — nunca la hacemos hasta que nacemos de Dios. Incluso después, el mismo principio inicuo todavía está allí; pero tenemos una nueva vida implantada por Dios en nuestras almas, la cual se deleita en Su voluntad.

 

Pero, aunque las tentaciones de nuestro Señor que tenemos aquí vinieron desde el exterior, aun así Satanás las adaptó a las circunstancias en las que nuestro Señor se encontraba en aquel entonces. Él había estado cuarenta días sin comer y la primera palabra del tentador fue: "Si eres Hijo de Dios, dí que estas piedras se conviertan en pan. El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". ( Mateo 4: 3, 4). Nuestro Señor menciona el libro de Deuteronomio, aludiendo al maná, el alimento diario de Israel que implicaba la dependencia de Dios y mostraba que Israel no necesitaba que los recursos del mundo los sustentaran. Ellos no necesitaron que algún país rico los abasteciera con su abundante cosecha; tampoco dependieron del oro y la plata. Israel, antes de tener una tierra que cultivar y los medios para cosechar de ella, fue enseñado a solas con Dios. En el desierto, adonde Él los había sacado como a Su hijo primogénito, Él los pone a prueba; y la manera de hacerlo fue con respecto a si acaso ellos estaban satisfechos con Dios y con el alimento que Dios les proporcionaba día a día. Lamentablemente, ¡ellos no lo estaban!

 

Aquí la escena cambia por completo. Se trata de un hombre en el desierto; y Satanás está allí, — no Dios. En espíritu, Él siempre habitó con Su Padre; pues incluso cuando estaba en la tierra Él era "el Hijo del Hombre, que está en el cielo". (Juan 3: 13). Él combinó así dos cosas en Su propia persona. Día a día era el hombre que dependía de Dios para todo. Y ésta fue la primera gran tentación del diablo, — a saber, la apelación a Sus necesidades naturales terrenales. Tener hambre no fue pecado; pero habría sido pecado desconfiar de Dios a causa del lugar desierto. ¿Acaso no sabía Dios que allí no había pan?, ¿y no era Su Espíritu el que Le había llevado allí? ¿Le había dicho Dios que abandonara el desierto, o que convirtiera las piedras en pan? Él no usaría Su propio poder de manera independiente de la palabra de Dios. Y el distintivo constante del modo de obrar del Espíritu Santo en los hijos de Dios es que ellos no usan el poder milagroso para sí mismos o para sus amigos. Si lo consideramos en el Nuevo Testamento encontramos a Pablo haciendo milagros y usando el poder de Dios para sanar a los enfermos de alrededor. Pero, ¿lo utilizó él alguna vez para su propio círculo? Por el contrario, Pablo deja a Trófimo enfermo en Mileto y muestra en torno a él toda la ansiedad de quien podría no haber tenido nunca poder para sanar el cuerpo. Cuando Epafrodito estuvo enfermo vemos el ejercicio de una fe que sabía que la voluntad de Dios, consintiendo a ella, valía más que mil milagros. Los milagros no tenían en sí mismos el carácter elevado de ejercitar el alma en dependencia de Dios. Obedecer a Dios, someterse a Él, tener confianza en Él, es aquello de lo cual el hombre natural es incapaz. El poder por sí solo nunca llega tan alto. Por lo tanto, en el caso de nuestro Señor mismo nunca encontramos que Él pone Sus obras de poder en un nivel junto con la obediencia. No, Es más, incluso Él habla de Sus discípulos como aquellos que deberían hacer obras más grandes que las que Él mismo había hecho. Pero, la obediencia fue lo que caracterizó a Cristo: y esto nunca fue hallado en un simple hijo de Adán.

 

Aquí, frente a Satanás, nuestro Señor encuentra Su fortaleza; y ello no es en hacer milagros, ni en ninguna provisión que pudiera haber hecho para Sí mismo, sino en la palabra de Dios. El hambre podía tener necesidades legítimas pero aquí estaba Él, probado por Satanás, y él no saldrá de la prueba hasta que ella termine; no cambiará Sus circunstancias ni moverá un dedo por Sí mismo: Él espera en Dios. "No sólo de pan vivirá el hombre", Él responde, "sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". La palabra de Dios le había llevado allí pues el Espíritu Santo actúa por medio de la Palabra, y él no saldría del desierto hasta que la palabra de Dios Le llevara fuera. Esto desechó completamente las tentaciones de Satanás. Pero aún más: ello sacó a relucir el verdadero secreto de vivir día a día en dependencia de Dios, pues el alimento de la nueva vida es la palabra de Dios. De qué inmensa importancia es la Palabra escrita y el hecho de tenerla como nuestro pan hogareño de cada día; y no meramente leerla como una tarea o un deber formal, sino como ella lo es en realidad, ¡como la provisión divinamente adecuada para el hijo de Dios! Es bueno que todos la estudien porque es, en todo sentido, para el bien del alma leerla día a día inteligentemente, de corazón, como quien la recibe de Dios mismo. Y Dios no da lo que el corazón del hombre no puede asimilar, sino lo que es adaptado a nuestras necesidades diarias, "No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".

 

Esta es, entonces, la respuesta de nuestro Señor a la primera tentación. ¿Por qué iba Él a convertir las piedras en pan? Su Padre no Le había dicho que lo hiciera; Él dependió de la palabra de Dios. Así debería ser siempre con respecto a nosotros. Cuando no tenemos una expresión clara del pensamiento de Dios, nuestro lugar es esperar hasta que la tengamos. Algunas veces el hecho de que no conozcamos el pensamiento de Dios puede mostrar nuestra debilidad, y esto es desagradable para nosotros. A la inquietud le agradaría ir a alguna parte, o hacer algo, pero esto no es fe. La fe es demostrada en esperar que Dios manifieste Su voluntad.

 

La siguiente tentación no fue personal sino que estuvo relacionada con la religión, así como la primera lo había estado con respecto a las necesidades corporales. Encontraremos que el orden es diferente en Lucas. Pero aquí, en la segunda tentación mencionada, está lo que yo puedo llamar la tentación religiosa. El Señor había dicho que el hombre debería vivir "de toda palabra que sale de la boca de Dios". Luego el diablo Lo lleva a la ciudad santa, Lo sitúa sobre el pináculo del templo y fundamenta su tentación en ese punto mismo de la respuesta de nuestro Señor, a saber, la palabra de Dios. El diablo dice, por así decirlo, «Aquí hay una palabra de Dios para ti: "A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra"». Muy cierto. Era la palabra de Dios, y evidentemente hablaba del Mesías. Pero, ¿para qué la estaba usando Satanás? Él dice: "Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está:" etcétera. Esto era hacer un movimiento sin Dios, — era hacer algo por iniciativa propia. La Escritura no decía: «Échate abajo, porque Dios ha mandado a Sus ángeles acerca de ti, para que no tropiece tu pie en piedra.» El Señor no se apartaría de la Escritura porque Satanás la había utilizado mal. Él nos muestra de la manera más instructiva que nosotros no debemos ser movidos de nuestro baluarte porque ella pueda ser vuelta contra nosotros. Nuestro Señor no entra en amables distinciones, ni analiza lo que Satanás había dicho, sino que Él nos ha presentado aquello que debiese ser, si se me permite decirlo, el modo estándar de lidiar para todo hombre cristiano. Existen quienes podrían tener discernimiento espiritual para ver que Satanás estuviese pervirtiendo la Escritura que él citara; pero muchos no podrían. El Señor asume un terreno amplio al lidiar con el adversario. Él Se posiciona en lo que cada cristiano debe saber y sentir, y esto es: "Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios". Él cita una clara palabra positiva de Dios que Satanás estaba destruyendo mediante el uso que hacía del Salmo 91. Ahora bien, ese es el baluarte de un creyente que puede tener que ver con uno que discurre sutilmente a partir de la Escritura, a saber, "Escrito está también". Él puede apelar a lo que es palpable y claro. Se encontrará que allí donde una persona aplica sistemáticamente mal la Escritura ella destruye algún principio fundamental de la palabra de Dios. Todo lo que es falso es contrario a algún pasaje claro de la Escritura. Ahora bien, esto es una gran misericordia. El creyente mantiene firme lo que es claro; él no renunciará a lo que entiende por algo que no entiende. Él puede estar perplejo por lo que el adversario está presentando y sólo puede tener una creciente sospecha de que está equivocado. Pero él puede decirse a sí mismo: «Yo nunca podré renunciar a lo que está fuera de toda duda por algo que no conozco.» En otras palabras, él sostiene la luz y rechaza las tinieblas.

 

Me parece que es así como nuestro Señor lidia con Satanás. Él podía haberlo desechado de inmediato en el terreno del razonamiento y haber mostrado el objetivo pervertido con el que Satanás estaba aplicando la Escritura; pero, Él lidia con él más bien en el terreno moral, terreno que todo cristiano es capaz de juzgar. Pregunto: ¿Encuentro yo una Escritura utilizada con el propósito de hacerme desconfiar de Dios? Yo asumo enseguida mi posición en "No tentarás al Señor tu Dios". ¿Qué es lo que se quiere decir con esto? Se quiere decir que yo nunca debo dudar de que el Señor estará a mi favor. Si hago algo para probarlo a Él, para ver si Él estará a favor mío, esto es, a la vez, incredulidad y desobediencia. Lo que leemos aquí es una alusión a la historia de Israel nuevamente, y otra cita del libro de Deuteronomio. De hecho, nuestro Señor cita cada respuesta a las tentaciones, como ha sido destacado hace tiempo, del libro de Deuteronomio. Ustedes encontrarán en Éxodo capítulo 17 que los israelitas tentaron al Señor preguntando: «¿Está Él entre nosotros o no?» Esto no significa que ellos Le provocaran mediante idolatría o por la negativa a hacer Su voluntad. No se trata de un pecado deliberado sino de incredulidad en cuanto a Su bondad y a Su presencia, — en pocas palabras, incredulidad en cuanto a que Dios está a nuestro favor. Esto es exactamente lo que nuestro Señor propugna. «YO me echo abajo para descubrir que la Escritura es verdadera y que ¡los ángeles Me sostendrán! Yo no necesito hacer tal cosa; ya que Yo estoy muy seguro de que si Yo fuese echado abajo, los ángeles estarían allí para sostenerme.» Si ustedes tienen una persona de la que sospechan que es deshonesta en sus recintos, tal vez ustedes estén dispuestos a ponerla a prueba de una u otra manera. Pero, ¿a quién se le ocurriría poner a prueba a alguien en quien uno tuviera plena confianza? Pues bien, ese es exactamente el significado de la respuesta de nuestro Señor: "No tentarás al Señor tu Dios". Su alma resentía la idea de probar a Dios para ver si Él sostendría a Su Hijo. Dios podía probarlo a Él; Satanás podía ponerle a prueba; pero, en cuanto a que Él tentara al Señor, como si el Señor Su Dios requiriera ser puesto a prueba para ver si Él sería fiel a Su palabra, — ¡Fuera con ese pensamiento! Él no quiso oír acerca de ello ni por un momento.

 

La tentación que es la segunda en Mateo, Lucas la presenta como la tercera. ¿A qué se debe esto? Ciertamente nosotros no debiésemos leer las Escrituras como si tales diferencias no tuvieran la intención de sugerir una indagación. Tenemos que tener cuidado de no malinterpretar la Escritura; pero la Escritura está destinada a ser entendida. Acerca de estos diferentes órdenes en que las tentaciones son puestas, yo digo que ambos órdenes son correctos, ambos son inspirados por Dios. Si la intención de ellos hubiese sido informar de la tentación exactamente como tuvo lugar, está claro que ellos no están en lo correcto; pero Dios tuvo un objetivo mucho más elevado. Dios escribió para nuestra enseñanza, y Dios se ha complacido, en los diferentes Evangelios, en colocar los hechos de la manera más instructiva. Mateo presenta simplemente la tentación históricamente, tal como ella tuvo lugar. Por lo tanto, en Mateo tenemos menciones de tiempo: "Entonces el diablo le llevó", etcétera. En Lucas no hay tal pensamiento; allí es simplemente: "Y le llevó el diablo", etcétera. (Lucas 4: 5). Esta palabra nos prepara de inmediato para ella. Es evidente que estas diferentes tentaciones existieron, pero Lucas las coloca como para no decirnos el orden en que ocurrieron.

 

Estas últimas palabras es un comentario general válido para todo el Evangelio de Lucas, el cual se aparta habitualmente del sencillo orden de los hechos para presentar una disposición adecuada al designio que él tenía en perspectiva. En su conjunto, el Evangelio de Lucas se caracteriza por poner los hechos de la vida de nuestro Señor en un orden que se ajusta a la doctrina que Él estaba enseñando. Así, ustedes encontrarán en Lucas que incluso la genealogía de nuestro Señor no es presentada en su lugar habitual; hay un alejamiento de la mera serie natural; y hay, en cambio, un orden moral. Tomen ustedes el caso de la oración del Señor: Lucas la coloca en un lugar totalmente diferente al de Mateo, el cual lo presenta en el maravilloso discurso comúnmente llamado el Sermón del monte; y como la oración formaba una parte muy importante de los nuevos principios que el Señor estaba sacando a la luz, ella también formaba uno de los temas principales del discurso del Señor. Lucas reserva esa oración hasta llegar a Lucas 11, porque nuestro Señor está señalando allí el gran recurso de la vida espiritual, el modo en que dicha vida ha de ser mantenida y sustentada en el alma. Y Lucas nos muestra esto a partir de la historia de Marta y María. (Lucas 10). La pregunta surge, ¿Por qué Jesús aprobó la senda y el andar de María más que los de Marta? No es que Él no las amaba a todas, ni que Marta no tuviera un verdadero amor personal por el Salvador y que su corazón no fuera fiel a Él. Pero había una inmensa diferencia entre ellas. ¿Cuál era esta diferencia y por qué ello era así? Lucas nos presenta la diferencia moral. Mientras Marta se ocupaba en lo que podía hacer por el Señor para mostrarle su amor, María estaba ocupada en el propio Señor, — sentada a Sus pies, escuchando Su palabra. La una estaba llena de lo que ella podía hacer por Cristo; la otra, estaba llena de Cristo mismo; y nada de lo que ella podía hacer tenía la menor importancia a sus ojos, comparado con Cristo mismo. Nosotros encontramos así, en otro caso, a María rompiendo el frasco de alabastro para ungir los pies de Jesús, — una acción poco considerada por los demás; y sin embargo, lo que ella había hecho debía ser recordado a través de todo el mundo. (Véase Marcos 14: 3-9). Nuestro Señor saca a relucir en Lucas este gran asunto, — a saber, la palabra de Dios, esperar en Jesús, siendo esto el primer gran recurso para fortalecer la vida nueva y espiritual; y, por lo tanto, inmediatamente después de este relato acerca de estas hermanas, nosotros tenemos la petición de los discípulos pidiendo ser enseñados a orar. En realidad, ello tuvo lugar mucho antes; pero Lucas coloca estos dos sucesos juntos de esa forma especial para señalar la conexión de la palabra de Dios con la oración.

 

Así, en la tentación, Lucas se aparta del orden de los hechos y nos presenta la secuencia moral. Mateo se limita a nombrar los hechos tal cual sucedieron. Lucas los coloca en el orden de magnitud, y se desplaza desde la prueba natural a la mundana, y después a la tentación religiosa. Porque está perfectamente claro que la tentación por medio de la palabra de Dios era mucho más dura para Uno que valoraba Su palabra por encima de todo aquello que consistía una apelación a las necesidades naturales o a la ambición mundana. Por eso Lucas reserva esta tentación hasta el final. En Mateo no es así, pero tenemos, en tercer lugar, la tentación mediante el mundo. Leemos, "Le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares". ( Mateo 4: 8, 9). Aquí el diablo se manifestó de inmediato. La idea misma de presentar cualquier objeto de reverencia y adoración entre el alma y Dios fue para detectar de inmediato que se trataba del propio diablo o de un instrumento del diablo. Por lo tanto, el Señor lo denomina de inmediato como "Satanás". "Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás". (Versículo 10). Si se hubiera tratado de un apóstol, habría sido exactamente lo mismo. Si uno de ellos se hubiera desviado tanto como para insinuar tal cosa, el Señor habría dicho igualmente, "Satanás". ¿Acaso no es esto muy solemne para nosotros cuando tratamos con cristianos que se han convertido en instrumentos de Satanás por un momento? El Señor no titubeó en una ocasión en decir, "Satanás", al propio Pedro; y eso que él era el principal de los doce, — el primero en dignidad entre los apóstoles del Cordero. Y, sin embargo, nuestro Señor mismo, después que Él hubo colocado una señal de honra sobre Pedro y le hubo dado un nuevo nombre, no duda en decir "Satanás" a Pedro como al enemigo mismo. Todo esto saca a la luz un importante principio para nuestros propios modos de obrar al tener que ver incluso con un hijo de Dios.

 

Al responder a la tercera y última tentación nuestro Señor aún se limita al libro de Deuteronomio. ¿Por qué? Porque Deuteronomio (o Segunda Ley) es el libro que considera a Israel después de que ellos habían fracasado completamente bajo la ley, y cuando Dios introduce el nuevo principio de la gracia y muestra, no la mera justicia por la ley, sino la que es por la fe. El apóstol Pablo también cita de Deuteronomio con el mismo propósito. Deuteronomio es el libro que indica el lugar de la obediencia cuando ella ya no es una mera cuestión de observancia bajo la ley. El Señor Jesús asume aquí ese mismo lugar. Él no está dando testimonio de lo que Él podría haber hecho como persona divina. Como tal, Él habría asumido un terreno en el que nosotros no podríamos seguirle. Pero a través de esta tentación Él asume la postura que se ajusta a nosotros y a todos los que desean seguirle. Lo único correcto y lo que conviene a un hombre piadoso al enfrentar las tentaciones es el terreno de la obediencia a la fe: pues uno se mantiene así en la confianza de lo que Dios es en Su bondad. El Señor no se desviaría en ningún caso de lo que era el lugar debido y apropiado para un siervo de Dios en Israel. Si una persona era piadosa, su lugar era confesar y ser bautizada con el bautismo de arrepentimiento. Nuestro Señor se encuentra de inmediato con los tales, aunque en Su caso fue cumplimiento de justicia, mientras que con nosotros es  reconocimiento de pecado. Él, que era el único que podía asumir Su posición por encima de la justicia legal, la asume como vindicando a Dios en todo sentido, no sobre la mera justicia del hombre. Satanás puede colocar la tentación frente a Él en todas sus formas, pero ello es inútil. Su única preocupación es vindicar a Dios, y nunca arrogarse nada. El enemigo fue frustrado, para gloria de Dios, por un hombre obediente y dependiente.

 

Creo que los principios traídos ante nosotros en este capítulo son de la mayor importancia práctica para los hijos de Dios. Los pocos comentarios que yo he hecho pueden ayudar a dirigir las almas al valor práctico de estas tentaciones de nuestro Señor para guiarnos en nuestra propia senda. Por lo tanto, recomiendo todo el tema a la atención del lector como un tema que, aunque pudo haber sido presentado muchas veces ante nosotros, y que podemos haber meditado a menudo sobre su valor práctico, todavía puede requerir nuestro pensamiento, ya que seguramente ello recompensará nuestro estudio llevado a cabo con oración.

 

Puede ser instructivo comparar las diferentes maneras en que el Espíritu Santo introduce el ministerio de nuestro Señor en los Evangelios. Y cuando hablo de Su ministerio, ustedes entenderán que me refiero a Su servicio público, pues hubo muchas cosas relacionadas con el Señor, — milagros realizados y discursos notables pronunciados, — antes de que Él emprendiera formalmente Su curso ministerial. Lo que yo deseo mencionar ahora es la sabiduría con la que Él nos ha presentado una visión distinta de nuestro Señor en cada uno de estos diferentes relatos inspirados. Nosotros podemos seguir con reverencia a Aquel que se ha complacido en proporcionarlos de manera tan variada, — omitiendo ciertas declaraciones en algunos, y presentándolas en otros; alterando de vez en cuando el orden de la narración de los acontecimientos para lograr así Su propósito más perfectamente. Al comparar estos relatos podemos ver que el Espíritu Santo siempre conserva el gran designio de cada Evangelio, y ésta es la base de toda interpretación correcta. Si nosotros tenemos en cuenta aquello que Él se propone, encontraremos en esto el principio sobre el cual los Evangelios fueron escritos y, en consecuencia, encontraremos lo único que nos permitirá entenderlos correctamente.

 

Ya he mostrado, para comenzar con el Evangelio de Mateo, que a lo largo del mismo el Espíritu Santo nos está presentando al Mesías con las pruebas más completas de Su misión de parte de Dios, pero, lamentablemente, como un Sufriente y un Rechazado, y esto especialmente por parte de Su propio pueblo; y, entre ellos, rechazado sobre todo por aquellos que, humanamente hablando, tenían más motivos para recibirle. ¿Había algunos que destacaran peculiarmente por su justicia en la estimación de la nación? Si los fariseos lo eran, ¿quiénes fueron los que estaban tan resentidos contra Él? ¿Había alguno que fuera celebrado por su conocimiento de las Escrituras? Los escribas fueron los que se combinaron con los fariseos contra Él. Los sacerdotes, celosos de su propia posición se opondrían de manera natural a alguien que sacaba a relucir la realidad de un poder divino administrado por el Hijo del hombre en la tierra en el perdón de pecados. Ahora bien, todas estas cosas salen a relucir con una fuerza y claridad sorprendentes en el Evangelio de Mateo. Pero, aunque todavía no hemos llegado a estos detalles, el designio principal mismo del Espíritu Santo se hace patente en la forma en que nuestro Señor es presentado al iniciar Su ministerio público en la porción que tenemos ante nosotros.

 

En primer lugar, en Mateo no se menciona todo lo que ocurrió en Jerusalén. Humanamente hablando, es tan probable que Mateo haya inquirido las tempranas circunstancias de nuestro Señor, y en particular Su relación con esa ciudad, tal como el amado discípulo Juan. Sin embargo, de una gran cantidad de cosas presentadas en Juan ni una sola palabra aparece en Mateo. En el cuarto Evangelio tenemos una delegación de Jerusalén para ver primero a Juan el Bautista, y luego nuestro Señor es reconocido como Cordero de Dios y como Aquel que bautiza con el Espíritu Santo. Luego tenemos a nuestro Señor dándose a conocer a varias personas; entre ellas, a Simón Pedro, después de que Andrés, su hermano ya había estado en compañía del maravilloso Forastero. Luego Felipe es llamado, el cual encuentra a Natanael; y así la obra del Señor se extiende de un alma a otra, ya sea por el Señor atrayendo a Él  mismo directamente, o por la intervención de los que ya habían sido llamados. Todo esto es omitido por completo aquí en Mateo. Además, en Juan capítulo 2 es presentado el primer milagro o señal, en el que Cristo manifestó Su gloria, — la conversión de agua en vino; después de lo cual nuestro Señor sube a Jerusalén y ejecuta el juicio sobre la codicia que entonces reinaba incluso en la ciudad que se jactaba de santidad. Tenemos también una pequeña visión secundaria de lo que nuestro Señor estuvo haciendo durante este tiempo en Jerusalén. Él estuvo haciendo señales milagrosas allí, y muchos creyeron en Él, aunque de una manera natural. Se dice que Jesús "no se fiaba de ellos, porque conocía a todos" (Juan 2: 24); pero Él revela la gran doctrina del nuevo nacimiento, y saca a relucir la cruz, — para ser hecho Él mismo así pecado, como la serpiente había sido levantada por Moisés en el desierto, para que todo el que cree en Él "no se pierda, mas tenga vida eterna". (Juan 3: 16). Todo esto tuvo lugar antes de las circunstancias registradas por Mateo. Cuando esto es visto, ello debe sorprender a cualquier atento lector de la palabra de Dios. No pudo ser que esas cosas fuesen desconocidas para Mateo: ellas no podían dejar de ser nombradas y meditadas si, aparte de la inspiración, ustedes le consideran como un mero discípulo. Andrés, Pedro y Juan, y los demás, habrían conversado una y otra vez acerca del primer contacto de ellos con el Salvador. Sin embargo, Mateo no dice una palabra acerca de ello; tampoco lo hacen Marcos o Lucas, — sólo Juan. Ahora bien, cuando nosotros examinamos los propios Evangelios encontramos la solución verdadera. No es la ignorancia de un evangelista ni el conocimiento de otro lo que explica las omisiones o las inserciones. Dios presenta un relato tal de Jesús que inculcaría perfectamente la lección que Él estaba enseñando en cada Evangelio.

 

¿Por qué todo lo que hemos mencionado aparece convenientemente en Juan? Evidentemente porque ello coincide con la verdad que es allí enseñada. En Juan tenemos, desde el principio, la ruina total del hombre, — la ruina del mundo. El primer capítulo nos muestra la evidencia práctica de lo que era el judaísmo, — el Señor no es recibido por los Suyos, no obstante viniendo debidamente, y llamando así a Sus propias ovejas por nombre, y sacándolas de allí. Debido a que el testimonio de Juan Bautista no tuvo ningún efecto duradero sobre la masa; podía pasar de boca en boca, pero caía desatendido en los oídos de los que no tenían fe: "No sois de mis ovejas, como os he dicho". (Juan 10: 26). Ahora bien, tenemos a las ovejas llamadas individualmente por su nombre, y a una de ellas recibiendo un nuevo nombre totalmente acorde con el carácter del Evangelio de Juan. En Mateo no tenemos ninguno de estos llamativos incidentes porque en él el Espíritu Santo nos presenta a Jehová-Jesús, el Mesías, obrando milagros, cumpliendo la profecía, exponiendo el reino de los cielos, — pero en necesidad, despreciado y compañero de esos en Galilea; pues Él no es visto aquí como el Hijo de Dios, ya sea desde la eternidad o como nacido en el mundo; sino que Él mismo asume un lugar en separación, para hacer realidad la gran predicción que el profeta Isaías había sido inspirado por Dios para que la revelara cientos de años antes. Porque observarán ustedes que el hecho de que nuestro Señor dejara Nazaret y viniera a habitar en Capernaúm es introducido aquí como el cumplimiento de aquello de lo cual el profeta Isaías había hablado diciendo: "Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, Camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles". (Mateo 4: 15; Isaías 9: 1). Ello estaba fuera de la ubicación habitual de Israel, en esa parte de ella que aún ha de pertenecer a Israel, de la que algunas de las tribus habían tomado posesión, aunque, estrictamente hablando, estaba más allá de los límites apropiados de la tierra prometida. El Señor atraviesa la Galilea de los gentiles, y en todo lo que hacía Él cumplía la profecía. Los judíos debieron haberlo sabido con toda seguridad. De este modo, el pueblo asentado en tinieblas "vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció". (Mateo 4: 16; Isaías 9: 2).

 

Ahora bien, si nosotros acudimos al profeta Isaías encontraremos algo más de la importancia de esta cita. Ella es parte de un solemne estilo profético, parte en la que Jehová pone de manifiesto la superlativa rebeldía de Israel y los juicios que caen sobre Su pueblo porque no prestaban atención a Su voz. Su mano se extendió contra ellos: "A pesar de todo esto, no ha cesado su furor, y su mano todavía está extendida". (Isaías 5: 25 – RVA). En medio de estos tratos de Dios tenemos la gloria de Jehová revelada. (Isaías 6). Ahora sabemos, como declara Juan capítulo 12, que esta gloria está en la persona de Cristo. Consecuentemente, en Isaías 7 se anuncia que iba a haber un nacimiento totalmente sobrenatural. Ya no se trataba de Uno sentado en un trono alto, apartado de los hombres, aunque los hombres recibieran un mensaje de misericordia de parte de Él en medio del juicio, sino que el capítulo 7 de Isaías revela el gran hecho de la encarnación. El Rey de gloria, Jehová de los ejércitos, llegaría a ser un niño, nacido de una virgen. El capítulo siguiente revela otro hecho. A Israel no le importó más el glorioso Niño de la virgen que las anteriores advertencias de Dios. Por el contrario, Lo despreciaron y Lo rechazaron. En consecuencia, el capítulo 8 presupone un remanente piadoso cada vez más aislado en medio de un temible estado de cosas en Israel, quienes, uniéndose a los gentiles, dirán: "Es conspiración". Leemos, "No digáis: "Es conspiración", a todo lo que este pueblo llama conspiración, ni temáis lo que ellos temen, ni os aterroricéis". (Isaías 8: 12 – LBA).  Israel asume entonces el lugar de la incredulidad total. Los judíos serán líderes en esta rebelión contra Dios. Pero, en medio de todo ello, ¿qué está haciendo Él? Leemos, "Ata el testimonio, sella la ley entre mis discípulos. Esperaré, pues, a Jehová, el cual escondió su rostro de la casa de Jacob, y en él confiaré. He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová somos por señales y presagios en Israel, de parte de Jehová de los ejércitos, que mora en el monte de Sión". (Isaías 8: 16-18).  Es decir, hay una declaración clara de que Dios se complacerá en tener un pequeño remanente en medio de Israel; y mientras Israel rechaza al Mesías, aparece un remanente separado y la bendición vendría al fin en toda la plenitud de la gracia. Sin embargo, al principio ello sería algo pequeño y despreciado; y esta es exactamente la circunstancia que nuestro Señor estaba poniendo en evidencia ahora. "Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos? ¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido". (Isaías 8: 19, 20). En consecuencia, la profecía continúa: "Sin embargo, no tendrá oscuridad la que estaba en angustia. En tiempos anteriores él humilló la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí; pero en tiempos posteriores traerá gloria a Galilea de los gentiles, camino del mar y el otro lado del Jordán. El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz [el Mesías]. A los que habitaban en la tierra de sombra de muerte, la luz les resplandeció". (Isaías 9: 1, 2 – RVA). Él muestra después en esta profecía que (si bien la aflicción gentil infligida a la nación sería más pesada que nunca, y la opresión romana superaría con creces la caldea de antaño, aun así) el Mesías estaría allí, despreciado y rechazado por los hombres, no, es más, rechazado por los judíos, y eso en este mismo momento cuando era despreciado así por el pueblo que debiese haber conocido Su gloria, una gran luz, surgiría en el lugar más despreciado, en la Galilea de los gentiles, entre los más pobres de Israel, donde los gentiles se habían mezclado con ellos, — personas que ni siquiera podían hablar correctamente su propio idioma. Allí debía brotar esta luz resplandeciente y celestial; el Mesías sería reconocido y recibido allí. De este modo nosotros podemos ver cuán plenamente esta profecía se ajusta al Evangelio que estamos considerando. Porque tenemos aquí a Uno que es Jehová-Mesías, un rey divino, — no un simple hombre, sino Uno menospreciado por la nación y despreciado por los dirigentes, dándose Él a conocer en gracia a los que eran más despreciados en las afueras como cuando salen ustedes hacia los gentiles. Aquello que los reyes habían esperado en vano, lo que los profetas habían deseado ver, fue lo que los ojos de ellos vieron. El Señor comienza a separar un remanente en Israel en Galilea de los gentiles. Esto mantiene y confirma el objetivo de Mateo desde el principio.

 

Pero hay más que esto. "Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado". (Mateo 4: 17). Es evidente que esto da comienzo a Su predicación pública. El discurso a Nicodemo fue totalmente diferente. Y, ¿Por qué no tenemos nada parecido a la mujer samaritana en Mateo? ¿Cómo concuerda ello con el Evangelio de Juan? En Mateo el tema es el cumplimiento de las profecías acerca del Mesías, y Dios mostrando que no hubo por Su parte ningún malogro en el testimonio hasta que la obra del Bautista finaliza. Jesús espera esto en Mateo. En Juan Él no espera nada. Él presenta allí el testimonio más grandioso posible acerca del reino de Dios; la necesidad de una vida que el hombre no tiene de manera natural, una vida que sólo Dios puede dar; y la necesidad de la cruz como expresión del juicio de Dios sobre el pecado en gracia hacia los pecadores, — hacia el mundo. De modo que el discurso en Juan capítulo 3 consta de estas dos partes: — una vida dada por Dios que es perfectamente santa; y Jesús muriendo en expiación por los pecados de la vida antigua que nunca pudo entrar a la presencia de Dios. Porque aunque los creyentes deben tener la vida nueva, esto no puede borrar el pecado. La muerte es necesaria tanto como la vida, y el Salvador proporciona ambas. Él es la fuente de la vida como Hijo de Dios, y Él muere como Hijo del hombre. Y esto es lo que Él saca a relucir de manera sorprendente en el comienzo del Evangelio de Juan.

 

 

En Mateo, como ya he dicho, tenemos a Jesús esperando hasta que finaliza el testimonio de Juan el Bautista, y entonces Él emprende Su ministerio público. Estas cosas son perfectamente armoniosas. Si se hubiera dicho que nuestro Señor predicó el reino de los cielos a Nicodemo ello podría haber parecido una contradicción; pero Él no lo hizo. A Nicodemo Él mostró la necesidad de un nuevo nacimiento para que alguien viera el reino de Dios. Pero en Mateo Él está considerando lo que concierne a la tierra, — a saber, el reino de los cielos conforme a la profecía de Daniel. Por lo tanto, Él espera hasta que Su precursor terrenal hubo terminado su tarea. Por eso Mateo omite toda alusión a algo público acerca de Cristo antes de que Juan es encarcelado. Él presenta a los judíos el reino de los cielos como aquello que era conforme a sus profetas.

 

 

Veamos en el Evangelio de Lucas de qué manera comienza  el ministerio de nuestro Señor. El capítulo 4 será suficiente para mi propósito. El Señor vuelve en el poder del Espíritu a Galilea: "Y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado". (Lucas 4: 14-16). Esta es una escena anterior; Él no está todavía en Capernaúm. Mateo lo omite todo. Esto es aún más sorprendente porque Lucas no fue uno de los que estuvo personalmente con nuestro Señor, mientras que Mateo sí lo estuvo. Pero, a menos que ustedes crean que es Dios quien ha guiado la mano de cada escritor, y ha puesto Su propio sello en ello, ustedes son incapaces de entender la Escritura; ustedes añadirán sus propios pensamientos en lugar de someterse al pensamiento de Dios. Lo que necesitamos es confiar en Dios, el cual está derramando sobre nosotros Su propia luz bienaventurada e infinita. ¿Por qué Dios nos presenta este incidente en Nazaret en Lucas y en ningún otro lugar? ¿Se trata del Mesías? No; ese no es el objetivo de Lucas. Tampoco se trata de Su ministerio en el orden en que ocurrió: ustedes encontrarán esto en Marcos. Pero Lucas, al igual que Mateo, cambia el orden de los acontecimientos con el propósito de sacar a relucir el objetivo moral de cada Evangelio. Lucas nos presenta esta circunstancia en la sinagoga; Mateo no lo hace. Si alguien ha leído el Evangelio de Lucas con inteligencia espiritual, ¿cuál es la impresión uniforme comunicada a la mente? Allí está el Hombre bienaventurado, ungido por el Espíritu Santo, que va haciendo el bien. De hecho, esta es precisamente la forma en que Pedro resume la vida de Jesús en el libro de los Hechos cuando predica acerca de Él a Cornelio, — pues leemos, "Cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él". (Hechos 10: 38). Y luego él presenta un relato acerca  de Su maravillosa obra en Su muerte y resurrección, y de los frutos de esa obra para el creyente.

 

Entonces, al comenzar el Evangelio de Lucas, ¿cuál es el primer incidente del ministerio de nuestro Señor que está registrado allí? En Nazaret, la aldea más despreciada en Galilea, el lugar donde de seguro nuestro Señor iba a ser escarnecido, — en su propia tierra, donde Él había estado viviendo todos los días de Su vida privada de bienaventurada obediencia prestada al hombre y de dependencia de Dios, — en este lugar mismo Él entró en la sinagoga en el día de reposo y se levantó a leer del profeta Isaías, donde estaba escrito: "El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón… A predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó". (Lucas 4: 18-20). Él se detuvo en medio mismo de una frase. ¿Por qué? Por el motivo más precioso. Él vino aquí como heraldo de la gracia, ministro de la benignidad divina para con los hombres pobres y miserables. En la profecía de Isaías había juicio mezclado con misericordia. El Evangelio de Mateo puntualiza juicio sobre los judíos y misericordia para la despreciada Galilea. Pero aquí se trata de algo más amplio. En Lucas no hay ni una palabra acerca de juicio; no aparece nada más que la plenitud de la gracia que estaba en Cristo. Él había venido con todo el poder y la voluntad de bendecir: el Espíritu de Jehová estaba sobre Él para ese propósito. Él fue enviado a predicar el año agradable del Señor, — y allí mismo enrolló el libro. No quiso añadir las palabras siguientes que anunciaban "el día de venganza del Dios nuestro". (Véase Isaías 61: 1, 2). Él, de manera muy significativa, se detiene antes de decir una palabra acerca de aquel día. En cuanto a la misión real con la que Jesús vino del cielo, ella no fue para ejecutar venganza: esto sólo fue lo que el hombre, al rechazar la gracia, Lo obligaría a hacer más tarde. Pero Él vino a mostrar el amor divino emanando en una corriente perfecta e incesante desde Su corazón. Esto fue lo que nuestro Señor puso aquí al descubierto. ¿Dónde encaja una escena como ésta? Exactamente en el lugar donde ella se encuentra, — sólo en el Evangelio de Lucas. Ustedes no podrían trasplantarla a Mateo, ni siquiera a Juan. Hay un carácter acerca de ella que pertenece a este Evangelio y a ningún otro. Algunas de las circunstancias del ministerio de nuestro Señor son presentadas en todos los Evangelios, pero ésta no: y el motivo es que ella discurre en la corriente de Lucas, se encuentra allí, y sólo allí.

 

Esto ayudará a ilustrar las diferencias características y divinamente dispuestas de los Evangelios. Armonizar es el intento de comprimir en un único molde cosas que no son lo mismo. Por tanto, si se me permite añadir unas palabras en cuanto al relato de Lucas, nosotros tenemos más para corroborar. Mientras ellos estaban pendientes de lo que él iba a decir para oír las palabras de gracia, como las caracteriza el Espíritu Santo, todos los ojos se fijaron en Él. Leemos, "Entonces comenzó a decirles: —Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos… y [ellos] decían: —¿No es éste el hijo de José?" (Lucas 4: 21, 22 – RVA). Tal era la ceguera del corazón de ellos. Él fue despreciado y rechazado por los hombres; no sólo por los hombres soberbios de Jerusalén, sino incluso en Nazaret. Este es el objetivo de Lucas que demuestra el pensamiento aún más profundo, — a saber, que no eran sólo los hombres los que podían ensoberbecerse en la ley, sino que el corazón de los hombres estaba contra Él dondequiera que Él estuviera. Que ello sea en Nazaret, y que Él pronuncie las palabras de más gracia que jamás hubieran salido de los labios del hombre, aun así Le seguía el escarnio. "Y les dijo: Seguramente me diréis este proverbio: Médico, cúrate a ti mismo; todo lo que hemos oído hacer en Capernaúm, hazlo también aquí en tu tierra". (Lucas 4: 23).  Nosotros nos enteramos aquí que el Señor había hecho muchas cosas en otro lugar, y de cosas que habían tenido lugar antes de esto; pero el Espíritu de Dios registra esto primero en detalle. Por consiguiente, el Señor introduce otra cosa a la que debo referirme. Él toma ejemplos de la historia judía para ilustrar la incredulidad de los judíos y la bondad de Dios para con los gentiles: "Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado… pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta", etcétera. (Lucas 4: 25, 26). Es decir, Él muestra que en la incredulidad de Israel Dios se dirige a los gentiles, y que éstos deben oír. En el Evangelio de Lucas se encuentra este gran argumento, — no sólo la exhibición de la plenitud de la gracia que estaba en Jesús, sino Dios saliendo a los gentiles, y en misericordia para ellos. El primer discurso registrado de nuestro Señor en Lucas saca a relucir el objetivo mismo del Evangelio. Consecuentemente, cuando el Señor pronunció estas palabras, ellos "se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue. Descendió Jesús a Capernaúm". (Lucas 4: 28-31). Y luego tenemos al Señor tratando con un hombre que estaba poseído por un demonio. Este es el primer milagro que es detallado aquí; y es sólo en el capítulo siguiente donde encontramos a nuestro Señor llamando a Simón Pedro, a Andrés y a los demás, a seguirle a Él; todo lo cual es presentado con el mayor cuidado posible. De inmediato nos sorprende la diferencia.

 

Pues cuando volvemos a Mateo no hay ni una palabra acerca de Nazaret, ni acerca de la expulsión de un demonio de un hombre poseído; sino que simplemente nuestro Señor, cuando comenzó a predicar, andaba junto al mar de Galilea, y "vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres". (Mateo 4: 18, 19). El relato es presentado de manera muy sucinta. Los detalles no se encuentran; pero sí los tenemos en Lucas, y yo presumo que por este motivo, a saber, que el suyo es especialmente el Evangelio donde vemos el análisis moral del corazón humano. Hay dos cosas que son sacadas a relucir especialmente en Lucas, — a saber, cuál es el corazón de Dios hacia el hombre, y cuál es, por naturaleza, el corazón del hombre hacia Dios; y, además de esto, qué llega él a ser por la gracia de Dios. Tomen ustedes la parábola del pródigo como ejemplo. ¿Acaso no tienen ustedes allí la gracia de Dios y la iniquidad del corazón del hombre puestas plenamente de manifiesto?, ¿y luego el hecho de que él vuelve en sí y de haberse él perdido en la bondad de Dios hacia él? Esto es justamente el Evangelio de Lucas, la suma y la sustancia de todo el libro. Ello es uno de los motivos por los que ustedes tienen la experiencia de Pedro cuando fue llamado por primera vez al servicio; la manera en que el Señor enfrentó sus temores, y lo hizo apto para convertirse en un pescador de hombres. Y Pedro es hecho allí una persona prominente: pero tal experiencia no tiene valor excepto cuando es en un individuo. La experiencia debe ser algo entre el alma y Cristo; y en el momento que ella se convierte en algo vago, o en un asunto de notoriedad pública, todo desaparece; y entonces dicha experiencia se convierte más bien en una trampa para la conciencia. Existe el peligro de repetir lo que hemos oído de otros, o de retener lo que es malo en cuanto a nuestras propias almas. Ello debe ser un asunto de conciencia individual con el Señor. Por eso Lucas nos presenta un individuo especificado, y el relato minucioso de aquello a través de lo cual él atraviesa con el Señor.

 

Este no es el argumento de Mateo. Allí está el Mesías rechazado ahora que Su precursor está preso, el cual pronto descubrirá por sí mismo que le está reservado algo peor que una prisión. Pero, a pesar de todo ello el Señor cumplirá las profecías. Él está en el lugar más despreciado cumpliendo la profecía de Isaías que predijo la ley sellada entre Sus discípulos en el momento mismo en que el Señor estaba escondiendo Su rostro de Israel. (Véase Isaías 8: 16, 17).  Él quiere contar ahora con personas idóneas que sean aptas para representar a este remanente piadoso en Israel. Por eso Él llama primero a dos hermanos, a Simón llamado Pedro, y a Andrés su hermano. Sería un error suponer que éste fue el primer encuentro de nuestro Señor con ellos. Ellos conocían al Señor desde mucho antes. ¿Cómo sabemos esto? Juan nos lo dice. Si examinamos el asunto, nosotros encontraremos que todos los incidentes de los cuatro primeros capítulos del Evangelio de Juan ocurrieron antes de esta escena. Incluso las circunstancias registradas de nuestro Señor en Jerusalén, en Galilea, y con la mujer de Samaria, todas ellas tuvieron lugar antes de que Simón y Andrés fueran llamados de su labor. Para requerir una línea especial de servicio, es necesaria una segunda obra de Cristo.

 

Una cosa es que Cristo mismo se revele a un alma, y otra es que Él haga de esa alma un pescador de hombres. Es necesaria una fe especial para que actué sobre las almas de los demás. La sencilla fe salvadora que se apropia de Cristo para la propia alma de uno no es en absoluto la misma cosa que entender el llamamiento de Cristo que le convoca a uno lejos de todos los objetos naturales de esta vida para hacer Su obra. Esto sale a relucir aquí. El Señor, en Su rechazo, llama, y hace que Su voz sea oída por estos cuatro hombres, y por otros también. Ellos ya habían creído en Él, y tenían la vida eterna; pero incluso con la vida eterna un hombre puede estar siguiendo mucho del mundo y, estando ocupado con lo que contribuye a su propia comodidad aquí abajo, puede seguir siendo un miembro de la sociedad de los hombres. Muchos que son piadosos siguen mezclados con el mundo; pero, para que el Señor los haga compañeros de Su propio servicio, y los capacite para llevar a cabo Sus propios objetivos, Él debe convocarlos. Pero ellos tienen un padre: entonces, ¿qué hay que hacer? No importa; el llamamiento de Cristo es superior a cualquier otro aserto. Ellos estaban echando la red en el mar; y Él les dice: " Venid en pos de mí". Pero ellos podrían haber capturado muchos peces: ¿y qué en cuanto a eso? Leemos, "Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó". (Mateo 4: 20, 21). Sin duda se trató de un conflicto. Ellos estaban remendando sus redes con su padre cuando el Señor los llamó; pero inmediatamente dejaron sus redes y a su padre, y ellos Le siguieron. Y fue por este motivo: ellos sabían quién era Cristo; que era el Mesías, el objeto bienaventurado de esperanza que Dios había prometido desde el principio a los padres; y ahora los hijos lo tenían. Él los llamó. ¿Acaso no podían ellos confiar todo lo que tenían en Sus manos, y confiar en Su cuidado para con el padre de ellos? Seguro que podían. La misma fe que los llevó a seguir a Jesús, no sólo como dador de vida eterna, sino como a Uno a quien ahora pertenecían como siervos, podía capacitarlos para confiar a Su cuidado todo lo que ellos tenían que les pertenecía en este mundo. Ciertamente, si el Señor los llamó, Su llamamiento debía ser superior a sus obligaciones naturales. Este fue un caso extraordinario. Nosotros no encontramos que las personas en general sean llamadas a una obra tal como ésta; pero, puede ser que haya ocasiones en las que el Señor tiene a quienes convoca para que Le sirvan de esta manera especial. ¿Cómo podría uno ser útil a las almas de los demás si no ha conocido algo de esta prueba para su propia alma? El Señor es presentado aquí como formando este remanente piadoso para Sí mismo desde el principio. "He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová somos por señales y presagios en Israel". (Véase Isaías 8: 18). Esto era lo que el Señor estaba haciendo ahora; pero ello no es todo. Leemos, "Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó". (Mateo 4: 23, 24).

 

Ahora bien, presten ustedes atención, en ninguna parte hay, excepto en Mateo, tal serie de obras y enseñanzas del Señor condensadas en un par de versículos. En Mateo ellas están aglomeradas en una agrupación antes de que tengamos la enseñanza comúnmente llamada «el sermón del monte.» Surge la pregunta, ¿Por qué aquí el curso habitual del ministerio del Señor es traído ante nosotros en esta forma tan integral? Porque la intención es mostrar, después de que el Señor hubo llamado a estos discípulos, la atención universal que era atraída a Su doctrina. El Señor había estado dando un testimonio íntegro por toda Galilea, y Su fama se había extendido por toda Siria; habían sido atraídas personas de todas partes; y entonces el Espíritu Santo nos presenta el esquema del reino de los cielos en sus objetivos y carácter. Las circunstancias están dispuestas por el Espíritu Santo de tal manera que muestran la atención universal dirigida a Él. Cuando todos tienen ansias de oírle, entonces el Señor despliega el carácter del reino de los cielos. Mateo sabía perfectamente que el sermón del monte fue pronunciado realmente mucho tiempo después. Él mismo lo escuchó. Sin embargo, el propio llamamiento de Mateo no es presentado hasta el capítulo 9. Fue posterior al llamamiento de los doce discípulos que nuestro Señor tomó Su lugar en el monte; pero Mateo lo registra mucho antes. El objetivo es señalar, no el momento en que nuestro Señor pronunció este discurso, sino el cambio anunciado. Primero se produjeron todos estos hechos poderosos que atestiguaron que Él era el verdadero Mesías; y luego Su doctrina fue sacada a la luz perfectamente. El sermón del monte no tiene por qué ser considerado, históricamente, como un único discurso continuo, sino que puede haber estado dividido en diferentes partes. En ninguna parte se dice que todo el  sermón fue pronunciado en estricta secuencia. Nosotros sólo tenemos el hecho general de que entonces Él habló así en el monte, y de que allí Él enseñó a las personas. Es posible que el sermón haya sido presentado en varios discursos, estando omitidas en Mateo las circunstancias que dieron lugar a esta o aquella parte. La mente humana compara estas cosas juntas, y al encontrar que en Lucas son presentadas diferentes porciones de él en una conexión diferente, mientras que en Mateo son presentadas todas juntas, en lugar de confiar en la certeza de que Dios tiene razón, dicha mente humana llega de inmediato la conclusión de que en estas Escrituras hay confusión. En realidad hay perfección. Es el Espíritu Santo dando forma a todo conforme al objetivo que Él tiene ante Sí.

 

Yo espero, si es la voluntad del Señor, considerar cuidadosamente este muy bienaventurado discurso de nuestro Señor para evidenciar su gran importancia en sí mismo, y su idoneidad en Mateo, único lugar donde lo tenemos tan plenamente. En Marcos y Juan no es presentado en absoluto; en Lucas sólo en fragmentos separados; en Mateo como un todo. Pero ahora me limito a recomendarles el tema que hemos estado considerando, confiando en que las observaciones generales que ya han sido hechas puedan demostrar ser un incentivo para un examen más profundo y en oración. Que las insinuaciones que han sido ofrecidas ayuden a algunos a una lectura más provechosa de la palabra de Dios, y a una consideración más inteligente de Su pensamiento, además de dar una llave para las aparentes dificultades de los Evangelios.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

LBA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997, 2000 por The Lockman Foundation, Usada con permiso.

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano).

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

Mateo 5

 

Ya ha sido explicado, aunque brevemente, que uno de los motivos del Espíritu de Dios para sacar el sermón del monte de su lugar histórico en Mateo, si se puede decir así, y presentárnoslo antes de muchos de los acontecimientos que tuvieron lugar posteriormente, fue éste: a saber, que todo el Evangelio fue escrito sobre el principio de convencer a los judíos; en primer lugar, para mostrar quién era Jesús, — su Mesías (un hombre, pero Jehová), Jehová Dios de Israel; y luego, para presentar pruebas detalladas de lo que Él era realmente como Mesías de ellos, según la profecía, por medio de  milagros, principios morales y procederes, tanto en Su propia persona como en Su doctrina. [Véase nota 8]. En mi opinión, a fin de dar el mayor peso a Su doctrina, el Espíritu de Dios se ha complacido, en primer lugar, en dar un esquema general de los hechos de poder milagroso que despertaron la atención general. La fama se difundió por todas partes, de modo que no hubo motivo posible de excusa para que la incredulidad argumentara que no hubo suficiente difusión; que Dios no había hecho sonar la trompeta lo suficientemente fuerte como para que las tribus de Israel la oyeran. Lejos de eso: pues por toda Siria se había extendido Su fama, y le siguieron grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán. Todo esto es presentado aquí y está agrupado al final del capítulo 4.

 

[Nota 8]. Yo puedo agregar aquí un tercer punto, y es que fue de inmensa importancia hacer evidentes las consecuencias de Su rechazo por parte de los judíos, no sólo para ellos sino para los gentiles; es decir, el cambio de economía (administración) que se produjo a partir de ese hecho solemne.

 

Y así como existe esta agrupación de los milagros de Cristo, los cuales pudieron haber estado separados unos de otros por un largo espacio de tiempo, yo entiendo así que el sermón del monte no fue necesariamente un discurso continuo, no interrumpido por el tiempo o las circunstancias, sino que el Espíritu Santo ha considerado oportuno organizarlo para presentar toda la unidad moral de la doctrina de Cristo en cuanto al reino de los cielos, y especialmente para contrarrestar las perspectivas terrenales del pueblo de Israel.

 

Lucas, por el contrario, fue inspirado por el Espíritu Santo para presentar los asuntos que originaron ciertas porciones del discurso y las circunstancias que lo acompañaron; y, además, para retener ciertas partes de ese discurso conectándolas con hechos que ocurrieron de vez en cuando en el ministerio de nuestro Señor, estando así los incidentes reales entrelazados en correspondencia moral con cualquier doctrina particular de nuestro Señor. En algunos lugares de Lucas el Espíritu de Dios se toma la libertad, según Su soberana sabiduría, de retener ciertas porciones e introducir una parte aquí y otra allá, según el objetivo que Él tiene en perspectiva. Siendo su objetivo moral el gran rasgo del evangelio de Lucas, el cual lo recorre de principio a fin, nosotros podemos comprender perfectamente lo adecuado que fue que, si hubo circunstancias en la vida de Cristo que fueron una especie de comentario práctico acerca de Su discurso, allí ustedes deberían tener el discurso y los hechos puestos juntos.

 

Ahora bien, en cuanto al discurso mismo, el Señor habla aquí claramente como el Mesías, el Rey-Profeta de los judíos. Pero, además, a lo largo de todo el discurso ustedes encontrarán que él presupone el rechazo del Rey. Ello aún no ha sido sacado a relucir claramente, pero esto es lo que subyace en todo. El Rey es consciente del verdadero estado del pueblo, pueblo que no tenía corazón para Él. Por eso hay un cierto matiz de tristeza que lo recorre. Eso debe caracterizar siempre a la verdadera piedad en el mundo tal como es: una cosa extraña para Israel, y especialmente extraña en los labios del Rey, de Uno poseído de tal poder que, si hubiera sido un asunto acerca de usar Sus recursos, Él podría haber cambiado todo en un momento. Los milagros que acompañaron Sus pasos demostraron que no había nada que estuviera más allá de Su alcance, aunque sólo fuera un asunto acerca de Él mismo. Pero, ustedes encontrarán en todos los modos de obrar de Dios que, si bien Él siempre hace realidad Sus consejos, — de modo que si Él predice un reino y toma su control para establecerlo, ciertamente Él lo cumplirá, — sin embargo, primero presenta el pensamiento al hombre, a Israel, porque ellos eran Su raza escogida. Por lo tanto, el hombre tiene la responsabilidad de recibir o rechazar aquello que es el pensamiento de Dios, antes de que la gracia y el poder lo lleven a efecto. Pero el hombre siempre fracasa, no importa cuál sea el propósito de Dios. Su propósito es bueno, es santo, y verdadero; exalta a Dios pero humilla al pecador: esto es bastante para el hombre. El hombre siente que no es comprendido y rechaza todo lo que no gratifica su vanidad. El hombre se opone invariablemente a los pensamientos de Dios: y consecuentemente hay dolor y tristeza, — el rechazo de Dios mismo. Y lo maravilloso que la historia de este mundo exhibe es a Dios sometiéndose para ser rechazado e insultado; permitiendo que el pobre y débil hombre, un gusano, impugne Sus benignas propuestas y rechace Su bondad; que él convierta todo lo que Dios da y promete en la exhibición de sus propias soberbia y gloria contra la majestad y la voluntad de Dios. Todo esto es la verdad acerca del hombre, por lo que el matiz de ello es mostrado a través de este bienaventurado discurso de nuestro Señor. Y como ahora Él está sacando a relucir el carácter de las personas que serían aptas para el reino de los cielos (lo cual es la gran intención de la primera parte de este capítulo), Él proclama que el carácter de ellos iba a ser formado por el Suyo propio. Si había aversión y desprecio de los hombres por lo que era de Dios, Él muestra que los que realmente Le pertenecen deben tener un espíritu y unos procederes caracterizados por los Suyos y de acuerdo con ellos. Yo sólo digo aquí, "de acuerdo", porque en este discurso no se habla acerca de la verdad de una vida divina dada al creyente. No se hace mención de la redención ya que no es el tema del sermón del monte. Por lo tanto, si una persona quisiera saber cómo ser salva, ella no debiese buscar aquí pensando encontrar una respuesta. Dicha respuesta no podría ser encontrada a en este discurso porque el Señor está presentando el reino de los cielos y la clase de personas que son adecuadas para ese reino. Es evidente que Él está hablando de Sus discípulos y, por lo tanto, Él no está mostrando la forma en que una persona que está apartada de Dios podría ser liberada de tal posición. Él está hablando acerca de santos, no acerca de pecadores. Él podía establecer lo que está de acuerdo con Su corazón; pero no en absoluto el modo para que un alma conscientemente alejada de Dios sea llevada a estar cerca. El sermón del monte no trata acerca de la salvación, sino del carácter y de la conducta de los que pertenecen a Cristo, — el verdadero Rey, y sin embargo rechazado. Pero si nosotros examinamos detenidamente estas bienaventuranzas, encontraremos una sorprendente profundidad en ellas, y un hermoso orden también.

 

Entonces, la primera bienaventuranza está vinculada con un rasgo fundamental que es inseparable de toda alma llevada a Dios, y que conoce a Dios. "Bienaventurados los pobres en espíritu". ¡Nada es más contrario al hombre! Lo que la gente llama «un hombre de espíritu», es exactamente lo opuesto a ser pobre en espíritu. Un hombre de espíritu es aquel que, — como lo fue Caín, — está decidido a no ser derrotado; un alma que combatiría con Dios mismo. El que es «pobre en espíritu» es todo lo opuesto mismo a esto. Es una persona quebrantada, que siente que el polvo es su lugar correcto. Y toda alma que conoce a Dios debe, más o menos, estar allí. Ella puede salir de este lugar; pues aunque es algo solemne, aun así es bastante fácil volver a elevarse, olvidar nuestro lugar correcto ante Dios; pues ello es incluso un peligro para aquellos que han sido llevados a la libertad de Cristo. Cuando hay sinceridad de corazón, un hombre es propenso a estar deprimido, especialmente si él no está muy seguro de que todo está claro entre su alma y Dios. Pero cuando su espíritu recibe un alivio completo, cuando conoce la plenitud y la certeza de la redención en Cristo Jesús, si entonces aparta la vista de Jesús y asume su lugar entre los hombres, allí tendrán ustedes el viejo espíritu revivido, el espíritu del hombre en su peor forma, — así de terrible es el efecto de un alejamiento de Dios para mezclarse con los hombres. El Señor establece a los pobres en espíritu, primeros en el orden, como una especie de fundamento, como algo inseparable de un alma que es llevada a Dios, — y puede ser que dicha alma ni siquiera sepa lo que es la plena libertad, pero allí está este sello, nunca ausente donde el Espíritu Santo obra en el alma, — es decir, pobreza en espíritu. Dicha pobreza puede ser invadida por otras cosas, o puede desvanecerse a través de la influencia de falsa doctrina, o de pensamientos y prácticas mundanos, pero aun así estaba allí, y allí, en medio de toda la basura, ella está; y Dios sabe cómo volver a derribar a un hombre, si él ha olvidado su verdadero lugar. "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". (Mateo 5: 3). Si Él está hablando acerca del reino, inmediatamente dice que estas son las personas a las que el reino pertenece. Mediante la expresión, "reino de los cielos", Él no se refiere al cielo: nunca dicha expresión  significa el cielo, sino que ella siempre se refiere a la tierra como estando bajo el dominio del cielo. Ustedes encontrarán que muchas personas tienen la costumbre de confundir estas cosas. Cuando leen, "De ellos es el reino de los cielos", estas personas creen que significa «el cielo es de ellos.» Mientras que el Señor no se refiere al cielo sino al gobierno de los cielos sobre una escena terrenal. Ello se refiere a la escena del Mesías que gobierna; pues los que son pobres en espíritu pertenecen a ese sistema del cual Él es la Cabeza. Él no habla aquí de la Iglesia. Podría haber existido el reino de los cielos y ninguna Iglesia en absoluto. No es sino hasta el capítulo 16 de este Evangelio que el tema de la Iglesia es abordado, y además, ella es una cosa prometida y expresamente diferenciada del reino de los cielos. En toda la Escritura no hay un solo pasaje en que el reino de los cielos es confundido con la Iglesia, o viceversa. "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". Este es el fundamento primario, y el amplio rasgo característico de todos los que pertenecen a Jesús.

 

"Bienaventurados los que lloran", es la segunda cualidad. Hay más actividad de vida, más profundidad de sentimiento, más entrada en la condición de las cosas que los rodean. Ser «pobre en espíritu» sería cierto si no hubiera ni una sola otra alma en el mundo; él siente así por lo que es en sí mismo; es un asunto entre él y Dios lo que le hace ser pobre en espíritu. Pero, "Bienaventurados los que lloran" no es simplemente lo que encontramos en nuestra propia condición, sino la tristeza santa que un santo experimenta al encontrarse él mismo en un mundo como éste, y, ¡oh, qué poco capaz es él de mantener la gloria de Dios! Así que hay esta tristeza  santa en la segunda parte. La primera es el hijo de Dios que experimenta los primeros sentimientos de santidad en su alma; la segunda es el sentido de lo que tiene su origen en Dios, — un sentimiento que puede ser de gran debilidad, y aun así, de lo que se conforma a la honra de Dios, y lo poco que es defendida por él mismo y por los demás. "Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación". (Mateo 5:  4). No hay un solo suspiro que suba a Dios que Él no atesore y responda; "Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos". (Romanos 8: 23). Aquí tenemos, entonces, la aflicción del alma piadosa.

 

 

Pero, en el tercer caso llegamos a lo que es mucho más profundo y mucho más castigado. Se trata de una condición del alma producida por un conocimiento más completo de Dios, y es especialmente la forma en que Dios describe en otra parte al propio Bendito. Él era "manso y humilde de corazón"; y esto fue lo que el Señor dijo después de haberse estremecido en espíritu, pues Él sabía lo que era tener un dolor más profundo del que hemos hablado, por la condición de los hombres y el rechazo de Dios que presenciaba aquí abajo. Él sólo pudo decir, "Ay", a aquellas ciudades en las que había hecho tantas obras poderosas; y entonces Capernaúm recibe la condenación más intensa porque las obras más poderosas de todas fueron hechas allí en vano. ¿Y qué podía hacer Jesús sino estremecerse en Su espíritu al pensar en tal desprecio total a Dios y en la indiferencia hacia Su propio amor? (Véase Mateo 11: 20 y versículos sucesivos). Pero, en el mismo momento nosotros encontramos que Él se regocija en espíritu, y dice: "Te alabo, Padre". Esa es la bienaventurada demostración de la incomparable mansedumbre en Jesús. La misma hora que ve la profundidad de Su dolor por el hombre, ve también Su perfecta sumisión a Dios, aunque a costa de todo para Él. Consciente de esto, Él dice: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas". (Mateo 11: 28, 29).  Ahora, entonces, creo que puedo atreverme a decir que esta mansedumbre, que se encontraba en su absoluta perfección en Jesús, es también lo que el conocimiento gradualmente más profundo de los modos de obrar de Dios, incluso en la consciencia de la abundante iniquidad de este mundo y del fracaso de lo que lleva el nombre de Cristo, produce en el santo de Dios. Pues, en medio de todo lo que él ve a su alrededor, existe el discernimiento del propósito oculto de Dios que se está llevando a cabo a pesar de todo; de modo que el corazón, en lugar de inquietarse por el mal que presencia y que no puede poner a un lado, en lugar del menor sentimiento de envidia por la prosperidad de los inicuos, encuentra su recurso en Dios, — en el "Señor del cielo y de la tierra", — una expresión muy bienaventurada porque señala el control absoluto en el cual todo está en manos de Dios. Jesús es el manso, y los que pertenecen a Jesús también son capacitados para esta mansedumbre. Leemos, "Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad". (Mateo 5: 5). La tierra, ¿y por qué no el cielo? La tierra es el escenario de todo este mal que causa tanto dolor y llanto. Pero ahora, habiendo aprendido mejor los modos de obrar de Dios, ellos pueden encomendar todo a Él. La mansedumbre no es simplemente ser conscientes de que nosotros somos nada, o estar llenos de tristeza por la oposición a Dios aquí abajo; sino que es más bien la calma que deja las cosas con Dios, y se inclina ante Dios, y acepta con gratitud la voluntad de Dios, incluso donde de manera natural puede ser más duro para nosotros.

 

La cuarta bienaventuranza es mucho más activa. "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados". (Versículo 6). Ellos tendrán la perfecta satisfacción del alma. Cualquiera que sea la forma del sentimiento espiritual del corazón, siempre hay una respuesta perfecta a él por parte de Dios. Si había dolor, ellos serán consolados; si había mansedumbre, ellos heredarán la tierra, el lugar mismo de la prueba de ellos aquí. Ahora bien, hay una actividad de sentimiento espiritual, el hecho de salir a relucir según lo que era conforme a Dios, y lo que mantenía la voluntad de Dios, especialmente como se le dio a conocer a un judío en el Antiguo Testamento. Por eso esto es llamado "hambre y sed de justicia". En el Nuevo Testamento nos enteramos de principios aún más profundos que tuvieron que ser sacados a la luz cuando los discípulos fueron capaces de sobrellevarlos.

 

Esto pone término a lo que podemos llamar la primera sección de las bienaventuranzas. Ustedes encontrarán que ellas están divididas en cuatro y tres, tal como suele ocurrir con las series de la Escritura. Hemos tenido cuatro clases de personas declaradas "bienaventuradas". Todos los rasgos debiesen ser encontrados en un individuo, pero algunos de esos rasgos serán más prominentes en uno que en otro. Por ejemplo, podemos ver una gran actividad en uno, y una asombrosa mansedumbre en otro. El principio de todas estas bienaventuranzas está en cada alma que ha nacido de Dios. En el versículo 7 empezamos con una clase bastante diferente: y se encontrará que las tres últimas tienen un carácter común, tal como lo tienen las cuatro primeras.

 

"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia". (Mateo 5: 7). Así como la justicia es la idea fundamental de las cuatro primeras, la gracia es lo que está en la raíz de las tres últimas de esta serie; y, por lo tanto, la primera de ellas demuestra no solamente que ellos son justos y que sienten lo que tiene su origen en Dios, sino que aprecian el amor de Dios, y lo mantienen en medio del mal circundante. En efecto, y hay algo aún más bienaventurado: ¿y qué es eso? "Bienaventurados los misericordiosos". No hay nada en lo que Dios adopte más Su postura (como principio activo de Su ser en un mundo de pecado) que Su misericordia. La única posibilidad de salvación para una sola alma es que hay misericordia en Dios; que Él es rico en misericordia; que no hay límites para Su misericordia; que no hay nada en el hombre, si sólo Él se doblega ante Su Hijo, que pueda impedir Su constante manantial del que emana misericordia. Entonces, "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia". No se trata sólo del perdón de sus pecados, sino de misericordia en todo. Es una cosa bienaventurada saludar el más pequeño signo de misericordia en los santos, tomar lo poco, y buscar mucho más. "Bienaventurados los misericordiosos". Ellos no descubrirán que no hay dificultad y prueba, sino que, aunque conocerán el costo de ello, conocerán la dulzura de lo mismo; ellos probarán de nuevo lo que es la misericordia de Dios hacia sus propias almas, en el ejercicio de la misericordia hacia los demás. Este es el rasgo característico de la nueva clase de bendición; y así como la pobreza en espíritu fue la introducción a las primeras bendiciones, la misericordia lo es a éstas.

 

Lo que sigue a continuación es consecuencia de esto, como en la clase anterior. Si un hombre tiene baja estima de sí mismo los hombres se aprovecharán de él. Si un hombre es audaz y jactancioso y se exalta a sí mismo, incluso los santos pueden experimentarlo. (2ª Corintios 11). Si él se hace el bien a sí mismo, los hombres lo alabarán. (Salmo 49). Pero lo contrario de todo esto es lo que Dios obra en el santo. Independientemente de lo que él sea, él es quebrantado ante Dios: se entera de la vanidad de lo que es el hombre; y se satisface con ser nada. Y el resultado es que él padece. A la pobreza en espíritu le seguirá el duelo. Luego está la mansedumbre a medida que se profundiza en el conocimiento de Dios, y también el tener hambre y sed de justicia.

 

Pero ahora se trata de misericordia; y el efecto de la misericordia no es transar en cuanto a la santidad de Dios, sino un estándar mayor y más profundo de ella. Cuanto más completo sea el asimiento de ustedes de la gracia, más elevado será el mantenimiento de la santidad por parte de ustedes. Si ustedes, como un miserable ser egoísta, sólo consideran la gracia para encontrar una excusa para el pecado, sin duda ella será pervertida. Y así habla Él de inmediato acerca del simple efecto normal de probar este manantial de misericordia. Ellos son, "de limpio corazón". Esta es la siguiente clase, y yo creo que es la consecuencia de lo primero: del hecho de ser misericordioso. "Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios". Ello es exactamente lo que es propio de Dios; pues sólo Él es absolutamente limpio, puro. Así también Él se reflejó perfectamente en Su amado Hijo. Porque ni un solo pensamiento o sentimiento manchó jamás la perfección divina en el corazón de Jesús. En este caso Él sólo está diciendo lo que Él mismo era. ¿Cómo no iba a colocar Él Sus propios rasgos ante los que Le pertenecían? Porque, en realidad, Él es la vida de ellos. Es Cristo en nosotros el que produce lo que es conforme a Dios por el Espíritu Santo, — Aquel bendito cuya misma venida al mundo fue el testimonio de la gracia y misericordia perfectas de parte de Dios; pues nosotros sabemos que Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito por él. Y allí estaba Él, un hombre, — el testigo fiel de la misericordia y de la pureza de Dios. Él, cuando vino con Su corazón lleno de misericordia hacia los más viles, era, sin embargo, la plenitud y el modelo de la pureza de Dios en su perfección. Él pudo decir,  "El que me envió, conmigo está;… porque yo hago siempre lo que le agrada". (Juan 8: 29). La única manera de hacer algo para agradar a Dios es mediante la preciada conciencia de estar en la presencia de Dios; y no hay posibilidad de esto, excepto cuando yo soy atraído allí en la libertad de la gracia y como conociendo el amor de Dios para conmigo, como traído a Él en Cristo. Pero esto no es revelado aquí; porque el Señor está desplegando más bien las cualidades morales de aquellos que Le pertenecen.

 

La tercera y última forma de estas bienaventuranzas es: " Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios". (Versículo 9). Tenemos aquí de nuevo el lado activo, del cual vimos una analogía al final de las cuatro primeras. Éstos salen pacificando, si hay alguna posibilidad de que la paz de Dios sea traída a la escena; y si ello no puede ser, ellos se contentan con esperar en Dios, y seguir Su ejemplo, para que Él haga esta paz en Su propio tiempo. Y como esta pacificación sólo puede pertenecer a Dios mismo, así estos santos que están enriquecidos con estas cualidades bienaventuradas de la gracia de Dios, así como con Su justicia, con Su misericordia activa, y sus resultados, se los encuentra igualmente caracterizados ahora como pacificadores. "Serán llamados hijos de Dios". Oh, este es un dulce título, — ¡hijos de Dios! ¿Acaso no es porque ello era el reflejo de Su propia naturaleza, — es decir, de lo que Dios mismo es? El sello de Dios está sobre ellos. No hay nada que indique más a Dios manifestado en Sus hijos que hacer la paz. Esto era lo que Dios estaba haciendo, la intención de Su corazón. Aquí son hallados hombres en la tierra que serán llamados "hijos de Dios", — un título nuevo de parte de Dios mismo.

 

Luego siguen dos bienaventuranzas de enorme interés. Ellas añaden mucho a la hermosura de la escena y completan el cuadro de la manera más sorprendente. "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos". (versículo 10). Evidentemente, esto es volver a empezar. La primera bienaventuranza fue: "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos"; y las tres siguientes estuvieron todas marcadas por la justicia. Ella es lo primero que Dios produce en un alma nacida de nuevo. Aquel que es despertado se ocupa en la causa de Dios contra sí mismo. Él es, al menos en medida, quebrantado, pobre en espíritu; y Dios espera que él crezca en pobreza en espíritu hasta el final. Pero aquí no es tanto lo que ellos son, como lo es la porción que ellos reciben de parte de los demás. Las dos últimas bienaventuranzas hablan de la porción de ellos en el mundo de manos de otras personas. Las cuatro primeras están caracterizadas por la justicia intrínseca, — las tres últimas por la gracia intrínseca. Entonces, estas dos responden, una a las cuatro primeras, y la otra a las tres últimas. "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos". Esto no va más allá del bienaventurado estado de cosas que el poder de Dios traerá sobre la tierra en relación con el Mesías. Siendo rechazado, el reino de los cielos es de Él con un derecho más poderoso y profundo, por así decirlo, — ciertamente con los medios de bendición por gracia para los perdidos. Un Mesías sufriente y despreciado sigue siendo más amado para el corazón de Dios que si Él recibía todo de una vez. Y si Él no pierde el reino porque fue perseguido, tampoco lo pierden ellos. "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos". Perseguidos, no sólo por los gentiles o los judíos, sino por causa de la justicia. No consideren ustedes a las personas que los persiguen, sino el motivo por el cual ustedes son perseguidos. Si ello es porque ustedes quieren ser hallados en obediencia a la voluntad de Dios, ustedes son bienaventurados. ¿Temen ustedes pecar? ¿Padecen ustedes por ello? Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: ellos tendrán su porción con el propio Mesías.

 

Pero ahora tenemos, por último, otra bienaventuranza. Y presten ustedes atención al cambio. Leemos, "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo". (Mateo 5: 11). Este cambio a, "sois", es sumamente precioso. Esta bienaventuranza no es expresada simplemente de una manera abstracta, — "Bienaventurados los…"; sino que es algo personal. Él considera a los discípulos que estaban allí, sabe lo que ellos iban a pasar por Su causa, y Él les da el lugar más elevado y cercano en Su amor. "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan".  No es ahora "por causa de la justicia", sino "por mi causa". Hay algo aún más precioso que la justicia, y eso es Cristo. Y cuando ustedes tienen a Cristo, no se puede tener nada más superior. Verdaderamente bienaventurado es ser perseguido por causa de Él. La diferencia es justamente esta: a saber, cuando un hombre padece por causa de la justicia, presupone que algún mal se le ha presentado que él rechaza. Tal vez él tendría que suscribir algo en contra de su conciencia, y él no puede ni se atrevería a hacerlo. Se le ofrece un señuelo tentador, pero ello implica aquello que él sabe que es contrario a Dios. Todo es en vano: el objetivo del tentador es visto. La justicia prevalece, y él padece. Él no sólo pierde lo que se le ofrece, sino que también él es vilipendiado. ¡Bienaventurados los que padecen así por causa de la justicia! Pero, por causa de Cristo es una cosa muy diferente. Allí el enemigo intenta una gran técnica. Él tienta al alma con preguntas como éstas: «¿Hay algún motivo para defender a Jesús y el Evangelio? No hay necesidad de ser tan celoso por la verdad. ¿Por qué desviarse tanto de tu camino por esta persona o por aquella cosa?» Ahora bien, en estos casos no se trata de un pecado, público o encubierto. Porque, en el caso de padecer por causa de Cristo se trata de la actividad de la gracia que sale hacia los demás. Ello responde a las tres últimas de las siete bienaventuranzas. Un alma que está llena del sentido de la misericordia no puede refrenar sus labios. Aquel que sabe lo que Dios es y no podría callar sólo debido a lo que piensan o hacen los hombres. ¡Bienaventurado los que así padecen por el nombre de Cristo! El poder de la gracia prevalece allí. Lamentablemente, demasiado a menudo intervienen motivos de prudencia: las personas temen ofender a los demás, temen perder la influencia para sí mismas, temen estropear el futuro de los hijos, etcétera. Pero, la energía de la gracia, considerando todo esto, sigue diciendo que Cristo vale infinitamente más; Cristo manda a mi alma. — yo debo seguirle. Al padecer por causa de la justicia un alma evita el mal con tesón y de manera perentoria, comprometiéndose ella misma a toda costa con lo que es correcto; pero, en lo otro ella discierne la senda de Cristo, — a saber, aquello a lo que el evangelio, la adoración, o la voluntad del Señor llama. Y de inmediato ella se vuelca con todo su corazón al lado del Señor. Entonces llega el consuelo de esa dulce palabra: "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan". El Señor no pudo abstenerse de la expresión del deleite de Su alma en Sus santos: "Bienaventurados sois… Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos". Observen ustedes que ahora no es en el reino de los cielos, sino "en los cielos". Él identifica a estos bienaventurados con un lugar totalmente superior. No se trata sólo del poder de Dios sobre la tierra, y de que Él les dé una porción aquí, sino que Él los saca de la escena terrenal para estar con Él arriba. Leemos, "Porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros". ¡Qué honor es seguir en el rechazo y la burla terrenal a los que nos precedieron en especial comunión con Dios, — los heraldos de Aquel por quien ahora padecemos! Entonces, nosotros podemos considerar claramente que estas dos bienaventuranzas finales, a saber, las persecuciones por causa de la justicia y por causa de Cristo, responden respectivamente a las cuatro primeras bienaventuranzas y a las tres últimas.

 

En Lucas, donde tenemos estas bienaventuradas traídas ante nosotros, no tenemos ninguna por causa de la justicia, — sólo por causa de Su nombre. Por eso es que en todos los casos es: "Bienaventurados (sois)". (Lucas 6: 20-22).  Para algunos puede parecer un matiz delicado, pero la diferencia es característica de los dos Evangelios. Mateo adopta el punto de vista más amplio, y especialmente esa perspectiva de los principios del reino de los cielos que era adecuada para el entendimiento de un judío, para sacarlo de su mero judaísmo, o para mostrarle principios más elevados. Lucas, con independencia de cuáles son los principios, las presenta a todas bajo la forma de gracia, y las trata como los discursos directos de nuestro Señor a los discípulos que tenía ante Él: "Bienaventurados (sois)". Incluso si aborda el tema de los pobres, Él abandona la forma abstracta de Mateo y hace que todo sea personal. Todo está relacionado con el propio Señor y no simplemente con la justicia. Esto es sumamente hermoso. Y si proseguimos con los siguientes versículos que no presentan tanto las características de las personas sino la actitud general de ellas en el mundo, — el lugar en el cual son puestas en la tierra por Dios, — lo tenemos en muy pocas palabras, y confirmando firmemente la diferencia que ha sido mostrada entre la justicia y el nombre de Cristo. Además, si la 1ª epístola de Pedro es examinada, se encontrará esto notablemente corroborado también allí.

 

"Vosotros sois la sal de la tierra". La sal es la única cosa que no puede ser salada porque ella es el principio conservador en sí misma; pero si éste desaparece, no puede ser reemplazado. "Pero si la sal hubiere perdido su sabor, ¿con qué será ella misma  salada?" (Mateo 5: 13 – VM). La sal de la tierra es aquí la relación de los discípulos con lo que ya tenía el testimonio de Dios, y de ahí la expresión, "la tierra", que era en aquel entonces especialmente cierto para la tierra judía. Si ustedes hablan ahora acerca de la tierra, ella es la Cristiandad, — es decir, el lugar que disfruta, real o de manera profesada, la luz de la verdad de Dios. Esto es lo que puede ser llamado "la tierra". Y este es el lugar que será finalmente el escenario de la mayor apostasía; porque tal mal sólo es posible donde la luz ha sido disfrutada y donde hay alejamiento de ella. En Apocalipsis, donde son presentados los resultados finales de la edad, la tierra aparece de la manera más solemne; y entonces tenemos los pueblos, y las muchedumbres, y las naciones, y las lenguas, — lo que deberíamos llamar tierras paganas. (Apocalipsis 17). Pero la tierra significa el escenario que una vez fue favorecido por el cristianismo profesante, donde las energías de la mente de los hombres han estado en acción, la escena donde el testimonio de Dios había derramado una vez su luz; luego, lamentablemente, abandonado a la apostasía total.

 

"Vosotros sois la sal de la tierra", — ellos, Sus discípulos, eran el verdadero principio conservador allí: todos los demás, insinúa el Señor, no servían más para nada. Pero, observemos, Él presenta una solemne advertencia de que existe el peligro de que la sal pierda su sabor. Él no está hablando ahora de la cuestión de si acaso un santo puede apostatar o no. Las personas van con sus propias preguntas a la Escritura, y pervierten la palabra de Dios para adaptarla a sus pensamientos precedentes. El Señor no está planteando el asunto de si acaso la vida se pierde alguna vez; sino que él está hablando de ciertas personas que se encuentran en una posición determinada; y entre ellas puede haber personas que toman dicha posición irreflexivamente, o incluso falsamente, y luego sucede que se desvanece todo lo que una vez ellas habían poseído. Él anuncia Su sentencia, — una sentencia muy despectiva, — que será dictada sobre aquello que ocupó un lugar tan elevado pero sin realidad.

 

"Vosotros sois la luz del mundo". Esto es otra cosa. Teniendo en cuenta la distinción explicada en la serie de las bienaventuranzas y de las persecuciones, nosotros tenemos la explicación de estos dos versículos. La sal de la tierra representa el principio de la justicia. Evidentemente, esto implica aferrarse a los derechos eternos de Dios, y al mantenimiento ante el mundo de lo que obedece a Su carácter; pero ello desaparece cuando aquello que lleva el nombre de Dios cae por debajo de lo que incluso los hombres consideran apropiado, y ellos se burlan de lo que es llamado religión. Todo el respeto se desvanece y los hombres piensan que la condición de los cristianos es un buen tema de burla. Pero ahora, en el versículo 14, no sólo tenemos el principio de la justicia, sino el de la gracia, — el efluvio y la fortaleza de la gracia. Y nosotros encontramos aquí un nuevo título dado a los discípulos, como siendo descriptivo de su testimonio público, — a saber, "La luz del mundo". La luz es, evidentemente, aquello que se difunde de sí, es decir, de manera natural, sin sugestión ni ayuda ajena. La sal es lo que debiese ser interno, pero la luz es lo que de sí se esparce por fuera. "Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder". Debía haber una difusión de su testimonio alrededor. El hombre no enciende una luz para ponerla debajo de un almud, sino sobre un candelero, "y alumbra a todos los que están en casa ". Así resplandezca vuestra luz ante los hombres, "para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mateo 5: 16 – VM).  Presten una buena atención a esto.

 

Hemos examinado estos dos sorprendentes esbozos del testimonio de los creyentes aquí abajo como sal de la tierra, la energía conservadora en medio de la profesión; y como la luz del mundo que sale en las actividades del amor hacia el pobre mundo; y el peligro de que la sal pierda su sabor, y de que la luz sea puesta debajo de un almud. Ahora bien, nosotros encontramos el gran objetivo de Dios en este doble testimonio. No se trata simplemente de la bendición de las almas, pues no hay una palabra acerca de la evangelización o la salvación de los pecadores, sino del andar de los santos. Hay un asunto serio que Dios plantea acerca de Sus santos, y es el de los propios modos de obrar de ellos al margen de lo que hagan otras personas. Los llamamientos a los inconversos los encontramos abundantemente en otros lugares, y nadie puede exagerar su importancia para el mundo; pero, el sermón del monte es el llamamiento de Dios a los convertidos. Se trata del carácter de ellos, de su posición, de su testimonio, de manera muy personal; y si se piensa en otros en todo momento, no se trata tanto de ganarlos, como de que los santos reflejen lo que viene desde arriba. Esta luz es lo que viene de Cristo. No se dice, « que vuestras buenas obras resplandezcan ante los hombres.» Cuando las personas hablan acerca de este versículo pensando en sus propias obras, generalmente no son buenas obras en absoluto; pero aunque lo fueran, las obras no son la luz. La luz es lo que viene de Dios, sin mezcla humana añadida. Las buenas obras son el fruto de la acción de esa luz sobre el alma; pero es la luz la que ha de resplandecer ante los hombres. El asunto ante Dios es confesar a Cristo. No se trata simplemente de que hay que hacer ciertas cosas. La luz que resplandece es el gran objeto aquí, aunque hacer lo bueno debiese emanar de ella. Si hago que hacer lo bueno sea todo, ellos es un pensamiento inferior al que está ante la mente de Dios. Un incrédulo puede sentir que un hombre que tirita necesita un abrigo o una manta. El hombre natural puede ser plenamente consciente de las necesidades de los demás; pero si yo simplemente tomo estas obras y las convierto en el objetivo prominente, realmente no hago nada más de lo que podría hacer un incrédulo. En el momento que ustedes hacen que las buenas obras sean el objetivo, y el resplandor de ellas ante los hombres, ustedes mismos se encuentran en un terreno común con judíos y paganos. El pueblo de Dios es propenso a destruir así su testimonio. ¿Qué hay de tan malo en el modo de hacer una cosa hecha de manera profesada para Dios, como una obra que deja fuera a Cristo, y que muestra que un hombre que ama a Cristo está en términos confortables con aquellos que Le aborrecen? Esto es aquello contra lo cual el Señor advierte a los santos. Ellos no deben pensar acerca de sus obras, sino acerca de que la luz de Dios resplandezca. Las obras seguirán a continuación, y mucho mejores obras que cuando una persona está siempre ocupada en ellas. "Así resplandezca vuestra luz delante de los hombres; de modo que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". (Mateo 5: 16 – VM). Que la confesión que ustedes hacen de lo que Dios es en Su naturaleza, y de lo que Cristo es en Su propia persona y en Sus modos de obrar, — que el reconocimiento de Él por parte de ustedes sea aquello que sea sentido por los hombres y llevado ante ellos; y entonces, cuando ellos vean las buenas obras por ustedes hechas, glorificarán "a vuestro Padre que está en los cielos". En lugar de decir: «Qué buen hombre es éste», ellos glorificarán a Dios por causa de él, relacionando lo que ustedes hacen con la confesión de Cristo que ustedes profesan.

 

Que conceda el Señor que esto, puesto que es la palabra y la voluntad de Cristo, sea aquello a lo que nos entreguemos y que deseemos sobre todas las cosas para nuestras propias almas y para los que nos son amados; y si vemos el olvido de ello en cualquier santo de Dios, que nos acordemos de él en oración, y procuremos ayudarle con el testimonio de Su verdad, la cual, si no lleva consigo el corazón, puede al menos alcanzar la conciencia y producir fruto más tarde.

 

Nosotros hemos visto la declaración de nuestro Señor acerca del carácter, y también de la posición apropiados de los herederos del reino de los cielos. Le hemos encontrado declarando "bienaventurados" a quienes el hombre no habría considerado así. Pero, nuestro Señor era el modelo perfecto de todo esto. ¿Y qué podría haber sonado más irracional, especialmente para un judío, que oírle llamar deliberada y enfáticamente bienaventurados y felices a quienes eran despreciados, burlados, aborrecidos, perseguidos, sí, en efecto, aquellos de los cuales se tenía mala opinión y eran tratados como malhechores? Sin duda ello era expresamente por causa de la justicia y de Cristo. Pero, para el judío la venida del Mesías era esperada como la corona de su gozo, — como ese acontecimiento tan auspicioso sobre el que toda la atención iba a estar dirigida a Israel, tanto en lo que se refiere al cumplimiento de las promesas de Dios hechas a los padres, como al cumplimiento de las magníficas predicciones que implican la destrucción de sus enemigos, la humillación de los gentiles y la gloria de Israel. Por lo tanto, suponer que la recepción de Aquel que era el Mesías conllevaría ahora una vergüenza y un padecimiento inevitables en el mundo era, en efecto, una enorme conmoción para las más preciadas expectativas de ellos. Pero nuestro Señor insiste en ello, declarando que sólo los tales son bienaventurados, — bienaventurados con un nuevo tipo de bienaventuranza, mucho más allá de lo que un judío podía concebir. Y esto es parte de los privilegios a los que nosotros también somos llevados por medio de la fe en Cristo. La enseñanza de nuestro Señor en el sermón del monte sólo se manifiesta en formas más sólidas ahora que Él ha asumido Su lugar en el cielo. La enemistad del hombre ha salido a relucir también en su máxima expresión. El mundo se ha unido a los judíos en la enemistad hacia los hijos de Dios. Y por eso el último libro del Nuevo Testamento muestra que los que asumen el nombre de judíos, sin ninguna realidad, siguen siendo hasta el final los más hostiles a todo verdadero testimonio de Cristo en la tierra.

 

En la porción que sigue a continuación nosotros entramos en un tema muy importante. Si había esta nueva clase de bienaventuranza, tan ajena a los pensamientos de Israel según la carne, ¿cuál era la relación de la ley con la doctrina de Cristo y con el nuevo estado de cosas que estaba a punto de ser introducido? ¿Acaso no vino la ley de Dios por medio de Moisés? Si Cristo introdujo eso que era tan inesperado, incluso para los discípulos, ¿cuál sería la relación de esta verdad con lo que habían recibido previamente a través de los siervos inspirados de Dios, y para lo cual tenían Su propia autoridad? Debiliten la autoridad de la ley, y es evidente que ustedes destruyen el fundamento sobre el cual reposa el evangelio; porque la ley era de Dios tan ciertamente como el evangelio lo es. Por eso surgió una pregunta de suma importancia, especialmente para un israelita: ¿qué relación tenía la doctrina de Cristo, respecto al reino de los cielos, con los preceptos de la ley? El Señor comienza este tema (Mateo 5: 17-48) con estas palabras: "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas". Ellos podrían haber pensado eso por el hecho de haber introducido Él algo que no es mencionado ni en la ley ni en los profetas; pero Él dice, "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir". Yo tomo esta palabra, "cumplir", en su sentido más amplio. En Su propia persona, el Señor cumplió la ley y los profetas, en Sus modos de obrar, en justa sujeción y justa obediencia. Su vida aquí abajo exhibió su belleza por primera vez sin defectos. Su muerte fue la ratificación más solemne que jamás pudo recibir la ley, porque la maldición que ésta pronunciaba sobre el culpable, el Salvador la tomó sobre Sí mismo. No hubo nada a lo cual el Salvador no se sometiese, antes de que Dios fuera deshonrado. Pero yo pienso que las palabras de nuestro Señor justifican una aplicación adicional. Hay una expansión de la ley, o δικαωμα (demanda justa), dando a su elemento moral el mayor alcance, de modo que todo lo que honraba a Dios en ella debía ser puesto de manifiesto en sus más plenos poder y extensión. La luz del cielo era proyectada ahora sobre la ley, y la ley no era interpretada por hombres débiles y fracasados, sino por Uno que no tenía ningún motivo para eludir "ni una jota" de sus exigencias; Uno cuyo corazón, lleno de amor pensaba sólo en la honra y la voluntad de Dios; Uno cuyo celo por la casa de Su Padre Le consumía, y que pagó lo que no robó. (Salmo 69: 4). ¿Quién sino Él podía exponer así la ley, — no como los escribas, sino a la luz del cielo? Porque el mandamiento de Dios es sumamente amplio, ya sea que consideremos que pone fin a toda perfección en el hombre, o que la suma de él está en Cristo.

 

Lejos de anular la ley, el Señor, por el contrario, la ilustró más brillantemente que nunca, y le dio una aplicación espiritual para la que el hombre no estaba preparado en absoluto antes de que Él viniese. Y esto es lo que el Señor procede a hacer en el maravilloso discurso que sigue a continuación. Después de haber dicho: "Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido", Él añade: "De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos". (Mateo 5: 18-20). Nuestro Señor va a ampliar los grandes principios morales de la ley en mandamientos que emanan de Él mismo, y no sólo de Moisés, y Él muestra que esto sería lo sumo por lo cual las personas serían probadas. Ya no se trataría simplemente del decálogo pronunciado en Sinaí, sino que, reconociendo su pleno valor, Él  estaba a punto de manifestar el pensamiento de Dios de una manera mucho más profunda de la que se había pensado antes, a saber, que en lo sucesivo, esto iba a ser la gran prueba.

 

Por eso, al referirse al uso práctico de estos mandamientos Suyos, Él dice, "Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos", — siendo esta una expresión que no tiene la más mínima referencia a la justificación, sino a la apreciación práctica y al andar práctico en las relaciones correctas del creyente hacia Dios y hacia los hombres. La justicia de la que se habla aquí es totalmente de tipo práctico. Tal vez esto puede impactar a muchas personas con dureza. Ellas pueden estar un poco perplejas como para comprender la manera en que se hace que la justicia práctica sea el medio para entrar en el reino de los cielos. Pero, permitan ustedes que yo repita, el sermón del monte nunca nos muestra la manera en que un pecador ha de ser salvo. Si hubiera la más mínima alusión a la justicia práctica en lo que se refiere a la justificación de un pecador, habría motivos para sobresaltarse; pero no puede haber ningún motivo en absoluto para el santo que entiende y se somete a la voluntad de Dios. Dios insiste en la piedad de Su pueblo. «Sin santidad nadie verá al Señor"». (Hebreos 12: 14). No puede haber duda acerca de que el Señor muestra en Juan 15 que las ramas infructíferas deben ser cortadas, y que tal como los pámpanos secos de la vid natural son arrojados al fuego para ser quemados, así los profesantes del nombre de Cristo sin fruto no pueden esperar una mejor porción.

 

Llevar fruto es la prueba de vida. Estas cosas son afirmadas en los términos más firmes a través de la Escritura. En el evangelio según Juan, capítulo 5: 28-29, se dice: "Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación",  o "de juicio". No se puede disfrazar la solemne verdad de que Dios tendrá y debe tener lo que es bueno y santo y justo en Su pueblo. No son en absoluto pueblo de Dios los que no se caracterizan por ser hacedores de lo que es aceptable a Sus ojos. Si esto fuese puesto ante un pecador como un medio de reconciliación con Dios, o de tener los pecados borrados ante Él, ello sería la negación de Cristo y de Su redención. Pero, sólo manténganse ustedes firmes en que todos los medios para acercarse a Dios se encuentran en Cristo, — que la única manera por la cual un pecador es conectado con la bendición de Cristo es por medio de la fe, sin las obras de la ley, — sólo mantengan esto, y no hay la menor inconsistencia ni dificultad en entender que el mismo Dios que concede a un alma que crea en Cristo, obra en esa alma por medio del Espíritu Santo para producir lo que es conforme a Él mismo de manera práctica. ¿Con qué propósito le da Dios a esa alma la vida de Cristo y el Espíritu Santo si sólo fuera necesaria la remisión de los pecados? Pero Dios no se satisface con esto. Él imparte la vida de Cristo a un alma y le da a esa alma el Espíritu Santo para que more en ella; y como el Espíritu no es fuente de debilidad o de temor "sino de poder, de amor y de dominio propio", Dios busca modos de obrar y ejercicio de sabiduría y juicio espirituales al pasar a través de la dificultosa escena actual.

 

Mientras ellos admiraban con ojos ignorantes la justicia de los escribas y fariseos, nuestro Señor declara que esa clase de justicia no servirá. La justicia que sube al templo todos los días, que se enorgullece de largas oraciones, de grandes limosnas y de amplias filacterias, no se mantendrá firme a la vista de Dios. Debe haber algo mucho más profundo y más acorde con la naturaleza santa y amorosa de Dios. Porque con toda esa apariencia de religión exterior podría haber siempre, como generalmente sucedía, ninguna conciencia de pecado, ni de la gracia de Dios. Esto demuestra la suma importancia de estar en lo cierto, en primer lugar, en nuestros pensamientos acerca de Dios; y sólo podemos estarlo recibiendo el testimonio de Dios acerca de su Hijo. En el caso de los fariseos tenemos al hombre pecador negando su pecado, y oscureciendo y negando completamente el verdadero carácter de Dios como el Dios de la gracia. Estas enseñanzas de nuestro Señor fueron rechazadas por las personas externamente religiosas, y la rectitud de ellos era tal como se podía esperar de personas que eran ignorantes de sí mismas y de Dios. Ellos ganaban reputación para sí mismos, pero ahí terminaba todo; ellos buscaban su recompensa en aquel momento, y la tenían. Pero, nuestro Señor dice a los discípulos: "Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos". Mateo 5: 20).

 

Permitan ustedes que yo pregunte aquí, ¿Cómo es que Dios logra esto con respecto a un alma que cree ahora? Hay un gran secreto que no sale a la luz en este sermón. En primer lugar, hay una carga de injusticia sobre el pecador. Entonces, ¿cómo debe ser tratado eso, y cómo hacer que el pecador sea apto para el reino de los cielos y que sea introducido en él? La respuesta es que por medio de la fe él nace de nuevo; adquiere una nueva naturaleza, una vida que emana tanto de la gracia de Dios como del hecho de que sus pecados fueron cargados sobre Cristo en la cruz. (Véase Isaías 53). En eso está el fundamento de la justicia práctica. El verdadero comienzo de todo lo moralmente bueno en un pecador, — como ha sido dicho y como merece ser repetido a menudo, — es el sentido y la confesión de su falta de dicha justicia, es más, de su maldad. Nunca hay nada correcto para con Dios en un hombre hasta que él se entrega a sí mismo como siendo todo malo. Cuando él es abatido a esto, él es llevado a poner toda su confianza en Dios, y Dios revela a Cristo como Su don para el pobre pecador. Él está moralmente quebrantado, sintiendo y reconociendo que está perdido, a menos que Dios se apersone a él; y él recibe a Cristo, ¿y entonces qué? 'El que cree, tiene vida eterna'. ¿Cuál es la naturaleza de esa vida? En su carácter, perfectamente justa y santa. Entonces, el hombre de inmediato es hecho apto para el reino de Dios. "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios". Pero cuando él nace de nuevo, él entra allí. "Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es". Los escribas y los fariseos sólo trabajaban en la carne y por la carne; ellos no creían que estaban muertos a los ojos de Dios; tampoco lo hacen los hombres ahora. Pero, aquello con lo que el creyente comienza es con que él es un hombre muerto que requiere una nueva vida, y que la nueva vida que recibe en Cristo es adecuada para el reino de los cielos. Es sobre esta nueva naturaleza que Dios actúa y obra, por medio del Espíritu, esta justicia práctica; de modo que sigue siendo cierto en todo sentido: "Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos".

 

Pero el Señor no explica aquí cómo sería esto. Él sólo declara que lo que era adecuado a la naturaleza de Dios no iba a ser hallado en la justicia judía humana, y que ello debía ser para el reino.

 

Él continúa ahora con la ley en sus diversas partes, al menos lo que tiene que ver con los hombres. Él no entra aquí en lo que atañe directamente a Dios, sino que en primer lugar se ocupa de lo que emana de la violencia humana, y después de esto, del gran ejemplo flagrante de la corrupción humana; porque la violencia y la corrupción son las dos formas sobresalientes de la iniquidad humana. Incluso antes del diluvio esa era la condición de los hombres: pues leemos, "Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia". (Génesis 6: 11).  Aquí, en el versículo 21 de Mateo 5, nosotros tenemos la luz del reino iluminando el mandamiento: "No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio". La ley tomaba en consideración esta forma extrema de violencia; pero nuestro Señor le da longitud, anchura, altura y profundidad, y Él dice: "Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego". (Mateo 5: 22). Es decir, nuestro Señor trata, como siendo incluidos ahora como homicidio, ante los ojos de Dios, toda clase de violencia, y todo tipo de sentimiento y expresión; todo lo que sea desprecio y aborrecimiento, cualquier cosa que exprese la hostilidad del corazón; cualquier hecho de ningunear a otro, la voluntad de aniquilar a los demás en lo que respecta a su carácter o influencia: pues todo esto no es mejor que el homicidio ante los ojos escrutadores de Dios. Él está expandiendo la ley; está mostrando ahora a Uno que considera y juzga el sentimiento del corazón. Por lo tanto, no se trata en absoluto de las meras consecuencias de la violencia para con un hombre, ya que podría no haber ningún efecto muy malo producido por estas palabras de ira, sino que dichas palabras demostraban el estado del corazón; y esto es lo que el Señor está tratando aquí. "Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda". (Mateo 5: 23, 24). Él no está manifestando al cristiano en su total separación del sistema judío. Y aunque el principio es aplicable al cristiano, estas palabras muestran claramente una conexión con Israel, porque el altar no tiene referencia alguna a la mesa del Señor.

 

"Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante". (Mateo 5: 25, 26). Yo creo que Israel era culpable de esa misma locura, — Israel como un pueblo, — culpable de no ponerse de acuerdo con el adversario pronto. Allí estaba el Mesías, y ellos, siendo adversarios de Él, Le trataron como adversario de ellos y obligaron a Dios a estar contra ellos por su incredulidad. Moralmente, la posición de Israel a los ojos de Dios era muy parecida a lo que nos es mostrado aquí. Había un sentimiento homicida en el corazón de ellos contra Jesús. Herodes fue la expresión de ello en el momento de Su nacimiento, y ello se prolongó durante todo el ministerio de Cristo, puesto que la cruz demostró cuán absolutamente existía ese odio implacable en el corazón de los judíos contra su propio Mesías. Ellos no se pusieron de acuerdo pronto con su adversario, y el juez sólo pudo entregarlos al alguacil para ser echados en la cárcel; y allí permanecen hasta el día de hoy. La nación judía, a causa de su rechazo del Mesías, ha sido excluida de todas las promesas de Dios; como nación ha sido encarcelada, y debe permanecer allí hasta que el último cuadrante sea pagado. En Isaías tenemos al Señor hablando con soltura a Jerusalén: "Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados". (Isaías 40: 2).  Así, mientras nosotros entramos ahora en Su favor, mientras por la gracia de Dios recibimos ahora la plenitud de la bendición por medio de Cristo Jesús, aun así no puede haber duda de que ricas bendiciones están reservadas para Jerusalén. Porque Dios, en Su misericordia, le dirá un día: «Yo perdono ahora tu iniquidad; ya no te haré testigo de Mi venganza en la tierra.» Y ante la pregunta, ¿y por qué no se le permite a Israel, hasta el día de hoy, amalgamarse con las naciones? Ellos permanecen allí, apartados por Dios de todos los demás pueblos. Pero Dios les tiene reservada Su insigne misericordia. "Hablad al corazón de Jerusalén… que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados". Esta figura la encontramos en otra parte bellamente expuesta en el caso del hombre culpable de sangre que huía a la ciudad de refugio provista por Dios. Y el libro de Números enseña que allí permanecía el hombre, fuera de la tierra de su posesión, hasta la muerte, no del homicida, sino del sumo sacerdote ungido con aceite. (Véase Números 35: 9-28). Allí se hace referencia al sacerdocio de nuestro Señor. Cuando el Señor haya completado Su pueblo celestial y los haya reunido donde ellos no necesitan la actividad de Su intercesión; cuando nosotros estemos en el pleno resultado de todo lo que Cristo ha obrado por nosotros, el Sumo Sacerdote ocupará entonces Su lugar en Su propio trono. Entonces será la finalización de Su actual sacerdocio celestial, y el Israel culpable de la sangre regresará a la tierra de su posesión. Yo no tengo ninguna duda de que ésta es la justa aplicación de ese hermoso tipo. No puedo entender cuál interpretación apropiada podría haber de la muerte del sumo sacerdote ungido con aceite si ustedes la asignan ahora a un cristiano; pero aplíquenla ustedes al judío, y nada es más evidente. Cristo pondrá término a ese carácter de sacerdocio que Él está ejerciendo para nosotros ahora, y entrará en una nueva forma de bendición para Israel.

 

Pero hay otra cosa además de la violencia: y es que está el elemento corrupto en el corazón del hombre, — el corazón que codicia lo que no tiene. La siguiente palabra de nuestro Señor se ocupa de ello, "Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno". (Mateo 5: 27-30). Es decir, todo lo que en nuestro andar, o en nuestros procederes, o en nuestro servicio, todo lo que pueda exponer a un alma al peligro de ceder a estos sentimientos impíos, nunca debe ser consentido, sino que hay que apartarse de ello a cualquier costo. Debe haber la extirpación de todo lo que es dañino para el alma; y los miembros del cuerpo, tales como el ojo que desea y la mano que quiere tomar, son utilizados para mostrar las diversas formas en que el corazón puede verse envuelto. Cortar estos miembros muestra un corazón completamente ejercitado en el juicio propio; un corazón no motivado a excusarse diciendo que no ha cometido realmente el pecado, sino que se debe renunciar a todo aquello a lo que él está expuesto.

 

Luego el Señor denuncia la fácil disolución del vínculo matrimonial, leemos, "También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio". (Mateo 5: 31, 32). Nuestro Señor muestra así que, aunque pueda haber graves dificultades, esta relación humana recibe la enérgica confirmación de la ordenanza de Dios. Aunque se trata de una relación terrenal, la luz del cielo es proyectada sobre ella, la santidad del matrimonio es mantenida, y la posibilidad de permitir que algo interfiera con su santidad es totalmente desestimada por Cristo, excepto solamente cuando había algo que la interrumpía a los ojos de Dios, en cuyo caso el acto de separación sería sólo una declaración de que el vínculo ya está realmente roto.

 

El siguiente caso (versículos 33-37) nos lleva a un orden de cosas diferente: se trata del uso del nombre del Señor. La referencia no es aquí a un juramento judicial, es decir, un juramento administrado por un magistrado. En algunos países esto podría tener características de paganismo o papismo, y ningún cristiano debiese prestar tal juramento. Pero, si la declaración es simplemente en cuanto la autoridad de Dios, introducida por el magistrado para declarar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, yo no veo que el Señor libere de ninguna manera al cristiano de la obligación a esto. Pero el asunto se refiere aquí a la comunicación entre hombre y hombre. Leemos, "No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello". Se trataba sencillamente  de las confirmaciones de la vida común entre los judíos. Si nuestro Señor hubiese tenido la intención de prohibir al cristiano prestar juramentos judiciales, ¿no habría Él presentado como ejemplo el juramento que era habitual en los tribunales de aquellos días? Pero los juramentos que Él trae ante nosotros eran aquellos que los judíos tenían la costumbre de utilizar cuando la palabra de ellos era cuestionada por sus semejantes, no lo que era empleado ante el magistrado. Por lo tanto, lejos de pensar que un cristiano hace lo correcto al rechazar un juramento judicial, yo creo que él hace lo incorrecto al no prestar dicho juramento cuando el magistrado requiere su testimonio, cuando no hay nada que ofenda la conciencia en la forma del juramento. Si el magistrado no reconoce a Dios en el juramento, aun así el cristiano está obligado a reconocer a Dios en el magistrado, el cual es, para el cristiano, un siervo de Dios en las cosas externas de este mundo. Incluso el Asirio fue la vara de Dios, todo el tiempo en que él pensaba sólo en llevar a cabo sus propios propósitos contra Israel. (Isaías 10: 24). Mucho más el magistrado, sea quien sea o lo que sea, él representa la verdad de la autoridad externa de Dios en el mundo, y el cristiano debiese respetar esto con creces, más que los hombres del mundo; y por lo tanto, el juramento que exige sencillamente la verdad sobre la base de esa autoridad, es algo santo y no debe ser rechazado. El cristiano, indudablemente, no tiene derecho a procesar a otro. Por el contrario, él le debe a Cristo y a Su gracia dejar que el mundo, si el mundo quiere, abuse de él, — él puede protestar de palabra en contra de ello, y luego dejarlo en manos del Señor. Cuando nuestro Señor mismo fue tratado injustamente, Él redarguye a la persona por ello, y ahí termina, como el hombre pensaría, para siempre. No hay tal cosa como tratar de obtener una reparación inmediata de Sus agravios. Así debe ser con los cristianos. Puede haber la convicción moral de los que hacen el mal, pero tomarlo pacientemente es aceptable para con Dios.

 

No hay manera en que el cristiano muestre cuánto está él por encima del mundo como cuando él no busca la vindicación del mundo en nada. Si nosotros pertenecemos al mundo, todos debiésemos ser voluntarios. Si el mundo es nuestro hogar, el hombre está llamado a batallar por él. Pero, para el cristiano este mundo no es el escenario de sus intereses, y la pregunta es, ¿por qué luchar por lo que no le pertenece? Si un cristiano lucha en y con el mundo (excepto su propia guerra espiritual), él está fuera de su lugar. El deber de los hombres, como tales, es repeler el mal; y si el Señor se sirve del mundo para sofocar la revolución y hacer la paz, el cristiano puede mirar hacia arriba y dar gracias. Ello es una gran misericordia. Pero la verdad que el creyente tiene que tener firmemente asentada en su propia alma, es que ellos "no son del mundo". Y surge la pregunta, ¿en qué medida ellos no son del mundo? Y la respuesta es, "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo". En Juan 17, donde nuestro Señor repite esta maravillosa palabra, Él habla en la perspectiva de ir al cielo, como si Él ya no estuviera en la tierra. Por lo tanto, en el espíritu de uno que está lejos del mundo, Él dice: "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo". Poco antes Él había dicho: "Ya no estoy en el mundo". Su subida al cielo es lo que da al cristiano  y a la iglesia su carácter. Un cristiano no es simplemente un creyente, sino un creyente llamado a disfrutar de Cristo mientras Él está en el cielo. Y así como Cristo, nuestra Cabeza, está fuera del mundo, así el cristiano es elevado en espíritu por encima del mundo, y debe mostrar la fortaleza de su fe como estando por encima de su mero sentimiento natural. Nada hace que un hombre parezca tan necio como no tener parte en este mundo. A los cristianos no les gusta ser nulidades; ellos son propensos, de una manera u otra, a desear que su influencia se haga sentir. Pero el Señor nos libra de esto.

 

Entonces, el hecho de que nos permitamos hacer afirmaciones más allá de las simples declaraciones de la verdad está por debajo de nuestro llamamiento. "Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede". (Mateo 5: 37). Es digna de mención, como demostración práctica de la distinción aquí trazada, la manera en que nuestro Señor actuó  cuando estuvo ante el sumo sacerdote. Él permaneció en silencio hasta que el sumo sacerdote Le impuso juramento (Mateo 26: 63); entonces Él respondió de inmediato. ¿Quién puede dudar de que Él nos muestra el modelo correcto allí?

 

Nuestro Señor pasa a continuación al caso de cualquier daño práctico que se nos pueda hacer. No es que esté mal que un hombre castigue de acuerdo con el daño que se ha infligido a otro. "Ojo por ojo, y diente por diente" es perfectamente justo; pero nuestro Señor insinúa que debiésemos ser mucho más que justos, debiésemos ser misericordiosos; y Él insiste acerca de esto como punto culminante de esta parte del discurso. En primer lugar, Él había reforzado la justicia de la ley, había ampliado sus profundidades y había dejado de lado su consentimiento; ahora Él va más allá. Él muestra que hay un principio en Sus propios procederes y vida, principio que enseña al cristiano que no debe buscar represalias. Leemos, "Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra". Es evidente que el Señor no se refiere aquí a lo que tienen que hacer los gobiernos. El Nuevo Testamento está escrito para cristianos, para aquello que tiene una existencia separada y un llamamiento peculiar en medio de los sistemas y pueblos terrenales. El Nuevo Testamento pertenece a aquellos que son celestiales mientras andan en la tierra. Nosotros llegamos a ser tales por la recepción de Cristo, y a los tales el Señor les dice: "No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra". La referencia es aquí al daño personal. El mal hecho puede ser más que nunca inmerecido, pero tiene que ser vencido con el bien. Ello demuestra que ustedes están dispuestos a recibir aún más por causa de Cristo. "Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa". Allí la ley es evocada: es decir, un hombre pone a pleito, tal vez falsamente, una parte de tu vestimenta, y si te pone a "a pleito" y te quita "la túnica, déjale también la capa". Aquí no se trata exactamente de un hombre poniendo a pleito (llevando  a juicio), sino de los propios servidores públicos. "Y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, vé con él dos". El gran principio que nuestro Señor distingue en esto, — ya sea la violencia humana, o la ley siempre tan poco aplicada o aplicada mal, — es que, aunque según la ley, ustedes podían dar un paso, según el evangelio ustedes darían dos. La gracia hace dos veces más que la ley, cualquiera que sea el asunto en cuestión. Nunca se tuvo, de ninguna manera, la intención de suplantar las obligaciones o rebajar las responsabilidades, sino, por el contrario, la intención fue dar poder y fuerza a todo lo que es justo a los ojos de Dios. La ley podía decir: "Ojo por ojo, y diente por diente"; pero aquí no sólo está el hecho de aguantar lo que es positivamente malo, sino que está la gracia que da más de lo que se pide. "La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo". (Juan 1: 17).  Y esta es una manera de mostrar de manera práctica hasta qué punto nosotros valoramos la gracia. No se trata de la mera letra de las palabras de nuestro Señor. Si ustedes limitaran esto a un mero golpe en el rostro ello sería algo muy pobre; pero la palabra de Cristo es la que me expresa el espíritu que agrada a Dios, y me presenta la realidad de la gracia. Y la gracia no es la reivindicación de uno mismo ni el castigo de un mal, sino el hecho de aguantar el mal y el triunfo del bien sobre él. Cristo está hablando de lo que el cristiano tiene que soportar de parte del mundo a través del cual él pasa. Él ha de recibir tribulación como la disciplina que Dios considera adecuada para su alma; el gran espectáculo ante hombres y ángeles (1ª. Corintios 4; 9), — que hay hombres en esta tierra a los que se les permite padecer por Cristo y se regocijan por ello, porque han aprendido a renunciar a su propia voluntad, a sacrificar sus propios derechos y a padecer injustamente, esperando el día en que el Señor reconocerá todo lo que ha sido el dolor de ellos por Su causa, y cuando todo el mal será juzgado muy solemnemente en Su aparición y en Su reino.

 

Nuestro Señor dice, en el versículo 42, "Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses". Ello es un ejemplo de un gran principio general acerca del cual el Señor está insistiendo; pues así como Él había puesto al descubierto el carácter de la violencia, aquí Él lo hace de otra cosa. — a saber, la solicitación que se dirige a sí misma a la bondad de corazón de un cristiano. "Al que te pida, dale". Ciertamente, esto es una cosa hermosa y amable; pero es perfectamente evidente que el Señor no está instando a Su pueblo para que la cosa se haga irreflexivamente, ni como una mera gratificación de sus sentimientos, sino con una conciencia hacia Dios. Supongamos que una persona viene a pedirle algo, y usted tiene motivos para pensar que esta persona lo gastaría indebidamente, usted debe poner un límite. Él podría decirle, «¿Por qué no? ¿Acaso no te ha ordenado el Señor que des al que te pida?». Ciertamente; pero el Señor ha dado otras palabras por las que yo juzgo en cuanto la conveniencia de dar en cada caso particular. El que pide puede ir a hacer lo que yo estoy seguro que sería absurdo o incorrecto; y me pregunto, ¿aun así debo dar, o acaso no es introducido otro principio, a saber, el necesario buen criterio? Tal vez el que pide tiene planes propios que yo creo que son mundanos: entonces, ¿debo yo gratificar su mundanalidad? Lo que el Señor tiene en perspectiva es la necesidad real; y como solía haber una gran indiferencia hacia esto entre los judíos, como de hecho suele haberla en todas partes, el Señor no se limita a insistir al cristiano a que ayude a su hermano, sino que toma el terreno más amplio para instar a dar generosamente; no, obviamente, por nada que podamos obtener con ello, sino por amor conforme a Dios.

 

"Al que te pida, dale". Todos sabemos que existen aquellos que abusarían. Esto acalla y a menudo obstaculiza la piedad; y muy a menudo ello puede ser una excusa para no mostrar piedad. El Señor nos previene contra esta trampa, y nos muestra el gran valor moral, para nuestras propias almas y para la gloria de Dios, de la benignidad habitual, considerada y generosa hacia los afligidos en este mundo. No es que yo debo dar siempre lo que una persona pide, pues ella puede buscar algo insensato; pero aun así, "Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses". ¿Lleva usted la cuenta de cuántas veces ha sido usted engañado? Aun así, ¿por qué estar dolido? Usted tiene derecho, por palabra de Jesús, a hacerlo como haciéndolo para su Padre. El receptor de su generosidad puede aplicarlo a un mal uso: y eso es responsabilidad de él. Yo estoy obligado a cultivar una generosidad insospechada, y esto es bastante independiente de la mera amistad. Incluso los publicanos y los pecadores son amables con aquellos que son amables con ellos; pero, ¿qué debiese ser un cristiano? Cristo determina la posición, la conducta y el espíritu del cristiano. Tal como Él fue un sufriente, ellos no deben resistir el mal. Si había necesidad, el corazón del Señor se ocupaba de  ella en compasión. Ellos podrían volver Su amor contra Él mismo, y utilizar los dones de Su gracia para sus propios fines, como el hombre que fue sanado, haciendo ellos caso omiso a la advertencia del Señor y al sentido de Sus beneficios. Pero el Señor, conociendo perfectamente todo ello, sigue firmemente en Su senda de hacer el bien, no en el mero y vago pensamiento de benevolencia hacia el hombre, sino en el santo servicio a Su Padre.

 

Pero digamos ahora una palabra acerca de lo que sigue a continuación. Se trata del núcleo y la esencia de lo que concierne a nuestra relación con los demás aquí abajo; el gran principio activo del cual emana toda conducta recta. Ello es el asunto del verdadero carácter y los límites del amor. "Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo". (Versículo 43). Esta era la expresión que los judíos extraían del contenido literal de la ley. Dios había autorizado el exterminio de sus enemigos, y de allí extrajeron el principio, "Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen". Aquí había una cosa que la ley nunca pudo enseñar, — es la gracia. En mil casos prácticos, la pregunta no es si acaso la cosa es correcta. A menudo oímos a cristianos preguntar: «¿Está mal tal cosa?» Pero ésta no es la única pregunta para el cristiano. Supongamos que se le hace un mal; ¿cuál va a ser su sentimiento entonces? Si hay enemistad hacia él en otro, ¿qué ha de albergar en su propio corazón? "Amad a vuestros enemigos,… haced bien a los que os aborrecen,… para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos"; así ellos demuestran en procederes prácticos que pertenecen a tal paternidad, "hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos…. Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto". (Mateo 5: 44-48).

 

En esto no se hace ninguna referencia al asunto de si acaso hay pecado en nuestra naturaleza o no. Siempre existe el principio del mal en un hombre mientras él vive aquí abajo. Pero, en lo que el Señor insiste es en esto, a saber, que nuestro Padre es el modelo perfecto en Sus procederes con Sus enemigos ahora, y nos llama a ser exhaustivos en esa misma gracia y amor en la cual nuestro Padre trata. Esto está en contraste directo con el judío, o con cualquier cosa que hubiese sido ordenada antes. Abraham no fue llamado a andar de esta manera. Yo creo que él fue justificado al armar a sus siervos para recuperar a Lot, al igual que los israelitas al tomar la espada contra los cananeos. Pero, nosotros estamos llamados (como norma de la vida cristiana, como aquello que gobierna nuestros pensamientos, sentimientos y procederes) a andar en el principio de la clemente paciencia. Nosotros estamos en medio de los enemigos de Cristo, de nuestros enemigos también debido a Él.

 

Puede que no salga a relucir de inmediato, ni nunca. La persecución puede pasar de moda, pero la enemistad siempre está allí; y si Dios sólo quitara ciertas restricciones, el antiguo odio estallaría como siempre. Sin embargo, sólo hay un rumbo abierto para el cristiano que desea andar como Cristo anduvo: "Amad a vuestros enemigos"; y esto realmente no por una mera exhibición de formas o palabras lisonjeras. Nosotros sabemos que, en ciertos casos, ir a hablar con una persona enfadada sólo haría salir la amargura de la ira, y allí el rumbo correcto sería mantenerse alejado; pero en todas las circunstancias debe haber toda la buena disposición para procurar la bendición de nuestro adversario. Hacer una verdadera bondad a uno que me ha herido, incluso si ello nunca es conocido por una criatura en la tierra, es la única cosa digna de un cristiano. El Señor nos da así oportunidades de mostrar amor a los que nos aborrecen. Cuando se produce la provocación, nosotros debemos tener asentado en nuestras almas que el cristiano está aquí con el propósito de expresar a Cristo; pues en verdad somos Su carta, conocida y leída por todos los hombres. (2ª Corintios 3: 2, 3). Debemos desear reflejar lo que Cristo habría hecho en las mismas circunstancias.

 

Que el Señor nos conceda que esto sea cierto en nuestras propias almas, en primer lugar, en secreto sentimiento con Él, y luego, como humildad y desinterés  manifiestos hacia los demás. Recordemos que no hay Victoria para nosotros excepto la que es un reflejo externo de la victoria secreta sobre el yo con el Señor. Empiecen ustedes por ahí, y ciertamente dicha victoria será obtenida en presencia de los hombres, aunque podamos tener que esperar por ello.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

Mateo 6

 

Mateo 6 comienza con lo que es incluso más elevado que lo que hemos tenido. Las diversas exhortaciones del capítulo 5 sacaron a la luz el principio cristiano en contraposición a lo que era exigido y permitido bajo la ley. Ahora la ley es omitida : ya no hay ninguna alusión expresa a ella en el discurso de nuestro Señor. El primer principio de toda piedad sale a relucir ahora en su forma más dulce, a saber, el tener que ver con nuestro Padre en secreto; el cual nos entiende, ve todo lo que está pasando dentro y alrededor de nosotros, nos escucha y nos aconseja, ya que, de hecho, Él tiene el más profundo interés en nosotros. Lo que sale a la luz en este capítulo es la relación interior y divina del santo: es decir, nuestros vínculos espirituales con Dios, nuestro Padre, y la conducta que debiese emanar de ellos. Por lo tanto, dice nuestro Señor, "Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos". La versión de la Biblia en Inglés (KJV) en el versículo 1 traduce "limosna" en vez de "justicia", y yo me tomo la libertad de sugerir que una mejor traducción es "justicia" en lugar de "limosna", lo cual apoyan algunas de las mejores fuentes. Existen aquellos que difieren aquí como en otras partes, pero, al mismo tiempo, los motivos internos y espirituales confirman los fundamentos externos. Así, si la palabra "limosna" es usada  en el primer versículo, ¿acaso no hay una mera repetición en el siguiente? Por otra parte, tomen ustedes la palabra como "justicia" (así lo dice el margen), y todo es claro. El contexto lo apoya. Porque se observará que en los siguientes versículos nuestro Señor divide la justicia en tres porciones distintas: en primer lugar, la limosna; después, la oración; en tercer lugar, el ayuno. Es evidente que estas son las tres partes de los procederes justos del santo, tal como los ve nuestro Señor en este discurso.

 

1) Con respecto a la limosna, que era algo muy práctico, el principio de la misericordia entra, como no podría serlo en todos los casos de dar. Ello es una cosa que es hecha seria y solemnemente, y sale del corazón. Ello es hecho a la vista de Dios. La amonestación general es ésta: "Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos". Por lo tanto, (a base de esta exhortación), "Cuando, pues, des limosna", lo cual era una rama de esta justicia, "no hagas tocar trompeta delante de ti", aludiendo a ciertas formas de notoriedad y autoelogio adoptados en aquel entonces por los judíos, — el espíritu que pertenece a los hombres en todas las épocas. Hay pocas cosas en que la vanidad humana se delata a sí misma de manera más evidente que por medio del deseo de ser conocido por medio de dar limosna. ¿Y qué es lo que trae la verdadera liberación de este lazo de la naturaleza? "Cuando, pues, des limosna,  (observen ustedes que Él hace que esto sea ahora enteramente individual) "no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público". Es decir, no se trata simplemente de que uno no proclame públicamente lo que ha sido hecho, sino que ni siquiera uno lo haga a uno mismo. No sólo la mano izquierda de otro no debe saber lo que hace tu mano derecha, sino que tu propia mano izquierda no debiese saberlo. Cortantes son las palabras del Señor para todo lo que se parece a autocomplacencia. El gran argumento es éste: que todo sea hecho para nuestro Padre. No es simplemente un asunto de deber; sino que el amor de nuestro Padre ha salido a relucir, y esta es Su voluntad con respecto a nosotros. Él sabe lo que es mejor, y nosotros lo ignoramos. Podríamos pensar en proporcionar la mayor felicidad rodeándonos de lo que más nos gusta; pero el hecho de soltar los medios de disfrute personal nos abrirá nuevas fuentes de bendición. Además, lo que debiésemos desear es que la limosna sea "en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público". Nosotros encontraremos esto repetido en cada punto de lo que aquí es llamado nuestra "justicia". Siempre se hace espacio a la carne donde no existe el hábito cultivado de que lo que se hace queda entre nuestro Padre y nosotros. No, es más, nuestro Señor quiere que desestimemos el pensamiento mismo en el seno del Padre, el cual no lo olvidará.

 

2) Lo mismo ocurre en cuanto a  la oración. La alusión parecería ser a la práctica de que todos los días, cuando llegaba una hora específica, se encontraba a las personas orando en público en lugar de perderse el momento. Es evidente que todo esto era, en el mejor de los casos, de lo más legal, y abría la puerta a la exhibición y a la hipocresía. Ello pasa por alto totalmente la gran verdad que el cristianismo saca a la luz de forma tan completa, a saber, que es totalmente erróneo hacer las cosas como muestra, o como una ley, o de cualquier forma para que otros las vean, o para que nosotros mismos pensemos en ellas. Nosotros tenemos que ver con nuestro Padre, y con nuestro Padre en lo secreto. Por eso nuestro Señor dice: "Cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público". (Versículo 6). Esto no es, en absoluto, negar la conveniencia de la oración pública; pero aquí no se hace referencia a la súplica unida.

 

En cuanto a la Oración del Señor (que comienza con las palabras, "Padre nuestro"), ella era para aquellos discípulos individualmente, los cuales requerían ser enseñados en los primeros principios mismos del cristianismo. Pues esto es parte de lo que el apóstol llama, "la palabra inicial de Cristo", cuando él dice: "Por lo cual, dejando ya la palabra inicial de Cristo, avancemos a lo que pertenece al crecimiento pleno, no echando de nuevo un fundamento de arrepentimiento de obras muertas y de fe en Dios, de doctrina de lavamientos, y de imposición de manos, y de resurrección de muertos, y de juicio eterno; y esto haremos si lo permite Dios". (Hebreos 6: 1-3 – JND). El apóstol admite que todas estas eran verdades muy importantes; ellas son verdades que los judíos piadosos debiesen haber conocido antes de que la redención fuera llevada a cabo, pero éstas no aportaban todo el poder del cristianismo. Ellas eran muy ciertas, y seguirán siéndolo siempre. Nunca puede haber algo que debilite la importancia del arrepentimiento de obras muertas y de la fe en Dios. Pero ni siquiera se dice, la fe en Cristo. Sin duda, la fe en Dios permanece siempre; pero aun así, hasta que Cristo murió y resucitó, había una gran cantidad de verdad que ni siquiera los discípulos eran capaces de sobrellevar. Nuestro Señor mismo lo dice. (Véase Juan 16: 12-15). Por eso el apóstol les dice: "Dejando ya la palabra inicial de Cristo” (lo que Cristo sacó a la luz aquí abajo, y que se adaptaba perfectamente al estado de los discípulos de aquel entonces), "avancemos a lo que pertenece al crecimiento pleno". No hay pensamiento alguno acerca de renunciar a eso, pero, asumiendo eso como una verdad fija, avancemos a la comprensión de Cristo tal como Él es ahora, lo cual es el significado aquí de la expresión, "crecimiento pleno". No se trata de un mejor estado de nuestra propia carne; tampoco se refiere a algo que vayamos a ser en una vida futura; sino a la doctrina completa de Cristo tal como Él es ahora, y glorificado en el cielo, — como es sacado a relucir en esta epístola. Cristo está en el cielo; allí está Su sacerdocio; Él entró en el poder de Su propia sangre, habiendo obtenido eterna redención. Es Cristo como está ahora en lo alto; allí tienen ustedes este conocimiento pleno. En la misma epístola él habla de Cristo como habiendo sido perfeccionado por medio de aflicciones. (Hebreos 2: 9, 10). Él siempre fue perfecto como persona, — nunca pudo ser otra cosa. Si hubiese habido algún defecto en Cristo en la tierra, Él debió haber sido, tal como la ofrenda que tenía un defecto, incapaz de ser ofrecido por nosotros, en nuestro lugar. En los sacrificios judíos, si el animal moría por sí mismo, ni siquiera podía ser comido. De este modo, en cuanto a nuestro Señor, si hubiera existido el principio de la muerte en Él, si Él no fuera Aquel que vive en todo sentido, sin la más mínima tendencia a la muerte, Él nunca podría ser el fundamento de Dios, ni el nuestro. Él en verdad padeció la muerte, la víctima voluntaria en la cruz; pero esto fue sólo porque la muerte no tenía ningún dominio sobre Él. Todo hijo de Adán tiene la mortalidad actuando en él. El Segundo Hombre incluso pudo decir aquí abajo: "Yo soy la resurrección y la vida". (Juan 11: 25). Esa es la verdad en cuanto a Cristo mismo. Si bien es perfectamente cierto que Cristo fue siempre moralmente perfecto, — perfecto también no sólo en Su naturaleza divina, sino en Su humanidad, — absolutamente inmaculado y aceptable para Dios; sin embargo, había, no obstante, una montaña de pecado que necesitaba ser quitada de nosotros, y una nueva condición en la que debíamos entrar, en la que Él podía asociarnos con Él mismo. Aunque absolutamente sin pecado en Él mismo, él fue perfeccionado a través de aflicciones; Él pasó a través de este curso de aflicciones a la bendición en la que Él está ahora como nuestro Sumo Sacerdote ante Dios.

 

Acerca del tema de la Oración del Señor sólo haré algunos comentarios ahora. Pero, una vez más, me gustaría señalar que ella es totalmente individual. Muchos podrían unirse para decir "Padre nuestro"; pero un alma estando sola en su aposento todavía diría "Padre nuestro", porque piensa en otros, en discípulos, en otro lugar. Sin embargo, es evidente que el Señor no prevé el uso de esta oración, sino en el aposento y para la condición en que se encontraban los discípulos. No tenemos ningún indicio de que ella fuera empleada formalmente después del día de Pentecostés. Hubo otras necesidades y deseos, otras expresiones de afecto hacia Dios, sacadas a relucir entonces, a las que el Espíritu Santo conduciría a los que habían salido de la condición de minoría de edad, o de inmadurez, por haberle recibido a Él en sus corazones, por lo cual podían clamar: "¡Abba, Padre!". Esa es la clave del cambio, y el Nuevo Testamento es perfectamente claro al respecto. (Compárese con Gálatas 3: 23-26; Gálatas 4: 1-7).

 

Sin embargo, consideremos la oración misma; porque nada puede ser más bienaventurado, y toda la verdad de ella permanece para nosotros. "Y al orar, no uséis repeticiones sin sentido, como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería". (Versículo 7 – LBA). Ahora bien, es evidente que nuestro Señor no prohíbe la repetición, sino la repetición sin sentido, vana. Nosotros encontramos a nuestro Señor mismo, cuando Él estaba en agonía en el huerto, repitiendo tres veces las mismas palabras. Pero Él prohíbe tajantemente la repetición sin sentido, vana y formal, ya sea que se trate de palabras leídas en un libro, o de frases construidas por la mente. Además, permitan que yo insista en el hecho evidente de que nuestro Señor no está proveyendo aquí para las necesidades públicas de la Iglesia; ni tampoco oímos que ello haya sido entendido así. No existe el más mínimo pensamiento de tal cosa después del don del Espíritu Santo, cuando la Iglesia fue formada y estuvo en funciones en este mundo. De modo que, si bien la Oración del Señor fue presentada como el modelo más perfecto de oración, y puede haber sido usada tal cual por los discípulos antes de la muerte de nuestro Señor y del don del Espíritu Santo, aun así, parece ser evidente que después no fue así. El Nuevo Testamento es, obviamente, la única prueba de esto. Cuando llegamos a la tradición, encontraremos toda clase de dificultades acerca de esto así como acerca de otros temas, pero la palabra de Dios no es oscura. De ninguna manera nos deja con la incertidumbre en cuanto a cuál es el pensamiento de Dios: de lo contrario, el propósito mismo de una revelación se vería frustrado. ¿Cuál es, entonces, la utilidad permanente de la oración? ¿Por qué ella es presentada en la Escritura? El principio permanece siempre verdadero. Yo creo que no hay una cláusula de esa oración que uno no podría proferir ahora, incluso, "Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores". Porque es un error suponer que ello coloca al pecador en el terreno de la oración para adquirir el perdón de sus pecados. Nuestro Señor habla del creyente, — del hijo de Dios. Nosotros necesitamos desplegar nuestras faltas y defectos diarios ante nuestro Dios y Padre, tal como Él nos anima a hacer día a día. Se trata de Su gobierno que, sin acepción de personas, juzga según la obra de cada uno; y por eso Él no aceptará la petición de uno que abriga una disposición implacable hacia los demás, incluso si ellos nos han hecho un mal muy grave.

 

El hábito de examinarse uno mismo y de confesar a nuestro Padre es muy importante en la experiencia cristiana; de modo que yo creo que esta cláusula es tan verdadera y aplicable en la actualidad como lo fue para los discípulos de aquel entonces. Cuando el pobre publicano dijo: "Dios, sé propicio a mí, pecador" (Lucas 18: 9-13), nosotros tenemos otra cosa tan apropiada en su caso como lo fue para el hijo de Dios al decir, "Padre nuestro". Por otra parte, cuando el Espíritu Santo fue dado, y el hijo pudo acercarse al Padre en el nombre de Cristo, tenemos, sin embargo, algo diferente. La Oración del Señor no reviste al creyente con el nombre de Cristo. ¿Qué significa pedir al Padre en ese nombre? La pregunta es, ¿Puede ser simplemente decir, "en Su nombre", al final de una oración? Cuando Cristo murió y resucitó, Él dio al creyente Su propia posición delante de Dios; y entonces, pedir al Padre en el nombre de Cristo es pedir en la conciencia de que mi Padre me ama como ama a Cristo; que mi Padre me ha dado la aceptación de Cristo mismo ante Él, habiendo borrado completamente todo mi mal, como para ser hecho justicia de Dios en Cristo. (2ª Corintios 5: 21). Pedir en Su nombre es orar en el valor de esto. (Compárese con Juan 16). Cuando el alma se acerca, cuando es conscientemente acercada a Dios, puede decirse que ella pide en Su nombre. No hay un alma que use el Padre Nuestro como una forma, que tenga una verdadera comprensión de lo que es pedir al Padre en el nombre de Cristo. Ellos nunca han entrado en esa gran verdad. De ahí que, tal vez en su próxima petición, ellos asuman el lugar de miserables pecadores, menospreciando la ira de Dios, y estando todavía bajo la ley. Surge la pregunta, ¿es posible que un alma que sabe lo que es estar ante Dios como Cristo, esté así sistemáticamente en la duda y la incertidumbre? Este era el caso del judío; pero como cristiano, mi lugar está en Cristo, y no hay condenación: de lo contrario, no puede haber el espíritu de adopción, ni la desempeñada función de sacerdotes para Dios. Nosotros somos hechos sacerdotes para Dios en virtud de esta posición bienaventurada, — aquí en la tierra, y necesitamos desempeñar dicha función. La conciencia es llevada a esto, — ustedes no pueden caminar con Cristo y con el mundo. Y el cristiano es propiamente un hombre que entra en pensamientos y relaciones celestiales mientras camina a través del mundo. Esta es la vocación con la que hemos sido llamados. (Efesios 4: 1). Con independencia de que los cristianos lo sepan y lo hagan o no lo hagan, nada menos busca Cristo de ellos. "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo". (Juan 17: 16). Esto es cierto desde el momento en que recibimos a Cristo. Desde ese momento, si queremos ser verdaderos soldados Suyos, nuestro deber para con Cristo es asumir nuestro lugar como aquellos que no son del mundo, así como Él no lo es.

 

Esto bastará para mostrar que, si bien la Oración del Señor sigue siendo siempre inestimablemente preciosa, aun así, ella fue dada para satisfacer las necesidades individuales de los discípulos, y que la ulterior revelación de la verdad divina modificó la condición de ellos y conduciría así a otra clase de deseos, a los que, de hecho, no se dio expresión en aquel entonces. Me parece una feliz reflexión pensar que es nuestro mismo Señor quien nos dice esto. "Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre". ¿Qué deduzco yo de esto? Que uno puede usar la Oración del Señor ("Padre nuestro") todos los días, y nunca haber pedido nada en el nombre de Cristo. "Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido". (Juan 16: 24). "En aquel día pediréis en mi nombre". (Juan 16: 26). ¿A qué día se refiere Él? ¿Un tiempo aún futuro? No, sino el día actual; el día que el Espíritu Santo introdujo cuando Él descendió del cielo. Esto es lo que está conectado con esa plena revelación de la verdad que es tan esencial para el gozo y la bienaventuranza cristianos, y para el andar ajeno al mundo y celestial de los hijos de Dios; y donde no se entra en lo uno, no se puede estar en lo otro. Puede haber vigor de fe y amor personal a Cristo, pero pese a todo, un alma seguirá llevando el sabor del  mundo en espíritu y posición religiosos hasta que haya entrado en este lugar bienaventurado que el Espíritu Santo nos da ahora de acercarnos a Dios en el nombre de Cristo.

 

Yo debo pasar ahora a una de las más importantes exhortaciones prácticas que nuestro Salvador nos presenta en relación con la oración, — a saber, el espíritu de perdón. Poco ha sabido de la oración quien no conoce los obstáculos que la austeridad o severidad de espíritu trae consigo. Esta era una de las cosas que nuestro Señor tenía especialmente en perspectiva. "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". (Versículos 14, 15). Él no quiere decir que a los discípulos no se les perdonarían los pecados en el día del juicio, sino que Él habla de perdonar las ofensas como un asunto de cuidado y entrenamiento diario de Dios. Yo puedo tener un hijo culpable de algo que está mal, pero ¿pierde por ello Él su relación? Sigue siendo mi hijo, pero yo no le hablo de la misma manera que lo haría si él hubiese estado andando en obediencia. El padre espera hasta que el hijo sienta su pecado. En el caso de los padres terrenales, a veces no ponemos suficiente atención en lo que está mal, y otras veces lidiamos con las cosas sólo en la medida en que nos afectan a nosotros mismos. Nosotros podemos corregir, como se dice en Hebreos, «como a nosotros nos parece», pero Dios lo hace para lo que nos es provechoso. (Hebreos 12: 9, 10).  Nuestro Padre tiene siempre a la vista lo que es más bienaventurado para nosotros, pero por este mismo motivo a veces nos castiga. "¿Qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?" (Hebreos 12: 7). Si nosotros no fuéramos hijos, tal vez nos libraríamos; pero, tan ciertamente como lo somos, la vara del Padre viene sobre nosotros por nuestros yerros, aunque nos parezcan poco; pero aunque es doloroso por el momento, si ello es Su voluntad, podemos estar seguros de que Él hará que las cosas que puedan parecer estar más en contra de nosotros, estén incuestionablemente a nuestro favor. Mantener el espíritu de amor, y especialmente de amor hacia los que nos hacen agravio, cuesta algo; pero la bienaventuranza será nuestra al final, y ciertamente también por el camino.

 

3) Llegamos ahora al tema del ayuno. Yo creo que hay un real valor en el ayuno que pocos conocen. Si en ocasiones particulares que requieren especial oración individual uno uniera el ayuno a ella, no tengo duda de que se sentiría la bendición de lo mismo. En ello es expresada la humillación de espíritu. Hay oraciones que son acompañadas más adecuadamente estando de pie, otras, estando de rodillas. El ayuno es una de esas cosas en las que el cuerpo muestra su empatía con aquello a través de lo cual el espíritu está pasando; ello es un medio de expresar nuestro deseo de estar abatidos delante de Dios, y en actitud de humillación. Pero, para que la carne no se aproveche incluso de lo que es para la mortificación del cuerpo, el Señor manda que se tomen los medios para que los hombres no sepan que uno ayuna, más que para permitir cualquier exhibición de ello. Porque aunque un cristiano verdadero se abstenga de vestirse de falsas apariencias, el diablo lo engañaría para que lo haga, a menos que sea muy celoso en la vigilancia de sí mismo delante de Dios. "Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público". (Versículos 17, 18).

 

Siguen después las exhortaciones con respecto a las cosas de esta vida. Y, en primer lugar, en cuanto a la acumulación de tesoros en la tierra. El Señor introduce un principio, no de interés natural, sino de sabiduría espiritual y de libertad de inquietudes, de lo cual disfruta el alma que no quiere nada aquí abajo. Suponiendo que hay algo que uno valora mucho en la tierra, hay un temor proporcional a que el ladrón o alguna cosa que corroa estropee nuestro tesoro. Muy diferente es lo que el Señor nos manda procurar: "No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón". (Versículos 19-21). Nosotros podemos detectar dónde estamos por aquello que determina principalmente nuestros pensamientos. Si dichos pensamientos son hacia el cielo, somos bienaventurados; pero si son hacia la tierra, descubriremos que esas mismas cosas en las que está puesto nuestro corazón demostrarán que son un pesar un día u otro. El Señor atribuye todo esto a una gran raíz, — no se puede servir a dos amos. Ustedes no tienen dos corazones sino uno; y ese corazón estará con lo que ustedes más valoran. Todo es seguido así hasta su origen: Dios por un lado y Mamón por el otro. Mamón es lo que resume las codicias del corazón del hombre en cuanto a todas las cosas que están aquí. Puede manifestarse en diferentes formas, pero esta es la raíz: la avaricia. "No podéis servir a Dios y a Mamón. Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué comeréis, o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis". (Versículos 24, 25 – RVSBT).  La gran idea es la indiferencia a las cosas presentes, o más bien, una pacífica confianza acerca de ellas; no debido a que no valoramos las misericordias de Dios, sino porque tenemos confianza en el amor y en el cuidado de nuestro Padre acerca de nosotros. El apóstol Pablo nos muestra la expresión más hermosa de esto cuando dice, "He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación". (Filipenses 4: 11).  Él había conocido cambios de circunstancias, — lo que era no tener nada, y lo que era tener abundancia; pero el gran argumento era su completo contentamiento con la porción de Dios para él. Esto no fue algo por lo que él pasó a la ligera, sino que él lo había aprendido. Ello fue un asunto de logro, — de juzgar las cosas a la luz de la presencia y el amor de Dios. La bendición es mirar hacia adelante con este pensamiento: a saber, nuestro Padre trata con nosotros ahora en la perspectiva de la gloria; tal como añade el apóstol: "Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús". (Filipenses 4: 19). ¡Qué dulce es eso! "Mi Dios", — el Dios que yo he comprobado, cuyo afecto he experimentado. Yo puedo contar con Él tanto para ustedes como para mí; y Él "suplirá todo lo que os falta", no sólo según las riquezas de Su gracia, sino según Sus riquezas en gloria en Cristo Jesús. Él los ha tomado a ustedes de este mundo como Sus hijos: Él va a tenerlos a ustedes como compañeros de su Hijo en lo alto; y él trata con ustedes ahora de acuerdo al lugar y a la posición de ustedes en aquel entonces. Todo lo que convenga a este gran plan de Su gloria y de Su amor, el Señor nos lo dará para demostrar la consecuencia de eso.

 

Que el Señor nos fortalezca para que aceptemos esto con corazones agradecidos, sabiendo que ¡nosotros no somos nuestros propios amos! El Señor nos preservará de los peligros, de los lazos y de los pesares que conlleva nuestra prisa o nuestra intencionalidad de dejarle a Él fuera de estas cosas externas que dicha prisa y dicha intencionalidad traen consigo. En este capítulo Él nos muestra el extremo desatino de ello, incluso en lo que respecta al cuerpo. Él toma ejemplos del mundo exterior para mostrar la manera en que se puede confiar en Dios para que Él lleve a cabo mejor Sus propios propósitos. Y más que eso, Él nos recuerda que estas cosas externas, en las que estamos tentados a poner tanto énfasis, son sólo los objetos que los gentiles buscan. Gentil era un término usado al hablar de un hombre sin Dios, en contraste con un judío que tenía a Dios de manera externa en este mundo. Un cristiano es un hombre que tiene a Dios en el cielo como su Padre. "Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas". (Versículo 32). Por lo tanto, como nuestro Padre sabe esto, ¿por qué deberíamos dudar de Él? Nosotros no desconfiamos de nuestro padre terrenal; mucho menos entonces deberíamos dudar de nuestro Padre celestial.

 

"Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas". No es que debamos buscar primero el reino de Dios y después estas cosas; sino busquen ustedes primeramente el reino de Dios y Su justicia, y todo lo demás vendrá.

 

"Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán". Es decir, nuestro Señor nos prepara para esto, a saber, que la ansiedad que teme algo malo al día siguiente no es más que incredulidad. Cuando llegue el día siguiente, el mal puede no estar allí; pero si llega, Dios estará allí. Él puede permitirnos experimentar lo que es consentir nuestras propias voluntades; pero si nuestras almas están sometidas a Él, cuán a menudo el mal que es temido no aparece nunca. Cuando el corazón se somete a la voluntad de Dios acerca de algún pesar que nosotros tememos, cuán a menudo ese pesar es quitado, y el Señor nos sale al encuentro con una amabilidad y una benignidad inesperadas. Él puede hacer que incluso el pesar sea toda una bendición. Sea cual sea Su voluntad, ella es buena. " Basta a cada día su propio mal". (Versículo 34).

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

JND = Una traducción del Antiguo Testamento (1890) y del Nuevo Testamento (1884) por John Nelson Darby, versículos traducidos del Inglés al Español por: B.R.C.O.

KJV = King James 1769 (conocida también como la "Authorized Version en inglés").

LBA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997, 2000 por The Lockman Foundation, Usada con permiso.

RVSBT = Reina Valera 1909 Revisión Sociedad Bíblica Trinitaria.

 

Mateo 7

 

Llegamos ahora a una parte muy distinta del discurso de nuestro Señor. No se trata tanto de establecer las correctas relaciones de un alma con Dios nuestro Padre, — la vida interior oculta del cristiano, — sino que ahora tenemos las relaciones mutuas de los discípulos entre sí, la conducta de ellos hacia los hombres, los diferentes peligros que deben temer y, sobre todas las cosas, la ruina segura para toda alma que nombra el nombre de Cristo si oye y no hace Sus dichos. El hombre sabio oye y hace. Y así finaliza el capítulo. Yo desearía detenerme un poco en estos diversos puntos de enseñanza que nuestro Señor trae ante nosotros. Obviamente, no será posible entrar en todos meticulosamente; porque, no necesito decirlo, los dichos de nuestro Señor están peculiarmente cargados de profundidad de pensamiento. No hay ninguna porción de la palabra de Dios donde se encuentre una profundidad más característica que aquí.

 

El asunto con que el Señor Jesús comienza es éste. Antes de esto Él había mostrado plenamente que nosotros debemos actuar en gracia como hijos de nuestro Padre; pero eso era más particularmente con el mundo, con nuestros enemigos, con las personas que nos agravian. Pero, por otra parte, una dificultad seria y práctica podría surgir en otro lugar. Suponiendo que entre los  que hacen agravio hubiera algunos que llevaran el nombre de Cristo, ¿qué ocurriría entonces? ¿Cómo debemos sentirnos acerca de ello y cómo debemos tratar con ellos? No hay duda de que hay una diferencia, y una muy decisiva. Sin embargo, hay una cosa de la cual debemos ocuparnos antes de abordar el asunto de la conducta de otro; y esto es, vigilar contra el espíritu de censura en nosotros mismos, el hábito o la tendencia a imputar malos motivos en lo que no conocemos y que no salta a la vista. Todos sabemos qué lazo es esto para el corazón del hombre, y que es más particularmente el peligro de algunos, por el carácter natural y la falta de vigilancia en cuanto al hábito permitido. Hay más discernimiento en algunos que en otros, y éstos debiesen velar especialmente contra ello. No es que ellos deban tener los ojos cerrados a lo que es malo; sino que no deben sospechar lo que no es manifiesto, ni ir más allá de la evidencia que Dios presenta. Esto es una salvaguarda práctica muy importante sin la cual es imposible andar juntos conforme a Dios. Las personas pueden estar juntas como muchas unidades separadas, sin ninguna empatía o poder reales para entrar en los pesares, dificultades, pruebas, y ello puede ser el mal, de los demás. Sin embargo, todo eso tiene un requerimiento en el corazón de un discípulo. Incluso lo que está mal requiere el amor para averiguar la manera en que Dios lidia con lo que es contrario a Dios. Porque la esencia del amor es que busca el bien del objeto que es amado, y esto sin referencia a uno mismo. Uno puede tener la amargura de saber que uno no es amado a cambio, como lo supo el apóstol Pablo, incluso en los primeros tiempos, y con cristianos verdaderos, — sí, efectivamente, con personas singularmente dotadas por el Espíritu de Dios. Dios se ha complacido en presentarnos estas solemnes lecciones de lo que el corazón es, incluso en santos de Dios.

 

En cualquier circunstancia, esta gran verdad es obligatoria para la conciencia: "No juzguéis, para que no seáis juzgados". (Versículo 1). Por otra parte, el egoísmo del hombre puede abusar fácilmente de este principio. Si una persona siguiera un curso perverso y utilizara este pasaje para negar el derecho de los hermanos para juzgar su conducta, es evidente que esta persona delata tener falta de conciencia y de comprensión espiritual. Su ojo está cegado por el yo, y él está simplemente convirtiendo las palabras del Señor en una excusa para pecar. El Señor no tuvo la intención, de ninguna manera, de debilitar el santo juicio del mal; por el contrario, Él, a su debido tiempo, impone esto solemnemente a Su pueblo: "¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?" (Véase 1ª Corintios 5:12). La falta de los Corintios era que no juzgaban a los que estaban en medio de ellos. Por lo tanto, es evidente que hay un sentido en el que yo debo juzgar, y otro en el que no. Hay casos en los que yo ignoraría la santidad del Señor si no juzgara, y hay casos en los que el Señor lo prohíbe, y me advierte que hacerlo es traer juicio sobre mí mismo. Este es un asunto muy práctico para el cristiano, — a saber, dónde juzgar y dónde no juzgar. Todo lo que sale a la luz claramente, — lo que Dios presenta a los ojos de Su pueblo para que ellos lo conozcan por sí mismos, o por un testimonio del que no puedan dudar, — ciertamente ellos están obligados a juzgar. En una palabra, nosotros siempre somos responsables de aborrecer lo que es ofensivo para Dios, ya sea conocido directa o indirectamente; pues "Dios no puede ser burlado" (Gálatas 6: 7), y los hijos de Dios no debiesen ser gobernados por meras formalidades, de las cuales la astucia del enemigo puede aprovecharse fácilmente.

 

Pero, ¿qué quiere decir aquí nuestro Señor cuando dice, "No juzguéis, para que no seáis juzgados"? Él no se refiere a lo que es evidente, sino a lo que está oculto; a eso que, si existe, Dios aún no ha puesto la evidencia ante los ojos de Su pueblo. Nosotros no somos responsables de juzgar lo que no conocemos; por el contrario, estamos obligados a velar contra el espíritu de conjeturar el mal o imputar motivos. Puede ser que haya maldad, y del carácter más grave, como en el caso de Judas. Nuestro Señor dijo de él: "Uno de vosotros es diablo" (Juan 6: 70), e intencionalmente mantuvo a los discípulos en la oscuridad acerca de los detalles. Por cierto, observen ustedes que ello sólo está en el Evangelio de Juan, el cual nos muestra que el conocimiento que nuestro Señor tenía de Judas Iscariote era el de una persona divina. Él lo dice mucho antes de que algo saliera a relucir. En los otros Evangelios todo es reservado hasta la víspera de su traición: pero Juan fue conducido por el Espíritu Santo a recordar la manera en que el Señor les había dicho que era así desde el principio; y sin embargo, aunque Él lo sabía, ellos sólo debían confiar en Su conocimiento de ello; pues si el Señor lo sobrellevaba, ¿no debían ellos hacer lo mismo? Si Él no les daba instrucciones acerca de cómo lidiar con el mal, ellos debían esperar. Ese es siempre el recurso de la fe, que nunca se apresura, especialmente en un caso tan solemne. "El que creyere no se apresurará". (Isaías 28: 16 - VM).

 

Todo es público para Dios, todo está en Sus manos, y paciencia es la palabra hasta que llegue Su momento de lidiar con lo que Le es contrario. El Señor deja que Judas se manifieste completamente, y entonces no fue una cuestión de sobrellevar al traidor. Si bien hay ciertos casos de mal que nosotros debemos juzgar, hay asuntos que Él no le pide a la Iglesia que ella resuelva.

 

Tenemos que tener cuidado de no adelantarnos a Dios para que no nos encontremos en detalle, si es que no nos encontramos en lo principal, en contra de Dios. No debemos quebrar lo que está cascado, gastadoviejo o en mal estado, cediendo a los sentimientos personales o de grupo. Qué peligro es éste. El efecto inevitable de un espíritu juzgador es que nosotros mismos quedamos juzgados. Un alma cuyo hábito es censurador es universalmente denigrada. Leemos, "Con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados". Luego el Señor pone un caso particular: "Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?" (Versículo 3). Es decir, donde existe esta propensión a juzgar, existe otro mal aún más grave, — un mal habitualmente no juzgado en el espíritu que hace que la persona esté inquieta, y deseosa de demostrar que los demás también están equivocados. "¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?" (Versículo 4). La paja, obviamente, no era más que poca cosa, pero se le daba mucha importancia y la viga, una cosa enorme, no era tomada en cuenta. El Señor está sacando a relucir de la manera más enfática el peligro de un espíritu judicial suspicaz. Y Él muestra que la manera de lidiar correctamente, si deseamos el bien de Su pueblo y su liberación del mal, es comenzar juzgándonos a nosotros mismos, el juicio propio. Si realmente deseamos sacar la paja del ojo de nuestro hermano, ¿cómo debe hacerse? Comencemos por las graves faltas que tan poco conocemos, que ellas sean corregidas y confesadas en nosotros mismos: esto es digno de Cristo. ¿Cuál es Su manera de tratar con ello? ¿Acaso dice Él de la paja en el ojo de nuestro hermano, «Llévala a los jueces»? No, en absoluto; tú mismo debes escrutarte. El alma debe empezar por ahí. Cuando yo juzgo el mal que mi conciencia conoce, o que si mi conciencia no conoce ahora ella puede enterarse en la presencia de Dios, — si yo comienzo por esto, entonces veré claramente lo que concierne a los demás; tendré un corazón apto para entrar en sus circunstancias, un ojo limpiado de lo que hace que el corazón sea incapaz de sentir con Dios acerca de los demás. Leemos, "¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano". (Versículo 5). Esto puede ser hallado en un creyente, en principio; aunque cuando el Señor dice, "Hipócrita", Él alude al mal en su forma completa; pero incluso en nosotros mismos lo conocemos en cierta medida y, ¿qué puede ser más opuesto a la sencillez y a la sinceridad piadosas? La hipocresía es el mal más aborrecible que se puede encontrar bajo el nombre de Cristo, — es algo que incluso altera la conciencia natural y que dicha conciencia rechaza. "¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano".

 

A menudo encontramos que cuando la viga ya no está, la paja no es vista, habiendo ya desaparecido. Y donde el corazón está puesto en el Señor, ¿lamentaríamos nosotros encontrar que estamos equivocados acerca de nuestro hermano? ¿No debería yo regocijarme al encontrar la gracia del Señor en mi hermano, si al juzgarme a mí mismo sólo descubro que yo estoy equivocado? Esto puede ser doloroso para uno, pero el amor de Cristo en el corazón del creyente es gratificado al saber que a Cristo se Le evita esta mayor deshonra.

 

Este es, pues, el primer gran principio que nuestro Señor impone aquí. El hábito de juzgar a los demás debe ser evitado expresamente; y esto, también, porque trae amargura al espíritu que lo consiente, e incapacita al alma para ser capaz de tener un trato correcto con otro: porque nosotros hemos sido colocados en el cuerpo de Cristo, tal como muestra el apóstol Pablo, con el propósito de ayudarnos los unos a los otros; y todos somos miembros los unos de los otros. (Véase Romanos 12: 12, y versículos sucesivos).

 

Pero hay otra cosa. Al velar contra el juicio apresurado y duro podría estar el abuso de la gracia. Y el Señor asocia inmediatamente esto con lo anterior diciendo, "No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen". Debemos recordar cuidadosamente que el Señor no está hablando aquí acerca del evangelio siendo presentado a pecadores. Dios no permita que no llevemos la gracia de Dios a todos los distritos bajo el cielo, porque nada menos que esto debiese ser el deseo y el esfuerzo de cada santo de Dios. Todos debiesen tener un espíritu de amor activo que vaya en pos de los demás, deseos enérgicos por la salvación y la bendición de almas; porque sería una triste deficiencia si ello no fuera más allá de almas siendo llevadas a Cristo. Nuestra vocación es procurar crecer en Cristo y glorificarle en todas las cosas, conocer y hacer la voluntad de Dios. En este versículo el Señor no se ocupa del asunto del evangelio presentado indiscriminadamente; porque, si hay alguna diferencia, el evangelio se adapta mejor a los llamados, "perros", que para los judíos era una figura de todo aquello que es abominable. Hablando de ladrones, borrachos, estafadores, etcétera, el apóstol dice: "Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios". (1ª Corintios 6: 9-11).

 

Podría surgir la pregunta, «¿No es la iniquidad de un hombre mayor que la de otro?» En un escenario terrenal uno podría decir: «En gran medida, en todos sentido; pero Dios, al salvar almas, no hace estas distinciones.» Así que, hablando de creyentes de entre los judíos, el apóstol dice que ellos habían sido, "hijos de ira, lo mismo que los demás". (Efesios 2: 3). Es posible que entre ellos hubiera personajes muy morales. ¿Acaso esto los disponía mejor hacia la gracia de Dios? Lamentablemente, nada puede ser más peligroso que cuando el alma encuentra una justificación de sí misma en lo que ella es. El propio apóstol había sido un ejemplo de esto mismo. Es algo difícil para un hombre que ha estado edificando sobre su justicia someterse a la verdad de que él sólo puede entrar en el cielo en el terreno de un publicano y un pecador. Pero así debe ser si el alma va a recibir la salvación de Dios mediante la fe en Jesús.

 

El Señor, entonces, no está cohibiendo de ninguna manera que el evangelio salga a todas las partes del mundo; sino que Él habla de las relaciones de Su pueblo con los impíos. El creyente no debe sacar a relucir para éstos los tesoros especiales que son la porción cristiana. El evangelio es la riqueza de la gracia de Dios para el mundo. Pero, además del evangelio, tenemos los afectos especiales de Cristo hacia la Iglesia, Su cuidado amoroso por Sus siervos, la esperanza de Su regreso, las gloriosas perspectivas de la Iglesia como Su esposa, etcétera. Si ustedes van a hablar de estas cosas que podemos llamar las perlas de los santos, con aquellos que están fuera de Cristo, ustedes estarían en un terreno equivocado. Si ustedes insistieran en los deberes de los fieles en compañía mundana, entonces ustedes estarían dando lo que es santo a los perros. Hay una provisión bienaventurada para "los perros", — a saber, las migajas que caen de la mesa del Maestro. Y tal es la gran gracia de Dios hacia nosotros, que las migajas que caen en nuestra porción, gentiles como éramos, son las mejores.

 

Con independencia de cuáles sean los beneficios prometidos al judío, la gracia de Dios ha sacado a la luz en el evangelio bendiciones más plenas que las que fueron alguna vez prometidas a Israel. ¿Qué puede tener Israel para comparar con la poderosa liberación de Dios que conocemos ahora? La conciencia de estar completamente limpios de todo pecado; de tener la justicia de Dios como nuestra de una vez y para siempre en Cristo; de tener acceso inmediato a Él como Padre a través de un velo rasgado; y de ser hechos Su templo por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros. Como el propio Señor dijo a la mujer de Samaria: "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva". Donde Cristo es recibido ahora, por quienquiera que sea, hay esta plenitud de bendición y el pozo está dentro del creyente. "El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna". (Juan 4: 7-14). Así podemos ver cuán amplia y perfecta es Su gracia, mientras prohíbe que ciertas cosas sean arrojadas indiscriminadamente entre los impíos. Cualquier hecho que implique comunión entre un creyente y un incrédulo es falso. Tomen, por ejemplo, el asunto de la adoración, y la costumbre de llamar a toda ronda de devociones, adoración. La adoración supone comunión con el Padre y con el Hijo, y de los unos con los otros en ella. Pero el sistema que fundamentado en un rito relajado que pretende regenerar a todos une a creyentes e incrédulos en una forma común y lo llama adoración, ello es echar lo que es santo a los perros. ¿Acaso no es ello un intento apenas encubierto de colocar las ovejas y los perros en el mismo terreno? En vano. Ustedes no pueden unir ante Dios a los enemigos de Cristo y a los que Le pertenecen. No pueden mezclar como un solo pueblo a los que tienen vida y a los que no la tienen. El intento de hacerlo es pecado y es una constante deshonra al Señor. Todo esfuerzo por tener una adoración de este carácter mixto va en contra mismo del sexto versículo.

 

Por otra parte, predicar el evangelio, cuando ello es mantenido separado de la adoración, es correcto y bienaventurado. Cuando el día del juicio venga sobre este mundo, ¿dónde caerá el peor golpe? No sobre el mundo abiertamente profano, sino sobre Babilonia, porque Babilonia es la confusión de lo que es de Cristo con el mal,— es decir, el intento de hacer comunión entre la luz y las tinieblas. "Salid de ella, pueblo mío", dice el Señor, "para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas". (Apocalipsis 18: 3). Ser partícipes de sus pecados es la grave controversia con Dios. Ello es la aceptación de un terreno común sobre el cual la Iglesia y el mundo pueden unirse; cuando el objetivo mismo de Dios, y aquello por lo que Cristo murió, fue que Él pudiera tener un pueblo separado para Sí mismo, como para que dicho pueblo sea, por su misma consagración a Dios, una luz en este mundo, — no un testimonio de soberbia, diciendo: «Mantente al margen, yo soy más santo que tú», sino como la carta de Cristo que le dice al mundo dónde ha de ser encontrada el agua viva, y les ofrece que vengan, "El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente". (Apocalipsis 22: 17).

 

Donde nosotros no confundimos la religión del mundo con la adoración que sube a Dios de parte de Su pueblo, allí también tendrán ustedes la verdadera línea de demarcación, —es decir, dónde debiésemos juzgar y dónde no. Habrá allí un servicio activo hacia el mundo con el evangelio, pero, al mismo tiempo, habrá una cuidadosa separación de la Iglesia del mundo. Esto también es cierto a nivel individual. Sin embargo, las personas se aprovechan de la palabra de Dios que dice: "Si algún incrédulo os invita, y queréis ir", etcétera (1ª Corintios 10: 27); pero tengan ustedes cuidado de cómo van ustedes y para qué van. Si ustedes van con confianza en ustedes mismos, no harán más que deshonrar a Cristo; si es para complacerse a ustedes mismos, es un mal terreno; si es para complacer a otras personas, poco mejor es.

 

Puede haber ocasiones en las que el amor de Cristo constriña a un alma a ir a dar testimonio del amor del Señor en un grupo de personas mundanas; sin embargo, si supiéramos cuán fácilmente pueden ser dichas palabras y hacer cosas que implican una comunión con lo que es contrario a Cristo, habría temor y temblor; pero, donde hay confianza en uno mismo nunca puede estar el poder de Dios.

 

Pero ahora el Señor, habiendo finalizado el tema del abuso del juicio y del abuso de la gracia, indica la necesidad de la relación con Dios, y esto muy particularmente en conexión con lo que hemos estado viendo. Leemos, "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá". (Versículo 7). Tenemos aquí diferentes grados, medidas crecientes de formalidad al suplicar a Dios: "Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá". (Versículo 8). Y luego Él les presenta un argumento para animarlos en esto: "¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?" (Versículos 9-11). Hay una diferencia muy interesante en el pasaje que responde a esto en Lucas 11, donde en lugar de decir, "dará buenas cosas a los que le pidan", se dice: "¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?" (Lucas 11: 13). El Espíritu Santo no había sido dado aún. No es que Él no actuaba en el mundo, sino que Él no había sido impartido aún personalmente porque Jesús no había sido aún glorificado. La Escritura dice esto expresamente. (Juan 7: 39). De este modo, hasta el momento en que Él fue derramado desde el cielo, era muy correcto orar para que el Espíritu fuera dado; y siendo los gentiles en particular personas que lo ignoraban, esto es mencionado expresamente en el Evangelio de Lucas, el cual contempla especialmente a los gentiles. Porque, ¿quién puede leer ese Evangelio sin tener la convicción de que hay una mirada cuidadosa sobre los que tienen un origen gentil? Dicho evangelio fue escrito por un gentil, y escrito a un gentil; y a lo largo de él traza al Señor como Hijo del Hombre, un título que no está vinculado con la nación judía propia y peculiarmente, sino con todos los hombres. Esta es la gran carencia del hombre, — el Espíritu Santo, que estaba a punto de ser dado, y Él es el gran poder de la oración, como se dice: "Orando en el Espíritu Santo". (Judas 20). Lucas fue guiado a especificar aquel don especial que necesitarían los que oran para darles energía en la oración.

 

Pero, volviendo a Mateo, tenemos todo el pasaje concluido por esta palabra: "Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas". (Versículo 12). Esto no es, de ninguna manera, tratar con los hombres según sus procederes, sino lo contrario. Ello está diciendo, por así decirlo, «Vosotros que conocéis al Padre celestial, que sabéis cuál es Su gracia para con el malo, sabéis lo que es decoroso a Sus ojos; actuad siempre según eso. Nunca actuéis simplemente de acuerdo con lo que otro hace hacia vosotros, sino de acuerdo con lo que quisierais que otro hiciera con vosotros. Si tenéis el más mínimo amor en vuestro corazón, vosotros desearíais que ellos actuaran como hijos de vuestro Padre.» Independientemente de lo que haga otra persona, lo que yo debo hacer es hacerles lo que yo quisiera que ellos hicieran conmigo; es decir, actuar de manera apropiada a un hijo de un Padre celestial. "Esto es la ley y los profetas". Él les está presentando una abundante amplitud, extrayendo la esencia de todo lo que era bienaventurado allí. Este era claramente el deseo benigno de un alma que conocía a Dios, incluso bajo la ley; y nada menos que esto podía ser el fundamento de acción ante Dios.

 

Pero llegamos ahora a los peligros. No sólo hay hermanos que nos ponen a prueba, sino que ahora Él dice, "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces". (Versículos 13-15). Hay una conexión moral entre las dos cosas. Una característica principal de lo que es falso es el intento de hacer que la puerta sea ancha y el camino espacioso; es decir, negar la manera especial en que Dios llama a las almas al conocimiento de Él mismo. ¡De qué manera interfieren con esto los regímenes religiosos, es decir, los conjuntos de normas por las que se rige el mundo religioso! Tomemos, por ejemplo, el fraccionamiento de aquellos que pertenecen a Dios en grupos, como si ellos fueran ovejas del hombre, a quienes las personas no tienen escrúpulos en llamar «nuestra iglesia» o «la grey de tal persona». Los derechos de Dios, Sus reivindicaciones, Su llamado a un alma a andar en responsabilidad para con Él, todo esto es interferido por tales cosas. Nosotros nunca encontramos a un apóstol diciendo: «Mi grey.» Siempre es: "La grey de Dios", porque esto conlleva responsabilidad para con Dios. Si ellos son Su rebaño, yo debo tener cuidado de no llevarlos por mal camino. Al tener que ver con un cristiano, el objetivo de mi alma debe ser llevar su alma a la conexión directa con Dios mismo, debo decir: «Esta es una de las ovejas de Dios». ¡Qué cambio haría esto en el tono y los procederes de los pastores si ellas fuesen vistas como la grey de Dios! La ocupación del siervo verdadero es mantener estas ovejas en el camino angosto en el que ellas han entrado.

 

Pero está también el mundo que va por el camino espacioso, y los del mundo piensan que pueden pertenecer a Dios por la profesión de Cristo y tratando de guardar los mandamientos. Se ha producido el ensanchamiento de la puerta, el hacer espacioso el camino, en relación con lo cual el Señor dice: "Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces". Los verdaderos maestros enviados por Dios padecen con los falsos si ellos se mezclan con el mundo. Estando todos ligados por objetivos comunes, con independencia que ellos pertenezcan a Dios o no, los que son realmente verdaderos a menudo son arrastrados por el resto a lo que ellos saben que está mal. Y recuerden ustedes otra cosa solemne. El diablo nunca podría llevar a cabo ningún plan en la Cristiandad si él no consiguiera que las personas buenas se unieran a los malos en dicho plan. La incredulidad utiliza constantemente como excusa esto: «Ese hombre tan bueno está aquí»; «El excelente caballero… hace eso». Pero, ¿ha de ser la opinión y la conducta de un cristiano el criterio por el cual yo juzgo? Si es así, no hay nada en lo que yo no pueda caer; pues, ¿qué cosa mala hay que no haya hecho un hombre, e incluso un creyente? Ustedes ya conocen lo que David tuvo que confesar ante Jehová. Y este es el proceder que asume el diablo para mantener a otras personas tranquilas en el mal. El único estándar para el creyente es la palabra escrita de Dios; y ésta es la seguridad especial en estos postreros días. Cuando Pablo estaba dejando a los santos de Éfeso, él los encomendó "a Dios, y a la palabra de su gracia". (Hechos 20: 32). Podrían entrar en medio de ellos lobos rapaces que no perdonarían al rebaño; y podrían surgir hombres de ellos mismos hablando cosas perversas; pero la única salvaguardia, como regla de fe y conducta para los santos, es la Escritura santa de Dios.

 

El rito llamado «misa» es el acto más perverso de la cosa más corrupta bajo el sol; pero si la gracia de Dios pudiera entrar allí y obrar por medio de Su Espíritu, a pesar de la hostia elevada, ¿quién pondrá límites? Pero, ¿es éste un motivo para ir a una capilla católica romana, adorar la hostia u orar a la Virgen? Dios, en Su gracia soberana, puede ir a cualquier parte; pero si yo deseo andar como cristiano, ¿cómo he de hacerlo? Sólo hay un estándar, — a saber, la voluntad de Dios; y la voluntad de Dios sólo puede ser aprendida a través de las Escrituras. Yo no puedo razonar a partir de cualquier cantidad de bendición allí, ni de cualquier debilidad aparente aquí. A las personas se les puede permitir que parezcan muy débiles con el propósito expreso de mostrar que el poder no está en ellas sino en Dios. Aunque los apóstoles eran hombres tan poderosos, a menudo se les permitía parecer débiles a los ojos de los demás. Esto fue lo que expuso a Pablo a no ser considerado un apóstol por los Corintios, aunque ellos, de entre todos los hombres, debiesen haber sabido mejor. Todo esto demuestra que yo no puedo razonar ni a partir de la bendición que la gracia de Dios puede obrar, ni a partir de la debilidad de los hijos de Dios. Lo que necesitamos es aquello que no tiene ninguna falta, y esto es, la palabra de Dios. Yo la necesito para gobernarme a mí mismo como cristiano, y para andar juntamente con todos los santos. Si nosotros actuamos según esa Palabra, y nada más, encontraremos a Dios con nosotros. Ello será llamado fanatismo; pero esto es parte del vituperio de Cristo. La fe siempre parecerá orgullosa para los que no la tienen; pero se demostrará en el día del Señor que ella es la única humildad, y que todo lo que no es fe es soberbia, o nada mejor. La fe admite que quien la tiene es nada, — que él no tiene poder ni sabiduría propios, y mira a Dios. ¡Que seamos fuertes en la fe, dando gloria a Él!

 

Pero, por lo demás, "Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos". El Señor no habla aquí simplemente de hombres conocidos por sus frutos, sino de los falsos profetas. (Versículos 15-20). "Por sus frutos los conoceréis". Allí donde la gracia es negada, la santidad es vana o, en el mejor de los casos, legal. Dondequiera que se cuente realmente con la gracia y ella sea predicada, ustedes encontrarán dos cosas, — a saber, un cuidado mucho mayor en lo que concierne a Dios que allí donde ella no es igualmente conocida, y también una mayor ternura, tolerancia y paciencia en lo que simplemente respecta al hombre. Fingir con disimulo que el pecado no ha sido visto es una cosa, pero la severidad que no está avalada por la Escritura está muy lejos de la justicia divina, y puede coexistir con la concesión del yo en muchas formas. Hay ciertos pecados que exigen una reprensión, pero es sólo en los casos más graves donde debiese haber medidas extremas. A nosotros no se nos deja hacer leyes acerca del mal por nuestra cuenta pues estamos bajo responsabilidad para con otro, para con nuestro Señor. No debiésemos confiar en nosotros mismos sino aprender la sabiduría de Dios y confiar en la perfección de Su palabra; y nuestra tarea es que se haga realidad en nosotros lo que encontramos allí. Dejemos que la ayuda venga de donde venga, ya que si así podemos seguir la palabra de Dios más plenamente, nosotros  debiésemos  estar sumamente agradecidos.

 

Solemne, muy solemne, son las palabras que siguen a continuación cuando el ojo del Señor escudriña el campo de la profesión. Leemos, "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad". (Versículos 21-23). El Señor muestra la estabilidad de Su palabra para el corazón obediente a partir de la figura de un hombre que edifica sobre una roca; y Él  muestra también, como nadie más que Él podría hacerlo, el fin de todo aquel que oye y no hace Sus dichos. Pero yo no debo entrar en esto ahora.

 

Que el Señor nos conceda que nuestros corazones estén dirigidos hacia Él. Nosotros podremos ayudarnos los unos a los otros y seremos ayudados por Su gracia. Débiles como somos, se nos hará estar en pie. Y si por falta de vigilancia hemos resbalado, el Señor nos pondrá de nuevo en pie.

 

¡Que Él nos conceda sencillez de ojos!

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

Mateo 8

 

Yo puedo entender bien a un hombre que ha recibido y ha venerado la Biblia como la palabra del Dios vivo y que se encuentra desconcertado cuando examina detenidamente los Evangelios, los cuales relatan el ministerio del Señor. Un lector casual podría no encontrar ninguna dificultad; pero al principio, nada sería más probable que quien comparase cuidadosamente los diferentes relatos se quedara perplejo, — no diré que ha tropezado porque él tiene demasiada confianza en la palabra de Dios. Al comparar los Evangelios él encuentra que ellos difieren muy considerablemente en la forma en que los mismos hechos han sido registrados en diferentes Evangelios. Él encuentra una disposición en Mateo, otra en Marcos, y una tercera en Lucas; y aun así, él está seguro de que todas ellas son correctas. Pero no puede entender cómo, si el Espíritu de Dios realmente inspiró a los diferentes evangelistas para presentar una historia perfecta de Cristo, debería haber al mismo tiempo estas aparentes discrepancias. Él se ve obligado a dirigirse a Dios y a preguntar si acaso no hay algún principio que pueda explicar estos cambios de posición, y el modo diferente en que las mismas circunstancias son mostradas. En el momento que él se acerca así a estos Evangelios la luz dará claridad a su alma. Él comienza a ver que el Espíritu Santo no estaba presentando meramente el testimonio de tantos testigos, sino que, aunque en el fondo ellos coinciden plenamente, el Espíritu Santo había asignado un cargo especial a cada uno de ellos, de modo que sus escritos presentan al Señor en actitudes diversas y distintivas. Queda por preguntar cuáles son estos diversos puntos de vista, y cómo pueden dar lugar y explicar la variedad de afirmaciones que indudablemente se encuentran en ellos.

 

Ya he mostrado que en el Evangelio de Mateo el Espíritu Santo ha estado describiendo a Jesús en Su relación con Israel, y que esto explica la genealogía presentada a nosotros en el capítulo 1, la cual difiere bastante de la que tenemos en el Evangelio de Lucas. Es especialmente Su genealogía como Mesías, lo cual es, obviamente, importante e interesante para Israel, quienes esperaban un gobernante del linaje de David. Al mismo tiempo, el Espíritu Santo tuvo especial cuidado en corregir los estrechos pensamientos mundanos de los judíos, y muestra que si bien Él era, según la carne, de la decendencia de Israel, Él también era Dios el Señor; y si era Emanuel y Jehová, Su obra especial como persona divina era salvar a Su pueblo de sus pecados. Él podía salir mucho más allá de ese pueblo y bendecir a los gentiles no menos que a los judíos; pero salvar de pecados era claramente una expectativa de Cristo que debía haber sido deducida de los profetas. Los judíos esperaban que cuando el Mesías viniera, Él sería la Cabeza exaltada sobre ellos como nación; y que, consecuentemente, ellos llegarían a ser cabeza, y los gentiles, cola. (Véase Deuteronomio 28: 13). Todo esto ellos lo habían inferido correctamente de la palabra profética; pero había mucho más que ellos no habían discernido. El Mesías está resuelto en cuanto a la bendición espiritual de ellos así como a la natural; y todas las esperanzas inmediatas deben desvanecerse ante el asunto del pecado; sí, los pecados de ellos. Jesús acepta Su rechazo de parte de ellos, y efectúa en la cruz para ellos esa redención misma en la que ellos pensaban tan poco.

 

También, cuán plenamente concuerda perfectamente con el Evangelio de Mateo el hecho de que nosotros tengamos un largo discurso como el del sermón del monte sin interrupción; todo nos es presentado como una palabra continua de nuestro Señor. Todas las interrupciones, si es que hubo algunas, son excluidas cuidadosamente a fin de presentarle a Él en el monte en una directa antítesis de Moisés, mediante el cual Dios estaba introduciendo un reino terrenal; pero ahora es porque Él manifiesta al Rey celestial, en contra de todo lo que los judíos estaban esperando.

 

El Espíritu Santo procede en este Evangelio a presentarnos los hechos de la vida de nuestro Señor todavía en conexión con este gran pensamiento. El Evangelio de Mateo es la presentación a Israel de Jesús como su Mesías divino, Su rechazo por parte de ellos en ese carácter, y lo que Dios haría en consecuencia. Nosotros veremos si los hechos que nos son presentados incluso en este capítulo no guardan relación con este aspecto especial de nuestro Señor. De la lectura del Evangelio de Marcos sería imposible  percibirlo de la misma manera. En Mateo el simple orden de la historia es desatendido aquí, y son reunidos hechos que tuvieron lugar con meses de diferencia. El objetivo del Espíritu Santo por medio de Mateo, o incluso por medio de Lucas, no es, en absoluto, presentar los hechos en el orden en que sucedieron, cosa que Marcos hace. Aquellos que examinen el Evangelio de Marcos con cuidado encontrarán notas de tiempo, expresiones como "luego", "inmediatamente",  etcétera, donde las cosas se dejan imprecisas en los otros Evangelios. Las frases de transición rápida, o de secuencia instantánea, unen, obviamente, los diferentes sucesos llevados así a estar en yuxtaposición. En Mateo esto es descartado por completo; y de todos los capítulos de este Evangelio quizás no hay ninguno que desestime tanto la mera sucesión de fechas como el que tenemos ante nosotros. Pero si esto es así, ¿a qué debemos atribuirlo? Podemos preguntar reverentemente, ¿Por qué el Espíritu Santo en Mateo ignora el orden en que se sucedieron las cosas? ¿Fue que Mateo no conocía el momento en que ellas ocurrieron? Si hubiera sido sólo un hombre el que escribía una historia para su propio placer, ¿no podría él haber determinado con tolerable certeza cuándo fue que ocurrió cada hecho? Y cuando publicó por primera vez su declaración, ¿habría sido más fácil que los otros evangelistas le siguieran y dieran sus relatos de acuerdo con el suyo?

 

Pero ocurre lo contrario. Marcos adopta un carácter diferente de las cosas, y Lucas otro, mientras que Juan tiene un carácter propio. A simple vista, nosotros nos vemos impulsados a una de dos suposiciones. O bien los evangelistas fueron hombres tan descuidados de cualquier manera que escribieron relatos de su Maestro presentando diferentes relatos como para confundir al lector, o bien fue el Espíritu Santo quien presentó los hechos de diversas maneras como para ilustrar la gloria de Cristo mucho más de lo que hubiera logrado la mera repetición. Esto último es ciertamente la verdad. Cualquier otra suposición es tanto irracional como irreverente. Porque, aun suponiendo que los apóstoles hubieran escrito relatos diferentes y hubiesen cometido errores, ellos podrían haber corregido muy fácilmente los errores de unos y otros; pero el motivo por el cual no aparece tal corrección no fue por un error o un defecto humano, sino por la perfección divina. Fue el Espíritu Santo quien se complació en configurar estos Evangelios de la forma particular más calculada para sacar a relucir la persona, la misión o las diversas relaciones de Cristo. El Evangelio de Marcos demuestra que la curación del leproso tuvo lugar en un momento diferente al que se podría haber deducido de la lectura de este capítulo, — de hecho, mucho antes del sermón del monte. En el capítulo 1 tenemos al Señor descrito como predicando en las sinagogas de ellos por toda Galilea y echando fuera demonios, leemos, "Vino a él un leproso, rogándole … Si quieres, puedes limpiarme. (Marcos 1: 40-45). Ahora bien, no podemos dudar de que esta es la misma historia que está en Mateo 8. Pero, si leemos el capítulo siguiente de Marcos, ¿qué es lo primero que es mencionado después de esto? "Entró Jesús otra vez en Capernaúm después de algunos días; y se oyó que estaba en casa… Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro".  Claramente nosotros tenemos aquí un hecho, la curación del paralítico que Mateo no nos presenta hasta Mateo 9, después de una tormenta que Marcos describe en Marcos 4, y después del caso del endemoniado, caso que sólo aparece en Marcos 5; de modo que está perfectamente claro que uno de los dos evangelistas debe haberse apartado del orden de la historia; y como Marcos, mediante sus estrictas notas de tiempo evidencia que él no lo hace, debe concluirse que Mateo lo hizo. En Marcos 3 tenemos a nuestro Señor subiendo al monte y llamando a los discípulos a estar junto a Él; y allí está el lugar en conformidad con este Evangelio, donde el sermón del monte, si es insertado en absoluto, entra. Por lo tanto, fue considerablemente después de lo que tuvo lugar en Mateo 8: 2-4, que el sermón del monte fue pronunciado: pero Marcos no nos presenta ese sermón porque su gran objetivo era el ministerio evangélico y las obras características de Cristo; y por lo tanto, las exposiciones doctrinales de nuestro Señor son omitidas. Allí donde breves palabras de nuestro Señor acompañan lo que Él hacía, ellas son presentadas; pero nada más.

 

Lo que he dicho puede quedar aún más claro si observamos además, en Marcos 1, el orden real. Simón y Andrés son llamados en el versículo 16; Jacobo y Juan en el versículo 19; y en seguida, habiendo ido a Capernaúm, Él entró en la sinagoga el día de reposo y enseñaba. Nosotros tenemos allí al hombre con el espíritu inmundo: el hecho tuvo lugar un poco después del llamamiento perentorio hecho a Andrés y Simón, a Jacobo y a Juan. El espíritu inmundo fue echado fuera; "Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea. Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan. Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella", etcétera. (Marcos 1: 28-30). Por lo tanto, tenemos la certeza positiva, por medio de la propia palabra de Dios, de que la sanación de la suegra de Pedro tuvo lugar poco tiempo después del llamamiento de Pedro y Andrés, y considerablemente antes de la curación del leproso. Llevando esto de regreso a nuestro capítulo de Mateo, vemos su importancia; pues aquí la sanación de la suegra de Pedro aparece sólo a mitad del capítulo. Primero es relatada la curación del leproso, luego la del criado del centurión, y después la sanación de la suegra de Pedro; mientras que por medio de Marcos sabemos con certeza que la sanación de la suegra de Pedro tuvo lugar antes de que tuviese lugar la curación del leproso.

 

Considerando nuevamente a Marcos nosotros encontramos que en la tarde del mismo día de reposo, después de haber sanado a la suegra de Pedro, "le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; y toda la ciudad se agolpó a la puerta. Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios … Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba", que es claramente la misma escena a la que se alude en Mateo 8, y que entraría después del versículo 17. El hecho de que Él va al lugar desierto y ora no es mencionado aquí; pero tuvo lugar al mismo tiempo. Luego, en Marcos, tenemos Su ida a Galilea, predicando en las sinagogas de ellos y echando fuera demonios; y después de eso Él cura al leproso. Lo que yo infiero de esto es que ya que Marcos nos dice el día mismo en que sucedieron estas cosas, nosotros debemos tomarlo a él como testigo del orden de dichas cosas en cuanto al tiempo. Cuando vuelvo a Mateo, ¿encuentro yo alguna insinuación acerca del momento en que tuvieron lugar todos estos acontecimientos? No, ni una palabra. Simplemente se dice: "Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente" (Mateo 8: 1), y luego tenemos la curación del leproso. No hay nada que demuestre que el leproso vino en ese momento en particular. Todo lo que se dice es: "Y he aquí vino un leproso", etcétera, — siendo "he aquí" una forma de expresión veterotestamentaria. No se nos dice aquí si la curación del leproso tuvo lugar antes de que Él bajara o después. De la lectura de Marcos inferimos que el sermón del monte fue pronunciado mucho después, y que la sanación de la suegra de Pedro tuvo lugar antes que la curación del leproso.

 

Preguntemos, ¿por qué no habría sido adecuado a este Evangelio de Mateo colocar primero la sanación de la suegra de Pedro, luego la del leproso y por último la del centurión?, — pues ustedes encontrarán que en el orden de tiempo esta fue realmente la sucesión de los hechos. El centurión vino a Él después de que el sermón hubo finalizado, y Cristo estaba en Capernaúm; el leproso había sido curado en un momento considerablemente anterior, y la suegra de Simón aún antes.

 

Pero, ¿cuál es la gran verdad que enseñan estos hechos tal y como están dispuestos en el Evangelio de Mateo? El Señor se encuentra con un leproso. Ustedes saben qué cosa repugnante era la lepra. De manera notoria, la lepra no sólo era agraviante, sino que no tenía remedio, en lo que respecta al hombre. Es cierto que en Levítico tenemos ceremonias para la limpieza de un leproso, pero, ¿quién podría dar una ceremonia para la curación de un leproso? ¿Quién puede quitar esa enfermedad una vez que ha infectado a un hombre? Lucas, el médico amado, nos da la noticia de que dicho hombre estaba "lleno de lepra" (Lucas 5: 12); los otros evangelistas no afirman nada más que el simple hecho de que él era un leproso. Esto era suficiente. Porque para los judíos el asunto era si había lepra en absoluto: si era así, ellos no pudieron tener nada que decirle hasta que él fue curado y limpiado. El Espíritu de Dios utiliza la lepra como tipo del pecado, en toda la repugnancia que produce. El paralítico saca a relucir el pensamiento de impotencia. Ambas cosas son ciertas acerca del pecador. Él no tiene fuerza y es inmundo en la presencia de Dios. Jesús sana al leproso. Esto ilustra al instante el poder de Jehová-Jesús en la tierra, y más que eso; porque ello no fue simplemente un asunto acerca de Su poder sino de Su gracia, Su amor, Su voluntad de extender todo Su poder a favor de Su pueblo. Porque todo el pueblo de Israel era como ese leproso. El profeta Isaías lo había dicho mucho antes; y ellos no estaban mejor ahora. El Señor repite la frase de Isaías 6: 10, "Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos", etcétera, y este leproso era un tipo de la condición moral de Israel en presencia del Mesías. Pero, sean ellos pocos o muchos, basta con que ellos se presenten en toda su vileza ante el Mesías y, ¿cómo los trataría el Mesías? El Mesías está allí. Él tiene el poder, pero el leproso no está seguro acerca de Su voluntad. Él leproso dice, "Señor, si quieres, puedes limpiarme". (Mateo 8: 2). Nosotros podemos recordar la angustia del rey de Israel en los días de Eliseo cuando el rey de Siria le envió a Naamán para que él pudiese ser curado de su lepra: podemos recordar de qué manera, cuando el rey de Israel leyó la carta, "rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra?". (2º Reyes 5: 7). Sólo Dios podía hacerlo: todo judío sabía esto; y esto es lo que el Espíritu Santo desea mostrar. Nosotros hemos tenido el testimonio de que Jesús era un hombre, y aun así Él era Jehová, — Aquel que puede salvar a Su pueblo de sus pecados. Pero aquí sale a la luz Su presentación a Israel en casos particulares, en los que el Espíritu Santo, en lugar de dar un mero esquema general e histórico como en el capítulo 4, selecciona casos especiales con el propósito de ilustrar la relación del Señor con Israel, y los efectos manifiestos de ello. El leproso es el primer caso en el que tenemos, por así decirlo, el microscopio aplicado por el Espíritu de Dios para que podamos ver claramente la manera en que el Señor se comportó para con Israel; cuál debiese haber sido el lugar de Israel; y cuál fue la verdadera conducta de ellos. Al instante, cuando el leproso reconoce Su poder y confiesa Su persona: "Señor, si quieres, puedes limpiarme"; cuando se trató simplemente de un asunto acerca de Su voluntad y de Sus afectos, inmediatamente llega la respuesta del amor divino, así como el poder: "Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció". Él extendió su mano y lo tocó. No sólo Él era Dios, sino Dios manifestado en carne, — Uno que entró de lleno en la ansiedad del pobre leproso, y que sin embargo demostró ser superior a la ley. Su toque, — era el de Jehová. ¡El toque de Dios! La ley sólo podía poner al leproso a distancia; pero si Dios da una ley, Él es superior en gracia a la ley que Él da. El corazón de este leproso temblaba, temeroso de que el bendito Señor no quisiera bendecirlo; pero Él extiende Su mano, lo toca: ningún otro lo haría. El toque del Señor, en lugar de contraer Él mismo la contaminación, relega la contaminación del leproso. Inmediatamente él queda limpio. Jesús le dice entonces: "Mira, no lo digas a nadie, sino vé, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que mandó Moisés, para que les conste". (Mateo 8: 4 – VM). No hubo ningún deseo de que él publicara lo que Jesús era: Dios podría contar Sus obras. Él dice, "Mira, no lo digas a nadie; sino vé, muéstrate al sacerdote", etcétera. Nada podía ser más bienaventurado. Aún no era momento de dejar de lado la ley. Jesús espera. La cruz debía entrar antes de que la ley pudiera ser dejada de lado de alguna forma. Nosotros somos libertados de la ley por la muerte y resurrección de Jesús. Esta es la gran doctrina de la epístola a los Romanos, — a saber, que nosotros estamos muertos a la ley, obviamente en Su muerte, para que seamos "de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios". (Romanos 7: 4). Hasta la resurrección de Cristo de los muertos existe el más cuidadoso hecho de guardar la ley. Después de la resurrección los santos pasaron a otra relación con Aquel que fue resucitado de los muertos. Nosotros encontramos aquí que hubo un esmerado mantenimiento de las demandas de la ley de Dios; y ello fue siempre así hasta la cruz. Por eso Él dice: "Vé, muéstrate al sacerdote". Asimismo, si el hombre hubiera ido a contárselo a todos en vez de al sacerdote, el gran enemigo podría haber encontrado medios para tergiversar la obra, para negar el milagro, para intentar y dejar entrever que él no era el hombre que había sido leproso. ¡Vaya! ¿acaso era el deseo del corazón del hombre demostrar que Jesús no había realizado un milagro tal? Pero Jesús dice: "Vé, muéstrate al sacerdote". ¿Por qué? Porque el propio sacerdote sería el auténtico testigo de que Jesús era Jehová. El sacerdote que sabía que el hombre era leproso anteriormente, que lo había declarado inmundo, que lo había puesto fuera, vería ahora que el hombre estaba curado. ¿Quién lo había hecho? Nadie más que Dios podía curar al leproso. Entonces, Jesús era Dios; Jesús era Jehová; el Dios de Israel estaba en la tierra. La boca del sacerdote se vería obligada a confesar la gloria de la persona de Cristo. "Presenta la ofrenda que mandó Moisés, para que les conste". (Mateo 8: 4 – VM). Preguntemos, ¿Cuándo había sido ofrecida esa ofrenda? Ellos no tenían poder para curar al leproso y, por tanto, no podían ofrecer la ofrenda. De modo que Jesús se había sometido a las obligaciones de la ley, y aun así Él había hecho lo que era imposible para la ley, por cuanto ella era débil por causa de la carne. Pero aquí estaba Uno que era Dios, — habiendo Dios enviado a Su Hijo "en semejanza de carne de pecado". (Romanos 8: 3). Dios mismo, y el propio Hijo de Dios también, estaba aquí realizando esta poderosa obra que demostraba Su dignidad, y Él hizo que el propio sacerdote fuera testigo de ello.

 

Pero ahora vamos a oír una historia diferente; Jesús entra en Capernaúm. No se nos dice cuándo. Ello no tenía ninguna relación con la historia del leproso; pero el Espíritu Santo las reúne porque Él introduce a los gentiles. Nosotros hemos tenido al judío presentado en la historia del leproso y la ofrenda que Moisés ordenó dar como testimonio a Israel. Pero ahora hay un centurión que viene y habla acerca de su siervo; y esto introduce una forma del todo nueva de confesar al Señor. Aquí no hay toque, — ninguna conexión con Cristo según la carne. De ahí que ello sea más bien la forma en que el gentil conoce a Cristo. El judío esperaba un Cristo que extendiera Su mano,— un Salvador presente entre ellos de manera personal, — introduciendo este poder divino y sanándolos: tal como la Escritura había dicho: "Yo soy Jehová tu sanador". (Éxodo 15: 26). Y aquí estaba Él; pero ellos no Le conocieron así. Y el siguiente testigo que lo tenemos reunido en Mateo pero en ninguna otra parte, es el centurión; porque Dios mostraría que los hijos naturales de Abraham, Isaac y Jacob iban a ser cortados. Ellos no Le adorarían como lo hizo el pobre leproso. El testimonio del sacerdote sería ignorado. Ellos se oponen cada vez más a Sus reivindicaciones. Dios dice, por así decirlo, «Si ustedes los judíos no quieren recibir a mi Hijo, Yo enviaré un testimonio a los gentiles, y los gentiles oirán». Tras el rechazo de Jesús por parte de los judíos, tras el rechazo de Israel a Aquel que había demostrado ser Jehová-Dios al perdonar todas sus iniquidades y sanar todas sus enfermedades, ¿qué sigue entonces? La puerta de la fe es abierta a los gentiles.

 

Tenemos así la historia del centurión, historia que está sacada de su lugar y colocada aquí a propósito. E incluso en los detalles de la historia hay diferencias muy perceptibles. Ustedes no tienen a los ancianos de los judíos en conexión con el centurión. Esto es omitido en Mateo, pero es insertado en Lucas. (Lucas 7: 1-10). De este modo, mientras el Evangelio de Mateo presenta todo lo que podría ser calculado para atender la conciencia de Israel, dicho evangelio se abstiene de presentar aquello de lo que ellos podrían haberse enorgullecido. Estuvo bien que los gentiles se enteraran acerca de los enviados de este buen hombre. Él era como si el gentil pusiera su mano sobre el manto del que era judío, ocupando su lugar detrás de Israel. Pero su fe trasciende esto; pues encontramos que él viene y suplica al Señor y saca a relucir su propia fe personal de la manera más bienaventurada. Cuando Jesús le dice: "Yo iré y le sanaré", enseguida se manifiesta su corazón. Él responde: "Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo". Porque así como Él, el centurión podía decir a uno: "Vé, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace", ¿cuánto más podía el Señor decir solamente "la palabra, y mi criado sanará"? Jesús tenía, en efecto, autoridad sobre todas las enfermedades; pero, ¿se trató simplemente de un asunto acerca de poner Él Su mano sobre el leproso? En absoluto. Él sólo tenía que pronunciar la palabra, y se hacía. El centurión asume la imponente verdad de que Jesús era Dios (no sólo Mesías), y por lo tanto con plena capacidad para sanar. En resumen, él Le considera de una manera aún más superior, no como alguien cuya presencia debía estar conectada con el ejercicio del poder, sino como alguien que sólo tenía que pronunciar la palabra, y se hacía. Esto introduce el carácter de la palabra de Dios, y la ausencia de Jesús de aquellos que ahora se benefician por medio de Su gracia.

 

Esa es nuestra posición. Jesús está lejos y Él no es visto. Nosotros oímos Su palabra, nos aferramos a ella y somos salvos. Esta es la hermosa manera en que nos es presentado aquí el talante diferente del Señor para con el judío y para con el gentil; pero nosotros nos enteramos, además, que la bendición sería rechazada por Israel, y que los gentiles se convertirían en los objetos de misericordia, tal como se dice aquí: "De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos" (versículos 10, 11), es decir, vendrán muchos gentiles. Pero esto no es todo: "Mas los hijos del reino", — los hijos naturales que eran el linaje, pero no los verdaderos hijos según la fe de Abraham, éstos deben ser "echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes". Rechazando a su Mesías los judíos iban a ser rechazados como nación. Sólo habría una línea de creyentes; pero la masa de Israel habría de ser rechazada hasta que la plenitud de los gentiles haya entrado.

 

Por tanto, nosotros tenemos aquí una maravillosa perspectiva de nuestro Señor de acuerdo con el tenor general del Evangelio de Mateo. Tenemos al propio Jesús demostrando que Él es Jehová-Jesús, dispuesto a sanar dondequiera que hubiera fe, — pero, ¿dónde la había? El leproso podría representar el remanente piadoso; pero en cuanto a la masa de Israel nosotros tenemos la condena de ellos pronunciada aquí, y en el incidente mismo que demuestra que la gracia de Dios que Israel rechazó se encauzaría más entre los gentiles, los cuales participarían de las misericordias que los judíos rechazaron. Esto es justamente lo que aquí es unido en estos dos relatos. Jesús da pruebas a Israel de que Él era un Mesías divino. Si ellos Le despreciaban, los gentiles lo escucharían. Pero, por otra parte, hay otra cosa de gran importancia y que muestra el motivo por el cual la sanación de la suegra de Pedro es reservada en este Evangelio hasta después de estos acontecimientos, aunque Marcos la presenta antes. Marcos proporciona la historia del ministerio de Cristo tal como ocurrió. Surge la pregunta, ¿Por qué Mateo no hace lo mismo? La respuesta es que la sabiduría divina está impresa en esto, como en todo en la palabra de Dios. Yo creo que ello es reservado por Mateo para este lugar debido a que Israel podría tener la idea de que cuando la misericordia de Dios fluyera hacia los gentiles, Su corazón podría apartarse de ellos. La niña no estaba muerta, sino dormida: este es el estado de Israel ahora. Y tan ciertamente como el Señor la resucitó, así también Él despertará en un día futuro a la dormida hija de Sión. (Véase Mateo 9: 18-26). Nosotros tenemos una mejor bendición y una mayor gloria ahora. Pero para la palabra de Dios es necesario que Israel también sea bendecido; porque si Dios pudiera quebrantar Su palabra a Israel, ¿podríamos nosotros mismos confiar en ella? Ahora bien, Dios prometió positivamente la eventual gloria final de Israel en la tierra. Lo único que es necesario es que no confundamos estas cosas; que no seamos ignorantes ni en cuanto a la Escritura ni en cuanto al poder de Dios.

 

En este caso tenemos un incidente traído ante nosotros que demuestra que Su corazón no podía sino quedarse con Israel (aunque el Señor conocía la incredulidad de Israel y la predijo; y aunque Él también sabía que los gentiles iban a entrar ahora por medio de la fe). Por lo tanto, como yo creo, el Espíritu Santo, para ilustrar esto, introduce aquí la sanación de la suegra de Pedro. Entonces, de este tercer incidente, la sanación de la suegra de Pedro, creo que podemos inferir que fue a causa de Pedro, cualesquiera que puedan haber sido los otros motivos. Se trata de una relación natural, y ustedes encontrarán que el gran escenario para esto es Israel. Pedro fue el apóstol de la circuncisión; de modo que no me cabe duda de que uno de los motivos por los que este acontecimiento está presentado aquí es para mostrar que la incredulidad de Israel no alejaría finalmente el corazón del Señor. Allí estaba Él, todavía sanando todas sus enfermedades, como lo atestiguaba incluso la multitud alrededor de la puerta, "para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias". (Véase Isaías 53). Cuando el Señor realizaba un milagro, Él entraba en espíritu en las circunstancias de aquel a quien Él aliviaba. Si el milagro sacaba a relucir Su divino poder, también estaba la divina compasión que entraba en la profundidad de la necesidad que Él aliviaba.

 

Después de esto tenemos al Señor preparándose para ir a la otra orilla del mar de Galilea. Pero esto brinda la ocasión para que ciertas personas sean sacadas a relucir en sus verdaderos caracteres y modos de obrar, y para que el Señor manifieste el Suyo. Ahora bien, ¿cuándo ocurrió esto? Esto saca a relucir un rasgo muy peculiar del Evangelio de Mateo, y muestra cuán completamente el Espíritu Santo estaba por encima de la mera rutina de fechas. Consideren ustedes el Evangelio de Lucas y encontrarán que la conversación con estos hombres, que está registrada aquí, tuvo lugar después de la transfiguración. En Lucas 9 se nos dice que después de la transfiguración el Señor se propuso ir a Jerusalén; y luego, en el versículo 57 del mismo capítulo se dice: "Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré adondequiera que vayas. Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre". (Lucas 9: 57-62). Ahora bien, ¿soy yo muy osado al pensar que este fue el mismo incidente que tenemos registrado en Mateo? No es probable que nuestro Señor hiciera repetir las mismas cosas en momentos diferentes; ni tampoco podríamos concebir que dos personas distintas se copiaran la una a la otra con tanta exactitud. Pero, si ello es así, presten ustedes atención a su importancia. Ello tuvo lugar mucho tiempo después y sin embargo Mateo lo sitúa aquí. ¿Por qué? Porque ilustra esto, — a saber, que mientras el Señor tenía todo este amor en Su corazón hacia Israel, a pesar de la incredulidad de ellos, no había ningún corazón en Israel hacia Él. ¿Cuál era Su condición ahora? Él no tenía ni siquiera dónde recostar Su cabeza. Qué cosa fue para el Mesías de Israel tener que decir, cuando un hombre se ofreció a seguirle, "Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza".

 

Esta es la primera vez que Él utiliza la expresión, "Hijo del Hombre". Ya no es más, "Hijo de David". "Hijo del Hombre" es el título de Cristo como rechazado o glorificado. No hay duda de cuál de los dos era aquí. Incluso Su propio pueblo no Le recibirá. Y Él se marcha a la otra orilla, — Él debe dejarlos. Él lo ha hecho ahora, como sabemos. Pero este hombre  propone seguirle. El Señor sabía todo lo que había en su corazón, — a saber, un simple judío carnal que pensaba que siguiendo a Jesús conseguiría un buen lugar con el Mesías. El Señor le dice que no tenía ningún lugar para darle. No había ni siquiera un nido para el Mesías. ¿Qué iba la carne a encontrar allí ofreciéndose a seguir a Cristo? El Señor desvela el corazón del hombre, muestra su propio engaño al buscar algo para sí mismo mientras que Él mismo no tenía ni siquiera un lugar que pudiera poseer la criatura más inferior y más traviesa que Él había hecho. ¿No tenían las zorras sus guaridas, y las aves del cielo sus nidos? Pero el Hijo del Hombre no tenía ni siquiera dónde recostar Su cabeza. ¿Cómo podría la carne pretender seguir a nuestro Señor? A un discípulo que dijo: "Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre", el Señor pudo decir: "Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos". (Versículos 21, 22). Presten ustedes atención a la diferencia. Allí donde está el llamamiento de Cristo puede haber gran renuencia, se puede experimentar prueba  y lucha por parte de la naturaleza; y aun así la palabra es: "Sígueme". Cuando ustedes tienen a un hombre completamente carnal en presencia del evangelio, no hay esta reticencia, — nada de esta prueba. Él piensa que todo es hermoso pero el evangelio no toma posesión de su alma; y muy pronto ocurren circunstancias que apartan su corazón hacia otras cosas y al final el hombre se hunde de nuevo a su propio nivel. Pero donde el Señor dice: "Sígueme", cuán a menudo el alma, antes o en ese momento, dice: "Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre". La relación natural tenía una reivindicación muy seria. Su padre yacía muerto: él debía ir a enterrarlo. La gente podría decir: «Un hombre debe hacer que el entierro de su padre sea tan urgente que todo debe dar paso a ello». «No, de ningún modo», dice el Señor, la reivindicación de Cristo debiese ser aún más fuerte. Si el llamamiento de Cristo es oído, incluso cuando el padre yace muerto, esperando la sepultura, nosotros debemos renunciar incluso a esto. El mundo puede decir: «Hay un hombre que habla de Cristo y sin embargo no ama a su padre». Pero nosotros debemos estar preparados para esto: y si no lo estamos es porque aún no comprendemos el valor supremo de nuestro Cristo. Ustedes encontrarán que los lazos naturales y los deberes en este mundo son siempre propensos a interponerse como un obstáculo entre Cristo y el alma. Las reivindicaciones de la naturaleza insisten continuamente sobre uno. Pero no importa si se trata del padre o la madre, o del hermano o la hermana, o del hijo o la hija, cuando el llamamiento de Cristo es claro, asegúrense ustedes de no decir: «Permíteme que primero yo haga tal o cual cosa». La palabra de Jesús es: "Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos".

 

Entonces el Señor se marcha. Le encontramos entrando en una barca y a sus discípulos siguiéndole. E inmediatamente después sigue la historia de la tempestad, y del milagro que Jesús realizó al calmar los vientos y el mar. Ahora bien, ¿cuándo ocurrió esto realmente? Ocurrió al atardecer del día en que fueron pronunciadas las siete parábolas de Mateo 13, antes de la transfiguración, pero mucho después de los demás acontecimientos mencionados en este capítulo. Marcos nos permite saber esto positivamente en el capítulo que registra las parábolas (Marcos 4), — las mismas que son presentadas a nosotros en Mateo 13, con esta adición, "Y con muchas semejantes parábolas les hablaba la palabra, conforme la podían oír; mas sin parábola no les hablaba: y en privado (cuando entraron en la casa, como nos es presentado en Mateo 13), lo explicaba todo a sus propios discípulos. Y aquel mismo día, a la caída de la tarde, les dice: Pasemos a la orilla opuesta". (Marcos 4: 33-35 – VM). Sigue a continuación la misma historia que tenemos aquí en Mateo 8; y después de que ellos llegan a la otra orilla está el hombre con la legión de demonios. No es necesario que haya duda alguna de que se trata de la misma escena, pero sacada a relucir en una conexión totalmente diferente, y que sólo ocurrió un tiempo considerable después de su mención aquí en Mateo.

 

¿Qué se deduce de esto? Se deduce que en Mateo, el Espíritu Santo sólo nos presenta el orden histórico cuando ello coincide con el objetivo especial del Evangelio. Todo esto denota la perfecta sabiduría de Dios: y nadie más que Dios habría pensado en algo semejante. Pero, cuán pocos piensan en ello, o incluso lo entienden ahora. ¿Acaso no muestra esto la lentitud de nuestros corazones para asimilar el significado pleno de la palabra de Dios? ¿Qué está enseñando el Señor en estas dos escenas? Le vemos aquí a solas con Sus discípulos. La parte piadosa de Israel está ahora separada con Él y expuesta a todo lo que los enemigos de Dios podrían hacer contra ellos. Pero ello sólo sirve para disponer el poder del Señor para ellos. Todo se somete a Su mandato. Así es en nuestra propia experiencia. Nunca hay una dificultad, una prueba o una circunstancia dolorosa en la que parezcamos estar completamente abrumados por el poder de Satanás en este mundo, sino que, si nuestra mirada está puesta en Cristo, y acudimos a él, nosotros conoceremos Su poder más verdaderamente ejercido a nuestro favor. Cuando ellos se dan cuenta de a quién tenían en la misma barca con ellos y claman diciendo: "¡Señor, sálvanos, que perecemos!", Él se levanta y reprende al viento y al mar, "Y se hizo grande bonanza". De modo que los mismos hombres de mar "se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?" Los discípulos lo sabían de una manera aún más profunda, pero los demás estaban asombrados.

 

Pero esto no es todo. Ello podría evidenciar lo que es Cristo para los piadosos que estaban con Él. Pero había dos hombres, ciertamente lejos del Mesías pues estaban entre los sepulcros, poseídos por demonios, en extremo violentos, de manera que nadie podía pasar por aquel camino, — justamente el retrato del poder más desaforado de Satanás en el mundo. Uno de ellos, como se nos dice en otra parte, llevaba el nombre de Legión, porque en él habían entrado muchos demonios. (Marcos 5: 9). Ustedes no podrían tener algo peor que esto. El poder de Satanás era más fuerte que todos los grillos de los hombres. (Marcos 5: 4).

 

Pero, el Señor está allí. Los demonios creen, y tiemblan. (Santiago 3: 19). Ellos sintieron Su presencia. Pero aún no había llegado el día para que Satanás fuera despojado de su derecho sobre el mundo. (Véase Lucas 4: 5, 6). Hasta aquel momento, ello fue sólo la demostración del poder para hacerlo: pero el pleno ejercicio de aquel poder estaba reservado para otro día. Yo no dudo de que nuestro evangelista presenta la expulsión de los demonios como testimonio del poder de Cristo para liberar al remanente judío; y por eso el Espíritu Santo nombra solamente aquí a los dos hombres; tal como, por otra parte, el hato de cerdos poseídos parece representar la destrucción de la masa impura de Israel en el día postrero.

 

La historia también saca a la luz esto, — a saber, que Satanás tiene un poder doble, no sólo en los horrendos excesos de aquellos que están completamente bajo su influencia, sino en la tranquila enemistad del corazón que podría llevar a otros a ir a Jesús para suplicarle que se fuera de sus contornos. Qué cosa tan solemne es saber que la influencia secreta de Satanás sobre el corazón, influencia que crea el deseo de librarse de Jesús, es aún más fatal, de manera personal, que cuando Satanás hace que un hombre sea testigo de su terrible poder. Pero así fue en aquel entonces, y así es que los hombres perecen ahora.

 

Esa es la historia de los hombres que desean que Jesús se aleje de ellos. Que el Señor nos conceda ese feliz conocimiento de Él, esa entrada en lo que Él es para nosotros ahora, que brindan al alma la calma y el descanso en Su amor, y la certeza de Su presencia con los que pertenecen a Él: "He aquí que estoy yo con vosotros siempre, hasta la consumación del siglo". (Mateo 28: 2 – VM). Que nosotros sepamos lo que es aceptar que Jesús cuide de nosotros, y produzca una gran calma, cualquiera que sea el efecto de la agitación del poder de Satanás contra nosotros. Que el Señor nos conceda mirar a Jesús. Si ello es desde nuestro primer conocimiento del pecado hasta nuestra última prueba en este mundo, todo es un asunto acerca de si yo confío en mí mismo o en el Señor.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

Mateo 9

 

Todo aquel que  examina atentamente este capítulo con el capítulo que sigue, difícilmente puede dejar de ver que la pausa adecuada está al final del versículo 35, formando propiamente los últimos tres versículos la introducción al capítulo 10. Lo que tenemos en el capítulo 9, hasta donde yo he entendido, es el efecto de la presencia de Jesús sobre los líderes religiosos de Israel: y yo creo que éste es el gran tema. El capítulo 8 nos presentó el esbozo de la presencia del Señor en Israel y sus resultados. Es decir, fue un retrato general y, por tanto, nosotros vimos que el Espíritu Santo desatiende por completo el mero orden histórico, juntando pasajes de la vida de Cristo que estaban separados, de hecho, por meses o incluso un año. No hay aquí el menor intento por parte del Espíritu de Dios de presentarlos tal como sucedieron; sino que, por el contrario, el Espíritu Santo muestra incesante y vivo interés y solicitud por seleccionar de diferentes tiempos y lugares ciertos hechos imponentes que ilustran la presencia del Mesías en medio de Su pueblo, Su rechazo por parte de Israel y cuáles serían los resultados de este rechazo. Lo que nosotros vimos fue que, en primer lugar, se demostró que Él era Dios, el Dios de Israel, — Jehová: — para quien la limpieza de la lepra era simplemente asunto de Su voluntad; pues incluso el leproso no dudó de Su poder. "Si quieres, puedes limpiarme". Nadie más que Dios podía hacer esto. Ahora bien, nadie tenía un sentimiento tan fuerte acerca de este repugnante mal como un judío porque Dios mismo había establecido tan cuidadosamente la naturaleza y la prueba de la lepra en Su ley. Pues ello era un asunto de impureza sin remedio, — la solemne lección enfática de lo horrible que es el pecado en sus efectos y en sí mismo. Dios puede sanar y Dios puede limpiar: nadie más puede hacerlo. No se trató exactamente de perdonar, sino de limpiar y quitar la contaminación. El Espíritu de Dios reservó el asunto del perdón (que está relacionado con los derechos de Dios y con Su carácter judicial, así como la limpieza de la lepra está más particularmente relacionada con Su santidad) hasta el capítulo que vamos a considerar ahora. En el primero de estos capítulos (Mateo 8) estuvo el amplio rasgo distintivo de que el Mesías estaba allí, — Dios mismo en gracia, y no actuando según la ley, la cual habría desterrado al leproso fuera de la morada y del pueblo y de Su propia presencia. Es un hecho muy maravilloso darse cuenta en la tierra y en Israel de que una persona estaba allí que era ¡tan claramente Dios en Su poder como Dios en Su amor! La ley establecía meramente lo que era correcto pero no podía dar ningún poder y sólo condenaba a los injustos. Ella debía exponer los motivos por los que un pecador no tiene esperanza sólo porque es la ley de Dios, pues la ley nunca puede mezclarse con el pecado. Pero aquí estaba Uno que había dado la ley y sin embargo estaba por encima de la ley. De hecho, es evidente que a menos que haya algún principio en Dios superior a la ley, no puede haber rescate para el culpable. Pero ese principio es la gracia. Y aquí estaba Uno que mostraba en Sus actos y palabras que Él no era en nada más manifiestamente Dios que en la plenitud de Su gracia. É tocó al leproso y le dijo: "Quiero; sé limpio". El estado de este hombre era justamente el retrato de la verdadera condición de Israel; y lo que el Señor hizo por el leproso solitario Él estaba igualmente dispuesto a hacerlo por toda la nación; pero, "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron". (Juan 1: 11). ¿Estaría entonces Dios confuso en Su amor? Si el judío Le rechazaba, entonces, ¿qué acerca del gentil? Ellos debían oír; y por eso tenemos inmediatamente después al centurión y a su siervo. Pero yo no repetiré los hechos del capítulo 8. En el capítulo que está ante nosotros tenemos ahora, no el retrato general de la presencia de Dios y sus resultados en Israel, sino Su incidencia especial sobre los líderes religiosos del pueblo.

 

Comenzamos de nuevo con el Señor presentando un caso notable de sanidad; no el caso obvio de la lepra, caso que debería haber impactado a cualquier judío, sino otro igualmente ilustrativo. "Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a su ciudad" (versículo 1), — es decir, Capernaúm. Por tanto, nosotros estamos ahora en un terreno más estrecho. Capernaúm era el lugar donde el Señor vivía y realizaba Sus milagros más poderosos y que, por ese mismo motivo es después objeto del más temible ¡Ay! que Él pudo pronunciar. Este es un principio muy solemne. Cuando llegue el día del Señor el golpe más fuerte del juicio no caerá sobre las partes oscuras de la tierra sino sobre las favorecidas, allí donde ha habido más luz, pero, lamentablemente, más infidelidad. Por mi parte, no dudo que nuestra propia tierra (Inglaterra) deba sufrir en una medida especial; pero, sobre todo, Jerusalén, y también Roma, lugar este último al que fue escrita la más notable de todas las epístolas, sentando las bases del cristianismo, pero donde ha habido la desviación mayor. Ellos caerán bajo el juicio de Dios de la manera más enfática, no sólo religiosa sino civilmente. Independientemente de quién reine, gobierne, o de quién sea derrocado, este debe ser el caso donde, a pesar de los favores especiales de Dios y la luz de Su palabra difundida, las personas han permanecido infieles, e incluso se han vuelto más laxas y supersticiosas o escépticas. El Señor quitará a los que son Suyos antes del juicio, y el resto permanecerá para padecer Su justa retribución. "Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre". (Mateo 24: 37).

 

En esta escena el Señor muestra la necesidad moral de un juicio tal. Y esa necesidad no era sólo en la tierra de los gadarenos o en Nazaret. Pero tomen ustedes a las personas que debiesen haber conocido las Escrituras más que los demás, cuya profesión misma era conocerlas y enseñarlas, — ¿cómo estimaban ellos a Jesús? Esto es lo que sale a la luz en nuestro capítulo. Leemos, "Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo", — una palabra muy bienaventurada que respondía a todo el caso del hombre; una palabra para tocar sus afectos y para alcanzar su conciencia. "Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados". Hubo consuelo tanto para su corazón como para su conciencia. Sus pecados debiesen haber pesado más sobre su corazón que la parálisis sobre su cuerpo; pero esta palabra cubrió toda su necesidad. "Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este blasfema". (Versículo 3). En este capítulo no vemos al escriba en su vana confianza carnal profesando honrar a Jesús; sino a los escribas juzgándole y condenándole. Ellos opinan que Jesús estaba blasfemando cuando dijo: "Tus pecados te son perdonados". Terrible engaño del malvado corazón del hombre. "¡Este blasfema!" Y no eran personas ignorantes estas que decían en su interior, ¡"Este blasfema"! "Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?"  Y ahora Él saca a relucir una palabra que debiese haber tenido un efecto inmediato en los escribas, los cuales estaban familiarizados con las Escrituras, donde se decía del Dios de Israel: "Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias", y de lo cual ellos tenían ahora una ejemplificación ante sus ojos. (Salmo 103: 3).

 

Esta no es la experiencia de un santo ahora aunque podemos asumirla de un sentido muy bienaventurado. Pero preguntamos, ¿podemos decir nosotros que, "Quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias", es la manera en que el Señor trata ahora con los cristianos? Allí donde Él perdona las iniquidades de una persona surge la pregunta, ¿sana necesariamente todas sus dolencias? Mientras que aquí es evidente que el Señor contempló la unión de la sanación de las dolencias corporales con el perdón de los pecados en las mismas personas y al mismo tiempo. ¿Cuándo será esto? Cuando Dios tome en Sus manos el gobierno del mundo. Cuando Aquel que fue crucificado será glorificado, — no sólo en el cielo, sino también aquí abajo; y cuando llegue aquel día, el mundo exterior, el cuerpo del hombre, y particularmente Israel el pueblo de Dios, sentirán el efecto inmediato. Si bien nosotros podemos tomar el espíritu de los Salmos, en la medida en que ellos son aplicables a nuestra condición actual, no olvidemos que hay mucho en los Salmos que no es aplicable a nosotros mismos.

 

El perdón de iniquidades y la sanación de dolencias corporales fueron ambos prometidos a Israel y así el Señor cumple ambos aquí. Ello muestra que en Su persona y por medio de Su ministerio ahora en medio de Israel estaba el testimonio del poder para hacer ambas cosas. Para que ellos supieran que el Hijo del Hombre tenía "potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa. Entonces él se levantó y se fue a su casa". Hubo allí una demostración de la realidad del perdón en el hecho de que la dolencia fue sanada ante los ojos de ellos. La unión de estas dos cosas debiese haber impactado fuertemente a un escriba. En este milagro nosotros tenemos el testimonio más poderoso de lo que era la gloria de Su persona.

 

Esta fue, entonces, la respuesta del Señor a la blasfemia de los escribas que le acusaban de blasfemia. "Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que había dado tal potestad a los hombres". (Versículo 8). Lamentablemente ellos no supieron que se trataba del  poder de Dios ejercido por Uno que era Dios mismo. Ellos vieron que Él era el vaso del poder de Dios, y esto fue todo. Un hombre podría ser esto y no ser Dios. Él podía complacerse en obrar milagros incluso por medio de un hombre malo. De modo que mientras ellos daban gloria a Dios que había dado tal poder a un hombre, no había una fe real en la persona de Cristo. Pero el gran objetivo del milagro es sacar a la luz el verdadero estado del corazón de los jefes eclesiásticos del pueblo. Un juicio solemne para aplicar en cualquier momento comienza a clarear con este capítulo; y antes de que hayamos terminado con él encontraremos que el caso está cerrado en lo que a ellos respecta. Jehová-Jesús era intolerable para Israel; pero, sobre todo, para aquellos que tenían la más alta reputación de aprendizaje y santidad.

 

El Señor pasa de esta escena y ve a "un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió". Si nosotros comparamos los Evangelios de Marcos y Lucas encontramos que tanto el caso del paralítico como el llamamiento de Leví tuvieron lugar mucho antes de muchas de las circunstancias que ya hemos tenido; pero ellas han sido reservadas para dos propósitos especiales en el relato de Mateo. Son presentadas al comienzo de Marcos 2 tal como sucedieron en orden de tiempo; pero el Espíritu de Dios, en Mateo, los coloca fuera de ese orden con el propósito de presentar grandes retratos, según un tipo dispensacional, de la presencia de nuestro Señor en la tierra y sus consecuencias para Israel; y son agrupados todos los hechos que guardan relación con la ceguera de ellos durante un tiempo y su futura restauración.

 

Nosotros vemos aquí el efecto de Su presencia en los guías religiosos. El llamamiento de Mateo fue uno muy significativo. El Espíritu de Dios le llevó a dar su nombre aquí, — el nombre por el que luego fue conocido tanto en la tierra como en el cielo. Consecuentemente, Mateo muestra la gracia del Señor a pesar de la animosidad de aquellos escribas contra Él, y la forma que tomó Su gracia como consecuencia de la incredulidad de ellos. Él sale y llama a Mateo cuando estaba sentado al banco de los tributos públicos. Otras personas habían traído al paralítico, pero no parece que Mateo haya manifestado fe ante la convocación de Jesús. No fue Mateo quien buscó a Jesús, sino que fue Jesús quien llamó a Mateo que estaba ocupado por el impuesto del que era recaudador autorizado. Los publicanos estaban siempre clasificados con los pecadores y el Señor va y llama al publicano Mateo mientras estaba en el desempeño de su oficio, sentado al banco de los tributos públicos. Obediente al llamamiento del Mesías, Mateo no sólo Le sigue de inmediato sino que invita a Jesús a sentarse a la mesa en la casa. Y "he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos. Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?" Ello era una clara subversión de todo decoro y orden a los ojos de un judío. Sentarse a comer sin el menor sentimiento de desprecio hacia estos publicanos y pecadores era realmente extraño a los ojos de los fariseos. ¿Qué estaba haciendo el Señor? Él estaba exhibiendo cada vez más la gracia de Dios, — razón de más para que se desatara la incredulidad de las personas meramente religiosas exteriormente: pues las personas pueden tener pensamientos acerca de Dios pero no fundamentados en Su palabra, y siempre pueden ser muy sinceras en sus propios pensamiento y corazones pero sin tener ni fe ni luz de Dios. Por una parte estos hombres demostraron su total incredulidad en Jesús y en Su gloria; pero, por otra parte, Dios, en la persona de Jesús, fue más lejos en Su gracia y más en contra de los pensamientos de estas personas religiosas de Israel. Él llama a Mateo y come con estos publicanos y pecadores; y cuando los fariseos critican a los discípulos, el Señor presenta inmediatamente esa bienaventurada palabra del Antiguo Testamento, "Misericordia quiero, y no sacrificio" (Oseas 6: 6), — porque "no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento". (Mateo 9: 13). Él reivindica este llamamiento y lo mantiene, no como un caso excepcional, sino como un principio.

 

Ello era lo que Dios había bajado a hacer realidad en la tierra. Ahora no era la ley, sino la gracia. Esto da lugar a algo más y aquí es traída ante nosotros una palabra muy instructiva del Señor. Los discípulos fueron criticados porque no ayunaban como los discípulos de Juan y los fariseos. Y el Señor presenta este motivo para ello y leemos, "¿Cómo pueden los compañeros del novio tener luto mientras el esposo está con ellos?" (Mateo 9: 15 - VM). Es decir, Él muestra lo absurdo del ayuno cuando la fuente de todo el gozo de ellos estaba allí. ¡Cuán absolutamente contrario a la fe de ellos en Él, el Mesías, someterse a esta señal de tristeza y humillación en presencia del manantial de todo el gozo y alegría de ellos! Pero había que aprender algo más profundo. No sólo estaba la presencia de Uno que los discípulos entendían y que los demás no, sino que el Señor muestra que ustedes no pueden mezclar las prescripciones que emanan de la ley con los principios y el poder de la gracia divina (un principio muy importante y el principio mismo que la cristiandad ha destruido de manera práctica). Pues preguntémonos, ¿qué es lo que ha ocasionado el estado actual de la cristiandad? Cristianismo es el sistema de gracia en Cristo mantenido en santidad por el Espíritu Santo entre aquellos que creen. Cristiandad es la casa grande de la profesión donde hay vasos inmundos mezclados con los que son para honra, donde abundan y reinan principios que nunca procedieron de Cristo, y que son adoptados, algunos de ellos del judaísmo, otros de la agudeza propia de las personas, sin respetar la Biblia. Pero lo que el Señor muestra es que incluso si ustedes toman lo que Dios una vez aprobó bajo la ley, ello no servirá ahora. El mismo Dios que probó a Israel por medio de la ley ha enviado el evangelio; y es el evangelio lo que Él está enviando ahora y no la ley. Es la gracia con lo que nosotros tenemos que ver. Es con Cristo resucitado y en el cielo con quien yo estoy en relación y no con la ley. Si soy un cristiano, yo estoy muerto a la ley. (Romanos 7: 4). La cristiandad ha olvidado y se ha apartado de eso; y, argumentando desde la premisa de que la ley es buena, y el evangelio también, ellos preguntan: «¿No será mucho más seguro juntar las dos cosas?» El resultado es que lo que nuestro Señor dijo que no debía hacerse, los hombres han aspirado a ello con la mayor diligencia. Han tratado de echar vino nuevo en odres viejos, es decir, poner la gracia que produce gozo en los recipientes de principios legales. El Señor ha introducido vino nuevo y Él quiere odres nuevos.

 

La virtud y el poder internos del cristianismo deben vestirse con sus formas apropiadas. Los vestidos nuevos son la debida manifestación del evangelio, el cual difiere totalmente de los modos de obrar formulados conforme a la ley. El legalismo es el vestido viejo y meramente remendar lo viejo es despreciar la benignidad de Dios. Y después de todo, ello nunca tendrá éxito. El intento sólo empeorará lo viejo. Esto es lo que ha hecho la cristiandad. Ha tratado de remendar el vestido viejo con remiendo de paño nuevo, — ha intentado introducir una cierta medida de moral cristiana en el vestido viejo como una especie de mejora del judaísmo. Surge la pregunta, ¿Y cuál ha sido el resultado? Además, está el vertido de vino nuevo en odres viejos. Hay una cierta medida de la predicación acerca de Cristo, ¡pero está muy relacionada con odres viejos. Estos versículos abarcan tanto el desarrollo exterior como el poder interior, y muestran que el cristianismo es algo completamente nuevo, y que no puede ser mezclado con la ley. Si ustedes encuentran un hombre que piensa que tiene alguna justicia propia, ustedes pueden ponerlo en su lugar por medio de la ley. Este es el uso legítimo de la ley. Él es realmente impío y ustedes usan la ley para demostrar que él lo es. Pero, en el cristiano tenemos a uno que es piadoso; y la ley, como insiste expresamente Pablo, no es para él. No debo poner el vino nuevo en odres viejos, ni lo viejo en lo nuevo. Esto lleva al Señor a sacar a relucir toda la novedad de la conducta y de los principios que emanan de Él mismo y de Su gracia. Y todo esto se oponía firmemente a los pensamientos y prejuicios de los escribas y fariseos que vinieron después con sus preguntas acerca de los ayunos. No es que el ayunar no sea un deber cristiano (ya consideramos esto en el capítulo 6); pero, por otra parte, dicho ayuno debe ser según los principios cristianos y no según los judíos.

 

Llegamos ahora a un incidente del más profundo interés. Un hombre principal de la sinagoga manda llamar a nuestro Señor para que sane a su hija, y luego él viene a adorarle, diciendo, "Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá. Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos". (Versículos 18, 19). Eso fue exactamente una ilustración de la actitud del Señor hacia Israel. Él estaba allí con la vida en Sí mismo. Israel era como la niña que Le necesitaba; ella no tenía vida en sí misma: tal era la condición de Israel. Pero el Señor es movido de inmediato a actuar y acude a la llamada del hombre principal. Él reconoce la solicitud de la fe, por muy débil que ella sea. El centurión sabía que una palabra sería suficiente; pero este gobernante judío, con el pensamiento natural de un judío, quiere que el Señor vaya a su casa y ponga Su mano sobre su hija para que ella pudiese vivir. Él relacionó la presencia personal del Señor con la bendición que iba a ser conferida a su hija enferma; mientras que nosotros, los gentiles, andamos por fe y no por vista. Creemos y amamos a Uno que no vemos. Los judíos buscan a Uno que verán; y Le tendrán de esta manera. Como Tomás, a quien después de ocho días se le permitió ver al Señor y se le pidió que metiera la mano en Su costado, y viera en Sus manos la señal de los clavos, así será con Israel. "Mirarán a mí, a quien traspasaron". (Zacarías 12: 10). Mientras que nosotros creemos en Aquel a quien no hemos mirado. De modo que nuestra posición es totalmente diferente a la de Israel.

 

Ahora bien, en este caso el Señor oye la llamada y va inmediatamente a resucitar a la hija muerta del hombre principal judío. Pero mientras Él va, una mujer Le toca. Si bien la misión del Señor es a Israel, — y así lo fue, y sólo queda aplazada, — mientras Él está, por así decirlo, de paso, quienquiera que viene, quienquiera que toca, recibe la bendición. Ninguna incredulidad de los escribas, ninguna justicia propia de los fariseos, jamás obstaculizaría o podría obstaculizar al Señor en Su misión de amor. Él estaba a punto de introducir nuevos principios que no se mezclarían con la ley, — una gracia que saldría para todos, y que alcanzaría a lo peor; lo cual es claramente expuesto por esta mujer que viene y Le toca. Pero, en primer lugar, ustedes tienen el compromiso de la resurrección de Israel; pues tenemos la garantía de la palabra de Dios para considerar la condición de Israel como una condición de muerte. Vean, por ejemplo, en Ezequiel 37 donde Israel es comparado con huesos secos. Leemos, "Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. He aquí, ellos dicen: Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza… He aquí yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas… y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra". (Ezequiel 37: 11-14). Entonces, yo creo en este milagro. Ello no sólo representa la conversión de los pecadores muertos, sino la resurrección de Israel como nación. El Señor fue rechazado por el pueblo que tenía la más profunda responsabilidad de recibirle; pero muy ciertamente que así como Él levantó a esa joven mujer del lecho de muerte, ciertamente restaurará a Israel en un día que está por llegar. Pero, mientras tanto, quienquiera que viene recibe la sanidad y la bendición. Así fue con esta pobre mujer. El Señor no sólo le hace ser consciente de que ha sido sanada, sino que le hace saber que Sus afectos estaban completamente con ella. Él le dice, "Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado". De inmediato hubo la palabra de seguridad. El Señor pone Su sello sobre lo que la fe de ella había hecho, aunque ella lo había hecho temblorosamente. [Véase nota 9]. Luego, a su debido tiempo, tenemos la resurrección de Aquel que estaba muerto, en quien no fue una cuestión de fe, sino del poder de Dios y de Su fidelidad a Su promesa.

 

[Nota 9]. Fijémonos en esta confesión pública de Cristo para salvación. En Marcos 5: 30-34 y en Lucas 8: 45-48 vemos cómo el Señor atrae e insta al alma tímida a una confesión pública de la gracia recibida mediante el toque de la fe. Luego siguen las bienaventuradas palabras del Señor de seguridad y de relación: "Hija, ... vé en paz", palabras que la confesión de ella hacen aflorar, para alegría y consuelo duraderos de ella. [Nota del editor del escrito en Inglés].

 

Después de esto (en el versículo 27 de Mateo 9) encontramos que dos ciegos Le siguen: en otro lugar sólo uno de ellos es mencionado; pero creo que aquí ambos son mencionados por el mismo motivo que cuando tuvimos a los dos endemoniados. Ellos dan voces y Le dicen: "¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!". Es la confesión de Cristo como estando relacionado con Israel. Ellos se dirigen a Él como Hijo de David. El Señor les preguntó: "¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor. Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos". (Versículos 28-30). Luego vino el mudo poseído por un demonio: "Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel". (Versículo 33). Yo creo que todo esto es reunido para el mismo propósito. El Señor estaba presentando un tipo tras otro, y promesa tras promesa, para que Israel no fuera olvidado, para que Israel fuera resucitado de la muerte: aunque fueran tan ciegos, ellos verían; aunque fueran tan mudos, ellos hablarían. Que los fariseos y los escribas sean totalmente incrédulos y blasfemos, y que estén dispuestos a apartar a todos de Cristo, — que así fuera ahora; pero la muerte sucumbiría, la ceguera sería quitada, el habla sería dada a Israel, en un día que se avecinaba. La confesión misma de la gente fue que nunca se había visto cosa semejante en Israel.

 

Permitan ustedes que yo repita que al aplicar así estos milagros de nuestro Señor no estoy negando en absoluto la bienaventuranza de cualquier parte de estos para un alma ahora. Pero esto no es motivo para demostrar que el Señor no tiene una visión ulterior que no debiésemos olvidar. "Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios". (Versículo 34). ¿Qué pudo ser peor que esto? ¿No fue ello, en cuanto a principio, una blasfemia contra el Espíritu Santo? Tal es la forma que tomó ese pecado en aquel entonces. Estaba allí el poder del Espíritu Santo que actuaba en Cristo y a través de Él; y ellos atribuyeron este poder a Satanás. No pudo haber nada más categórico que semejante hostilidad. Ellos No podían negar la justicia del hombre, ni los hechos de la energía sobrehumana; pero podían atribuir el poder que estaba enteramente por encima del hombre, no a Dios, sino al adversario; y así lo hicieron. La ruina de ellos fue completa y definitiva. ¡Qué cosa había más terrible! Nada podía convencer a un hombre  donde todas estas evidencias y recursos habían sido prodigados sobre él; y el final de todo fue que no sólo los ignorantes sino los sabios, los religiosos, los fariseos que se enorgullecían de la ley, la parte más selecta a los ojos del hombre de la nación escogida, — incluso ellos dijeron, " Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios".

 

No se necesita nada más. El Señor podía enviar un testimonio a través de otros; pero, en lo que concierne a Su ministerio, este estaba prácticamente terminado. Inmediatamente después él envía a los doce; pero todo se reduce a lo mismo. El Señor es totalmente rechazado, tal como vemos en Mateo 11. Y luego Mateo 12 presenta el pronunciamiento final del juicio sobre esa generación. Ese pecado del que habían sido culpables maduraría hasta convertirse en blasfemia contra el Espíritu Santo, y no podía serles perdonado, ni en este siglo ni en el venidero. La consecuencia es que el Señor se aparta de la raza incrédula e introduce el reino de los cielos, en conexión con el cual nos presenta todas las parábolas en Mateo 13. Él asume el lugar de un sembrador que ya no busca recoger fruto de Israel, y Él mismo aborda la nueva obra en este mundo que estaba a punto de emprender, — obra que todavía lleva a cabo hasta el momento actual, aunque ahora por medio de otros. De modo que la hermosura de toda esta disposición del Evangelio de Mateo no puede ser superada, aunque los otros Evangelios son, para sus propios objetivos, igualmente perfectos. Cada uno de ellos presenta los hechos de la historia de nuestro Señor como para dar una clara visión de la persona o del servicio de Cristo, con los resultados de la exhibición de ellos; y nosotros debiésemos entenderlos todos.

 

Que el Señor conceda que el efecto de considerar estas cosas sea, no sólo que conozcamos las Escrituras, ¡sino que conozcamos mejor a Jesús! Esto es lo que más tenemos que cultivar, — a saber, que podamos entender los modos de obrar de Dios, los maravillosos procederes de Su amor, todos ellos expresados en Jesús.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

Mateo 10

 

Al final del capítulo anterior nuestro Señor, al ver las ovejas perdidas de la casa de Israel, habla de ellas con profunda compasión como ovejas sin pastor. Había salido a relucir lo que los fariseos eran realmente: nada más de lo que Él conocía antes; pero las circunstancias del completo rechazo por parte de ellos a Él mismo, y el aborrecimiento de ellos, saliendo a la luz cada vez más decididamente, sacaron a relucir ante Su espíritu aquello a lo que estaban expuestas las ovejas de Dios. Si el espíritu de ellos era implacable contra Aquel en quien no había pecado, Aquel que era el propio Hijo de Dios, el Pastor de Israel, ¡cuál no debía ser la triste porción de aquellos que tenían debilidades y fracasos que los exponían a la malicia de aquellos que no se preocupaban por ellas aduciendo el nombre de Dios, de los que tendrían el ojo más agudo y suspicaz para todo lo débil y necio acerca de ellas! Recordemos siempre la gracia del Señor, recordemos que incluso aquello que es humillante en nosotros atrae nada más que Su compasión. Yo no estoy hablando ahora del pecado sino de lo que es débil; porque debilidades y pecados son dos cosas diferentes. No queremos la compasión del Señor con el mal. El Señor padeció y murió por nuestro pecado. Pero queremos compasión para con nosotros en nuestra ignorancia, debilidad, temblor, propensión a las ansiedades, preocupaciones, tribulaciones: queremos compasión en todas estas cosas que nos hacen padecer aquí; y el Señor la tiene plenamente con nosotros. Este fue también el caso con Israel. Inconscientes como ellos eran de su miserable condición, Jesús insta a los discípulos, en el amor de Su propio corazón, que rueguen al Señor de la mies para que envíe obreros a Su mies. Era Su mies y sólo Sus obreros podían recogerla. Pero, inmediatamente después, — y esto es notable, — Él muestra que Él mismo es el Señor de la mies; y Él envía obreros. El capítulo que sigue a continuación ilustra esto y pone de manifiesto el ámbito de Mateo, el cual Le retrata como Aquel que va a salvar a Su pueblo de sus pecados, — Emanuel, Dios con nosotros. Presten ustedes atención a las circunstancias. Esto tiene lugar tras Su rechazo por parte de Israel. Su propio ministerio, lleno de gracia y de poder, ya lo hemos visto plenamente exhibido y terminando con la total indiferencia de Israel y el aborrecimiento de los líderes religiosos. Mateo 8 nos presenta el pueblo, y Mateo 9 sus guías, manifestándose ellos mismos así por separado.

 

Ahora bien, el capítulo 10 muestra que Jesús, como Señor de la mies, envía obreros, y esto también con plena autoridad y poder dados a ellos. Pero, observen ustedes que ello es aún en conexión especial con Israel; y el Señor es consciente desde el principio del rechazo por parte de Israel. Mientras tanto es una misión judía de los doce apóstoles judíos a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Yo entiendo esto de manera muy literal y no como si ello fuese dicho a la Iglesia, de la que nunca se habla como ovejas perdidas; pero las ovejas de Israel en su condición de desolación son descritas así muy acertadamente. Antes de que la Iglesia sea reunida, lo que necesitamos es un Salvador. Nosotros, los gentiles, no éramos en absoluto ovejas, sino perros, desde el punto de vista de nuestro evangelista. (Véase Mateo 15). Y después de haber sido introducidos en la Iglesia, nosotros no somos, ni podemos ser, ovejas perdidas. Mientras que se habla de estos pobres del rebaño como ovejas perdidas de la casa de Israel. Porque hasta ese momento no había sido llevada a cabo la obra por la cual ellos podían ser puestos en la posición conocida de salvación.

 

Además, cuando nuestro Señor los envía, se dice: "Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia". (Versículo 1). Esta fue la misión de ellos de manera peculiar. Ni una palabra es dicha acerca de la predicación de lo que llamamos el evangelio, o la enseñanza de todo el consejo de Dios; sino que ellos debían ir con el poder mesiánico contra Satanás y las enfermedades corporales como testimonio a Israel. Debían dar a conocer el reino de los cielos. Nuestro Señor dijo, "Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado". (Versículo 7). Pero el gran rasgo característico de la misión fue conferirles poder contra demonios y enfermedades. La pertinencia de esto en relación con Israel es manifiesta. Ello fue una brillante evidencia de que el verdadero Rey, Jehová, estaba allí, quien no sólo podía expulsar demonios sino conferir ese poder a Sus siervos. ¿Quién sino el Rey, Jehová de los ejércitos, podía hacer esto? Fue un testimonio mucho mayor que si el poder hubiera estado limitado a Su persona. La capacidad de impartir poder a otros (que fue lo que Simón el Mago, esperando beneficiarse de ello codiciaba tan fervientemente) Dios muestra aquí que está en Su Hijo. Ahora bien, los siervos debían ser enviados y en el debido orden, — doce de ellos, en relación con las doce tribus de la casa de Israel. Después encontramos la promesa de que ellos se sentarán "sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel". Mateo 19: 28). Por lo tanto, no hay duda de que se trató de una misión judía. Cuando la Iglesia fue llamada, Dios interfirió en el mero orden judío llamando a un apóstol extraordinario teniendo en especial perspectiva a los gentiles, — uno que fue llamado después de que Cristo hubo muerto y resucitado, y hubo asumido Su lugar a la diestra de Dios. Entonces entró esta nueva obra en el llamamiento de la Iglesia, y el apóstol Pablo se convirtió en el ministro característico de la Iglesia, aunque los doce también tuvieron su lugar. Pero, en este momento los doce apóstoles iban a ser (lo que Pablo no fue) los ministros para Israel en testimonio del reino de los cielos. Porque, observen ustedes que a ellos se les dio el más estricto mandato de que no debían salir de los límites de Israel; ni siquiera debían visitar a los samaritanos, ni entrar en ciudades de gentiles. La ocupación de ellos fue únicamente con las ovejas perdidas de la casa de Israel: una demostración positiva de que ello se refiere a aquellos de los judíos que tenían conciencia de pecado y que estaban dispuestos a recibir el testimonio del Mesías verdadero. Ellos se tenían que ocupar exclusivamente de ellos. Ello es aún más notable porque en este Evangelio se nos dice que después que Él murió y resucitó el Señor los envió a los gentiles; pero además, ello fue en el terreno evidente de que Su muerte había entrado. "Yo, si fuere levantado… a todos atraeré a mí mismo". (Juan 12: 32). Cristo en la cruz se convierte en el centro de atracción para el hombre, así como en el fundamento de todos los consejos de Dios. Ahora bien, en este caso no tenemos nada de eso. La muerte del Señor ni siquiera es mencionada. Su rechazo es sacado a relucir pero nada se dice acerca de la edificación de una nueva estructura, — la Iglesia. Hubo que esperar a que se produjera un rechazo adicional antes de que esto pudiera ser revelado como en Mateo 16.

 

Pero aquí el Señor Jesús envía a los doce y les da instrucciones diciendo: "Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia. No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento". (Versículos 5-10). Es decir, ellos debían ir tal como estaban, con la ropa que tenían encima, con el calzado que calzaban entonces sus pies. No debían proveerse de nada, ni almacenar nada como medio de subsistencia durante su misión. Esta no es una norma universal para los siervos de Dios en todo momento. Fue una misión peculiar, para un tiempo especial, y con referencia a Israel solamente. No era el evangelio de la gracia de Dios, sino el evangelio del reino. Los dos van juntos ahora; pero en aquel entonces no era así. Israel no recibió el testimonio del reino; se produce un cambio total y el reino de los cielos, como establecido exteriormente, queda en suspenso. El llamamiento de Dios ahora a los gentiles entra como un vasto paréntesis entre este mensaje a las ovejas perdidas de Israel y su pleno cumplimiento en los días postreros. Todo lo que el Señor manda debe cumplirse, pero nada se cumple perfectamente hasta que el Señor lo toma todo en Sus manos.

 

Todo aquello de lo cual Cristo en breve va a tomar posesión en poder y gloria es confiado primero al hombre. Pero el hombre fracasa en todas partes, Israel como nación se arruina, la Iglesia se ha vuelto mundana y dispersa. Sin embargo, todo será para alabanza de Cristo mismo. Por tanto, con independencia de lo que ustedes consideren en los modos de obrar de Dios, como norma general, primero es presentado el hombre; ello es hecho descansar sobre él para ver si puede cargar con la responsabilidad y la gloria; y él no puede. Pero todo aquello en lo que el hombre ha fracasado está destinado a descansar sobre los hombros de Cristo en el día de gloria, y todo llegará entonces a la perfección, y resplandecerá con un resplandor más que prístino, y redundará en Su gloria.

 

Los doce fueron enviados en esta misión y fueron instruidos a depender sólo de Cristo. Él proveería para ellos. Ellos debían anunciar el reino de los cielos; y Él, el Rey, se haría cargo de todo. Debían ir con la más plena confianza en Él. Ahora bien, aunque Sus siervos no han de recurrir al mundo, ni utilizar medios humanos para tener influencia sobre los santos, y aunque pueden recurrir con confianza a Dios para que provea para ellos, a ellos no se los coloca en las mismas circunstancias que estos discípulos. La diferencia está señalada enfáticamente. Tomen ustedes, por ejemplo, un mandato como éste: "En cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis". (Versículo 11). Un hombre que sale ahora con el evangelio, ¿ha de preguntar quién es digno? Él busca a los indignos. Pero esta era una misión a Israel; y Jehová quería a los íntegros que estaban en la tierra, a aquellos cuyos corazones realmente deseaban al Mesías. "Y al entrar en la casa, saludadla. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros". (Versículos 12, 13). Este no es, en absoluto, el proceder del evangelio ahora. Por el contrario, es paz con Dios lo que el siervo de Cristo está habilitado para proclamar a los enemigos de Cristo. La orientación directa del evangelio es hacia aquellos que están en miseria, — los viles y descorazonados; porque el evangelio es la plenitud de la gracia de Dios para el hombre que no tiene absolutamente nada que dar a Dios. Si ellos están más que quebrantados, sienten que son totalmente ineptos para Dios, y que Dios ha proporcionado un Salvador tal como lo declara Su palabra, entonces nunca podemos confiar en Él demasiado plenamente  ni demasiado sencillamente. La esencia del evangelio es esta: Que Dios no me pide dar, sino recibir. Este es el evangelio de Dios, — el evangelio de Su Hijo; pero aquí, en Mateo, es el evangelio del reino. Ustedes encontrarán constantemente esta frase en Mateo. Este evangelio está dirigido a los que son dignos. Si la casa fuera digna, la paz del mensajero viene sobre ella; y si no, vuelve. "Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies", — el juicio sería sobre ellos. "De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad", — sólo porque tenían a los mensajeros del reino viniendo a ellos con un mensaje de gracia, y ellos no los recibieron.

 

A partir del versículo 16 el Señor les advierte de las circunstancias en las que el evangelio iba a ser predicado. "He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas". Es decir, Él llama a tener prudencia, prudencia celestial. Debía haber una santidad total en el objetivo y en el carácter de la prudencia, y estar libre de cualquier acusación justa de ser perjudicial para los hombres. "Guardaos de los hombres", — «no supongáis que, aunque salgáis con amor en vuestros corazones, no os encontraréis con lobos». A los judíos se les insinúa claramente. "Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; y aun ante gobernadores y reyes". Aunque los judíos odiaban el yugo gentil, ellos estarían muy dispuestos a invocar la autoridad gentil cuando se tratara de los seguidores de Cristo. Los judíos los arrastrarían ante reyes y gobernadores gentiles, aborrecidos como ellos lo eran. Pero nuestro Señor añade esta palabra de gracia: "por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles".

 

Dios vuelve así las armas del adversario contra él mismo. "Ciertamente la ira del hombre te alabará; Tú reprimirás el resto de las iras". (Salmo 76: 10. Uno no puede dejar de sentir que una verdad como ésta, aunque tiene una aplicación especial para los apóstoles saliendo en esta misión, ciertamente permanece para nosotros. "Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros". Al mismo tiempo, Él los prepara para la conducta más despiadada hacia ellos, incluso de parientes. El hermano conocería las prácticas de su hermano, el padre sabría todo sobre el hijo, y el hijo sobre el padre: todo esto se volvería contra los siervos de Cristo. "Seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo". (Versículos 19-22). "Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre", o como dice el margen de la Biblia Inglesa, "hasta que venga el Hijo del Hombre", — una notable declaración. Ella recuerda la expresión que utilicé antes, la Iglesia es un gran paréntesis. La misión de los apóstoles cesó abruptamente con la muerte de Cristo. Ellos todavía la llevaron a cabo durante un tiempo, pero terminó completamente con la destrucción de Jerusalén: todo terminó por el momento, pero no para siempre. El llamamiento de la Iglesia comenzó entonces; y cuando el Señor haya sacado a la Iglesia del mundo al cielo, Dios volverá a levantar testigos del Mesías en la tierra, cuando el judío se convertirá. Dios ha declarado que Él daría Su tierra a Su pueblo, y así lo hará, porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios. (Romanos 11: 29). La fidelidad de Dios está involucrada en ello, para que el pueblo judío sea restaurado a Su tierra cuando la plenitud de los gentiles haya entrado. El llamamiento de la plenitud de los gentiles es el paréntesis que está ocurriendo ahora. Cuando esto termine el Señor reanudará Sus vínculos con Israel. Ellos volverán a la tierra en incredulidad. El testimonio del reino, que fue iniciado en el tiempo de nuestro Señor por los apóstoles, será reanudado hasta que venga el Hijo del Hombre. Entonces "Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego:… Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre". (Mateo 13: 41-43). El Señor llevará a cabo plenamente en aquel día lo que fue encomendado al hombre y que fue arruinado por la mano débil o inicua del hombre. Entonces, todo lo que esté bajo el Renuevo de Israel será glorioso. Yo concibo que esto es lo que va acompañado de la notable expresión de que ellos no acabarían de recorrer las ciudades de Israel hasta que viniera el Hijo del Hombre. Todo el período en que el Señor se apartó para llamar a entrar a los gentiles es pasado en silencio. Él habla de lo que estaba saliendo a la luz en aquel entonces, y de lo que sería reanudado en Israel, — pasando por alto lo que mientras tanto se está llevando a cabo.

 

En la última parte del capítulo el Señor presenta dulces motivos para animarlos. "El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa? (Versículos 24, 25).

 

Él estaba demostrando esto ahora, y ellos tendrían que sentirlo en su momento. "Así que, no los temáis". El primer motivo para no temer es: «yo he atravesado la misma senda; no tengáis miedo». "No los temáis… porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse". Tanto como decir: «Si no entendéis ahora las razones y motivos de la incredulidad de la gente, los entenderéis otro día. Todo el que conoce la verdad y no la sigue debe sentir aversión por los que la siguen. Tal como fue conmigo, así será con vosotros: pero no os alarméis. Estad llenos de valor y perseverad en el testimonio.» "Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas". (Versículo 27). Él los anima a la mayor franqueza y audacia. La segunda amonestación en cuanto a no temer es en otro terreno: ¿Y qué daño pueden ellos hacer? «Ellos no pueden tocar el alma; ni siquiera pueden tocar el cuerpo, a menos que vuestro Padre celestial lo permita.» "Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar". «Ellos no pueden dañarte.» No hay nada que un creyente tenga que temer excepto lamentarse y pecar contra Dios. Por lo tanto, él añade inmediatamente: "Temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno". Una cosa temible está ante los enemigos de Dios, — a saber, ¡la destrucción del alma y del cuerpo en el infierno!

 

"¿No se venden dos pajarillos (en griego: gorrión común) por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos". (Versículos 29-31). El cuidado especial, minucioso, de nuestro Padre por Sus hijos se extrae de esto, que el gorrión mismo, aunque es un ave tan despreciada y trivial entre los hombres, aun así no puede caer a tierra "sin vuestro Padre". Él podría haber dicho, 'sin Dios'; pero dijo, "vuestro Padre",

— el amor de un padre se preocupa por sus hijos.

 

Desde el versículo 32 hasta el final del capítulo tenemos la importancia de confesar a Cristo, y los efectos de ello en este mundo. El primer gran principio es éste, "A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos". Nosotros hemos tenido el cuidado del Padre; ahora tenemos la confesión del Hijo en la actualidad. El cuidado del Padre lo conocemos en la tierra con independencia de cuál sea la prueba. La confesión del Hijo  acerca de nosotros será en el cielo, cuando toda la escena de la prueba haya terminado.

 

Luego Él les advierte que el resultado del testimonio de ellos puede ser muy doloroso, — hogares en desacuerdo, miembros de una familia discrepando unos de otros. No se sorprendan. "No penséis", dice Él, "que he venido para traer paz a la tierra". Nosotros sabemos que el Señor siempre puede darnos paz, ¡por supuesto!: pero Él habla aquí del ingreso de Su testimonio, por medio de Sus discípulos, en un mundo que Le aborrece. Entonces, inevitablemente los dos principios entran en colisión. No es que Él desee la confusión, sino que ello es el efecto natural de que el conocimiento de Cristo entre en una casa donde algunos de sus miembros Le rechazan.

 

Como es en el mundo, así es en el hogar. Hay quienes creen y quienes no creen. "No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada". No sueñen ustedes que todo va a ser triunfante. Viene el día en que el Señor hará que la paz fluya como un río; pero ese no es el resultado de Su primera venida. Ahora es la enseña de la guerra debido a la oposición que la incredulidad siempre crea contra la verdad. "Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa". El Señor se enfrenta audazmente al caso. «Yo he venido a introducir Mi principio, y ello coloca al hijo contra el padre.» Ahora bien, esto se convierte en una de nuestras pruebas más severas, — a saber, el efecto que el testimonio de Dios tiene sobre las familias. Las personas hablan de familias que se rompen y de parientes que  se desunen. El Señor utiliza ya las mismas palabras y nos fortalece para ello. "El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará". (Versículos 37-39). Él muestra que Su venida traería lo contrario a una senda de tranquilidad en este mundo. Efectivamente, nosotros debemos decidirnos a sufrir la prueba, el rechazo y la burla. Pero, luego Él añade el otro aspecto: leemos, "El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió". Habría quienes recibirían así como quienes rechazarían. "El que recibe a un profeta por cuanto es profeta", si sabía que él era un siervo de Dios, y lo recibía como tal frente a la vergüenza y la burla, tendría la misma recompensa que un profeta mismo. "El que recibe a un justo por cuanto es justo", — otras personas podrían llamarlo injusto, pero él lo recibe, no como un simple hombre o amigo, sino como un justo, y él "recompensa de justo recibirá". Él demuestra que Su propio corazón es justo para con Dios. Nosotros mostramos nuestro verdadero estado de alma mediante la opinión que pronunciamos. Suponiendo que yo hablo o actúo injustificadamente contra un hombre bueno que cumple con su deber, yo muestro que no estoy con Dios en esa cosa en particular. Por otra parte, si yo tengo fe para discernir lo que es de Dios, y asumir mi parte con él ante la deserción general, verdaderamente, soy feliz. Sólo Dios permite a un hombre hacer eso. Nosotros mostramos dónde está nuestro corazón por medio de nuestros juicios y conducta hacia los demás.

 

"Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa". (Versículo 42). Ello sería la evidencia de que el Espíritu estaba actuando en su alma, — su corazón extendido en misericordia y compasión hacia los que son de Dios en este mundo. De ninguna manera él perdería su recompensa. Se trata de la conducta externa que brota del principio interno. En todos estos casos se trata claramente de la misión judía de estos discípulos. Yo creo que así obtenemos el verdadero carácter del capítulo y el lugar que ocupa en este Evangelio.

 

El asunto en perspectiva de todo este capítulo es el Señor, como Señor de la mies, no sólo pidiéndoles que oren para que obreros sean enviados a la mies (Mateo 9: 38), sino que Él mismo se anticipa a la oración. "Antes que clamen, responderé yo" (Isaías 65: 24); y el Señor está actuando en el espíritu mismo de lo que será plenamente cierto en los días postreros. Él mismo está enviando obreros.

 

En Lucas 22: 35, refiriéndose a esta misma misión, el Señor pregunta: "Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada". Entonces el Señor les dice ahora que se provean de bolsa, alforja y espada: lo mismo que antes no debían hacer debían hacerlo a partir de ese momento. El Señor abroga lo que había ordenado antes en lo que respecta a las circunstancias especiales. Su benignidad y amor para con ellos, y el hecho de que ellos anduvieran en sabiduría e inocuidad, permanecerían; pero el carácter peculiar de esta misión terminó con la muerte de Cristo. Yo concibo que ella será reanudada por otros en un día futuro, pero los discípulos realmente enviados pronto iban a ser llamados a una nueva obra fundamentada en la redención y en la resurrección de nuestro Señor.

 

Mateo 11

 

El capítulo al que hemos llegado está lleno de interés e importancia, especialmente porque es una especie de transición. Lo que brinda la  ocasión para que el Espíritu de Dios saque a la luz esta transición desde el testimonio a Israel al nuevo orden de cosas que el Señor estaba punto de introducir, es que Juan el Bautista, en la cárcel debido a su propio rechazo, es encontrado en ejercicio en cuanto a la fe y la paciencia personales. Mientras cumplía su cargo profético nadie podía ser más inquebrantable que Juan en su testimonio de Cristo. Pero puede haber momentos en los que la fe es puesta completamente a prueba, y cuando el hombre más fuerte puede conocer lo que es estar derribado, pero no destruido.

 

Ciertamente este fue el caso con respecto a Juan el Bautista. No fueron solamente sus discípulos los que tropezaron por estar él en la cárcel. Los incrédulos preguntan ahora: «Si la Escritura es la verdad, ¿cómo es que la gente no la recibe? ¿Por qué no es difundida más ampliamente? etcétera».

 

Nosotros sabemos que al principio decenas de miles confesaron y siguieron el nombre de Jesús en una sola ciudad; y el peso moral fue grande, pues andaban deslumbrando al mundo. (Hechos 2: 43). Sabemos, también, cuán lejos y ampliamente se ha difundido el poder del cristianismo: aun así, la gran dificultad vuelve a surgir, y encontramos que lo que obra en la mente de un escéptico puede ser encontrado más o menos inquietante por el creyente, porque la naturaleza caída está todavía en el creyente; y lo que la Escritura llama, "la carne", es siempre una cosa incrédula. Por eso sucedió que, bienaventurado como era Juan el Bautista, él envió a sus discípulos con la pregunta: "¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?" Parece que interrogantes pasaron por su mente y que faltaba una confirmación de la fe. Incluso un profeta no está más allá del asalto de Satanás. Y aquí tenemos a este hombre favorecido y por lo demás fiel, formulando semejante pregunta, justo lo último que nosotros podríamos haber esperado. En lugar de responder con la confianza de la fe a la pregunta de sus discípulos, si ella era tal, Juan envía a algunos de ellos a Jesús, diciendo, "¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis… y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí". Versículos 3-6).

 

La respuesta de nuestro Señor evidencia que no fueron solamente los discípulos de Juan, sino que también él mismo fue sacudido. Estas son las dos partes del ministerio de Cristo, — a saber, Sus palabras y Sus obras, "las cosas que oís y veis"; la palabra tiene siempre el lugar más elevado; siendo las obras lo que atraerían más bien los sentidos; mientras que la palabra de Cristo es lo que trata con el corazón y la conciencia por medio del Espíritu. Ellos debían ir a contar a Juan lo que habían oído y visto; y en ello tenemos lo que el Antiguo Testamento había predicho como señales y efectos del poder del Mesías. Yo no creo que tenemos ningún caso de sanidad de ciegos antes de que Cristo viniera. Ello era un milagro que según la tradición judía estaba reservado para el Hijo de David. Él era Aquel que según Isaías 35 iba a abrir los ojos de los ciegos. El Señor coloca a los ciegos recibiendo la vista como el primer milagro externo para indicar que Él era realmente el Cristo que había de venir; y por último, pero no por ello menos importante es que, "a los pobres es anunciado el evangelio". ¿Qué es ello sino un testimonio de la superabundante y tierna misericordia de Dios que, si bien el evangelio está destinado a todos, está especialmente adaptado a los que conocen la miseria, la prueba y el desprecio en un mundo egoísta? El Señor añade, "Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí". Qué palabra de advertencia. Un hombre enviado por Dios como testigo para que todos crean en Cristo; y cuando este mismo hombre es puesto rigorosamente a prueba, el Señor tiene que dar testimonio de él en lugar de que él dé testimonio del Señor. Cuán constantemente nosotros vemos al hombre quebrantándose cuando es puesto a prueba; pero, qué cosa tan bienaventurada es que tengamos a semejante Dios al que acudir, si sólo se cuenta con Él.

 

Pero, mientras estos mensajeros se iban, el Señor muestra Su tierna compasión y Su tierna consideración por él, y comienza a reivindicar al mismo Juan que había mostrado su debilidad bajo padecimiento y prolongada esperanza. Él les pregunta, "¿Qué salisteis a ver al desierto?" Un criterio superficial podría haber concluido que no se trataba más que de "una caña sacudida por el viento" cuando Juan envió a los discípulos con su pregunta. Pero no, el Señor no lo permite. Él mantiene la honra y la integridad de Juan. Él ha enviado una pequeña reprensión a Juan en privado por medio de sus discípulos; pero delante de las multitudes el Señor lo viste de honra. "¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas?" «Es en las cortes palaciegas donde vosotros buscáis la grandeza del mundo.» Leemos, "He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta", porque Juan tuvo un lugar y una honra peculiares que a ningún profeta se le había asignado, — a saber, ser el precursor inmediato del Señor, el heraldo del propio Mesías. Juan no sólo fue un profeta, sino que los profetas profetizaron acerca de Juan; y el Señor dice de él, "De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista".

 

Pero presten ustedes atención a esta palabra, una palabra impactante en este capítulo de transición, "Pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él". (Versículo 11). ¿Cuál es el significado? Al decir, "Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista", el Señor es exceptuado. Él está hablando de Juan, no como comparado con Él mismo, sino con otros. Él era el mayor de los que nacen de mujer; "pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él". Esto significa claramente que un nuevo orden de cosas comenzaba, en el cual los privilegios que la gracia soberana de Dios conferiría serían tan grandes que el más pequeño en la época que estaba a punto de comenzar sería mayor que el más grande en todo el pasado. Es obvio que esto no es en cuanto a algo en ellos mismos; pues la fe de un creyente débil ahora no es mayor que la fe poderosa de un hombre en tiempos pasados; ni un alma pobre, ansiosa y atribulada acerca de su aceptación está en un estado más saludable que aquellos que podían regocijarse como Simeón en Dios el Salvador de ellos. (Véase Lucas 2: 25-32). Sin embargo, el Señor dice que el más grande de los que habían pasado es menor que el más pequeño ahora.

 

"El reino de los cielos" nunca significa el cielo: se trata de ideas así como de expresiones diferentes. "El reino de los cielos" significa siempre aquello que si bien tiene su origen en el cielo, tiene su ámbito en la tierra. Esta expresión puede ser aplicada, como a menudo se hace, a lo que está sucediendo ahora; o como a veces, a lo que sucederá cuando el Señor venga en gloria, y traiga Su gobierno en forma manifiesta para aplicarlo en la tierra. Pero el reino de los cielos siempre supone que la tierra es el escenario en el que los privilegios del cielo son dados a conocer.

 

El propio Señor Jesús se ve rechazado; pero Dios, en Sus soberanos proceder y gracia, convierte el rechazo de Jesús en la introducción de una bendición mucho mayor que si Jesús hubiera sido recibido. Suponiendo que el Señor hubiera sido aceptado por el hombre cuando Él vino, Él habría bendecido al hombre y lo habría mantenido vivo en la tierra: pues Él habría atado al diablo y habría traído innumerables misericordias para la criatura en general. No obstante, ¿qué habría sido todo eso sin la vindicación de Dios en cuanto al asunto del pecado? Ni la gloria moral ni el amor supremo habrían sido mostrados como ahora. Porque, ¿qué podía ser ello sino la energía divina impidiendo el poder de Satanás?

 

Pero, la muerte de Cristo es, a la vez, la profundidad de la iniquidad del hombre y la altura de la benignidad de Dios; porque en la cruz el uno demostró su odio e iniquidad absolutos, el Otro, Su perfecto y santo amor. Fue la injusticia del hombre lo que Le puso allí, — fue la gracia de Dios lo que Le llevó allí; y Cristo resucitado de entre los muertos toma Su lugar como el principio, Cabeza de una nueva creación, y lo exhibe en Su propia persona ahora a la fe en los que creen; Él los sitúa en este lugar de bendición mientras ellos están aún en este mundo luchando con el diablo; derrama el gozo de la redención en sus corazones, y los llena de la certeza de que ellos han nacido de Dios, — habiendo sido perdonados todos sus pecados, — y ellos sólo están esperando que Él venga y corone la obra de Su amor, cuando ellos serán resucitados de entre los muertos y transformados a Su gloria. Ello es verdad para la fe ahora, y será verdad para la vista dentro de poco; pero es verdad siempre desde el momento en que ello fue introducido. Comenzó con la ascensión de Cristo al cielo y terminará con el descenso de Cristo de los cielos, cuando Él introduzca este poder del reino en la tierra. Entonces, ¿qué tiene ahora el más pequeño creyente? Consideren ustedes a santos de antaño. Juan el Bautista descansaba en las promesas. Incluso él, bienaventurado como era, no podía decir: «Mis pecados han sido borrados, todas mis iniquidades han desaparecido.» Antes de la muerte y resurrección de Cristo los santos podían mirar hacia adelante con gozo y decir: «¡Será realmente bienaventurado!» Ellos podían estar seguros de que ello era la intención de Dios; pero no era una cosa consumada. Y después de todo, si ustedes estuvieran en la cárcel sabrían la diferencia entre una promesa de sacarlos y el hecho de la libertad cuando ustedes salen en buena lid. Esta es justamente la diferencia. La obra expiatoria está hecha, y la consecuencia es que todos los que creen tienen ahora derecho a decir: «El pecado ya no está sobre mí en la presencia de Dios.» Y esto no sólo es cierto para algunos cristianos en particular, sino que todo cristiano debería asumir el lugar que Dios le da en Cristo. ¿Y cuál sería el resultado de esto? El resultado sería que los cristianos no andarían con el mundo de la manera en que ellos lo hacen.

 

Entonces, lo que yo encuentro en la palabra de Dios es esto: había una nueva época a punto de comenzar, en la que el más pequeño es investido con privilegios que el mayor no pudo poseer antes. Y esto es debido a que Dios asigna un valor infinito a la muerte de Su Hijo. Dios asigna la mayor honra posible a la muerte de Cristo.

 

Así como un soberano terrenal otorga una honra particular a una época de especial gozo para él, aún más la fe puede esperar que Dios adhiera una gloria peculiar a esa obra de Cristo por medio de la cual la redención ha sido consumada, mediante la muerte y resurrección de Su Hijo.

 

Ahora bien, todo está hecho y Dios puede invitar almas,— no a olvidar sus pecados, ni a apartar sus ojos de ellos; sino a considerarlos justa y plenamente ante la cruz de Cristo, — Él las insta a decir, "la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado". Sabiendo esto, debemos ver cuán enteramente impositor es el lugar de un sacerdote ahora, — a saber, un hombre puesto en una posición para acercarse a Dios por otros. Todo cristiano es ahora un sacerdote. No todos los cristianos son ministros. Esto es otra cosa. El ministerio y el sacerdocio, aunque a menudo se los confunde, son completamente distintos y diferentes. Un privilegio dado por Dios ahora es que cada creyente sea un sacerdote de Dios: es decir, él tiene derecho a acercarse al Lugar Santísimo, el pecado habiendo ya sido juzgado, todas sus iniquidades limpiadas, para que él pueda ser completamente feliz en la presencia de Dios mientras está en la tierra. Todo esto es ahora sólo una parte de los privilegios del más pequeño en el reino de los cielos. Y recuerden ustedes esto, a saber, todas las grandes prerrogativas del cristianismo son privilegios comunes. Un hombre puede predicar, y otro no; pero esto no dice nada acerca de los privilegios del reino. Pablo, como siervo de Dios, tenía algo que otros no tenían: una persona dotada podría predicar incluso sin vida divina en el alma. Caifás pudo testificar, y también Balaam, y ambos pronunciaron cosas verdaderas; y Pablo está dispuesto a ocupar ese lugar para mostrar que uno podía predicar a otros, y sin embargo, si no tenía santidad, ser él mismo eliminado. Pero esto no tiene nada que ver con las bendiciones de las que he estado hablando como siendo la porción de los creyentes ahora.

 

Los privilegios del reino son ahora la herencia universal de la familia de la fe; el más pequeño de ellos es mayor incluso que Juan el Bautista. Un gran error de entendimiento ha sido mostrado en cuanto al significado de este versículo. Se ha enseñado que el más pequeño en el reino de los cielos es, ¡el propio Jesús!, — Jesús en Su humillación, obviamente, en Su ida a la cruz. Pero, qué error de entendimiento del pensamiento de Dios es manifestado mediante semejante comentario. Porque el reino de los cielos no había llegado aún. Había sido predicado, pero no había sido establecido aún. Y Jesús, lejos de ser "el más pequeño" en aquel reino, Él mismo era el Rey; de modo que sería peyorativo para Su persona incluso llamarle el mayor, por no hablar de, "el más pequeño", en el reino. Sería una falta de reverencia así como de entendimiento decir que Él estaba en el reino en absoluto. Sería más cierto decir que el reino estaba en Él, tanto moralmente como en divino poder.

 

Él dice a los judíos, "Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios". (Mateo 12: 28). El reino había llegado en Su persona: siendo Él el Rey, y teniendo el poder del mismo. Pero, si ustedes consideran "el reino de los cielos" como un estado de cosas introducido en este mundo, Cristo tuvo que ascender primero al cielo, — como un Rey rechazado, sin duda, pero aún así como tal para sentarse a la diestra de Dios, — y el reino de los cielos comenzó inmediatamente. En realidad, el reino no fue establecido hasta que Jesús ascendió a lo alto. Comenzó en aquel momento, primero espiritualmente, ya que en breve resplandecerá en poder y gloria. Por lo tanto, es evidente que en este capítulo nos encontramos en los límites de la dispensación pasada, y de la época que estaba a punto de comenzar. Juan el Bautista está en la escena como el último y mayor testigo de la dispensación que estaba finalizando. Elías había de venir; y esto podría haberse cumplido en la persona de Juan el Bautista. Juan estuvo haciendo la obra moral que estaba asociada a la misión de Elías: preparar el camino del Señor. (Mateo 3: 3; Isaías 40: 3). Yo no digo que Elías no pueda venir otro día, pero Juan fue el testimonio en aquel entonces del servicio de Elías. Él había venido "con el espíritu y el poder de Elías" (Lucas 1: 5-17); y tal como dice nuestro Señor un poco después, "Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir". (Mateo 11: 14). Él era eso para la fe. Al igual que el reino de los cielos ahora, ello es un testimonio rendido al reino futuro cuando sea exhibido en poder y gloria. Juan era para la fe en aquel entonces lo que Elías será en poco tiempo más. El reino de los cielos es ahora para la fe lo que el reino de los cielos será para la vista después de esto. El Señor insinúa que está por llegar una época de la fe, época cuando las promesas no se iban a cumplir literalmente.

 

Pero, cuando Juan el Bautista fue arrojado a la cárcel (una tremenda prueba para un judío que lo consideraba como un gran profeta para preludiar al Mesías en visible majestad), así Él dice aquí: "El que tiene oídos para oír, oiga". Ello tiene que ser recibido por el oído atento de la fe. ¡Qué extraordinario debió parecer a los discípulos que el precursor del Mesías estuviera en la cárcel, y el propio Mesías clavado después en la cruz! Pero antes de que llegue la gloria exterior la redención debe ser efectuada mediante padecimiento. Por eso el menor que ahora tiene esta bendición de la fe, que disfruta de estos asombrosos privilegios que el Espíritu Santo está sacando a la luz como don de la gracia soberana de Dios, es mayor que Juan el Bautista. Porque es Dios que hace, da y ordena. Es Su gozo, por medio de Cristo bendecir al hombre que no tiene la menor pretensión en cuanto a Él. Y esa es Su obra ahora. Pero, ¿cuál sería el efecto de esto entre los judíos? Nuestro Señor los compara con personas caprichosas que no harían ni una cosa ni la otra. Si hay gozo, ellos no empatizan con él ; tampoco con el dolor. Juan el Bautista les entonó endechas, pero ellos no tenían corazón para ello. Luego vino Jesús, ordenándoles, por así decirlo, que se regocijaran con las buenas nuevas de gran gozo: pero no Le tomaron en consideración. No les agradó ninguno de los dos, Juan era demasiado estricto, y el Señor Jesús demasiado benigno. No pudieron soportar a ninguno. La verdad es que al hombre le desagrada Dios; y no hay mayor prueba de su ignorancia acerca de sí mismo que el hecho de que él no lo cree así. Independientemente de lo que pudieran alegar a manera de insulto acerca de Juan el Bautista, o del propio Señor, "la sabiduría es justificada por sus hijos".

 

Por consiguiente, el Señor muestra de qué manera la sabiduría es vindicada, positiva y negativamente. Leemos, "Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido, diciendo: ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!... Y tú, Capernaúm, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti…, etcétera". (Versículos 20-24). ¡Qué hay más solemne! Ellos rechazan la voz de la sabiduría celestial; y ello debía resultar en un juicio más implacable que el que hizo de Sodoma el monumento de la venganza de Dios. ¿Había algún lugar o ciudad en la tierra más favorecido que otro? Era Capernaúm, ciudad donde la mayoría de Sus milagros fueron realizados; y sin embargo, esta misma ciudad sería hecha descender al Hades. Ni siquiera la especialmente depravada Sodoma había caído bajo una sentencia tan temible. El Señor sólo visita en juicio cuando los medios y los llamamientos al arrepentimiento se agotan; pero, cuando Él juzga, ¿quién podrá estar en pie? Por lo tanto, la sabiduría sería vindicada, puedo decir, por aquellos que no son sus hijos.

 

Pero después tenemos la parte positiva. "En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra". Desde el pronunciado, "Ay de ti", Jesús pudo cambiar y decir: "Te alabo, Padre". No es que los acontecimientos registrados aquí hayan tenido lugar juntos. Toda la escena de Juan el Bautista ocurrió mucho antes de que el Señor aludiera a los sabios y entendidos rechazándole y a los niños recibiéndole. El Evangelio de Lucas presenta ocasionalmente señales precisas de tiempo, y muestra que la recepción por parte del Señor de los mensajeros de Juan fue en un período temprano de Su ministerio, muy poco después de la sanidad del siervo del centurión; mientras que Su alabanza al Padre fue después del regreso de los setenta discípulos que fueron enviados en testimonio final, lo cual no es mencionado en absoluto en Mateo. El Espíritu Santo en nuestro Evangelio omite, en general, las meras sucesiones de tiempo, y une acontecimientos separados para ilustrar la gran verdad que era Su objetivo aquí, es decir, el Mesías verdadero, presentado con pruebas adecuadas a Israel, pero rechazado; y esto se convirtió, por la gracia de Dios, en la ocasión de mejores bendiciones que si el Señor hubiese sido recibido.

 

Y si bien el solemne espectáculo del creciente rechazo del hombre está ante nosotros, Jesús dice: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra" (esperanzas no limitadas a la tierra ahora, sino Dios considerado como Señor del cielo y de la tierra, —  soberano sobre todas las cosas), "porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre". El trono de Israel puede serle denegado; los judíos pueden rechazarle, los líderes despreciarle: todo esto puede ser pero, ¿cuál es el resultado? No meramente lo que fue prometido a David o a Salomón, sino que "Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre". Surgen las preguntas, ¿Dónde fueron divulgados anteriormente pensamientos como éstos? ¿En los Salmos, en los Profetas, o dónde encuentran ustedes algo parecido a ellos? El Mesías rechazado es rechazado por el hombre: Él se somete a ello. Ellos Le despojan de sus vestiduras de gloria Mesiánica y, ¿qué sale a la luz? Él es el Hijo del Padre, el Hijo de Dios desde toda la eternidad, la bendita Persona divina que podía mirar a lo alto y decir: "Padre". Rechácenle ustedes en Su dignidad terrenal, y Él sólo resplandece en Su dignidad celestial; desprécienle como hombre, y Él es Dios de manera manifiesta.

 

"Y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar". (versículo 27). Él está revelando al Padre ahora. No se trata meramente de que Él vino a cumplir las promesas de Dios, sino que Él está revelando al Padre, — llevando almas a un conocimiento más profundo de Dios del que era posible antes. "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar". Ello es gracia perfecta: ninguna restricción; nada de colocar al judío en el primer puesto de honor. Pero, "Venid a mí todos los que estáis trabajados", — judío o gentil, ello no importa. ¿Te sientes miserable? ¿No encuentras consuelo? "Venid a mí todos los que estáis trabajados… y yo os haré descansar".  Si el necesitado sólo va a Él, ello es sin condición o calificación. En Juan tenemos: "Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera". (Juan 6: 37). Esta es la demostración de la atracción del Padre: que yo vaya a Jesús. En Juan es el Hijo del Padre; porque la gracia es encontrada siempre más plena y gratuita donde el Hijo es sacado a relucir en toda Su gloria.

 

"Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga". (Versículos 29, 30). La gracia no deja que los hombres hagan lo que quieran, sino que capacita al corazón que la recibe para desear la voluntad de Dios. Así, después de decir, "Yo os haré descansar", nuestro Señor añade: "Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas". Presten atención a la diferencia. En el versículo 28 es: "Venid a mí… y yo os haré descansar", — se trata de pura gracia para el alma que está en necesidad, sin nada más que traer sino sus pecados; pero al decir: "Llevad mi yugo sobre vosotros… y hallaréis descanso para vuestras almas", Él habla de sujeción a Él, y el resultado es encontrar descanso para nuestras almas. Cuando el pecador acude en su miseria a Jesús, el Salvador le da descanso, — "sin dinero y sin precio". (Véase Isaías 55). Pero, si esa alma no sigue en las sendas de Cristo, ella se vuelve miserable, y pierde el consuelo que tuvo al principio. ¿Por qué? Porque dicha alma no ha llevado el yugo de Cristo sobre sí. Los términos en los que el Señor da descanso al pecador son: «Ven a mí, tal como eres.» Los términos en los que el creyente encuentra descanso son: «Lleva mi yugo sobre ti, y aprende de mí, que soy manso y humilde de corazón.» El Señor mantiene Su gobierno moral sobre Su pueblo, y ellos están más perturbados que cualquiera, pues si no están sujetos a Cristo; ellos no pueden disfrutar de Él ni del mundo. Si yo he hallado semejante Salvador, y aun así no llevo Su yugo, Dios no tiene la intención de que yo sea feliz. Todo lo demás es una felicidad falsa.

 

Mateo 12

 

Mateo 12 completa el retrato de la transición iniciado en el capítulo 11 y muestra que, delante de Dios, la crisis había llegado. El Señor podría seguir siendo objeto de un rechazo aún más profundo, pero el espíritu que Le crucificó ya se había manifestado claramente. En el centro de este capítulo tenemos la advertencia del pecado imperdonable, no sólo contra el Mesías, sino contra el Espíritu Santo que da testimonio del Mesías; y tenemos además el hecho de que Israel como nación sería culpable de ese pecado, y por tanto, sería entregada al poder de Satanás más allá del ejemplo en toda la triste historia de ellos. De modo que el mal por medio del cual Dios había permitido que ellos fueran llevados cautivos a Babilonia fue poco en comparación con la iniquidad de la que ahora eran, en espíritu, culpables, y en la que estaban a punto de hundirse. Esto trae la crisis que concluye el anuncio del reino a Israel; y el capítulo 13 introduce una cosa nueva: el reino de los cielos a punto de comenzar en su forma misteriosa actual debido al rechazo del Mesías.

 

Yo debo proceder ahora a mostrar hasta qué punto todos los incidentes de este capítulo están en armonía con el pensamiento principal, — a saber, la ruptura entre Cristo e Israel. Por consiguiente, el Espíritu Santo no se limita aquí al mero orden de tiempo en que ocurrieron los acontecimientos. "En aquel tiempo iba Jesús por los sembrados en un día de reposo; y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a arrancar espigas y a comer". (Versículo 1). No debemos suponer que, "En aquel tiempo", significa, «en aquel momento exacto.» Se trata de un término general que abarca acontecimientos relacionados, aunque pudo haber meses entre ellos. No es como, "al instante", o, "en seguida", o, «a la semana siguiente», etcétera. Lo que de hecho se verificó debemos deducirlo de los otros Evangelios. En Marcos encontramos que la escena de los sembrados tuvo lugar al principio del ministerio de nuestro Señor. Así, en el capítulo 2, en el día de reposo que siguió al llamamiento de Leví y al discurso acerca del ayuno, se nos dice que Él pasó "por los sembrados". Nosotros tenemos aquí este incidente sacado completamente de su conexión histórica. Marcos se atiene al orden de los acontecimientos: pero Mateo se aparta de él para presentar el gran cambio resultante del rechazo del Mesías por parte de Israel. La palabra de congoja de nuestro Señor acerca de Corazín y Betsaida, y la bienaventuranza de los que Le recibieron, no fueron pronunciadas antes, en absoluto. Aquí se las reúne porque el objetivo del Espíritu Santo en Mateo es mostrar este cambio. Por lo tanto, lo que demostraría el cambio es seleccionado y reservado para este lugar.

 

En resumen, el Espíritu Santo nos está presentando un retrato histórico aparte de la mera fecha en que los acontecimientos ocurrieron; y los acontecimientos y discursos que ilustran la gran transición están todos agrupados. Los discípulos iban por los sembrados, y comenzaron a arrancar espigas y a comer, conforme a la libertad que les permitía la ley. "Viéndolo los fariseos, le dijeron: He aquí tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo". Entonces nuestro Señor cita dos incidentes: uno de ellos, un hecho constantemente recurrente entre los sacerdotes; el otro, registrado acerca del rey más conspicuo de ellos, a saber, David; y ambos demuestran el pecado y la ruina total de Israel. Cuál era el estado de cosas cuando David se vio obligado a usar el pan de la proposición? ¿Acaso no fue porque el verdadero rey era un hombre despreciado y perseguido, — porque el rey elegido por los corazones de ellos estaba allí? Lo mismo ocurría ahora. El pecado de Israel profanó el pan sagrado. Dios no aceptaría nada como santo de personas que vivían en pecado. Ningún ceremonial vale una espiga de trigo si el corazón no honra a Cristo. ¿Por qué los discípulos se vieron constreñidos a arrancar y comer las espigas? ¿Por qué los seguidores del verdadero Rey se vieron constreñidos a tener hambre?

 

Además, "¿O no habéis leído en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo, y son sin culpa?" (Versículo 5). Los sacerdotes hacían un trabajo muy importante en aquel día. Ofrecían sacrificios en aquel entonces porque había pecado; y el pecado del pueblo exige lo que, según la letra de la ley, le parecería a un fariseo un quebrantamiento de ella. No importa lo que la ley pueda exigir ordinariamente, si hay pecado por parte del pueblo de Dios, el sacrificio no puede ser diferido. Así, ya sea que ustedes tomen el caso particular del ungido del Señor en el día de Saúl, o el servicio sacerdotal constante en el día de reposo, una cosa explicaba todo el desorden, ya fuera el desorden real o aparente: Israel era un pueblo pecador. Ellos habían permitido que el elegido del Señor fuera perseguido en los montes cuando él estuvo allí; y uno mayor que David estaba aquí. Y también en cuanto a los sacerdotes y su trabajo. Uno infinitamente mayor que el templo estaba allí, — el Mesías mismo: ¿y cuál no era la indiferencia, es más, la enemistad de ellos hacia Él?

 

Otro día de reposo era necesario para completar el boceto. Y el propio Jesús  obra ahora; y estas dos cosas son unidas aquí. "Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos. Y he aquí había allí uno que tenía seca una mano; y preguntaron a Jesús, para poder acusarle: ¿Es lícito sanar en el día de reposo?". El Señor aceptó el desafío. "Él les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si ésta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y la levante?" Por supuesto que ellos sacarían la pobre oveja del pozo porque era su propia oveja. No tenían conciencia de hacer lo que les beneficiaba por ser día de reposo. Y el Señor no los culpa sino que les insiste con esta conclusión tan punzante, — "Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo". En una palabra, Él muestra mediante este segundo caso que Israel no sólo era un pueblo culpable con respecto al verdadero Amado, sino que, si ellos conocieran su propia condición, se reconocerían a sí mismos como el hombre con la mano seca, en necesidad de Su gran poder. Él estaba allí en gracia para llevar a cabo toda necesaria sanación. El Señor les insistió acerca de la pésima condición de ellos. Toda la nación delante de Dios estaba moralmente tan seca como la mano de aquel hombre físicamente; pero no estaba dispuesta, lamentablemente, a ser sanada como él. "Entonces dijo a aquel hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra". (Versículo 13). ¿Por qué está esto registrado aquí como habiendo ocurrido en el día de reposo, — especialmente en conexión con el incidente de los sembrados? En el primer caso el Señor demuestra la culpa de Israel en contraste con la santidad del día de reposo; y en el segundo caso Él mismo se declara que está allí para obrar restauración, incluso en el día de reposo. Se trata de un relato de suma importancia porque el Señor está, por así decirlo, haciendo trizas la letra externa del vínculo entre Él e Israel, del cual el día de reposo era una señal especial.

 

Yo puedo comentar aquí que el primer día de la semana (Mateo 28: 1) (que en nuestro calendario corresponde al día domingo), difiere esencialmente del día de reposo, o día sábado; y en la Iglesia primitiva se tuvo un cuidado escrupuloso de no confundir las dos cosas. El día de reposo y el primer día de la semana son señales de verdades totalmente distintas. El primero debió su origen a que Dios santificó Su reposo cuando la creación hubo terminado; y era la señal de que cuando Dios finalizaría Sus obras habría un reposo santo para el hombre. Luego el pecado entró y todo se arruinó. Nosotros no oímos una palabra al respecto (al menos, directamente), hasta que un pueblo es llamado de entre todos los demás para servir al Dios verdadero como Su nación escogida. Nosotros hemos visto en el Antiguo Testamento así como en el Nuevo, de qué manera ellos fracasaron completamente; y ahora la única esperanza de tener un verdadero día de reposo es cuando Cristo mismo lo introducirá. Cuando Adán pecó, la muerte pasó a todos, y el reposo de la creación se interrumpió. Después (conforme al tipo de Cristo en el maná, con el día de reposo continuando), vino la ley, la cual tomó el día de reposo, lo incorporó a los diez mandamientos y a los estatutos de Israel, y no solamente hizo de él un día santificado, sino un día de mandamiento, el cual se les impuso como los otros nueve mandamientos; un día en el que todo israelita no sólo estaba obligado a abstenerse de trabajar, sino a dar reposo a todo lo que era suyo. No se trató de un asunto acerca de un pueblo espiritual. Todo Israel estaba obligado a ello y ellos compartían su reposo junto con su ganado. Por otra parte, nunca se oyó acerca del primer día de la semana hasta que Cristo resucitó de entre los muertos. De ahí surgió un orden de cosas enteramente nuevo. Cristo, el principio, Cabeza de una nueva creación, resucitó de entre los muertos el primer día de la semana. Así, aunque el viejo mundo continúa, el pecado está aún en acción, y Satanás aún no ha sido atado, Dios ha obrado salvación, la cual Él está dando a cada alma que cree. Estas almas reconocen que Cristo resucitado es el Salvador de ellas y que, consecuentemente, tienen una nueva vida en Él. Ellas son reunidas el primer día de la semana para reconocer esto, y mucho más que esto. Ellas proclaman la muerte del Señor hasta que Él venga. (véase Hechos 20: 7; 1ª Corintios 11: 26 – VM).  Nada puede ser más claro en la Escritura si nuestro deseo es conocer y seguir la palabra de Dios. Ya no era una cuestión acerca de si acaso las personas eran judías o gentiles. ¿Eran ellos cristianos? ¿Tenían ellos a Cristo como vida y Señor de ellos? Si ellos Le confesaban con gratitud, el primer día de la semana era el día para ellos. Los cristianos que habían sido judíos siguieron frecuentando la sinagoga en el día de reposo. Pero esto sólo muestra más claramente que no se trató de un mero cambio de día. A los santos romanos el apóstol les insiste en que el hombre que hacía caso del día, para el Señor hacía caso, lo guardaba; y que el hombre que no hacía caso de dicho día, para el Señor no hacía caso, no lo guardaba. ¿Se refería esto al primer día de la semana? No, sino a los días y ayunos judíos. El apóstol nunca trataría el primer día de la semana como un día opcional para ser guardado o no, como un día optativo. Algunos de estos creyentes vieron que habían sido libertados de la ley, y no hacían caso de las fiestas o ayunos judíos, no los guardaban. Los gentiles, obviamente, no estaban bajo la ley en absoluto. Pero algunos, en todo caso, de los creyentes judíos, todavía tenían conciencia acerca de las antiguas fiestas, y de ellos habla el apóstol. El primer día de la semana nunca fue ni será un día judío. Este día tiene su propio carácter estampado en él; y los cristianos, aunque no están bajo la ley como los judíos con el día de reposo, están sin embargo llamados por gracia a usarlo mucho más solemnemente para el Señor, como aquello que los convoca a reunirse en el nombre de Jesús, en separación de este mundo, conscientes de la redención y la justificación por medio de Su muerte y resurrección. El primer día de la semana es un tipo de la bendición que tiene el cristiano, aún por ser manifestada en la gloria. El mundo siempre lo confunde, al igual que muchos cristianos, con el día de reposo. Uno oye a veces a verdaderos creyentes, pero no instruidos, hablar del «sábado cristiano, o día de reposo cristiano.» Esto es, obviamente, porque ellos no ven que han sido libertados de la ley, y no ven las consecuencias que emanan del hecho de pertenecer ellos a Aquel que ha resucitado de entre los muertos. El apóstol desarrolla estas verdades bienaventuradas.

 

Nuestro Señor trata aquí meramente con los judíos. A Sus discípulos no se les impidió arrancar espigas en el día de reposo, como en otro de esos días en que Él realizó públicamente un milagro en presencia de todos (dando así ocasión a los fariseos que buscaban a uno contra Él). Es cierto que las obras eran de misericordia y bondad; pero no había necesidad de ninguna de ellas si no hubiera habido un propósito. Él pudo haber hablado sin hacer nada. Así ocurrió con el ciego en el Evangelio de Juan. (véase Juan 9).  Todo el lodo del mundo no habría podido curarlo sino por el poder de nuestro Señor. Su palabra habría sido suficiente; pero Él mismo hace algo, y hace que el hombre haga algo más en el día de reposo. Se nos dice expresamente, "Y era día de reposo cuando Jesús había hecho el lodo, y le había abierto los ojos". (Juan 9: 14). El Señor estaba quebrantando el sello del pacto entre Jehová e Israel. El día de reposo sellaba ese vínculo, y ahora aquel día era en Israel más que inútil a los ojos de Dios porque el pueblo que pretendía guardar el día de reposo tan cuidadosamente era el más acérrimo enemigo de Su Hijo. Era totalmente falso someterle a Él al día de reposo. El Hijo del Hombre era "Señor del día de reposo". Él asume ese terreno confiadamente como se nos dice aquí (Mateo 12; 8), y el día de reposo siguiente lleva a cabo este milagro. Los fariseos sintieron que ello era un golpe de muerte para todo el sistema de ellos, y reunidos, "tuvieron consejo contra Jesús para destruirle". Este fue el primer cónclave con el propósito de darle muerte. Jesús, sabiéndolo, se apartó de allí, "y le siguió mucha gente, y sanaba a todos", — un retrato de lo que Él haría cuando Israel Le diera muerte. A partir de aquel momento, la gran obra iba a ser entre los gentiles. El profeta Isaías es citado en relación con este suceso para mostrar cuál era el carácter de nuestro Señor, y leemos, "He aquí mi siervo, a quien he escogido; Mi Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará, Y el pábilo que humea no apagará, Hasta que saque a victoria el juicio. Y en su nombre esperarán los gentiles". (Mateo 12: 18-21; Isaías 42: 1-4).

 

El Señor se alejaba de Israel; pero esto no es todo. Hay un testimonio final antes de que Él pronuncie la sentencia sobre Israel: "Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba". Esta era la condición en la que Israel estaba a punto de estar, sin vista ni voz para Jesús; ello es la figura adecuada de la condición de la nación, el Mesías no visto y Su alabanza no pronunciada en medio de ellos. Y aquí está lo solemne. Los pobres, los ignorantes, toda la gente podía clamar: "¿No es éste el Hijo de David?" (Mateo 12: 23 – VM). Pero los fariseos oyéndolo, decían, "Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios. Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino?", — Él condesciende a razonar con ellos.  "Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces. Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. (Versículos 24-28). Pero ellos eran mudos y ciegos. El hombre que se sometió a Jesús fue sanado; pero los fariseos se confabulaban para matar al Hijo de David. El Señor les responde aún más. Les dice que ahora había llegado el momento donde, "El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama". (Mateo 12: 30 – LBA). Todo dependía de estar y actuar con Él; y por consiguiente, nuestro Señor añade: "Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada". (Versículo  31). El motivo de ello fue esto, a saber: no sólo el Hijo del Hombre estaba obrando estos milagros, sino que el poder del Espíritu Santo estaba también allí. Aunque Jesús se sometiera a la humillación, Él no podía dejar de afirmar la gloria de Dios. El Espíritu Santo estaba produciendo estos poderosos hechos, y la incredulidad que rechazaba el testimonio del Espíritu cuando Jesús estaba allí, sería aún más fuerte en contra de dicho testimonio tras Su partida. Ellos demostrarían ser como sus padres: "Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros". (Hechos 7: 51). ¿Y cuál sería la consecuencia? Ellos serían culpables del pecado imperdonable, de rechazar (no sólo a Jesús mismo, como hombre presentado aquí, sino) el poder del Espíritu Santo, ya sea obrando en Él en aquel entonces, o ahora por medio de Él y para Él.

 

Es el rechazo final al testimonio que el Espíritu da de Cristo. Ello era cierto cuando el Señor estaba aquí, pero es aún más completo ahora que Él está en el cielo. Ellos rechazaron a Cristo en la tierra y después que subió al cielo, cuando por el poder del Espíritu Santo Su solo nombre hizo que los muertos resucitaran, y así demostró aún más Su gloria de lo que había hecho personalmente cuando Él estuvo aquí abajo. Los que se resistieron a semejante testimonio como éste estaban evidentemente perdidos en la incredulidad y burlándose de  Dios en la persona de Su Hijo. Por eso nuestro Señor declara que esta blasfemia es algo que nada puede cubrir. No es la ignorancia lo que rechaza así a Cristo. Un hombre puede estar sin luz; y cuando ella llega, él puede, por medio de la gracia, ser capacitado para recibirle a Él. Pero aquel que rechaza todo testimonio divino, y hace que el poder desplegado del Espíritu Santo sea la ocasión de mostrar su desprecio contra Jesús, está evidentemente perdido para siempre: él lleva el sello inconfundible de la perdición sobre su frente. Este era exactamente el pecado en que Israel estaba cayendo rápidamente. El Espíritu Santo pudo ser enviado y realizar actos de poder aún mayores que los que el propio Señor había hecho, pero ello no hizo ningún cambio en el corazón de ellos. La incrédula raza blasfema de Israel no sería perdonada ni en esta "época" ni en la venidera. Yo no insisto acerca de la palabra «dispensación», — la cual  significa un cierto curso de tiempo, gobernado por principios particulares; pero la idea es que ni en esta época (αών, aión) ni en la venidera, podría este pecado ser perdonado. Leemos, "A cualquiera que diga alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no le será perdonado ni en esta época ni en la venidera". (Mateo 12: 32 – RV1977). La época venidera es aquella en que los hijos de Israel van a estar bajo el gobierno del Mesías; ya que en aquel momento, y desde el cautiverio Babilónico, ellos han estado bajo el gobierno de los gentiles. Este pecado no debía ser perdonado ni en aquel momento ni lo será entonces. En cuanto a toda otra iniquidad, existía todavía la esperanza de que lo que no fuera perdonado ahora podría serlo cuando viniera el Mesías. Por supuesto que hay un perdón ilimitado para toda alma que Le recibe; pero ellos Le rechazaron y atribuyeron el poder del Espíritu que actuaba en Su persona a Beelzebú; y esa blasfemia nunca sería perdonada. Ese era el peligro creciente de Israel. Rechazando así al Mesías ellos están condenados. Ello fue rechazar el testimonio del Espíritu Santo; y una nueva obra de Dios debía ser entonces introducida.

 

Por eso el Señor declara que ellos son una generación de víboras. "Por el fruto se conoce el árbol". Se trataba de un árbol malo y Él no esperaba de él ningún fruto bueno. Él añade, "¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa (yo supongo que ello quiere decir, todo lo que delata desprecio hacia Dios) que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado". (Mateo 12: 34-37). En lo que Dios insiste es en el testimonio acerca de Jesús. Estas palabras ociosas delatan el rechazo del corazón para con Jesús, y desprecian el testimonio que el Espíritu Santo da de Él. "Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado". Es con la boca que se hace confesión para salvación (Romanos 10: 10); y las palabras que excluyen a Jesús demuestran que el corazón prefiere su pecado a Él. Las palabras de la boca evidencian el estado del corazón. Ellas son la expresión externa de los sentimientos y muestran a un hombre en una forma así como su conducta lo hace en otra. Si el corazón es malo, las palabras son malas, la conducta es mala: por tanto, todo viene a juicio.

 

Después de esto los fariseos piden una señal, y el Señor les da una muy significativa: pero, antes de eso, Él pronuncia Su sentencia moral sobre la nación, leemos, "La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás". (Versículo  39). ¿Cuál fue el rasgo especial de Jonás como profeta? ¿A quién profetizó? Él fue enviado desde Israel a los gentiles; y, más que eso, antes de que Jonás cumpliera con su mensaje correctamente, él debía pasar por la figura de la muerte y la resurrección. Tan obstinado estuvo él en no ir a donde se le ordenaba, que Jehová se encargó de que Jonás fuera arrojado desde la nave; y entonces Él trató con él como con un muerto y llevó a cabo una gran obra en su alma. Habiendo pasado Jonás por este tipo tan notable de muerte y resurrección, él estuvo ahora preparado para el mensaje que Jehová le da. Esta es la señal que el Señor expone ante los fariseos. Tal era el estado de la nación judía que Él debía dejarlos e ir a los gentiles; y eso, también, después de la muerte y resurrección en la realidad, cuando las esperanzas de Israel hubiesen perecido. El Señor tiene reservada bendición para Israel en el futuro; pero por el momento, todo está perdido para ellos. Ellos habían rechazado a su Señor. Dios mismo iba a ocuparse ahora con los gentiles. Por eso los ejemplos utilizados para confirmar esto son, en primer lugar, el caso de los hombres de Nínive, quienes se arrepintieron ante la predicación de Jonás; "y he aquí más que Jonás en este lugar". Luego, la reina del Sur, también una gentil, la cual no se arrepintió simplemente a causa del pecado, sino que mostró una energía de fe, yo puedo decir, digna de toda mención, sin siquiera un mensaje enviado a ella. Tales fueron el ardor de su corazón y su deseo de sabiduría que, al oír hablar acerca de Salomón, ella se apresuró a oírla de sus propios labios. ¡Qué reprensión para Israel! "Y he aquí más que Salomón en este lugar"; y una sabiduría tan superior a la de Salomón como la persona de Jesús era superior a la de Salomón. Pero ellos eran una generación mala y adúltera. No sabían que su Hacedor era el esposo de ellos; y Le despreciaron; y nuestro Señor añade, "La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará". Pero ahora Él proclama cuál será la condición final de ellos. El vínculo de Israel con Él se rompió; y por este desprecio blasfemo del testimonio que el Espíritu da de Jesús como Hijo del Hombre ellos deben ser juzgados.

 

Esto es lo que el Señor muestra ahora. "Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla". (Versículo  43). Todo estudiante de las Escrituras reconocerá que el espíritu inmundo significa idolatría, y su adoración se relaciona con los demonios en vez de con Dios. ¿Debemos suponer que nuestro Señor se aparta repentinamente de lo que Él había estado diciendo acerca de la nación para tratar a meros individuos? Claramente se trata de Israel. Como nación, Israel nunca cayó en la idolatría después del regreso de Babilonia como lo había hecho antes. No es que ellos fueran mejores hombres; sino que el espíritu inmundo de la idolatría ya no era la especial tentación de ellos. Si no era según la forma antigua, había nuevas formas en las que el diablo los tentaba a pecar. La casa había sido barrida y adornada. Así estaba cuando nuestro Señor estuvo aquí abajo. Israel había dejado de lado sus hábitos idolátricos; ellos iban a la sinagoga todos los días de reposo; y eran lo suficientemente celosos como para recorrer mar y tierra para hacer un prosélito. La casa estaba aparentemente limpia, y no había nada exteriormente que impactara la vista si se la consideraba. Pero el espíritu inmundo va a  volver. "Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación". El espíritu inmundo va a volver, con todo el poder de Satanás, — "siete espíritus peores que él". ¡Peores que la idolatría! La figura de un hombre es usada para ilustrar el estado de Israel, tal como muestran claramente las palabras que siguen a continuación, a saber, "Así también acontecerá a esta mala generación". Surge la pregunta, ¿Y cuándo será eso? Es el postrer estado de ellos  que aún está por llegar. El estado vacío, barrido y adornado que existía entonces puede estar todavía vigente. Humanamente hablando, ellos pueden ser morales. Puede ser que ellos no abandonen los libros de Moisés, sino que ellos adopten la posición de no adorar a nadie más que al Dios verdadero. Esto continuará durante cierto tiempo, pero no para siempre; porque sabemos por las Escrituras que Dios ha guardado esa nación para propósitos especiales, primero en juicio y luego en misericordia. Él los convertirá y hará de ellos una simiente santa de Abraham, ya que ellos son la simiente lineal. Israel todavía tiene que mostrar los últimos resultados del poder de Satanás sobre sus almas antes de que Dios convierta a un remanente y haga de dicho remanente una nación fuerte y salvada.

 

Pero mientras tanto, ¿qué iba Él a hacer? ¿Estaba Él pronunciando meramente  juicio sobre Israel? Ni mucho menos. Mientras Él hablaba a la gente se acercó uno y le dijo: "He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar". (Versículo  47). El Señor aprovecha inmediatamente esta oportunidad para mostrar que Él ya no reconocía las meras relaciones según la carne. Él tenía una relación especial con Israel, "de quienes… , según la carne, vino Cristo". (Romanos 9: 5). Él ya no los reconoce. Ellos no Le recibirían, y se convertirán en la vivienda para el diablo en todo su poder, — el postrer estado de ellos será peor que el primero. «Pero», dice el Señor, «voy a tener una cosa nueva ahora, — un pueblo según Mi propio corazón.» Y así Él extiende Su mano hacia Sus discípulos, y dice: "He aquí mi madre y mis hermanos". Sus únicos parientes verdaderos eran aquellos que recibían la palabra de Dios y la hacían. "Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre", — Él renunciaba a toda conexión terrenal por el momento. El único vínculo que Él reconoce ahora es la relación con un Padre celestial, formada por medio de la palabra de Dios recibida en el alma.

 

Tenemos así en este capítulo al Señor terminando con Israel en lo que respecta al testimonio. En el próximo capítulo encontraremos lo que resulta dispensacionalmente de esas nuevas relaciones que el Señor estaba a punto de desarrollar.

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta sección:

LBA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997, 2000 por The Lockman Foundation, Usada con permiso.

RV1977 = Versión Reina-Valera Revisión 1977 (Publicada por Editorial Clie).

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

 

Mateo 13

 

Al final del capítulo anterior nuestro Señor desconoció todos los vínculos naturales que Le unían a Israel. Yo hablo ahora simplemente de que Él lo sacó a relucir como asunto de enseñanza; pues nosotros sabemos que, históricamente, el momento para romper finalmente con ellos fue la cruz. Pero ministerialmente, si se puede decir así, la ruptura ocurrió y fue indicada ahora. Él aprovechó una alusión a Su madre y a Sus hermanos para decir quiénes eran Sus verdaderos parientes, — ya no los que estaban relacionados con él según la carne: la única familia que Él podía reconocer ahora eran aquellos que hacían la voluntad de su Padre que está en los cielos. Él reconoce nada más que el vínculo formado por la palabra de Dios recibida en el corazón y consiguientemente obedecida. El Espíritu Santo prosigue este tema registrando, en forma pertinente, varias parábolas cuyo objetivo fue mostrar la fuente, el carácter, la conducta y los asuntos de esta nueva familia, o al menos de los que profesaban pertenecer a ella. Este es el tema de Mateo 13. Un ejemplo sorprendente es cuán manifiestamente el Espíritu Santo ha agrupado los registros en la forma particular en que los tenemos actualmente; porque sabemos que nuestro Señor habló más parábolas de las que están presentadas aquí. Comparándolo con el Evangelio de Marcos, nosotros encontramos una parábola que difiere substancialmente de cualquiera que aparece en Mateo. En Marcos 4: 26-29 tenemos a una persona que siembra la tierra y duerme y se levanta de noche y de día esperando la germinación y el crecimiento y la maduración  plenos del grano, y luego él mismo lo recoge. Esto diverge considerablemente de todas las parábolas del Evangelio anterior; y sin embargo, nosotros sabemos por Marcos que la parábola en cuestión fue pronunciada el mismo día. Leemos, "Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra, conforme a lo que podían oír. Y sin parábolas no les hablaba;… Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado". (Marcos 4: 33-35).

 

Así como el Espíritu Santo selecciona ciertas parábolas en Marcos las cuales son insertadas mientras otras son omitidas (y lo mismo en Lucas), así también fue el caso en Mateo. El Espíritu Santo está comunicando plenamente el pensamiento de Dios acerca del testimonio nuevo comúnmente llamado cristianismo e incluso, cristiandad. consecuentemente, el comienzo mismo de este capítulo nos prepara para la nueva escena. "Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar". (Mateo 13: 1). Hasta ese momento la casa de Dios estaba relacionada con Israel. Dios moraba allí, en la medida en que esto podía ser dicho acerca de la tierra; Él la consideraba como Su morada. Pero Jesús salió de la casa y se sentó junto al mar. Todos sabemos que en el lenguaje simbólico del Antiguo y del Nuevo Testamento el mar es usado para representar a las masas de hombres que deambulan por todas partes y no están bajo el establecido gobierno de Dios. "Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó". Desde allí Él les enseña. "Y toda la gente estaba en la playa". La acción misma de nuestro Señor indicaba que iba a haber un testimonio muy generalizado. Las parábolas mismas no están limitadas a la esfera de los tratos anteriores de nuestro Señor, sino que abarcan una gama mucho más extensa que todo lo que Él había hablado en tiempos pasados. "Les habló muchas cosas por parábolas". (Versículo 3). No se da a entender que nosotros tenemos todas las parábolas que nuestro Señor habló; pero el Espíritu Santo nos presenta aquí siete parábolas conectadas, todas reunidas y compactadas en un sistema consistente, como me esforzaré por mostrar. El Espíritu Santo está ejerciendo claramente una cierta autoridad en cuanto a las parábolas seleccionadas aquí, porque todos sabemos que el siete es el número Escritural para lo que es íntegro: y ya sea que dicho número hable del bien o del mal, espiritualmente, el siete es normalmente el número utilizado. Cuando el símbolo del doce es utilizado expresa integridad, no espiritual, sino en cuanto a lo que tiene que ver con el hombre. Allí donde la administración humana es puesta en preminencia para llevar a cabo los propósitos de Dios, allí aparece el número doce. Por eso tenemos a los doce apóstoles que tenían una relación peculiar con las doce tribus de Israel; pero, cuando la iglesia va a ser presentada nosotros volvemos a oír el número siete, — "las siete iglesias". Con independencia de cómo eso pueda ser, nosotros tenemos aquí siete parábolas con el propósito de presentar una historia completa del nuevo orden de cosas que está a punto de comenzar, — a saber, la cristiandad y el cristianismo, es decir, lo espurio así como lo verdadero.

 

Entonces, la primera pregunta que surge es, ¿Cómo es que tenemos esta serie de parábolas aquí y en ninguna otra parte? Algunas de ellas están en Marcos y otras en Lucas; pero en ninguna parte, excepto en Mateo, tenemos siete, la lista completa. La respuesta es ésta: Nada puede ser más hermoso ni más apropiado que ellas sean presentadas en un Evangelio que presenta a Jesús como el Mesías a Israel; y que luego, al ser Él rechazado, muestra lo que Dios sacaría a relucir a continuación. Para los discípulos, cuando sus esperanzas se desvanecían, ¿qué podía ser de más profundo interés que conocer la naturaleza y el fin de este testimonio? Si el Señor enviaba Su palabra entre los gentiles, ¿cuál sería el resultado? Consecuentemente, el Evangelio de Mateo es el único que nos presenta un bosquejo completo del reino de los cielos; como también nos presenta la insinuación de que el Señor iba a fundar la Iglesia. Es sólo en Mateo donde tenemos ambas cosas sacadas a la luz. No obstante, yo reservo esto para otro día; pero debo comentar que el reino de los cielos no es lo mismo que la Iglesia sino más bien es el escenario donde la autoridad de Cristo es reconocida, al menos exteriormente. Dicho reconocimiento puede ser real o no, pero todo cristiano que  profesa está en el reino de los cielos. Toda persona que, incluso en un rito externo, confiesa a Cristo, no es un simple judío o gentil, sino que está en el reino. Ello es una cosa muy diferente a que un hombre nazca de nuevo y sea bautizado por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo. Aquel que lleva el nombre de Cristo pertenece al reino de los cielos. Puede ser que dicha persona sólo sea una cizaña allí, pero aun así, dicha persona está allí. Esto es algo muy solemne. Dondequiera que Cristo es confesado externamente hay una responsabilidad que va más allá de la que corresponde al resto del mundo.

 

La primera parábola era claramente cierta cuando nuestro Señor estaba en la tierra. Ella es muy general y sería aplicable al Señor en persona o en espíritu. Por eso puede decirse que ella siempre tiene lugar; pues en la segunda parábola encontramos al Señor presentado de nuevo todavía sembrando buena semilla: sólo que aquí se trata del "reino de los cielos" que es asemejado a un hombre que sembró buena semilla en su campo. (Mateo 13: 24-30). La primera es la obra de Cristo al proclamar la palabra entre los hombres mientras Él estaba aquí abajo. La segunda es aplicable más bien a nuestro Señor sembrando por medio de Sus siervos; es decir, el Espíritu Santo obrando por medio de ellos según la voluntad del Señor mientras Él está en lo alto, habiendo sido establecido entonces el reino de los cielos. Esto proporciona de inmediato una clave importante para todo el tema. Pero, puesto que el asunto de la primera parábola es muy general, hay mucho en toda la enseñanza moral de ella que es aplicable tan verdaderamente ahora como a cuando nuestro Señor estuvo en la tierra. "El sembrador salió a sembrar", — una verdad de peso. No era así como los judíos esperaban a Su Mesías. Los profetas dieron testimonio de un gobernante glorioso que establecería Su reino en medio de ellos. No cabe duda de que había claras predicciones de Su padecimiento así como de Su exaltación. Nuestra parábola no describe ni el padecimiento ni la gloria exterior sino una obra llevada a cabo por el Señor de carácter distinto a cualquier cosa que el judío podía deducir naturalmente de la mayor parte de las profecías. Sin embargo, yo concibo que nuestro Señor estaba aludiendo a Isaías. No se trata exactamente del evangelio de la gracia y de la salvación para los pobres, miserables y culpables, sino que se trata de Uno que, en lugar de venir a reclamar los frutos de la viña establecida en Israel, tiene que comenzar una obra enteramente nueva. El sembrador que sale a sembrar señala evidentemente el comienzo de aquello que no existía antes. El Señor está comenzando una obra no conocida anteriormente en este mundo. "Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron". Ese fue claramente el caso más desesperado de todos. Ello fue nulo, no por culpa de la semilla, sino por la acción destructiva de las aves que comieron lo sembrado.

 

Tenemos a continuación: "Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra". En este caso hubo una apariencia más esperanzadora. La palabra fue recibida, pero el terreno era pedregoso; no había profundidad de tierra. Las apariencias fueron muy rápidas, — leemos, "y brotó pronto". Hay poco o ningún sentido de pecado. Todo es aceptado pero muy fácilmente. Se puede pensar que el «plan de salvación» es excelente; la iluminación de la mente puede ser innegable; pero una persona como esa nunca ha medido su terrible condición delante de Dios. La buena palabra de Dios es gustada pero el terreno es rocoso. La conciencia no ha sido debidamente ejercitada. Mientras que, en una verdadera obra de corazón, la conciencia es el terreno en que la palabra de Dios surte efecto. Nunca puede haber una obra de Dios real sin un sentido de pecado. Donde los sentimientos afables son excitados pero el pecado es pasado por alto, que es el caso del que se habla aquí, — la palabra es recibida inmediatamente pero el terreno permanece realmente intacto, — rocoso. No hay raíz porque no hay profundidad de tierra: por consiguiente, "pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó".

 

Pero, además, "Parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron". Este es otro caso; no exactamente aquel en el que el corazón recibió la palabra inmediatamente. Y nosotros debemos tener tan poca confianza en el corazón como en la cabeza. La carne varía en diferentes individuos. Algunos pueden tener más mente y otros más sentimiento. Pero ninguno de ellos puede recibir la palabra de Dios de manera salvífica a menos que el Espíritu Santo actúe en la conciencia y produzca el sentido de estar completamente perdido. Cuando éste es el caso, se trata de una verdadera obra de Dios, cuyos dolores y dificultades no harán más que profundizar. Los que recibieron la semilla entre espinos son una clase devorada por las ansiedades de este siglo (esta era), y arrastrados por el engaño de las riquezas que ahogan la palabra, de modo que no lleven fruto.

 

Pero ahora viene la buena tierra. "Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga". (Versículos 8, 9). El sembrador es aquí el propio Señor, sin embargo, de cuatro esparcimientos de la semilla, tres son infructuosos. Sólo en el último caso la semilla da un fruto maduro; e incluso allí el resultado es irregular y dificultado, — pues leemos, "cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno", — es decir, las cosas naturales todavía impiden, en mayor o menor medida, la fecundidad,.

 

¡Qué ejemplo del corazón del hombre y del mundo revelan estas parábolas! Incluso cuando el corazón no rechaza sino que recibe exteriormente la verdad este puede abandonarla con la misma rapidez. La misma voluntad que hace que un hombre reciba el evangelio de buena gana, hace que él lo descarte ante las dificultades. Pero, en algunos casos, la palabra produce efectos bienaventurados. Ella cayó en buena tierra, y dio fruto en diferentes grados. "El que tiene oídos para oír, oiga". Una solemne amonestación a las almas para que valoren bien si producen o no conforme a la verdad que ellas han recibido.

 

Los discípulos vienen ahora y le dicen: "¿Por qué les hablas por parábolas?", y el Señor hace que ello sea ocasión para explicarles estas cosas. "El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado". La parábola misma sería como la nube de Israel en un día anterior, — llena de luz para los de adentro, llena de oscuridad para los de afuera. Así sucede con los dichos de nuestro Señor. Tan solemne era en aquel momento la crisis con el Israel incrédulo que no fue Su intención dar una luz más clara. La conciencia había desaparecido. Ellos tenían al Señor, a Jehová, en medio de ellos introduciendo luz plena, y Él fue rechazado, especialmente por los líderes religiosos. Él había roto con ellos ahora: allí estaba la clave de Su conducta. "A vosotros os es dado saber", etcétera. La luz fue ocultada a la multitud, y esto debido a que ellos ya habían rechazado las pruebas más claras posibles de que Jesús era el Mesías de Dios. Pero, como Él dice aquí, "a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más". Tal fue el caso con respecto a los discípulos. Ellos ya habían recibido Su persona, y ahora el Señor les supliría con la verdad para guiarlos a avanzar. Pero al que no tiene (el Israel que rechaza a Cristo), aun lo que tiene le será quitado", — la presencia corporal del Señor y la evidencia del milagro pronto desaparecerían. "Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden". (Versículo 13). Esa sentencia judicial de tinieblas que Isaías había pronunciado sobre ellos cientos de años antes iba a ser sellada ahora (véase Isaías 6: 9-10), aunque el Espíritu Santo todavía les presenta un testimonio nuevo. Y este mismo pasaje es citado después para señalar que se trata de una cosa terminada con Israel. Ellos "amaron más las tinieblas que la luz". ¿De qué le sirve la luz a uno que cierra los ojos? Por lo tanto, la luz sería quitada también. "Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron". (Versículos 16, 17).

 

Sigue a continuación la explicación de la parábola. Tenemos presentado a nosotros el significado de "las aves del cielo". No es dejado a ninguna conjetura nuestra. "Cuando alguno oye la palabra del reino (esto era predicado en aquel entonces: no es exactamente la palabra del evangelio", sino "del reino") y no la entiende", etcétera. En Lucas no se la llama "la palabra del reino", ni se dice "no la entiende". Es interesante observar la diferencia porque ella muestra la forma en que el Espíritu Santo ha actuado en este Evangelio. Comparen ustedes con Lucas 13. La primera de estas parábolas nos es presentada en Lucas 8:11. Leemos, "Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios", — no la palabra del reino, sino "de Dios". Hay, obviamente, mucho en común entre las dos; pero el Espíritu tuvo un sabio motivo para usar las diferentes expresiones. Ello sería, más bien, dar una oportunidad a un enemigo, a menos que hubiese habido alguna buena base para ello. Yo repito que es "la palabra del reino" en Mateo, y "de Dios" en Lucas. En este último tenemos, "para que no crean", y en el primero, "para que no… entiendan". (Mateo 13: 15). ¿Qué es enseñado mediante esta diferencia? Es evidente que, en Mateo, el Espíritu Santo tiene particularmente en perspectiva al pueblo judío; mientras que en Lucas el Señor tenía particularmente ante Sí a los gentiles. Ellos comprendían que había un gran reino que Dios estaba a punto de establecer y que estaba destinado a consumir a todos los reinos de ellos. En el caso de los judíos, ya familiarizados con la palabra de Dios, el gran asunto de ellos era entender lo que Dios enseñaba, — lo cual la justicia propia nunca entiende. Ustedes podrían haber sido refutados si hubiesen dicho a un judío: «Tú no crees lo que dice Isaías»; y vendría una pregunta seria: «¿Lo entiendes tú?» Pero para el gentil, que no tenía las "palabras de vida", en lugar de establecer su propia sabiduría, el asunto era creer lo que Dios decía; y esto es lo que tenemos en Lucas. En Mateo, hablando a un pueblo que ya tenía la Palabra, lo importante era entenderla. Esto ellos no lo hicieron. El Señor muestra que si ellos oían con sus oídos, no entendían con sus corazones. Esta diferencia, cuando es conectada con las diferentes ideas y objetivos de los dos Evangelios, es igualmente interesante e instructiva.

 

"Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende". (Versículo 19). Otra verdad solemne que aprendemos a partir de esto: a saber, la gran cosa que impide el entendimiento espiritual es el prejuicio religioso. Los judíos fueron acusados de no entender. No eran idólatras ni abiertamente incrédulos, pero tenían un sistema de religión en sus mentes en el que habían sido entrenados desde la infancia, el cual oscurecía su entendimiento acerca de lo que el Señor estaba sacando a relucir. Lo mismo ocurre ahora. Pero entre los paganos, aunque el estado sea moralmente malo, sin embargo, en el estéril yermo la palabra de Dios puede ser sembrada libremente, y, por gracia, ser creída. Este no es el caso donde las personas han sido criadas en ordenanzas y superstición: allí la dificultad es entender la palabra. "Viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón". La respuesta a las aves, en la primera parábola, como vimos, es el malo que se lleva la palabra del reino tan pronto como ella es sembrada.

 

"Y aquel en quien se sembró la semilla en pedregales, éste es el que oye la palabra y enseguida la recibe con gozo". (Versículo  20 - LBA). Allí tienen ustedes el corazón, conmovido en sus afectos, pero sin ejercicio de conciencia. Al instante la palabra es recibida con gozo. Hay una gran alegría al respecto, pero allí termina. Sólo el Espíritu Santo actuando sobre la conciencia es el que presenta lo que las cosas son delante de Dios. "Pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza".

 

Luego tenemos el terreno espinoso: "Y aquel en quien se sembró la semilla entre espinos, éste es el que oye la palabra, mas las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se queda sin fruto". (Mateo 13: 22 – LBA).  Hay un caso que pudo haber parecido prometedor por un tiempo; pero la ansiedad acerca de este mundo o la facilidad halagadora de la prosperidad aquí abajo le hicieron infructuoso, y todo se acaba. "Pero aquel en quien se sembró la semilla en tierra buena, éste es el que oye la palabra y la entiende" (en todo se trata de entendimiento espiritual) "éste sí da fruto y produce, uno a ciento, otro a sesenta y otro a treinta". (Mateo 13: 23 – LBA).

 

Llegamos ahora a la primera de las semejanzas del reino de los cielos. La parábola del sembrador fue la obra preparatoria de nuestro Señor en la tierra. "Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue". (Versículos 24, 25), — exactamente lo que ha sucedido en la profesión de Cristo. Hay dos cosas necesarias para la irrupción del mal entre los cristianos. La primera es la falta de vigilancia de los propios cristianos. Ellos caen en un estado de descuido, se duermen; y el enemigo viene y siembra cizaña. Esto comenzó en una época temprana en la cristiandad. Nosotros encontramos los gérmenes incluso en el libro de los Hechos, y aún más en las Epístolas. 1ª Tesalonicenses es la primera epístola inspirada que el apóstol Pablo escribió; y la segunda fue escrita poco tiempo después. Él les dice allí que el misterio de iniquidad estaba ya en acción; que la apostasía y el hombre de pecado iban a seguir; y que cuando la iniquidad se manifestara plenamente (en lugar de actuar en secreto), entonces el Señor daría fin al inicuo y a todo lo involucrado. El misterio de iniquidad es análogo a la siembra de la cizaña de la que se habla aquí. Algún tiempo después, "Cuando el trigo brotó y produjo grano", — cuando el cristianismo comenzó a hacer grandes progresos en la tierra, "entonces apareció también la cizaña". (Mateo 13: 26 – LBA). Pero, es evidente que la cizaña fue sembrada casi inmediatamente después de la buena semilla. Con independencia de cuál sea la obra de Dios, Satanás siempre sigue muy de cerca. Cuando el hombre fue hecho, escuchó a la serpiente, y cayó. Cuando Dios dio la ley, ella fue quebrantada incluso antes de que fuera depositada en manos de Israel. Tal es siempre la historia del hombre.

 

Así que el daño es hecho en el campo, y nunca es reparado. La cizaña no es arrancada del campo, por el momento: no hay juicio sobre ella. ¿Significa esto que vamos a tener cizaña en la Iglesia? Si el reino de los cielos significara la Iglesia, no debiese haber ninguna disciplina en absoluto: la inmundicia de carne o de espíritu, los blasfemos, los borrachos, los adúlteros, los cismáticos, los herejes, los anticristos, tendrían que estar permitidos dentro de ella. Aquí está la importancia de ver la distinción entre la Iglesia y el reino. De la cizaña que ahora está en el reino de los cielos el Señor dice: "Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega" (Versículo 30), es decir, hasta que Él venga en juicio. Si el reino de los cielos fuera lo mismo que la Iglesia, esto equivaldría, yo reitero, nada menos que a esto: a saber, que ningún mal, por muy flagrante o evidente que sea, ha de ser sacado de la Iglesia hasta el día del juicio. Vemos, entonces, la importancia de hacer estas distinciones que demasiados desprecian. Ellas son sumamente importantes para la verdad y la santidad; y no hay una sola palabra de Dios de la que podamos prescindir.

 

Pero esta parábola no tiene nada que ver con el asunto de la comunión eclesiástica. De lo que se habla es del "reino de los cielos", el escenario de la confesión de Cristo, sea ella verdadera o falsa. Así, griegos, coptos, nestorianos, católicos romanos, así como protestantes, están en el reino de los cielos; no sólo los creyentes, sino todos aquellos que profesan externamente el nombre de Cristo. Algunos pueden ser inmorales o herejes, y aun así ellos no han de ser sacados del reino de los cielos. Pero surge la pregunta, ¿sería correcto recibir a los tales a la mesa del Señor? ¡Dios no lo permita! La Iglesia (la asamblea de Dios) y el reino de los cielos son dos cosas diferentes. Una persona que cae en pecado abierto no debe ser permitida a la comunión de la Iglesia; pero ustedes no pueden sacarlo fuera del reino de los cielos. De hecho, ello sólo podría ser hecho quitándole la vida; porque el desarraigo de la cizaña involucra esto. Y en esto es en lo que cayó el cristianismo mundano en un espacio de tiempo no muy largo después de que los apóstoles partieran de la tierra. Castigos temporales para la disciplina fueron introducidos; leyes fueron dictadas con el fin de entregar a los refractarios al servil poder civil. Si ellos no honraban a la llamada «iglesia», no se les debía permitir vivir. Así, el mismo mal en contra del cual nuestro Señor había estado protegiendo a los discípulos llegó a suceder: y el emperador Constantino utilizó la espada para reprimir a los culpables eclesiásticos. Él y sus sucesores introdujeron castigos temporales para lidiar con la cizaña, para tratar de desarraigarla. Tomen ustedes a la iglesia de Roma, donde ustedes tienen que se confunde tan completamente a la Iglesia con el reino de los cielos: si un hombre es hereje ellos afirman categóricamente que hay que entregarlo a los tribunales del mundo para que lo quemen; y ellos nunca confiesan o corrigen el error porque ellos pretenden ser infalibles. Suponiendo que sus víctimas incluso fuesen cizaña, esto es para sacarlos fuera del reino. Si ustedes arrancan una cizaña del campo, la matan. Puede haber hombres afuera profanando el nombre de Dios; pero debemos dejarlos para que Dios lidie con ellos.

 

Para la responsabilidad cristiana hacia los que rodean la mesa del Señor tenemos enseñanzas completas en lo que está escrito acerca de la Iglesia. "El campo es el mundo" (Mateo 13: 38); pero la Iglesia incluye solamente a los que son miembros del cuerpo de Cristo. Tomen ustedes 1ª Corintios, donde el Espíritu Santo nos presenta el orden de la casa de Dios y su disciplina. Suponiendo que algunos de los que están allí son culpables de pecado no arrepentido, tales personas no deben ser admitidas mientras continúen en ese pecado. Un santo verdadero puede caer en pecado abierto, pero la Iglesia, conociendo esto, está obligada a intervenir para expresar el juicio de Dios sobre el pecado. Si ellos permitieran deliberadamente que alguien así viniera a la mesa del Señor, ellos harían efectivamente al Señor partícipe de ese pecado. El asunto no es si acaso la persona se ha convertido o no. Si son inconversos, los hombres no tienen por qué estar en la Iglesia; y si se han convertido, el pecado no debe ser ignorado. Los culpables no son sacados fuera del reino de los cielos; ellos deben ser sacados fuera de la Iglesia. De modo que la enseñanza de la palabra de Dios es muy clara en cuanto a estas dos verdades. Es incorrecto usar castigos mundanos para lidiar con una persona inicua en asuntos espirituales. Yo puedo procurar el bien de su alma y mantener la honra de Dios con respecto al pecado, pero esto no es motivo para usar el castigo mundano. Los inconversos serán juzgados por el Señor en Su aparición. Esta es la enseñanza de la parábola de la cizaña; y ella presenta una visión muy solemne del cristianismo. Hay un remedio para el mal que entra en la Iglesia, pero no todavía para el mal en el mundo.

 

Este es el único Evangelio que contiene la parábola de la cizaña. Lucas presenta la levadura. Mateo tiene también la cizaña. Ella enseña particularmente la paciencia para el presente, en contraste con los tratos judiciales judíos, así como con la justa expectativa de ellos acerca de un campo despejado bajo el reinado del Mesías. Los judíos dirían: «¿Por qué debemos permitir a los enemigos, herejes impíos?» Incluso cuando nuestro Señor estaba aquí abajo y algunos samaritanos no Le recibieron, Jacobo y Juan quisieron ordenar que bajara fuego del cielo para que los consumiera. Pero el Señor no había venido para juzgar en aquel entonces sino para salvar. El juicio del mundo debe esperar Su regreso. (Véase Lucas 9: 51-56).

 

Pero, tenemos más. "Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero". (Versículo  30). Por tanto, los santos celestiales van a ser recogidos en el granero del Señor para ser sacados de la tierra al cielo. Pero, el "tiempo de la siega" insinúa un cierto período ocupado con los diversos procesos de recolección. No se dice que el trigo ha de ser atado en manojos para ser llevado al cielo. No hay ninguna insinuación de algún trabajo preparatorio especial acerca de los santos antes de que ellos sean recogidos. Pero sí hay un trato de Dios con la cizaña. Los ángeles van a recoger la cizaña y la atará en manojos antes de que el Señor la elimine del campo. Yo no pretendo decir la manera en que eso será, o si el sistema de asociaciones en el día actual no puede preparar el camino para la acción final del Señor en cuanto a la cizaña. Pero el principio de la asociación mundana está creciendo rápidamente.

 

La parábola del campo sembrado había demostrado plenamente lo que debió ser un golpe inesperado para los pensamientos de los discípulos, a saber, que la época que se iniciaba, en lo que respecta a la mantención de la gloria de Dios por parte del hombre, fracasaría tan completamente como la dispensación pasada. Israel había deshonrado a Dios; ellos no habían producido liberación sino vergüenza y confusión en la tierra; habían fracasado bajo la ley, y rechazarían la gracia tan completamente que el Rey se vería obligado a enviar Sus ejércitos para destruir a esos homicidas y quemar la ciudad de ellos. Pero, si iba a haber una nueva obra al reunir a los discípulos al nombre de Jesús por medio de la palabra que se les predicaba, ¿iba eso a estropearse también en manos del hombre? La salvación de las almas está verdaderamente segura en las manos de Dios; pero la prueba de lo que está encomendado a la responsabilidad del hombre resulta ahora, como siempre, un completo fracaso. El hombre fue destituido de la gloria de Dios en el Paraíso, y fuera de él corrompió su camino y llenó la tierra de violencia. Después, Dios escogió un pueblo para ponerlos a prueba, y ellos fracasan. Y ahora llegó la nueva prueba: ¿Qué sería de los discípulos que profesaban el nombre de Cristo? La respuesta ha sido dada: leemos, "Mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña"; y el anuncio solemne declara que ningún celo por parte de ellos podría remediar el mal. Ellos mismos podrían ser fieles y vehementes; pero el mal que ha sido hecho por la introducción de la cizaña, — es decir, falsos profesantes del nombre de Cristo, — nunca será erradicado. El Señor habla, evidentemente, del vasto campo de la profesión cristiana y del triste hecho de que el mal iba a ser introducido desde el principio mismo; y, una vez introducido, nunca sería expulsado hasta que el Señor mismo regresa a juzgar, y por medio de Sus ángeles recoja la cizaña en manojos para quemarla, mientras el trigo es recogido en el granero.

 

Si la Iglesia está en nuestros pensamientos al leer Mateo 13, entonces nosotros nunca entenderemos el capítulo. Leemos, "El campo es el mundo" (Mateo 13: 38), — es decir, la esfera donde el nombre del Señor es profesado, y que se extiende mucho más allá de lo que podría ser llamado, la Iglesia. Podría haber, y hay, muchas personas que se llaman a sí mismas cristianas, y sin embargo muestran mediante sus modos de obrar que no hay fe real en ellas. A estos se les llama "cizaña". Hay muchos, de quienes nadie cree que han nacido de Dios, que, sin embargo, se horrorizarían si fuesen considerados como incrédulos. Ellos reconocen a Cristo como el Salvador del mundo, el verdadero Mesías, pero ello es tan inoperante en sus almas como lo fue en quienes creyeron en Cristo cuando vieron los milagros que Él hizo (Juan 2:23). Jesús mismo no coincide con los tales ahora, de la misma manera en que Él no lo hizo en aquel entonces.

 

La parábola siguiente insinúa que el mal no sería simplemente una profesión falsa entremezclándose, sino que seguramente algo muy diferente seguiría a continuación. Ello podría estar relacionado con la cizaña, y crecer a partir de ella; pero se necesitaba otra parábola para explicarlo. Comenzando con el núcleo más pequeño, más humilde en lo que respecta a este mundo, iba a existir aquello que asumiría vastas proporciones en la tierra, lo cual echaría sus raíces profundamente entre las instituciones de los hombres, y se elevaría hasta llegar a ser un sistema de vastos poder e influencia terrenales. Este es el grano de mostaza que brota hasta hacerse un gran árbol, en cuyas ramas vienen y hacen nido las aves del cielo. El Señor había explicado ya estas últimas como siendo el malo , o sus emisarios. (Compárese con versículos 4 y 19.) Nosotros nunca debemos apartarnos del significado de un símbolo en un capítulo a menos que haya algún motivo nuevo y expreso para ello, lo cual en este caso no aparece. Por tanto, nosotros tenemos la más pequeña de todas las semillas que crece hasta hacerse algo parecido a un árbol; y de este pequeñísimo comienzo surge un tallo con ramas lo suficientemente espaciosas como para dar albergue y morada a las aves del cielo. ¡Qué cambio para la profesión cristiana! El destructor está instalado ahora en su seno.

 

Luego sigue la tercera parábola, de nuevo de una naturaleza diferente. No se trata de una semilla, buena o mala. No es lo pequeño que ahora se vuelve altivo y grande, un poder protector en la tierra, ¿y para qué? Pero encontramos aquí que habría propagación de doctrina en el interior, — encontramos el término "levadura", utilizado aquí, así como en otros lugares, en lugar de "doctrina". Por ejemplo, tenemos "La doctrina de los fariseos y de los saduceos", que nuestro Señor llamó "levadura". (Mateo 16: 5-12). El pensamiento aquí es para simbolizar lo que se propaga e impregna lo que está expuesto a ello. "El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado". Versículo  33). No es legítimo asumir que las tres medidas de harina significan el mundo entero, como muchos han hecho, y aún lo hacen. [Véase nota 10]. No es habitual encontrar la verdad entendida de tal manera. Sabemos lo que el corazón es, y podemos inferir que la doctrina que se propaga tan completamente bajo el nombre de Cristo debe estar muy alejada de su pureza original cuando llega a ser bien acogida por las masas de los hombres.

 

[Nota 10]. Si nosotros acudimos solamente a la Escritura como su propio intérprete, las "tres medidas de harina" de la parábola nos remitirían naturalmente a las ofrendas vegetales, o de cereal, prescritas en la ley. Ellas debían ser alimentos para los sacerdotes, comidas en el lugar santo, sin levadura. Véase Levítico 6: 14-17, y 1ª Corintios 5: 8.

 

Además, hemos visto la cizaña, — lo cual no implica nada bueno, — mezclada con el trigo. Hemos tenido la semilla de mostaza crecida hasta hacerse  un árbol, y albergando extrañamente a las aves del cielo, las cuales antes comieron la semilla que Cristo sembró. Además, siempre que la "levadura" aparece simbólicamente en la palabra de Dios, nunca es empleada excepto para caracterizar la corrupción que tiende a obrar activamente y a propagarse; de modo que no se debe asumir que ella sea la extensión del evangelio. Yo no dudo de que el significado es un sistema de doctrina que llena y da su tono a una determinada masa de hombres. Por otra parte, el evangelio es la semilla, — la semilla incorruptible, — de vida, por ser ella el testimonio que Dios presenta de Cristo y de Su obra. La levadura en ninguna parte tiene que ver con Cristo o con dar vida, sino expresamente lo contrario. Por lo tanto, no hay la menor analogía entre la acción de la levadura y la recepción de la vida en Cristo por medio del evangelio. Creo que la levadura describe aquí el propagandismo de los dogmas y decretos después de que la cristiandad se convirtió en un gran poder en la tierra (respondiendo al árbol, — que fue el caso, históricamente, en la época del emperador romano Constantino el Grande). Nosotros sabemos que el resultado de esto fue un terrible alejamiento de