EDIFICACIÓN ESPIRITUAL CRISTIANA EN GRACIA Y VERDAD

LA IGLESIA EN TESALÓNICA (J. G. Bellett)

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La Iglesia en Tesalónica

 

J. G. Bellett

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles (" ") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RV60) excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito.

 

Publicado anteriormente encuadernado con 'Breves notas acerca de la Epístola a los Efesios'.

 

Nosotros percibimos fácilmente diferentes medidas de consecuciones tanto en conocimiento como en gracia en las iglesias de antaño. Por ejemplo, el ascenso de la de Éfeso era muy superior al de Corinto. En Corinto el apóstol tuvo que ocuparse de la corrupción de varios errores y abusos, y él se vio así impedido de llevar a los discípulos la sólida y rica vianda de la Palabra. Él les ocultó esa "sabiduría oculta" que tenía reservada para los que habían "alcanzado madurez" (1ª Corintios 2: 6, 7), porque ellos eran "carnales… niños en Cristo". (1ª Corintios 3). Pero en Éfeso su carrera fue libre; él no tuvo que detenerse para corregir abusos y errores sino que pudo seguir alimentando a la iglesia con sabiduría y conocimiento y revelarles "el misterio" o "sabiduría oculta" que tuvo que ocultar a los santos de Corinto. (Efesios 3). En Corinto el Espíritu Santo por medio del apóstol tuvo que considerar las cosas propias de ellos y mostrárselas para corrección; pero en Éfeso Él pudo hacer Su más bienaventurada obra de tomar las cosas de Cristo y mostrárselas para edificación y consuelo.

 

De modo que al diferenciar la condición de estas dos iglesias yo podría decir que el sacerdote estaba 'arreglando la lámpara' en Corinto, usando allí las despabiladeras de oro para corrección del mal; mientras que en Éfeso él estaba alimentando la lámpara, vertiendo aceite nuevo para llenarla e iluminarla con aumento de luz y gracia.

 

Mi estimación es que las otras iglesias bajo el cuidado de Pablo ocupaban ciertas posiciones entre Corinto y Éfeso; es decir, ellas no requerían la misma medida de reprensión que Corinto ni estaban mucho más allá de la necesidad de toda atención personal como Éfeso. Pero en las epístolas a ellas nosotros discernimos una acción mixta de alimentación y arreglo de las lámparas. De hecho, yo podría clasificar las iglesias en Galacia con la de Corinto porque allí había entrado tal error que el apóstol no tuvo mucho más que hacer sino corregirlo y reprenderlo, y así, como podía ser, restaurar las mentes de los discípulos. Pero ya sea en Roma, Filipos, Colosas o Tesalónica nosotros vemos al apóstol aplicándose tanto al mal como al bien que había entre los santos allí; y yo consideraría brevemente cada una de ellas.

 

De este modo, en ROMA él tiene en perspectiva unir a los creyentes judíos y gentiles ya que entre los discípulos de esa ciudad parece haber existido la mantención de sus diversos prejuicios que estaban amenazando dividir. En la epístola es sacada a la luz una gran cantidad de verdades bienaventuradas, pero el objetivo práctico de todo ello parece ser asegurar en aquel momento la unión y la paciencia de los santos unos con otros. Pero no hay una gran cantidad de mal o daño reconocidos por él.

 

En FILIPOS la iglesia era hermosa debido a la mucha gracia y también por la gracia que era peculiar a sí misma. Sin embargo, el apóstol en su epístola a aquella iglesia alude evidentemente a los síntomas de desunión que habían aparecido entre ellos; pero a causa de la otra gracia que había allí él alude a este mal con marcada ternura y reserva expresando a menudo el consuelo con que él se consolaba en ellos. Y este estilo tierno del apóstol al mencionar el mal entre los filipenses debe decirnos que cuando nosotros vemos mucho de la gracia de Cristo en un hermano debemos recordar eso al tratar con el mal que también puede haber en él. No es que el apóstol pasara por alto el mal en Filipos sino que él recordó la gracia que había allí; y esto impartió un tono contenido y afectuoso al abordar el mal él mismo.

 

En COLOSAS es cierto que el apóstol alimenta a los santos con el más precioso conocimiento, con los pensamientos más ricos acerca de Cristo y de Su plenitud. Pero esto evidentemente fue porque él temía la entrada de principios judaizantes entre ellos, temor por el cual él nos da a entender que tenía buenos motivos; y el único correctivo divino de aquel mal es el conocimiento de la suficiencia de Cristo para toda la necesidad tanto del pecador como del santo.

 

En TESALÓNICA la venida y el reino del Señor Jesús habían sido especialmente recibidos por medio del ministerio del apóstol; y en las epístolas a la iglesia de allí él todavía los alimenta con más luz acerca de  esa gran doctrina. Pero si bien él hace eso él también tiene que corregir un cierto error práctico que era peculiar de ellos.

 

Por tanto, nosotros discernimos claramente diferentes condiciones en la gracia y el conocimiento de las diferentes iglesias. Y todas estas cosas les sucedieron como ejemplos, así como las cosas que le sucedieron a Israel en el desierto; y de la misma manera ellas están escritas aquí como enseñanza para nosotros. (1ª Corintios 10). Y podemos bendecir a Dios por tener esto que es Su respuesta inspirada a tantas preocupaciones y preguntas que podrían surgir en nuestros corazones mientras andamos unos con otros.

 

En lo que he dicho puede ser que yo no haya discernido del todo correctamente las posiciones de las varias iglesias; pero no tengo ninguna duda acerca del hecho de que ellas eran diferentes. Yo hablo de las iglesias tal como se las conoce por las epístolas dirigidas a ellas respectivamente. En algunas de estas lámparas del santuario había sido vertido más aceite que en otras.

 

El hecho que ya he mencionado tan claramente nos muestra esto, — a saber, que el apóstol se abstuvo de presentar a los corintios la revelación del misterio que él da a conocer tan plenamente a los efesios. Y esto muestra de inmediato cuán impotente y sin fundamento es requerir que las mentes de todos los discípulos deben encontrarse exactamente de acuerdo con una medida y una posición antes de que la comunión de la iglesia pueda ser permitida o administrada. No, tan lejos de esto yo me atrevo a creer que si un miembro de la iglesia en Éfeso hubiera visitado Corinto él los habría encontrado tan preocupados con cuestiones y contiendas que nunca lo habían turbado a él o a sus hermanos en casa, que lo habrían dejado en duda con respecto a ellos. Y así uno que va de Corinto a Éfeso los habría encontrado tan ocupados con tal verdad de la que él nunca había oído hablar en casa, que el tal podría haber sospechado, en lenguaje moderno, que todos en Éfeso estaban en Babia. Por lo tanto, yo puedo suponer que  debido a sus diferentes medidas de luz y consecución en Cristo que ellos no habrían sabido bien qué hacer.

 

Ahora bien, yo creo que nosotros vemos entre los santos en la actualidad lo que podríamos haber visto entre las iglesias de antaño; nosotros todavía tenemos nuestras dificultades efesias y corintias. Las verdades recibidas por algunos discípulos son tratadas como meras especulaciones por otros y la condición de algunos es baja y dudosa. El gran y bienaventurado pensamiento de Dios que llenaba al apóstol podía antiguamente examinarlos a todos y proveer para todos, y alimentarlos en Éfeso y arreglarlos en Corinto. Pero nosotros somos débiles y estrechos de corazón; y comúnmente el único resultado es andar en mutua distancia y en sospecha. Por eso no entendemos lo que hablan los demás y estamos dispersos. Pero es mejor estar dispersos que estar reunidos en los términos de cualquier vínculo que no sea el vínculo de Dios en el Espíritu Santo. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, esperando más. Pero no forcemos más allá de eso mediante cualquier pacto carnal. El temor de Dios no debe ser enseñado por el mandamiento de hombres.

 

Y en relación con esto yo quiero mencionar el estado de Job y de sus tres amigos; porque creo que ilustra lo mismo que ilustra este estado de las iglesias. Job no podía entender la verdad que había en los pensamientos de ellos, ni ellos podían permitir aquello que él tenía del pensamiento de Dios en el suyo; ellos estaban sólo parcialmente en la luz y a través de lo que quedaba de tinieblas que había en ellos confundían el camino y competían unos con otros. Y la corrección estaba sólo en Dios y al final Él la aplicó. Todos fueron aceptados, — Dios mismo demostró ser el Sanador adecuado de todas sus divisiones tal como Él lo será en breve cuando Él juntará a toda la familia celestial en un solo cuerpo en las moradas en lo alto, y juntará los dos palos de Efraín y Judá en la tierra aquí abajo. (Ezequiel 37).

 

La amplitud del pensamiento de Dios contiene el remedio pero nada más lo contiene. Ese pensamiento puede expresarse desde el torbellino (Job 38: 1), o mediante el ministerio de un apóstol; pero, sea como fuere lleva consigo el remedio. El Señor que con una mano puede separar la paja del trigo, con la otra puede recoger todos los granos dispersos que ahora están esparcidos en Su campo que está en vergonzoso desorden y puede encontrar espacio en Su granero para todos ellos.

 

Y esto consuela a la vez que amonesta. No es que nosotros debamos confundir la paja con el trigo. Es tanto del Espíritu de Dios decir: "El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema", como decir: "La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo". (1a Corintios 16: 22; Efesios 6: 24). Es tanto del testimonio de Dios decir: "El que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida", como decir: "El que tiene al Hijo, tiene la vida", — "Si alguno os predica diferente evangelio… sea anatema". (1ª. Juan 5: 12; Gálatas 2: 9).

 

Pero aun así sepamos que ha habido diferentes medidas de consecuciones entre los santos, y sepamos que nuestro cuidado personal e individual sea andar de tal manera en luz y gracia nosotros mismos como para no dar al enemigo ninguna ocasión de maledicencia, ni a nuestros hermanos de hablar de nosotros de manera dubitativa. Y tengamos nuestros corazones y conciencias en vivo ejercicio delante de Dios con el propósito de seguir nuestra luz, dondequiera que ella nos guíe, en la gracia y en el temor del Señor. Pero cuando estos son los manantiales del movimiento personal y del curso de vida de cada uno de nosotros, tenemos, aunque en muchas cosas somos diferentes en pensamiento, los elementos de una comunión tanto segura como bienaventurada.

 

Entre las varias iglesias acerca de las cuales leemos en el Nuevo Testamento últimamente he sido conducido a meditar especialmente acerca del carácter y de la posición de la que estaba en Tesalónica. Para entenderlo correctamente debemos considerar en primer lugar la naturaleza de la predicación del apóstol Pablo en Tesalónica y luego considerar el propósito y la relevancia de sus epístolas.

 

Él visitó el lugar inmediatamente después de sus padecimientos en Filipos; pero ello fue sólo para renovar sus padecimientos. (Hechos 17). Sin embargo, un pueblo fue congregado y en este lugar congregado no sólo para el conocimiento de la salvación de Dios sino eminentemente para "esperar de los cielos a su Hijo". (1ª Tesalonicenses 1: 10).

 

En su visita a la sinagoga en Tesalónica el apóstol procuró demostrar a los judíos que su Mesías prometido debía morir y resucitar; y después de esto él afirma en primer lugar que Jesús era el Mesías prometido. Y habiendo asegurado así la identidad de Jesús con el Mesías él afirma en segundo lugar que este Jesús, el Mesías, era también Rey. Esto lo deducimos del desafío de sus acusadores. (Hechos 17: 7). Y las Escrituras de los profetas ya habían testificado de esto, así como de lo anterior: "los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos". (1ª Pedro 1: 10, 11).

 

Pero estas cosas no contenían todo el misterio de Cristo. Él sentía que había algo que faltaba en la fe de ellos, algo que él deseaba suplir (1ª Tesalonicenses 3: 10), pues su ministerio entre ellos había sido interrumpido. La enemistad de los judíos lo había obligado a marcharse repentinamente. (Hechos 17: 10). Esto, junto con muchos otros motivos, le dio una preocupación especial por ellos. La gracia que había entre ellos era tan abundante; ellos eran tan excelentes para la obra de la fe, para el trabajo del amor y para la constancia en la esperanza (1ª Tesalonicenses 1: 3); el tono de la fe de ellos era tan honesto y resoluto, también el propósito de corazón con el cual ellos habían salido a reconocer, hasta donde la habían aprendido, la esperanza del evangelio: todo esto hizo salir su preocupación pastoral por ellos. Y él había dedicado tanto trabajo y cuidado a ellos y ellos mismos estaban tan expuestos a tal prueba de fe y a tantas cosas que de manera natural podían tentarlos a renunciar a Cristo, y sin embargo ellos habían hecho además una promesa tan justa de ser gozo y corona de él en el día de nuestro Señor Jesús, que el apóstol los celaba especialmente; y por toda esta preocupación ya había enviado a Timoteo a ellos consintiendo en ser dejado solo en Atenas, deseando mucho verlos él mismo y atribuyendo el estorbo a Satanás. (1ª Tesalonicenses 2: 17-20; 1ª Tesalonicenses 3: 1, 2).

 

Ahora bien, de todo este cuidado por ellos emanan las epístolas. Todo esto no es meramente el cuidado del apóstol sino del Espíritu. El Espíritu, el cual había obrado entre ellos por medio del apóstol se conmueve ahora por ellos en el apóstol.

 

En el estado de conocimiento de ellos en aquel momento sus mentes estaban siendo probadas y perturbadas. Según yo creo ellos habían caído bajo el poder de dos percepciones distintas que eran muy dolorosas para ellos, una de las cuales se refería a los santos que dormían y la otra a los santos que estaban vivos.

 

(1) Ellos temían que sus hermanos que habían muerto estarían destituidos del reino en el regreso del Señor a la tierra. (1ª Tesalonicenses  4).

 

(2) Ellos temían que los que estaban vivos se encontrarían con el terror del día que iba a acompañar aquel regreso y que marcaría el comienzo del reino. (2ª Tesalonicenses 2).

 

Yo creo que esta era la condición de ellos en aquel momento ; y confortar sus corazones con respecto a estos dos temores y percepciones me parece que es el propósito principal de sus dos epístolas a ellos.

 

Su primera epístola fue escrita poco después del regreso de Timoteo desde Tesalónica. Timoteo había traído de vuelta (1ª Tesalonicenses 3) la más confortable información acerca de ellos; pero es probable que él también había hablado al apóstol acerca de la preocupación de ellos con respecto a sus hermanos dormidos o muertos. Para suprimir esta inquietud él les escribe inmediatamente para que no ignoren por más tiempo esto, a saber, que los santos, ya sea que estén vivos o que se hayan dormido, van a ser arrebatados juntamente para recibir al Señor en el aire en Su venida. (1ª Tesalonicenses 4: 13-18).

 

Su segunda epístola emanó de él al enterarse de la otra preocupación de ellos con respecto a los santos vivos. No importa cómo había surgido esa preocupación, si de las falsas sugerencias de otros o de una interpretación imperfecta de su propia primera epístola; pero yo considero que para suprimirla él les escribe su segunda epístola para que ellos pudiesen saber que "el día del Señor" en el cual temían que estarían involucrados los santos vivientes no podía venir hasta que "el hombre de pecado" se manifestara, y que aquel hombre de pecado, y todos los que se apartaron de la verdad con él serían los merecidos objetos para enfrentar el terror de aquel día y que por lo tanto ellos pudieran eliminar su temor. (2ª Tesalonicenses 2: 1-9).

 

Yo considero que ésta es la ocasión y el propósito principal de cada una de estas epístolas pues mediante ellas el apóstol satisface las aprensiones de los discípulos tesalonicenses, enseñándoles que por el poder de Aquel que levantó a Jesús del sepulcro los santos que dormían estaban tan seguros del reino como los que estaban vivos, y por la reunión de todos con el Señor en el aire los santos vivos estaban tan libres de los terrores del día que venía sobre la tierra como lo estaban los que dormían. Ni la vida ni la muerte, ni las cosas actuales ni las venideras, podían separarlos, pues ellos iban a ascender del sepulcro o de la tierra con igual certeza cuando el Señor descendiera del cielo, y así todos ellos se encuentran con Él antes de que Él llegue a la tierra en el terror y el juicio de Su día.

 

Yo recibo esto como la enseñanza divina de éstas epístolas: es importante para la posición y la esperanza de los santos. Yo no digo que lo he discernido con certeza sino que he tenido esto mucho tiempo en mis pensamientos y no he oído nada que me lleve a cuestionarlo. Pero nosotros conocemos sólo en parte y lo que el Señor puede dar a otros, así puedo yo, y cada uno de nosotros, amados, recibir para confirmar o corregir. Yo aportaría esto ahora como una sugerencia y para llamar a otras almas a un ejercicio santo. Pero el encuentro del Señor con sus santos sin ninguna causa necesaria de demora, sin que ellos estén necesariamente sujetos a esperar ninguna de las tribulaciones que preceden a la gloria, yo considero que ha sido desde el principio la promesa y la esperanza de la época de la gracia, y mi deseo es aquí presentar esto.

 

El descenso a los santos va a ser "con voz de mando ", la voz de alegría; pero el descenso a la tierra, o al mundo, va a ser "en llama de fuego", el ministro de la justa ira. (Compárese con 1ª Tesalonicenses 4: 16 y 2ª Tesalonicenses 1: 7). Por lo tanto, habría dos etapas en el descenso del Señor así como antes las hubo en Su ascensión. Porque al subir del sepulcro a los cielos de los cielos Él se detuvo en la tierra de camino hacia allí para encontrarse con Su remanente y hablar con ellos acerca del reino (Hechos 1: 3); así también cuando descienda del cielo a la tierra, de camino Él se detendrá en el aire para encontrarse allí con Su iglesia, o casa celestial, hecha semejante al cuerpo de la gloria Suya para conducirlos a la casa del Padre.

 

Pero este día, o descenso a la tierra en llama de fuego, conocerá su objeto. Este será el espíritu de la boca del Señor consumiendo, el resplandor de Su venida destruyendo al inicuo, — la espada de la boca de Aquel cuyo nombre es llamado "EL VERBO DE DIOS". El Señor afrontará en aquel entonces al inicuo. El resplandor de Aquel que viene en la gloria de Dios afrontará al que viene conforme a la obra mentirosa de Satanás y lo desechará para siempre. Pero aquellos en quienes mora la verdad resplandecerán desde lo alto en aquel día. Ellos serán para gloria y admiración del Señor en aquel día. (2ª Tesalonicenses 1: 10). Ellos van a ser traídos con Jesús en aquel día. (1ª Tesalonicenses 4: 14). Se trata del día del Señor, el día que Le trae al juicio de las tinieblas. Será como lo inesperado de la luz del día sobre la noche. El lugar del Señor será el día en aquel entonces; el mundo, el lugar de la noche y de las tinieblas; ¿y qué comunión pueden ellos tener?

 

El contacto debe ser en juicio, y no en concordia. Pero los santos que incluso ahora son el espíritu del día deben estar entonces en el lugar del día. Ellos son "hijos del día". (1ª Tesalonicenses 5: 5), y estarán en la esfera de la cual ha de salir el día y no en la esfera sobre la cual el día ha de caer. El pleno poder del día no será derramado sin la presencia de ellos.

 

Ellos pertenecen ya a la verdad habiendo creído el testimonio (2ª Tesalonicenses 1: 10, y 2: 13), y así aparecerán ellos en el séquito de Aquel que es llamado "Fiel y Verdadero", cuando Él salga para el juicio de aquellos que no recibieron el amor de la verdad sino que se complacieron en la injusticia. (2ª Tesalonicenses 2: 10; Apocalipsis 19).

 

Por lo tanto, la separación de los santos de la escena del juicio, o el lugar que ha de sorprender el día del Señor, será como la de Enoc librado del diluvio y eso fue diferente de lo de Noé. Noé fue llevado a través de él de modo que ni un cabello de su cabeza se mojó; pero Enoc antes que el diluvio llegara había sido trasladado a un lugar que las aguas no podían alcanzar, o más bien del cual las aguas salieron. Por consiguiente, cuando el Señor habla a los judíos escogidos toma a Noé para su texto (Mateo 24); porque el remanente, al igual que Noé, debe ser llevado a través del juicio. Pero al dirigirse a la iglesia nuestro apóstol toma su lenguaje más bien del traslado de Enoc. (1ª Tesalonicenses 4: 17; 2ª Tesalonicenses 2: 1). Y esto era lo que ansiaban los santos tesalonicenses considerándose a sí mismos como los santos que estaban vivos.

 

Después de esto el apóstol continúa con la descripción del objeto de la justa ira de aquel día. Él habla del "hombre de pecado", "el hijo de perdición", — títulos que expresan el carácter y la condenación del gran enemigo de Dios en el día postrero, — y ahora consideraré brevemente aquel objeto.

 

Esta forma del mal ha estado en cierto sentido fomentado en cada época de la cristiandad corrompida; porque tal como aprendemos aquí "el misterio de la iniquidad" ha estado en acción desde el principio. (2ª Tesalonicenses 2: 7). Pero él aún no ha sido manifestado. La Maldad está todavía en el efa o recipiente, con la tapa de plomo sobre él. (Zacarías 5: 8). Pero antes que el día del Señor visite la tierra el inicuo será revelado en la forma completa de criatura de Satanás. (2ª Tesalonicense 2: 9-10). Porque la hermosura de Satanás estará sobre él, su poder estará en él, su asiento le será dado, y sus cautivos le servirán. Por tanto, en un sentido especial y terrible él será hechura de Satanás y se engrandecerá a sí mismo sobre todo dios (Daniel 11: 36), será semejante al Altísimo (Isaías 14: 14), él igualará su corazón al corazón de Dios (Ezequiel 28: 6), y se sentará en el templo de Dios, como lo describe el apóstol, haciéndose pasar por Dios. Él dirá en su corazón: "No hay Dios" (Salmo 14), y siendo alguien así queda que el espíritu de independencia de Dios lo lleve a la perfección. Un mero sistema tenebroso y supersticioso no podría hacer esto; tiene que haber más que eso porque él ha de ser rey sobre todos los soberbios. Y no hay nada que señale más nuestro día actual que este espíritu en el hombre que influye en la independencia de Dios. En la actualidad hay en todas partes muchas cosas que se asemejan a la preparación de un templo en el que el hombre puede hacerse pasar por Dios.

 

"Mira qué piedras, y qué edificios", es el lenguaje de cada día mientras el hombre muestra ahora a sus semejantes el arte y la destreza de esta ajetreada época cuyo informe ahora vuela rápidamente por todo el mundo prometiendo, como los hombres esperan, formar a todos en un gran cuerpo confederado.

 

En realidad, yo creo que Satanás tiene ahora muchas personas empleadas en erigir un templo adecuado para el hombre de pecado. Yo hablo, obviamente, sólo del espíritu del mismo, y uno no sabe por cuánto tiempo puede continuar la construcción, o cuánto tiempo tardará el niño, que en espíritu se está preparando ahora para sentarse en él, en alcanzar su adultez, o ( a lo cual el corazón se aparta de todo esto con dulce alivio) cuánto tiempo puede esperar la paciencia de Dios el arrepentimiento de los pecadores. Porque la paciencia de Dios ha de tener su bienaventurada medida así como la torre que los hijos de los hombres están construyendo ha de elevarse de nuevo a su debida altura. La paciencia de Dios, la cual es para salvación, conducirá al arrepentimiento a todos los conocidos por Dios (2ª Pedro 3), y la iniquidad de los impíos será como una grieta que se extiende en una pared elevada. (Isaías 30: 13).

 

El triunfo sobre el inicuo debe ser exhibido en el momento de su mayor soberbia. La invitación al banquete fue presentada no sólo para el primer día sino también para el segundo, antes que Ester hiciera su petición, para dejar que el corazón de Amán se llenara de pensamientos de su grandeza, de modo que cayera ante los justos en el momento álgido. Pero cuando el edificio esté terminado y la criatura de Satanás esté sentada en él; cuando Satanás haya cumplido su promesa a su manera: "Seréis como Dios " (Génesis 3: 5), entonces, en su consumación, esta forma de mal plenamente desarrollada, esta adultez de iniquidad, vendrá la condenación de Dios, y el hombre de pecado se convertirá en el hijo de perdición. Será la señal debida y justa para la venganza de Dios, la criatura que hará caer el relámpago desde el trono y provocará "el resplandor de su venida" (2a Tesalonicenses 2: 8), tal como habla aquí el apóstol, levantando de nuevo al Señor de Su santa morada para ver y confundir la torre que los hijos de los hombres han edificado.

 

Pero no es nuestro inmediato interés saber cuánto tiempo durará todo esto. Nosotros tenemos que ver directamente con el descenso del Señor desde el cielo al aire. Y Pablo presenta frecuentemente Su aparición como el objeto inmediato ante la esperanza de los santos (Romanos 8: 23, 30; Romanos 13: 12; Romanos  16: 20; 1a Corintios 1: 7; 1a Corintios 11: 26; 1a Corintios 15: 23, 58; Filipenses 1: 10; Filipenses 3: 20; Filipenses 4: 5; Colosenses 3: 4; 1a Timoteo 6: 14; Tito 2: 13; 1a Tesalonicenses 1: 10); y de la misma manera los demás apóstoles. (Santiago 5: 7; 1a Pedro 1: 7; 2a Pedro 3: 12; Judas 21). Y así el apóstol habla de él mismo y de aquellos a quienes él estaba escribiendo como permaneciendo vivos para la venida del Señor porque nosotros somos atraídos a esa esperanza. Nosotros esperamos cada momento, por así decirlo, la redención, teniendo ya las arras de ella. (Romanos 8: 23; Efesios 1: 14; Efesios 4: 30). Esperamos la venida, así como la venida espera nuestra plenitud. Pero nada más que esa plenitud, que es la salvación de Dios (2a Pedro 3: 15), me parece que los apóstoles la contemplan siempre como necesariamente retrasándola.

 

De este modo, 

(1º) -  en cuanto a padecimientos y persecuciones: es cierto que iban a existir pero siempre se habla a los santos como si siempre ellos estuvieran más o menos en ellos. 

(2º) -  En cuanto a la muerte: ellos hablan de ella como aquello por lo que los santos ya han pasado en cierto sentido (Colosenses 3: 3), pero nunca la presentan como la esperanza del santo.

(3º) -  En cuanto a corrupciones dentro de la iglesia: ellos ciertamente las anticipan pero aun así protegen de ellas a esa generación hablando de corrupciones incluso de los días postreros como si ya hubieran aparecido.

(4º) - En cuanto al avivamiento de la Iglesia: yo creo que ellos nunca lo prometen ni lo ofrecen como la esperanza de los santos.

Y (5º) - en cuanto a conflictos y cambios políticos en el mundo: ellos nunca aluden a ellos ni nos enseñan acerca de ellos. Si en algún sentido Pablo nos familiariza con la política ello es con la política milenial; porque si bien él no nos dice nada acerca de los asuntos de los reinos actuales de este mundo, él sí nos habla de los asuntos del reino del Hijo del Hombre, acerca de cómo todas las cosas van a estar sometidas a Él, y luego de cómo el reino mismo va a ser entregado. (1ª Corintios 15: 24-26). Pero hasta que llegue aquel reino él no nos da ningún lugar en los cambios en las naciones ni dependencia de dichos cambios. Él quiere que nos sometamos a las autoridades de ellas y que oremos por la paz de ellas; pero él no subordina nuestras esperanzas celestiales a ninguna de esas circunstancias terrenales. En las exhortaciones, incluso en la exhortación a la paciencia aún está la proximidad del Señor. (Santiago 5: 8; Hebreos 10: 37). En la antigua dispensación había necesariamente una tardanza porque ellos sin nosotros no podían ser perfeccionados. Pero ahora en nuestra época de la gracia esa necesaria perfección ha llegado. (Hebreos 10: 37; Hebreos 11: 40).

 

Por consiguiente, yo considero que nuestra esperanza inmediata, la de encontrarnos con el Señor en el aire, no espera necesariamente nada. Yo sé con certeza que Su venida a la tierra tiene mucho que esperar. Pero esa no es nuestra primera expectativa. Yo no digo cuándo será el arrebatamiento. Puede estar más distante de lo que nuestra esperanza querría, y la esperanza aplazada haría que el corazón desespere. Pero la tardanza no es con el propósito de desesperar los corazones de los santos sino para salvar las almas de los pecadores. 'La paciencia de Dios es para salvación'. Nosotros debemos recordar eso en cada momento de la tardanza, sea ella larga o breve. Y nuestra paciencia debe ser sin murmurar ya que la paciencia de Dios es salvadora y misericordiosa. Pero yo no considero que los apóstoles nos enseñan que existe la necesidad de que tengan lugar algunos acontecimientos antes de que esa paciencia termine en el arrebatamiento de los santos. Habrá acontecimientos extraños y espantosos, pruebas y angustia de las naciones como nunca ha habido. Y cuán pronto, no lo sabemos.

 

También los santos pueden quedar aquí para mucho de todo esto (no digo lo contrario); pero la mirada de ellos no ha de dirigirse a tales cosas como si fueran el debido objeto de ellos. Los conflictos políticos en la tierra pueden continuar sin más demora y pueden ayudar a mostrar que el Señor está comenzando a pensar en Israel, a sacar Su mano de Su pecho y a romper Su largo silencio hacia Su antiguo pueblo. Pero yo no considero que los santos esperen necesariamente en la tierra ninguna etapa de esa gran e interesante acción. El ascenso de ellos en el aire para ir al encuentro de su Señor que desciende es independiente de dicha acción; un acontecimiento que además no es, como yo lo considero, objeto de señales y evidencias. La hora de ello descansa en el cumplimiento del número de los elegidos, y ese es el secreto del Padre, del cual ningún movimiento entre las naciones es la señal o el preludio. Yo creo que esa hora no espera necesariamente nada más que la complacencia del Padre con respecto a Su familia celestial, ni siquiera para la manifestación, y mucho menos para la destrucción de esa última y plena forma del mal, que ha de traer al Señor, como ya hemos visto, en juicio a la tierra.

 

Algo va a obstaculizar esta manifestación. (2ª Tesalonicenses 2: 7). Ha habido una indagación entre los santos acerca de cuál es este obstáculo o qué es lo que lo detiene, y sin duda ello pertenece a una sección de la revelación de Dios que debe tenernos preparados para encontrar diferencias de criterio acerca de ello. Pero tales diferencias nunca tocan, ni pueden tocar, "la unidad del Espíritu". Y nuestro deseo debe ser soportarnos los unos a los otros en el amor del Espíritu en plena paz, y ayudar el disfrute de unos y otros en un mayor conocimiento de estos y de todos los modos de obrar de nuestro bendito Señor.

 

Si yo tuviera que hablar particularmente acerca de esto diría que me parece que nosotros tenemos que juzgar la naturaleza de lo que detiene por la naturaleza de lo que es detenido. Era la presencia del "anatema" lo que en tiempos antiguos permitía o detenía la manifestación del poder de Dios, y hasta que este anatema era eliminado ese poder santo no podía manifestarse. Yo me refiero a Acán en el campamento de Israel. (Josué 7). Así, la presencia del traidor detuvo la expresión de la gloria del Señor (Juan 13), pero "cuando hubo salido", esa gloria fue manifestada.

 

Ahora bien, de acuerdo con esto, debe ser la presencia de algo bueno, algo que es de Dios, lo que ahora está deteniendo la manifestación del pleno poder de Satanás, y hasta que eso sea "quitado" el inicuo no puede ser mostrado. No es el modo de obrar del mal refrenar el mal ni del bien refrenar el bien; cada uno alimenta más bien su propia semejanza mientras detiene la plena operación de su opuesto. Por lo tanto, yo considero que debe ser algo bueno, algo que Dios puede reconocer, lo cual es κατέχον, katéjo, lo que detiene aquí. Pero no digo más; porque puede ser más conforme al pensamiento del Espíritu dejar esto solo como un secreto. El Espíritu de Dios deja esto que detiene, tal vez deliberadamente, sin definir. Pero incluso eso es suficiente para mostrarnos que los santos no son retrasados necesariamente aquí en la tierra. Si lo que detiene la revelación del hombre de pecado no ha de ser conocido ahora por los santos ellos pueden saber, incluso por eso, que no necesariamente esperan aquí una revelación tal; y eso es todo en lo que estoy insistiendo. Yo concedo que puede ser que lo que detiene es dejado así, deliberadamente, en la sabiduría del Espíritu, como un secreto.

 

Pero yo vuelvo a decir esto (habiéndolo mencionado de paso anteriormente), que el pueblo celestial es un pueblo no dejado como Noé sino arrebatado como Enoc, — arrebatado, también, no por el día del Señor o por juicio como la generación antediluviana, sino antes de aquel día o juicio como aquel hombre celestial que "caminó con Dios". Porque Enoc era un hombre celestial; un hombre, quiero decir, de un destino celestial. Y él no estaba en la tierra cuando la visitó el juicio de Jehová: él sabía acerca de dicho juicio y profetizó acerca de él (Judas 14), pero no estuvo en él. Antes que llegara él se había ido al cielo. Y yo creo que todo esto nos recuerda a nosotros y a nuestro llamamiento. Nosotros somos un pueblo destinado a ser tomado de la tierra en algún momento indefinido, aunque un pueblo enseñado en el juicio posterior de ella. Y cuando llegue ese juicio nosotros estaremos en el séquito y no ante el rostro de Aquel que lo ejecuta.

 

Enoc, como uno arrebatado, es ciertamente nuestro modelo y no los pecadores en los días de Noé. Porque Enoc fue llevado al cielo porque había "agradado a Dios"; (Hebreos 11: 5) los pecadores fueron quitados mediante juicio porque " toda carne había corrompido su camino" delante de Él. (Génesis 6: 11, 12).

 

Lecciones sencillas, alegres y sin embargo, serias.

 

Y ciertamente nosotros no tenemos que tener duda alguna acerca de que los santos no deben esperar en la tierra la venida del Hijo del Hombre. Ellos esperan 'de los cielos al Hijo' (1a  Tesalonicenses 1: 9, 10)), es decir, el descenso del Hijo de Dios de los cielos al aire, y no el descenso del Hijo del Hombre a la tierra. Todo esto me persuade cada vez más de que los santos serán sacados antes que el día del Señor visite la tierra. No es sólo que ellos serán sacados salvados de dicho día, o arrebatados durante él, sino que serán sacados antes de que dicho día sorprenda a todos los que están en la tierra en el día de la venida o aparición del Hijo del Hombre que en aquel entonces va a venir como ladrón.

 

Yo creo que esos son los grandes asuntos enseñados en estas epístolas; el temor de los santos tesalonicenses, como he mencionado, requería el consuelo especial de éstas verdades. Y en conexión con estas verdades estas epístolas nos muestran también la senda de los santos hacia el reino. Y en esa senda hay algo que es verdaderamente bienaventurado. Pero ello es un tema maravilloso y divino y debemos recordar, como estando con pies descalzos, por cuáles sendas estamos andando. ¡Que el Señor guarde y guíe siempre nuestros pensamientos!

 

La primera etapa del glorioso periplo es la ascensión de los santos, como hemos visto, vivos o muertos, en sus cuerpos de gloria al encuentro del Señor cuando Él llegue al aire en Su descenso de los cielos. (1a Tesalonicenses 4). Esta es la venida que los santos esperan ahora y de la cual el Señor de ellos les ha dicho: "He aquí, yo vengo pronto". (Apocalipsis 3: 11). Es en este encuentro con Él "en el aire" que nosotros seremos presentados a Él, Sus propios santos gloriosos y rescatados. (1ª Tesalonicenses 2: 19). Esta será la redención del cuerpo. (Romanos 8). El cuerpo de nuestro estado de humillación será "hecho semejante a su cuerpo glorioso". (Filipenses 3: 20, 21 – VM). Y este encuentro será en la alegría de un jubileo porque el Señor descenderá del cielo con voz de mando y la iglesia ascenderá con un cántico de respuesta: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1ª  Corintios 15).

 

Y después de encontrarnos así con el Señor y de ser presentados así a Él la siguiente etapa en el dichoso camino nos conducirá al Padre. (1ª Tesalonicenses 3: 13). La senda de la vida será entonces nuestra, amados, como ya ha sido la de Él, la senda que conduce al Padre, y así a la plenitud de gozo y a las delicias eternas. (Salmo 16). Y esto será el total reconocimiento de los santos como hijos, así como la siguiente escena a la que ellos han de pasar y que consideraremos en seguida será el pleno reconocimiento de ellos como herederos. Porque el orden divino es, "si hijos, también herederos". (Romanos 8).

 

Pero antes de pasar a la siguiente etapa en estas sendas de gloria yo quisiera comentar que éstas etapas en la senda de Él mismo y de los santos, el Señor en Su propia enseñanza ya las había presentado a la fe de Sus discípulos. Pues Él les había dicho que aunque ellos no podían seguirle en aquel momento (y Él iba en aquel entonces al Padre), ellos le seguirían después cuando Él hubiera preparado lugares para ellos en la misma casa del Padre. Pero antes que ellos Le siguieran a aquella casa Él les dijo también que vendría otra vez y los tomaría a Sí mismo, — como dice el apóstol, que los encontraría a solas en el aire. (Juan 13: 36; Juan 14: 3).

 

Así que en estas palabras y promesas el Señor en el evangelio de Juan ya había abierto estas sendas al ojo de la fe: Su propia senda al Padre, Su regreso para encontrarse con Sus santos y entonces el ir todos juntos a la casa del Padre. Ellos  Le iban a ver a Él mismo antes de entrar en las moradas preparadas de la casa del Padre, tal como nuestro apóstol los presenta aquí encontrándose con el Señor inmediatamente después de la ascensión de ellos al aire, y luego, unidos así con Él pero no hasta entonces, ir a la presencia del Padre. (1ª Tesalonicenses 3: 13). Y no sé qué lenguaje puede expresar esto más claramente que las propias palabras de nuestro Señor en el lugar al que yo me he referido. Hablando de la casa del Padre Él dice: "Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis". (Juan 14: 2, 3). Primero Él los tomaría a Sí mismo, o se reuniría con ellos a solas, y luego los conduciría a la casa del Padre. Y estas son las sendas ascendentes de los santos. Nosotros tendremos que trazar una senda descendente más adelante; pero en cualquier dirección ellos siguen siendo gloriosos y el Señor está con ellos para siempre.

 

Y es ahora, después que los santos están presentes con el Señor en la casa del Padre, cuando yo creo que según el lenguaje del profeta judío, el Hijo del Hombre viene al Anciano de días y obtiene el dominio (Daniel 7); o según la visión de Apocalipsis, el Cordero toma el libro de la mano derecha del que está sentado en el trono, y la iglesia se regocija ante la perspectiva de Su expedito reinado sobre la tierra. (Apocalipsis 5).

 

Luego, a su debido tiempo, se recorrerá la tercera etapa en la senda de la gloria. Jesús, así en poder, descenderá desde el cielo con Sus poderosos ángeles en llama de fuego para excluir a los inicuos de la presencia de Su gloria y para ser glorificado en Sus santos. Esto lo tenemos también en nuestras epístolas. (2ª Tesalonicenses 1: 7-10). Esta será Su venida en las nubes, — las nubes del cielo, — no vendrá solo como cuando Él se reunió con la iglesia en el aire, no vendrá en aquel momento con Sus santos en el carácter de los hijos del Padre, cuando Él los llevó a sus mansiones, sino que vendrá con ellos como los "ejércitos celestiales". Él viene ahora con Sus santas decenas de millares, como el jinete del caballo blanco, abriéndose el cielo para dejar descender las huestes descendentes del Señor para ejecutar juicio sobre los corruptores de la tierra y luego vindicar Su derecho a los reinos del mundo. (Mateo 24: 30; Mateo 26: 64; Judas 14; Apocalipsis 1: 7; Apocalipsis 19: 14). Y ésta será la redención de la herencia. Porque la gloria del Señor sobrevivirá a toda la escena de juicio y los que aman la verdad tendrán su lugar en dicha herencia cuando la última mentira y las tinieblas de Satanás y del mundo serán desechadas para siempre. (2ª Tesalonicenses 2: 14).

 

Entonces Jesús será visto como el rey en Su hermosura. Toda rodilla se doblará ante Él. Él se sentará en el trono de Su gloria y Sus santos recibirán poder con Él conforme al servicio de ellos. (Mateo 25: 31; Lucas 19: 17). Esta será la prometida aparición del Señor Jesucristo la cual Le mostrará a Él como "el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores". (1ª Timoteo 6: 14-16). Y entonces un enemigo tras otro estará sujeto a Él hasta que todos termine en la entrega del reino al Padre, para que Dios sea todo en todos. (1ª Corintios 15: 28).

 

De este modo, amados, nuestros felices pies pisarán primero el camino hacia el cielo para encontrar al Señor mismo y entonces y por Su propia mano seremos guiados primero al hogar del amor, y luego al trono de la gloria, — la casa del Padre, y el reino del Hijo del Hombre. Y semejantes a estos fueron los caminos de José y de sus hermanos después de su reconciliación; porque José primero se reveló a ellos en el secreto de su propia presencia ordenando a todos que salieran de su presencia excepto ellos mismos; luego los hizo entrar y los presentó como sus hermanos al Faraón, sentado en el asiento que estaba más alto que el suyo; y finalmente los llevó a la escena de su poder y gloria y les dio la porción más rica en la herencia, por encima del pueblo de la tierra. (Véase Génesis capítulos 46 y 47). Y permítanme ustedes añadir que nada se perderá a medida que avancemos. El gozo de la presencia del Señor y la plenitud de la casa del Padre seguirán siendo nuestros después que hayamos entrado en el gobierno del reino, y serán nuestros, amados, para siempre.

 

Ciertamente nosotros podemos decir en un sentido más profundo que incluso David, que nuestro Dios nos ha hablado de nuestra casa para un largo tiempo, para siempre. Y además, en un sentido más profundo que incluso él, ¿no podemos decir también: «¿quiénes somos nosotros para que nos hayas traído hasta aquí?» (2º Samuel 7: 18, 19). A causa de Su palabra y según Su corazón Él ha hecho todas estas cosas. (2º Samuel 7: 21 - LBA). Su amor debe explicarlo todo; nada más puede hacerlo. Lo más bajo es exaltado a lo más alto. Los ángeles son pasados por alto y la simiente de Abraham es socorrida. (Hebreos 2). El judío segregado es pasado por alto y los pecadores de los gentiles son aceptados; el hijo pródigo andrajoso recibe el mejor vestido y el que comió las algarrobas que comían los cerdos recibe el becerro gordo; porque la gracia, las riquezas y la gloria de la gracia deben ser mostradas y estos son sus modos de obrar, sus dichosos modos de obrar. Sólo nos corresponde a nosotros, amados, pisar suavemente aquí donde todo está contaminado hasta que nuestros pies recorran éstas sendas de gozo y gloria sin temor a espinas ni manchas para siempre.

 

Éstas grandes cosas de los consejos de Dios son mencionadas así en estas epístolas a los santos tesalonicenses. Ellos habían salido de un mundo idólatra para reconocer al Dios vivo en medio de él y para esperar de los cielos a Su Hijo, y el Espíritu Santo alimenta aquí sus cada vez mayores deseos.

 

Pero el apóstol tuvo que mencionar también algún mal que había entre ellos. Tuvo que amonestar y consolar, y orar no sólo para que sus corazones pudiesen ser consolados sino también para que fuesen confirmados en toda buena palabra y obra. (2ª Tesalonicenses 2: 17). Porque algunos de ellos habían dejado de 'trabajar con sus manos'. Puede ser que esto haya sido el fruto de alguna opinión corrupta de la gran doctrina distintiva de estas epístolas, a saber, la venida del Señor. Porque el modo de obrar de Satanás, si no puede privarnos de la verdad, es corromperla mientras todavía está en nuestras manos. Los tesalonicenses eran celosos, ellos habían venido a conocer al Señor con propósito de corazón, pero esto había llegado a estar relacionado con un abandono del andar tranquilo, laborioso y privado de ellos. Pero el apóstol no condena este celo ni procura corregir el mal retirando de la vista de ellos la venida del Señor. Nosotros hemos visto que ella es más bien el gran tema del apóstol; pero él desea que ellos estén esperándola en paciencia y no desordenadamente, y los insta a este deber recordándoles su ejemplo y sus preceptos mientras él estuvo entre ellos. Porque él había sido un trabajador para su propio sustento en Tesalónica, habiendo sido esto ordenado así en la sabiduría provisional de Dios, quien por medio de Su Espíritu usa ahora aquel hecho para la amonestación y guía de los santos allí.

 

Yo considero que esos eran la posición y el carácter de la iglesia en Tesalónica con sus peculiares doctrinas y preocupaciones y la enseñanza del apóstol en cuanto a ellas. Ellos eran eminentes por la sencillez de fe, el amor fraternal y el deseo del regreso del Señor; pero también, como hemos visto, necesitaban más luz acerca de los modos de obrar del Señor, y también de reprensión y amonestación por algunos de sus propios modos de obrar. Pero por encima de todo eso, al terminar yo insistiría nuevamente sobre los pensamientos de mis hermanos ya que esto fue el principal punto de atracción a mi propia mente — a saber, que tenemos aquí la doctrina del rapto o arrebatamiento de los santos, ya sea que estén dormidos o que estén vivos, para encontrarse con su Señor "en el aire" antes que Él toque la tierra.

 

Este arrebatamiento al aire puede ser llamado resurrección, pero es ascensión así como resurrección, y la historia de la iglesia está circunscrita entre la resurrección o ascensión del Señor y esto que es su propia resurrección o ascensión. La una le dio vida y la envió a su travesía por el desierto como extranjera en la tierra; la otra terminará su travesía por el desierto y la llevará a su hogar en el cielo.

 

Pero éstas resurrecciones del Señor y de la iglesia son peculiares. Ellas son resurrecciones de entre los muertos. La formalidad saducea era negar la resurrección de los muertos y esa doctrina se cuenta entre los principios judíos en Hebreos 6. Pero una resurrección de entre los muertos era algo que estaba más allá de una medida judía de fe. Los discípulos se preguntaban qué podía significar cuando el Señor habló de ella. Leemos, "Mientras descendían ellos del monte, Jesús les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Y ellos guardaron la palabra entre sí, discutiendo qué significaría aquello de resucitar de entre los muertos". (Marcos 9: 9, 10 - RVA), y una alusión a ella cruzó y pasó por todos los pensamientos de Marta aunque ella presentaba un razonable estándar de la fe de la nación. (Juan 11: 24-26). Cuando ella habló de una resurrección en el día postrero el Señor le habló de un poder de resurrección en Él mismo que no esperaría el día postrero sino que actuaría de una manera que anticiparía gloriosamente todas las demás resurrecciones mediante una resurrección digna de Aquel que es "la resurrección y la vida". Y esto solo es una resurrección en el poder de la presencia del Espíritu de Dios. (Romanos 8: 11). Esta fue la resurrección del Señor, una resurrección de entre los muertos y esta será la resurrección de aquellos que son Suyos, no "en el día postrero", como Marta o el judío podrían haber hablado alguna vez, sino "en su venida", tal como el Espíritu en la iglesia habla ahora. (1ª Corintios 15: 23).

 

Todos los patriarcas de la familia judía adjudicaban un valor especial a los cuerpos de sus muertos; ellos los depositaban religiosamente en Macpela y este cuidado y celo de ellos era la confesión de su segura y cierta esperanza de la resurrección. Pero ellos relacionaban la resurrección con la tierra de Canaán. Y por eso Jacob y José, los cuales murieron en Egipto, dispusieron que sus huesos fueran llevados y sepultados en Canaán, diciéndonos así que su esperanza de resurrección era la misma que su esperanza de posesión final de la tierra prometida. Es cierto que todo esto era perfecto en aquellos que sólo tenían esperanzas terrenales de resurrección.

 

Pero la iglesia tiene una esperanza superior. El cielo y ascender al aire están ahora ante ella; Canaán y la resurrección desde el sepulcro de Macpela estaban ante los patriarcas. Ella ya ha subido en espíritu a lo alto con Cristo y espera el día en que ascenderá tras Él para encontrarse con Él en un cuerpo glorificado. Y esto solo es perfecto en ella como la esperanza anterior de ellos era perfecta en ellos; porque cada uno está en su debido tiempo con el pensamiento y la gracia crecientes de Dios hacia nosotros. Los patriarcas iban a morir y esperaban la resurrección y la tierra bajo Dios. (Génesis 50: 24, 25). La iglesia ha resucitado y espera la ascensión y el cielo con el Señor glorificado. (Filipenses 3: 20, 21).

 

Y como ya he comentado, esta resurrección o ascensión de los santos es la que va a dar fin a la época de la iglesia así como la resurrección o ascensión del Señor la comenzó; como los dos pasos que abrieron y cerraron el desierto a Israel, la del Mar Rojo y la del Jordán.

 

Y nosotros estamos, amados, en las orillas del Jordán. Aún es el desierto y todavía son necesarios el Maná y la Roca. Pero son también las orillas de la gloria; pues nuestra salvación está más cerca que cuando creímos. "La noche está avanzada, y se acerca el día". (Romanos 13: 12). El Espíritu Santo enviado ya desde el cielo está en nosotros (1ª Corintios 6: 19), heraldo de la luz del día que se acerca. Él nos hace ya "hijos de luz, e hijos del día". (1ª Tesalonicenses 5: 5) "Es ya hora que despertemos del sueño". (Romanos 13: 11 – VM). Levantémonos y miremos, y podremos ver el alborear de la mañana. El espíritu del día está en nosotros, la promesa de que pronto despuntará en gloria sobre nuestras cabezas.

 

Pero es cierto que hubo una demora en las orillas del Jordán. El ejército de Dios esperó a que cierta misión terminara en la tierra contaminada de los amorreos. Ciertos espías fueron a la tierra del juicio. (Josué 2). El pecado de los amorreos era entonces completo y la espada de Josué podría haber entrado de inmediato. Pero hubo un momento de aplazamiento y esto demostró ser salvación. Fue como estar en pie ante la puerta misma de la casa condenada y llamar por si quizás alguien siquiera abría la puerta. Y así fue, una pobre pecadora contaminada del lugar se levantó ante la orden y movida por el temor preparó un arca para salvar su casa. Ella estaba en el lugar de la muerte y del juicio; pero fue hecha allí misericordia para gozo, y su casa con el cordón de grana colgando de la ventana se convirtió en otro dintel rociado con sangre, y el ángel de la destrucción volvió a pasar por alto.

 

Y así nosotros esperamos ahora. La gloria no ha despuntado todavía sino que espera a que la designada misión de la gracia vaya y haga su obra. La paciencia de Dios es para salvación pues Él no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.  (2ª Pedro 3: 9). Nosotros esperamos hasta que el cuerpo sea completado en toda su santa y designada medida, hasta que todos hayan llegado, en el conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro. (Efesios 4: 13 – LBA). Entonces el poder de la muerte volverá a sucumbir ante los pies de los sacerdotes. (Josué 3). Porque "si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros". (Romanos 8: 11). Por lo tanto, si nosotros, como hijos y sacerdotes de Dios, llevamos el arca del Señor, las aguas no resistirán nuestro paso. Nosotros tenemos la vida oculta y ésta está por encima del poder de la muerte.

 

Estos, y más ricos y mejores que éstos, o que lo que el corazón puede concebir, son los modos de obrar de Aquel que nos ama. Ellos nos dicen, y nos seguirán diciendo, que Dios es amor, y que al bendecir Él hace Su obra, y al manifestar gracia a los indignos Él se muestra a Sí mismo. Nosotros aprendemos ahora lo que la gracia es en todos sus variados recursos y nuestros pies andarán en breve en una senda tras otra para que podamos aprender lo que la gloria es. Desde que Jesús resucitó nosotros hemos encontrado que toda senda en el desierto es una senda de gracia; pero la gloria todavía está delante de nosotros. Sus sendas aún no las pisamos, como dijo Josué al pueblo a orillas del Jordán anticipando su rápido paso a través de él: "Vosotros no habéis pasado antes de ahora por este camino". (Josué 3: 4).

 

Pero, ciertamente, nosotros no debemos temer las sendas deslumbrantes. La mano que dividió el Mar Rojo con igual facilidad dividirá el Jordán. Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos también vivificará nuestros cuerpos mortales para la misma gloria. Es cierto que todavía es un camino no andado pero la mano del Señor es la misma. No es la gloria de Cristo lo que es lo grandioso. La cruz de Cristo es lo grandioso, y eso ya es nuestro. Si Dios nos ha dado a Su Hijo sufriente, se encontrará que es una cosa pequeña y fácil (por hablar a la manera de los hombres) el darnos a Su Hijo glorioso. Si nosotros sabemos que Jesús, inclinando Su cabeza en el madero, es nuestro, bien podemos saber que Jesús exaltado en la más alta gloria será nuestro; la promesa es segura, y entonces, así como estaba el pilar de doce piedras en medio del Jordán, una piedra por cada tribu, así estará la alabanza permanente de todos Sus santos para hablar de las riquezas de gracia y gloria por los siglos de los siglos.

 

"Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su sangre, e hizo de nosotros un reino y sacerdotes para su Dios y Padre, a Él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén". (Apocalipsis 1: 5, 6 – LBA). 

 

J. G. Bellett

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Octubre 2023

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:

LBA = La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997, 2000 por The Lockman Foundation, Usada con permiso.

RVA = Versión Reina-Valera 1909 Actualizada en 1989 (Publicada por Editorial Mundo Hispano).

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

Título original en inglés:
 The Church at Thessalonica, by J. G. Bellett
 
Traducido con permiso

Versión Inglesa
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